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Verdades engañosas {O. Winslow}

Invitado el Sáb Jul 30, 2016 3:46 am

Era un día medianamente soleado, pues como era frecuente en Londres, siempre parecía haber al menos una nube en el horizonte, sea invierno o verano. Bellatrix se había quedado en casa y él había acabado temprano con su s tareas ministeriales, y es que la verdad todo se hacía más fácil teniendo un par de vasallos en el Ministerio para que le hagan no tan sólo el trabajo sucio, sino además ese que a él le da pereza. Curiosamente, Rodolphus era quizás el único que tenía vasallos de verdad, esclavos por decirlo de una manera más directa y es que si acaso llegaban a desobedecerle, simplemente acababan muertos ¿No es así, Señorita Sam Lehman?

Aún recordaba el día en que había invitado a esa pobre ingenua a darle clases particulares de Oclumancia y le había engatusado a tal punto de acabarle colando ante su nariz el Juramento Inquebrantable equivocado. Desde entonces Sam había tenido que hacer todo lo que Rodolphus ordenase aún cuando las peticiones del mortifago estuviesen absolutamente en contra de sus valores morales.

A Rodolphus le encantaba sembrar el caos, jugar con marionetas y títeres desde el invisible escondite del titiritero y es que él aún no le convenía nada llamar la atención. O actuaba bajo la protección de la máscara o actuaba a través de otros y eso era precisamente lo que tenía planeado para ese día y no estaba seguro aún cuanto sería el grado de seguimiento que tendría su ayudante.

Para ese día había escogido a Ophelia Winslow, hija menor del antiguo Ministro de la Magia y, según las malas lenguas, una poderosa aliada recién egresada del casquete de Hogwarts, algo que a Rodolphus le provocaba hasta ese momento más aburrimiento que impresión y es que mas de alguna vez había dicho que él no estaba para cuidar niños chicos, por lo que deseaba fervientemente estarse equivocando con Ophelia.

Le esperaba en una esquina previamente acordada en uno de los rincones del Callejón Knockturn, mientras miraba la hora cada una treintena de segundos, con un poco de incontrolada impaciencia hasta que, finalmente, la ex-Slytherin entró en su marco visual, por lo que Rodolphus le hizo un gesto con la mano para indicar nuevamente su posición y así aminorar aún más la demora.

—Winslow… Llegas tarde.

Señaló a modo de saludo, aunque esa afirmación en realidad no era cierta. Simplemente estaba mosqueado porque le habían hecho trabajar con una aprendiz.

—¿Tienes alguna de idea de porque estás aquí?

Preguntó esta vez mirándole a los ojos a través que sus verdes orbes que parecían estar esperando una negativa o una contestación absurda de adolescente recién egresado de la escuela.
Anonymous
InvitadoInvitado

O. Winslow el Vie Ago 05, 2016 10:36 pm

El desconocimiento de ciertas cuestiones me habían llevado a querer día tras día aumentar mis artes oscuras. Me ofrecía a todo lo que pudiera ayudar a la causa, ya fuera recuperar un objeto mágico como causar caos y destrucción. Cualquier cosa para vaciar mi mente de otros pensamientos y alimentarla con unos nuevos. Por suerte o por desgracia desconocía lo que se avecinaba en un futuro no muy lejano.

Me aburría estar en casa, ni siquiera la compañía de mi hermano me resultaba agradable esos días, no sé si por el hecho de estar ovulando estaba irritable o es que él tenía la extraña capacidad de comportarse cada día más raro. Aunque segura estaba de que se trataba de lo primero. Tom era el mejor hermano que podía tener, me veneraba igual que yo a él, por qué razón iba a tratarme raro. No la había, así que era mi ovulación.

¿Qué hacer para entretenerme un poco? Salir a la calle, es lo que solía hacer, pasear y caminar buscando y preguntando por el mundo mágico algo, una mínima pista sobre mis dos amigos. Mas parecía que la tierra se los había tragado. Estaba furiosa, más que furiosa por no saber nada al respecto. Aunque había llegado a mí la distracción perfecta. Como caído del cielo había sido elegida por los aliados para llevar a cabo una misión de lo más interesante, no iría sola por lo cual podría ser más divertido o más frustrante según quien fuera mi acompañante. Siendo sincera prefería hacer las cosas sola, sin nadie que me estorbe o me mande.

La misión era sencilla, no requería mucha complicación. Tenía que matar a un hombre de treinta y pocos años que se sospechaba sabía más de la cuenta sobre los mortífagos. En concreto de uno y no podíamos permitirnos que información no deseada saliera a la luz, mucho menos con los acontecimientos recientes. Obviamente desde que supe cuál era mi objetivo comencé a investigarlo, había optado por seguirlo el día anterior y la verdad que no era un hombre tan agraciado. Pero me había aportado lo necesario para idear un plan casi perfecto. Sólo debía perfilar algunos detalles más. Lo cual haría durante la noche.

Esa mañana me desperté con unas ganas tremendas de diversión, me vestí lo más rápido posible y frente al espejo me lancé un conjuro al pelo, cambiando su tamaño y su color. Para evitar ser reconocida. Rubia y pelo corto, poca gente me había visto así, era mi “uniforme” para no ser reconocida, por llamarlo de algún modo. Cogí mi capa negra, me la coloqué sobre los hombros y me aparecí en el callejón Diagon.

El callejón no estaba muy activo ese día, se notaba que era verano y nadie pensaba en comprar sus cosas con tiempo, todo a última hora como siempre. Me puse la capucha y comencé mi camino, llevaba unos zapatos planos por lo que podía caminar más ligera que con tacones. Encontrar la conexión con el callejón Knockturn no me resultó complicado, demasiadas veces había recorrido ya sus callejuelas. No tardé nada en encontrarme en el lugar acordado. Por ello cuando apenas distaban dos metros retire la capucha de mi cabeza. El objetivo era simple, que mi acompañante de ese día me reconociera.

Enarqué una ceja y lo miré con altanería. ¿Llegar tarde yo? Por favor, si algo me caracterizaba era la puntualidad y desde luego cuando de dolor se suponía con mayor presteza acudía. - Al menos te alegrarás la vista - Respondí sin más, con una pequeña sonrisa ladeada, quizás no me entendiera pero tampoco me importaba. Ya comprendería a que me refería.  

- Por supuesto que lo sé, y tengo el plan perfecto para hacerlo. - Respondí sin apartar la mirada de sus ojos. Eran bonitos, pero nada que ver con la miel que emanaba de los míos. Una sonrisa pícara se dibujaba en mi rostro mientras pensaba en la misión. -  Nuestro objetivo pasará por Borgin y Burkes en diez minutos. Y con sumo gusto me encargaré de atraerlo. - Añadí con un guiño final de ojo. Iba a ser divertido comprobar de qué pasta estaba hecho el famoso Rodolphus, saber si era más la fama que él o no.

- Sólo necesito saber a dónde llevarlo. ¿Tienes alguna idea? Si no podemos usar la casa de mis antepasados. - Dije señalando hacia la derecha, indicándole que por allí se encontraba una pequeña casa familiar. Muchas veces la había utilizado, en una ocasión como escondite con Davina Abrasax, esa chica era muy rarita.
O. Winslow
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O. WinslowInactivo

Invitado el Dom Ago 21, 2016 4:58 am

La chica había llegado con un aspecto diferente al cual estaba acostumbrado verla, pues si esa era su tapadera, él jamás había trabajado antes con ella. Debía reconocer que se veía incluso un poco más y que parecía haberle favorecido el dejar la escuela, mas a sus prejuiciosos ojos ella seguía siendo tan sólo una niña.

Sonrió con ironía y rodó los ojos cuando ella le respondió que al menos se alegraría la vista ¿Tan segura estaba de que sería de su tipo?

—Imagino que lo dices por la cacería que se nos acerca.

Respondió de brazos cruzados, mirando al rededor para cerciorarse de que no hubiese nadie lo necesariamente cerca para poder escucharles y luego le preguntó si acaso sabía porque estaba ella ahí, a lo que la muchacha volvió a responder con la misma confianza y convencimiento.

Volvió a posar sus ojos sobre la joven cuando dijo que con gusto se encargaría de atraerlo, por lo que le miró de pies a cabeza para analizar sus apariencias y luego alzar los hombros como si nada de lo que había visto le sorprendiera. Prejuicios y sólo prejuicios, ya llegaría quizás el momento en que tuviese que morderse la lengua.

—Ya veremos que tan buenas son tus habilidades para atraer a la presa.

Señaló abandonado la muralla en la que se apoyaba y mirándose por encima del hombro para asegurarse de no haberse manchado.

—Sólo espero que sepas bien lo que haces y no te equivoques, pues si fallas conmigo, ten por seguro que te costará caro. Yo no suelo trabajar con aprendices y espero no haberme equivocado. Tu apellido te antecede, del mismo modo que el mío, más vale que le hagas valer.

Comenzó a caminar por el callejón y esperó a que la chica le acompañase mientras ambos se acercaban a Borgin y Burkes y se desviaban tan sólo unos metros antes de llegar a destino, para ocultarse entre las sombras de otro callejón, en donde Rodolphus le tomó del brazo y le hizo apoyarse en la muralla, para él acercarse a ella como si estuviesen hablando de manera más intima, aunque su boca no se movió para decir palabra alguna y sus ojos se posaron más bien la entrada del callejón.

—Hueles bien… Eso te lo concedo.

Soltó con seriedad y le miró de soslayo antes de esbozar una tenue sonrisa. Para ese momento, la silueta de otro hombre apareció por el callejón y las pupilas de Rodolphus se dirigieron hacia este sin llegar a girar el rostro.

—¿Puedes verlo? —preguntó en un susurro —Esperaremos a que salga, quizás traiga consigo algo que nos interese —miró a la chica —. Entonces podrás enseñarme un poco tus habilidades de atracción —rodó los ojos.

El hombre no tardaría mucho en salir y Ophelia tenía ahí su oportunidad para preparar su treta.
Anonymous
InvitadoInvitado

O. Winslow el Jue Ago 25, 2016 1:13 am

Estaba confiada, muy confiada con aquella misión. Aunque ello no implicaba que lo tomara a la ligera, ni en lo más mínimo. Había optado por tomarme la cautela de siempre, planificarlo todo hasta el último detalle y no cometer errores, no podía permitirmelos.

- También. - Dije en respuesta, mi ego era demasiado grande como para pensar que existía la mínima posibilidad de que no pudiera resultarle mínimamente atractiva. Mi narcisismo iba en aumento con los años. - En toda mi vida nunca se me ha resistido un hombre. - Comenté con la misma confianza, sin variar el tono aunque sí que por dentro algo se removía, odiaba con todo mi ser que me pusieran en duda.

¿Qué me iba a costar caro? Que tan parecido era a su mujer, ella amenazando con pagarlo caro si fallaba y al final no tenía nada de excepcional. O esa fue mi impresión. Si él iba a ser igual...no iba a ser tan divertido como esperaba. En mi cabeza tenía el plan trazado a la perfección, no tenía porqué salir nada mal. Además, el día anterior había puesto a prueba al hombre en cuestión y no tenía porqué cambiar de un día para otro.

Seguí a Rodolphus por el callejón, acercándonos cada vez más a Borgin y Burkes, volvía a tener la capucha puesta y la sujetaba con una de las manos para que no se viera bajo ella. Siempre que entraba al callejón Knockturn intentaba ir lo más tapada posible, aunque en esta ocasión iba a hacer una excepción. Antes de llegar al local nos desviamos levemente, y sin previo aviso tiró de mí y me apoyó en la muralla, acercándose pero sin hablar. Me fijé en su rostro, su blanca piel acentuaba más aún sus ojos claros. Desvié la mirada siguiendo la suya, ¿había visto algo? ¿O a alguien? Mis preguntas mentales no obtuvieron respuesta, pues no veía nada relevante en la entrada al callejón.

Volví a mirarle alzando las cejas, ¿me ha hecho un cumplido?¿y encima sonríe? Si es lo que decía, casi imposible no fijarse en mí. Sacar provecho de mi apariencia era una de mis virtudes, además de que los hombres eran mucho más simples que las mujeres a nivel primario. Un par de palabras claves, enseñar un poco y guardar algo de misterio eran más que suficientes para atraer a cualquiera. Y se lo iba a demostrar, O. Winslow conseguía lo que quisiera cuando quisiera.

Asentí con la cabeza a su pregunta, mirando de soslayo al objetivo. La misma cabeza gacha del día anterior, la misma capa raída y desprendía el mismo aura de soledad. Observé como el hombre se alejaba de nosotros en dirección a la tienda, sumamente puntual. Mi mirada volvió a fijarse en el mortifago, alcé una ceja a la par que escuchaba sus últimas palabras. - ¿Podrías sujetarmela? - Le pregunté mientras desabrochaba mi capa y la sujetaba en el aire. Trabé mi varita en la fina cinta que rodeaba mi cintura y saqué de mi bolso varios libros sobre aritmancia y adivinación, volúmenes antiguos y poco conocidos. - Nos vemos enseguida. -  Dije con una pequeña sonrisa ladina.

Me aproximé lentamente a la tienda, dándole tiempo al objetivo a salir. Ahí estaba, cabizbajo de nuevo. Fui directa a él hasta chocarme accidentalmente, dejando caer los libros que llevaba.  - ¡Lo siento! - Me disculpé juntando las manos en señal de perdón, frente a él. - Iba tan enfrascada en la lectura que...espero no haberle tirado nada. - Dije fingiendo pena, a la par que le dedicaba una tímida sonrisa. - Disculpame a mí, que tengo la manía de no mirar por donde ando. - Respondió mientras se agachaba a recoger mis libros, tal como hice yo imitándole. - No sé de qué me servirá leer tanto sobre adivinación si no he sido capaz de adivinar que me chocaría con un caballero tan apuesto. - Le acaricié el dorso de la mano aprovechando que me tendía uno de sus libros.

Agachó la cabeza una vez más, aunque en esta ocasión con una sonrisa en los labios. - La adivinación puede ser más útil de lo que crees. - Comentó casi en un susurro. - ¿Sabes adivinación? - Asintió. Poco a poco fui guardando los libros en el bolso, según los recogía. - ¿Podrías darme algún consejo?¿Quizás tomando una cerveza de mantequilla? Yo creo mucho en el destino y si me ha traído hasta aquí, que no sé exactamente dónde estoy, debe tener una muy buena razón. Quiénes somos nosotros para juzgar sus designios. - Puse mi cara más tierna y me mordí levemente el labio inferior varias veces. El hombre me miró varias veces de arriba abajo, receloso de aceptar. - Es sólo una cerveza, o un té si lo prefieres. - Añadí acortando la distancia con él una vez ya de pie y deslizando mi mano por su brazo. - Podríamos pasarlo muy bien. - Sujeté su mano y le di un suave beso en la mejilla, muy cerca de la comisura del labio. - Esto...yo… - Un pequeño rubor cubrió sus mejillas. - Perdona, no he podido resistirlo. - Agaché un poco la cabeza, fingiendo vergüenza. - Cuando alguien me gusta no me resisto. - Añadí acariciando su mano y mirándole directamente a los ojos. - ¡Qué diablos! Tienes razón, si el destino nos ha traído a este momento, por algo será. - Dijo con un tono de voz más elevado que el anterior y con más seguridad en sí mismo. Le abracé impulsivamente, pegando bien mi cuerpo al suyo. - ¡Genial! - Agregue tirando de su mano y con sutileza hacia la dirección que yo quería. - Por cierto, soy Orwell. - Se presentó con una sonrisa de oreja a oreja justo cuando giramos en el callejón donde se encontraba Rodolphus.

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O. WinslowInactivo

Invitado el Vie Ago 26, 2016 5:26 am

Aquella chiquilla tenía el ego alto, muy alto. Sin embargo no era nada que le sorprendiera, viniendo de la casa de Slytherin estaba acostumbrado a ese tipo de mujeres, pues bien decían que el Sombrero Seleccionador tenía predilección a arrojar aquellos de ego alto y carácter arribista y ambicioso al nido de las serpientes, por lo que siempre había lidiado con personas egocéntricas y al parecer lo seguiría haciendo.

—Quizás sólo te has dedicado a la conquista de hombres de carácter débil y fácil o de aquellos que cazan mujeres por deporte.

Sugirió sin importarle el pasar a llevar su ego y es que Ophelia para él era una desconocida que aún no se ganaba su consideración y mucho menos su admiración. Sin embargo, no se cerraba aún a al idea de que la chica le sorprendiese de buena manera aún cuando le desagradaba el sentirse de niñero.

No volvió a mirarla sino hasta que la chica se dirigió directamente a él para pedirle que le sujetara algo. Rodolphus le miró curioso, sin entender sólo por palabras a lo que se refería, pero al verle sacarse la capucha, enarcó una ceja y la sostuvo tal como ella pedía.

Debía de admitir que su atiendo le sorprendió bastante, mas no pudo decir en ese momento si lo había hecho de buena o de mala manera, y es que su atuendo era, a su refinado gusto, demasiado llamativo, sobre todo para un lugar como el Callejón Knockturn.

El mortifago se quedó en su lugar, con la capucha en la mano aún indeciso de que pensar respecto a Ophelia. La chica le provocaba sentimientos encontrados bastante fuertes, le agradaba o le desagradaba en demasía y aún no sabía cual era la parte más fuerte. Observó desde su rincón y respiró profundamente con algo de impaciencia, de haber sido él, lo hubiese esperado detrás de alguna esquina para cogerlo del hombro y hacer una desaparición conjunta en el mismo acto y es que Rodolphus no tenía mucha paciencia para ese tipo de juegos, a él le iba más el estar a solas con sus víctimas lo antes posible para desatar ahí la verdadera diversión. Pero, en esta ocasión, no estaba trabajando solo y había decidido dar una oportunidad a la chica y eso significaba no acabar haciendo todas las cosas a su manera.

Observó la escena a lo lejos y se apartó del campo de visibilidad cuando se dio cuenta que ambos comenzaban a moverse en su dirección y se metió en uno de los rincones más oscuros y escondidos que pudo encontrar. Ahí se puso la máscara que serviría para ocultar su identidad y también se cubrió el cabello con su propia capa, mientras dobló la de Ophelia y se la colgó de uno de los brazos para aguardar en silencio.

Escuchó los pasos de la pareja acercándose y las comisuras de sus labios subieron tenuemente dibujando en ellos una sonrisa. Vio sus siluetas cruzar frente a él justo cuando aquel hombrecillo de apariencia poca cosa se presentaba a la chica con la mejor de sus sonrisas.

—Gusto en conocerte, Orwell.

Respondió Rodolphus a su espalda, al mismo tiempo que le ponía una mano sobre el hombro de cada quien y, antes de que el hombre alcanzara a negarse o a gritar, les hizo desaparecer y volver a materializarse a las afueras de una casona abandonada la cual les esperaba con la puerta abierta.

No esperó un segundo más y empujó al hombre hacia el interior, haciéndole caer de bruces al suelo. La víctima intentó girarse en cuanto pudo y le miró asustado mientras Rodolphus cerraba la puerta tras ellos.

—Yo… ¡no he hecho nada!

Exclamó el hombre, retrocediendo sobre sus codos mientras el mortifago avanzaba hacia él y con un movimiento de varita le obligaba a ponerse de pie. Orwell estaba asustado, pero el hecho de ponerse de pie pareció incluso que le regresaba la esperanza, por lo que repentinamente giró sobre sus talones, mas luego se quedó de piedra al ver que nada resultaba.

—Por favor, sigue intentándolo —se burló Rodolphus —. El interior de la casa está protegida contra aparición.

Orwell dejó escapar un chillido de terror y sus ojos buscaron entonces los de la chica, como si esperase de pronto que ella fuese su única salvación.
Anonymous
InvitadoInvitado

O. Winslow el Mar Sep 27, 2016 2:27 am

- Nunca gasto energía en lo que puedo conseguir con mover simplemente un dedo. - Le respondí sin darle más importancia al tema. Me molestaba un poco que dudara de mis cualidades, mas nada mejor como una demostración para cerrar bocas.

El objetivo no iba a suponer una gran dificultad, los solteros e introvertidos requerían un pequeño esfuerzo, pero nada que un par de palabras y algunos roces no consiguieran. Se hacía aburrido llegados a este punto. Si tan simple era camelárselos, qué sentido tenía hacerlo…Bueno, esto mejor dejarlo aquí, pues la misión requería de todos mis sentidos y mis mejores virtudes.

Poco a poco entro en confianza, llegando a presentarse en el momento preciso en que pasábamos por Rodolphus. Estaba esperando ese momento, comenzaba a asquearme sentir el sudor en la mano de nuestra presa. Me iba a tener que desinfectar a conciencia luego.  Una sonrisa se dibujó en mi rostro cuando desaparecimos del callejón. No sabía a dónde iba, mas no me importaba porque iba a disfrutar. Y nada como la diversión para que el resto te dé exactamente igual. Avancé hacia la casa, observando al hombre caer al suelo. Que patética es la gente cuando el miedo se apodera de ellos. Eso, arrastrate como el gusano que realmente eres...

Permanecí callada unos segundos, cogiendo mi varita con calma y admirando la desesperación humana. El mortifago lo levantó con un simple hechizo y éste se giró rápidamente. ¿Qué hacía? Me pregunté mirándolo desconcertada. Tan tonto era para creer que podría escapar tan fácilmente. Miré a Lestrange por primera vez desde que habíamos llegado al lugar. Su rostro estaba oculto bajo la máscara. Por qué no me lo esperaba...Preservar la identidad era importante, pero ¿a tal punto? ¿Acaso esperaba que este ser lograra huir y tuviera una oportunidad de delatarlo? Nunca estaba de más ser cauto, aunque a mi ver fuera excesivo en ciertas ocasiones.

Orwell se quedó mirándome tras su momento dramaqueen con gritito incluido. Tenía la varita en la mano y me giré hacia Rodolphus con gesto serio, como si realmente pensara atacarle. Apunté con la varita hacia él unos segundos, para girarme hacia nuestra diversión una vez más y conjurar un expelliarmus no verbal. La varita voló hacia mí, cogiendola en el aire y mirando a Rodolphus una vez más. - ¿Me puedes devolver la capa, por favor? No quiero manchar mi modelito. - Mis palabras sonaron con una tranquilidad asombrosa, como si le hubiera dejado a una amiga el bolso mientras estaba en el servicio.

Orwell estaba digiriendo todavía la situación, darse cuenta de que su última esperanza para salir era falsa no fue moco de pavo. - Yo...yo… - Susurró mirando a su alrededor, en busca de una salida aunque sus piernas no le respondieran.  

- Venga Orwell, no estés tan impresionado, si aún podemos divertirnos. - Dije con un leve tono burlón, acercándome a él. - Sólo tienes que complacernos, ¿no es lo que querías hacer hace unos segundos? - A cada paso que daba en su dirección él daba uno hacia atrás. Si bien hasta el momento le había dedicado una leve sonrisa en ese momento suspiré y di paso a mi usual cara de póquer. “Colloshoo” conjuré mentalmente, haciendo que sus zapatos se pegaran al suelo.  - Ahora que has dejado de andar… - Me acerqué un poco más, dejando una distancia de cortesía entre ambos. Le apunté de nuevo con aire amenazante. - ¿Qué nos puedes contar de Marco? - Pregunté con un tono más grave del usado hasta ahora. - ¡Nada! No sé nada de ningún Marco - Dijo con un hilo de voz, tragando saliva constantemente. Negué con la cabeza lentamente. - No mientas Orwell. - Le requiminé antes de lanzarle la maldición cruciatus. Digno de ver a un hombre retorcerse de dolor cuando sus pies estaban pegados al suelo y no podía hacerse un ovillo esperando que eso menguara el dolor.

En otras ocasiones había esperado ordenes directas de mi superior antes de actuar. En esta ocasión había tomado la iniciativa, no suele ser de mi entero agrado acatar ordenes, aunque fueran de alguien de tan alto rango.
O. Winslow
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O. WinslowInactivo

Invitado el Lun Oct 31, 2016 7:07 pm

Ya estaba hecho…

Por fin estaban en el lugar que él venía deseando desde que había visto a aquel hombre moverse por delante de sus ojos. Ophelia había llevado siempre el rostro descubierto, pero si acaso había algún testigo en el callejón Knocturn que se atreviese a delatarles, ella siempre podría alegar haber sido secuestrada por un mortífago, pues eso es precisamente lo que había hecho parecer. Ya dentro de la casa, estaban a solas y no había necesidad de seguir usando la máscara, pero a él le agradaba inmensamente el miedo que ésta provocaba y como ese miedo jugaba mentalmente con sus presas ¿acaso aquel hombre le había temido del mismo modo? Lamentablemente no, nadie que no perteneciera al grupo cercano al Señor Tenebroso temía aún el nombre de Rodolphus Lestrange, pues él siempre se había preocupado de mantener las apariencias de un dedicado trabajador del Ministerio, posicionado en lugar clave para servir a su Señor. Por supuesto, todo aquello cambiaría, pero aún no… Aún no…

Orwell suplicaba ayuda en silencio, miraba a Ophelia como si ésta fuese su única esperanza, por lo que Rodolphus miró también a la chica, con una pizca de complicidad, y sonrió tras su máscara. Ella le quitó la varita y casi pudo escuchar romperse las esperanzas del hombre como un cristal mágico y delicado haciéndose verdaderos añicos.

—Es un placer.

Respondió a la chica, cuando ella le pidió su capa, por lo que se la cedió caballerosamente e incluso le asistió para colocársela. No es que quisiera comportarse como un verdadero caballero en armadura plateada, pero aquella escena era parte de su propio juego sicológico hacia la pobre víctima. Estaba seguro de aún a pesar de haber sido desarmado, había mantenido un poco de esa estúpida esperanza que la mayoría de las personas aseguran ser lo último que se pierde.

“¿Qué tal si la chica, aquella hermosa y llamativa chica, le había desarmado sólo para aparentar, pero en el fondo no era una damisela en apuros, sino una súper mujer tremendamente hábil con la varita que esperaba que el villano bajase la guardia para darle su merecido?”

Estúpido…

Entonces Rodolphus dio un paso atrás, quedándose en segundo plano mientras observaba actuar a la aspirante de mortífago. La chica tenía agallas, eso no podía negarlo; le gustaba su determinación, su falta de miedo y también su personalidad doble estándar y agresiva. Sin embargo sus métodos seguían siendo demasiado cliché, aunque aquello no era nada que no se pudiese arreglar. Sin duda llegaría a ser una buena adquisición para los Caballeros de Walpurgis.

Sonrió al escuchar los chillidos de dolor del pobre Orwell y ver las ridículas posiciones que el hombre adoptaba al intentar protegerse del dolor y tener los zapatos pegados al piso. Obviamente, intentando abrazarse y aovillarse, estuvo a punto de caer, por lo que finalmente se liberó de uno de sus zapatos y pudo arrojarse al piso, con el otro pie aún pegado a él.

Rodolphus se acercó al hombre e hizo a Ophelia un gesto para que ésta detuviese la maldición. Entonces invocó uno de los sillones y se sentó cómodamente junto a él, mientras el hombre se recomponía de tal magnitud de dolor.

—¿Alguna vez habías sentido algo semejante, Orwell?

El hombre negó con la cabeza como un niño asustado, como si temiese ya que por decir que No nuevamente se llevase una de aquellas maldiciones como castigo.

—Y ha dolido demasiado ¿verdad? ¿Ha sido terrible?

La voz de Rodolphus llegaba a sonar incluso comprensiva, como si en verdad el hombre detrás del mortífago se estuviese ablandando y desease darle una segunda oportunidad. La víctima temblaba de miedo y de dolor, el Lestrange estaba seguro que poco faltaba para verle orinarse sobre sus pantalones.

—Pues entonces, si no quieres sentirlo de nuevo, tendrás que hacer todo lo que nosotros te digamos —el hombre asintió con la cabeza, como perrito entrenado —. Sácate la ropa… —fue la siguiente orden del mortífago, pero el hombre se quedó helado —¿Tengo que repetirlo? —preguntó el Lestrange alzando su varita.

El miedo volvió a inundar los ojos de Orwell y, con las manos aún temblando, comenzó a desabonarse la camisa y a sacarse la ropa prenda por prenda hasta quedarse nada más que en calzoncillos. Rodolphus miró a Ophelia con una sonrisa divertida y se puso nuevamente de pie, comenzando a silbar una conocida canción muggle, que incluso en el Mundo Mágico había llegado a tener su fama, la canción del Adiós. Y mientras silbaba, comenzó a agrupar la ropa del hombre en un sólo lugar y arrastrándola con sus propios pies, pues deseaba tomarse su tiempo, deseaba que el hombre viera y comenzara a procesar lo que él estaba haciendo.

—¿Qué… qué está haciendo? —comenzó a tartamudear Orwell.

Rodolphus terminó por apilar toda su ropa, mientras la víctima comenzaba a darse cuenta que no habría día para él, después de ese.

—¿Quieres ver mi rostro, Orwell?

El hombre negó con la cabeza, pero el Lestrange se levantó la máscara de todos modos, dejándola puesta por encima de su nuca, con el rostro por completo al descubierto. Entonces Rodolphus le sonrío y con otro movimiento de su varita, prendió fuego a la pila de ropa.

—¡Noooooooooo! —gritó Orwell, poniéndose a llorar.
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InvitadoInvitado

O. Winslow el Jue Dic 01, 2016 12:36 am

Era tremendamente divertido tener a mi disposición la ocasión de torturar a alguien. En compañía, pero torturar al fin y al cabo. Mi mayor pasión, o una de ellas al menos. Cubierta con mi capa me resultó más sencillo dejarme llevar. Manchar la ropa no era un problema, pero lograr que Orwell pensara mil y una posibilidades de lo que iba a ocurrir...eso sí era divertido.

Me deleité levemente, torturandole con la más simple y eficaz de las maldiciones imperdonables. Verle retorcerse cuando sus pies estaban pegados al suelo, era entretenido, muy entretenido. Sin embargo mi compañero no parecía estar tan de acuerdo, pues no tardó en pedirme delicadamente que me apartara. Retiré la maldición y me limité a observar unos instantes.

Orwell en el suelo parecía un insecto retorciéndose después de haberle arrancado parte de su cuerpo. Le quitaba la emoción a la tortura. Por no hablar de las preguntas de Rodolphus. ¿Qué pretendía exactamente? Para mi no iba a lograr nada con ellas. Por más que lo intentara, no lograría más de lo que podían lograr unos cuantos conjuros. Una persona promedio hablaba sin filtros después de unas cuantas torturas, sabía cómo hacerlo y donde infligir cortes para lograrlo. Hablar me parecía irrelevante. La pregunta se le había hecho, pero se rehusaba a responder. Obligarle a desnudarse me pareció original. Aunque ver su cuerpo fofo no fue de mi agrado, debería hacerse algunos arreglitos sin duda alguna.  

¿Qué diantres está silbando? Es rítmico pero no tenía ni la más remota idea de que era esa canción, si es que era una. ¿Por qué gasta la gente tiempo en silbar o hablar cuando de torturar se trata? ¿No es más simple ir al grano? ¿Es que no aprenden nada de la historia o periódicos? Tener una seña de identidad, silbar o cualquier cosa similar sólo implica que te puedan pillar luego. ¿Y si una de tus víctimas escapa y te escucha sin querer tarareando esa estúpida cancioncita mientras estás en la calle? A veces tanto y otras tan poco cuidadosos…
Que cierto era que mi cara estaba al descubierto, pero era así porque no iba a permitir que saliera con vida. Además, qué mejor satisfacción que ser la última visión de alguien. Estaba adelantándole la imagen del cielo, o mejor dicho, proporcionándole una última vista alegre.

Fuego, al fin el fuego hacía acto de presencia. Un sonido desgarrador lo acompañaba. No entendía que miedo podía dar una cara de rasgos tan delicados. Estaba claro que no había gritado al ver su rostro, ¿o sí? A saber, pero lo que sí tenía claro es que sus esperanzas habían mermado considerablemente, ya no tenía un ápice de luz en su interior. La idea estaba ya materializada en su mente, o prácticamente establecida. - Orwell, por favor, no llores. Puedes irte por donde has venido tan sólo respondiendo a unas preguntas muy simples. - Dije con una suave voz, fingiendo preocupación por ese asqueroso. Mas los sollozos no terminaban. Un “sectum” no verbal bastó para llamar su atención, un corte en su espalda, muy cerca y en paralelo a la columna vertebral. - El rojo te hace más guapo. Ya lo dicen muchos, la belleza está en el interior. - Mis palabras fueron seguidas de un nuevo sectum, esta vez en el hombro derecho. Eran puntos estratégicos, dolorosos pero no mortales. Me mordí el labio inferior con deseo al ver el brillante rojo brotar de aquella masa fofucha.
O. Winslow
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O. WinslowInactivo

Invitado el Sáb Dic 17, 2016 12:01 am

Rodolphus sonrió de medio lado, sabía que el hombrecillo aquel no había gritado precisamente por haber visto su rostro, sino porque aquello, junto al hecho que él había quemado toda su pila de ropa ya le dejaba completamente sin esperanzas.

Lloraba, lloraba como un verdadero crío cobarde. Aquello le divertía y parecía no ser el único divirtiéndose, pues el rostro de Ophelia denotaba que se lo pasaba extremadamente bien cuando torturaba a otra persona y ello, inevitablemente, le hizo preguntarse si acaso disfrutaría también de usar el arte de la tortura para otras cosas.

Dejó que la chica le diese un par de “toques” color carmesí a la flácida piel de Orwell, la cual —efectivamente— se vio mucho mejor con un poco de color y sangre tapando sus imperfecciones y desviando la atención de otras vistas no tan agradables de su mismo cuerpo que, hasta ese momento sólo le había hecho arrugar la nariz.

Rió inevitablemente con la broma de Ophelia, luego que ella dijera que le había cortado porque la belleza estaba en el interior. Era un buen punto para cualquier desollador, casi tanto como aquel dicho de “Vamos por partes” antes de comenzar a partir al enemigo en trocitos.

—Tal parece que mi compañera es mas magnánima que yo si acaso ofrece que aún puedes irte, aunque yo que tú no le creería a una mujer tan guapa si antes ha dicho encontrarte tan apuesto.

Chasqueó la lengua repetidas veces mientras meneaba la cabeza. Sí, sabía perfectamente que también había hecho un cumplido a la chica, pero lo había dicho nada más porque intentaba darle un poco más de credibilidad a la situación y habría que ser un cínico para no reconocer que Ophelia tenía más de algún encanto.

—No, Orwell. Si ambos te hemos seguido, has vistos nuestros rostros y además has perdido toda tu ropa, yo creo tienes bastante claro que de esta no sales vivo. Sin embargo, el hecho de que hables rápido o no, puede significarte una muerte más rápida y con menos dolor. Es lo que dicen ¿no? Pero… verás… a mi no me gusta lo cliché.

Alzó los hombros, para luego meterse la mano a uno de los bolsillos y sacar de él una especie de relicario que arrojó a sus pies. El hombre lo tomó inmediatamente y lo miró como si fuese un objeto de suma importancia, antes de examinarlo bien y muy apresuradamente como si quisiese descubrir que era falso.

—¡¿De dónde lo sacaste?! —gritó Orwell con desesperación.

—Tú ya lo sabes —sonrió Rodolphus restándole importancia —, así que si quieres que mami no corra tu misma suerte, yo que tú comenzaría a responder lo que te ha preguntado mi compañera. Después de todo, estoy muy seguro que ella tiene el tacto suficiente para hacerte hablar ¿no es así? —preguntó a Ophelia, dedicándole una sonrisa de complicidad.
Anonymous
InvitadoInvitado

O. Winslow el Sáb Dic 31, 2016 1:59 am

Me había desconcertado la acción de Rodolphus, obligándole a quitarse la ropa y quemándola luego. Pero más aún me desconcertó que me hiciera un piropo. Si es que lo sabía por mucho que antes hubiera pretendido hacer que no se fijaba en mí...por favor, tengo demasiada belleza como para que alguien se resista a ella.

¿Cliché? ¿Qué pueden tener de cliché las torturas? ¿No se supone que todas ellas deben ser lentas y agónicas? No entendí lo que quiso decir, mas no le di importancia. Si yo iba a torturar iba a ser a mi modo, y poco me importaba la velocidad con la que hablara, me gustaba recrearme y disfrutar de los gritos hasta llegar al éxtasis.

Un relicario soltó Rodolphus a sus pies. Su reacción la contemplé con curiosidad. Una reliquia familiar al parecer. Aunque no me gustaron mucho las palabras del mortífago. Si le quitas todas las esperanzas a alguien que vas a torturar jamás conseguirás la información que quieres. Es de manual básico, hasta mi elfo lo sabía.  Tenía que darles esperanzas, aunque luego se las fuera arrebatando. Me arrodillé a su lado, le acaricié el rostro desconsolado y confuso. En sus ojos podía verse miedo y odio. - Orwell, no son sus palabras. Puede que tu madre esté muerta ya, puede ser que la tenga oculta en algún lado y que la libere luego de que nos ayudes o puede que simplemente le haya robado este relicario y esté tan pancha en su casa.  Pero si he de elegir una opción, elegiría la segunda. Y deberías ser un héroe por ella. -  Dije con una voz neutra, haciendo que se levantara tirando de su brazo.

-Aunque yo no voy a ser tan suave como mi compañero.- Advertí a Orwell mientras conjuraba un lapidem clipeus justo detrás de él. En pocos segundos se formó un pequeño muro de baldosas, tan alto como él. Perfecto para lo que tenía en mente. Con un simple encantamiento, la cuerda que segundos antes había sacado de mi bolso y se encontraba en el suelo, se enrrolló en la muñeca derecha de Orwell. Tirando de él hacia el muro, pasando por detrás para anudarse en la muñeca izquierda. Dejando su espalda apoyada en el muro y quedando así inmovilizado.

- Vamos a jugar, ¿te parece? - Dije con una sonrisa, encogiendome de hombros. - Voy a pintar en tu cuerpo algunas líneas. Tienes que memorizarlas bien. Aunque antes de nada… - Hice una pausa para vendar sus ojos gracias a un obscuro. - Cuando tenía doce años, mi padre me enseñó cuales eran los puntos vitales del cuerpo humano. Una golpe en alguno de estos puntos puede hacerte muchísimo daño, una puñalada podría hacer que tu muerte sea rápida. Así que para no equivocarme... - El miedo se podía notar en él, nada como no poder ver para que el miedo sea aún mayor. Con mi varita apuntándole de nuevo conjuré un flagrate no verbal. Poco a poco fui dibujando con fuego líneas en su torso. Una recta de hombro a hombro, una línea vertical desde el cuello hasta el bajo abdomen que dividía su torso en dos. Orwell no puedo evitar gritar por el dolor. Comenzaba a notarse un ligero olor a pelo de cerdo quemado en el aire. Una nueva línea de una axila a otra. - ¿Estás memorizando bien las líneas? Es muy importante que las recuerdes luego. - Mi voz sonaba dulce, como la de una niña pequeña que está presentando a sus padres su mayor descubrimiento. Una última línea, paralela a la anterior pero a unos siete centímetros por debajo. Guardé mi varita y cogí mi daga. ¿Qué no puede llevar una mujer en su bolso de piel de murtlap?

Me coloqué de nuevo frente a él. Acariciando su torso lentamente, en paralelo a la línea vertical. - Tienes la piel muy suave, Orwell. - Comenté para distraerlo unos segundos, devolverle a la calma. - Volviendo al juego. Las reglas son simples. Te haré una pregunta y me responderás. Si no respondes te iré haciendo cortes con mi preciosa daga. - Le rocé el cuello con ella, sin presión alguna, sólo quería que notara el frío del metal. - Puede que no quieras contestar a los primeros, pero debes saber que de este modo puedo pasarme tres días apuñalandote antes de que pierdas la consciencia. ¿A que es divertido? - le pregunté con emoción en la voz, dándole un breve beso en la mejilla. Deslicé la daga por su torso, y presioné en el costado izquierdo. Un corte limpio pero lento, de unos tres centímetros de profundidad. Marco. ¿Quién es? - Era una pregunta simple, un traidor, aunque el valiente inútil seguía creyendo que podía protegerlo. Un nuevo corte, más profundo, esta vez en el lado derecho y punzando entre dos costillas.  - Luego se lo haré a tu querida mamacita, aunque será pura diversión, me recrearé mucho más y le haré sufrir mil veces más que a ti. Pero puedes ser un héroe y salvarla, dame lo que quiero y ella vivirá. - No tenía ni idea del paradero de su madre, si estaba viva o no, pero el complejo de héroe lo tenían todos, una amenaza verbal era muy efectiva en estos momentos.

-¡No! ¡No le hagáis daño a mi madre! Os diré lo que queréis saber. - Habló al fin, después de que su torso  se había cubierto de rojo por varios cortes y puñaladas. - Marco es un hijo de muggles que se hace pasar por sangre limpia. Es ruso y trabaja como desmemorizador. No sé más sobre él. - Habló de modo automático, lo cual no inspiraba mucha confianza. - Venga, dime algo que no sepa ya. ¿Dónde está escondido? - Mis palabras fueron acompañadas de mi daga perforando su piel una vez más, en el bajo abdomen, a dos centímetros de su ingle.
O. Winslow
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O. WinslowInactivo

Invitado el Sáb Dic 31, 2016 3:05 am

Alzo ambas cejas al ver la primera reacción de la chica ¿en serio se arrodillaba a acariciarle después lanzarle una maldición Cruciatus y cortarle un par de capas? Vaya, no dejaba de ser sorprendente y divertido, menuda bipolaridad, aunque claro, de un tiempo hasta ahora ya estaba convencido de que todos los mortífagos tenían algo de enfermo en su cabeza, incluso él.

Dejó que la muchacha jugara con el pobre desgraciado, mientras se pasaba por la sala, hasta que finalmente pareció aburrirse de ello e invocó una silla, la cual se deslizó por el piso de madera a toda velocidad para posarse en una esquina, junto a la chimenea. Ahí se sentó y pasó una de sus piernas por encima de la otra, mientras uno de sus codos se apoyó en los posabrazos y su rostro sobre aquella mano, para mirar a la pareja desde su posición.

Escuchó y observó con atención la metodología de la Winslow. Se mordió la lengua antes de contestar cualquier cosa y simplemente la dejó ser, sin importarle que le llamase blanco, ni que pusieses palabras en su boca que él mismo ya había descartado, después de todo, entendía que en esa habitación todo lo dicho y hecho era parte del juego.

Fue testigo de como se alzaba la pequeña muralla de baldosas por detrás de la espalda del secuestrado y a ella empujándole después con una facilidad que de seguro daba a que pensar que ella, pese a porte, tenía unos músculos de hierro o que el hombre estaba ya demasiado desorientado como para reaccionar a cualquier cosa.

Le vio vendarle los ojos, le escuchó hablar de los puntos débiles físicos lo que confirmó su teoría de que ciertamente debía de entrenar de alguna forma y tener buenos músculos, y le observó también ponerse a dibujar en el cuerpo de aquel desgraciado con esas líneas de fuego. Aquello comenzaba a ponerse interesante, le intrigaba, no podía negarlo, y eso hacía que les pusiera aún más atención.

Escuchó las reglas del juego y también la primera pregunta. No dudaba que gracias a la intervención de la madre, iba a acabar diciendo lo que sabía, pues el tipo era un pobre desgraciado que aún vivía bajo las faldas de su mamita y por lo visto aquella sería la única mujer de su vida.

Entrecerró los ojos cuando Orwell comenzó a hablar de ese tal Marco y aunque eso le provocó la tentación de responder “Polo”, se quedó callado y escuchó lo que el hombre tenía que decir y lo que la mortífaga tenía que preguntar. Así que había un sangre sucia haciéndose pasar por sangre pura, vaya que vergüenza… realmente esperaba que con los cambios que venían aquel tipo de engaños dejase de ser posible.

No quiso intervenir, tal parecía que Ophelia se estaba divirtiendo y Orwell, gracias a la condenada evidencia que tenían acceso a su madre, había comenzado a hablar. Así que si la chica le miraba, el simplemente le haría un gesto con la mano para que prosiguiera, ya estaba claro que ambos tenían estilos distintos y si se seguían interrumpiendo más se molestaban que lo que se ayudaban, por lo que le dejó trabajar tranquila, hasta que ya tuvo todo lo que querían y entonces él fue el primero en ponerse de pie, para marcharse del lugar.
Anonymous
InvitadoInvitado

O. Winslow el Mar Ene 31, 2017 11:20 pm

Orwell se había resistido un poco a hablar. Quizás propiciado por la falta de trabajo conjunto con mi compañero. Su método me desconcertaba y no me gustaba quedarme mirando. Desde que tuve la oportunidad no dudé en hacerme con el control de la situación. Debía demostrar que podía conseguir lo que quería, si bien lo hacía en mayor medida por la búsqueda de mi diversión particular.

La partida estaba a mi favor, podía hacer lo que quisiera y creyera oportuno para obtener la información. No sería complicado, sabía perfectamente que hacer, no era la primera vez que lo ponía en práctica. Los cortes se fueron sucediendo, poco a poco el cuerpo de Orwell se iba llenando de cortes superficiales pero dolorosos y el carmesí de su sangre comenzaba a pintar su torso. Era bello de ver. Las preguntas comenzaron a tener respuesta, más se rehusaba a decirme dónde estaba. Lo que más deseaba saber.

- ¿Dónde está? - Mis palabras sonaron con firmeza, seguidas de una nueva puñalada, esta vez más profunda que las anteriores. El grito no se hizo esperar. - Mientras te lo piensas…¿Qué te parece si el siguiente corte es aquí? - Dije presionando superficialmente con la punta de la daga sobre su pezón izquierdo. - Desde aquí podría perforarte el pulmón con facilidad, y comenzarías lentamente a ahogarte. Con cada respiración tu pulmón estaría más encharcado de sangre y en unos minutos dejaría de ser útil. - Presioné un poco más con el cuchillo, un corte superficial pero justo en el pezón. El dolor era palpable en su rostro y no tardó en surtir efecto. - ¡Para! Te diré lo que quieres saber. - Sus palabras eran entrecortadas, las lágrimas le brotaban sin parar. - Marco está viviendo en Piccadelly, no sé el lugar exacto, pero pasa mucho tiempo en la plaza junto a un puesto de perritos calientes. - Dijo finalmente, relajandose visiblemente su cuerpo al contar todo lo que sabía. En su mente el confesar le hacía creer que iba a sobrevivir. - Muy bien Orwell, lo has hecho de maravilla. Ahora es hora de liberarte. - Dije con mi mejor tono de voz, Orwell seguía aún con los ojos vendados. Separé la daga de su pecho y con un movimiento rápido le seccioné la carótida. La sangre brotaba con fuerza, en apenas unos segundos estaría muerto. Pero era tan bonita aquella maravilla de la naturaleza. Sangre.

Mojé mi mano en ella y pasé los dedos por mis labios, saboreando el elixir vital. Era excitante. Me giré hacia mi compañero de misión. Imaginaba que él se ocuparía de limpiar lo sucedido, a fin de cuentas sólo era una aprendiz. Una señal me bastó para saber que aquí habíamos terminado. - Ha sido divertido. - Comenté ladeando un poco la cabeza y mirándole a los ojos. Mis labios estaban cubiertos de sangre y no pude evitar morderlos antes de acortar la distancia para con él y besarle sin más. Unos segundos. - Torturar me excita, no puedo evitarlo. - Dije a modo de excusa encogiendome de hombros levemente y guardando la daga en el bolsillo de mi capa.

Todo estaba listo y mi misión había terminado. Lástima me daba no poder ir tras ese tal Marco, pero si algo tenía que hacer en estos momentos era acatar una orden simple. Y no nos engañemos, si me iba ahora podría encontrar a alguien con quien aliviar la calentura que tenía.
O. Winslow
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