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Confidence Man [Eunice L. Lyall]

Invitado el Mar Nov 15, 2016 10:26 pm

-Cordelia... ¡CORDELIA! ¡CORRE NATHAN, VETE!-

-¡AVADA KEDAVRA!-

-¡NATHAN!-

-Te lo dije Myrtle, me era muy fácil hacer que te quedases completamente sola. No no no, no llores querida, ¿los echas de menos? Bueno, eso podemos arreglarlo. ¡AVADA KEDAVRA!-

Ahí estaba ese profundo gemido que llevaba varias noches emanando desde lo más profundo de mi garganta al final de aquella horrible y repetitiva pesadilla. Si, aquella no era la primera vez que soñaba con aquello sino que se había convertido en algo habitual, casi en una costumbre. Me aterraba. Los sueños sueños son, eso creen los muggles, pero para los magos y más aún para mi, la profesora de adivinación, significaban algo más y más aún cuando se repetían noche si y noche también. Después de haber soñado eso por primera vez intenté por todos los medios que me eran conocidos intentar predecir algo que me hiciera creer que aquel sueño significaba algo, no obstante... nada, algo realmente positivo siempre y cuando no hubiese cometido ningún error. La edad y la senectud no perdonan no pasan por alto ni en la adivinación.

En el sueño, o mejor dicho, pesadilla, un mortifago, al parecer conocido para mi, nunca logro verle la cara, rapta a mi hija y mi nieto y los mata delante de mis narices y por mas que se repita, una y otra vez, nunca soy capaz de protegerlos, siempre es el mismo final. ¿Tendría algo que ver con la investigación que llevaba un tiempo haciendo? Era una opción. Mi cabeza comenzó a darle mil vueltas a todo mientras que sin darme cuenta volví a caer en un profundo sueño, esta vez sin interrupciones, esta vez hasta el amanecer.

Cuando los primeros rayos del sol irrumpieron en mi cuarto a través de la fina cortina y las tripas de Pawn comenzaron a rugir más de seguido mis ojos se abrieron, era hora de empezar un nuevo día, aunque algo me decía que aquel no sería uno más, aquel sería diferente. Hacía ya tiempo que algunos miembros de la Orden andábamos tras el paso de unos mortifagos que intentaban reclutar magos y brujas para engordar así su numero de miembros. Hasta entonces nos habíamos mantenido al margen no obstante la ultima noticia que habíamos recibido había sido que habían secuestrado a un mago para quebrar su voluntad y añadirlo a sus filas. Fue entonces cuando decidimos actuar, en concreto, yo y otro miembro de la Orden, Eunice.

-Día de correo Pawn-. El castillo aún dormía, al menos la mayoría de los alumnos deberían de hacerlo, por lo que poniéndome mi vieja bata salí a toda prisa hacia la lechucería. Cuando llegué a lo más alto una amplia sonrisa se dibujó en mis labios, había llegado el correo. Hacía días que esperaba la correspondencia, en concreto aquella carta en la que solo aparecía una dirección en Laponia, Finlandia.

Después de haber enviado un mensaje urgente a mi compañera de fatigas en esta misión regresé a toda prisa a mi habitación para prepararme para el viaje. Posiblemente no estaría mucho tiempo fuera, pero mi maleta y yo eramos inseparables a si es que la llené con varias prendas y cosas que pudieran ser necesarias. -Pawn, tengo que irme, pórtate bien y vigila que nadie entre en la habitación-. Me despedí del animal acariciando su cuerpecito suave y peludo. -Y como vuelvas a usar mis tés y hiervas para adornar tu cama te convierto en bufanda-. Le advertí dedicándole una mirada de lo más siniestra.

-Es hora de irse-. Tal y como le había indicado en la carta a Eunice yo partiría en primer lugar, aquella dirección no la había mandado nadie de la Orden, sino alguien allegado a mi a si es que era mi deber asegurarme de que todo estaba en orden, de que no era una trampa. Si, podía decirse que la carta a Eunice era un salvavidas por si algo iba mal, necesitaba tener a alguien a corriente de mi paradero por si las moscas.

-Portus-. Pronuncié mientras golpeaba con mi varita una de mis tazas de té dándole la calidad de traslador. Finalmente lo toqué apareciendo en la dirección que aparecía en la carta.

-Querida, hace demasiado frío aquí como para venir tan fresca... ¿No podrías dejar tu estilismo de lado por un momento?-

-Selene querida, cuanto tiempo, estas un poco desmejorada, ¿no has seguido mis consejos?-

Todo despejado, aquello era seguro. Comenzaba así nuestra misión.

-Bien, esperemos a tu compañera, tenemos muchas cosas de las que hablar-.




Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Dom Nov 20, 2016 10:35 am

Me había dejado a Warwick en la Universidad, pero no sabía si decidiría aparecer, si íbamos detrás de mortífagos necesitaba a alguien competente a mi lado, no es que Myrtle no lo fuera, como integrante de la Orden la veía una persona que si su estado físico no estaba para echar cohete bien podía usar todo lo vivido como propia arma. Los contactos que te daban una vida fructífera y llena de escaramuzas, no los aportaba el cuerpo más trabajado o bonito a la hora de contemplar. Mi juventud no la había perdido, con veintinueve años estaba en plena juventud, claro que mis intereses habían cambiado desde que cierto hombre había entrado a mi vida dejándola patas arriba.

Las primeras ideas de ser madre, mi instinto maternal se había despertado a principios de curso, siendo profesora de vuelo, lugar que no había podido retener ni siquiera un mes, pero había echado al toalla con cierta persona que había perdido todos los ideales, según me había mostrado. No pensaba seguir a su lado, porque sino terminaríamos matándonos entre nosotros. Dudaba mucho que mi orgullo o el suyo pudiera propiciar un tercer acercamiento, yo no me iba a mostrar humilde ante él nunca más, y no creo que él se bajara del burro, aunque viera que había actuado fatal en cada una de sus decisiones. No quería a nadie así en mi vida, pero tenía un gran respeto por aquella figura la cuál estaba ya comparado con Merlín con su gran poder, sólo esperaba no estar equivocándome en esta corazonada, y que su fe ciega sobre las personas le impidiera ver que estaba cometiendo un error.

Como le había dicho a mi compañero pasaría por casa pues necesitaba coger algunas cosas. Un petate de campaña y ropa de abrigo y cómoda. Cambié los zapatos de tacón por unas zapatillas de montaña con forro, las medias por calcetines abrigados de algodón inglés, pantalones de camuflaje del ejército encima de unos leggins ceñidos, y tres capas sobre mi torso, una camiseta afelpada interior ceñida, un polar claro en rosa pálido y la chaqueta de camuflaje de plumón de oca, ligera pero no había material más abrigado en el mundo mágico o muggle, hechizada con varios encantamientos, indestructible e impermeabilizante. Cogí una segunda para dejársela a la señora Brandford, plegada en el petate, y varias cosas que íbamos a necesitar, que el equipo de ingeniería del Ministerio me brindaba por hacer varias pruebas con ellas, como la que hice aquella tarde que tropecé en las cocinas con el chico de Gryffindor y se vino conmigo, ayudándome a preparar la clase.

Y una vez lista, usé desaparición para aparecer en la dirección de la carta, dejando la carta sobre la mesa de la cocina. Entre Warwick y yo no habían secretos, en caso de no poder enviar el patronus con todo el mensaje, debía saber como llegar al sitio en cuestión. Teníamos línea de internet en casa, comodidades de vivir entre muggles algunos magos y conocer ambos mundos.

Daba lo mismo que me metiera en un congelador gigante, como las pruebas que habíamos tenido que pasar en los Marines, para acomodarnos al frío extremo, con temperaturas que rozaban los cien grados celsius bajo cero, y no con esta ropa, más de uno habíamos salido con hipotermia, y otros con un grado severo de congelación, los sentidos se relentizaban con el frío extremo, la manera de actuar bajaba, incluso los latidos parecían que se fueran a detener, pero esta gente que vivía aquí cuando lo colocabas en un entorno con una climatología apta para el hombre, se sentían pesados y aplatanados. Necesitaban un tiempo de aclimatación. tanto el frío extremo como el calor extremo, no eran entornos para la humanidad, pero para algo teníamos la tecnología y la magia, para esas nimiedades poderlas salvaguardar.

Golpeé la puerta de la casa de la dirección, esperaba que Myrtle ya hubiera llegado, era una bruja talentosa, yo la veía así, y curtida en años. Apenas la conocía de un par de misiones más en las que habíamos coincidido y de momento no me había dejado con mal sabor de boca, como otros tanto con los que había interactuado.

La experiencia te hacía ser más selectiva en cada una de las misiones, sobre todo, con la persona que debía proteger tus espaldas. Cuando una mujer de mediana edad abrió la puerta sonreí y me retiré la capucha, bajando el pasamontañas de cuello que llevaba, abrigada hasta las cejas- Parece que hoy vaya a brillar el sol con fuerza -una frase que se gastaba bastante como contraseña, si no era esa, ya podía devanarme los sesos intentando averiguar cuál habría gastado para que me dejaran entrar en la vivienda, o sin más tendría que esperar a la intemperie que apareciera Myrtle, si es que aún no había llegado, aunque la carta decía claramente que se adelantaba.

Al no ver ninguna reacción en la buena mujer, me di la vuelta y me senté en una piedra a la entrada de la casa, con el petate a la espalda, las manos enfundadas en unos guantes flexibles, la varita en un costado oculta bajo el brazo y tarareando una canción tonta que había escuchado en la radio- Na na nana, yeah...- la cabeza la movía al son de la música que sonaba en mi cabeza.
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