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Lost the mind in the sound. {Laith Gauthier}

Zachary S. Dankworth el Vie Mayo 05, 2017 6:53 am

La misión era fácil: ir al agujero donde se escondían unos fugitivos de mala muerte y acabar con ellos. Era tan fácil que mis compañeros y yo ni siquiera nos molestamos en cubrirnos con máscaras, como todavía hacíamos varios de nosotros por precaución y por privacidad a pesar de que los tiempos habían cambiado completamente y ya no teníamos que escondernos. Íbamos con ropa normal y la cara al descubierto, pero con la varita en mano, preparada para atacar y para matar. Y eso hicimos. Había varios fugitivos metidos en ese zulo en el que habían estado escondiéndose del nuevo régimen durante meses, viviendo como animales. Unos cuantos hechizos lanzados por mis compañeros aspirantes a mortífagos y por mí liberaron a aquellos pobre ilusos de su miseria. ¿Quién quería vivir si era para hacerlo en las condiciones en las que ellos lo habían estado haciendo?

¿Eran esos todos? —preguntó uno de mis compañeros, Bill, mientras caminábamos entre los cadáveres de las víctimas revisándolos con la mirada, buscando por si en algún lugar había alguna pista que nos llevase al escondite de más fugitivos, lo cual haría que este fuese un día redondo.

Creo que sí —respondió otro de los chicos, Jake, quien pateó el cuerpo inerte de uno de los caídos y rió. —Miradles qué cara de gilipollas se les ha quedado a todos. Qué asco, esto parece una pocilga. ¡Y huele a pocilga! —se quejó, haciendo una mueca de desagrado, pero a continuación volvió a reír felizmente y se puso a imitar los sonidos de un cochinillo mientras les hacía burlas a los muertos. Jake era sin duda quien peor estaba de nosotros. —¡La hostia, a este le conozco! Hijo de puta, su novia era la tía más buena de clase, siempre quise follármela pero ni puto caso. ¿Quién le ha matado? ¿Has sido tú, Zack?

Miré el cadáver que Jake señalaba. Me encogí de hombros, pues no lo sabía con certeza. Tal vez. Jack volvió a reír y de repente vimos que se desabrochaba la bragueta del pantalón.

¿Qué coño haces, Jake? —La respuesta llegó por sí sola cuando se puso a mear encima del cadáver. Sus carcajadas llenaron el lugar. Puse los ojos en blanco y continué caminando, ignorando completamente aquella falta de respeto hacia los muertos y siguiendo buscando.

Apenas habían pasado dos segundos cuando vi que uno de los cadáveres no era un cadáver, sino que se movía levemente. Alzó la varita, y sus labios conjuraron un hechizo. Apenas me dio tiempo a reaccionar, y la voz de alarma no llegó a los demás antes de que el moribundo hiciese estallar todo aquel lugar en pedazos, haciéndonos volar a nosotros por los aires como última venganza por la masacre ahí cometida, tratando así de llevarnos a nosotros con él.

Todo se volvió negro. No fui consciente de cómo un rato más tarde las autoridades mágicas eran alertadas de la explosión, ni de cómo los medimagos llegaban al lugar y recogían los cuerpos de allí, sacando a los supervivientes, entre los que me encontraba. No fui consciente de cómo fui llevado al hospital San Mungo, donde fui ingresado en urgencias. Desperté en una camilla, con un terrible dolor de cabeza. Todo me daba vueltas, veía borroso, los sonidos eran confusos, apenas una mezcla de sonidos ininteligibles que poco a poco se hacían más claros. Podía sentir quemaduras en mi piel, y sangre seca.

Cabrón —fui capaz de mascullar con rabia, suficientemente alto para hacerme oír por el medimago que me atendía en esos momentos y en quien yo todavía no me había fijado.
Zachary S. Dankworth
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Laith Gauthier el Vie Mayo 05, 2017 7:29 am

Habían sido días llevaderos en San Mungo, mas eso siempre preocupaba a Laith; era como una calma que precedía a la tormenta, que siempre acababa muy mal. Ese día no había sido diferente, con pocas urgencias y unos cuantos heridos; uno de ellos un chiquillo muy agradable a quien le acababa de ocurrir su primer accidente de magia sin varita, con quien el sanador conversó largo y tendido para calmarlo, muchas veces parte del trabajo de sanador no era sanar, sino calmar a sus pacientes y transmitirles confianza en su experiencia y su conocimiento.

Tan tranquilo había sido el día que había tenido un rato para salir a buscar algo de comer a un par de calles junto con Lindsay, compañera sanadora y amiga cercana de Gauthier. Ambos habían compartido mesa y risas, pero no todo era diversión cuando algo semejante a un mal presentimiento hizo un acto de presencia, decidiendo regresar a sus puestos de trabajo luego de lo que fue menos de media hora juntos afuera del hospital.

Tía, moriría por una cerveza helada ahora mismo, ¿me recibes al terminar del turno en tu casa? —bromeó con ella a medias juego a medias verdad. Tenía cosas que contarle que no todos los oídos podían escuchar, un encuentro interesante del que quería la opinión de la chica. Ella le siguió la broma negándose y apartándose, y estando a diez pasos del elevador algo los detuvo: la entrada de un equipo de emergencia que traía con éste a los sobrevivientes de un ataque.

Ve a urgencias, yo revisaré nuestros pisos y luego iré a prestar ayuda —lo animó sin perder un solo segundo, aunque apenas iban a separar sus pasos cuando ella lo llamó de nuevo, haciéndolo girar sobre sus talones. — Laith, hagas lo que hagas, no hagas preguntas estúpidas —Lindsay lo advirtió con un gesto severo, segundos antes de que las puertas del ascensor se cerrasen en frente de ella, una imagen digna de película nomaj.

Pero aquello tenía sentido para los dos: Laith podía llegar a ser bastante susceptible cuando ocurrían tragedias, y más si éstas involucraban mortífagos y fugitivos. Si se enteraba que aquello era no un accidente sino un ataque podía llegar a entorpecer su trabajo, por lo que ameritaba de mucha inteligencia emocional para ello. Como ella se lo pidió, no preguntó nada, sólo llegó y le señalaron una de las habitaciones ocupadas para que hiciese su trabajo sin más opción que callar y obedecer.

Era un joven de no más de veinte años, podía deducirlo fácilmente con sólo verlo, herido con quemaduras que parecían procedentes de una explosión. Se sacudió el cabello un segundo y sacó su varita de peral mientras pensaba en la respuesta, viendo que, como usualmente, había más gente de la que requerían dentro de la habitación. — Quiero saber dos cosas: ¿Ya le han dado algo para el dolor? Y, ¿tenemos información sobre los heridos? —su primera pregunta obtuvo una negación, y la segunda una respuesta inaceptable para el sanador: no habían sido identificados todavía. — En lugar de estar aquí, vayan y busquen información y, de ser posible, avisen a contactos de los heridos —ordenó con un ademán de su cabeza, requiriendo así su soledad.

Apenas dos segundos luego, oyó cómo el joven en su camilla reaccionaba soltando un insulto. Esperaba que, para variar, no fuera un paciente difícil y se dejara tratar, mientras con un accio a una estantería con pociones varias para traer esencia de amapola; siempre era muy importante no hacer sufrir a los pacientes, por lo que tuvo que arreglárselas para hacerlo beberla si aún no estaba suficientemente consciente para ello.

Estás en San Mungo, se te brindará atención médica inmediatamente —lo advirtió por si conseguía escucharlo, pues debía de minimizar el riesgo de que se alterase si no reconocía dónde estaba tumbado, intentando concentrarse en limpiar su cuerpo de la sangre seca y deshacerse de la ropa que pudiera entorpecer una curación, puesto que prefería ver antes de comenzar a sanar mágicamente.
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Zachary S. Dankworth el Jue Mayo 25, 2017 6:25 am

Por culpa de mi error y el de mis compañeros, que nos habíamos confiado antes de asegurarnos de que todos los muertos estaban bien muertos y no “supuestamente” muertos, ahora estaba en San Mungo. Desde que había comenzado a entrenar para conseguir obtener algún día la Marca Tenebrosa en mi antebrazo había evitado a toda costa acabar precisamente en ese lugar, aunque ahora al menos no era peligroso. En el presente, gracias al nuevo régimen, el hospital admitía mortífagos, y yo todavía no lo era de todas formas, no debería tener ningún problema al ser atendido. Pero odiaba estar allí, odiaba que un estúpido fugitivo hubiese conseguido burlarse de nosotros de esa manera.

“Podría haber acabado peor,” dijo la voz de mi cabeza. “Acabar en el cementerio siempre es más indeseable que acabar en el hospital.”

Gruñí, frustrado incluso conmigo mismo, pero supuse que esa estúpida voz tenía razón, todo podría haber sido mucho peor, aunque en realidad no sabía lo mal que estaba la situación. Sentía dolor, mucho. Sentía las quemaduras, aunque no quise verlas y me quedé tumbado mirando al techo, maldiciendo entre dientes a todo aquel que se cruzaba por mi mente en aquellos momentos.

El medimago que estaba conmigo en la habitación del hospital se percató entonces de que yo había recobrado la consciencia y se puso a hablarme, explicándome donde estaba. Puse los ojos en blanco a pesar de que hacer eso empeoró mi dolor de cabeza, pues estaba de pésimo humor, y que me dijesen cosas obvias no hacía nada para calmar mi carácter irritado.

¿En serio? Pensaba que estaba en Disney —mascullé sarcásticamente con voz ronca a causa de la sequedad provocada por el polvo y el humo de la explosión, y tosí al irritárseme más la garganta. Bajé entonces un poco la mirada para ver lo que el sanador hacía conmigo. No podía mover muy bien el cuello, y la cabeza parecía que me iba a estallar, así que me quedé quieto y le dejé hacer. Confiaba en que no estuviese el hospital lleno de ineptos, o que al menos no me hubiese tocado el único que había. —¿Dónde están los demás? ¿Les han traído también al hospital? —pregunté, queriendo saber si mis compañeros habían sobrevivido a la explosión o si el estúpido fugitivo había conseguido irse al infierno arrastrando a alguno de nosotros con él.
Zachary S. Dankworth
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Laith Gauthier el Jue Mayo 25, 2017 10:09 pm

Le dio cierta gracia escuchar aquel reproche, le divertía en cierta medida atender personas así de obstinadas. Incluso cuando estaban tan graves tenían la fuerza de meterse con los demás: increíble. Bueno, podría ser el hada madrina de la Cenicienta, con su bibidi babidi bú atrayendo cosas con accio silenciosos, como una poción para limpiarle las vías respiratorias por el humo y un par de cosas más que se encargó de mezclar haciendo un brebaje de un color rojizo de un seco sabor que le ayudaría a beber luego de oír su pregunta.

No estoy muy al corriente, hay varias personas en urgencias —en San Mungo se curaba primero y se investigaba después. No sabía si eran algunos fugitivos, compañeros de aquel sujeto o qué. Lo que verdaderamente le importaba en ese preciso instante era que el cuerpo de aquel chico estaba severamente quemado, aunque supuso que podría conseguir ayudarlo fácilmente, mirando que alguien pasaba para hablarle. — Tráeme un suero vigorizante —le indicó sin pensarlo mucho.

El enfermero rápidamente fue a conseguir lo que el sanador le estaba pidiendo, pues sabía que las cosas se complicarían más si no conseguía una cooperación activa del muchacho, además que es sabido que muchas víctimas no mueren por las heridas sino por las complicaciones. Mientras tardaba el enfermero más de lo que Gauthier consideraba aceptable, éste hizo uso de su varita para inspeccionar con magia la severidad de las heridas. Podía sanarlas hasta la superficialidad y luego utilizar ungüentos para poder evitar las cicatrices si se administraban de forma correcta, era difícil tratar con quemaduras, más que con heridas.

Si el dolor se vuelve demasiado grande y necesitas más sedante, házmelo saber —le pidió, buscando la esencia de díctamo que ya había atraído con anterioridad para disponerse a comenzar a sanarlo, primero las heridas del torso cuya complicación podría ser peligrosa. No mucho tiempo luego de haber comenzado hizo acto de presencia el enfermero quien ayudaría a colocar el suero. — ¿Tienes información de lo que pasa? —le preguntó, para tranquilidad del menor.

Dos heridos, uno muy grave y un muerto, el muerto y un chico no han sido identificados todavía —informó el joven antes de que el rubio le hiciese una indicación con la cabeza para que lo dejase solo otra vez. Laith esperaba que aquello pudiese llegar a resultarle un consuelo a su paciente. Al menos era probable que sus compañeros estuviesen ahí, aunque no estaba al corriente todavía de que estuviesen a salvo.

¿Cuántas personas iban contigo? —decidió preguntar al cabo de unos minutos, tras concentrarse en demasía en curar sus heridas. Necesitaba saber si había más para requerir una investigación de la zona buscando heridos o cuerpos, lo que usualmente formaba parte del trabajo de los aurores quienes ya debían estar fastidiando a los sanadores en sus trabajos metiendo sus narices para intentar obtener respuestas rápido. Por suerte no había sido el caso de su habitación de urgencias.

No por hacer conversación se desconcentraba: aplicaba magia, díctamo y un líquido azul que escocía para intentar cerrar las heridas sin prisa pero sin pausa. Un proceso repetitivo que iba reparando tanto como podía la piel quemada. Su mente a veces vagaba a los otros pacientes, lo tenía particularmente preocupado el que estaba grave aunque no era su paciente y no podía hacer nada más que esperar a que ese sanador tuviese ayuda pronto y consiguiera ayudar al sujeto.
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Zachary S. Dankworth el Sáb Jun 17, 2017 1:07 am

Me importaban una mierda mis compañeros. No eran mis amigos, no me importaban sus vidas, pero sí que me jodería que un estúpido fugitivo se hubiese llevado a alguno de ellos por delante. Los fugitivos eran el enemigo, después de todo, y la misión se trataba de que ellos fuesen exterminados como ratas, no de que alguno de nosotros pereciese en el intento. Al menos tengo la certeza de que los fugitivos están muertos, pues aparte del hijo de puta que nos había volado a todos por los aires todos habían sido cadáveres, y yo estoy vivo. Todo lo demás es irrelevante. Le pregunté al sanador de todas maneras, aunque dijo que él no tenía esa información todavía.

No dije nada al respecto y en ese momento me atreví a mirar por fin en qué estado había quedado después de la explosión, pues aunque el dolor de las quemaduras había hecho que apenas unos instantes atrás no quisiera saber qué era lo que me había pasado, no podía estar en esa camilla tumbado como un tonto sin saber nada. Me llevé una gran impresión al ver mi cuerpo con el torno al descubierto, con graves quemaduras en los brazos, el pecho y el estómago. Me dolían también las piernas y la espalda, aunque no sabía si había sufrido allí también quemaduras o si solo era por la hostia que me había pegado al salir literalmente volando antes de quedar inconsciente.

“Al menos mi rostro está bien,” pensé muy fugazmente, pero eso no evitó que mi respiración se acelerase, estando yo visiblemente alterado.

Arréglalo —mascullé, dándole esa orden al sanador casi sin darme cuenta de que lo estaba haciendo. — Puedes arreglarlo, ¿verdad?

Joder, joder, ¡joder! No podía quedarme así, me negaba a quedar con el cuerpo así. Volví a apoyar mi cabeza contra la almohada y a mirar al techo mientras en mi mente deseaba resucitar al hijo de la grandísima puta que había provocado la explosión y matarlo mil veces más. ¡Maldito! Lo convertiría en un inferius y lo atropellaría con una apisonadora.

¡Estoy bien, solo cúrame! —exclamé, visiblemente frustrado, mientras me dejaba hacer lo que hiciese falta para curarme y volver a quedar bien. Las curaciones escocían, mas estaba tan irritado con el mundo en general que casi no me daba cuenta de ello, así que no me quejé. Me quedé tumbado durante un rato pacientemente mientras el sanador hacía su trabajo, y esperaba que no fuese un completo inútil haciéndolo. No sabía si mi familia había sido informada de lo ocurrido, ya fuese por el hospital o por el Ministerio o por los propios mortífagos, pero no pregunté por ellos. No quería que mi padre ni Abi viniesen, no quería que me viesen así tumbado en la camilla de este cochino hospital mientras estaba en este estado. No quería ver a nadie, ni siquiera al maldito sanador, pero a ese le necesitaba.

Llegó entonces un enfermero, el cual traía más información sobre la gente a la que habían ingresado a la vez que yo. En cuanto escuché sus palabras supe que solo había dos posibilidades: o alguno de mis compañeros había muerto, o el cuerpo que estaba en el hospital era de un fugitivo y solo estaban algunos de mis compañeros aquí.

Cuatro —respondí. Habíamos sido un equipo de cinco, demasiado grande para mi gusto, pero el de fugitivos había sido numeroso y habíamos recibido órdenes de actuar en equipo sin tener el privilegio de protestar al respecto. — Se llaman Jake Barnes, Bill… Nordstrom —tuve que hacer un esfuerzo para recordar los nombres y apellidos de los cuatro, pues no eran mis amigos. — Daniel Hobbs… y Marc Sullivan —esperé entonces a que el enfermero me confirmase cuales de ellos estaban vivos e identificados.

Un líquido azul cayó entonces sobre mis heridas, haciéndome gemir de dolor sin que pudiese evitarlo, pues el ardor de las quemaduras era horrible. Me mordí el puño por instinto para evitar que un grito escapase de mi boca, y respiré profundamente. Cuando retomé el control de mí mismo y me vi capaz de aguantar las curas, por dolorosas que resultasen a pesar de ser con métodos mágicos que eran, según lo que había escuchado, muchísimo menos dolorosos que los muggles, aparté el puño de mi boca. Al hacerlo vi el tatuaje que me había hecho en la muñeca hacía ya un año. Una N de tinta que estaría grabada para siempre en mi piel. Había quemaduras en mi brazo muy cerca de aquel tatuaje, y sin embargo aquella N que ahora no me traía recuerdos hermosos sino que me traía dolor y rabia estaba intacta. Ironías de la vida. Apoyé el brazo de nuevo en la camilla y aparté la mirada.
Zachary S. Dankworth
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Laith Gauthier el Lun Jun 19, 2017 5:21 am

Estaba atento a lo que tenía que hacer, curar y ver las heridas del muchacho era su máxima prioridad en ese momento. Lo distrajo entonces la orden que oyó por lo bajo, ¿qué creía ese niñato que estaba haciendo? ¿Jugando al tres en línea con sus quemaduras? Más que sentirse molesto, en realidad le daba algo de pesar ver al chico tan alterado, era obvio que tenía que estarlo cuando había sufrido tanto daño en lo que parecía un ataque a traición, se lo hizo ver cuando en lugar de volver a ordenarle le cuestionó si podría arreglar su cuerpo.

No te preocupes, saldrás de aquí como nuevo —le prometió; mantenía la calma en todo momento; no es que quisiese ser soberbio, pero eso no le parecía algo muy difícil de curar siempre que no hubiese heridas muy profundas o se hubiese dañado algo en su interior. Controlaba bastante bien sus propias emociones para que no le afectase lo que los demás digan. — Eso estoy haciendo, pronto terminaré —su tono no era de reproche, simplemente contestaba con simpleza y honestidad.

La llegada del enfermero significó encender una luz en la ignorancia, aprovechando para preguntarle respecto a los demás jóvenes, había uno de ellos muerto. Se volvió pronto al chico en su camilla para preguntar si recordaba cuántas personas iban con él, seguramente fuese necesario enviar a un equipo a seguir investigando si encontraban a otros aún con vida o, incluso, sin ella, lo que podía llegar a ser deprimente pero no por ello menos útil, al menos sus familias sabrían de su estado. El enfermero dio un sonido en cuanto reconoció un par de nombres.

Nordstrom está herido y Sullivan grave —esos dos estaban identificados, los otros dos necesitaría comprobar si eran los mismos que tenían en el hospital. — Iré a comprobar a los demás —le indicó al rubio dándole una fugaz mirada, éste no le devolvió la vista, seguía ensimismado con lo suyo. El enfermero tardó más bien poco en girarse y salir de la habitación, regresándola a aquella calma pacífica, al menos así la encontraba Laith, para el otro debía ser más una tensión constante, creía notar que podría explotar al más mínimo fallo, fallo que no tendría.

Estaba por terminar con el pecho, aunque no era sino el comienzo, aún tenía todo un cuerpo que curar. Decidió continuar con los brazos, aquel del tatuaje que había reparado había estado mirando, de los codos hasta las manos. Durante segundos se llevaba la mano a apretarse el puente de la nariz a la altura de los ojos, estaba cansado pero su mente estaba perfectamente estable como para terminar lo que había comenzado. Sintió en cierto momento la necesidad de pedir ayuda, pero el orgullo fue más fuerte y continuó con todo el brazo, el cual sujetó por la mano para alzarlo, así aprovechando el momento para curarlo por todos sus lados, no se olvidaba de que debía revisar la espalda ajena.

Las heridas se están curando como deberían —eso era importante, era cientos de veces más difícil curar heridas con magia oscura, — Aún no se pueden descartar heridas internas, así que dime si sientes algún dolor aparte de las quemaduras —le pidió, esperando que no malinterpretase sus palabras. Según el procedimiento, aquello debía haberse visto desde incluso antes que él llegase y nada lo señalaba; trataba de recrear qué pudo haber pasado en su mente, por algunos moratones llegó a pensar que había sido una explosión que lo había mandado a volar en su onda expansiva.

Terminó con uno de sus brazos y se secó el sudor, cambiando de posición en la camilla para continuar con el otro, tratando cada imperfección en la piel ajena para poder asegurarse de una buena cura. Cuando terminase con aquel otro brazo haría el primer uso de un bálsamo para evitar cicatrices antes de comenzar con las piernas, y así podría revisar su espalda. En ocasiones realizaba tactos en su cuerpo para asegurarse que no hubiera nada roto, aunque no parecía ser el caso, al menos al llegar al segundo brazo, parecía que tenía el hombro dislocado y de la forma nomaj lo regresó a su lugar, atrayendo con un accio una poción crece-huesos que ayudase a la recuperación de dicha herida, dándosela a beber pese a su desagradable sabor.
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Zachary S. Dankworth el Dom Jun 25, 2017 1:11 am

Le dije al enfermero los nombres de los cuatro aspirantes a mortífago que habían ido conmigo en la misión y que en el último momento, cuando había parecido que sería un completo éxito pues todos los fugitivos estaban muertos, en el último momento se había tornado en un desastre por culpa de un puto moribundo. Eso nos enseñaría a no apartar la atención nunca más de una víctima hasta asegurarnos de que esta está bien muerta. El enfermero me confirmó que dos de ellos estaban vivos, aunque no sabía nada de los otros dos y se fue a comprobar. Pensé entonces que esperaba que el muerto fuese un fugitivo, o Jake en todo caso. Estúpido Jake.

Después de que nos quedásemos solos el sanador y yo me mantuve en silencio, dejando que el rubio me realizase las curas necesarias para las quemaduras que había sufrido mi cuerpo. Debido al dolor en las piernas y espalda a pesar de que las curas no estaban siendo realizadas en esas áreas por el momento supuse que mi torno no había sido lo único que se había quemado, y contuve el impulso de gritar no de dolor, sino de rabia.

Me duele literalmente todo el cuerpo —le dije al sanador entre dientes, de mal humor, después de que él me pidiese que le informara de si me dolía algo más por si tenía heridas internas. Los muggles tienen métodos para eso, ¿qué mierda de sanidad había en San Mungo que no estaban al mismo nivel?

Seguían realizándose las curas necesarias para las quemaduras cuando el enfermero regresó a la sala, y no precisamente para informarme sobre si mis otros dos compañeros estaban o no en el hospital y en qué estado, sino con otro tipo de noticias, noticias que me hicieron apretar los dientes con fastidio pues eran unas que no había querido escuchar, no por el momento al menos.

La Ministra McDowell y Caleb Dankworth están exigiendo información, buscan a Zachary Dankworth —informó el enfermero, claramente nervioso por no haber podido proveer aquella información directamente cuando se la habían pedido la mujer más importante de todo el Reino Unido, segunda solamente después de Lord Voldemort, y del patriarca de una de las familias puristas más famosas y poderosas y además de gran influencia en el mundo mágico en estos momentos. Me miró entonces a mí, ansioso. —Eres tú, ¿verdad? —Ni siquiera me dio tiempo a mentirle. —¡Sí, eres tú! Eres igual que tu padre. No habíamos podido identificarte hasta ahora.

Iba a marcharse con la noticia para mi padre y mi madrina/casi madrastra de que yo estaba vivo y a salvo en el hospital al que habían ido a buscarme, pero le detuve rápidamente antes de que le diese tiempo a ello.

Diles que no estoy.

¡Pero no puedo mentirle a la Ministra! —exclamó escandalizado, mirándome algo horrorizado.

¡Pues lo harás! —ordené bruscamente, y tras dudar apenas un segundo el enfermero asintió y se marchó algo cabizbajo.

Apoyé de nuevo la cabeza sobre la almohada. No quería ver a mi familia, no en estas condiciones. Era humillante, ¿qué pensarían de mí? Que soy débil, que he fracasado por un error tonto. Mi máscara de frialdad y dureza se desvaneció, y en ese momento se me vio por fin angustiado sobre la camilla del hospital.
Zachary S. Dankworth
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Laith Gauthier el Lun Jun 26, 2017 7:06 am

Era obvio que aquel dolor se prolongaría incluso con los sedantes naturales, y más en un caso tan severo. Laith odiaba que la gente mágica estuviera tan atrás en planear pociones y remedios para eliminar el dolor porque “con un hechizo todo cura”, pues no, señor, eso no ocurría en la vida diaria dentro de la sala de urgencias de San Mungo. Iba a ponerse a hacer una anestesia mágica para esos casos, pero a falta de tiempo para ponerse a jugar con pociones tuvo que atraer su mochila en un rincón de donde sacó un pequeño frasco del que leyó primero la leyenda y luego miró el registro improvisado que recibió.

Probablemente esto te dé sueño, es importante que no te duermas, ¿entendido? —le indicó, buscando una jeringa entre las cosas del hospital, poco usado en San Mungo pero utilizado a fin de cuentas, para colocar intramuscularmente una dosis de aquel frasco que volvió a guardar. Gracias a su cédula médica nomaj tenía acceso a algunos medicamentos especiales en las farmacias. — En unos minutos deberías empezar a sentir menos dolor, de no ser así, dímelo —le pidió, sin importarle lo sospechoso que aquello podría parecer.

Y no pudo pensarlo demasiado porque justo cuando volvía a continuar con las curaciones lo habían interrumpido nuevamente; una de las cosas que más odiaba en su trabajo era que lo molestaran por nimiedades, podía venir la reina de Inglaterra y a él le daría lo mismo, así como la Ministra de Magia, nadie entraba a su habitación mientras estuviera ocupado y aquello era por demás sabido, resultaba hasta una ofensa que ese enfermero viniera a decírselo como si le importase.

No sé dónde está, pueden esperar como la gente normal en la sala de espera —replicó a aquel sujeto antes de que reparase en quién tenía en la camilla, alguien a quien Laith no había reconocido en ningún momento, y su irritación creció conforme el enfermero pasaba tiempo ahí sin hacer nada. Estaba por irse cuando el joven, quien ahora sabía era Zachary, tampoco parecía de acuerdo con ver a aquellas personas. Al menos alguien con dos centímetros de frente. — Diles que no ha sido identificado todavía, que es la verdad, y se les hará saber en cuanto haya más información —corrigió el “di que no estoy” de aquel joven.

No tenía idea de por qué no quería ver a la Ministra ni a su padre, mas eso le daba bastante igual, que él estaba trabajando, no tomando el té con el joven. Volvió a concentrarse para seguirlo curando, había terminado con el segundo brazo, no estaba prestando atención a nada más, aunque más temprano que tarde giró la mirada hacia el rostro de aquel muchacho, lo notó afligido y aunque quiso restarle importancia no pudo lograrlo.

Todo estará bien, ¿te preocupan las marcas? No quedará ninguna —aquello había sido, al menos al comienzo, lo que más parecía preocuparlo. Pronto lo conectó con la visita que no quiso ver. — ¿O es otra cosa? Puedes hablar conmigo, hablar te distraerá del dolor así que será doblemente productivo —a pesar de estar hablando con él, ya había empezado a tratarle las piernas, no podría girarlo sin dolor sin hacer aquello primero, aunque al menos podía dividir perfectamente su atención para no entorpecer ninguna de las dos actividades.

¿Le habría funcionado el medicamento nomaj? Iba a implementarlo en el hospital como que se llamaba Laith si no llegaba un sedante mágico que sirviera lo suficiente en dosis adecuadas para los pacientes tan delicados. Su cuerpo al menos reaccionaba bien a la magia y ya llevaba casi la mitad, iba a caer rendido en cuanto terminase con aquello, aunque aún les faltaba recibir a más personas de acuerdo a lo que el otro les había dicho sobre la cantidad de compañeros que tenía. Estaba frustrado y odiaba saber que ya hubiesen perdido a uno.
Laith Gauthier
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Zachary S. Dankworth el Dom Jul 30, 2017 11:18 pm

No me hacía especial ilusión que el puto sanador quisiese pincharme para ponerme un calmante para el dolor, pero estaba quemado de arriba abajo y no iba a quejarme por el pinchazo de una aguja. Dejé que hiciese lo que le diese la gana, así que me inyectó la sustancia. Noté al cabo de un rato que sí que hacía efecto, pero luché contra el suelo tal y como el sanador me había dicho, ya que parecía que al menos sabía lo que hacía y no era uno de los matados de turno.

Pensaba que iba a permanecer el resto del tiempo tranquilo hasta que me di cuenta de que ese sueño no se cumpliría cuando un medimago apareció informándonos de que mi padre y Abi andaban buscándome. Era lógico, ambos debían haberse enterado ya de que la misión a la que se había enviado a los aspirantes a mortifago había acabado con no solo los fugitivos muertos, sino también los aspirantes yéndonos a puto pique. No quería preocuparles, pero tampoco quería pasar yo por la vergüenza de admitir que había fallado en algo que me había obligado a estar aquí ahora en esta situación. No quería que sintiesen pena o desilusión, no quería decepcionarles, así que por lo tanto no quería verles.

Miré al sanador cuando este, en vez de contradecir mi orden y mandar al medimago a informar a mi familia de que yo estaba bien, ya que me acababan de identificar gracias a aquello, respetó mi decisión y le dijo al otro lo que tenía que hacer para deshacerse de los que me buscaban. El recelo que había sentido desde que había despertado en la camilla del hospital y el hombre había comenzado a hacer las curaciones necesarias para mis quemaduras y heridas desapareció bastante, reemplazado por un toque de gratitud que no expresé verbalmente, al menos no por el momento. Me quedé callado y tumbado, esperando en silencio mientras las curas continuaban, al menos hasta que el sanador volvió a hablarme de nuevo y me tocó responder.

No me importan las marcas —o tal vez sí, no estaba seguro. Las cicatrices siempre habían sido una marca de supervivencia, algo que se respetaba en las personas que las portaban porque contaban historias de situaciones que por muy feas que hubiesen sido siempre se habían superado, pero estas cicatrices no serían marcas de superación sino de vergüenza.

Dejé aquellos pensamientos a un lado cuando el sanador volvió a hablarme a mí, preguntándome si lo que me preocupaba o molestaba era otra cosa. Incuso se atrevió a decirme que podía decirle cualquier cosa, como si intentase decirme que podía confiar en él con mis problemas aunque no fuesen esas las palabras que había utilizado. Parte de mí quiso mandarle a la mierda y decirle que se metiese en sus asuntos y me dejase en paz mientras se limitaba a hacer su trabajo. Parte de mí, sin embargo, regresó al ser de antaño, aquel Zachary que no estaba lleno de odio y rabia y desagrado sino que sentía empatía con todo el mundo, que era capaz de acercarse a los demás. Era como si estuviese cubierto por una coraza en la que se habían abierto rajas por las que escapaba el antiguo yo. El Zachary que yo mismo percibía como débil y vulnerable y por eso tenía que ser enterrado aunque a veces consiguiese resurgir de nuevo.

No quiero que me vean así —murmuré apenas audiblemente, pero estábamos solos en la habitación y el silencio permitía que todo se escuchase. —Debería haber sido capaz de evitar que me hiciesen daño, pero… Todavía no soy tan fuerte como debería ser.

Giré mi rostro, no quería que me viesen así, frustrado e impotente. En el mundo hay lobos y carneros, y yo estaba luchando por ser un lobo, aunque había estado a punto de ser el puto carnero. Otra vez.
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Laith Gauthier el Mar Ago 01, 2017 8:07 pm

Podrían ocurrirle muchas cosas por ser la voz de la orden de mentir a la Ministra, pero no sólo era su trabajo curar sin interrupciones foráneas sino que era la voluntad del joven estar tranquilo un rato. Joder, si lo acababan de quemar entero, normal que no quiera ver a nadie, lo poco que podía hacer era poner su pellejo en juego por proveerle de un poco de calma, indiferentemente de lo que esto provocase en Zachary. Muchas veces ni siquiera hacía las cosas por un agradecimiento, sino porque meramente le nacía, si lo hiciera por reconocimiento o gratitud se llevaría demasiadas decepciones en la vida.

Siguió haciendo las cosas como si nada hubiese sucedido, curándole las piernas mientras pensaba. No pasó desapercibido cierto pesar en el menor, así que se animó a preguntar si eran las marcas las que lo tenían tan mortificado. Al parecer, estas no le importaban, y guardó silencio un par de minutos. Quería convencerse que no era asunto suyo y que el otro se lo diría apenas soltase las palabras, pero era muy débil a la gente decaída, por lo que trató de brindarle confianza si quería hablarle de algo. Seguramente fuese la única vez en toda su vida que le viese, eso a algunas personas les resultaba más reconfortante que hablarlo con alguien que tendrían que ver con frecuencia.

Notó su vacilación y lo dejó pasar, si no quería hablar con él estaba bien. Se había vuelto a ensimismar concentrado en lo suyo cuando oyó el sonido de la voz del muchacho, mismo que lo sacó de sus pensamientos, teniendo que analizar lo escuchado para comprender su esencia. Entendió pronto que hablaba de su familia, no quería que lo viesen herido, se secó el sudor con la manga de la bata blanca mientras pensaba en ello durante algunos segundos, volviendo a atender la piel quemada del muchacho.

No estoy seguro de entender tu postura… Pero si algo sé, es que algunas derrotas nos hacen más fuertes, ningún mar en calma hizo experto a un marinero, ahora tienes más experiencia para que esto no vuelva a suceder —trató de reconfortarlo. Había cosas que se aprendían a hostias, como a tirar la Quod a tiempo o agacharse cuando uno recibe un derechazo justo en el rostro, si lo sabía él… — Claro, es tu decisión, elegir lamentarte o aprender de este fallo —pensó en aquel simio del Rey León, no recordó literalmente lo que decía pero la esencia era aquella.

Cada segundo se le hacía más pesado seguir trabajando, necesitaba un café. Al menos el avance iba bastante bien, había quedado tan sólo una quemadura superficial que si se atendía con el ungüento para quemaduras no dejaría marca alguna, pero todavía le faltaba hacer las piernas y su espalda. El dolor era un problema, pero lo solucionaría cuando pudiese concentrarse en ello, por el momento su mente divagaba en otros asuntos. El presente era ahora, del futuro se preocuparía cuando fuera presente.

No lo tomes como si fuera una total derrota y con ello eres una desgracia, la vida tiende a traicionarte cuando estás confundido con lo que eres en realidad —le dio su opinión, aunque hablaba sin pensarlo mucho. Hablaba porque lo creía de verdad, así que pensar quedaba en un segundo plano. Tratar las piernas estaba siendo más complicado de lo que esperaba, entre el vello denso de hombre y la incómoda posición, motivo por el que su voz había salido baja, estaba pensando cómo hacer aquello, quizá al final le bañarían tal cual en una tina con ungüento para quemaduras.

Una enfermera cruzó por la puerta, y Laith sin hablar ni mirarla alzó el frasco con la densa crema para hacerle saber que le hacía falta. Luego susurró algo en francés, sólo para sus propios oídos, a veces hablaba solo en su idioma materno para no perder la costumbre, segundos antes de alzar la mirada a la estantería de pociones. Había recibido un impacto de hechizo en la pierna y eso le complicaba todo, buscando con sus ojos alguna forma de curarlo rápidamente. Al final se decantó por un frasco verde que aunque escoció haciendo efervescencia en su herida al verterlo, seguramente apenas lo sintió con el sedante.
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Zachary S. Dankworth el Vie Sep 01, 2017 8:20 am

Le tenía tanto miedo a la debilidad que me había esforzado en no mostrar ningún signo de esta desde que empezó mi aprendizaje para ingresar a las filas de los mortífagos. Me había esmerado en hacer todo perfectamente siempre, en que todo me saliese bien, en no cometer fallos. ¿Por qué? Porque los fallos tenían consecuencias, a veces graves. Estaba bien cuando era en entrenamiento, pero no cuando se trataba de la vida real, de vida o muerte, de ser el débil o el fuerte, el ganador o el perdedor.

Otra persona no se atormentaría tanto. Después de todo habíamos conseguido cumplir con el principal objetivo, ¿no? Y yo estaba vivo, lo cual era en realidad lo que debería ser más importante para mí. Otra persona pensaría que el hecho de que se nos hubiese pasado por alto de que uno de los cadáveres no era un cadáver y de que nos volase por los aires sin que pudiésemos hacer nada por evitarlo había sido un desafortunado incidente y se alegría de haber salido vivo, pero yo no hacía más que darme bofetadas mentales por haber dejado que un hijo de puta me hiciese acabar en este estado. ¿De qué servía vencer cuando en el proceso habías perdido un poco?

Y eso me daba vergüenza, por eso no quería que me viesen así. Y porque no quería ver lástima en los ojos de mi padre, y temía ver en la expresión de Abi que me estaba juzgando, que no consideraba que estuviese del todo preparado todavía.

No sé exactamente qué me empujó a hablar con el sanador, a confesarle parcialmente por qué no quería ver a mi padre y a mi madrina. Él no lo entendía del todo, por supuesto. ¿Cómo iba a hacerlo? No sabía lo que era yo, no sabía a lo que me refería. Pero intentó animarme y darme consejos. Parte de mí quiso mandarle a la mierda, y otra parte quiso escucharle. Ganó la parte que quería escuchar, pues me había tranquilizado bastante desde que había despertado, y podían verse de nuevo resquicios del Zack tranquilo y amigable que había sido no mucho tiempo atrás. Meses atrás, apenas, antes de que todo se fuese al demonio.

Pero siempre que pasa algo como esto, pienso que he aprendido. Pienso que no volverá a pasar. Siempre vuelve a pasar —murmuré, todavía sin saber por qué hablaba de aquello con el sanador. El hombre transmitía calma y confianza, tal vez fuera eso. —Siempre alguien sale mal. ¿Y si un día no hay vuelta atrás?

Fueron sus últimas palabras las que provocaron que mi mirada se endureciese de nuevo, así como lo hizo mi tono cuando hablé con tono muy brusco.

No estoy confundido. Sé exactamente lo que soy, y tú deberías aprender cuál es tu lugar y no hablarme como si me conocieras o te pagasen para actuar de psicólogo o alguna gilipollez semejante. Métete en tus asuntos y limítate a hacer tu trabajo, ¿quieres?

Podía sentirla, esa rabia que crecía en mi interior y que provocaba que de repente, si no era mantenida a raya, explotase. Todavía no había explotado, ni de lejos, pero podía sentir la tensión de los momentos previos, ese aviso de mi mente de que lo que estaba mal en ella me iba a hacer perder el control otra vez sin ninguna razón aparente. Un comportamiento agresivo no estaba justificado en aquel momento; me esforcé todo lo que pude para conseguir calmarme otra vez. No quería perder los estribos, no ahora, no aquí.

Lo siento —murmuré entonces, tan bajo que uno pensaría que la palabra me sabía a vinagre. —Me irrito rápido. No puedo controlarlo, aunque quiera…
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Laith Gauthier el Miér Sep 20, 2017 10:31 pm

Laith estaba versado en una gran parte de las ramas de la medicina, en constante aprendizaje el sanador no perdía ni un momento cuando podía buscar algo más para aprender o aplicar sus conocimientos. Meramente porque sentía la necesidad de ayudar a los demás, era parte de su propia terapia, no sólo le gustaba sino que también lo calmaba. Ver al muchacho tan derrotado, tan abatido, le provocó querer intentar levantarle un poco el ánimo, quería que se diese cuenta que no todo estaba perdido. Que si bien la situación era horrible, podría haber sido mucho peor.

Entonces es porque no has aprendido realmente… Aquel que no aprende de sus errores está condenado a repetirlos —a Laith le gustaban los dichos, porque muchas veces estos mismos tenían una verdad absoluta en su interior. — Cuando no es tu momento de irte, no morirás ni aunque lo intentes… Y el día que toque marcharte, no te salvarás ni aunque te escapes… Entonces no tiene sentido que te preocupes por eso —era su ley de vida, pasaría lo que tendría que pasar y moriría justo en el momento en que tuviera que morir. Si constantemente pensara en ello, como parecía hacerlo Zachary, entonces tendría dos enemigos: la situación y su propio miedo.

Hubo algo en sus palabras que le dijo que el joven estaba confundido, “no era tan fuerte como debería ser” sonaba en principio como algo posiblemente real, pero detrás, al menos para Laith, significaba que ni siquiera sabía qué tan fuerte era. La gente nunca sabe qué tan fuerte es hasta que ser fuerte es la única alternativa, personas podían levantar autos por salvar a alguien bajo las ruedas y al preguntarles al respecto, responderían: “No sé cómo, pero lo hice”. Pero al parecer el comentario bienintencionado fue un gatillo de cólera para el muchacho, sólo poniendo más en evidencia lo que Laith pensaba.

Lo miró inquisitivo unos segundos, y entonces pronunció: — Vale —sin intenciones de discutir cuando le dijo que “aprendiese cuál era su lugar” y se limitara a hacer su trabajo. Laith sabía perfectamente cuál era su lugar, y no era ni de lejos el que ese crío parecía creer que era; probablemente muy a diferencia de aquel muchacho. Pero aceptó sus palabras, tenía razón en algo y no le pagaban en ese momento por tratamiento psicológico sino físico, ¿alguien se ha puesto a pensar lo triste que es limitarse a hacer lo que toca? El canadiense lo odiaba, pero la gente siempre parecía no pensar nunca en dar el extra.

Hizo su trabajo en silencio, pero él era ese tipo de personas que no pueden estar en silencio mucho tiempo, así que acabó tarareando mentalmente una canción de Simon Curtis, la de “Superhero” para ser precisos. Tuvo que pedir más crema para las quemaduras y maldijo cuando notó el impacto en la pierna, todo para sí mismo, perdiendo claramente toda intención de hablar con el muchacho. Tan ensimismado estaba haciendo sus cosas que no tuvo claro cuánto tiempo había pasado al romperse inesperadamente la silenciosa armonía de sus propios latidos, su respiración y la canción en su cabeza, alzando unos segundos la mirada para ver al rostro del muchacho y posteriormente seguir con lo suyo.

Está bien —aceptó al cabo de algunos segundos, ¿quizá era culpa del propio sanador, por empujarlo demasiado tras un periodo tan intenso de estrés? No, Zachary se lo hizo saber pronto, el problema no había sido él. — San Mungo tiene un departamento de psicología que puede apoyarte con el control del enojo —comentó, sabiendo que probablemente recibiese una respuesta parecida a la anterior, una persona con un problema nunca quiere escuchar que tiene un problema, y menos quiere afrontarlo, en especial si era un tema todavía un tanto tabú en la medicina mágica. — ¿Puedes girar? Necesito revisar la espalda —pues al cabo de un rato la complicación de atender las quemaduras inferiores terminó.

Se llevó una mano a la zona entre el cuello y el hombro que sentía dolorida antes de ayudarlo a moverse como lo precisaba. Tal y como lo había imaginado, el daño era más bien mínimo, había recibido frontalmente casi todo el daño, pero tenía tallones y heridas del impacto contra el suelo que no tardó en empezar a atender. La enfermera a la que antes le pidió el ungüento volvió y en silencio lo dejó en la mesa, saliendo rápidamente sin mirar a la persona en la camilla, probablemente era una practicante y le costaba acostumbrarse al ambiente de urgencias.
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Zachary S. Dankworth el Lun Oct 30, 2017 8:41 am

Mi leve arranque de rabia había tardado en llegar. Había días en los que solo con que me irritase la manera en la que alguien me miraba ya estaba gritándole, mandándole al demonio y deseando volverle loco a Crucios, pero hoy mi paciencia había aguantado muchísimo hasta que un simple comentario dicho con toda la buena intención en el mundo del sanador me hicieron perder los papeles durante unos segundos.

Algunas personas se enfadaban, otras se entristecían, otras se defendían o me reprendían por mis palabras cuando les hablaba así. En ocasiones sus contestaciones provocaban una reacción en mí que desembocaba en una pelea física o verbal, ambas agresivas a su manera. Pero el sanador no hizo nada de eso; él simplemente aceptó mis palabras, se calló, y continuó con su trabajo sin replicarme o reprocharme nada.

Tal vez fue eso, el hecho de que aceptó mi mal humor, de que pareciese entenderme y comprender que no estaba bien del todo, aunque no cuestionase por qué y no me mirase raro, lo que me hizo sentirme mal. No en el sentido que me hacía enfadarme aún más y desear con todas mis fuerzas partirle la cara a quien tenía delante, sino en el sentido que me hacía sentir culpable por haber tratado así a alguien que no lo merecía. Inmediatamente comencé a sentirme mal y con ansiedad por sentirme mal; era otro de los efectos de mi trastorno, la culpa que a veces, aunque no siempre, acompañaba a mis acciones. Cuando realmente sentía que la persona merecía el maltrato, sea este cual fuere, no me arrepentía así, pero cuando no me habían hecho ningún mal…

Lo sé —asentí. Estaba aliviado de que hubiese aceptado mis disculpas. Si le hubiese hablado mal por voluntad propia no me sentiría aliviado, porque ni siquiera me habría disculpado ni me habría sentido ni siquiera un poquito mal. Pero odiaba que una enfermedad mental controlase mis acciones por mí. Ni siquiera era dueño de mi propio arrepentimiento. —Busco sus servicios al menos una vez por semana… Aunque me han recomendado dos mínimo —murmuré bajando la mirada avergonzado. —Estoy loco, ¿sabes? —dije entonces con una sonrisa irónica, porque todavía era algo que me parecía absurdo. Tan absurdo que a veces era gracioso, a la vez que era lo más endurecedor del mundo.

Suficiente tenía con ver al estúpido sanador que me ayudaba con mis problemas mentales una vez por semana como para verle dos o más, sería espantoso. Estaba pensando en lo mucho que detestaba a ese tipo cuando el sanador me pidió que me diese la vuelta. Lo hice, aunque con mucha dificultad por las heridas frontales, pero las curas estaban haciendo maravillas. No tardó tanto con la espalda como con todo lo demás, lo cual fue un alivio, aunque acostarme de nuevo sería un horror.

¿Cuánto tiempo voy a tener que estar aquí? ¿Y así? —pregunté, refiriéndome con la segunda pregunta a estar con vendajes y ungüentos. —Parezco una momia. Una momia pringosa. ¿Hay algo peor que una momia pringosa? Una momia troceada tal vez…

Hablaba bromeando, como habría hecho el antiguo yo. Tal vez era culpa de los medicamentos. Tal vez era culpa de que, en el fondo, el sanador me había caído bien. Pero muy en el fondo.
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Laith Gauthier el Dom Nov 19, 2017 10:26 pm

Laith comprendía que muchas veces hacía cosas que no le correspondían y, por ello, a veces las personas podían malinterpretarlo. Era lo que había sucedido, o al menos eso creía, así que aceptó que fue su culpa. No el comentario, sino darlo cuando nadie se lo había pedido. Así que simplemente siguió con lo suyo, curando con atención y cuidado, iba sanando mejor de lo esperado siendo sus heridas tan graves. Al menos no iba a quedar, al final del caso, marcado. En el peor de los caso sólo iban a quedarle unas pocas cicatrices que esperaba que no ocurriera.

Cuando le ofreció disculpas, él las aceptó sin pensárselo demasiado. Y, además, le había aconsejado visitar el departamento de psicología, consideraba que no precisaba medicación con pociones para controlarse, juzgando a simple vista. Para su sorpresa, ya estaba buscando ayuda médica para su afección. Los sanadores, al final del todo, poco juzgaban, habían visto los más variopintos pacientes después de todo, acababan difíciles de sorprender.

Entonces deberías asistir a dos sesiones —se encogió de hombros, no por nada se daban dichas indicaciones. — Yo no usaría la palabra “loco”, sino… ¿Inestable, tal vez? —comentó con calma, sin pensarlo demasiado. Como persona normal, claro, usaba la palabra con frecuencia. Como médico profesional era una palabra que le desagradaba, no la consideraba precisamente la más adecuada para referirse a personas con afecciones mentales. Era una especie de pronunciada división que existía entre lo que normalmente hacía y lo que ocurría cuando tocaba curar o tratar a alguien.

El muchacho se acomodó según se lo pidió, ayudándolo con cuidado para que no se hiciera daño. Estaba lógicamente menos herido por la espalda que por el frente, haciendo notar claramente que el mayor impacto fue frontal, aunque con la caída revisó que no tuviese alguna especie de fractura. No tenía más que raspaduras y moratones, así que fue relativamente poco el tiempo que se había tardado con su espalda y entonces lo ayudó a volver a la posición original. Estaba por terminar.

Uhm… Aquí, un par de días, así tendrás que estar al menos una semana y media para estar seguros de que no habrá marcas —le dijo, tomando la tablilla para escribir algunas cosas hasta que el chico intentó bromear. Una broma bastante mala, la verdad, pero al menos lo intentaba. — Una barbacoa de momia —le contestó cuando le preguntó “qué era peor que una momia pringosa”, haciendo referencia a las quemaduras que había recibido. — Un compañero mío te llevará al piso de ingreso… Dime, ¿quieres que firme la denegación de visitas? —lo miró.

No lo había visto cómodo con el hecho de que supieran que ahí se encontraba, así que quería preguntárselo, si estaba bien con ello. Por el momento se había recargado en una encimera de la sala, escribiendo en la tablilla algunas de las cosas que había sucedido, había escrito su nombre y rellenado algunos datos. Cosas del oficio. Cuando hubo terminado, se acercó otra vez para acabar con los vendajes, había hecho un buen trabajo, iría a mirar las otras habitaciones de urgencias por si necesitaban ayuda, y además avisar de la información que había obtenido sobre el resto de los acompañantes del chico.

Te lo explicarán más detalladamente cuando te den el alta, pero brevemente tendrás que utilizar un ungüento para quemaduras al menos dos veces al día durante considero yo una semana, las zonas más afectadas tendrán que ser cubiertas con vendajes para prevenir infecciones —le dio a grandes rasgos el procedimiento, todo dependía de cómo reaccionara los días que iba a estar en revisión. La parte buena de la magia era que generalmente duraban poco los tratamientos.
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Zachary S. Dankworth el Miér Nov 29, 2017 5:39 am

Cuando dije que estaba loco con una sonrisa irónica, enormemente fastidiado por la situación y por mi estado mental desde hacía unos meses, el sanador dijo que él “no me llamaría loco, solo inestable”. Aquellas palabras se ganaron una mirada absolutamente fulminante por mi parte durante unos segundos, de esas que incomodaban enormemente a las personas, y entonces, segundos después, se me escapó una risa. Una risa genuina, de esas acompañadas por una sonrisa de oreja a oreja que iluminaban el rostro.

Vas a caerme bien y todo —conseguí murmurar cuando dejé de reír, aunque mi sonrisa duró unos segundos más. —Qué capullo…

Me di la vuelta para dejarle terminar de hacer las curas, y puse los ojos en blanco al enterarme de que tendría que estar aquí unos días más pero con las vendas y ungüentos más de una semana. Eso sería una verdadera lata, y ya me imaginaba a mi padre sobreprotector intentando ayudarme en todo momento e insistiendo en que me pusiese tanto ungüento y tantas vendas todos los días que quedaría completamente cubierto sin apenas un resquicio en los ojos para poder ver un poquito.

Touché —dije cuando dijo que una barbacoa de momia era peor que una momia pringosa.

Volví a mi posición original en la camilla con su ayuda, le dejé terminar en silencio, y cerré los ojos unos instantes para descansar, pues sentir dolor hace que uno se agote, mientras el sanador rellenaba cosas en una tablilla antes de terminar de ponerme todos los vendajes y ya acabar en serio por fin. Me daba la sensación de que había tardado horas, aunque solo fuesen minutos.

Me sentía mejor. No solo físicamente, sino emocionalmente también. A veces era así, cambiaba radicalmente aunque no tenía bipolaridad, pero lo parecía por mis intensos cambios de humor que me hacían parecer dos personas completamente distintas en apenas un segundo. Últimamente la gente me había visto cambiar a mal, enfureciendo en un abrir y cerrar de ojos y convirtiéndome ante ellos en un basilisco de ira, pero hoy era una de esas extrañas ocasiones en las que iba de mal a decente. Casi a bien del todo. Y sentía como si me hubiesen quitado el peso del mundo de los hombros. No anhelaba el momento en el que este volvería a caer sobre mí cuando la ira descontrolada o la miseria regresasen como lo hacían siempre sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo.

No, déjales que pasen —dije, y abrí los ojos cuando me habló. Ese miedo de ver a mi padre y a mi madrina había desparecido, ahora quería estar con ellos.

Asentí para que supiese después que había entendido sus instrucciones sobre el ungüento, aunque alguien más me lo explicaría con más detalle. Antes de que el sanador se marchase para seguir con su trabajo con otros pacientes en el hospital le detuve.

Oye, muchas gracias… Por todo —dije con sinceridad, y conseguí sonreír levemente. Era una sonrisa tranquila, y pacífica. Me encontraba bien. Ahora lo que necesitaba era dormir durante días, si podía salirme con la mía.
Zachary S. Dankworth
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