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I did something bad —Caroline Shepard. [PRIV]

Sam J. Lehmann el Mar Nov 14, 2017 2:00 am

I did something bad —Caroline Shepard. [PRIV] HhtUNrX
Noviembre del 2017 - Casa de Caroline y Sam - Caroline Shepard & Samantha Lehmann  .feat Sebastian Crowley (PNJ)

Sebastian Crowley:
I did something bad —Caroline Shepard. [PRIV] OliIzoT

Se apareció directamente en su habitación, apoyándose hacia atrás contra la puerta y dejándose caer hasta el suelo mientras comenzaba a llorar y escondía el rostro entre sus propias rodillas, abrazándose a sí misma. Lo que se había estado guardando mucho tiempo, de repente salió todo en aquel momento, llorando como hacía tiempo que no hacía. Había aguantado mucho tiempo la opresión y las órdenes de Crowley, pero había llegado a un límite en donde no podía retroceder, ni tampoco idear un plan de escape. Ahora que había cumplido su deber de convertir a Sebastian Crowley en un experto Legeremante, ya no le servía para nada y era el momento de empezar a usar a Samantha Lehmann como un arma de la que aprovecharse sin mancharse las manos.

Por mucho que le pesase a Crowley admitir que una sangre sucia era una bruja competente, era perfectamente consciente de que Lehmann lo era, no solo en la rama mental de la magia, sino en muchas otras de las que podía sacar mucho, mucho beneficio. Además, era una fugitiva reconocida, por lo que tendría muchas facilidades que el mismo mortífago no tendría.

En la sesión que tuvieron hoy, las cosas surgieron de una manera que, por mucho que Sam leyese mentes, no se esperaba lo más mínimo.

***

Siéntate.

Sam se sentó sobre un perfecto e impoluto sillón de cuero negro.

Verás, Samantha, dudo mucho que tus capacidades como legeremantes puedan seguir ayudándome a mejorar después de estos dos años y ha llegado el momento de que empiece a hacerme un lugar en la mesa de mayor confianza de nuestro querido Señor Tenebroso. Y, para eso, te necesito.

A la legeremante no le gustaba para nada por donde estaban yendo los tiros. Crowley, por su parte, mantenía un semblante sereno, un tanto irónico, mientras caminaba tranquilamente alrededor de la sala de estar en la que se encontraban, perteneciente a su gran mansión.

Es por eso que nuestras clases serán concluidas a partir de hoy y vas a pasar a serme útil de una manera muy diferente. Necesito un par de cosas que me abrirán muchas puertas y que sé que tú podrás conseguirme con muchísima facilidad. Te he leído la mente muchas veces y, por desgracia, creo que mis órdenes de que te escondieses y pasaras desapercibida, las has acatado demasiado bien, puesto que apenas tiene relación con ningún grupo de fugitivos, dado que eres una de ellas. Soy lo suficientemente inteligente como para asumir el nivel de tu misma inteligencia y, enhorabuena, has hecho muy bien en intentar mantenerlos a salvo de mí, aunque eso vaya a cambiar muy pronto. —Sonrió. —Cambiarás tu manera de actuar y dejarás de esconderte de los tuyos. Buscarás apoyo en el resto de fugitivos y, lo más importante, te infiltrarás en sus filas. Me encontrarás la entrada a ese lugar y yo seré un héroe ante el gobierno y mi querido Señor Tenebroso, brindándoles las llaves al estercolero de fugitivos del que salen todas las amenazas.

Sonaba altanero. Hubieron varios segundos de silencio.

Ah, y otra cosa. —Se puso frente a la chimenea llameante, mirándola con las manos sujetas en la parte baja de su espalda. —Hay una pareja de fugitivos que persiguen a mi familia, probablemente intentando vengarse de los que les hice a sus amigos, los cuales están en el Área-M. Se llaman Charlie Freeman y... —Chasqueó varias veces uno de sus dedos, intentando acordarse del otro nombre. —Suzzane... Landvik, creo recordar. El otro día atacaron a mi mujer y, aunque no le tenga mucho aprecio a esa zorra, debes comprender que la familia siempre es lo primero y mis hijos sí que tienen una función importante en la vida —dijo con irónica crueldad. —Quiero que los mates y me traigas sus cabezas. No te será difícil encontrarlos, puesto que se mueven en tu mismo mundo.

Samantha, por su parte, tenía un terrible nudo en la garganta, ese que se te forma cuando tienes unas imperiosas ganas de llorar por impotencia. No podía creerse que le estuviese diciendo aquello. No podía siquiera imaginarse a ella misma ejecutando esas órdenes. ¿Matar a gente inocente en busca de respuestas? ¿Traicionar a toda una organización que lucha por personas como ella? Sentía como si le hubiesen clavado un cuchillo en el vientre y se lo retorciesen una y otra vez. Lo peor de todo es que Crowley era perfectamente consciente de cómo se sentía Sam en ese momento y se regodeaba del poder que ejercía en ella.

¿Quiere que busque la ubicación de los fugitivos y los delate? ¿Y que mate a dos personas? —preguntó, temblorosa.

Él esbozó la sonrisa más sádica, perversa y cruel que jamás había visto en él.

Así es. —Él sabía perfectamente que estaba jugando con los principios y deseos de Sam. Estaba quebrantando totalmente su voluntad como persona y, sobre todo, su bondad. —Tienes una semana. Sé que tendrás tiempo de sobra. Eres una sangre sucia con mucho potencial, desgraciadamente.

***

Pudo escuchar el característico sonido de la aparición en la sala de estar y, sobre todo, como Don Cerdito iba a saludar a Caroline que recién acababa de llegar a casa. Sam dejó de llorar, se levantó rápidamente y se miró frente al espejo, viendo sus ojos rojos y brilloso y sus mejillas rojizas. Su amiga no podía verla así. Se lavó la cara y, cuando tuvo un rostro más presentable, salió al exterior, fingió una sonrisa de que todo iba bien, como siempre hacía y saludó a su amiga. Se le rompía el corazón cada vez que tenía que fingir frente a alguien como ella y más se le rompía cuando tenía que soportar ella sola todo lo que le venía encima.

Fingió sentirse mal y no tardó en volver a su habitación para 'descansar', siendo consciente que lo que tenía que hacer le impediría dormir durante todo este tiempo.

Los tres días siguientes se los pasó prácticamente sin salir de su habitación, escribiendo para desahogarse. Coincidió con fin de semana, pero ella no se movió del interior de su pequeña zona de confort, siendo consciente de que se le acababa el tiempo. Cada vez que pensaba en sus opciones, sencillamente no podía evitar volver a llorar de impotencia, rencor y odio hacia Sebastian Crowley. Le estaba obligando a cometer homicidio y traición, dos cosas que jamás había hecho ni pensaba hacer. De verdad que esos tres días no hubieran pasado para ella si no fuese porque si ella se suicidaba, pondría en peligro a Caroline. Y lo que más le pesaba ahora mismo era haber hecho que Caroline volviese a su vida y volviese a convertirse en esa persona tan importante para ella. Al final, lo único que había conseguido había sido ponerla en peligro y no podía hacer nada para siquiera avisarla.

Debería haberse suicidado el primer minuto de hacer aquel endemoniado juramento inquebrantable.

Llegado el cuarto día, comenzó a movilizarse. ¿Iba a cometer la locura de cumplir las órdenes de Crowley y recibir el odio de todos los que eran como ella, además de el de sus propios amigos que luchaban por lo mismo? ¿O cometería la locura de poner a Caroline en peligro por no cumplirlas? Fue como fuese, al menos había comenzado a buscar la manera de acercarse a los fugitivos y buscar información sobre Charlie y Suzzane.

Esos días apenas se pasó por casa y, cuando lo hacía, mantenía un contacto bastante limitado con su compañera de piso. Estaba demasiado ocupada y estresada con su vida como para siquiera ponerse a fingir un estado muy diferente al que se encontraba. Sencillamente no podía. No podía ocultar sus nervios, su inquietud y mucho menos su malestar. Es por eso que prefería no tener contacto con ella.

Lo que no sabía, claro estaba, es que Caroline no se iba a quedar de brazos cruzados ante la clara diferencia en el comportamiento de Samantha. ¿Y lo peor de todo? Que ocultar aquello con lo que podía desahogarse con tranquilidad, no había sido una de las ideas de Sam. Escribía diariamente en su diario —válgase la redundancia— y ese se encontraba en su habitación, un lugar en donde en principio, no entraba nadie si ella no estaba, por lo que a simple vista parecía un lugar seguro en donde dejar probablemente el mayor foco de verdad inquebrantable que no podías compartir con nadie. Pero obviamente... se equivocó.


OFF: Diario de Sam
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Jue Nov 23, 2017 8:23 pm

Hace un par de semanas había ganado la costumbre de después del trabajo,  ir a sentarse a una banca a contemplar como el sol desaparecía tras la montaña de departamentos y edificios que ofrecía el centro de Londres. Y por más que el panorama realmente era alucinante, en el fondo no le gustaba para nada la sensación que albergaba ese accionar. Porque significaba que aplazaba el tiempo de ir a casa. Y nunca le ha gustado eso, ya que debe ser todo lo contrario ¿no?. Pero era tan frustrante tener que llegar y toparse con la gran muralla que Samantha había construido entre las dos.  

Más que la acción en sí (porque realmente llegaba a comprenderla), le molestaba  el hecho de que por primera vez no tenía la información suficiente para entender lo que pasaba por la cabeza de la rubia sin tener que recurrir a las palabras. Porque por más que  habían pasado noches enteras poniéndose al día... Por más que le doliera admitirlo, diez años no habían pasado en vano.  Y que por más que ella aún pueda reconocer alguna cosas como que su querida Jota aún se le formasen unas arrugas encantadoras alrededor de sus ojos cuando sonreía de verdad o que tendía a bajar la mirada antes de mentir, aún le faltaba conocer un sinfín de gestos que no había visto jamás en ella y  no podía interpretar.

Ya que con o sin hechizos, todos habían cambiado.
Ella no era la misma, Samantha no era la misma y mucho menos Henry.
Era tan frustrante y hermoso a la vez. Era como volver a leer un libro que pensabas que te lo sabías de memoria pero que de un día para otro cambiaron su lenguaje. Teniendo que aprender un idioma desconocido pero sumamente tentador.

Suspiró y botó el envoltorio de su café (su nueva adicción), el sol ya había tomado su rumbo al otro lado del planeta y el frío ya se empezaba a colar por las aberturas  de su abrigo rojo y eso sólo significaba una cosa: era hora de marchar.

Caminó hacía un callejón despoblado para que en menos de un pestañar ya se encontrará en su hogar.
Si alguna vez le hacen la pregunta de qué era lo  más amaba al llegar a casa, sin dudarlo respondería que el hermoso saludo de Don Cerdito.  Es que sus pies ni siquiera llegaban a tocar el suelo  cuando ya se podía escuchar de fondo a esa gran bolita de ternura dándole la bienvenida a través de sus gruñidos de amor (o reclamadores de comida, todo dependía del día).  

Miró alrededor  en busca de algo que indicará algún rastro de la rubia, pero al no encontrarlo recurrió a lo más simple.- ¿Sam?.- preguntó mientras dejaba su bolso en el sillón y tomaba entre sus brazos a Don Cerdito para darle mimos.

No hubo respuesta alguna y miró al reloj con el ceño fruncido pensando que ya debería haber llegado a casa. Con Don Cerdito aún entre sus brazos caminó hacia la habitación de su amiga en su búsqueda. La puerta se encontraba semi- abierta, extendió su cuello por el resquicio de la puerta para mirar en su interior. Efectivamente no había nadie. Hizo una mueca y tras dejar nuevamente al animal en el suelo hizo el ademán de cerrar la puerta, pero antes de hacerlo logró divisar que tenía la  ventana abierta y por más que nunca le ha gustado entrar sin consentimiento a habitaciones ajenas, sin pensarlo demasiado se dirigió a ella para cerrarla. No eran tiempos para mantenerla abierta más allá de las siete de la tarde, si es que  no querías convertirte en un gran muñeco de nieve en vida.

El viento hizo una última trastada en la habitación de Sam haciendo volar las hojas de una libreta que se encontraba sobre uno de los escritorios. Todo indicaba que lo mejor era devolverse por donde había venido pero al echar una rápida mirada a la libreta y reconocer la letra de su amiga en ella hizo que detuviera su impulso y se quedará clavada en el lugar en el que se encontraba.

“Sólo será un poco, leer lo que está por encima” se justificó a ella misma.  Además en su defensa, ya había aguantado toda calladita y tranquila la ola de indiferencia de su amiga. Ya había pasado el tiempo justo como para ya empezar a romper un poco las reglas. Y esa pequeña libreta era un enorme salvavidas dentro del mar de incertidumbre que reinaba en su cabeza.

>>Debía de haberme suicidado el mismo día que hice este juramento<<

Su corazón se detuvo por una milésima de segundos, su ceño ganó en profundidad y dejó de lado su cauteloso accionar para tomar firmemente la libreta entre sus manos y leerla sin pudor alguno.

Dejó caer su peso en la cama, pillándose con más de una sorpresa a medida que pasaba el tiempo.

* * *

- ¡HA! .- exclamó fuerte mientras que de un movimiento dio vuelta a su contrincante dejándolo en el suelo con su brazo rodeando su cuello asfixiándolo hasta que el profesor anunciará el fin de la batalla.  Le ofreció un tachi-rei  sólo por ritualidad,  ya que sentía que era muy lento y patoso para tener un cinturón como el que tenía.  Necesitaba un contrincante de verdad, necesitaba sentir peligro y por más que le había pedido al profesor subir de nivel el insistía con la frase cliché de “darle tiempo al tiempo”.

Y cómo le explicaba  que lo que menos tenía era tiempo. Que necesitaba practicar para terminar asfixiando el cuello de una persona sin tener un sonido de por medio que detuviera su accionar.  Cómo le explicaba que necesitaba un entrenamiento más elevado porque a lo que se enfrentaría era más que un cuerpo,  o un arma conocida. Era mucho más complicado, era un hombre lleno de magia oscura.  

- Shepard . – volteó al escuchar la voz de su profesor tras su espalda.- El odio tanto como el amor son sentimientos movilizadores. Te remueven, llevándote a cometer las acciones más horribles o hermosas ... – su maestro tenía una mirada sencilla y el corazón enorme. Era un gran hombre y se sentía profundamente afortunada de haberse topado en su camino. Pero en esta oportunidad ni siquiera encontraba las palabras necesarias para explicarle el tormento de emociones que sentía en su interior. Veía todo al rojo vivo.

- Veo un objetivo en tus ojos, Shepard. Pero no puedes dejar que la rabia te nuble, debes aprender a mantener la calma hasta en el peor escenario .- hizo una breve pausa para luego sonreír.- Hoy te quedas. Vamos a luchar tú y yo.- le dijo con un tono tan seguro que no aceptaba réplica alguna. Ella sonrió ampliamente.

- Vamos a recordar porque el Judo es el Arte marcial de “la no resistencia” .- le dijo afablemente.

No supo exactamente cuánto tiempo estuvo entrenando sola junto a él. Pero de lo que si estaba segura es que ya estaba preparada para luchar contra Sebastián Crowley.

* * *

Mientras caminaba por aquel largo y lúgubre pasillo que la llevaría a la oficina de Crowley, las palabras de Samantha tronaban en su cabeza. Como un gran motor que estaba dispuesto a arrasar con todo a su paso, sin piedad alguna.

Había tenido que convertirse en la mejor actriz, y trabajar su paciencia día tras día. Había logrado poner una sonrisa en su rostro cuándo lo único que quería era gritar fuertemente e incendiarlo todo y a todos. Había resistido, se había tragado todo lo que sentía y había aguantado ese sabor amargo del rencor en su garganta por este preciso momento.

Se detuvo al llegar a la puerta repasando los lugares en que había escondido sus armas. De una manera u otra le causaría daño, mucho daño a Sebastian Crowley. En su interior le deseaba una muerte lenta y dolorosa, insoportable.

Tomó la manija de la puerta y entró a su oficina. Clavó su clara mirada en los ojos del mago y  con toda la calma del mundo cerró nuevamente la puerta tras de sí .- Creo que entre los dos  no hacen falta presentaciones ¿no?.- le dijo a modo de saludo.

De ahí en adelante todo podría ocurrir, pero de una cosa estaba segura:  Solo uno de ellos quedaría vivo al terminar el día.
Caroline Shepard
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Caroline ShepardTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Lun Nov 27, 2017 1:30 am

PNJ Sebastian Crowley:
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Como todos los días, Sebastian Crowley se levantó sin ningún pesar en su mente, ni mucho menos culpa. Él vivía con la consciencia totalmente tranquila pese a todas las monstruosidades que hacía, porque por mucho que él fingiese tener una vida cargada de normalidad, nobleza, elegancia y riquezas, no era así. No era ese hombre que todo el mundo creía ver  y la primera en darse cuenta de ello fue Amaia, su actual esposa. En la familia Crowley parecía que todos salían con genes cargados de manipulación, predisposición a la traición y la mentira, ya que fue solo después de casarse con él cuando la mujer se dio cuenta el error que había cometido.

Con un trato cargado de desdén y frialdad por parte del matrimonio, cada uno tomó su propio rumbo pasado el desayuno: Crowley se dirigió al Ministerio mientras que Amaia se encaminaba a San Mungo, pues era enfermera.

Sebastian no era jefe de ningún departamento en particular, pero ostentaba un cargo importante dentro del departamento de cooperación mágica internacional. Viajaba mucho —algo que ambos miembros del matrimonio agradecía— y también tenía muchas excusas para pasar más tiempo del necesario fuera del hogar. Aunque vamos, Sebastian no necesitaba dar explicaciones a su mujer, pese a que todavía intentase fingir que le importaba.

Para ser sinceros, ahora mismo lo único que le importaba era hacerse un nombre propio y llegar a ese nivel de confianza y cercanía con El Señor Tenebroso. Tenía preparada la jugada maestra para conseguirlo, utilizando a su pequeño juguete como cabeza de turco para sus planes. Samantha le había otorgado la experiencia de un legeremante competente, convirtiéndole en uno de los pocos magos tan jóvenes en controlar ambas disciplinas con tanta maestría. Ahora lo único que le quedaba era ganarse ese puesto que le haría convertirse en un pilar en las decisiones de su Señor.

De buen humor, puesto que ya había pasado una semana y mañana quedaría con Lehmann para ver si había cumplido con lo acontecido, cosa que tenía bien clara que ocurriría pues era demasiado cobarde como para enfrentarse a la muerte, llegó al Ministerio.

El día pasó con tranquilidad, como de costumbre en su monótona vida. Lo único que salió de su monotonía fue que recibió una carta de unos de sus hijos, la cual estaba contestando cuando Caroline Shepard entró en su despacho con todas las confianzas. Crowley se apoyó atrás en su silla y la observó con detenimiento mientras cerraba la puerta, sin haber sido invitada. Reconocía ese rencor y odio en su mirada, solía verlo muy a menudo en sus víctimas; solía verlo muy a menudo en Samantha.

Supongo que no. Probablemente sepa más de ti de lo que me interesa, por desgracia. —Contempló, desdeñoso, haciendo rodar el anillo que tenía en su dedo corazón de la mano izquierda. Cada Crowley tenía ese mismo anillo, con el emblema de su casa, un cuervo frente dos espadas.

Soltó la pluma sobre la carga y comenzó a moverse en su silla lentamente, observándola con detenimiento. Si estaba allí, con esa predisposición, solo podía ser por un motivo: se había enterado de la relación que tenían Samantha y él y, probablemente, viniese a llegar a un acuerdo o, directamente, a liberar a su amiga. Lo que no le quedaba claro a Crowley era un pequeño detalle: ¿se lo habría contado la propia Sam, sacrificándose por todos los fugitivos y diciéndole bien claro que lo matase antes de que él le matase a ella? ¿O se había enterado de alguna manera diferente? La verdad es que fue un poco descarado el trato que tuvo con ella en Halloween, quizás un punto flaco que no tuvo en cuenta.

Le había prometido que no te haría daño, pero dadas las circunstancias, creo que vienes muy dispuesta a buscar justicia como para mantenerme con los brazos cruzados, ¿me equivoco? Aunque mantendré mi palabra y no te mataré; una traidora como tú estará mucho mejor siendo una conejilla de indias de los extirpadores.

Porque sí. Crowley sabía todo lo que pasaba en la vida de Sam y llevaba sabiendo que Caroline, una buena trabajadora del Ministerio, era traidora desde que volvió a la vida de Sam. ¿Pero delatarla? No le servía de nada. La sumisión de Lehmann se debía a la promesa de protección de sus seres más queridos. Atentar contra ellos sería como destrozar esa 'fingida confianza' que habían estado creando.

Pero antes de que decidas lanzarte a tu muerte segura, contéstame a algo: ¿Lehmann está muerta? —preguntó directamente, queriendo saber cómo se había enterado. Caminó algunos pasos hasta quedarse detrás de su propia silla.

Por su parte, ya había localizado su varita en el bolsillo extensible de sus pantalones de pinzas. Vestía un chaleco y una camisa impolutas y la chaqueta propia de los trajes varoniles se encontraba colgada en un perchero junto a la puerta. Se encontraba tranquilo y totalmente sereno. No temía perder, pues sabía que una maga del tres al cuarto como Shepard no tenía nada que hacer contra él. Lo que verdaderamente le preocupaba era haber perdido a su arma, aquella con la que iba a conseguir abrir las puertas de la confianza de Lord Voldemort. Aunque... quizás debía de aprovecharse del regalo que le estaba haciendo Shepard con su suicido y sacar información de ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Lun Dic 18, 2017 2:37 am

Como muy bien plantó Sócrates (un muggle de esos increíbles) hace un tiempo atrás, es absurdo temerle a la muerte si es que nadie sabe de qué trata . Quizás morir sea una increíble y placentera liberación, y pasamos nuestra vida temiendole a algo que solo nos traerá felicidad. O tal vez sea la nada total y nuestro final solo sea ser  alimento para un gran parlamento de gusanos. Pero sea como sea, ella jamás le ha temido a ese lejano país del cuál nadie regresa.Tenía seis años cuando comprendió que todos nacemos con una mortalidad definida. Sabiendo que lo único seguro era que nos esperaba un último aliento, y lo que venía tras ese punto final era una total incertidumbre. Había sido su abuela la causante de tan precipitados pensamientos. Aún ni siquiera sabía conjurar todas las palabras cuando ya podía comprender (en la medida de lo posible) tanto tangible como visualmente a la muerte. La historia  de Leonor(su abuela) ahora no viene a cuento. Pero simplemente no podía no evocar a aquella mujer cuando en este preciso momento ella se encuentra tan osadamente provocando a su propio reloj de arena.

No pudo evitar que una media sonrisa se le escapara al escuchar su tan cordial saludo. Es que siempre le ha causado gracia la manera de actuar de las personas como Crowley. Con esas miradas hacia abajo, como si siempre estuvieran un escalón más arriba que uno y una nariz arrugada constante como si el simple hedor de la humanidad le fuera insoportable. En resumidas cuentas seres sin vida, portadores de pensamientos oscuros que de un momento a otro le terminaron por devorar por completo. Que ella era una fiel creyente que uno no nace siendo una bomba nuclear, uno la va construyendo paso a paso con sus cantidades de Uranio y Plutonio correspondientes. Y es solo cosa de echar un vistazo a los antepasados del mago para entender medianamente su accionar. La historia de cada cual y sus síntomas correspondientes .

Siguió atentamente cada paso que daba Crowley, suprimió su atisbo de sonrisa para simplemente mirarlo con una expresión casi nula en su rostro. No se le pasó por alto la forma de recurrir consciente o inconscientemente al objeto que simbolizaba a su familia, a su linaje. Quizás sea porque Shepard solo significa 'pastor de ovejas´ pero ella jamás ha entendido ese afán de alguna gente de darle tanta importancia a un apellido. Aunque debía admitir- silenciosamente- que los Crowley se gastan un buenisimo escudo. Es que el cuervo jamás puede dejar de ser bello y majestuoso, al menos ante su visión.  

Idiotas, gruñó mentalmente.

Le mantuvo la mirada incluso cuando sintió la ajena sobre ella, analizandola o tal vez ordenando las circunstancias presentadas tan de improviso. Que no había que ser adivina para saber que le había sorprendido su presencia, o el hecho de tanta desfachatez en su accionar.

Tuvo el impulso de querer aplaudirle  (de manera sarcástica) tras escuchar su intento de discurso de hombre de honor. ¿Es qué acaso tenía que agradecerle por no haberle delatado antes?  ¿Es que acaso ella tenía que sentirse una mujer afortunada por no haber sido expuesta mientras su amiga vivía en un calvario día tras día, siendo él el causante principal?  Además ¿tanta fe se tenía como para decir que él le hacía un favor en cederle una vez más la 'fortuna' de la vida? ¡Cuanto ego en una sola persona por Morgana y Merlín!

El poder de las palabras es increíble
, pensó al escucharlo decir  Extirpadores. . Genera realidad e imágenes a veces tan vivas que causan reacciones físicas. Por su parte sintió tristeza y rabia por igual. Temor ni por asomo.

- Todo lo que respecte a Samantha no es de tu incumbencia.- le dijo de manera seca.  Ella no había venido a replantearse la humanidad junto al castaño y por más que tenía miles de palabras sedientas de querer salir de su garganta y explotar en el rostro del mago se apresuró a cumplir su principal objetivo de aquel día: darle muerte a Sebastián Crowley.

En el transcurso en que se acercaba a la oficina y mientras él se dedicaba a lanzarle miradas y palabras desdeñosas ella había conjurado silenciosamente los hechizos correspondientes para volver aquella habitación en un gran búnker. Nadie entra, nadie sale.

Con un hechizo silencioso hizo que el escritorio que los separaba saliera disparado hacia el mago mientras que simultáneamente sacaba una daga que tenía en su tobillo derecho. De un rápido y preciso movimiento se sube al mueble ganando altura y desde ese lugar se la clava sin titubear en el hombro derecho, buscando dar con  aquel nervio bautizado radial , esperando  que el brazo se le adormeciera, dejará de responder , como si de pronto ella hubiera apretado un invisible botón de apagar y lo convirtiera - sin necesidad de una varita-  en solo una ración de masa, grasa y huesos desechables.  

Sabía que podía haber jugado el rol de vaquero del lejano Oeste y descubrir quién era más rápido pronunciando un Avada, pero ella no quería una muerte así para Crowley. La justicia se cobra en vida, quizás tras la muerte hay seres justicieros o benevolentes...pero volvimos al enigma principal, nadie sabe nada de eso y ella no se quería confiar. Quería que Crowley pagará por todo lo que había hecho o pretendía hacer. Quería ser como esos animales que se quedan a un costado de sus presas observando cómo su veneno los va consumiendo, y cuando ya nada queda recién ahí comerselo (o hacerlo desaparecer).

Su varita se encontraba en su mano derecha, aún le quedaban armas (muggles) escondidas en su menudo cuerpo, su corazón le latía fuertemente  como una manada de caballos cabalgando velozmente sobre un puente de madera. No sabía si la suerte, azar, o destino estarían de su lado aquella tarde y había preparado cautelosamente las cosas si fuese lo contrario. Indicaciones claras, cartas repartidas y protecciones necesarias para sus seres queridos.  

El dado ya había comenzando a girar en el aire, y esperaba profundamente que los números hoy estuvieran a su favor.
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Sam J. Lehmann el Mar Dic 19, 2017 4:21 am

PNJ Sebastian Crowley:
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No le contestó a nada, ni siquiera a su última pregunta. Crowley la miró con seriedad y semblante autoritario, pero no se esperó lo más mínimo que de repente su mesa fuese empujada mágicamente hacia él, arrinconándolo contra aquella ventana mágica que no llevaba a ningún lugar.

En un intento de alzar la mano con la varita, ya tenía a Shepard encima, clavándole aquella daga directamente en el hombro. Soltó un quejido ahogado, empujándola hacia atrás con todas sus fuerzas hasta hacerla caer contra su propio escritorio. La miró con rabia, para notar como su blanca e impoluta camisa comenzaba a mancharse de sangre. No lo dudó ni un instante en coger la daga y quitársela con fuerza, cogiendo aire para poder soportar el dolor que acababa de sufrir.

¿Quieres jugar sucio? Muy bien, juguemos sucio.

Por mucho que Sebastian Crowley pareciese un señor respetuoso, elegante y cargado de un actitud solemne, no lo era. Era un Crowley y si en algo destacaban todos los hermanos Crowley eran en que eran unos perfectos manipuladores, capaces de esconder la monstruosidad que tenían en su interior con una máscara que los dejaba de familia purista predilecta y normal. Pero no era así. Sebastian era una persona sádica, cruel, de esas que disfrutaba planeando el dolor ajeno. ¡Vaya! No habría pensado muchas veces cómo hacer sufrir a su legeremante favorita. Lo había pensado infinidad de veces, cada cual a peor.

Pero ahora mismo no tenía eso en mente, sino hacer sufrir a esa insolente niña que había aparecido con aires de heroína en su despacho. Iba a fallar en su promesa, ¿pero a quién le importa? Él no iba a morir por eso. De repente le pareció realmente placentero tener a Shepard muerta en la alfombra de su despacho. Así se la podría enseñar a Sam si seguía viva como advertencia.

Apartó la silla que tenía delante y se abalanzó contra Shepard, aunque esta consiguió zafarse de sus garras. Con un movimiento de la varita apartó de su camino su propio escritorio, haciendo que todo lo que había en la parte superior volase por toda la habitación. Luego apuntó a la chica, hechizándola de tal manera que podía moverla a su voluntad. No tardó en hacer que chocase contra uno de sus muebles, haciéndola caer al suelo. Se acercó a ella con su daga en la mano, sintiendo como su brazo derecho comenzaba a flaquear.

Nada más llegar a ella, salió disparado hacia atrás hasta chocar con un cuadro, rompiéndolo y cayendo al suelo con él, pero no se rindió. Se levantó con muy mala hostia y tiró la daga hacia Caroline al sentir como su brazo derecho cada vez estaba más adormecido, sintiéndose desesperado. Rápidamente conjuró un Flare y atrapó el pie de la chica con él, arrastrándola hacia donde se encontraba él mismo por el suelo. La levantó con ayuda de la magia y la estampó contra la pared, aprisionándola con su propio cuerpo.

Te voy a enseñar lo que voy a hacer después de matarte, Shepard. —Conjuró un 'legeremens' no verbal mirando a los ojos de la pelirroja, metiéndose en su mente.

Lo primero que hizo fue comprobar que Samantha estaba viva, en apenas un segundo, para luego hacerle ver en su mente sus propios pensamientos. Un pensamiento que parecía tan real como los suyos propios. Parecía que ahora mismo estaba siendo partícipe de esa escena. Le hizo ver la muerte de su amiga; cómo Crowley no sólo humillaba, torturaba y abusaba de Samantha, sino como le clavaba esa misma daga que le había clavado a él, en el corazón a su amiga, con lentitud, viendo como sus ojos se quedaban sin brillo. Viendo como sus ojos imploraban por auxilio y benevolencia; estaba viendo delante de sus ojos, la muerte a manos de un monstruo que tenía planeada para su amiga una vez acabase con ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Mar Ene 23, 2018 1:39 am

Tomar por sorpresa a su contrincante era algo que siempre disfrutaba enormemente. Ver esa expresión única figurarse en su rostro, y sacar una fotografía mental de ese preciso instante en que se ven descubiertos por algo  inesperado era maravilloso.

La precisión de su siguiente accionar  se lo debía a su  amigo/maestro muggle Ryosuke. Cuando clavó la daga en el nervio del mago su imagen se le vino a la cabeza, y recordó lo curioso que siempre le ha causado (más en una situación como esta) que su nombre significase "buena ayuda".  Lo conoció en una tarde de invierno muy parecida a la de hoy, pero en tierras muy lejanas y situaciones totalmente distintas (aunque adversas por igual). Le enseño o más bien compartió con ella sus conocimientos con dagas, cuchillos, o cualquier objeto que llegase a tener filo o potencial de aquello. Y hoy, esperaba hacer honor a su recuerdo.

Segundo error de Crowley en esa tarde  (siendo el primero haberle dado tanta ventaja) era haberse sacado la daga de su hombro de esa manera. Cualquiera que tiene un mínimo conocimiento sobre combate sabe que lo recomendable a la hora de ser herido con algún objeto perforador era mantenerlo enterrado en la zona hasta saber qué nervios o músculo fueron afectados y no generar una hemorragia interna o dejarlo peor.  Y estaba completamente segura, que si el mago no hacía algo ya para detener esa sangre de seguro todo se acabaría naturalmente en al menos unos veinte minutos más (lo que tarde en promedio un cuerpo en desangrarse).

- Por fin estamos hablando el mismo idioma, Crowley.- le dijo despectiva tras escuchar sus palabras. Quería ver de lo que estaba hecho el mago para después destruirlo por completo.  Lo que estaba sucediendo en esa habitación era algo personal.  Se había metido con Samantha, y cuando de sus seres queridos se trata al menos para ella no existían reglas ni la moral.

Observó cómo se abalanzaba sobre ella y de una reacción rápida logro zafarse de sus garras. Aun así no logró evitar que parte de su ropa quedará manchada con la sangre del castaño ni que al girarse este ya estuviese con su varita en las mano levantandola del suelo a su total merced, la que no dudó en generar su siguiente movimiento haciendola chocar de sopetón contra una pared.

No podría estar cien por ciento segura, pero algo le decía que uno que otro hueso de su costilla derecha habían hecho crack. Pero nada que no hubiese sentido antes, o algún dolor que no pudiese soportar. Lo escuchó acercarse a ella, y espero que estuviera lo suficientemente cerca (para ganar mayor precisión) y lanzarle un expulso silencioso, que logró que el cuerpo del mago saliera disparado hacia la pared contraria chocando con un cuadro haciendolo caer junto a él.

Pese a la punzada interna que sentía en su costilla derecha producto del golpe, logró observar la daga venir hacia ella y esquivarla. Descubriendo el tercer error de aquella tarde: devolverle el arma al enemigo. Antes de que Crowley la tomará por su pie y le arrastrará hacia él, tomó la daga que había caído al suelo al chocar contra la pared y la mantuvo aferrada firme en su puño izquierdo.

Lo que continúo a la frase "Te voy a enseñar lo que voy a hacer después de matarte, Shepard" jamás lo había sentido. Durante sus años en Japón se encontró con muchos "jugadores de mente" como solía llamarle ella al encontrarse con uno de ellos. Y muchas veces le demostraron empiricamente lo horrible que podía llegar a ser tan espectacular conocimiento. Pero nunca, en todas esas sesiones se había tenido que topar con la presencia de Samantha.

Y al verla allí, tan real como la peor de las pesadillas de esas que despiertas sudorosa, con el pulso a mil y llorando a mares se  sintió por primera vez destruída.  Como si Crowley tuviera en ese preciso momento su corazón en la mano listo para hacerlo estallar en mil pedazos. Observar como los ojos de su amiga iban perdiendo brillo la inmovilizó por completo, como si de pronto le hubieran lanzado un Petrificus Totalus silencioso... Pero de pronto, la imagen de su amigo/maestro Ryosuke volvió a aparecer, ayudandola una vez más.  


- Los jugadore de mente, Shepard. Son igual a los sueños o las pesadillas (según como lo utilicen).  Les divierta merodear por nuestra mente, y armar o borrar recuerdos a su antojo. Pero siempre se les olvida que hay una gran fracción de nuestro cerebro desconocida. Llena de laberintos y pasadizos secretos que sólo se dignan abrir cuando nuestro cuerpo tiene >>miedo<<. Sentimiento que nos han hecho odiar tanto pero que nos ha ayudado por siglos a sobrevivir, a seguir. A ser conscientes y continuar...- escuchaba atentamente sus palabras. A su alrededor solo el sonido de algunas aves pasajeras y el mover del río cercano. - ... La próxima vez que tengas una de esas pesadillas, Shepard. Mirate la palma de la mano.- le dijo clavando su afable mirada sobre ella.- Eso te recordará que lo que hace real a tu cabeza eres tú, y tu eres la real no tus pensamientos...- hizo una leve pausa para agregar.- Cambia de foco y despertarás.- terminó por decirle para esbozar una hermosa y radiante sonrisa en su rostro.  

La imagen de Samantha desangrandose a manos de Crowley volvió a su cabeza, pero esta vez en vez de enfocar su atención en su amiga contra todo pronóstico desvió su mirada al mayor de los herederos de tan prestigiosa familia mágica. Y ese sentimiento de miedo por ver frente a sus ojos morir a uno de los seres que más ama se convirtió en uno totalmente distinto. Y la daga que aún mantenía en su mano derecha cobró vida propia y con una fuerza mayor a la anterior terminó siendo clavada nuevamente en el cuerpo del mago, estaba vez más cercano al estomago.

Lo escuchó gritar una vez más y como al instante dejaba de ejercer sus poderes en ella ,  parpadeó un par de veces al sentir nuevamente su cabeza vacía de tan despreciable invasor.  Y sacando fuerzas de rabias acumuladas le pegó un patada en pleno pecho empujandolo hacia atrás pero no sin antes sacar la daga clavada en el castaño y observar como un nuevo chorro de sangre volvía a emerger, pero esta vez en otra parte de su cuerpo.

Crowley cayó al piso y lo primero que buscó con su mirada fue la varita del mago. Al encontrarla no dudó ir por ella y tomarla entre sus manos. Escuchó como a su espalda el mago testarudamente volvía a levantarse, demostrando su endereza pero no contó con que al girar ella tuviera entre sus manos su varita partida en dos.

- Oh, ¿y ahora quién podrá ayudar a Cowley?.- le preguntó con una sonrisa de lado soberbia. Porque sabía que los minutos del mago iban en cuenta regresiva, porque sabía que sin magia por parte del castaño el terreno se despejaba a su merced, a su favor.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 23, 2018 6:21 pm

PNJ Sebastian Crowley:
I did something bad —Caroline Shepard. [PRIV] OliIzoT

Había quién lo consideraba una ventaja; y otros pensaban que era toda una desgracia. Quizás ser legeremante te daba la oportunidad de poder no sólo leer la mente ajena, sino también de manipularla hasta cierto punto por la invasión que ello supone. Sin embargo, uno de los requisitos de dicho control no era sólo inundarte de sus pensamientos, sino también de sus sentimientos; de sus emociones. Cuando indagabas en los pensamientos más duros y trágicos de una persona, no sólo te invadía eso, sino también su dolor y su pena. Un legeremante que de por sí ya es empático solía sufrir el doble que uno que consigue mantener esa férrea coraza en donde finge que nada le importa. Crowley se consideraba una de esas personas: egoísta hasta un punto enfermizo, cruel hasta el punto de disfrutar del dolor ajeno.

Es por eso que cuando se metió en la mente de Caroline y le transmitió aquella pesadilla que pensaba hacer realidad, sintió placer al sentir lo que Shepard sentía. Ese pánico, esa desesperación, ese dolor... eso a él le daba la vida, pese a que fueran cosas que caracterizaban a cualquiera incapaz de saborear realmente el valor de la vida.

Quizás fue esa entrega, o ese placer que le inundó, lo que le hizo bajar la guardia hasta el punto de no darse cuenta que Caroline volvió a sujetar la daga entre sus dedos. O quizás tenía en tan alta estima sus habilidades que tenía bien claro que mientras estuviese dentro de su cabeza, ella sería incapaz de hacer nada en la realidad. Pero se olvidó de un detalle importante: él podría destacar por su astucia, pero Caroline destacaba por su inteligencia. Y una Ravenclaw no iba a dejar jamás que una serpiente le ganase ninguna batalla; mucho menos mental. Subestimó las capacidades de la pelirroja y consiguió perderse en su propio camino.

La conexión entre ambos se vio cortada inmediatamente desde que sintió como aquel afilado metal se introducía por su vientre. Retrocedió un paso, para entonces sentir esa patada en el pecho y como aquella daga era sacada de su cuerpo con rabia y violencia. Se llevó una de sus manos allí, sintiendo como se le empapaba rápidamente de sangre caliente. Intentó buscar su varita, pero sus esperanzas se vieron quebradas cuando vio que la tenía Caroline, partida en dos, entre sus manos.

El rostro de Crowley ya no revelaba tranquilidad, ni soberbia, ahora sólo revelaba derrota, rabia y odio.

Matándome no vas a conseguir que tu amiga esté a salvo...

Tosió sangre y, pese a que tenía claro que iba a morir, alguien como él no podía irse a la tumba sin declarar oficialmente la guerra.

Mi familia no se va a quedar de brazos cruzados. No soy el único que sabía qué es lo que hacía Lehmann conmigo. Buscarán venganza. Y la sangre sucia de tu amiga caerá. Y tú caerás con ella, Shepard. Matándome a mí le has quitado toda la protección que yo le brindaba. —Le escupió a los pies, con toda su boca con un terrible sabor a metal. —Sólo la estás condenando más.

Se intentó poner de pie pese a las circunstancias en las que estaba, en donde la pérdida de sangre era clara y cuyo brazo ya apenas le respondía. No tenía armas; no tenía magia. Y por tener, no tenía ni fuerza. Ahora mismo, más que nunca, tenía ganas de estrangular a aquella mujer hasta que se quedase asfixiada entre sus propias manos. De hecho, a riesgo de no dar su último hálito en cumplir su deseo más cruel, se abalanzó sobre ella con toda sus fuerzas por delante y su única mano buena —y empapada en sangre— por delante.


Mientras tanto, en el piso de Caroline y Samantha

Acababa de llegar a casa, apareciéndose en medio del salón. Los animales fueron a saludarla, pero ella hizo caso omiso, caminando directamente hacia la cocina para beber agua. Había estado todo el día fuera, en un intento de mentalizarse de lo que poder hacer con su vida y buscando soluciones que en realidad no quería tomar.

Se pegó como tres minutos con el vaso de agua en la mano, mirando a la nada de la cocina y del salón. No fue hasta que su mirada se encontró con una carta sobre la mesa del comedor que bebió el contenido del vaso y caminó hacia allí para ver qué era. Obviamente Caroline se encargaba de la correspondencia, ya que toda era para ella pues nadie sabía que Sam vivía allí, por eso mismo le extrañó ver la carta ahí, en medio de la nada. Al acercarse y ver que ponía su nombre, con la impoluta y perfecta letra de Caroline, se puso nerviosa. ¿Por qué narices le iba a dejar una carta su compañera de piso, si se supone que en un rato se iban a volver a ver? No había que ser Ravenclaw para asumir que algo raro pasaba. Y el simple hecho de suponer que algo 'fuera de lo normal' pasaba en la vida de Caroline, ya le asustaba. El gato de Sam se subió a la mesa, mirando a su dueña con un rostro preocupado. Su gato tenía tanto sentido de la empatía que a veces le daba por suponer que era un maldito animago.

Tragó saliva, se sentó en una de las sillas del comedor y abrió la carta.


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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Sáb Feb 10, 2018 4:57 am

El dolor que le causó ver esas imágenes de Samantha jamás lo había sentido. Era como si se hubiera caído en las frías aguas de un Lago congelado en invierno. Y de a poco se fuera hundiendo cada vez más, sintiendo dolor en todo su cuerpo en cada poro de su piel, y los ojos de su amiga perdiendo brillo fueran como esa luz que ve alejarse como esperanza última. Pero en medio de ese dolor indescriptible, un salvavidas, un recuerdo amigo más un consejo hicieron su aparición para recordarle algo tan simple como el hecho de que ella era una águila rebelde, indómita y testaruda, y que jamás iba a permitir que un vil ser humano como Crowley habitara y jugará con una de sus tierras preferidas, su mente.

Por lo que sacando fuerzas de flaqueza, tomó con toda su fuerza la daga en su mano y se la clavó al legeremante, fue un movimiento seco y profundo, suficiente para lograr que nuevamente ella tuviera poder sobre su cabeza. Y sacándole la daga le empuja de una fuerte patada lejos de ella haciéndole caer. Observó como la sangre nuevamente comenzaba a emanar vertiginosa fuera de su cuerpo, cuando algo a pasos de él cautivó su atención, y pese al dolor físico-emocional que tenía en ese momento sonrió. Era la varita de Sebastián Crowley,  la causante quizás de cuantos horrores ahora se encontraba en sus manos, y sin pensarlo demasiado la partió en dos. Porque ella había venido a poner fin a todo su existencia, y su varita jugaba un rol  fundamental en ella.

Llevó su cabeza a un lado mirándolo con falsa condescendencia. Vió como pese a sus afiladas palabras el rostro del mago ya no demostraba nada de la soberbia de un comienzo, ahora solo era un hombre solo y acabado. Le dedicó una mirada de profundo asco cuando vió como este le escupía sangre a sus pies y observó como este en un vano intento de estrangularla se acercó hacia ella.- Oh, vamos. Basta ya de juegos.- dijo secamente para empuñar una vez más su daga y tras ágiles movimientos hacer un corte profundo en la garganta de Crowley.  

La sangre le salió por borbotones manchando todo a su paso, sintió la sangre del mago cubrir su rostro, para luego verlo caer con sus manos pegadas a su cuello, como si aquello fuera a evitar que en menos de cinco segundos se convirtiera en un cuerpo sin vida en el piso de su propia oficina. Le miró por una pequeña fracción de tiempo inexpresiva. Era la primera persona que mataba, y no es que se arrepintiera de lo que acaba de hacer, eso jamás, pero  no sentía placer por aquello, no se sentía orgullosa. Y esa era la gran diferencia entre los dos, que a ella le movilizaba el amor, no el odio ni la oscuridad. Y fue ese amor que logró que al menos en esta oportunidad su lado de la moneda saliera victorioso.

Podría haberse quedado allí hasta volver a recobrar fuerzas pero no, sabía que seguir allí era encontrarse en un peligro constante. Un mini error, y todo lo logrado se iría por la borda. Y pese a que le dolía todo su cuerpo y estaba segura que uno que otro hueso tenía roto en su cuero no dió atisbo de detenerse en aquello. Ahora lo importante era hacer desaparecer cualquier rastro. Sacó un móvil y envió un mensaje: "Nos vemos en cinco minutos" a un número no registrado.  De su bolsillo sacó una maleta encogida, pequeñisima. La tomó entre sus manos y con un hechizo hizo que volviera  su tamaño normal, que no era tan normal después de todo ya que era una extensible. Con las fuerzas que le quedaban tomó a Crowley y lo hecho adentro, viendo cómo de a poco su cuerpo sin vida desaparecía entre la profunda oscuridad de la maleta.

Sacó su varita y en menos de diez minutos todo estaba como nuevo, como si fuera otro día cualquiera en el Ministerio, un día que muy pronto estaría por acabar. Se sacó su camisa, para limpiar su rostro cubierto de la sangre de Crowley para luego cambiar su atuendo por completo. Miró a su alrededor una vez más, aún sin poder creer ni asimilar todo lo que había ocurrido salió de esa oficina, con la frente en alto y la maleta pegada a ella.

Caminó a paso seguro hacia las salidas que ofrecía el Ministerio, al encontrarse ya en la calle respiró más en paz. Pero no iba a estar tranquila hasta que ...- Ryosuke.- musitó a duras penas cuando al entrar a un callejón se encontró con los ojos de su amigo. Quería abalanzarse a sus brazos y quedarse allí por milenios, pero no podía, el tiempo corría y Sam de seguro ya había leído su carta.- Acá está.- le dijo tendiendole la maleta.- Muchas gracias, por todo. Hoy me has ayudado más de lo que crees.- le confesó. Él le sonrió haciendo que sus orientales ojos lo fueran aún más.

- Me alegra saberlo, y me alegre verte de una pieza.  Ahora vete, que yo me encargo del resto.- le dijo dándole un empujoncito.- Nos vemos pronto, águila submarina.- y antes de siquiera poder decirle algo desapareció frente a sus ojos, y con Crowley junto a él.



***

CARTA PARA SAM:
¿Te acuerdas aquella vez en segundo año que yo toda impetuosa quise ir y colarme al bosque prohibido? Y que no te lo había querido decir porque sabía que era peligroso y que de seguro tus ojos de gato con botas me hubieran convencido de no ir. Y fui, en lo que después tu solías llamar “ un estúpido arranque infantil” al bosque. Me escape de noche toda sigilosa de la Sala común,  sin muchos problemas logre salir a los exteriores (que vergüenza de Prefectos teníamos ese año ¿eh?) y me puse a correr con todas mis fuerzas hacia el Bosque. Pero antes de llegar,  mi ansiedad me jugó una mala pasada y me hizo tropezar con una piedra justo en la bajada al Lago Negro. Rodé patéticamente hasta que el piso volvió a estar medianamente plano. Resultado, mi tobillo izquierdo había hecho crack. Y antes de que si quiera hiciera amagos de levantarme escuché pasos veloces hacía mi dirección. Hasta el dolor se me paso por el miedo de pensar en todas las alternativas posibles de lo que podía  venía hacia o por mí. Y eras tú Sam, me habías escuchado salir y venías detrás de mí todo el tiempo. Logré vislumbrar tu rubia cabellera a pesar de la austera luz que ofrecía la luna esa noche. Y con tus labios apretados y una mirada que me empeñe en no ver nunca más  corriste a mi lado. Sin siquiera decirme una palabra me curaste mi tobillo con lo que yo creo fue un Episkey (aunque no estoy completamente segura, ya que de seguro tú ya en ese entonces te sabías un hechizo mucho más chachi) y me llevaste de vuelta hacía la Torre de Ravenclaw. No me hablaste por una semana, fue horrible. Ahora ya más grande he logrado entender mejor tu enojo, en ese entonces, debo confesar,  tan solo lo consideraba una pequeña exageración de tu parte.

Con lo que voy al escribirte este recuerdo no es para refrescar viejos e increíbles momentos juntas, porque para eso mejor me pongo a escribir una Saga (que de seguro la rompe, y se convierte en éxito de ventas). Iba a que quería confesarte que desde esa noche junto al Lago me prometí que jamás dejaría que algo te pasara. Y no solo porque mi  amor y admiración a tu persona fuera incuantificable (aunque es un gran porcentaje) sino porque pensé que personas como tú hacen de este mundo (a veces tan insostenible) mejor, y que muchas más personas deberían tener la fortuna de conocerte y recibir tu ayuda en una fría noche como aquella cerca del Lago.

Lo siento, y no por lo que iré a hacer. Sino por no haber cumplido mí promesa. Por dejar que muchas cosas pasaran sin yo estar a  tu lado. Y,  por invadir tu privacidad leyendo tu diario. En mi defensa como ya te explique en un comienzo de esta (que ya se está haciendo una interminable) carta, jamás se me ha dado bien soportar mucho tus silencios hacía mi persona. Y durante las últimas semanas tenías unos eternos. Eso y que  soy terriblemente curiosa, pero ok, no me justificare más. De hecho si quieres dejar de hablarme lo comprenderé. Pero no, no lo hagas, por favor.    

Sam, iré por Sebastián Crowley.  Porque nadie en este mundo tiene el derecho de borrar esa sonrisa hermosa que tienes y mucho menos de manejar tú forma de vivir. No me odies, por favor.

Y si las cosas no salen como deberían, alguien irá por ti. Y de aquí prometo no pedir un favor más en esta carta. Te suplico que no le rebatas, no intentes ir a por mí. Ve con esa persona, ve lejos y se libre mi querida Jota.

Te amo, te amo, te amo. Varias veces para que quede claro.
Y sin más me despido con un abrazo que dure hasta que nos volvamos a encontrar,

Caroline Shepard.

Se apareció en la casa que tenía junto a Sam. Jamás había sentido tanta alegría al escuchar a Don Cerdito darle la bienvenida, y en esa oportunidad hasta Don Gato le dedicó una mirada, y como si supiera todo lo que ella había pasado se acercó a ella para ronronear entre sus piernas. Ella era una fiel creyente que los animales lo entendían absolutamente todo, aún sin tener que saber nada y ese simple acto no hacía más que corroborar su teoría

Pero sus ojos no se llegaron a poner aguados hasta que la mirada de Sam se encontró con la suya con su carta entre sus manos.- Creo que en esta oportunidad necesitaré más que un Episkey...- susurró con la voz quebrantada.

Las últimas palabras de Crowley la dejaron inquieta, ya que algo le decía que no mentía, que esto no iba a acabar aquí y que aún quedaba mucho por pasar. Pero en ese preciso instante nada de eso le importó porque en su interior solo deseaba que su amiga cortara la distancia que las separaba y le diera un fuerte abrazo.
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Sam J. Lehmann el Lun Feb 12, 2018 3:24 am

Abrió la carta porque sabía que tenía que hacerlo, pero en realidad no quería. Era consciente de que en el interior de aquel sobre no iba a estar la lista de la compra a la espera de que Sam añadiese las cosas que ella necesitaba, ni tampoco una invitación al circo mágico que se haría dentro de unos meses en Londres. Eso sí, pese a que su instinto supiese que algo malo pasaba, no se imaginaba ni por asomo que aquello tendría que ver con su peor pesadilla. Estaba tan segura de que Crowley no tenía nada que ver con Caroline que... en cierta manera, hasta se sentía aliviada. Pero qué equivocada estaba.

Leyó el primer fragmento de la carta totalmente evadida de la realidad, ya que recordaba el momento que relataba con absoluta claridad; como si hubiese sido apenas hace una semana. Se acordaba, de hecho, de cómo de enfadada estaba persiguiendo a Caroline por todo el castillo, del frío que pasó con el pijama en medio de los jardines y, sobre todo, de haberse pegado casi una semana sin dirigirle la palabra por haber hecho esa tontería que podría haberle costado la vida. ¡Entrar al Bosque Prohibido de noche! ¡En qué cabeza cabía eso! Sin duda alguna, Sam siempre había sido la más racional y Caroline la totalmente impulsiva. Pero era bonito, pues ella se encargaba de volver a su amiga menos imprudente y Caroline sacaba de Sam aquello que se empeñaba a retener en su interior, volviéndola mucho más valiente.

Pero pese al hermoso recuerdo que Caroline se encargó de poner en la mente de la legeremante otra vez, la carta cada vez se tornó más oscura. Y Sam lo sabía. En la carta daba explicaciones de por qué era cómo era con ella, ¿y por qué narices iba a dar esas explicaciones que, en su relación, eran innecesarias de dar? El corazón de Sam se aceleró y con ello sus pulsaciones y lo cierto es que ahora mismo lo único que necesitaba era que sus ojos y su mente pudiesen leer más rápido todas las letras que habían escritas allí. Sin embargo, fue llegar al tercer párrafo y leer esa disculpa, cuando supo que, de nuevo, Caroline había hecho una de esas cosas por las que Sam se enfadaría realmente. Esas cosas que, en otra situación, podrían conllevar a que volviese a dejar de hablarle durante una semana o incluso más, pese a que era bien consciente de que ahora mismo sería incapaz de dejar de hablar a Caroline durante tanto tiempo. Pero no le dio tiempo a pensar en posibilidades, pues leyó lo del diario y... fue el detonante de que se le crease un nudo en la garganta y comenzase a empañarse sus ojos, impidiendo que pudiera leer bien. Si había leído su diario cargado de desgracias... definitivamente no podía ser nada ni siquiera medianamente bueno.

Su diario era... un arma de doble filo. Era, literalmente, la única manera que tenía de desahogar sus frustraciones, sus miedos y esos sentimientos que no podía decirle a nadie más... pero también era una bomba de información que sólo ella sabía. Que sólo ella sufría. Y después de leer toda la carta, llegó la parte que tanto se temía que llegase.

'Iré a por Sebastian Crowley.'

Y no pudo evitarlo. Apoyó su rostro sobre su mano, llorando de pura impotencia; de desesperación. Ella sabía lo monstruoso que podía llegar a ser el heredero de los Crowley, del daño que podía hacer sin llegar a sentir remordimientos y... la sola idea de perder a Caroline ahora mismo la estaba rompiendo por dentro.

Se quitó con un de sus manos las lágrimas de sus ojos y continuó leyendo y, pese a que pudo continuar con la lectura, lo que no pudo fue dejar de llorar con el resto de la carta. ¿Cómo iba a pensar que ella sería capaz de irse con cualquier persona sabiendo que había ido a por Sebastian Crowley? Jamás podría abandonarla. Y jamás podría irse a vivir una vida tan tranquila por el mundo sabiendo lo que Caroline ha hecho por ella. Sencillamente, no podría.

Con un nudo en el pecho más grande que nunca, dejó la carta sobre la mesa, notando como su mano le temblaba. Ahora mismo estaba en un momento de pura inconsciencia, de ser incapaz de creerse lo que había leído. No quería creérselo, pero era muy consciente de que Caroline podría llegar a hacer eso y más. Pero no, ella no podía dejar de pensar ni por un momento que su amiga no tendría ninguna oportunidad contra el hombre que había convertido su vida en un absoluto pozo de desgracias y dolor. Sujetó de nuevo la carta, con la idea de levantarse ahí e ir a buscar a Sebastian Crowley rápidamente antes de que ocurriese cualquier cosa, para así evitar que Caroline cometiese alguna estupidez. Sin embargo, fue ese mismo momento en el que estuvo a punto de levantarse, con un sentimiento de culpa y remordimientos en su interior, que vio aparecer a Caroline justo en medio de su casa. Tuvo la sensación de se le paró el tiempo.

Lo que sintió no fue normal. Se levantó de la silla tan rápido que en cuatro zancadas ya había llegado hasta ella, dándole un abrazo desesperado, rodeando su cuello. —No me vuelvas a hacer esto, Caroline... No... no lo vuelvas a hacer...  —Consiguió decir entre murmullos, sollozando fuertemente y notando como las lágrimas le salían una tras otras y mojaban sus mejillas. Y sí, el alivio que sintió al verla y abrazarla no era ni de lejos comparable con nada de lo que hubiese vivido hasta la fecha. Absolutamente nada. Apoyó su cabeza en el hombro ajeno, sin poder parar de llorar. —Esa carta... era una despedida... Pensé... pensé que te había perdido... —Cogió aire, o más bien lo intentó. —Pensé que él... —No dijo nada más, pues creía que sobraban las palabras. Y entonces se separó un poco, asustada, para mirarle con los ojos cargados de amargura. —¿Él? ¿Qué ha pasado con él...? —preguntó, con miedo. Bajó las manos hasta sus hombros y la miró de arriba abajo, intentando ver si estaba malherida.
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Caroline Shepard el Vie Feb 23, 2018 10:22 pm

Toda su vida ha odiado de sobremanera las apariciones, esa horrible sensación que producía al girar todo para luego llegar totalmente descompuesta a un lugar. Pero en esta ocasión, no le importó nada de aquello. Tan sólo quería cerrar sus ojos y estar en su hogar junto a Sam. Saber que se encontraba bien, decirle que todo estaba bien y abrazarla como si la vida le dependiera de ello. Al llegar, lo primero que sintió fue el cariño que siempre le daba de bienvenida Don Cerdito sumándose Don Gato que se le acercó ronroneando. Y por más que se tentó a tomarlos a los dos y apretujarlos hacia ella no lo logró porque frente a sus ojos apareció la persona que más quería ver en esos momentos.

Describir lo que sintió al recibir el abrazo de su amiga era imposible. Miles de sentimientos salieron por borbotones, no dudó ni un segundo en rodear su cintura con sus brazos fuertemente y hundir su cabeza en su cuello. Lloró como hace mucho no lo hacía, pero eran lágrimas de felicidad, de haberlo logrado y por sobre todo de volver a estar junto a una de sus personas favoritas en el mundo y que hoy había comprobado que haría lo que fuera por ella y más. Llevó una de sus manos al cabello rubio de su amiga y lo empezó a acariciar dulcemente.- Ya estoy aquí, tranquila...- le susurró al oído un poco para Sam y también para ella misma,  para luego tenderle un dulce beso en la mojada mejilla de la legeremante. Era increíble la sensación de volver a estar a su lado, y pese a que estaba un poco maltrecha está viva, que era lo importante.  

Cuando escuchó la siguiente pregunta su cuerpo se volvió a tensar y su rostro conmocionado por el hermoso re-encuentro se volvió inexpresivo. Pero sus ojos, cargaban un sin fín de cosas, hace escasos minutos había visto morir un hombre frente a sus ojos, y no cualquiera sino a uno que ella lo había llevado a aquello con sus propias manos. - Yo...-  un nudo enorme en su garganta no le permitió continuar, bajo la mirada y se mordió el labio para reprimir las ganas que tenía de llorar sonoramente. Inspiró aire profundamente, como si ese simple accionar le daría las fuerzas de poder continuar la frase que había dejado inconclusa, elevó su mirada y la clavó en la rubia.- ...lo he matado..- le dijo bajito, con un miedo terrible a su reacción. Samantha era  alguien increíble, era de las personas mas buenas y transparentes que ha conocido en su vida. Y tenía miedo porque sabía que a diferencia de ella, su amiga jamás habría llegado a accionar de la manera que ella lo había hecho. Pero es que, ¿había otra posibilidad? Quizás, pero lo hecho, hecho está.

Apenas pronunció esas palabras, como si estas estuvieran cargadas de una verdad mortal su amiga cayó al piso llorando, derrumbándose frente a sus ojos. Y ahora fue ella quien no tardó ni medio segundo en ir a su encuentro y rodearla con sus brazos con desesperación, y con un miedo terrible a no ser bien recibida.- Sam, yo...- hizo una pausa, es que  ¿Qué decir? ¿qué hacer?. Y como nunca deseó retroceder en el tiempo, volver a estar en Hogwarts cuando el  máximo problema que podían llegar a tener era sacar las notas necesarias para pasar de curso o tomar la carrera que ellas deseaban. Y no el liberarse de un mago loco, asesino y controlador - No me odies por lo que acabo de hacer. - dijo ya de sopetón haciendo audible su terror de perderla.- Yo...no soy así, sabes que yo no promuevo esa tipo de violencia pero...- buscó con sus manos tomar el rostro de su amiga para poder mirarla directo a los ojos.- ...pero sentía que era la mejor opción. que si lo dejaba seguir te iba a destruir y eso Sam... no, no podría soportarlo.- sus ojos se le llenaron de lágrimas pero pestañeó para poder volver a ver claramente el hermoso rostro de su amiga. - Por favor dime que nada a cambiado entre nosotras. Necesito escucharte decir eso...- le dijo a ella sin apartarle la mirada mientras le limpiaba sus mejillas con sus manos.  

Cuando había tomado la decisión de asesinar a Crowley era consciente de que Sam podría desconocerla y no querer estar más a su lado. Porque la había liberado pero a precio de una vida, de mancharse las manos con sangre. Pero aún así lo hizo, porque él se había metido con la persona equivocada, se había metido con una de las personas que ella simplemente podría cometer cualquier locura por mantenerla a salvo. Y por más que eso significara perderla lo haría una y mil veces más si fuera necesario.
Caroline Shepard
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Caroline ShepardTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Mar Feb 27, 2018 3:51 am

Jamás había matado; no quería matar. No se veía en la potestad como para arrebatar vidas y estaba segurísima de que nadie en este mundo debería de tener ese poder sobre otra persona. La muerte, en cualquiera de sus variantes, era horrible y Sam huía de ella siempre. Lo odiaba, lo repudiaba. Ella, en realidad, ni se veía ni siquiera capaz de hacer daño a nadie como para llegar a arrebatar su vida. Era impensable.

Pero ojo, esto no quería decir que no hubiese deseado la muerte de alguna persona en algún momento de su vida. De hecho, durante toda su vida, ha odiado a dos personas tanto cómo para realmente desear su muerte: Nathaniel Kerr y Sebastian Crowley. Aunque para ser sinceros, éste último se lleva la corona a ser más odiado, pero por una diferencia abismal. Y sí, había deseado con toda su alma que Crowley muriese porque era la única manera de que Sam pudiese ser libre de nuevo. Era una persona tan despreciable, que su muerte sólo traería cosas buenas al mundo. Era un monstruo, manipulador, cruel y demasiado inteligente para tanto odio.

Es por eso que cuando Caroline le dijo que había muerto, ni sopesó la idea de que Caroline había matado a otra persona. Sintió tremenda felicidad explotando en su interior que... no fue siquiera capaz de entenderlo. Se había auto-convencido tantas veces de que terminaría muriendo antes de ver morir a Sebastian que... ahora mismo su corazón, su mente y su cuerpo no eran capaces de asumir la noticia. Sus piernas flaquearon y cayó frente a su amiga de rodillas, llorando como una magdalena. Lloró de verdad. Nada de soltar lágrimas y cohibir las emociones; no. Simplemente no pudo. Ahora mismo no podía concebir la idea de que Crowley estaba muerto, de que el peso que llevaba en sus hombros había desaparecido, que ya no estaba amenazada. Que podía volver a tomar sus propias decisiones y dejar de consumirse por el secreto. —¿Cómo te voy a odiar? —profirió casi de manera inaudible, intentando dejar de llorar, cuando su amiga le sujetó el rostro para mantenerle la mirada. Era cierto que matar era horrible, pero hacerlo cuando tienes moral era probablemente lo más complicado de hacer y que ella lo hubiera hecho por ella... La miró fijamente, con ojos brillantes, mirando cada ápice del rostro que además de ser su mejor amiga, ahora le había devuelto la vida. Otra vez. De repente se sintió contrariada por lo que estaba diciendo Caroline. —No, no, no, no no no —repitió varias veces. —¿Cómo te voy a odiar? No te odio... nada ha cambiado, Carol... —Y, con una nueva llorera, continuó intentado hablar entre cortes. —Si me has devuelto mi vida... —Se pasó el dorso de la mano por uno de sus ojos—, otra vez me sacas del pozo, otra vez me das una nueva oportunidad... y has hecho eso por mí... ¿cómo voy a odiarte? Si es que te quiero más que a nada... —le dijo con rebosante sinceridad.

Nunca vería con buenos ojos el asesinato. Y quizás no estaba siendo objetiva—como le gustaría serlo—, pero la muerte de Sebastian Crowley podía verse como muchas cosas: un rescate, un intercambio e incluso un favor. Rescatabas a Sam de perderse totalmente en la locura, hacías un intercambio porque o moría él, o morirían personas inocentes. Y un favor porque... estaba claro que Carol le acababa de regalar una nueva vida, aunque no lo supiera. —En serio, te quiero muchísimo —repitió, volviendo a llorar, acercándose a ella para abrazarla de nuevo.

Aunque de repente se separó preocupada por ella, mirándola de arriba abajo y pasando sus manos por sus brazos, notando como su cuerpo estaba temblando. ¿Lo peor? Ahora mismo lo único que le pasaba a su cuerpo es que estaba pletórica, pero el susto y el no asimilarlo es lo que le tenían en ese estado de incredulidad. —¿Tú estás bien...? ¿Te ha hecho daño? Yo... puff... No sé cómo narices lo has hecho, no sé qué habrás leído de mi diario, no tengo ni idea de nada, pero sólo sé que eres mi heroína. Y que ahora mismo no sé que narices haría yo sin ti. En serio, gracias, gracias, gracias... —Se acercó a ella y le dio un largo y dulce beso en la frente.

Y sí, Caroline había matado a una persona. Sam no apoyaba el asesinato. Pero no nos engañemos, si Sam hubiese leído el diario de su amiga y hubiera descubierto su misma situación, ¿qué crees que hubiera pasado? ¿Que se hubiera quedado de brazos cruzados por cobardía y moral? Romper tu propia moral sólo vale la pena cuando lo haces por alguien a quién valoras de verdad y por lo que darías todo. Y cuando es todo, es absolutamente todo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Miér Mar 07, 2018 12:36 am

Seguridad, cariño y una paz tremenda. Eso producían los abrazos de Sam, y hoy más que nunca sentía eso al sentir los brazos de la rubia rodear su cuerpo. Jamás había deseado tanto ese contacto con Sam como hoy, ese simple gesto le había vuelto el alma al cuerpo. Ese abrazo era como su hogar en esos momentos, era sentir que allí ya nada malo podía pasar, porque estaba su lado, ambas vivas y de una pieza. Y pese a que el cuerpo le dolía como si mil rinocerontes hubieran pasado sobre ella, nada de eso le importaba porque romper ese contacto no estaba entre sus planes cercanos.

Pero cuando Sam le preguntó sobre Crowley sintió su cuerpo congelarse. Por ni por asomo se sentía orgullosa de su accionar. A decir verdad aún ni siquiera lograba asimilarlo del todo. Sí, había ido con una convicción clara, y esa era matarlo. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Y pudo comprobar empíricamente que ella no estaba hecha para quitar vidas. Aunque eso no significaba que no lo volvería a hacer, no si sus seres queridos estaban en peligro. Pero esperaba con todas sus fuerzas que ese momento no fuera necesario, al menos no en un futuro cercano. Se sentía tan pequeña, se sentía frágil ante Sam por ese miedo tremendo a ver su reacción. Que ella podría llegar a entender a su amiga si no quería estar más a su lado, pero soportarlo era algo muy diferente, se hundiría en un pozo de tristeza profundo y oscuro.

Pero ya, ya está. Y a lo hecho pecho.

Sam se derrumbó y fue enseguida a su encuentro, tenía una extraña necesidad de no perder contacto. De sentir su piel cerca de la de ella por ese miedo infame de tal vez no poder hacerlo en un futuro. Odiaba verla llorar así, le generaba una apretón en el pecho horrible, tomó su rostro con sus manos y se sinceró. O más bien le rogó que no le odiara, que por favor no se alejará. Es que ese sería su mayor Boggart , el más temible de todos. Pero no, nada de eso paso. La rubia no tardó en hacerle entender que nada había cambiado. Y ahora fue ella quien lloró, pero de alegría. Una indescriptible, una que rebosa lo común. Su corazón comenzó a galopar fuertermente, como si una vez más hubiera encontrado el sentido de bombear. - Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero...- repitió sin cansancio cuando Sam la volvió a abrazar, la abrazó fuertemente mientras le repartía besitos en su rostro y cabello tiernamente.

En eso la legeremante se separó de ella de sopetón e hizo que ella hiciera pucheros, es que su cuerpo se negaba a estar alejado del de su amiga. -  No tienes nada que agradecerme. Tu también eres mi super héroe en mi vida , Sam. Eres la persona que me hace todos los días sentir que hay personas en este mundo tan hostil que valen la pena. - le acarició la mejilla con un sonrisa de lado.- Y...también eres mi buen Karma. ¡Prometo que leí solo ese párrafo! no lo demás. Aunque tuve la tentación no lo hice, la culpa es mi curiosidad de ravenclaw...- se mordió el labio y le miró traviesamente.- Me enfoque en leer solo lo de Crowley... No tenías que pasar por eso sola, Sam. Tienes que saber que ahora que he vuelto siempre, pero SIEMPRE estaré para tí. Para cualquier cosa, desde decirme que te duele el estomago porque tienes un pedo estancado...- rió ante aquella ocurrencia, era ese reflejo que tenía de siempre lanzar una broma en momentos así de tensos. Tal vez porque siempre ha creído que las personas se ven más hermosas sonriendo, y más su maravillosa Sam. Eso y que con la rubia tenía la suficiente confianza como para decir gilipolleces como esa- ... hasta que un demente te esta causando daño. Ya no estas sola en esto, nunca más.- terminó por decirle esta vez de manera más seria. Como una especie de juramento inquebrantable invisible.

- ¿Y cómo estoy? Bueno, creo que me he roto una que otra costilla.- se sinceró dejando de paso escapar un soplido de dolor. Era ese efecto de que cuando se dice en voz alta la herida duele más, se hace real.- ¿Podrías ayudarme con eso? Que no me siento capaz ni de conjurar un accio en estos momentos.- suspiró.  Quería mimos, quería curar sus costillas, darse una ducha, tomar un chocolate caliente  y dormir abraza de Sam. Como esas noches en Hogwarts que tenía una pesadilla horrible y lo único que la calmaba era ir a la cama de la rubia y pegarse a ella como una sanguijuela. Porque a su lado nada malo podía pasar, nada.
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 08, 2018 4:11 am

Es que ahora mismo, ¿cómo se iba a mantener en pie? Era físicamente imposible. Demasiadas emociones estaban ahora mismo agolpando en su pecho y haciendo que sus propias piernas terminasen como dos spaguettis flácidos y se derrumbase por completo. No era solo el alivio de ver a su amiga frente a ella después de esa gélida carta que le había helado por completo, sino el sentimiento de libertad y sosiego que había sentido al escuchar como se rompían esas cadenas que Crowley había puesto alrededor de ella. Las palabras de Caroline, de verdad, jamás llegaron tan hondo en Sam.

Y no solo esos dos frentes de emociones que ahora mismo le estaban machacando el corazón eran los que la estaban volviendo una auténtica magdalena llorona cuyas lágrimas no parecían tener fin. No. Las palabras que Caroline estaba diciendo estaban derritiendo por completo cualquier atisbo de raciocinio sereno que le quedase en pie. De verdad que intentaba dejar de llorar para prestar atención a sus palabras pero... ya Sam era una especie de tomate de lo roja que tenía las mejillas. —Claro que tengo que agradecerte...  —Esa mujer que tenía frente a sus ojos no era consciente de lo que acababa de hacer por ella. ¡Le había liberado de una muerte segura! ¡Le había liberado de tomar decisiones que ella jamás tomaría, de hacer cosas que ella jamás haría! Le había dado la libertad de poder elegir y de no humillarse a sí misma, ¿no se daba cuenta? Pero no pudo decir nada más, pues tuvo que soltar una pequeña sonrisa cuando dijo lo del diario.  La verdad es que en esos momentos ni pensó en si decía la verdad o no, pues no tenía ni idea de lo que había leído o siquiera de lo que tenía escrito. Eso sí, la referencia que hizo le llegó casi instantáneamente a la cabeza.  —Siempre has sido mi buen karma, a tu lado parece que nada puede salir mal  —dijo en un intento de curvar una sonrisa.

Ojalá Sam hubiera tenido una mínima oportunidad de poder contar lo de Crowley, o de poder hacer algo por decírselo a alguien... pero no. Él se había encargado de que eso fuera una opción imposible, dejando a Jota sola ante un peligro atroz y una soledad horrible.  —Tenía que hacerlo, no podía decir nada. Si intentaba decir algo... o si intentaba hacértelo saber, o si desobedecía... tú eras la primera a por la que iba a ir, incluso por encima de mí. Él sabía que si era por mí, me hubiera quitado la vida hace mucho tiempo con tal de no hacer lo que me pedía que hiciera... Por eso metía de por medio a toda persona que me importase  —confesó, consciente de que si había hecho lo que había hecho es porque sabía muy bien eso gracias al diario. Y era curioso... Caroline creía que nunca había estado involucrada, pero en realidad desde que volvió a aparecer en la vida de Sam, fue casi el detonante que hizo que Crowley realmente la tuviese bien cogida. No era simple manía la testarudez de Sam en alejar a sus seres queridos de ella... Muchos pensarían que era por el gobierno, pero no; temía más a Crowley que al propio gobierno.

Se mordió el labio inferior mientras reía ante la broma del pedo estancado, negando con la cabeza. ¡No sería la primera vez! Pero decir algo así en un momento como éste sólo podía denotar la confianza que se tenían las dos chicas y que, literalmente, estaban a otro nivel.

Cuando escuchó la queja de Caroline se pasó los dorsos de las manos por los ojos  y las mejillas, intentando parar de llorar. Se puso de pie, sujetando con suavidad las manos de su amiga para ayudarla a poner de pie sin que hiciese excesiva fuerza.  —Te ayudo con lo que haga falta, vamos al baño. —Se dirigieron al baño y sentó a Caroline mientras le ayudaba a quitarse la parte de arriba. Fue fácil darse cuenta de por qué lateral tenía rotas—o fisuras—las costillas, ya que tenía un moratón bastante grande por la zona de la izquierda. Pasó el dedo por encima para cuánto de hinchado estaba, pero fue solo un suave roce que más que dolor, haría cosquillas. —Sabes que nunca se me han dado especialmente bien los hechizos de sanación, pero lo intentaré. —Y ella sabría que Sam daría lo mejor con tal de que saliera bien.

Estuvieron casi media hora en el baño, primero identificando las costillas rotas y luego aplicando los pocos conocimientos que tenía, además de las técnicas muggles más básicas que, si es sincera, se fiaba más viniendo de sus propias manos. Además, le sanó el resto de heridas que tenía. Cada poco tiempo a Sam le volvía a entrar la llorera, pero siempre lo reprimía. No fue hasta casi quince minutos después de haber terminado, que Caroline salió de la ducha, que se encontró a Sam en el sofá, con los ojos hinchados y la mirada perdida. Ya no lloraba, ni tampoco asimilaba. Se miraron y fue la rubia quién estiró la mano desde su posición para invitar a su amiga a acerarse a ella y que se pusiera a su lado. No era Carol la única que estaba deseando ahora mismo abrazarse a la otra hasta darse cuenta de la nueva realidad.

Y aunque ella no quisiese admitirlo: ahora mismo Caroline no solo le había salvado la vida, sino que se la había devuelto. Si ya sentía que Caroline daba más por ella de lo que Sam jamás podría darle en sus condiciones, ahora tenía la sensación de que no se merecía a tremendo ángel guardián a su lado.
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