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City of stars , you never shined so brightly ~ Henry K.

Caroline Shepard el Dom Dic 24, 2017 1:43 pm

City of stars , you never shined so brightly ~ Henry K. E4FFkHn
J U E V E S    21   D E D I C I E M B R E   | 2 3 : 0 0   H R S  | B I R M I N G H A M  ,  L I C K E Y   H I  L L S  |

Se acurrucó aún más dentro de la bufanda roja que tenía puesta aquella noche y  metió ambas manos dentro de su abrigo negro buscando calor. Era una noche fría, el viento era travieso y se colaba por cualquier espacio vacío que encontrase, con un solo objetivo  llegar a tu cuerpo y remecer a tus huesos. Pero ella a diferencia de muchas personas, disfrutaba esa sensación. Esa especie de escalofrío, muy parecido al primer roce de la piel con el mar. Ese choque de temperaturas le era muy agradable.

Camino junto a las demás personas hacia la gran carpa de Circo que se divisaba a unos metros del gran bosque. Se detuvo unos instantes para apreciar el hermoso paisaje que tenía frente a sus ojos. La carpa era enorme, majestuosa. Estaba rodeada de luces de navidad y banderines colgados de múltiples colores. A su nariz llegaba una diversidad de olores muy peculiar,  pero todos sumamente tentadores y deliciosos.  Y si cerraba los ojos podía escuchar solo risas y palabras de alegría.  Sintiéndose por unos segundos como en una dimensión paralela. En un lejano país, uno muy parecido al que se encuentra a la "segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer."

Abrió nuevamente sus ojos y suspiró. Habían sido meses difíciles, meses de una montaña rusa de emociones y descubrimientos que la tenían en una constante corriente de sensaciones, que iban y venían a su gusto. Extrañaba de sobremanera sentir aunque sea por un segundo la tranquilidad de una tarde en los praderos de Tsuda. Pero su todo se encontraba ahora en Londres, y mientras esos pedestales de su vida estuviera tambaleandose a ella no le importaba seguir poniendo su hombro una y otra vez el tiempo que fuera necesario.

Aquel pensamiento le hizo recordar que le había prometido a su querida Sam que sacaría fotografías de todo aquello. "Quiero hasta los más mínimos detalles¨ , le dijo la rubia antes de salir y ella quién jamás le ha gustado romper una promesa guardó su cámara mágica en su bolso para poder capturar los mejores instantes para su adorable amiga.

La primera fotografía era del panorama completo, se podía ver el rutilar de las luces, los globos de colores moverse por el viento y a los niños reír junto a sus padres emocionados por el espectaculo que estaban por ver, y si te acercabas un poco hasta podías ver el brillar de sus ojos anhelantes. Guardó su cámara y caminó hacia la gran carpa.

Cuando llegó a la entrada sonrió como una niña pequeña, el Circo en su vida tenía un lugar muy especial gracias a su abuela Leonor. Hoy vería la función a través de sus ojos, ya que de seguro ella lo hubiera disfrutado enormemente.

- Encantadora muchacha, bienvenida al gran 'Circus Imaginarium' .- le dijo un estrafalario hombre de gran dentadura y radiante sonrisa, que ella no dudo en devolverla de inmediato. Le tendió su ticket, y el sacando su varita le apuntó convirtiendolo en una pequeña bolsa transparente con polvos brillantes dentro.-  Espero de todo corazón, que esta noche las estrellas escuchen sus deseos. Que disfrute de la función.- le dijo haciendo una pequeña reverencia e invitandola a entrar.

- Muchas gracias por la bienvenida...- hizo una pausa arrugando levemente su nariz al ver que no sabía el nombre de la persona que le había dado tan cálida bienvenida.- ...¿cómo te llamas?.- le preguntó curiosa. Durante toda su vida siempre ha tenido una increíble manía por saber el nombre de las personas, desde la persona que la atiende en la cafetería hasta quien le devuelve las llaves que se le han caído en medio de la calle. Le gusta ponerle nombre a los rostros que conserva en su memoria.

El hombre sumamente sorprendido que alguien se detuviera en su caminar para preguntarle aquello le ofreció una enorme sonrisa y  se sacó su sombrero cubierto de lentejuelas doradas , de el salieron múltiples flores que luego se volvieron en brillantinas, giró por sobre su propio eje y quedando en una pose majestuosa le miró diciendo.- Tourbillon, para servirle.

Lograba identificar el francés en su decir y si su memoria no le fallaba, su nombre- que puede se real o de espectaculo- significaba 'torbellino', sonrió.- ¿Puedo sacarte una fotografía, Tourbillon?.- le preguntó poniendo una mirada angelical.- Una querida amiga no puede venir y le encanta esto. Y le prometido las mejores fotografías...- agregó. El hombre la mira por unos segundos con los ojos entrecerrados, pero luego se encoge de hombros y le sonríe.

- Si le prometiste las mejores fotografías... Tourbillon, no puede faltar.- le dijo poniendo una pose divertida. No tardó en enfocar su cámara y capturar sus pasos divertidos. - ¡Ha quedado perfecta! Muchas gracias.- dijo animada, él se sacó su sombrero y hizo nuevamente una reverencia hacia ella para luego seguir recibiendo a las demás personas.

Se dió media vuelta y siguió su camino. El show aún no había ni comenzado y su corazón ya latía feliz. Aún le quedaban ocho de las diez fotografías y debía ocuparlas como era debido. Sonrió ampliamente y se prometió a sí misma esa noche dejar pasar todo mal pensamiento y simplemente disfrutar.

Y justo cuando ese pensamiento atravesó en su cabeza, frente a sus ojos la mirada de Henry Kerr.
Caroline Shepard
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Henry Kerr el Mar Ene 23, 2018 3:00 am

Un veintiuno de diciembre era un día cualquiera. Salvo por el mero hecho de que cada vez estaba más cerca la navidad, Yule, o la correspondiente festividad  de solsticio de invierno según lo que creyera cada cual, no había nada reseñable para destacar tal día.

Quizás el cumpleaños de alguien lo convirtiera en un día especial, o el comienzo del zodiaco de capricornio para quien le diera importancia a esas cosas. Pero por lo demás, era un día de lo más mundano.

¡Excepto si el circo llegaba a la ciudad!

Eso lo cambiaba todo. Más cuando no se trataba de un circo cualquiera. No, nada de animales corrientes y funambulismo de muggles. Se trataba del circo mágico. Y no había que ser un purista para reconocer que el circo de los hechiceros superaba con creces al de los humanos sin el don de la magia. Magos atravesando el fuego sobre escobas, hermosas Veelas cantando, sirenas, e incluso trolls haciendo malabares. Todo lo que una persona podía imaginar estaba allí, para hacer realidad sus fantasías en un rato de puro placer para los sentidos.

Por supuesto el ambiente era tan espectacular como el evento que presenciaría más tarde, pues el circo siempre tenía buena acogida. Familias paseaban por el lugar, dando vida al lugar. En particular los niños, que acogían cada visita del circo con la particular inocencia y desmedida energía con la que todo pequeño contaba. Ellos eran los grandes protagonistas de una noche así.

Por encima de los centauros y las estrellas, los niños eran los que daban verdadero sentido al circo. Sí, claro que era un evento para todas las edades, pero sólo había mirar las miradas de los niños, tan brillantes como las anteriores estrellas mencionadas, para darse cuenta de que para un pequeño, aquella noche significaba algo más.

Fue entonces cuando el corazón se le paralizó. Quedó estático en el tiempo, como si le hubieran lanzado un hechizo de magia que congelara dicho tiempo, pero no sus pensamientos. Su mente se deslizaba de un modo tan rápido como opuesto a las detenidas agujas del reloj.

Allí estaba ella. De una belleza singular. Una belleza que hacía inexistentes al resto de las personas, como si de extras de un cuadro paisajístico se trataran. Ellos eran el marco de la joven que se encontraban en el centro de la pintura. La verdadera protagonista.

Ni la voz del amigable Tourbillon podía mellar el magnetismo de la actriz principal de aquella escena.
Aquel tono rojo pasión, extraído de un sueño onírico hecho realidad en el mundo terrenal. Un color que ya había visto una vez en otro lugar más acorde para la ensoñación que era ella.

Esa mujer le había marcado de un modo que no sabía explicar. No entendía porque se sentía así, y ni siquiera saber que ella era una de las pruebas de la traición de su hermano, le daba motivos para acabar tan embaucado y prendado por la esbelta figura de la fémina.

Su carácter, tan juguetón como independiente, tan salvaje como exquisito y exótico, tampoco era suficiente explicación. Aunque no podía negar que era parte del influjo encantador de la joven.

Era algo más. Una cuestión que escaba a su entendimiento. Pero bendita ignorancia, por pecado fuera que lo pensara un Ravenclaw, pues no había sensaciones tan placenteras en la tierra como la de ver a esa indómita mujer.

Henry por fin avanzó hacia la entrada, una vez liberado de la captura del tiempo. Pero ni aún en ese estado de aparente normalidad tenía la concentración muy alejada de la dama escarlata. Ella seguía siendo el centro de la mirada, y ni las palabras que Tourbillon le dedicara le importaron.

- ¿Señor? ¿Se encuentra bien? -, fue lo último que escuchó decir al trabajador del circo, después de que este le saludara como a todo el mundo.

El benjamín de los Kerr, por su parte, le había tendido el ticket, pero llegar a mirar hacia el hombre. Pero con razón, el estrafalario Tourbillon había encontrado extraña la actitud del mago rubio que le había enseñado el último ticket.

- Todo bien. No se preocupe-, fue lo único que contestó, dirigiendo una corta mirada sobre el hombre, que duró menos de un pestañeo.

Cuando posó la vista sobre el Tourbillon, aún permanecía dibujada la media sonrisa que se le había formado en los labios cuando la pelirroja clavó la vista sobre su figura, y captó su presencia. Una media sonrisa que mantuvo mientras se acercaba a la joven. A paso lento, disfrutando en todo momento de las curvas que esbozaban tan bella mujer.

- Caroline Shepard, nuestros caminos vuelven a encontrarse-, saludó, convirtiendo al mismo tiempo su sonrisa en una que delataba picardía. - Como ves, en esta ocasión no me he olvidado de ti-, la miró de arriba abajo sin borrar la pícara sonrisa. - Desde Falsterbo no podría-, le guiñó el ojo.
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Caroline Shepard el Jue Feb 08, 2018 1:03 am

En el preciso instante en que su mirada se encontró con la del castaño un largo listado de emociones e imágenes desfilaron por su cabeza. En ese carrusel de instantáneas insospechadas, de golpe, resucitó una escena en el Lago Negro bajo la luz de la luna.Porque simplemente así son los recuerdos. Ingobernables, rebeldes, antojadizos. Se salen del libreto, asaltan desde el pasado y nos hacen entender que ahí se encuentran dispuestos a hacer de las suyas en nuestro presente. Y quizás por eso sin plan, sin propósito, como un acto orgánico sonrió, porque pese a todo lo que podía venir en contra, una vez más la vida los volvía a juntar, como un mono porfiado que pese al viento tormentoso se vuelve a poner de pie.

En esa fracción en que sus miradas se mantuvieron quiso transmitirle tantas cosas. Como la alegría que le producía el verlo pero que al mismo tiempo le producía una nostalgia desoladora. Los últimos meses habían sido difíciles, sobre la espalda de su querida Sam y ella había estado una oscuridad aplastante. Y pese a que no se enorgullece de su accionar lo volvería hacer las veces necesarias. Por ello le era sumamente frustrante tener frente a sus ojos a uno de sus mejores amigos de la vida y no poder contarle nada. No derrumbarse en sus brazos y pedirle que aunque sea de mentira que le dijera que "todo va a estar bien". Los diez años le pesaban como toneladas en momentos como esos. Y recordó cómo su imaginación voló desenfrenada cuando se enteró de lo sucedido en la comunidad mágica de Inglaterra, y su cabeza comenzó a recrear escenas terroríficas, con persecuciones y detenciones, con golpes, gritos y Avadas. Desgraciadamente su imaginación no estaba  errada, de hecho todo se encontraba mucho peor.

Pero ahí estaba sonriendo al escuchar sus palabras, llena de contradicciones pero inmensamente feliz de verlo una vez más. Sacó sigilosamente la cámara de su bolso y fugazmente le sacó una al castaño.- Una fotografía inesperada. Mis favoritas.- dijo a modo de saludo mientras le regalaba una sonrisa igual o más traviesa que la que él le había dado a modo de saludo para luego volver a guardar su cámara en la seguridad de su bolso.

Rió al verlo guiñar un ojo, esa acción siempre le ha causado gracia en cualquier persona. - Eso es porque esa playa y las personas en ella son inolvidables. El mar tiene ese don de hacer que todas las cosas pasadas en el se queden ahí clavada en la memoria.- le dijo sin perder una sonrisa traviesa que hacía que sus ojos se achinacen mientras  llevaba su dedo índice a la sien del castaño.- Así que estás perdido, ya no me podrás olvidar jamás.-  o al menos no una vez más, quiso agregar pero se contuvo para simplemente ofrecerle una sonrisa con su mirada clavada en la suya.

- ¿En qué sector tienes tus tickets? Porque si es el mismo sector,  pues...podríamos sentarnos juntos.- le dijo con una sonrisa de lado.- Prometo ser una compañía entretenidisima. Aunque te lo advierto soy de esas que le gusta opinar entre tanto y tanto, así que si eres de esos que le gusta ver las cosas introspectivamente y en silencio, huye de mí Kerr, lo antes posible.- bromeó divertida.

- Por cierto, lamento el mal rollo que te lance en la fiesta de Halloween.- le dijo recordando su último 'encuentro´.- Fue un malentendido, no debí haber accionado así. Lo siento. - se disculpó de manera sincera. En ese entonces ni siquiera se le pasaba por la cabeza la existencia de Sebastián Crowley  por lo que cuando Sam se fue de manera tan inesperada de la fiesta el único posible causante de todo aquello era el mago que tenía frente a sus ojos. Pero ya más adelante había descubierto la existencia de tan despreciable mago entre otras cosas que hacían que esa noche, pese a su orgullosa manera de ser se disculpará ante el más pequeño de los Kerr.
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Henry Kerr el Sáb Mar 24, 2018 3:38 am

Las manos de la pelirroja se movieron tan rápidas como las de uno de esos ilusionistas muggles que creían que hacían magia. Si ellos supieran que era la magia en realidad… En todo caso, esos ilusionistas a veces le asombraban, con sus dotes para engañar a la vista, y desviar la atención. Y sin duda, la señorita Caroline había demostrado una agilidad de manos digna de uno de ellos.

En un pestañeo la cámara apareció ante el rubio, y no menos tardó la joven en utilizarla para conseguir una instantánea que perduraría imperecederamente. Tan repentino fue el movimiento de Carol, que el pequeño de los Kerr no tuvo tiempo de prepararse y posar para la foto. Ni siquiera pudo cambiar el gesto sonriente con el que la saludaba.

Qué podía decir. Esperaba no salir horrible en la fotografía, más al menos tenía el consuelo de aparecer sonriendo en esa instantánea.

- Siempre tan espontánea-, rió alegremente, nada más decirlo. - Creo que no me equivoco al decir que usted es como la vida misma, señorita Caroline-, sonrió la pelirroja, mirando directamente hacia sus claros ojos.

Unos ojos tan azules y claros como el mar más limpio que se pudiera llegar a contemplar, y que estaban tan llenos de vida como uno. Si uno se fijaba bien, se podían percibir como las constantes ideas de la pelirroja chisporroteaban como pequeñas, y casi imperceptibles, centellas en su mirada. Destellos de inteligencia alimentados por una desbordante curiosidad.

Esa era la mejor definición que podía darle a la sensación que le daba mirar a esa mujer a los ojos. Era lo que realmente percibía, y una prueba más, de que para conocer a una persona, sólo hacía falta mirar con detenimiento. Con esmero y fijándose en los detalles, toda persona tenía la llave para conocer de verdad a otra.

- El mar tiene el don de convertir nuestras vivencias en inolvidables, lo reconozco-, respondió, con cierta dulzura nostálgica en la voz. - Aunque también tiene la facultad de ahogar a los marineros descuidados-, bromeó, y rió con suavidad. - Si estoy perdido por no poder olvidarla, espero estarlo siempre, ya que de ningún modo deseo relegarla al olvido-, dijo con tono más serio, dejando atrás la broma sobre el mar.

Algún individuo que no le conociera podría decir que no era más que un halago, el simple truco de palabras bonitas de un zalamero cualquiera, pero de verdad no quería olvidar a esa joven. O en este caso, ya entendida y reconocida su situación, volver a olvidarla.

No podía negar, que las pruebas que le había dado la rubia que había conocido ee la fábrica abandonada eran reales, tanto la foto como su recuerdo embotelladlo. Y la aparición de una segunda mujer contando la misma historia, no hacía más que dar veracidad a tal historia.

Estaba claro que decían la verdad, y por eso mismo, no podía permitirse el lujo de olvidarse de ellas. Tenía que mantener el trato con ellas, y aprender más de su pasado, de su pasado verdadero. Sin embargo, sentía ese nudo que se formaba en el estómago cuando se contemplaba un panorama angustioso. Y pensar que podría olvidar a Caroline, y no volver a verla, le creaba esa famosa y reconocible aflicción interior.

- Y aunque no fuera el mismo sector, voto por sentarnos juntos y que arda Troya-, bromeó, sonriente. En un alegato simple, pero bastante acorde a los sentimientos que albergaba en esos momentos. - Le seré franco, no deseo separarme de vos-, se atrevió a sugerir, y aprovechó para mirar el ticket que le había comprado al bueno de Tourbillon. - Según esto, mi asiento estará…-, levantó la vista del papel para mirar las distintas bancadas.  - Hacia allí-, señaló una de la zonas que estaba a la derecha según se entraba. - Mi sector está allí, según el dibujito-, dijo finalmente, mostrándole el dibujo de la zona que estaba impreso en el ticket, y que a su vez, tenía una marca oscura en el lugar donde se encontraba el asiento correspondiente a dicha entrada.

Mantuvo la sonrisa mientras le enseñaba el ticket. Una sonrisa llena de paz y tranquilidad. Estar junto a ella le daba un sosiego que últimamente, con los descubrimientos sobre su pasado, y la traición de su familia, le costaba encontrar. Le gustaba estar junto a la pelirroja.

- Supongo que soy un poco de ambas cosas. Diría que me gusta tanto el silencio como el sonido de la voz de un interlocutor. Hay tiempo para disfrutar de esos dos placeres de la vida, ¿no cree? - dijo sin perder la sonrisa. - Dígame que su ticket es de la misma zona que el mío, y que se sentará junto a mí-, comentó, marcando una sonrisa más juguetona, y alzando la ceja divertido. - Vamos, no se arrepentirá. O tal vez sí, pero eso ya sería más tarde, y sólo habría un modo de comprobarlo-, rió, antes de colocar el brazo en una posición que realizaría un caballero para ir de la mano de una dama.

Entonces fue cuando las palabras de la joven lo descolocaron un poco, no porque hubiera dicho nada grave,  sino porque no esperaba que le diera importancia a ese incidente.

- Oh, pues no se preocupe. La verdad es que no me sentí ofendido-, comentó, y se encogió de hombros. - Más bien me sentí confuso. No fue hasta el mismo instante en el que me dijiste que, bueno, que Samantha se había ido, que me di cuenta de que mi compañera de baile se había marchado-, dijo, de un modo que se notó sus dudas antes de pronunciar el nombre de Sam.

Para él, albergaba cierta complejidad decir el nombre de una mujer que casi no conocía, y tener que hacerlo con toda la soltura del mundo. Una mujer que casi no conocía, pero que en realidad la conocía tan bien que era hasta su amiga, aunque él no lo sintiera a estas alturas de la película. Era raro. Se sentía extraño cuando debía nombrarla como si fuera su amiga de toda la vida, pero en ese mundo actual no lo era, más si debería serlo.

Mirado con objetividad, era una historia simple de contar, más cuando te tocaba a ti ser el protagonista, era una auténtica locura. Un torbellino de emociones y pensamientos.

- No se preocupe-, le quitó hierro al asunto. - Yo me sentí muy extrañado por lo que había pasado, y no supe los motivos para que Samantha se fuera de modo tan repentino. Pero, a favor debo decir, que ante el abandono no hay mejor consuelo que dos copas-, bromeó con el final.

Ya que recordaba muy bien haberse quedado con cara de idiota en la fiesta de Halloween, y con una copa de alcohol en cada mano, una para él, y otra para su compañera de baile desaparecida.

- Ya que las había pedido… mal hubiera estado no tomármelas, ¿no es así? -, bromeó sonriente, con un toque de suspense en la mitad de la frase. - Qué me dice, ¿usted me acompañará esta noche, y no me abandonará repentinamente? - movió el brazo que le cedía para ir juntos a la grada, remarcando con el gesto su deseo de estar a su lado.
Henry Kerr
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Caroline Shepard el Dom Abr 22, 2018 8:10 pm

Y en el preciso momento en que capturó la fotografía su mente viajó en el tiempo. Porque frente a sus ojos volvió a observar el Henry de años atrás, ese de ojos brillantes y una sonrisa que te hacía quererlo de inmediato.  Una sonrisa que cómo una vez había leído en un libro te dice "ahora estamos aquí, ahora ya no estamos aquí". Y por más que eso debería alegrarle no hizo más que agrandar el nudo que se había formado en su garganta.

Tragó saliva y sonrió, porque podía perfectamente hundirse en aquella rabia que la inundaba cada vez que pensaba en el hecho de que quizás ese Henry del pasado, se encontraba perdido en un gran laberinto mental que habían construido en su cabeza. Pero no, no les daría el gusto. No se apartaría, no se entregaría al dolor que aquel olvido le producía. Sino todo lo contrario, seguiría allí nadando contra la corriente hasta que las aguas nuevamente estuvieran más calmas.

- Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, Kerr.- le citó con una sonrisa de lado, suspiró. Ella sabía muy bien lo que conllevaba perderse en el mar, dependiendo de su humor tiende a regresar a los  navegantes errantes días, semanas o meses después a alguna orilla. A otros a veces ni siquiera los regresa, los deja allí en el fondo hasta que se vuelven uno más con el paisaje acuático. No pudo evitar  preguntarse en qué mares se encontrará perdido su Henry del pasado. ¿Se encontrará junto a un mapa buscando el camino a casa, o se habrá entregado a los encantos de alguna Sirena?

- Click.- pronunció cerrando por unos segundos los ojos.- Ya lo has dicho, no hay vuelta atrás. Desde ahora prohibido olvidarme. Ahora estamos perdidos, pero juntos. - agregó con una sonriendo inundada de nostalgia pero al mismo tiempo llena de ilusiones. - Algo me dice que el mar nos traerá muchas sorpresas en esta expedición.- agregó. Es que realmente quería creer que se venían cosas mejores. Por más que todo dijera lo contrario, por más que sólo se observarán tormentas en el horizonte.

Soltó una pequeña carcajada al escucharla aludir a tan característico símbolo de la antigua Grecia y ladeó la cabeza divertida. Para luego acercarse más para poder el ticket del castaño, arrugó su ceño y sacó del bolsillo izquierdo de su abrigo su boleto.- Oh...- exclamó bajito con un leve puchero.  Su puesto era literalmente al otro extremo del castaño.  Tanto así que si el escenario del Circo fuera el océano atlántico Henry sería Lisboa y ella La Habana.

- Lo creo.- le dijo concediéndole la razón a sus palabras. Y pensó de paso lo agradable que era contar con ese tipo de personas, en que tanto el silencio como el ruido ensordecedor se disfrutaban por igual. En otros tiempos, que ahora parecen tan lejanos Henry Kerr pertenecía a ese grupo reducidos de personas en la vida de la pelirroja. Donde tanto gritar una canción a todo volúmen o ver las hojas caer en una tarde de otoño eran un bueno momento.- Creo que en esta oportunidad no podré concederte la razón. Tú eres Lisboa y yo soy La Habana.- le comentó encogiéndose de hombros con una mueca en su rostro y de paso mostrándole su ticket para confirmar sus palabras.

Se sorprendió lo ajeno que podía llegar  a sonar el nombre de su amiga en los labios de Henry, como si se tratara de una compañera de baile más del montón y no una que hasta coreografías montaba en los bailes del Castillo. Su Thriller en Halloween de cuarto año fue memorable, tanto así que hasta Dumbledore terminó uniéndose. - Me alegra saber que no te ofendí y más aún saber que aporte a subir tus grados de alcohol en la sangre.-  rió, aunque en el fondo no estaba para nada contenta. Por que el real motivo de toda esa situación no era nada agradable, hubiera preferido mil veces que el castaño hubiera sido la razón que el abominable de Crowley.

Clavó su mirada en la de él tras escuchar su invitación. Y se dió cuenta que por más que estar al lado del castaño no le trajera más que contradicción no podría negarse. Porque ella sí recordaba, todo y con una precisión abrumante. Inspiró profundamente y le tomó del brazo .- Veamos a Troya arder.- le susurró como respuesta junto a una traviesa mirada.

- Pero antes de ingresar...- se detuvo en seco y miró a un costado.- Un cambucho extra grande de palomitas de maíz.- dijo mordiéndose el labio inferior y ganando brillo en sus ojos.  Guío al castaño hacia el sector de comida y mientras hacían la fila le miró de reojo.- ¿Cuál es tu dragón favorito?.- le preguntó randomente pero con una intención clara. Quería saber sus aventuras junto a esas criaturas, tantas veces estuvo tentada de enviarle una carta al castaño y decirle que un día la raptara de sus obligaciones en el Oriente para ir juntos en busca de un dragón. Pero no lo hizo, claro está. Por lo que hoy sólo tenía que limitarse a ser una oyente fiel de sus relatos, sabiendo que en su mayoría habían sufrido el trastocado del lado oscuro de los Kerr.
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Henry Kerr el Sáb Sep 01, 2018 12:42 am

Y ahí estaba él, acompañado por la que con toda probabilidad era la mujer más bella de todas las que habían asistido a esa celebración, en una noche que pretendía ser tan entretenida como solitaria. Todo lo solitaria que podía ser una noche en la que estuviera rodeado de personas, claro estaba.

Pero ya saben a lo que me refiero, a veces una persona aunque esté acompañada por otras, y al mismo tiempo está en la más absoluta soledad. Tan irónico cómo cierto. Sobre todo cuando dichas personas eran completos desconocidos que asistían a una festividad del mismo modo que esa persona, pero con la diferencia que esta lo hacía con la intensión de concentrarse en el espectáculo, y finalmente abstraerse del mundo que lo rodeaba.

Ese era el plan de Henry Kerr, que a estas alturas estaba más que roto… pero qué importaba. ¿Ya había mencionado que estaba junto a una de las mujeres más hermosas del lugar?

Los planes a veces no salían como uno los ideaba, más en ocasiones tales circunstancias no te encaminaban hacia el infierno, sino todo lo contrario. En contadas situaciones, los cambios de planes te llevaban al paraíso, al dulce, hermoso, y bendito paraíso.

- Supongo que a veces la mejor opción es dejarse llevar por la corriente-, fue su sutil respuesta, después se encogió de hombros y volvió a sonreír a la dama.

En algunos momentos sólo era necesaria una frase para resumir mil recuerdos, sentimientos o pensamientos., así como para describir la situación actual en la que uno se encontraba inmerso. Y cuando eso pasaba, para que hablar de más.

- Perderse en solitario debe ser de lo más aburrido-, dijo el hombre que pensaba pasar una noche en tierna soledad con su propia conciencia. El hombre que pensaba perderse entre la multitud para bailar un vals consigo mismo. - Y dudo que pueda encontrar mejor compañía que vos para esa aventura hacia lo desconocido-, comentó alegre, y sin perder la sonrisa.

El mar o yo mismo, pensó el rubio, más no lo dijo en voz alta. No era de las personas que se quedaban a esperar que el mar o la buenaventura arreglaran sus problemas. Si ello ocurría, bienvenido sería, pero prefería tomar las riendas de su vida y solucionar por sus propios medios todas las desgracias que amenazaban con ahogarlo sin remedio. O al menos intentarlo.

No obstante, algo dentro de él le recomendó pensarlo pero no decirlo; pues la noche que lo absorbía estaba destinaba a momentos más divertidos, dónde las penas no tenían sitio, ni tampoco se las esperaba.

- Bueno, creo que esta noche nos ha reunido. Y lo que el poder de la magia ha reunido, que un simple papel no lo separe-, comentó divertido, y le guiñó un ojo. - Vayamos a donde se encuentra mi asiento, seguro que podemos idear algo para sentarnos juntos. En esta vida se puede negociar con casi todo-, sonrió una vez más, pero en esta ocasión con una ladina sonrisa que mostraba su lado más pícaro y travieso.

Por supuesto, al poco de dibujar dicha sonrisa en su rostro, nuestro querido rubio no pudo evitar romper a reír. Para atracción de las miradas de las personas que se encontraban cerca del dúo de jóvenes que avanzaban con paso lento por el recinto.

- Seguro que no tenemos que recurrir a la trampa y el engaño para ganarnos nuestros cómodos asientos-, siguió hablando, en el mismo tono alegre que lo acompañaba desde que se reencontró la pelirroja.

Aunque en ese instante, el suave y agradable paseo de los jóvenes fue intercambiado por un acelerón repentino, que no tardó en arrastrar al pobre rubio, ya que el artífice de tal velocidad y maniobra no era otra que la singular Caroline.

Pronto el rubio comprendió la motivación de la joven bruja para obliharle a cambiar el ritmo de su paseo. Y después de un rato en la cola de las palomitas, por fin llegó el turno de la pareja.

- ¿Quién podría resistirse a unas palomitas? - sonrió al dependiente, mientras alargaba la mano con unos galeones en ella,  que dejó sobre el mostrador antes de levantar dos dedos con la misma mano con la que los depositara.  - Dos extra grande de palomitas-, terminó por decirle, antes de girar la cabeza y mirar hacia la pelirroja. - A esta ronda invito yo-, se mostró amable. - Y no creas que he olvidado tu pregunta, pero tampoco creas que es sencilla de responder-, comentó, clavando su mirada sobre los iris de su compañera, al tiempo que marcaba una media sonrisa sobre su rostro.

Dragones. Podría pasarse toda la vida hablando sobre ellos, y lo que era más peliagudo, sin la voluntad necesaria para decantarse por uno, porque amaba a todos los alados reptiles que surcaban el firmamento con sus esbeltas y hermosas figuras.

- Pues-, dijo, aún pensado, a la vez que tomaba su cambucho de palomitas, y retomaba el camino hacia su asiento. - Es complicado. Me caen simpáticos los Galeses Verdes, aunque si tuviera que decantarme por uno-, pensó durante unos segundos. Un instante en el que aprovechó para echarse una palomita en la boca. - Diría que un Bola de Fuego. Me encanta el rojo. Sus escamas escarlatas reflejando la luz del sol es un espectáculo digno de mencionar-, se mostró nostálgico, al mismo tiempo que animado por la conversación. - El carmesí es un color mágico, ¿no cree? - medio sonrió otra vez, volviendo a posar la mirada sobre su compañera, especialmente sobre su hermosa cabellera.

Unos instantes duró su fijación por su pelo, antes de volver al mundo terrenal y recordar la situación en la que se encontraba.

- Pero si tuviera que elegir-, volvió a tomar pose pensativa. - Hay un dragón aún más peligroso y hermoso.

Henry agarró bien el cambucho con su mano diestra, e imitó el vuelo de un dragón moviendo sus brazos como si fueran alas. Por supuesto, no faltó el detalle de los gruñidos para darle más empaque a su imitación. Aunque dicha acción terminó en una gran carcajada por su parte, pues sin duda era la peor actuación de la historia en cuanto a dragones se trataba.

- Menos mal que cuidar de los dragones se me da mucho mejor que la actuación, de otro modo me moriría de hambre-, volvió a reír.
Henry Kerr
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Caroline Shepard el Lun Oct 29, 2018 9:33 pm

- Pero esta vez no será la ocasión, toma de mi mano que yo te sacó de la corriente.- le dijo poniendo su mano en su brazo y arrastrandola hacia ella para ofrecerle una sonrisa al rubio. Tratando de decirle de manera poco sutil que mientras ella estuviera allí no dejaría que se perdiera, que quizás ambos poseen mapas diferentes de su vida separados y juntos, pero para eso existen los collages, y a veces unos muy bonitos. - Muy aburrido.- corroboró sus palabras para luego sonreír más ampliamente, mientras clavaba su azul mirada en los ojos de Henry.- Pues, puedo decir lo mismo.- le dijo sinceramente, más que mal quizás él que tenía enfrente no era el mismo de años atrás, pero ella podía seguir sintiendo su esencia, esa que lo hace único entre todas las demás personas que se encuentran a su alrededor.

Soltó una risita.- Muy bien dicho.- soltó risueña tras escuchar sus palabras.- Es verdad, todo se puede dialogar, prefiero esa palabra que la de "negocio".- se sinceró haciendo una leve mueca con sus labios para luego encogerse de hombros.- Pues, espero que no, pero si es necesario tengo un par de cursos de actuación bajo la manga.- bromeó moviendo sus cejas de arriba a abajo de manera divertida.

Iban de camino hacia el asiento que tenía Henry, cuando el olor a las palomitas llegó a su fosas nasales haciéndola cambiar de dirección radicalmente, es que si había algo en el mundo que le gustase a la pelirroja eran esos maíces dulces y sabrosos, hasta ha llegado a comprarse un tarro familiar para ella solita y se lo come todo sin problema alguno.  No fue mucho el tiempo que tuvieron que pasar en la fila, eso es lo increíble de la magia que hace que todo funcione mucho más rápido de lo normal, por lo que cuando llegaron al mostrador Caroline tenía una sonrisa de par en par, se había vuelto una niña de seis años y ni se imaginan cómo le brillaron sus ojos cuando Henry pidió extra grandes, se encontraba en la gloria misma.- Buah, muchas gracias. Amo las palomitas, muchomucho.- soltó mientras se llevaba un poco a su boca.- Deliciosas.- señaló cuando terminó de tragarlas por completo ofreciendole una cálida sonrisa al rubio, es que ¿acaso iba a poder parar de sonreír aquella noche? se preguntó, no creo, le respondió su voz mental.

Comenzaron nuevamente su camino hacia los asientos, Caroline camina a un costado de Henry escuchándolo atentamente, sonrió.- El rojo es mi color favorito, así que sí, lo creo, es un color muy bello. Buah, que ganas de ver a todos esos dragones en persona. ¿Me prometes que si un día te dejan llevar a alguien a tus misiones, me llevarías?.- le preguntó, por un momento pensó en ser más directa y exigirle aquello, años atrás lo hubiera hecho aunque la verdad no hubiera tenido que hacerlo pero ahora, las cosas eran diferentes, ni siquiera sabía si Henry tenía nuevos amigos, o novia...por ejemplo. - Creo que el Bola de fuego y yo combinaremos muy bien.- bromeó moviendo su cabello risueña.

Abrió sus ojos curiosa al escucharle decir que había otro mucho mejor, y lo miró expectante esperando que le dijese cuál era pero en cambio de aquello le vio mover sus brazos a modo de alas y emitir sonidos que al parecer querían simular a los de los dragones, Caroline estalló en risas de esas que te dejan el estomago y las mejillas adoloridas, y unos brillantes por lágrimas de diversión.- Eres muy rídiculo, Henry Kerr.- le dijo aún entre risas.- Pero ¿sabes? creo que serías mi Chimuelo favorito.- agregó sonriente.

Llegaron a los asientos y toda la fila del puesto de Henry se encontraba vacía, Caroline hizo una mueca de "mira tú" y se encogió de hombros.- Buah, que aburrido, yo quería pelearla por el puesto.- dijo en un leve puchero. Cuando ya estuvieron cómodamente sentados, la pelirroja se dió el tiempo de mirar alrededor. El escenario era hermoso, el espectaculo ni siquiera había comenzado y ella ya podía sentir en su interior que se venía algo grande, algo maravillosamente bello. Miró a Henry emocionada.- Creo que nos espera algo bueno, eh. ¿Ya tienes pensando tus deseos? Porque hoy tendremos muchas estrellas fugaces.- le dijo sonriente, inspiró profundamente cerrando levemente sus ojos y pensando qué era exactamente lo que iba a pedir, no se demoró mucho ya que sabía muy bien cuál era su mayor deseo actualmente.- Yo ya lo tengo, es solo uno que pienso repetir como un gran bucle. Como dicen por ahí si repites tres veces algo se cumple ¿no? pues yo pienso repetirlo treinta veces así se me super cumple.- le dijo divertida para luego llevarse más palomitas a la boca.
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Henry Kerr el Lun Nov 05, 2018 8:16 pm

- Oh, vamos. ¿Cómo qué ridículo? - cuestionó a la joven, pero con una voz tintada de la más pura alegría, que impedía de modo alguno que su pregunta se pudiera considerar formulada con seriedad. - Tan mal no lo he podido hacer-, meneó la cabeza con fingido abatimiento, para justo después romper a reír. - Supongo que tendré que practicar mucho más-, comentó entre risas mucho más suaves. - O seguir con el estudio de los dragones, y dejar la interpretación para la gente experta en la materia-, terminó por decir, feliz, asintiendo con la cabeza mientras observaba el rostro de la joven a su lado.

La simpatía y alegría de la joven era tan cálida que lo exhortaba a recordar momentos mejores, y a olvidar su pasado más reciente. Y no podía decir que no lo deseara, sumir en el olvido todas las nuevas que en el fondo no estaban referidas a un instante tan cercano de su vida. Pero de un modo u otro, le apetecía que todo volviera a ser como antes de volver a su patria. Que su vida sólo volviera a ser felicidad y dragones.

Por unos instantes, durante aquella noche, los dragones habían retornado en forma de anécdotas. Habían regresado para incinerar y purificar su alma, y tal hazaña se la debía en su totalidad a la bella Caroline. El mérito de dicha gesta era suyo, pues su postura cercana, y su alegría contagiosa, eran las que le daban esas buenas vibraciones. Su compañía era lo que le hacía sentir que el mundo volvía a girar en el sentido correcto. Cómo si todo estuviera donde debería estar, o por decirlo de otra manera, cómo si ese fuese el lugar correcto en el rompecabezas de su vida.

Tales pensamientos sonsacaron una sonrisa distraída en los labios del rubio, pero que de todos modos, acompañaban perfectamente a las palabras de su acompañante, así como las ocurrencias que se le habían venido a la mente al escucharla.

- Acertar con las palomitas era fácil. ¿A quién no le gustan? - comentó divertido. - Pero coincidir en el color ya no lo era tanto. No todas las pelirrojas amaran su propio color de pelo, digo yo-, dijo, al mismo tiempo que tomaba una postura pensativa. Mano en el mentón, mirada ligeramente alzada. - Aunque, seguro que opinará lo mismo, todas deberían amar dicho color-, bromeó, antes de volver a reír con suavidad y retornar la mirada sobre ella.

Y cómo se estaba volviendo costumbre aquella noche, su risa terminó en una sincera y delicada sonrisa, esa que toda persona no podía evitar dibujar cuando lo estaba pasando bien con un amigo.

- No sé. No sé. Depende de si te portas bien-, comentó, mirando a la chica de soslayo, y con esa voz que suelen poner los adultos cuando hablan con los niños. Una nueva y leve risa brotó de sus labios al poco de soltar la frase. - Prometo llevarte conmigo algún día-, dijo serio, clavando sus ojos sobre los de ella, y con una sinceridad que le sorprendió hasta a él mismo. No le importaba que otros magos o brujas lo acompañaran en sus misiones, más no pudo más que sentirse sorprendido ante la rotundidad de sus palabras. - No suelen poner pegas, menos aún si la persona la recomiendo yo-, prosiguió, superada la impresión de su promesa. - Al fin y al cabo, quien se juega la vida soy yo. Nadie pensará que llevaré a un idiota que me acabará encontrando la muerte bajo las zarpas de un dragón-, rió, al imaginarse tal escena. - No te preocupes, seguro me dicen que sí. Y si por algún casual no me lo permitieran, siempre podemos saltarnos las reglas-, comentó pícaro, antes de colocarse un dedo sobre los labios y guiñarle un ojo.

No siempre iba tras dragones por trabajo propiamente dicho, a veces lo hacía por placer, como había hecho en más de una ocasión durante todos los años posteriores a la universidad. Por un lado un periodo de estudio inestimable, nada como corroborar los datos de los libros en persona, más para alguien como él, ir tras dragones no dejaba de ser una simple aventura. Un viaje por amor a esos bellos animales.

- Por cierto, y antes de que se me olvide… Chimuelo me va que ni pintado-, empezó a bromear, según se acercaban a los asientos, y escuchaba como definía la solitaria situación de estos como aburrida. - Tiene unos colmillos casi tan grandes como yo-, comentó, para luego abrir la boca ampliamente.

Su movimiento no acabó ahí, por lo que se acercó poco a poco a la chica, aparentando ser un fiero dragón con ganas de zampársela… Cuando estuvo un poco más cerca, y sus intenciones parecían esas, le robó un gran número de palomitas a Caroline y se las echó a la boca con suma rapidez.

Sus mofletes cargados de roscas parecían a punto de estallar, al mismo tiempo que el bueno de Henry marcaba en su rostro una sonrisa triunfal, un tanto deformada por la gran cantidad de comida en su boca.

De todos modos, todo no iban a ser victorias y fructíferos saqueos. Ya que, aunque masticó con parsimonia la mayoría de las palomitas que tenía en el interior de su boca, eran tantas, que no fue extraño que cuando le quedaban poco menos de la mitad por tragar algún trozo fue por el camino que no debería. Las consecuencias de tal circunstancia son conocidas por todos, así pues, el bueno de Henry no tardó en toser y en darse golpes en el pecho por la falta de aire. Un aire que, por suerte para él, no tardó en regresar a sus pulmones después de pasar unos instantes de agonía.

- Vaya, por Merlín. Esto debió ser un castigo de tus antepasados por vil ladrón-, dijo alegre. Más se notaba en su voz que aún no se había recuperado del todo, y que le faltaba un ratito para que sus pulmones volvieran a su plenitud de facultades. - Prefieres dialogar a negociar, ¿pero más aún pelear? - comentó divertido, y rió lo mejor que pudo en su estado actual. - Sigue siendo una caja de sorpresas, señorita Caroline. Sigue siendo una caja de sorpresa-, dijo finalmente. Mirando hacia ella, pero negando divertido con la cabeza.

No lo decía por decir. Cada frase de esa joven le arrancaba una sonrisa, y le hacía sentirse bien. Cómo había pensado anteriormente, cómo si justo estuviera en el sitio correcto. El lugar dónde debería estar.

- Dime,- comentó, encontrándose mejor de su accidente, - ¿qué deseo es ese? No me dirás ahora, eso de, “si te lo digo no se cumplirá”, ¿no es así? -, comentó alegre y sonriente, sin dejar de mirar hacia sus claros y bellos ojos.
Henry Kerr
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Caroline Shepard el Jue Nov 29, 2018 3:29 am

Caroline se rió con ganas al ver ese fatídico intento de parecerse a un dragón de Henry.- Pues creo que lo último que has dicho es la mejor opción, de seguro como dragonelista molas mucho más.- dijo entre risas la pelirroja. A estas alturas hasta le dolían una poco las mejillas de tanto que se había reído junto al castaño. Sentía hasta el corazón hinchado de alegría, sentía como si de pronto estuviera viviendo un gran flashback, y realmente no quería que terminase.

- Ya, sí. A todos les gusta, pero no como a mí. Es que Henry, si fuera por mí yo las comería todos los días, no sólo cuando voy al cine o a estas cosas. Si un día vas a mi casa podrás ver que al menos en mi cocina siempre encontrarás un paquete de estas bellezas.- confesó la pelirroja con una sonrisa traviesa y glotona.- Ñam, ñam.- dijo lamiendo su  labio superior con su lengua para resaltar su sentir.- Cuando pequeña no me gustaba mucho mi cabello, es verdad. Pero sólo por boberias de pequeña, porque todos me molestaban diciéndome zanahoria,  y te preguntarás qué malo hay en eso, bueno, pues te cuento: me carga la zanahoria.- puso una mueca toda graciosa, como cuando una muerde un limón y te produce una sensación que te recorre todo el cuerpo.- Peeeeeeeeero al paso del tiempo lo logré a aceptar y hasta recibo con ternura ese apodo.- terminó diciendo sonriente, mientras se encogía de hombros.

Todas esas cosas Henry ya las sabía, de hecho fue él quién ayudó mucho a que ella aceptase ese apodo, porque era de las pocas personas que no se lo decía con ganas de burlarse, sino que de su boca al menos hasta sonaba dulce y cargado de cariño, logrando que al paso del tiempo ella hasta le causara gracia ser llamada así.  Y claro que le daba cosa que no lo recordase, pero tarde o temprano debía asumir que ese Henry se había ido a dar un paseo aún más largo que sus diez años en Japón y que ahora tenía a otro frente a sus ojos, uno que pese a no recordarla seguía teniendo ese carisma inigualable que le hacía tener una sonrisa a todo momento a su lado. Así que si tenía que contarle todas las cosas de su vida de nuevo, ella lo haría, paciencia tenía de sobra, y cariño aún más.

Puso un rostro de esos que derriten a cualquiera cuando escuchó eso de portarse bien por parte del castaño, venía hasta incluído un pucherito que se convirtió en la sonrisa más radiante de la redonda cuando escuchó sus siguiente palabras.- ¿De verdad? BUAH, QUE EMOCIÓN.- dio unos saltitos como una niña pequeña en la mañana de navidad, es que le acababan de prometer un panorama maravilloso. Soltó una risa.- Pues, qué quieres que te diga las criaturas mágicas me ponen toda idiota y enamorada.- soltó divertida al pelirroja, para luego acercarse a Henry y tenderle su dedo meñique.- Promete con tu meñique que me llevarás algún día.- le dijo clavando su mirada intensamente en los ojos del mago. Podía ser una tontera lo que estaba haciendo, pero es que deseaba tanto que aquella promesa se volviera realidad que tenía que asegurarse con eso, para al menos tener un aval y sacárselo en cara si no se llegaba a concretar. En plan: ME LO PROMETISTE POR TU GARRITA, SI NO LO CUMPLES TODOS LOS MALES CAERÁN SOBRE TÍ.- Me gusta eso de saltarnos las reglas.- agregó con una sonrisa traviesa y con dejes de coquetería.

- ¿A qué sí?.- dijo toda divertida cuando le habló de Chimuelo, la maga había visto esa película junto a su amigo Tak-tak y recuerda perfectamente que al ver a ese dragón pensó inmediatamente en Henry, de hecho le había dicho literalmente a su amigo japonés " Si Henry fuera un dragón sería ese ¿sabes? Uno muy juguetón y comilón". Y lo que vino a continuación no hizo más que verificar su tesis, el castaño se acercó a la pelirroja, y sería mentira no decir que cuando lo tuvo bien cerca no sintió unas cosquillas en su barriga, pero sólo duró un par de segundos porque luego abrió los ojos y su boca toda indignada.- HEY, MIS PALOMITAS.- reclamó cuando este le sacó un gran tumulto de ellas y se las llevó a la boca.

Soltó una carcajada cuando lo vió con sus mofletes todos inflados, y negó con la cabeza divertida, pero lo que no se esperaba era lo que venía a continuación, ver a un Henry descojonarse por las palomitas y toser hasta el alma, la risa de Caroline de seguro se escuchó por toda la carpa.- Que no te me mueras, Henry.- dijo entre risas la pelirroja dándole palmaditas en la espalda.- ¿Qué quieres que te diga? tengo unos antepasados muy temperamentales y amantes de las palomitas como yo.- bromeó encogiéndose de hombros divertida.- Sí, lo soy.- dijo toda asumida.- Pero eso hace que conmigo no te aburras ¿a que sí? , ya que jamás esperas con que saldré a continuación.- le dijo moviendo las cejas junto a una sonrisa y mirada traviesa.

Cuando terminó por sentarse se dió el tiempo de mirar un poco el lugar, respiró profundamente para luego depositar una sonrisa toda radiante en su rostro, miró de reojo a henry y rió.- No, no soy de esas, soy más del team Beetlejuice, de las que creen que mientras más se repita una cosa en voz alta termina apareciendo.- confesó junto a una risita, que luego se torno un poquito más seria.- Pero lo que pasa con el mío, es que no puedo gritarlo aunque quisiera, es por eso que...- hizo una pausa y acercó su boca a la oreja más cercana del castaño.- Mi deseo es que se acaba de una vez  este gobierno de mierda.- le confesó. Hasta el momento jamás le había comentado tan "abiertamente" sus ideales al castaño, no sabía cómo reaccionaría este pero simplemente no podía seguir ocultándose, se alejó de él muy poquito lo suficiente para poder dar con su mirada ,  lo miró curiosa, esperando su reacción.

- ¿Y tú? ¿Qué deseas Henry Kerr?.- le preguntó de pura nerviosa, como queriendo apaciguar su último decir, desviando ahora la atención en él.
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Henry Kerr el Lun Dic 10, 2018 10:53 pm

La noche marchaba en un sentido totalmente distinto al que Henry había imaginado antes de llegar al circo. Bueno, no del todo distinto, pues sin duda pensaba pasarlo bien y tener una agradable velada, más nunca pensó que tendría tan grata compañía. Teniendo en cuenta además, que sólo había visto a la pelirroja una vez en su vida, o al menos, sólo recordaba estar con ella una sola tarde de su vida, era increíble lo bien que se sentía acompañado por ella.

Alguien podría decir podría soltar alguna de esas frases hechas sobre el destino y que estaban predestinados a conocerse, más él no pensaba que el destino fuera un elemento inamovible e inalterable. Más bien todo lo contrario. Pensaba que cada persona forjaba su propio destino, y en este caso no era diferente.

Simplemente, la joven a su lado tenía una facilidad innata para ser simpática y no huir aterrizada ante sus disparatas imitaciones de dragones, así como sus otras diversas artes para las bromas de tan dudosa calidad. Y gracias a esa faceta para aguantar al Henry más guasón, ambos podía continuar esa noche juntos, y conocerse un poco mejor.

- Oh, bueno, pues prometo no decirte zanahoria nunca. Mi madre me enseñó a no enfadar a mujeres que dominen los artes arcanos-, se pegó un poco a ella, y adquirió una pose de halo misterioso. - Decía que podía ser más peligroso para mi salud e integridad-, dijo serio, antes de romper a reír y volver a colocarse en una postura normal.

Había supuesto que a la joven pelirroja le gustaría su idea de ir a ver dragones juntos, lo cierto es que muchos magos y brujas tenían fascinación por las bestias aladas, así que no era extraño que se pusieran contentos con una invitación para verlos. Pero tenía que decir, que no esperaba que le emocionara tanto y que se lo tomara con tanta efusividad.

- Lo prometo, lo prometo. Por mi dedo meñique-, contestó, a la vez que enganchaba sus dos dedos meñiques en un gesto de trato aceptado, y sin poder evitar dibujar una sonrisa en los labios. A él también le encantaban las criaturas mágicas, y encontrar otra persona con sus mismos gustos siempre era agradable. Sobre todo cuando coincidía con la otra persona en esa pasión en particular. - Aunque no sé como tomarme, eso de que te gusta saltarte las normas-, volvió a reír.

Se había sobrepuesto satisfactoriamente de su…, cómo decirlo, desliz con las palomitas Si, ya sé que están pensando, que tampoco era para tanto, que el bueno de Henry sólo se había atragantado con unas palomitas, más no les quepa duda, de que más un hombre o mujer había muerto por cosas mucho más… Vale, vale, mensaje captado, dejaré la monserga épica a un lado, ya que la épica y un atoramiento por palomitas no combinaban de la mejor manera. Más sí debo apuntar que atragantarse no es algo que se pueda considerar agradable, ni mucho menos divertido.

- Dragonologista sobrevive a cientos de encuentros con dragones, y muere atragantado con unas palomitas..-, dejó la frase en el aire y negó con la cabeza. - Sería la burla de todo el gremio-, se permitió una nueva carcajada. - Al menos ahora sé que no debo jugar con tus antepasados. Son más peligrosos que mujer enfadada con varita-, le guiñó un ojo, acompañando su broma con ese gesto tan característico.

La siguiente exposición de la joven le sorprendió, pero sólo por unos instantes. Si era amiga de Sam era normal que detestara el nuevo gobierno mágico.

- Beetlejuice, hacía tiempo que no escuchaba ese nombre-. Comenzó por la parte divertida y sencilla de contestar, y con un tono alegre fruto de escuchar tan singular nombre. - Y sí, será mejor no gritar ese deseo a los cuatro vientos. No corren buenos tiempos para expresar tal anhelo-, respondió más serio, pero sin perder el ánimo. - Nunca se sabe qué tipo de persona podría estar escuchándonos-, comentó de forma enigmática, aunque imaginaba que Carol ya sabía lo que era, por su relación con Sam.

La rubia había visto en la fábrica de galletas lo que era. Y curiosamente le había salvado la vida, pese a pertenecer a bandos contrarios. En agradecimiento la había dejado ir en paz. Era lo justo, pese a que nadie en su organización entendería ni aprobaría lo que había hecho, menos aún su “jefe”.

Aunque le debía la libertad a la rubia, se había jugado mucho en aquella noche al dejarla ir. No menos con su trato para verla en otra ocasión, y así saber más sobre su pasado. De un pasado, por qué no decirlo, real. Con las pruebas que le había aportado no podía ser de otro modo.

- Descuida. Yo no te delataré. Tengo asuntos importantes que tratar con la señorita Samantha, y por si esto fuera poco, me caes bien-, se encogió de hombros. - No voy a ir persiguiendo a alguien que me cae bien ¿no? -, bromeó antes de reír levemente.

Lo mejor era quitarle hierro al asunto, y no pensar en que eran de bandos  contrarios, de que en realidad deberían estar atacándose mutuamente con sus varitas. La noche estaba siendo bonita y lo estaba pasando bien a su lado, por lo que prefería que las cosas siguieran así.

- Bueno, supongo que deseo saber más de mí. Aprender más de ese Henry que se supone que soy. Y en un plano menos dramático. Creo que deseo volver a estar con los dragones, y olvidarme un poco de los asuntos de los magos. Están muy loquitos estos magos-, dijo de forma distendida, antes de volver a reír. - Mira, ya empieza-, comentó seguido, al ver como el primero de los funambulista hacía su aparición.

Tenía la ligera sensación de que iba a ser un espectáculo muy hermoso, pero que iba a ganar enteros al poder disfrutarlo al lado de esa pelirroja tan simpática.
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Caroline Shepard el Dom Ene 06, 2019 10:39 pm

A la pelirroja el circo siempre le ha dejado muy buenos recuerdos, de esos que uno visita cuando anda medio triste. Siempre le deja ese halo de felicidad, suspiros de sorpresa -admiración, y olor a palomitas. Y después de esta noche, de seguro se le suma a esa lista las palabras sonrisas, y mágicas casualidades. Porque de todos los magos existentes amantes de las estrellas y centauros, ella se topó con la persona más (in)esperada. Y le era extraño, sumamente extraño volver a decirle cosas a Henry que ya le había confesado tiempo atrás, en la sala común, gran comedor, bajo un sauce, o cualquier rincón del mundo en que ambos alguna vez compartieron. Pero, hay personas que sin importar el qué, cómo y cuándo, uno siempre va a tener las ganas de repetirle mil veces una historia, o sentir. Y para Caroline el castaño que estaba haciendo el fatídico intento de imitar a un dragón era una de esas personas.

Henry le hacía tanto reír , pero tanto tanto.

De seguro quien pasase al lado de los dos, y viera a la pelirroja con esa sonrisa de par en par mientras mira como el castaño cruza su meñique con el de ella querría unirse a esa promesa, porque con tan solo ver sus rostros podría descifrar de que se trata de algo sumamente emocionante. Y así era, el pulso de la pelirroja hasta se le acelero un poquito por la felicidad que le producía saber que más temprano que tarde iría a conocer más de cerca a esas criaturas de fuego. – Puedes tomártelo bien o mal, y algo me dice que tú eres de las personas que se lo toma de lo más bien.- le dijo risueña y con mirada traviesa.

Pues, ¿conocen la Ley de Murphy, ese señor que decreto que si algo puede salir mal, saldrá mal? Bueno, claro que es real y más cuando de ladrones de palomitas se trataba. Ahí estaba Henry atragantándose con esas divinidades azucaradas mientras una Caroline se descojonaba de la risa. Ayudarlo, ese debería hacer pero solo le alcanzó para darle unas palmaditas en la espalda mientras su risa aún se escuchaba por toda la carpa. – El titular diría algo como: Henry Kerr, la deshonra del gremio.- le picó divertida, para luego volver a reír. Ay, pero es que ya le dolían las mejillas y su pancita de tanto reír.- Nonono, no te equivoques. Mis antepasados son más peligrosos que cinco mujeres enfadas con varita. Esto es solo una pincelada.- bromeó toda seria, como si le acabará de confesar algo muy profundo.

Y ahí estaban, hablando de la vida y las estrellas, pero no cualquieras sino de esas que van en caída y hacen que las personas deseen cosas. Caroline con sus veintisiete años deseaba muchas cosas, pero si tuviera que escoger solo una sabe muy bien cuál sería. Por lo que pese a lo que significaba susurrarle en el oído su mayor deseo al castaño, y lo peligroso que esa frase podía llegar a ser en oídos equivocados lo hizo de todas formas, se arriesgó, y saltó en clavada a la piscina sin saber muy bien si había agua en su interior.

- ¿Y tú qué tipo de personas eres? .- le preguntó con su clara mirada sobre la suya, y con una curiosidad inmensa, como la de un gato que de lejos observa el accionar de un humano.

Sintió alivio cuando escuchó sus siguientes palabras, traduciéndose en una dulce sonrisa, y cosquillas en la panza. – Mira no sé, en Hogwarts también me perseguías mucho y también te caía muy bien.- bromeó divertida, para luego negar con su cabeza y ponerse un poco (no podía más con el castaño al lado) seria.- Pero, me alegra escucharte decir eso. No esperaba menos de ti.- le confesó sincera. Es que de verdad la pelirroja quería creer que pese a todo lo sucedido Henry seguía siendo simplemente Henry, él de siempre.- Y yo tampoco te delatare ¿eh? Que si lo hago, ahí sí que serías la deshorna para otro gremio.- bromeó un poco en serio, y otro poco no- Ves, no me equivoqué. A ti al igual que a mí nos encantan romper las reglas.- movió sus cejas y luego rió.

Sonrió cuando escuchó su deseo, aunque de una manera mucho más nostálgica. Porque ella, al igual que él a veces deseaba irse a investigar sobre Kappas y criaturas marinas dejando todo y a todos. Pero solo era de esos deseos pasajeros, de esos que se le olvidan con tan solo ver la sonrisa de Sam. – Pues sí, están, estamos muy loquitos.- le dijo rodeando los ojos junto a una mueca en sus labios.

Desvió su mirada al escenario cuando las luces de la carpa se apagaron quedando solo a la luz de la luna y las estrellas. Y antes de que la música diera inicio al flamante espectáculo, Caroline desvió su mirada nuevamente hacia el castaño.- Si las estrellas hoy se encuentran sordas para tu deseo, yo puedo ayudarte. Puedo ayudarte dándote mi versión de ese Henry que supuestamente eras. – le dijo ofreciéndole una sonrisa distinta a todas las que hasta el momento le había dedicado, indescifrablemente bonita y sincera.

Lo que vino a continuación fue hermoso, una música épica comenzó a sonar, y desde la oscuridad que aún habitaba el escenario salieron disparadas más de veinte flechas al cielo que terminaron formando un gran centauro de estrellas que luego salieron volando en todas direcciones. De pronto aparecieron cinco cuerdas de distintos extremos de la carpa, mientras que en el escenario que hasta entonces se encontraba en completa oscuridad comenzaron aparecer centauros vestidos y maquillados de color fluor, y ayudándose entre ellos empezaron a subir uno a uno a las cuerdas. La pelirroja no pudo evitar pensar lo difícil que ya era mantener el equilibrio con dos pies sobre una cuerda, imagínense hacerlo con cuatro patas, toda una odisea digna de admiración. Cuando todos, exceptuando uno se encontraron sobre las cuerdas, este comenzó a lanzarle clavas de diversos colores que brillaban a cada uno, empezando a hacer malabares sin problema alguno, como si encontrarse a metros de altura con solo una cuerda de soporte les fuera completamente natural, cuando el que aún permanecía en el suelo lanzó la última clava, elevó su mirada al cielo donde múltiples (o al menos así las sintió Caroline) estrellas fugaces formaron un aro flotante, donde no tardó en saltar el centauro y comenzar un espectáculo increíble.

- Estoy en shock en este momento, demasiada belleza para mi corazón.- soltó la pelirroja conmocionada por lo que sus ojos estaban viendo.
Caroline Shepard
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Henry Kerr el Sáb Ene 12, 2019 1:14 am

El espectáculo dio comienzo al poco tiempo de que rubio y pelirroja se sentaran en el lugar escogido por ambos. El grupo de centauros circenses se fue mostrando al mismo tiempo que daban a su público una pequeña muestra de sus habilidades.

Y créanme cuando les digo que con tan corta prueba los centauros daban al espectador una sensación de poderío, de control, de creatividad… Esa sensación de reconocer, nada más verlo una vez, a una persona que sabe lo que hace, que domina lo que hace, y que por ende, ama su oficio y su arte. Porque no es menos cierto que para dominar cualquier oficio o rama creativa, había que amarla. No se podía de otro modo.

Con tal despliegue lo que pasaría a continuación era fácilmente predecible.

Pronto el espectáculo se convirtió en una oda al cielo, en un canto de belleza que deleitaba los sentidos de los allí presentes, en un desfile de luz y color y de gráciles movimientos sobre el fino alambre tensado que sostenían a los funámbulos.

- Sí, es realmente hermoso-, respondió a la pelirroja, sin perder detalle alguno de los movimientos de los centauros bajo el foco de las estrellas. Después no pudo evitar posar sus ojos sobre la mujer a su lado, antes de volver a hablar. - Aunque mentiría si dijera que es lo más bello que alguna vez contemplara-, dijo sin desviar su mirada, como el mayor y más pillo de los zalameros.

Oh bueno, no podíamos negar que el rubio sabía algo del noble arte de la picardía. O al menos podíamos estar seguros de que descaro no le faltaba.

- Espero no incomodarte con mi malograda sutileza, pero es que dudo que haya mejor momento para decírtelo-, comentó esta vez, aunque sin perder suavidad en su tono de voz. - Ni Falsterbo, cómo por entonces te dije, ni este espectáculo consigue ensombrecerte. ¿Cómo lo consigues? - le preguntó con verdadera curiosidad. - Eres… no sé, tienes algo distinto. Eres diferente a todos los demás. Sin duda eres especial-, terminó por decir, en todo momento sin pender de vista el contorno de los ojos y la mirada de la mujer, olvidando por un instante el otro espectáculo.

Ahora mismo los centauros no le interesaban. Esa exhibición era una de las escenas más bellas que el rubio hubiera contemplado en su vida. Pero no, ahora no, ahora sólo le importaba una cosa.

- Sí, puede que también me guste romper las reglas. O quizás es que sea un centauro equilibrista escondido entre el público y en el cuerpo de un humano-, bromeó, más con la misma dulzura que usaba para hablarle desde que el espectáculo comenzara.

En ese momento Henry se inclinó un poco hacia adelante, apoyó la barbilla contra los nudillos de su mano diestra, y mantuvo su mirada sobre ella, sin decir nada. Al menos durante un rato que debió parecer interminable, pero que no duró más que unos segundos.

- No consigo desentrañar tu misterio. No me suele costar conocer a las personas con sólo mirarlas, con sólo hablar un rato con ellas. Pero tú…-, sonrió y se enderezó. - No importan que las estrellas sean sordas esta noche. No las necesitamos. Somos dos personas libres, y solamente debemos partir un día. Buscar un dragón con la única compañía del uno y del otro, y de la hermosa y bella aventura.

Sí, ella seguía siendo un misterio para él, pero no hacía falta decirlo. Con ciertas personas, en ciertos momentos, había cosas que no hacían falta decirlas en voz alta.

- Tú también sabes de ese Henry del cual desconozco, todo parece una confabulación de un dúo de mujeres contra mí-, dijo, restándole importancia a su problema, y volviendo el rostro hacia los funambulistas. No quería pensar en ello, en ese preciso momento no. - Seguro que puedes contarme mucho sobre mí, pero esta noche no, esta noche sólo quiero soñar con centauros y dragones-, comentó, volviendo a mirar hacia ella, y dibujando una media sonrisa. - Entonces, Caroline Shepard, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo guía de dragones? - dijo finalmente, divertido con su actuación y aún más sonriente que antes.

El espectáculo de los centauros era maravilloso, y sin duda Henry Kerr asistía a tal evento con la misma ilusión de un niño. Cuando sus ojos no se detenían en la figura de Caroline, mientras conversaba con ella, se posaban con deleite en el grupo de centauros que hacían proezas sobre la fina línea.

Sin embargo, toda persona tenía sus prioridades. Esa noche, la mayor prioridad del rubio era un cuerpo de pecado que atrapaba en su interior una misteriosa bruma. La mística alma de esa joven. Enigmática. Un rompecabezas de lo más atrayente, que hacía olvidar cualquier pecado que se pudiera imaginar con su bello envoltorio.

La atracción física era simple y directa, elemental, sin artificios ni secretos. La mental…

Esa mujer era especial, claro que lo era, pero ni por asomo el Kerr imaginaba hasta que punto lo era para él.
Henry Kerr
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Caroline Shepard el Vie Ene 25, 2019 10:34 pm

El espectaculo dió inicio y Caroline se dió cuenta que definitivamente la reseña se quedaba  corta al explicar y transformar en palabras lo que sus ojos en ese instante se encontraban viendo. Era una destreza y belleza tal que hacía que por instantes su respiración se cortara por el maravilloso desplantes de aquellos centauros,  que tenían el mejor escenario de todos, las rutilantes  e incomparables estrellas.

No pudo evitar soltar palabras de profunda admiración ante lo que estaba viendo, y ahí mientras veía las estrellas danzantes y a los centauros acróbatas, pensó que después de todo, y pese al horrible tiempo en que se encontraban, lleno de odio e injusticias, la vida siempre está ahí para tenderte un pequeño regalito, un aliento que te empuja a seguir adelante, y resistir. Porque vale la pena, vale la pena seguir, porque por cada cosa horrible que existe, hay el triple de cosas bellas. Y esa noche especial, llena de sorpresas y cosas mágicas, para la pelirroja formaba parte de esas cosas bonitas que te recargan de energía para seguir esa ruta llena de incertidumbres que se encontraba fuera de esa carpa.

Sintió la mirada de Henry sobre ella y giró su cabeza para depositar su mirada en la del castaño. Y sonrió, porque tal vez el dragonelista no lo recordaba, pero esa mirada ella la podía reconocer en cualquier parte del mundo aunque pasaran mil millones de años, porque hubo un tiempo en que la vio muchas veces hacia su persona, y durante ese periodo se convirtió en una de sus miradas favoritas. Por que sí, Henry podía ser un coqueto empedernido, y en sus tiempo de Hogwarts mirar a muchas chicas de manera zalamera, pero ella podía reconocer ese brillo que iba destinado solo a ella, al igual que la pelirroja tenía una sonrisa que era solo para Henry Kerr y que en estos momentos se encontraba en su rostro.

Y pasó algo que muy pocas veces le ocurría a la pelirroja, se quedó allí sin palabras. Sin saber qué decir o qué hacer frente a las incertidumbres del castaño. Porque, por más que las palabras del castaño estaban cubiertas de dulzura, y de una cálida curiosidad, ella no pudo evitar sentirse algo nostalgica. Ya que le encantaría decirle que tal vez eso que sentía era porque su cuerpo (y no su mente) podía reconocerla, podía saber que su mirada, sonrisa, y piel en algún momento también fueron especiales y que ahora, pese a todos los trastoques en su cabeza, seguían allí escondidas en algún rincón de su mente.

Soltó una pequeña risita cuando dijo que él tal vez era un centauro escondido en el cuerpo de un humano, y estuvo tentada a decirle que eso del equilibrio jamás había sido lo suyo, pero calló temiendo que cualquier palabra que ella dijese terminará por romper ese espacio que se había producido tan íntimo entre los dos,  pese a que se encontrasen en una capa repleta de personas que miraban absortas el hermoso espectaculo que se encontraba frente a sus ojos, pero que para esos dos jovene magos había pasado a segundo plano.

Y cuando el castaño le preguntó y de paso le invitó vivir con él esa aventura con dragones, Caroline comprendió y corroboró que sin importar lo que pasara, ella siempre iba a estar para él, porque aunque él tal vez no sea el mismo ni mucho menos recuerde todo lo que han vivido, para ella él siempre será el Henry Kerr con mirada traviesa, el Henry Kerr de palabras saca sonrisas, el Henry Kerr del cual se enamoró pero aún más que eso fue uno de sus mejores amigos junto a Samantha, siendo los mejores compañeros de aventuras que ha tenido. - Claro que acepto.- le respondió sonriente y de mirada brillante.

- Y no, no me molestas por tu malograda sutileza. Si no fueras así ya no serías tú.- agregó divertida para luego suspirar.- Sé que hoy no quieres saber nada del pasado, pero quiero que sepas que cuando quieras y estés listo, yo estoy aquí ¿vale?.- le señaló con una mirada y sonrisa cargadas de cariño. Se acercó un poco a él para mirarlo más de frente con su mirada clavada en la de él.- Porque no pretendo irme a ningún lado, así que tendrás mucho tiempo para descubrir mi misterio.- bromeó, aunque no del todo, ya que ella al menos si quería descubrir el de él, y más que eso quería encontrar alguna solución, ver si existía algún método, alguna forma de poder transmitirle todas esas aventuras quea alguna vez vivenciaron juntos. Ella era capaz de regalarle sus propias memorias si eran necesario, no todas, pero las suficientes para que él sintiera lo hermoso que era  haber contado con un grupo de amigos como lo que los tres alguna vez fueron.

El espectaculo se fue superando cada vez más, sacando más  de un grito de asombro o suspiro de admiración por parte de los espectadores. Y cuando todo terminó la carpa estalló en aplausos, Caroline hasta se puso de pie toda sonriente elevando sus brazos y chiflando animada a los centauros que hacían pequeñas reverencias al público en modo de agradecimiento. La gente comenzó a salir y el aire comenzó a oler a despedida,  y cuando ambos se encontraron a las afueras de la gran carpa se detuvieron siendo consciente que la hora de decir adiós había llegado.- Creo que me iré a comprar un par de bolsitas de palomitas de maíz para llevarme a casa.- le comentó sonriente.- Estuvo realmente hermosos el espectaculo,fue mucho más de lo que me había imaginado.- dijo mirando hacía el interior de la carpa donde hace apenas unos segundos había ocurrido la magia.- Bueno...- comenzó a decir bajando por unos segundos su vista y observando la punta de sus zapatos.-...creo que llegó la hora de despedirse.- dijo elevando su mirada y deteniéndose en la del castaño.- Fue increíble haberme topado con usted, señorito Kerr.- dijo con tono solemne pero sin perder la sonrisa. Y sin pensarlo demasiado, dió un par de pasos y lo abrazó.- Espero que nos veamos pronto o que otro circo nos vuelva a reunir más temprano que tarde.- le dijo aún dentro de su abrazo.
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Henry Kerr el Sáb Mar 02, 2019 12:11 am

Una belleza singular se mostraba ante la mirada de Henry, y no, por esta vez no se trataba del hermoso espectáculo que lo había motivado a ir esa noche al circo. No, por esta vez se trataba de una sonrisa tan sincera como cautivadora.

Esa chica tenía ese “no sabría qué”, que podía a llegar a ser tan atrayente en una mujer, y que había provocado la caída en las redes de la tentación de muchos hombres a lo largo del tiempo. Una femme fatale no era una belleza superficial, al contrario, era pura seducción. Una mujer así tenía algo que no se podía explicar con simpleza, menos aún con la simpleza de la belleza superficial. Era algo totalmente diferente, un don, arte, un manejo de la sensualidad que a la mayoría de las personas les sería imposible de manejar y a veces incluso de comprender.

No obstante, Carol no era así, o por lo menos no le parecía que así fuera. Esa sonrisa era pura sensualidad, más estaba muy alejada de lo que se podría considerar maldad o mera pasión por la caza del hombre de turno. Era una sonrisa atrayente, sí, pero al mismo tiempo era cándida e inocente. Cautivaba, más no dejaba de ser tierna e incluso con un toque inocente.

Por supuesto, una buena seductora no dejaba margen al error. Si quería parecer inocente lo conseguiría. No obstante, a esas alturas, Henry ya había comprado la idea de que la joven pelirroja era tan atrayente y peligrosa, cómo buena persona, y que toda ternura que desprendía con su sonrisa y con el tono de su voz era tan real como el espectáculo de centauros que acababa de presenciar.

Fue en ese instante, cuando el mago de dorados cabellos se percató que se había quedado embobado mirando los labios de Caroline, y que debía parecer el mayor tonto del mundo allí parado, sin decir nada y mirando fijamente hacia ella.

- Ejem, bueno. Eso sería magnífico. Por lo general a la gente no le gusta que se lo coma un dragón, así que no suelen aparecer muchas personas dispuestas a acompañarme-, bromeó y rió, quitando hierro al asunto e intentando desviar la atención de su anterior empanada mental.

Rayos, seguro que parecía un torpe adolescente mirando a una chica que le gustaba en el colegio. Ya tenía una edad para saber disimular y no quedar tan imbécil ante la hermosa fémina que conociera. En fin, cómo se solía decir: A lo hecho, pecho. El pasado no lo podía cambiar y solo quedaba dejar ese momento atrás, aunque quizás con un poco de magia… ¿Por qué cuándo hace falta uno nunca lleva un giratiempo encima?

- Es que pensé, que aunque no te tenga en mis recuerdos, es evidente que me conoces y por tanto, tú si me tienes en los tuyos. Por esa razón me dije: Hey Henry, no vas a engañar a esa chica tan guapa con tu maravillosa sutileza. Va a tocar ser sincero y directo-, dijo en un tono divertido que no escondía la zalamería. E incluso, en su opinión, se podía decir que la simpatía ensalzaba un buen piropo y lo hacía menos chocante de recibir para la otra persona. - Pero no crea que me distraigo fácilmente, te tomo la palabra. Algún día te iré a buscar al trabajo para quedar un día. Me apetece saber más de mi yo adolescente y juvenil. Y qué puedo decir, qué podría ser mejor que aprender tu pasado por voz de una hermosa rubia, pues hacerlo por medio de la voz de una hermosa rubia y una hermosa pelirroja también-, bromeó, y le guiñó un ojo.

Los últimos meses habían sido caóticos para el bueno de Henry, pero diablos, esa noche se lo estaba pasando muy bien. Era uno de esos pocos días donde había podido ser él mismo sin la carga de los malos pensamientos. Esa noche había podido vivir como una persona normal, y sin duda era gratificante.

- Cualquier otra noche te hubiera acompañado a saquear palomitas, pero por esta vez te dejaré descansar de tan pesado rubiales-, comentó en broma y con algo de ansia golosa por las palomitas. - Pues sí. Imaginaba que sería algo tan hermoso como grandioso, pero la realidad supera cualquier cosa que pudiera haber imaginado. Mi creatividad no llega a tanto, desde esta noche esos centauros tienen mi total admiración-, estuvo de acuerdo con la pelirroja. - Seguro que nos veremos pronto, ya le digo que le iré a buscar un día al ministerio. Mala suerte, joven. Sé donde trabaja-, bromeó por última vez, como despedida.

Henry asintió con la cabeza y observó cómo la pelirroja se alejaba hacia el puesto de palomitas durante unos instantes, en cuánto su fémina figura desapareció ante sus ojos, lo siguiente que pudo observar fue el mobiliario del salón de su casa.

Se había aparecido en su casa tan rápido como había dejado de ver la silueta de Carol, y con esa imagen grabada en la cabeza se tiró de espaldas sobre el sofá y pasó ambos brazos por detrás de su cuello.

- Podría acostumbrarme a esto-, musitó para sí mismo, con una sonrisa dibujada en los labios.

Una buena noche, para variar. Sí, se podría acostumbrar a ello, y quien no.
Henry Kerr
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