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Indigo O. Quill el Vie Ene 12, 2018 2:12 am



But thank you
Valarr Knutsen — 17:00 — Marzo — Honeydukes

Quien calificaba esas salidas escolares a Hogsmeade como «lo mejor del curso», decía puras y crueles mentiras. Era la única que aparentemente no mostraba emoción alguna por la excursión de aquella tarde primaveral, pero lo que alegaban todos, es que, a final de cuentas, Indigo era incapaz de sentir o expresar sentimentalismos que para los demás eran parte de su insulsa cotidianidad. Ella, por el contrario, era invadida más por el pánico que por la euforia. La idea de ir a un sitio plagado de gente desconocida, con hábitos desagradables y sin sus padres, pues no, no resultaba tentadora. Lo malo, como en todo, era que el permiso estaba firmado y Mentor y Atenea le habían insistido que se relacionara, como si aquello le fuera sencillo a una joven aspergiana de a penas trece años, carente de experiencia y sobre todo, de ganas.

Por si fuera poco, Elodie, su hermana gemela, estaba perdida de su vista. Había prometido iría con ella para hacerle más digerible la visita al pueblo, mas no la veía por ningún lado. Se alzaba discreta sobre sus puntas y buscaba una melena igual de albina que la suya entre los estudiantes sin éxito, como a la espera de encontrarla, aunque lo cierto era que la representante de Godric, sin malas intenciones, no pensaba llegar a su punto de encuentro. Pensó, en su inmadura forma de ver al mundo, que orillar a la Ravenclaw a convivir con los otros, la curaría de todos y cada uno de sus males: grave error. Opaline no volvería a ser la misma de antes, jamás.
Paciente, esperó alrededor de quince minutos antes de que sus tripas crujieran más que de hambre, de antojo. Estaba sentada afuera de Honeydukes y el aroma a chocolate y caramelos se colaba por sus fosas nasales; los olores dulzones, como cualquiera, le volvían loca. Y si a eso se le añadía el hecho de ver pasar a sus compañeros —unos conocidos y otros no— con sus golosinas en mano, ¿ustedes habrían aguantado mucho más?, ella tampoco.

En una bolsita de cuero escondida dentro de su capa, el águila llevaba suficientes galeones para hacerse de alguno que otro capricho. Se enfundó bien bajo su propia prenda y emprendió paso inseguro hasta el local que para entonces estaba menos atiborrado de gente. Tenía intenciones de comprar un par de ranas de chocolante, algunos cuantos droobles —que, por cierto, eran sus favoritos—, y caramelos de jengibre que creía de algún modo le ayudaban a concentrarse durante sus horas de estudio. Meras supersticiones que dejó de lado una vez dentro de la tienda, ya que de la sorpresa que se llevó, poco le faltó para ir a dar al suelo. Aquél sitio era de ensueño, algo sin precedentes, nada antes visto. Se convirtió en su segundo lugar favorito en cuestión de segundos.

Del ensimismamiento salió tan pronto como alguien a quien no reconoció pasó a su lado, golpeándole por el hombro. Por supuesto, ante el accidente no se atrevió a decir nada, sólo a seguir con la mirada inexpresiva al culpable del tropiezo, actitud que a juzgar por la reacción del joven moreno, alumno de la casa de los leones, no fue recibida con la misma inocencia con la que nació. El dejar de pasar desapercibida la cohibió y le hizo apresurar el paso, quiso hacerse de sus dulces para volver tan rápido como le fuera posible a las inmediaciones del castillo, no obstante, no le fue tan fácil como pensó, no. Sin querer y sin pensarlo, Indie se había conseguido un nuevo dolor de cabeza.

¿A dónde con tanta prisa, Quill? —escuchó ni bien salió de la dulcería, de parte del Gryffindor que le esperaba con su pandilla de bullies.

¿A Hogwarts? —trastabilló no terminando de comprender su pregunta, utilizando un hilo de insolente obviedad que para nada utilizó con ganas de empeorar la situación, porque ni siquiera era consciente de que había una situación ya entre ellos.

Me parece que no —le corrigió el muy malechor, riéndose como si aprovecharse de alguien menor y mucho más indefenso fuera una completa gracia.— ¡Dame eso! —remató, zafándole de las manos lo que acababa de comprar, a lo que de inmediato tuvo una respuesta.

¡Oye, eso no es tuyo! —espetó como si el otro no lo supiera— Si me pidieras amablemente, te podría compartir algunos, pero como no fue así, debes devolvérmelos ahora —exigió muy segura e intrépida ella, estirando ingenua su mano. No había caído en cuenta que aquello era una negociación y ser razonable no era algo que él conociera precisamente.


Última edición por Indigo O. Quill el Sáb Ene 20, 2018 4:01 am, editado 3 veces
Indigo O. Quill
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Valarr Knutsen el Vie Ene 12, 2018 4:08 pm

Frío.

Hacía frío, pero no tanto como cuando salía a deslizarse por la consistente capa de hielo que congelaba el lago que colindaba con su hogar en Noruega. Siempre había vivido acostumbrado a dichas temperaturas y no era raro verlo envuelto en más capas de las que tenía una cebolla. A fin de cuentas, con las gripes se pasaba fatal, y él, tajantemente y bajo ninguna circunstancia quería tener que volver a pisar la enfermería. La última vez casi había maldecido al sanador y lo habría hecho de haber sabido algún hechizo para convertirle en hurón. O en marmota. O en rata. Tendría que atender más en clase de Transformaciones.

Al Slytherin de catorce años nunca le habían ilusionado las excursiones al pueblecito helado que tenía cercanía con el colegio. Podía notar el palpalble entusiasmo - que no apreciar, que era bastante distinto - a cada vez que la profesora McGonagall les anunciaba a los alumnos más jóvenes (esa generación de tercero y cuarto que todavía no tenía permitido escaquearse de la escuela durante los fines de semana) que pronto se empezarían a celebrar las rutinarias excursiones invernales a Hogsmeade. Muchos de ellos se frotaban las manos posiblemente pensando en la montaña de chucherías que les estaría esperando en Hogsmeade o en pedirse una fría cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas. Un momento... ¿Servirían cerveza de mantequilla a los niños en la taberna del pueblo? ¿Donde quedaba la responsabilidad de los magos adultos en aquellos tiempos que corrían?
Huraño y solitario, como siempre, un joven - que no pequeño, el último verano ya había pegado un buen estirón - Valarr recorría las calles de Hogsmeade a paso realmente apresurado para la prisa que en realidad tenía, que era nula. Vestía un chaleco verde sobre su chaqueta grisácea y un gorro de lana de su casa que le cubría hasta las orejas. Los guantes se los había olvidado en una de las repisas de la Sala Común, y probablemente, cuando volviese, su propiedad ya habría pasado a la historia.

Siempre que visitaba el pueblo de los magos terminaba sentado sobre la nieve en los alrededores de la Casa de los Gritos. No alcanzaba a comprender el por qué de que aquél lugar le fascinara tanto... ¿Sería la soledad y poca compañía que acompañaba en el ambiente? Fuera de un modo u otro, detuvo sus andares justo frente a la tienda de golosinas mágicas que todo alumno deseaba visitar. No era su caso, ya que por lo general ni gustaba del chocolate y la mayoría de golosinas le parecían aborrecibles, pero no así los chicles de la marca Drooble. "La mejor goma de mascar del mundo mágico", rezaba el envoltorio. No sabría decir si verdaderamente sería la mejor, pero por lo menos no perdían su sabor y mantenían su mandíbula ocupada durante horas, gastando de ese modo una energía que bien podría hacerle perder los nervios durante la excursión.

Paseó distraído por la tienda, sin llegar a reparar en ninguna de las personas que lo rodeban. Pagó sus chicles y se dispuso a salir sin más dilación hasta su destino...

No obstante, la muchedumbre se agolpaba justo en la salida del local, prácticamente impidiéndole el paso. Y cuando se pudo hacer hueco - evitando en todo lo posible llegar a rozar si quiera a todo aquél que le rodeaba, ugh - comprobó a que se debía el aglutamiento de gente. Era ese chico de Gryffindor que en alguna ocasión había tratado de meterse con él durante sus primeros años en Hogwarts, creyendo inútilmente que a Valarr podrían importarle o herirle cualquiera de los improperios que pudiese usar contra él. Iba a pasar de largo, pero justo en ese instante, Marcus Blake, Gryffindor de quinto y abusón a tiempo parcial, pareció reconocer al muchacho del gorrito y el chaleco.

- ¡ANDA! ¡Pero mira a quién tenemos aquí! - exclamó, con regocijo. - ¿Es que os habéis puesto de acuerdo todos los raritos para reuniros y comprar golosinas?

Valarr alzó una ceja, sin entender lo que decía. Entonces el Gryffindor se adelantó para tratar de hacerse con la cajetilla de chicles que portaba en su mano. Lo que no contaba era que ese mismo niño al que le hacía bullying hacía unos años hubiese desarrollado unos reflejos inusuales en cualquier ser humano. Aún no había dado este dos pasos en dirección suya y el Slytherin ya le estaba apuntando con la varita.

- ¡Tarantallegra! - conjuró con un rápido movimiento de muñeca. Y Marcus empezó a bailar, dejando caer todas las cosas que había robado sobre la fría nieve, para el deleite de sus muchos compañeros presentes. Su danza expresaba una total alegría a pesar de que su rostro pareciese querer matarle con la mirada. Entre brincos, movimientos de cadera y pasos de ballet se marchó totalmente avergonzado, no sin antes gritarle desde una prudenta lejanía. - ¡Te arrepentirás de esto, Knutsen! ¡Mi padre se enterará! - miró a su alrededor, incapaz de detectar qué les resultaba tan gracioso a todos los presentes.
Valarr Knutsen
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Valarr KnutsenInactivo

Indigo O. Quill el Vie Ene 19, 2018 6:12 am

Que se fueran, que se fueran, que se fueran. No tenía que ser lo que se dice avispada para darse cuenta que ellos no eran lo que la gran mayoría clasificar como agradables. Que eran los típicos buscapleitos que solían meterse con los más débiles sólo por diversión y morbo, y, ¡caramba! Indigo era parte de ese reducido grupo que carecía de defensas suficientes para salir bien aireada de esa clase de coyunturas. Su varita, en su caso, era más como un adorno. Un requisito cumplido para aprender lo que en Hogwarts le enseñaban, y que jamás utilizaba para las mismas cosas que ellos. Es decir, con la floritura de su muñeca, podía hacer actos excelsos, excepcionales de veras, ¿pero atacar a alguien?, nunca en la vida. Y no porque no quisiera, sino porque nunca se daba cuenta de cuándo era un buen momento para usarla.

Por eso, cada sílaba que salía de sus labios, para ella era como un juego de palabras ininteligible, un enigma tan confuso que no lo podría resolver sin ayuda, y si algo tenía la inocentona albina, era que jamás, jamás bajo ninguna circunstancia, pedía ayuda. Lejos de ego u orgullo, lo que de manera usual impediría a alguien recurrir a otra persona en busca de cualquier tipo de apoyo, en su caso se debía a que era un ser independiente en extremo. La carente empatía hacia con el resto del mundo le había convertido con rapidez en una muchachita responsable y capaz de resolver sus asuntos por su propia cuenta. De hecho, quienes las conocían —seguro que más a su gemela que a ella, era mucho más sociable y simpática que Opaline—, podían identificarlas por la pura forma de afrontar los problemas. Una era ofensiva, la otra, en este caso la Ravenclaw, era, por supuesto, la defensiva.

Sin embargo, su forma de dar la cara a los inconvenientes que fueran cruzándosele en su camino, por muy defensiva que fuera, no dejaba ser pasiva; débil. Ineficaz. Era tan indefensa que su pinta ni siquiera le ayudaba. Se notaba a leguas que no era una jovencita agresiva y, por el contrario era incapaz de lastimar a nadie. Esas facciones dulces y delicadas no le hacían el ser más temido de todo el castillo, no, y claro que el mentado Blake sí que lo sabía. Si no era bruto, era bastante listo como para detenerse a elegir a sus víctimas. A ver, ¿por qué no se metía con alguien que le doblara el tamaño o tuviera los mismos músculos de él?, hasta para ser malo se requería echarle cerebro al asunto. Subestimar a la gente no era un lujo que pudiera darse.

¿Raritos? —no comprendió de una qué tenía que ver una cosa con la otra, y mucho menos quién era ese otro estudiante que había aparecido de manera muy oportuna en la escena. De buenas a primeras, se le veía... raro. Cabía la posibilidad de que Markus no estuviera del todo equivocado o tal vez era la misma representante de Rowena la que no diferenciaba y catalogaba a los demás en general como personas extrañas, las que, nada más para aclarar, eran mucho más normales y ordinarias de lo que era ella. Vivir con Asperger le hacía ver los errores o defectos en quienes la rodeaban, excepto los propios. En su mundo, los diferentes eran ellos.
Lo siguiente que captaron sus ojos, la dejaron inmóvil durante unos ¿cuatro o cinco segundos? El rayo naranja producto del hechizo aclamado dio tan rápido contra su objetivo que no tuvo ni tiempo de sopesar las amenazas del león que entonces ya se encontraba bailando sin que pudiese hacer nada para cambiarlo. Y para cuando llegaron las carcajadas y las demás advertencias, la ojiazul estaba ciertamente ofuscada con todo. ¿Qué era lo gracioso?, ¿se reían acaso de que el abusón ese les robara a ambos y se metiera con quienes no habían hecho nada más que cruzarse con él?

Antes de descubrir la respuesta, como por instinto, se adelantó un par de pasitos y recogió los droobles que les habían quitado. Por lo general, alguien en su lugar agradecería la intervención, no obstante, no era así. No por maleducada. Sólo levantó ambos paquetes y al identificar el suyo por detalles a los que nadie les prestaba atención, como el número de lote, estiró el sobrante al rubio perteneciente a la casa, nada más y nada menos, que de Salazar Slytherin— Ni siquiera con tu hechizo tiene coordinación —espetó no a manera de broma, sino de un modo serio. En ocasiones solía soltar ese tipo de trastadas no para hacerse la graciosa, más bien porque era lo primero que llegaba a la mente. Que sus pasos de baile no fueran prolijos, le provocaban cierta ansiedad. Y ni era bailarina.

¿Crees que también le cuente a su padre que intentó robarnos? —inquirió como si de verdad el brutazo aquél fuera a ir de chismoso—, porque me gustaría hablar con ese señor y decirle que tiene un delincuente en casa —a ella podían quitarle cualquier cosa, menos sus chicles favoritos. De ese día en más, traería entre ceja y oreja al malechor, así no le hiciera nada, ni reclamarle por sus actos.— ¿Te arrepentirás? —preguntó de nuevo y ya para rematar, pero es que le daba curiosidad que se lo hubiera asegurado cuando en él no se veía ni una pizca de remordimientos.
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Valarr Knutsen el Lun Ene 22, 2018 1:13 am

Las risas fueron cesando muy poco a poco entre la muchedumbre que le rodeaba. Valarr Knutsen mientras tanto seguía dándole vueltas a la razón que les había hecho estallar a todos en carcajadas. ¿Sería por el hechizo? Tan sólo había actuado por puro instinto, conjurando el primer encantamiento que le había venido a la mente. Y uno bastante básico y contraatacable, si el Gryffindor hubiese tenido reflejos como mago en vez de la latente soberbia y chulería que presumía ante todos.  ¿Acaso eso le había dejado en absoluta evidencia delante del resto de sus compañeros? El noruego no hubiese sabido decirlo con certeza.

Al igual que los demás muchachos presentes, él también iba a olvidar pronto el suceso y seguir su camino hasta la Casa de los Gritos. Pero entre tantos rostros irreconocibles con los que se cruzaba probablemente a diario una voz se dirigió a él. Lo cual ya era de por sí raro... ¿Quién hablaba con el chico raro de Slytherin? En cuatro años que llevaba conviviendo con alumnos de la escuela se había acostumbrado ya a recibir la misma interacción por parte de los demás a la que él, por naturaleza, les dedicaba. En ocasiones le hacían alguna pregunta en clase, saludos protocolarios de los profesores al cruzarse con ellos por los pasillos... ¿Pero acaso alguien solía hacer apreciaciones en voz alta a su alrededor en ese mismo tono que usaba él tan frecuentemente cuando parecía que estaba hablando solo?

Tomó de sus manos el paquete de Droobles, abriéndolo y llevándose un chicle a la boca y ladeando la cabeza, mientras observaba con cierta curiosidad a la albina. ¿Robarnos? ¿En qué momento se había convertido en un justiciero que salvaba a la damisela indefensa del malvado villano ladrón de chicles? Mascó y mascó, antes de hacer un globo con el chicle que terminaría explotando él mismo en cuestión de segundos. - Nunca la va a tener. - apreció a su primer comentario, como si fuese algo rematadamente obvio. Se dio cuenta entonces de que ella también tenía un paquete de goma de mascar idéntico al suyo... ¡CLARO! Por eso hablaba de un robo en plural... - Mi pidri si intirirí. - imitó al Gryffindor, en tono burlón. - ¿Se enterará de que ahora su hijo baila sobre la nieve? - preguntó, dándole la vuelta a la cuestión que acababa de plantearle la niña a la que parecía haber salvado del abusón de quinto, Marcus Blake.

Sin más, se dispuso a darle la espalda. Mucho se estaba demorando en esa improvisada visita a Honeydukes que en principio era tan sólo una breve parada hasta su camino a la Casa de los Gritos. ¿Qué acaso le estaba esperando algún plan apasionantemente entretenido allí? Pues la verdad era que no, pero Valarr Knutsen era alguien realmente meticuloso con los planes y detestaba, sobre muchas otras cosas, perder el tiempo. Sin embargo, la joven no había terminado con su particular ronda de preguntas. - ¿Arrepentirme? - otra vez más, respondió con otra pregunta. - ¿De conservar mis Droobles? - siguió mascando, haciendo otra burbujita. Levantó los hombros, como si no encontrase lógica alguna a la última cuestión que le había planteado.

En esa ocasión sí, dio media vuelta en dirección al fin a su ansiado destino. No más abusones en su camino, la gente con la que se cruzaba tomaba dirección a las Tres Escobas... Genial. Al fin alcanzaría la paz que buscaba sin ser en absoluto consciente de que no era la única persona que había dirigido sus pasos en aquella dirección.
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