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Time for honesty // {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Abr 21, 2018 11:19 pm

Time for honesty // {Carol, Sam & Gwen} 2iag0fl
Martes 24 de abril, 2018 || Vivienda de Caroline Shepard y Sam J. Lehmann || 22:15 horas || Mi ropa (Un poquito más chamuscada)

Sam y yo nos aparecimos, torpemente sujetas la una del brazo de la otra y a punto de caernos al suelo de culo, en el mismo escalón de entrada de la vivienda de Caroline, lugar que Sam había convertido en su hogar en los últimos meses. La calle estaba desierta y tranquila, demos gracias, pues mi intención a la hora de desaparecernos no era, ni mucho menos, aparecer en la calle, si no dentro del apartamento. Bueno... un error de cálculo, ¿de acuerdo? No me culpéis, tengo quemaduras hasta en el trasero... Aquello no era mentira, ni una exageración: una de las lenguas de fuego de aquellos bichos me había alcanzado en la nalga izquierda y la sensación no era, ni por asomo, agradable.

—¡Maldición!—Dije, soltando el brazo de Sam cuando tuve claro que ninguna de las dos iba a caerse de culo al suelo para a continuación examinar un largo agujero con los bordes quemados que tenía en la manga izquierda de mi blusa. A través de este pude ver una dolorsa y larga quemadura en forma de lengua. ¡Quemaduras! ¿No podía ser otra cosa? Aquello dolía cómo el demonio mismo.—Lo siento, no quería aparecerme aquí mismo. Creo que no pienso con claridad por culpa de todo esto.—Definición gráfica de "esto": quemaduras en piernas, brazos, manos, cara... hasta un poco de pelo me habían chamuscado. Algunas eran más grandes, otras pequeñas, pero la sensación general era la misma: esto es un asco, y duele mucho.—¿Estás bien? Uno de esos bichos casi te da en la cara...

Mi expresión de fastidio y dolor mudó a una de genuina preocupación. Mi cara estaba bien, salvo por algunas motitas pardas, pequeñas quemaduras producto de las chispas que me habían saltado. Sin embargo, uno de aquellos bichos le había lanzado a Sam una llamarada directa a la cara, y no había tenido tiempo de comprobar el efecto de aquella llamarada...


Minutos antes...

Siguiendo algo de información acerca de Grulla, Sam y yo habíamos acudido juntas a uno de estos "puntos calientes", uno de estos negocios repartidos por toda la ciudad que en teoría funcionaban cómo tapadera para dar cobijo a fugitivos. Era uno de los "puntos azules" en el mapa, un lugar que la Orden del Fénix garantizaba cómo seguro... y había probado tener de seguro lo mismo que un dragón atado al lado de un montón de tanques de gasolina.
Lo peor de todo es que aquella definición no era muy distinta de lo que nos encontramos en la trastienda de aquel sitio.
Había sugerido a Sam que nos presentásemos cómo Mulder y Scully, agentes de la MACUSA—me pareció muy arriesgado presentarnos cómo agentes del Ministerio de Magia Británico, la verdad—y si bien lo pintoresco de nuestros apellidos falsos habría hecho levantar la ceja a más de un muggle, con el mago que regentaba el local no despertamos ninguna alarma.
Una vez allí, pusimos en práctica el típico numerito de Poli bueno, poli malo: Sam asumió el del poli bueno en esta ocasión, y a mí me tocó ser el poli malo. ¿Y os digo una cosa? El tema podría haber salido mucho mejor. Y es que al parecer al buen señor que regentaba aquella especie de hostal mágico no le caían muy bien los americanos. Al saber de nuestras intenciones de registrar aquel sitio, dio igual que Sam adoptase una actitud conciliadora o que yo fuese un poco menos simpática; el tipo acabó dando un golpe sobre el mostrador de recepción, exigiéndonos que saliésemos por la puerta o "las cosas se pondrían feas".
Nuestra insistencia desembocó en una clara amenaza: el tipo dijo que iba a buscar su varita—atiné a preguntarme por qué no la llevaba directamente encima—y salió de recepción por la puerta que había tras el mostrador. Cuando estuvimos solas, me atreví a preguntarle a Sam en voz baja.

—¿Tú qué opinas? ¿Te da buena espina? Quiero decir, si nos presentásemos cómo aliados de los fugitivos, quizás...—Pero ni siquiera llegué a esperar respuesta de Sam, porque un curioso sonido llamó mi atención procedente de otra puerta que había en la estancia. En concreto, esta puerta se encontraba bajo las escaleras que conducían al piso superior.

¿Qué había allí? Porque, evidentemente, fui a echar un vistazo. Pues os voy a responder: un armario que contenía única y exclusivamente una maleta. ¡Una maleta! Y nosotras estábamos buscando una maleta. Por lo que, con una sonrisa triunfante—y tras colocarme los mitones mágicos en las manos, por supuesto, pues la seguridad primaba—manipulé los cierres de la maleta, abriéndola.
¿Y sabéis eso de que no debe venderse la piel del oso antes de cazarlo? Pues... bueno, yo no seguí ese consejo, y canté victoria antes de tiempo.

—¡Equipo Samdoline uno, equipo Grulla ce...!—Exclamé, pero no llegué a terminar la frase. En ese momento estalló el infierno, literalmente. Y es que la maleta era cómo aquella de la que Kant había salido la noche en que Sam y yo le habíamos hecho frente, pero... no contenía a ninguna Savannah. Lo que sí contenía era un montón de cangrejos de fuego, que salieron disparados en manada de aquella maleta.

¿Por qué digo que se desató el infierno? Bueno, imaginaos la situación: decenas y decenas de criaturas que parecían una combinación entre tortugas y cangrejos, con caparazones llenos de piedras preciosas, salieron de la maleta y empezaron a recorrer el vestíbulo del hostal. Y a asustarse. ¿Y qué ocurre cuándo estas criaturas se asustan? ¿Se meten dentro de sus enjoyados caparazones y esperan la muerte? No: empiezan a lanzar llamas por sus colas. Así que... imaginaos el resto.
En lo que Sam y yo luchábamos por protegernos de alguna manera de las llamaradas de aquellas criaturas, el dueño del local llegó y se encontró con el percal. Y se enfadó, por supuesto. Le vi agitar la varita por el rabillo del ojo, al grito de "¡MALDITA MACUSA, MALDITOS YANQUEES!" y supe que iba a empezar a lanzarnos hechizos cómo si no hubiese un mañana.
Así que, con varias quemaduras encima ya, y tras contemplar que uno de aquellos cangrejos le lanzaba una llamarada peligrosamente cerca de la cara a Sam, hice lo único que se me ocurrió: la agarré de un brazo y, antes de que el hombre tuviese tiempo de maldecirnos, me desaparecí de aquel local y...


Ahora...

...y allí estábamos. Cubiertas de quemaduras de primer y segundo grado—finalmente, me había decidido a empezar a estudiar medimagia por mi cuenta, y ya no me refería a las quemaduras cómo "quemaduras feas, quemaduras menos feas y quemaduras muy feas", cómo antes—y con un sentimiento de derrota general, de pie en el escalón de entrada.

—Lo siento, eso ha sido culpa mía... ¿Estás bien?—Volví a preguntar, pidiendo disculpas de verdad pues me sentía culpable de lo ocurrido. Aparté algunos mechones de pelo de su cara con mi mano para comprobar el estado de esta.—Y siento haberme aparecido aquí fuera. ¿Te duele mucho?

Si le dolía tanto cómo a mí... seguro que le dolía, ya no mucho, pero sí bastante. Temía sentarme, con semejante quemadura en la nalga izquierda. También empezaba a preguntarme cómo demonios iba a atenderme aquella quemadura yo sola, pues no entraba en mis planes dejar que nadie viese mi culo desnudo... especialmente Sam. Desde el incidente "casi beso fortuito", había empezado a cuidarme mucho más de lo que hacía delante de ella. No quería que se repitiese algo tan incómodo...


Off: Hago una pequeña descripción de lo ocurrido, y no describo las quemaduras sufridas por Sam. Lo dejo a decisión de ella, igual que si quiere añadir algo a la descripción del suceso. ¡Espero que os guste!


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Mayo 10, 2018 2:23 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Abr 26, 2018 1:07 am

Mal sitio para aparecerse, sin duda alguna, pero no le iba a reprochar en absoluto nada porque a saber a qué lugar las hubiera llevado Sam si hubiera estado en su mano la decisión de irse de allí. ¿He dicho ya que eso de pensar bajo presión se le da ciertamente mal? Pues sí, porque se encontraron con cangrejos de fuego y tampoco tenía muy claro qué hacer frente a ellos. Es decir, cangrejos de fuego. ¡Cangrejos de fuego! ¡Eso se da en segundo de Hogwarts! ¿Cómo esperaba cualquier ser humano no especializado en magizoología que una persona sepa como vencer a esos bichos asquerosos tremendamente aleatorios a los que, con absoluta seguridad, seguro que no te encontrabas en tu vida? ¡No, no se podía! ¡Eran Ravenclaw, no Wikipedia! Y claro, lo que una menos se espera es que 'el problema' sea un maldito cangrejo de fuego. O sea, es que piénsalo: vas a buscar información sobre una cazarrecompensas y te encuentras en un sitio cerrado a montones de cangrejos de fuego. Hasta es más probable encontrarte con un maldito basilisco. O un centauro. O un vampiro hambriento. Un hombre lobo amarrado. Hasta un político no corrupto es más fácil de encontrar. ¿Pero un cangrejo de fuego? ¿A quién le importan los cangrejos de fuego?

De verdad, la confusión le ganó por completo.

Y el fuego, claro.

Nada más aparecerse en la puerta de la casa, se asomó por la ventana para mirarse la cara. ¡Y madre mía, sí que le había alcanzado! En general pasó 'desapercibida' ante el fuego de aquellos cangrejos, recibiendo una llamarada en la pierna y poco más, ya que la ropa había amortiguado bastante y no era para nada tan preocupante. Eso sí, antes de desaparecerse, una llamara fue directa a su cara y si bien le dio tiempo de llevarse las manos al rostro por puro instinto de supervivencia, la llamarada quemó el dorso de sus manos y sus brazos y lo poco que traspasó por los lados quemó parte del lateral de su cara, bajando por su cuello, además de las puntas del pelo.

Gwen le apartó el pelo para mirar la herida, a lo que Sam la miró preocupada, ya que en el cristal de la ventana no es que se viese bien especialmente y el viento sólo hacía que el escozor pareciese bastante más de lo que probablemente era. — —respondió. —¿Tú cómo lo ves? ¿Está muy mal? —También es que era una quemadura y la brisa del ambiente no es que ayudase precisamente a que se calmase el dolor. —Y no ha sido culpa tuya, ¿tú estás bien? —le devolvió la pregunta, preocupándose por su amiga.

Miró a ambos lados al tomar en cuenta de en donde estaban y con la varita que todavía tenía en la mano, abrió rápidamente la puerta de la entrada para—obviamente—entrar al interior. Eso sí, no avanzaron demasiado, ya que nada más cerrar la puerta detrás de ella, no solo vinieron al ataque Don Cerdito y Lenteja—pues Don Gato yacía sobre la mesa del comedor, como si supiese la que se iba a armar en unos segundos— acercarse a ellas con felicidad para saludarlas, sino que Sam pudo escuchar como unos pasos caminaban hacia ellas por el pasillo.

Y sólo podía ser una persona. Y como esa persona las viese en ese estado se iba a enfadar mucho. Se enfadaría por meterse en esos fregados sin ellas y, encima, recalcaría que con ella a su lado seguramente no hubieran tenido problemas con esos malditos y aleatorios cangrejos de fuego. Y en eso tendría toda la razón. ¿Lo peor? Sam odiaba decepcionar a sus seres queridos, sobre todo a Caroline después de todo lo que había hecho por ella, por lo que esperaba fervientemente que ese enfado que Sam veía que se venía encima no fuese para tanto. Miró a Gwen con cara de misión imposible: —¡Busca un escondite! —Le susurró, buscando ella también uno.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Jue Mayo 10, 2018 3:18 am

Por momentos como ese es que había dejado de tener relojes en su dormitorio. Odiaba esa sensación de estar tan atenta a el que,  hasta podrías asegurar que escuchas el tic-tac del segundero. Como pequeños martillos diciendote "avanzo, sigo avanzando". Suspiró y desvió su mirada para clavarla en la ventana. Quien la mirase podría inferir que no se encontraba precisamente en ese lugar, no se encontraba realmente viendo el hermoso florecer que habían tenido los cerezos de la vecina por el venir de la primavera. No, no estaba allí. Su pensar se encontraba muy lejos, en mil partes a la vez y viajando de un lugar a otro voraginamente.

Pestañeó un par de veces y se levantó de la cama, cuando sus pies tocaron el helado suelo elevó su brazos para estirar su columna que no tardó en sonar.- Ouch.- susurró bajito con el ceño fruncido. Estaba molida, había tenido un comienzo de semana difícil. Entre el alza de tráficos de criaturas en el mundo mágico, y las constantes invasiones de gnomos en el mundo muggle se encontraba a tope, y ni siquiera quería ponerse a pensar en toda la papelería que tenía amontonada en su escritorio. No, no, ahí sí que se ponía de malas.

Se dirigió a su armario a paso pesado, y sacó de uno de los cajones un par de calcetines. Es que se encontraba en ese periodo del año en que andabas con tu pijama primaveral (una polera más un shorcito de color violeta) y bien, todo bien hasta que tus pies a cierta hora se empezaban a congelar. El sol se iba para otras tierras y el viento venía y te recordaba que aún no era verano. Y ahí estaba ella, poniéndose sus calcetines rojos de polar, y ronroneado al sentir el calor invadir sus pies.

Miró una vez más el reloj. Aún era temprano, y de seguro su adorable Sam había quedado con Gwen o se encontraba por ahí, quizás haciendo qué pero bien ¿no? Y no es que  cada vez que sale de casa corre peligro  ¿verdad? O sea, no. No tendría que ser así, no. ¿Verdad?

No, no, no. Ella está bien,  es temprano. Se dijo mentalmente y se tranquilizó pensando en que recién se había ido la luz del día. Y la noche, esa hora dónde los lobos tienden a salir aún no llegaba. No había de qué preocuparse.

Todo está bien, se repitió. - Quiero algo dulce...- susurró dirigiéndose a la cocina con un objetivo claro.


[2 hrs. después]

- No lamas eso, lenteja.- exclamó en cuanto vió a -la ya no tan pequeña- perrita acercarse con un claro objetivo a la cassata de helado de chocolate. Porque sí, se la había acabado. Sola ,  ¿Y saben por qué?  porque han pasado dos horas desde que había tenido ese arrebato de algo dulce. Y no sólo se había comido eso, no señoras y señores. Habían caído también las galletas de manjar, y el jugo en caja de naranja.

Ansiedad, eso sentía. Y rabia,  un poquito. O quizás mejor decirle frustración, o miedo. Sí, también miedo, mucho. Odiaba sentirse así. Odiaba pensar en cosas trágicas cuando ella se empeñaba siempre en ver el lado más positivo de las cosas. Pero realmente le costaba ver las cosas positivamente si es que su mejor amiga, que por cierto era una fugitiva en el mundo mágico, no ha dado señales de vida desde las diez de la mañana que le envió un escueto pero tan adorable " pig ".

Y bien, tampoco es que ella tuviera el deber de avisar...frunció el ceño. ES QUE SABES QUE SÍ, SI QUE TIENE EL DEBER DE gritó una voz en su interior, resopló y de mala gana se llevó la última galleta de manjar a la boca. Se levantó de su cama y fue en busca de Lenteja que como una mona porfiada, olfateaba toda la pieza en busca de algo que llenara su pequeño pero insaciable estomago.

- ¿Dónde, guapa? ¿eh? Dime. ¿Dónde es que esta nuestra adorable Sam?.- Lenteja clavó su mirada en ella, sonrió. Los ojitos de su mascota brillaban como si se encontrara examinando su estado, y pensando si era el momento de tener que hacer alguna gracia o ir de lleno a lengüetear el rostro de una de sus queridas dueñas. Pero no alcanzó a hacer ni lo uno ni lo otoa ya que una de sus orejas se levantó al escuchar un ruido en el exterior.  Caroline emitió el accionar del animal y le prestó mayor atención a su audición.

Sam había llegado.  Y para corroborar sus sospechas, Lenteja hizo unos movimientos frenéticos en su pecho. Como si de pronto una gran felicidad le inundara por dentro y si no corría en busca de ella ahora ya, iba a explotar.  Casi se llega a ir de bruces de los rápido que saltó de su cama para desaparecer por el pasillo. Se la podía hasta imaginar con la lengua afuera, ojos brillantes y moviendo la cola de aquí para allá. Junto a Donde Cerdito, claro está.

Hizo una mueca, y pensó que quizás sólo estaba exagerando. Quizás sólo estaba muy sensible por que le ha tocado mucho trabajo, quizás simplemente Sam se fue de parranda por ahí pero viene toda feliz y bien. Y ya, ya esta. Inspiró profundamente y esbozó una sonrisa para caminar a su encuentro.

- ¡Busca un escondite!

Frunció el ceño al escuchar aquello pero divertida, sin saber aún lo que se encontraría al llegar al living de su hogar.- ¿Sam?.- preguntó entre pequeñas risas que crecieron cuando su mirada se fijó en el penoso escondite que había pillado su amiga. - Te veo detrás de ese macetero S...- detuvo en seco su decir y frunció el ceño. En menos de un pestañear ya se encontraba a su lado y le tomó uno de sus brazos. Oh...es que esas quemaduras ella las reconocía muy bien, hasta de lejos.- ¿Qué estabas haciendo junto a cangrejos de fuego?.- pregunto seria, de rostro neutro. Mientras comenzaba a examinarla de pies a cabeza rápidamente.- Tenían mucho miedo para atacar así...- susurró bajito y con el ceño fruncido marcadisimo.- ¿Dónde estabas, Sam?¿Sabes que estas criaturas están en peligro de extinción, verdad? Es ilegal su uso y menos de esa...es...- y muy de a poquito comenzó a perder su neutralidad y su rostro comenzó a ganar color y temperatura.- ¿Dónde estabas? ¿Tú lo has atacado o ellos lo hicieron primero? ¿Quién los tenía? ¿Tienes más de estas? ¿Te duele? ¿Les hiciste daño? ¿Te hicieron daño?....- ataque de preguntas, miles. Una tras otra...y, de nuevo el enojo.-  ¡Joder, Sam! No te costaba nada avisar dónde cojones te encontrabas.  Me tenías preocupada. Y mucho y tu vas y llegas así. Llena de marcas de criaturas mágicas que son de especial cuidado y con tan sólo ver como te han atacado quiere decir que están en un mal estado y con un pésimo dueño/a....- verborreando, así se encontraba la pelirroja. Hablando sin parar, sacando todo hasta que de pronto escuchó una ruido en su espalda, giró y se encontró con la castaña cabellera de Gwen.

- ¿Gwen? ¿Tú también? ¿Es que ninguna sabe mandar un puñetero mensaje por whatsapp?.- gruño rodeando los ojos.

Y boom. La bomba explotó.
Caroline Shepard
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 10, 2018 2:21 pm

Lo que menos esperaba encontrarme en aquel lugar era lo que parecía ser un alijo de cangrejos de fuego, unas criaturas que si bien no solían ser peligrosas—siempre y cuando se las dejase tranquilas—tenían la capacidad de lanzar chorros de fuego a través de sus colas. La maleta que abrí de manera imprudente, pensando de manera errónea que se trataba de la misma que vimos Sam y yo en la casa de Ulises Kant, debía servir cómo almacén para las criaturas mágicas en cuestión. Me había informado un poco y por lo visto, las piedras preciosas de sus caparazones eran muy codiciadas.
Y ahora me sentía mal. Vale, ninguna de las dos había sufrido quemaduras demasiado graves, pero juro que cuando aquella llamarada estuvo a punto de alcanzar a Sam en toda la cara, casi me da un infarto. Por suerte, cómo pude comprobar cuando ya estábamos a salvo frente a la puerta de su casa, había logrado cubrirse a tiempo. Apenas tenía la piel un poco enrojecida.

—No es mucho, una pomada para quemaduras, y estarás cómo nueva.—Intenté forzar una sonrisa, pero no pude hacerla demasiado convincente; ya fuese rasguño, ya fuese una pierna rota, no me gustaba que Sam sufriese daños.—Yo estoy bien, solo me duelen las quemaduras... y la dignidad.—Porque, las cosas cómo son, huir de esa manera no era demasiado digno, que digamos.

Mientras Sam abría la puerta principal, yo seguía lamentándome el silencio por lo mucho que me dolían las quemaduras que tenía repartidas por brazos, piernas y trasero. Esa era casi la peor, y de hecho, me encontré a mí misma teniendo que luchar contra el impulso de tocar esa maldita quemadura. Cómo si ponerle los dedos encima fuese a solucionar en algo el dolor y el escozor.
Una vez dentro, se escuchó el estruendo de la estampida de los animales que Sam y Caroline tenían a su cuidado. Tal y cómo sonaba, parecía que una manada entera de rinocerontes viniese en nuestra dirección, y eso es lo curioso de los animales: son capaces de ser sigilosos cuando quieren... y hacer parecer que cada uno de ellos cuenta por ocho cuando les apetece.
Quienes llegaron fueron Lenteja, la perrita que Caroline y Sam habían adoptado con motivo del cumpleaños de la segunda, y Don Cerdito. Ambos nos colmaron de cariño, pero la atención de Sam pronto se vio desviada: se escuchaban pasos en el pasillo, y todo apuntaba a que se trataba de Caroline.

—¡¿Qué me esconda?! ¡Pero eso...!—Eso parece un plan de comedia absurda de los noventa, quise decir, recordando películas cómo Solo en casa. ¿Pero sabéis lo peor de todo? Que pese a lo absurdo que me parecía... allí estaba yo, buscando un escondite. ¿Y dónde me escondí? Pues, claramente, debajo de la mesa sobre la que dormía Don Gato. Bueno, dormía hasta que entramos, y en el momento en que me metí bajo su "cama", asomó por el borde para mirarme con curiosidad.—¡No lo digas! Ya lo sé...—Susurré al gato, aunque no tengo muy claro qué iba a poder decirme Don Gato, sinceramente.

Sam había escogido cómo escondite un macetero, pero su escondite fue descubierto en seguida. Bueno, tampoco es que pudiésemos escondernos para siempre, ¿no? Escuché la voz de Caroline descubriendo a Sam, y no parecía demasiado contenta. Cerré los ojos y apreté los labios, valorando la posibilidad de desaparecerme de allí... Me avergüenzo de mi cobardía en ese momento, que si bien solo duró un segundo, ahí estuvo.
Por lo que al final, opté por salir, por dejarme ver. Caroline estaba demasiado ocupada echándole a Sam un sermón muy merecido, reconociendo al momento las quemaduras provocadas por los cangrejos de fuego, y por muchas ganas que tuviese de salir en defensa de mi mejor amiga, hubo una cosa que me lo impidió.
En navidades, concretamente el día veintiocho de diciembre, Sam sufrió un ataque brutal a manos de los hermanos Vladimir y Zed Crowley, del cual posiblemente no habría salido con vida de no ser por la ayuda de Charlie—a quién había agradecido esta ayuda a Sam no solo sacándola del Ministerio cuando asesinó por accidente a alguien, si no con un abrazo—y Caroline fue quién la vio en el lamentable estado en el que llegó. Sam había pasado semanas convaleciente, casi sin salir de la cama y con problemas para moverse. En su momento yo no tenía ni idea de aquello—creía que simplemente estaba enferma, con algún tipo de virus extremadamente contagioso que me impedía ir a visitarla—y me limité a hablar con ella por Whatsapp, compartir vídeos de animales del Facebook con ella, contarle chistes malos, hasta enviarle una selfie con una mascarilla antigás de broma que había comprado en una tienda china y asegurándole que iba a ir a verla sin importarme el riesgo de contagio. Sam me había contado después, cuando supe la verdad, que aquellas cosas y los cuidados de Caroline la ayudaron a salir un poco del trauma en que había acabado después de aquel episodio.
Pero ahí estaba la clave: Caroline. Caroline había experimentado todo aquello de primera mano, había visto lo que esos dos salvajes le habían hecho a Sam, había estado con ella cuando Sam por fin se atrevió a intentar salir de la cama para ayudarla a dar pasitos de bebé, para cuidarla... y me parecía perfectamente normal que se enfadase. Porque su enfado era fruto de una sincera preocupación.
Así que cuando Caroline reparó en mí también, no la contradije. En su lugar bajé la mirada, y me olvidé de lo mucho que me dolían las quemaduras por primera vez desde que las había recibido.

—Lo siento, Caroline.—Empecé diciendo.—No te enfades con ella, no ha sido culpa suya.—Recordé otra cosa que Sam me había pedido: que bajo ningún concepto le contase a Caroline lo de Ulises Kant y Grulla. Que no quería meterla en más problemas.—Sé que no debería habérselo pedido a ella, debería haber acudido a ti. Es que me enteré por un chivatazo en el Ministerio de una red de tráfico ilegal de criaturas mágicas y...

¿Y podéis imaginaros lo miserable que me sentí por contarle esa mentira? Por no mencionar el hecho de que me estaba pintando de irresponsable, por haber metido a Sam en un asunto en el que no tenía ningún tipo de experiencia. Pero me negaba a desvelar la verdad. Porque le había hecho una promesa a Sam, y no iba a romperla...


Última edición por Gwendoline Edevane el Vie Mayo 11, 2018 1:46 pm, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Vie Mayo 11, 2018 4:20 am

No fue hasta que llegó, que supo que la había cagado. Fue en ese momento cuando recordó la última vez que le había contestado en WhatsApp y... había sido hace mucho tiempo, por no contar que encima había tenido que hacer un turno extra porque Santi se había puesto malo y que llevaba prácticamente todo el día fuera. ¡Y no le había avisado de nada! Para colmo pilló al segundo que las quemaduras habían sido de cangrejos de fuego, por lo que 'adornar' esa parte o al menos introducirla con un poquito de vaselina había quedado totalmente descartada... Comenzó a echarle una bronca que se merecía totalmente, a lo que Sam la observó, cabizbaja. Ella sabía que había hecho mal muchas cosas: primero no avisarla de lo de hoy y segundo ocultarle información de lo que se traía entre manos. Y algo le decía que eso la iba a enfadar mucho más. —Ya... ya lo sé, lo siento mucho Caroline, sé que lo he hecho mal... —Se disculpó, arrepentida. Odiaba intentar hacer las cosas bien y que luego sólo saliesen mal. ¿No iba a aprender que mintiendo nada va a salir bien nunca?

Y es que, después de todo lo que Caroline había hecho por ella, había actuado mal. Era normal que se preocupase, sobre todo por la falta de comunicación por parte de Sam cuando ha pasado más tiempo del normal fuera de casa. Y no es paranoia, ni tampoco exceso de protección, pues la última vez que la rubia había desaparecido durante tanto tiempo sin dar señales de vida, podría haber perdido literalmente su vida y Caroline directamente no saber nada de ella nunca más. Pasó semanas en cama después de lo de los hermanos Crowley, cargada de heridas, con falta de ánimos y con ganas de arrancarse la piel a tiras, ¿y quién le cuidó como nunca? Caroline. Y ahora venía Sam a hacerle pasar otro mal trago, después del historial que nuestra querida legeremante traía en sus espaldas en dónde sólo le pasaban desgracias.

Y aún recordaba la peor. Ese día en dónde recibió la peor paliza de su vida. Sólo recordaba dos cosas: quedarse dormida en aquel hotel infernal y despertar en casa, viendo la sonrisa de alegría de su amiga al verla despierta dos días después. No quería ni imaginarse por lo que habría tenido que pasar, tratando a su amiga convaleciente sin saber cuándo va a abrir los ojos, si mejorará o siquiera si tendrá más daños de lo que aparentaba tener. Sólo tenía una versión de los hechos muy pobre y dicha por una vampiresa que no tenía ni idea de nada, además de la imagen de Sam, en la cama de aquel hotel, inconsciente y temblando de fiebre. Caroline la había llevado a casa y, al ver que aquello escapaba de sus posibilidades, hasta contactó con uno de sus amigos japoneses para que le ayudase. Y luego sólo la cuidó, la cuidó y la siguió cuidando. Y le estaba infinitamente agradecida por todo lo que hizo por ella para sacarla, de nuevo, de la mierda en la que la habían enterrado los Crowley. Por eso ahora mismo se sentía tan mal, por haberla preocupado y enfadado innecesariamente cuando ella siempre había dado todo y más por ella. No le gustaba hacer pasar por eso a sus seres queridos, al final era ella misma quién peor se sentía por sus propias acciones.

Contestó un poco lo que pudo contestar. —Estoy bien... Ellos atacaron primero y... lo siento, sé que debí de haberte avisado. Me olvidé por completo, en serio, es que... —No iba a poner excusas porque no se las merecía, al final eran solo excusas. Nada le hubiera costado a Sam coger el teléfono y poner un sencillo: "estoy bien" adornado con sus cariños extras.

Pero por suerte—o desgracia—fue cuando vio a Gwen y reparó en ella, metiéndola también en el saco de la culpa. Que a ver, Gwen no tenía por qué dar parte de en dónde se encontraba y en realidad Sam tampoco, pero claro... tal y como estaba la cosa, hasta la propia Sam quería saber que todo siempre le iba bien a todas, sobre todo cuando no estaba con ellas. Y la entendía perfectamente. Vamos que si la entendía... Y miró a Gwen cuando mintió por ella, evitando nombrar a Kant y Grulla, pero la verdad es que se sintió fatal sólo de escucharla, porque sabía que lo había hecho porque Sam se lo había pedido. Y no, Caroline había hecho mucho por ella como para estar mintiéndole, de nuevo, en la cara. No era justo. Ya bastante se había extendido la mentira como para encima seguir haciéndolo. —En realidad... —Y se mojó los labios, mirando a Gwen con cara de "se lo voy a decir" y girándose hacia Caroline. —No es exactamente eso...

Y ya Caroline debía de saber, por cómo estaba actuando Sam, que algo iba a estallar en muy poco tiempo. Suspiró antes de empezar a hablar. —Hace tiempo, antes de que pasara todo lo que pasó en fin de año y eso... Me avisaron de que dos cazarrecompensas habían ido a los mismos sitios que yo, preguntando por mí, a muy poco tiempo de que yo estuviera. Y me asusté, porque si me seguían los pasos de tan cerca no sería difícil ni dar conmigo y, con ello, contigo. Y después de lo que hiciste por mí... —Asumía que sabría deducir que se trataba de lo de Sebastian Crowley—, no quería volver a meterte en nada de esto. Ni ponerte en peligro, ni nada... Y fue cuando le pedí ayuda a ella... —Miró a Gwen. —A ver si podía conseguir INFORMACIÓN —hizo especial hincapié en esa palabra—sobre ellos para poder encargarme de ellos a mi manera, pero los subestimé y... al final se terminó involucrando más de lo que me hubiera gustado. —Aunque ahora ya tuviera otra filosofía al respecto de la que hubiesen hablado. Pelear solas ya no era una opción. —¡Y lo siento, ¿vale?! ¡Pero espera, déjame terminar! —dijo, antes de que estallase. Y lo peor de todo es que ya veía venir el enfado de su amiga. —Los cangrejos nos los encontramos sin querer, en una habitación, al abrir lo que parecía una trampa muy evidente que no vimos a tiempo. Estábamos buscando información sobre uno de los cazarrecompensas y... bueno, pasó esto. —Elevó una de sus manos, la que tenía la mayor parte de las quemaduras que aún le ardían y que, por suerte, había recibido todo el daño en vez de su rostro.  —Te prometo que no nos hemos metido en más líos y que lo hacemos con cuidado, es solo que... —¿Que qué, Sam? ¿Que qué...?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Mar Mayo 22, 2018 6:25 am

Muy pocas veces en la vida Caroline había sentido realmente miedo, y más que por poseer el coraje tan característico de los Gryffindor que los hacía ser unos osados por la vida, era más bien porque desde pequeña lograba discernir muy bien cuáles eran las ocasiones dignas de dejar que ese sentimiento le dominara. Y en su mayoría, siempre lograba que esa emoción que a veces invadía el cuerpo paralizandolo, se convirtiera en ella en acción. Es que no era de las que se escondía debajo de las sábanas cuando escuchaba un ruido extraño en su habitación, sino más bien era de las que levantaba y a oscuras tanteaba en busca de lo que producía ese sonido.

Pero con Sam era diferente.  Porque era ella quién estaba en peligro, era ella quién tendría que batirse en contra de lo que se encontrará en la habitación a oscuras. Y era ella quien no regresaba a casa, quien no le había mandado ninguna señal y que hace tan solo unos meses atrás la había tenido que ir a buscar en medio de la nada, encontrandola profundamente dañada por un ataque sorpresa de los  hermanos Crowley. Y volver a vivir eso le producía un miedo terrible, y más aún siquiera pensar en perderla.

Por lo que cuando la vió allí nuevamente herida, y fue a su lado como acto reflejo encontrándose con quemadoras de cangrejos de fuego todo ese miedo se convirtió en rabia y frustración, por igual. En ese momento se volvió en una contradicción andante. Por lo que atacaba a la rubia con preguntas que oscilaban entre un regaño y una preocupación de que nuevamente haya sido agarrada desprevenida. Pero solo le basto con ver el rostro de culpa que poseía su amiga como para deducir que en esta oportunidad ella conscientemente se había metido en aquello.  Pero no fue hasta que escuchó ese "...Lo olvidé por completo" por parte de su amiga que esa disyuntiva llegó a su fin.

Gwen solo distrajo su enojo por unos segundos, entrecerró sus ojos observándola detenidamente, viendo si realmente sus palabras lograrían calmar esa rabia que sentía dentro. Sam volvió a hablar y Carol desvió nuevamente su mirada a ella. Antes de ponerse a escuchar la excusa de su amiga desvió fugazmente sus ojos hacia Gwen, dirigiendole una mirada de hielo con tintes de decepción por haberle mentido. Podía llegar a comprender el motivo de por qué lo había dicho, pero no en ese preciso momento en que todo estaba ahí tan a flor de piel.

El rostro de Caroline se mantuvo neutro a todo momento, inexpresivo. Mientras la escuchaba pasaban muchas cosas en su cabeza, pero lejos la que más le dolía era el hecho de que Sam no hubiera confiado en ella, que ni siquiera le hubiera dado la oportunidad de un diálogo, en  que ella pudiera fundamentar, UNA VEZ MÁS por qué era necesario que contará con ella para esas cosas, y volverle a repetir que estaba allí para eso, para que nunca más estuviese sola frente a la tormenta desatada.

- ¿Qué?.- le interrumpió una Caroline que se encontraba a esa alturas de brazos cruzados y con rostro neutral. - ¿Justo en esta oportunidad las cosas se fueron de control? ¿Justo ese alguien qué buscaban les atacó por sorpresa? y justo se te olvidó avisarme porque dijiste: ¿Para qué hacerlo? ¿Para qué comentarselo a Carol si nosotras dos nos cuidamos tan bien? Tan bien que volvemos a casa a estas horas, con heridas de cangrejos de fuego.- dijo aún de rostro inexpresivo pero con un tono frío y sarcástico. - Creo que entendemos cosas muy distintas de lo que significa hacer las cosas con cuidado, Samantha.- sí, la pelirroja era consciente de que le había llamado por su nombre completo. Una niñería dirían algunos, pero es que realmente no le nacía llamarla con ningun diminutivo o apodo cariñoso.

Sacó su varita del bolsillo y de un >Accio< silencioso trajo hacia ella un pote con un contenido violeta en el. Se lo tendió a la rubia.- Deben colocar esta poción en las quemaduras, y encima  ponerse gasas mojadas. - sus palabras parecían como si estuviera hablando algo sin importancia, aunque en el fondo no era así simplemente no quería esta vez ceder y ayudarla en ello. Pero quien la conocía sabía que ese desinterés en su habla solo significaba  una cosa, que realmente estaba enojada, tanto así que ni pelear  quería y sin decir nada más tomó su abrigo y de un portazo salió de su casa para ir a cualquier lugar,  pero lejos de allí.

No alcanzó ni a dar tres zancadas cuando escuchó la puerta abrirse, frunció el ceño y se giró atacada. Es que acaso Sam ya ni siquiera recordaba lo mucho que odiaba que la interrumpieran cuando ella decía irse, se preguntó. Pero no fue a la rubia quien encontró en el umbral de la puerta sino a Gwen.- No.- la detuvo señalandola con el dedo antes de que decidiera hablar.- Ni se te ocurra seguir justificando esto,  Gwen. - Agregó de manera fría.- Y menos tú, porque sabes muy bien todo lo que he tenido que pasar hasta ahora, y no.... No me merezco esto ¿sabes? A estas alturas ella debería saber muy bien que lo mejor para mí, es algo que yo tengo que decidir. Estoy cansada , Gwen...- se le quebró la voz, como cuando algo te da rabia y pena por igual, con la misma intensidad.- ...Así que bien, me rindo. Hagan lo que se les dé la gana, pero no esperen que me quede aquí a que lleguen para sanarlas de quizás qué atrocidades. Porque entre un amigo que no me recuerda, una amiga que no confía en mí, y otra que cubre todas esas mentiras simplemente me cansé.- dijo para luego volver a girarse y pensar a qué lugar se iría para aparecerse en el. Mentía, claro está. Porque jamás se cansaría de Gwen, Henry ni muchos menos de Sam. Pero era la rabia y pena hablando por ella. Solo era como esa astilla en el  pie del oso que lo hace gruñir y destruir lo que se le cruzara, nublando todo a su paso.
Caroline Shepard
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 22, 2018 10:06 am

Observar a Caroline Shepard en aquel momento fue cómo observar el progreso de una tormenta: al principio, todo parecía tranquilidad, y quizás podrías percatarte de que algo ocurría se mirabas con mucha atención, pero a medida que iba pasando el tiempo, y que Sam se sinceraba por fin con ella, definitivamente podías ver que las cosas estaban escalando hacia algo malo. Y no digo que no la entendiese, porque la entendía, pero no estuve de acuerdo con la forma en que las cosas se desarrollaron a continuación. Y es que cada palabra que la pelirroja pronunció parecía un latigazo lanzado en dirección a Sam. No lo estás entendiendo, Caroline. Y no lo estás entendiendo simplemente porque no has estado dentro de su cabeza.
Permanecí en silencio, cruzándome de brazos en algún punto, y si bien a mí no me dijo absolutamente nada, no pude evitar preguntarme una cosa bastante sencilla: ¿Qué habría cambiado si Caroline estuviese allí, con nosotras? Porque antes de abrir aquella condenada maleta que confundí con la de Grulla, no teníamos forma alguna de saber que estaría llena de cangrejos de fuego. ¿Los habría identificado Caroline por la forma en que hacían ruido al golpear la tapa? Porque, por mucha experiencia que tuviese, dudaba que aquello fuese posible. ¿Y me habría podido evitar caer en el entusiasmo y lanzarme en dirección a la maleta? No, pues ni siquiera Sam había sido capaz de conseguir aquello. ¿Los cangrejos habrían dejado de lanzar llamas en todas direcciones, al verse libres y rodeados de humanos amenazadores? Posiblemente, no.
Aquellos breves cálculos me llevaron a una conclusión bastante sencilla: con o sin Caroline, allí estaríamos, de vuelta, llenas de quemaduras porque era imposible prever semejante cosa. Comprendía que se enfadase porque no la hubiesemos avisado—bueno, porque no la hubiese avisado Sam, pues en mi caso, mi único compromiso sería con Beatrice, que vivía en mi casa, y ella no hacía lo propio conmigo—pero, si ella tenía un instinto protector hacia Sam... bueno, no quiero empezar a comparar nuestros instintos protectores. Solo diré que yo también lo tengo.
Así que me quedé en silencio, y si bien había pasado por suficientes situaciones de estrés en mi vida cómo para responder a aquello con una calma gélida, no intenté intervenir en aquello. Apreté los labios, mirando en dirección a Don Gato, sobre la mesa, quién parecía curioso ante la situación que ocurría ante sus felinos ojos. Intercambió una mirada conmigo que pareció querer decir "¿Qué pasa, humana?", antes de volver a dedicar toda su atención a algo que tenía en la pata derecha delantera, la cual comenzó a lamer. Dulce y simple vida de los gatos, ya me gustaría vivirla a mí...
Y entonces, Caroline salió por la puerta. Aquello sí que me pilló por sorpresa. Mirando cómo estaba al gato, solo pude escucharla recorriendo el cuarto a zancadas, abriendo la puerta, y dando un portazo de esos que te hacen dar un respingo por lo inesperado de este. Me quedé mirando la puerta unos segundos con la boca entreabierta, y luego a Sam, cabizbaja y con una mirada de niña que se ha llevado una regañina por haber estado robando galletas del tarro de la cocina.

—Esto es ridículo.—Dije finalmente, provocando que Sam mirase en mi dirección, quizás sin comprender a qué venían aquellas palabras.

Caminé a zancadas en dirección a la puerta principal de la vivienda. No sé si Sam me dijo algo antes de salir, quizás sí o quizás no, pero daba igual: ya estaba cogiendo el pomo de la puerta, girándola, y abriéndola. Salí al exterior y tuve la suficiente calma cómo para no cerrar de un portazo tras de mí. Quién viese mi expresión facial en ese momento quizás creyese de manera errónea que estaba dispuesta a enzarzarme en una discusión con Caroline, que todo me daba igual porque me molestaba personalmente que mi mejor amiga estuviese ahí dentro, sintiéndose cómo una mierda cuando lo único que había querido hacer había sido proteger a la persona que no solo había cuidado de ella, si no que literalmente había matado por ella.
Pero no, no tenía intención de discutir. Caroline estaba de pie en la acera, posiblemente haciendo un gran esfuerzo para calmarse. De haber sido otras las circunstancias, aquello habría sido sumamente cómico: Caroline en pijama, yo hecha un asco, despeinada y con quemaduras. Las dos teníamos un aspecto penoso para estar en la calle a aquellas horas.
La pelirroja tenía cosas que decirme, y aunque a mi juicio las cosas que dijo fueron una forma de desahogarse y podía entenderla a la perfección, no iba a volver dentro. Porque había más cosas que necesitaba saber. Mencionó también a Henry, asunto que obvié por completo; para mí, el nuevo Henry Kerr no existía, y prefería pensar en él cómo en un ser querido muerto a ver en qué se había convertido. No iba a mencionarle, pues me daba igual en aquellos momentos. Las únicas que importaban eran Caroline y Sam.

—Me parece justo.—Dije al fin, con un tono de voz suave, asintiendo con la cabeza.—Pero quizás quieras escuchar lo que voy a decirte, porque es algo que ella no se atrevería a decirte. A mi juicio, también tienes que saberlo, pero sé que ella nunca te lo diría.—Descendí el escalón de entrada, sintiendo una punzada de dolor ardiente en la nalga izquierda. Dolor ardiente. Muy apropiado.—La noche en que los Crowley dieron con ella, cuando...—Las imágenes de todo aquello se manifestaron de nuevo en mi mente. Los recuerdos de Sam me trajeron a la mente el rostro de Zed Crowley, agradeciéndole a Sam la oportunidad de ponerse tan "creativo". Apreté los labios, y cerré los ojos, intentando contener una vez más las lágrimas. Funcionó a medias, pues una solitaria lágrima rodó por mi mejilla derecha.—...la cogieron, solo tenía a una persona en mente: tú. Sí, supongo que puede resultar difícil de creer, teniendo en cuenta lo que esos animales estaban haciéndole, pero así era.—Aquello era verdad a medias: Sam nos había tenido a todos en sus pensamientos, pero cuando creía que todo iba a terminar, que se acercaba su hora, solo había un rostro en su mente. Y ese rostro era el de ella.—En un momento dado, los Crowley amenazaron con ir a buscar a alguno de sus seres queridos. Viendo que ella no iba a delatarte por el asesinato de su hermano, por mucho que le hiciesen, llegaron a la conclusión de que aquella era la única manera...

Hice una pausa para ordenar mis ideas, para no empezar a soltar una verborrea incoherente a causa de las emociones que se agolpaban de repente y de nuevo dentro de mi cabeza. A pesar del dolor de las quemaduras, me senté en el escalón de entrada, y tomé aire para expulsarlo lentamente, antes de seguir hablando.

—Aquel día estuvieron a punto de ir a por ti. Y la idea de que llegasen a ti le dolía más que cualquier cosa que esos animales pudiesen hacerle.—Levanté la mirada y la fijé en Caroline; mi tono de voz seguía siendo suave, pues no creía que fuese normal ponerse a hablar de aquello a voz en grito en un vecindario muggle a aquellas horas de la noche.—Eres literalmente la única persona que ha matado por ella, que ha cruzado esa línea. Y si bien te quiere por ello de una manera que no empiezas ni a imaginarte, también ha tenido que cargar con ello. Y no ha sido bonito.—Era bien consciente de lo mal que Sam se sentía respecto a esto, del dolor que le causaba mirar a su amiga y recordar cómo había llegado a casa aquella vez, informándola de que Sebastian Crowley estaba muerto. ¡Y había tenido las narices de pedirle a Sam que no la odiase! Odiarte... Claro, cómo que eso es posible...—Por esa buena obra que hiciste, por salvarle la vida a la persona más importante de nuestras vidas—alcé una mano, señalando en dirección a la puerta cerrada—apareciste en el punto de mira de esos dos salvajes sin consideración por la vida de otro ser humano.

Volví a ponerme en pie, con mis quemaduras protestando de dolor, y me atreví a dar un par de pasos en dirección a Caroline, cruzándome de brazos. Me había puesto seria. No me gustaba ver a Caroline enfadada, pero no por ello iba a dejar de dar la cara por Sam. Sam era actualmente la persona más importante para mí, un rayo de luz en medio de aquella oscuridad en que vivíamos.

—Acudió a mí cuando ya era libre de Sebastian Crowley, y un par de semanas antes de que los salvajes de sus hermanos diesen con ella.—Proseguí. No sabía cuando había sido la última vez que había hablado tanto y tan seguido.—Habías matado a una persona por ella. Habías manchado tus manos de sangre por ella. No quería que ocurriese de nuevo. Para variar, quería ser ella quién te protegiese a ti de un problema que había llegado a su vida por su culpa. Y no es que no confíe en ti. Ni que yo no confíe en ti. Claramente no te conozco tanto cómo a ella, pero me has demostrado que puedo confiar en ti. Y si para ella ha significado tantísimo todo lo que has hecho... todo lo que has sacrificado para asegurar su seguridad... no quiero ni decirte lo mucho que ha significado para mí. Porque esa persona que está ahí dentro significa el mundo para mí.—Al decir esto último, se me quebró un poco la voz, y sentí cómo se me humedecían un poco los ojos. Con un respingo, me di cuenta de que estaba entrando en terreno muy pantanoso, que había expuesto más de mí de lo que quería exponer. Así que lo mejor sería ir acabando.—Siento haberte mentido, Caroline, puedes confiar en que mis palabras son sinceras. Pero nunca le voy a fallar.

Y dicho aquello, por fin bajé el brazo, que señalaba en dirección a la puerta, y aparté la mirada de Caroline, clavándola en el suelo. Demasiado tiempo había sido capaz de mantener la mirada fija en ella. Y demasiado me había sincerado. Había una pequeña parte de lo que había dicho que me arrepentía de haber dicho, pues dejaba a la vista una parte de mí que yo misma me estaba negando. Me di la vuelta y empecé a caminar de vuelta a la casa. Mi amiga necesitaba ayuda con sus quemaduras...
Gwendoline Edevane
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Caroline Shepard el Lun Jun 04, 2018 3:34 am

Cerró la puerta tras su espalda y caminó a paso decidido, no sabía hacía dónde exactamente ya que en ese preciso momento veía todo rojo, todo cubierto por una neblina que no le permitía ver con claridad, ni mucho menos accionar. Pero no le importaba, nada de eso. Ni siquiera que estuviera comportándose de manera infantil saliendo con tan solo su pijama bajo de su abrigo. Porque realmente quería mandar todo a la mierda, o ella irse a la mierda, por un rato que sea.

Pero escuchó la puerta abrirse y se giró atacada, porque Sam sabía perfectamente que cuando ella llegaba a ese punto de enojo lo mejor era dejarla sola, que después terminaba diciendo o haciendo cosas que se arrepentiría. Ella necesitaba su espacio para explotar lejos, de todo y todos a los cuales pudiera hacerle daño así.  Pero no, Gwen había ido a por ella, ni siquiera le dejó hablar porque tomó primero la palabra y le vomitó su sentir. Se giró nuevamente para ir a cualquier lugar que fuera lejos de ellas dos, pero la castaña siguió hablando. Y la pelirroja de mala gana se detuvo, no se giró, pero se quedó allí de brazos cruzados y con un ceño profundo como el océano.

"A mi juicio, también tienes que saberlo, pero sé que ella nunca te lo diría"

¿Qué? ¿Es que acaso habían más cosas que Sam no le había dicho?
se preguntó mentalmente, y se giró con un rostro entre sorpresa e indignación. Retrocedió unos pasos cuando Gwen bajó los escalones, y después agradeció haberlo hecho porque fue gracias a esa distancia que no se derritió ante esa lágrima y no fue a abrazarle como en cualquier otra instancia lo hubiera hecho, sin dudarlo. Al contrario, permaneció allí apretando aún más sus brazos contra ella y quieta, como una estatua. De rostro inmutable y cuepo inmovil.

La escuchó atentamente y sintió sus ojos aguarse, pero su orgullo era tan fuerte en esos momentos que se pasó bruscamente una mano en sus ojos, limpiando todo atisbo de emoción.  Pero en su interior su corazón se revelaba a su estado actual, y andaba desbocado escuchando el relato de la castaña. Diciéndole ¿Qué haces idiota? ¡Ve y anda abrazar fuertemente a esas dos soles! PERO NO. No lo iba a hacer, porque era un oso con una astilla en su pie, muy dolido.

Enarcó una ceja cuando le vió cruzarse de brazos al igual que ella. ¿Qué? ¿Ahora era ella la enojada? pensó, y rodeó sus ojos mentalmente. Apretó sus dientes, molesta. Y respiró profundamente para poder seguir manteniéndose allí escuchando a Gwen. Pero le estaba costando un montón, porque sabía muy bien que lo que tuviera en estos momentos que decirle las dos no le haría sentido alguno. Tan sólo le recordaría más que no habían confiado en ella y la rabia volvía a aparecer, con su hermana frustración y la prima indignación.  Que juntas en Caroline eran una mezcla explosiva.

La vió alejarse cabizbaja, todo indicaba que ahora era el mejor momento para irse, darse media vuelta y partir lejos. Pero la pelirroja jamás ha sido buena para quedarse callada.- Si tan importante es para tí Sam, deberías entenderme mejor que nadie. Ponte en mis zapatos, Gwen.- o pantuflas,  si nos ponemos literales.- ¿Qué pasaría si fueras tú la que la espera despierta? La que no tienes ni puta idea dónde está, y la hora pasa y el miedo crece dentro tuyo. Que después se vuelve en terror de pensar que quizás en el mejor de los casos vuelva con una herida, porque si nos ponemos a pensar en los peores escenarios te dan ganas de llorar desconsoladamente.  Y de pronto llega, escondiéndose detrás de un macetero como si todo fuera una juego, como si esas horas de espera interminables hubieran sido parte de ese juego llamado "Uy, me olvide de avisarte" pero después te das cuenta que no es que se haya olvidado sino que simplemente no te lo había querido decir. Para mí Sam también significa el mundo para mí, Gwen. Por eso me da rabia y me duele esto.- y sin decir nada más la pelirroja desapareció.

***

- Venga, ve y toma este té que te he preparado.- Tak-tak le tendió una pequeña taza de porcelana con un diseño mágico de cerezos floreciendo. El japonés apoyó su cabeza en el respaldo del sillón en donde se encontraba una pelirroja hecha bolita y rodeada por una manta.

- No me estas dando uno de tus té especiales ¿verdad? Que hoy no tengo ganas de...- comenzó a decir con el ceño fruncido.

- Pero que genio, pelirroja. Que no, que es un té de jazmín. Para tranquilizar tus nervios, que están más agarrotados que un nudo ciego. Y no me mires así que sabes que es verdad, señorita.- le dijo con tono paternal llevando su dedo índice al ceño de Caroline y borrarle esa arruga que tenía formada.- Eso, así te ves mucho más guapa.- le sonrió.- Vamos, hazme un lado.- le ordenó y ella no tardó en  hacerle un hueco en el sillón. Con una mano rodeó el brazo del japonés apoyando su cabeza en su hombro mientras que con su otra mano sostenía la taza de té.  Se la llevó a la boca, mientras sentía como el líquido caliente iba recorriendo su garganta, de paso sentía que sus músculos tensados iban cediendo.

- Sabes que te haz pasado ¿verdad?.- soltó sin más Tak-tak. Es que si existía alguien en el mundo que no le temía a la furia descontrolada de Caroline era ese japonés. Porque el muy cabrón tenía el don de lograr que la pelirroja echa una furia se volviera de la nada un terrón de azúcar, por lo que él podía decirle sin pudor esas verdades que a veces dolían al orgullo.  La pelirroja se incorporó toda indignada y le dedicó una mirada de pocos amigos.- Y miren quién a aparecido nuevamente al baile....Hola señor ceño fruncido, ¿cómo le va? ¿Qué? ¿Cómo dijo? ¿Qué quiere vacaciones de la pelirroja enojona? Todos señor, todos.- bromeó risueño.

- No he venido para acá para que tú también me digas...

- Epa, ¿a dónde crees que vas? .- le preguntó divertido al ver que la pelirroja ya había dejado la taza en la mesa de centro y comenzaba a levantarse del sillón toda indignada. La agarro al vuelo y la rodeó con sus brazos llevándola hacia él sin posibilidad de salida.- ¡Suéltame! ¡Que me quiero ir!.- le gritó mientras se movía inquieta entre sus brazos.

- Sabes que no es verdad que te quieres ir, y también sabes que Sam solo lo ha hecho porque te ama. Sabes que solo quería protegerte, y que si fuera por ella nada de esto estuviera pasando. Sabes que la rabia no debe estar dirigida a ella sino a los idiotas que generan todo esto. También sabes que te haz equivocado y que te duele no estar junto a ella curandole sus heridas, lo sabes pelirroja...- mientras iba diciendo estas palabras los golpecitos para liberarse de Carol iban disminuyendo, hasta volverse en un abrazo sollozado.

- Estoy cansada, Tak-tak...- susurró con su cabeza pegada en el pecho de su amigo.- Lo sé mi pelirroja, pero hey...- le tomó su rostro y se lo elevó para clavar su oriental mirada en ella.-...No le des el gusto a esos bastardos. No te alejes de las personas que te aman, sino que romperle el trasero a quienes lo merecen. Toma todo este cansancio y conviertelo en acción...y, ven a visitarme más a menudo, que te extraño desgraciada.- dijo con tono gracioso llevándose una mano a su ojo para sacarse una lágrima imaginaria. La pelirroja sonrió.- A mira que linda te ves sonriendo, ya vete de mi lado... vete antes de que me arrepienta.- le dijo apartandola del sillón. - Y como dice mi amada Cher, It's gonna be alright.- canturreo haciendo de su mano un micrófono.

- Te amo.- le dijo la pelirroja sonriente.- Y yo a tí. Dile a Sam que también la amo, locamente. Que venga a verme, y traigan a Gwen que también quiero conocerla.

Eso fue lo último que escuchó antes de desaparecer por segunda vez en esa noche.

***

Abrió la puerta de su casa, el living estaba a oscuras pero pudo escuchar como Lenteja hacia soniditos y con sus garras arañaban la puerta de la habitación de Sam, deseosa de salir e ir en busca de Carol para moverle su colita. La pelirroja caminó hacia allá. Cuando ya se encontró en la puerta pudo escuchar voces del otro lado, inspiró profundamente y golpeó. Abrió la puerta lentamente y tan solo asomo su cabeza.- ¿Puedo pasar?.- preguntó dulcemente, como un terrón de azúcar derritiéndose en agua.
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Sam J. Lehmann el Miér Jun 06, 2018 3:33 am

Bajó la mirada, cabizbaja, recibiendo la reprimenda de Caroline que sabía muy bien que se merecía. Bueno, en este punto en donde no sabía muy bien si lo que hacía estaba bien o mal, Sam no se sentía segura haciendo nada. Apunto estuvo de insistir que de verdad habían hecho las cosas con cuidado, pero no quería contestarle porque sabía cómo se ponía su amiga en estas situaciones. Así que se limitó a poner las manos, recibiendo aquel pote de crema contra quemaduras con el gesto seco y enfadado de su amiga. Lo siguiente que pasó fue que se apartó de ella, cogió el abrigo del perchero y salió por la puerta de la casa sin decir absolutamente nada. No se giró hasta que escuchó a Gwen, pero no le dio tiempo de advertirle de que mejor que la dejase ir, pues se fue detrás de ella al momento. Suspiró con pesadez, girándose y dejándose caer en el sofá, entristecida; desanimada por todo. Era horrible recibir ese rechazo y esa molestia por tus decisiones por parte de una persona por la que se supone que luchas e intentas proteger, pero lo peor de todo es que la entendía. No le podía echar la culpa de enfadarse cuando la misma rubia actuaría exactamente igual si la situación hubiese sido al revés. Y era una caca, en realidad, casi que valorabas más la vida de tus seres queridos que la tuya propia, haciendo que el resto se preocupase todavía más. Y claro, se volvía todo un bucle infinito de sobreprotección y preocupación.

Esperó allí, con el pote de crema en la mano e ignorando la petición de mimos de sus animales, hasta que alguna de las dos volviese a entrar. Teniendo en cuenta como era la pelirroja, dudaba que pese a la capacidad de persuasión de Gwen, consiguiese hacer que entrase. Carol era de esas personas que necesitaban simplemente tiempo, pensar en frío y tomarse las cosas con calma.

No escuchó nada de lo que hablaron y menos mal, porque teniendo en cuenta lo sensible que se ponía cuando se enfadaban con ella y la cantidad de cosas bonitas que llegaron a decir pese a estar en desacuerdo, hubiese terminado llorando como una magdalena. Sólo se quedó con el sonido del pomo de la puerta cuando se abrió y la morena entró en el interior de nuevo. La miró con cara interrogante y ojos abiertos, pero Gwen se limitó a fruncir los labios, negar con la cabeza y encogerse de hombros.

Y la verdad es que... poco podían hacer. Sam evitó sacar el tema de nuevo, ya que era bien consciente de que no tenían ninguna base con la que defenderse, puesto que Caroline tenía toda la razón. No había más que ponerse en su piel para saberlo. ¿Que Sam también tenía sus motivos? Sí, vale, los tenía. Pero la diferencia es que esos motivos decidían por Caroline, cuando cada una tiene aquí el poder de hacer lo cree correcto. Y no era justo que le ocultara cosas, después de todo lo que había hecho por ella. Lo que peor le sentaba de todo esto es que llegase a pensar que Sam no confiaba en ella... Cómo diría Gwen: ¡tamaña insolencia! Pero con el enfado en caliente, Sam era lo que más se temía.

________________

Habían ido a la habitación de Sam a curarse las quemaduras, ya que allí tenían el botiquín con las gasas, bajo la cama. Después de todo el tiempo que pasó en recuperándose en enero, se había convertido en el sitio de confianza de las cosas médicas de esa casa.

La legeremante tenía manos torpes para todo lo que fuesen curar heridas, pues su vida de legeremante nunca precisó de eso y, cuando era fugitiva, se hacía apaños muy cutres y de lenta curación con lo que tenía a mano, por lo que Gwen insistió en ayudarla primero, para que así Sam pudiese ayudarla de vuelta en los lugares más inaccesibles. Cuando ya tuvo parte de su cuello y hombro, además de sus antebrazos, bien tapadito con la crema y gasas bien sujetas, su amiga le dijo que se pusiese el pijama y descansase. ¡Pero bueno! Ya te vale, Gwendoline. —No —le respondió, con el ceño fruncido. —Te ayudaré, como me has ayudado a mí. Y si luego tienes hambre y no tienes que irte a casa... —Echó una mirada de reojo al despertador de su mesa de noche. Ella trabajaba mañana, pero igualmente terminó la frase:—...puedes cenar aquí. Te hago un sandwich de guindillas como agradecimiento a tus servicios, sanadora Edevane —bromeó, risueña. ¿Un sandwich de guindillas? ¡Eww!

¿Y lo peor de todo? ¡Que insistía en que la quemadura que tenía en el culete no era importante! ¡Pero si ni se podía sentar! ¿Acaso se pensaba que Sam no se daría cuenta de que llevaba en cuclillas todo el rato?—¿Estás rechazando mi ayuda, Gwendoline? Ya sé que mis manos son torpes, ¿pero me puedes decir cuál es tu técnica milenaria para estirar tu brazo hasta el infinito que te llegue ahí y poder tratarte a ti misma? —Preguntó, alzando una ceja. —No te voy a dejar abandonar mi casa hasta que me enseñes tu culete y me dejes ayudarte. —Y lo dijo con una seriedad que, en combinación con la palabra "culete" había quedado excesivamente cómica, por lo que ella fue la primera en reír.

________________
Entre media hora y una hora después

Pero antes de terminar de curar sus quemaduras, Lenteja comenzó a rasgar la puerta. Fue fácil asumir que era porque Caroline había llegado, ya que no había otro motivo. ¿Para qué querría salir la perra desesperadamente si no era porque había olido a Caroline? Esbozó una sonrisa, pero antes de levantarse, terminó de poner sobre la gasa de las quemaduras del brazo de Gwen, una vendita con la que las sujetara. —No te me libras de que te vea el culete hoy, Gwendoline... —La susurró, divertida, acariciando con cariño la parte de su brazo sin heridas antes de ponerse de pie, al ver la cabecita de Caroline asomar la puerta. —Claro —respondió a su otra amiga, dándole libertad para entrar.

Redujo la distancia que había entre ella y la puerta, para darle un beso en la mejilla a Caroline antes de darle un abrazo, rodeándola por el cuello. Sam odiaba discutir. Pero lo odiaba muchísimo. También odiaba decepcionar a la gente, o ser el motivo de que otra persona se enfadase y, al menos ella, se sentía siempre en la necesidad de pedirles disculpas de la manera más sincera que podía. —Tienes todo el derecho a enfadarte... Sé que no debo elegir por ti, ni mucho menos ocultarte las cosas. No lo volveré a hacer y no te mantendré al margen de nada —prometió, hablándole todavía en medio del abrazo, evitando rozar las quemaduras. —No quería preocuparte y pensé que podríamos lidiar ella y yo  con esto —añadió. En realidad podría haber funcionado, pero habían tenido muy mala suerte...
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Jun 06, 2018 4:32 am

Estaba enfilando ya el escalón de entrada, poniendo un pie sobre este y alargando mi mano hacia el pomo, y me detuve en seco. Por favor... Dime que acabo de escuchar muy mal y que no me has dicho 'ponte en mis zapatos'. Porque sin duda, tienes que estar de broma. Escuché lo que dijo sin siquiera volverme hacia ella, con la mano congelada a medio camino del pomo de la puerta, mientras Caroline entonaba una perorata que, con toda sinceridad, en aquel momento me pareció un chiste.
Perdona, chica. Pero viendo tu reacción, lo que no sé es cómo no se ha escondido debajo de la mismísima Tierra. Apreciaba a Caroline Shepard. En los últimos meses se había convertido en una persona muy importante para mí, y eso era innegable. Cualquier persona en el mundo podría atestiguarlo. Pero si había una cosa que yo no aceptaba eran esas palabras. Porque... ¿cuanto tiempo llevaba Caroline en Inglaterra? ¿Menos de un año? Porque en lo personal, yo había pasado tanto tiempo sin verla cómo para no reconocerla cuando empezó a trabajar en el Ministerio de Magia.
¿Dónde había estado ella cuando rompió con Natalie? Aquella ruptura que, si bien fue de mutuo acuerdo entre las dos, no hizo feliz a Sam. La noche en que ocurrió nos quedamos comiendo helado de chocolate y viendo la tele hasta altas horas de la noche, aún pese a tener clases al día siguiente, hasta sacarle una sonrisa tan siquiera. ¿Y dónde estaba Caroline cuando su segunda pareja la trataba cómo a una amiga delante de todo el mundo? Esa que no tenía problema alguno para acostarse con ella, pero sí para cogerla de la mano en público. ¿Y dónde estaba Caroline cuando la tercera pareja de Sam le puso los cuernos con otra? Una vez más, allí estaba yo, quedándome con ella hasta altas horas de la noche a fin de conseguir siquiera una sonrisa en sus labios.
Y mejor no hablemos de cuando Henry Kerr apareció en San Mungo en estado comatoso... ¿dónde estabas tú entonces, Caroline? Sí, seguro que estaba al alcance de una llamada de Skype. Pero yo estaba allí, calzándome esos zapatos que ahora llevaba ella. Pero claro, nada importaba lo que yo hubiese hecho por Sam en el pasado porque, en mi ignorancia más completa, no había salido varita en ristre a matar a un hombre de cuya existencia no sabía nada. No, tampoco la busqué por las calles de Londres cuando el nuevo gobierno la puso en busca y captura. ¡Discúlpeme, Lady Shepard! Estaba intentando recomponer mi vida hecha pedazos...
Puedo decir que agradezco con toda sinceridad que Caroline se marchase, pues para entonces, todos aquellos pensamientos ya se agolpaban en mi boca, ansiando salir a gritos. Mi puño izquierdo, cerrado con tanta fuerza que me clavaba las uñas.
Pero no hubo gritos. Caroline se marchó, y una parte de mí dijo que le parecía perfecto. Esa parte ni se molestó en mirar atrás, giró el pomo y se metió en casa.


***

Una vez en el cuarto de Sam, me puse a revisar las quemaduras de mi amiga, de rodillas junto a su cama. No podía sentarme, simple y llanamente, porque me dolía un montón la quemadura de la nalga izquierda. Y hecho todo aquello, un proceso bastante largo, tedioso y doloroso para Sam—después de todo, tenía que pasar mis dedos sobre quemaduras recientes, y por muy delicada que fuese, eso dolía—le aporté mi pequeña recomendación personal mientras me ponía de pie.

—Ahora tienes que ponerte el pijama.—Le comenté con una sonrisa, mientras apartaba algunos mechones rubios de delante de sus ojos. Mi rostro no dejaba al descubierto ninguno de los pensamientos que en ese momento circulaban por mi cabeza.—Te echas a dormir, y mañana temprano llamas a Erika para decirle que no puedes trabajar en el turno de mañana. Que llame a Santi o a alguien. Gwendoline recomienda reposo absoluto.—Y dicho aquello, le di un toquecito con mi dedo índice en la punta de la nariz, ensanchando un poquito más mi sonrisa. Cuando lo hacía, se me arrugaba la nariz.

Sin embargo, a Sam ese plan no le pareció bien. Al parecer, de la misma manera que yo le había ayudado con las suyas, mi amiga quería... no, insistía en ayudarme con mis quemaduras. Cierto es que no me vendría mal un poco de ayuda, pero era acordarme de la quemadura en la nalga y de que tendría que quitarme... bueno, básicamente pantalones y ropa interior delante de ella, y resultaba inevitable recordar el momento incómodo vivido en la pista de patinaje sobre hielo. Me había prometido evitar aquellas cosas.
Me negué con vehemencia, una y otra vez... pero nada. Con Sam no había manera, y finalmente tuve que acabar cediendo. Por suerte, tenía suficientes quemaduras en partes más visibles del cuerpo cómo para que tardase un rato en llegar el momento humillante e incómodo.

—Está bien...—Dije con un suspiro de resignación, aunque lo de quedarme a cenar no lo veía yo tan claro. En aquel momento, podía decir sinceramente que no me apetecía estar en la misma habitación que Caroline Shepard.—Vale.—Añadí simplemente, y me dejé "tratar" por Sam.

Debo decir que me sentí un poco incómoda ante la mención de Sam a mi trasero, utilizando la palabra "culete" para referirse a él. Y por supuesto, me puse roja. Aparté la mirada y no dije nada, encogiéndome de hombros una vez más desde que había entrado en aquella casa. Y entonces, me tocó a mí pasar por el mismo doloroso proceso que Sam había tenido que pasar. Maldije en silencio a los cangrejos de fuego a medida que Sam extendía la pomada sobre mis quemaduras, mordiéndome el labio inferior, cerrando los ojos, y rezándole a todos los dioses que conocía para no ponerme a derramar lagrimones de dolor.
Ya sería lo que me faltaba en esa noche: cangrejos de fuego, una discusión, una amiga triste, humillación... Los lagrimones serían la cereza sobre el pastel.


***

No fui consciente del paso del tiempo, no exactamente. Para mí, fue mucho, pues las quemaduras son una de las cosas más dolorosas de este mundo. Así que para mí el tiempo transcurrió muy lento, y lo que me parecían minutos posiblemente no fueron más que segundos. Solo sé que en un momento dado, Lenteja, encerrada en la habitación con nosotras, empezó a arañar la puerta. Para entonces, Sam terminaba de parchearme la quemadura del brazo. Sam se levantó de la cama, asegurando que no me iría hasta que me viese el trasero.

—¡Pero si ya no me duele casi!—Protesté.—¿No ves que estoy sentada sobre la que...?—Pero no terminé la frase, pues cuando se entreabrió la puerta, la persona que asomó... bueno, ¿quién iba a ser? No dejaba de ser su casa: Caroline Shepard, la persona a la que en aquellos momentos menos me apetecía ver. En seguida adopté un rostro inexpresivo, y mientras Sam la abrazaba y le daba más explicaciones, yo me puse en pie. Ya lidiaría con la quemadura en casa. Caminé hacia Sam, una vez se hubo separado de Caroline, y le di un abrazo.—Debería irme. Recuerda lo que te dije: reposo, pídele a Santi que te haga el turno de mañana.—Le dediqué a Caroline una fugaz mirada, y luego volví a mirar a Sam, sonriéndole.—Buenas noches.

Dicho aquello, me planté delante de la puerta, con intención de marcharme. Tenía demasiadas cosas en mi cabeza, y no tenía intención de que saliesen de ahí. Mi rostro inexpresivo era hermético, síntoma de que algo me pasaba, pero poco más.
Sin embargo, Caroline estaba allí en medio, y no podría pasar a menos que se apartase... o dejase que el drama se adueñase por completo de mí y simplemente me desapareciese. Pero no lo hice. Simplemente, esperé a que me dejasen pasar, evitando las miradas de ambas.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Caroline Shepard el Jue Jun 28, 2018 2:03 am

Caroline tenía un carácter fuerte pero no era de enojarse con mucha facilidad. Pero en esta ocasión simplemente había explotado, y el simple hecho de ver llegar con heridas a Sam después de haberla esperado horas sin saber nada de ella había sido como esa gota que derrama el vaso en gloria y majestad. Y ni siquiera quiso darse un tiempo para calmarse, ni pensar más claramente los hechos , sólo quería irse lejos de allí para no terminar diciendo cosas, que estaba segura más tarde terminaría por arrepentirse. Y menos mal que así lo hizo, se marchó antes de que su enojo terminará por dominarla por completo yéndose a tierras lejanas, muy lejanas.

Y como cada vez que la pelirroja comenzaba a ver todo en rojo, había un buen amigo o amiga que le hacía volver a ver las cosas con más claridad y desde una cierta distancia. En esta oportunidad su compañero de desahogo había sido el alocado de Tak-tak. Quién pese a las temprana hora que la maga se apareció por su mansión, este no había tardado más de dos minutos en abrirle su gran puerta de madera y ofrecerle una taza de té a su amiga. Caroline le contó todo lo que había ocurrido, y el japonés por su parte iba armando su propio rompecabezas en su cabeza para luego darle su veredicto final, consejo que con el favor del tiempo Caroline terminó por aceptar. Comprendiendo que toda esa rabia, frustración y cansancio que sentía sólo era producto del enorme amor que le tenía a la rubia, y que desde ese cariño que le profesaba debía de haberle hecho entender que lo que había hecho le había dolido, pero no irse de aquella manera gritando y frunciendo el ceño a Gwen que después de todo, como siempre solo se encontraba allí ofreciendo su eterna y lealtad ayuda.

Con esa reflexión es que volvió a la casa que compartía con Sam. Con mirada baja, y hombros caídos, como un perrito pequeño que después de haber cometido una travesura vuelve hacia donde su dueño ofreciendo un sin fin de cariño que hiciera olvidar todo lo anterior. Al no encontrarlas en el comedor caminó hacia la habitación de Sam, enseguida escucho voces al otro lado de la puerta y a Lenteja rasguñar la puerta ansiosa de encontrarse con ella. Abrió la puerta delicadamente, había vuelto como una mantequilla, y suave como la seda. Al entrar recibió gustosa el abrazo tanto de Sam como la muestras frenéticas de cariño que le profesaba Lenteja. Rodeó la cintura de la rubia con sumo cuidado de no pasar a llevar los lugares donde observaba que había vendas, y enterró su cabeza en su cuello, como una pequeña niña que arrepentida vuelve a los brazos de su hermana.- Lo sé, lo siento por haber reaccionado de esa manera. Es solo que me tenías muy preocupada y realmente no quiero que haya más secretos. Y no es que no crea que ustedes no puedan contra las cosas que se encuentran en el exterior, es solo que quiero estar a su lado ayudandolas, celebrar con ustedes tanto las victorias como los fracasos. Sabes que jamás he sido de las que se quedan al margen viendo como todo ocurre, me gusta estar ahí al centro de todo y más si se refiere a algo que puede hacerte daño.- se sinceró clavando su mirada sobre Sam, y llevando su mano a la mejilla de la rubia para apretarla dulcemente.- Pero aún así lo siento, yo debería haberme quedado...pero ya sabes.  Cuando me vuelvo una bomba me gusta explotar lejos de los que quiero.- hizo una mueca y se encogió sutilmente de hombros. - Por cierto, Tak- tak te mando innumerables besos y un te amo bien fosforescente.- le comentó sonriéndole de medio lado.

En eso dirigió su mirada a Gwen, y se mordió el labio algo avergonzada. Es que a ella si que le había gritado y le había dicho cosas que por más que aún las pensaba, consideraba que la forma no había sido la adecuada. No pasó por alto la dureza del rostro de la castaña, ni mucho menos el hecho de que por más que aún no saliera de la habitación, ganas tenía y si no fuera por su presencia en el dintel de la puerta se hubiera ido hace mucho y sin siquiera decirle un adiós. Tomó aire y trató de buscar la mirada de la maga.- Hey, ¿a dónde crees que vas? .- le preguntó y se acercó a ella dispuesta tanto a su rechazo como un empujón en plan "apártate que no quiero verte el rostro".- ¿Ya te has curado todas las heridas?.- volvió a preguntar, e hizo una mueca.- Vamos Gwen... por favor, no te vayas por mí. Lo lamento ¿vale? Lamento haberte gritado fuera. Es solo que...me importan mucho, y de verdad no quiero que nada ni nadie les haga daño.- le dijo sincera. - Quédate, vamos... así terminamos de curar sus heridas, yo me ofrezco a pedir algo rico para comer, ponemos música y me ponen al día de todo ¿sí? Vamos, no quiero que te vayas así...- le dedicó una mirada que muy pocas veces le habían negado, y no es que la utilizara a su favor, todo lo contrario realmente sentía las palabras que estaba diciendo y no quería que la castaña se fuera de la casa de esa manera, y por culpa de su presencia. Le dolía mucho esa indiferencia como para dejarla pasar.
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Sam J. Lehmann el Lun Jul 02, 2018 3:36 pm

Lo tenía clarísimo: nunca más. Los secretos no servían para nada, sólo para dañar la confianza y ofender a la gente que te quiere ver bien. Y vamos, eran dos cosas que no le podían sentar peor a Sam. Ahora mismo sólo habían dos personas a las que no quería, ni en broma, ofender ni perder la confianza. Y aunque no se notara, lo había intentado. Le había contado a Gwendoline todo—bueno, se lo había mostrado—y, aunque lo de Ullises y Grulla se les fue un poco de las manos... ¡ella sabía que debía de habérselo contado! ¿Pero sabéis esa horrible inseguridad de contar algo que has hecho mal desde hace tiempo y que todavía no has arreglado? Era como arrastrar la cagada. Y Sam esperaba... poder hacer algo bien, por sí misma, sin tener que decirle a su amiga toda la mierda en la que se había metido. Pero sabía que se había equivocado y como tal, estaba dispuesta a asumir el error.

Hacía muchísimo tiempo, pero muchísimo tiempo, en el que Sam se había acostumbrado a decir "gracias" por lo más nimio, "por favor" por la tontería más insignificante y "lo siento" por cualquier gesto, por pequeño que fuera, que pudiese dañar a otra persona.

Aún abrazándola, escuchó todo lo que decía con una sonrisa en los labios. Se había relajado, soltando aire por la nariz, ya más tranquila al escuchar a Caroline de manera sosegada. —Como si no nos conociésemos ya... —Le dejó caer cuando se disculpó por haberse enfadado de esa manera. Había sido así TODA la vida, desde Hogwarts. Y vamos, convivir con una persona durante siete años ya te digo yo que conlleva a muchas discusiones, estúpidas algunas, otras no tanto, pero discusiones al fin y al cabo. Ninguna relación es de rosas. —Ya... si ya lo sé. —Respondió, tras separarse y mirar a los ojitos de su amiga directamente. —Ha sido culpa mía, ¿vale? Estabas en todo tu derecho de enfadarte e irte dando un portazo, un ventanazo y hasta una patada a la verja de fuera. No debería de haberte ocultado eso. No lo volveré a hacer, te lo prometo. —Asintió con la cabeza. —Es sólo que... de verdad que pensaba que todo esto se solucionaría más rápido y podría venir contenta y auto-suficiente a decirte: "¡Mira lo que hemos conseguido Gwen y yo!", ¿sabes? Pero se torció la cosa... —Y se encogió de hombros, con una pequeña sonrisa, arrepentida. —Lo siento.

Y entonces... ¿Qué te vas, Güendolín, pero qué dices? Sam vio como pasaba por su lado. Le sonrió, recomendándole otra vez lo del turno de mañana, pero la rubia seguía mirándole con cara de patata confundida. ¿Por qué se iba si todavía no le había ayudado con sus heridas? Fue a sujetarle la mano para así llamar su atención y preguntarle, pero Caroline se adelantó. Y vamos... entonces ya se dio cuenta de lo que ocurría: Caroline había desatado su ida satánica enfadada con Gwendoline. ¡Pero normal! ¡Sólo a la buena de su amiga se le ocurría ir detrás de Caroline Shepard enfadada! Que dice cosas muy feas y no hay que hacerle caso. No del todo.

No quería entrometerse en mitad de lo que hubiese ocurrido, más que nada para no meter la pata ni mucho menos presionar, pero como era evidente: no quería que Gwen se fuese. Ella le había ayudado y Sam quería ayudarle también a ella, sobre todo con esas heridas a las que evidentemente no llegaba, por mucho que dijese. Cuando la morena volvió a tener contacto visual con Sam, ésta esbozó una sonrisa, delicada y pequeña. —Quédate, por fi. —Le pidió. Que a ver, podía entender perfectamente que a veces las cosas que se decían con enfado dolían más que nada y Sam no le iba a culpar si quería irse, ya que no sabía qué habían dicho ahí fuera, pero evidentemente prefería que no. —No hagas caso a lo que ha dicho esta brutita, ¿vale? —Y posó suavemente la mano sobre el hombro de Caroline. —Recuerdo en... ¿séptimo? Sí, creo que fue séptimo porque tú ya no estabas... —Le hablaba a Gwen, por su puesto. —No veas la discusión que tuvimos en mitad de la enfermería, con la puerta abierta. Se escuchaba por todo el pasillo dela tercera planta, ¿vale? ¿Y por qué fue? —Miró momentáneamente a Caroline. —¡Ah, sí! Fue porque Caroline terminó en la enfermería después de pelearse con los típicos que no paraban de acosarme, y yo fui en plan poderosa-enfadada-preocupada diciéndole que podía defenderme sola, y luego ella me saltó con que eso no era verdad, que nunca lo hacía... y... me dijo cosas muy feas. Y luego yo le dije cosas feas a ella. Pero en realidad ella me dijo muchas cosas feas a mí primero. A ver, todo fue culpa de ella, ¿sabes? Todo el mundo sabe que yo aquí soy adorable y no me enfado. —Bromeó eso último, para entonces sonreír y apartarse un poquito de Caroline para no sufrir su ira por esa "mentirijilla". —Nos pegamos dos días sin hablarnos. ¡Dos días, Gwendoline! ¿Sabes lo que me costó no hablarle, sin una Gwendoline por Hogwarts a la que poder contarle mis problemas con mi otra mejor amiga? El orgullo era muy malo. —Y rió. —Pero al final, recuerdo que a la segunda noche se coló en mi camita, me abrazó y me pidió perdón, diciendo que en realidad sí creía que podía defenderme sola, pero que no quería dejar que me defendiese sola, que si no para qué era mi amiga, que ella quería pegar a todos lo que me dijeran cosas feas. —Y volvió a sonreír, mostrando los dientes. —Y después de eso, me dio igual todas las cosas feas que me hubiese dicho. Bueno, no me dio igual, pero tú me entiendes. Después de eso, cada vez que discutíamos, nos prometíamos pedirnos perdón a los cinco minutos, aunque estuviésemos todavía enfadadas. Tenías que vernos cuando discutíamos por Skype. Era todo un honor victorioso ser la primera en cortar la llamada cuando nos enfadábamos. Te daba como poder. Luego la otra llamaba toda ofendida en plan: "¿ME HAS COLGADO?" —Y volvió a reír. Ay, eran recuerdos de enfados, pero en verdad le parecían enternecedores porque luego todo terminaba bien. Y los finales felices siempre eran buenos. —Pero eso... —Y se acercó a Gwen, pasando a su lado para abrazarla suavemente, sin hacerle daño, por el cuello desde atrás, apoyando su cabeza en su hombro para mirarla de lado. —Quédate, porque si te vas, sabes que te voy a perseguir hasta tu casa hasta que me dejes curarte ese culete, Gwendoline. —Y se mordió el labio inferior solo para no reírse.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Jul 04, 2018 1:41 am

Podría haberme desaparecido.
Sí, habría sido con toda seguridad la mejor opción en aquellos momentos. ¿Que por qué no lo hice? No lo sé, tal vez resultaba más dramático abandonar la casa por mi propio pie y desaparecerme una vez estuviese fuera. O simplemente no valoraba la opción porque realmente quería que me detuviesen.
En mi interior se arremolinaba un cúmulo de malas sensaciones. ¿El enfado? El enfado simplemente las opacaba, las mantenía a ralla cómo un muro de contención. Sin embargo, a medida que mis amigas fueron hablando, sentía cómo aquel muro que formaba el enfado se iba agrietando poco a poco. Y, de la misma manera que el agua se filtra a través de las grietas de una presa, esos otros sentimientos fueron abriéndose paso a través del enfado.
Las escuché en silencio, la mirada esquiva y baja, y a medida que hablaban, primero Caroline y luego Sam, mi expresión facial iba cambiando. Caroline se disculpaba y excusaba su comportamiento conmigo; Sam la apoyaba, contándome historias en que discutían, en un pasado remoto, cuando todavía éramos unas niñas y ellas estaban en Hogwarts y yo en mi primer año de universidad. Mis labios empezaron a temblar y los fruncí en un intento por contenerlos. Me crucé de brazos, conteniendo el impulso de llevarme la mano izquierda a la boca solo para mordisquearme las uñas.
Y entonces Sam me rodeó con sus brazos. Aquella fue la última puntada que necesitaba el muro para romperse... y que todo se desbordase por fin. Llevaba ya meses arrastrando aquello... y yo sabía que en algún momento acabaría por salir. ¿Cómo iba a ser de otra manera?
Me separé de Sam con delicadeza, les di la espalda a ambas y me dirigí a la cama de Sam, dónde me senté. Todavía cruzaba mis brazos con todas mis fuerzas y apretaba los labios... pero ya podía verse claramente que lloraba. Las lágrimas caían por mis mejillas.

—Está bien... Me quedo.—Respondí, y aquellas cuatro palabras habrían sonado preciosas de no ser porque las dije mientras cerraba los ojos y contenía un sollozo.

Estaba segura de que querrían una explicación. No sabía si sería capaz de darla, pero antes de que ninguna de ellas se acercase para comprobar qué me ocurría, empecé a hablar. Quizás—con toda seguridad—lo hice con una gran torpeza. Las palabras posiblemente salieron atropelladas. Quizás pude ser un poco más concisa, expresarme mejor. Pero aquello fue lo mejor que conseguí: las palabras fueron saliendo, desbordadas, de la misma manera que los sentimientos que guardaba en mi interior.

—¿Alguna vez te has sentido inútil?—Dirigí la mirada a Caroline. Mis palabras quizás sonaron más cortantes de lo que deseaba.—Inservible, cómo si no hicieses nada a derechas. Cómo si todo lo que has hecho en tu vida por una persona a la que amas no fuese suficiente...—Hice una pausa para enjugarme las lágrimas con el dorso de mi mano izquierda.—Tú y yo siempre hemos estado juntas.—Esta vez miré a Sam, y de alguna manera, conseguí componer una leve sonrisa, antes de volver a abandonarme a la tristeza.—Desde que te conocí, siempre has estado a mi lado, y siempre he estado a tu lado. Para lo bueno, para lo malo... hasta que nos separaron.—Bajé de nuevo la mirada, y casi cómo si comprendiese a la perfección cómo me estaba sintiendo en ese momento, Lenteja se acercó a mí. Apoyó sus patas delanteras en mis rodillas, la lengua de fuera, la cola meneándose de un lado a otro. La miré a los ojos mientras continuaba.—Yo tenía que haber estado ahí para Sam. Yo tenía que haber visto lo que ocurría. Yo tenía que haber entendido que lo que estaba ocurriendo no era normal. Pero no lo hice. Caroline tuvo que venir y solucionarlo.—Volví a alzar la mirada, esta vez para mirar a Caroline a los ojos, sin dejar de derramar lágrimas.—Estaba enfadada contigo porque de alguna manera has conseguido hacer lo que yo no pude hacer. Viste lo que yo no supe ver, lo que debería haber visto. Y mientras ella pasaba un infierno, yo me preguntaba qué había hecho yo mal...—Compuse una sonrisa más sarcástica entonces, golpeando la cama con mi puño en un arranque de rabia.—Estaba demasiado concentrada en mí misma para entender que ella lo estaba pasando mal. Que ese... desgraciado la estaba haciendo sufrir. Y luego vinieron sus hermanos... y una vez más no pude hacer nada.

Llegados a este punto, simplemente no pude seguir hablando. Me llevé las manos a la cara y me puse a llorar abiertamente, a sollozar con tal violencia que temblaba. Había sido duro llevar todo aquello sobre mis espaldas. Sentía que le había fallado una y otra vez a la persona más importante ya no de mi vida, si no del mundo entero. Y Caroline... Caroline, sin pretenderlo, había sacado todo esto a la luz.
Porque daba igual que hubiese estado ahí cuando Natalie y ella rompieron; daba igual que la hubiese consolado cada vez que una relación suya terminaba; daba igual que hubiese estado ahí cuando Henry apareció comatoso en San Mungo. Todo eso daba igual porque había una única y simple realidad en todo aquello:
Samantha Lehmann estaría muerta de no ser por Caroline Shepard.
Al final, daba igual lo bien que hubiese intentado hacer las cosas. Caroline las había hecho mejor. Y no había nada que pudiese hacer yo para cambiar eso. Apreciaba mucho a Caroline, pero no dejaba de ser un constante recordatorio del fracaso que había sido yo. Porque no es que no me hubiese dado cuenta de nada; es que ni siquiera lo había intentado, concentrada cómo estaba en mi propio sufrimiento. No había sabido ver el de ella... y no podía hacer nada para cambiar aquello.


Temazo para que lloréis un poco T_T:
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Caroline Shepard el Mar Ago 14, 2018 6:32 pm

Cuando al abrir recibió el abrazo de Sam, el corazón de la pelirroja volvió a latir,  hasta entonces se encontraba tímido y silencioso, con miedo de no ser bien recibido, pero ahí estaba parloteando por aquel hermoso contacto con el corazón de su amiga, y en ese pumpimpam le transmitía a su compañero que lo sentía, que lo quería, y que quería seguir compartiendo gestos tan simples como ese, pero tan reconfortantes a la vez. Porque con ese simple abrazo, Carol era infinitamente feliz.  Hundió su cabeza en el cuello de su amiga, y mientras les decía palabras de arrepentimiento por su tan infantil accionar aprovechaba de inspirar el aroma de su amiga que, no sabía si era por la hora o que Tak-tak tenía razón diciéndole "que era una zanahoria loca" pero podía jurar que Sam olía a chocolate.  Busco su mirada y terminó de decir el discurso improvisado pero sincero que tenía que ofrecerle a la rubia.- Le dí una patadita chica a la reja de entrada, me dolió más a mí la verdad.- le susurró divertida y algo avergonzada por tan ridícula confesión, seguida de un "jijiji" por su parte travieso.- Sé que logran muchas cosas juntas, son las personas más inteligentes y fuertes que conozco. Más que molestarme por no ir junto a ustedes fue no saberlo ¿sabes? sentir esa horrible incertidumbre de no saber que estás bien. No quiero que te pase, ni les pase nada sin yo saber a dónde se encuentran, o qué nivel de peligro corren. Me culparía mucho si les pasase algo y yo no haber hecho nada para impedirlo.- agregó poniendo un puchero todo tierno, es que ahora Carol se había convertido en un oso de felpa, todo dulce y abrazable.

Ay, penso para sus adentros y su estomago dio un mini giro al saber que ahora venía otra ronda de disculpas, y esta vez con una castaña que adoraba y que realmente se había comportado como una gilipollas con ella minutos atrás. Lo que no se esperaba (o quizás sí, pero no quería que sucediera) fue la mirada de rabia que tenía Gwen y ese silencio tormentoso que le profanaba a su persona. Se puso en el dintel de la puerta, con un claro afán de detener su accionar y no dejarla salir de esa habitación, o al menos no si antes escucharla y mucho menos sin antes haberse curado esas heridas. Que ella la podía odiar cuanto quisiera (no, no, por favorcito no) pero que al menos le deje a Sam curarla, no se perdonaría que saliera de esa casa con heridas aún abiertas. Le ofreció un panorama todo tentador, con toda la esperanza de que la castaña le volviera a sonreír, quizás era una exagerada pero ya extrañaba ver sus dientes radiantes y felices.  Carol se puso al lado pero un poquito atrás de su amiga, usando de escudo a Sam, no porque temiera que Gwen le atacara sino para que antes de verla a ella la castaña tendría que pasar por el filtro terrón de azúcar de su amiga y así  su mirada se ablandara antes de llegar a su ser.

Sam empezó a hablar y Carol arrugó la nariz pensativa, buscando entre sus memorias aquel recuerdo que su amiga traía a palestra, hasta que por fin lo encontró y soltó una pequeña risita, una divertida pero avergonzada por igual, es que sí, su amiga no se equivocaba al decir que a veces era un poco (sólo un poco) brutita.  Iba a emitir palabra para decirle el por qué (y claramente dejarse a ella no tan villana de la historia) pero no alcanzó a decir ni una letra ya que la rubia siguió con su relato, y la pelirroja prefirió quedarse callada, ya que Gwen recibiría mucho mejor el relato de Sam que de Carol "la refunfuñona pero que ahora lo lamenta mucho". - ¡Hey! Este pelirrojo ser exige más objetividad en ese relato.- reclamó, pero sin perder la sonrisa, una amable y de infinito cariño para esas dos mujeres que tenía a su lado. Sintió su corazón achicarse al recordar esos dos días horribles que había pasado sin su mejor amiga en el Castillo, es que habían sido realmente terribles. Sonrió al escuchar el desenlace que pese a saberselo de memoria, le seguía generando la misma sensación de alegría y amor, como quien ve su película favorita por décima quinta vez pero aún logra sorprenderse. Rió al recordar sus "peleas" por skype, y sus mil llamadas e invasión de emojis "Time for honesty // {Carol, Sam & Gwen} 10d135bf11670b6db1db682a512da004 ". Es que, ¿Qué quieren que les diga? Carol es como su cabello para sus emociones, siente modo rojo, rojo intenso.

La maga tenía toda la esperanza puesta en las palabras de Sam, y mucho más con ese abrazo que cerraba todo con broche de oro, pero no. Gwen en vez de sonreír y decir "Vale, Vale" se apartó de su rubia favorita y les dió la espalda a ambas, su quijada se abrió sin su permiso, de puro asombro y miedo de no poder retractarse ¡Consiganme un giratiempo ahora! pensó( más bien chilló) para sus adentros.  Y cuando la castaña les volvió a dar su frente y se sentó en la cama de Sam, le vió llorar, le dirigió una mirada desesperada a Sam, de profunda culpa y tristeza por hacer sentir aquello a la hermosa de Gwen. Carol iba a ir hacia ella, contra viento y marea iba a darle un abrazo aunque recibiera un puñetazo, pero la pregunta que le dirigió la castaña le hicieron detenerse a medio camino, en seco y sin una respuesta cercana, o más bien sin entender el por qué de aquella duda y por qué iba dirigida a su persona.- Yo...- comenzó a decir, pero una vez más prefirió callar, al parecer todas esas palabras iban a un punto que ansiosamente Carol quería saber el desenlace. Y ahí estaba, la culpa, siempre tan poco aportadora, siempre tan de horrible sentir y que hace que hasta las almas más nobles se dobleguen. No se aguantó más y se dirigió hacia Gwen para sentarse a su lado y darle un abrazo enorme, en un principio en silencio, dándole mimos en su espalda, cabeza, y enredando su mano en sus cabellos jugueteando dulcemente en ellos.

- Hey, no. No te sientas así...por favor. Gwen, no hablaré por Sam porque no me corresponde pero al menos yo, siempre te estaré infinitamente agradecida por estar con la chocolatosa más dulce de los cinco continentes mientras yo andaba por tierras lejanas. Perdón por decirte que te pusieras en mis zapatos y me comprendieras, porque sé que lo haces, y por eso te preocupas y por eso Sam te contó sus cosas y confió en tí porque eres una persona de la cual confiar y desear tener siempre a su lado. - al escuchar sus sollozos disminuir, con ambas manos tomó delicadamente el rostro de Gwen para ir en busca de su clara mirada.- No tenías por qué saber o siquiera intuir lo que estaba ocurriendo, si yo lo hice es porque soy una entrometida que mete la nariz donde no debe...Y por último Gwen, no te enfades por eso conmigo, no hay nada que envidiar en ello, y a nadie le deseo lo que tuve que hacer. Ahora sólo pensemos que eso ya pasó, dejemos a ese hombre del mal en el pasado y vivamos el presente, celebremos que estamos juntas, una más gruñonas que otras jiji, pero juntas.- sacó sus dientes como cual conejo en un claro intento de decir que lo de gruñona lo decía por ella, para luego suspirar y volver abrazarla.- Por favor, no te sientas mal, quédate con nosotras esta noche, déjanos curarte tus heridas y entre las tres nos damos mimos mientras vemos películas hermosas mientras comemos cosas ricas.- le invitó con su cabeza hundida en su cuello.
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Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:11 am

Apretó fuertemente los dientes cuando vio que a Gwen le caía la primera lágrima, para continuar quieta y visiblemente impasible allí, mirándola. Y es que no supo cómo reaccionar. Ver llorar a Gwendoline y más por ese motivo, le hacía querer llorar a ella también, cosa que no hizo. La conocía desde hace mucho como para empatizar con ella hasta ese punto. ¡Si Gwen lloraba, Sam lloraba, así era la vida! Pero no lo hizo esta vez. Sentía rabia, impotencia y... ¡joder, es que no podía hacer nada! ¡Siempre salía alguien dolido, en una dirección o en otra! ¿Sabes lo único bueno que tenía el juramento inquebrantable con Sebastian Crowley? Que no tenía que castigarse por las decisiones que tomaba, repercutiesen como repercutiesen, en quién repercutiesen. No tenía opciones. Pero era muy duro que, después de todo, una decisión tomada por ti, que solo buscaba ser resolutiva, haga sentir de "inservible" a uno de los seres más maravillosos con los que has tenido el placer de compartir tu vida.

¿Y sabéis lo peor de todo? Que no podía decirle a Gwendoline: "Pero no te sientas así, lo hice por ti" porque Sam era perfectamente consciente de que de estar en su lugar, se sentiría exactamente igual e incluso se podría haber cabreado por la decisión tomada al respecto. A fin de cuentas, Sam le había arrebatado a su amiga cualquier oportunidad de luchar por lo que quiere con un fingido rechazo que la apartó de su lado, de una manera bastante fea de la que Sam no es que se sienta precisamente orgullosa. Pero en aquel momento tampoco tenía demasiadas fuerzas para fingir de más. Le había mentido, le había hecho daño en el pasado y... actualmente le había hecho daño otra vez, arrastrando una mala decisión.

¡Pero es que luego no podía pensar lo contrario! ¿Qué iba a hacer? ¿Mantener la relación y que Gwen, obviamente, sospechase de ella porque la puede leer como un libro abierto y supiese que, en algún momento, había alguien detrás de sus decisiones, de sus miradas triste y de su evidente depresión? Sebastian lo hubiera visto, hubiera sospechado y benevolente hubiera sido si la hubiera matado él mismo y no hubiese mandado a Samantha a hacerlo.

¿Así que alguien puede decirle a Sam cuál era la maldita opción correcta en esa situación?

Y luego te presentas en su casa dos años después, pidiéndole ayuda como si nada hubiera pasado...

Mientras Caroline hablaba para Gwendoline, Sam se quitó una lágrima de su ojo rápidamente con el dorso de su mano, tragando saliva. Ya tienes que haber hecho las cosas mal para hacer sentir de inútil a la persona que más te ha ayudado... Se mantuvo de pie, sin acercarse a ellas. La rubia tenía de cariñosa lo que tenía de sentimental y quería poder hablar antes de que Gwen le contagiase esa llorera. De hecho, estaba mirando a la alfombra de su habitación, tocándose las uñas de manera nerviosa. Había esperado a que Caroline dijese su parte, pero Sam ya se había cansado de auto-convencerse de mierdas. ¿Habían quedado en ser claras, dejarse de mentiras e ir por la verdad por delante, no? Bien.

Chicas... —dijo, cuando hubo silencio después de su abrazo. Cualquiera de las dos sabrían que Sam hubiera sido la primera en tirarse a abrazar a su amiga, al no hacerlo estaba claro que era porque había algo mal; incompleto. Quería explicarse y mostrarle a Gwen que nada de lo que pasó fue culpa suya y que, en realidad, tampoco tenía opciones para averiguar lo que estaba pasando. Era injusto que se culpase de esa manera cuando no tenía manera de saber nada.  —Lo siento mucho. Gwen, siento haberte hecho sentir así porque en ningún momento fue mi intención. Tomé una decisión hace dos años con miedo de que mis cagadas hiciesen daño a lo único que quería. Sabía que si te dejaba seguir a mi lado ibas a descubrir lo que me pasaba y Sebastian te tenía muy vigilada. Eras lo único que tenía en Londres, Caroline todavía vivía en Japón, Henry estaba desaparecido, Beatrice siempre ha estado en su mundo y, bueno, sabéis que la relación con mis padres siempre ha sido muy limitada y... —Dio un paso atrás, apoyándose en el escritorio y haciendo una pausa. —Así que tenía que hacer que no averiguases nada y la única opción era alejarme, fingiendo que no quería saber nada de ti. Y te hice daño entonces y te sigo haciendo daño por mis decisiones. ¿Y sabes qué? Es que nunca has hecho nada mal, solo me has dado cosas buenas en mi vida. —Se llevó al mano al pecho, señalándose. —Y entiendo que te sientas así. Te arrebaté la oportunidad de ayudarme y he sido una egoísta, porque encima te hice pensar que había sido todo culpa tuya. Y lo siento mucho, porque no te lo mereces.

Dio un paso adelante, sentándose al otro lado de Gwendoline. —Ya había perdido mi vida y no quería que tú también la perdieras por mi culpa. —Y finalmente pasó una de sus manos por detrás del cuello de la morena, mirándola a los ojos y atrayéndola hacia ella para abrazarla, con ganas. —No sabía qué hacer y me equivoqué con mis decisiones. Sólo... por favor, no pienses por un momento que eres inútil, porque no hubo ni un momento después de aquello en el que no me arrepintiese de haberme alejado de ti de esa manera.

Sam tenía una teoría: su mala suerte no podía deberse simplemente a una mala gestión a su hora de nacer. No. Estaba convencidísima de que había gastado toda su suerte el día que conoció a Caroline Shepard y a Gwendoline Edevane. ¿Y podría quejarse acaso, con semejantes personas a su lado? Alzó entonces las manos por detrás de Gwen, invitando a Carol a unirse al abrazo porque... lo necesitaba. Necesitaba sentir que de nuevo, después de mucho tiempo, eran una piña, todo estaba claro y no volverían haber más mentiras, más decisiones estúpidas tomadas en caliente y, mucho menos, explicaciones a medias.
Sam J. Lehmann
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