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Time for honesty // {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Abr 21, 2018 11:19 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Time for honesty // {Carol, Sam & Gwen} - Página 2 2iag0fl
Martes 24 de abril, 2018 || Vivienda de Caroline Shepard y Sam J. Lehmann || 22:15 horas || Mi ropa (Un poquito más chamuscada)

Sam y yo nos aparecimos, torpemente sujetas la una del brazo de la otra y a punto de caernos al suelo de culo, en el mismo escalón de entrada de la vivienda de Caroline, lugar que Sam había convertido en su hogar en los últimos meses. La calle estaba desierta y tranquila, demos gracias, pues mi intención a la hora de desaparecernos no era, ni mucho menos, aparecer en la calle, si no dentro del apartamento. Bueno... un error de cálculo, ¿de acuerdo? No me culpéis, tengo quemaduras hasta en el trasero... Aquello no era mentira, ni una exageración: una de las lenguas de fuego de aquellos bichos me había alcanzado en la nalga izquierda y la sensación no era, ni por asomo, agradable.

—¡Maldición!—Dije, soltando el brazo de Sam cuando tuve claro que ninguna de las dos iba a caerse de culo al suelo para a continuación examinar un largo agujero con los bordes quemados que tenía en la manga izquierda de mi blusa. A través de este pude ver una dolorsa y larga quemadura en forma de lengua. ¡Quemaduras! ¿No podía ser otra cosa? Aquello dolía cómo el demonio mismo.—Lo siento, no quería aparecerme aquí mismo. Creo que no pienso con claridad por culpa de todo esto.—Definición gráfica de "esto": quemaduras en piernas, brazos, manos, cara... hasta un poco de pelo me habían chamuscado. Algunas eran más grandes, otras pequeñas, pero la sensación general era la misma: esto es un asco, y duele mucho.—¿Estás bien? Uno de esos bichos casi te da en la cara...

Mi expresión de fastidio y dolor mudó a una de genuina preocupación. Mi cara estaba bien, salvo por algunas motitas pardas, pequeñas quemaduras producto de las chispas que me habían saltado. Sin embargo, uno de aquellos bichos le había lanzado a Sam una llamarada directa a la cara, y no había tenido tiempo de comprobar el efecto de aquella llamarada...


Minutos antes...

Siguiendo algo de información acerca de Grulla, Sam y yo habíamos acudido juntas a uno de estos "puntos calientes", uno de estos negocios repartidos por toda la ciudad que en teoría funcionaban cómo tapadera para dar cobijo a fugitivos. Era uno de los "puntos azules" en el mapa, un lugar que la Orden del Fénix garantizaba cómo seguro... y había probado tener de seguro lo mismo que un dragón atado al lado de un montón de tanques de gasolina.
Lo peor de todo es que aquella definición no era muy distinta de lo que nos encontramos en la trastienda de aquel sitio.
Había sugerido a Sam que nos presentásemos cómo Mulder y Scully, agentes de la MACUSA—me pareció muy arriesgado presentarnos cómo agentes del Ministerio de Magia Británico, la verdad—y si bien lo pintoresco de nuestros apellidos falsos habría hecho levantar la ceja a más de un muggle, con el mago que regentaba el local no despertamos ninguna alarma.
Una vez allí, pusimos en práctica el típico numerito de Poli bueno, poli malo: Sam asumió el del poli bueno en esta ocasión, y a mí me tocó ser el poli malo. ¿Y os digo una cosa? El tema podría haber salido mucho mejor. Y es que al parecer al buen señor que regentaba aquella especie de hostal mágico no le caían muy bien los americanos. Al saber de nuestras intenciones de registrar aquel sitio, dio igual que Sam adoptase una actitud conciliadora o que yo fuese un poco menos simpática; el tipo acabó dando un golpe sobre el mostrador de recepción, exigiéndonos que saliésemos por la puerta o "las cosas se pondrían feas".
Nuestra insistencia desembocó en una clara amenaza: el tipo dijo que iba a buscar su varita—atiné a preguntarme por qué no la llevaba directamente encima—y salió de recepción por la puerta que había tras el mostrador. Cuando estuvimos solas, me atreví a preguntarle a Sam en voz baja.

—¿Tú qué opinas? ¿Te da buena espina? Quiero decir, si nos presentásemos cómo aliados de los fugitivos, quizás...—Pero ni siquiera llegué a esperar respuesta de Sam, porque un curioso sonido llamó mi atención procedente de otra puerta que había en la estancia. En concreto, esta puerta se encontraba bajo las escaleras que conducían al piso superior.

¿Qué había allí? Porque, evidentemente, fui a echar un vistazo. Pues os voy a responder: un armario que contenía única y exclusivamente una maleta. ¡Una maleta! Y nosotras estábamos buscando una maleta. Por lo que, con una sonrisa triunfante—y tras colocarme los mitones mágicos en las manos, por supuesto, pues la seguridad primaba—manipulé los cierres de la maleta, abriéndola.
¿Y sabéis eso de que no debe venderse la piel del oso antes de cazarlo? Pues... bueno, yo no seguí ese consejo, y canté victoria antes de tiempo.

—¡Equipo Samdoline uno, equipo Grulla ce...!—Exclamé, pero no llegué a terminar la frase. En ese momento estalló el infierno, literalmente. Y es que la maleta era cómo aquella de la que Kant había salido la noche en que Sam y yo le habíamos hecho frente, pero... no contenía a ninguna Savannah. Lo que sí contenía era un montón de cangrejos de fuego, que salieron disparados en manada de aquella maleta.

¿Por qué digo que se desató el infierno? Bueno, imaginaos la situación: decenas y decenas de criaturas que parecían una combinación entre tortugas y cangrejos, con caparazones llenos de piedras preciosas, salieron de la maleta y empezaron a recorrer el vestíbulo del hostal. Y a asustarse. ¿Y qué ocurre cuándo estas criaturas se asustan? ¿Se meten dentro de sus enjoyados caparazones y esperan la muerte? No: empiezan a lanzar llamas por sus colas. Así que... imaginaos el resto.
En lo que Sam y yo luchábamos por protegernos de alguna manera de las llamaradas de aquellas criaturas, el dueño del local llegó y se encontró con el percal. Y se enfadó, por supuesto. Le vi agitar la varita por el rabillo del ojo, al grito de "¡MALDITA MACUSA, MALDITOS YANQUEES!" y supe que iba a empezar a lanzarnos hechizos cómo si no hubiese un mañana.
Así que, con varias quemaduras encima ya, y tras contemplar que uno de aquellos cangrejos le lanzaba una llamarada peligrosamente cerca de la cara a Sam, hice lo único que se me ocurrió: la agarré de un brazo y, antes de que el hombre tuviese tiempo de maldecirnos, me desaparecí de aquel local y...


Ahora...

...y allí estábamos. Cubiertas de quemaduras de primer y segundo grado—finalmente, me había decidido a empezar a estudiar medimagia por mi cuenta, y ya no me refería a las quemaduras cómo "quemaduras feas, quemaduras menos feas y quemaduras muy feas", cómo antes—y con un sentimiento de derrota general, de pie en el escalón de entrada.

—Lo siento, eso ha sido culpa mía... ¿Estás bien?—Volví a preguntar, pidiendo disculpas de verdad pues me sentía culpable de lo ocurrido. Aparté algunos mechones de pelo de su cara con mi mano para comprobar el estado de esta.—Y siento haberme aparecido aquí fuera. ¿Te duele mucho?

Si le dolía tanto cómo a mí... seguro que le dolía, ya no mucho, pero sí bastante. Temía sentarme, con semejante quemadura en la nalga izquierda. También empezaba a preguntarme cómo demonios iba a atenderme aquella quemadura yo sola, pues no entraba en mis planes dejar que nadie viese mi culo desnudo... especialmente Sam. Desde el incidente "casi beso fortuito", había empezado a cuidarme mucho más de lo que hacía delante de ella. No quería que se repitiese algo tan incómodo...


Off: Hago una pequeña descripción de lo ocurrido, y no describo las quemaduras sufridas por Sam. Lo dejo a decisión de ella, igual que si quiere añadir algo a la descripción del suceso. ¡Espero que os guste!


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Mayo 10, 2018 2:23 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Jue Ago 16, 2018 10:05 pm

Hay un momento en la vida de todo individuo en que se encuentra en la tesitura en que debemos decir cosas como ‘Lo siento mucho. No me imagino lo difícil que debe ser esto para ti’. Es una frase manida, utilizada hasta el hartazgo, pero no deja de ser verdad. Y es que es cierto: por norma general, no podemos ponernos en los zapatos de nadie a no ser que hayamos vivido una situación parecida.
¿Pero qué pasa cuando puedes? ¿Qué pasa cuando sabes exactamente lo difícil, lo duro que ha sido algo para una persona que te importa? Desde mediados de marzo, llevaba acarreando aquellos recuerdos que no eran míos y que, de alguna manera, se me habían metido dentro de la misma forma que un organismo parasitario cuando había practicado la legeremancia con Sam. Resultaba irónico que yo, alguien se se había especializado en la modificación de la memoria de otros, hubiese terminado con mi propia memoria alterada. Los eventos más traumáticos de la vida de mi amiga estaban ahora dentro de mí, y cada vez que cerraba los ojos y me concentraba, podía verlos.
Sebastian Crowley, un monstruo disfrazado de ser humano que la había llevado al borde del suicidio.
Vladimir Crowley, presente durante el juramento inquebrantable que la había convertido en esclava de Sebastian, y luego artífice principal de una tortura física que casi la mata.
Zed Crowley, quien había partido su varita como si no fuese más que basura, y que había colaborado a la hora de reducirla a un trozo de carne plegado a sus macabros deseos con su hermano mayor.
Tanta maldad me hacía sentir nauseas. Tal desprecio por la condición de ser humano de alguien. Cada vez que rememoraba aquellos recuerdos implantados, no podía evitar hacerme las mismas preguntas: ¿En ningún momento, aunque fuese un ínfimo segundo, pensaron que habían ido demasiado lejos? ¿En ningún momento la vieron tal como era, un ser humano aterrorizado suplicando que aquello acabase, y sintieron remordimientos por lo que estaban haciendo?
Conocía la respuesta, pero ello no lo hacía más fácil de comprender.


***

Me había venido abajo. Había sido incapaz de soportar más aquella presión. Durante dos meses lo había llevado lo mejor que podía, convenciéndome a mí misma de que aquello era bueno, que por fin sabía cosas que antes no sabía… pero no, no era bueno. Era horrible.
Sam y yo discutimos el día antes de que Sebastian Crowley le pusiese las garras encima. Reconozco que tuve la culpa de aquella discusión. En pleno apogeo de la desaparición de Henry Kerr, Sam estaba dispuesta a llegar al fondo del asunto. En su mente, seguramente de forma acertada, creía que la familia Kerr tenía algo que ver. Y los Kerr no eran una familia con la que uno quisiese meterse. Por lo que Sam y yo discutimos. Yo quería quitarle la idea de la cabeza, pero Henry Kerr era su hermano. Quizás no de sangre, pero desde siempre había sido parte de su familia. Y no iba a dejarlo correr.
Entonces dije algo desafortunado: ‘No merece la pena.’ Recuerdo que Sam me gritó, posiblemente por primera y única vez en la vida, diciéndome que no entendía cómo podía decir aquello de Henry, de NUESTRO Henry. Mis intentos de disculparme, de explicarme, cayeron en saco roto, pues Sam simplemente se marchó, diciendo que prefería dejar aquel tema de conversación. Ahí fue cuando todo se rompió entre nosotras.
Durante mucho tiempo me culpé de aquello. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida, tan inconsciente? ¿Cómo podía haber destrozado la amistad más especial que jamás había tenido? Ciertamente, al principio culpé a los Kerr… pero en cuanto vi a Sam en el Ministerio de Magia, evitándome, aquella opción quedó totalmente descartada. Era yo. Entonces era yo la responsable.
Ojalá hubiese sido yo la responsable.
Caroline lo hizo lo mejor que pudo a la hora de intentar consolarme, de intentar hacerme comprender que no había forma humana de predecir que aquello sucedería. Mirándola a los ojos, quise creer que aquello era cierto, pero seguía sin creérmelo. Seguía culpándome por ser tan ciega, tan estúpida, para creer que todo aquello se debía a una simple discusión.
Me hubiese gustado decirle que sí, que todo estaba olvidado, que de un plumazo podía coger aquellos recuerdos sobre Sebastian Crowley y sus hermanos, meterlos en una bolsa y arrojarlos a un contenedor de basuras hipotético, pero no podía. Ni quería. Tenía que tenerlos presente, recordarlos, si no quería volver a caer en lo mismo.

—Caroline, yo no puedo...—Empecé a decir con la voz ronca, pero antes de que pudiese terminar, Sam habló.

Sam, la persona que más me importaba en el mundo entero. Todavía no me había dado cuenta del motivo de sentirme así por ella, y tardaría unos meses en llegar, pero ya entonces era lo más especial de mi mundo. El solo pensar que alguien había sido capaz de hacerle tanto daño volvía a revolverme las tripas.
La escuché atentamente, y pese a los deseos que sentí de contradecirla, la dejé hablar. No es culpa tuya, pensé mientras la escuchaba.

—No fue culpa tuya.—Dije con la voz ronca, mi boca casi enterrada en su cuello mientras nos abrazábamos. Cerré los ojos y otro par de lágrimas rodaron por mis mejillas.—Fue suya. Fue de él. Y de sus hermanos...

En mi cabeza, las palabras de Sebastian Crowley resonaron una vez más. Abrí los ojos y me quedé con la mirada perdida en algún punto de la pared. Era casi como si aquel hombre estuviese hablándome al oído.

Te voy a recordar lo que pasa cuando me dejas de ser útil y juegas con mi paciencia.—Dijo una vez más aquel hombre cruel, para el cual Sam pasó a ser solamente un juguete. Cerré los ojos de nuevo, intentando no escucharle.

—Sigo escuchándole en mi cabeza, Sam.—Confesé por fin.—A él, y a sus hermanos. Entraron cuando me mostraste tus recuerdos y ya no se han ido.—Me resultaba muy difícil confesar aquellas cosas. Cosas terribles. Cosas que jamás podría cambiar y que en cambio parecían destinadas a torturarme.—Caroline...—Llamé a la pelirroja, la voz todavía ronca, sin separarme ni de Sam ni de ella.—Necesito saber una cosa sobre Sebastian Crowley… Por favor, dime la verdad.—Hice una pausa, tragando saliva, derramando un par de lágrimas más y pensando en lo avergonzada que se sentiría mi madre ante la pregunta que estaba a punto de hacer.—¿Sufrió? Cuando le asesinaste... ¿sufrió?—Lo dije casi en un hilillo de voz, deseando que la respuesta fuese afirmativa. Quería imaginármelo teniendo una muerte agónica, sabiendo que su fin de acercaba pero incapaz de impedirlo de ninguna manera. Igual que esperaba que Vladimir hubiese sufrido mucho cuando Charlie le arrancó los miembros en mientras estaba moribundo, y que Zed hubiese muerto chillando dentro de un horno para ser comido después. No se merecían otra cosa.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Caroline Shepard el Sáb Oct 13, 2018 3:44 am

Cuando lo que uno siente es verdadero las palabras sinceras y cargadas de una emoción, que en este caso era la de un profundo cariño, salen por si solas, como una gran corriente que fluye hacia su destino en el mundo. Y en esta oportunidad Caroline era profundamente honesta con sus palabras, quizás el tiempo, confianza y uno que otro enojo provocado esta noche le había impedido decirselas antes a la castaña, pero por más que tardaron en llegar ahora estaban ahí, tratando de sacar a su querida Gwendoline de un pozo oscuro que no le permitía brillar como de costumbre. Y eso no le gustaba nada, jamás le ha gustado ver a las personas que estima así, sintiéndose de esa forma y mucho menos que se culparan de algo que no estaba en sus manos.  La abrazó fuertemente, queriendo transmitirle todo su sentir, su cariño, y su compañía incondicional, esa que traspasa cualquier enojo o circunstancia.

Escuchó la voz de Sam y se separó de la maga para dirigir su clara mirada a su rubia favorita en el mundo, frunció su ceño al observarla porque por más que la pelirroja se hubiera ido por diez años a Japón habían cosas que nunca cambiaban como el hecho de que bastara una sola mirada para saber cómo se encontraba la otra, era un don que ambas tenían y que por más que tomarán las mejores clases de actuación del planeta jamás podrían engarñar a la otra. Y lo que vió no le gustó, porque sabía que la rubia se estaba controlando, que jugaba con sus uñas para contener algo que estaba deseoso por salir y que seguramente no lo hacía porque podía llegar a quebrarse. Y cuando comenzó a hablar, lamentablemente se dió cuenta que no estaba del todo equivocada. Maldita culpa, maldito Crowley, y maldito linaje mágico puro con creencias retrógradas, pensó para sus adentros. Ella también había sentido culpa, al igual que sus compañeras y a veces en su habitación cuando las luces de la ciudad descansan también se quebrara, también se molestaba consigo misma por no haber esta aquí antes con Sam, con Henry y con Gwen, y dejaba escapar unas lágrimas hastas que el sueño la consumía y se quedaba dormida.

Escuchó las palabras de su amiga en silencio, quebrando ese diálogo entre ambas sólo cuando Sam le invitó a unirse a ese encantador abrazo, que no dudó ni un segundo en sumarse, deseosa de ese contacto lleno de amor y amistad, uno tan hermosa, tan sincera y leal que le llenaba su corazón de felicidad y agradecimiento. Porque todo podía ser una mierda pero a su lado la vida se tornaba más bonita, más llevadera.

Cuando escuchó la última pregunta de Gwen se tensó y su corazón se detuvo por una milésima de segundo pero lo suficiente para hacer que le faltara la respiración, pero no pudo respirar se quedó allí quietecita, como un animal que se ve rodeado de leones, leones que se personificaban en este caso en un recuerdo en particular, uno horrible.

Sebastian Crowley era la persona más despreciable que había conocido hasta la fecha, pero pese a todo aquello ella jamás se iba a enorgullecer de haberlo matado, y si lo había hecho era porque o era él o Sam, y no era solo un decir sino que era literal. Si él seguía con vida, tarde o temprano la vida de su amiga se terminaría extinguiendo, y eso mientras ella pudiera evitarlo jamás lo permitiría.- Yo...- balbuceo, tragó saliva y sintió un sabor amargo recorrerle la garganta.- ...realmente no quiero contestar eso.- se sinceró, porque podía hacerse la fuerte y decirle "Sí, sufrió. Le clavé una daga hasta verlo desangrarse y por un momento lo goce" pero en el fondo estaría igual o peor de como llegó esa noche a casa con Sam y se derrumbó en el suelo llena de lágrimas y con una pena negra.- No es algo que me gusta recordar, ni mucho menos hablar. Pero, él ya no esta y eso es lo importante. Lamentablemente allá afuera hay muchos como él pero lo que ellos no saben es que mientras permanezcamos unidas jamás podrán detenernos ni destruirnos. Juntas somos como el roble más fuerte.- les dijo separándose un poquito de ellas, solo un poquito para poder mirar a ambas a los ojos.

- Ahora, las dos se me secan esas lágrimas, me dedican una sonrisa de esas que me enamoran el corazón, para luego que Sam te cure las heridas mientras yo pido comida deliciosa para las tres y por Merlín y Morgana me cuentan todo detalladamente de lo que me estaba perdiendo hasta hoy.  Quiero saberlo todo, hasta el más mínimo detalle:nombres, lugares, fechas...todo, pero comiendo, abrigaditas y dándonos mimos, que esta noche será una bien melosa.- les dió un besito en la mejilla a cada una y les dedicó una sonrisa de esas que sólo aparecen cuando uno ve a una persona que ama mucho, de una forma inconmensurable. - Comida picante para Gwen, chocolates por montón para Sam y pizza para moi. ¿Algún otro pedido especial?

OFF: LAS ADORO, GRACIAS POR TANTO PERDONEN LO POCO <3
Caroline Shepard
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