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Jazmine el Jue Mayo 17, 2018 7:06 am

Recuerdo del primer mensaje :

In Fraganti.
Tantas cosas interesantes había por ahí, muchas de ellas brillantes, otras no tanto. Aquel enorme rompecabezas de perro gigante no brillaba, pero Jaz ya se imaginaba desmontándolo y volviéndolo a armar, como la estratega que ella era, hasta podría armarlo como si estuviese tomando el té, si lo sabía ella.

Una mota brillante era todo lo que había en un museo no mágico. La gente podría preguntarse qué hacía esa mota de luz yendo y viniendo de aquí a allá, iluminada sino por el fulgor de sus alas por la luz tenue del lugar cerrado, mas eso no era algo que a la hada le molestase en lo más mínimo, ella se divertía mucho por su cuenta ahí dentro.

Con los brazos en jarras miraba cada una de las pinturas, imitando el gesto del rostro o, si era a cuerpo completo, también lo imitaba, antes de zumbar risitas y continuar volando. Parecía una turista, siendo la diminuta cabeza de un torso sin la misma, parándose sobre el mundo con pose de superhéroe antes de que éste rotara sobre su propio eje haciendo que se cayera y tuviese que remontar el vuelo.

¡Ahí está el humano!”, señaló para sí misma al guardia de seguridad.

Era un humano joven, un hombre de veintitantos, que a paso tímido iluminaba temeroso el camino que iba siguiendo, girando la lámpara de izquierda a derecha buscando el proceder de aquellos ruidos que había en el museo. Tim estaba totalmente convencido de que aquello no era otra cosa que fantasmas, había visto cosas caerse sin que nadie las tocara y un movimiento con luz espectral. Debían prohibir ver películas de suspenso en el trabajo como velador.

Jaz voló detrás de él, mirándolo con gracia. “¡Ya sé, ya sé!”, zumbó, volando con toda la fuerza que le daban sus alas hasta adelantarse y entrar a la siguiente habitación que Tim iba a revisar. “Si tan sólo…

Revoloteaba en el suelo buscando algo, una habitación de historia natural donde había gigantes gatos que había descubierto que si se enchufaban a la luz se movían, ahora encontrándose desenchufados para ahorrar energía. Encontró dos conexiones cerca de sus respectivos enchufes y esperó.

¿Hay… hay alguien ahí…? —la voz de Tim sonaba más débil que la de un ratón, ni siquiera quería una respuesta, ¿para qué demonios preguntaba entonces? ¿Acaso un ladrón o fantasma iba a decirle: “sí, Tim, aquí estoy”?

Eso no le importó a Jaz, quien esperó hasta que Tim se encontrase cerca para enchufar uno de los gatos. El de la melena, justo a un costado del guardia, agitó su cabeza y rugió, causando que Tim emitiese el grito más agudo que ella hubiese escuchado jamás en su vida. Jaz tuvo que limpiar su oído con uno de sus dedos, incómoda, antes de enchufar otro gato, esta vez uno anaranjado con rayas que arañó el aire, un poco detrás de ella pero al frente de Tim.

Hasta la pequeña se sobresaltó porque eso sí que no se lo había esperado, mientras que un segundo grito inundó la sala tan sólo segundos antes de que la lámpara cayese al suelo y Tim echase a correr de vuelta a su cubículo, del que no saldría toda la noche. Al menos no hasta que su corazón se regulara, su rostro volviese a tener color y las piernas le dejasen de temblar, ¡si él mismo había desactivado a los animales!

Jaz se echó al suelo, sujetándose la barriga, riéndose como hacía mucho tiempo no se reía, zumbidos llenos de burla. Hasta se secó una lagrimita del ojo antes de desenchufar a los gatos. Tomó la lámpara y fue iluminando con ella, sólo por diversión, más como una luz errática por el vuelo torpe al tener un gran peso extra con ella.
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Jazmine
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 03, 2018 4:04 am

¿Sabéis esos sueños que TE TRAICIONAN LA MENTE? Pues Sam, cuando conseguía pegar ojo, algo poco común en ella, solía tener de ese estilo de sueños. Es decir, cuando no se veía atacada por pesadillas y malos recuerdos que la dejaban en vela toda la noche, es cuando tenía sueños que, literalmente, te follaban la mente hasta límites insospechados, de éstos que dices: "¿por qué cojones he soñado esta puta mierda que me va a tener tres días dándole vueltas?" Ahora mismo, acostada en aquel sofá con sus tres mascotas bien acurrucaditas a su lado, tenía uno de esos sueños. Un sueño en donde ella y otra persona estaban en una situación la mar de intensa, una situación que ella en la vida real ni hubiese imaginado dadas las circunstancias actuales pero que, ni de lejos, le desagradó.

El caso es que en realidad el sueño es lo de menos, lo peor de todo es que para una vez que está descansando y soñando algo divino en vez de algo tétrico, el grito de Caroline por casi no hace que le salga el corazón por la boca del susto que le pegó.

Se levantó de golpe del sillón junto a sus tres mascotas y abrió un ojo, viendo como la figura de Caroline caminaba hacia su habitación en su busca. Como es evidente, en ese estado mental en donde estaba descubriendo qué era real y qué no, no supo identificar si Clabbert era una persona o un kappa—porque a veces Caroline le hablaba de kappas con nombres de personas y Sam a lo mejor se imaginaba un señor y un mes después se daba cuenta de que en realidad era un kappa—ni mucho menos saber quién era su nueva amiga. Así que se restregó los ojos para poder enfocar y… ¿qué narices tenía justo delante de sus ojos y le observaba como buscándole los puntos negros de su nariz? Abrió los ojos hasta el punto de bizcar para poder enfocar a la pequeña hadita, para entonces esbozar una sonrisa de lo más divertida. —¡Un hada! —dijo con voz de Samantha Manolo, el de la obra. Carraspeó para hacerse a su voz normalizada, pensando que cuándo llevaría dormida como para que su voz hubiese mutado de esa manera. Tenía suerte de que Sam recién despierta tenía reflejos muy lentos porque de ser en otra ocasión, zarandear la mano para quitarse el bicho de delante de la cara hubiera sido probablamente su primera reacción al no identificarlo. Y no quería atentar contra el menudo cuerpo de una hadita, la verdad. —No sé de qué me sorprendo, si Caroline Shepard tiene más amigos en el mundo de las criaturas mágicas que en el de los humanos. Normal que a los humanos los quieras matar de sustos de miocardio, ¿te crees que esas son maneras de entrar a casa? Mecachis… —Murmuró por lo bajo, aún con las pulsaciones a mil.

Y entonces se sentó sobre el sofá, admirando a la hadita comiéndose la azúcar de la mesita del salón. Vio que en su móvil tenía encendida la lucecita de notificaciones y asumió que probablemente una de esas sería un mensaje de Caroline avisándole, porque Sam le había dicho que la avisara, pero Sam luego se había quedado dormida y no había visto el aviso que la avisaba. Vamos, la peor amiga del planeta. La virgen, el trabajo hoy en el Juglar Irlandés la había dejado K.O. hasta el punto de quedarse totalmente muerta en el sillón. —¿Y qué pasó con Clabbert? ¿Dónde está? Yo ya imaginaba que lo traerías a casa —dijo, ya con voz de Samantha y recordando quién era Clabbert, esa pobre ranita asustada. —¿Esta hadita es tu nueva compañera para las misiones? Tiene pinta no solo de tener un claro problema con el azúcar… —dijo divertida, viendo como se comía aquello—sino de ser muy escurridiza, ¿cómo os habéis conocido?

Sam no se había encontrado con muchas haditas a lo largo de su vida, pero sí que sabía cómo eran. Y si bien le pasó por la mente la broma de: “¿ahora regalan haditas a cambio de salvar criaturas mágicas en peligro?” le pareció una falta de respeto tratar a la hada como una propiedad que pudiera regalarse. Y a riesgo de enfadar a su invitada—por mucho que muchas familias las pudieran tener de mascotas—decidió ir por la parte más profesional y civilizada.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Vie Ene 04, 2019 5:39 am

Había gente que se emociona al escuchar su canción favorita, u otra con una sopa calientita un día muy frío y hostil. Hay tipos de alegría como personas hay en el mundo. Y una de las cosas que alegra de sobremanera a Caroline Shepard, son todas las criaturas del mundo, tanto mágicas como muggles, y que todos los días, sin querer, se agobia un par de minutos al pensar que jamás podrá saber y conocerlas a todas. Pero hoy, cuando pensó que se toparía tan sólo con un asustadizo Clabbert y un par de guardias ocurrió lo inimaginable. Ocurrió la “magia” como diría un muggle, y conoció a Jazmine, la hada.

Es por eso, que ni siquiera pensó que no eran horas para gritar a todo pulmón como si se encontrará en medio de la final de un clásico de Quidditch, gritándole a la buscadora de las Arpías que tomará la snitch, para decirle a su amiga Sam y todos los integrantes de su hogar que había llegado y no sola.

Y mira que casi se derrite de amor, cuando los vio a todos saltar de sus puestos con rostro de sueño. Debería sentirse mal, pero con esos rostros no puede más que sentir ternura en todo su ser. Jazmine, por su parte no tomó muy en cuenta sus presentaciones y bienvenidas. Pero eso a Caroline poco le importó, ya que el haber pasado con el hada más de una hora le había hecho descubrir algunas cosas de su actuar que ya no le sorprendían. – Sí ¡Una hada, Sam! ¡Una hada!.- exclamó repitiendo las palabras de su amiga con toda la emoción, para corroborar su decir y de paso transmitirle su alegría por dicho evento, para luego ir a besar y abrazar a sus lindos animalitos que le movían la cola, de distintas maneras pero lo hacían, felices.

Cuando escuchó las siguiente palabras de su amiga se llevó su mano a la boca y puso miradita de niña traviesa, para luego optar una pose de gatito tierno que no botó ningún adorno de navidad por más que tenga la brillantina esparcida por todo el cuerpo.- Upsi.- soltó sin más, para luego suspirar y poner un puchero.- Lo siento por despertarte así, despertarlos así.- terminó por decir a todos los que integraban el hogar, para luego lanzarse sobre su amiga que se encontraba en el sillón, para abrazarla y darle un besito en la mejilla.- Pero, ¿es que la viste? ¿Viste lo mona que es? .- le preguntó con ojos brillantes, mirando a la hada que se encontraba comiendo el azúcar toda feliz.- El Clabbert se encuentra ahora libre y con su luz apagada.- dijo acomodándose en el sillón con una sonrisa de lado a lado, como quien se siente muy feliz y satisfecho de su trabajo.

-En el museo.- le respondió con su mirada clavada en la de su amiga, y la sonrisa ahí intacta, inmovible.- Estaba allí buscando al Clabbert y de repente vi una linterna voladora, y detrás de ella, esta hermosura. – le contó para luego clavar su mirada en Jazmine.- Y no sólo es muy escurridiza y amante de la azúcar, también le gustan las cosas brillantes. Mira lo que me ha regalado....- le tendió su mano para mostrarle el anillo que tenía en su dedo índice.- Jamás me lo pondré poner porque de seguro será buscado porque lo sacó del Museo, pero eso no tiene que saberlo, no, no, no.- le susurró bien bajito a Sam al oído para luego soltar una risita traviesa, más una mirada de “No me reproches que se haya llevado cosas de allí, nadie me vio, pinky promise” que esperaba que Sam la entendiera. Años de amistad, a veces lograban eso, donde una mirada se convertía en una frase.

- Me encantan las hadas, porque al ser así de escurridizas logran que no puedan clasificarlas del todo, porque hay miles de hadas, de distintos tipos y personalidades. Jazmine es una aventurera y amante de lo brilloso, y es fascinante...- y ahí está, la gemela de Caroline amante empedernida de su profesión y las criaturas, esa que puede pasar horas y horas explicándote el curioso mundo denominado animal. Y que si alguien no la detiene, o ella no se da cuenta a tiempo, no parará jamás de hablar.

La pelirroja sacudió su cabeza y miró a Sam sonriente.- Mira yo, hablando solo de mi día. ¿Cómo estuvo el tuyo? Sabes que quedarte aquí dormida en el sillón te puede poner malita ¿lo sabes, verdad?.- le preguntó arrugando su entre ceño, sacando la abuela sobreprotectora que a veces aparecía en su ser. - ¿Quieres que te preparé un chocolate caliente?.

En eso recordó que por más que le encantaba tan solo mirar a Jaz comerse ese cubito de azúcar, mientras Lenteja le movía la cola, Don Cerdito iba a comer de su platito, Don Gato se acurrucaba sobre el sillón para seguir durmiendo y Samcita le contaba su día. Un panorama hermosamente hermoso para ser sincero, sabía que Jaz tenía una casa, ahora la pregunta era ¿dónde?.

-¿Jaz? ¿Sabes dónde está tu casa?¿Dónde quieres que te lleve? También puedes quedarte aquí ¿eh?.- le soltó la pelirroja al hada, deseando que esta vez Jaz si le tomará atención. Y bueno, sino la noche era joven aún.
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Jazmine el Mar Ene 08, 2019 1:23 am

In Fraganti.
La criatura brillante hacía gala de hiperactividad y falta de atención. Lo que duraba su interés por algo era el mismo tiempo que se tardaba en encontrar algo que le pareciese más interesante. Iba y venía, revoloteando por todo el lugar, en aquella cueva, hasta quedarse quieta cuando encontró algo que podía comer.

Estaba concentrada en ello, hasta que la nueva humana dijo algo interesante. Voló hacia ella rápidamente, haciendo ademanes con las manos.

"¡Sí, una misión! ¡Tuvimos una misión!", zumbaba alegremente. Con sus manitas acompañaba gestos y señas, queriendo darse a entender, pero sus gesticulaciones teatrales cambiaban cada vez que las usaba, motivo por el que era imposible crearse un diccionario de ellas.

Sin embargo, ella juraba que la podían entender a la perfección. Y si no, era porque los humanos son muy tontitos.

"Ella estaba ahí, y yo estaba ahí, y entonces tuvimos una misión en la cueva, con el humano tonto, y…", se emocionaba narrando. Diríase que era una narradora nata, que se divertía haciéndolo, contando sus historias y anécdotas que, muy probablemente, sólo ella comprendía del todo.

Tenía mucho que ver que Jaz veía el mundo con diferentes ojos. Los humanos y las hadas eran esencialmente distintos, porque incluso sus mundos y sus dimensiones eran totalmente diferentes. Lo que para un humano no era tan grande, para un hada lucía enorme.

Por ello, lo que podría ser un día casual, para un hada era toda una expedición. "Fue una misión interesante y atrapamos a los malos", no había malos en su misión, pero en su imaginación así lo parecía.

Jaz volvió a disponerse a volar a través de todo el lugar. Tomaba todas las cosas brillantes que encontraba y las apilaba en un mueble, seguramente preparando todo para marcharse. Debía ser eso, porque de lo contrario resultaría extraño.

Por ello, en medio de su botín, la sorprendió escuchar a la humana. Dirigió sus ojos hacia ella y entornó la mirada.

"Casa…", y miró a su alrededor. "Esta no es mi casa, ¡tengo que ir a casa! ¡A la cueva del humano tonto!", alzó las manitas, entusiasmada. "Pero no puedo llegar así, necesito cosas", y señaló el botín que había tomado, más bien usurpado.

Otro dato interesante: las hadas no tienen en cuenta las reglas humanas. Para ellas, el sentido de propiedad no existía si no era de ellas para con sus cosas. Es decir: todo era de ellas, y si no era de ellas no pertenecía a nadie. Así que Jaz estaba segura que no existía hurto alguno.

Entonces se sintió cansada. Había sido toda una aventura, y pensó que podría tomar una siesta pequeña antes de emprender su vuelo.

Buscó dónde dormir, dirigiendo sus ojitos de aquí a allá, de allá a acá, hasta encontrar una mullida bufanda bien doblada que decidió tomar como su cama. Un nido, más bien, por cómo lo acomodó.

"Voy a tomar una siesta aquí, tú cuida mis cosas, me iré luego", asintió, muy segura, y señalando a la humana, la que llevaba más tiempo conociendo.

Entonces, se cubrió y se acurrucó para dormir.
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Sam J. Lehmann el Jue Ene 10, 2019 4:40 am

En modo marmota era complicado prestar atención a la vida, pero después del susto y el hecho de tener un hada en casa, habían hecho que Samantha abriese los ojos rápidamente y prestase mucha atención a la realidad, por mucho que la realidad fuese tan fantasiosa. Una hada, repito. No todos los días se ve una hada. De hecho estaba bastante segura de que era la primera hada que veía.

Así que como tal, su fascinación era obvia, además de su curiosidad. Porque vale que Caroline era magizoologa, pero debido a su predisposición por amar a las cosas feas y repulsivas—como son los kappas, lo siento Caroline—, Sam no se imaginaba nunca que terminase con algo tan adorable e hiperactivo en casa. Así que asintió todo el rato a lo que decía la pelirroja, con una sonrisa en los labios de manera totalmente inconsciente al ver a su amiga hablar tan alegre y, obviamente, ver a la hada moverse por todos lados en un intento de contar lo mismo que Caroline, o eso parecía. No sé, parecían tal para cual en ese momento, pues las dos parecían compartir la misma energía.

La pelirroja se acercó a Sam para decirle lo del anillo, a lo que Sam abrió la boca y los ojos, sorprendida. —¡Tienes que devolverlo! —Susurró con el ceño encogido. Mira que ella no sabía mucho de joyas históricas, ¡pero a saber, a lo mejor era un anillo de Tutankamon III y Caroline ahí guardándolo en su joyero! Qué se le iba a hacer, ahí estaba Sam, la RompeSueños. Sam, la CortaRollos. Sam, la aburrida. ¡Pero ese anillo tenía que ser devuelto!

Mira que no sabía mucho de hadas, pero ni falta que hacía con la enciclopedia de criaturas mágicas que tenía como amiga. Le encantaba escucharla hablar de todo lo que le gustaba mientras una hada que la fascinaba parecía estar amontonando en la mesa todas las cosas brillantes del salón. Para nada extraño. En una de ésta Sam se imaginaba que saldría volando cual snitch con todo por delante, rompiendo el cristal de la ventana en busca de la libertad. —Yo bien, yo bien. No me voy a poner malita, mira. —Y alzó el pedazo de edredón que había traído de su propia cama, además de mostrar sus pies, vestidos con unos calcetines bien gorditos. —Estaba preparada. —Y ante la pregunta del chocolate, ¿qué iba a decir? —Oye pues si vas a hacer chocolate… no te voy a decir que no. —Se encogió de hombros, divertida. Cuando Sam dijera que no a una taza de chocolate caliente, entonces Don Cerdito volaría, Don Gato sería cariñoso y Sam heterosexual.

Mientras la hadita seguía coleccionando cosas, Caroline le preguntó por su casa. —Caroline, ese jarrón que ha cogido nos lo regaló tu madre. No sé cómo va el modus operandi de las hadas, pero diríase que está creando un botín mientras urde un plan de huida —dramatizó con diversión. —No sé, ¿no deberíamos decirle que eso no se coge? Como nos rompa el jarrón tu madre nos mata. —Y entonces se acercó a una bufanda. SU bufanda. Una bufanda que le había regalado su buena amiga hace poco, así que Sam fue a decir algo, pero luego vio a la hadita hacerse un pequeño nido y acurrucarse. Dijo algo a Caroline, para finalmente quedarse ahí, para dormir. Sam no entendía nada—literalmente, pues no entendía al hada—, por lo que miró a Caroline e hizo con un movimiento de manos que se acercase, para poder susurrarle al oído. —Voto por coger todo lo que ha reunido y guardarlo en una cajita bajo llave. —Y entonces miró de nuevo a la hadita. —¿Deberíamos taparla con... la gamuza de las gafas? —Dijo divertida y susurrante, haciéndose hacia adelante para coger la de sus propias  gafas, que estaban sobre la mesa. —Es de su tamaño. —Y tras una pausa, miró a Carol. —¿Por qué narices sigo susurrando? —Y rió.
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Vie Ene 25, 2019 9:29 pm

Pese a la hora que era Caroline sentía como si recién se hubiera despertado de una reponedora siesta, llena de energía y feliz. Ya que a parte de haber logrado su misión, liberando el Clabbert, había conocido a Jaz, la revoltosa hada y por si eso ya no fuera lo más, había podido ir con ella a casa para que tanto Sam y sus demás adorados la pudieran conocer. Y mientras le comentaba su aventura a su amiga, de reojo no le quitaba la mirada a la pequeña y brillante hada, que iba de un lugar a otro viendo todo, recolectando cosas, o pegando mordiscones al terrón de azúcar.

A la pelirroja no se le pasó por alto que pese a estar de un lugar a otro, Jaz permanecía atenta a su conversación, o al menos a veces lo hacía. Lo suficiente como para hacer pequeñas intervenciones, haciendo movimientos que, para ser sincera, no podía traducirlos del todo, pero si se atrevía a inferir que la hada intentaba apoyar su relato, y de paso contar su propia versión, y por su postura final, era una misión de la cual ella estaba muy orgullosa de formar parte. Carol, simplemente sonreía. Feliz de haber tenido ese giro radical de un momento a otro dentro de ese Museo. Pero la hadita como tan rápido llega, se va.

Sam ignoró monumentalmente su mirada de "no me regañes, pls", y enseguida le dijo lo que Carol se esperaba desde siempre, conocía muy bien a su amiga como para saber que sin importar la mirada o palabra que ella le dijese, ese anillo según ella debía volver a su lugar de origen, o bueno, al lugar donde lo tenían capturado para demostrarle a los muggles que la historia que han leído en sus libros es real.- Vale, vale, que lo iré a devolver mañana.- dijo haciendo un puchero. - Pero, mira que mono es, miiiiiraaaaaaalo.- insistió, poniendo por segunda vez sus ojitos de gato con botas, pero terminó por suspirar.- Vale, que lo devolveré.- volvió a decir, pero sólo quiso agregar.- Aunque los regalos no se devuelven, es de mala educación.- terminó por decir como una niña de seis años que no quería dejar su peluche favorito en casa para ir a la escuela.

En eso le tocó el turno a Sam de contar su día, o más bien decirle cómo es que se encontraba tras ser despertada por su compañera loca por las criaturas.- Aw, muy bien. Mi madre siempre decía que si tienes los pies abrigaditos, nada malo puede pasar.- le dije ofreciéndole una cálida sonrisa y de paso sacandose sus zapatos que durante todo el día tuvieron a sus piecitos encerrados. - ¡Dos chocolates calientes para la mesa cuatro, andando!.- exclamó la pelirroja con voz de camarera, para levantarse del sillón y hacer el ademán de ir a la cocina a preparar aquel dulce y reconfortante bebestible. Pero antes de siquiera dar una paso, una duda le asaltó y volvió a caer sentada en el sillón al lado de Sam, ya que por más que lo estaba pasando muy bien en casa junto a Jaz, era consciente de que ese tal vez ni siquiera este cerca del lugar de dónde vivía la pequeña hada. Si es que tenía un hogar y no era de esas que encuentran un hogar en cada lugar que le permite cobijarse y dormir. Y cuando le preguntó por su casa, la hada comenzó a moverse rápidamente mostrando su nuevo botín, que en su mayoría eran cosas de la casa, brillantes por su puesto.

Caroline soltó una risita al escuchar a Sam.- No se irá con nuestra cosas, y menos con el jarrón de mamá, le pesará mucho. Y si se le cae, no hay nada que un reparo no pueda hacer.- le susurró a su amiga guiñandole un ojo. Y cuando volvió a depositar los ojos en Jaz, ella ya se encontraba acurrucandose en un lugar, y cerrando sus ojos toda cómoda, como si aquell bufanda fuera el mejor lugar de todos para dormir. Sam le hizo un gesto con su manito para que viera junto a ella más de cerca esa, a vista de la pelirroja, tan enternecedora imagen, se acercó.- Si le quitamos todo lo que  reunió sin dejarla nada, alguien nos irá a despertar de una manera todo menos cariñosa, Sam. ¿Qué harías tú si de repente despiertas y te han quitado tu tesoro, eh?.- le preguntó bajito a su amiga, para luego asentir cuándo preguntó si era lo mejor cubrirla con la bolsa de las gafas.- Sigues hablando así porque se ha dormido y eres muy buenita, y sabes que nuestras voces, este pequeño ser las escucha con el triple de volumen.- le señaló divertida, para luego levantarse cuidadosamente del sillón, arrebatarle las cosas que reunió, e ir viendo cuáles podía llevarse y cuáles ¿no?.- ¿Te gustan mucho estos aritos?.- le preguntó a su amiga, al ver que una de las cosas reunidas era unos aritos de Sam de forma de gato.- ¿Me acompañas a la cocina? Así podemos hablar mejor, y hago los chocolatitos.- le invitó la pelirroja para comenzar a caminar hacia la cocina, mientras seguía seleccionando las cosas que podía dejarle a Jaz como botín, para que ella no se atacará al despertar.

- ¿Cómo estuvo todo hoy en el Juglar?.- le preguntó al entrar y dejar las cosas recolectadas por Jaz en el mesón, e ir a preparar los chocolatitos. Y estaba en eso cuando por suerte echa un rápido vistazo al comedor y ve a Don gato con sus patita acercarse al hada durmiente.- Don gato.- susurró fuerte acercándose a la puerta de la cocina.- No, no, no, Déjala dormir, chuchú.- le dijo mientras le hacía señas con su manito para que se acercara. El felino la miró con rostro de poker, aún con su manito levantada en dirección al hada, y Caroline por unos segundos pensó que terminaría por ponerla de lleno en el rostro de Jaz y de paso despertarla, pero en vez de eso, el gato con una sublimidad total, se dió media vuelta y se fue a su rincón moviendo su colita de allá para acá, la pelirroja suspiró y siguió haciendo sus cosas.
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Jazmine el Dom Feb 03, 2019 12:59 am

In Fraganti.
Las hadas no se regían por las leyes de los humanos. Ellas, en cambio, cuando querían tomaban, hacían su voluntad. Si querían dormir, cualquier sitio era una buena cama. Jaz, por ejemplo, había tenido mínimos problemas encontrando un nido para dormir, que ella misma acomodó para hacer de su gusto.

Sabiéndose segura, no había nada que pudiera perturbar su sueño, ni siquiera la pata peligrosa de un gato que amenazaba con despertarla, como el objeto extraño que era.

Jazmine soñó, sí. Esos sueños fantásticos, mágicos, en los pocos minutos que había dormido. Si hacía falta recalcarlo, aquí estaba: para las hadas, todo era mucho más pequeño. En especial para las hadas aventureras, un rato de descanso bastaba para que ellas se sintieran recompuestas y listas para seguir una travesía. Podían dormir toda la noche, y Jaz lo hacía con frecuencia, pero a veces sólo necesitaba una siesta.

Media hora, más o menos, fue el tiempo que duró esa siesta. Jazmine no fue capaz de recordar lo que había soñado, pero eso no parecía ser, ni por asomo, un problema.

Bostezó y estiró los bracitos y sus alas. Notó la mantita, cálida, que tenía encima, y tendió su nido como si fuera una cama humana.

Se sintió, en principio, confundida. No parecía darse cuenta de dónde se encontraba o dónde se había metido, o no lo recordaba. Emprendió el vuelo, empezando a rebuscar a su alrededor, hasta darse cuenta de que estaba en una cueva (que no la suya).

"¡Bola de Pelos!", exclamó, viendo a la Bola de Pelos en el rincón, volando hacia ella. "¡Tienes una misión…!", y no pudo terminar su explicación, porque el animal lanzó su zarpa queriendo atraparla, y por poco la engancha del vestidito. "¡No! ¡Mala Bola!", le riñó con el dedo acusador en alto.

No podía contar con la Bola de Pelos, eso era seguro.

Siguió dando vueltas por aquí y por allá, hasta que escuchó voces humanas. Se aproximó cuidadosamente al lugar de donde provenían.

"¿Son enemigos? ¿Me tienen prisionera…?", zumbó suavemente, pensando en lo peor mientras se colaba al lugar.

Cuando vio a las hembras de humano, lo recordó todo de inmediato. La aventura, ¡claro, la aventura! Era un hada aventurera, eso sí, y nunca olvidaba sus aventuras. O eso pensaba ella.

"¡Humana!", se acercó zumbando. "¿Dónde estabas? ¡Te perdiste!", movía las manos, haciendo figuras con ella, en una suerte de lenguaje sordomudo inventado.

Y ella fue directamente a una de las tazas de chocolate caliente, a darle un sorbo, porque por qué no. Se quemó la boca, sí, pero lo haría de nuevo. Con sus manitas hacía aire con dirección a su boca, a su lengua malherida, mostrando que estaba demasiado caliente.

"¡Caliente! ¡Quema!", se quejó, volando alrededor hasta pararse sobre la cabeza amarilla de una de las humanas.

Se agachó para poder verle la cara, sujetándole los mechones para que no se resbalara, viéndola de cabeza. Probablemente le hubiese pegado un mordisco, por la forma en que abrió la boca con dirección a su frente, de no haber sido porque vio su tesoro, ¡su tesoro! Desperdigado en la mesa.

"¡Pero te dije que lo cuidaras!", se quejó con la humana que la acompañaba en aventuras. "¡Mala humana! ¡Tú, muy mala humana!", la regañaba, apilando de nuevo las cosas que planeaba llevarse.
chu *3*
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Sam J. Lehmann el Miér Mar 06, 2019 12:33 am

Pero es que no es su tesoro, ¡son nuestras cosas! —Se quejó Sam, en bajito, para entonces sonreír por su visión optimista del ‘por qué Sam está hablando bajito’ en vez de asumir que era idiota y ya está. Caroline, siempre viéndola con esos ojos tan preciosos. —No voy a dejar que un hada se lleve mis aritos de gatito —dijo como una niña pequeña.

Bastante pocas cosas le pertenecían a Sam, como para dejar que una hadita se las llevase. Que le tenía mucho respeto a las haditas, pero recordemos que Samantha perdió su piso y todo lo que tiene lo ha ido consiguiendo de poquito a poquito, pues todo lo de su piso allí se quedó. ¡Así que esos aritos no se los iba a llevar nadie! ¡Por muy mona que fuese esa hada! Así que Sam asintió con lo de ir a la cocina y, antes de levantarse, cogió sus aritos de gatitos, se los guardó en el bolsillo del pijama y fue tras Caroline.

Tenía que admitir que le creaba cierta incomodidad tener a una hada ladrona durmiendo en el salón, pero desde la cocina la podían vigilar.

Se sentó en el taburete, dejando en labor de Caroline el hacer el chocolate. Se hubiera prestado voluntaria, pero estaba cansada y siempre estaban más buenos los chocolates cuando te los hacía otra persona. Y eso era así, sobre todo cuando estaban hechos con amor. —Todo muy bien: no he roto ningún vaso ni ningún plato, pero me corté. —Alzó el dedo meñique, en donde había una pequeña tirita infantil de Frozen. Le hacía mucha gracia que Alfred tuviese tiritas de Frozen en el botiquín del Juglar Irlandés. Si tuviera nietos pues pasaba, pero no teniendo nietos… ¿de Frozen? Se imaginaba a Alfred cantando Let it go en casa emocionado y no podía evitar sonreír. —Estoy bien, no es nada grave. Puedo hacer vida normal. —Relató, dramatizándolo todo como sólo ella sabía.

Caroline y Sam estuvieron hablando un rato allí en lo que se hacía el chocolate caliente: la pelirroja le contaba cómo había sido esa aventura en compañía del hada, sin cortarse con los detalles, mientras que Sam le daba los detalles de cómo se cortó intentando abrir una lata. Que a ver, parecía que la piel de Sam era como super sensible para los cortes, porque ella se cortaba hasta con los panes.

De repente, la hadita volvió a hacer aparición en la escena. Digo ‘hadita’ y no ‘hada’ porque es pequeñita, aunque es redudante decir hadita porque una hada ya es pequeña. Sin embargo, me da igual y tú lees lo que yo ponga. Cómo iba diciendo: la hadita volvió a aparecer, declarando abiertamente que se lanza a la deriva con la vida, pues al probar del tazón de chocolate de Sam, terminó quemándose la lengua. —Agua, allí. —Le señaló el grifo con el dedo al hada, aunque ésta prefirió ponerse en su cabeza y sujetarse a sus cabellos. Sam se puso ligeramente bizca, de manera graciosa, para poder verla, aunque al final terminó riendo. —¡Oye, oye! ¡No te puedes llevar eso! —Le dijo con respecto a las cosas que volvió a apilar sus cosas. —Este jarrón es de la madre de Caroline. No puedes. Ni eso, eso es mi espejo para quitarme las cejas, ¡por muy brillante que sea, no te lo puedes llevar! —Qué específica: su espejo para quitarse las cejas, pero seamos sinceros: para quitarte las dichosas cejas tenías que tener un espejo especial que tuviera un por cinco aumentos y verte hasta los poros.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Jue Abr 04, 2019 4:26 am

La pelirroja invitó a su amiga a la cocina para que pudieran hablar mejor y no despertar al hada que había decidido ponerse a dormir de un momento a otro, se llevó consigo el tesoro que había reunido la pequeña criatura para poder ir viendo qué cosas podía desprenderse para regalarselas y cuáles no.

Al llegar a la cocina dejó el tesoro sobre el mesón y comenzó a preparar chocolate caliente para ambas, mientras de paso le preguntaba a su amiga cómo había estado su día , ritual que todas las noches hacían antes de irse a sus respectivos dormitorios, y si alguna vez una llegaba muy tarde y la otra ya se encontraba dormida, era un deber armar un resumen antes de dormir para contárselo a primera hora del siguiente día. Y el querer saber de la otra no era mera formalidad de personas que vivían bajo el mismo techo, sino que era algo que les gustaba y de cierta forma pese a no estar juntas durante el día les hacía sentir que de una u otra manera igual formaron parte de la vida de la otra, aunque sea solo como fieles oyentes de su diario vivir.

Caroline hizo una pausa en su accionar cuando de reojo vio a Don gato acercarse mucho al hada, mirándola con ojos curiosos y ariscos, ya que de todos los integrantes del hogar el felino era el más desconfiado con personas nuevas, y le costaba mucho encontrar confianza, pero cuando lo hacía sacaba a relucir un lado de los más tierno, que a modo personal a la pelirroja le encantaba tener la fortuna de conocer. — ¿Te cortaste? ¿Cómo? ¿Dónde?.— le bombardeó con preguntas para dejar una vez más lo que estaba haciendo y acercarse a su amiga, tomar su mano con las suyas y ver su herida en profundidad. — Tengo una crema cicatrizante en mi habitación, deja terminar el chocolate caliente y te la voy a buscar para que te la pongas ¿vale?.— le dijo con tono sobreprotector, es que con Sam simplemente no podía dejar pasar esas cosas, por muy heridas pequeñas que sean ella quería aún así poder aportar a su mejoría, sí podía hacerlo lo iba a hacer, siempre.

El tiempo pasó y ambas magas se comenzaron a contar su día con mayor detalle, entre tanto Caroline fue en busca de su crema para ponerla sobre la herida de Sam y de paso ponerle un nuevo parche curita pero esta vez era uno de un collage de perros y gatos juguetones. A su vez mientras narraba su aventura con el hada, comenzó a guardar en un pequeña bolsa de terciopelo violeta las cosas que Jaz podía llevarse consigo, todas eran de la pelirroja y cosas que al menos ella creía que no iba a extrañar demasiado.

Y en eso Jazmine nuevamente hizo acto de aparición, y más energética que nunca. Su primera parada fue ir de lleno al tazón con chocolate caliente para probarlo, quemándose en el acto, el líquido aún se encontraba lo suficientemente caliente como para quemar a cualquier que se atreviera a acercarse si haber soplado antes al menos un par de veces.

De ahí en adelante las cosas pasaron muy rápido, Jaz se indignó al ver parte de su tesoro repartido sobre la mesa y Sam se alteró al ver que el hada pretendía nuevamente llevarse esas cosas, a lo que la pelirroja se levantó de la silla en la que se encontraba y elevó sus brazos para calmar los aires.— Chicas, chicas, calma...— comenzó a decir dulcemente.— Jaz, esa parte del tesoro no podrás llevartela porque son regalos que me ha hecho gente importante para mí, como los pendientes que tú me has regalado, y a tí no te gustaría que yo permitiera que otra hada viniera y me los quitara ¿verdad? Pero mientras dormías te hice un tesoro mucho mejor, mira...— le dijo antes de mostrarle la bolsa de terciopelo depositandola sobre el mesón.— ...tiene muchas cosas brillante en su interior.— le comentó abriendola y dejar que la hada lo viera con sus propios ojos.

No fue fácil luego de eso convencer al hada de que ese tesoro era mejor del que ella había seleccionado, pero ¿han escuchado alguna vez que el chocolate todo lo soluciona? pues bueno, esa noche no fue la excepción, la pelirroja le dejó en una pequeña taza de porcelana que tenía un poco de chocolate caliente mucho más tibio que el anterior, y cuando Jaz lo comenzó a probar su desplante fue mucho más dócil y calmado.

Caroline no sabría decir cuánto tiempo más estuvieron las tres en la cocina, pero la responsabilidad de ambas no se hizo esperar y las llamó a irse acostar para que al día siguiente no parecieran más zombies que persona. La pelirroja invitó al hada a su pieza y le mostró todo el lugar, para luego junto a Sam que fue un par de minutos envuelta en una manta darle una cálida despedida a la hada que se fue con sus alitas volando por la ventana, no sin antes con su propio idioma de señas decirle algo a la maga entendió como puras cosas buenas por su parte, después de todo la aventura que se habían mandado las dos era de esas cosas que estaba segura que recordaría de viejita, y si no lo hacía obligaría a Sam que le prometiera que se lo recordase.

Y así toda feliz terminó su día Caroline Shepard, recibiendo el rayo de luz de la luna sobre su cuerpo mientras dormía con una gran sonrisa en su rostro.

Caroline Shepard
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