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El paciente siempre tiene la razón. {Dante}

Stella Moon el Sáb Jun 30, 2018 12:41 pm

No solía salir herida de las batallas, pero cuando lo hacía era una grandísima putada.

La misión había salido casi tal y como quería: había tenido éxito, desde luego, pues había conseguido que de los fugitivos a los que encontré en aquella “casa segura” no acabase ninguno la noche con vida. Había sido un duelo duro, sin duda, con una gran desventaja por mi parte pues estaba sola contra un grupo de magos. Pero uno a uno fueron cayendo, sin que ninguno de ellos fuese capaz de derrotarme.

Algo había salido mal, sí, y es que no tenia ni idea de que uno de ellos era animago. Animago de tigre, lo cual no mejoraba nada ni situación. Había perdido la varita en el último momento antes de que el tigre se abalanzase contra mí con sus fauces abiertas y las garras extendidas, listas para desgarrar mi carne y por fin vencerme. Adoraba ser licántropa, pero tenía que admitir que los animados tenían ventaja cuando no eran noches de luna llena, y eso me repateaba.

El animago había conseguido herirme antes de que yo le clavase un trozo enorme de cristal roto en el cráneo. Por eso ahora estaba llegando a San Mungo con el gesto contraído en una expresión de dolor contenido. No me gustaba mostrar dolor, me mordería mi propia lengua de ser necesario hasta sangrar si con ello conseguía evitar gritar. Cojeaba por los pasillos, sosteniendo mi costado con una mano ensangrentada. A través de mi ropa rasgada se veía un terrible zarpazo con cuatro largos y profundos cortes que sangraban profusamente.

Una sanadora bastante novata fue la encargada de llevarme a ser atendida. Me hizo sentarme en una camilla antes de comenzar a inspeccionarme e intentar tratar la herida. “Intentar” es la palabra clave aquí, pues la muy inepta no fue capaz de hacer gran cosa. Apenas había pasado un minuto, y yo ya no sabía si me estaba matando más el dolor, la pérdida de sangre, o las ganas que tenía de arrancarle la cabeza a la mujer.

Fuera de aquí, eres una inepta —prácticamente le ladré, haciendo que la pobre sanadora saliese rápidamente del quirófano.  —¡Por las barbas de Merlín, traed a alguien útil! ¿Hay algo más que imbéciles en este hospital?

Una punzada de dolor particularmente dolorosa me sacudió, obligándome a gemir antes de morderme el labio para silenciarme a mí misma. Lo que haría ahora por un poco de alcohol.
Stella Moon
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Dante Fiore el Sáb Jun 30, 2018 8:51 pm

La sala de urgencias parecía estar, curiosamente, muy poco abarrotada, como si todo entrara en un estado de paz y de tranquilidad que se hacía incluso sospechoso, perturbador, y es que no habían llegado más que unos cuantos casos estúpidos, como tener que resolver hechizos mal hechos, ya sea por magos inexpertos o por varitas rebeldes, algunos cuantos errores en preparaciones indebidas de pociones que acababan en resultados desastrosos, o accidentes utilizando distintos artilugios mágicos, nada alarmante, que no se pudiera resolver en más de unos cuantos minutos. Aunque la verdad es que, con magia, la sala de urgencias no era igual que como podría serlo la de los muggles, quienes debían hacer todo de forma manual, porque los sanadores tenían montones de hechizos para cada proceso, y también podrían cerrar heridas en un abrir y cerrar de ojos con sólo mover la varita.

Como vuelvas a ponerle Ajenjo a esa poción, te juro que hago que te cobren triple — Afirmó, mientras que despedía a su más reciente paciente de aquella noche, quien había venido ya unas tres veces durante el último mes, por preparar mal la misma poción. No iba a mentir, el arte de las pociones era bastante complicado, ¿pero agregarle ajenjo tres veces a una poción que no lo incluía? Eso ya era bastante, especialmente cuando te causaba un terrible brote en la cara y debías buscar ayuda médica para solucionarlo cada vez.

Estaba organizando algunos cuantos utensilios en medio de uno de los cubículos, cuando el sonido de unos pies bastante apresurados interrumpió sus pensamientos, por lo que asomó su cabeza por la puerta, observando como una de las enfermeras recién ingresadas corría en dirección hacia donde él se hallaba — ¡Una paciente con una fuerte herida en quirófano, ya! — Exclamó, a lo cual Dante permitió que de él saliera un profundo y pesado suspiro, resulta que ahora las enfermeras le daban órdenes a los sanadores, quien lo diría.

Corrió hacia el lugar lo más rápido posible, y no le tomó más que unos cuantos segundos llegar al lugar, en el cual observó a una mujer de cabello castaño sentada sobre la camilla, que parecía tener una herida bastante grave en el costado, o por lo menos, era lo que se podía ver por la sangre que brotaba del lugar. Se acercó a paso rápido, mientras que tomaba su varita entre su mano derecha, sin retirar la vista de la mujer — En seguida la ayudo, no se preocupe — Claro que era difícil concentrarse o intentar no entrar en pánico teniendo una herida de tal calibre en el cuerpo, pero al sanador le gustaba intentar calmar a sus pacientes, y era la mejor forma que tenía para hacerlo.

Los zarpazos indicaban que había sido víctima del ataque de algún animal, o probablemente de un animago, lo cual no era demasiado diferente, parecía haber perdido bastante sangre ya, y no tenía demasiado tiempo para sanar la herida — Sosténgala — Comentó, mientras que con su mano tomaba una parte de la prenda superior de la mujer y la levantaba, dejando a la vista la piel, pudiendo examinar la herida con mayor detenimiento, y esperando que la mujer sostuviese la tela para él. No había demasiado tiempo, por lo cual no iba siquiera a pedirle que se quitara la ropa, lo más rápido justo ahora era trabajar exactamente como estaban, de lo contrario, podría llegar a desmayarse por la pérdida de sangre.

Tergeo — Movió su varita con rapidez, y con un rápido hechizo consiguió limpiar toda la sangre del costado de la mujer, dejando a la vista la única herida, de la cual comenzaba a brotar la sangre nuevamente, era bastante profunda, y lo mejor sería que revisara que no hubiese ningún daño interno, que lo afectado fuese sólo la piel, antes de intentar cerrar la herida — Translucens — Acercó más su varita al cuerpo de la mujer, permitiendo que su piel se volviese totalmente transparente, y otorgando vista hacia su interior, los huesos y también los órganos, comenzó a analizar todo, pero parecía estar en su lugar, únicamente se había visto afectada su piel, sin embargo, debía asegurarse de ello, por lo cual continuó echando una ojeada bastante veloz a sus órganos internos, asegurándose de hacer todo con la mayor rapidez posible.

Tergeo: Hechizo para limpiar sangre seca de una herida sangrante, similar al Fregotego.

Translucens: Vuelve transparente la piel, hueso, músculo, etc. (a voluntad del conjurador) para dejar ver los órganos internos sin dañar al paciente.
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Stella Moon el Mar Jul 31, 2018 12:57 am

Después de que la sanadora a la que deseaba asesinar saliera prácticamente corriendo del quirófano, no tardó en llegar otro sanador con pinta de tener más inteligencia, aunque en estos momentos yo ya no me fiaba de nadie en este hospital.

No pude evitar bufar amargada cuando me dijo que no me preocupara. —Dejaré de preocuparme cuando vea resultados. Le juro que como sea tan inútil como la anterior usted va a acabar muchísimo peor que yo —le amenacé entre dientes, sufriendo por la herida pero ardiendo de ira a la vez.

Miré al sanador, queriendo poner atención en lo que estaba haciendo por si acaso se le ocurría hacer alguna barbaridad. Agarré mi ropa cuando me pidió que la sostuviera, aunque lo hice de mala gana, pues seguía con ganas de utilizar las manos para estrangular a alguien y para nada más.

Apreté los dientes cuando me limpió la herida. No escocía, era agua, así que solo molestaba al contacto con la profundísima herida. Me mantuve en silencio, dándole un voto de confianza mientras realizaba otro hechizo que volvió mi piel transparente, dejando todos mis órganos a la vista. Esperé a que él sanador hiciese algo... y el señor lo único que hacía era mirar y mirar. Observar y observar. Analizar y analizar. No cerrar la puta herida que me tiene casi cortada en dos pedazos.

¿Está muy interesante mi interior? Si se me han ido a la mierda los órganos dígamela ya, no quiero morir en esta asquerosa camilla de hospital —mascullé aún con los dientes apretados, incapaz de contener mi mal carácter ni un solo segundo ese día.
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Dante Fiore el Dom Ago 19, 2018 7:13 am

La paciente no parecía tener demasiada... Paciencia, y sí, cualquiera en su situación se sentía igual. La enfermera que había antes salió pitando, no había podido hacerse cargo del problema, y probablemente, tampoco había podido hacerse cargo del carácter de la mujer. Por suerte, a Dante se le daba bastante bien lidiar con todos esos pacientes críticos, porque no era un hombre de entrar en pánico durante su trabajo, más bien, intentaba ser lo más cuidadoso y razonable posible, por ello, había decidido que lo mejor era hacerle un buen análisis a la mujer antes de sanarla, porque no había nada de inteligente en cerrar su herida si luego se daba cuenta que uno de sus órganos había resultado herido.

No hizo siquiera el esfuerzo de explicarle su punto, porque no valía la pena. La mujer tenía una herida terriblemente profunda en el costado de su cuerpo, estaba perdiendo un montón de sangre, y encima, había pasado ya por una enfermera que no había conseguido tratarla, lo que menos quería eran explicaciones, lo más sensato sería ayudarla cuanto antes. Ahora que sabía que la mujer tenía todos sus órganos intactos, podía proceder a curarla. No le tomó más de un par de segundos observar la herida con mayor detenimiento para saber que hacer, porque no todos los hechizos eran útiles en todas las heridas, o no todos eran igual de veloces, y debía hacer una elección apropiada.

— Vulnera Sanentum — Movió su varita rápidamente en dirección a la herida de la paciente. Parecía irse cerrando con lentitud, era un proceso bastante complejo, y más en una herida de tal magnitud. Su varita se movía lentamente a lo largo de la herida de la mujer, sanando la carne poco a poco y poniendo todo en su lugar. El proceso seguramente iba a ser algo doloroso, no sabía si la enfermera de antes había ayudado a anestesiarla, y no es como si él hubiese tenido tiempo suficiente para hacerlo — Ya casi está, solo un poco más — Comentó en tono de voz suave, intentando aliviar a la mujer, a pesar de saber que lo que más la aliviaría serían lo resultados. La herida se había cerrado ya en su mayoría, solo permanecía abierta una herida bastante superficial, de la cual podía deshacerse sin problema alguno.

Continuó haciendo el hechizo hasta acabar con la mayor parte de la herida, solo debía dejar una porción leve para poder suturar y asegurarse que todo iba a seguir en su lugar — Sutura Pellis — Movió su varita nuevamente, esta vez para suturar la pequeña herida que aún se mantenía en el costado de aquella mujer, el proceso fue rápido, la herida era ahora mucho más reducida, por lo que la sutura había sido bastante veloz — Ya está, herida sanada y cerrada — Afirmó con la cabeza, mientras que se quitaba los guantes que llevaba puestos desde antes de ingresar al cubículo, se habían manchado un poco de sangre al limpiar la herida — Era una herida bastante profunda, tienes suerte de que no haya tocado algún órgano. Debió haber sido un enfrentamiento bastante rudo — Reconocía muy bien la herida, no es como si pudiese habérsela hecho por accidente.
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Stella Moon el Vie Ago 31, 2018 4:34 am

El sanador nuevo no parecía un completo matado como la estúpida de la enfermera que me asignaron antes para curarme. Supo como tratarme relativamente rápido y eficazmente, sin necesidad de que yo continuara amenazándole con matarle a él y a todo el personal del hospital. Tampoco se alarmó con mi mal carácter, como habían hecho otros, ¿pero cómo esperaban que una persona a la que habían convertido prácticamente en lonchas de jamón de un zarpazo no estuviese ladrándole a todo el mundo deseando despellejarles?

Creéme, la otra persona no se va a curar tan fácilmente —mascullé entre dientes de malos modos cuando el sanador comentó sobre la herida, opinando cómo debió haber sido la pelea. Sí, había sido una pelea salvaje, pero no de verdaderas bestias. De haber sido una noche de luna llena esto jamás habría sucedido, pues ni siquiera un tigre habría podido conmigo. Incluso en mi forma humana había conseguido deshacerme del animal; de haber tenido mi forma licántropa no habrían quedado restos reconocibles de la animaga.

¿Puedo irme ya? Y deme algo para el dolor —me quejé. La herida estaba curada, pero eso no quitaba gran parte del malestar que había sufrido a causa de ella. La respuesta a una cosa fue afirmativa, la otra negativa. Sí, podía darme algo para el dolor. No, no podía irme a casa. Aquello no hizo nada por mejorar mi ya amargo carácter. —No soy una niña pequeña a la que necesiten vigilar por la noche, sé cuidarme de mí misma. Voy a marcharme a casa.

Pero no me dejó irme. Protocolo del hospital, aparentemente. Tenía que quedarme por la noche por si acaso había alguna complicación que se les hubiese pasado por alto o por si algo del tratamiento salía mal. Pensaba ignorar completamente ese protocolo, pero se negaron a devolverme la varita. No podía marcharme sin mi varita.

Ten cuidado, o la próxima persona en esta camilla vas a ser tú y no podrán meterte los pulmones de nuevo en el cuerpo —siseé, fulminando con la mirada al sanador. —Al menos devolvedme el resto de mis cosas.

Las tenían metidas en una bolsita que sí que me devolvieron. Eran algunos efectos personales que había tenido puestas cuando ingresé en el hospital y que me habían quitado para poder tratarme más cómodamente, sobre todo mis joyas y mis amados anillos de garras, aquellos que siempre llevaba puestos en misiones para poder desgarrar carne ajena sin necesidad de que fuese luna llena. No me los puse, lógicamente, pero sí que mantuve la bolsita cerca de mí en la mesita de noche cuando llegó la hora de cerrar los ojos y descansar.

Era muy de madrugada cuando unos pasos en el pasillo me despertaron. El hospital estaba en completo silencio; todo el mundo dormía menos aquellos médicos que estaban de guardia en su turno de noche, y los que atendían las urgencias médicas en otra planta. Me habían trasladado a una habitación en la que poder descansar, en un pasillo en el que todo el mundo estaba dormido menos las personas a las que pertenecían los pasos. Pasos demasiado lentos y sigilosos como para pertenecer a sanadores, que acostumbraban a caminar a sus anchas por ahí.

Con cuidado y sin hacer ruido extendí el brazo para coger mis anillos de garras y colocármelos rápidamente, volviendo entonces a fingir que estaba dormida mientras escondía mi mano debajo de la almohada. Cerré los ojos y esperé…

Busca ahí dentro.

Una persona se fue a algún otro lugar de aquel pasillo, mientras que alguien se metió en mi habitación a husmear. Debía ser lo que estaban buscando, pues de repente una mano estaba colocada sobre mi mano para silenciarme mientras la punta de una varita se apoyaba contra mi cabeza.

Ni siquiera me detuve a ver quién era esa persona antes de atacar. En un abrir y cerrar de ojos mi mano ya no estaba bajo la almohada, y las garras habían desgarrado el rostro del hombre que había venido a matarme.

Esperaba que fuese un fugitivo, alguien que había venido a vengar a sus familiares u amigos muertos por mi culpa. Pero no; reconocí ese rostro de decenas de misiones, decenas de reuniones de mortífagos, decenas de victorias celebradas juntos con otros de nuestras filas.

¿Nick? ¿Estás loco?

Puta traidora… —masculló mientras se tapaba con la mano libre el rostro. Parecía que había perdido un ojo. Su grito debía haber despertado a todo el hospital.

Entendí a lo que se refería mucho antes de que la maldición asesina volase hacia mí, momento en el que tuve que saltar de la camilla al suelo para esquivar una muerte segura. Un mortífago (Markus, muy amigo de Nick) había descubierto lo de mi doble personalidad hacía unos días. Pensaba que le había quedado claro a quién era realmente leal yo después de que le expliqué la situación, pero por lo visto debía haberse chivado y habían decidido que yo era una amenaza. Malditos imbéciles. Ellos habían sido parte de la misión en la que yo había salido herida, seguramente habían creído que venir a deshacerse de mí ahora sería más fácil que cuando estuviese sana y en la calle.

Tras esquivar el Avada Kedavra le di un nuevo zarpazo que le dejó más herido, más no muerto, por desgracia. No tenía tiempo para distraerme con él, tenía que huir antes de que llegasen sus amigos, así que corrí fuera de la habitación de hospital no sin antes armarme con una bandeja en la que me habían traído la cena.

Nick, ¿qué…? —La otra persona (si es que solo había una más buscándome en San Mungo) era el chivato de Markus. Salió de la habitación vecina mía y le aturdí con un fuerte bandejado que de pocas le partió el cuello, y salí corriendo lo más rápido que pude. Mi varita. Necesitaba mi varita.

Cerré la puerta al llegar al final del pasillo, atrancándola con una silla que había cerca. Antes de que pudiese continuar con mi huida choqué de bruces con alguien: el sanador de antes.

¡Quita, idiota, nos van a matar!
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Dante Fiore el Jue Sep 06, 2018 1:53 am

La mujer era tan obstinada como había imaginado desde un principio. Incluso con aquella herida tan profunda, no había tenido problema alguno en lanzar todo su odio hacia la enfermera que la atendió en primera instancia, y habría hecho lo mismo con Dante, si no hubiese sido lo más ágil posible para evitar inconvenientes. De hecho, no había tenido tiempo siquiera de anestesiarla, ella quería una cura inmediata, y una cura inmediata es lo que le había dado, lo que sí, algo dolorosa. Había tenido un montón de pacientes parecidos a ella antes, y ya se había adecuado a lidiar con toda clase de temperamentos y tranquilizar siempre al paciente, algo que no cualquier sanador conseguía con demasiada facilidad. Especialmente porque nadie podía quedarse tranquilo con una herida casi mortal en un costado del cuerpo.

— Ya le daré algo para el dolor, aguarde — Con un sencillo Accio, atrajo de uno de los cajones del cubículo un pequeño frasco repleto de un líquido liviano y de color rosa, un preparado que solían utilizar como analgésico general — Bébelo, pero no puedes irte aún — Entregó el frasco a la mujer, aunque sabía que no le iba a agradar nada la respuesta.

No podía dejar que un paciente que había ingresado con una herida tan grave se fuese así como así, debía pasar por lo menos unas cuantas horas en control, asegurarse de que todo iba bien, que la herida se cerrase adecuadamente, y luego podría retirarse, aunque la mayoría no comprendiera que siempre acababa siendo lo mejor, y ella no fue la excepción — No decimos que no puedas cuidarte a ti misma, solo debemos verificar que todo siga en orden, nada más — Una de las labores más complicadas de su empleo probablemente era aquella, la de tener que convencer al paciente de que todo era por su bien, y que necesitaba quedarse en el establecimiento al menos unas cuantas horas.

— Adoro lo grata que eres, los pacientes como tú me llenan la vida — Comentó luego de una carcajada. Algunos sanadores se enojaban luego de que los amenazaran de tal forma, ¿pero Dante? Él no, él se reía — Ya le traigo sus pertenencias — Le dedicó una gentil sonrisa y se retiró.

El resto del turno había sido bastante tranquilo. Aunque había una noticia no muy buena, y es que el otro sanador no se iba a aparecer, así que el italiano tuvo que beber una poción para elevar su energía y continuar con el turno nocturno. San Mungo estaba bastante tranquila, el trabajo era bastante escaso, y únicamente debía estarse pasando por las habitaciones de cada paciente para verificar que todo estuviese en orden. Sin embargo, había ignorado a propósito la de Stella —obtuvo su nombre al llenar los registros— probablemente porque no estaba de ánimos para que lo insultaran.

Era bastante tarde de madrugada, todos dormían, y ya no había ningún nuevo ingreso al hospital mágico. Las enfermeras estaban reunidas todas comiendo como cerdas, y el sanador se encontraba sentado en la zona de administración, leyendo las noticias del mundo mágico. Probablemente en busca de algo importante que lo involucrase a él, así fuese de lejos. Últimamente, había estado bastante interesado en eso de formar parte de algo más grande, de oponerse directamente al régimen, aunque aún no se decidía, sabía que no iba a ser capaz de vivir como un fugitivo... ¿O si?

Un ruido fuerte hizo que su atención se centrara en un pasillo lejano. Se había escuchado bastante distorsionado, pero estaba seguro, algo ocurría. Se levantó de su asiento y tomó su varita firmemente, mientras que se dirigía hacia el pasillo contiguo. Era bastante paranoico, cualquier ruido leve en horas de la noche podía ser para él un ataque, aunque en su mayoría solía tratarse de los pacientes en estados deplorables, quienes caían al suelo en medio de la noche en un intento de valerse por sí mismos. Pero esta vez no fue así, lo supo apenas la puerta se abrió, y se cruzó con la mujer que había sanado horas atrás, o más bien, se chocó — ¿Qué cosa? —

No entendía nada, pero si ella corría, él también debía hacerlo, no moriría de gratis. Corrió unos cuantos metros, y al girarse, pudo ver a un par de hombres correr en dirección a ellos. Las enfermeras eran inútiles en combate, y Stella no contaba con su varita, las opciones eran limitadas — ¡Los ojos! — Exclamó, como señal de advertencia, antes de conjurar un rápido hechizo y cerrar él mismo sus ojos, con los perseguidores a solo un par de metros de él — ¡Lumos fulminate! — Vociferó fuertemente. Un potente rayo de luz salió de su varita. Una luz insoportable, que inmediatamente cegó a los hombres y provocó que cayeran al suelo, ahora, debían aprovechar el tiempo.

— ¡En administración, uno de los cajones tiene la varita! — Exclamó, mientras que corría él mismo hacia la sala de administración para ayudar con la búsqueda. Estaba entregando la varita a una paciente no autorizada, pero era eso, o arriesgarse a enfrentarse en desventaja y en medio de un hospital que debía proteger, sus opciones eran bastante limitadas. Apenas llegar a administración, comenzó a abrir los cajones y revisar con desenfreno cada uno de ellos, ¿dónde mierda habría quedado la varita? El tiempo se les agotaba, los enemigos estaban a punto de recuperar la visión, y aún seguía siendo el único capacitado para luchar.
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Stella Moon el Dom Sep 30, 2018 8:39 am

Podría haber dejado felizmente que el sanador fuese víctima de los mortífagos que intentaban asesinarme en este momento a causa de la imbécil de mi otra yo que siempre andaba metiéndome en líos, ayudando a fugitivos y traicionando a los mortífagos como si fuese un divertido hobby. El sanador no me había caído bien, ¿hacían faltas más razones para quererle muerto? Aquella era la razón perfecta, la única necesaria.

Pero no le dejé para ser presa fácil de los mortífagos. Él tenía una varita, yo no. Podía usar mi fuerza bruta sin problemas y mis garras de plata con las que adoraba desgarrar los rostros de mis enemigos, pero no quería morir, y ahora mismo estaba en clara desventaja. Así que le aparté de la trayectoria de las maldiciones, y menos mal que lo hice, pues el sanador resultó ser útil.

Cerré los ojos con fuerza para evitar quedar cegada por los intensos rayos de luz que emitió sus varitas. Escuché los alaridos de los mortífagos, a quienes los ojos les ardían, y aprovechamos pasa salir corriendo. Tuve que seguir al sanador, pues yo no sabía bien dónde estaba mi varita y andaba un poco perdida por el hospital. Él tenía la ventaja aquí.

¡¿A qué idiotas se les ocurre quitarles las varitas a los pacientes y meterlas en un cajón?! —exclamé indignada y furiosa mientras corríamos por los pasillos, siempre mirando por encima del hombro para asegurarnos de que los mortífagos que querían matarnos ahora a los dos no nos seguían.

¡Busca más rápido! —le grité cuando vi que no encontraba mi estúpida varita cuando llegamos a la sala, y me puse nerviosa cuando escuché pasos que se acercaban fuera de la puerta de administración. Sin reparos, le arrebaté su propia varita al sanador, y apunté a la puerta justo cuando esta se abría y uno de los mortífagos entraba por ella. —¡Crucio!

El hombre cayó al suelo con espantosos alaridos de dolor. No quería matarles, maldita sea, eso solo me haría parecer más una traidora, pero necesitaba defenderme y deshacerme de ellos.
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