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Chained to the rhythm. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:00 am

Recuerdo del primer mensaje :

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 T3BZDMn
Irlanda, de camino al Magicland || 15 de agosto del 2018, 15:23 horas || Atuendo

Cómo buena fugitiva amante de los festivales, tenía un deber. No era cuestión de tomarse el Magicland a la ligera. Era un evento musical mágico muy cercano a Inglaterra y, pese a que su fama derivase de la tolerancia hacia todos los colectivos: tanto de pureza de sangre, raza, ideología o país, ella de lo que no se fiaba era de los magos ingleses. Y seguro que habían muchos.

Así que hizo una lista. A veces hasta hacía lista de las listas que tenía que hacer, pero esta era mucho más concreta: pros y contras de ir al Magicland, ¿valía realmente la pena? Sam fue muy rigurosa con su lista, tomándoselo muy en serio y valorando muchísimo las posibilidades que cabían en cada una de ellas.

Lista de Pros y Contras:

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 Y6c6rhe

Pros:
- Ir al magicland
-
-

Contras :
- Ponerme en peligro
- Es caro y soy pobre
- Poner a Gwen en peligro
- ¿Un ataque?
- ¿Y si me secuestran aprovechando que estoy borracha?
- Pedir dias en el trabajo en epoca critica
- Estar borracha todo el dia (¿esto es pro o contra?)
-

Pero claro, piénsalo. Por muchos contras que haya, el pro siempre iba a ganar. No eráis conscientes ustedes de lo mucho que quería Sam ir a ese festival... Su alma fiestera de diecinueve años ahora mismo volvía a renacer en su interior. Además, si decidía ir tenía bien claro que iba a intentar no ser ella. Cambiar el tamaño de su pelo, el color, sus ojos… lo que fuera para simplemente distar lo máximo posible a su foto en el cartel. Lo cual era fácil, ya que desde entonces había cambiado bastante. Dos años habían pasado desde que se había hecho famosa.

Así que finalmente, con el incentivo de que Gwen se había animado también, Sam no dudó ni un segundo en prepararlo todo.

Dos días antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Gwen, ¿estás nerviosa? ¿Ya has hecho la mochila? ¿Vas a llevar playeras o sandalias?

¿Compartimos las cosas del baño? Si tú llevas champú, yo llevo cremita de sol y pasta de dientes. También llevo mascarilla.

¿Cuántas mudas llevas? Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 4h2Cba4

No te olvides de la cámara de foto.

¡Santi no deja de preguntarme que a donde nos vamos de vacaciones. ¡Soy legeremante! ¿Cómo se me va a dar tan mal mentir? Este muggle sabe leerme como un libro abierto. Se cree que nos vamos de escapada romántica y no le he dicho nada. Menudo estrés.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 Emoticono-whatsapp-72



La noche antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
¿A qué hora me vienes a buscar? He hecho una lista con música para el viaje. He puesto mucho Bruno Mars y Beyoncé. Y Rihanna, que la amo.

Qué ganas, ¿estás nerviosa ahora? Yo no estoy nerviosa.

Creo que lo tengo todo.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 4h2Cba4

¡Tú no te olvides de la cámara que quiero sacar muchas fotos!

Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana guapa. ¡Buenas noches! Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 3 4h2Cba4



***

Había madrugado para despedirse de Caroline que, debido a trabajo, no iba a la experiencia. Era día quince y hoy empezaba oficialmente el Magicland en Irlanda. Gwen y Sam iban a ir solo los cinco primeros días, porque eran conscientes de que ya tenían una edad y a los cinco días estarían reventada, con el hígado hecho trizas. Ya tenían una edad. Esos bonitos diecinueve años de chupito tras chupito habían quedado en el pasado. En verdad no, pero habían visto el plan del festival y en esos cinco días ocurrían cosas que para ellas ya eran más que suficiente. Se había duchado, había desayunado, había dejado a sus mascotas recién comidas, las había sacado al patio y ahora esperaba en el sillón, con su mochila preparada, a escuchar el coche de Gwen.

¡Y ahí estaban, on the road!

Podrían haber optado por uno de esos muchos puntos en su país en donde usaban trasladores para llegar al Magicland, pero no hacía falta tener un máster en seguridad para asumir que Sam, en esos puntos, sí que sería atentar contra su integridad. Quizás en el Magicland no hubiese peligro, pero en los trasladores ofrecidos por el gobierno y las chimeneas de Red Flu habilitadas… eso sería una locura. Así que ambas habían quedado en ir en coche, aunque tardasen casi un día en llegar. Además, era una aventura que nunca habían vivido juntas. Esto de ser magas y tener el don de la aparición era muy de perezosas. Así que ambas se hicieron un traslador independiente que daba a la sede de transportes mágicos del gobierno irlandés, ya que no podían conseguir permisos para uno que llegase directamente al Magicland por temas de políticas y acuerdos. Una mierda que, sinceramente, Sam no entendía. Sin embargo, ¿cómo narices llegaban desde esa sede en a saber qué lugar de Irlanda, al propio Magicland? La aparición estaba descartada, por lo que sólo quedaba…

I CAME IN LIKE A WRECKING BALL!!!

Llevaban como cuatro horas en la carretera y, ¿sabes qué? Sam no tenía ni idea de cuánto quedaba. Y lo mejor de todo es que le daba igual. El Magicland iba a durar quince días y no había prisa en llegar: lo importante ahí era disfrutar lo máximo posible hasta el último minuto, motivo principal de que estuviese cantando como si no hubiera mañana y no atenta al mapa que tenía entre sus manos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Lun Oct 15, 2018 2:22 am

Lo que debería de haber respondido Sam:

‘...Pues no sé Güendolín, ¿porque a lo mejor estás en medio de la tienda semi-desnuda y resulta que despiertas en mí un conocido interés que no me gusta tener por mis amigas?’

Lo que realmente respondió Sam:

No sé, por si acaso —respondió con una afable sonrisa que aparentemente no denotaba nada raro.

El gofre con chocolate había sido una delicia exquisita. Cualquiera diría que estaba hecho por manos especializadas en masa azucarada y en chocolate y no que era un gofre cualquiera de un puesto ambulante y aparentemente cutre. Pero todo lo que tenía chocolate estaba bueno y, sobre todo, cuando tenías hambre. Y teniendo en cuenta la cena tan pobre que tuvieron ayer, ambas debían de estar hambrientas.

Cada una comiéndose aquel desayuno como si fuera su más profundo y preciado tesoro, comenzaron a hablar de lo que hacer ese día. La idea de ir al mercado era una de las ideas que más le gustaba a Sam, pues recordemos una de sus antiguas aficiones—ahora mismo prohibida por el riesgo que conllevaba—era irse de compras. Era muy común ver a Sam de tienda en tienda, admirando ropa aunque luego no se la comprase. Una de las cosas que más le gustaba de su vida anterior era, como ella decía, 'ir super mona a trabajar' y es que era raro no encontrarse a Sam bastante arreglada hasta para ir a dar clases de legeremancia. Pero le gustaba ponerse guapa. —Le podríamos comprar a Caroline uno de esas colchonetas con forma de unicornio. O quizás haya alguna especial con forma de kappa feo. Y sí, lo siento pero nunca veré a los pobre kappas bonitos. Son monos, pero son feos. Son monísimamente feos. —admitió divertida, recordando la de 'discusiones divertidas' que había tenido con Caroline porque no le gustaban los kappas. Y bueno, dejemos claros que a Sam no se le daba especialmente bien eso de comprar regalos físicos. Ella tenía que ir, mirar y… lo que le sugiriese la vida era lo que solía comprar. Sam solía ser más de regalar experiencias de cosas que sabe que sus amigas quieren hacer y la verdad es que le apenaba mucho que justamente estas dos semanas Caroline estuviese hasta arriba de trabajo y no hubiera podido venir. Eso sí, no comentó mucho más de su otra amiga porque si apenas tenía ideas para Caroline, menos iba a tener para Bea. Le iba a proponer que le comprase algo que quisiese ella y, si al volver no la encontraba, pues que se lo quedase y regalo que se llevaba. Pero a decir verdad le parecía un poco frío proponer esa idea, así que no la dijo en voz alta.

Se mantuvo seria y totalmente concentrada en el gofre, hasta que Gwendoline le dijo la otra teoría sobre Michael Jackson que se le había ocurrido. Sam abrió los ojos, como si de repente la verdad le hubiese abofeteado la cara, manteniendo un trocito de gofre en su mejilla. —Tía —dijo, sorprendida, para luego sonreír al ver cómo estaba de manchada. —Es una teoría magnífica, tan magnífica como el cuadro de chocolate que tienes en la cara, ¿qué te pasa? ¿Aún estás dormida y no coordinas los movimientos? ¡Se come por la boca! —Se metió su último trozo de gofre en la boca, ya que lo había engullido y se levantó de la cama en dirección a su maleta, de donde sacó unas toallitas húmedas y perfumadas. Cogió un par y volvió a donde Gwen, tendiéndole una. Con la otra no se limpió ella, sino que se sentó a su lado y le limpió la punta de la nariz, pues estaba segura que su amiga no adivinaría que se había manchado hasta ahí. —La verdad es que me gustó tu teoría, casi más que la que tengo yo de que siga siendo un hombre feo similar a la de una escultura de cera deforme. Es mucho más mística y original. Y sin duda sería muy épico tener para el resto de nuestras vidas al Rey del Rock. —Luego se limpió ella sus deditos con la servilleta que se había quedado, así como la comisura de sus labios. Ya Gwen se limpiaría con la otra el resto de manchas. —Pero como quiero apostar contigo, sigo manteniendo que está vivo y es blanco. Aunque bueno… debemos de matizar si nuestra apuesta es por el color de su piel o más bien por sí es tangible o no. Que imagínate que es un fantasma y encima negro. No quiero perder por partida doble.

O sí. Depende del castigo. Algo le decía que Gwendoline iba a ser muy mona con el castigo y no iba a poner nada malvado, por lo que si el castigo era beberse algo sumamente duro capaz de dejarte en el nivel más ebrio jamás vivido… ¡Sam se lo bebía! ¡Y por partida doble si hacía falta!

Se levantó de la cama, hizo una bolita su servilleta húmeda y la tiró como si fuera una canasta a una papelera que hasta el momento había estado vacía. Obviamente seguía vacía, pues la servilleta rebotó en el borde y, evidentemente—y haciéndonos al hecho de que la suerte de Sam es negativa—, cayó por fuera. Sam miró a Gwen y puso los ojos en blanco, para luego acercarse a la dichosa servilleta, agacharse y tirarla por dentro. —¿Estás lista? —preguntó, cogiendo de la cama un pequeño bolsito que se cruzó por el torso, el cual estaba agrandado mágicamente en el interior. Metió su cartera, su móvil y una de las cantimploras a falta de rellenar. —Luego miramos en algunos de los paneles que hay por ahí qué conciertos hay hoy a ver si nos gusta alguno, sino también podemos aprovechar para ir al parque de atracciones. Tengo ganas de montarme en esa pedazo de noria que vimos ayer a lo lejos. Debe de tener unas vistas increíbles. Y encima es al aire libre. Odio el London Eye y sus cabinas, me causan un claustrofobia que no tengo. Eso sí… —Hizo una pausa, divertida. —A esa atracción de volar y disparar yo no me apunto. Si quieres hago de animadora apasionada desde el suelo para darte ánimos —bromeó divertida, dirigiéndose a la salida de la tienda tras asegurarse que el recogido que tenía con el lazo estaba bien.

Tal y cómo se planteaba el día, dudaba mucho que volviesen a la tienda hasta caída la noche, pues comerían por ahí y hasta que no le dolieran los pies no iban a caer en que iba a ser hora de ir en busca de una cama en la que dormir.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Oct 15, 2018 3:04 pm

Lo cierto es que jamás se me ha dado bien hacer regalos a la gente. Para alguna gente será lo más sencillo del mundo, casi una ciencia exacta: le gusta tal cosa, así que le regalo tal cosa. Y la ficción había creado unas expectativas irreales acerca de la perfección a la hora de hacer un regalo: en las series o películas, casi siempre se acertaba con el regalo. Pero no, aquello tenía mucha más ciencia de la que parecía. No bastaba con saber que a Caroline, por ejemplo, le gustaba leer, ni que le gustase un género concreto de literatura. Porque sí, podía ser sencillo preguntarle a un librero cuál era, por ejemplo, la novela de misterio más popular en la actualidad; al entregarle el libro a Caroline, podías encontrarte con el desagradable hecho de que ya lo tenía en su colección.
Sam sugirió comprarle una de esas colchonetas hinchables con forma de unicornio, y tras pensárselo un poco mejor, cambió de idea y sugirió una con forma de kappa. Aquello desembocó inevitablemente en una disertación breve sobre lo feos que consideraba mi amiga a los kappas.

—No son los seres más agraciados de la naturaleza, a decir verdad...—Dejé caer, aliviada al saber que Caroline no estaba alrededor para escucharme. Y, sin embargo, no pude evitar echar un vistazo alrededor, casi temiendo que Caroline se apareciese allí mismo a defender el honor de los kappas. Una vez segura de que aquello no iba a ocurrir, añadí en tono confidencial.—Si te digo la verdad, me dan repelús.—Incluso me incliné hacia delante, a fin de hacer aún más confidencial aquella conversación… mientras mi cara se parecía a la de un oso panda, debido a las manchas de chocolate.—Son como monitos acuáticos. Tienen manos, y seguro que a veces agarran los tobillos de la gente cuando nadan. Si metes en tu casa algo con forma de uno de esos bichos, olvídate de mí. No pienso volver.

No lo decía totalmente en serio, pero por un momento me pregunté qué demonios haría yo si cada vez que me apareciese en casa de Sam y Caroline me encontraba de frente con una estatua de uno de esos bichos. En serio, me daban repelús, repelús del tipo de “Sí, vale, eres muy majo, pero mantente alejado de mí, por favor.” Había otros animales que me producían un sentimiento parecido.
Por suerte, lo de los kappas fue un tema de conversación pasajero—jamás manifestaría este pequeño temor delante de Caroline—que pronto fue eclipsado por una nueva teoría sobre Michael Jackson: quizás fuese un fantasma y no un ser de carne y hueso. A Sam pareció gustarle la teoría… pero más le gustó la cantidad de chocolate que tenía en mi cara. Yo misma no me había dado cuenta, y generalmente no me manchaba tanto, pero aquel maldito gofre era algo celestial.
Con la toallita húmeda que mi amiga me dio en la mano, hice un gesto como de espantar moscas con la mano libre, cuando Sam me limpió la punta de la nariz. No fue porque no me gustase, sino porque me pilló totalmente desprevenida. Pasada la sorpresa inicial, hice mi mejor trabajo para limpiar todo el chocolate de alrededor de mi boca, frunciendo el ceño al ver lo sucia que acababa la toallita.

—¡Madre mía! Mi cara debía parecer un cuadro de Jason Pollock.—Seguí limpiándome hasta sentirme lo bastante cómoda, tanto conmigo misma como con Sam, quien a su vez se limpiaba los dedos. No había armado un desastre tan grande como yo.—Me alegra que te guste mi nueva teoría. Pero la apuesta original se mantiene: apostamos por el aspecto físico que mostrará. Si es un fantasma, digamos que la apuesta se considerará nula… o bien solamente nos fijaremos en el aspecto “físico” que muestre. Porque no creo que le de por presentarse como un orbe de luz, ¿no? Muchos acusarían al Magicland de estafarles.—Terminé de limpiarme, observando como Sam se levantaba de la cama para arrojar su toallita al cubo de basura… y fallaba. Yo, por mi parte, hice otra bolita con la mía y, mientras Sam recogía y tiraba esta vez dentro su toallita, la lancé en parábola. La toallita describió un arco en el aire y… ¡encestó!—¡Soy la mejor!—Celebré, levantando ambos brazos.—¿A que no te crees la suerte que he tenido ahora mismo?—Y dicho aquello, reí: ambas sabíamos que aquello había sido suerte y nada más que suerte.

Ya en pie, me estiré para desentumecer un poco los músculos, y al hacerlo, inevitablemente se me escapó un bostezo. Si por mi fuera, y en otras circunstancias, habría dormido incluso más, pero el Magicland nos llamaba. Después de todo, solo íbamos a estar cinco días allí, y el primero de estos cinco ya se había esfumado como por arte de magia.
Nunca mejor dicho.

—Lista.—Respondí mientras terminaba de bostezar, sonriendo después. Sam propuso que mirásemos qué conciertos habría ese día para hacernos una mejor idea de los conciertos de ese día. También le apetecía subirse a la noria, lo cual era curioso: teniendo en cuenta el miedo que Sam tenía a las alturas, en las norias siempre se sentía a gusto.—Vale, aunque por lo que han dicho, hoy toca Daft Punk. Si te soy sincera, ese concierto me da igual. Si quieres ir, podemos ir, pero...—Me encogí de hombros, como queriendo decir ‘No es lo mío’.—Y no, no hace falta volar y disparar. Aunque disparar con los pies en el suelo...—Me quedé pensativa, preguntándome si habría algún tipo de equivalente mágico a esas casetas en que había que disparar con una pistola de agua a la boca de un payaso hasta llenar un globo que tenía sobre la cabeza.

Cogí de la mano a Sam—con su correspondiente momento ‘Gwendoline mira al suelo, un poco nerviosa’—y nos dispusimos a emprender el camino de ese día.


***

Resultó que sí había casetas como las que tenía en mente, aunque eran considerablemente distintas a las del mundo muggle. Para empezar, no se disparaba con pistolas o rifles, como en las casetas muggles: se utilizaban varitas que, evidentemente, eran totalmente desleales al mago que las empuñaba. Aquello se resumía en que disparaban rayos mágicos allá donde les apetecía.
¿Y contra qué se disparaba? Pues había de todo: pájaros comunes, como cuervos o loros; lechuzas y búhos; murciélagos vampiros; hipogrifos; dragones… La ambientación de la caseta cambiaba cada vez que un nuevo tipo de criatura hacía su aparición, adquieriendo a veces un aspecto tétrico—cuando aparecían murciélagos o cuervos—y, en cambio, mostrando en otras ocasiones un aspecto más llameante—cuando aparecían los dragones—lo cual sumado a la poca precisión de las varitas, hacía muy complicado acertar.
Por supuesto, ningún animal o criatura de los que aparecían era real. Eran ilusiones mágicas que, una vez se les acertaba con un hechizo, desaparecían en medio de una explosión de burbujas multicolores, dejando tras de sí un número que representaba la puntuación obtenida por semejante captura.
Era una competición: cuatro magos compitiendo unos contra otros, y al final se comprobaban las varitas para contar los puntos de cada jugador.
¿Cuál fue el resumen de aquella pequeña aventura? Bueno, tanto el cerdito de peluche que Sam llevaba en brazos como la enorme piruleta de sabor picante que yo me estaba comiendo hablaban por sí solos.

—Te digo que ese niño ha hecho trampas.—Comenté con enfado. Ya se estaba haciendo de noche, llevábamos todo el día trotando por el festival, y bastante alcohol en sangre para entonces.—Si no me hubiese movido en el último momento, le habría acertado a ese dragón y habría conseguido el peluche del cerdito gigante.—Mi fastidio de borracha y mala perdedora era totalmente real. Con lo que me había costado hacerme al desvío de esas malditas varitas...—En fin… ¿Nos vamos a la noria?—Pregunté, ahora otra vez feliz, a diferencia de cómo estaba solo segundos antes. La magia del alcohol.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 17, 2018 4:26 am

Mejor que se quedase como una apuesta por un solo tema, ya que Sam todavía no lo sabía, pero iba a perder. E iba a perder estando borracha. Y si perdía estando borracha por partida doble posiblemente exigiría algún tipo de revancha y cuando la legeremante entraba de cabeza a ese tipo de juegos era un continuo perder, uno detrás de otro. Si llega a ir al Magicland con alguna amiga cabrona, típica que se alegra de tu desgracia y te jode para que hagas el ridículo hasta rabiar—Gracias a Merlín y Morgana, Gwendoline no era así—, probablemente se aprovechase de ese defecto de Sam, pero no era el caso.

El concierto ‘del día’ era Daft Punk, en el escenario grande, sin embargo, aquello era un festival musical, por lo que había conciertos prácticamente a todas horas, aunque de grupos más pequeños. No sería la primera vez que un grupo pequeño, en estos festivales, consigue hacerse más nombre que uno de los cabezas de carteles. Eso sí, Sam y Gwen no tenía mucha idea de los más desconocidos, por lo que tampoco iban con muchas ilusiones. Ellas iban con otras motivaciones el Magicland más que simplemente la música y es que, bueno, eran dos niñas pequeñas ante cada experiencia del Magicland, cada vez lo tenía más claro.

Al final terminaron yendo al mercado, pero como si de un chasquido se tratase, ya se había hecho de noche. Os juro que Sam no fue consciente de lo rápido que pasó el tiempo y cómo es que de repente ya se encontraban en el parque de atracciones, con varias copas de más. ¡Y así es como el tiempo se pasa volando y el Magicland se acaba en un abrir y cerrar de ojos! ¡Se negaba completamente a apoyar la relatividad del tiempo! ¡Se negaba!

Se pasaron un buen tiempo por las casetas del parque de atracciones, hasta que vieron una que les llamó la atención. Bueno, había que decir que le había llamado más a Gwen que a ella, pero como Sam se dejaba llevar por todo lo que hiciera su amiga, pues evidentemente también se apuntó. Y sí, lo que estás pensando es cierto: ¿si Gwen se tira por un acantilado, Sam se tira por un acantilado? ¡Tres veces si hace falta! Bueno a ver, que nos desvíamos del tema: una de las casetas del parque de atracciones. En concreto, esta era sobre disparar a entes mágicos que te aparecían por todo el recorrido, pegándote sustos que atentaban contra la estabilidad de tu miocardio. Hay que decir antes de continuar que Sam en todas estas cosas no es que fuese mala, sino que sencillamente era la peste más suprema habida y por haber, un cagote de hipogrifo y es que su coordinación motora era inexistente. ¿Sabéis esas personas que, directamente, son totalmente negadas para los deportes y los juegos? Esa era Sam, por eso se limitaba a correr y golpear un saco de boxeo, dos cosas sin mucha complicación. Así que bajo esa premisa y que las varitas utilizadas en esa caseta eran desleales al mago que las empuñaba, os podéis imaginar el desastre que hizo. Por si no os lo esperábais: quedó última. Y no última por poquito, no, sino la última humillada. Le había dado a un dragón y porque había sido un hechizo perdido por haber fallado a su auténtica diana. Para colmo había objetivos que restaban puntos y por muy poco la puntuación de Sam no fue negativa. ¿Lo bueno de todo eso? Que la gran mayoría de su descoordinación había sido porque no había parado de reír en todo el juego, ya que entre que estaba borracha y le encantaba hacer el idiota en esas atracciones, se había pegado más tiempo apoyada a las paredes intentando contenerse de risa que intentando apuntar. ¡Y es que a Gwen se le daba muy bien y estaba haciéndole frente a un niño que parecía un experto! Y claro, había sido todo muy divertido. Al final Gwen quedó segunda y con los puntos que consiguió no solo pudo hacerse con una piruleta picante, sino que también con un peluche de un cerdito para ella. ¿Podía ser más mona? Te lo digo yo ya: NO SE PODÍA.

Caminaban por el parque, entre casetas y atracciones, mientras ella se comía su piruleta y Sam caminaba con su peluche en la mano como si fuera una niña de tres años muy feliz. No pudo evitar mirar a su amiga con reproche. —Tía, ese niño debía de tener un máster certificado por el Ministerio Irlandés de campeón nacional de ese dichoso juego, ¿vale? No creo que te hubiera movido, yo creo que fue su movimiento especial finalizador. ¿No viste que dio la voltereta en varias ocasiones? Ese niño tiene que tener premios o algo —exageró divertida las habilidades de aquel niño que apenas tendría doce años, como mucho catorce. Luego, Sam elevó su mano libre, como si estuviera celebrando una decisión, cosa que en realidad hacía. —¡Sí, a la noria!

Lo habían dejado para lo último a propósito, ya que lo guay era subirse cuando la noche hubiese caído bien profunda para poder ver todo el Magicland con sus luces y, si tenían suerte—que eso esperaban, por la hora que era—ver algún baile de pirotecnia, ya que por la noche había muchos, sobre todo al final de los conciertos más importantes.

Tuvieron que hacer una cola de cinco minutos, en donde Sam se vino arriba y decidió probar aquella piruleta picante al ver cómo Gwen se la comía con tanta pasión. Pero no. Fue una idea pésima. —En serio Gwendoline, no sé qué te pasa en la lengua. —Y es  que se imaginaba las papilas gustativas de Gwendoline super masoquistas, vestidas con cueros y esperando esos latigazos de dolor en forma de picante. Así que Sam se compró una cerveza en el puesto más cercano para que sus débiles papilas no sufrieran más y así refrescarse después de darlo todo en la caseta de tiro.

Unos cinco minutos después, se estaban sentado en la noria. La cabina era abierta y tenía unos bordes lo suficientemente altos como para que a Sam no le diese un infarto en la punta de arriba por el vértigo. Sin embargo, se limitó a sentarse al lado de Gwen y dejar el peluche en el sillón de enfrente. Era una cabina pequeña, para un máximo de cuatro personas. Pese a que la cabina estuviese abierta y fuese ‘poco segura’, la noria estaba estabilizada con magia, por lo que era grandísima y tenía protecciones anti-caídas, por lo que llegabas a una altura poco común para norias así. Sam estaba segura de que podía competir con el London Eye perfectamente. —¿Quieres? Queda poquito, antes de que se caliente. —Le ofreció de la cerveza, pues como todo ser humano racional en este mundo odiaba la cerveza caliente. Y, mientras empezaron a subir lentamente, Sam suspiró para relajarse, cruzando una de sus piernas sobre la otra y re-colocándose la falda que llevaba. —Se me ha pasado el día volando —dijo, con pesar. —Como se me pasen así todos los días ya me veo dentro de cinco minutos en el salón de mi casa contándole el viaje a mis mascotas y creándome una historia falsa para contarle a Santi qué he hecho en mis vacaciones. Me mataría si supiera que he ido a un festival de música sin él. El drama duraría semanas. Tú dices que yo soy la ‘dramaqueen’ del grupo, pero es que todavía no has decepcionado a Santi. —Y sonrió, como quien recuerda algo bonito. No sabía qué, o por qué, pero Santi se había convertido en un amigo que siempre estaba ahí, pero que por desgracia no podía dejar que se acercara demasiado a su vida. Sam le había cogido mucho cariño como para ponerlo en peligro, pero debía de admitir que era una persona que le ponía de buen humor. —¿Ya sabes ya qué apostaremos? ¿O voy a tener que decidir yo? Sabes que seré muy malvada.

El pelo y los ojos de Sam volvían a su color original poco a poco, ya que habían pasado los efectos del hechizo. Eso sí, ella ni se acordaba. A decir verdad, ella se olvidaba por completo de que iba por ahí de castaña y con los ojos marrones y pese a los meses que llevaba, todavía se sorprendía al verse en el espejo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 17, 2018 1:44 pm

En mi estado de moderada borrachera—no es que me hubiese reprimido demasiado durante este segundo día, pero tampoco estaba al nivel de alcohol en sangre de la fiesta de carnaval en Babylon—y con la boca llena del sabor a medio camino entre dulce y picante de aquella piruleta que me había ganado en la caseta, una parte de mí estaba ofendida y molesta con… un niño. Sí, efectivamente, con un niño de unos doce años, quien había acaparado no solo todo el protagonismo durante nuestra pequeña partida, sino también todos los puntos. Y estaba segura de que todo se debía a las trampas.
Sam, en cambio, tenía otra teoría: el niño era un maestro de aquel curioso juego de asesinar despiadadamente espejismos mágicos utilizando varitas que, de ser un poco más desleales, acabarían lanzando hechizos por la empuñadura en lugar de por la punta. Podía ser cierto, y mi yo sobria posiblemente hubiese aceptado la derrota con deportividad… pero mi yo medio borracha no estaba dispuesta a aceptar aquello. Así que, tras un burdo intento de poner cara de mala—intento que se quedó, básicamente, en una mueca de desagrado con el ceño fruncido—hice unas declaraciones asombrosas, muy a tener en cuenta dada su veracidad.

—Puede ser un maestro y un tramposo al mismo tiempo. Ahora, tendremos que vivir el resto de nuestra vida con la injusticia de que ese niño cuya reputación y moralidad es muy dudosa se ha llevado de premio el cerdito de peluche gigante. ¡¿Te das cuenta de lo que hemos perdido, tía?!—Me detuve, abriendo los brazos a ambos lados de mi cuerpo, como para abarcar el tamaño del cerdito.—¡Aquel cerdito te habría servido de cama, incluso! ¡Era tan grande como la caseta misma! ¡Y ahora lo tiene ÉL!—Exclamé, alzando un poco, quizás demasiado, la voz. Y, por si os lo estáis preguntando: sí, estaba exagerando el tamaño de aquel cerdito.—Desde este mismo día, ese niño pasa a ser mi enemigo número uno. Por delante de Ar...—Me detuve un segundo, antes de terminar. Por fortuna, no estaba lo bastante borracha como para perder el control de mis palabras… aunque casi.—...por delante de cierta pájara japonesa con la que tenemos que tratar, ya sabes.—Y dicho eso, guiñé el ojo en dirección a Sam, de manera muy cómica. Vale, quizás tendría que replantearme un poco eso de que no estaba tan borracha como durante la fiesta de carnaval…

Todo este fragmento de conversación tuvo lugar en el camino hacia la noria, posiblemente la única estructura elevada a la que Samantha Lehmann era capaz de subirse sin hacer primero testamento y encomendarse a todos los dioses tolerantes con el lesbianismo y la brujería—no debían de ser muchos, aunque quizás existiese alguno de estos en Mexico o en Haití—existentes en el imaginario colectivo. Yo tampoco es que fuese fan de las alturas, aunque no me daban tanto miedo como a ella.
Claro que, para ser justas, yo jamás me había caído de una escoba o había recibido el impacto de ninguna bludger.
Me sorprendió bastante, incluso en mi estado actual, que Sam se animase a probar la piruleta de sabor picante. Alguien más sabio que yo habría advertido a mi amiga al respecto, pero hay que tener en cuenta mi alta tolerancia al picante: incluso las especias más picantes pueden parecerme suaves. A Sam la piruleta, desde luego, no le pareció suave.

—Pues deberías haber visto a mi madre. Si lo mío te parece prodigioso, lo suyo es de otro mundo: esa mujer era capaz de comerse chiles habanero como quien se come una fresa o una cereza.—Comenté con una sonrisa divertida, y por fortuna, estaba demasiado borracha como para pararme a pensar que había utilizado el término era para referirme a mi madre. De haberme dado cuenta de ello, posiblemente me habría puesto muy triste. Pero bendito sea el alcohol…

Para contrarrestar los efectos nocivos del picante en sus papilas gustativas, Sam se hizo con una cerveza. Recordando sus palabras sabias del día anterior, me supuse que habría llegado ese punto en que seguía bebiendo, pero sustituía las bebidas alcohólicas más fuertes por cerveza para contrarrestar la resaca.
Hicimos cola durante aproximadamente cinco minutos, quizás un poco más o quizás un poco menos, y para entonces ya estábamos sentándonos dentro de la cabina. Resultó curioso que Sam escogiese poner al cerdito de peluche en el asiento de enfrente, pues casi parecía que nos estuviese mirando con sus ojos de plástico carentes de vida. Me quedé mirándolo durante unos instantes, preguntándome si aquel pequeño animal de felpa era capaz de pensar, y en caso de hacerlo, en qué estaría pensando.
Cuando la noria se puso en movimiento, el primer impulso me pilló desprevenida, e instintivamente me cogí de la mano de Sam para, acto seguido, reírme divertida y dedicarle una mirada a mi amiga. Una vez más, me maravillé de lo guapa que era ya de por sí, y de lo guapa que se había puesto ese día.
Me ofreció entonces lo que quedaba de su cerveza, y si bien para cuando logramos montarnos en la noria, mi piruleta ya era historia, su picor persistía. Así que acepté la botella. Al tomarla de su mano, mis dedos rozaron el dorso de ésta… y mis pensamientos se desataron.
Sé que Sam estaba hablando, de acuerdo. Sé que estaba diciendo algo respecto a lo rápido que se le había pasado el día y acerca de su miedo a que los restantes se pasasen igual de rápido. Pero mi cabeza empezó a dar vueltas, llegando a una clara conclusión: aquel, y no otro, era el momento de confesar lo que sentía por ella. Quizás en otro momento me hubiese preocupado por escuchar lo que decía acerca de Santi, quien se había convertido en una persona muy importante para ella… pero mi cabeza estaba en otra parte.
Mientras Sam comentaba algo de la apuesta que teníamos en común, su pelo empezó a recuperar su habitual tono rubio. Ella miraba distraída el paisaje, al cual yo no prestaba demasiada atención, y yo sentía los nervios a flor de piel. Mi corazón se había acelerado, sabiendo que aquel y no otro era el momento perfecto.
Ojalá no hubiese estado tan borracha. Habría comprendido que quizás me estaba precipitando.

—Sam...—Dije. Fue toda mi respuesta a sus preguntas acerca de la apuesta. Llevé mi dedo índice a su barbilla y, con mucha suavidad, hice que girase la mirada en mi dirección. No es que ella ofreciese mucha resistencia. Para entonces, mis mejillas estaban muy rojas.—Yo… quiero decirte que… tú...—Las palabras no querían salir, era muy difícil, y más en aquel estado de embriaguez en que me encontraba. Una sonrisa estúpida se dibujó en mi rostro, mi mirada clavada en el suelo de la pequeña cabina.—¡Dios, esto es más difícil de lo que pensaba!

Me forcé a alzar la vista, y una vez me encontré con sus hermosos ojos, ya azules habiéndose pasado el efecto de los hechizos que había utilizado para cambiarles el color, me sentí casi hipnotizada. Nuestras caras estaban tan cerca que podía sentir su aliento en mis labios. Y pensé: ¿Qué demonios? ¿No sería más fácil decírselo con un simple beso?
No tuve tiempo a encontrarle respuesta a esa pregunta: mis ojos se cerraron, y poco a poco mi rostro se acercaba, aún más, al de ella. Las intenciones detrás de aquello eran bastante obvias. Si las palabras no querían salir...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 18, 2018 4:27 am

Ella hablaba con tranquilidad sobre la relatividad del tiempo y lo mucho que quería a Santi, pues todos sabemos que con alcohol en venas nuestra amistad sale a relucir y no es que Sam tuviera muchos amigos últimamente con eso de estar siendo perseguida por el gobierno. Así que los pocos que tenía los cuidaba y valoraba muy, muy bien. A pesar de que hablaba con Gwen, su mirada estaba sobre todo el Magicland, admirando las luces que ni llegaba bien a enfocar, ¿pero cuándo había bebido tanto como para no enfocar? Ubicó rápidamente el escenario más grande y, a partir de ahí, hizo el ejercicio de mental de intentar buscar la zona en donde dormían.

Le cogió totalmente desprevenida tanta seriedad repentina y sobre todo ese gesto tan dulce para girar el rostro de su amiga. Se dejó llevar, mirándola bien de cerca y sólo pudiendo pensar una cosa ante su primera frase: ‘no, otra vez no’. ¿Decirle qué? De repente su mente comenzó a trabajar más rápido de lo que ella misma pensaba que podía trabajar y es que una cosa estaba clara: algo había cambiado. Y eso era irrefutable. Se conocían desde los once años, vivieron juntas durante tres años y jamás Sam sintió nada por ella más que amistad, por lo que no entendía todo lo que estaba ocurriendo este último año. Y luego estaba Gwen, que ya era la segunda vez que parecía que iba a confesarle sus sentimientos y… ¿¡qué sentimientos, Gwendoline!? Sam tragó saliva al escucharla quejarse de que era ‘más difícil de lo que pensaba’.

El problema de todo eso es que Sam no entendía lo que le pasaba a ella, por lo que mucho menos entendía cómo era posible que Gwen estuviese a punto de decirle nada. Y mentiría como una bellaca si dijese que no sopesó la idea de devolverle el beso y es que estuvo a un segundo de cerrar los ojos y abandonarse a lo que tuviera que pasar. Pero entonces recordó la fiesta en el Babylon y su sensación después del beso de Gwen, recordó aquel choque en la pista de patinaje en donde parte de ella deseó que hubiese habido otro final y, sobre todo, recordó el beso en el apartamento de Artemis que la había dejado rayada mucho tiempo. Y sabía perfectamente que como le correspondiera aquel beso…

En realidad no sabía absolutamente nada de lo que podría pasar, por lo que le embriagó una sensación de miedo: por una parte al rechazar a su amiga cuando nunca lo había hecho, por cómo podía sentarle. Por otra parte por rechazarse a sí misma un impulso que estaba claro que deseaba. Le dio miedo la simple idea de que pudiera gustarle, la de seguir jugueteando como dos amigas adolescentes sin límites que no saben mirar al futuro o arriesgarse solo con alcohol en las venas. Eran amigas y para Sam todo eso estaba prohibido. Muy prohibido.

Así que sintiendo la respiración de Gwen al unísono con la suya a escasos centímetros y antes de que sus labios llegasen a tocarse, Sam giró la cabeza y se apartó hacia un lado con suavidad. Gwen le había intentado besar, por primera vez, sin ningún encuentro fortuito y era la primera vez que Sam la rechazaba. De la otra manera podía fingir que había sido sin querer, pero aquí…

¡Aquí no podía fingir nada! ¡Si le aceptaba el beso le estaba diciendo que sí! ¿Que sí a qué? ¡Yo que sé, pero le estaba diciendo que sí!

Se sintió fatal y su mirada acabó en el suelo de aquella cabina, ¿y ahora qué hacía? ¿Le pedía perdón? ¿Le daba explicaciones? ¿Le pedía explicaciones? ¿De verdad quería escuchar o dar explicaciones? Pero antes de poder decir nada que delatase sus auténticas emociones, se escuchó un fuego artificial a lo lejos y una explosión de color surgió en el cielo. —Anda, mira… —Consiguió decir.

¿‘Anda mira’? ¿No tienes nada mejor en serio?

En un silencio totalmente incómodo, se limitó a mirar aquellos fuegos artificiales que no sabían si le terminaban de agradar o no, pero solo sabía que había conseguido captar sin mucho esfuerzo la atención de ambas. Y normal, ¿quién va a querer hablar después de lo que acababa de pasar? Sam estaba tensa e incómoda, mirando de reojo a Gwen con un sentimiento de ‘podría’ pero no puedo. De ‘debería’ porque lo desea pero no debe porque es su amiga. De ‘quiero’ pero no debería querer. Y es que, por desgracia, Sam no estaba preparada para eso, no después de negarse durante años que eso estaba mal y de haber visto a su amiga, desde siempre, como solo una amiga.

Lo que Sam no sabe es que te puedes enamorar a la edad que sea y da igual cuanto tiempo lleves conociendo a esa persona. Una semana, un mes, dos meses… quince años… El amor es o no es; no se puede poner fecha a los sentimientos.

La noria seguía girando, ajena a todo lo que había ocurrido mientras la rubia buscaba una manera de afrontar la situación. ¿Pero os creeríais si os dijese que seguía teniendo miedo? Tenía la sensación de que ya lo correcto o lo incorrecto daba igual y que con cualquier comentario podía llegar a herir a su amiga. Y la verdad es que ahora mismo no había nada que le apeteciese menos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Oct 18, 2018 2:20 pm

Existe un momento, un cliché con todas las letras, que suele verse en las películas cuyo final es feliz: observamos una escena nocturna, o quizás un atardecer, y a la pareja protagonista sosteniéndose las manos; generalmente, la pareja protagonista ha luchado mucho para llegar a donde se encuentra en ese momento, en ese perfecto desenlace que casi parece una recompensa después de todas sus penurias; se miran a los ojos, con expresiones—a veces, un tanto exageradas, si me preguntáis a mí—cargadas de amor, y se sonríen; de fondo, a lo lejos, en el cielo que empieza a oscurecer, empiezan a estallar fuegos atrificiales; ellos finalmente se besan, dos amantes que han luchado para estar juntos contra todo tipo de obstáculos, y entonces, como cierre perfecto, una explosión de luz procedente de uno de los fuegos artificiales, muy cercana, se adueña de la toma y ensombrece todo lo demás, mientras el espectador contempla las siluetas de los dos protagonistas, besándose. Y entonces llegan los títulos de crédito.
Bien… digamos que si aquella situación en que Sam y yo nos encontrábamos entonces hubiese dado paso a los títulos de crédito, las dos lo habríamos agradecido.
La fastidié, pensaba yo mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, la mirada perdida en algún punto de la lámina metálica que hacía de suelo en la cabina de la noria. La fastidié de manera estúpida.
Nunca un momento entre nosotras había sido tan incómodo como aquel. Sí, es verdad, había habido otros momentos en que, llevada por un impulso fruto del alcohol, o por una desesperada necesidad de disimular en una situación de peligro, había optado por besar a Sam. Pero jamás lo había hecho con la intención de que dicho beso fuese a más… aunque la segunda vez casi había ido a más.
Conclusión: La fastidié.

—Yo...—Empecé a decir, dándome cuenta casi al instante de que ni yo misma sabía qué seguía a aquel ‘yo’.

Lo único que sabía a ciencia cierta era que Sam había evitado mi beso, y eso podía significar un montón de cosas… y ninguna de esas cosas era buena. No he debido hacerlo, me flajelé mentalmente, pensando que quizás debí haber esperado. No era el momento, y solo una estúpida borracha creería que la mejor solución a una incapacidad para expresar los sentimientos con palabras era intentar besarla. Pero no estás tan borracha como para no darte cuenta de lo que has hecho, puntualizó mi mente. Pues ojalá no hubiese estado tan borracha como para intentarlo, en primer lugar, fue mi réplica a aquello.
Mientras reinaba el silencio en la cabina, la noria siguió moviéndose. Reparé entonces en la cerveza que, todavía, tenía en una de mis manos, y la miré con aire pensativo. No quedaba mucha, pero nunca había necesitado tanto un trago como en aquel momento. Así que me la llevé a la boca y bebí más o menos la mitad de su contenido. Aventuré a echar una mirada de reojo a mi amiga, para acto seguido volver a mirar al frente, y entonces le ofrecí el resto de la cerveza. Quizás necesitas un trago tanto como yo en ese momento.
Con un suave traqueteo y un leve temblor, la noria se detuvo y nuestra cabina quedó al nivel del suelo. Pensé en lo poco que había disfrutado de aquel trayecto, en lo poco que había mirado al horizonte y en lo poco que había contemplado las hermosas vistas del festival Magicland… y me dio igual. Mi cuerpo y, sobre todo, mi cerebro y mi corazón, no estaban preparados para otra vuelta en la noria.
Así que en cuanto se abrió la portezuela doble que daba acceso al exterior—sin intervención humana alguna, pues recordemos que la magia era la esencia de aquel lugar—salté fuera de la cabina como si me fuera la vida en ello. Al hacerlo, mis inestables piernas estuvieron a punto de traicionarme, pero por suerte no me caí. Ya habría sido el colmo de la vergüenza: no solo había intentado besar a Sam con patéticos resultados, sino que tendríamos una caída aparatosa para recordar aquel momento. No, gracias. Suficiente.

—Esto...—Empecé a decir, atreviéndome a mirar a Sam un momento a los ojos, para después clavar la mirada en… su hombro izquierdo, básicamente.—¿Volvemos a las casetas? La verdad es que estoy muy...—...avergonzada.—...cansada.

Ojalá eso fuese todo. Ojalá pudiese decir que el alcohol me había hecho obrar como una idiota y que nada de aquello era real. Pero era real. Y ese rechazo no solo me hacía sentir avergonzada: me hacía sentir mal, triste, y en una decadencia posiblemente debida a la Gwen depresiva que salía de cuando en cuando si bebía suficiente, sentía ganas de tirarme en la cama y llorar un rato.
Suena como un buen plan, ¿a que sí? Me mordí el labio inferior, flajelándome internamente una vez más por cómo había estropeado las cosas.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 19, 2018 1:42 am

Recordando seriamente todo lo que había pasado con Gwendoline… estaba cien por cien segura de que nunca antes habían tenido un momento tan incómodo como el que estaban viviendo ahora mismo a su lado. Todo siempre con ella había sido muy natural y cualquier malentendido... siempre había sido discutido y arreglado. Y se hacía muy raro hasta el punto de preguntarse si había hecho algo mal. De hecho, lo hubiera hecho o no, Sam se sentía como si sí lo hubiera hecho. Caminó todo el rato un paso por detrás de Gwendoline y ambas iban en silencio de camino de nuevo a las tiendas, ajena la una a la otra, con una tensión en el ambiente que casi se podía notar entre ambas. Y de verdad que Sam no quería estar así, pero tampoco encontraba la manera de enfrentar la situación… y sabía perfectamente que hacer como si nada hubiera pasado no era una opción corto plazo. Era imposible hacer como si nada hubiera pasado.

Una vez sus pies pisaron la madera de la plataforma que tenía todas las casetas, comenzó a pensar en cómo de raro sería estar en la caseta, cambiarse las dos juntas y dormir, cada una en su cama. De hecho, es que prefería dejarle la intimidad completa a su amiga… y por otra parte ella también quería estar un momento consigo misma, a solas.

Gwen —la llamó, parándose de repente en medio de ningún sitio. —Vete yendo tú, yo voy a ir primero a rellenar la cantimplora —le informó, tocándose el bolsito que llevaba, pues ahí dentro estaba la suya vacía. —¿Quieres que te llene la tuya para que mañana tengas?

No le importaba rellenar las dos, por lo que tras recibir la respuesta de su amiga, se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, alejándose de Gwen en dirección a la fuente de agua, todavía con el peluche de cerdito en una de sus manos.

_______________________________

Mientras tanto, Justin y Andy llegaban super borrachos también a la tienda. Hacía poquito que había terminado el concierto de Daft Punk y los más perjudicados—o cansados—estaban volviendo a las tiendas, por lo que éstos dos no eran la excepción. Llegaban riéndose y preguntándose que en dónde narices se habrían metido Jonathan y Klara. Justin apostaba con que estarían en algún lugar recóndito teniendo sexo, pero Andy apostaba a que se habrían quedado dormidos en algún césped debido a lo borracho que estaban. Al final, llegaron a la conclusión de que posiblemente hubiera sido un perfecto mix de ambas opciones.

¡Tío! —Ese era Andy, señalando a Gwen, que estaba a unos metros de llegar a su tienda. —¡Bah! ¡Me orino! ¡Si no me quedaría a preguntarte qué tal el día! —Y se fue a hacer pipí a su tienda, corriendo para que no se le saliese.

Justin rió, acercándose a Gwendoline con saltos muy felices, haciendo un trescientos sesenta justo para caer delante de ella con una amplia sonrisa. Justin era una persona muy, muy atractiva. Tenía los pelos revueltos, un aspecto perfectamente desaliñado y una mirada color miel que cautivaba a cualquiera. Ahora mismo miraba a Gwen con una sonrisa encantadora y los mofletes un poco rojizos por lo ebrio que iba. Solía ser de esos hombres que vi bien no jugaban con las mujeres, sí que se lo tenía un poco creído. Pocas veces había recibido una negativa por parte de una mujer a la que él ha querido impresionar con su belleza natural.

Hola —saludó sonriente. —¿Qué tal os ha ido el día? ¿Te apetece quedarte hablando un rato antes de dormir? —añadió, señalando con un leve y simpático alzamiento de cejas al lugar en el que se pegaron tanto tiempo la noche pasada, hablando de todo y de nada. —Aunque no te prometo nada, a lo mejor me vuelvo a dormir contando estrellas, aunque me gustaría contarlas contigo hoy —dijo finalmente, llevándose una mano a la nuca mientras se la rascaba, con cierto encanto y timidez.


_______________________________

Ya con las reservas de agua llenas, iba a volver sobre sus pasos, pero se lo pensó dos veces, desviando su dirección. Poco a poco se fue dirigiendo a la piscina, la cual estaba rodeada de jardín que estaba repleto de colchonetas. La piscina, sin embargo, estaba vacía, con unas ligeras ondas que te invitaban a entrar y nadar.

‘A caer como un peso muerto y quedarte en el fondo cual piedra inerte’ pensó Sam, a desgana, caminando por el borde.

La verdad es que no se le iba de la cabeza el pensamiento de que Gwen le había intentado besar y si bien estaba al borde del colapso cerebral intentando entender a su amiga, más machacaba su mente lo que ella misma sentía al respecto. Al igual que como esa misma mañana lo que debió de pasar cuando vio a Gwen fue muy diferente a lo que realmente pasó, en la noria había pasado lo mismo. Una Sam que no siente nada por su amiga hubiera decidido arreglar las cosas y hablarlo, deseando que todo estuviese en su sitio y ninguna confundiese sentimientos. Pero una Sam que sí siente cosas por su amiga ha decidido huir. Y se sentía egoísta. Por miedo a entender y compartir sus sentimientos y emociones, ha preferido dejar a su amiga sola en la tienda lidiando con sus propios pensamientos. Y no era fácil lidiar con pensamientos de rechazo: Sam también lo había sentido.

Sin procesar todavía muy bien todo lo que había ocurrido de repente, en tan poco tiempo, se sentó en un muro, a unos cinco metros de la piscina. Los pies le colgaban y su mirada estaba fija en las pequeñas ondas de la piscina, aunque en realidad su mente todavía estaba en la noria, pensando de manera muy poco sana lo que hubiera pasado si aquel beso se llega a dar.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Oct 19, 2018 3:46 am

¿Qué se puede hacer en ese momento, ese extraño momento, en que te sientes incómoda en presencia de la única persona con la que jamás te has sentido incómoda en toda tu vida? Esa persona especial a la que de repente y sin previo aviso ya no te sientes capaz de mirar a la cara, sintiéndote horriblemente mal por algo que has hecho. ¿Qué se hace con ese sentimiento de haber metido la pata, de haber intentado abrir tu corazón con esa persona y haber sido rechazada?
Yo os lo diré: nada. Literalmente, no se puede hacer nada. Y es que eso es lo que Sam y yo estábamos haciendo entonces: caminar, sin mirarnos, sin dirigirnos la palabra, ella un paso por detrás, yo con la mirada clavada en mis propios pies. Y el mundo alrededor, el fantástico y maravilloso festival de Magicland, más vivo que nunca, mientras nosotras dos repentinamente parecíamos muertas en vida.
Me gustaría decir que aquello no duró, que una de las dos hizo un comentario estúpido y ambas nos reímos, dejando atrás aquello como fuimos capaces de hacerlo en la pista de hielo. Pero, de decirlo, estaría mintiendo: aquello no iba a solucionarse con una tirita, e iba a necesitar un vendaje completo. Porque, embriagada por el alcohol, había dejado al descubierto más de mí de lo que jamás le había desvelado a ella… y había salido mal.


***

—¿Eh?—Fue toda mi elocuente respuesta ante las preguntas de Sam. Lo cierto es que no estaba prestando atención a sus palabras, concentrada como estaba en mis pies. La información me llegó con cierto retraso, como si se tratase de una transmisión en directo.—Sí… sí, claro.—Otra elocuente respuesta, mientras me descolgaba la cantimplora que llevaba colgada del hombro, ofreciéndosela a Sam, intercambiando con ella apenas una breve y fugaz mirada.

Sam emprendió su camino, y yo por mi parte hice lo propio, aunque en distinta dirección a ella: ¿Así van a ser nuestras vidas de ahora en adelante? ¿Cada una en una dirección? Sí, quizás estaba siendo dramática, pero costaba no serlo en aquellas circunstancias. Me gustaría tener un giratiempo y retroceder hasta ese maldito momento en que se me ocurrió que sería una buena idea darle un beso, pensé con una lucidez un tanto inusual, estando tan borracha como estaba antes.
A lo lejos escuché un ‘¡Tío!’ que solamente podía provenir de la boca de Andy, pero ni me molesté en darme la vuelta. Seguía caminando, cabizbaja y arrastrando los pies rumbo a la caseta. Me daba igual quien se me acercase: lo único que yo quería era tirarme en la cama y dormir, esperando que por el medio de la noche no me diese por llorar a mares sobre la almohada.
Pero el destino tenía otros planes para mí. Como si no hubiese sido suficiente todo lo que había ocurrido hacía una media hora, allí apareció Justin, haciendo una pirueta y cayendo justo delante de mí. Su aparición me hizo dar un respingo y retroceder un paso. Mis ojos, que se abrieron como platos durante unos segundos, recuperaron su tamaño normal cuando me di cuenta de a quién tenía delante.

—Hola. No, lo cierto es que no me apetece demasi...—Empece a decir, mi voz todavía afectada por el alcohol, pero fui incapaz de proseguir debido a la insistencia de Justin. ¿’Contar estrellas conmigo’? Sí, por supuesto, vamos, pensé con cierto sarcasmo.—Eres muy amable, pero no estoy interesada.—Forcé una sonrisa, la peor sonrisa que había ofrecido en toda mi vida, y enseguida traté de sortear a Justin para ir hacia mi tienda.

—¿Cómo puedes estar segura de eso?—Justin, borracho, reía divertido ante mi respuesta. Quizás pensase que estaba de broma.—Sé mucho de Astronomía. ¡Soy un experto! ¿Te gusta la Astronomía?

—No.—Respondí sin más, mientras seguía alejándome… y Justin seguía esforzándose por perseguirme.

—¿En serio? ¿Estás segura de eso, Gwen? No querrás perderte esta...—Decía un sonriente Justin… cuya sonrisa estaba a punto de desvanecerse por completo.

—¡Estoy muy segura!—Le corté, en un tono de voz mucho mas alto de lo que pretendía. Empecé a gesticular enérgicamente con los brazos, y todo aquello habría tenido un impacto mayor de no ser porque mi voz seguía sonando tomada por el alcohol.—¡Nunca he estado tan segura de nada en esta vida! ¡No me interesas! ¡La única persona en este mundo que me interesa es Samantha Lehmann! ¡Ella es la persona más especial del mundo para mí, y nunca nadie me ha hecho sentir como ella lo hace! ¡¿Me entiendes?!

Para entonces, habían enmudecido hasta los grillos que cantaban. Algunas personas se habían asomado a las entradas de sus casetas y observaban sorprendidas. Andy estaba asomado detrás de una de las casetas, ojiplático, y el propio Justin parecía tan aturdido como si hubiese recibido una bofetada en la cara.
Por mi parte, yo caí en la cuenta de que había utilizado el nombre real de Sam. Bueno… ya es tarde para remediarlo, me dije a mí misma.

—¿Quién es Samantha Leh…?—Empezó a preguntar Justin.

—¡Eso no es asunto tuyo!—Respondí, cortante, interrumpiéndole, y me di la vuelta para marcharme de allí, sin siquiera darle las buenas noches a Justin. Y es que había un sitio en el que debía estar… y no era allí. Y tampoco era la caseta.


***

Anthea Dickens no había escuchado el revuelo que tenía lugar un poco más allá, en la zona de acampada. Había estado bebiendo con sus amigos—algo moderado, pues no quería despertarse con resaca al día siguiente—y todavía llevaba consigo una botella de vodka a medio vaciar. No pretendía beber mucho más; simplemente, como había sido la última en ponerle las manos encima, había decidido guardarla para la noche siguiente. Mejor eso que arriesgarse a dejarla tirada por ahí, como era muy posible que ocurriese si dejaba su custodia en manos de sus amigos, mucho más borrachos.

Regresaba caminando a su caseta, dedicando amplias sonrisas y saludos con la mano a todo aquel que se encontraba—se esforzaba, además, por recordar sus nombres—cuando la vio a ella, a aquella chica que había llamado su atención la noche anterior. Con la que su ‘radar’ se había activado. Se encontraba en la piscina, con lo que parecía ser un cerdito de peluche en brazos, sentada al borde de la piscina.

Casi esperó ver a su amiga con ella, pero la rubia no parecía estar por ninguna parte. ¡Qué raro! Ayer parecían unidas por la cadera, pensó una Anthea que había estado a punto de perder todo el interés por la joven sentada al borde de la piscina. Sin embargo, estaba sola, y si alguna vez iba a tener una oportunidad con ella… esa era la oportunidad. Así que caminó en dirección a ella, sosteniendo la botella por el cuello. La rubia—sí, al parecer, ahora era rubia—estaba cabizbaja… e increíblemente hermosa con aquel lazo en el pelo. Anthea no pudo evitar mordisquearse el labio inferior durante una fracción de segundo.

—Así que eras rubia.—Fue el original saludo con que se presentó Anthea Dickens, todavía sonriendo de manera agradable.—La verdad es que no me lo imaginaba: llevas el castaño de una manera muy natural.—Continuó con voz suave, mientras en la cabeza de la rubia, con toda seguridad, empezaba a reinar la confusión.—Te llamabas… ¿Lisanne, puede ser? Yo soy Anthea, una de tus vecinas.—Se presentó por fin, ensanchado su sonrisa. Sin embargo, la rubia no sonreía. No parecía estar demasiado feliz en aquellos momentos. Tenía, literalmente, cara de necesitar una buena copa. La sonrisa de Anthea se desdibujó un poco.—¿Va todo bien?

La preocupación de Anthea era genuina. Y es que la americana sabía cuándo tenía que ofrecer una mano amiga, y cuándo estaba ‘el horno para bollos’. Bollos, nunca mejor dicho, pensó con un deje divertido, a pesar de que en aquel momento no tocaba.

Anthea Dickens = #ed8ec7
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 19, 2018 4:41 pm

Atraída por la piscina, se terminó sentado en el borde, pero con los pies cruzados como los indios y no dentro del agua. La miraba como con desconfianza, como si quisiera meterse pero a la vez no pudiera haber una idea que le apeteciera menos: y no era un secreto que Sam le había cogido manía a las piscinas—y cualquier cúmulo de agua—de manera, aparentemente, ilógica. Y se notaba mucho, pues antes de todo lo que le había pasado, posiblemente fuese la mujer que más se emocionaba por ir a la playa o a la piscina.

Continuaba preocupada, intentando normalizar todo lo que podía la situación. Y la verdad es que le estaba costando, pues a pesar de que cualquier subidón debido al alcohol hubiera bajado estrepitosamente, en realidad seguía allí, atormentando sus pensamientos. Así que la Sam borracha seguía en su cabeza, haciendo que su mente fuera bastante molesta. Porque claro, lo normal en esa situación en donde intentas racionalizarlo todo, es pensar en lo buen amiga que eres de Gwendoline Edevane, pero la mente se había puesto de acuerdo en recordarle con pelos y señales esos momentos en donde la amistad no se vio tan clara. Aquel beso en Babylon que Sam había auto-denominado de amistad simple y llanamente para alejarse del hecho de que le había gustado, aquel incómodo momento en la cocina de Gwendoline, aquel choque tan extraño en la pista de patinaje cuyo final fue misteriosamente decepcionante, el beso parado por una señora mayor en medio de un pasillo que, en juicio de Sam, hubiera sido muy difícil de parar y… por supuesto, la sensación que le recorrió cuando vio esa misma mañana a Gwen cambiándose de ropa y le había hecho quedarse como una estatua. Y luego hace un rato...

Madre mía, es que Gwendoline… ¿y si…?

Se llevó las manos al rostro, pero no pudo terminar sus pensamientos, ya que una voz la alertó a un lado, haciéndola pegar un ligero respingo en donde estaba. La miró, viendo una chica muy bonita sonriéndole. De hecho, estaba tan poco acostumbrada a eso ya en su vida que miró hacia atrás para ver si era ella a quién se dirigía o había algún tipo de rubia despampanante detrás de ella que no había visto, aunque cuando dijo lo del castaño, Sam solo necesitó mirarse el pelo para darse cuenta de todo. ¿He dicho ya que la autoestima de Sam no estaba precisamente pasando por su mejor momento? Bueno, desde hacía tiempo que no, pero digamos que los Crowley se habían encargado de enterrarla en lo más profundo de ella.

Le chirrió escuchar el ‘Lissane’ pues estaba realmente harta de tener que fingir ser quién no es, pero se encogió de hombros. —Sí, algo así —dijo sin estar muy convencida. —Pues encantada, Anthea, una de mis vecinas. No te vi ayer en la hoguera. —Sam no llegaba a comprender cómo es que ella la reconocía si ayer no había estado alrededor de la hoguera, pero estaba un poco ida y triste como para preguntar nada relacionado con eso. Quizás la había visto de lejos y alguien le había dicho su nombre.

Al ver su cara de pensamiento suicida con la piscina le preguntó que si iba todo bien, a lo que Sam evidentemente tenía claro que iba a decir que sí. ¿Quién era ella para estar contándole sus penas a una pobre transeúnte tan mona del Magicland que solo quería pasárselo bien en compañía de su tan amado amigo Vodka? Nadie. Y debía de respetar la felicidad de la gente. —Pues… —Hizo una pausa. —En realidad no. —¿Sam? ¿No habíamos quedado en que ibas a respetar la alegría ajena y guardarte tus desgracias para ti misma, como siempre haces? ¡Dile que no pasa nada, que en verdad es porque te está liderando la Sam triste debido a la borrachera! Pero claro, cuando le preguntaban que si iba todo bien, ella siempre extrapolaba esa pregunta a su vida, en general. Una vida que llevaba odiando muchos años. Y claro, nunca podía quejarse de su vida con sus seres queridos. ¿Cómo iba a quejarse a Caroline cuando ella había hecho tanto por ella? Era egoísta. ¿Cómo iba a quejarse con Gwendoline cuando le había perdonado y vuelto a arropar en sus brazos después de haberla tratado tan mal? Era egoísta. Pero Sam quería volver a tener una vida libre y sentirse siempre como cuando estaba en el Magicland. A excepción del sentimiento de amargura de ahora mismo, claro. —Debo de tener una cara de patata mustia muy evidente… —Esbozó una débil sonrisa, haciéndose hacia adelante para mirarse a través del reflejo de la piscina. Luego decidió quitarle importancia, usando un tono bastante tranquilo y despreocupado. —Pero bueno, son cosas que pasan y la vida sigue. Estaba aquí cogiendo un poco de aire antes de ir a dormir. —Y se encogió de hombros, mirando hacia la chica.

‘¡Pipipipipí!’

¡El radar! ¡Había sonado! En realidad no iba así, pero Sam vio en ella algo y si bien todavía no podía estar cien por cien segura, apostaba que su sexto sentido seguía intacto. Y era una pena. Esa chica encajaba a la perfección con el ‘prototipo’ de chica que le encantaban a Sam, pero ahora mismo se sentía fría hacia todos, para cualquier cosa que no fuera una simple charla.

Decidió cambiar de tema para dejar de rayarse, para lo cual le venía muy bien tener a un acompañante. Así se enfocaban en su vida y no en la de Sam. —Te iba a preguntar que cómo has terminado tu la noche, pero por la compañía que tienes… —Miró significativamente a la botella de vodka que llevaba entre sus dedos, media vacía. Pesimismo rules. —Creo que bastante bien, ¿no? Si quieres te puedes sentar, prometo no contagiarte mi mal aura —dijo, riéndose de sí misma.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Oct 19, 2018 7:42 pm

Anthea observó a Lisanne, y la escuchó, sin perder del todo la sonrisa en su rostro. Según su experiencia sobre la vida, y sobre las distintas personas que había ido conociendo a lo largo de sus viajes, una sonrisa ayuda mucho más a animar a alguien que una expresión triste. Por mucho que dicha expresión triste sea una manifestación de la empatía que una pueda sentir hacia la otra persona.

No le sorprendió descubrir que no estaba equivocada: Lisanne tenía algún problema revoloteando dentro de su mente, algo que la entristecía. Anthea no era estúpida, y se imaginaba que los problemas podían presentarse en cualquier momento y en cualquier situación, pero habiendo vivido durante dos días y una noche el ambiente del festival Magicland, le resultaba francamente curioso encontrarse con alguien triste. Y, sin embargo, así es, pensó, su curiosidad en plena ebullición. Sobra decir que sus intenciones originales se difuminaron un poquito: empática como era, Anthea simplemente no podía aprovecharse de una situación como aquella.

Pero podía ofrecerle un consuelo, si es que una extraña podía consolarla simplemente escuchándola.

—El placer es mío.—Respondió Anthea ensanchando un poquito más su sonrisa.—Creo que estabas un tanto ocupada cocinando malvaviscos bajo la supervisión de Andy.—Soltó una breve risita, aunque evitó mencionar que no estaba sola cocinando aquellos malvaviscos. Estaba con la que ella había denominado su ‘super amiga’.¡Tío! ¡Esos tienen muy buena pinta!Anthea intentó imitar, como pudo, el tono de voz de Andy. A su juicio, el resultado pudo ser mejor, pero igualmente rió de nuevo.

Así que Lisanne confesó que no todo iba bien. No es que fuese la noticia del año, pues aquella rubia tan guapa que había llamado la atención de Anthea tenía un rostro muy expresivo. Posiblemente, aquel rasgo fuese algo más que había llamado su atención, algo más que le había gustado de ella. Su explicación acerca de lo que le ocurría fue parca, como si no quisiese darle mucha importancia, y enseguida pasó a interesarse por la propia Anthea, cuya acompañante no era otra que una botella de vodka mediada.

—Estoy cuidando de ella.—Señaló Anthea, refiriéndose a la botella, y por cómo sonreía, cualquiera diría que estaba de broma. Lo triste de todo era que no.—Mis amigos y yo vamos a quedarnos los quince días del Magicland, antes de lanzarnos a una nueva aventura. Te sorprendería la cantidad de dinero que se derrocha en alcohol, sobre todo el alcohol que queda abandonado cuando la gente está demasiado borracha como para acordarse de recogerlo.—Comentó, mientras aceptaba la invitación de la rubia para sentarse.

Aquella situación debería ser de ensueño para Anthea: sentada al borde de la piscina, con una rubia preciosa a su lado, una rubia que además le interesaba, y nadie alrededor para interrumpirlas. Sin embargo, Anthea no estaba contenta, no del todo. Y es que no le gustaba ver una expresión tan triste en aquella cara tan bonita. Le gustaría ver una enorme sonrisa en ella, igual que la que había presenciado la noche anterior.

—¿Y por qué la tienes?—Preguntó Anthea, añadiendo casi a inmediatamente:—La cara de patata mustia, quiero decir. ¿Qué te ha pasado? Si no es mucho preguntar.

Una característica de Anthea era que siempre intentaba mirar a la cara a sus interlocutores, sin abandonar esa leve sonrisa de sus labios. Aquel momento no era una excepción: el único momento en que dejó de mirar a Lisanne a la cara fue cuando se quitó las sandalias, dejándolas a su lado en el borde de la piscina, para luego sumergir los pies en el agua tibia. Sus ojos volvieron entonces a posarse sobre el rostro de ella, mientras movía suavemente sus pies dentro del agua.

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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 19, 2018 9:18 pm

A decir verdad hubo un momento de la noche de ayer, en la hoguera, en la que Sam había desconectado por completo. Se había concentrado en hacer malvaviscos con Gwen y Andy y había pasado completamente del resto de personas que rodeaban aquel sitio. Y se sorprendió a sí misma al no haberse dado cuenta de que aquella chica también estaba allí. No sé, no es que precisamente pasase desapercibida con esa sonrisa que parecía ser parte de ella siempre. Intentó excusarse por su despiste. —Bueno, es que hacer malvaviscos requiere de gran concentración y habilidad, ¿sabes? Si no terminas comiéndote un algo carbonizado de sabor cuestionable, aunque los más orgullosos dirán que está bueno —contestó, recordándose a ella misma en el bosque cuando hacía ese tipo de cosas y se convencía—tanto a ella como a sus animales—de que las cosas quemadas no estaban tan mal. Era un buen truco usar a tus animales, incapaces de llevarte la contraria, como método de convencimiento.

¡Cuánta verdad! Sam no podía hacer ahora mismo memoria de todas las veces que se había ido de fiesta en plan botellón, antes de entrar en cualquier local, y tanto ella como su grupo de amigos habían abandonado sin ningún tipo de pudor las bebidas por ahí. Claro, en medio de tu borrachera prometes con el meñique de que volverán por esa botella, escondida en el portal de algún edificio, pero en realidad todos sabíamos que nadie, jamás y nunca, volvería a por esa pobre botella incomprendida. Se sintió identificada con ella y tuvo que sonreír ante su gesto de 'cuidar' de la botella. Lo bueno del Magicland es que podías ir con la botella a todos lados sin que nadie te dijera nada, pero lo malo de salir de fiesta por Londres es que ninguna discoteca te dejaba entrar bebida alcohólica. Bendito el momento en el que Sam comenzó a salir de fiesta con un bolso extensible.

Inevitablemente esbozó una pequeña sonrisa ante su historia. —Te entiendo muy bien—le respondió. —Yo era de las 'pobres' en los botellones adolescentes, así que entiendo el dolor de perder alcohol innecesariamente —dijo con un tono bastante divertido para lo decaída que se mostraba. Sam no tenía a sus padres en Londres y sobrevivía con una paga bastante cutre de ellos. Cutre porque Londres era terriblemente caro. Gracias a las becas del Ministerio de Magia tenía estudios y una residencia y no tenía que trabajar para poder pagarse los estudios. —Al día siguiente te despertabas con los ojos bien abiertos y lo primero que recordaba era en dónde habíamos abandonado la botella de alcohol con casi tres dedos de contenido todavía. Que eso daba para tres copas como mínimo.

Se sentó a su lado y, pese a que le dieron ganas de remojar ella también los pies al ver como ella lo hacía, no lo hizo. Se quedó mirándola, evidenciando esa patata mustia que tenía por cara. La verdad es que cuando ves a una persona triste se te presenta un dilema: ¿mejor preguntar, pues a lo mejor necesita desahogarse y así tú también te libras de la curiosidad? ¿O mejor callarse y cambiar de tema, intentando ayudar en despejar la mente ajena? A decir verdad no había ninguna opción que fuera, por protocolo, buena, ya que era totalmente subjetivo. Ahora mismo Sam podría decirse que prefería hablar de otra cosa, pero cuando Anthea le preguntó directamente, sopesó la idea de usarla como desahogo, de intentar decir en voz alta su problema para ver si se entendía.

Apoyó sus manos en el suelo, encogiéndose por la posición también de hombros. Miró a la morena y forzó una sonrisa confusa, sin saber muy bien qué decir. —Si te digo la verdad... el problema es que mi vida es muy complicada... —Y tuvo que esbozar una sonrisa, negando con la cabeza. —Y tú dirás: 'mira ésta, que se cree que su vida es complicada y hay gente por ahí que no puede venir al Magicland...' y yo te diré: 'touché', pero no me refiero a ese tipo de complicaciones... —Dramatizó con diversión. —El caso es que intento que todo vaya por el camino de la normalidad en mi vida, ¿sabes? Y cuando algo sale de ahí y no sé entenderlo, o no sé entenderme, mi cabeza se rompe. Y cuando me rompo empiezo a darle vueltas a absolutamente todo lo que ha pasado, lo que está por pasar, lo que podría pasar y... no sé... —sonrió—, me agobio. Es que si a veces no me entiendo ni yo, no sé cómo voy a entender como lo que me sucede a mi alrededor. —Y rodó los ojos.

Y ese día había sido Gwen quién había roto a Sam, quién necesitaba tiempo para pensar, pero de por sí la legeremante vivía siempre entre tanta tensión que cualquier mínima situación que la sacase de su zona de confort llegaba a afectarle muchísimo. —Lo sé, sueno como la típica profesora de adivinación loca que no sabe lo que dice, ¿verdad? Lo siento —dijo al final, llevándose una de sus manos al rostro, frotándose un ojo con vergüenza. Raminta, sueno a ti.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Oct 20, 2018 2:39 pm

No sería Anthea Dickens quien iniciase un debate acerca del arte de hacer malvaviscos: aquellas pequeñas nubecillas, si bien muy populares en su país de origen, parecían tener una tendencia peligrosa a incendiarse. Por lo que no pudo más que coincidir: aquella ciencia exacta requería toda la atención que un ser humano pudiese dedicarle.

Y, sin embargo, la americana dudaba que aquella tarea fuese el motivo de que no se hubiese fijado en ella. Amigas o no, aquellas dos chicas parecían tener una relación muy especial, un vínculo que parecía irrompible, hasta el punto mismo en que era la primera vez que Anthea veía a Lisanne sin la compañía de su ‘super amiga’. ¿Qué podría significar esto? Feliz como ha estado hasta ahora, y de repente me la encuentro sola, en la piscina, con un cerdito de peluche en brazos y una expresión muy triste, se preguntó la americana, que empezó a hacer sus propias cábalas mentales.

—La próxima vez que hagas malvaviscos, acuérdate de tu amiga y vecina Anthea. Confieso que, por muy americana que sea, yo tampoco he llegado a pillarle nunca el punto.—Para dicha ‘confesión’, Anthea adoptó un tono de voz confidencial, inclinándose un poco hacia la rubia, como si de verdad fuese un secreto. Como si fuese sacrílego que una americana no dominase el arte de cocinar malvaviscos.

Lo triste es que, para alguna gente, aquello sí sería sacrílego. Igual que no saber cocinar carne en un asador en el jardín… claro que, para hacer eso, Anthea primero tendría que comer carne. Cosa que no hacía.

La explicación del motivo de que Anthea se pasease por ahí, medio borracha y de la mano de una botella que, por la cantidad de alcohol que llevaba dentro, también debía considerarse medio borracha, dio paso a que Lisanne se abriese un poco: le contó a la americana una anécdota, genérica, eso sí, acerca de los botellones que se montaba en su juventud. No pudo evitar imaginarse a Lisanne junto a un montón de amigas y amigos cuyo rostro era indeterminado… y entre todos ellos, su ‘super amiga’. Quizás las cosas no habían ocurrido de aquella manera, solo en el imaginario de Anthea, pero la americana lo visualizó.

—Nosotros planeamos seguir viajando, pues aún queda mucho verano. ¡No podemos derrochar dinero en alcohol! ¿Has visto todo lo que queda aquí?—Anthea señaló con ambas manos la botella, que descansaba entre ambas chicas en el suelo, con una cómica expresión de ofensa. No la pudo mantener mucho tiempo, riendo a continuación.—Con esto puedo emborracharme yo, y no lo digo en broma.—Puntualizó la joven. Era cierto que no mentía.

Así que le preguntó finalmente qué le ocurría. Y Anthea escuchó, los ojos fijos sobre ella, mientras el agua de la piscina acariciaba sus pies. Lisanne no entró en demasiados detalles acerca de sus problemas, pero sí dibujó un escenario global que a Anthea no le costó imaginarse. Después de todo, por lo que había escuchado, procedía de Inglaterra, y los ingleses vivían bajo la tiranía del mago tenebroso que más miedo inspiraba, hasta el punto de que la comunidad mágica era reacia a pronunciar su nombre.

Para Anthea, quien había crecido en Ilvermory escuchando historias para no dormir acerca de Gellert Grindelwald, imaginarse a alguien peor que este resultaba difícil. Por suerte para ella, no había conocido jamás lo que era vivir bajo la tiranía del tal Voldemort, y esperaba que así siguiese. Había escuchado que los hijos de nomajs, como ella, eran considerados delincuentes en Inglaterra.

Pero el principal problema no parecía ser ese. Lisanne insinuaba que existía un caos en su vida, pero que de alguna manera intentaba controlarlo aportándole a esta todos los tintes de normalidad. Pero entonces, ocurrían cosas que escapaban a su control, y la joven rubia se veía superada por todo esto. La comprensiva americana la escuchaba, y si bien no tenía ni la más mínima idea de cuáles serían todas estas cosas que escapaban a su control, entendió más o menos a qué se refería.

—En realidad tiene mucho sentido.—Respondió Anthea, bajando la mirada para observar sus pies en movimiento.—Ahora, te pregunto una cosa: ¿tienes algún tipo de control sobre esas cosas que se salen de tu normalidad? Porque si tienes control sobre ellas, puedes hacer algo al respecto, claro; pero, si no lo tienes, eso quiere decir que no puedes hacer nada, y por consiguiente, no puedes preocuparte por ellas.—Anthea volvió a alzar la vista, mirando a los ojos a Lisanne.—Si te preocupas por cosas sobre las que no tienes control, acabas culpándote por ellas. Y no tienes la culpa.—Anthea hizo una pequeña pausa, meditabunda por primera vez en todo lo que llevaban de conversación. Bajó la mirada un segundo, la cual se quedó perdida en algún punto más allá del hombro de Lisanne, y entonces volvió a mirarla a los ojos. En sus labios, la sonrisa vaciló un poco.—¿Te ha ocurrido algo con tu amiga? ¿Es ella una de esas ‘cosas que se salen de tu normalidad’?

Anthea no iba a mentir: sí, quería que aquella chica volviese a sonreír como sonreía cuando estaba junto a su amiga, cocinando malvaviscos, porque no soportaba verla tan triste. Era preciosa, y a Anthea claramente le gustaba. Era más que probable que, después del festival Magicland, no volviesen a verse, pero… la vida era muy corta. Y a Anthea le gustaba mucho esa chica. Si se marchaba de Irlanda sin haber, al menos, intentado algo con ella, se sentiría fatal el resto de su vida…

...pero mucho peor se sentiría si ignoraba cómo se estaba sintiendo ella en esos momentos de una manera tan egoísta. Preguntarle por su amiga suponía abrir una puerta que a Anthea quizás no le gustase abrir. Pero sus padres no la habían educado para pensar solamente en sí misma, y la vida tampoco. Así que mejor abrir aquella puerta… y que ocurriese lo que tuviese que ocurrir. Si con eso ella se siente mejor, habrá merecido la pena.

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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Oct 21, 2018 3:43 am

¿Sabéis lo guay que tiene que ser pegarse un verano entero viajando? ¿Meses y meses viendo mundo, sin preocuparse de un trabajo, de un gobierno o de una vida sedentaria cargada de obligaciones y responsabilidades? Cuando Anthea le dijo que después del Magicland iban a seguir viajando, Sam se imaginó a ella misma pudiendo pasar los quince día en aquel festival, para luego partir rumbo a lo desconocido, a países nuevos y alejados en donde solo tuviera que preocuparse del clima y de tener una camita en la que dormir, fuese en dónde fuese. Si fuera así, hasta dispuesta estaría de volver a sacar su tienda de campaña. La verdad es que cualquier idea que conllevase al hecho de alejarse de Londres, a Sam le sonaba perfecta. Eso sí, si no se había ido antes del país en un primer momento fue porque no podía y, en un segundo momento, ¿a donde iba a ir sin las personas más importantes en su vida? Ella no quería empezar de cero, sola. A decir verdad, no quería pensarlo de esa manera, pero tal y cómo estaba, se había vuelto super dependiente de sus amigas y eso la entristecía. Para ella había sido super importante la independencia que había cogido en Londres de su familia, partiendo prácticamente de cero sin su familia.

No pudo evitar sonreír al ver cómo señalaba la botella. —Lo veo, lo veo. Yo también podría emborracharme solo con eso —apoyó su debilidad alcohólica. —No sé qué le pasa a mi cuerpo con el vodka, pero no se llevan bien y suelen tener un choque catastrófico.

La rubia se medio-desahogó con la chica y digo ‘medio’ porque el día en el que Sam se desahogara de verdad, se iba a notar. Y posiblemente tuviera mucho que soltar como para terminar de hablar con una sonrisa. Sin embargo, ahora mismo sólo estaba contándole cómo se sentía con respecto a todo lo que le pasaba y que se escapaba a su comprensión. La verdad es que al decirlo en voz alta, hasta Sam se dio cuenta de que parecía que todo lo que decía no tenía ningún sentido. O quizás era ella, que no quería encontrárselo. Se sorprendió cuando Anthea le dijo que en realidad tenía mucho sentido, tanto como para que Sam alzase la mirada para ver qué tenía que decir.

¿Tenía control? Podría estar pensando esa pregunta mucho tiempo en relación con todo lo que ocurría en su vida, pero teniendo en cuenta a lo que atañía la paranoia, sólo le vino Gwen a la cabeza en la noria. Perfectamente Sam pudo haber enfrentado aquella situación e intentar hablarlo para que ahora mismo no hubiera una situación tan tensa y difícil entre ambas, pero no lo hizo. Control tenía, pero valentía y eso pues ya era otra cosa. —A ver, pero es que... no es justo verlo así —dijo, cual quejica a la que le traiciona su mente. Sonrió por ‘la injusticia’ que veía en esa frase que había dicho Anthea. —Odio ese proverbio chino, coreano o filipino, siempre me lo dicen cuando estoy preocupada por algo o siento que las cosas van mal. ¿Si tiene solución para que te preocupas? ¿Y si no tienes para que te preocupas? ¡Ya claro, es todo muy fácil! —Lo ironizó tanto que casi parecía divertida. ¡Que se lo digan a ella! ¿Quién tenía los santos co***** de decirle a Samantha que no se preocupase cuando Sebastian Crowley era su titiritero? No había solución para eso, ¿debía de dejar de preocuparse porque total, no había solución? O que se lo dijeran cuando le pillaron sus dos hermanos y sólo le quedaba la muerte para enfrentar esa tortura. Ah bueno, pues no se preocupaba porque había solución. Solo tenía que sufrir por el camino. Puso los ojos ligeramente en blanco. Intentó no irse por las ramas y sencillamente sentirse una cobarde frente al control que tenía y que no tomaba con respecto al tema de Gwen. —No sé, no creo que sea tan fácil, ¿sabes? Hay muchos más factores…

Se había quedado con la mirada en la piscina, para cuando escuchó a Anthea preguntarle directamente por Gwendoline. ¿Era ella una de esas cosas que se salían de mi normalidad? No debería, en absoluto, pero Sam sabía muy bien que sí, que hasta ella misma huía, sin saber por qué, de normalizar cosas que entre Gwen y ella deberían de estar más que hechas a su amistad. Inevitablemente sintió como rostro se ponía un poco rojo. Sentía vergüenza al hablar de ese tema y de admitir nada. Se mantuvo mucho rato callada intentando buscar las palabras correctas a lo que contestar, por lo que cuando pasaron como diez segundos en donde no dijo nada, Sam miró con cierta timidez a Anthea, sonriendo ligeramente. Ya se había pasado el tiempo de contestar nada con coherencia. —Toda mi vida se sale de la normalidad a la que me acostumbré… creo firmemente de que todavía soy yo quién no se ha adaptado... —dijo, evitando directamente el tema. No quería sonar cortante, pero creía que la chica entendería que no quería hablar de ese tema.

No quería hablar de Gwen con ella. No quería hablar ‘lo de Gwen’ con nadie. Quería tener tiempo para poder pensar y… hacerse a la idea de lo que había ocurrido, saber por qué el de actuar así y sobre todo el por qué de sentirse así con respecto a ella. ¿Era Gwen, lo que significaba para Sam había cambiado? ¿O es que Sam necesitaba cariño y lo buscaba en donde más cerca lo tenía, malinterpretándolo todo? —Pero bueno, da igual —añadió finalmente, esbozando una sonrisa más natural y quitándole importancia al asunto. —Gracias por preguntar y venir a hacer compañía a esta patata mustia con piernas —intentó bromear. —Ha sido un detalle bonito, la verdad es que entendería que cualquier prefiriese pasar de largo. Con lo alegre que es el Magicland uno no tiene ganas de entrar en dramas, pero los dramas son como las cucarachas, ¿sabes? Vienen sin avisar, te cogen por sorpresa y no sabes cómo lidiar con ellas. —dijo divertida mientras se descalzaba, metiendo los pies en la piscina para acompañar a Anthea. Se frotó la falda para colocarla bien, girándose para mirar a la chica. —Antes me dijiste que después del Magicland seguirás viajando y no sé por qué me sonó a viaje de ensueño, ¿se puede cotillear? —preguntó, cambiando de tema.

Sopesó la idea de volver a la tienda con Gwen, pero pensó que teniendo en cuenta la tensión habida durante la mitad de la noria y todo el camino, lo mejor sería dejarla descansar. Creía conocerla lo suficiente—y digo ‘creía’ porque después de ese intento de beso, Gwen rompió sus esquemas—como para saber que en estos casos mejor tener tiempo para asimilar las cosas y saber qué decir.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Oct 21, 2018 2:39 pm

Tenía que reconocerlo: Anthea Dickens estaba trabajando en base a la poca información que Lisanne le estaba ofreciendo, y por ese motivo, tal vez sus consejos no fuesen los más precisos ni acertados. Sin embargo, en su mejor intento de elevar el ánimo de la muchacha, no acertó demasiado: su discurso, un tanto manido y superficial, más bien despertó una suerte de frustración en la rubia. Una frustración que se tradujo en un sarcasmo ante el que Anthea no pudo evitar reír. No en forma de mofa, ni mucho menos; más bien, le parecía graciosa esa reacción, teniendo en cuenta que no era la primera vez que la veía, ya fuese en desconocidos que se convertían en conocidos durante sus viajes, o en amigos de toda la vida. La filosofía de vida de Anthea, claramente, no era para todo el mundo.

—Por supuesto que hay muchos factores.—Convino Anthea, todavía sonriendo de manera cálida.—Y por supuesto, no puedo pretender saber lo que en estos momentos ocurre dentro de esa cabecita tuya.—Anthea hizo una pausa, devolviendo la mirada hacia la piscina. Movió sus pies suavemente, provocando ondas en la superficie del líquido elemento.—Y, tan cliché como puede ser ese proverbio, ese en que el que lo dice se siente superior, como si hubiese alcanzado la sabiduría máxima acerca de todas las cosas del universo...—Anthea volvió a mirar a Lisanne a la cara.—...a veces es cierto. No digo que sea tu caso, pues no puedo ni empezar a imaginarme cómo ha sido tu vida. Pero quizás, y digo solo quizás, haya algunos aspectos de tu vida en los que simplemente no puedes tener el control.—Y sí, Anthea se mordió la lengua, evitando añadir un ‘Así que no te preocupes por ellos’. Si bien Lisanne no parecía una chica agresiva, no quería tentar a la suerte.

Lisanne simplemente parecía necesitar hablar. Por lo poco que contaba de sí misma, Anthea pudo imaginarse que no le gustaba demasiado airear todas esas cosas que habían debido sucederle a lo largo de su vida. ¿Y creéis que Anthea tenía idea del motivo? Bueno, pensad en ella como en una joven americana, hija de nomajs, que jamás había sufrido lo que en Inglaterra algunos llamaban “la persecución de los sangre sucia”, ni había pasado en toda su vida por un solo momento de peligro. Anthea venía de un lugar en que la varita y la magia se utilizaban para tareas domésticas, para aprobar exámenes y, aquellos que lo tenían, para desempeñar un empleo. Sí, claro, había gente que la utilizaba para batirse en duelo, como los miembros del cuerpo de seguridad mágica de la MACUSA, pero nada tan brutal como lo que se vivía en Inglaterra.

Así que imaginaos el percal: Anthea intentaba comprender a Lisanne con la poca información que tenía, pero ni en un millón de años podría haber descubierto que la joven bruja en realidad era una fugitiva, que lo había perdido todo y a punto había estado de perderse a sí misma, que había sentido el terror de la persecución, que había conocido la tortura física y psicológica, que había estado tan cerca de morir que incluso le había visto la cara al mismísimo Ángel Negro… ¿Cómo podría imaginarse alguien algo así? Para Anthea aquellas cosas eran mitos, leyendas, cosas que solo podían ocurrir en la literatura o en las películas.

Sin embargo, la americana sabía que lo mejor sería no indagar mucho. Lisanne no estaba cómoda hablando de sí misma… y bueno, Anthea lo respetaba. Era buena escuchando, pero también era buena sabiendo cuando alguien no quería ser escuchado.

—No ha sido nada.—Sonrió amablemente Anthea, sin apartar la mirada de Lisanne.—A lo mejor me gustan las patatas mustias...—Sugirió entonces la americana de forma significativa. No fue capaz de evitarlo: aquella chica le gustaba mucho. De la misma manera que fue incapaz de evitar el tomarse la libertad de apartar con sus dedos un mechón de pelo rebelde de Lisanne, que le había caído por delante de los ojos. En el proceso, rozó la piel de su mejilla.—Aunque me parecen mucho más bonitas cuando están felices y sonrientes...—Y más si tienen una sonrisa tan bonita como la tuya, pensó Anthea, que seguía sonriendo.—Sí, claro que puedes cotillear, pero la respuesta quizás te parezca un poco decepcionante.—Anthea rió divertida, negando con la cabeza mientras apartaba la mano de la mejilla de Lisanne.—Mis amigos y no… podríamos decir que somos muy aventureros. No solemos planear nada, la verdad. A veces simplemente nos acercamos a una estación de autobuses, una estación de tren, un aeropuerto… y escogemos la opción más barata. Y allá que nos vamos.—Anthea volvió a reír, divertida ante lo estúpido que sonaba aquello.—Mi mejor amiga, Liv, tiene el sueño de conseguir unos billetes de avión tirados de precio para ir a Australia. Quiere ver canguros y koalas. Yo ya le he dicho que es improbable que lo consigamos.—Anthea hizo rodar sus ojos, con resignación, volviendo a sonreír a continuación.—¿Y a ti, Lisanne? ¿Te gustaría ver canguros y koalas?

Aquella había sido una muy sutil forma de invitar a la rubia a unirse a ellos. Quizás, si su vida estaba tan descontrolada como daba a entender, lo que le vendría bien sería alejarse de todo un poco. Desconectar. Sí, pero tampoco sueñes, se dijo Anthea a sí misma.

***

Después de pasarme unos cuantos minutos caminando—y habiendo dejado atrás a un Justin al cual, en aquellos momentos, no me daba cuenta de que podría haber herido en sus sentimientos—llegué al único lugar en que no había buscado a Sam: la piscina. Serpenteando entre las casetas que la circundaban, empezaba a sentir cómo me pesaban las piernas y… bueno, casi cada músculo del cuerpo. El alcohol empezaba a perder su efecto anestésico, y el cansancio empezaba a hacerse patente en mi cuerpo.
No importa… Lo único que tengo que hacer es hablar con ella, explicárselo todo… y después dormiré, pensé, mientras las briznas de hierba acariciaban los tobillos desnudos, provocándome un cosquilleo que sería mucho más desagradable de no ser porque el efecto anestésico no se había desvanecido del todo.
No tardé demasiado en avistar la piscina, y al principio no vi absolutamente nada—tengamos en cuenta que ya era de noche, que la zona no estaba precisamente iluminada por enormes focos, ni nada parecido—pero pronto atisbé la silueta inconfundible de Sam sentada al borde de la piscina.
Podría haberme acercado, y sin duda hubo algunos segundos en que tenía esa misma intención. Sin embargo, igual que mi forma de hablar había supuesto una ‘bofetada verbal’ para Justin segundos antes, algo me abofeteó a mí: Sam no estaba sola. Una silueta femenina estaba sentada a su lado, y justo en el momento en que llegué, pude observar como esa silueta femenina acariciaba significativamente su mejilla.

—A lo mejor me gustan las patatas mustias...—Escuché decir a la acompañante de Sam.—Aunque me parecen mucho más bonitas cuando están felices y sonrientes...—Terminó, y yo me sentí congelada de repente.

No necesité que nadie me explicase lo que estaba ocurriendo allí, y mi yo borracha, que resistía estoicamente el paso del tiempo, insistía en que debía liarla, que debía interrumpir aquel momento.
Sin embargo, mi yo sobria, más grande y más fuerte, y mucho más importante, más triste, no quiso hacerlo: bajando la mirada, y sintiendo cómo toda la energía que me había llevado allí se desvanecía, de repente solo quería irme a dormir.
Me di la vuelta, sin decir nada, y con una sensación de derrota como jamás había experimentado en toda mi vida, me encaminé a la caseta. De repente, ya me daba igual si Michael Jackson estaba vivo o muerto, si era negro o blanco, si era real o un holograma. Y es que en aquel momento, el Magicland perdió todo su sentido para mí.


Anthea Dickens = #ed8ec7
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Oct 22, 2018 1:55 am

‘Pues no puedo ni empezar a imaginarme cómo ha sido tu vida’, dijo Anthea.

‘Mejor que ni lo intentes’ pensó una irónica Sam en su mente que se reía de sus propias desgracias.

Entendía al punto al que quería llegar la chica, pero pese a eso, seguía sin convencer a Sam. Quizás la rubia no pudiera tener el control de muchas de las situaciones en las que se ha visto, pero eso no quita que hubiese podido actuar, cambiando el resultado o llegando a un punto en el que quizás si pudiera llegar a tenerlo. Además, también había que decir que ‘preocuparse de más’ era una de las características que a Sam se le habían pronunciado éstos últimos años. Si ya de por sí siempre fue una persona que tenía mucho en cuenta cada detalle, el haber pasado por lo que pasó sólo le ha hecho volverse una persona mucho más atenta y que el mínimo contratiempo cree en ella una preocupación que solía pesar mucho. —Hay muchos, seguro, pero el hecho de no tener el control sobre ellos sólo hace que me preocupen más. No soy capaz de evadirme de un problema aunque yo no pueda hacer nada por solucionarlo. —Hizo una pausa, para sonreír por lo terca que parecía. Si Anthea la conociera un poquito se daría cuenta de que es verdad: Sam es muy cabezona. —Sí, yo también quisiera poder entenderme, ¿vale? ¡No es el caso! —Y sonrió.

Le agradeció la compañía, intentando mostrarse mucho más natural y abierta y dejar a un lado, por el momento, esas preocupaciones de las que habían estado hablando por encima. Y le pareció curioso lo que ocurrió a continuación: ¿a quién narices le gustan las patatas mustias? ¡A nadie! Todos apartan esa pobre patata frita mustia y no se la comen, por eso a Sam le pareció tan adorable esa frase que entendió a la perfección a lo que se refería. Lo que no se esperó fue que le apartase aquel mechón rebelde y, en el camino, le acariciara con delicadeza la mejilla. No le apartó la mirada y se puso ligeramente roja por el gesto cariñoso inesperado, ya que… bueno, era bonito que alguien se fijase en ti de esa manera y no estaba acostumbrada. Una desconocida que no sabe nada de ti, que sea capaz de fijarse en lo bonito que muestras cuando tú solo ves patatas mustias por todos lados. —No pueden gustarte las patatas mustias pero preferirlas felices y sonrientes. Es trampa. Es incompatible lo mustio con lo sonriente. —Y ahí teníais el comentario estúpido-borracho de Samantha Lehmann de la noche, a lo que evidentemente no pudo evitar reír.

Si llega a ser otro momento muy diferente, probablemente Sam también hubiera mostrado interés real por aquella chica. Era atenta, preciosa, divertida y encima le daba la sensación de que tenía algo que Sam no tenía y que le haría cambiar ese ‘chip’ que siempre había tenido. Sin embargo, el botón de Sam de relaciones seguía apagado desde hacía mucho tiempo y ahora, más que nunca, no podía estar menos interesada. Su vida no era precisamente un lugar en el que tuviera cabida una relación sentimental. Cada vez que lo pensaba, solo pensaba las cosas malas que podrían pasar. Además, desde que pensaba en algo así, la cara de Gwen le aparecía en mitad de sus pensamientos. ¡Y así no se puede pensar!

Enarcó una ceja, visiblemente indignada. —¿Decepcionante, dices? ¡Tienes que estar de broma! Admiro a la gente que se arriesga y se tira a la deriva frente al dilema de: ‘a ver qué pasa’ —dijo, entusiasmada. Es decir, Sam nunca se había atrevido a hacer eso, pese a que siempre hubiera soñado con hacer alguna locura así, pero claro, no era su estilo, ni el de nadie que conociera y le motivase a hacerlo. Continuó escuchándola, hasta que finalmente le preguntó. —Ojalá, me encantaría —dijo sin pensar demasiado en la respuesta, teniendo bien claro que viajar probablemente sería una de las pocas curas que tenía su desgana con prácticamente todo. Obviamente no entendió su pregunta como una invitación. —¿Y los quokas, sabes qué animales son? También son de Australia, son esos que parece que siempre están sonriendo. Creo fervientemente que su adorabilidad me atraparían, me harían robar uno y me echarían de una patada del país —admitió, imitando a la chica mientras movía los pies. —Pero bueno, qué te digo: iría a cualquier sitio con tal de viajar. Creo que hace… más de siete años que no salgo de Inglaterra y eso que soy de Austria, ¿sabes? —Apuntó como curiosidad de lo hereje que era.

Y entonces se le ocurrió una solución a los ‘problemas’ nomaj que tenía tanto Anthea como sus amigos. Y es que si las cosas muggles son más caras, ¿por qué no aprovecharse de la magia? —Supongo que la gracia de vuestras aventuras es hacerlas completamente al estilo muggle, ¿no? Pero hacerse con trasladores… quizás es más barato que hacerse con un billete de avión convencional, que son carísimos. Digo, para ir a Australia. ¿Sabes la de Australianos que debe de haber en el Magicland? Es tu deber, tu misión, encontrar a uno y que os lleve con él de vuelta a su país de manera gratuita o bien por un precio razonable —dijo, con un rostro divertido y animado, como si hubiera descifrado el plan perfecto de viaje que podría llevar a Anthea y sus amigos al continente soñado por muchos. Por Sam no era precisamente el continente soñado, ¿sabéis la de bichos enormes que hay ahí? Eww.
Sam J. Lehmann
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