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Chained to the rhythm. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:00 am

Recuerdo del primer mensaje :

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 T3BZDMn
Irlanda, de camino al Magicland || 15 de agosto del 2018, 15:23 horas || Atuendo

Cómo buena fugitiva amante de los festivales, tenía un deber. No era cuestión de tomarse el Magicland a la ligera. Era un evento musical mágico muy cercano a Inglaterra y, pese a que su fama derivase de la tolerancia hacia todos los colectivos: tanto de pureza de sangre, raza, ideología o país, ella de lo que no se fiaba era de los magos ingleses. Y seguro que habían muchos.

Así que hizo una lista. A veces hasta hacía lista de las listas que tenía que hacer, pero esta era mucho más concreta: pros y contras de ir al Magicland, ¿valía realmente la pena? Sam fue muy rigurosa con su lista, tomándoselo muy en serio y valorando muchísimo las posibilidades que cabían en cada una de ellas.

Lista de Pros y Contras:

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 Y6c6rhe

Pros:
- Ir al magicland
-
-

Contras :
- Ponerme en peligro
- Es caro y soy pobre
- Poner a Gwen en peligro
- ¿Un ataque?
- ¿Y si me secuestran aprovechando que estoy borracha?
- Pedir dias en el trabajo en epoca critica
- Estar borracha todo el dia (¿esto es pro o contra?)
-

Pero claro, piénsalo. Por muchos contras que haya, el pro siempre iba a ganar. No eráis conscientes ustedes de lo mucho que quería Sam ir a ese festival... Su alma fiestera de diecinueve años ahora mismo volvía a renacer en su interior. Además, si decidía ir tenía bien claro que iba a intentar no ser ella. Cambiar el tamaño de su pelo, el color, sus ojos… lo que fuera para simplemente distar lo máximo posible a su foto en el cartel. Lo cual era fácil, ya que desde entonces había cambiado bastante. Dos años habían pasado desde que se había hecho famosa.

Así que finalmente, con el incentivo de que Gwen se había animado también, Sam no dudó ni un segundo en prepararlo todo.

Dos días antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Gwen, ¿estás nerviosa? ¿Ya has hecho la mochila? ¿Vas a llevar playeras o sandalias?

¿Compartimos las cosas del baño? Si tú llevas champú, yo llevo cremita de sol y pasta de dientes. También llevo mascarilla.

¿Cuántas mudas llevas? Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 4h2Cba4

No te olvides de la cámara de foto.

¡Santi no deja de preguntarme que a donde nos vamos de vacaciones. ¡Soy legeremante! ¿Cómo se me va a dar tan mal mentir? Este muggle sabe leerme como un libro abierto. Se cree que nos vamos de escapada romántica y no le he dicho nada. Menudo estrés.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 Emoticono-whatsapp-72



La noche antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
¿A qué hora me vienes a buscar? He hecho una lista con música para el viaje. He puesto mucho Bruno Mars y Beyoncé. Y Rihanna, que la amo.

Qué ganas, ¿estás nerviosa ahora? Yo no estoy nerviosa.

Creo que lo tengo todo.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 4h2Cba4

¡Tú no te olvides de la cámara que quiero sacar muchas fotos!

Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana guapa. ¡Buenas noches! Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 4 4h2Cba4



***

Había madrugado para despedirse de Caroline que, debido a trabajo, no iba a la experiencia. Era día quince y hoy empezaba oficialmente el Magicland en Irlanda. Gwen y Sam iban a ir solo los cinco primeros días, porque eran conscientes de que ya tenían una edad y a los cinco días estarían reventada, con el hígado hecho trizas. Ya tenían una edad. Esos bonitos diecinueve años de chupito tras chupito habían quedado en el pasado. En verdad no, pero habían visto el plan del festival y en esos cinco días ocurrían cosas que para ellas ya eran más que suficiente. Se había duchado, había desayunado, había dejado a sus mascotas recién comidas, las había sacado al patio y ahora esperaba en el sillón, con su mochila preparada, a escuchar el coche de Gwen.

¡Y ahí estaban, on the road!

Podrían haber optado por uno de esos muchos puntos en su país en donde usaban trasladores para llegar al Magicland, pero no hacía falta tener un máster en seguridad para asumir que Sam, en esos puntos, sí que sería atentar contra su integridad. Quizás en el Magicland no hubiese peligro, pero en los trasladores ofrecidos por el gobierno y las chimeneas de Red Flu habilitadas… eso sería una locura. Así que ambas habían quedado en ir en coche, aunque tardasen casi un día en llegar. Además, era una aventura que nunca habían vivido juntas. Esto de ser magas y tener el don de la aparición era muy de perezosas. Así que ambas se hicieron un traslador independiente que daba a la sede de transportes mágicos del gobierno irlandés, ya que no podían conseguir permisos para uno que llegase directamente al Magicland por temas de políticas y acuerdos. Una mierda que, sinceramente, Sam no entendía. Sin embargo, ¿cómo narices llegaban desde esa sede en a saber qué lugar de Irlanda, al propio Magicland? La aparición estaba descartada, por lo que sólo quedaba…

I CAME IN LIKE A WRECKING BALL!!!

Llevaban como cuatro horas en la carretera y, ¿sabes qué? Sam no tenía ni idea de cuánto quedaba. Y lo mejor de todo es que le daba igual. El Magicland iba a durar quince días y no había prisa en llegar: lo importante ahí era disfrutar lo máximo posible hasta el último minuto, motivo principal de que estuviese cantando como si no hubiera mañana y no atenta al mapa que tenía entre sus manos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Oct 22, 2018 3:08 pm

Si bien la rubia no parecía tener la más mínima intención de dejarse convencer por Anthea de su filosofía de vida—ni la americana pretendía imponerle su opinión—ni de compartir con ella ningún dato concreto de su vida, la chica se conformó con saber que Lisanne parecía sentirse algo mejor. Lo suficiente como para bromear, por lo menos, y para sonreír. Anthea correspondió a esa sonrisa suya, mientras decía que le encantaría poder entenderse, sonriendo a su vez de una manera más amplia. Ahí tenemos esa sonrisa bonita que me cautivó, pensó la americana.

¿Y podía existir algo más adorable que Lisanne en los minutos que siguieron? Si bien Anthea, debido a la oscuridad, no fue consciente realmente del cambio a rojo de la tonalidad de la piel de la rubia, sí fue consciente de la manera en que le mantuvo la mirada, y del comentario tan gracioso que hizo a continuación. Anthea rió divertida, consciente de que hacía ‘trampa’, pero pese a todo componiendo una expresión de picardía en su rostro. ¿Y qué, si hacía trampa? Quizás...

—Bueno, quizás es que me gustan las patatas.—Comentó Anthea, y puede ser que estuviese diciendo, de una forma muy discreta, que le gustaba Lisanne. O que le gustaban las mujeres, a saber: cuando una empieza a meter tubérculos y metáforas en una conversación, el significado de las cosas tiende a confundirse. Y más si por tus venas fluye algo de alcohol acompañando a la sangre.—Mustias o saludables, todas las patatas son bonitas a su manera.—¿Véis? He ahí una frase que no tiene el más mínimo sentido.

Por fortuna, no todo se limitó a hablar de patatas. Lisanne se interesó por los planes de Anthea y sus amigos para cuando terminase el Magicland. La americana suponía que la rubia esperaba algún tipo de historia épica, como que visitarían Milán, Manchester, Berlín… Alguna ciudad famosa, o algún festival famoso. Por lo que supuso, erróneamente, que su planes aventureros supondrían una decepción para la ella.

Pero no. Parecía tener un espíritu aventurero anidando dentro de ella, y por lo visto, la idea de viajar ‘a la aventura’ le interesaba mucho. Anthea incluso la invitó a unirse a su grupo, una invitación mucho más significativa de lo que parecía, pues si Lisanne se unía a ellos y surgía ‘algo’ entre ellas dos, la ex estudiante de Ilvermory se visualizaba cogida de la mano de Lisanne, intercambiando con ella algún que otro beso. ¿No sería eso maravilloso?

—Si finalmente mis amigos y yo terminamos en Australia, me aseguraré personalmente de informar a todos los quokkas de que una tal Lisanne anda buscando secuestrarles, y que si te ven alguna vez, echen a correr en dirección opuesta.—Bromeó Anthea, riendo a continuación. El ambiente se había vuelto muy distendido.—¿Eres de Austria? ¿En serio? No tienes nada de acento.—Anthea se mostró genuinamente sorprendida.—Yo soy de Florida. Aunque mi familia dice que soy de todas partes menos de mi casa.—Y volvió a reír, divertida ante la frustración de su madre por lo que ella interpretaba como una hija que no había sentado la cabeza… ni la sentaría nunca.

Lisanne hizo una aportación que tanto la americana como sus amigos ya había valorado alguna vez: medios mágicos para viajar, ya fuesen trasladores u otros métodos. Alguno de sus amigos, sobre todo Roger y su eterna pereza, seguían sugiriendo una y otra vez que utilizasen sus dones mágicos, que para eso los tenían. Pero, como bien decía Lisanne: la gracia estaba, precisamente, en hacerlo todo al estilo de los muggles. Esa era la verdadera esencia de la aventura.

—Como bien dices, se perdería toda la gracia. Además, hasta ahora nos ha ido bien.—Anthea miró hacia los lados, como si buscase a algún curioso. Estaba a punto de revelar un secreto inconfesable acerca de sí misma. Como tal, se inclinó hacia Lisanne y habló en tono confidencial.—Mi truco es… que soy muy buena jugando al billar. Tan buena soy que gano bastantes apuestas, con dinero de verdad. Pierdo una o dos para que parezca que soy mala… ¡y bam! ¡Cuando quieres darte cuenta, te he desplumado!—Y rió divertida. Obviamente, aquello era una broma: sí, se le daba bien el billar, pero nunca utilizaría su don para el mal.—En realidad alguna que otra vez hemos tenido que pedir limosna. Te sorprendería la cantidad de gente que está dispuesta a ayudar a pagar un billete de autobús a unos pobres jóvenes desvalidos. Si supiesen que con un chasquido de dedos, por decirlo de alguna manera, podríamos estar a kilómetros de distancia, no creo que nos ayudasen.—Y, como para dar énfasis a lo que dijo, chasqueó los dedos de su mano izquierda, sin perder la sonrisa.

Siguieron a este momento unas cuantas risas, y después un silencio para nada incómodo. Ambas chicas permanecieron allí un rato, apenas unos cinco minutos, y finalmente Anthea volvió a romper el silencio.

—Se ha hecho tarde. Creo que deberíamos irnos a dormir, o mañana no podremos con el frenético ritmo del Magicland.—Diciendo esto, Anthea recogió a su compañera, la botella de vodka medio vacía, y se puso en pie. Una vez en pie, ofreció su mano a Lisanne para que también se pusiese en pie, y cuando ambas estaban frente a frente, Anthea preguntó:—Entonces, ¿te sientes mejor? Sin cara de patata mustia estás mucho más guapa...

Entonces, Anthea no pudo evitarlo. La vida era corta, y ellas dos eran jóvenes, por lo que no tenía el más mínimo sentido perder el tiempo con dudas. La americana puso su mano libre en la mejilla de Lisanne, se puso de puntillas para igualar un poco su estatura, y le dio un beso en los labios. Aquella chica le gustaba, y siendo así, tenía el derecho a saberlo. Aún si no estaba interesada, pues no entraba en los planes de la americana montar un drama por ello.

Anthea Dickens = #ed8ec7
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Oct 23, 2018 1:57 am

‘Todas las patatas son bonitas a su manera’ ¡Ohhhhh! Sam la miró, sonriéndole. Si hasta con frases de patatas una podía ligar de la manera más mona posible. ¿Veis? Si es que… En serio, Sam no entendía cómo es que aquella chica se había fijado en ella si es que debía de haber tenido cara de patata mustia, rancia y podrida. ¿Pero sabes qué? Era… bonito. A Sam le parecía de lo más dulce aquel acercamiento, para nada invasivo y muy tierno. Y, sobre todo, le hacía sentir como una persona normal en medio de una situación normal. Lo cual, evidentemente, no era Sam.

Alzó sendas cejas cuando dijo lo de la advertencia de los quokkas, a lo que Sam hinchó el pecho. —Deberías, porque si no los capturaré a todos, los meteré en mi casa y los apachurraré bajo las mantas. Qué horrible final les esperaría. —Interpretó el papel del villano con una frase demasiado dulce. No era la primera vez que le decían a Sam que no tenía acento y es que por muy bien que recordase todavía su idioma natal, llevaba demasiados años en Inglaterra. —Llevo en Inglaterra desde los once años, prácticamente. Por aquel entonces sí se me costaba que se me entendiese, ahora… ahora parezco nacida de allí. —Y se encogió de hombros, para entonces recibir una alerta mental a lo que dijo. ¿Florida? ¿Eso no era la pichilla de América? Bendito sea Homer Simpson. —¿Esa es la pichilla de América, no? —Tuvo que decir en voz alta, con un tono francamente divertido. —Y bueno, por lo que me cuentas, tu familia parece que tiene razón.

Le sorprendió que le dijera que era muy buena jugando al billar y que utilizaba su don para ganar apuestas y conseguir lo que quisiera. No sabía por qué, pero veía más a Anthea jugando a las máquinas de discos. —¿En serio? ¿Buena al billar? No tienes cara de ser buena al billar. —Se metió un poco con ella, solo por ver cómo le respondía con una mirada entre indignada y juguetona.

Continuaron hablando un poco más, pero al final fue la propia Anthea quien declaró que era tarde. Siendo sinceros, Sam no tenía ni idea de qué hora era, pero bien que le daba igual. Lo único que le preocupó fue volver a la tienda y enfrentarse a lo que había huído cual cobarde. Así que como Anthea ya había puesto las expectativas muy altas a cuanto a compañía en el borde de la piscina, se levantó detrás de ella con su ayuda y decidió irse de nuevo a la tienda. Sin embargo, antes de poder agacharse a recoger sus zapatos, ella le preguntó que si ya se sentía mejor, pero a Sam no el dio tiempo a responder. Por segunda vez ese día vio como una chica se acercaba a sus labios a besarla y… en esta ocasión no se separó: por una parte porque no tendría que pedir o dar explicaciones después, por otra parte porque quería ver si sentía algo y, la más importante de todas: en realidad aquel beso le había cogido totalmente desprevenida. Había sido un beso dulce, muy tierno, pero también bastante rápido. Cuando Anthea se separó de Sam, ésta solo pudo re-mojarse los labios y sonreír antes de agacharse a recoger sus zapatos. Cuando se levantó, tenía las mejillas rojas y… se sentía bastante bien. No sé, la autoestima, ¿sabes? —Gracias por…

…¿besarte?

No, es decir…

De nada.

¡Déjame terminar de hablar!

No hace falta que me digas nada. Solo quise hacerlo porque era el momento para hacerlo. Tengo un repertorio de proverbios chinos, coreanos o lituanos, no sé, pero uno dice que te arrepientas de las cosas que hiciste, no de las que deseaste haber hecho. —Y esbozó una sonrisa. —Vamos… —La invitó a ir juntas hacia las tiendas.

Sam solo pudo mirarla y no dijo nada. Sólo se arrepentía de que ese encuentro se hubiera dado en las circunstancias en las que se había dado. Y le daba rabia, pero ahora mismo la legeremante no quería, ni podía, tener nada.

Caminaron durante unos cinco minutos en donde rozaron temas como el mítico radar que poseen las personas homosexuales, así como lo frío que tenían los deditos de los pies ahora que caminaban descalzas con los pies mojados. La primera tienda en encontrarse fue la de Anthea, a lo que ella, sin corta ni perezosa, le dejó clara una cosa a Sam. Que si en algún momento necesitaba compañía, podía encontrarla en su tienda. ¡Y por muy borracha que estuviera Sam, eso lo entendió muy bien! A decir verdad, esa propuesta sí que la cogió desprevenida y lo único que pudo hacer fue sonreír, girarse e ir hacia su tienda con una timidez increíble. Cuando se metió en su caseta, vio a Anthea todavía entrando en la suya, zarandeando la mano.

Ambas entraron a la vez, pero Sam se encontró con su amiga en la cama, aparentemente dormida. Entró con sumo cuidado y sin hacer ruido, aunque cuando llegó a mitad de la habitación y miró a Gwendoline, se dio cuenta de no estaba realmente dormida. Había dormido con ella MUCHO estos últimos meses como para saber perfectamente cuando estaba fingiendo. Y eso le hizo sentir mal… todos sabemos que uno solo se hace la dormida por dos razones: para recibir mimos para que te despierten o para no tener que lidiar con la otra persona. Y Sam tenía bien claro que en este momento era la segunda opción. Y lo peor de todo es que era mutuo: ¿en qué momento se había convertido aquello en una situación tan incómoda? Solo de pensarlo... de verdad, le daba muchísima rabia. ¿Qué les había pasado?

Fue hacia el baño a cambiarse, lavarse la cara y hacer pipí y, cuando volvió a la cama, sacó de su bolso las dos cantimploras, poniendo la de Gwen justo al lado de su cama. Luego… simplemente se metió en la suya y se tapó con las mantas, sintiéndose vacía de algo. Y con razón: le faltaba una Gwen delante de ella a la que abrazar.

Intentó todos los remedios posibles para intentar quedarse dormida rápidamente, pero pese a que la cabeza le daba vueltas por culpa de haber bebido, el hecho de tener una mente tan activa y con tantas incógnitas tampoco ayudó. No podía parar de pensar en por qué el beso con Anthea le había dejado tan fría y el simple intento de Gwen le había hecho sentir de todo. Y lo peor de todo es que la respuesta más obvia no paraba de negársela porque evidentemente no quería aceptarla. Al final, tras muchas vueltas, consiguió quedarse dormida. Pero ya te digo yo que no durmió en absoluto bien.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Oct 23, 2018 2:21 pm

Mientras en otro lugar del Magicland, al borde de una hermosa piscina y con el sonido de los grillos cantando, tenía lugar una escena que habría terminado de ser mi hundimiento personal—gracias demos a Merlín y a todos esos dioses mencionados en la serie Juego de Tronos de que no estuve allí para presenciarlo—una Gwendoline Edevane con lo que Sam definiría como cara de patata mustia se encontraba recostada en su cama alquilada, dentro de su caseta alquilada, mientras contemplaba la pantalla de su teléfono móvil—este no era alquilado—mientras deslizaba los dedos sobre su agenda de contactos.
Había traído conmigo el iPod para escuchar algo de música en mis ratos libres—sí, a un festival mágico en que habría música para aburrir—y en esos momentos tenía los auriculares puestos. No es que estuviese prestando mucha atención a la música que sonaba—irónicamente, We found love, de Rihanna—pero era mucho mejor escuchar algo que no fuese el barullo que tenía dentro de la cabeza.
¿Y qué hacía yo, en la oscuridad, contemplando la pantalla de mi teléfono móvil? Bueno, muchas cosas. Estaba decaída, sí, pero no podemos olvidar que también estaba borracha, y cualquier cosa podía suceder en ese estado.
El primer contacto sobre el que puse mi dedo fue Caroline Shepard. Me quedé mirando su número, en completo silencio… y decidí que no, que no llamaría a Caroline.

—No tengo tanta confianza contigo.—Le dije a una Caroline Shepard que solamente existía en mi imaginación, teniendo en cuenta que la real se encontraba a kilómetros de distancia.

El siguiente contacto sobre el que puse mi dedo fue Blue Bird. Blue Bird era un nombre en clave para Beatrice Bennington. Lo contemplé mucho más tiempo del que había invertido en observar el de Caroline, casi como si buscase memorizar el nombre, o el número, o ambas cosas.
Finalmente, también a ella la descarté.

—A saber dónde estás metida tú...—Dije, con un deje casi despectivo que solo podía venir del amor más profundo… y de la decepción que una siente al volcar dicho amor sobre alguien que parece no valorarlo. Por lo que sabía, Bennington podría estar en el mismo festival Magicland, con algún amigo que aparentemente ahora era su mejor amigo, porque por lo visto Sam y yo no éramos sus mejores amigas.

Henry Kerr apareció en medio de mi campo de visión, un nombre que me sorprendió mucho encontrar ahí. Pulsé sobre él y estuve a punto de llamarlo… hasta que desistí. ¿Qué sentido tenía llamarle?

—Seguro que ya has cambiado de número, y aunque no lo hubieses hecho… ¿de qué iba a servir? Estás roto, más allá de cualquier reparación...—Sí, mi yo borracha se había aliado con mi yo depresiva y negativa, y en estos momentos odiaba prácticamente cualquier cosa que apareciese delante de sus narices.

Melocotón fue el último contacto que apareció, y con este se desvanecieron totalmente todos mis sentimientos de odio de antes. Mis labios se curvaron hacia abajo, y me sentí triste, mientras Rihanna aseguraba que Así es cómo me siento, no lo puedo negar. Tengo que dejarlo salir. Hemos encontrado el amor en un lugar sin esperanza, y un largo etcétera de frases que en aquel momento me dolían.
¿Por qué las cosas no podían ser más sencillas? ¿Por qué no podía simplemente decirle que la quería? ¿Que estaba enamorada de ella? Pues porque ahora mismo está sentada junto a la piscina con una chica que seguramente sea preciosa y que seguramente le guste más que tú, apostilló esa parte cruelmente realista de mi mente… o terriblemente pesimista, según cómo se mirase.
Hubiese pasado un largo rato allí, debatiéndome en aquellos pensamientos… de no ser porque justo en ese momento escuché movimiento fuera de la caseta. Tan rápido como me fue posible, me tumbé en la cama, guardando apresuradamente iPod y móvil debajo de la almohada, y me tumbé de lado. Para cuando Sam entró, fingía dormir. No estaba preparada para hablar con ella, y menos después de lo que había visto en la piscina.


***

A diferencia de lo que cabría esperarse, dado el estado en que me encontraba antes de tumbarme, el sueño no tardó en llevarme lejos de allí. La magia del alcohol se hizo patente en mí.
Ahora bien, aquel no fue un sueño placentero, precisamente. Lejos de caer rendida como una piedra, inmóvil hasta la mañana siguiente, di vueltas en la cama con inquietud, mientras me acosaban sueños… que no recuerdo, la verdad, pero que me dejaron una sensación de lo más desagradable en el cuerpo.
Creo que no descansé muy bien, pero tampoco me desperté en medio de la noche, ni nada por el estilo.


Día tres del Magicland, por la mañana.

Soy una persona con unos gustos musicales… digamos, extremadamente variados, ¿de acuerdo? ¿Que por qué puntualizo esto? Bueno, principalmente porque es importante para lo que viene a continuación.
Digamos simplemente que, en mi reproductor iPod, puedes encontrarte una variedad de estilos que van desde la música clásica, pasando por el pop, hasta llegar incluso al rock. Puedo escuchar lo que algunos considerarían ‘comercial’ y pasar a escuchar a Queen. Incluso te puedes encontrar música increíblemente anticuada en mi iPod.
Es por eso que no es nada extraño que esa mañana me despertase It’s a beautiful morning sonando como alarma en mi teléfono móvil.
Con el sentimiento de que la música se había puesto en mi contra y decidido ser tremendamente irónica, y con un dolor de cabeza tan grande que podría parar un tren en sí mismo, me incorporé hasta quedar sentada, buscando a tientas mi teléfono móvil. Tenía que acabar con esa infernal música. ¿En qué momento se me había ocurrido que aquella canción me alegraría las mañanas?

—Moríos, Rascals...—Un sentimiento de triunfo me embargó cuando logré parar la maldita canción, y el silencio volvió a reinar en la caseta.

Mi resaca era épica, y ya libre de la mala influencia del alcohol, tuve tiempo para sentir una vergüenza tremenda al recordar la noche anterior. Al recordar cómo había intentado besar a Sam una vez más, y cómo ella se había apartado.
Otro recuerdo llegó entonces, y ese me hizo entristecer, y quedarme mirando mis manos, que descansaban en mi regazo: había visto a Sam con otra chica, otra chica que le acariciaba la mejilla junto a la piscina.
Qué asco, pensé, y no solo por la sensación de que en cualquier momento tendría que buscar un lugar para vomitar.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 24, 2018 1:39 am

Consiguió dormir un poco, pero cuando el sol comenzó a bañar de nuevo al Magicland y aquella fría humedad entró por las cortinas de la entrada, llegando hasta los pies de Sam, se despertó al notar sus deditos super fríos. Se tapó mucho mejor, se encogió debajo de las mantas y se giró para mirar a Gwendoline, quien sí había conseguido conciliar el sueño. Intentó volverse a dormir, pero no lo consiguió. Estaba acostumbrada a dormir o bien con alguien, o bien con alguna de sus mascotas, por lo que estar allí sola en una cama que ni siquiera era la suya, no le ayudaba demasiado. Tras un rato intentando volver a quedarse dormida, decidió mirar su móvil para ver qué hora era. ¿¡Las siete de la mañana!? ¡Debe de ser una broma! Puso los ojos en blanco. Sam se había acostumbrado a dormir como muchísimo seis horas al día, pero por norma general eran menos. Eso sí, esperaba que en el Magicland no se aplicara esa asquerosa rutina a la que se había acostumbrado sin querer.

Bien acurrucadita mientras abrazaba a su peluche de cerdito, seguía mirando a su amiga. Como era evidente, dadas las circunstancias del día anterior, no pudo pensar en otra cosa que en aquel momento en la noria. Y se puso a darle vueltas, muchísimas vueltas. Primero empezó a intentar canalizar sus propios sentimientos, a imponerse los límites necesarios y a auto-convencerse de que nada de eso podía volver a ocurrir. Samantha siempre había sido de esas chicas que, con vivencias la mar de divertidas en su juventud con relación al alcohol, había apoyado la filosofía de: ‘estando borracho, uno siempre hace lo que realmente quiere hacer sin atender a lógicas o razones’, pero ahora mismo ella no podía permitirse nada de eso. Se puso a imaginarse que el beso se hubiera dado y… ¿luego qué hubiera pasado? ¿Cómo en los apartamentos de Hemsley? ¿Hubiera sido una anécdota divertida en mitad de una noria que se hubiera quedado ahí y nada más? ¿Realmente hubieran querido apartarse? ¿Y luego en la tienda, qué? ¿No hubiera sido super incómodo? Sam no confiaba mucho en sí misma, mucho menos estando borracha. Sabía muy bien que en aquel pasillo de apartamentos lo último que pensó fue separarse porque no le estaba gustando o porque no era correcto. Y de verdad, aunque suene estúpido, le agradecía muchísimo a aquella señora entrometida. Y claro… todo eso le confundía. Gwen le había besado en aquel momento para intentar pasar desapercibidas en un momento de clara tensión, ¿pero en la noria por qué narices lo había intentado? Y… la verdad es que sólo se le ocurrían dos opciones: o se había quedado fascinada por el beso de los apartamentos y de lo bien que besaba Sam y quería volver a hacerlo en un arrebato ebrio para corroborar sensaciones o… ¡A ver, es que eso no puede ser! ¡Antes de intentar besarme en la noria había parecido que se iba a confesar!

Sam no había dejado de mirarla, pues casualmente Gwendoline estaba de lado hacia ella en ese momento y, aunque no lo estuviese pensando de manera consciente en ese momento, creía que con ese aspecto dormido, relajado y despeinado estaba preciosa. Se terminó estresando por sus propios pensamientos y deducciones, por lo que se giró hacia arriba, dejando de mirarla. ¿Le gustaré a Gwen? Le llegó la pregunta a la cabeza, quedándose alucinada de esos pensamientos. La verdad es que le costaba concebir—y mucho—que Gwendoline pudiera tener esa clase de sentimientos hacia ella. Es decir, llevaban mucho tiempo siendo amigas, solo amigas. Jamás había pasado nada de ese estilo entre ellas y de repente se reencuentran después de casi dos años sin ningún tipo de contacto y… ¿las cosas cambian? Para Sam habían cambiado, sin duda. Siempre se había sentido super afortunada de tener a alguien como Gwendoline en su vida, pero cuando la perdonó y la volvió a introducir en su vida después de cómo se había ido y cómo la había tratado... valoró realmente lo importante que era y había sido para ella. De verdad, un tesoro incomparable. ¿Pero Gwen? ¿También habían cambiado las cosas para Gwen?

Y así se pegó, ¿cuánto? No tenía ni idea, pero hasta que sonó la alarma de Gwendoline. Y dudaba mucho que su amiga pusiese la alarma para madrugar demasiado en el Magicland, por lo que podéis haceros una idea de cuánto tiempo se quedó en la cama, moviéndose sin intención de volver a pegar ojo ni un poquito. Giró la cabeza al empezar a escuchar el móvil sonar, viendo como Gwen se sentaba en la cama con cara de querer arrancarse la cabeza y mientras buscaba con los ojos cerrados su móvil siguiendo el sonido. Sam sonrió al ver aquello, pues le pareció super adorable hasta que le desease la muerte a los autores de esa dichosa canción. Hasta Sam le había cogido tirria y eso que la escuchaba mucho menos que ella.

Gwen se quedó como apagada sentada en la cama, otra vez en silencio. Más bien parecía que alguien le había apuntado con un mando y le había dado al pause. Seguramente no se había dado cuenta de que Sam estaba despierta—y llevaba despierta un buen rato—, por lo que aprovechó para estirarse en la cama y así dejarle claro que también estaba despierta.

‘Como hemos estado ensayando todas estas horas: ahora a aparentar normalidad. No quieres tener que empezar el día sacando un tema que EVIDENTEMENTE es incómodo para ambas. Hacer como si nada hubiera pasado y… demostrarle que todo está bien.’ Se animó, repitiendo en su mente. —Buenos días… —dijo alegremente, con una voz normal y no de recién despierta. Llevaba tiempo despierta y bebiendo agua como para no tener voz de ultratumba. —Tienes cara de querer recuperar las copas de mojito de ayer y vengarte, ¿estás bien? —preguntó con un tono evidentemente divertido, aprovechando para sentarse ella también en la cama frente a ella. Eso sí, tapadita con una manta por encima porque tenía frío. Ella siempre por la mañana tenía frío aunque se despertase en medio del Sahara. —¿Has dormido bien? —añadió, sin hacer más que taparse y mirarla.

Por las veces que se había movido en el tiempo que Sam había estado despierta, dudaba mucho que hubiese dormido plenamente bien, sobre todo porque cuando Sam dormía con ella, solía quedarse bastante quieta. Se pensó incluso si ir a su cama, pero al final había optado por quedarse quietecita en la suya y dejarse de rollos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 24, 2018 3:04 am

Comenzar el día con It’s a beautiful morning no es bueno, pensé por enésima vez. No era la primera vez que me arrepentía de haber puesto aquella canción para que me despertase por las mañanas. Llevaba meses recordándome a mí misma que tenía que quitarla, que a la larga me produciría algún tipo de enfermedad mental escuchar eso nada más despertarme cada día, y sin embargo, jamás lograba acordarme.
Esa mañana no iba a ser distinta, pues en cuanto la canción dejó de sonar, me sentí lo suficientemente aliviada de mi dolor de cabeza como para apartar ese tema y dedicarme a otras cosas. ¿Qué cosas? La autocompasión, por ejemplo. Pensar en la vergüenza de la noche anterior fue un buen comienzo, pero sin duda alguna el colofón de la autocompasión llegó con la tristeza que me invadió al pensar en Sam junto a esa chica.
Justamente, la voz de Sam rompió el silencio, y también mi estado de aturdimiento. Como si, efectivamente, alguien hubiese pulsado de nuevo el botón de pausa y mi movimiento se hubiese reanudado, me llevé ambas manos a la cabeza, frotándome las sienes con los dedos índices de las manos. Maldita resaca… Hoy no pienso beber ni una gota de alcohol, pensé, mientras una pequeña parte de mí dudaba de que fuese capaz de ello. Esa parte de mí no estaba teniendo en cuenta la maldita vergüenza.

—Buenos días.—Dije con una voz ligeramente ronca, mis manos todavía en mi frente.—No quiero volver a beber una sola gota de alcohol en lo que queda de Magicland.—Confesé, y en ese momento, era cierto: mi cabeza parecía un erial desierto e inhabitable en el que solamente moraba el dolor, mi garganta estaba reseca como el Sáhara, y en mi estómago se celebraba una fiesta muy movida a la que yo no estaba invitada, por lo visto.

Dejé caer ambas manos sobre mi regazo, mi mirada perdida al frente. Ante la pregunta de Sam, negué con la cabeza, de manera muy lenta y exagerada, que denotaba hasta qué punto en esos momentos me sentía como una piltrafa humana cuyo único destino parecía ser un cubo de basura. Un cubo de basura me vendría muy bien ahora, pensé ante otro de los inciertos movimientos de ese estómago rebelde.
Podría haberme levantado a buscar un cubo o algo así, pero algo me dijo que si lo hacía, la necesidad del cubo desaparecería: un movimiento en falso, y aquella sería la fiesta de los vómitos. Así que opté por quedarme allí, esperando a que ese océano que tenía en mis tripas dejase de moverse.

—Me quiero morir porque odio mi vida en estos momentos.—Confesé, victimista como lo puede ser una joven de casi treinta años en un estado de resaca profunda.—Además, no quiero salir ahí fuera, porque ahí fuera está la luz del sol, y la luz del sol me hará daño y me dolerá la cabeza.—Añadí, una explicación totalmente innecesaria, dicho sea de paso.—Y le he gritado a Justin ayer. No quiero salir ahí fuera porque sé que estará Jonathan… o Andy… o el propio Justin. Y ahora todos creen que estoy loca.

Lo peor de todo es que quizás tengan razón, pensé mientras me daba cuenta de que, desde que me había despertado, ni una sola vez había echado una mirada a Sam. Intentaba aparentar normalidad, sí, pero no lo estaba consiguiendo. Podía achacarlo en principio a mi actual estado físico, a mi resaca poderosa, pero… ¿y después? ¿Sería capaz de mirar a Sam a los ojos sin acordarme de la noche anterior?
Quizás no...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 24, 2018 9:22 pm

Madre mía, Gwendoline se había despertado con una resaca imperial sí su primera frase hacia Sam había sido: ‘Me quiero morir porque odio mi vida en estos momentos’. Que ojo, las resacas desmotivaban a cualquiera, pero tanto como para morirse… Sam evidentemente se sorprendió ante tremenda afirmación y buscó a su alrededor objetos mortalmente peligrosos. Tenía cara de querer pegarse todo el día en la cama—si no llega a ser por esos dichosos Rascals—, pero era misión de Sam que estuviese decente y con ganas de ver a Michael Jackson en unas horas. ¡No podía ir a ver a Michael Jackson así, queriendo morirse! Además, sabía perfectamente que a la que más ilusión le hacía ver a Michael Jackson en directo era a ella y jope, le apenaba que hubiera despertado tan... así. Ni con la mayor resaca debería despertarse así de mal en el Magicland.

Se levantó de su cama y dejó en ella la mantita, yendo descalza, con unos pantalones cortos de pijama y una camiseta super básica un poquito ancha, a recoger la cantimplora de Gwen. También cogió el cubo de basura, el cual todavía tenía solo aquellas servilletas y los platos de los gofres. Luego se sentó a su lado, en su cama. Colocó el cubo delante de ella y le tendió la cantimplora. —Bebe mucha agua —le sugirió. —Y para la luz mortal del sol… ¿qué tal unas gafas de sol? O puedes ir con los ojos cerrados, yo te guiaré. —Bromeó, recordando cómo de pequeñita, Sam siempre le decía a su padre: ‘Papi, llévame con los ojos cerrados’, le daba la mano y se abandonaba a la confianza que tenía por él. Bueno, y estando borracha lo había hecho muchas veces, pero no precisamente porque hubiese una confianza real, sino más bien porque borracha Sam solía hacer muchas cosas que sobria no haría. No sería la primera vez que alguien le trollea haciendo que se choque con una farola. Pero ya lo he dicho: Sam borracha.

Dejó el tema de Justin un poco aparcado porque realmente le había preocupado, por lo que antes de enfocarlo, le señaló el cubo de basura. —Por si no te da tiempo de llegar al baño —le dijo, para entonces añadir: —Ya sabes que yo soy de esas que prefiere vomitar con tal de disminuir considerablemente la resaca, ¿verdad? No te estoy animando a que vomites, solo te comento las posibilidades… —Sonó de lo más divertida, pues Gwen era de esas personas que sabían perfectamente cómo era Sam tanto borracha, como con resaca. Muchos años de universidad habían compartido habitación y... eso hablaba por si solo. Y ella era de esas que no salían en la cama en el día entero. Hubo un momento en el que el alcohol ya se había convertido en su acérrimo enemigo al día siguiente, por lo que ella había adoptado la opción más eficaz: vomitar. Y tú dirás: ‘ewww, qué asco’. Pero créeme, ese es el único problema de la resaca: el alcohol que todavía tienes ahí dentro. Después de eso estás como nueva.

Tras un pequeño silencio, le apartó dulcemente los mechones despeinados por detrás de la oreja y fue cuando empezó a pensar en lo de Justin. ¿Por qué narices Gwen le iba a gritar al pobre Justin? Y quizás Sam estaba cayendo en estereotipos o pecando, de nuevo, de ser terriblemente pesimista, pero en verdad ninguna de las dos conocía a esos chicos más que lo que ellos habían querido mostrar. ¿Y si en verdad no eran del todo trigo limpio o de esos que se lo tienen muy creído? —¿Por qué le gritaste a Justin? —preguntó directamente. —¿Te ha hecho… algo feo? —añadió, prácticamente susurrando y mirándola directamente desde un lateral.

Con ‘algo feo’ se refería a que él se hubiera dejado llevar por los efectos del alcohol y se hubiera lanzado más de lo que debería. O peor, aprovecharse de los efectos del alcohol en Gwen y tirarse sin paracaídas a ver si conseguía algo. Si Sam llega a estar presente, le hubiera tirado una de las cantimploras—llenas—a la cabeza. Claro que ahora mismo Samantha se estaba posicionando en la opción más fea, pero porque no entendía cómo es que Gwen le podía haber gritado.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Oct 25, 2018 12:32 am

Las resacas son uno de los males más horribles de la humanidad, uno de los males que deberían prevenirnos contra el consumo de alcohol. Los seres humanos, estúpidos como nosotros solos, creíamos que la sensación de felicidad artificial que acompañaba al alcohol compensaba de sobras una mañana tan horrible como la que estaba teniendo aquel tercer día del Magicland. Porque el alcohol ayuda a olvidar, y el alcohol anestesia el dolor.
Sin embargo, aquella mañana, lo que me pasaba no era únicamente una resaca: la noche anterior, en general, me tenía en ese estado de mal humor, y las consecuencias de haber estado bebiendo durante todo aquel día solamente agravaban este mal humor. Y, a consecuencia, me había convertido en una versión del Grinch cuyo único objetivo era arruinar no la Navidad, sino el Magicland.
En serio: en aquellos momentos, hubiese deseado que un meteorito cayese directamente sobre el recinto del Magicland y hubiese exterminado la vida en esa parte del mundo.
En una rápida sucesión de palabras—tan rápida que incluso mis náuseas se hicieron bastante peores de lo que ya eran, por increíble que pareciese—hice un resumen sencillo de todo lo que me molestaba esa mañana. Obviamente, dejé fuera el episodio de la piscina, y es que además de sentirme horriblemente mal respecto a aquella escena que otros encontrarían preciosa, casi me sentía hasta culpable por haber estado presente. Aquello no parecía haber sido pensado para que nadie lo presenciase.
Sam, tan preocupada como una mejor amiga puede estarlo, se cambió de cama y trajo consigo la papelera y una de las cantimploras con agua. Tomé la cantimplora en mis manos, todavía sin posar la mirada sobre Sam, y escuché la sugerencia sobre las gafas de sol.

—¿Y si me quedo en cama todo el día?—Sugerí, e incluso en mi estado de decadencia emocional de aquella mañana, fui consciente del desperdicio que aquello sería. Cuando volviésemos a Inglaterra, y Caroline preguntase qué tal nos lo habíamos pasado, Sam podría responder: “¡Genial, salvo porque ésta decidió quedarse en la cama todo el día tres del Magicland!”—Asco de resaca...—Añadí mientras desenroscaba el tapón de la cantimplora, cuando lo que realmente quería decir era Asco de vida.

Dubitativa, me acerqué la cantimplora a la boca. El sonido que hizo el agua en su interior, por algún motivo de asociación lógica humana, me hizo pensar en el líquido que tenía en mi estómago, y el cual parecía moverse por su propio riesgo y cuenta cada vez que yo me movía. Ese pensamiento me hizo sentir náuseas una vez más, pero logré controlar la situación cerrando los ojos y pensando en otra cosa. A Sam le ha acariciado la cara otra chica, fue el pensamiento al que recurrió mi querida y adorada mente de Ravenclaw.
Aparté como pude esos dos pensamientos, y decidí pensar en algo más sencillo: agua, beber, hidratarme… Me llevé la cantimplora a la boca y, con sumo cuidado y muy despacio, bebí. Con el primer trago me arrepentí, pues todo parecía encaminado en una sola dirección: el vómito. Sin embargo, mi estómago logró asentarse un poco, por lo que pude beber un trago más. Después de ese segundo trago, decidí dejarlo estar por el momento.
Abracé la papelera cuando Sam me la ofreció, consciente de que posiblemente me hiciese falta. El aspecto que ofrecía era el de una niña pequeña enferma en el cuerpo de una adulta: cara de pocos amigos, como si el mundo tuviese la culpa de mis problemas, mientras intentaba convencer a una madre interpretada por Sam de que estaba enferma y no podía ir al colegio.
Sam apartó algunos mechones de mi pelo, que en esos momentos debía ser una maraña de maleza más que una melena que ya debía haberse vuelto castaña al acabarse el efecto de los hechizos utilizados sobre ella, y finalmente me preguntó acerca de Justin. ¿Por dónde empiezo yo…?, pensé. Estuve seriamente tentada a decirle que había gritado a ese chico porque estaba enamorada de ella, y porque sabía que ella era la única persona que jamás podría hacerme feliz en el mundo.
Recordar a esas dos siluetas femeninas, la una acariciando el rostro de la otra, fue suficiente como para que esos deseos quedasen en nada.

—No lo sé.—Concluí haciendo un puchero, sintiéndome culpable por tan patética escena. ¿Qué estaría pensando Justin de mí en esos momentos?—¡¿Qué?!—Pregunté de repente, volviendo finalmente la vista en dirección a Sam.—¡No, no! No me ha hecho… es decir, no recuerdo… ¡No sé lo que pasó para que le gritase, pero no me hizo nada malo!—Aquellas palabras salieron todas de forma atropellada, muy rápidas, y quizás alcé demasiado la voz. Para cualquier persona que me conociese sería evidente que estaba nerviosa por algún motivo… y no solo porque mis mejillas se encendieron en rojo, como la nariz del socorrido Rudolph.

¿Por qué no le decía las cosas claras a Sam? Es decir, ¿no sería todo más sencillo? ¿Que le dijese cómo estaban las cosas actualmente y asumir las consecuencias? ¿Era mucho más sano estar en ese estado, nerviosa y sin saber cómo actuar? ¿Tenía miedo de preguntarle acerca de esa chica? ¿De confesarle que había visto a ambas juntas? ¡Lo peor de todo es que estaba oscuro, yo estaba borracha, y no podía ni siquiera estar segura de haber visto aquello!
Así que aparté el cubo a un lado, y en un movimiento tan rápido como temerario, salí de la cama. Mis pies tocaron el suelo, y cuando quise darme cuenta estaba en pie. Y un cuchillo al rojo vivo estaba cortando lentamente la superficie de mi cerebro. ¡Qué maldito dolor de cabeza! Me llevé ambas manos a las sienes, masajeándolas con mis dedos.

—Voy a...—Empecé a decir, pero el dolor seguía siendo demasiado intenso. Esperé a que se atenuase un poco antes de continuar.—Voy a lavarme un poco y a vestirme y vamos a...—Esta vez, lo que me detuvo, fue un nuevo ataque de náuseas. Me llevé las manos al estómago, poniendo cara de asco.—...comernos el mundo.—¡No hables de comida, Gwendoline Edevane, por tu vida!—Pero primero me parece que voy a tener un aborto por la boca...—Logré decir, tapándome la boca a continuación.

Salí corriendo entonces en dirección al baño… y lo que sigue nadie necesita conocerlo, teniendo en cuenta su naturaleza asquerosa. Si de esta experiencia puede extraerse una moraleja, esta sería: intentad beber con responsabilidad, o al día siguiente desearéis moriros.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 26, 2018 4:30 am

Si te quedas en cama todo el día, ya me veo a la Gwen del futuro enfadándose conmigo en casa por no haberla sacado a rastras el día en el que tocaba Michael Jackson. ¡Michael Jackson! —Exclamó con entusiasmo. —Venga ya, ¿me vas a decir que dejó de hacerte ilusión por culpa de una resaca? Todavía tienes que pensar en qué nos vamos a apostar si sigue siendo blanco o volvió a sus orígenes —intentó animarla a que al menos no tuviera las ganas de quedarse en la caseta todo el día. Que Sam era la primera que ansiaba hacer el amor con su cama durante las veinticuatro horas del día después de una resaca pero… aquello era el Magicland y no podían permitirse perder un día entero por eso. Al final se iban a arrepentir.

Se había sentado al lado de su amiga y no, no le había pasado desapercibido el hecho de que Gwen no paraba de evitarle la mirada. Entendió el por qué, por lo que en cierta manera prefirió dejarlo estar. Bastante debía de tener con la bola destructiva que debía de chocar todo el rato entre pared y pared de su cerebro como para estarse preocupando de otra cosa más. Eso sí, no pudo pasar por alto el tema de Justin porque… bueno, no sería la primera vez, ni tampoco la última, que un hombre intenta aprovecharse de alguna de las dos cuando ésta está en un estado de decadencia con respecto al alcohol. Y la verdad es que ayer Gwen estaba en ese estado y la Gwen que tenía delante lo cercioraba.

Se sorprendió de que tuviese esa reacción tan… desproporcionada. Es decir, Sam se lo había preguntado bajito, como una confidencialidad, algo que podía pasar desapercibido si la respuesta era un simple ‘no’, pero ella lo magnificó de una manera que hizo que su amiga hasta se apartase un poquito. ¿Por qué narices se había puesto tan nerviosa por una pregunta tan chorra? ¡Y sobre todo siendo la respuesta negativa! Bueno, y más valía que hubiese sido negativa, porque si no Sam ya hubiera estado saliendo de su tienda para levantar a Justin de una patada en la entrepierna. Como cualquiera tocase a Gwendoline de esa manera, vería lo que es la ira de Samantha Lehmann. —Vale vale —dijo con tranquilidad. —Es que no es normal que Gwen grite a la gente, no sé… ¿y qué te pasa? Te has puesto rojísima, ¿qué narices te pasó ayer con Justin? —preguntó con inocencia, pues lo último que se esperaba es que le hubiese gritado que estaba enamorada de Samantha Lehmann. Eso escapaba a su imaginación.

Finalmente se puso en pie y, como era de esperar, todo lo que debía tener en la barriga decidió empezar a subir hacia arriba. Salió corriendo hacia el baño y Sam se levantó para ir detrás. No tardó en sujetar y recoger con suavidad su pelo, mientras ella… descargaba todo lo que tenía que descargar. No sería la primera vez, ni tampoco sería la última, en la que alguna de las dos le sujetaba el pelo a la otra mientras vomitaba. Cuando terminó, Sam estaba de rodillas a su lado, acariciando su pelo. La soltó con delicadeza cuando se separó, viendo como se sentaba justo enfrente de ella. Sam se limitó a dejarse caer hacia atrás, apoyándose en la pared que estaba justo al lado del retrete, con los pies flexionados, mirando a su amiga. —¿Estás mejor? ¿Necesitas algo? —preguntó con tranquilidad, observándola de arriba a abajo y pensando que quizás verla en braguitas y con tremendas piernas no le estaban ayudando demasiado a quitarse la visión de ella que había adquirido ayer. Sonrió, para sí misma, ante sus propios pensamientos. —¿Te acuerdas la primera vez que nos sujetamos el pelo la una a la otra? Recuerdo que fuiste tú a mí, cómo no. —Y puso ligeramente los ojos en blanco, sinónimo de: ‘el alcohol y yo, acérrimos enemigos’. —Fue en mi primer curso. Recuerdo que salí con Henry ‘de tranquis’ y volví a la habitación con un pestazo a maldito whisky escocés que parecía sacada de una película de mafiosos. ¡Y no era ni fin de semana! Era jueves. Juernes, según Henry. Recuerdo que no viniste porque tenías prácticas al día siguiente. —Sonaba feliz, ahí donde la veías contando una anécdota del año catapúm. —Pero que tuvieses prácticas al día siguiente no fue problema para que te levantases a las cuatro de la mañana sin odiarme por haber dado un portazo y me persiguieras hacia el baño cuando mi cuerpo expulsó ese veneno en forma de alcohol. —Y bufó divertida, para finalmente encogerse de hombros. —Admito que muchas veces mientras estaba de fiesta pensaba: ‘Bueno, ¿qué más da una más? Si me sienta mal, Gwen me cuida.’ —Y sonrió, dulce y sincera, sin apartar la mirada de la suya. Parecía idiota, madre mía.

Pero bien, hablar del pasado funcionó y dejó  de pensar en cosas prohibidas. Así que cuando ya se dio cuenta de que el ‘modo idiota’ había pasado, se puso de pie con un impulso de lo más perezoso. —Y claro, si mi Gwen me cuida, yo cuido a mi Gwen. Siempre. —Se puso frente a ella y estiró en su dirección sendas manos, ofreciéndole un impulso para ponerse en pie. Abrió y cerró los deditos varias veces, animándole a aceptar. —A ver, ¿qué necesitas para estar como nueva? Te lo voy a buscar, lo que sea. ¿Algo que llevarte al estómago? ¿Una fuente de agua? ¿Un poco de aire? ¿Estar en la cama? ¿Algo para la cabeza? He traído medicamentos, todos muggles, pero ya sabes que no hay nada más mágico que una aspirina después de una resaca mortal. —Y volvió a sonreír.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Oct 26, 2018 2:40 pm

Lo creáis o no, en aquellos momentos la posibilidad de ser testigo de cómo Michael Jackson, el Rey del Pop, dado por muerto el veinticinco de junio del año 2009, se alzaba de sus cenizas igual que un fénix para subirse una vez más a los escenarios, me entusiasmaba tan poco como la idea de pasarme el resto de la mañana con la cabeza metida en el retrete. Eso último, dadas mis circunstancias actuales, podía ocurrir perfectamente, pero había dejado de imaginarme a mí misma entre la multitud, presenciando tan mágico evento, desde la noche anterior.
De hecho, me habría ido a casa de muy buena gana, pero para bien o para mal nos quedaban todavía tres días allí. Y viendo cómo empezaba el ecuador de nuestra estancia… podía imaginarme que la cosa solamente iría de mal en peor.
Sam se mostró incrédula ante mi actual estado de apatía frente a un evento que, durante la primera tarde del Magicland, había esperado con ilusión. Pero no se debía únicamente a la resaca; el mal de amores era peor que una resaca. ¡Vaya! Piénsalo: es la primera vez que pasas por algo así, pensó esa parte irónica de mi mente, esa que parecía divertirse ante cada una de mis desgracias. Todos tenemos una parte así, no lo neguéis.

—No.—Dije, con aire pensativo, perdida en el recuerdo de la noche anterior, en la noria. En realidad, estaba dividida: parte del tiempo, mi memoria lo revivía tal cual había sido; la otra parte, mi imaginación lo convertía en un ‘¿Y si…?’, y Sam acababa aceptando mi beso, lo cual desencadenaba en boda, en una vida feliz juntas con un niño muggle adoptado en África—Sam siempre bromeaba con que, si adoptaba un niño, tendría que ser muggle y negrito—, en nuestra imagen de viejecitas en el porche de una casita en el campo… y ahí supe que tenía que parar.—Es solo que...

Que nada. No supe cómo explicarme, y dadas las circunstancias, dado el desenlace de la noche anterior, Sam no indagó mucho más. Creo que ese era uno de esos momentos en los que no había que decir nada, porque todo estaba claro entre ambas. Resulta gracioso pensar que, incluso en estos momentos, seguimos compartiendo esa especie de conexión mental que siempre hemos tenido, pensé con una sonrisa amarga queriendo formarse en mi rostro. Logré contenerla, por suerte.
El tema de Justin era otro tema bastante peliagudo. Explicarle a Sam lo que había ocurrido era sinónimo de explicarle que había gritado delante de medio Magicland que estaba enamorada de Samantha Lehmann. Por eso me puse nerviosa, y por eso me puse roja. Sam preguntó al respecto, y si no la conociese tan bien, podría llegar a pensar que lo hacía propósito. Pero no, su pregunta fue tan inocente como siempre.

—Tengo calor.—Me excusé, y la verdad es que calor tenía, pero eso no explicaba que pasase de estar pálida como una muerta a roja como las cabinas de teléfonos de Londres.—Es el alcohol.—Añadí, lo cual podría colar si en aquellos momentos estuviese bebiendo, cosa que no.—O una reacción alérgica.—¿A qué? Jamás había sido del tipo de persona alérgica… a nada. ¿Por qué no te callas ya y lo dejas estar?, preguntó una sabia parte de mi mente.

Finalmente, tras un pequeño debate interno que acabó ganando mi gran debilidad por Samantha Lehmann, acabé saliendo de la cama, cometiendo el error de hacerlo demasiado rápido. No fue a propósito: creo que, de manera inconsciente, adopté esa mentalidad que tiene alguien que salta al agua desde una posición elevada. Es decir: hazlo de golpe, o luego no tendrás valor para hacerlo. En mi caso, quien decía valor decía energías.
Resumen: terminé vomitando en el baño, con Sam junto a mí, sujetándome el pelo. La cabeza me dolía horrores a causa del movimiento y del esfuerzo, pero unos minutos después me encontraba bastante mejor. Al menos en lo que respectaba al estómago.
Fue en ese mismo lugar, de rodillas frente a un cuarto de baño que apestaba a vómito, cuando volví a mirar a los ojos a Sam. Después de todo, ella estaba allí, acariciándome el pelo y preocupándose por mí… como siempre había hecho. Solo podría haber deseado que el escenario fuese un poco menos desagradable.
Ya sentada, con una mano agarrada al borde del retrete por si a este decidían salirle patas e intentaba escapar—harto probable, pues estábamos en el Magicland—escuché a Sam. Primero me preguntó si estaba mejor, a lo que asentí con la cabeza, y cuando preguntó si necesitaba algo, negué. Mi cabeza parecía un poco mejor.
Escuché aquella anécdota, incapaz de controlar la sonrisa que asomó a mis labios, si bien seguía sintiéndome incapaz de mirar a la cara a Sam. Con los ojos clavados en mi mano izquierda, que descansaba sobre mi regazo, solté una pequeña carcajada.

—No podía enfadarme contigo: teníamos que hacer piña cuando Winter Mills, la de la habitación de al lado, venía a echarnos la bronca porque la habíamos despertado.—Solté una nueva carcajada, recordando a la tal Winter, una de esas estudiantes pijas que se dedican a ir por los pasillos reivindicando su lucha contra… cualquier cosa. Winter era de esas personas que pintarrajeaba con un spray de pintura la chaqueta de piel de otro alumno, o que de un manotazo le arrancaba la hamburguesa de la mano a otro, calificando a ambos de asesinos. También era una enemiga acérrima de la convivencia, pues no hacía más que protestar a los demás ante el más mínimo ruido.—Pero bueno, luego Winter y su nada silencioso novio podían pasarse la noche del martes haciendo rechinar los muelles de su cama mientras pegaban gritos de animales en celo.—Puse los ojos en blanco. Recuerdo lo mucho que me incomodaban aquellos hechos en su día, pero había tenido que aprender a convivir con ello. Cuántas malditas noches en vela escuchando a Winter alabar a su novio había pasado hasta que ésta había decidido poner un hechizo insonorizador a su habitación.—Recuerdo que el día siguiente, aunque tenías una resaca tremenda, antes del milagroso descubrimiento de la cerveza como elemento hidratante, te ofreciste a ayudarme con mis deberes. Y lo hiciste, oye.—Alcé las cejas, esta vez mirando a Sam directamente a los ojos, con una sonrisa. Me di una suave palmada en el regazo.—Te tumbaste en el suelo, la cabeza sobre mis piernas, una bolsa de hielo en la cabeza, y fuiste ofreciéndome las respuestas que se me escapaban...

Me quedé pensativa, la mirada perdida en algún punto de la habitación, una sonrisa en mis labios. Aquellos indudablemente habían sido buenos tiempos. Tiempos de estrés, por supuesto, pero tiempos mejores. Tiempos en que nuestra mayor preocupación era aprobar el siguiente exámen, y labrarnos un futuro.
Finalmente, cuando pasó un tiempo prudencial, Sam se puso en pie y me ofreció sus manos para que yo hiciese lo mismo. Y, un poco menos a regañadientes que antes, hice caso de su propuesta: cogí sus manos y me puse en pie con su ayuda. Un pinchazo de dolor me atravesó el cerebro de lado a lado, pero fue tolerable. Lo mejor de todo es que las náuseas parecían haberse terminado.

—Creo que...—Empecé, pensativa.—...voy a empezar lavándome bien los dientes. Debo tener un aliento asqueroso ahora mismo. Después, un paseo me sentaría bien. Y sí, un par de aspirinas.—Tenía ingredientes en mi bolso, y mi caldero. Podría ponerme a hacer una poción para el dolor de cabeza, pero solo de pensar en la tortura que sería ponerme a machacar ingredientes en el mortero, se me quitaban las ganas.

Miré entonces a Sam durante unos segundos, directamente a los ojos. Fue uno de esos momentos de perderse en la mirada de la otra, un momento que podría haber desembocado en otro intento de besarla… pero en su lugar, desembocó en un abrazo. La rodeé con mis brazos, para luego besar su mejilla.

—Te quiero mucho.—Dije, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón al hacerlo.—Gracias por cuidar siempre de mí.

Y perdona por intentar besarte, podría haber añadido. Pero… seamos sinceros, seguía queriendo besarla. Solo quería besar esos labios suyos, acariciar su pelo, y que el mundo desapareciese alrededor. ¿Era mucho pedir, acaso?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 26, 2018 9:45 pm

¡Vaya por Merlín, a la que vino a mencionar ahora! ¡Winter Mills! Mira que Sam siempre había sido muy amable en su vida y podría decirse que sus primeros enemigos se los ganó ya de adulta, cuando su sangre comenzó a ser un problema real en la sociedad: pero no era así. Su primera enemiga de verdad había sido Winter Mills, la chica que vivía en la habitación de al lado en la residencia de magos en donde convivió con su amiga Gwen.

Negó la cabeza mientras se le escapaba una sonrisa de lo más divertida al recordar las caras de la Gwen y Sam del pasado cada vez que la dichosa Winter Mills decidía tener sexo desenfrenado con su novio. Alzó un dedo, llamando la atención de su amiga. —¡Eh, eh! Y porque le canté las cuarenta en medio del pasillo cuando nos acusó de hacer ruido a nosotras, cuando era ella quien no nos dejaba dormir con tanto golpe de la cama contra la pared. Desde entonces aprendió a usar la varita para insonorizar la habitación. —Y entonces rió, para morderse el labio inferior. —¿Sabes? Siempre me hizo gracia imaginarme a Winter a partir de ahí acordándose de mi cara cuando estaba a punto de tener sexo con su novio. Levantándose en mitad de la situación a coger la varita para insonorizar la habitación. Más cortada de rollo que ponerse el maldito preservativo. —Y, en un intento de aguantarse la risa, se llevó la mano al rostro, con vergüenza. Pero vamos, es que a esa señora solo se le ocurría echar la bronca por hacer ruido y luego convertirse en la gritona más gritona de toda la residencia. No costaba nada evitarlo, que eran magos. Y todo el mundo sabía que las horas de sueño eran sagradas y había que respetarlas. ¡Que se lo dijeran a Sam ahora! —Es verdad, lo recuerdo… —Admitió, nostálgica, cuando comentó ese momento en el que Sam se quedaba en fase pausada mientras ayudaba a Gwendoline casi en modo automático. Teniendo en cuenta lo mucho que a la rubia le gustaba todo lo relacionado con el cerebro y la mente, si no se hubiese decantado por la legeremancia, hubiera terminado en la misma carrera que su amiga. —Echo de menos esos momentos, en realidad… Tirarnos en la alfombra a leer, contarnos todo lo que habíamos aprendido, ayudarnos con las tareas… —Enumeró, medio ausente. —Era muy guay. —Y lo mejor de todo es que eso se extendía incluso a Hogwarts, cuando ambas se ponían frente a la chimenea ya caída la noche, tapaditas con una manta sobre la alfombra, declarándose las dos ratas de bibliotecas más ratitas fuera de la biblioteca. Era lo mejor.

Gwen aceptó la ayuda de Sam, reincorporándose sobre la marcha. Lavarse los dientes, paseo y aspirinas, sonaba genial. Le devolvió aquel abrazo, pasando sus manos suavemente alrededor de su cuello y apoyando su mejilla en la cabeza de su amiga. —Y yo a ti —le contestó, acariciando su cabeza. No dijo nada a lo de las gracias, pues ella sabía perfectamente que no hacía falta que se las diera. Por favor, para lo mínimo siempre habían estado ahí y seguirían estando, mutuamente. Se limitó a quedarse en aquella posición tan genial durante los segundos que Gwen quisiera, hasta que finalmente se separaron. Volvió a pasar los mechones de Gwen detrás de la oreja con sendas manos y retrocedió un paso. —Pues me voy a preparar yo también. —Y volvió a la zona en donde estaban las camas, dándole privacidad a su amiga.

***

Sam había esperado a que Gwen terminase en el baño para entrar ella y cambiarse, ya que si bien antes le daba igual cambiarse delante de su amiga, desde que tenía esas marcas en la espalda que parecían ser más importantes que nada, estaba muchísimo más cohibida. Y se notaba. Si bien la parte de arriba siempre se la ponía rápido y nunca estaba sin ella, la rapidez con la que se la ponía cuando Gwen entraba a su misma habitación o lo que sea, solía revelar su incomodidad al respecto. Prefería evitar miradas compasivas o comentarios que no tenía ganas de contestar.

Cuando ambas estuvieron preparadas, no tardaron en cogerlo todo y salir de la caseta. Sam le había recordado a Gwen que cogiese las gafas de sol, así como que se tomase las aspirinas. Ahora sólo quedaba rellenar—de nuevo—las cantimploras e improvisar un desayuno. Aunque a decir verdad casi mejor esperar y comer directamente debido a la hora que era.

Ahora mismo se encontraban caminando por un paseo de tierra rodeado de césped. A la derecha quedaba un lago en donde montón de gente se estaba bañando, mientras que a la izquierda estaban toda ‘su zona’ de tiendas y, justo en el centro, una enorme piscina—mucho más grande que la de ayer junto a Anthea—que estaba repleta de gente, espuma y colchonetas, además de música. Sam se quedó un rato mirando hacia allá mientras caminaba, pues aunque en aquel momento no lo pudiese parecer, aquello solía gustarle mucho. Era de esas a las que le encantaba tirarse en una colchoneta y quedarse al favor del sol hasta ser una gamba cocida. Eso sí, si le preguntabas seguramente te lo negase y demostrarse una actitud bastante desagradable con respecto a ir a una piscina. Cualquier cosa que conllevase a quitarse la camiseta era desagradable para ella, en realidad.

...no, no, no, ya sé —respondió a la conversación que mantenían mientras caminaban, volviendo a enfocar la mirada en Gwen. —¿Y comida española? Ayer pasamos por delante de un restaurante español y olía genial. Podríamos comer ahí hoy.

Atuendo:
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Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Oct 27, 2018 10:32 pm

Recordar aquella escena, aquel momento tan épico de nuestras vidas, en que Samantha Lehmann, sin ningún tipo de miedo ni pudor, había puesto los puntos sobre las íes a Winter Mills, me hizo reír divertida como pocas veces antes. En serio, aquello había sido para verlo: Winter, una chica que siempre iba por la vida dándoselas de ‘Doña Íntegra’, la representación de todo aquello que estaba bien en el mundo, como si estuviese por encima del resto de alumnos de la universidad, había sentido una metafórica bofetada en su cara y en su ego cuando Sam, en medio del pasillo, le había escupido una o dos verdades acerca de la convivencia y de su vida sexual. Incluso se había apreciado el momento en que las palabras de Sam habían golpeado a Winter, pues literalmente la bruja había dado un respingo y se le habían quedado los ojos abiertos como platos.
Después de que Sam le recomendase el uso de un hechizo insonorizador cada vez que tuviese pensado mantener relaciones con su novio, cosa que Sam aseguró que encontraba muy respetable siempre y cuando no interrumpiese los patrones de sueño de sus compañeros, Winter se había puesto roja como un tomate. Y había sido casi como si le hubiese comido la lengua el gato: se había dado la vuelta y había corrido a refugiarse en su habitación.
En otras circunstancias, hablar de algo así me haría ponerme roja como un tomate. Y roja estaba, pero de risa. Y es que, si bien yo no había odiado ni odiaría jamás a Winter Mills, fue muy gracioso. Fue casi como si el karma cayese sobre ella con todo su metafórico peso, hundiéndola en las consecuencias de su propia mala actitud.

—¡Eh, que ese siempre va a ser el momento más épico vivido durante nuestra amistad! Y fíjate que siempre pensé que Winter estaba un poco falta de cariño, motivo por el cual era tan odiosa. Aunque nadie lo diría, viendo el jaleo que montaba por las noches...—Y nuevamente me reí, las mejillas aún encendidas a causa de la risa.—Estoy segura de que a día de hoy todavía se acuerda de ti. ¡Pero no hay mal que por bien no venga! Si alguna vez conocemos a los vecinos de Winter Mills les diremos: “Eh, de nada. Todo ha sido gracias a mi super amiga, Sam. Gracias a ella, dormís como bebés.”—Otra carcajada se me escapó.

Fue bonito rememorar estas cosas, que venían directamente de una época mucho más bonita, mucho más sencilla. Las cosas eran mucho más fáciles entonces. La ternura se adueñó de mí al recordar la dulce imagen de Sam, recostada sobre mi regazo con una bolsa de hielo sobre la frente, mientras recitaba de memoria las respuestas a las preguntas de mis deberes. A veces bromeaba con ella, diciéndole que casi me había sacado ella la carrera. No era del todo cierto, por supuesto, pero en ocasiones Sam había demostrado ser mucho más diestra que yo en lo que se suponía debía ser mi especialidad.

—De ahora en adelante, me ayudarás con la medimagia. Así que ve poniéndote las pilas, coge libros, y repasa, porque tienes otra carrera que aprobar por mí.—Bromeé, echando yo también de menos aquellos tiempos. Daría lo que fuese por regresar un día, solamente un día, a aquellos tiempos tan felices. A los tiempos de las borracheras junto a Sam y Henry, al grito de “¡Por Escocia!”—sí, cuando estábamos lo bastante borrachas, se nos acababa pegando también aquella manía de Henry—y las tardes estudiando con entusiasmo para formarnos como futuras empleadas del Ministerio. Lástima que el pasado nunca vuelve.


***

Mentiría si dijese que las aspirinas y el agua en cantidades habían obrado un efecto milagroso sobre mi persona: habían hecho su efecto, sin duda, y el aire fresco me ayudó bastante. Las gafas de sol hacían tolerable la luz del sol, y poco a poco empezaba a sentirme otra vez como una persona. Con un poco de suerte, estaría como nueva para el concierto de Michael Jackson.
Estaba también mucho más animada. A pesar de que seguía un tanto decaída por cómo se habían desarrollado las cosas la noche anterior, procuraba no demostrarlo en exceso. Respondía a los comentarios de Sam con una sonrisa, y ambas mantuvimos una desenfadada conversación que tarde o temprano acabó tocando el tema de la comida. Y es que desde que estábamos en el Magicland, nuestra alimentación era… entre escasa y no demasiado sana andaba la cosa.
Llegaron a un punto en que Sam sugirió la posibilidad de alimentarse con productos venidos de España. Me quedé pensativa, intentando recordar qué se comía en España exactamente. Y sabéis lo que le ocurre a una Inglesa cuando le hablan de España, ¿verdad? Efectivamente: todo lo que le viene a la cabeza es “paella”, “toros” y “olé”. ¿Y de todo eso, qué se comía exactamente?

—¿Paella?—Pregunté, sintiéndome estúpida, pero al menos no tan idiota como aquellos que creían que España y México estaban geográficamente localizadas en el mismo lugar.—¿Qué más cosas se comen en España? ¿Tienes idea? Quizás deberíamos enviarle un S.O.S. a Santi para averiguar qué se come en España.—Y es que no podía hablar por Sam, la verdad, pues quizás ella ocultase una enorme sabiduría respecto a la cultura española que yo desconocía, pero a mí no me apetecía quedar como una inglesita inculta.

No me pasó desapercibido el hecho de que, mientras Sam proponía la comida española como opción, le echó una buena mirada a una piscina cercana, llena de jóvenes disfrutando de baños, de volleyball y de risas en general. Por cómo había mirado la piscina pude imaginarme qué clase de pensamientos paseaban por su mente.
Y fue entonces cuando se me encendió mi bombillita medio fundida de Ravenclaw. El alcohol la había deteriorado un poco, pero al parecer seguía funcionando.

—Por cierto. Ya sé qué quiero apostarme.—Eché una mirada de reojo a Sam, evaluando su curiosidad, antes de proceder a revelar mi maquiavélico plan.—Quiero… que pasemos un rato en la piscina, tú y yo. Como cuando nos escapábamos a la playa los primeros días de verano, cuando aún teníamos clases en la universidad. Quiero que nademos un rato juntas.—Desnudas, propuso mi mente, pero no verbalicé esa sugerencia tan vulgar. Estaba enamorada, pero tampoco había que ponerse soez.—Antes de que digas nada...—Levanté el dedo índice en su dirección, a fin de que me dejase terminar.—...sugiero ir por la noche, después del concierto, y buscar la piscina más vacía que haya. A partir de cierta hora, estoy segura, habrá más de una vacía.

¿Mi amiga habría aceptado venir conmigo a la piscina de no haber una apuesta de por medio? Suponía que sí, aunque no se sintiese demasiado cómoda. Sin embargo, habíamos prometido apostarnos algo, y aquello era lo único que se me ocurría. Podía ser muy beneficioso para ella, pues en los viejos tiempos Sam disfrutaba aquellas cosas. No me parecía justo que los Crowley le hubiesen quitado aquello, literalmente, a latigazos.


Atuendo informal:
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Oct 29, 2018 1:46 am

Madre mía, es que era frustrante, de verdad. Nunca había tenido problemas en la Residencia Mágica, menos ese. Y era un problema grande, aunque no lo pareciese, ¿os imagináis lo incómodo que debe de ser intentar dormir mientras la de al lado da golpes a tu pared en medio de su frenesí amoroso? Te daba una especie de ira caliente, las mismas ganas de aporrear su puerta con un bate de béisbol que las de irte a casa de tu novia. Pero claro, ¿y si no tenías pareja, qué? Entre eso y que no dormía, terminó cogiéndole mucha tirria a Winter Mills y, a día de hoy, a menos que se haya convertido en una purista asquerosa—cosa que dudaba—seguro que seguía mirando mal a Sam si se la encontraba en algún lado. Lo peor de todo fue darse cuenta de que Winter seguro que se creía que era la viva imagen del silencio y debió de ser todo un chasco para ella darse cuenta de que media residencia se daba cuenta de que era muy ruidosa teniendo sexo con sus parejas, pues no es que fuese siempre la misma.

Pero si bien eso era una anécdota de lo más divertida, lo que a Sam realmente le ablandó en aquel momento el corazón fue acordarse de aquellas largas tardes en donde se enfrascaban en un temario que podía ser o no ser de la carrera de ella. Y daba igual. La época universitaria de la rubia fue probablemente de las mejores—a falta de Caroline—de su vida y la recordaba con muchísimo cariño, en compañía de Henry y Gwendoline. Claro que Henry siempre fue ese diablillo de su hombro derecho, mientras que Gwen siempre fue el ángel de su izquierda. Y lo que daría por rememorar esos momentos en donde volvían a enfrascarse en un nuevo mundo desconocido. En realidad cuando le ofreció la idea de ayudarla con la medimagia, se sorprendió. ¿Que sabía Sam de la medimagia? ¿Que la sangre es roja? Bueno vale, sabía más cosas. Aunque no hubiera estudiado nada relacionado con eso, a lo largo de su vida como maga se había encontrado con bastantes cosas relacionadas con eso y fruto de su curiosidad, solía investigar. Pero vamos, ya te decía yo que lo único que Sam sabía con certeza era primeros auxilios y porque tuvo que aprender a palos para curarse sus propias heridas cuando estaba vagando por ahí sin nadie. Por desgracia por aquel momento no conocía a Ryosuke, ni a Laith, ni evidentemente Gwen se había interesado por nada de eso. Y suerte había tenido cuando en el peor estado que había estado nunca, alguien con un corazón que no le cabía en el pecho, decidió ayudarle sin nada a cambio.

Así que sí, la idea de ‘cursar’ de manera totalmente secundaria la carrera junto a Gwen, le parecía de lo más fructífero, por no decir que con tal de volver a intercambiar sus opiniones, ayudar con sus tareas y todo eso… pues le llenaba. Ahora mismo Sam daría cualquier cosa porque su vida en Londres la hiciese parecer normal y eso seguro que lo conseguiría, aunque solo fuese durante cuatro horas en la tarde. —Cuenta con ello, te voy a convertir en la mejor medimaga de la historia —exageró divertida. —¿Te he dicho ya que mis conocimientos sobre medimagia son abismales? Ya te contaré cómo una vez me quité una púa del dedo gordo yo solita. Fue una experiencia excepcional. —Ironizó con tremenda diversión.

***

No es que Sam fuese una fanática de la comida española, ¿sabes? De hecho desde que se había hecho vegetariana, se limitaba a entrar en páginas de gastronomía especializada en comida vegetariana, sin embargo, Santi le había hablado muy bien de la comida de su país. Y bueno, ya hacían dos días que habían pasado por aquel restaurante y el olor le había terminado por convencer. —No hace falta, ¿por qué te crees que me interesé en el restaurante español? Creo que lo único que sabía de ese país antes de conocer a Santi era que era legal el matrimonio homosexual, así que puedes hacerte una idea de mi cultura española. —dijo divertidísima, para luego meterse las manos en los bolsillos de su pantalón. —Santi no para de alardear de todo lo de su país y me dijo algunas cosas. Hay montón de comidas con carne, pero me nombró algunas que no tenían y que debía de probar si tenía la ocasión. Gazpacho y tortilla de patatas, creo recordar. Pero vamos, me contó una de cosas con carne y pescado que me quedé alucinada. Y total, por cambiar, ¿no? —Y básicamente porque había tantos restaurantes en el mercado que como fueran con la idea de elegir allí, podrían pegarse una hora intentando decidir de qué local salía mejor olor. Y así no iban a optimizar el tiempo en absoluto.

A Gwen se le ocurrió lo que apostar y Sam no se vio muy emocionada al respecto, lo cual era perfectamente normal. Claro que recordaba con cariño y como experiencia bonita aquellos días en donde iban a la playa, pero no podía extrapolar aquel sentimiento a la actualidad. Igualmente no iba a quejarse. Llevaba diciéndole que tenía que pensar algo para apostar durante dos días como para ahora venir y decirle que no le gustaba eso, que pensase otra cosa. Además, el añadido que puso de que fuera por la noche en un lugar vacío pues mejoró mucho la aceptación de Sam. Aunque de igual manera no se pensaba quitar la ropa.

Puso un mohín divertido y finalmente se encogió de hombros. —Me parece bien —dijo sin estar muy entusiasmada. —¿Y si gano yo? ¿Un masaje de pies? —Y, tras sonreír juguetona, pasó una de sus manos por los hombros de su amiga, acercándola en un semi-abrazo hacia ella. —Es broma, si gano yo ya te lo diré sobre la marcha porque será algo demasiado fuerte. No puedo hacerte spoiler desde ya o te intentarás escaquear y no puedo permitirlo… —Y, con una mirada de lo más traviesa y ‘malvada’—como siempre digo, todo lo malvada que puede poner una persona tan dulce como Sam—, alzó las cejas para ponerla en tensión. —Ahora sólo quedan unas horas para saber si Michael Jackson sigue siendo blanco y feo o ha vuelto a sus orígenes de negro bonito.

Unas horas después
Primer concierto de Michael Jackson en el Magicland

Llevaban allí esperando hora y media mientras bebían gaseosas bien fresquitas y, en el caso de Sam en ese momento, una cerveza. No estaban en el mejor sitio pues desde que llegaron aquel lugar estaba repleto de gente, pero tampoco estaban lejos. Por la música que sonaba podrías hacerte una idea que era una posición perfecta para escuchar la música bien alta y no romperte los tímpanos en el proceso. Que oye, desde lo de Hemsley, Sam le tenía mucho aprecio a su capacidad auditiva.

Ya toda la muchedumbre había comenzado a gritar el nombre de Michael Jackson cuando las luces comenzaron a apagarse y, en una pantalla gigante al fondo del escenario, apareció un vídeo de la vida de Michael Jackson con la base de They don’t care about us. Los músicos comenzaron a salir al escenario al grito de la gente, pero el Rey todavía no había aparecido. Y, por lo que a Sam le inspiraba ese señor tan grandioso, le daba la sensación de que no iba a limitarse a aparecer caminando por el escenario.

Sujetó la mano de Gwen justo cuando el vídeo parecía estar terminando, expectante e ilusionada por ver lo que estaba a punto de ver. Aquello iba a ser increíble.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Oct 29, 2018 2:53 pm

Cuando escuchaba palabras en otros idiomas, especialmente aquellas que venían de países de habla hispana, para mí era como escuchar a alguien hablando chino. De igual manera que Sam cuando escuchaba hablar a alguno de los amigos japoneses de Caroline, yo lo único que escuchaba era Ña ñe ño ñu ñi, o algo similar.
Está bien, estoy exagerando un poco. Lo reconozco.
Sin embargo, podéis llamarme loca, pero las palabras Gazpacho—pronunciada por mí como gaspachou—y la palabra patatas tenían un significado indescifrable. La palabra tortilla no, pues esa ya la conocía: los mexicanos también la utilizaban, pues era con eso con lo que envolvían los tacos en México. ¿Sería algo parecido a eso?
Por enésima vez en mi vida, dije algo los ingleses solíamos decir a menudo.

—Qué raros son los españoles...—Teniendo en cuenta que los españoles pensaban lo mismo, generalmente, de los ingleses, me pareció un comentario del todo justo y legítimo.—Pero me parece bien, me parece perfectamente bien. Como bien dices, por cambiar...

Así que comida española sería. Reconozco que iba con ciertas dudas, que no sabía que esperarme, pues se trataba de un choque de culturas. Y estas cosas no siempre salían bien. Sin embargo, fue un alivio que todo esto me quitase de la cabeza esos pensamientos nocivos respecto a la noche anterior. Mientras me peleaba con mis escrúpulos acerca de si debía o no probar algo nuevo, no tenía tiempo para pensar en Sam y la que sería su nueva… ¿amiga? ¿Novia? Suponía que esto último no, pues dudaba mucho que no me lo hubiese dicho nada más levantarnos por la mañana.
Pero bueno, que nada de eso importaba, porque lo importante estaba a punto de llegar...


Poco antes del primer concierto de Michael Jackson...

—¡Oh, Dios mío de mi vida, Merlín, Morgana y todos los santos mágicos y no mágicos de este mundo!—Exclamé con emoción, repentinamente, rompiendo el silencio que reinaba entre Sam y yo. No era un silencio incómodo, simplemente uno de esos silencios que se adueña de una cuando se ve obligada a malgastar tiempo de su vida haciendo cola. Y aquel grito no era para menos, desde luego: aquello supondría un hito en mi vida.—¡La comida española es lo más delicioso que he probado en mi vida!—Añadí, con una enorme sonrisa en la cara.

Sí… me refería a la comida. Por algún motivo, Michael Jackson había quedado relegado a un segundo plano y yo, a pesar de haber comido hacía horas, seguía hablando de la comida española. Y es que… ¡maldito orgasmo de sabor en mi boca! No es que yo supiese—todavía—lo que era un orgasmo de verdad, pero culinariamente hablando, mis papilas gustativas aquel día habían alcanzado el mismísimo clímax. Sentía que jamás probaría nada tan bueno.
Miré entonces a Sam, quien probablemente necesitase una pequeña explicación acerca de aquel arranque de emoción pura y dura.

—¡En serio, tía! Ya sé que eres vegetariana y solo comes cosas que no se mueven, pero tendrías que haber probado el pulpo. ¡Es lo más rico del mundo! Y encima, con el pimentón picante… ¡Te juro que estoy extasiada! ¡Quiero volver a comer eso, por favor!—Y así seguí durante algunos minutos, mientras Sam me observaba con una expresión a medio camino entre la diversión y la extrañeza.


Pero retrocedamos un poco en el tiempo...

Lamento haber sometido al lector a un pequeño flashforward, pero teniendo en cuenta que estamos en el Magicland, y que no todo debe seguir una lógica progresiva—además del hecho de que este pequeño salto temporal venía a cuento—se me perdonará por haberlo dado.

Volviendo un poco atrás, finalmente supe lo que quería apostarme con Sam: nada más, y nada menos, que pasar un rato con ella en la piscina. Ciertamente, mi idea a la hora de pasar un rato en la piscina con ella incluía algo menos de ropa de lo habitual, y quizás unos cuantos besos. Pero viendo cómo había terminado la noche anterior, no creía que pudiese pedirle eso ni a Merlín, ni a Morgana, ni a ningún dios de ninguna religión o serie de televisión. Así que me conformaba con un rato, nadando, junto a mi amiga.
Esperando que protestase, que dijese que no, quizás aporté demasiadas explicaciones extras. Pero ella no protestó, ni mucho menos: me sorprendió al aceptar a la primera. Estuve a punto de preguntarle, con el ceño fruncido, si hablaba en serio, pero me imaginé que sí: teniendo en cuenta el tema de su espalda, Sam no bromearía con aquello. Una no bromea con sus traumas.

—Si ganas tú, haré lo que quieras.—Y no sabes hasta qué punto es cierto esto que digo, pensé. Pero entonces, en mi rostro apareció el ‘gato cabreado’ personificado. ¿Qué clase de ultraje era ese? ¡Yo le había dicho lo que quería si ganaba la apuesta!—¡Eso no es justo, Lehamnn! ¡No vale que no lo digas! ¡Es trampa!—Protesté, pero algo me decía que mis protestas no iban a servir de gran cosa: si Lehmann decía que era un secreto, un secreto sería. Quizás ni siquiera tuviese idea de qué se jugaría.


Durante el concierto...

Aquello era un hervidero de gente: había tantas personas reunidas allí, esperando el regreso del Rey, que resultaba casi imposible moverse. Tengo que reconocer que en ese momento me atacó un poco mi ansiedad social—o quizás fuese agorafobia, no lo sé, pues jamás he ido a un psicólogo para saber qué ocurría dentro de mi cerebro—y me sentí terriblemente incómoda. De hecho, me hubiera gustado salir pitando de allí en ese mismo momento—y creo que una parte de mí estuvo a punto de hacerlo—, pero en cuanto empezó a sonar la música de Michael Jackson, con ese They don’t care about us, mis preocupaciones se terminaron.
Me quedé quieta, observando la pantalla, sintiendo en mi corazón el apremio de saber: necesitábamos saber qué aspecto tenía Michael Jackson. Mientras continuaba sonando la percusión de la canción, sin voces, en la pantalla iban apareciendo imágenes de la vida del cantante y bailarín. En un momento dado, apareció en grande la frase This is it, que era el título que había llevado el documental que salió después de su muerte. A este rótulo lo siguieron unos puntos suspensivos, y acto seguido apareció otra frase: Or maybe not.
Todo aquello culminó con una última frase que decía: The King is back. Entonces, de ambos lados del escenario brotaron fuegos artificiales… y Michael Jackson entró en escena pegando un salto, aterrizando limpiamente en medio del escenario, y profiriendo uno de sus característicos gritos.
El público enloqueció entonces. Una ovación se alzó desde el público, seguido de un fuerte aplauso, al cual me sumé sin lugar a dudas. Michael vestía su característica chaqueta roja y su sombrero. Para más hype del asunto, llevaba unos guantes blancos. Eso, sumado a sus movimientos desenfrenados mientras cantaba, impedía ver su rostro.
No fue hasta que, mientras cantaba la primera parte del estribillo, Michael se quitó el sombrero y lo arrojó a un lado que pude comprobar que...

—¡Es negro!—Grité, divertida, mientras pegaba saltos de alegría.—¡Vuelve a ser negro! ¡He ganado la maldita apuesta! ¡Gracias por este triunfo!—Y a partir de ese momento… lo di todo con aquel concierto, como nunca antes en mi vida. La euforia me había embarcado y casi me había olvidado por completo de todo lo malo que había pasado el día anterior. Casi.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Oct 30, 2018 4:21 am

Trampa… ¡claro que era trampa! Sam no había pensado en nada para la apuesta porque esperaba que la de Gwen pudiese ser apta para ambas partes, sin embargo, de nada servía apostarse lo de la piscina en ambos casos. Así que ahora mismo Sam, vacía de ideas, decidió acompañarse de la mítica e infalible: ‘ya te diré cuando ocurra porque es sorpresa’ y si no pues no te dirá nunca en la vida lo que en realidad nunca había pensado. Era una técnica secreta que no fallaba.

***

Si llega a ser otra persona quizás se hubiera puesto a decir en voz alta lo increíble que eran los pulpos y por qué no había que comérselos embadurnados en a saber qué salsa picante, pero era Gwendoline y cuando Sam se había hecho vegetariana había dejado muy clara una cosa en su propia postura: no pensaba convencer a nadie, ni mucho menos decirle a una persona que se está comiendo una hamburguesa que el primo de ese cerdo vivía con Sam en la casa. Ella se había hecho vegetariana por iniciativa propia y le encantaría poder influenciar a la gente a serlo, pero entendía también perfectamente a las personas que decidían seguir comiendo carne. Y ella no era quién para decir nada al respecto.

Así que cuando Gwen entró en ese éxtasis supremo por el pulpo—comida que no le llamaba en absoluto a Sam, pues nunca lo había probado—, hizo que Sam se sorprendiese un montón. De verdad que no sabía qué le veían al pulpo si parecía mocoso. Le daba la sensación de que se le iba a atragantar en medio de la garganta. —Esto pasa por venir con tan pocas expectativas. Pobre comida española, la teníamos en muy poca estima —respondió divertida. —Podemos venir el último día como despedida. Yo me volvería a comer el gazpacho, estaba muy bueno. Aunque por tu nivel de emoción creo que el pulpo estaba mejor, indudablemente.

Tenía ilusión de decirle a Santi que habían probado comida típica de España gracia a su recomendación, sólo por ver la cara de ilusión que ponía al respecto.

Concierto de Michael Jackson

¡Era negro! ¡El maldito había vuelto al pasado con un giratiempos a pegarle una paliza a su yo del pasado para que jamás en la vida se hiciese esa estúpida operación estética que le dejó más feo! Vale, eso era imposible. ¡Casi tan imposible como que volviese a ser negro! Sin embargo, Sam solo pudo sonreír al verlo, ya que pese a que hubiese perdido la apuesta, le hacía muchísima ilusión estar viendo a Michael Jackson, al auténtico, al primero de todos. Ese del que se enamoró la gente. Además, ver a Gwen tan divertida por haber ganado la apuesta fue totalmente recompensante. ¿Que tendría que darse un baño en la piscina? Bueno, podría hacerlo. En las bases de la apuesta no decía nada de que tuviera que quitarse la ropa.

Pero eso era un problema del futuro.

Ahora mismo, todo se había convertido en una experiencia única que la había atrapado por completo. Después del pedazo de actuación que se pegó sólo para abrir el concierto, fue cuando se acordaron de sacar los binoculares para poder ver bien de cerca cada detalle de aquella locura escénica.

Cantó absolutamente todas las canciones míticas de Michael Jackson: todas las que puedas pensar que no cantó, te equivocas, la cantó. Sin embargo, Sam tenía sus favoritas y fueron las que más repercutieron en ella, como por ejemplo Earth Song—en donde un estallido mágico había hecho que todo el público recibiese aire como si estuviera frente a un ventilador en la parte más emocionante—, Billie Jean, Beat it, Man in the Mirror, Thriller, Rock with you, Bad, Heal the World, Smooth Criminal, entre otras muchas. Una de las más divertidas fue la de Black and White, en donde sin saber muy bien cómo, el físico de Michael cada vez que cantaba cambiaba entre cómo era siendo negro, a cómo era en sus últimos días de vida. O sea, aquello fue el colmo. Se pudo escuchar por encima de la música como todo el público reía ante aquello.

En una sola palabra se podía definir el concierto: espectacular.

Después del concierto de Michael Jackson

Te juro que se me ocurren mil maneras de decir vulgarmente lo mucho que me ha gustado este concierto, un vocablo muy turbio no propio de mí, mi florecilla —confesó divertidísima, casi en ausente, mientras caminaban junto a Gwen de camino a la zona en donde se quedaban. —Creo que venía con muy pocas expectativas del Rey del pop y he terminado embarazada, te lo juro. O sea, todavía no proceso la epicidad que hemos sido capaces de vivir en este momento. Alucinada. Flipando. Gwen, ¿me está escuchando? Estoy como en shock, ¿sabes? Mira, estoy temblando. —Le enseñó la mano, la cual estaba perfectamente quieta, por lo que Sam fingió temblar cada vez más fuerte hasta que la mano ‘se volvió loca e incontrolable’ y terminó abrazando a Gwen, atrayéndola hacia ella.

Sam, también conocida como 'la Reina del Disimulo'.

¿Alguien le explicaba el sobre-exceso de cariño que tenía estos días? Le gustaba atribuirlo al inconmensurable cariño que sentía por ella. Y porque estaba feliz y una persona feliz siempre tienda a compartirlo con las personas que quiere. —Flipando —repitió con el lateral de su cabeza pegado al de Gwen, para finalmente separarse un poquito. —Y era negro. —Puso los ojos en blanco justo para separarse por completo y seguir caminando como si le pesasen los hombros. —¡Era negro! ¡A quién se le ocurrió semejante idea! Aunque… —Y la miró de reojo, como si estuviese buscando la manera de librarse en el castigo. —Es cierto que durante la gran mayoría del concierto estuvo en modo black pero… hubo un momento en el que se volvió blanco varias veces, ¿y si en ese momento nos estaba reflejando su color real? ¿Su verdadera esencia? ¿Su alma? ¿Su realidad interior? —Sonó mística y, en un momento, se recordó a sí misma a la famosa Raminta. Madre mía, ¿iba esa señora algún día a desaparecer de sus recuerdos? Sin duda alguna debía de ser la profesora que más había recordado en toda su vida de lo especial que era. —Te juro que no he bebido, no sé que me pasa. La emoción. En fin, supongo que ese parpadeo entre blanco y negro no me quita el haber perdido la apuesta, ¿pero no crees que hace frío como para meternos ahora en una piscina? ¿No tienes más ganas de meterte bajo las mantas? —Y arrugó la nariz divertida, declarando excusas para no cumplir con lo apostado solo por chinchar y escaquearse.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Oct 30, 2018 3:30 pm

El concierto había terminado hacía apenas media hora, y juro que yo todavía sentía el ritmo de las canciones de Michael Jackson en el cuerpo. Y es que, a pesar de que esa mañana hubiese estado a punto de rendirme a la sensación de derrota y de pasarme el resto del día en la cama, al final me había alegrado de salir de la caseta. ¡El Rey del Pop en persona! ¡Había tenido ocasión de verle y escucharle en directo cuando parecía imposible! La adrenalina todavía corría por mis venas. Aquel épico momento en que Michael Jackson, literalmente, había saltado de nuevo sobre los escenarios rodeado de fuegos artificiales me acompañaría durante el resto de mi vida.
Sam también lo había disfrutado. La palabra que utilizó, y que ciertamente me hizo arrugar el ceño por no acabar de entenderla del todo, fue ‘embarazada’. ¿He mencionado ya que a veces puedo ser extremadamente literal con las expresiones y las frases hechas? Bueno, pues aquella fue una de esas veces: por algún motivo, me imaginé a Sam sufriendo una inmaculada concepción en el concierto de Michael Jackson. ¿Y sabéis lo peor? Me puse a darle vueltas a todas las implicaciones sacrílegas que había en semejante situación: un hombre que regresa de entre los muertos y no es Jesucristo; una mujer que sufre una concepción sin haber mantenido relaciones con un hombre—y, lo que es peor a ojos de la biblia, habiendo mantenido relaciones con mujeres—; que dicha mujer fuese una bruja…
¡Madre mía! ¿Qué clase de paranoia extraña me acaba de entrar? Y eso que no he bebido, pensé, y decidí achacar aquella hiperactividad mental, precisamente, a la adrenalina que seguía corriendo por mis venas.
Sorprendida en estos pensamientos me pilló la mano de Sam, que irrumpió en mi campo de visión con un fingido temblor que cada vez fue a más… hasta que Sam aprovechó mi descuido para atraerme hacia ella en un cariñoso abrazo. No pude evitar sonreír, divertida, mientras le devolvía el abrazo a mi amiga.
Mi amiga, que tan bien olía a pesar de llevar todo el maldito día paseando de aquí para allá.

—Pues mejor que no te cuente cómo estoy yo. No sé si eres consciente de que el mundo lleva diciéndonos, desde 2009, que jamás volveríamos a ver a ese hombre actuar en directo. ¡Y le hemos visto! ¡Somos unas afortunadas!—Exclamé con toda mi euforia. Agradecí con todo mi ser que Gwen Aguafiestas no hiciese acto de presencia para soltar, en mi cabeza, alguno de sus incisivos comentarios. Como, por ejemplo, que teníamos suerte, siempre y cuando no tuviésemos en cuenta la dictadura mágica en la que vivíamos.—¡Y encima, estás embarazada! ¿Quién más en este mundo puede decir que se ha quedado embarazada durante un concierto de Michael Jackson en 2018?—Bromeé, y como estaba hiperactiva, al momento me percaté de un detalle importante:—Tienes que decírselo a Santi. ¡Tienes que chincharle con que has visto a Michael Jackson actuando en directo y hacer una foto de su reacción! ¡Quiero ver esa foto!

Y llegó entonces el momento de hablar de la apuesta. Por supuesto, me imaginé desde el momento en que Michael Jackson empezó a cantar Black or white que Sam intentaría protestar de alguna manera: después de todo, durante dicha canción había cambiado de aspecto, de blanco a negro, en función a la letra.

—¡Se siente! He ganado.—Respondí, encogiéndome de hombros, con una sonrisa de triunfo en la cara. Quería disfrutar de aquel momento.—Además, sigo esperando a saber qué querías apostarte. No creas que me he olvidado.—Sam afirmó que tampoco a ella se le quitaba la emoción, y, en el proceso, hizo un intento de escaquearse de nuestra pequeña apuesta. Me abracé a su brazo, apoyando mi cabeza en su hombro, y dejé salir un teatral suspiro.—Samantha Jóhanna Lehmann, eres una de las personas más adorables que existen en este mundo, y con esa cara de buena podrías conseguir lo que quisieses… pero no te funcionará conmigo. ¡Nos vamos a dar un baño!—Dicho eso, me separé de su brazo y me puse frente a ella, cogiendo su manos mientras la miraba a los ojos. Evidentemente, seguí caminando mientras le hablaba.—Pero mira, haciendo honor al mensaje de Black or white, y al hecho de que durante esa actuación, vimos a un Michael Jackson variocolor, te diré lo que va a pasar: te voy a conceder algo, lo que tú quieras, pero a cambio, no puedes escaquearte de la piscina.—Compuse una sonrisa divertida. A mis espaldas, alguien que cargaba con una garrafa de cinco litros de agua la dejó en el suelo, en mi misma trayectoria.—Te prometo que nos lo pasaremos bien. Como en los viejos tiempos, tú y yo solas, y...

Y nada. Lo que era evidente que tenía que ocurrir, ocurrió: mi pie izquierdo tropezó contra la garrafa de agua, y teniendo en cuenta que era uno de mis puntos de apoyo sobre el suelo, acabé aterrizando de espaldas en la hierba de una forma muy cómica, lanzando una de mis piernas hacia delante. Al caer, tal parecía que hubiese intentado hacer una acrobacia para golpear un balón en pleno partido de fútbol.
El propietario de la garrafa, alertado por el estruendo a su lado, se giró hacia mí diciendo algo así como Ahivalahostia—todo junto—y se alarmó al verme caer tan aparatosamente. Sin embargo, al ver que yo me estaba riendo, se calmó y me acompañó con sus risas. Por mi parte, yo estiré ambos brazos en dirección a Sam, pidiéndole que me ayudase a levantarme.

Recordad: no había bebido nada. No quiero saber qué habría pasado de haber bebido.


Ya en la piscina...

Tras unos minutos de búsqueda, dimos con una piscina pequeña y acogedora que, además y por fortuna para la dos, estaba vacía. Quizás los asistentes al Magicland estuviesen bebiendo en otro lugar del festival, o quizás ya estuviesen durmiendo para abrazar el día siguiente con ganas y energías.
Mejor para nosotras, pensé mientras me detenía al borde de la piscina y me agachaba para desatarme los cordones de las deportivas. Cuando estuvieron aflojadas, las hice a un lado con un par de patadas al aire. Me volví hacia Sam, mordiendo suavemente mi labio inferior.

—Que sepas que siento una gran tentación de quitarme toda la ropa y saltar ahí dentro sin más...—Dije, mientras me quitaba los leggins que llevaba puestos, para luego hacer lo mismo con la camiseta.—...pero las cosas, si se hacen, se hacen bien.—Y dicho eso, con un movimiento de varita, sustituí mi ropa interior por un traje de baño. Entonces, me volví hacia Sam, sonriéndole.—¿Vienes conmigo?—Le pregunté, ofreciéndole mi mano para que me acompañase, aún a pesar de las ganas que tenía de pegar un salto y hacer una bomba.

¡Ah, sí! Y otro pequeño detalle: no fui consciente de las implicaciones que podía tener el acto de quitarme la ropa, y quedarme en ropa interior, delante de Sam. Después de todo, estaba tan acostumbrada a cambiarme de ropa delante de ella, que ya lo hacía con total confianza. Y tampoco es que pudiese sospechar que Sam, el día anterior, se había sentido atraída por mi desnudez...


Traje de baño:
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