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Chained to the rhythm. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:00 am

Recuerdo del primer mensaje :

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 T3BZDMn
Irlanda, de camino al Magicland || 15 de agosto del 2018, 15:23 horas || Atuendo

Cómo buena fugitiva amante de los festivales, tenía un deber. No era cuestión de tomarse el Magicland a la ligera. Era un evento musical mágico muy cercano a Inglaterra y, pese a que su fama derivase de la tolerancia hacia todos los colectivos: tanto de pureza de sangre, raza, ideología o país, ella de lo que no se fiaba era de los magos ingleses. Y seguro que habían muchos.

Así que hizo una lista. A veces hasta hacía lista de las listas que tenía que hacer, pero esta era mucho más concreta: pros y contras de ir al Magicland, ¿valía realmente la pena? Sam fue muy rigurosa con su lista, tomándoselo muy en serio y valorando muchísimo las posibilidades que cabían en cada una de ellas.

Lista de Pros y Contras:

Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 Y6c6rhe

Pros:
- Ir al magicland
-
-

Contras :
- Ponerme en peligro
- Es caro y soy pobre
- Poner a Gwen en peligro
- ¿Un ataque?
- ¿Y si me secuestran aprovechando que estoy borracha?
- Pedir dias en el trabajo en epoca critica
- Estar borracha todo el dia (¿esto es pro o contra?)
-

Pero claro, piénsalo. Por muchos contras que haya, el pro siempre iba a ganar. No eráis conscientes ustedes de lo mucho que quería Sam ir a ese festival... Su alma fiestera de diecinueve años ahora mismo volvía a renacer en su interior. Además, si decidía ir tenía bien claro que iba a intentar no ser ella. Cambiar el tamaño de su pelo, el color, sus ojos… lo que fuera para simplemente distar lo máximo posible a su foto en el cartel. Lo cual era fácil, ya que desde entonces había cambiado bastante. Dos años habían pasado desde que se había hecho famosa.

Así que finalmente, con el incentivo de que Gwen se había animado también, Sam no dudó ni un segundo en prepararlo todo.

Dos días antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Gwen, ¿estás nerviosa? ¿Ya has hecho la mochila? ¿Vas a llevar playeras o sandalias?

¿Compartimos las cosas del baño? Si tú llevas champú, yo llevo cremita de sol y pasta de dientes. También llevo mascarilla.

¿Cuántas mudas llevas? Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 4h2Cba4

No te olvides de la cámara de foto.

¡Santi no deja de preguntarme que a donde nos vamos de vacaciones. ¡Soy legeremante! ¿Cómo se me va a dar tan mal mentir? Este muggle sabe leerme como un libro abierto. Se cree que nos vamos de escapada romántica y no le he dicho nada. Menudo estrés.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 Emoticono-whatsapp-72



La noche antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
¿A qué hora me vienes a buscar? He hecho una lista con música para el viaje. He puesto mucho Bruno Mars y Beyoncé. Y Rihanna, que la amo.

Qué ganas, ¿estás nerviosa ahora? Yo no estoy nerviosa.

Creo que lo tengo todo.  Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 4h2Cba4

¡Tú no te olvides de la cámara que quiero sacar muchas fotos!

Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana guapa. ¡Buenas noches! Chained to the rhythm. —Güendolín.  - Página 5 4h2Cba4



***

Había madrugado para despedirse de Caroline que, debido a trabajo, no iba a la experiencia. Era día quince y hoy empezaba oficialmente el Magicland en Irlanda. Gwen y Sam iban a ir solo los cinco primeros días, porque eran conscientes de que ya tenían una edad y a los cinco días estarían reventada, con el hígado hecho trizas. Ya tenían una edad. Esos bonitos diecinueve años de chupito tras chupito habían quedado en el pasado. En verdad no, pero habían visto el plan del festival y en esos cinco días ocurrían cosas que para ellas ya eran más que suficiente. Se había duchado, había desayunado, había dejado a sus mascotas recién comidas, las había sacado al patio y ahora esperaba en el sillón, con su mochila preparada, a escuchar el coche de Gwen.

¡Y ahí estaban, on the road!

Podrían haber optado por uno de esos muchos puntos en su país en donde usaban trasladores para llegar al Magicland, pero no hacía falta tener un máster en seguridad para asumir que Sam, en esos puntos, sí que sería atentar contra su integridad. Quizás en el Magicland no hubiese peligro, pero en los trasladores ofrecidos por el gobierno y las chimeneas de Red Flu habilitadas… eso sería una locura. Así que ambas habían quedado en ir en coche, aunque tardasen casi un día en llegar. Además, era una aventura que nunca habían vivido juntas. Esto de ser magas y tener el don de la aparición era muy de perezosas. Así que ambas se hicieron un traslador independiente que daba a la sede de transportes mágicos del gobierno irlandés, ya que no podían conseguir permisos para uno que llegase directamente al Magicland por temas de políticas y acuerdos. Una mierda que, sinceramente, Sam no entendía. Sin embargo, ¿cómo narices llegaban desde esa sede en a saber qué lugar de Irlanda, al propio Magicland? La aparición estaba descartada, por lo que sólo quedaba…

I CAME IN LIKE A WRECKING BALL!!!

Llevaban como cuatro horas en la carretera y, ¿sabes qué? Sam no tenía ni idea de cuánto quedaba. Y lo mejor de todo es que le daba igual. El Magicland iba a durar quince días y no había prisa en llegar: lo importante ahí era disfrutar lo máximo posible hasta el último minuto, motivo principal de que estuviese cantando como si no hubiera mañana y no atenta al mapa que tenía entre sus manos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Miér Oct 31, 2018 4:14 am

En qué momento Sam pudo pensar que Michael Jackson, con su buen gusto para hacer música, ¿iba a tener en su segunda vida el mismo aspecto horrible que en su primera? ¡Es que ahora se ponía en situación y no tenía sentido ninguno! Pero bueno, había perdido y lo único bueno que sacaba de eso es que no tenía que pensar ningún reto para Gwen, aunque no sabía por qué pero pensaba que no le terminaba de compensar del todo. —Bueno, pues como he perdido me guardaré mi super reto super fuerte para la próxima vez que nos apostemos algo y yo gane. Témeme, Gwendoline. Teme mi venganza. —Le metió miedo, con la nariz arrugada y una mirada traviesa.

No tardó ni un segundo en poner los ojos en blanco cuando su amiga le llamó por su segundo nombre. Ay, de verdad, es que no le gustaba. Samantha Jóhanna Lehmann, ¿acaso su madre estaba haciendo un reto a ver cuál era el nombre más largo que podía ponerle a su hija? ¿Era ella la única que consideraba que Samantha y Jóhanna quedaban super mal juntos? Quizás Jóhanna por separado no era del todo feo, pero ya ella sólo podía verlo en sintonía con su primer nombre y… de verdad, le sonaba muy mal. No dijo nada, ya que Gwen sabía que no le gustaba pero aún así lo usaba para chinchar. —Me voy a resfriar por meterme en la piscina a estas horas y tú serás la responsable —dijo con toda la seriedad, intentando fingir indignación por la apuesta. —Me concedes algo… ¿lo que yo quiera? ¿Hasta el masaje de pies? —Bromeó con una sonrisa, mientras ella insistía en que lo iban a pasar bien en la piscina... hasta que de repente se cayó. Tal cual.

A Sam no le dio tiempo de sujetarla, sino que se paró de golpe para ver como Gwen imitaba a la perfección las chilenas de Ronaldinho y terminaba de espaldas contra el césped. En una primera instancia se preocupó por si se había hecho daño, pero empezó a reírse tan divertida que al final Sam solo pudo contagiarse, además de que la caída había sido demasiado graciosa como para que hubiese podido aguantar mucho sin reírse aunque se hubiera hecho daño. Le tendió sendas manos para ayudarla a levantar de nuevo, recibiendo algunas disculpas del señor de la garrafa que huía de la escena del crímen.

***

Habían llegado a una piscina vacía, algo pequeña en comparación con las otras que había visto Sam. No estaban siquiera cerca de su tienda, pero a decir verdad no parecía que nadie estuviese cerca, aunque aún así… ella no paraba de mirar para todos lados. Casi parecía que tenía como intención lanzarse desnuda al interior y que por eso estaba cerciorándose tanto de que no hubiera nadie. Sin embargo, era simple y llanamente por no tener que dar explicaciones: o ya me diréis qué clase de lógica existe en que una persona se bañe de noche en la piscina con una camisa. Por el día bueno, con la excusa de no quemarte con el sol, ¿pero por la noche? Además de que la gente borracha se ponía muy pesada cuando algo parecía fuera de lo común y no le parecía descabellado que apareciese alguien preguntándole de manera cansina que por qué narices lleva ropa si está en la piscina, cual simio retrasado.

‘¿Quitarse toda la ropa había dicho? ¿Se refiere a meterse desnuda?’
Sam miró entonces a Gwen, esperando que no tuviese eso en mente y pudo ver cómo comenzaba a quitarse los pantalones y la camiseta, quedándose en ropa interior. La admiró casi como si fuera su placer culpable, siguiendo con su mirada unas curvas que deberían de estar prohibidas para ella, sin embargo, sus ojos la siguieron como si tuvieran un imán totalmente inconsciente. Finalmente apartó la mirada hacia la piscina cuando Gwen se volvió hacia ella, tragando saliva y humedeciéndose los labios. ¿Cuántas veces tiene que repetirte tu mente ‘Sam mala’ para que dejes de ver a tu amiga de esa manera? Se preguntó. Cogió aire y pintó una sonrisa en su rostro antes de volver a mirar a su amiga, ya vestida con un bañador que le quedaba genial. Sam se quitó los zapatos sin agacharse, simplemente haciendo presión con el otro pie por la parte de atrás, y los dejó a un lado. Luego se quitó el pantalón corto que llevaba, poniéndolo encima y, finalmente, se apuntó con la varita, cambiando la ropa interior por un bikini negro y la camiseta por una camisa de manga corta y holgada de color blanco.

No dio explicaciones de por qué se iba a meter con la camisa porque asumió que Gwen ya debía de saberlo, por lo que se limitó a acercarse a ella. —No me voy a tirar —confesó divertida, agachándose hasta quedarse sentada en el borde, metiendo los pies en el interior lo primero. Removió un poco el agua con sus pies, hasta que finalmente se sujetó al borde con las dos manos y poco a poco fue metiéndose, abriendo la boca al sentir como el agua fría subía por su barriga hacia arriba hasta que le llegó a los hombros. Fue entonces cuando empezó a nadar un poco antes de envalentonarse y sumergirse por completo, saliendo a la superficie tras hacerse el pelo hacia atrás. —Bueno —dijo, zarandeando la cabeza. —He de admitir que no está nada mal… —Se refería al agua, por supuesto, aunque desde una tercera perspectiva y teniendo en cuenta la mirada—inconsciente— que Sam le estaba echando a Gwen y la historia entre ellas, cualquiera podría pensar que se refería a ella. Pero se refería al agua.

Cuando ambas ya se encontraban en el interior de la piscina, Sam hizo el cristo, flotando boca arriba mientras miraba el cielo. Había bastante contaminación lumínica en el Magicland en ese momento debido a que montón de conciertos todavía no habían terminado, por lo que a pesar de que el cielo estaba totalmente despejado, fijarse en las estrellas era bastante complicado. Inevitablemente le vino a la cabeza el mejor lugar en el que ella había estado en donde había visto las estrellas, el cual, para su desgracia, había disfrutado en soledad con Don Cerdito y Don Gato. Y no es que ninguno de los dos apreciase ese tipo de cosas. —Un día... —empezó a hablar, en esa posición. Se le antojaba como perfecto llevar a Gwen a ese sitio y compartirlo con ella—quiero llevarte a un sitio. Era uno de los lugares en donde pasé mucho tiempo como fugitiva con la tienda y en donde vi el cielo estrellado más precioso que nunca antes había visto. ¿Te acuerdas de los que se veían desde Hogwarts? Eran increíbles, ¿verdad? Pero el que te digo no tiene nada que ver con eso, era como veinte mil veces mejor —le dijo, metiéndole el ‘hype’ en el cuerpo, para entonces elevar una de sus manos hacia arriba, hacia el cielo. —¡Es que aquí no se ve nada! —Se quejó divertida, cuando en realidad si se veía pero ella estaba siendo muy pesimista al respecto para que Gwen se imaginase lo épico de lo que hablaba. Entonces dejó de hacer el cristo, miró a Gwen y se acercó a ella cual tiburón, con gran parte de su cara bajo el agua, dejando solo la nariz y los ojos por fuera.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 31, 2018 2:24 pm

Cuando un par de buenas amigas, como lo éramos Sam y yo, se amenazan de vengarse la una de la otra, generalmente están bromeando. Y dichas venganzas, en caso de ocurrir, pueden ser pequeñeces del calibre de poner picante en el chocolate que va a beberse la otra, después de enterarse de que la primera secuestró a una tercera amiga durante su cumpleaños para llevársela a ver versiones de Queen en directo.
Sí, ya lo sé, es algo muy específico; el motivo es que aquello ocurrió, y no creo que haga falta señalar cuál había sido mi papel en todo aquello, ¿no?
En este caso, yo no es que temiese demasiado a Sam, pues me la veía incapaz de pensar algo realmente malvado y maquiavélico. Por no mencionar el hecho de que no existía motivo alguno para vengarse. Pero ese no era el caso. El caso era que...

—Vamos, que no tenías ni idea sobre qué apostar, ¿no?—Dejé caer, con una media sonrisa y una expresión que, intentaba, pareciese suspicaz. Un ‘Te he pillado’ interpretado con expresiones faciales.


***

Me hubiese gustado entonces saber realmente cuáles eran las implicaciones, tanto de la acción de quedarme en ropa interior delante de Sam, como el hecho de insinuar que nadaría desnuda de buena gana. Por supuesto, no me di cuenta de las miradas de Sam mientras me quitaba la ropa, y ni en un millón de años podría interpretar que su forma de verme había cambiado. No después del fiasco de la noria, al menos. Después de todo, ¿cómo iba a ocurrírseme siquiera la idea de que Sam, después de apartar la cara cuando intenté besarla, estaría viéndome con aquellos ojos?
Os digo una cosa: ojalá lo hubiese sabido. Las cosas habrían sido mucho más sencillas, mucho más fáciles.
Pero en esta vida no hay nada fácil, y las personas tenemos esa tendencia natural a complicarnos la existencia todavía más de lo que ya lo es. Así que Sam no dijo nada, y yo no supe nada. Simplemente, me cambié mágicamente la ropa interior por un traje de baño, y estuve lista para aquel baño nocturno.
Fue el turno de Sam de cambiarse de ropa. Reconozco que cuando vi desaparecer su ropa y aparecer el bikini en su lugar, me sentí como pocas veces me había sentido antes: las formas de su cuerpo, de sus caderas, de su vientre, de su pecho… Todo ello, ahora lo veía de una manera que antes no: con deseo. Con el mismo deseo que, imaginaba, Sam había visto a Natalie, Rihanne, y a la malnacida de Katerina. Quizás con el mismo deseo que había visto a esa chica de la noche anterior…
En resumen: yo también veía a Sam como a una mujer, no como a una amiga, y me permitía a mí mismo imaginarme lo que sería estar con ella en ciertas… situaciones.
La situación no cambió demasiado cuando Sam se metió en la piscina. Si bien hubiese preferido que no llevase esa camisa, el momento en que el agua la empapó y ésta se pegó a su cuerpo, dibujando sus formas por debajo de la tela mojada, hizo que me mordiese el labio inferior. Podríamos considerar este momento, este preciso instante, como el primero en que había sentido verdadero deseo hacia ella. Deseo… sexual. Lo cual era una novedad, en general, para mí: jamás había sentido ese tipo de deseos hacia nadie.

—Te lo dije...—Conseguí decir a duras penas, apartando esos pensamientos. Después de todo, ¿de qué me servía pensar eso cuando ella me había rechazado.—Es decir, que sería agradable. Y si no lo dije, seguro que lo pensé.

El agua estaba un poco fría, imagino que por algún tipo de hechizo que, además de mantenerla limpia, la mantenía con una temperatura idónea para el bochornoso calor que se experimentaba durante el día. Por la noche, ya era un cuento distinto: estando en Irlanda, las noches refrescaban bastante. Así que dudaba que soportásemos mucho tiempo el estar allí metidas, pero era la única forma de que Sam se animase a nadar un poco: viendo que se había puesto una camisa para tapar el horror que los Crowley habían dejado permanentemente en su espalda, me podía imaginar que aquello mismo, durante el día y con más gente en la piscina, no sería posible.
Nadé suavemente alrededor de la piscina, sintiéndome ligera como una pluma. Incluso me sumergí completamente, emergiendo segundos después con el pelo totalmente empapado y el corazón acelerado. Siempre me ocurría cuando buceaba: no es que lo mío fuese el aguantar la respiración bajo el agua, y la verdad es que me ponía muy nerviosa cuando pasaba más de cinco segundos ahí abajo.
Cuando emergí a la superficie, escuché que Sam empezaba a hablar, mientras flotaba boca arriba mirando hacia el cielo. Yo misma no pude evitar alzar la mirada hacia ese cielo que, efectivamente, estaba lleno de contaminación lumínica. Demasiada como para ver cualquier otra cosa que no fuesen las estrellas más brillantes.

—Sí que me acuerdo, sí...—Dije con un suspiro y una sonrisa, imitando entonces a Sam, dejándome flotar boca arriba mientras miraba aquel cielo que, tras la capa de luz residual del festival Magicland, ocultaba un hermoso mapa de constelaciones y estrellas. Constelaciones… Esto me recuerda…—Así que ya te has decidido, ¿eh?—Volví la mirada en dirección a Sam, que se aproximaba nadando hacia mí con solo la mitad superior del rostro fuera del agua.—¿Vas a llevarme a un lugar hermoso en medio del bosque, a enseñarme las estrellas mientras me recitas las constelaciones, y finalmente vas a besarme bajo la luz de la luna llena?—Y, a pesar de que sentí mariposas en el estómago con solo imaginarme estando con ella en esa situación, reí divertida.—Ya pensé que no ibas a hacerlo nunca. Mucho has tardado...

Diciendo esto, yo también cambié de posición, sumergiéndome brevemente para volver a sacar la cabeza. Estaba frente a frente con Sam, tan cerquita que solo tendría que acercarme un poquito para que pudiéramos darnos un beso. Sin embargo, no iba a repetir aquel error. Ya había tenido suficiente con el ridículo de la noche anterior, y posiblemente mi corazón no llevaría bien un nuevo rechazo.
Sin embargo… Sin embargo, había cosas que hacía que decir, y no veía en el horizonte un momento mucho mejor que aquel. ¿Qué más daba? ¿Qué tenía que perder? Sam ya me había rechazado, después de todo.

—No te he explicado por qué intenté besarte.—Bajé la mirada, y mis ojos se encontraron con la superficie en movimiento del agua de la piscina. Sonreí, nerviosa, mientras seguía hablando.—Porque lo intenté, ¿vale? Creo que hemos llegado a un punto en que no podemos jugar la carta de que me malinterpretaste.—Me estaba poniendo roja, sin creerme que estuviese sacando fuerzas, por fin, para decir aquello.—El motivo por el cual intenté besarte...—Empecé a decir, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón en el pecho, hasta tal punto que empecé a escuchar un rápido Pum, pum, pum pum en mis oídos. Y es que, por fin, iba a decírselo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 03, 2018 12:14 am

¿Qué ya se había decidido a qué? Esa afirmación la cogió desprevenida por completo, haciendo que la mirase con cara de no saber a qué se refería. No fue hasta que mencionó de aquella manera aquella frase, que no le vino el recuerdo de aquel día de diciembre en el que la había vuelto a ver después de años, en donde hicieron alusión a un día tranquilo, bajo las estrellas, en donde haciendo gala al cliché americano, se besarían siendo bañadas por la luz de luna… Y era curioso como en aquel momento fue solo una mención divertida y sin segundas intenciones, pero ahora mismo a Sam se le antojaba hasta plausible. Que le hubiera rechazado el beso la noche anterior no era sinónimo de que no tuviera ganas de besarla, sino más bien todo lo contrario.

Aún así, como ese comentario le había pillado a mitad de dirigirse hacia ella, se limitó a sonreír y chasqueó la lengua, como si Gwen le hubiera estropeado la sorpresa. —Pensé que te habrías olvidado, ahora me has destrozado la sorpresa —bromeó, pese a que se notaba que aquello le había cogido de manera inesperada. —Además, si hay luna llena no se ven bien las estrellas, Gwendoline, parece mentira que tú seas Ravenclaw… —Rechistó cual tiquismiquis, con una sonrisa risueña y para nada seria, mientras se paraba a un palmo de ella.

Y hasta ella misma se preguntó que por qué tan cerca, que qué necesidad había de eso, pero las preguntas llegaron tarde. Se acercó porque le apetecía, sin pensar en posibles besos, ni tampoco en nada que pudiera salirse de lo común. Se acercó sencillamente porque la quería ver de cerca, estar a su lado y… porque era todo lo que necesitaba en ese momento. Sin embargo, desde que su amiga abrió la boca, ella cedió un poco hacia atrás, dejando espacio. Mientras Gwen bajaba la mirada, Sam se dio cuenta del recorrido de sus ojos a la nada, buscando apoyo, de la sonrisa inquieta que surcó sus labios y, como no, de cómo sus mejillas se teñían de rojo.

Y no, Sam no estaba preparada para tratar ese tema. Ni para dar su versión de la historia que ni ella muy bien entendía ni mucho menos para escuchar lo que Gwen tenía que decir. Así que desde que tuvo oportunidad, la cortó. —¿Porque estabas borracha? —preguntó, enarcando una ceja. —Gwen —la llamó, antes de que se dispusiera a negarlo y contar la realidad. Y la verdad es que tanto Gwen como Sam sabían que ‘estar borracha’ no había sido el único factor como para que lo hubiera intentado. Así que teniendo en cuenta la situación, Sam decidió acudir un poco al humor. —No es la primera vez que me besas estando borracha y no pasa nada… —dijo, acercándose de nuevo a ella, para ponerse a su lado, ambas pegadas al borde de la piscina. —Y no es que yo… —¡Madre mía, qué difícil era enfrentar esa situación! ¡¿Quién manda a Sam a dar explicaciones?! Se arrepintió al momento de decir esa frase, pues de repente se había quedado sin saber cómo continuarla. —A ver, que no pasa nada. Ni te preocupes, no tienes que explicarme nada. Borrachos todos hacemos tonterías…

Y menudas tonterías… Ojalá todas las tonterías fueran así estando bajo los efectos del alcohol. Sam soltó suavemente aire por la nariz, ordenando sus pensamientos. Pensó en bromear diciéndole que le había rechazado porque no podía ir por ahí ‘animando’ a su amiga lesbiana con sus besos de experta inexperta que dejaban sin aire, o incluso en decirle que a ese paso, besándole tantas veces seguidas, iba a terminar haciendo que la viese con otros ojos, pero al darse cuenta de que todo eso era real, a Sam le resultó incómodo incluso bromear de esa manera, cuando siempre le había salido de manera muy natural. Quién pudiera tirarse a la piscina con los ojos cerrados, sin saber si está vacía, con tal de arriesgarse por lo que uno siente. Hacía tiempo que Sam lo pensaba todo demasiado y ahora mismo eso de dejarse llevar no estaba en ella. Si no, el beso de ayer no hubiera sido rechazado. El día que se dejase llevar de verdad, se daría cuenta de lo que se había perdido y de lo mucho que llegaría a ganar. —Así que no te ralles. —Era divertido ver como la persona que más se ralla en este mundo le dice a otra persona que ha intentado confesarse para no rallarse, que no se ralle, ¿donde hay que firmar para el premio a la ironía más grande?

Entonces sujetó las manos de Gwen debajo del agua, atrayéndola hacia ella con suavidad, para entonces elevar una de ellas y hacer que diese una vuelta grácil y delicada como la de un vals, dejándola a mitad y de espaldas a ella. De esa manera, sus manos se quedaron entrelazadas por delante de ella. La estrechó, sin soltar sus manos, dándole un abrazo por detrás y apoyando su cabeza sobre el hombro de su amiga. —¿Cuántas veces te puedo dar las gracias por haberme traído al Magicland? —le preguntó en aquella posición y que su amiga no se le ocurriese decirle que no había sido ella, cuando está claro que era quien había pagado la mayoría. —Gracias, gracias, gracias, gracias... —susurró muchas veces seguidas, en bajito, dejando un besito en su hombro. —Así que ahora... —Soltó sus manos para dejarla ir, acariciando de manera inconsciente su cintura. —Hay que aprovechar este momento de relajación y pensar que estamos en el Magicland, porque ya verás que dentro de cinco minutos ya estaremos subiéndonos al coche para volver a Londres y se nos habrá pasado todo así de rápido. —Chasqueó sus dedos.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 03, 2018 3:08 am

Realmente, cuando Sam mencionó esa hermosa vista del cielo nocturno, no buscaba una situación incómoda con mi respuesta. Puede ser que mi subconsciente me estuviese traicionando, pues lo único que yo quería era besar a aquella preciosa rubia que llevaba a mi lado desde que había pisado por primera vez la biblioteca de Hogwarts. Pero no: solo quería bromear. No es el mejor tema a la hora de bromear, dadas las circunstancias, y lo sabes, apostilló mi mente racional y que, según pensaba a veces, parecía disfrutar con mis pequeñas desgracias.
Sam, por fortuna, me siguió la broma, y no pude más que sonreír con diversión ante sus palabras. Lancé un largo suspiro, muy teatral, negando con la cabeza. En mi rostro se leía una expresión de ¿Cómo puedo ser tan desconsiderada?, si es que existía una expresión que denotase aquel sentimiento concreto.

—¡Soy tremenda!—Exclamé, alzando los brazos y de nuevo bajándolos. Estos se sumergieron en el agua, salpicando en todas direcciones.—Gwendoline Edevane fastidiando sorpresas profesionalmente desde 2018. Me debes veinticinco galeones por el servicio.—Respondí, haciendo rodar los ojos ante el último comentario tisquismiquis y risueño de mi amiga. Negué de nuevo con la cabeza, riendo divertida, y finalmente añadí:—Me gustaría mucho que me llevases a ver ese cielo estrellado.—Lo dije un poco más seria, para dejar claro que ya no estaba bromeando respecto al tema.

Y después de este momento… llegó EL MOMENTO. O el que yo creía que era EL MOMENTO, al menos. El momento en que iba a desnudar mi alma, literalmente, para mi mejor amiga. El momento en que cogería mi corazón entre mis manos y se lo mostraría para que pudiese ver qué había dentro. El momento en que se terminarían todos los problemas del mundo, todo se volvería perfecto, y jamás tendría que soñar con besarla porque podría hacerlo.
Salvo porque no fue EL MOMENTO.
Ya estaba hablando, con la mirada clavada en la superficie ondulante del líquido elemento que llenaba la piscina. Más que eso: estaba a punto de explicarle el motivo de aquel intento de beso en lo alto de la noria, cuando…

—...sí.—Fue lo único que fui capaz de decir cuando alcé la mira para encontrarme con la de ella, y aquella pregunta me golpeó igual que una bofetada en plena cara. ¿Qué dices? ¿Cómo que ‘sí’?, preguntó mi pequeña e impaciente voz interior. El alma se me cayó a los pies en ese mismo momento, y casi como si del alma dependiese que mi mirada se matuviera alta, también está bajó. Compuse una expresión de resignación y, ¿por qué negarlo? De decepción también.

Y no es que yo… Aquellas palabras de Sam me hicieron alzar la mirada de nuevo, bruscamente… pero nada les siguió. Solo un silencio, indicativo de que aquella frase no iba a encontrar su final. Con la espalda apoyada al borde de la piscina, hombro con hombro con Sam, volví a quedarme cabizbaja, mientras ella concluía su argumento.
Suspiré profundamente—mi aliento provocó un encrespamiento en la superficie del agua, a escasos centímetros de mi barbilla—tratando de componer una sonrisa. Con esa débil sonrisa, miré a Sam a los ojos, asintiendo a continuación con la cabeza.

—Tienes razón.—Dije, ensanchando un poco mi sonrisa. Había ensayado mucho a lo largo de mi vida para eso, para mentir con mis gestos y mis expresiones faciales, para hacerlos naturales.—Supongo que soy una borracha besucona.—Bromeé, ensanchando mi sonrisa hasta mostrar mi dentadura y bajando nuevamente la mirada. Ojalá fuese cierto, pero no lo es, pensaba mientras tanto.

El momento que siguió a aquello fue tierno. Mucho. Sam me cogió de las manos y me hizo girar, como si fuese una bailarina, hasta que mi espalda quedó en contacto con su pecho, y su mentón sobre mi hombro. Adoraba estar así con ella, y sonreí de manera tierna, sujetando sus manos entrelazadas a las mías.
De nada, pensé mientras Sam me agradecía una vez más el haberla traído al Magicland. Lo cierto es que una parte de mí se arrepentía de haber venido. En los próximos días me esforzaría por ver las cosas más positivas, pero en general lo consideraría un enorme fiasco. Mis planes se habían ido al garete, y puedo aseguraros que no me quedaban fuerzas para volver a intentarlo. Durante los próximos dos días volveríamos a ser las mejores amigas, las super amigas, y ya no habría que preocuparse por Gwen la besucona: no iba a beber ni una gota más de alcohol.

—Resérvate un poco de ese agradecimiento para ese pastor extraño que nos invitó a desafiar la lógica. Sin él, estaríamos todavía recorriendo una carretera infinita sin encontrar este lugar.—Me encogí suavemente de hombros, riendo con diversión. Quería restar importancia al hecho de haberla traído. Y es que Sam, con todo lo que había sufrido los últimos dos años, se merecía aquel respiro.—No hagas eso.—Protesté cuando Sam chasqueó los dedos.—Cada vez que alguien chasquea los dedos, me acuerdo de Spiderman muriendo.—Bromeé: no era cierto, pero tenía que decirlo.—¿Qué conciertos hay mañana? Creo haber escuchado que mañana le toca a Nicki Minaj. Esa mujer está como una cabra, y sus habilidades para el canto son cuestionables.—Dije con resignación, para añadir a continuación:—Me apunto. Tiene una canción que se llama Super Bass o algo así. Rapea y todo, y lo hace bastante mal...

Aquella conversación continuó durante algunos minutos. Después de eso, volvimos a nuestra caseta y… volvimos a dormir juntas, tras nuestra pequeña separación de la noche anterior. Supongo que, por el momento, habría que conformarse con lo que había.


***

Anthea Dickens, muerta de cansancio tras todo un día de fiesta, acudió a la caseta de Lisanne con intención de saludarla. Porque su cuelgue con ella era real, ¿de acuerdo? Y cuando te cuelgas de una chica guapa, simplemente buscas cualquier excusa estúpida para verla. ¿Cuál era la suya? Ninguna en especial, simplemente invitarla a dar un pequeño paseo. Y si bien a la americana todavía le causaba un poco de inseguridad el poco interés de Lisanne por ella, además de la presencia de su amiga, ¿qué podía hacer?

Encontró la caseta vacía, y lo cierto es que se sintió un poco decepcionada. Por una vez, una de las pocas en su vida, Anthea casi estuvo a punto de poner cara de patata mustia. Pero no, no era para tanto: Anthea estaba acostumbrada a todo, tanto a tener pequeños romances en sus viajes, como al rechazo.

Se encontraba de camino a su caseta cuando atisbó en la distancia a Lisanne y su amiga. ¿Gwendoline, podía ser? Ambas caminaban juntas, de la mano, y conversaban animadamente. Y entonces…

—Dos veces.—Murmuró Anthea para sí misma.—Se ha activado dos veces.—Se refería al radar. Aunque llamarlo radar sería algo excesivo: en realidad, Anthea era observadora, y podía ver como aquellas dos chicas se miraban. Y había algo más que amistad en esas miradas.—Ahora lo entiendo todo...—Anthea compuso una sonrisa triste, resignada, y lo comprendió: aquella chica jamás sería suya porque… ya era de su amiga.

Con este pensamiento, la americana se encaminó a su caseta, evitando a las dos amigas que, muy posiblemente, terminarían siendo algo más que amigas algún día…

Día cuatro del Magicland...

Llamé con los nudillos al marco de la entrada de la caseta, y entonces retrocedí un par de pasos, la mirada posada en el suelo. En mis manos, sostenía el único regalo que había sido capaz de encontrar en el mercado esa mañana que me parecía apropiado: un oso de peluche surfista, con una camiseta de tirantes, una tabla de surf y unas gafas de sol. Quizás fuese un regalo estúpido, pero no sabía qué más hacer al respecto.
Justin emergió de la caseta, sonriente… hasta que me vio, claro. En ese momento, su sonrisa se borró. No tiene la culpa. La culpa la tienes tú, me recordó amablemente mi conciencia.

—¿Gwendoline? ¿Vienes a gritarme otra vez? ¿Qué he hecho esta vez?—El joven se cruzó de brazos. Yo pensé: Vale, esa me la he merecido.

—No.—Dije, alzando la mirada por fin.—Nada, igual que la primera vez. No hiciste nada malo. La que hizo algo malo soy yo y… te he traído esto.—Alcé el oso, poniéndolo delante de su cara. Justin no lo rechazó: al contrario, lo tomó entre sus manos y lo miró.

—Un oso surfista...—Comentó, alzando las cejas, sorprendido.

—Es lo único que me pareció apropiado...—Hice una pausa, suspirando, apartando la mirada un momento, para después volver a mirarle.—Siento mucho haberte gritado, Justin. No debí hacerlo, pero estaba pasando por un momento duro debido a...

—¿Samantha Lehmann?—Concluyó Justin, componiendo una sonrisa, esa amplia sonrisa suya tan agradable. Bajó los escalones de la caseta, acercándose a mí.—No pasa nada, tía. Ven aquí, anda.—Y Justin me atrajo hacia él en un abrazo, el cual devolví.—¿Cómo iba yo a guardarte rencor cuando te presentas aquí con una disculpa, ese aspecto tan adorable, y con mi nuevo colega?—Añadió, alzando el oso de peluche. Sonreí, agradecida, pues me sentía fatal por cómo le había tratado.—Pero si me aceptas un pequeño consejo: creo que deberías decirle a esa Samantha Lehmann cómo te sientes. Creo que lo que llevas dentro es intenso, ¿no?

Y tan intenso…, pensé mientras suspiraba, forzando una sonrisa. Aquel consejo era buenísimo… pero no sería que no lo había intentado veces aquel día, vamos.


Todo lo bueno llega a su fin...

A pesar del consejo de Justin, no hubo ningún acercamiento más a aquella charla entre Sam y yo. Nos limitamos a disfrutar de lo que restaba del Magicland, o de nuestros dos días restantes allí, mejor dicho. Y lo cierto es que, una vez aparcado el tema, todo fue mucho más sencillo. ¿Me dolía no habérselo dicho? Por supuesto. Y me seguiría doliendo hasta encontrar las fuerzas y el momento para sacármelo de dentro.
Pero no fue en el Magicland. Y pienso que no estaba destinado a ser, teniendo en cuenta lo que nos esperaba, lo que se encontraba más adelante.
El resumen: atracciones, paseos, comida, conciertos, risas… Al final, fue una experiencia digna de recordar. Sin embargo, seguía teniendo una espinita clavada en el pecho. No había conseguido decirle lo que sentía. Sin embargo, las cosas no volverían a ser iguales entre nosotras.
El último día, nos despedimos de los amigos que habíamos hecho aquel día. Sam pasó unos minutos hablando con una chica—¿la chica de la piscina?—y compartieron algunas risas. Preferí no prestar demasiada atención a lo que ocurría entre ellas, y me concentré en despedirme de Jonathan, Andy y Justin.
Sin que yo fuese testigo, la chica entregó a Sam dos cosas: un dibujo que había hecho de nosotras dos, durante la primera noche en el Magicland, y su número de teléfono.
Me alegro mucho de no haber visto aquello.
Poco después, ambas volvíamos a casa en el fiable coche que había pertenecido a mi madre. Y, a decir verdad, el Magicland había sido una experiencia enriquecedora: la Gwendoline y la Samantha que volvían no eran las mismas que habían ido allí...
Gwendoline Edevane
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