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What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 03, 2018 4:07 am

What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen} LvxzAzY
Miércoles 31 de octubre, 2018 || Apartamento de Caroline Shepard y Samantha Lehmann || 23:09 horas || Atuendo de la intrusa

Miércoles 31 de octubre, 2018 - 22:35 horas
Uno de los pisos francos de Artemis Hemsley

Artemis Hemsley cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda, al tiempo que dejaba escapar un prolongado bostezo. Se la notaba cansada, casi como una persona normal que había salido tarde del trabajo, o que llevaba haciendo horas extras toda la semana. Nada más lejos de la realidad con aquella mujer.

Gwendoline, una muñeca inerte con la mirada perdida, permanecía sentada en una silla, frente a la cama de Artemis. La mortífaga, casi como si ignorase la presencia de la desmemorizadora, o como si para ella no fuese más que un objeto inanimado, continuó maquillándose frente al espejo de su tocador. ¡Oh, sí! Y estaba totalmente desnuda, como si no tuviese ninguna invitada o no le preocupase lo que ésta pudiese ver. A tal nivel había llegado su confianza con Gwendoline Edevane.

Repítelo.Dijo Artemis, observando el resultado de su pequeña sesión de maquillaje en el espejo. Estaba casi satisfecha, pero ese lápiz de ojos… no acababa de convencerla.

—Caroline va a una fiesta de Halloween hoy. Estará fuera gran parte de la noche.—La voz de Gwendoline sonaba monótona, casi como una voz muerta. No existía emoción alguna en su entonación. Se limitaba a obedecer cada orden que Hemsley, su titiritera, le daba.—Sam está trabajando. Al ser noche de Halloween, también volverá tarde a casa...

Artemis asintió con la cabeza, al tiempo que se retocaba las pestañas con un poco de máscara. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, se puso en pie y caminó por la estancia hasta llegar a la cama. Una vez allí, se sentó frente a Gwendoline. En su rostro aparecía una sonrisa enorme, que algunos podrían confundir con una agradable, pero que no lo era: Hemsley escondía sus dientes debajo de aquella sonrisa.

Lo has hecho muy bien, mi pequeña Gwendoline.Felicitó, risueña, la mortífaga. Entonces, su rostro se puso triste.Pero me has fallado: no me has traído la información que te pedí. Sigo sin saber una mierda sobre Allistar.Artemis apretó el puño, y su rostro se tiñó de ira. Gwendoline se puso visiblemente tensa, pero no alteró la posición en la silla. Lo tenía prohibido. La mortífaga la perforó con los ojos durante unos segundos más, antes de suavizar un poco su expresión.Tranquila, muñequita. Soy buena persona, y voy a darte una última oportunidad de redención.Y compuso una sonrisa que, de lo amplia y fingida amable que era, provocaba escalofríos.

Artemis se puso en pie y, haciendo gala de su dominio sobre la magia no verbal sin varita, con un simple gesto hizo aparecer ropa sobre su desnudo cuerpo de ébano. Se trataba de un disfraz de gata, mayormente de cuero. Se dio una vuelta delante de Gwendoline, como una niña orgullosa de su traje de graduación el día del baile.

¿Qué pinta tengo? ¿Estoy irresistible o no?Por supuesto, Gwendoline no respondió. No tenía tal capacidad: en aquel estado, sólo podía obedecer órdenes directas.Voy a una fiesta de Halloween, y después quizás tenga algo más de diversión.Hemsley sonrió de forma traviesa e hizo aparecer un látigo en sus manos, azotando el suelo con él a continuación. Gwendoline permaneció impasible.Pero no te preocupes: para ti también hay disfraz. No pensarías que iba a ser yo la única que disfrutaría de Halloween, ¿no?Y, con una risita, Hemsley hizo un nuevo movimiento de manos, esta vez en dirección a Gwendoline.

La ropa de la joven cambió: ahora, vestía totalmente de cuero negro, con una chaqueta con capucha reluciente. Ésta caía sobre los hombros de la mujer blanca, y la mujer negra la tomó, poniéndosela por encima de la cabeza con delicadeza. La miró como quien mira a una hija antes de ese hipotético baile de fin de curso, a fin de comprobar que todo esté en orden con el vestuario y el peinado.

Sammy tiene algo muy importante. Ha puesto sus sucias manos de ladrona de magia sobre mi espejo. Y tú, mi querida Alice, vas a recuperarlo.Artemis sonrió como una niña buena, y sin perder esa sonrisa, añadió:Esta vez, no admito fallos: como no cumplas la misión, te prometo, mi niña, que vas a saber lo que es el dolor. Y esas cosas que he visto en tu cabeza, eso de los hermanos Crowley, me ha dado muchas ideas. Créeme...

Gwendoline Edevane tenía miedo. Quizás la maldición Imperius no le permitiese mostrarlo, pero lo tenía. Y sabía que Hemsley hablaba en serio: el fracaso no estaba permitido, o pagaría las consecuencias.

***

Una figura femenina envuelta vestida de negro hizo su aparición en plena calle, enfrente de la vivienda que Caroline Shepard compartía con la fugitiva Samantha Lehmann. El cuero negro la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Observó la vivienda durante unos cuantos segundos, evaluando cualquier tipo de riesgo, y cuando estuvo segura de que no había ninguno, la mujer avanzó con paso decidido, cruzando la calle.

Se detuvo apenas unos instantes ante la puerta, sacando la varita de la manga de su chaqueta. La empuñó con una mano enguantada en cuero negro y la apuntó hacia la cerradura. Un hechizo Alohomora no verbal destrabó la cerradura con un chasquido metálico. La mujer apoyó su otra mano, la zurda, sobre la puerta, y empujó suavemente. Ésta se abrió apenas unos centímetros, lo justo para que la mujer echase un breve vistazo a la penumbra que reinaba en el interior.

Conjuró entonces un hechizo Echoes, el cual reveló la presencia de algunos seres vivos en el interior: los animales de la sangre sucia, seguramente. Ningún ser humano se encontraba en aquella casa, y la mujer de la capucha supo que era el momento perfecto para entrar. Nada más hacerlo, cerró la puerta tras de sí, y con un nuevo hechizo, sus ojos comenzaron a ver en la oscuridad.

Sobre la mesa, cerca de la entrada, se encontraba el gato de Lehmann. Éste, nada más ver a la desconocida, se puso en pie, curvó su espalda, y empezó a gruñir a la recién llegada. El pelo de su lomo se había erizado, y había adoptado una actitud hostil.

—Shhhh...—La mujer se llevó el dedo índice izquierdo al lugar donde estarían sus labios. En su lugar, estaba la máscara.

El gato, por supuesto, no obedeció a su educada solicitud de silencio, y la mujer tuvo que dejarlo dormido con un Leniendo no verbal. El animal cayó desplomado, sobre la mesa, durmiendo plácidamente.

***

La enmascarada cruzó el umbral la puerta abierta del cuarto de Lehmann. Nada más hacerlo, se encontró con los otros dos animales sobre la cama de la sangre sucia. No dormían, ni mucho menos: el cerdito había alzado la cabeza con curiosidad, mientras que la perrita observaba a la desconocida, confundida; movía y dejaba de mover la cola de manera intermitente, como si no fuese capaz de comprender lo que veía.

La mujer no perdió el tiempo: también durmió a aquellos dos.

Con los animales fuera de combate, y la vivienda a su total disposición, pudo finalmente quitarse la máscara. Era útil para ocultar su identidad, pero limitaba un montón su campo de visión. La dejó sobre la cama de Lehmann y entonces, en la oscuridad, se puso a buscar el objeto que Hemsley le había ordenado recuperar: el espejo. Mientras tanto, la puerta del cuarto de Lehmann permanecía abierta.

La máscara:
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Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 27, 2018 4:55 am, editado 2 veces
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 03, 2018 3:40 pm

Era el día de Halloween y por norma general siempre solía ir a fiestas, disfrazarse y utilizar esa excusa para beber un poco. O mucho. Sin embargo, como algo muy común en su vida, todo lo que antes era algo bonito para ella, ahora estaba impregnado del tóxico recuerdo de Sebastian Crowley. Y no tenía muy buenos recuerdos del año pasado.

Sin embargo ese año era diferente y había pasado de estar en la parte de los que celebran Halloween como asistentes a fiestas, a ser una de las personas que organiza dicho evento, más concretamente en el Juglar Irlandés. Al parecer tanto Alfred como Erika eran fanáticos de ese día y adoraban decorarlo absolutamente todo con motivos oscuros, de calavera y que fuese realmente terrorífico. Habían estado un mes incluso preparando el repertorio de comidas y bebidas, todos con motivos de la famosa noche más horrible de todo el año, ¡incluso le habían dicho a sus empleados que tenían que ir disfrazados todos de vampiros! Claro que Sam había visto vampiros de verdad y podía ir exactamente igual a trabajar que más o menos iría disfrazado de vampiro, pero claro, la visión de los muggles era mucho más extravagantes.

Llevaba en el Juglar Irlandés desde las doce del mediodía preparándolo todo, sin embargo, a eso de las diez de la noche empezó a encontrarse fatal. Llevaba tiempo sintiendo que se estaba poniendo mala, con dolor de cabeza y garganta, pero fue ese día de estrés y movimiento cuando empezó a sentirse realmente mal hasta el punto de perder las energías y no saber si hacía frío o calor.

Te estás tomando muy en serio lo de hacerte la muerta, Williams —dijo Adrian Tavalas, haciendo un chiste. Era raro ver a Adrian haciendo un chiste, pero hoy parecía especialmente feliz vestido de un perfecto y atractivo vampiro de la época victoriana. —¿Estás bien?

No —respondió desde el sillón del despacho de Alfred, en donde se había tirado unos segundos para ver si su cabeza dejaba de tamborilear. Estaba acostada, boca arriba, con la mano en la frente. La música sonaba en el Juglar Irlandés, así como voces de todo tipo, ya que estaba repleto a esa hora. Sam, por su parte, iba de vampiresa, pero más que de la época victoriana, inspirada en la moda gótica de ‘Vlad e hijas’, incluso se había puesto el pelo blanco, en honor a los rumores que corrían de Vlad. —Me siento como el mismísimo culo.

A ver, déjame pasar —dijo Erika, que se encontraba justo al lado de Adrian. Al Sam identificar la voz como su jefa, se intentó poner de pie pero se mareó nada más erguirse, sintiendo su mirada totalmente negra. Erika puso sus dos manos sobre los hombros de la rubia para hacer que se sentase de nuevo, para entonces llevar una de ellas a su frente. —Creo que tienes fiebre. Deberías de haberte quedado en casa si estabas mala, Amelia.

Es que no estaba mala —respondió. —Además, quería venir. Sé cuánta ilusión os hacía esto y quería ayudaros. —También le hacía ilusión a ella, para qué mentir.

No seas boba —le dijo con una sonrisa. —Vete a casa. Y no me hagas repetirlo, anda, que eres una cabezona. Nos las arreglaremos nosotros cuatro lo que queda de noche. —Y, de manera muy suave, le dio con el dedo índice en el centro de la frente, antes de pasarle un mechón por detrás de la oreja de manera casi maternal. —Voy a ver si tengo algo en el bolso que puedas tomarte.

Erika se levantó a mirar en su bolso y, mientras tanto, Adrian se tocaba la frente.

Yo también tengo un poco de fiebre, ¿debería irme? —preguntó sonriente, recibiendo una mirada divertida de Erika. —Es broma, sabes que me encanta disfrazarme y que hayas colgado mis dibujos más macabros por ahí me llena de orgullo y satisfacción —admitió. —Voy a seguir atendiendo. Mia, mejórate.

Sam se limitó a dejarse caer hacia un lado, cerrando los ojos. Si fuera por ella, se quedaría a dormir en ese sofá tan cómodo por el resto de la noche, pero sabía que debía de irse a casa, darse un baño bien caliente y ponerse el pijama más peludo que pudiera tener. Erika tenía una aspirina para la molestia que si bien no iba a solucionar el tema de la fiebre inmediatamente, sí que le intentaría aliviar el resto, al menos para poder aparecerse en casa sin tener que recurrir a métodos muggles o salir a la calle con el frío que hacía.

Me voy a morir, Erika —dramatizó al coger la pastilla.

Ay, Mia, por favor, ¡qué dramática eres! —Rió, dejándole una botella de agua. —¿Te llamo un taxi?

De repente la idea de ir en taxi le parecía mucho más cómoda y menos arriesgada que apostar por la aparición, por lo que asintió cual niña pequeña, con los mofletes llenos de agua, justo antes de tragarse la pastilla.

***

Iba en el taxi con unas pintas que al menos no desentonaba en absoluto con el ambiente de esa noche. Unos pantalones ajustados con varias cadenas, un corsé que tenía ganas de quitarse cuanto antes, unas botas de tacón alto y un maquillaje de ojos oscuros y labios negros. Además se había echado sangre por la boca para simular que había mordido a alguien. Lo típico, vamos.

¿Por aquí está bien, vampiresa? —preguntó el taxista.

Sam, que iba con la cabeza apoyada en la puerta sintiendo como rebotaba cada vez el coche cogía un bache, sonrió y miró al taxista a través del retrovisor, con carita de muerta.

Sí, muchas gracias. Le concedería la inmortalidad, pero creo que ahora solo le podría transmitir fiebre. —Él rió.

Sí, tranquila, tu cara habla por sí sola.

Llegaron a la puerta de casa de Caroline, Sam pagó y antes de salir se puso una chaqueta por encima de la cabeza, pues había empezado a llover un poco. Corrió hacia la puerta de la entrada y ni se preocupó en sacar las llaves pues ni sabía en donde estaban, sino que se limitó a abrir con su varita que la tenía más a mano. Sam nunca entraba a esa casa por la puerta—para evitar que nadie la viera—por lo que sus llaves solían estar en paradero desconocido dentro de su bolso extensible. Ella juraba que habían sido absorbidas por un agujero negro allí dentro.

Nada más entrar esperó ver a Lenteja venir a saludarla, pero no apareció. Todo estaba oscuro pero intentó fijarse en si había dejado la puerta cerrada y Lenteja estaría dentro de su cuarto deseosa de ver a su dueña, pero no era el caso: la puerta de su habitación estaba abierta, como siempre. Que bueno, no era la primera vez que Lenteja se dormía con Don Cerdito y ningún humano podía con semejante poder de atracción. Lo que sí le extrañó fue que Don Gato, con lo receloso que era, no hubiera aparecido ni para mirar cuando siempre era el vigilante del salón. Fue entonces, cuando encendió la luz, que vio a su gato tirado encima de la mesa. Y evidentemente se preocupó: debía de estar despierto. Siempre estaba despierto cuando alguien llegaba a casa. Cerró la puerta, dejó caer la chaqueta y su mochila al suelo y se acercó al gato, acariciándolo. —¿Gordi? Hey, ¿me escuchas? —preguntó muy suavemente, acercándose a él para comprobar si respiraba. Respiraba, a lo que se ‘tranquilizó’ todo lo que puede tranquilizarse una persona cuando ve que su gato está en una especie de estado de coma extraño e inexplicable. No pudo evitar preocuparse seriamente, pues aquello no había pasado nunca. ¿Estaría enfermo?

Pero claro, no le costó relacionar los hechos: Lenteja no había aparecido para saludarla, ¿qué narices les había pasado a sus mascotas? En una natural sensación de seguridad en tu propia casa, caminó hacia su habitación, pero nada más dar dos pasos, escuchó un ruido proveniente del interior. No era un ruido que harían sus animales, sino el de alguien chocando contra la parte baja de su cama. Automáticamente sujetó con fuerza su varita y retrocedió dos pasos hacia atrás, mirando con miedo su habitación.

¿Sería una broma? Bueno, ¿quién en su sano juicio haría una broma así de horrible?

¿Lenteja? ¿Don… Cerdito? —¡Madre mía, en qué momento se le ocurrió ponerle ese nombre de mierda a su mascota! ¡No era para nada serio!

Así que casi a la altura de su cocina y mirando a su habitación sin perder el foco—pues estaba mareadísima—conjuró un Lumos que salió disparado de su varita hacia el interior de su habitación. Era tenue, lo suficiente para ver si había algo. Casi le da un infarto cuando poco a poco todo se fue iluminando hasta el punto de ver en el interior de su habitación a una figura enmascarada apuntándola con la varita. Se tensó de manera inmediata y… se puso muy nerviosa. Aquella persona estaba en su casa. Aquella persona era un mago que sabía que Samantha Lehmann vivía con Caroline Shepard y eso ponía en peligro a su amiga. ¿Y qué narices quería una persona de Sam en esa casa si es que nadie sabía que vivía ahí? Entre tanto pensamiento estresante, la luz del Lumos se apagó y Sam solo pudo lanzar un hechizo para intentar dejar K.O. al mago directamente con un desmaius. No dudó ni un momento en preguntar si era amigo o enemigo; aquello estaba muy claro.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Nov 04, 2018 1:47 am

La figura encapuchada peinó la habitación con su mirada, adaptada mágicamente a la oscuridad. Las mascotas de la sangre sucia dormían profundamente sobre la cama, y podía escuchar sus respiraciones profundas y acompasadas. Era el único sonido que rompía el silencio en la vivienda vacía. Al menos hasta que la encapuchada comenzó a rebuscar entre las pertenencias de la fugitiva.

Comenzó por el escritorio, mirando sobre este y bajo este, pero resultó una búsqueda infructuosa; el espejo tampoco se encontraba entre los libros del pequeño estante anclado a la pared; tampoco se encontraba en el pequeño contenedor de mimbre enfrente de la cama. La encapuchada escogió bajo la cama como el siguiente lugar en que buscaría, y se arrodilló para mirar bajo esta. Sus prendas de cuero, al rozarse las unas con las otras, emitían un sonido que reverberaba dentro de la capucha, y sin percatarse, su propio disfraz le estaba restando capacidades auditivas.

Es por eso que la encapuchada no se percató de que alguien abría la puerta puerta principal; la capucha en sí impidió ver que esa misma persona encendía la luz pocos segundos después.

Se estaba incorporando, todavía de rodillas en el suelo, cuando escuchó una voz. Una voz conocida: la de la legeremante, la de la fugitiva, la de la sangre sucia. Y se puso en pie bruscamente. A consecuencia de esto, la rodilla de la encapuchada se golpeó dolorosamente contra el somier de la cama. Se produjo un ruido metálico que, con toda seguridad, habría alertado a la recién llegada. A no ser que no pudiese escuchar nada por algún motivo, y dada la cantidad de artilugios tecnológicos muggles existentes, era una posibilidad.

Pero no fue así: la encapuchada no tardó en escuchar de nuevo la voz de la legeremante, y se apresuró a tomar la máscara de encima de la cama. Volvió a colocársela lo más rápido que pudo sobre el rostro, y se apresuró a buscar un lugar donde esconderse.

No había ninguno: la habitación era pequeña, y además...

Una luz entró a través de la puerta abierta, iluminando el interior del cuarto, y la encapuchada se puso en tensión. Observó la vivienda a través de la puerta abierta y se encontró con la legeremante. Tenía un aspecto extraño, con maquillaje en los ojos y en la boca, el pelo blanco, y ropajes que parecían sacados de otra época.

La apuntó de inmediato con su varita, dispuesta a luchar, y el nerviosismo de la sangre sucia fue palpable. Se dispuso a conjurar un hechizo contra ella…

***

Inquieta, me revolví en sueños. Estaba teniendo una de las pesadillas más vívidas que había tenido en toda mi vida, tan vívida que parecía real. Pero, dadas las circunstancias, tenía que ser una pesadilla, ¿no? ¿En qué mundo, en qué universo paralelo, en qué vida me encontraría yo apuntando a Samantha Lehmann con una varita, con evidentes intenciones de hacerle daño?
Me sentía débil, entumecida, como si aquel cuerpo no fuese mío, como si fuese una mera pasajera de dicho cuerpo. Parecía hundida en aguas tan densas como la gelatina, y todo a mi alrededor estaba distorsionado. Distorsionado… pero real.
Un pensamiento que no era mío se deslizó por mi mente: Crucio. ¿Cómo que Crucio? ¡No! ¡Nada de eso! ¡No hagas…!

¡No hagas daño a Sam!Grité, pero no fue un grito que saliese al exterior, sino que sucedió dentro de aquella cabeza que, por lo visto, compartía con otra persona.

Aquel grito fue suficiente como para que el pensamiento se esfumase, ese atroz pensamiento que solo traía dolor. Y entonces, volví a sentirme muy débil...


***

...pero la legeremante fue más rápida. De alguna forma, logró imponerse a la encapuchada, conjurando un hechizo contra ella. Sorprendida con la guardia baja, la encapuchada fue capaz apenas de hacerse a un lado. El hechizo no le dio, e impactó contra la pared al fondo del cuarto.

Con la respiración acelerada y un sentimiento de confusión, la encapuchada permaneció escondida tras el marco de la puerta un par de segundos. Lo justo para recuperar el aliento y para quitarse del contraproducente hechizo de visión nocturna. Con esa luz encendida a la entrada, le restaba más visibilidad de la que le daba.

Entonces giró sobre sus propios talones y se asomó al umbral, conjurando rápidamente un hechizo desarmador que no golpeó absolutamente a nada, pues la legeremante ya no estaba. Confundida, la encapuchada se asomó al salón y buscó con la mirada a su enemiga. No la veía, y aventuró a dar un par de pasos a través del salón, con cautela, la varita en alto. ¿Dónde se había metido?

Un hechizo surgió entonces desde la cocina en sombras. La encapuchada se vio totalmente sorprendida por el ataque, y solo pudo atisbar cómo la magia se transformaba en una cadena negra y pesada que volaba en su dirección. La encapuchada se hizo a un lado y el hechizo no le dio directamente; sin embargo, alrededor de su brazo izquierdo se cerraron dichas cadenas, dolorosamente, y la encapuchada profirió un gruñido de dolor, distorsionado por la máscara que llevaba en la cara.

La legeremante aprovechó aquel momento para asomarse desde detrás de la encimera, que le había servido como cobertura hasta entonces. Sin embargo, esta vez no tuvo suerte: la encapuchada, frustrada, ejecutó un rápido movimiento con el brazo de la varita y conjuró un hechizo repulsor. Éste sí fue un éxito: golpeó a la legeremante directamente en el pecho, arrojándola contra la nevera y haciéndola caer de rodillas en el suelo. En el proceso, perdió su varita, la cual rodó por el suelo, lejos de su alcance.

La encapuchada avanzó hacia ella con paso decidido, apuntando a la sangre sucia con su varita. Jadeaba pesadamente, con su brazo izquierdo todavía encadenado y atenazado por el dolor.

—¡No te muevas!—Dijo la encapuchada con una voz grave y amortiguada por la máscara. Por su mente, pasearon otra vez las instrucciones de su maestra: No mates a la sangre sucia. La necesito viva. Solo quiero...—Solo quiero el espejo.—Verbalizó con un tono de voz monótono la encapuchada.—¿Dónde está?—Añadió, dando un paso hacia ella de manera amenazante.


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 20, 2018 5:19 pm, editado 2 veces
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Nov 05, 2018 2:54 am

Aquello era cuestión de ver quién conseguía inmovilizar a la otra persona primero: a la enmascarada le convenía para poder sacarle—por las buenas o por las malas—a Sam donde estaba el espejo, mientras que lo único que quería ella era preguntarle a su enemigo de parte de quién venía y para qué. Después de eso, una desmemorización y se libraría de que un sujeto supiera nada de ella. Es por eso que cuando falló su hechizo para dejarla sin consciencia, que optó por uno que apresara su cuerpo. Unas cadenas salieron de su varita para apresarla, pero sólo llegaron a su antebrazo, extremidad que usó para defenderse. Sam apretó las cuerdas desde que vio que tenía oportunidad, pero para eso tuvo que asomarse a través de la encimera: un error que le costaría caro.

Sintió un empujón en el pecho que la lanzó con fuerza hacia detrás, usando la nevera como tope con su espalda. Ni fuerza tuvo, debido a la sorpresa y al golpe, como para sujetar bien su varita, por lo que cayó al suelo y rodó hasta no quedar a su alcance. A punto estuvo de hacer un movimiento para recuperar su varita, pero la orden de la encapuchada hizo que parase en seco, levantando las manos.

¿El espejo de Artemis Hemsley? ¿Cómo había conseguido Artemis dar con la vivienda de Sam y por qué narices no había venido ella misma a buscarlo? Había enviado a uno de sus súbditos y si él sabía en dónde vivían, Hemsley también. Y eso no le gustaba nada de nada a Sam.

Está en mi habitación —respondió, con voz temblorosa. —Está encima de mi armario, en una caja verde.

Se hizo durante un segundo el silencio en donde Sam tenía clavada la mirada en los orificios de aquella máscara, intentando ver qué haría a continuación. Eso sí, pese a los escalofríos que le estaban dando, tenía muy claro que no podía dejar que aquella mujer se fuese de su casa sabiendo lo que sabía. ¿El espejo? El espejo le daba igual. Desde que lo tenía nadie nunca había entablado contacto. Era un objeto inútil. Sin embargo, tenía bien claro lo que hacer con respecto a la seguridad de Caroline y la suya propia. Es por eso que quizás, dejándose llevar por un impulso que no pensó demasiado, se lanzó a por su varita, conjurando una barrera que la protegió de manera instantánea sólo por precaución. Notó como un hechizo—que no supo identificar—chocaba contra ella, cosa que hizo que pudiese volver a esconderse detrás de la encimera. Escuchó como los pasos de la enmascarada retrocedían hasta la habitación, a lo que se asomó rápidamente para intentar atacarla, aunque no pudo. Se volvió a esconder al perderla de vista y se notó sobresaltada, con la respiración agitada y las pulsaciones al máximo.

Volvió a asomarse, pero en vez de por encima de la encimera por miedo a ser aturdida otra vez, por un lateral. Escuchó ruido en su habitación, por lo que antes de que la encapuchada pudiera hacer nada, Sam conjuró un 'accio' no verbal y, aprovechando que ahora mismo el espejo era de su propiedad, éste destapó la caja en la que estaba y voló en dirección a ella. Lo cogió en el aire, se puso de pie—volviendo a notar estrellitas y oscuridad en su mirar—y apuntó a la habitación. —Te envía Artemis —afirmó con evidencia. —¿Tienes miedo de que una fugitiva te vea el rostro? ¿Me tienes miedo o algo así? —añadió, con el espejo bien sujeto con su mano libre. —No puedo dejar que te vayas sabiendo dónde y con quién vivo. Así que... baja la varita o rompo el espejo —dijo, amenazante, con intención de tirar el espejo al suelo. —Dudo que a Artemis le haga gracia que por tu culpa su apreciado espejo se haya destruido.

Ambas se miraron y... ¡qué tensión, la madre que...! Ninguna bajó la varita, hasta que Sam no aguantó más y tiró con fuerza el espejo al suelo. Como era de esperar, la enmascarada apuntó hacia allí para evitar su choque contra el suelo, a lo que Sam aprovechó para girar su varita y hacer que las cadenas del antebrazo de la enmascarada se torciesen. A punto estuvo de conjurar de nuevo un hechizo que la dejase inconsciente aprovechando que su enemiga tenía el control en el espejo y no podía hacer nada, pero en ese momento de retardo y pocos reflejos, lo que pasó fue que el espejo en vez de ir junto a la enmascarada, fue hechizado por ella y lo movió a su antojo, dándole un fuerte golpe a Sam en el lateral de su cabeza que la cogió por completo desprevenida. Claro que, ¿quién narices se iba a esperar eso? Su hechizo salió despedido hacia otro lugar y ella también siguió el camino de la inercia hasta chocar con la pared y llevarse la mano a la cabeza, justo encima de la oreja. Sinceramente: no se esperó en absoluto que utilizase el espejo como arma de golpeo. Vio delante de sus ojos como el espejo volaba hacia la enmascarada y salía corriendo hacia la puerta de la entrada para huir, a lo que Sam salió corriendo de detrás de la encimera—chocándose con todo por el camino—apuntándola con la varita dispuesta a hacer cualquiera cosa por evitar que se fuera, ¡y mucho menos con el espejo!

La encapuchada logró abrir la puerta de la salida con magia, pero antes de que pudiera salir, Sam se la cerró en las narices de igual manera. Aquello parecía un maldito juego de a ver quién jode la paciencia más rápido de la otra. Se intercambiaron algunos hechizos en donde ambas fueron lo suficientemente rápidas, pero al final, como era de esperar, la enmascarada terminó alzándose sobre Sam debido a que, literalmente, estaba en la absoluta decadencia. Un golpe recibido no solo la desestabilizó, sino que tuvo que dar varios pasos hacia atrás antes de caer contra el radiador de culo. Lo único que pudo hacer al ver como abría la puerta fue apuntarla por la espalda y conjurar lo primero que le vino a la cabeza. Claro que Sam se esperaba que la puerta de la casa fuese mucho más resistente de lo que aparentó ser.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Lun Nov 05, 2018 4:16 am

En ese mismo momento, en la calle...

En la noche de Halloween, esa noche mágica del año en que se decía que el velo entre el mundo de los vivos y los muertos era más fino que nunca, sucedían cosas maravillosas. Gente de todas las edades se disfrazaba para celebrar dicha noche mágica, encarnando sus peores pesadillas, las cuales campaban a sus anchas por las calles de Londres, aunque fuese solo por una noche.

Por supuesto, este componente mágico—y el amor por los dulces que pedían de puerta en puerta—era cosa más bien de niños. Los adultos, o bien no se disfrazaban y asumían el rol de regalar caramelos, o bien sí se disfrazaban y acudían a fiestas. A alcoholizarse, por norma general. Y os preguntaréis: ¿Qué diferencia había con cualquier otra fiesta del año? Pues… buena pregunta. Los niños que conformaban aquel cuarteto de Cazafantasmas también se lo preguntaban.

Aunque seguramente les preocupaba más saber si en la siguiente puerta habría un adulto que les diese caramelos, o bien no habría nadie.

—¡Yo digo que sí! ¡Habrá alguien! ¡Y tendrán chocolatinas! Y si no las tienen, les tiramos huevos a la puerta.—Dijo el muchacho de color, agitando su cubo de golosinas con forma de calabaza grotesca.

—Dijiste lo mismo de la última casa en la que llamamos. Y casi nos dan con la...—Respondía el chico de pelo negro y aspecto más delgaducho. No pudo terminar su argumentación, pues la puerta a la que se dirigían se abrió de golpe. Estaban a una distancia prudencial todavía, y los muchachos vieron salir una figura de negro que rodó por el suelo, antes de aterrizar en cuclillas frente a ellos.—...puerta en las narices.—Concluyó el muchacho, ojiplático.

Frente a ellos, los niños tenían a una mujer encapuchada, vestida de cuero negro, y con una chulísima máscara de aspecto japonés. Ninguno de ellos fue capaz de adivinar de qué iba disfrazada, pero…

—¡Tía! ¡Qué disfraz tan chulo! ¡Cómo mola!—Exclamó el muchacho de la gorra, sonriente y entusiasmado con lo que estaba viendo.

Unos minutos antes...

En el momento en que conoció el paradero del espejo, la encapuchada no perdió tiempo: bajó la varita, sin mostrar mayor interés en la legeremante, y giró sobre sus talones para recoger aquello que había ido a buscar. Tenía claros sus objetivos: el espejo se iba con ella, y la legeremante vivía. Todo parecía muy sencillo, y aquello pronto habría terminado… pero entonces, la legeremante tuvo que actuar de forma irreflexiva, reiniciando aquella batalla entre ambas.

La escuchó—verla o percibirla con aquel atuendo era prácticamente imposible—lanzarse sobre la varita, y como un acto reflejo, la encapuchada conjuró un hechizo sobre ella. Éste impactó sobre un hechizo defensivo conjurado hábilmente por la fugitiva, y el cual la salvó de sufrir más daños. Volvía a tener la varita en sus manos, y eso era un problema. Céntrate en la misión. La legeremante no importa, se sugirió, y mientras la rubia volvía a su escondite tras la encimera, la encapuchada fue a cumplir su objetivo.

Sin embargo… no, la legeremante tampoco podía dejar aquello estar. Obstinada como pocas, logró convocar el espejo desde el escondite en que lo guardaba, y la encapuchada lo vio salir volando en dirección a la cocina. Tras él fue, intentando recuperarlo, y para cuando llegó al salón con la varita en alto, la sangre sucia sostenía el espejo.

La legeremante habló, pero entre la ausencia de respuesta por parte de la encapuchada, y el hecho de que permanecía inmóvil donde estaba, con la varita en alto, tal parecía que estaba hablando con un simple maniquí, algún tipo de atrezzo inanimado que no era más que decorado en aquella casa. No respondió a ninguno de los comentarios de la legeremante, pero sí habló cuando ésta hubo concluído su amenaza.

—Entrégame el espejo. No me han enviado a matarte.—Su grave y monótono tono de voz carecía por completo de emociones.

Y entonces, lo hizo: la legeremante arrojó el espejo al suelo con evidentes intenciones. La encapuchada reaccionó, deteniendo el impacto del espejo en el suelo con un hechizo. Entonces sintió un atenazante dolor en el brazo izquierdo, y no pudo contener un gruñido de puro dolor: sentía la torsión de las cadenas sobre sus músculos y sobre el hueso que había por debajo de estos. Un dolor capaz de hacer perder a una persona la concentración. El espejo, de hecho, estuvo a punto de escapársele y hacerse añicos, pero se centró en su misión: aquel espejo debía volver con su maestra. Y, en un momento de pura improvisación, la encapuchada utilizó el espejo como arma arrojadiza.

La legeremante recibió un impacto del espejo en el lateral de su rostro. Un hechizo silbó por encima del hombro de la encapuchada mientras la sangre sucia se golpeaba contra la pared. La presa de las cadenas sobre su brazo aflojó un poco su presión, y con un brazo izquierdo entumecido, logró atrapar el espejo que volvía hacia ella. Ya estaba hecho, lo único que tenía que hacer era salir corriendo de allí y…

De vuelta en el presente...

La encapuchada alzó la mirada y se encontró con aquel niño, ese niño de gorra vestido con un extraño mono marrón claro, que parecía entusiasmado con la situación. Una sonrisa de oreja a oreja ocupaba la mitad inferior de su rostro. La encapuchada no tenía muy claro de qué estaba hablando, pero tampoco le importaba.

—Fuera de mi camino.—Dijo con voz grave y neutra, poniéndose en pie con intención de echar a correr.

—¡Joder, tíos! ¡Mirad a esa vampira! ¡Está buena, y parece pálida de verdad!—Exclamó el mismo niño de la gorra, aparentemente feliz, y la encapuchada se detuvo en plena calle, volviendo la mirada en dirección a la casa.

Allí estaba Lehmann, en el umbral de la puerta, la varita en la mano, dispuesta a lanzar un nuevo hechizo contra su enemiga. La encapuchada ladeó ligeramente la cabeza, casi incrédula por el estado en que se encontraba la legeremante, y entonces ejecutó un brusco movimiento de varita. ¿Qué sucedió entonces? Que la puerta de la vivienda se cerró en las narices de la sangre sucia, interponiéndose entre ambas. Sin perder más tiempo, la encapuchada echó a correr y se perdió entre las sombras.

***

Los cuatro niños, boquiabiertos, contemplaron aquella escena, desde que la encapuchada salió rodando a través de la puerta hasta que dicha puerta volvió a cerrarse en las narices de aquella vampiresa sexy que parecía enferma de verdad. No podían creer lo que veían sus ojos. ¿Qué estaba pasando allí?

La respuesta llegó por parte del niño de color.

—¡Qué guay! ¡Qué efecto más chulo y bien conseguido! ¡Es el mejor Halloween de toda mi vida!—Y por cómo los muchachos rieron y celebraron aquello, desde luego, tal parecía.

—Y ahora, vamos a pedir golosinas a esa vampira. O la cazaremos.—El muchacho de la gorra empuñó significativamente su arma de juguete.

—No somos cazavampiros. Somos los Cazafantasmas, tío.—Discutió el muchacho de color.

—¿Y qué? Los dos son espectros. Los cazamos a todos.—Y así empezó una discusión acerca de si los Cazafantasmas podían o no dar caza a vampiros también. Una apasionada discusión entre un grupo de niños que se tomaban muy en serio sus argumentos.

Lástima que no supiesen que todo lo que habían presenciado no era ningún truco de Halloween, sino una pelea real entre dos brujas muy reales...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Nov 05, 2018 9:47 pm

Cuando la enmascarada salió volando fuera de la casa, la legeremante se levantó rápidamente de donde se encontraba para evitar que consiguiera huir, corriendo hacia la puerta. Sin embargo, lo único que llegó a ver fue como los orificios de aquella máscara se clavaban en ella antes de cerrarle la puerta en sus propias narices, haciendo que de nuevo diese un paso en falso hacia atrás y sus tacón se desestabilizara, haciendo que cayera de culo de nuevo. Un sentimiento de ira le empezó a recorrer la espina dorsal.

Enfadada y desesperada se quitó la maldita bota con rapidez, lanzándola contra la puerta de la entrada como si ésta tuviera la culpa por no ser tan resistente como debiera haber sido. Sólo estaba enfadada por no haberla podido retener. —¡Joder! ¡Mierda! —Y fue en ese momento en el que los dichosos niños decidieron tocar en su puerta. Sintiendo que en su cabeza no había cabida para la paciencia teniendo en cuenta el cabreo y la fiebre que amenazaban con hacerla explotar, no dudó ni un momento en echar a aquellos críos del porche de su casa. —¡Iros, no tengo caramelos! —Les gritó desde dentro, quitándose la otra bota para poder ponerse de pie.

***

¿Ha dicho que nos vayamos? —preguntó el más pequeño de los cuatro.

Eso ha dicho.

Sí, eso ha dicho. No parecía contenta. A lo mejor ya repartió todos los caramelos y se ha quedado sin —dijo el niño de color. —Os dije que había que venir antes, ¡la gente no tiene caramelos infinitos!

Los cuatro chicos se miraron entre sí, dudando entre utilizar uno de esos huevos vengativos que habían llevado para tirarlos contra las puertas de los que no abrieran o le negasen chucherías. Fue el líder quién sacó el cartón de huevos de su mochila anti-fantasmas y, en una mirada silenciosa y cargada tensión, los cuatro chicos se intercambiaron información de manera mental, en una discusión de si debían gastar uno de sus últimos cuatro huevos en aquella vampiresa que parecía tan enfermita. Al final, fue el chico de la gorra quién tomó la decisión en voz alta.

Mejor guardárnoslos para los viejos cascarrabias.

¡Es verdad!

Y los cuatro niños se dieron la vuelta, contentos de nuevo, en busca de nuevas presas y muchas golosinas.

***

En medio de su casa, se llevó la mano a la sien, la cual apretó muy fuerte en un intento de parar tanto malestar y estrés; de controlarse a sí misma no sólo por lo inútil que se sentía en ese preciso momento, sino también de lo enfadada que se encontraba con absolutamente todo. Acababa de dejar escapar a un mago enemigo que sabía sin lugar a dudas en donde vivía, con quién y misteriosamente robando en un horario en el que la casa estaría vacía, ¿maldita casualidad había sido eso? Encima era un mago aliado de Hemsley, ¿cómo narices no iba a preocuparse? ¿Por qué Hemsley no iba a por ellas y le sacaba a latigazos el paradero de Thaddeus Allistar y se dejaba de tonterías y juegos estúpidos? ¿Acaso ellos no trabajan así?

Tenía unas ganas horribles de golpear algo hasta la saciedad, pero se contuvo todo lo que pudo, intentando ordenar sus prioridades porque era muy consciente de que como golpease algo sólido ella iba a salir perdiendo. Cogió su móvil de su mochila que estaba en el suelo y luego cogió con una de sus manos a Don Gato, caminando hacia su habitación mientras llamaba a Caroline. A través del altavoz solo sonaban los malditos pitidos que era ahora mismo lo más molesto para su cabeza. Llegó a su habitación y vio a Don Cerdito y Lenteja durmiendo plácidamente como si nada hubiera pasado en el interior de esa casa y colocó a su gato justo al lado. Volvió a llamar a Caroline una vez más, tirándose en su alfombra y apoyando la cabeza en la cama, junto a sus animales. —Cógemelo tía… —Musitó para ella sola, pero la llamada llegó a su fin, a un buzón de voz sin alma. Fue entonces cuando vio la hora y se dio cuenta que para ese momento ya su amiga estaría bebiendo en medio de alguna fiesta y era altamente probable que no escuchase el móvil. O directamente que ni lo tuviera encima. Así que desistió y llamó a Gwen, aunque tampoco se lo cogió. Cuando salió el buzón de voz de su amiga por segunda vez, tiró el móvil en la cama con evidente desesperación, el cual rebotó y cayó al suelo por el otro lado. Al ver aquello, volvió a esconder su cabeza contra las mantas y gritó fuertemente, ahogando el grito.  

Apoyó su cabeza en el colchón y esperó ahí durante un rato a ver si alguna le devolvía la llamada, cosa que no pasó. En un esfuerzo sobrenatural de su cuerpo para levantarse de ahí—pues de lo echa polvo que estaba, realmente estaba pensando si quedarse ahí el resto de la noche por no levantarse—decidió intentar hacer algo y tranquilizarse o se iba a volver loca en la espera de nada. Porque si lo pensabas: ¿qué narices iba a hacer ahora? No podía hacer nada.

Cuarenta y cinco minutos después

Se había tomado un té y, a falta de saber qué medicamentos muggles tomarse, quería hacerse una poción pimentónica, pero no tenía ni los ingredientes necesarios ni nada que se le pareciese. En otro momento hubiera contactado con Gwen, la experta en pociones, pero no sabía en dónde estaba. Así que tras dejarle escrito a sus dos amigas un ‘llámame o ven, es importante’, se fue a tomar una ducha. Y hubieran muchas preguntas que le asaltaron en ese momento: ¿por qué manda a alguien a buscar un espejo? ¿Por qué no manda a alguien a buscar a Sam, que es quién se supone que sabe en dónde está Thaddeus? ¿Por qué no viene ella? ¿Cómo descubrió en donde vivía? ¿Por qué no ha delatado a Caroline? ¿Cómo sabía que no habría nadie? ¿La enmascarada era algún tipo de súbdito o sólo un ladrón profesional? Tantas preguntas preocupantes y ella era incapaz de contestar ninguna. Y lo que más le preocupaba, sobre todas las cosas, era que Hemsley se cansase de alguna manera y Gwendoline y Caroline pudiesen ser acusadas por traición. Tal y como estaba la cosa, Artemis debía de ser consciente de que ellas dos tenían relación con ella.

Al salir de la ducha se miró al espejo por si tenía alguna herida, pero todo se resumía en un chichón en la cabeza por culpa del inesperado golpe del espejo y dos moratones normales: uno en la cadera del golpe que se dio al salir de detrás de la encimera y otro en el brazo de cuando se chocó contra la nevera, ya que se dio contra el pomo. Se echó una pomada y ya. Era normal en Sam tener moratones en todas partes: a veces se hacía moratones y no sabía cómo, pero su piel era muy fina y así era su vida. Al terminar se puso un pijama enterizo y muy calentito, sus gafas que le disminuían el dolor de cabeza y bajó las luces de toda la casa, pues la luz también le molestaba. Se sentó en la barra de la cocina mientras comía leche calentita con cereales, sintiendo que la fiebre seguía calentándola por mucho que la ducha le hubiera aliviado. Así que, incapaz de quitarse de la cabeza absolutamente nada, continuó esperando. No iba a poder relajarse ni descansar hasta que hablase con alguien. Estaba en su casa y aún así estaba en tensión sabiendo que ningún enemigo volvería esa noche.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Nov 05, 2018 11:11 pm

Artemis Hemsley frunció el ceño, al tiempo que bajaba la varita. No podía creerse lo que acababa de ver en la mente de Gwendoline Edevane, su sicaria muñeca preferida. Como experta tanto en duelos mágicos como en artes marciales, no podía clasificar aquel enfrentamiento con la legeremante, Lehmann, más que de lamentable. Lamentable como pocos, a decir verdad. Hemsley no sabría decir cuál de las dos lo había hecho peor, pero si tuviese que apostar dinero, lo haría en favor de la rubia: al menos, ella tenía la excusa de que había luchado con un handicap. ¿Cuál era la excusa de su muñeca? Debería exhibir las mismas dotes para el duelo que ella.

Supongo que debería conformarme con que hayas hecho lo que te pedí.Dijo Artemis, quien todavía llevaba puesto su disfraz de Halloween. De hecho, había abandonado la fiesta al recibir noticias de su pequeña sicaria, y tenía intención de volver al acabar con aquello.Pero, Alice, necesito preguntarlo o explotaré: ¿Qué ocurrió? Se supone que te he convertido en una duelista excelente...Artemis hablaba con un falso cariño casi maternal.

—Recuperé el control.—Respondió Gwendoline con su tono de voz monótono, inexpresivo.—Por un segundo. Me confundí.

Sí, ¿eh?Hemsley sonrió de manera traviesa, apoyando la barbilla en la palma de su mano.Eres una niña muy traviesa, mi pequeña Alice. Creí haberte ordenado que te estuvieses quietecita. Pero parece que no aprendes, ¿eh?Artemis se relamió los labios… y comenzó el escarmiento de su pequeña muñequita.

¿Cuánto duró aquello? Apenas un par de minutos, los cuales a Artemis se le pasaron volando; a Gwendoline, estaba segura, no se le pasaron tan rápido. Durante los primeros segundos se mostró fuerte, valiente, apretando los labios para contener los gritos de dolor. Pero, finalmente, el dolor fue demasiado intenso y gritó. La mortífaga se alegró de haber insonorizado la habitación, o los vecinos de Gwendoline podrían haber llamado a la policía.

Mientras la dañaba, Artemis cerró los ojos y se deleitó en la melodía de sus gritos. Generalmente se mantenía muy profesional en todo lo que hacía, y evitaba mezclar los negocios con el placer. Pero… ¿a quién amarga un caramelito de vez en cuando? Para cuando terminó, Gwendoline yacía sobre su cama, exhausta, jadeando y con lágrimas cayendo por sus mejillas.

Artemis, como si consolase a una hija rebelde, tomó un pañuelo desechable y secó aquellos lagrimones, sonriendo de forma casi cálida.

Shhh… Ya está, mi muñequita, ya pasó. Que ese dolor que has sentido te recuerde cuál es tu lugar la próxima vez.Artemis escuchó entonces un zumbido procedente de la mesilla de noche y echó un vistazo: el teléfono móvil vibraba, y su pantalla estaba iluminada. El nombre ‘Melocotón’ aparecía, encima de un par de iconos para responder o rechazar la llamada.Te llama tu princesita. Quizás deberías echarte una cabezadita y, cuando te despiertes, hablar con ella. ¿No crees?Y dicho esto, Artemis se inclinó sobre la exhausta Gwendoline, besándole suavemente la frente… y borrando de su memoria los recuerdos de aquel momento. La desmemorizadora cerró entonces los ojos, y Hemsley se desapareció.

***

Me desperté con el más atroz de los dolores de cabeza que había experimentado hasta la fecha: literalmente, nada más abrir los ojos e intentar incorporarme, sentí como si un clavo, incandescente, estuviese siendo golpeado lentamente por un martillo y forzado dentro de mi cráneo, rompiendo y abrasando todo lo que encontraba a su paso. Me tuve que recostar de nuevo, con los dedos en las sienes y la sensación de que el corazón, que había cambiado de posición y se encontraba alojado en el cráneo, latía a una velocidad aproximada de cuatrocientos latidos por minuto.
Permanecí así lo que me parecieron larguísimas horas, cosa que no era cierta: el reloj del móvil, cuando conseguí reunir valor suficiente como para moverme, me informó de que eran las doce y cuatro minutos de la noche. Teniendo en cuenta la hora a la que me había ido a dormir, era imposible que hubiesen pasado horas.
Y no solo eso: tenía varias llamadas perdidas y un mensaje de Whatsapp de Sam. Aquello me hizo terminar de incorporarme, de golpe, consciente de que aquello solamente podía significar que había una urgencia de algún tipo.
Salí de la cama a toda prisa. Al hacerlo, sentí un latigazo de dolor en el brazo izquierdo, demasiado intenso como para ser fruto de una mala postura al dormir; sin embargo, teniendo en cuenta los latigazos de dolor que sentía dentro del mismísimo cerebro, aquel dolor fue tan nimio que no le presté la más mínima atención. Tomé la varita de la mesilla y, con un simple movimiento, cambié mi pijama por algo de ropa más apropiada, agarré mi bolso y, tras despedirme de un Chess que me miraba de una forma extraña, me desaparecí sin más ceremonias, apareciéndome en pleno salón de Sam y Caroline.

—¿Sam?—Pregunté a la penumbra, peinando el lugar con la mirada. Encontré a Sam sentada a la encimera de la cocina, ataviada con un pijama de cerdito mientras daba buena cuenta de un cuenco de cereales.—Ey, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? He visto todas tus llamadas. Siento no haberte respondido: hoy me he ido a dormir temprano porque no me encontraba demasiado bien.—Aquello era cierto: recordaba que me dolía muchísimo la cabeza antes de echarme a dormir, y la cosa no había mejorado, precisamente, al despertarme.

Aquella era la segunda noche de Halloween que había pasado en casa, siendo la primera la del Halloween anterior. Teniendo en cuenta que mi vida no era precisamente sencilla, no había tenido tiempo de pensar en un maldito disfraz para una festividad que perdió todo sus sentido el año anterior, cuando mi madre y mis mejores amigas ya no formaban parte de mi vida. ¿Quién iba a tener ganas de fiesta?
Además, hacía solo cuatro días, una joven fugitiva amiga de Caroline había muerto mientras intentaba salvarle la vida, y poco después, en un arrebato de ira que jamás había sentido antes, había intentado asesinar a Abigail McDowell. Puedo decir con toda sinceridad que, después de aquello, no estaba precisamente para fiestas…
Me acerqué a la encimera de la cocina, intentando dejar este pensamiento atrás, y descubrí un nuevo dolor que no recordaba: mi rodilla también me molestaba. ¿Qué había estado haciendo en sueños? ¿Era sonámbula y no lo sabía?


Ropa:
What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen} ULdbU1F
Ignoren esas gafas de sol, por favor.


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 20, 2018 5:19 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Mar Nov 06, 2018 4:08 am

Lo lógico en su situación era imaginarse que en un momento para otro apareciese alguna de sus amigas, ya que era básicamente lo que les había puesto en el WhatsApp a ambas, sin embargo, estaba tan en tensión en ese momento comiéndose los cereales en un silencio extremo y con un miedo surcándole lentamente la piel que... cuando apareció repentinamente su amiga dio un bote en el taburete y la dirección de la cuchara no fue la correcta: chocó contra su labio superior de manera catastrófica y tuvo que hacerse hacia atrás para no mancharse por completo de la leche y los cereales que caían por la barra hacia abajo. —Gwen —dijo, mirando todo el estropicio que había hecho. Se le había manchado un poco el calcetín.

Cogió de manera ausente la varita que tenía justo al lado del móvil y lo limpió mientras miraba y atendía a su amiga, quién prometía no encontrarse bien. Madre mía, Sam tendría fiebre y estaría enferma, pero una cosa estaba clara: la cara de Gwen era terriblemente peor. Dejó de nuevo la varita sobre la encimera, se limpió la boca con una servilleta y se acercó a ella, poniendo sus dos manos sobre su rostro y observando con detenimiento sus ojos a través de los cristales de sus gafas. —Tienes un aspecto horrible, florecilla pachucha —Porque las amigas se decían las cosas a la cara, sin maquillar nada. —¿Estás enferma? ¿Quieres algo? —E, irónicamente, le puso el dorso de la mano con suavidad sobre la frente para tomarle la temperatura. Claro que con los escalofríos que estaba sintiendo Sam quizás no tuviera mucha objetividad ese tacto. Lo mejor de todo es que le ofreció ‘algo’ para su malestar cuando ella no tenía nada para el suyo propio.

Podría tener sentido: Gwen estaba incubando la enfermedad y se la pegó a Sam. O al revés. Aunque teniendo en cuenta cómo se había desarrollado en la legeremante de manera totalmente repentina apostaba más con que había empezado en Gwen. Teoría que tú y yo sabemos que es totalmente falsa, pero para ella era plausible. —Yo estoy bien —respondió, relativizando las cosas: si se ponía a pensar en cómo podría haber salido en esa contienda, está claro que está en su mejor versión, aunque deba superar los treinta y ocho de fiebre. —Pero podría no haberlo estado, ven.

Caminó hacia su habitación y, mientras caminaban hacia allí, salió Lenteja a saludar a Gwendoline con cara de dormida, sin tener mucho énfasis en el saludo. Al llegar, encima de la cama estaba al caja verde en donde Sam guardaba el espejo de Hemsley. La verdad es que no recordaba si en algún momento le había dicho a Gwendoline que lo guardaba ahí o no, por lo que decidió contarlo desde el principio. Le pareció ver a Gwen cojear al entrar en la habitación, pero iba tan enfocada a enseñarle lo del espejo que no lo tuvo del todo claro: —A esta hora aún debería de estar en el juglar, pero tuve que venir antes. Y cuando he llegado a casa, mi gato estaba inconsciente encima de la mesa y había una enmascarada en mi habitación buscando el dichoso espejo que nos llevamos de la estúpida maleta de Hemsley. —Y volvió a notarse alterada y si no fuera porque hablaba bajito porque le dolía la garganta, se hubiera notado mucho más. —Y me quitó el espejo y se fue. Es decir… —Hizo una pausa. —Vino a la casa en donde una fugitiva vive con Caroline Shepard, vio a la fugitiva y se fue sólo con el espejo después de no hacerme nada. Gwen… —Hizo una pausa y se sentó en la cama, volviendo a recapacitar. Ahora que decía las cosas en voz alta ya no veía tan bien eso de relativizar. Se llevó las manos a la cabeza y continuó hablando, con la voz tomada y visiblemente débil. —Hemsley debe saber que vivo con Caroline. Y te vio la cara a ti aquel día, junto a mí. Y aún así no ha hecho nada. No te ha delatado, ni a ti ni a Caroline. Y no entiendo cómo lo ha podido descubrir o… o… como sabía que tenía que venir hoy, que no habría nadie en la casa. Si no llego a venir antes no la hubiera cogido con las manos en la masa... ¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer? —Preguntó en voz alta, al fin, la pregunta que le rondaba en la cabeza todo el rato. —No sé en qué momento me he delatado a ella, pero… lo ha descubierto, ¿y si viene en cualquier momento? —Alzó la mirada, directa hacia Gwen. —Si sabe esto, debe de saberlo todo... —Y tosió en un carraspeo incómodo, frunciendo el gesto por el dolor.

Y la preocupación que sentía era muchísima: Hemsley había dejado claro su interés y que si Sam no le servía para dar con Allistar, podía servir como método de ingresos en su bolsillo de cazarrecompensas exitosa, así como sus amigas traidoras. Y si Artemis no se había pronunciado con gente para capturarlas y mandarlas frente a la nueva ley es porque todavía creía que Sam podía tener información de Thaddeus Allistar, o bien conseguirla de alguna manera. Y ahora tenía miedo porque sí que tenía información de Allistar y como aquella mujer volviese a aparecer en sus vidas y amenazar a alguna de sus amigas, Sam iba a tener las cosas claras. Y no quería tener que enfrentarse a eso.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Nov 06, 2018 3:16 pm

En un inicio, al aparecerme en el apartamento que Caroline y Sam compartían, me dio la impresión de que mi amiga estaba comiendo cereales, una cena tardía teniendo en cuenta las horas que eran; al acercarme, y ver cómo Sam utilizaba su varita para limpiar aquel estropicio, me percaté de que más bien estaba montando un estropicio con ellos. Y es que mi aparición había perturbado la paz de Sam hasta tal punto que la había puesto nerviosa.
Eso, sumado a las llamadas perdidas y el mensaje, evidentemente, me hizo ponerme en lo peor. ¿Qué le había ocurrido?
Sin embargo, lo primero que hizo Sam al verme fue fijarse en mí, en mi aspecto físico. Puedo decir con sinceridad que entonces no era consciente de la mala pinta que podía llegar a tener, pues ni tiempo había tenido de mirarme a un espejo antes de salir de mi apartamento. Por no tener, no había tenido tiempo ni de peinarme adecuadamente, y no quería ni imaginarme el aspecto que debía tener la maraña esa que tenía por melena. Bueno, tampoco es que me preocupe demasiado: sería feliz simplemente con que alguien parase este maldito dolor de cabeza, pensé, sintiendo cómo un enano con su martillo y su cincel trabajaba sin descanso dentro de mi cabeza.

—Estoy bien.—Mentí, con las manos de Sam a ambos lados de mi rostro, sintiendo un latigazo más intenso de dolor en la cabeza. Tuve que cerrar los ojos y contraje el rostro en una expresión de dolor.—No estoy bien.—Me corregí.—Me duele un montón la cabeza. Peor que una resaca.—Confesé. Odiaba el dolor de cabeza, uno de los peores dolores, en mi opinión, que una persona podía padecer en el mundo.—¿Tienes un cuchillo afilado? Así me cortas la cabeza.—Gimoteé, en respuesta a su pregunta de si quería algo. En aquellos momentos ansiaba lo que ansiaba mucha gente en el mundo: una muerte rápida e indolora.

Al parecer, Sam estaba bien, o eso respondió inicialmente. El momentáneo alivio que sentí ante aquella afirmación se vio empañado enseguida, cuando aseguró que podría no haberlo estado. Entonces me puse un tanto nerviosa, y mi cabeza empezó a darle vueltas al significado de aquellas palabras. Porque así era yo: podía ponerme nerviosa incluso aunque Sam ya me llevase, de la mano, a enseñarme el motivo de haber dicho aquello. Y en los pocos segundos que tardamos en llegar a la habitación, os lo puedo asegurar, en mi cabeza se formularon un sinfín de hipótesis.
Si existiese una máquina o ingenio tecnológico mágico capaz de plasmar en papel todos los pensamientos que circulaban por una mente humana corriente en menos de un minuto, estaba segura, podrían llenarse tres bibliotecas con el resultado.
Por el camino, sentí que el dolor en mi rodilla me hacía cojear un poco. ¿Qué me habría pasado en esa maldita rodilla? No sé, pero no es nada en comparación con lo del brazo: casi no puedo ni moverlo, pensé, manteniendo el brazo izquierdo pegado al tronco el mayor tiempo posible.
Los animales estaban allí. Lenteja, moviendo suavemente la cola, salió a saludarme, y me incliné para acariciar su cabecita. Don Cerdito, que seguía sobre la cama, fue el siguiente en recibir una pequeña caricia por mi parte. Por último, intenté hacer lo mismo con Don Gato, pero éste lanzó en mi dirección un maullido muy feo, casi como si me estuviese diciendo que me apartase si sabía lo que me convenía. Aquello me sorprendió: aquel gato nunca me había tenido demasiado aprecio—a nadie, creo—pero nunca había rechazado que le rascase un poco el cogote.
No le di mayor importancia, volcando todo mi interés en el relato de Sam.
Al parecer, alguien había allanado la casa de Sam y Caroline, y ese alguien venía a buscar el espejo de Artemis Hemsley. Ahora, el espejo había desaparecido, y había quedado claro que Artemis Hemsley, de alguna manera, había averiguado un montón de información privada sobre nosotras. La más preocupante, desde luego, eran nuestras identidades. Pero Sam señaló un punto muy importante: también sabía cuándo tenía que venir exactamente, el momento en que la casa estaría vacía. Y a no ser que Caroline y Sam le hubiesen contado sus planes para esa noche a alguien en quien no podían confiar, cosa bastante improbable, se antojaba imposible. Porque yo estaba segura de que no le había dicho nada a nadie de sus planes.

—¿Y cómo lo ha averiguado?—Pregunté cuando Sam terminó de hablar, incrédula. Mi mente lógica me llevaba a pensar que aquello, simplemente, no podía ser. Me quedé perpleja un par de segundos, dándole vueltas a aquella pregunta. Por un momento, el dolor de cabeza quedó relegado a un segundo plano. Aquello desafiaba a toda lógica, porque había cosas que Hemsley no podía haber averiguado de ninguna manera, solamente… de una de nosotras, pensé.—¿Has… has hablado con alguien extraño últimamente? ¿Quizás alguien en el Juglar? ¿Alguien que quizás actuaba de forma extraña? Porque podría haber sido uno de los secuaces de Hemsley, haciéndose pasar por muggle.—Y es que eso podría explicar que Hemsley supiese que Sam no iba a estar en casa esa noche: haberlo averiguado porque conocía el lugar de trabajo de Sam, y que para esa noche tenían previsto dar una fiesta. Y respecto a Caroline, ¿la fiesta a la que iba no había sido organizada por gente del Ministerio de Magia? Yo misma había sido invitada, pero había optado por quedarme en casa. No estaba para fiestas.—Quizás supo que Caroline iba a la fiesta por alguien del Ministerio de Magia...—Sugerí. Ninguno de los argumentos me parecía especialmente sólido, teniendo en cuenta que el primero despertaba más preguntas todavía, como saber de dónde había sacado Hemsley información sobre el lugar de trabajo de Sam, y según Caroline, la fiesta la organizaban personas que no estaban a favor del purismo.

La tensión hizo que el dolor de cabeza se me intensificase, y me llevé ambas manos a las sienes. En el proceso, me hice daño en el brazo izquierdo, por lo que el movimiento de éste fue mucho más torpe y lento. Mientras masajeaba las sienes con los índices de ambas manos, las mangas de mi bulsa se deslizaron un poco, y a la vista quedó en mi brazo izquierdo un moretón de aspecto bastante feo que ni yo era consciente de que tenía, y del cual no me percaté.
Volví a abrir los ojos—los había cerrado en un intento por calmar el dolor de cabeza—y dejé caer los brazos a ambos lados del cuerpo—el izquierdo con más cuidado, y procurando moverlo lo menos posible—. Entonces, miré a Sam.

—Lo primero que tienes que hacer es meterte en la cama.—La urgencia de la situación me había llevado a no comentar nada con respecto a Sam, pero no me había pasado por alto su aspecto. Ni tampoco el hecho de que sus manos parecían arder. Coloqué mi mano sobre su frente y, confirmado: tenía fiebre.—Estás ardiendo. Necesitas algo que te baje la fiebre y descansar. Me puedo imaginar que después de lo ocurrido no tendrás muchas ganas de dormir, pero lo necesitas.

Mientras decía esto, recorrí de nuevo los pocos metros que separaban la habitación de Sam y la cocina en busca de mi bolso, ese lugar donde guardaba, quizás no toda mi vida, pero sí una gran cantidad de esta. Por supuesto, cojeaba un poco al caminar, y no separaba el brazo izquierdo de mi tronco.

—A ver… tengo aquí...—Empecé a decir mientras rebuscaba dentro del bolso encantado con un brazo derecho que había metido en el interior hasta el hombro. A tientas no lograba encontar lo que buscaba, así que opté por meter también la cabeza en el interior. Y como estaba oscuro, finalmente tuve que resignarme a utilizar el brazo izquierdo también, empuñando la varita en la mano y utilizándola para iluminar el interior del bolso. No queráis saber la clase de almacén con que me encontré allí dentro.—¡Aquí está!—Exclamé, todavía metida dentro del bolso casi hasta la cintura: lo poco que asomaba al exterior era la mitad inferior de mi tronco y mis piernas. Así que, con gran esfuerzo, y el dolor agujereando mi cabeza con más intensidad que nunca, salí del interior del bolso. En mi mano derecha sostenía ahora un pequeño frasco que contenía un líquido de color azulado. Estaba muy frío al tacto.—Esencia de hielo ártico. Con esto te bajará la fiebre, pero tenemos que calcular bien la dosis. Creo que no te apetecería terminar convertida en un bloque de hielo, ¿verdad?—Y, a pesar de las circunstancias, fui capaz de esbozar una sonrisa divertida.

El único problema es que no había mentido: de aquella poción había que tomarse apenas unas gotas, diluidas en algún otro líquido—en mi caso, pretendía que este líquido fuese una poción pimentónica que también debía tener en algún lugar del bolso—o quien se la tomase podía sufrir hipotermia. En cantidades muy elevadas, incluso, podía congelar el cuerpo de quien la bebiese.


Última edición por Gwendoline Edevane el Dom Nov 11, 2018 12:59 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Nov 11, 2018 4:06 am

Claro que no estaba bien y, como era de esperar, la afirmación de lo contrario hizo que se mostrase disconforme con su respuesta. Si había una persona en el mundo a la que Sam pudiera leer sin usar su habilidad en la legeremancia, esa era Gwen. Y se notaba a leguas que no estaba bien. —Mejor unas tijeras —respondió con una broma bastante seria, usando su dedo índice y corazón para simular unas tijeras y cortarle la nariz con delicadeza. —¿No te has tomado nada? Tendrías que haberte tomado algo antes de venir… Yo me tomé una aspirina, ¿quieres? Es lo único que tengo. Yo me he tomado una y me ha aliviado un poquito. Muy poquito.

Y, a pesar de que podían haberse quedando hablando ahí de por qué de que Gwendoline tuviese semejante dolor de cabeza, Sam simplemente asumió que, al igual que ella, estaba incubando en su interior una gripe terrible que las dejaría en cama unos cuantos días: lo cual apoyaba su teoría de que una se lo había pegado a la otra. Sin embargo, Sam cogió de la mano a Gwen y se la llevó a la habitación, contándole todo lo que había pasado. Fue inevitable para la rubia alarmarse de nuevo y alterarse con la historia, pues, de nuevo, se percataba de lo fuerte que era todo y de las repercusiones que eso podía conllevar no solo con su propio bienestar, sino con el de sus seres queridos. Teniendo en cuenta todo lo que había pasado la propia Sam y el valor que les había dado a la vida de aquellos que más quería, actualmente para ella la vida de sus seres más cercanos eran más valiosas que la de ella misma.

Se limitó a encogerse de hombros ante su primera pregunta: ¿y Sam cómo iba a saberlo? ¡Lo hubiera evitado! Es por eso que cuando sugirió algunas hipótesis por las cuales podría haberse delatado la propia Sam, ella negó con la cabeza. —Claro que he hablado con gente extraña, todos los días, en el Juglar, pero es imposible que hayan descubierto en donde vivo. Jamás vuelvo a casa caminando, ¡prácticamente no uso la dichosa puerta! Siempre me desaparezco desde el almacén o desde el callejón más cercano —defendió los posibles puntos flacos por su parte. —Me cuido mucho con eso, ya lo sabes. Lo último que quiero es que nadie ahí fuera pueda relacionarme con vosotras dos. —Otro motivo por el que NUNCA iba a casa de Gwen si no era apareciéndose en su zona de confianza de su entrada. Otra puerta a la que Sam le hacía el vacío. —No hay manera de que hayan sabido que yo vivo aquí. No por mí.

Sin contar a Gwen y Caroline, solo habían dos personas más que sabían que Sam vivía con su amiga pelirroja: Henry y Beatrice. Beatrice estaba desaparecida del mapa, por lo que teniendo en cuenta su fascinación por irse de juerga y tomárselo todo con tanta tranquilidad, dudaba mucho que hubiese dicho nada, ya que estaría por ahí, en algún otro país, de farra. Luego estaba Henry que durante todos estos meses había demostrado ser leal pese a no ser el mismo Henry que conoció hace años. Así que Sam era consciente de que el ‘eslabón perdido’ no se encontraba entre ellos dos, dos personas que a día de hoy no tenían demasiada relación con Sam.

Se encontraba fatal, con ligeros escalofríos y un temblor muy leve que ni ella misma se había percatado debido a la tensión que sentía. Incluso se sentía mareada y lo único que su cuerpo le pedía era un poco de reposo y cerrar los ojos. Sin embargo, eso no fue suficiente como para que Sam pasase por alto aquel feo moretón de su brazo. Al verlo se preocupó, pero la afirmación de Gwen hizo que la mirase con reproche. —Necesito algo que me baje la fiebre, pero no voy a poder dormir —respondió aunque Gwen se encontrase ahora en la cocina. Gwen era conocedora de los problemas de Sam para dormir, por lo que si encima le añadías una ladrona enmascarada que había allanado su casa, la cosa se complicaba cada vez más.

Sam permaneció sentada en el borde inferior de su cama. Desde ahí se podía ver perfectamente la cocina, por lo que siguió a su amiga con la mirada. Indudablemente estaba cojeando, además de que todavía no se había olvidado de lo que había visto en su brazo. Así que mientras se ponía el gorro de su mameluco por el frío que le entraba por el cuello y se quitaba las gafas momentáneamente para apretarse los ojos en un intento de aliviar su molestia, esperó a que volviese Gwen. Volvía con un frasquito de color azul, pero Sam no había fijado su vista precisamente en eso. Cuando su amiga se quedó frente a ella, sonrió débilmente a su broma y la sujetó suavemente de la mano, invitándola a sentarse a su lado, al borde de la cama. —Cojeas —afirmó. —¿Te hiciste daño? —Y, mientras preguntaba, se tomó la confianza de llevar ambas manos a la manga de su camiseta en donde había visto el moretón feo, subiéndola con delicadeza. Vio allí una marca mucho más grande de lo que había visto de refilón hace un momento, una marca que cualquiera que la viera pensaría que está hecha con intención de hacer daño y no por accidente. Y es que a Sam no se le ocurría una manera lógica de razonar como es que Gwen podría haberse hecho eso sin querer. Eso no se hace golpeándote contra el pomo de la puerta, ni con una farola. Ni mucho menos cayéndote por las escaleras. Si era totalmente sincera: si en aquel momento Gwen llegase a tener una pareja, podría haber pensado que había sido incluso víctima de violencia. Y no, no le pasó inadvertido el hecho de que aquella marca estaba exactamente en el mismo sitio en donde Sam había conseguido acertar a la enmascarada. De hecho, había sido eso mismo lo que había hecho que Sam no hablase de inmediato al verlo, sino que se pegase unos segundos mirando aquello con duda y preocupación. —Gwen, ¿cómo narices te has hecho esto? —preguntó sin tapujos y, por mucho que las cosas fuesen lógicas, no quiso dudar de la indudable lealtad de su amiga. De hecho, tampoco quiso pensar en la idea de que eso se lo hubiera hecho otra persona... al fin y al cabo, si a Gwen le pasaba algo, ¿se lo diría a Sam, no es así? —Tienes un moretón horrible.

¡Y no! ¡Sam no era de esas que veía un moretón, apretaban y luego preguntaba que si dolían! Un golpe de silla en toda la boca es lo que necesitan esas personas para escarmentar por su gilipollismo agudo, de verdad. ¿A qué ser 'racional' se le ocurrió por primera vez en este mundo ver un moretón en piel ajena y PRESIONAR a ver si duele? ¿Acaso no es obvio que si la piel está de otro color es que algo no va bien, subnormal? En fin, Sam es que odiaba mucho a la gente tan simple que pecan de idiotas y argumentan su idiotez bajo la premisa: 'Ay, es que yo no sabía.' Así que ella, con una delicadeza que rozaba la dulzura, pasó la yema de sus dedos por encima de sus marcas, sólo para ver si estaban muy hinchadas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Nov 11, 2018 1:16 pm

Hice mi mejor esfuerzo por sonreír ante la pequeña broma de Sam, sugiriendo emplear unas tijeras en lugar de un cuchillo. También hizo el gesto de la tijera con los dedos, y si bien consiguió arrancarme una sonrisa ante su broma, dicha sonrisa iba cargada de dolor: aquello era una tortura, lo miraran por donde lo miraran. Estaba segura de que si los mortífagos lograban hallar una forma para aplicar ese tipo de dolor en la víctima de sus ‘interrogatorios’, de manera que la susodicha lo sufriese las veinticuatro horas del día, no necesitarían jamás volver a infligir daño físico: aquel dolor podía volver loca a una persona, y con tal de que se terminara, seguramente confesaría hasta ser la Reina de Inglaterra.

—No.—Negué con la cabeza—Muy mala idea, Gwendoline. Te habla tu cabeza para decirte: deja de agitarme como si fuese una coctelera, por favor.—lanzando un suspiro.—He venido en cuanto he visto tu mensaje… y tus llamadas. Parecía tan urgente que no me he parado a pensar nada: simplemente he venido corriendo… Bueno, ya me entiendes, corriendo no.—Dolía hasta tener que explicar cuando no estaba siendo literal, aunque no hiciese falta: después de años ‘cargando’ conmigo, Sam ya sabía el mal de que estaba aquejada, siendo a veces demasiado literal con las palabras.—Tengo poción para el dolor de cabeza en algún sitio del bolso. Luego miramos.—Y me esforcé por sonreír un poco, de nuevo sintiendo pinchazos en las sienes.

Así que aquella noche había tenido lugar un allanamiento de morada en aquella misma vivienda. Había ocurrido ese algo que le ocurre a tanta gente, pero que nunca se espera que le ocurra a una misma. Y, por lo que Sam me estaba explicando, había sido obra de Artemis Hemsley, pues quien había perpetrado el allanamiento se había llevado solo una cosa: el espejo comunicador que habíamos robado en nuestra última incursión a una de sus guaridas, cuando habíamos logrado derrotarla.
Mi mente se puso a trabajar, aunque quizás con mayor lentitud de lo normal debido al estado en que me encontraba. Intenté formular algunas hipótesis, algo que tuviese algún sentido, pero eran argumentos flojos. Y, por supuesto, estaba dejando a un lado el dato más importante: ¿cómo había averiguado Hemsley la dirección de Caroline? Vale, sí, eso podría haberlo hecho perfectamente accediendo a los archivos del Ministerio de Magia, pero para empezar tendría haber relacionado a Caroline Shepard y a Samantha Lehmann, y que yo supiese, aquella información solo la conocían un puñado de personas.
Me quedé pensativa un momento, la mirada perdida y el dolor zumbando dentro de mi cerebro. Suspiré profundamente, tratando de encontrarle un sentido… y dije algo mucho más significativo de lo que creía en un principio.

—¿Y si he sido yo?—Un escalofrío me recorrió la espalda, no sé muy bien por qué.—Quiero decir, ¿y si hice algo mal con respecto a Savannah? ¿Y si cuando estaba en San Mungo, esperando a que se despertase, no estaba dormida? No del todo, al menos.—Apreté los labios, valorando la posibilidad, intentando recordar sin aquellos momentos había dicho o hecho algo que pudiese delatarme.—No recuerdo si Savannah estaba cerca de mí cuando me ingresaron en San Mungo después del ataque. Llamé a Caroline. Si cometí un error al borrarle la memoria, si Savannah recordaba algo… pudo relacionar la presencia de Caroline allí contigo y conmigo.—Lo peor de todo aquello, por mucha lógica que pudiese tener, es que no cabía lugar a error, en realidad: la desmemorización había sido un éxito. Y otra cosa, además: Savannah McLaren podía tener un buen fondo, sí, pero no era precisamente ningún genio. Era muy cuestionable que fuese capaz de relacionar dos hechos aislados de aquella manera. Y, con el miedo que tenía a Hemsley, resultaba un tanto inverosímil que se arriesgase a decirle algo que podía ser una pista, o que podía ser una total pérdida de tiempo. Seguro que su ama no toleraba las pérdidas de tiempo.—No sé.—Concluí, llevándome ambas manos a la cabeza y cerrando los ojos. Aquella maldita tortura…

Dejando a un lado ese tema, había que hacer algo respecto a la fiebre de Sam, y yo tenía un remedio perfecto: esencia de hielo ártico. Era una poción relativamente sencilla de elaborar, y siempre llevaba conmigo un frasco… así como un montón de otras cosas. Dale a una bruja un bolso casi sin fondo, y meterá ahí dentro la vida entera. O al menos lo hará si se llama Gwendoline Edevane.
Sam, quien aseguró que sería incapaz de dormir, se percató de algo a lo que yo había restado importancia: mi cojera. Lo cierto es que no era demasiado grave: simplemente sentía un leve dolor en la rodilla cada vez que le echaba peso encima. Sin embargo, al parecer, no estaba disimulando muy bien si tan evidente era. Acepté su mano cuando me la ofreció y tomé asiento en la cama, junto a ella.
Don Gato, por su parte, y haciendo gala del mayor de sus desprecios, lanzó un maullido desagradable en mi dirección y saltó de la cama. Se alejó en dirección al salón, dejando claro que esa noche no quería saber nada de mí.
Para cuando devolví mi atención a Sam, ésta estaba levantando la manga izquierda de mi camiseta para descubrir… el moretón más feo que he visto en toda mi vida en mi cuerpo. Y lo peor de todo no era que fuese un moretón normal y corriente, más o menos redondeado, situado en una zona concreta, no: aquel me envolvía el brazo, como si una mano me hubiese agarrado con fuerza. Con mucha fuerza, por cómo dolía.
Vale, pensé mientras ponía los dedos suavemente sobre aquella negrura que tan mal aspecto tenía, ya no puedo achacar esto a una mala postura durmiendo.

—Yo...—Tragué saliva, notando la garganta muy seca de repente. Y es que una cosa era tener un ligero dolor en una rodilla y un dolor en un brazo achacado a una mala postura durmiendo, y otra muy diferente era tener semejante lesión que era imposible hacerse por accidente. Aquello había sido hecho intencionadamente, como si alguien me hubiese cogido con fuerza por el brazo. Con fuerza suficiente para dañarme algo por debajo de la piel.—No sé cómo me he hecho esto.—Respondí con sinceridad. Un poco del miedo que sentía, que no era poco, se tradujo en un temblor que se adueñó de mi voz. Volví la mirada hacia Sam, con la boca entreabierta.—¿Qué… qué me ha pasado, Sam?—Pregunté, consciente de que posiblemente Sam supiese lo mismo que yo o incluso menos.

De repente, la poción pimentónica, la solución para la fiebre, y mi propio dolor de cabeza no tenían la menor importancia. De repente, mi cerebro se había puesto a trabajar, e inevitablemente relacioné ambos hechos ocurridos aquella noche: Sam siendo atacada por una desconocida en su propia casa, y yo despertándome con aquellas lesiones. ¿Acaso alguien había entrado también en mi casa? No había notado nada extraño, a excepción de Chess, quien estaba raro conmigo.
Intenté hacer memoria, intenté recordar cómo me había hecho aquella lesión en el brazo izquierdo. Lo hice con todas mis fuerzas y, de repente…
...de repente, un latigazo intenso de dolor en el brazo, casi como si hubiese revivido por un segundo lo ocurrido, lo que había desembocado en la lesión. Con un gruñido de dolor, me llevé la mano allí; casi inmediatamente, un latigazo intenso de dolor en la cabeza me hizo llevarme ambas manos a esta, cerrando los ojos y apretando los dientes.
¿Qué me pasa?, logré preguntarme mientras gruñía de dolor.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Nov 12, 2018 4:33 am

Con lo mucho que se cuidaba Gwen al respecto, dudaba muchísimo que hubiese sido culpa de ella que hubiesen descubierto que Sam vivía con Caroline Shepard. A decir verdad, si la rubia tuviese que culpar a lo más obvio, sería ella misma, pero estaba tan segura de lo mucho que se esforzaba por conseguir justamente lo contrario que una parte de ella se negaba a reconocerlo, más que nada porque no se le ocurría ninguna posibilidad. —Gwen, quizás si Savannah fuese una genio, cosa que descubrimos que no era cuando hablamos con ella, pudiese haber ocurrido toda esa sucesión de cosas que dices para que cuadrase la posibilidad. —Hizo una pausa. —Pero yo ya veo un punto flaco al principio y es que no me creo que hayas podido fallar en desmemorizarla. —Y es que ella misma, después de haberlo hecho, había dicho que había sido un éxito, así que no había cabida a la duda.

Y claro, la incertidumbre seguía en el aire: teniendo en cuenta lo que sabían y quiénes lo sabían, ¿quién se habría ido de la lengua? Quizás algún mago que sabía que Samantha trabajaba en el Juglar había ido a preguntar a alguno de los otros trabajadores y éstos, inocentes, habían dado información sobre lo poco que conocían de ella… pero igualmente era imposible, ya que nadie sabía ni en donde vivía con exactitud ni mucho menos que vivía con esa amiga pelirroja que de vez en cuando se iba a tomar un café. Como ya había dicho, Sam era muy recelosa con su vida y lo seguiría siendo precisamente por este tipo de situaciones. Pero ahora, pese a tener un abanico tan limitado de opciones, no tenía ni idea de por donde había habido una  fuga.

Suspiró, allí sentada, sintiéndote terriblemente derrotada. Ya no solo se sentía así anímicamente, por la enfermedad que parecía estar creciendo en su interior, sino de por sí, en la vida. En absolutamente todo siempre se sentía no solo por detrás, sino también por debajo. Sentía que las batallas podría llegar a ganarlas, pero que en la auténtica guerra siempre salía perdiendo.  

Cuando vio el moretón que se había formado en el brazo de Gwen, la legeremante se quedó congelada. Por un momento quiso escuchar un: ‘Sam, la primera regla del Club de la Lucha es que no se habla del Club de la Lucha’ o ‘En la Orden del Fénix me están enseñando a krav magá versión suicida’ o cualquier otra opción que llevase como intención que Gwen sabía lo que estaba haciendo. Incluso podía haberse esperado una evasiva porque no quería decirle a Sam que en la Orden del Fénix le dan para el pelo para enseñarle a pelear, cosa que le hubiera enfadado, pero después de todo hubiera entendido porque Gwen hace con su vida lo que quiera. Sin embargo, cuando miró su propia herida de esa manera, ya Sam tenía claro que nada de eso iba a salir de su boca, pues no debía tener ni idea de cómo se lo había hecho. Su mirada, perdida y estupefacta, hablaban por sí solas y, de repente, empatizó con la vulnerabilidad que vio reflejada en los ojos de su amiga. —No sé… —le respondió. —¿En el gimnasio? ¿Entrenando con los de la Orden del Fénix... quizás algún hechizo? —Tiró al aire opciones, en un intento de que ella viese que había muchas opciones al respecto y que podría perfectamente no acordarse de ninguna porque, en el momento, no le había dolido.

No era la primera vez que una persona se encontraba un pequeño moretón en alguna parte de su cuerpo del cual desconocía su procedencia, pero no era nada del otro mundo. Sin embargo, lo que tenía Gwen era preocupante: muy preocupante. Y por mucho que Sam hubiera tirado opciones… ¿cómo narices era posible que tuviese esa herida en el brazo, precisamente de esa manera, cuando ella hacía nada había ocasionado algo parecido a un enemigo? Tragó saliva y, de manera totalmente automática y negativa a sus pensamientos, bajó la manga de su amiga. Fue en ese momento cuando pareció darle un pinchazo de dolor en la cabeza, tan fuerte que Sam se preocupó de lo que fuera que le estuviese pasando. —Gwen —La llamó en bajito, casi como una queja preocupada por no saber qué narices le estaba pasando a su amiga en ningún sitio, mucho menos en la cabeza, que más que un dolor convencional parecía que había alguien incidiendo con un taladro. La sujetó con suavidad por los hombros y empujó hacia atrás, acostándola en la cama. Se estiró para coger una almohada y ponerla por debajo de la cabeza de Gwen. —Ni te muevas —musitó, casi como orden. —Cierra los ojos. —Colocó una de sus manos en el pecho de su amiga, esperando que no le diese por levantarse de nuevo.

La observó con nervios, para qué mentir, sin embargo, decidió tranquilizarse. —Tengo un ungüento para los moretones —dijo, poniéndose en pie y acercándose a la caja—alias botiquín—que tenía en su habitación, en donde rebuscó durante unos segundos hasta dar con un bote cuya tapa desenroscó, en donde había una crema blanca. Volvió a sentarse en el mismo sitio. —¿Puedo? —Le pidió, con intención de echársela con cuidado y suavidad.

La verdad es que no sabía qué decir. Su mente ahora mismo posicionaba ambas opciones con tantas evidencias, una al lado de la otra, que Sam se sentía contrariada, ya que ninguna parte de ella era capaz de desconfiar ni siquiera un poquito de Gwen. Pero otra cosa estaba clara: aquel moretón no se había hecho sin querer y algo estaba fallando en su cabeza. Un resfriado normal no te da un dolor tan intenso de cabeza. Sin embargo, una cosa sí tenía clara Sam en ese preciso momento: su amiga no tenía ni idea de cómo se había hecho aquello. Y no tenía ninguna duda de que decía la verdad. Aunque eso no quitaba que todo fuese muy raro.

Algo no encajaba.

Así que teniendo en cuenta cómo se sentían ambas ahora mismo, se limitó a echarle aquello. —¿Te quedas a dormir conmigo esta noche? —preguntó tras un leve silencio. —Así nos cuidamos mutuamente, que está claro que por separado terminamos para el arrastre… —Y esbozó una pequeña sonrisa.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Nov 12, 2018 2:56 pm

He ahí el quid de la cuestión: Savannah McLaren había probado ser de todo menos inteligente. Considerando que ser mortífago en la sociedad mágica actual no era ni mucho menos obligatorio, y que bastaba con no poner un pie fuera del tiesto, unirse a las filas de Voldemort demostraba lo descerebrada que era esa chica. Y es que que a ninguna de las dos nos había sugerido, ni siquiera por un momento, que todo se debiese a un caso de presión familiar; por el contrario, por cómo hablaba de ellos cuando se despertó en San Mungo—no mucho, pero lo suficiente—yo me había imaginado a una familia bastante comprensiva y buena. Especialmente su hermano mayor.
Así que no, claramente, Savannah McLaren no podría haber desarrollado tal proceso deductivo en un cerebro que la había llevado a convertirse en la perrita faldera y subordinada de Artemis Hemsley.

—Supongo que no, no puede ser.—Concluí ante las palabras de Sam. Ni Savannah McLaren podía ser tan inteligente, ni podía haberle borrado los recuerdos de manera errónea. No entonces, antes del ataque al Ministerio por parte de los radicales y de nuestro encuentro con Artemis Hemsley dentro de la condenada maleta. Antes de todo eso, mi mente estaba mucho más centrada de lo que lo estaba actualmente.

Frente a mi repentino ataque de pánico—aparecer herida sin recordar el motivo, sin duda era una razón de peso para sufrir uno—Sam ofreció unas cuantas opciones para aquella lesión tan extraña, tan específica. Ninguna me convencía, y no me convencían porque no recordaba haberme hecho eso, principalmente. Tampoco tuve mucha opción a responderle, a decir verdad, pues cuando intenté recordar algo… el dolor me golpeó de la misma manera que los latigazos golpeaban a los esclavos agotados que intentaban pararse a tomar un respiro durante la construcción de las pirámides.
Fue casi como si algo quisiese alejarme de dichos recuerdos, los cuales ni siquiera estaban allí. Primero fue el brazo, una sensación como si algo me lo aprisionara, y casi al momento, la cabeza. Me llevé ambas manos allí—haciendo un movimiento muy brusco con ambos brazos, lo cual acrecentó el dolor del izquierdo—y gruñí de dolor. Sentía como si tuviese algún tipo de maquinaria industrial pesada dentro de la cabeza, de esas que zumban constantemente y hacen retumbar las paredes aledañas. Mi cabeza se parecía mucho a esa imagen, y por momentos me daba la sensación de que algo se iba a romper ahí dentro.
Fue la voz de Sam lo que consiguió calmarme un poco. La escuché pronunciar mi nombre, y el dolor pareció disminuir muy levemente. Los ojos me lagrimeaban, y dichas lágrimas habían corrido por mis mejillas sin que me diese ni cuenta. Sentí entonces como me sujetaba por los hombros y, con suavidad, me tumbaba en la cama junto a ella.
No ofrecí resistencia, y cuando me pidió que cerrase los ojos, así lo hice. El dolor había decrecido en intensidad, como si el alejarme de aquellos recuerdos que era incapaz de alcanzar, el alejarme de intentar recordarlo, fuese la fuente de dicha disminución.

—Sí.—Respondí débilmente, cuando Sam me explicó lo del ungüento, y me pidió permiso para aplicarlo. Como es lógico, no vi a Sam levantarse de la cama para buscar la caja con las medicinas, pero sí noté el cambio de peso en la cama cuando mi amiga se levantó y, posteriormente, cuando volvió a ésta.

La sentí aplicar el ungüento—un tanto frío al principio, pero que enseguida empezó a tomar temperatura en contacto con el moretón—con delicadeza, con pequeños masajes, y no sentí dolor alguno. Mi mano derecha aún reposaba sobre la sien correspondiente, y dolor había adoptado un tinte tolerable: seguía molestándome mucho, pero tener los ojos cerrados y estar tumbada ayudaba.

—Vale.—Respondí a Sam, intentando sonreír ante su última broma. No creo que fuese demasiado convincente, pero lo intenté. Señalé entonces mi bolso, que todavía seguía en la cocina. En realidad, señalé en una dirección aleatoria, pues tenía los ojos cerrados.—Tengo unas pociones en mi bolso: pimentónica, con una etiqueta roja pegada, y analgésica, con una etiqueta verde. ¿Puedes cogerlas? ¡Ah, sí!—Señalé con el pulgar en la que yo creía que era la dirección en que se encontraba la mesilla, donde había dejado el frasco de esencia de hielo ártico.—Tres gotas de esencia de hielo ártico en la poción pimentónica. No más, o te podría dar hipotermia. Y después debes abrigarte bien...

Pero, en realidad, Sam no necesitaba tantas indicaciones como le había dado. Sam era una Ravenclaw, y seguramente ya había oído hablar antes de la esencia de hielo ártico. Preparó ambas pociones y, una vez nos hubimos medicado con ellas—y en mi caso, cuando me hube puesto de nuevo el pijama con un movimiento de varita—nos tumbamos a dormir.
Lo cierto es que me habría gustado enviarle un mensaje a Caroline antes de eso, pero en cuanto el dolor de cabeza se vio calmado por la poción analgésica, el sueño me invadió rápidamente.


Martes 6 de noviembre de 2018
Al mediodía.

Habiendo quedado atrás el incidente de la noche de Halloween, las cosas había vuelto a una normalidad… que daba escalofríos, a decir verdad. Y es que ni a Sam, ni a Caroline, ni a mí nos pasaba desapercibido el hecho de que, teniendo tanta información sobre nosotras como tenía Artemis Hemsley, la mortífaga no había hecho absolutamente nada en contra de nosotras. Y el mero hecho de que conociera la dirección de Caroline, y supiera que acogía en su casa a la mismísima Samantha Lehmann, suponía ya información de sobra para ganarse una jugosa recompensa.
Por no mencionar el hecho de que, con mucho menos de lo que parecía tener Hemsley entre sus manos, los hermanos Crowley habían sido capaces de hacer mucho más. Y mucho más que habrían hecho de no haber sido detenidos a tiempo.
Yo no dejaba de hacerme una pregunta muy sencilla: ¿Por qué no venía a por nosotras directamente? Si se presentaba en la casa de Caroline acompañada de unos cuantos secuaces suyos, seguramente podría apresar a ambas, y sacarle a Sam la información que tuviese sobre Allistar: ya fuese torturándola a ella, o torturando a Caroline.
No, pensé en un brote de iluminación, seguro que no lo hace porque sabe que Sam le dijo todo lo que sabía de Allistar. Aquello tenía sentido. Asumiendo que Hemsley sabía muchas cosas de ellas tres, por no decir todas, había que asumir que también sabía que Sam había dicho cuanto sabía sobre el pobre ex-profesor.


***

Ese martes había salido pronto del Ministerio, aprovechando un pequeño trabajo en el exterior que no había sido muy difícil de terminar. El típico caso rutinario de magia accidental presenciada por un indigente—un mago que se había aparecido en un callejón delante del susodicho—cuya complicación era mínima. Podría haberlo dejado en manos de Freya Howll si hubiese querido, y seguramente lo hubiese hecho tan bien como yo.
Sin embargo, preferí hacerlo en persona. De esa manera, había podido respirar un poco de aire puro, pues últimamente pasaba mucho más tiempo detrás de un escritorio que en el exterior. Aquello me agobiaba, teniendo en cuenta que, si bien cada vez me gustaba menos mi trabajo como desmemorizadora, una de las pocas cosas buenas que tenía era el salir al  mundo, trabajar de puertas para fuera. Alejada de aquel edificio en que se concentraba la mayor parte del mal que asolaba al mundo mágico.
Así que, una vez solucionado el problema—muy cordialmente, e incluso el mago responsable del incidente había permanecido en el lugar del suceso, mostrándose cooperativo y amable conmigo en todo momento—decidí caminar un rato. Terminé en el mercado de Leadenhall—el cual había sido, el verano anterior, el escenario de una de las acciones más lamentables del cuerpo de seguridad mágica—, donde compré algunos ingredientes… y me decidí a darles una sorpresa a Caroline y Sam.
Me aparecí en su apartamento, donde evidentemente todavía no estaba ninguna de ellas, y no perdí el tiempo: iba a prepararles una comida exquisita a las dos. Sería un menú vegetariano, en honor a Sam, pero no por ello menos delicioso. Así que, con un movimiento de varita me puse un delantal, me recogí el pelo, y me puse a trabajar.
Mientras picaba verduras para preparar una salsa de tomate, escuché el sonido de un picoteo en el cristal de la ventana del cuarto de Sam, cuya puerta estaba abierta para facilitar el tránsito de animales de un cuarto a otro. Extrañada, dejé de cortar las verduras y me encaminé hacia allí—seguida de Don Cerdito y Lenteja, que llevaban pegados a mí como lapas desde que había llegado—y vi a Doña Lechuza revoloteando delante de la ventana, que estaba cerrada. Tal vez Sam se hubiese despistado, y por eso la lechuza no podía entrar.

—Hola, Doña Lechuza. ¿Vienes a comer tú también?—Pregunté, divertida, después de abrir la ventana. El ave mensajera pasó al interior y aterrizó sobre mi hombro. En el pico llevaba una carta. La miré con curiosidad, preguntándome si tenía intención de dármela, o si solo iba a utilizarme de percha hasta que llegasen Sam y Caroline, propietarias originales de la casa. Finalmente, me aventuré a extender mi mano en dirección a la lechuza.—¿Me la das? Te prometo que se la haré llegar a su destinataria. Puedes contar conmigo.—La lechuza me miró con unos ojos que parecían no entender absolutamente nada de lo que acababa de decirle. Sin embargo, finalmente optó por el sí: abrió el pico, dejó caer la carta en mi mano, y entonces profirió un ululato que entendí muy bien.—Ya sé, ya sé: que no tienes pensado marcharte de aquí sin un premio a tu buen trabajo.—Sonreí, mientras volvía a la cocina con la lechuza al hombro, perrita y cerdito siguiéndome solícitos, y un gato que no quería verme ni en pintura observándome desde la mesa del salón.

Ofrecí a Doña Lechuza un pedacito de carne cruda como premio, mientras miraba la carta que tenía en mis manos. No la saqué del sobre, no en un principio, pero el remitente tenía un nombre japonés: estaba escrito con kanjis. Supuse que la destinataria debía ser Caroline, y que posiblemente se tratase de correspondencia privada… hasta que caí en la cuenta de que, debajo de los kanjis se podía leer una transcripción occidental del nombre en cuestión: Shinji Aoyama.

—Aoyama… ¿El fabricante de espadas mágicas?—Me pregunté, contemplando la carta con gran interés. ¿Habría conseguido Caroline ponerse en contacto con Aoyama y convencerle de que le explicase el motivo de que Hemsley hubiese contactado por él, Agathos Smith de por medio?


***

Fuera como fuese, Gwendoline tenía órdenes. Si Aoyama, Allistar o cualquier otro se ponía en contacto con ellas, Gwendoline debía informar a Artemis Hemsley de inmediato. Así que la bruja no dudó ni un segundo en rasgar el sello de cera del sobre, introduciendo a continuación los dedos para extraer la carta.

En este momento, la lechuza sobre su hombro se puso nerviosa. Quizás por su compromiso como animal mensajero, empezó a aletear y a ulular. Gwendoline se desembarazó de ella con un movimiento de su brazo, ante el cual la lechuza respondió echando a volar en dirección al cuarto de Samantha.

Con toda su concentración, Gwendoline leyó el contenido de la carta, procurando quedarse con todos los detalles para luego repetírselos a Artemis Hemsley. Una vez estuvo segura de que no se le olvidaría, volvió a meterla dentro del sobre, tomó su varita, y le prendió fuego a un extremo con un hechizo. La dejó sobre un cuenco y contempló las llamas mientras devoraban el pergamino, hasta que no quedaban más que cenizas.

Arrojó dichas cenizas al cubo de basura, una vez estuvieron frías. Sin embargo, al caer dentro de éste, parte del sobre seguía intacto: se alcanzaba a leer la palabra Aoyama. Gwendoline no se percató de esto, pero… ¿Qué más daba? ¿Quién iba a ponerse a rebuscar en el cubo de la basura?

Gwendoline reanudó su tarea, normalmente, cortando verduras para preparar una deliciosa comida para sus dos amigas.

Atuendo (Ignoren a la señora de pelo rosa):
What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen} 2UnYLoq


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 20, 2018 5:21 pm, editado 1 vez
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Nov 13, 2018 4:37 am

A pesar de que el incidente de Halloween quedó atrás, Sam seguía en tensión todo el rato. Y es que teniendo en cuenta que Artemis debía de saberlo todo, ¿cómo se supone que iba a vivir tranquila? Se sentía vigilada a cada rato, como si en cualquier momento, cuando ella quisiera y ya se aburriese de hacer LO QUE SE SUPONE QUE ESTÉ HACIENDO, pudiese aparecer a su lado y hacer con ella y sus amigas lo que les diese la gana. Y no, no se sentía en absoluto cómoda con la idea de que tuviera las cosas tan fáciles y pudiese jugar con ellas tres como le diese la gana. Pero claro, ¿qué narices iba a hacer? Así que por desgracia, tras hablarlo las tres, no había más que relativizar lo que había pasado y pensar que si Hemsley no había hecho nada es porque no necesitaba nada. Y era una mierda, porque Sam no había parado, desde entonces, de darle vueltas al asunto: ¿cuál era el motivo de que Grulla supiese todo esto y no hiciese nada al respecto? ¿Qué estaba esperando? ¿Qué la mantenía tan al margen?

Y vamos, otra cosa que no se le quitaba de la cabeza era lo rara que estaba Gwen y el inexplicable y misterioso suceso de su dichosa herida en el brazo. Vamos, que si ya su propia mierda pocas veces le dejaba dormir, esos dos temas le estaban quitando el sueño esos días, ¡ya esa semana se le habían caído cuatro vasos de café al suelo en el Juglar, de lo tensa que iba por la vida! Y os reiréis, pero había tenido que ir a la tienda a comprar más vasos con su propio dinero.

Pero poco tenía que hacer igualmente, más que seguir hacia adelante y ver qué pasaba. Sentía que no debía conformarse, pero igualmente tampoco podía hacer otra cosa.

Ese martes, ya recién acabado su turno en el Juglar, se apareció en casa muertísima de hambre con unas ganas muy bajas de hacerse nada de comer. Sin embargo, nada más aparecer directamente en la puerta de su habitación y entrar en ella, pudo oler que había comida en proceso. Como es evidente, asumió que era Caroline. Se giró mientras hablaba. —¿Has salido antes del trabaj...? —Pero se calló a medio camino, esbozando una sonrisa al ver que en la cocina no se encontraba Caroline, sino Gwendoline en compañía de sus dos mascotas más cariñosas. —¿Y tú qué haces aquí? —preguntó, tirando su mochila y el abrigo en su cama, para luego caminar hasta la cocina. Una parte de ella pensó que se podría acostumbrar perfectamente a volver a casa y encontrarse con Gwen siempre ahí, que misteriosamente le acababa de sacar una sonrisa de manera automática. Sintió como su cerdo y su perra le daban la bienvenida y como incluso, su gato, se había acercado de manera recelosa a sus piernas cuando Sam se acercó a Gwen. —¿Y todo esto? ¿A que debemos hoy el placer de tener a la Gwendoline cocinera en casa? —dijo sonriente, sin dejar de mirarla.

Desde lo ocurrido en el Magicland, Sam había notado un cambio bastante grande de ella hacia Gwen, un cambio ya conocido e inevitable que por mucho que intentase ocultar, cada vez sentía más evidente. Y se le notaba cuando en esas situaciones milagrosamente normales, una no podía dejar de sonreír o le invadía esa sensación tan desagradablemente agradable por todo el cuerpo.

Pero Sam se empeñaba en ignorarlo todo, asumiendo que en algún momento se le pasaría. Lo malo, en realidad, es que con el tiempo pasase justamente todo lo contrario. Pero como solía decirse, eso ya era problema de la Sam del futuro.

Doña Lechuza, por su parte, aleteó desde la habitación de Sam hasta la cocina, buscando a su dueña. La verdad es que la legeremante no se esperaba encontrarse a su lechuza en casa a esa hora, ya que la habían enviado a mirar la correspondencia esa misma mañana y no quedaba precisamente cerca. Era gracioso cómo Sam, con once añitos, se imaginaba la vida de las lechuzas. Es decir, ¿tu dueño te manda a la deriva a cruzar medio mundo y tú vas? ¿Tardas la vida en verso y más y… donde duermes? ¿En donde comes? ¿No descansas? Cuando Sam era pequeña se pensaba que en cada país había una OTLM, la Organización del Tratado de Lechuzas Mágicas, un lugar público para cada lechuza del mundo mágico en donde podía descansar, alimentarse y seguir con su camino. Pero claro, luego te ponías a pensarlo y eso no era así. Pero ella, con tal solo once años, le daba pena enviar a su lechuza a casa para mandarle correspondencia a sus padres, ¿sabéis lo lejos que está Escocia de Austria?

Dejando esa anécdota graciosa en segundo plano, la lechuza se posó en el hombro de la legeremante y ésta no dudó en dirigirse a Gwen. —¿Ya estaba aquí cuando llegaste? —preguntó, en referencia a la lechuza, mientras caminaba hacia la habitación. Doña Lechuza solía ser bastante obediente y ordenada, dejando la correspondencia de Sam sobre la cama de Sam—que solía ser poca, pues al ser fugitiva no le mandaban nada—y la de Caroline sobre la cama de Caroline. Sin embargo, la rubia caminó hacia su habitación y no vio nada. Luego se tomó la libertad de asomarse en la de Caroline y tampoco había nada. Se extrañó. Había pasado tiempo suficiente para recibir respuesta de Aoyama ('ñuñuñu, el japonés de las armas' en la mente de Sam), por lo que se resignó. Así que volvió a la cocina, acariciando la cabecita de su lechuza. —¿No había correo hoy? ¿O lo has vuelto a perder? ¿Qué te he dicho de atacar a los ratones a plena luz del día, Lechucilla mía? —Y el animal giró la cabeza, con reproche. Menos mal que no lo entendió del todo o hubiera mirado de manera acusadora a Gwen.

La lechuza se fue entonces a la cama de Sam, triste. La verdad es que la rubia se sorprendió de que no se fuese a su lugar habitual, un palo que habían clavado bien alto para que se pusiera a descansar allí sin que ningún animal—el capullo de Don Gato—le molestase. Por parte de Sam y sin caer en el desazón de su lechuza, caminó al interior de la cocina, para ayudar a Gwen con la comida. Lo primero que hizo fue lavarse las manos en el fregadero. —Qué raro, enviamos a Doña a la oficina de correo esta mañana. Ryosuke le había dicho a Caroline que ya había recibido noticias del japonés de las katanas y que nos había escrito hacía días. Por eso la mandé hoy porque ya debería de haber llegado a Londres. Pero… no había nada. —Como es evidente, era lo más fácil de asumir si Gwen no le decía lo contrario, ¿no? ¿Quién iba a suponer que ella había visto la carta? De nuevo era incapaz de pensar lo contrario viniendo de ella y, como es lógico, le contó todo. —Dime, ¿que hago? —preguntó, cambiando de nuevo a una sonrisa mientras se ponía el delantal naranja que solían tener en la cocina, se lo abrochaba en la espalda y se ponía a su lado.

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Pero sin el abrigo, bcz en casita hace calor <3
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Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Nov 13, 2018 7:35 pm

Para el momento en que Sam se apareció en medio del salón, de la cocina emanaba el embriagador aroma de una salsa de tomate casera que hervía a fuego lento en la cocina. Aquella receta—una de la propia cosecha de mi madre—siempre resultaba un éxito. Resultaba inevitable, con aquel aroma llenando mis fosas nasales, no recordar mi más tierna infancia.
Sobra decir que la receta original llevaba muchísimo más picante. Lamia Amery era de esas mujeres que serían capaces de engullir el aliento de un dragón y preguntar después dónde estaba el fuego de verdad. Por motivos de seguridad, especialmente si quería conservar mi amistad con Sam y Caroline, decidí reducir considerablemente la cantidad de pimienta empleada en la receta original.
De espaldas al resto de la casa, revolvía suavemente la salsa de tomate con un cucharón de madera cuando Sam preguntó si había salido antes del trabajo. O, más concretamente, si había salido antes del trabaj, porque la pregunta murió en sus labios cuando se dio cuenta de que yo no era la persona que esperaba. Un tanto menos pelirroja, para empezar.
Correspondí a la sonrisa de Sam, sintiéndome mucho más positiva últimamente. No había un motivo específico, a decir verdad; de hecho, seguramente habría más motivos para estar nerviosa que otra cosa, teniendo en cuenta lo que había ocurrido la noche de Halloween. Pero, simplemente, no podía evitarlo: me sentía bien. Y ni me había parado a preguntarme el por qué de esta subida de ánimos.

—Ven. Prueba esto.—Dije, ofreciéndole a Sam un poco de salsa con el cucharón cuando se acercó a mí. Después de que la probase, sonreí de nuevo.—Respondiendo a tus preguntas: sí, he salido antes de trabajar; estoy aquí porque me apetecía sorprenderos a ti y a Caroline con una comida casera...—Levanté entonces el dedo índice derecho, matizando—...vegetariana, por supuesto, pues no queremos hacer sentir violento a cierto cerdito...—Dediqué una mirada de complicidad la mascota de Sam, y la respuesta del cerdito, y de la perrita que tenía junto a él, fue ladear la cabeza con curiosidad—...y lo siguiente que has preguntado creo que ya ha quedado respondido. Pero bueno, más concretamente: surgió un pequeño trabajo muy sencillo en el exterior, el típico mago descuidado que se aparece delante de un sintecho, y teniendo en cuenta que ahora técnicamente soy la jefa de mi oficina, decidí tomarme el resto de la jornada libre para...—Y señalé significativamente el despliegue de cazuelas, ingredientes y especias que había montado en la cocina de mis dos amigas.

El aleteo de Doña Lechuza llamó la atención de Sam, procedente de su cuarto. También la mía. Volví una mirada curiosa en esa dirección, y en cuanto Sam se encaminó a su cuarto, se me cambió la cara: de estar sonriente pasé a estar seria. Fingiendo ignorar aquel asunto, me volví para seguir trabajando en la cocina.
Sin embargo, Sam no caminó mucho: la lechuza salió del cuarto revoloteando y acabó posada sobre su hombro. Para entonces, yo ya estaba dedicando toda mi atención a los ingredientes que faltaban por preparar. La pregunta de Sam me hizo dar un respingo, echando una mirada de reojo en su dirección.

—No.—Respondí, una expresión neutra en mi rostro, mientras deslizaba el cuchillo sobre un calabacín al que estaba retirando algunos pedazos de piel.—Al poco tiempo de llegar la escuché picotear en tu ventana y fui a abrirle. Supongo que se te pasaría dejarla abierta.—Respondí. Cualquier oyente avispado que me conociese podía haber apreciado perfectamente la variación en mi tono de voz y mi entonación: de repente, ésta parecía muy plana, casi como si recitase algo de memoria y no como si estuviese rememorando algo que, efectivamente, había ocurrido así.

Tras mi respuesta, Sam intercambió algunas palabras con su lechuza, y yo seguí a lo mío. Poco después, apenas unos segundos, Sam se reunió conmigo en la cocina, lavándose las manos en el fregadero con toda la intención de echarme una mano. Mientras tanto, mi amiga me explicaba una situación que en realidad yo ya conocía, pero igualmente la escuché hasta que terminó de hablar.

—¿Aoyama, dices?—Pregunté con curiosidad, sin mirar a Sam. Estaba demasiado concentrada en el cuchillo y las verduras.—Lo siento, no vi que trajese nada consigo.—Me encogí de hombros, en gesto de disculpa.—Quizás se haya retrasado. Ese hombre tiene pinta de vivir ocupado. ¿No dijo Caroline que forjar una sola de sus katanas ya le lleva alrededor de una semana, por todos los procesos y hechizos que tiene que aplicarles?—Esbocé una sonrisa divertida, negando con la cabeza.—Ni que forjase acero valyrio.—Añadí, una broma relacionada con cierta serie de televisión que Sam comprendería perfectamente.

Lo cierto es que al plato no le quedaba mucho trabajo. Era algo muy sencillo: convertir una serie de verduras en una especie de pasta. La salsa era lo que más tiempo tardaba en hacerse; lo demás, cualquiera podía hacerlo. Sin embargo, una Sam sonriente se ofreció a ayudarme, y no iba a decepcionarla.

—Pues verás: ahora mismo estoy pelando un poco por encima las verduras.—Señalé lo que había sobre la tabla de cortar: zanahorias, calabacín, calabaza, pepino... —No hace falta que queden perfectamente peleadas, pues lo que vamos a hacer con ellas es pasarlas por ese artilugio que parece una mezcla de afilalápices y reloj de arena para hacer una especie de espagueti. Lo único que tenemos que hacer es darle una forma adecuada a las verduras, y luego este chisme hará el trabajo.—Sonreí, divertida, preguntándome si Sam conocería ese chisme. Lo había comprado junto con todos los ingredientes, y teniendo una amiga vegetariana, algo me decía que le daría bastante uso.—Así que, ¿me ayudas a darles la forma adecuada, Sammy? Así acabaremos antes.

Ni siquiera me percaté de que le había llamado así. No en el momento. Sin embargo, cuando me di la vuelta para atender a la olla con la salsa… ahí sí caí en la cuenta. ¿Desde cuándo la llamaba yo Sammy? ¿Qué había sido eso? Me quedé congelada unos segundos, intentando comprender qué me acababa de pasar. Y es que dicho apelativo, dicho mote, solamente se lo había escuchado decir a una persona.
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