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What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 03, 2018 4:07 am

Recuerdo del primer mensaje :

What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen} - Página 6 LvxzAzY
Miércoles 31 de octubre, 2018 || Apartamento de Caroline Shepard y Samantha Lehmann || 23:09 horas || Atuendo de la intrusa

Miércoles 31 de octubre, 2018 - 22:35 horas
Uno de los pisos francos de Artemis Hemsley

Artemis Hemsley cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda, al tiempo que dejaba escapar un prolongado bostezo. Se la notaba cansada, casi como una persona normal que había salido tarde del trabajo, o que llevaba haciendo horas extras toda la semana. Nada más lejos de la realidad con aquella mujer.

Gwendoline, una muñeca inerte con la mirada perdida, permanecía sentada en una silla, frente a la cama de Artemis. La mortífaga, casi como si ignorase la presencia de la desmemorizadora, o como si para ella no fuese más que un objeto inanimado, continuó maquillándose frente al espejo de su tocador. ¡Oh, sí! Y estaba totalmente desnuda, como si no tuviese ninguna invitada o no le preocupase lo que ésta pudiese ver. A tal nivel había llegado su confianza con Gwendoline Edevane.

Repítelo.Dijo Artemis, observando el resultado de su pequeña sesión de maquillaje en el espejo. Estaba casi satisfecha, pero ese lápiz de ojos… no acababa de convencerla.

—Caroline va a una fiesta de Halloween hoy. Estará fuera gran parte de la noche.—La voz de Gwendoline sonaba monótona, casi como una voz muerta. No existía emoción alguna en su entonación. Se limitaba a obedecer cada orden que Hemsley, su titiritera, le daba.—Sam está trabajando. Al ser noche de Halloween, también volverá tarde a casa...

Artemis asintió con la cabeza, al tiempo que se retocaba las pestañas con un poco de máscara. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, se puso en pie y caminó por la estancia hasta llegar a la cama. Una vez allí, se sentó frente a Gwendoline. En su rostro aparecía una sonrisa enorme, que algunos podrían confundir con una agradable, pero que no lo era: Hemsley escondía sus dientes debajo de aquella sonrisa.

Lo has hecho muy bien, mi pequeña Gwendoline.Felicitó, risueña, la mortífaga. Entonces, su rostro se puso triste.Pero me has fallado: no me has traído la información que te pedí. Sigo sin saber una mierda sobre Allistar.Artemis apretó el puño, y su rostro se tiñó de ira. Gwendoline se puso visiblemente tensa, pero no alteró la posición en la silla. Lo tenía prohibido. La mortífaga la perforó con los ojos durante unos segundos más, antes de suavizar un poco su expresión.Tranquila, muñequita. Soy buena persona, y voy a darte una última oportunidad de redención.Y compuso una sonrisa que, de lo amplia y fingida amable que era, provocaba escalofríos.

Artemis se puso en pie y, haciendo gala de su dominio sobre la magia no verbal sin varita, con un simple gesto hizo aparecer ropa sobre su desnudo cuerpo de ébano. Se trataba de un disfraz de gata, mayormente de cuero. Se dio una vuelta delante de Gwendoline, como una niña orgullosa de su traje de graduación el día del baile.

¿Qué pinta tengo? ¿Estoy irresistible o no?Por supuesto, Gwendoline no respondió. No tenía tal capacidad: en aquel estado, sólo podía obedecer órdenes directas.Voy a una fiesta de Halloween, y después quizás tenga algo más de diversión.Hemsley sonrió de forma traviesa e hizo aparecer un látigo en sus manos, azotando el suelo con él a continuación. Gwendoline permaneció impasible.Pero no te preocupes: para ti también hay disfraz. No pensarías que iba a ser yo la única que disfrutaría de Halloween, ¿no?Y, con una risita, Hemsley hizo un nuevo movimiento de manos, esta vez en dirección a Gwendoline.

La ropa de la joven cambió: ahora, vestía totalmente de cuero negro, con una chaqueta con capucha reluciente. Ésta caía sobre los hombros de la mujer blanca, y la mujer negra la tomó, poniéndosela por encima de la cabeza con delicadeza. La miró como quien mira a una hija antes de ese hipotético baile de fin de curso, a fin de comprobar que todo esté en orden con el vestuario y el peinado.

Sammy tiene algo muy importante. Ha puesto sus sucias manos de ladrona de magia sobre mi espejo. Y tú, mi querida Alice, vas a recuperarlo.Artemis sonrió como una niña buena, y sin perder esa sonrisa, añadió:Esta vez, no admito fallos: como no cumplas la misión, te prometo, mi niña, que vas a saber lo que es el dolor. Y esas cosas que he visto en tu cabeza, eso de los hermanos Crowley, me ha dado muchas ideas. Créeme...

Gwendoline Edevane tenía miedo. Quizás la maldición Imperius no le permitiese mostrarlo, pero lo tenía. Y sabía que Hemsley hablaba en serio: el fracaso no estaba permitido, o pagaría las consecuencias.

***

Una figura femenina envuelta vestida de negro hizo su aparición en plena calle, enfrente de la vivienda que Caroline Shepard compartía con la fugitiva Samantha Lehmann. El cuero negro la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Observó la vivienda durante unos cuantos segundos, evaluando cualquier tipo de riesgo, y cuando estuvo segura de que no había ninguno, la mujer avanzó con paso decidido, cruzando la calle.

Se detuvo apenas unos instantes ante la puerta, sacando la varita de la manga de su chaqueta. La empuñó con una mano enguantada en cuero negro y la apuntó hacia la cerradura. Un hechizo Alohomora no verbal destrabó la cerradura con un chasquido metálico. La mujer apoyó su otra mano, la zurda, sobre la puerta, y empujó suavemente. Ésta se abrió apenas unos centímetros, lo justo para que la mujer echase un breve vistazo a la penumbra que reinaba en el interior.

Conjuró entonces un hechizo Echoes, el cual reveló la presencia de algunos seres vivos en el interior: los animales de la sangre sucia, seguramente. Ningún ser humano se encontraba en aquella casa, y la mujer de la capucha supo que era el momento perfecto para entrar. Nada más hacerlo, cerró la puerta tras de sí, y con un nuevo hechizo, sus ojos comenzaron a ver en la oscuridad.

Sobre la mesa, cerca de la entrada, se encontraba el gato de Lehmann. Éste, nada más ver a la desconocida, se puso en pie, curvó su espalda, y empezó a gruñir a la recién llegada. El pelo de su lomo se había erizado, y había adoptado una actitud hostil.

—Shhhh...—La mujer se llevó el dedo índice izquierdo al lugar donde estarían sus labios. En su lugar, estaba la máscara.

El gato, por supuesto, no obedeció a su educada solicitud de silencio, y la mujer tuvo que dejarlo dormido con un Leniendo no verbal. El animal cayó desplomado, sobre la mesa, durmiendo plácidamente.

***

La enmascarada cruzó el umbral la puerta abierta del cuarto de Lehmann. Nada más hacerlo, se encontró con los otros dos animales sobre la cama de la sangre sucia. No dormían, ni mucho menos: el cerdito había alzado la cabeza con curiosidad, mientras que la perrita observaba a la desconocida, confundida; movía y dejaba de mover la cola de manera intermitente, como si no fuese capaz de comprender lo que veía.

La mujer no perdió el tiempo: también durmió a aquellos dos.

Con los animales fuera de combate, y la vivienda a su total disposición, pudo finalmente quitarse la máscara. Era útil para ocultar su identidad, pero limitaba un montón su campo de visión. La dejó sobre la cama de Lehmann y entonces, en la oscuridad, se puso a buscar el objeto que Hemsley le había ordenado recuperar: el espejo. Mientras tanto, la puerta del cuarto de Lehmann permanecía abierta.

La máscara:
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Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 27, 2018 4:55 am, editado 2 veces
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ene 04, 2019 3:02 am

“Tienes en tus manos el poder para crear realidades, para destruir mentes, para infligir dolor a aquellos que te lo han causado a ti sin siquiera tener que mancharte las manos… y te conformas con ese uso que das a tus poderes…”

Una cosa estaba clara: Samantha Lehmann y Artemis Hemsley tenían distintas definiciones de lo que significaba la palabra ‘grandeza’ y cómo conseguirla. Y le parecía repulsivo cómo Artemis sólo podía ver ese tipo de cosas en algo tan grandioso como realmente era la legeremancia, capaz de hacer cosas tan buenas que se veían eclipsadas por tanta maldad. Y es que, por personas como ella, había realmente tanta inmoralidad detrás del estudio y la profesión de la legeremancia.

No contestó porque de verdad sentía que mantener una conversación con Hemsley era una absoluta pérdida de tiempo y que entrar en su juego no ayudaría en nada. Además de que la columna con la que se estaba cubriendo explotó, por lo que a Sam solo le quedó protegerse con una barrera. Para cuando volvió a estar frente a frente a ella, con la varita bien en alto, vio como conjuraba unas estacas de hielo sobre ella. Sam estaba preparadísima para protegerse—o al menos intentarlo, pues algo le decía que iba a ser complicado—para cuando vio como aquella cuerda se enganchaba en la mano de su enemiga, evitando que terminase de conjurar nada. Pudo ver a Gwen e inmediatamente se preocupó, sobre todo al ver como terminaba frente a Artemis, congelada.

La verdad es que después de ver lo que le había hecho a Caroline y que ahora mismo Gwen, dicho de la manera más fea posible, ya no le servía, Sam vio venir lo que Artemis haría para demostrar su poder. Y, sinceramente, no estaba en condiciones de enfrentarse a una situación así. Es por eso que cuando elevó la katana en contra de su amiga, declarando abiertamente su muerte, la mano que sujetaba la varita de Sam recorrió el aire de atrás hacia adelante, haciendo que un ladrillo saliese despedido violentamente hacia Artemis y golpease su katana a la altura de sus manos, desviando el tajo. Artemis miró a Sam en ese momento, con rostro enfurecido por el grano en el culo que parecía ser la sangre sucia.

Después de eso, las secuencias de cosas que ocurrieron fueron rápidas. Artemis apuntó con una de sus manos—la del anillo—a Sam y un hechizo la golpeó en el torso, lanzándola hacia atrás fuertemente; rompió uno de los muebles desmejorados, hundiéndose entre madera y escombros. Artemis volvió su mirada a Gwen quién seguía allí, mirándola con un miedo que paralizaba sus huesos. Grulla no dudó ni un segundo, volvió a empuñar su katana y sin ningún tipo de misericordia, bajó el filo hacia Gwen, clavándoselo en el pecho, a una altura que sin duda alguna sería mortal.

Regocijándose en su asesinato, la mirada de Artemis giró hacia donde estaba Sam, esperando ver allí a la rubia en un estado emocional deplorable al no haber hecho nada por salvar a su amiga. Encontró a una Sam en el suelo, de rodillas, con una mirada perdida sobre su amiga y llorando por haber presenciado aquella escena sin poder hacer nada por evitarlo. Entonces sacó la katana de la morena y, con un movimiento lateral de su mano anillada, la katana recorrió el aire hasta clavarse en el vientre de Sam en una zona no mortal, dejándola con los ojos bien abiertos.

Sin embargo, cuando eso ocurrió y Artemis llamó de nuevo a su katana, la figura de Samantha desapareció como si se tratase de humo, al igual que la de la Gwendoline que estaba justo enfrente de ella. La mujer miró para todos lados en busca de Lehmann y Edevane, pero no encontró a nadie.


Mientras tanto…

El haberle tirado aquel ladrillo a Artemis, además de para evitar que aquello llegase a mal puerto, había sido para tener de nuevo su mirada. Sabiendo como era, dudaba mucho que se esperase que Sam volviese a recurrir al truco que no le había funcionado. Es por eso que desde que vio la posibilidad de volver a entrar a su mente, no la desperdició. Cuando ya estuvo en la mente de Artemis, le hizo una señal a Gwendoline para que viniese rápido hacia donde estaba ella. Sam estaba concentradísima, por lo que le señaló a Gwendoline la dirección en donde había visto la varita de Caroline para que la recogiese. Se apartó entonces de donde estaba para acercarse a su amiga, justo a tiempo de que Artemis hubiese lanzado la katana en aquella dirección. A contrario de lo que vio la mujer, la katana se había clavado en un trozo de madera que estaba detrás de Sam y no en la legeremante.

Después de eso, las dos amigas se dieron la mano y se desaparecieron juntas hacia la casa, haciendo que la ilusión de Hemsley llegase a su fin. Nada más pisar el suelo de su casa, se pasó su mano por las mejillas. Y es que el hecho de crear una ilusión te hacía partícipe de ella y de ninguna de las maneras era bonito ver a tu amiga morir. Mucho menos de esa manera.

Así que cogió aire, caminando hacia su habitación porque había visto salir de allí a todas sus mascotas. Vio a Caroline, herida pero viva. Viva. Apoyó su espalda contra el marco de su puerta, cogiendo aire porque se sentía todavía con muchísima presión en su interior y los nervios a flor de piel. Y es que, después de todo, no eran ni de lejos rival para Hemsley y el simple hecho de imaginar que alguien como ella era, declarada oficial, su enemiga, le erizaba la piel.

En mitad de su intento de volver en sí misma, un señor japonés apareció repentinamente en mitad de aquel salón. Se llevó un susto de muerte, pensando que Artemis podría perseguirlas para acabar con todo aquello. Sin embargo, era Ryosuke, en pijama. Y es que allí debería ser muy pronto, amaneciendo aquella mañana de viernes. Sam le señaló la habitación y él entró rápidamente, atendiendo a Caroline. —¿Tú estás bien? —preguntó a Gwen tras recobrar el aliento, antes de recobrar la compostura para entrar a ayudar a Ryo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Caroline Shepard el Miér Ene 23, 2019 10:00 pm

Muchos estudios señalan que el cuerpo humano en momentos de peligro logra cosas imposibles, como levantar cosas que pesan el triple o cuádruple que uno, o correr rápidamente aunque tengas un esguince en la rodilla, o saltar alturas inimaginables al ver que un gran hipopótamo quiere tragarte con su gran bocota. En esta oportunidad, Caroline estaba logrando lo inimaginable, levantarse ataque tras ataque de Grulla, pese a la nula consideración que ella tenía hacia su persona. Le dolía todo pero aún así le quedaban fuerzas para seguir generando la resistencia que permitiría que Sam pudiera salvar a Gwen de aquel hechizo del cual estaba inmersa. Sólo debía resistir, como un fuerte roble a los ataques, consciente de que tarde o temprano sus amigas vendrían a ayudarla, porque estaba segura que Sam lo lograría, porque tanto ella como Gwen eran mujeres muy fuertes por separado, pero juntas eran invencibles.

Pero cuando la katana atravesó su hombro, sintió un dolor jamás experimentado hasta esa fecha, sintió por unos momentos que su sangre hervía y quería salir explotando por todo su cuerpo; ojos, boca, y uñas. Era un dolor indescriptible, y cuando la sacó de esa manera tan brutal, ese dolor se multiplicó y se tradujo en un grito desgarrador y visceral. Sus ojos se le aguaron, y algunas lágrimas comenzaron a salir cubriendo su rostro, no quería llorar, no quería mostrar debilidad pero en ese preciso momento, la pelirroja había perdido en gran parte dominio sobre su cuerpo. Ahora el se manifestaba solo, se quejaba sin recibir órdenes conscientes, sino más bien naturales, intrínsecas de alguien a quien se le ha enterrado una gran katana, y al sacarla su sangre sale de manera desbordada, al igual que miles de imágenes que, aunque sea por unos segundos, le ayuden a seguir resistiendo, y a darle frente a ese ser despiadado.  

Lo que continuó a aquello, tampoco lo pudo evitar ni hizo ademán de hacerlo, recibió golpe tras golpe en una especie de trance, como si se encontrará sumamente concentrada en no caer de una cuerda floja que no paraba de moverse, y de la cual ella se aferraba con todas sus fuerzas, pero sin poder hacer nada más para evitar su larga y dolorosa caída. Ya ni siquiera escuchaba del todo las palabras de Hamsley, tampoco le importaban. Ahora, solo deseaba la dulce mirada de Sam o escuchar la contagiosa risa de Gwen. Deseaba que las cosas fueran diferentes, y que esto solo fuera una horrible pesadilla de la cual despertaría más temprano que tarde. Pero cuando observó esa mirada despectiva de la maga sobre ella, tentandola a seguir luchando, fue consciente que por más deseara aquello, no iba a cumplirse si ella no seguía luchando,, por lo que aunando todas sus fuerzas hizo el ademán de levantarse nuevamente del suelo e ir nuevamente contra ella, sin varita y con un dolor que no le permitía ni respirar en paz. Pero vamos, dicen que el amor lo puede todo, y joder... ella amaba profundamente a las dos magas que se encontraban en la otra habitación.

- ¿Sam?.- susurró débilmente cuando escuchó esa voz. Quiso agregar un "No, vete de aquí. No la enfrentes" pero sus fuerzas sólo le alcanzaron para nombrar a su amiga. La sangre seguía saliendo por borbotones de su cuerpo y ella cada vez se sentía más mareada y débil. Y ahí, justo ahí cuando creyó que se quedaría allí a observar como su mejor amiga y peor enemiga luchaban sin poder hacer absolutamente nada para evitarlo, frente a sus ojos apreció la dulce mirada de Gwendoline Edevane. Le invitó a tomar su mano y largarse de allí, pero la pelirroja se resistió en un comienzo, balbuceando cosas sin sentidos, pero que podrían traducirse como "No me iré de aquí sin Sam". Pero luego, ya no hubieron más preguntas, ni invitaciones, solo sintió las manos de Gwen sobre ella y luego todo se fue a negro.

Cuando llegaron a casa siguió balbuceando negativas pero cada vez menos entendibles, se sentía completamente débil y todas sus fuerzas se centraban en no perder la consciencia.  Gwen actúo rápidamente, mientras Caroline seguía en un batalla campal contra su propio cuerpo, y contra sus párpados que a cada cerrar amenazaban con hacerlo por un tiempo prolongado o tal vez para siempre. Y a medida que la castaña seguía accionando, su dolor fue disminuyendo, aunque levemente, casi imperceptibles fueron las mejoras, pero al menos fueron como ese aliento que uno necesitaba para llegar al otro lado del río y caer rendido en tierra firme. Por lo que cuando tuvo aquel móvil en su mano, marcó la contraseña para luego marcar el número de Ryo, y ahí cuando escuchó esa siempre amable y tranquilizadora voz, sólo atinó a decir.- Ryo, ven, por favor...

***

Ryosuke se encontraba plácidamente dormido, soñando tal vez con aquella época mágica en Japón donde los cerezos vuelven a teñir las calles de color, o quizás en esa mirada que en más de una ocasión le ha robado el aliento. Fuera lo que fuera lo que estaba soñando lo hacía dormir con una gran sonrisa en el rostro que denotaba que el sueño que estaba teniendo era de esos que te alegran toda la mañana siguiente. Pero de pronto, en medio de toda esa calma, su móvil sonó. Y él, quién está preparado para estar atento y reaccionar rápidamente a cualquier estímulo, se levantó sin mayor problema y tomó su móvil para saber quién lo llamaba a tan altas horas de la mañana, donde ni siquiera los gallos han osado levantarse.

Vió que decía Gwendoline Edevane, y contestó enseguida.- ¿Aló? ¿Gwen? ¿Qué pasó?.- preguntó claramente preocupado, ya que sabía que si recibía una llamada de esa parte del mundo quería decir que habían problemas, y que necesitaban su ayuda. Le encantaría recibir más llamadas de ellas invitandolo a tomar un té, pero a él no le importaba ayudarlas, siempre que en sus manos estuviera alguna solución para ello, y sino, claramente se pondría en marcha para inventarles una. Lo que lo sorprendió fue escuchar la voz de Caroline al otro lado del auricular, y una voz que hizo que su piel se le pusiera de gallina.- ¿Carol? ¡¿Carol dónde estas?!.- preguntó alarmado, pero no recibió más respuestas.

Se levantó rápidamente, corrió hacia el mueble más cercano, tomó un bolso y sin delicadeza alguna hecho todo el contenido de aquella despensa, que en su mayoría eran pociones, vendas y sustancias para curar heridas graves en su bolso. No había escuchado para nada bien a su amiga, y él siempre se preparaba para lo peor, porque así el efecto sorpresa no lo inmoviliza a la hora de accionar. No sabía dónde estaba, pero él sería capaz de recorrer todo el mundo por Caroline Shepard, por lo que su primera parada, fue la casa de la pelirroja.

La primera persona que vió al aparecerse en la casa de su amiga fue Samantha, hizo un ademán de dedicarle un sonrisa pero el rostro de la rubia se lo impidió enseguida, todo indicaba que algo muy malo acababa de ocurrir, por lo que cuando le señaló la habitación de la pelirroja no dudó en correr hacia allá.

- ¡Carol!.- exclamó al ver a su amiga blanca como la nieve, con marcas moradas, y sangre por todas partes. Corrió hacia ella, y comenzó a moverse rápidamente, sacando y sacando cosas de su bolso. No preguntó nada, ni dijo nada, sólo atinó a accionar, por inercia, por una necesidad intrínseca de querer ayudar a la persona que se encontraba en aquella cama y que ni siquiera quería imaginar no contar con su presencia en su vida. Sudó como loco, y se movió tan rápido que de seguro mañana le dolería su cuerpo como si hubiera entrenado por horas, por el miedo y la tensión que habitaba en su cuerpo por temor a cometer algún error, pero que de manera magistral el japonés lograba disfrazar con un rostro completamente neutro y sumamente concentrado.

Y sólo se permitió respirar con mayor tranquilidad, cuando todas las heridas de la pelirroja dejaron de sangrar, y el color de vida comenzó a inundar nuevamente la piel de la magizoologista. De ahí en adelante, sólo le quedaba a la pelirroja descansar y tener cuidados intensivos.  Salió de esa habitación destruido, como si acabara de llegar de una larga y pesada batalla. Y con mirada perdida se dirigió hacia la silla más cercana y dejó caer todo su peso en ella.

- No...no les preguntaré nada por el momento. Más que nada porque creo que aún sigo dormido y acabo de ver a una de mis mejores amigas casi desangrada total. Tan solo...les quiero pedir, por favor.- unió ambas manos en un gesto de plegaria y levantó su vista para clavarla en ambas magas.- Y repito, por favor, prometanme  que la próxima vez que me llamaran será para invitarme el té más unas galletas de chocolate. Nada más que eso, por favor.- terminó por decir soltando una leve risita cansada.

Miró el rostro de preocupación de ambas, de seguro el mismo que él tuvo al mirar en ese estado tan deplorable a Carol.- Ella estará bien, ya saben...esa pelirroja es fuerte.- les dijo para tranquilizarlas sonriendo débilmente de lado.- Pero deberá por un tiempo recibir cuidados intensivos, más que nada en su hombro,para que ese daño no sea crónico, deberán obligarla a que tome sus médicamente y tome descanso. Conozco a Carol y sé que querrá salir a vivir su vida como si nada, y no. No deben dejarla ¿ok?.- por primera vez Ryo sonó realmente serio. Pero es que quería dejar aquello realmente claro, porque s fuera por él se mudaría a la habitación de su amiga para cerciorarse, pero sabía que eso practicamente imposible, más que nada por que el tenía una vida fuera de allí, y segundo porque de seguro la pelirroja se negaría rotundamente ante aquella descabellada idea.
Caroline Shepard
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Gwendoline Edevane el Jue Ene 24, 2019 8:58 pm

Gwendoline regresó al edificio abandonado justo a tiempo para escuchar el delirante discurso de Artemis Hemsley, cuya visión del mundo estaba totalmente alienada. Por suerte o por desgracia, la morena no era ajena en absoluto a los pensamientos de la mortífaga, la cual había estado en su cabeza más tiempo del que quería recordar. Y una cosa estaba clara: solo la motivaba el poder, y si existía dentro de ella un ápice de bondad, Gwendoline nunca lo había visto. Por supuesto, no era lo mismo tenerla a ella en su cabeza que estar en su cabeza, por lo que perfectamente podría estar ocultando todo aquello que la hacía humana, pues para Hemsley, ser humana era sinónimo de ser débil.

Gwendoline se asomó desde detrás de la columna que le servía de escondite, junto a una vieja fotocopiadora láser cuyos días de servicio habían acabado, muy posiblemente cuando alguien había arrancado la tapa y destrozado el cristal con algún tipo de objeto.

Artemis se encontraba de espaldas a ella, unos cuantos metros más allá. La mortífaga simplemente alzó su mano izquierda, en la cual llevaba puesto el anillo mágico forjado por Aoyama, e hizo saltar por los aires una columna. La morena cerró instintivamente los ojos y se ocultó tras la columna, en un intento por evitar los fragmentos de que salieron despedidos en todas direcciones.

Volvió a asomarse justo a tiempo de ver a Hemsley alzando su mano por encima de su cabeza, y a Sam totalmente expuesta en el lugar dónde antes había una columna. Sobre la mano de la mortífaga se formaron varias estacas de hielo, y su intención quedó más clara que nunca.

Gwendoline, impulsada por el apremio de proteger a la persona que amaba, emergió de detrás de la columna e hizo lo primero que se le ocurrió para evitar aquello: ejecutó una floritura con su varita, la apuntó hacia la mano de Hemsley, y una cuerda brotó de la punta del artilugio mágico que tan primitivo parecía en comparación con el anillo mágico de su enemiga. Una cuerda brotó de la varita y surcó el aire serpenteando en dirección a la mano de Hemsley. Se enredó en su muñeca y entonces se tensó.

El hechizo de Hemsley se desvaneció en pleno aire, muy posiblemente fruto de la desconcentración de la mortífaga.

El rostro de Hemsley se volvió en dirección a ella, y la miró por encima de su hombro. Gwendoline se sintió paralizada de inmediato, por lo que nada pudo hacer para evitar lo que ocurrió a continuación: Hemsley la arrojó por los aires, haciéndola aterrizar de bruces al lado de ella, totalmente a su merced.

El miedo se adueñó de ella. No habría podido moverse ni aunque lo hubiera intentado, y lo único que pudo hacer fue mirar con horror a su enemiga. Le temblaban las piernas, y por un momento estuvo segura de que estaba mirando a la muerte a los ojos. ¿Qué posibilidades tenía ella, indefensa y pequeña, contra semejante monstruo que además parecía invencible? Si Caroline no había tenido oportunidad alguna, ¿qué le quedaba a ella más que resignarse y aceptar su destino? Porque por mucho miedo que tuviera de morir… de allí no había escapatoria.

De nuevo con la katana en sus manos, Hemsley pronunció las últimas palabras que Gwendoline escucharía en su vida. Le hubiera gustado sentir asco por la palabra ‘muñequita’ en aquellos momentos, pero su miedo no le permitía sentir otra cosa.

Cerró los ojos, esperando sentir la fría puñalada de la espada japonesa en su corazón, aceptando a regañadientes que no le quedaba otra. Podría asegurar que escuchó la hoja cortando el aire mientras se dirigía hacia ella, pero perfectamente podía ser fruto de su imaginación; sí escuchaba, en cambio, el acelerado latido de su corazón, casi como si éste pretendiera ser el último recuerdo de su mente.

Todo había terminado… o tal vez no.

Lo que sí escuchó Gwendoline fue el inconfundible sonido de acero contra piedra cuando la hoja de la katana se estrelló contra el suelo a su lado, y entonces abrió los ojos. Y lo que vio fue a Hemsley… aparentemente atacando a la nada. Su sorpresa fue tal que no cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que pasaron un par de segundos, y buscó a Sam con la mirada.

La rubia, con gestos, le indicó que se acercara a ella, y solo entonces el cuerpo volvió a obedecerle. Y menos mal, puesto que Artemis lanzaba nuevamente un espadazo en la dirección en que se encontraba Gwendoline. Logró esquivarlo por muy poco, y hecho aquello, medio se arrastró en dirección a su amiga, después de recoger su varita caída a los pies de Hemsley.

Sam le señaló algo, y cuando Gwendoline miró en la dirección en cuestión, lo único que vio fue la varita de Caroline. Estuvo muy tentada a dejarla donde estaba y coger a Sam para largarse de allí, pues ir a buscarla le parecía un riesgo absurdo. Tenían una oportunidad de huir, y las varitas, por muy queridas que fueran eran reemplazables; sus vidas, no. Podéis imaginaros lo poco dispuesta que estaba Gwen a arriesgarse a morir cuando acababa de salvarse por los pelos.

Y no fue a buscarla, de hecho. Mientras Hemsley se batía en duelo con la nada, la morena utilizó un hechizo Accio no verbal para atraer la dichosa varita. Ésta se movió velozmente en su dirección, y debido al temblor de sus manos no pudo atraparla. En su lugar golpeó en su pecho y estuvo a punto de caer al suelo, pero con una torpeza estrema logró evitarlo con sus brazos.

Sam se movió justo a tiempo del lugar en que se encontraba, pues Artemis Hemsley lanzó una estocada en esa dirección y atravesó lo que parecían ser los restos de un escritorio de madera que había justo detrás de ella. Por su expresión, llena de pura satisfacción, Gwendoline se imaginó lo que estaba haciendo, al menos en su cabeza.


De vuelta en la vivienda de Caroline Shepard y Samantha Lehmann

Nada más aparecerse en la casa que Caroline y Sam compartían, Gwendoline sintió que le fallaban las piernas y, efectivamente, terminó cayendo de rodillas en el suelo. Sostenía una varita en cada mano, y todo su cuerpo temblaba. Permaneció allí, con la mirada perdida, y ni siquiera se inmutó ante la aparición de Ryosuke en medio del salón. Y es que ahora que estaba relativamente a salvo, Gwendoline tuvo tiempo para darse cuenta de todas las cosas que habían ocurrido por su culpa, y de lo cerca que habían estado las tres de no contarlo.

No dijo nada cuando Sam le preguntó, casi como si hubiera perdido el habla. Se limitó a mirarla a los ojos durante un breve momento, para después volver a mirar el suelo. La legeremante no necesitaba de sus dones para leer mentes para interpretar aquella mirada: nada estaba bien, y muy probablemente no volvería a estarlo hasta dentro de mucho tiempo.

Seguía en la misma posición, en el mismo sitio, en el suelo, cuando Ryosuke salió de la habitación de Sam, en la cual había dejado Gwendoline a Caroline. El japonés se dejó caer en una silla, agotado, y Gwendoline solo se atrevió a mirarle de soslayo. Le agradecía que no preguntara al respecto, puesto que ella sabía lo que había pasado: todo aquello era culpa suya, no había más. Había sido débil, y su debilidad casi le había costado la vida a todas ellas aquella noche.

Nada la hizo sonreír: ni la broma de Ryosuke, ni el hecho de que Caroline fuera a ponerse bien. Lo único que podía repetirse en su cabeza era que aquello era culpa suya, que no habría que sentirse aliviada de que Caroline fuera a estar bien de no ser por su debilidad mental.

Seguía en silencio cuando se puso en pie, caminando en dirección a la habitación de Sam. Las piernas estuvieron a punto de fallarle cuando vio a Caroline allí, tumbada. De hecho, si terminó de rodillas junto a ella, en el suelo, fue porque le temblaban tanto las piernas que temió caerse encima de ella si no se rendía y se arrodillaba.

Puso una mano sobre el hombro de ella—el sano, no el otro—y miró a la pelirroja a los ojos. Los suyos estaban húmedos, y pronto empezaron a caer lágrimas por sus mejillas.

—Perdóname.—Le pidió en un hilillo de voz.—Todo esto es por mi culpa. Perdóname.

Una vez más, Caroline Shepard intervenía para salvarle la vida a una de ellas. Y quizás Sebastian Crowley no hubiera estado a la altura del desafío, pero Artemis Hemsley simplemente era una rival imposible para ellas. ¿Cómo se habría sentido Gwendoline si en esos momentos tuviera que lamentar la muerte de Caroline? Como un despojo humano, le respondió su propia mente.


Artemis Hemsley
Piso superior del almacén Siete Hermanas

Furiosa, Artemis Hemsley la había emprendido a golpes con el escritorio que había atravesado con su espada cuando creía que estaba apuñalando a Lehmann. La hoja del arma impactó una y otra vez contra el elemento mobiliario, arrojando astillas en todas direcciones. Finalmente, la mortífaga asestó una puñalada más al escritorio devencijado y destrozado, dejando su arma clavada ahí.

Dio un par de pasos por la oficina antes de lanzar un grito de pura frustración, para acto seguido cerrar el puño izquierdo. El anillo se iluminó en su dedo, y de Artemis empezaron a brotar violentas descargas eléctricas en todas direcciones.

Estaba furiosa. Se habían librado. La habían engañado con un truco burdo que no había funcionado la primera vez. Podría haberlas tenido a las tres entre sus manos aquella misma noche, y en cambio habían huido.

No por mucho tiempo.Aseguró Artemis. Los rayos dejaron de brotar de ella, y la mortífaga tomó de nuevo su espada. Con ella en la mano, caminó hacia la estancia contigua, donde se encontraba una Savannah McLaren inconsciente. No necesitó más que un sencillo Ennervate para despertarla.¡Coge tu maldita varita!Ordenó una Artemis fuera de sí, apuntando a Savannah con la katana. La universitaria, aterrorizada, no hizo lo se le ordenaba, sino que se arrastró utilizando manos y pies, apartándose de Artemis hasta que su espalda topó con la pared. Su rostro era una máscara horrenda de pánico, acentuada por las cicatrices que la mortífaga le había dejado.¿Es que no me has escuchado, Savannah? ¿Tengo que repetírtelo?En el rostro de Artemis apareció la sonrisa de una maníaca; su tono de voz era fingidamente dulce, lo cual le confería un aspecto general muy terrorífico.¡Te he dicho que cojas tu puta varita de mierda, asquerosa perra traidora!

Con violencia, Hemsley utilizó su magia para mover a Savannah igual que una muñeca de trapo. La zarandeó de un lado para otro y finalmente la hizo caer de bruces delante de su varita. Para entonces, la joven ya temblaba de pies a cabeza.

Eres una inútil. No sirves absolutamente para nada.Declaró Hemsley, escupiendo cada una de aquellas palabras como si fueran veneno que salía de los colmillos de una serpiente.

Cerró el puño izquierdo con fuerza, y alrededor de éste apareció un aura verdosa de pura energía mágica. ¿Que Savannah no estaba dispuesta a colaborar con ella? Bueno, pues al menos se daría el placer de matarla. Así que cargó aquel hechizo, alzó el puño hacia atrás...

...y de repente sintió un insoportable ardor en la mano que la obligó a detenerse.

La katana terminó en el suelo con un sonido metálico, y Hemsley cayó de rodillas. Su rostro se había convertido en una máscara que reflejaba un intenso dolor, mientras su mano derecha sostenía una izquierda que temblaba violentamente. Las venas de su brazo palpitaban salvajemente, y empezaron a iluminarse con una luz roja que recordaba al magma de un volcán. Primero, esta luz sólo iluminó las venas de su mano, pero pronto empezó a ascender por todo su brazo en dirección al hombro. Llegó un punto en que incluso rebasaron el cuello en dirección a su cabeza.

Con un gran esfuerzo, y gruñendo por el terrible dolor que estaba experimentando, Artemis se quitó el anillo. Incluso el contacto con los dedos pulgar e índice de su mano derecha la quemaba, así que tuvo que soltarlo. Cayó al suelo humeante, y solo entonces el dolor empezó a remitir. La luz brillante que iluminaba sus venas se fue apagando poco a poco.

La habían advertido de que aquello podía suceder. Que el anillo tenía mucho poder, más del que podía soportar un ser humano. Pero ella no había escuchado. Ella se creía lo bastante poderosa como para soportarlo. Claramente, se equivocaba.

Savannah, que temía todavía por su vida, echó mano de su varita. No tenía claro qué iba a hacer con ella, aunque tampoco tuvo tiempo. Y es que Artemis, en cuanto la vio cogerla, la desarmó con un débil Expelliarmus que conjuró sin varita. Acto seguido la atrajo hacia así, tan débil aquel hechizo como el desarmador, y cuando la tuvo a su alcance, cerró los dedos entorno a su empuñadura.

Tú no necesitas ninguna varita, maldita traidora.Dijo entre dientes, mientras luchaba por ponerse en pie. Antes de hacerlo tomó el anillo y rápidamente lo metió en su bolsillo. También tomó su katana, la cual utilizó como apoyo para levantarse.Sácame de aquí.Le ordenó a la rubia.

Savannah no comprendía nada. ¿Cómo iba a sacarla de allí si acababa de quitarle la varita? Artemis no tardó en caminar hacia ella y obligarla nuevamente a levantarse a golpe de hechizos, esta vez utilizando su varita. Cuando la tuvo de pie ante ella, pegó al pecho de Savannah la mano que sostenía la varita.

Sácame inmediatamente de aquí.Repitió Artemis, y Savannah entonces lo entendió. Apoyó una mano temblorosa sobre la de Artemis, lo suficiente para que sus dedos entraran en contacto con la varita, y ambas se desaparecieron de allí.

Artemis estaba hecha polvo, y sus poderes no funcionaban bien. No podía arriesgarse a ir a por ellas en aquel estado. Así que no le quedaba otra que recuperarse… y pensar un nuevo plan.
Gwendoline Edevane
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