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Somebody help me tame this animal — Gwendoline Edevane

A. J. Seward el Vie Nov 16, 2018 2:34 pm

Somebody help me tame this animal — Gwendoline Edevane VvXKtGh
13 de noviembre del 2018 || 20:07 pm || Piso de Gwen || Ropa


Faltaban cinco minutos para la hora acordada y A. J. caminaba por la calles con paso apurado y con la capucha bien puesta, ocultando su rostro lo máximo posible. Lo bueno de vivir en Londres en pleno noviembre era que no destacaba lo más mínimo, muchos de los transeúntes llevaban gorros, amplias bufandas, capuchas e incluso chubasqueros pues hacía unos veinte minutos que se había puesto a lloviznar.

Las molestas gotas no entorpecieron los pasos del fugitivo, que como cada mes había acordado verse con Beatrice en el camino que había justo bajo el Millenium Bridge, a orillas del Támesis. Nunca se ponían en contacto el uno con el otro para acordar el día y hora del encuentro ya que siempre era la misma: tres días antes del comienzo de la semana previa a la luna llena. Era un acuerdo al que habían llegado años atrás, poco después de que A. J. empezase con sus transformaciones.

La poción matalobos tenía uno de los sabores más repugnantes que A. J. había probado en su vida, pero con gusto se la tomaba si con ello conseguía seguir siendo él mismo durante las transformaciones. El fugitivo ya llevaba demasiada mierda encima como para también cargar con el peso de no saber lo que hacía durante la luna llena, de no saber si había matado a alguien o lo habría condenado a vivir el mismo infierno que él.Al menos, gracias a Beatrice, podía estar tranquilo en ese aspecto.

Ya eran las siete y A. J. acababa de llegar al punto donde se reunía todos los meses con la sanadora, ahora también convertida en fugitiva. Desde que lo atendió en San Mungo, después de sobrevivir al ataque del licántropo, Beatrice se había convertido en una buena amiga que siempre se esforzaba por contagiarle un poco de esa alegría que tanto la caracterizaba. Ella lo había apoyado desde que se convirtió en un hombre lobo y él había hecho lo propio cuando capturaron a Steven, el hermano mayor de la rubia. Sin embargo, algo raro ocurría aquel día…

Habiendo pasado media hora desde las siete, A.J. sabía que Beatrice ya no aparecería y el fugitivo no era capaz de quitarse ese mal presentimiento de encima. Algo debía haberle pasado a la rubia, desde hacía cuatro años jamás se había retrasado y mucho menos había faltado a su cita, por lo que su mente empezó a correr imaginándose escenarios a cada cual peor que el anterior. Sacudió la cabeza, intentando alejar los funestos pensamientos y se puso en marcha, dispuesto a encontrarla.

Hacía no mucho, cuando atraparon a Steven Bennington, A. J. le había ofrecido a Beatrice un lugar entre los radicales, donde toda ayuda era bienvenida y donde estaría segura, pero la rubia se había negado diciéndole que ya tenía un lugar seguro donde quedarse y allí era a dónde se dirigía. Le había dado la dirección por si algún sucedía algo y aunque A. J. no sabía el qué todavía, estaba seguro de que algo estaba pasando.

Se desplazó andando y en metro, ya que no le gustaba demasiado aparecerse por miedo a llamar la atención, y cuando al fin estuvo frente al edificio se quedó unos momentos observándolo, con desconfianza. Vamos, como solía mirar a todo y todos desde hacía ya un tiempo. Pero sabiendo que era muy probable que las respuestas que buscaba se encontrasen en aquel piso, entró intentando pasar lo más desapercibido posible.

Desconocía si habría alguien dentro, pero descartó usar un hechizo para abrir la puerta por si habían protecciones mágicas puestas. Apretando los labios y con una honda respiración, se dispuso a hacerlo al estilo muggle.

Toc, toc, toc, toc.

Beatrice, ¿estás ahí dentro?


Última edición por A. J. Seward el Jue Mayo 02, 2019 7:34 pm, editado 1 vez
A. J. Seward
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Gwendoline Edevane el Vie Nov 16, 2018 11:15 pm

Las calles de Londres empezaban a presentar el aspecto habitual, ese con el que estaba familiarizada: ingleses abrigados yendo y viniendo, su aliento condensándose en nubes blancas por delante de sus rostros, y un cielo de aspecto plomizo sobre sus cabezas. Parafraseando a la casa Stark, se acercaba el invierno, y los inviernos en la capital inglesa eran muy fríos. El otoño prometía un invierno como el de otros años, sin ningún tipo de milagro en el horizonte.
Y ya empieza a hacer bastante frío para mi gusto, pensé mientras, una vez más, cerraba mi abrigo, el cual la brisa había abierto una vez más.
Mi humor no era el mejor, no lo puedo negar. Demasiadas cosas extrañas sucedían a mi alrededor últimamente, y ni siquiera yo era capaz de seguir ignorándolas. Por mucho que intentara refugiarme en la comodidad de la negación, incluso la negación tenía sus límites: algo no iba bien ya no a mi alrededor, sino conmigo. Y cada vez que intentaba indagar en ello…
Bueno, simplemente no lo hacía, o uno de aquellos dolores de cabeza tan atroces me decía que lo mejor que podía hacer era alejarme de ahí, igual que el calor del fuego al acercar la mano te advierte del peligro inminente en que te estás metiendo.
Así que caminaba por las calles, perdida en mis propios pensamientos, ajena a todos los que me rodeaban. Esa tarde, había tenido que trabajar, pues algún día había que poner en orden el papeleo. Tras pasarme cerca de cuatro horas con la cabeza metida entre pergaminos, solo quería desconectar, y teniendo en cuenta cómo estaban las cosas con Sam y Caroline, prefería hacerlo sola. En mi casa. Con mi gato. Con Netflix, a poder ser. Quería olvidarme de mi maldita vida durante al menos cuarenta y cinco minutos. O durante un par de horas, incluso.
Me interné en el primer callejón que encontré, uno discreto. Eché un leve vistazo por encima del hombro, para asegurarme de que nadie me seguía, y cuando me cercioré de que así era, saqué la varita. Con un leve movimiento de ésta, provoqué una ventolera; a consecuencia, la basura más ligera que alfombraba el pavimento—en su mayoría, hojas de papel arrugado y pisoteado, y envoltorios de comida—se elevaron en medio de un torbellino que hacía muy difícil ver lo que ocurría en aquel callejón.
Ese fue el momento que escogí para desaparecerme, y para cuando me aparecí, me encontraba en la cocina de mi apartamento. Elroy, mi lechuza, se encontraba posada en el respaldo de una de las sillas, y sobre la mesa había varias cartas. Correo mágico, por su curioso aspecto, lleno de ribetes dorados y con aspecto de haber sido sacado directamente de un mundo fantástico y anticuado.
Acaricié suavemente el plumaje de Elroy, que cerró los ojos e inclinó su cabeza en dirección a mi mano como si de un gato se tratase. Y, hablando de gatos, Chess hizo acto de presencia, enroscándose en mi pierna en busca de cariño.

—Buenas tardes, Chess.—Dije, sonriendo a mi gato negro con ternura; éste respondió con un maullido.—¿Qué te parece una noche de series? Solos tú y yo.—A lo que Elroy lanzó un fuerte ululato de protesta, haciéndome dar un respingo.—Tú también estás invitada, Elroy. No hace falta ponerse así.—Y no pude evitar reírme, mientras revisaba el correo.

Casi todo se trataba de propaganda—el Emporio de la Lechuza, al parecer, ofrecía una rebaja por los animales mayores de dos años—o de cartas procedentes del Ministerio. También tenía un extracto de Gringotts con los últimos movimientos en mi cuenta, el cual dejé a un lado con intención de revisarlo más tarde. Lo mismo hice con las cartas del Ministerio, mientras que la publicidad acabó reducida a cenizas mediante un hechizo, y dichas cenizas en el cubo de la basura.
Había, sin embargo, una carta que llamó mi atención por un sencillo motivo: llevaba un sello con el escudo de la familia Edevane. En un primer momento pensé que se trataría de otra carta de mi padre, invitándome a pasar la nochebuena con él, pero mi padre no utilizaba el sello familiar para ponerse en contacto conmigo. Por consiguiente, tendría que ser otra cosa. Quizás de mi abuela.
Me encontraba dudando, varita en mano, sobre si abrir el sobre o no, cuando escuché varios golpes en la puerta. Di un respingo, volviendo la mirada en esa dirección… y alguien habló del otro lado. Y todo habría sido muy normal de no ser porque escuché un nombre que, en los últimos meses, hacía que me enfadase mucho: Beatrice.
¿Qué narices has hecho, Beatrice?, me pregunté a mí misma, negando con la cabeza, mientras caminaba hacia la puerta, varita en mano.

—¿Quién está ahí? Identifícate, si eres tan amable.—Respondí una vez llegué junto a la puerta, sin abrirla. Empezaba a sentirme atacada de los nervios, principalmente porque que alguien supiese que Beatrice Bennington vivía—o, más concretamente, había vivido—en mi apartamento solo podía ser sinónimo de problemas. ¿Que una fugitiva viviese conmigo? Lo aceptaba, pues yo misma se lo había ofrecido. ¿Que lo supiesen terceros? Para mí esa era la definición misma de las palabras ‘brecha de seguridad’.


Atuendo:
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Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Miér Nov 21, 2018 3:49 pm

No sabía qué se encontraría en aquella dirección, Beatrice nunca le había dicho si vivía con alguien más, si el piso era de algún conocido, o simplemente de alguien que se dedicaba a ayudar a fugitivos. Quizá la rubia lo había ocupado ilegalmente, aunque dudaba que fuera eso último.

Estaba preocupado por su amiga, después de la captura de su hermano, A. J. había temido que la joven rubia hiciese alguna locura, por eso había intentado convencerla de que se uniese a los radicales, para asegurarse de que no actuaba sola, y porque, todo sea dicho, cualquier ayuda era bien recibida. Pero habían pasado ya varios meses y a pesar del dolor que conlleva perder a un ser querido, Beatrice parecía sobrellevarlo. ¿Qué podría haberle ocurrido?

Se tensó cuando una voz claramente femenina le respondió desde el otro lado de la puerta, una voz que no era la de Beatrice. A. J. suponía que fuese quien fuese, si estaba dentro de la vivienda debía ser alguien de confianza para Beatrice, pues al fin y al cabo aquel era el piso donde había estado quedándose su amiga, pero aquello no hacía que el fugitivo confiase lo suficiente como para revelar su verdadera identidad.

Colin Shea —respondió alto y sin dudar. Era el nombre de un antiguo compañero de Hogwarts, un mestizo del que hacía años y años no sabía nada.

Aquella mujer desconocida quizá se dedicaba a dar cobijo a fugitivos temporalmente, o quizá fuera alguien importante para la más joven de los Bennington. Fuera como fuera A. J. no tenía modo de saberlo, pues su amiga nunca le había contado nada al respecto, solamente le había dado la dirección por si algún día necesitaba ayuda. Con aquel pensamiento rondando su cabeza, A. J. se aventuró a decir algo más, sabiendo que Beatrice no le habría dado aquella dirección si fuera a suponer un peligro para él.

Soy amigo de Beatrice Bennington, había acordado verme con ella esta misma tarde, pero no ha aparecido —informó, sintiéndose algo estúpido al estar hablando con una puerta. — Me dio esta dirección como un método de contacto en caso de urgencia, y estoy preocupado.
A. J. Seward
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Gwendoline Edevane el Jue Nov 22, 2018 2:29 am

Conocía a Beatrice desde que ella tenía once años y yo doce. La menor de los Bennington había llegado a Hogwarts al principio de mi segundo curso—igual que Sam, Henry y Caroline—y desde entonces habíamos sido muy buenas amigas. Hubo un tiempo en que incluso la consideré una hermana: esa hermana pequeña que siempre está metida en líos y que, de alguna manera, consigue convertirte en parte activa de sus travesuras. Había compartido buenos ratos con ella, y pese a que entonces no me gustaba reconocerlo, hasta los castigos resultaban entretenidos con ella al lado.
Sin embargo, a medida que crecíamos, había ido descubriendo una faceta suya que no me gustaba demasiado: el secretismo. Beatrice Bennington tenía que hacer privado casi cualquier aspecto de su vida. Y, no me malinterpretéis: yo abogo por el espacio personal, por guardarte ciertas cosas para ti misma. Pero lo de Beatrice era extremista.
Para empezar, estaba aquella manía suya de ocultar su segundo nombre. De hecho, a mí jamás me lo había dicho, y solamente lo había descubierto el día que por casualidad revisé una lista de fugitivos del Ministerio de Magia. Luego estaba lo de su animagia, otro aspecto de su vida que había descubierto por casualidad: una vez, creyendo que no estaba en casa, entró a través de una ventana en su forma de pájaro, para luego asumir su forma humana.
Y todo eso sin mencionar sus salidas secretas, sus desapariciones sin explicación.
Aquello me crispaba los nervios: ¿Cómo podía una persona decirte a la cara que confiaba en ti y guardarte tantos secretos? Muchos de los cuales no tenían sentido, además. ¿Qué importaba un segundo nombre? ¿Qué importaba una forma animaga? ¿Qué importaba que se fuera de viaje con sus amigos? A veces sentía que Beatrice Bennington tenía ya no un problema de confianza, sino uno mental: era una mentirosa compulsiva.


***

Para muestra, aquella situación: un desconocido aparecía en la puerta de mi casa, preguntando por Beatrice Bennington. En aquellos momentos deseé tenerla delante para poder abofetearla con todas mis ganas. ¿Cómo se le ocurría decirle dónde vivía a nadie? Por mucha confianza que tuviera con esa persona, aquella información debía ser confidencial.
Así que pedí al desconocido que se identificara… y mi opinión sobre Beatrice Bennington no mejoró demasiado. El hombre se identificó como Colin Shea, nombre que en lo personal no me sonaba de nada, y acto seguido ofreció una breve explicación: había quedado con Beatrice aquella misma tarde, ella no había aparecido, y como la señorita Bennington había tenido a bien darle mi dirección, el tipo se presentaba allí.
Espero que estés muerta, Bennington, pensé mientras negaba con la cabeza y ponía los ojos en blanco, porque como vuelvas a aparecer en mi casa, te mataré yo misma. Así me ahorras el trabajo. Por supuesto, aquellos pensamientos no iban en serio, pero Beatrice Bennington había empezado a perder puntos de manera estrepitosa conmigo.
Escondí tras la espalda la mano que empuñaba la varita, para acto seguido abrir el pestillo de la puerta. Fuera lo que fuera, quería acabar con aquello lo antes posible.

—Beatrice Bennington ya no vive aquí.—Informé al hombre que apareció ante mí cuando abrí la puerta. Su cara me sonaba de algo, y tardé apenas unos cuantos segundos en percatarme del motivo: la había visto en algún cartel de ‘Se busca’.—¿Colin, has dicho?—Pregunté, mientras pensaba: No tienes cara de Colin. Tampoco recordaba el nombre del cartel en concreto, así que lo dejé estar.—Me llamo Gwendoline Edevane.—Procedí con cautela, presentándome. Si era un fugitivo, me daba igual; si no lo era, también, puesto que de alguna forma Beatrice ya se había ido de la lengua. Solo esperaba que aquello no acabase en un duelo.—¿Qué te trae por aquí?—Pregunté mientras me hacía a un lado para dejarle pasar. Cuanto menos tiempo pasase ahí fuera, en el rellano, donde cualquiera podría verle, mejor.

Y a ver qué clase de secreto de Bennington tenemos aquí, pensé con cierto sarcasmo. Me muero por averiguar el embrollo en que estás a punto de meterme, Beatrice. No pude evitar preguntarme cuántas otras cosas me habría estado ocultando Beatrice, ni cuántas otras personas sabrían dónde vivía.
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A. J. Seward el Vie Dic 14, 2018 9:40 pm

Cuando se abrió la puerta, unos momentos después de su breve explicación, apenas se fijo en la chica que apareció tras ella, pues su cabeza estaba demasiado ocupada centrada en la información que le acababa de llegar. Beatrice ya no vivía allí. ¿Qué demonios estaba pasando? Aquel mal presentimiento se hizo más fuerte en su interior.

Sí, eso he dicho —afirmó con tono un poco aturdido todavía. Estaba claro que había algo que se le estaba escapando en todo aquel asunto, ¿qué narices le había pasado a Bea? Quizá aquella mujer, Gwendoline, supiera algo. — Pero no es cierto, me llamo A. J.

Le había dado un nombre falso porque existía la posibilidad de que si reconocía su verdadero nombre no solo no abriese la puerta, sino que podría informar al Ministerio. Sin embargo, una vez abierta la puerta y viéndose cara a cara, encontró aquello absurdo, pues con toda probabilidad ya lo habría reconocido por los carteles de Se Busca. Aquel era un tipo de fama que nunca había deseado. El caso es que no tenía sentido mantener su nombre en secreto cuando identificarlo era tan fácil como buscar el dichoso cartel.

En los últimos tiempos A. J. había tenido que ser tan desconfiado que ya era un rasgo distintivo de su personalidad, aunque imaginaba que la desconfianza sería inherente en la gran mayoría de los fugitivos, y por eso tardó unos segundos en aceptar la invitación a entrar a aquella casa.

Lamento haberte mentido sobre mi nombre, pero bueno, hay que tener cuidado —se disculpó encogiéndose de hombros, sin estar realmente arrepentido. No sabía si la morena era de fiar o no, de hecho todavía podía meterlo en un buen lío, pero necesitaba aquella poción a como diese lugar. Además, Beatrice parecía haber confiado en ella lo suficiente como para vivir allí aunque algo parecía haber cambiado.

Realmente el quid de la cuestión era que estaba jodido. Ya podía encontrar pronto a Beatrice o la siguiente luna llena no habría nada que frenase al monstruo que vivía en su interior.

Es un tema delicado —respondió finalmente. Al menos lo era para él, su licantropía era un asunto muy complicado para él y definitivamente hablarlo con una desconocida no lo hacía más llevadero, pero aquella mujer era la única que podía arrojar un poco de luz sobre el paradero de Beatrice.— Necesito encontrar a Beatrice, ella me tiene que dar algo realmente importante para mí. No te haces una idea de lo urgente que es, sino lo fuese no me habría arriesgado a venir aquí. ¿Sabes dónde puedo localizarla?

La preocupación por el bienestar de su amiga comenzaba a tornarse en desesperación por su propio bienestar. Joder, necesitaba aquella poción.
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Gwendoline Edevane el Dom Dic 16, 2018 2:30 pm

No entraba dentro de los planes de Gwendoline Edevane ponerse a juzgar a Beatrice Bennington en base a las relaciones que mantenía con otros fugitivos. Después de todo, la morena era bien consciente de que ambas ex-estudiantes de la casa Ravenclaw habían pasado casi dos años separadas, antes de reencontrarse aquel día de marzo de ese mismo año. Y si bien Gwendoline había podido conservar la libertad, no había ocurrido lo mismo con la joven Bennington. Beatrice posiblemente habría tenido que enfrentarse a peligros y hacer alianzas inusuales para sobrevivir, y entablar amistades que no habrían podido darse en otras circunstancias.

No, no la juzgaría en base a sus alianzas o a sus amistades. Pero, si alguna vez volvían a verse, la rubia iba a tener muchas cosas que explicar.

El hombre ante ella, como Gwendoline se imaginaba, no era ningún Colin: se llamaba A.J., como confesó a continuación. A la desmemorizadora le gustaría poder decir que recordaba con toda claridad a qué apellido correpondían aquel rostro y aquellas iniciales, pero no era así. Por muy triste que pudiera sonar, había demasiados fugitivos como para recordar los nombres de todos.

Gwendoline no dijo palabra alguna ante la disculpa del fugitivo, limitándose a escucharle mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Seguía con la mano que empuñaba la varita tras la espalda, por lo que le pareció más correcto sacarla de ahí. Mostrársela, en un intento de no parecer amenazante: no le apetecía entablar un duelo mágico en su apartamento, pues la lógica le decía que aquel fugitivo no dudaría en luchar para mantener su libertad. Eso hacían todos, ¿no?

—No tengo ni la más mínima idea de dónde se ha metido Beatrice.—Afirmó Gwendoline, sintiendo una punzada de ira en el corazón con respecto a Beatrice. Por mucho tiempo que pasara, seguiría doliéndole el secretismo con que la había tratado aquella chica. Ya dudaba incluso de poder llamarla ‘amiga’.—Beatrice Bennington no es la persona más abierta con sus secretos. No sé qué tan bien la conocías, pero a mí me ha guardado muchos.—Y allí delante, allí mismo, tenía a uno de esos secretos personificados.—Se marchó hace ya un tiempo, sin decir nada. Ni una nota se molestó en dejar para explicarse: cogió sus cosas más importantes, se dejó otras, y se marchó.—Mientras decía esto, Gwendoline se cruzó de brazos. Hablaba con un dolor en la voz camuflado bajo la frialdad, y es que se sentía profundamente herida.

Sabía que su amiga lo había pasado mal, y por supuesto, estaba en su derecho de sufrir, de lamentar la pérdida de su hermano. Gwendoline había intentado estar ahí para ella, y le había dado el espacio que necesitaba, pero al final parecía no haber sido suficiente. Beatrice simplemente había cogido todo aquello que Gwendoline le había ofrecido, lo había arrojado a la basura, y había cogido la puerta a la mínima que había tenido oportunidad. Si algún día volvía a verla, la morena no sabía cómo actuaría. Solo sabía que se sentía traicionada.

Soltó un suspiro, intentando calmarse un poco. Intentando alejar todos aquellos pensamientos nocivos. No los necesitaba en aquel momento. Lo que necesitaba era librarse de aquella situación cuanto antes. ¿Y cómo hacerlo? Darle a A.J. lo que había venido a buscar.

—¿Qué necesitas? Tal vez esté en su habitación, con el resto de cosas que dejó atrás.—Gwendoline señaló con el pulgar en dirección al cuarto de Beatrice, que actualmente hacía las veces de trastero, sin poder evitar imaginarse a sí misma como uno de esos trastos que Beatrice había dejado atrás.
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A. J. Seward el Jue Ene 31, 2019 10:05 pm

Otra costumbre adquirida con el tiempo y que A. J. jamás se imaginó teniendo era la de analizar el espacio en el que se encontraba, analizando posibles amenazas o buscando salidas que pudieran salvarle el culo en una emergencia, pues había aprendido a las malas que en ocasiones la cosa no era tan fácil como desaparecerse y ya está. Cuando se giró, volviendo a encarar a Gwendoline, vio como ésta mostraba la varita que, al parecer, había estado ocultando tras su espalda.

A.J. alzó ambas cejas y esbozó una sutil sonrisa mientras alzaba ambas manos, mostrando que estaba desarmado. Por supuesto llevaba su varita en un bolsillo interior de su chaqueta, pero esperaba no tener que utilizarla.

La afirmación de la morena le cayó como un balde de agua fría, había ido allí en busca de alguna respuesta y se encontraba con otra persona que, igual que él, no sabía donde se hallaba Beatrice.

A.J. apretó los labios, marcando una fina línea con ellos. Estaba jodido.

Pues evidentemente pensaba que la conocía mejor —murmuró perdido en sus pensamientos.— Debería estar curado de espanto ya, pero… Joder.

La preocupación por su amiga dio paso a la ira, porque lo que le contaba la morena lo estaba dejando a cuadros. ¿Cómo había podido largarse sin decir nada? Entendía que Beatrice necesitase alejarse, pero habían sido amigos desde hacía ya unos años, y la rubia sabía lo mucho que necesitaba la dichosa poción. Lo había dejado tirado sin siquiera avisarlo para que pudiese buscar una alternativa. Traicionado era la palabra que más se ajustaba a lo que A. J. sentía en aquel momento.

Una parte de él, la más desconfiada y que se negaba a pensar que Beatrice lo había dejado tirado, pensó que quizá algo le había ocurrido, que quizá aquella mujer morena estuviese implicada y estuviese mintiéndole a la cara. ¿Cómo podía fiarse de la palabra de una desconocida? Aunque debía reconocer que, de ser ese el caso, era una actriz fantástica, pues realmente parecía sincera y molesta con Beatrice.

El caso es que, en el fondo, sabía que Gwendoline estaba diciendo la verdad. Era más sencillo para él pensar que su amiga no lo había dejado tirado por su propia voluntad, a aceptar la dolorosa y amarga verdad. Pero A. J. conocía a Beatrice y sabía lo volátil que ésta podía ser cuando estaba dolida y enfadada y, aunque le doliese admitirlo, muy en el fondo sabía que eso era exactamente lo que había pasado. La rubia había actuado sin pensar en nadie más, siendo completamente egoísta, y se había marchado sin más.

La voz de Gwendoline lo sacó de sus pensamientos, haciendo que la realidad de su situación lo golpease directamente en la cara. Por unos momentos, con la conmoción de la huida de Beatrice, había olvidado el brete en el que se encontraba.

Una poción —respondió de manera escueta, mirando hacía donde la morena le estaba señalando. Y sin pedir permiso, sintiendo la urgencia en su interior, se encaminó hacia la que había sido la habitación de Beatrice, esperando encontrar las siete tomas de la poción matalobos. La prueba de que su amiga se había preocupado, aunque fuese un poco, por él.

Revisó las estanterías, rebuscó entre los cajones, incluso miró debajo de la cama. Usó el conjuro Accio, pero nada sirvió. Que iluso podía llegar a ser a veces, parecía mentira. Se rió amargamente mientras negaba con la cabeza, no se lo podía creer, esto no podía estar pasándole a él. Iba a tener que preguntarle directamente a Gwendoline.

Sé que ya me has dicho que no sabes nada y que todo lo que se dejó Beatrice está aquí, pero necesito que hagas un poco de memoria, por favor —pidió, sintiendo como la desesperación comenzaba a apoderarse de él. Habían pasado cuatro años desde que A. J. era un licántropo y estaba lejos de aceptarse a sí mismo como tal, se avergonzaba del monstruo que era y sentía verdadero pánico cuando llegaba la luna llena.— La poción que necesito tiene que ir en un frasco grande, porque son siete tomas —sabía lo absurdo que estaba siendo, pidiéndole a una desconocida que lo ayudase a encontrar algo sin decirle lo que estaba buscando con exactitud. Ya era mayorcito y la necesidad apremiaba. — Es… es una poción matalobos.
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Sáb Feb 02, 2019 3:01 pm

Gwendoline, que nunca había sido dada a ver televisión más allá de las series que se descargaba en su ordenador y las noches viendo Netflix con Sam, recordó en aquel momento un episodio de Los Simpson en que a uno de los personajes le rompían el corazón y otro era capaz de detener el vídeo en el momento justo en que eso sucedía.

Aquel momento acudió a su mente cuando, ante sus ojos, la expresión de A.J. cambió.

Quizás decir que se le había partido el corazón fuera un tanto exagerado, pues no le conocía tan bien como para saber lo profundo de sus sentimientos hacia Beatrice, pero el saber que había desaparecido no le dejó precisamente indiferente. Y, francamente, la morena se sintió mal por ello. No podía ni empezar a imaginarse en qué situación vivía el fugitivo, pero si algo le había enseñado su relación con la gente del refugio, ese algo era, precisamente, la empatía.

Por ese motivo, la morena indicó que las cosas de Beatrice seguían en su habitación. ¿Por qué seguían allí? Bueno, pues porque eran las cosas de Beatrice, y Gwendoline no se sentía con ánimo alguno de ponerse a revolver entre ellas, o a tirarlas a la basura. ¿Sería porque una pequeña parte de ella todavía la quería de vuelta? Quizás…

Con aquel comentario no pretendía que el fugitivo se tomara la libertad para entrar hasta el cuarto de Beatrice, y a pesar de que se tensó un poco, Gwendoline no hizo nada por impedírselo. En su lugar, en cuanto escuchó cómo se abría la puerta del cuarto, siguió a A.J. y se apoyó en el marco de la puerta, todavía con los brazos cruzados.

El fugitivo se afanó en buscar algo que, finalmente, no encontró.

En su desesperación, el hombre le preguntó a ella. Gwendoline no sabía absolutamente nada, no podía darle una respuesta. ¿Cómo iba a saberlo? Aquella chica ocultaba más cosas de las que le contaba. Abrió la boca para decírselo, pero entonces...

—Matalobos...—Repitió Gwendoline, incrédula. Se preguntó si había escuchado mal, o algo por el estilo.—Así que eres un...—No terminó la frase.

No sabía cómo sentirse en ese momento, y es que su vida había transcurrido con una relativa calma hasta el cambio de gobierno, por lo que nunca había tenido que tratar con un hombre lobo. O al menos eso creía ella.

Sin embargo, allí tenía a uno de ellos. Y no solo eso: estaba pidiéndole ayuda para encontrar la única cosa que prevendría la pérdida de su consciencia humana cuando llegara la próxima luna llena. Algo que, por lo visto, Beatrice había preparado para él.

No os voy a mentir: Gwendoline pensó en pedirle que se marchara de inmediato, no queriendo tener nada que ver con aquel asunto.

Pero no lo hizo. ¿Y por qué no? Pues porque echarlo sería ponerle no sólo a él en peligro, sino a potenciales víctimas inocentes con las que se encontraría mientras la maldición de la licantropía le controlaba. Si dejaba marchar a A.J. sin siquiera intentar buscar la maldita poción y hacía daño a alguien, sería culpa de ella.

Así que suspiró y se separó del marco de la puerta, internándose en el cuarto con la varita todavía en la mano. La alzó, mirando en rededor.

—Si la hizo aquí, cosa que no sé, debe estar oculta en algún sitio de la habitación. Con magia.—Dijo la morena, a la vez que conjuraba uno tras otro todos los hechizos reveladores que conocía de manera no verbal, girando sobre su propio eje para abarcar toda la habitación.—Y si no está aquí, al menos habrá dejado algún tipo de pista sobre dónde puede haberlo escondido. ¿Ves algo fuera de lugar? ¿Algo que haya cambiado en la habitación?

Con la varita todavía en alto, Gwendoline paseaba la mirada de un lado a otro, buscando elementos que no estuvieran antes ahí—o viceversa—. Beatrice podía ser inconsciente y muchas otras cosas, pero no estúpida: si el Sombrero Seleccionador la había enviado a la casa Ravenclaw, había sido por un buen motivo.

Y estaba claro que, si era experta en algo, ese algo era guardar secretos.
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A. J. Seward el Jue Mayo 02, 2019 7:13 pm

<<Así que eres un…>>


¿Un hombre lobo? ¿Un monstruo? ¿La criatura que protagoniza infinidad de películas malas de terror o cuentos de vieja para asustar a los niños? Pues sí, ese era él. Casi agradeció que dejase la frase inconclusa, con sus propios pensamientos tenía más que suficiente, aunque su cara fue todo un poema. No podía culparla.

El silencio que se instauró en la habitación fue terriblemente incómodo para AJ que, inconscientemente, cambió su postura encogiéndose un poco sobre sí mismo y mirando a todos los rincones de aquella habitación menos a la morena que estaba allí junto a él. De todas formas no hizo nada por romperlo, teniendo en cuenta lo que le acababa de contar, el silencio no era tan mala respuesta.

Cuando la escuchó suspirar asumió que iba a echarlo de allí, es decir, no podía saber lo que había estado pensando Gwendoline pero le parecía la solución más sencilla para ella que, sin quererlo ni buscarlo, se había vuelto envuelta en una situación de lo más engorrosa. Sin embargo, el semblante de AJ adquirió una genuina expresión de sorpresa cuando alzó la varita con intenciones de ayudarlo a buscar la poción. Asintió como respuesta, sacándose las manos de los bolsillos y siguiendo los movimientos de Gwendoline, atento a cualquier cambio.

Allí.

Notó un ligero cambio, que bien podría no ser nada, pero uno de los cajones de la mesita de noche, que ya había mirado con anterioridad, se movió un poco cuando la morena pasó por esa zona con la varita en alta. AJ se acercó hasta el cajón y lo abrió, encontrando una caja de madera tallada que antes no había estado allí. Tiene el tamaño perfecto, pensó con un pequeño atisbo de esperanza.

Se la mostró a Gwendoline antes de abrirla y, cuando vio lo que había en su interior, una risa amarga se le escapó de los labios. El contenido de la caja eran ingredientes para poción, lo supo porque reconoció a simple vista el acónito, pero nada más. Se la tendió a Gwendoline, por si ella quería echarle un vistazo con sus propios ojos, y luego se paso las manos por el cabello en un gesto nervioso mientras daba un par de vueltas sobre sí mismo. No se acordaba de la última vez que había estado tan nervioso y tan jodido.

Oye, ¿cuánto hace que se largó? —preguntó quedándose quieto cuando se acordó de un pequeño detalle.— Es decir, la poción tiene que ser reciente o puede que no haga efecto como es debido, por eso solíamos quedar tres días antes de la primera toma. Si hace tiempo que se fue tiene sentido que no esté, y si no… bueno, en ese caso mejor me ahorro mis palabras —comentó no sabiendo muy bien lo que podría salir por su boca en caso de que Gwen le dijese que Bea se había marchado un par de días atrás. — De todas maneras un puñetero mensaje no habría estado mal: “oye, que me largo, búscate la vida” —habló con sarcasmo pero aun así no fue capaz de ocultar el tono herido de sus palabras. — Claro que si no fue capaz ni de avisarte a ti, que le diste refugio, no sé de qué me extraño. Pero es que, joder... reconozco que esta patada en el culo no me la vi venir.



Nota: lo de la poción me lo he inventado jajaja
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 02, 2019 11:50 pm

Cuando Gwendoline comenzó a rociar la habitación con una salva de hechizos reveladores, tenía la esperanza de que lo que estaba buscando el fugitivo hiciese acto de presencia. A fin de cuentas, cuanto antes apareciese la dichosa poción, antes podrían volver cada uno a ocuparse de sus respectivos asuntos. Y no es que tuviese algo en contra de Seward, ni mucho menos: simplemente, sabía lo peligroso que era tener a un fugitivo en su apartamento.

Por un breve momento, ambos tuvieron esperanza: uno de los cajones de la mesita de noche de Beatrice reveló una caja de madera que bien podría contener la poción matalobos que estaban buscando. Pero la esperanza les duró muy poco, pues lo que había en el interior… bueno, sí, técnicamente era la poción, pero faltaba prepararla.

Gwendoline dejó escapar un suspiro frustrado y se preguntó una vez más que tendría su antigua amiga en la cabeza para hacer las cosas que hacía. ¿No había acordado elaborarle a aquel hombre, su amigo, una poción matalobos? ¿Tan urgente era el motivo de su marcha como para ni siquiera cumplir con ese pequeño favor?

—Créeme que entiendo bien cómo te sientes.—Le dijo mientras contemplaba la dichosa caja con los ingredientes.—Nos conocemos desde que ella tenía once y yo doce años, y no ha tenido siquiera la cortesía de avisar. ¡Y tengo su número de teléfono y todo!—Dejó escapar una carcajada sarcástica, recordando las veces que había intentado llamarla. ¿Adivináis? No se lo había cogido, y le había dejado los mensajes de Whatsapp en ‘Leído’. ¿Tanto le costaba decir, al menos, que estaba bien?—Debió irse hace cosa de un mes, más o menos. Y ya te digo que me gustaría pensar que tuvo una buena razón para ello, pero… simplemente ya no confío en ella.

Le dolía aquella falta de confianza, casi como si ella no fuera lo suficientemente buena como para confiarle sus inquietudes. Había intentado por activa y por pasiva estar a su lado cuando había sucedido lo de Steven, y antes incluso, que se sentía traicionada. Más de lo que se había sentido en toda su vida.

Igual que él, supongo, se dijo, mirando alternativamente al hombre y a la caja de ingredientes. Suspiró de nuevo, y tendió su mano en dirección a ella.

—Dame eso. Te la prepararé yo.—El campo de las pociones no le era desconocido, especialmente después de haberse interesado por la medimagia. Practicaba a menudo la elaboración de dichos brebajes.—Supongo que hoy esperabas marcharte con la poción, pero me temo que no será posible, así que esto es lo mejor que puedo ofrecerte.

Maldita Beatrice… aquí me tienes, atando tus cabos sueltos. Ya ni siquiera por tus amigos te preocupas…
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A. J. Seward el Jue Mayo 16, 2019 12:14 pm

De verdad que cuando se despertó aquella mañana aquel escenario se le había antojado tan imposible que habría sido incapaz de imaginárselo por sí mismo, pero lo estaba viviendo en sus propias carnes y no entendía nada. Aquella caja era la prueba definitiva de que no había que dar nada por sentado, incluida la amistad.

La marcha de Beatrice no lo había dejado indiferente y estaba claro que a Gwendoline tampoco. Las declaraciones de la morena dejaban bastante claro que estaba realmente resentida con la doblemente fugitiva, y él no podía culparla porque se sentía de la misma manera. Tirado como una colilla.

Prestó atención a la pequeña historia que le contó, y se sorprendió cuando admitió que se conocían desde hacía tantos años. AJ simplemente no podía entender qué clase de impulso hacía que dejases una amistad tan larga sin siquiera decir que te vas, porque una cosa es perder el contacto con el tiempo y otra cosa desaparecer de la noche a la mañana. Él mismo había perdido el contacto con Lohran durante muchos años, pero ahora que se habían vuelto a reencontrar quería pensar que si algo lo llevaba a tener que fugarse avisaría a su amigo antes de hacerlo. La gran mayoría de fugitivos sabían lo que era perder a alguien querido, por eso mismo, largarse sin más sabiendo lo mucho que podía llegar a afectar a quienes te rodeaban, era de una crueldad innecesaria en los tiempos actuales.

Tienes tus razones —asintió cuando la morena le confesó que ya no confiaba en Beatrice. — Después de tantos años, que se haya ido así… no te ha dejado otra opción —sentenció. En su caso solo hacía cuatro años que conocía a la rubia, pero le había confiado algo tan importante para él como era la poción matalobos, sin la cual perdería el control de sus facultades mentales durante la luna llena. Desde luego, su confianza también estaba rota.

Después de aquello se volvió a hacer el silencio en la habitación, probablemente ambos estuviesen pensando en lo mismo, en lo tirados que se sentían por alguien en quien habían depositado su confianza. Pues AJ le había confiado algo muy importante para él, sí, pero Gwendoline se había arriesgado dándole cobijo a una fugitiva, con todo lo que ello podía acarrearle si la pillaban.

Estaba a punto de marcharse, ya no pintaba nada allí, cuando las palabras de la morena lo pillaron desprevenido. La miró con ambas cejas alzadas, reflejando la sorpresa en su rostro. No estaba acostumbrado a ese tipo de altruismo, mucho menos por parte de una desconocida.

Dudó un poco antes de tenderle la caja, pero finalmente se la dio. No podía evitar desconfiar después de lo de Beatrice, si la rubia a quien había considerado su amiga lo había dejado con una mano delante y otra detrás, ¿por qué Gwendoline haría algo así por alguien a quien no solo no lo conocía de nada, sino que tampoco ganaba nada haciéndolo?

De todas formas ya estaba jodido y él no podía hacer nada con aquella caja, así que sería absurdo quedársela.

Con que la tenga el día dieciséis será suficiente, una semana antes de la luna llena —informó, todavía no muy seguro de aquello. Gwendoline le estaba salvado el culo porque él era un desastre con las pociones, pero desconfiar le era inherente. — ¿Por qué? —no pudo evitar preguntar, realmente quería saberlo. — Es decir, no me malinterpretes, te lo agradezco, yo soy un inepto con las pociones y esta es particularmente complicada… pero no me conoces de nada y no tengo mucho que ofrecerte a cambio —por no decir nada, porque a los fugitivos no es que les sobrase el dinero precisamente. No entendía porque Gwendoline se ofrecía a ayudarlo de aquella manera, no estaba acostumbrado a que desconocidos le tendiesen la mano de aquella manera, y en el fondo tampoco sentía que lo mereciese. Pero había mucho en juego como para negarse.— No es tu culpa que Beatrice se haya largado así —remarcó lo obvio. — No me debes nada.
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Dom Mayo 19, 2019 4:47 am

¿Por qué?

Era una pregunta increíblemente buena, increíblemente apropiada para la situación en que se encontraban. ¿Por qué? ¿Por qué Gwendoline ofrecería su ayuda a una persona a la que acababa de conocer y, además, era un claro sinónimo de problemas?

También servía para preguntarse otras muchas cosas: ¿Por qué Beatrice había hecho lo que había hecho? ¿Por qué, aún después de tantos años, seguía guardando secretos como si todo el mundo fuese su enemigo? ¿Por qué no se había dignado a explicar siquiera qué iba a hacer con su vida?

La respuesta a la primera pregunta tenía bastante relación con el hecho de que, a pesar de sentirse traicionada, Gwendoline seguía haciéndose todas aquellas preguntas acerca de su antigua amiga: la empatía. Ante sus ojos tenía a un hombre desesperado, a alguien a quien posiblemente le hubiesen quitado todo, incluida su vida, cuando el mundo mágico había sido conquistado por lunáticos, y que para mayor desgracia se convertiría en una bestia sin cerebro ni corazón cuando llegase la próxima luna llena. Y lo único que pedía, lo único que necesitaba, era una maldita poción.

Sin embargo… ella no era tan buena expresando aquellas cosas en palabras.

—Ayudarte implica también ayudar a otros: si no tienes esta poción, quizás termines haciendo daño a alguien que no lo merece.—Le explicó, y sí, aquella era una parte fundamental del asunto, pero no era el único motivo. Suspiró, intentando explicarse mejor.—Y ya sé que no te debo nada, pero… tampoco creo que lo que voy a hacer sea un enorme sacrificio. Si puedo ayudarte con esto, pues...—Se encogió de hombros, sin saber qué más decir.

No era un secreto para nadie que la conociese que Gwendoline no había sido bendecida con el don de la palabra, especialmente cuando se refería a expresar sus sentimientos. Todavía faltaban meses antes de que se volviese mucho más abierta gracias a su relación con Sam, y con todo y con esas, no todas las personas verían ese lado suyo. Seguiría siendo demasiado reservada, demasiado cuidadosa.

—Ahora, como medida de precaución, me gustaría pedirte que no vengas a buscarla aquí a no ser que, por lo que sea, no tengas noticias mías.—Pretendía sonar lo bastante firme en su exigencia, pues no le venía nada bien tener a fugitivos deambulando delante de su puerta.—¿Hay algún lugar en el que te sientas cómodo para reunirte conmigo? ¿O tienes alguna dirección a la que pueda enviarte mi lechuza con la poción lista? Lo que tú prefieras.

Podría haberle sugerido el refugio, pero con toda sinceridad, aún no confiaba en él. No le gustaba ofrecer a cualquier extraño la posibilidad de entrar ahí, por muy fugitivo que fuese. Tendría que ganárselo.
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A. J. Seward el Vie Mayo 31, 2019 9:47 pm

AJ no pudo contener la pregunta que se moría de ganas por hacer, una pregunta que a todas luces parecía sencilla pero de complicada respuesta, como demostraba Gwendoline, que parecía estar buscando las palabras adecuadas para explicarse. Pero él la entendió. Sin esa poción, en poco más de una semana, se convertiría en un peligro público para cualquier desafortunado que se cruzase en su camino, ya que ni las cadenas servían para contenerlo, como por desgracia, había tenido la oportunidad de comprobar.

Desde que tenía la maldición de la licantropía siempre había tomado la poción matalobos… siempre salvo una noche. AJ todavía tenía pesadillas y vivía con la culpa de lo que había sucedido aquella noche, a pesar de tener serias lagunas que no había sido capaz de llenar ni con el pasar de los años, lagunas que por otra parte tampoco estaba seguro de querer llenar.

Suspiró, asintiendo con la cabeza con gesto grave.

Está bien —respondió, aceptando su explicación. Parecía sincera y hasta el momento había respondido a todas sus preguntas sobre Beatrice, ayudándolo incluso a dar con aquella caja. De todas maneras no es como si tuviera más opciones como para darse el lujo de no creerla. — Entiendo lo que quieres decir. Gracias.

Quizá era un poco pronto para dar las gracias, su instinto le decía que se reservase los agradecimientos para cuando tuviera la poción en la mano y no acabase con el culo en Azkaban porque la morena lo había delatado al gobierno. Aun con todo lo que implicaba confiar en una desconocida para algo así y lo que podía salir mal, AJ no pudo olvidar ser educado, como le habían enseñado sus padres cuando era niño.

Claro, lo entiendo perfectamente —no puso objeción alguna  a su petición. A fin de cuentas era lo mismo en lo que había quedado con Beatrice, y había acudido allí solamente porque su amiga no había aparecido y no lo había avisado previamente. — No puedo arriesgarme a darte una dirección, lo siento —sabía que sería lo más cómodo para ella, mandar su lechuza y no tener que volver a verse, pero ni siquiera era una opción. AJ vivía en el refugio que los radicales tenían, con todo lo que ello implicaba.— Tendremos que vernos en algún sitio —hizo una breve pausa, pensando, y rápidamente se acordó del bar en el que se había reunido con Lohran un mes antes. — Hay un bar, en Mottingham, a las afueras de Londres. Se llama The Porcupine, podría decirse que es un lugar seguro, nunca he tenido problemas allí —el barrio, que estaba a veinte minutos en tren del centro de Londres, era mayormente residencial y de población muggle. Como acababa de decir, ya había ido varias veces y nunca había tenido ningún altercado. — ¿Te parece si nos vemos en día dieciséis allí? A la hora que más te convenga.

Tampoco es como si él tuviese un trabajo al que acudir todos los días y del que lo fueran a despedir si se ausentaba, pero suponía que ella sí, por eso él se acoplaría al horario que ella prefiriese.

Está bien, entonces me marcho ya —anunció una vez habían acordado la hora. — Ya te he molestado lo suficiente, y gracias de nuevo. Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstanciaso no habernos conocido nunca, pensó, ya que eso significaría que todo seguía como siempre, que él tendría ya su poción y que Beatrice no se habría ido, dejándolos tirados a ambos.

Tres días después.

Había llegado a The Porcupine media hora antes de lo acordado, y para qué negarlo, estaba jodidamente nervioso. Cada vez se le ocurrían más motivos por lo que aquello era una mala idea, cientos de posibles escenarios en los que acababa muerto o preso se abrían paso en su mente, dándole ganas de irse de allí antes de que alguno se hiciese realidad. Pero el miedo de lo que le esperaba en la próxima luna llena de no tener la poción matalobos era más grande, pocas cosas le daban más miedo a AJ que la bestia en la que se convertía cada luna llena.

Se sentó en una de las mesas libres y pidió una cerveza, más para aparentar que porque le apeteciese bebérsela. Sin darse cuenta empezó a rascar el papel que rodeaba al botellín, gesto que evidenciaba los nervios que se lo estaban comiendo por dentro.
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Mar Jun 04, 2019 2:52 pm

Resultaba complicado explicarle a alguien que no la conocía lo que sucedía dentro de su cabeza y el por qué de sus acciones. Y más en aquellos tiempos en que parecía primar el instinto de supervivencia por encima del bien común.

Sí, con toda seguridad, Gwendoline tendría una vida mucho más sencilla, mucho más tranquila, si simplemente le cerraba a Seward la puerta en las narices. No volvería a verlo, y sin lugar a dudas él no volvería a acercarse por allí, pues de hacerlo se arriesgaba a que un par de aurores apostados en las inmediaciones le saltasen encima. Acabaría encerrado, y ella podría seguir su vida como una ciudadana leal al gobierno purista.

Muy sencillo. Sólo tenía que ceder su propia alma a cambio.

Eso era lo que no podía explicar, y de todas formas, lo hizo lo mejor que pudo. Se había unido a la Orden del Fénix para ayudar a gente como A.J.: gente que necesitaba ayuda porque ya se lo habían arrebatado todo. Y quizás no fuera la guerrera más diestra, o la duelista más competente, pero podía elaborar pociones, y podía conseguir información.

Aportaba a la causa aquello que podía porque le parecía injusta la vida que algunos se veían obligados a vivir. Y le tocaba muy de cerca: Sam y Beatrice eran el mejor ejemplo de cuán involucrada estaba en la causa.

Así que en eso habían quedado: ella le fabricaba esa poción en sustitución de Beatrice, y él simplemente… no volvía a presentarse allí. Podía sonar muy mal, pero así eran las cosas: los mortífagos podían estar vigilando tras cada esquina.

—Podemos vernos allí.—Asintió con la cabeza. No conocía el bar en cuestión, pero estaba segura de que una rápida búsqueda en Google solucionaría ese problema.—¿Te parece bien a las nueve de la noche?—Le propuso, a lo que él aceptó.

Y llegó el momento de la despedida. Gwendoline, todavía recuperándose de la impresión inicial, sólo entonces empezó a despertar un poco: se sintió un tanto culpable por el trato desconfiado que le había dado a Seward. Sí, quizás fuera necesario, eso no lo negaba nadie, pero igualmente, la morena seguía siendo humana.

Trató de compensar sus formas, al menos un poco, en la despedida.

—Buenas noches. Ten cuidado por ahí.—Poco se imaginaba ella lo peligroso que podía llegar a ser Seward, o el grupo de fugitivos al que realmente pertenecía. Un grupo al que ella misma había tenido que hacer frente durante el ataque que éstos habían perpetrado contra el Ministerio de Magia.


***

A pesar de que sólo habían pasado tres días, la vida de Gwendoline había llegado a dar un vertiginoso giro de ciento ochenta grados: la noche del catorce de noviembre, sus amigas, Caroline y Sam, se habían enfrentado a Artemis Hemsley para liberarla de la maldición Imperius bajo la que ésta había puesto a la morena.

Lo habían conseguido, por supuesto, y si bien técnicamente ya era libre de la influencia de la mortífaga, mucho había sido el daño que había sufrido su mente. Por lo que era justo decir que, a pesar de todo, seguía sin ser totalmente ella.

Las ventajas de la maldición Imperius de Hemsley, que hábilmente había combinado con la legeremancia, eran que se había visto obligada a ‘actuar con normalidad’ a no ser que recibiese una orden distinta. En pocas palabras, la obligaban a ser ella misma y hacer todo aquello que haría normalmente, hasta el momento en que la mortífaga requiriese sus servicios.

Por ese motivo, Gwendoline no se había olvidado de elaborar la poción matalobos, ni tampoco de la cita con A.J. Seward.

Sin embargo, era justo decir que Seward no la había conocido realmente a ella, sino a una imitación muy buena creada por Grulla. ¿Importaba mucho la diferencia? No demasiado, pues Gwendoline sabía que no le había contado absolutamente nada acerca del fugitivo a la que entonces era su ‘maestra’, pero no dejaba de sentirse… rara.

De todas formas, la noche del día dieciséis, un viernes, Gwendoline insistió a Sam—la cual se había convertido en su sombra desde lo ocurrido—en que debía acudir a su cita. A ella sí le había hablado de A.J. y, por consiguiente, de lo que había hecho Beatrice a sus espaldas, y es justo decir que nada en aquella conversación hizo sentir cómoda a Sam.

Sin embargo, su amiga aceptó a regañadientes, pidiéndole simplemente que no tardase mucho, porque de lo contrario era capaz de presentarse allí mismo para sacarla a rastras. Gwendoline la veía muy capaz de ello.


Viernes 14 de octubre de 2018, 20:48 horas
Atuendo

Diez minutos antes de la hora acordada, Gwendoline entró en el susodicho bar, un lugar que a su juicio tenía un aspecto bastante íntimo. Bastante privado. De todas formas, desconfiaba. Desconfiaba de todo lo que la rodeaba, especialmente después de haber pasado cerca de medio año convertida en una marioneta sin voluntad, cuyo único objetivo era espiar a sus seres queridos.

Se dirigió a la barra, pensando que quizás A.J. todavía no había llegado. Llevaba consigo su bolso, colgado del hombro, y también una bolsa de cuero encantada con magia para resistir cualquier tipo de golpes. El contenido de su interior era demasiado valioso: el frágil frasco de poción matalobos.

En cuanto se sentó en uno de los taburetes, el camarero le preguntó qué iba a tomar. Ella se lo pensó un momento, y dado lo caótico de su vida en los últimos tiempos, creyó que se merecía un respiro.

—Cerveza fría, por favor.—Dijo con suavidad, acomodándose en el taburete mientras, más por costumbre que por otra cosa, echaba mano del servilletero más cercano y tomaba una toallita de papel. Tenía esa costumbre, no sabía bien por qué.
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A. J. Seward el Vie Jun 21, 2019 6:45 pm

AJ sentía que estaba al límite, había tantas cosas que podían salir mal que le costaba centrarse en que, de la misma manera, también podía salir todo bien. Aquella era su última oportunidad para hacerse con la matalobos antes de que diese comienzo la semana previa a la luna llena, y si esa misma noche no se tomaba la primera toma nada podría controlar a la bestia en la que se convertía.

Un escalofrío lo recorrió entero al pensar en aquella posibilidad.

No recordaba nada de la noche en que había estado bajo el control de la bestia en su totalidad, imposibilitado de tomarse la poción, pero lo que vio al despertarse todavía lo atormentaba en sus pesadillas. Le daba tanto miedo que algo así volviese a repetirse que allí estaba, esperando a una desconocida de la que no le quedaba más remedio que fiarse aun cuando su experiencia como fugitivo le decía que era peligroso.

Respiró hondo, dispuesto a calmarse y darle un trago a la cerveza que se había pedido. Si algo salía mal necesitaría tener la mente despejada si quería salir de allí de una pieza y sin acabar con el culo en una celda de Azkaban, o peor, en el Área-M.

Poco se imaginaba él que Gwendoline había pasado por un calvario muy recientemente y que a pesar de ello, y de tener motivos más que suficientes para ausentarse de su cita, aparecería por la puerta del bar diez minutos antes de la hora acordada. Sí, Gwendoline era una mujer de palabra y en la que podía confiar para obtener algo tan importante para él como era la poción matalobos, claro que eso él todavía no lo sabía.

Esperó cinco minutos desde que la vio entrar, aprovechando que no lo había visto y se había sentado en la barra, para observarla en un intento de detectar algún comportamiento extraño.

Hola —saludó cuando finalmente se animó a acercarse a ella, situándose a su lado izquierdo.— Estaba en aquella mesa de allá —señaló con la cabeza a la mesa que había ocupado y donde había dejado su cerveza, con la intención de pedirle que se sentasen allí. Intención que se vio reforzada cuando notó que tenían sobre ellos la atención del camarero, que debía aburrirse ya que no había demasiada clientela en aquel momento, pero AJ no se sentía cómodo frente a oídos ajenos y más con el tema que tenían entre manos.— ¿Me acompañas? Estaremos más tranquilos —no creyó necesario decir nada más, esperaba que Gwendoline entendiese a lo que se estaba refiriendo.

Miró de reojo al camarero una vez se habían alejado, para comprobar si seguía mirándolos, pero lo encontró concentrado limpiando la barra. AJ no podía evitarlo, cualquier precaución era poca, y aunque ya había ido varias veces allí no podía evitar estar alerta.

Gracias por venir —agradeció ahora que estaban a salvo de oídos indiscretos. Y lo dijo de corazón, porque aquella poción era sumamente importante para él.— Siento si te ha resultado una molestia, pero me has hecho un favor enorme, de verdad. A no ser que dentro de cinco minutos aparezca un grupo de aurores por esa puerta, entonces retiro lo dicho —dijo con un pobre intento de sonrisa sabiendo que no había sido su mejor chiste, pero es que estaba algo oxidado en lo que al trato con desconocidos se refiere.— ¿Todo bien? —preguntó en general, aunque se refería más específicamente a la poción, pero pensó que qué menos que mostrar un poco de interés por quien le había sacado de un buen embrollo sin tener obligación alguna de hacerlo.
A. J. Seward
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