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Somebody help me tame this animal — Gwendoline Edevane

A. J. Seward el Vie Nov 16, 2018 2:34 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Somebody help me tame this animal — Gwendoline Edevane - Página 2 VvXKtGh
13 de noviembre del 2018 || 20:07 pm || Piso de Gwen || Ropa


Faltaban cinco minutos para la hora acordada y A. J. caminaba por la calles con paso apurado y con la capucha bien puesta, ocultando su rostro lo máximo posible. Lo bueno de vivir en Londres en pleno noviembre era que no destacaba lo más mínimo, muchos de los transeúntes llevaban gorros, amplias bufandas, capuchas e incluso chubasqueros pues hacía unos veinte minutos que se había puesto a lloviznar.

Las molestas gotas no entorpecieron los pasos del fugitivo, que como cada mes había acordado verse con Beatrice en el camino que había justo bajo el Millenium Bridge, a orillas del Támesis. Nunca se ponían en contacto el uno con el otro para acordar el día y hora del encuentro ya que siempre era la misma: tres días antes del comienzo de la semana previa a la luna llena. Era un acuerdo al que habían llegado años atrás, poco después de que A. J. empezase con sus transformaciones.

La poción matalobos tenía uno de los sabores más repugnantes que A. J. había probado en su vida, pero con gusto se la tomaba si con ello conseguía seguir siendo él mismo durante las transformaciones. El fugitivo ya llevaba demasiada mierda encima como para también cargar con el peso de no saber lo que hacía durante la luna llena, de no saber si había matado a alguien o lo habría condenado a vivir el mismo infierno que él.Al menos, gracias a Beatrice, podía estar tranquilo en ese aspecto.

Ya eran las siete y A. J. acababa de llegar al punto donde se reunía todos los meses con la sanadora, ahora también convertida en fugitiva. Desde que lo atendió en San Mungo, después de sobrevivir al ataque del licántropo, Beatrice se había convertido en una buena amiga que siempre se esforzaba por contagiarle un poco de esa alegría que tanto la caracterizaba. Ella lo había apoyado desde que se convirtió en un hombre lobo y él había hecho lo propio cuando capturaron a Steven, el hermano mayor de la rubia. Sin embargo, algo raro ocurría aquel día…

Habiendo pasado media hora desde las siete, A.J. sabía que Beatrice ya no aparecería y el fugitivo no era capaz de quitarse ese mal presentimiento de encima. Algo debía haberle pasado a la rubia, desde hacía cuatro años jamás se había retrasado y mucho menos había faltado a su cita, por lo que su mente empezó a correr imaginándose escenarios a cada cual peor que el anterior. Sacudió la cabeza, intentando alejar los funestos pensamientos y se puso en marcha, dispuesto a encontrarla.

Hacía no mucho, cuando atraparon a Steven Bennington, A. J. le había ofrecido a Beatrice un lugar entre los radicales, donde toda ayuda era bienvenida y donde estaría segura, pero la rubia se había negado diciéndole que ya tenía un lugar seguro donde quedarse y allí era a dónde se dirigía. Le había dado la dirección por si algún sucedía algo y aunque A. J. no sabía el qué todavía, estaba seguro de que algo estaba pasando.

Se desplazó andando y en metro, ya que no le gustaba demasiado aparecerse por miedo a llamar la atención, y cuando al fin estuvo frente al edificio se quedó unos momentos observándolo, con desconfianza. Vamos, como solía mirar a todo y todos desde hacía ya un tiempo. Pero sabiendo que era muy probable que las respuestas que buscaba se encontrasen en aquel piso, entró intentando pasar lo más desapercibido posible.

Desconocía si habría alguien dentro, pero descartó usar un hechizo para abrir la puerta por si habían protecciones mágicas puestas. Apretando los labios y con una honda respiración, se dispuso a hacerlo al estilo muggle.

Toc, toc, toc, toc.

Beatrice, ¿estás ahí dentro?


Última edición por A. J. Seward el Jue Mayo 02, 2019 7:34 pm, editado 1 vez
A. J. Seward
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Gwendoline Edevane el Dom Jun 23, 2019 1:52 am

Sentada a la barra, tratando de parecer lo menos fuera de lugar posible, Gwendoline se limitó a esperar: primero, esperó a que el camarero le sirviera su bebida fría, que quizás en otra ocasión no le interesara mucho, pero entonces sí; cuando la tuvo delante de sí, sobre un posavasos promocional descolorido, esperó a que llegara la persona con la que se había citado.

Después de dar un largo trago a su cerveza, vaciando casi la mitad, se sintió un poco mejor. Su mente era un caos en aquellos momentos. Como forma de combatir todo el ruido dentro de su cabeza, comenzó a desmenuzar aquella servilleta en pequeños trocitos utilizando sus dedos.

Para cuando A.J. Seward apareció a su lado, sobre la barra había lo que parecía ser un montón de confeti de color blanco, y ella apenas conservaba un pequeño pedazo de papel entre los dedos.

—Buenas noches.—Devolvió el saludo, sorprendiéndose ante el hecho de no haberse asustado por la llegada del hombre. Debería estar mucho más nerviosa de lo que estaba, pero sus emociones parecían… anestesiadas, de alguna manera.—Sí, claro. Vamos.—Le respondió cuando le indicó que se había sentado en una de las mesas del fondo, desviando la mirada en esa dirección.

Tomó de encima de la barra tanto su cerveza como la bolsa de cuero que contenía el frasco de poción, y siguió al fugitivo en dirección a su mesa. Una vaga intuición, más adormecida que de costumbre, le sugirió vigilar sus movimientos y sus alrededores, y así lo hizo: mientras se dirigía a la mesa en cuestión, se aseguró de realizar un pequeño examen visual del bar y los presentes. Nadie parecía vigilarla.

Tomó asiento frente a Seward, dejando el valioso paquete sobre la tabla de madera sucia que hacía las veces de mesa. Al hacerlo, notó cómo el cuero se adhería a la superficie, lo cual le indicó que aquella mesa necesitaba que le pasaran un paño urgentemente. Procuró recordarse no apoyar manos y codos allí.

—Si dentro de cinco minutos, un grupo de aurores entra por esa puerta, no serás el único que estará en un problema, te lo aseguro.—Gwendoline, que había identificado el intento de A.J. por bromear, también intentó componer una sonrisa que le quedó un tanto tensa.—No hay nada que agradecer.—Le dijo con lo que parecía falsa cortesía o falsa modestia, pero de verdad lo pensaba: le había ayudado sin esperar un agradecimiento o algo a cambio.—Tú mismo juzgarás si el resultado es óptimo. No te lo dije entonces, pero te lo digo ahora: nunca había preparado esta poción, más allá de alguna práctica en Hogwarts, y sobra decir que entonces sólo tuve una valoración positiva por parte del profesor, que no era un licántropo.—Le acercó la bolsa de cuero, teniendo que despegarla previamente de la pegajosa superficie de la mesa.—He seguido las instrucciones al pie de la letra, y según lo descrito en el libro, tiene el aspecto, el olor y el sabor correcto.—Sí, había probado la poción para asegurarse de ello, y era tan desagradable como decían. Aquel sabor había persistido en su boca durante horas.—Únicamente le falta un ingrediente: tu propio pelo. Beatrice no parecía tener ninguno… así que tendrás que añadirlo tú mismo.

Acordándose del agrio sabor de aquel brebaje, fue casi como si éste regresara a su boca, y sintió la necesidad de beber un pequeño sorbo de cerveza para pasarlo.

—Pruébala y dime si todo está correcto. Lo importante es que funcione, y si tiene algún defecto que detectes, intentaremos corregirlo para la próxima vez.—Dio por supuesto que aquella relación continuaría, que seguiría teniendo que elaborarle la poción hasta que diera con alguien que lo hiciese mejor que ella. Quizás se equivocase.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Lun Jul 08, 2019 6:39 pm

La miró con algo parecido a la simpatía cuando le respondió a su comentario sobre los aurores. No sabía lo que hacía, o con quien trataba, Gwendoline en su vida normal, pero sí que sabía que le había estado dando cobijo a Beatrice durante no sabía cuánto tiempo y que ahora lo ayudaba a él con la poción, por lo que podía suponer que era sincera al decirle que ella también tendría problemas de producirse un altercado con las fuerzas de seguridad mágica del actual gobierno.

Puede que para la morena no hubiera nada que agradecer, pero gracias a ella podría pasar la luna llena con la tranquilidad que le daba el saber que estaría con sus facultades mentales intactas. El único consuelo que le quedaba.

Cogió la bolsa, escuchando lo que Gwendoline le contaba. Inspiró hondo antes de sacar el frasco de la bolsa, que tal y como había dicho tenía el color adecuado, y si el olor y sabor eran repugnantes entonces también sería el indicado.

Ya es más de lo que conseguí yo en Hogwarts. Me quite la asignatura de pociones en cuanto pude, bueno, más bien es que no conseguí llegar al mínimo que pedían en los TIMO —reconoció con un tono algo nostálgico, ojalá poder volver a ese entonces, cuando todos sus problemas se reducían a aprobar las asignaturas. — ¿La has probado? —preguntó incrédulo cuando aseguró que todo estaba según decían los libros.— Siento que hayas tenido que pasar por eso.

El sabor de la matalobos era lo más asqueroso que AJ había probado en su vida, y eso que se había visto obligado a comer auténticas asquerosidades en tiempos de necesidad. Le quitó el tapón al frasco y acercó su nariz, identificando el nauseabundo olor, que ya le dejó un regusto amargo en la boca incluso antes de probarla.

Sí, definitivamente huele igual de mal que siempre —asintió. Dejó la poción sobre la mesa para arrancarse un par de pelos y echarlos dentro para que estuviera completa. Un ligero humo color azul salió del frasco, y AJ supuso que sería lo normal, ya que él nunca había elaborado la poción.

Miró fijamente la poción antes de volver a cogerla y hacerse el ánimo de tomarse la toma de aquel día. ¿Qué es lo peor que podría pasarle si no estuviera bien hecha? Bueno, podría morirse, ya que el acónito era muy venenoso para los licántropos, pero teniendo en cuenta la vida que llevaba quizá tampoco sería una pérdida muy grande para nadie.

Vamos allá —dijo más para sí mismo que para Gwendoline. Se llevó el frasco a la boca y le dio un generoso trago.

Simplemente repugnante.

Está perfecta —afirmó con el tono un poco encogido debido al sabor horripilante de la poción. Un sabor tan horrible que a pesar de llevarla tomando todos los meses durante cuatro años todavía no se había acostumbrado, y dudaba poder hacerlo algún día.

Tosió un poco, pero no se llevó la cerveza a la boca, había aprendido que el remedio era peor que la enfermedad en ese caso. Cualquier líquido que pudiera ingerir después de tomarse la poción sabría exactamente igual de mal que darle otro trago. Prefería aguantar del tirón.

Bueno, de momento no me he muerto, lo que es una buena señal —comentó encogiéndose de hombros.— Pero hasta que no pase la luna llena no podré saber si hace efecto por completo —dijo con un tono sombrío y hasta pudoroso. AJ no hablaba con nadie de su licantropía, podría decirse que era su secreto mejor guardado, y el hecho de ser incapaz de aceptarse a sí mismo como lo que era hacía que le fuera difícil hablar de ello con normalidad.

Sinceramente, AJ no había pensando demasiado en el futuro, pensaba que una vez le diese la poción para ese mes Gwendoline le diría que se buscase la vida por su cuenta, que buscase a alguien más para que le hiciera la poción. Pero de nuevo la morena volvía a sorprenderlo, dando por hecho que aquella relación se prolongaría. Era una relación bastante extraña a decir verdad, ya que eran completos desconocidos, pero AJ no tenía nada mejor a lo que agarrarse ya que no quería decirle a nadie en el refugio sobre su condición.

Claro, te lo diré si algo va mal —asintió, y estuvo seguro de que en su rostro se veía reflejado el desconcierto que sentía en su interior.— Todavía no entiendo porque me ayudas —optó por ser sincero.— Entiendo lo que me dijiste el otro día, creeme que sí, pero ya has hecho mucho por mí, más de lo que podría esperar de alguien que no me conoce, pero te ofreces a seguir ayudándome y no sé muy bien cómo reaccionar. No estoy acostumbrado a esto, de normal una puerta en las narices es lo más generoso que un fugitivo puede pedir, mucho más si es alguien como yo —dijo desviando la vista hacia la bolsa en la que había vuelto a meter la poción tras tomársela.— Pero este tipo de altruismo… simplemente se me había olvidado que existía.

No sabía muy bien cómo hacerse entender porque ni él mismo se entendía del todo bien. Quizá podría haber empleado una metáfora, como por ejemplo la de un perro abandonado. AJ se sentía como un perro al que habían maltratado y abandonado a su suerte, y que durante mucho tiempo solo había tratado con otros perros en su misma situación, y cuando después de tanto tiempo alguien le ofrece un trato humano de nuevo, simplemente no sabe cómo reaccionar, excepto con desconfianza. Sí, era sería una buena manera de explicarlo, pero por desgracia AJ no era tan demasiado bueno con las palabras.

Estoy sonando como un desconfiado, o como un gilipollas —dijo un poco exasperado consigo mismo y su incapacidad para poner en palabras lo que pensaba.— No lo puedo evitar, es demasiado tiempo viviendo de esa manera, pero bueno, supongo que lo que quiero decir es que es bueno saber que el mundo no solo está lleno de gilipollas puristas.

Y aquello fue lo más parecido a un halago que había dicho el fugitivo en muchísimo tiempo.
A. J. Seward
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Gwendoline Edevane el Miér Jul 10, 2019 3:23 am

Probar una poción que contenía acónito, sin lugar a dudas, podía considerarse una locura: la planta no sólo era terriblemente dañina para los que sufrían la maldición de la licantropía, sino también para los seres humanos comunes y corrientes. Había confiado en sus habilidades y en lo que decían los libros sobre cómo los demás ingredientes neutralizaban la toxicidad de la planta, dejando únicamente sus propiedades beneficiosas en la mezcla.

Y sí, era asquerosa. Terriblemente asquerosa, de hecho.

A veces se preguntaba por qué el pocionista medio no adoptaba las costumbres muggles para aquel tipo de cosas: por mucho que pudiera llegar a parecer una adicta a algún tipo de droga, si Gwendoline sufriera la licantropía preferiría mil y una veces una inyección de aquella sustancia antes que tolerar aquel desagradable sabor. Había que recurrir a toda la fuerza de voluntad de uno para no vomitarlo de inmediato.

—Ya sabes lo que dicen: si no estás dispuesto a probar algo que has elaborado tú mismo, no deberías siquiera pretender que eres cocinero. O, como es el caso, pocionista.—Le dijo, de nuevo en un intento de bromear. Recordaba haber escuchado aquella frase a algún chef famoso, quizás el famoso Gordon Ramsay. El inglés visitaba restaurantes pésimos y en más de una ocasión tenía que probar comida horrible. Definitivamente, él podría haber soltado aquella frase.—Sólo espero que esté a la altura de lo que podría haber hecho Beatrice. Estoy segura de que ella no tuvo ningún problema a la hora de superar el T.I.M.O. de pociones.

Durante los siguientes minutos, y A.J. comprobó la calidad de la poción: primero la olió—Gwendoline también, por desgracia, pues en cuanto el frasco se abrió, un hálito emergió de éste—, luego añadió un par de pelos y, finalmente y tras algo de duda—debido al sabor, la morena estaba segura—, la probó. Y desde luego, no debió ser un trago placentero.

Gwendoline no iba a menospreciar el valor de aquella poción a nivel medimágico: gracias a ella, muchas personas aquejadas de una enfermedad mágica que no tenía cura a la fecha podían vivir una vida relativamente normal, sin miedo a hacer daño a otras personas. Sin embargo, el hecho de que no pudiese enmascararse aquel sabor con algún endulzante o algo por el estilo, pues restarían eficacia al producto final, era sin lugar a dudas una gran pega.

Y eso sin mencionar lo extraño que debía ser vivir durante unas horas en la forma de una bestia.

—Menos mal.—Porque sí: una de las cosas que Gwendoline más temía era que A.J. pudiera sufrir un envenenamiento. Había tratado el acónito con el cuidado que se exigía, purgándolo de la mayor parte de sus toxinas antes de añadirlo a la mezcla, pero siempre quedaba la duda. Se dio cuenta entonces de que había estado apretando los puños con nerviosismo desde hacía unos minutos.—Si alguno de los ingredientes te hubiera sentado mal, creo ya podríamos empezar a ver efectos negativos.—Señaló, aunque no estaba del todo segura: prefería alargar un poco más aquel encuentro, con tal de asegurarse de que no sucedería nada malo.

Había dado por supuesto que A.J., al menos temporalmente, necesitaría alguien que siguiera elaborando aquella poción. Él mismo lo había dicho: no se le daba bien. Seguro que tampoco se fiaba de muchas personas, dada su condición, por lo que le resultaría muy complicado encontrar a alguien digno de confianza que le ayudase.

Se ofreció a ello sin apenas pensarlo. Quizás no fuera la más experta, pero se aseguraría de pedir consejo a aquellos que sabían más que ella—principalmente, Rox, una de sus tutoras de prácticas en San Mungo—sin desvelar la identidad del destinatario de la poción.

¿Y por qué hacía todo aquello? Por el mismo motivo por el que había decidido unirse a la Orden del Fénix: porque sentía una necesidad dentro de sí misma. Algo muy difícil de explicar y de creer, dados los tiempos que corrían.

—Supongo que es difícil de entender, sí.—Concedió, encogiéndose de hombros y dando un pequeño sorbo a su bebida.—He tenido una suerte que no muchos tienen: me he mantenido en libertad aún después del cambio de gobierno. Supongo que puede parecer muy estúpido arriesgar la vida y la libertad por ayudar a terceros. Quizás lo sea.—Otro sorbo de su bebida.—Me imagino que, como la mayoría de fugitivos, estarás familiarizado con la pérdida. Y si bien yo no he perdido la libertad, muchas de las personas a las que quiero son ahora fugitivas o están encerradas.—Prefirió no ahondar mucho en la identidad de esas personas, pues hacerlo supondría pensar en su madre, que padecía a saber qué clase de torturas en el Área-M.—Sería muy cómodo ignorar a todas esas personas y aceptar el nuevo gobierno sin rechistar, pero...

Pero ella no era así. Nunca lo sería.

Durante mucho tiempo había vivido por costumbre bajo el yugo de Lord Voldemort y los suyos, concentrándose simplemente en mantenerse con vida y en libertad. Pero más tarde que pronto había descubierto que aquello no era vivir. Si no tenía con ella a las personas que quería, su vida no era realmente una vida. Y cuando había comprendido aquello y se había unido a la Orden del Fénix, muchas de las personas del refugio se habían convertido en una parte importante de su vida.

No pretendía darles la espalda.

—Si eres una persona de pensamiento práctico, ahora mismo debes estar pensando que soy imbécil.—Sentenció, dejando escapar un bufido medio divertido, medio exasperado.
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A. J. Seward el Miér Ago 28, 2019 11:45 pm

AJ no sabía si para considerarse uno un buen pocionista se debía de probar las propias elaboraciones, como acababa de decir Gwendoline, pero desde luego el que ella lo hubiera hecho con aquella poción, la matalobos, debía de sumar una buena cantidad de puntos positivos. Definitivamente. Solo el olor ya echaba para atrás, pero es que el sabor era mil veces peor. Dudaba que Beatrice hubiese probado alguna vez las pociones que le preparaba, de haberlo hecho nunca se lo mencionó, pero el saber que Gwendoline sí lo había hecho le parecía un gesto de lo más tranquilizador. Al menos no quería envenenarlo. Aunque se hubiera fiado de ella de igual manera, tampoco es que tuviera muchas otras opciones.

Supongo que no los tuvo, no tengo ni idea de cuan difícil sea entrar en la carrera de medimagia, pero seguro que hacen falta muy buenas calificaciones —contestó encogiéndose de hombros. A AJ nunca le interesó entrar en la universidad, ni en la muggle ni en la mágica, siempre tuvo muy claro que su futuro estaba en el Quidditch, por lo que en cuanto a requisitos para acceder a tal o cual carrera estaba bastante verde, pero usó la lógica.— Además, Beatrice perteneció a Ravenclaw y seguro que las buenas notas van implícitas en esa casa. Si suspendes duermes en el pasillo —bromeó.

No tenía ni idea de si Gwendoline habría estudiado o no en Hogwarts, AJ suponía que sí por el comentario que le hizo el pasado día en su casa, que conocía a Beatrice desde que tenían once años una y doce la otra. El fugitivo sumó dos más dos y entendió que se conocieron en el colegio, aunque tampoco podía estar al cien por cien seguro. Pero lo estaba al noventa. De hecho, si se basaba en aquel dato y daba por supuesto que Gwendoline había asistido a Hogwarts, ambos debieron haber coincidido en el castillo.

AJ era dos años mayor que Beatrice, y si Gwendoline tenía doce cuando Beatrice entró a los once, eso lo dejaba con que le sacaba un año a la morena. Aun así ni siquiera le sonaba la cara o el nombre de la mujer que tenía delante, Hogwarts era muy grande y acogía a muchos alumnos en su interior, así que tampoco era de extrañar. Es más, AJ había conocido a Beatrice a raíz de su accidente con el licántropo y no durante sus años en Hogwarts.

En fin, que aquello tampoco era importante. Simplemente era algo en lo que había pensado tras la conversación que mantuvieron en el piso de la morena. Lo realmente importante era la poción matalobos, y en aquella primera toma AJ no encontró nada raro.

Olía mal, sabía peor, y le había arrebatado las ganas de volver a ingerir cualquier líquido o sólido. Todo normal. De todas maneras, tal y como le había dicho a Gwendoline, hasta la luna llena no podría saber si había algún problema real o todo estaba en orden.

Bueno es saberlo —dijo con el tono todavía un poco estrangulado a causa del horrible sabor que permanecía en su boca y garganta. Nunca había tenido ningún tipo de reacción negativa a la poción, pero al ser la primera vez que Gwendoline la preparaba entendía los posibles nervios. De hecho, él también los había tenido. Sufrir un envenenamiento no le apetecía demasiado que digamos.

El que Gwendoline afirmase que seguiría preparándole la poción lo pilló con la guardia baja y, sin pensar demasiado en lo que estaba diciendo, trató de expresar sus dudas o, más bien, su desconfianza.

Realmente las razones que pudiera tener Gwendoline para ayudarlo ni le iban ni le venían, con que le preparase la poción ya estaba apañado, pero no era tan sencillo. En su situación, la de un fugitivo, no podía simplemente aceptar aquel favor de una desconocida y no hacerse más preguntas, porque una parte de él temía que tuviera intereses ocultos que tarde o temprano acabarían explotándole en la cara. Por eso, en un intento de acallar sus temores, le dijo todo aquello, para intentar entenderla mejor.

AJ dedicó unos momentos a pensar en lo que Gwendoline le estaba contando, la explicación de la morena no lo dejó del todo tranquilo, pero probablemente aquello no fuera posible mientras su cabeza continuase valiendo lo que él consideraba una cantidad indecente de galeones. Sin embargo ya había visto casos como ese antes, personas que aun siendo capaces de seguir con una vida normal, sin tener que huir, preferían tomar partido y plantarse junto a sus ideales. En las filas de los radicales había gente así.

No sé si práctico es la palabra adecuada —comentó pensativo.— Yo no tuve elección, así que nunca me he parado a pensar en lo que habría hecho de estar en tu posición —dijo con total sinceridad.— No pienso que seas imbécil, y si lo pensara no te lo diría. No me parece inteligente insultar a quien puede envenenarme —bromeó.— Estando en mi posición es muy fácil decir que haría lo mismo que tú si pudiese, sin nada que perder es fácil que se te llene la boca, pero la verdad es que no pondría la mano en el fuego por mi mismo. Me gustaría pensar que sí, que mis valores pesarían más que una vida de sumisión y comodidad, pero…

Calló. Porque sabía que si él y su familia hubieran podido vivir a salvo muy probablemente no habría hecho nada que los hubiera puesto en peligro. Siendo fugitivo, y habiendo sufrido tanto a causa del nuevo gobierno, le avergonzaba pensar de esa manera, pero era la verdad. Se había implicado en aquella guerra, con los radicales, porque no había tenido más remedio. Se lo habían quitado todo y lo único que le quedaba era luchar.

En realidad supongo que no importa en absoluto, ¿no?—se encogió de hombros.— Pensar en lo que habría podido ser... Las cosas son como son, no hay más. Yo soy un fugitivo y tú te la estás jugando por ayudarme, de todos los escenarios posibles este no está tan mal, al menos para mi, claro. Desde tu punto de vista quizá encuentres más contras que pros.

Se llevó el botellín de cerveza a la boca, lo hizo por pura inercia, sin pensarlo, pero se arrepintió enseguida, en cuanto el sabor de la poción se mezcló con el de la cerveza en su boca.

Joder, que asco —verbalizó, aunque la expresión de su cara debió haberlo dicho todo.— Mala decisión.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 30, 2019 11:37 pm

Teniendo en cuenta la enorme confusión mental que sufría en aquellos momentos, Gwendoline tuvo algunos problemas a la hora de centrarse en recuerdos tan antiguos como la edad de once años, o incluso el momento en que había rellenado la solicitud para acceder a la carrera de medimagia. Sin embargo, no tuvo problemas a la hora de identificar cuáles habían sido sus convicciones a la hora ingresar en esa carrera. Y opinaba que la predisposición era incluso más importante que la inteligencia. Ciertamente, sin alcanzar la nota media necesaria, no se podía acceder, pero… era mucho más importante saber que aquello era lo tuyo.

En aquella carrera no valían las medias tintas, por muy inteligente que uno fuese.

—Siempre me he preguntado cómo es que fue capaz de acceder a la casa Ravenclaw.—Comentó, sin poder evitar esbozar una sonrisa y negar con la cabeza.—Y ya puestos: siempre me he preguntado de dónde sacaba el tiempo para estudiar, teniendo en cuenta que la mitad de su vida se iba en hacer travesuras y la otra mitad en estar castigada.—Su sonrisa se ensanchó… y sintió una punzada de tristeza al recordar aquellos buenos momentos. Estaba dolida, pues la había querido como a una hermana.

Solucionado el tema de la poción matalobos, que por el momento no parecía tener ningún efecto adverso en el cuerpo de Seward, quedaba resolver la cuestión de por qué Gwendoline había decidido no sólo ayudarlo, sino prolongar dicha ayuda en el tiempo. La morena había dado por supuesto que así sería, principalmente porque no era el tipo de persona que te daba una limosna, una palmada en el culo, y te mandaba a correr como si nada.

No. Ella era el tipo de persona que se responsabilizaba de las cosas que se le presentaban.

Era para ella algo tan natural como el respirar, y quizás fuera una ingenua por meterse en aquellos problemas, pero se alegraba de ser así: eso significaba que aquellos tiempos llenos de locura no habían sido capaces de cambiar su esencia, que no se había contagiado de toda la toxicidad que les rodeaba en aquel presente demencial.

Explicar esto era mucho más difícil de lo que parecía, pues sólo aquellos con mucha empatía, o que estuvieran en el mismo lugar que ella, eran capaces de comprender qué impulsa a una persona a actuar así. Había visto a personas que quería perder la libertad, la vida y a sus seres queridos, y había pasado casi un año entero en el más completo silencio, fingiendo ser quien no era y dejándose llevar por la corriente. Lo único que había conseguido despertarle había sido el regreso de Sam a su vida.

Ahí lo había comprendido todo: si ella estaba sana y salva, muchos otros también podrían estarlo, y si aspiraban algún día a recuperar el mundo en que habían crecido, a deshacerse de la tiranía de Voldemort, no servía con permanecer callados. Había que hacer algo.

Con el tiempo había descubierto que aquello le venía grande, y cada día estaba más segura de ello. Ya no se creía la revolucionaria que había pretendido ser… pero seguía sintiendo la necesidad de ayudar en todo lo que pudiera a aquellos que la necesitasen.

—...pero no es tan sencillo tomar esa decisión cuando la vida que está en riesgo es la de otros.—Completó la frase, sin saber realmente si eso era lo que A.J. quería decir, o si realmente estaba plasmando sus propios pensamientos en palabras.—Casi cada uno de mis seres queridos se ha visto salpicado por esto. O bien han huido, o bien...—No terminó la frase, pues era más que evidente lo que quería decir: en el mejor de los casos, encerrados; en el peor, muertos. Se acercó la cerveza a los labios y bebió un sorbo.—Sé que las cosas habrían sido muy diferentes para mí si mis seres queridos hubieran salido airosos. No estoy orgullosa de ello, seguramente me hubiera dejado llevar por la corriente, sin más.

La única persona que realmente podría verse salpicada por su implicación en todo aquello era Caroline Shepard, y ni siquiera: ella podría desvincularse perfectamente de Gwendoline, cosa que esperaba que hiciese de darse el caso. Era de sus pocos amigos que seguía en libertad.

Convino con A.J. que los “¿Y sí…?” no servían para nada, pues no eran más que hipotéticos que nunca se habían dado. Pensar que en un universo paralelo, tu otro yo había tenido una vida diametralmente opuesta a la tuya no sólo era una pérdida de tiempo, sino un consuelo absurdo. La pura realidad era que sus vidas estaban allí, en aquel momento, y circunstancias y decisiones inamovibles los habían llevado allí.

—No quieres hacer daño a la gente.—Gwendoline se encogió de hombros.—Yo tampoco quiero que hagas daño a la gente. Creo que aquí los dos salimos ganando.—Ahí entraba una de las lecciones que más repetía su madre: toda vida era sagrada. Con el paso de los años, Gwendoline se había dado cuenta de que aquella afirmación era estúpida. ¿La vida de Voldemort y los suyos también era sagrada? Porque para ellos no había absolutamente nada sagrado.

Sonrió levemente cuando A.J. tuvo la ocurrencia de beber un trago de cerveza, que debió saberle básicamente a poción matalobos. Sabía que aquel sabor no se iba fácilmente, así que le esperaban unos cuantos días asquerosos.

—Por cierto, ¿hay algo más en que te pueda ayudar? No soy experta en pociones, pero si necesitaras algún remedio o algo así… supongo que podría elaborarte alguno. También puedo hacerme con ingredientes y esas cosas.—Ventajas de su “libertad” como empleada del Ministerio de Magia.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Dom Oct 27, 2019 8:12 pm

Hablar sobre Beatrice era raro, porque ya no estaba ni sabían dónde se encontraba, era raro porque de repente había desaparecido de la vida de ambos, desencadenando en aquella situación en la que dos desconocidos dejaban de serlo.

Poco a poco irían conociéndose mejor, partiendo de la base de que aquel acuerdo con la poción matalobos iba a prolongarse en el tiempo, pero por el momento no eran más que dos desconocidos intentando entenderse entre ellos, al menos AJ intentaba entender los motivos de Gwendoline para ayudarlos de manera tan desinteresada.

El fugitivo había intentado expresarse lo mejor posible, dadas las circunstancias de la falta de confianza con su interlocutor, pero había sido sincero y, para su sorpresa, Gwen pareció entenderlo a la perfección llegando a acabar la frase que él había dejado a medias. Tal parecía que la morena lograba entenderlo mejor que lo que él la entendía a ella, pero probablemente aquella empatía que mostraba la mujer fuera la clave para ello.

AJ asintió, dándole a entender que, precisamente, aquello era lo que había querido decir. Con su siguiente declaración el fugitivo consiguió entenderla mejor, él sabía lo que era perder a seres queridos, de hecho, ver cómo les ocurrían cosas malas a las personas que quieres era mil veces peor que sufrirlas en carnes propias. AJ firmaría encantado si pudiera darle la libertad a sus hermanos a cambio de permanecer como fugitivo, o incluso como preso, para siempre. Pero básicamente todo se resumía en aquello, era mucho más fácil mirar hacia otro lado cuando otros eran los que sufrían, y precisamente eso era lo que hacía gran parte de la sociedad mágica inglesa.

Si no nos pillan, sí —matizó con cierto tono sombrío. Él tenía poco que perder y mucho que ganar con aquella situación, pero en el caso de Gwendoline era del revés y por eso valoraba que estuviera dispuesta a ayudarlo, aunque le costase verbalizarlo.

La propuesta de la morena de ayudarlo con algo más consiguió sacarle una sonrisa afable, pero negó con la cabeza, no había mucho más que pudiera hacer por él.

Te lo agradezco pero no es necesario que te arriesgues más por mi —le hizo saber.— Tampoco es que puedas hacer mucho más, lo más importante ya lo estás haciendo. Luego solo están los días de malestar pero con pociones revitalizantes voy tirando —explicó.— Pero esas tengo manera de conseguirlas, no te preocupes.

Dichas pociones podìa conseguirlas con relativa facilidad en la enfermería del refugio sin tener que dar demasiadas explicaciones, pero la poción matalobos ya era otro cantar. No dudaba que Hektor podría preparárselas, era un gran sanador, pero ello implicaría revelar su condición y si había algo que AJ no desease por nada del mundo era aquello, que sus compañeros lo tratasen diferente, que lo mirasen como lo que realmente era, un monstruo.

Miró la cerveza con el ceño fruncido antes de darla por perdida y apartarla a un lado. Aquel encuentro estaba llegando a su fin, alargarlo más podría resultar peligroso aun cuando aquel era un barrio residencial muggle bastante tranquilo.

Bueno, Gwendoline, creo que lo mejor será que me marche ya —dijo mientras apartaba la silla de la mesa para poder levantarse con comodidad.— Gracias de nuevo, por todo. ¿Nos vemos el mes que viene aquí mismo? Me parece un buen sitio para reunirnos.

Quizá más adelante les convendría cambiar de lugar, para no llamar la atención, pero por el momento The Porcupine parecía un lugar seguro en el que poder reunirse.


*  *  *


23 de febrero del 2019

No eran pocas las veces que cuando el gobierno capturaba a algún fugitivo éste quedaba gravemente herido, hasta tal punto de casi perder la vida, y era normal porque, ¿quién renunciaría a su libertad, o a su vida más bien, sin presentar batalla? Cuando te lo han quitado todo no te queda otra que pelear por conservar lo poco que tienes. Cuando esto ocurría dichos fugitivos eran trasladados a San Mungo, donde recibían los remiendos necesarios para no morir en el trayecto hacia Azkaban, y era ahí cuando los radicales podían actuar, interceptando el traslado y liberando a los fugitivos.

Ya lo habían hecho antes, algunas veces con éxito, aprovechando momentos como el antes descrito o como cuando llevaban a los fugitivos al Ministerio para ser enjuiciados y encerrados después. Sea como fuere, no siempre tenían éxito, el gobierno contaba con más magos y recursos que los radicales pero su deber era, al menos, intentarlo.

Precisamente eso era lo que habían intentado aquella vez, asaltar un traslado de unos prisioneros antes de que fuera demasiado tarde, pues pocos son los que consiguen escapar de Azkaban con vida. Pero ese día la suerte no había estado de su lado, quizá ya intuían que algo así podría pasar, pues en la partida de fugitivos que trasladaban se encontraba un miembro de los suyos, de los radicales, y por ello los aurores los superaban en número.

No fue sencillo salir de aquella escaramuza, en algún momento de la reyerta un malherido AJ se había separado de sus compañeros y a duras penas había salido de allí de una pieza. Tenía varios impactos de flechas de algún Lacio Sagittas, además de profundos cortes, y el impacto de un buen golpe producido por la explosión de una Bombarda cerca de donde él se encontraba, pero lo peor no era eso, sino el veneno que lentamente se extendía por su cuerpo fruto de un Abrusca pretorius.

En resumen: estaba jodido.

La sangre manchaba su ropa, sus pasos eran lentos y dificultosos, y el veneno empezaba a extenderse causándole cierta parálisis en una de sus piernas. Tenía que encontrar ayuda y pronto, si es que quería sobrevivir a aquello, pero las furgonetas estaban demasiado lejos como para llegar a alguna de ellas antes de que el veneno terminase de hacer efecto, paralizándolo por completo o dejándolo inconsciente, o también podía desangrarse por el camino… Por esas mismas tampoco podía aparecerse, no al menos sin dejarse alguna de sus extremidades por el camino, y si, es verdad que ya estaba hecho una mierda, pero no quería añadir más leña al fuego.

Solo tenía una opción, aunque no supiese cómo ella iba a reaccionar.

Gwendoline llevaba ayudándole con el tema de la poción matalobos ya unos meses, y si que es cierto que ahora AJ confiaba muchísimo más en la morena que la primera vez que trató con ella, pero sabía que ir a su casa estaba fuera de los límites, se lo había dicho el primer día que se vieron, y AJ lo entendía, tener un fugitivo merodeando por allí podía meterla en muchos problemas. Pero no tenía alternativa, su piso estaba cerca y se le estaba acabando el tiempo.

En fin, mejor pedir perdón que permiso.

Cada paso que daba era un tormento para el fugitivo, sus heridas no dejaban de sangrar y, a pesar de ello, no era el peor momento en la vida de AJ, para dar fe de ello tenía un buen puñado de cicatrices en el cuerpo que lo demostraban. El fugitivo había estado en otras mucho peores y siempre había conseguido salir con vida. Esperaba que aquella vez no fuera distinta.

A pesar de estar cerca, si le preguntasen tiempo después, no sabría decir exactamente cómo llegó hasta la puerta de Gwendoline, solo que cuando estuvo allí aporreó dicha puerta con toda la fuerza de la que fue capaz antes de que todo se le fuera a negro.
A. J. Seward
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Vie Nov 01, 2019 12:13 am

Con toda seguridad, Gwendoline había asumido riesgos mucho peores que el verse con un fugitivo en un bar en el transcurso de todo el año, pero no lo mencionó. Su labor dentro de la Orden del Fénix la había llevado a tratar prácticamente a diario con fugitivos, y aunque generalmente evitaba lugares públicos y su labor era más de informante que otra cosa, a veces no podía evitar saltar de cabeza al peligro.

Pero sí, tuvo que coincidir con Seward: si no les atrapaban, aquello sería beneficioso para ambos; si les atrapaban… bueno, pues fin de la partida. Directos a la cárcel, sin escapatoria.

No quiso pensar mucho en ello. Convivía con esa posibilidad a diario, desde que había escogido posicionarse del lado que consideraba justo en aquella guerra, y  mentiría si dijera que no le daba miedo la posibilidad. A toda persona con dos dedos de frente le daría miedo acabar entre rejas.

Sin embargo, dejar que una idea la obsesionara tampoco era la mejor idea del mundo.

Ofreció echarle una mano en otros aspectos: remedios más básicos, ingredientes… No le molestaba en lo más mínimo cumplir con la labor que se le había encomendado al entrar a formar parte de la Orden. Sin embargo, un A.J. algo más sonriente declinó la oferta, alegando que no necesitaba nada.

—Me alegra saber que tienes quién te eche una mano —le respondió, asintiendo con la cabeza. No sabía si tenía un grupo con el que contar, pero lo intuyó por sus palabras.

Estaba de acuerdo en que aquel encuentro se había alargado demasiado, y no porque su compañía fuese desagradable o algo por el estilo: simplemente, cada segundo que pasaba, la inquietud de Gwendoline crecía un poco más, y no podía evitar visualizar escenarios en que un mortífago o dos entraban por la puerta y los veían juntos. Quizás estuviera exagerando, pero su mente hiperactiva tenía tendencia a imaginarse lo peor.

Y más, después de todo el asunto de Hemsley.

Pero no, no entró ningún mortífago, varita en mano, por la puerta. Y ambos pudieron despedirse de una manera normal.

—De acuerdo. Me aseguraré de tenerla. Pero, por si acaso... —La morena echó mano de una servilleta y, utilizando el bolígrafo que siempre llevaba en su bolso, anotó su número de teléfono; después, entregó la servilleta al fugitivo—. No suelo olvidarme de las cosas, pero, en caso de que ocurra, prefiero que me llames dos o tres días antes. —Y cuando el fugitivo tomó la servilleta, Gwendoline añadió—: Buena suerte. Cuídate.

Y con esas palabras, se despidieron. Gwendoline esperó algunos minutos antes de salir, dejando a Seward tomar la delantera. Aprovechó dichos minutos para beber lo que restaba de su cerveza y deambular un poco por ese caos en que se había convertido su mente después del último encuentro con Hemsley. Todavía faltaban unos días antes de que Sam utilizase sus poderes como legeremante para reparar la mayor parte de ese daño.


***

Los meses habían pasado desde aquella noche, y Gwendoline se había mantenido en contacto con A.J. Seward. Quizás no se les pudiese considerar amigos, pero sí habían desarrollado una confianza mutua.

Muchas cosas habían cambiado en aquellos meses —y muchas cambiarían en el futuro más inmediato—, pero Gwendoline se había mantenido fiel a su palabra: había elaborado cada mes la poción matalobos, asegurándose de que el fugitivo contase con ella y evitase lo peor de las transformaciones: el perderse a sí mismo dentro de la mente de una bestia que únicamente vivía para alimentarse y destrozar a sus víctimas.

Con todo y con esas, una cosa había estado siempre clara: nunca se reunirían en su casa. No le había hecho gracia que Beatrice hubiese revelado su ubicación, aunque tampoco le sorprendía demasiado. Cualquiera que la conociese sabía lo inconsciente que podía llegar a ser.

Así pues, había dejado claro a Seward que aquel lugar estaba fuera del trato. Es por este motivo que, ese día y cualquier otro, Gwendoline no esperaba recibir una visita del fugitivo en su casa.

Se había aparecido en su apartamento apenas media hora antes, después de una tarde de compras. Se había puesto algo más cómodo encima, un suéter y unos pantalones viejos, y se había puesto a ordenar las provisiones en la cocina. Fue realizando esa misma labor cuando la sorprendieron los golpes en la puerta, haciéndola pegar un salto en el sitio en que se encontraba. Por muy poco no había dejado caer el frasco de mermelada de fresa que llevaba en las manos.

Pensando que, quizás, había importunado a algún vecino que estaba con la oreja pegada a su pared esperando a escuchar sonido alguno en el interior, Gwendoline acudió a abrir. Tan segura estaba de que sería un vecino que ni preguntó, ni echó un vistazo a través de la mirilla. Tampoco es que hubiera visto nada, pues al abrir la puerta se encontró con A.J. Seward desvanecido en el rellano. Estaba lleno de sangre, y resultaba complicado adivinar a simple vista de dónde procedía toda ella.

—¿Qué demonios…? —se preguntó, dándose cuenta de que daba exactamente lo mismo: tenía que meterlo dentro del apartamento antes de que alguien lo viese.

Tirando como pudo de él, sujetándolo por las axilas, Gwendoline logró a duras penas introducirlo en el apartamento. La idea de subirlo al sofá ni se le pasó por la cabeza, pues no tendría fuerza suficiente.

Cerró la puerta de entrada, recordándose mentalmente limpiar el rellano en cuanto hubiese terminado con Seward, y procedió a atender sus heridas.

A simple vista, eran diversas y de distinta consideración. La piel que no estaba manchada de sangre mostraba una lividez preocupante, así que tendría que actuar rápido.

Se levantó y recorrió a la carrera el pasillo en dirección a su cuarto, lugar en que guardaba su material medimágico. Regresó acarreando su pesado bolso con encantamiento extensible y su varita. Dejó ambas cosas en el suelo, junto al fugitivo, y se arrodilló para comenzar a rebuscar.

En cuanto tuvo todo lo que necesitaba alineado junto a él, comenzó empleando un Vulnera Sanentum que, en un principio, ayudó a detener el sangrado de las heridas. No iba a ser ni remotamente suficiente, pero al menos las había cerrado un poco.

Le tomó el pulso —débil, pero presente— y la temperatura con el dorso de la mano —estaba hirviendo—, y no tardó en comprender que había algo más que las heridas. Se puso a revisar cada centímetro de su piel a la vista y, más pronto que tarde, dio con el motivo: pequeñas punciones, sin lugar a dudas producidas por lo que fuera que le había envenenado.

—Vamos a ver... —Gwendoline volvió a rebuscar dentro del bolso hasta dar con lo que buscaba: un bezoar. Sin embargo, necesitaba que Seward estuviera despierto para tomárselo. Así que conjuró sobre él un hechizo Enervate no verbal—. ¡Eh, vamos! Tienes que tragar esto.

Le sujetó la cabeza con una mano, en la que sostenía la varita, y con la otra acercó el bezoar para que se lo tragase. No sabía el tipo de veneno que le estaba intoxicando, pero fuera lo que fuera, el bezoar tendría que ser suficiente.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Dom Dic 01, 2019 12:46 am

La inconsciencia no estaba tan mal, sobre todo cuando al estar despierto sientes un dolor incesante en cada parte de tu cuerpo y cómo éste va perdiendo las fuerzas a causa del veneno. AJ no se enteró de absolutamente de nada después de desmayarse, ni siquiera fue consciente del esfuerzo que tuvo que hacer Gwen para entrarlo en su piso, pero él lo prefería así, durante ese breve rato al fin pudo descansar y dejar de sentir dolor.

Aquel Enervate le devolvió la consciencia al fugitivo, que se mostró claramente desorientado y débil. No sabía dónde estaba, ni recordaba haber ido hasta el piso de Gwendoline en un intento desesperado de salvar la vida, por eso su primer instinto fue el de alejarse del agarre que tenía la morena sobre su cabeza, incluso intentó incorporarse haciendo que el dolor de sus heridas le recordase qué había ocurrido.

Ni siquiera tuvo fuerzas para gemir del dolor, solo se quedó sin aliento al realizar aquel brusco movimiento para luego volver a la misma posición en el suelo. Sin fuerzas para nada más. Aun así sus ojos se movieron por la estancia, buscando algo que pudiera reconocer hasta que encontró el rostro de Gwendoline. Le costó unos segundos procesarlo todo, pero finalmente los recientes acontecimientos llegaron a su cabeza, recordandolo todo, incluida su decisión de ir hasta allí.

No tuvo tiempo para decir nada, aunque muchas cosas se agolpaban en su cabeza en aquel momento, pues la urgencia de la morena porque se tragara aquello que portaba en la mano lo hizo callar y obedecer, tragando a duras penas. Hasta aquel simple gesto le dolió.

Tosió, probablemente a causa del esfuerzo por tragarse el bezoar, y empezó a sentirse mareado, como si de repente su cuerpo fuese consciente de la fiebre y la pérdida de sangre y todo empezase a darle vueltas.

Cerró los ojos, en un vano intento de parar aquella sensación, pero solo parecía como si estuviera montando en un tiovivo completamente a oscuras.

L-lo sie-ento —fue lo primero que dijo, con voz débil. AJ no olvidaba que el piso de Gwen estaba fuera de los límites, él jamás había vuelto después de aquella primera vez, pero en esa ocasión no había tenido más remedio.

Volvió a toser, sintiendo un dolor agudo en el abdomen, fruto de una de las heridas que tenía y que se había vuelto a abrir al contraerse su cuerpo con aquella tos. Gwen había comenzado a sanar sus heridas antes de despertarlo, algo de lo que él no se había dado ni cuenta como era lógico, pero aquella molesta herida volvió a abrirse ante aquel mínimo esfuerzo. Inconscientemente AJ llevó una de sus manos al sitio donde le dolía, notando humedad allí y no tardó en ver que su mano estaba manchada de sangre, proveniente de la herida.

Joder —se quejó, y aun así Gwen había empezado a cerrar sus heridas para detener las hemorragias antes de que recuperara la consciencia, algo que él no sabía pero que tenía que sumar a la lista de cosas que agradecerle a la morena.

El efecto del bezoar estaba siendo inmediato, su cuerpo dejaba de sentirse paralizado, pero el resto de heridas seguían ahí y la pérdida de sangre había sido mucha, por lo que su estado seguía siendo débil y todavía mareado.

Todo ha salido de puta pena —hablaba con voz ausente, como si no fuese consciente de lo que decía, quizá a causa de la pérdida de sangre, el mareo o la fiebre, o muy probablemente a causa de todo eso junto.

Su cuerpo pedía descanso, clamaba por volver a caer en la negrura de la inconsciencia, pero el fugitivo luchaba por mantenerse despierto, en parte temiendo no volver a despertarse.
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Vie Dic 06, 2019 1:18 am

La violenta reacción de A.J. al despertar —comprensible, nadie podría decir lo contrario— hizo que la mano de Gwendoline se sacudiese, y por poco no se le cayó el bezoar que sostenía ante su boca.

Tras unos momentos de confusión —también comprensible—, el fugitivo pareció comprender lo que ocurría, dónde estaba y lo que hacía allí, y tragó el bezoar de manera obediente. Aquello desembocó en un breve ataque de tos que, a juzgar por sus reacciones, debió ser terriblemente doloroso. También tuvo el efecto de hacer que una de sus heridas se reabriese.

Gwendoline se obligó a sí misma a mantener la calma. También se recordó que, después de aquello, debía lavarse bien para evitar accidentes. No era una experta en la maldición de los hombres lobo, pero no era ninguna locura pensar que la sangre era tan peligrosa como la mordedura. A fin de cuentas, ¿por qué vía se transmitía la maldición, sino por la sangre?

Por el momento, dejó aquel pensamiento a un lado, centrándose en lo que importaba: curar sus heridas. El bezoar ya había empezado a hacer efecto. Sólo restaba encargarse de lo demás.

—Ya te disculparás cuando estés curado —respondió Gwendoline, quien en realidad no esperaba disculpa alguna.

Lo primero que hizo fue atender la herida más grave, esa que había vuelto a abrirse. El Vulnera Sanentum probó ser totalmente inútil en aquel caso, así que tendría que suturarla. Suponiendo que así sería, había sacado del bolso un pequeño paquete de suturas de primeros auxilios. Lo abrió, extrajo aguja e hilo, y se puso a enhebrarlos.

Seward, por su parte, parecía empeñado en autoflagelarse por sus errores más recientes.

—No son las palabras que yo hubiera escogido, pero eso es lo que parece, sí —tuvo que reconocer, pues viendo el estado en que había llegado, una paliza era lo mínimo que recibido. Por el momento, Gwendoline no quería saber qué había ocurrido—. Tengo que coser esa herida, y teniendo en cuenta que soy una estudiante, todavía no he aprendido a hacerlo con magia. Así que esto no será agradable.

Con aguja e hilo listas, Gwendoline se inclinó sobre el abdomen de Seward, lugar en que su ropa se empapaba de sangre. Con sumo cuidado, retiró la camisa para ver la herida, y por un momento se quedó paralizada al ver la sangre. Se forzó a sacudirse sus temores, su miedo a cometer un error, y con un suspiro se dispuso a empezar.

—Voy a hacerlo lo más rápido que pueda —le explicó—. Siento no tener nada para anestesiarte.


***

Minutos después, Gwendoline había terminado de tratar las heridas de A.J., y el fugitivo descansaba en el sofá del salón.

Después de la sutura —lenta aún a pesar de haber hecho todo lo posible por acelerar el proceso—, le había dado un par de pociones: esencia de murtlap, que aceleraría la curación de las heridas, y reabastecedora de sangre, que le permitiría recuperar toda la sangre que había perdido.

Una vez terminado, con ciertas dificultades, había ayudado al fugitivo a llegar al sofá y tumbarse, y ahora Gwendoline se lavaba las manos a conciencia en el cuarto de baño, empleando para ello un limpiador a base de sangre de dragón.

Todavía un tanto nerviosa, Gwendoline se secó las manos con la toalla y regresó al salón. Traía consigo un frasco de analgésicos lleno hasta la mitad. No era más que ibuprofeno, pero era todo lo que tenía en su piso para combatir el dolor.

Sorprendentemente cansada, Gwendoline se sentó en la mesita de café que había frente al sofá y tendió el frasco de pastillas al fugitivo.

—Ibuprofeno. Es lo mejor que tengo —explicó—. Según el prospecto, no deberías tomar más de una pastilla cada ocho horas.

Era su deber explicárselo, aunque la decisión recaía sobre él. Además, Gwendoline no estaba segura de que los magos, y más concretamente los licántropos, tuviesen los mismos problemas a la hora de asimilar aquel tipo de medicina. Quizás pudiera tragarse un frasco entero de esas pastillas y quedarse tal y como estaba.

—Puedes quedarte aquí hasta que te recuperes —le dijo, dejando escapar un suspiro y llevándose ambas manos a la frente—. ¿Qué es lo que te ha pasado?

En ningún momento le había recriminado el haber aparecido en su puerta. Era bien consciente de que le había puesto una serie de límites cuando empezaron su colaboración, pero no era tan fría como para preferir que muriese antes de saltarse una simple norma. Quería pensar que no había sido un simple capricho, y a juzgar por el estado en que había llegado, no había tenido mucha más opción.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Dom Feb 02, 2020 5:40 pm

Jamás le había pasado una manada de elefantes por encima, pero estaba seguro de que la sensación que dejaría sería algo similar a como se sentía él en aquellos momentos. Destrozado. El fugitivo era plenamente consciente de todas las células que componían su cuerpo porque, todas y cada una de ellas, le dolían.

Había recibido una buena paliza, no cabía duda.

De momento las heridas físicas dolían más que las del orgullo, pero en cuanto las primeras comenzasen a remitir, las segundas harían acto de presencia y para esas no había medicamentos muggles, ni pociones o hechizos, que las aliviasen.

¿Coser la herida manualmente? Adelante. Total, no podía doler más de lo que ya lo hacía.

No fue capaz de encontrar las fuerzas para hacer o decir nada, así que Gwendoline debió asumir su silencio como respuesta afirmativa para empezar a coserle. Probablemente fuese a causa del dolor en general, del cansancio o de todo eso junto más una dosis añadida de desánimo y autoflagelación, pero AJ apenas se quejó más allá de unos gruñidos mientras la morena hacía su trabajo.

***

Cualquiera pensaría que una vez estuviera en el sofá, descansando, estaría más cómodo que en el suelo. Qué va. Probablemente fuera porque le dolían hasta las pestañas pero AJ era incapaz de encontrar la diferencia entre el suelo y el sofá de Gwendoline, aunque suponía que éste último debía ser infinitamente más cómodo. Ni aunque fuera un sofá de plumas de avestruz encontraría la diferencia.

Ir hasta allí había sido un infierno, y a la morena le había costado ayudarlo a llegar, ya que prácticamente había tenido que cargar con todo su peso. En ese momento se preguntó cómo habría logrado meterlo dentro del apartamento cuando estaba inconsciente.

Su mirada, cansada, que luchaba por cerrarse y volver a dormir, estaba clavada en el techo de la viviendo de Gwendoline. Podría parecer que estaba perdido en algún tipo de pensamiento profundo, pero nada más lejos de la realidad, tenía la mente totalmente en blanco y eso ya era de agradecer teniendo en cuenta todo lo ocurrido.

Ya tendría tiempo para autoflagelarse más adelante.

La voz de Gwendoline lo sacó de su estado de semi consciencia, devolviéndole a la realidad mientras le tendía aquel frasco de pastillas.

¿Una cada ocho horas? Por lo pronto iba a tomarse dos.

Las pociones que le había dado antes Gwen lo ayudarían a sanar antes, pero no lo ayudarían con el dolor, y dudaba que una simple pastilla de ibuprofeno fuese a obrar algún tipo de milagro. Aún así no ingirió más de dos, por si acaso terminaba siendo peor el remedio que la enfermedad. Si en cuatro horas el dolor no remitía, entonces quizá se tomaría otra.

Gracias —habló y su tono todavía sonaba aspero, probablemente debido al cansancio y el esfuerzo.

Aquel agradecimiento no era simplemente por las pastillas, o por dejar que se quedase hasta que se sintiese mejor. Le agradecía que le hubiera salvado la vida, y que no le hubiese recriminado nada en ningún momento.

Un suspiro se escapó de sus labios. Lo mejor sería guardar silencio, no contar lo que había ocurrido, pero una explicación era lo mínimo que le debía a Gwen. Quería dársela, aún sabiendo que probablemente no debería.

Unos aurores cabreados es lo que me ha pasado —dijo mientras buscaba una posición que le permitiese al menos verla mientras hablaba, lo cual solo le fue posible girando la cabeza en su dirección, pues el resto de su cuerpo parecía no querer colaborar.— No se toman bien que intentes sabotear su trabajo, por más que sea un trabajo de mierda y estén colaborando con un gobierno genocida.

Era descorazonador cuanto menos, que los que se suponían debían velar por el orden y la seguridad de todos los magos y brujas no fuesen más que lacayos de un mago tenebroso y colaborasen de buen grado con la tortura y matanza de nacidos de muggles. Antaño ser auror significaba otra cosa. Claro que, a semejantes alturas de la película, prácticamente todo lo que quedaba del Ministerio, incluidos los aurores, eran partidarios de Lord Voldemort.

No era mi intención venir aquí, de hecho ha sido mi última opción —aclaró. Quería que la bruja supiera que tenía muy presenta el trato al que habían llegado meses atrás, cuando empezó a ayudarlo con la poción matalobos.— Pero no me ha quedado más remedio. Me separé de mi grupo tras una explosión y… —su tono de voz se fue apagando, mientras sus pensamientos iban hacia sus compañeros, preguntándose qué habría sido de ellos, o si estarían a salvo. Carraspeó un poco antes de retomar el hilo de sus palabras.— ...no podía aparecerme por el veneno. Tu casa era el único lugar de confianza que me quedaba más o menos cerca. Sé que esto te pone en un compromiso, y lo lamento.

No podía entrar en muchos detalles, debido al pacto de sangre, por eso se limitó solo a dar detalles generales de lo que le había ocurrido. No sabía hasta qué punto sabría Gwen de su implicación con los radicales, ciertamente él era reconocido como radical, pues nunca se había ocultado las veces que había tomado parte en los ataques perpetrados por dicho grupo, incluso en el cartel de Se Busca que llevaba su rostro se le catalogaba de terrorista, pero jamás había hablado de ello con la morena.

Me marcharé en cuanto pueda ponerme en pie, lo prometo. No quiero causarte más problemas.
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Mar Feb 04, 2020 9:50 pm

Sentada en la mesita de café, literalmente encima de ésta, observó cómo su “invitado inesperado” desoía el consejo médico que tenía para él: no pestañeó a la hora de tomarse dos pastillas juntas.

Suspiró, puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. Se recordó que la decisión era suya, y que evidentemente él conocía mejor que nadie su dolor. No creía que los efectos adversos de tomarse una pastilla de más fuesen a darse enseguida, en caso de que alguien afectado por la maldición de la licantropía pudiese siquiera padecerlos.

Cansada —no esperaba estarlo tanto, a pesar del esfuerzo que había tenido que hacer para meter a Seward en casa—, Gwendoline se llevó ambas manos a la cara y se frotó los ojos. El trabajo de salvar vidas, fuese cual fuese el suelo, dudaba que estuviese bien pagado. ¿Se sentirían así Laith y Rox cada vez que atendían a un paciente en estado tan grave, o simplemente ella era demasiado floja?

Como era natural, quiso saber qué había llevado a A.J. a aquel estado, y le preguntó directamente. El fugitivo le explicó por encima lo ocurrido y, sinceramente, no hizo falta que entrase en detalles: había visto lo que hacían los aurores, o al menos un gran porcentaje de ellos. Lo había visto tanto en la enfermería de la zona segura, como en los destrozos que a veces presentaban las calles de Londres después de un altercado mágico. Irónicamente, pensó que era normal que la ministra considerase a los aurores una panda de inútiles, como decían los rumores.

No le gustaba estar de acuerdo con esa mujer, ni siquiera en ese aspecto.

—Cuando he abierto la puerta, no me he encontrado precisamente a alguien con muchas opciones —le respondió cuando se excusó por aparecer ante su puerta—. Y ya sé que quedamos en que no vendrías, pero… quizás no fui del todo clara: en una situación así, la norma puede ignorarse.

«Y tanto que no fui del todo clara», pensó, sintiéndose un poco mal al respecto. «Ni siquiera llegué a decírselo en su momento.»

—Te irás en cuanto me asegure de que tus heridas están lo bastante curadas como para moverte —le corrigió, estricta—. Que puedas levantarte no significa que debas —insistió, haciendo un esfuerzo para ponerse en pie.

Lo que había que reconocer era que el apartamento, en aquellos momentos, estaba hecho un desastre. Y eso sin mencionar la sangre que, a no ser que hubiese tenido lugar un evento paranormal del que no tenía constancia, seguía en el suelo del rellano. Tenía que encargarse de eso, y con esa intención se dirigió al cuarto de baño.

Regresó al salón cargando un cubo y una fregona, y se encaminó a la puerta.

—No parece que nadie te haya seguido hasta aquí —le dijo, al tiempo que abría la puerta. La sangre seguía ahí, así que mojó la fregona en el agua—. Voy a suponer que no aparecerá nadie, pues de ocurrir, ya habría ocurrido. Esa explosión de la que hablas ha debido confundirlos y hacer que perdiesen tu pista.

Sabía lo que eso significaba: si habían perdido su pista, quería decir que habían ido tras sus compañeros. No sabía si sería una perspectiva demasiado halagüeña para el fugitivo.

Asomó la cabeza al rellano y miró en ambas direcciones, cerciorándose de que no había nadie en los alrededores. No lo había, así que Gwendoline se puso a trabajar de inmediato. El penetrante olor a sangre pronto fue sustituido por el mucho menos desagradable aroma de la lejía. Nunca se había alegrado tanto de oler lejía, por extraño que sonase.

—Si quieres, puedo dejarte usar mi teléfono —le dijo mientras limpiaba el suelo a conciencia—. ¿Usáis teléfonos, tú y los tuyos? No tengo ni idea de si os comunicáis así.

No intentaba interrogarlo ni sacarle información de ningún tipo; simplemente, pretendía ayudarle. También valoraba la posibilidad de hablarle del refugio, un lugar al que podría acudir si necesitaba ayuda. Sobra decir que no tenía la más mínima idea de que A.J. formaba parte de esos que la prensa llamaba “los radicales”, pues llegados a cierto punto de su vida, había dejado de prestar atención a lo que decía El Profeta. ¿Para qué, si en su mayoría eran mentiras?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Miér Abr 01, 2020 9:20 pm

A duras penas AJ pudo girar el rostro para mirar a Gwendoline, que estaba sentada sobre la mesita de café frente al sofá en el que él estaba tumbado, y cuando lo hizo sintió como hasta aquel simple gesto le dolía hasta en la más remota fibra de su cuerpo.

Menuda paliza le habían dado, joder. Le iban a salir cardenales hasta en la foto del carnet de identidad.

Sentía el amargo sabor de la derrota en la boca, aunque no era la primera vez que lo saboreaba, por desgracia estaba más que acostumbrado, pero a veces para ganar una guerra hay que perder unas cuantas batallas, o al menos eso era lo que decían algunos en el refugio. AJ no lo tenía tan claro.

No deberías ser tan generosa o acabarás teniendo problemas —contestó algo amargamente cuando Gwen le aseguró que en casos como aquel la norma podía ignorarse. Por desgracia vivían en un mundo en el que tener buenas intenciones se pagaba caro.

Lo único que pedía AJ en ese momento era que los calmantes hiciesen efecto pronto, aunque una parte de él sospechaba que, a pesar de haber tomado una pastilla más de lo que Gwendoline le había recomendado, apenas notaría sus efectos. Probablemente tendría que aguantarse.

Lo siguiente que salió por la boca de Gwendoline consiguió que AJ la mirase con auténtica sorpresa, con ambas cejas alzadas. ¿Desde cuando era tan mandona? Vale, tampoco es que se conociesen mucho, pero aquel tono tan autoritario lo había pillado completamente por sorpresa.

¿Eres de ese tipo de doctor? —cuestionó todavía con la sorpresa reflejada en sus facciones.— Porque yo soy de los pacientes que se escapan por la ventana en cuanto te das la vuelta para ir al baño.

¿Fue aquel un intento de broma? Podría ser, pero eso no quitaba que no fuera cierto. AJ no llevaba bien lo del reposo, estar demasiado tiempo quieto y sin nada que hacer lo ponía nervioso, hacía que su cabeza inevitablemente se adentrase en terrenos pantanosos, recuerdos y pensamientos oscuros de los que era difícil para él salir.

No iba a quedar más tiempo del estrictamente necesario, estaba decidido, pero tampoco quiso discutir con Gwendoline. En esos momentos tampoco tenía fuerzas como para llevarle la contraria.

Volvió su mirada al techo cuando la morena se levantó de la mesa, en dirección a algún otro sitio que solo ella sabía, y AJ se permitió cerrar los ojos durante unos momentos. Fueron solo unos segundos, pero el fugitivo logró dejar la mente en blanco y, de alguna manera, su cuerpo se lo agradeció, como si al fin pudiera descansar un poco.

El agotamiento tanto físico como mental era realmente abrumador, aún así la voz de Gwendoline consiguió devolverlo a la realidad. A una no muy bonita realidad.

Si me hubieran seguido me habrían alcanzado antes de poder llegar hasta aquí —opinó estando de acuerdo con la observación de la morena. Escuchaba su voz pero dada su postura, todavía tumbado en el sofá y con la vista en el techo, era incapaz de verla.— No iba precisamente rápido que se diga. El veneno me había paralizado parte del cuerpo. Además… —y, como si pudiese hacerse eco de los pensamientos de Gwen, añadió:— yo estaba solo, mis compañeros seguían juntos. ¿Por qué conformarse con uno pudiendo tener a tres?

La elección era obvia, irían a por el mayor número de fugitivos posible. Ellos, los radicales, harían lo mismo de estar en la misma situación.

Suspiró, echando de menos la reciente sensación de tener la mente en blanco. Los pensamientos y posibilidades sobre el estado de sus compañeros sobrevolaban su cabeza como si de buitres se tratasen.

No —negó declinando la oferta del teléfono. La cruda realidad era que no sabría nada de sus compañeros hasta volver al refugio, de igual manera que ellos no sabrían de él. Era una puta mierda, pero era lo que había. No podían arriesgarse a tener un método de contacto como aquel encima y que cayese en malas manos, el hermetismo de los radicales era lo que les había salvado el pellejo hasta el momento. Las pocas veces que usaban móviles o similares eran desechables, nada con lo que se pudiera seguir una pista, y en aquella ocasión no contaban con ellos.— Nada de teléfonos. Hasta que no regrese supongo que me darán por caído.

Era jodido, pero era la verdad, y AJ se preocupaba por los compañeros con los que había ido a aquella misión, pero también pensaba en los que estaban en el refugio, en Lohran, en Audrey, en el incordio de Jayda… era muy duro esperar a que alguien volviese y que pasasen las horas sin tener noticias. Era imposible no ponerse en lo peor. Todos los que estaban en ese refugio sabía lo que se sentía, por suerte hasta el momento las personas más cercanas a él siempre habían regresado y en esa ocasión, gracias a Gwendoline, él también regresaría.

Con cuidado y sin hacer movimientos bruscos, AJ se llevó la mano derecha al abdomen, donde Gwen había suturado su herida, y pensó en lo rápida y segura que había actuado la morena en todo momento.

¿Haces estas cosas a menudo? Atender heridas como estas, digo —cuestionó con interés.— Recuerdo que cuando me ibas a coser me has dicho que eras una estudiante, ¿en qué año estás? —entre ellos había ido creciendo una confianza mutua a raíz del acuerdo que mantenían con la poción matalobos, pero más allá de eso no sabían gran cosa el uno del otro. Eso sin contar con las pobres habilidades sociales del fugitivo, que casi se le había olvidado cómo tratar a otro ser humano con normalidad.

Estaba claro que era mejor no saber demasiado de la vida del otro, por lo que pudiera llegar a pasar, pero AJ no pudo evitar sentirse un poco patán por no interesarse por la vida de la persona que había estado ayudándolo con su licantropía desde hacía meses. En realidad, se viese como se viese, la suya era una relación de lo más extraña.
A. J. Seward
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A. J. SewardRadical

Gwendoline Edevane el Lun Abr 06, 2020 6:13 pm

«Problemas me van a sobrar, sospecho», pensó Gwendoline, sintiéndose agotada. Se encogió de hombros, en un gesto que en sí mismo parecía querer decir que no le contaba ninguna novedad. «Si no he tenido más problemas actualmente es porque he tenido suerte.»

—Posiblemente —respondió, sin más, sin intención alguna de ahondar en ese tema. No merecía la pena ponerse a pensar, a posteriori, si había hecho las cosas bien o si había cometido más errores que dedos tenía en manos y pies. Aunque lo más probable era que fuera lo segundo.

Teniendo en cuenta que Seward había estado a muy poco de perder la vida —a su juicio, así habría sido de no haber recibido atención médica inmediata—, la morena no estaba dispuesta a dejar marchar a quien ahora era su paciente antes de asegurarse de que todo estaba bien. Las heridas que tenía no eran asunto de broma, y por mucho que creyese estar listo para moverse, no tenía porqué ser recomendable.

Así se lo manifestó cuando dijo que se marcharía en cuanto pudiera moverse. Gwendoline había decidido que eso no ocurriría en su turno, al menos.

—No me obligues a encadenarte —le dijo, con una leve sonrisa en la cara—. Nunca he tenido a un hombre encadenado a mi sofá, pero hay una primera vez para todo.

Evidentemente, estaba de broma. Si Seward decidía levantarse y marcharse por su propio pie antes de lo recomendado, poca cosa podría hacer para impedirlo. No tenía pensado recurrir a la violencia ni a la magia, pues sospechaba que tendría las de perder en ambos casos. Aún con su paciente herido.

Sin embargo, su preferencia era que se quedase y descansase hasta estar, por lo menos, algo mejor.

Por su parte, ella se sobrepuso al cansancio y se puso a trabajar: no podía dejar toda aquella sangre secándose en el rellano, o los vecinos llamarían a la policía. No quería demasiada atención, así que lo mejor era librarse de ella cuanto antes.

Con un cubo lleno de agua y lejía, se puso manos a la obra. Al mismo tiempo, puso su teoría en palabras: si alguien le estuviera siguiendo, ya estaría allí. Dada la tranquilidad que estaban teniendo, era más que seguro que no había sido así.

Seward, por su parte, creía que de haberlo seguido, lo habrían interceptado mucho antes.

—Pues en ese caso, espero que tus compañeros hayan logrado salir ilesos de todo eso —respondió, y si bien no era muy dada al pesimismo, en lo que respectaba a mortífagos y aurores haciendo frente a fugitivos, tenía demasiada experiencia como para creer lo contrario—. Por lo menos, sabemos que tú sobrevivirás. Es un consuelo.

Le ofreció la posibilidad de utilizar su teléfono para comunicarse con su grupo, quienes debían estar preocupados por él. Sin embargo, por lo visto, ese grupo no utilizaba teléfonos. Se imaginó, entonces, que debían ser la versión más tradicional de magos que podía encontrarse en aquel mundo: se comunicarían por medio de ave mensajera, como se llevaba haciendo toda la vida en el mundo mágico.

—Puedo prestarte mi lechuza, su prefieres —le ofreció, aunque se imaginó por el pesimismo de su respuesta, que la siguiente no sería diferente. Su grupo debía tener una forma específica de hacer las cosas, y las vías de comunicación no debían entrar en ese modus operandi.

Cuando A.J. comenzó a moverse en el sofá, Gwendoline, que de cuando en cuando echaba miradas en su dirección, se puso en tensión y a punto estuvo de soltar la fregona para ir a impedírselo. No tuvo tiempo, pues por fortuna el fugitivo no pretendía levantarse: se limitó a incorporarse un poco, casi hasta quedar sentado.

De su sangre en el rellano no quedaba más que un charco rosáceo y transparente, que cualquiera podría confundir con algún tipo de batido de fresa o algo así diluído en agua de la fregona. Así que ahora estaba más tranquila en ese aspecto. Por eso mismo se permitió relajarse un poco y desatender la tarea para hablar con él.

—Primer año —respondió casi de inmediato, con una leve sonrisa que se desvaneció casi de inmediato, cuando recordó a aquella fugitiva que se le había muerto casi literalmente entre las manos, después de intentar salvar su vida—. Oficialmente, no es algo que haga a menudo; extraoficialmente, cada vez que alguien lo necesita, colaboro en lo que pueda.

A fin de alejar a la joven fugitiva de su mente, Gwendoline retomó su tarea, tratando de dejar aquel maldito suelo limpio.

—No es mi primera carrera, por si te extraña. Creo que es evidente, teniendo en cuenta que Beatrice y yo somos amigas desde Hogwarts —le explicó, sumergiendo la fregona en el cubo de agua, cuyo color había pasado a ser casi rojo—. He empezado a estudiar la carrera este año, en mis ratos libres. Por si mi vida no era lo bastante interesante...

Soltó un bufido, negando con la cabeza. Se había complicado de mala manera la existencia en los últimos dos años, dada su implicación con la Orden del Fénix y los fugitivos. Echando la vista atrás desde ese momento, no pudo evitar hacerse una pregunta: ¿cómo había sido capaz de dar semejante giro a su vida?
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