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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 2 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 17, 2018 3:28 pm

Consciente como era de lo poco que a Sam le gustaba que se metiera en problemas—especialmente aquellos relacionados con la Orden del Fénix—, Gwendoline se imaginaba que su amiga se sentiría aliviada por el hecho de que su nuevo puesto de trabajo incluyese más enfrentamientos con el papeleo y menos presencia en un hipotético fuego cruzado entre fugitivos y aurores. Alguna vez le había sucedido, pues el Ministerio se tomaba muy en serio el Estatuto Internacional del Secreto. Tan en serio que en cuanto la situación parecía controlada, se daba aviso a la oficina de desmemorizadores para que hicieran aquello que mejor se les daba: borrar y modificar recuerdos, a fin de que el mundo mágico siguiera permaneciendo oculto.

El problema era, precisamente, cuando la situación parecía controlada… pero no lo estaba. Algunos fugitivos se veían obligados a esconderse en el mismo escenario en que habían sido descubiertos, y fruto de la desesperación, acababan saliendo y enfrentándose a los aurores para alcanzar la libertad. Rara vez lo conseguían, por supuesto, pero en el proceso, Gwendoline estaba del lado de los que se interponían entre el fugitivo y su libertad, y no es que los integrantes actuales del cuerpo de aurores se caracterizasen por su delicadeza y preocupación por la integridad física de nadie. Ni siquiera de sus compañeros.

—No tan mala persona como cuando me sugeriste abrazar la vida hippie, dejando atrás empleo y todo lo demás.—Bromeó Gwendoline, llevándose a la boca un pedacito de la magdalena, de una manera totalmente inocente.—No sé, supongo que yo también debería alegrarme, pero echo de menos el aire libre.—Se encogió de hombros, pensando inevitablemente que cuando fuera sanadora, se pasaría gran parte de sus días encerrada en un edificio. Sin embargo, nada se comparaba con trabajar en la primera sede del mal del mundo mágico.

A ojos de Gwendoline, el turno de tarde aquel día parecía tranquilo, pero por la reacción de su amiga, la cosa no parecía coincidir: Sam parecía agotada, aunque por lo que contó después, era natural. Había trabajado un turno larguísimo, de pie, atendiendo las peticiones incesantes de clientes—y con toda seguridad unas cuantas quejas, pues la hostelería estaba llena de quejas y más quejas—, por lo que ya debía no estar deseando volver a casa, sino volver para no salir en tres o cuatro días.

—Ya me gustaría a mí.—Respondió Gwendoline con una triste sonrisa resignada.—De conocer un hechizo para adelantar el tiempo, serías la primera en saberlo. Sin embargo, mi lógica me dice que para ti sería lo mismo: estarías igual de cansada que sin utilizarlo.—Añadió. No pretendía ser aguafiestas ni nada por el estilo, pero a veces, Gwendoline Edevane era condenadamente lógica, y no podía evitar tomárselo todo en sentido literal.—¿Estáis con uno menos? Si quieres, podría echar una mano. Simplemente ponedme en un sitio donde no pueda romper demasiadas cosas. O enséñame a manejar ese chisme como lo haces tú.—Gwen señalaba la bandeja con un movimiento de cabeza.—Así me voy preparando para el día en que acepte tu idea de abrazar la vida muggle y dejar el Ministerio de Magia...—Dejó caer la morena con una mirada traviesa, o lo que para ella era una mirada traviesa, claro.

Justo con la mención de la palabra ‘magia’—que por suerte Gwen había pronunciado en voz baja—Santi hizo acto de presencia en el segundo piso. Saludó a Gwendoline amistosamente, y la morena le respondió con un alegre ‘Hola’ y un saludo con la mano. El español traía consigo dos cafés y Gwendoline, igual que su amiga, pensó que el motivo era que uno de los era para Sam. Entonces, muggle español y bruja austriaca mantuvieron una pequeña conversación con respecto a los beneficios de la cafeína. Gwen sonrió, mirándolos alternativamente, y añadió su pequeño granito de arena.

—Mia tiene toda la razón, Santi: la cafeína tiene sus límites. A veces parece que el cuerpo simplemente la filtra como si fuera agua.—En concreto, la morena hacía referencia a su etapa universitaria, durante la cual no habían faltado precisamente el café y las noches en vela.

Gwendoline puso los ojos en blanco cuando Santi, por enésima vez, la llamó ‘novia mía’. Aquello era una broma recurrente en el repertorio del joven español, y si bien al principio a Gwen la incomodaba, con el tiempo había aprendido a tomárselo como lo que era: una broma. Desde luego, era mucho más fácil tolerar comentarios como aquel que los comentarios altamente sexuales de Henry Kerr, los cuales podían llegar a hacer a una mujer sentirse sucia, o como un pedazo de jamón sobre un plato.

—¡Hasta luego, Santi!—Respondió la morena, negando con la cabeza y pensando: Sigue soñando, pequeño amigo. La pregunta de Sam la pilló totalmente desprevenida, y por un momento miró a su amiga con extrañeza.—Lo siento mucho por él, pero no es mi tipo.—Respondió. Sin poder evitarlo, miró a Sam a los ojos, compuso una sonrisa… y se ruborizó un poco. A ver, no es tan difícil. ¿Por qué no le dices que te gusta? No, eso no, no se sentía capaz. Sin embargo, alargó su mano hasta alcanzar la de su amiga, y con los dedos empezó a acariciar el dorso de ésta con mucha suavidad.—Y respecto al fin de año… Siempre y cuando no me lleves a algún bar atestado de gente borracha, o a una de las fiestas de ese japonés… ¿Cómo se llamaba? ¿Tok tok?—Gwendoline arrugó la nariz, pensando, intentando recordar aquel nombre. Por lo que Sam había descrito de sus fiestas, sabía que no le gustarían.—Bueno, eso, que mientras hagamos algo tranquilo, yo me apunto a lo que sea.—No intentaba ser una aguafiestas ni nada por el estilo. Simplemente, no estaba de humor para nada. Estaba algo mejor después de todo el empeño que Sam había puesto en ayudarla con sus problemas relacionados con Artemis Hemsley, pero seguía estando preocupada por la Grulla real, que estaba viva y a saber dónde, planeando a saber qué.

Y con respecto al cumpleaños, Gwendoline no dijo nada. Lo cierto es que Caroline y ella ya estaban planeando algo. De hecho, en ese algo ya estaban metidos los del Juglar Irlandés—en la parte sobre la que podían saber algo, pues otra incluía elementos mágicos, y Gwen planeaba mantenerlos en la inopia respecto a esto… cosa que Caroline no, como descubriría la morena más adelante—, y entre todos estaban planeando un día inolvidable. Sin embargo, a Gwen le faltaba un detalle crucial: un regalo apropiado.

—Oye… Ya sé que tenemos una norma de sorprendernos con los regalos y fingir que son increíblemente apropiados, justo lo que queríamos, aún a pesar de que nos parezcan horribles, pero...—Gwendoline dejó caer discretamente aquello, haciéndose un poco la sueca.—…¿hay alguna cosa que quieras con todas tus ganas y que no hayas podido comprar por lo que sea? Ya sabes: una bicicleta, algo de ropa, un dinosaurio...

Sí, aquello era hacer trampa, y Gwen se imaginaba lo que Sam respondería. Pero con todo lo que había pasado… bueno, resultaba difícil pensar en regalos, ¿de acuerdo? Ya le gustaría a ella haber tenido la mente despejada como para haber podido pensar en algo especial para su amiga...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Dic 18, 2018 2:02 am

Inevitablemente se rió cuando Gwen sacó a la luz aquel momento en donde Sam le sugirió de manera totalmente seria que dejase el Ministerio de Magia. Pero claro, con la experiencia que había tenido en el Ministerio trabajando, así como fuera de éste como fugitiva, una ya era consciente de que ahí dentro todo era malo. Y ponía la mano en el fuego de que lo único bueno que quedaba ahí dentro era Gwendoline y Caroline. Y nadie más. —¡Oh, venga ya! ¡Era una idea estupenda! —Se quejó, sintiendo que nadie valoraba su idea. —Quizás en mi época de fugitiva me volví un poco hippie, no podrás culparme, ¿pero me vas a decir que no te gustaría dejar el trabajo y viajar en una furgoneta por toda Europa hasta llegar a Asia? Visitaríamos la India, Tailandia, Vietnam... —La Sam del pasado, esa que tenía un puesto acomodado en el Ministerio de Magia, un apartamento para ella sola y una vida genial nunca hubiera pensado en una viaje por todo el mundo que durase meses, incluso años, hasta el punto de cambiar su estilo de vida. Pero el cambio que había tenido que experimentar en su vida había hecho que cambiase su mentalidad y uno de sus sueños más recurrentes como fugitiva había sido deshacerse de Sebastian e irse con Gwen por toda Europa, llegar a Asia hasta terminar en Japón en compañía de Caroline. —No sé, a mi me parece un planazo. —Y es que no era un secreto para Gwen que por muy feliz que ahora mismo estuviese Sam habiendo recuperado lo más importante para ella, esa ya no era su vida. Y bueno, tampoco era la misma Sam de antes.

La miró con reproche cuando utilizando toda su lógica dijo que por mucho que existiese ese hechizo, el cansancio no se iba a ir a ninguna parte. Y es que tenía razón, ¿pero ella no podía soñar, acaso, con magia más mágica aún? ¿Todavía nadie había inventado una poción que te diese la vida después de una jornada infernal de trabajo? —Si porque Adrian tiene fiebre y Erika tenía un algo con su prometid… —Pero le escuchó ofrecerse a trabajar, dejándola con la palabra en la boca. No sabía si le parecía adorable o masoquista. De todas maneras, Sam no quería que hiciese nada teniendo en cuenta que la había invitado para que tuviese un rato tranquilo, no para hacerla trabajar más. —Te puedo enseñar a usar ese chisme, pero no te vas a poner a hacer nada. Bueno, si quieres coger un libro y ponerte a leer, eso sí. —Le respondió divertida justo para ver como Santi se acercaba a ellas.

Con Santi de por medio no añadió nada más, pero le hubiera gustado añadir que seguramente Sam no era la mejor profesora para el curso básico de hostelería, cuya primera clase era indudablemente el uso de la bandeja. No sacó el tema precisamente porque Santi se iba a reír de ella y de lo mal que se le había dado, aunque después de seis meses una ya había empezado a desarrollar cierta maestría. Su compañero no estuvo mucho con ellas, sino que después de una conversación escueta y jovial, se fue después de llamar a Gwendoline ‘novia’ y declarar la guerra a Sam. Había que decir que por norma general Santi, cada día, le declaraba la guerra a Sam por cualquier tontería. Molestarse era algo habitual en ellos.

Sam comentó de manera totalmente inocente que si Gwen nunca iba a darle una oportunidad Santi, pero sólo porque la insistencia del chico había sido intensa a lo largo de estos meses. Se percató de cómo la miraba después de haber declarado que Santi no era su tipo y por un momento la rubia pensó que estaba viendo cosas en donde no las había; que eso no podía ser. De hecho por su mente pasó una pregunta muy adecuada para el momento, pero sabía que no debía de decirla porque podría, sólo podría, convertirse en un momento incómodo y, sobre todo, porque no sabía si quería saber la respuesta. —Ah vale… —No debía decirla, pero ella quería hacerla. Así que sin hacerle mucho caso a su lado más racional, la hizo: —¿Entonces ahora Gwendoline Edevane tiene un tipo concreto y yo no me he enterado? —Y sin tener muy claro por qué, sonó hasta un poquito coqueta, sobre todo al ver como los dedos de Gwen acariciaban su mano. Podría haber sido un momento muy dulce y desencadenar algo, pero cuando Gwendoline se equivocó con el nombre de Takao, Sam amplió una sonrisa casi instantánea. —¿Quién es? —Y entonces se rió de su propio chiste de mierda. ‘Tok Tok, ¿quién es?’ ¿Lo pillas? Después de esa risa inesperada, Sam se mordió el labio inferior. —Takao, se llama Takao. Y no te preocupes, a mi tampoco me apetece algo así. Ni mucho menos un bar lleno de borrachos. Ya sabes que siempre me ha gustado una navidad familiar… así que fiestas en donde no conozco ni a un uno por ciento de los integrantes y rodearme de gente desconocida alcoholizada no es lo mío. —Curvó una sonrisa, pensando en sus padres. Ya llevaba tres años sin darles noticias y cada día que pasaba se sentía peor, sobre todo en época navideña. —Le diré a Santi que me de detalles y ya te diré.

Los cumpleaños siempre habían sido algo que para la rubia eran muy especiales. En realidad siempre había sido de celebraciones cercanas y familiares, pero ese año en concreto quizás se le había ido un poco la mano con Caroline, nada más que porque sentía que le debía mucho más de lo que le podía dar. Sin embargo, una cosa estaba clara: había años en donde no eras capaz de pensar en ningún tipo de regalo apropiado. Y no era algo poco común, sino todo lo contrario. Sam era de esas personas que le encantaba regalar cosas que la otra persona quería pero no se compraría por sí misma, pero claro, había veces que es que era imposible encontrar algo así. —¿Eso es una indirecta, Gwendoline? ¿¡Finges que no te gustan mis regalos!? ¿Qué te regalé este año? Seguro que lo tienes guardado porque no te gusta —Le reprochó divertida, con falso drama del que a ella le gustaba, mientras echaba azúcar a su café con leche. —Eso no se dice. Es una norma no escrita. Aunque yo prefiero que me lo digas y comprarte algo que te guste de verdad. No me voy a ofender por tener un gusto pésimo… —Le respondió con sinceridad, para entonces beber de la tacita del café.

¿Y que quería por su cumpleaños? Podría hacer una lista muy, muy larga. Enorme. Pero a decir verdad seguramente ni una cuarta parte podría cumplirse como regalo. Así que tras dejar la tacita otra vez sobre el plato, se encogió de hombros. —La bicicleta… —Suspiró, con nostalgia. Antes Sam la usaba mucho para trasladarse de un lado a otro, pero ahora no se atrevía a pasar más tiempo del necesario por ahí teniendo la capacidad de aparecerse y evitarse problemas. De hecho, allí debía de seguir su bicicleta en su antiguo piso, llena de polvo si es que su casero no la había dado ya por muerta, tirado todas sus cosas a la basura y re-alquilado el lugar. Lo cual era lo más triste y más probable. —Algo que quiera con todas mis ganas… —Repitió, mirándola a los ojos y sin poder evitar el pensamiento más evidente. A eso se le sumaba la falta que sentía por su familia, la libertad tan ansiada que no tenía, ser libre al fin de la presión de sus enemigos, poder utilizar su nombre real para hacer vida normal… Y un sin fin de cosas que el tiempo le había quitado y que no se podían recuperar. —No hay nada material que quiera con todas mis ganas —confesó un tanto sorprendida por la declaración. Y no quería ser una aguafiestas, pero es que era verdad. —Es decir, suena super típico, lo sé, si es que te lo decía todos los años en donde no sabías que regalarme… pero es que te juro que solo te necesito a ti. —Hizo una pausa significativa. —Y a Caroline. Y a nuestras mascotas. Y un SingStar actualizado con todas las canciones de Beyoncé. Todo eso más una tarta de tres pisos de chocolate yo ya voy a tener el mejor cumpleaños que podría haberme esperado estos años. Y te hablo en serio, ¿vale? —Y se estresó un poco porque su amiga se preocupase en comprarle un regalo, cuando es que ella no quería nada. —No te ralles en comprarme nada, no hace falta. Y si te vas a rallar y me vas a comprar algo, ya te digo de antemano que solo voy a aceptar un dinosaurio —dijo al final, aguantándose la risa. —No, mentira. Dos dinosaurios. Uno hembra y uno macho. Para así tener dinosauritos y venderlos en el mercado negro. —Y se le escapó una sonrisa ante la broma.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Dic 18, 2018 2:39 pm

Cuando dos amigas hablaban de la posibilidad idílica de dejar atrás su vida actual—una vida que por lo general no es feliz, simplemente tiene sus momentos—no suele tratarse más que de eso: una posibilidad idílica, algo que nunca se va a cumplir. Sin embargo, Gwen y Sam planteaban muchas veces ideas locas como aquellas. O, mejor dicho, Sam las planteaba y Gwen aportaba su granito de arena, poniendo la parte lógica y menos soñadora a todo el asunto. Era casi otra de esas normas no escritas entre las dos.

Lo cierto es que, en secreto, Gwendoline soñaba con dejarse convencer, con dejarse llevar por alguna de esas locas ideas. Con correr de la mano de Sam, las dos solas, sin nadie más, en dirección a la puesta de sol. Sin mirar atrás.

—Un planazo es.—Empezó Gwendoline, aunque cualquiera que la conociera sabía que a continuación venía el ‘pero’ de rigor.—Pero… ¿tienes el dinero que hace falta? ¿O una forma de conseguirlo? Porque si me dices una forma de conseguir dinero fácil, suficiente para viajar, yo me apunto.—Gwendoline alzó las cejas de manera sugerente, sonriendo a continuación, divertida. Aunque no lo pareciera a veces, la morena también era perfectamente capaz de soñar, de imaginarse lo que pasaría si se arriesgaban a dar semejante paso.

Al saber que en el Juglar Irlandés estaban ese día un tanto cortos de personal, Gwendoline se ofreció a echar una mano. Ya se imaginaba la respuesta de su amiga antes de que la formulara, y cuando la escuchó decirle que no, la desmemorizadora puso los ojos en blanco, negando con la cabeza. Dispuesta a protestar. Pero no hubo protesta que valiera. Santi llegó e interrumpió ese momento de la conversación, por lo que la morena ya no tuvo ocasión de exigir a su amiga su derecho a echarle una mano. Y lo cierto es que se le olvidó por completo el tema con la conversación que siguió.

Santi tenía esa costumbre, a la que Gwen ya se había acostumbrado, de llamarla ‘mi novia’ o alguna de sus variantes. Con el tiempo, había aprendido a no darle mayor importancia, y por lo que sabía, Santi tampoco se la daba. Poco sabía la morena que aquella era una forma más de picar a Sam, ni los sentimientos de Sam hacia ella. Estaba demasiado cegada por sus propios sentimientos como para intuir que algo había cambiado también dentro de Sam.

El caso es que ese pequeño fragmento de conversación derivó en una conversación curiosa. Gwen acabó señalando que Santi no era su tipo—Vamos, ni por asomo… Mi tipo es un tanto más ‘femenino’—y Sam preguntando si repentinamente Gwen tenía un tipo concreto. Su tono de voz era diferente, más que de mera curiosidad. La morena estaba acariciando con suavidad el dorso de la mano de su amiga, mirándola a los ojos con una sonrisa insegura, y con las mejillas ligeramente encendidas. Apartó la mirada un segundo de los ojos de ella, pero enseguida se obligó a volver a mirarla.

Cualquiera sabía que aquella pregunta era una invitación a confesar sus sentimientos. Que aquel era precisamente el momento adecuado para ello. Sin darse cuenta, pasó de acariciar la mano de su amiga a sujetarla con la suya. Abrió la boca dispuesta a decirlo y…

—Pues la verdad...—La verdad es que repentinamente sintió un nudo en la garganta y un montón de mariposas en el estómago. Su mano apretó un poco más la de Sam.—...es que sé que él no es mi tipo.—Hizo hincapié en la palabra ‘él’, desviando brevemente la mirada en la dirección en que se había marchado Santi. Volvió a mirar a su amiga, repitiéndose a sí misma que aquel era el momento de confesarlo todo… y simplemente le fallaron las fuerzas. Así que se limitó a sonreírle, adelantando su otra mano hacia su rostro para apartar uno de esos mechones mágicamente castaños de delante de sus ojos igualmente castaños por fruto de la magia.

Entonces, sucedió uno de esos momentos en que se puso de manifiesto que Gwendoline Edevane era de todo menos una persona avispada para las bromas. Cuando la conversación viró en dirección a los planes para fin de año, con una invitación de Santi de por medio, Gwendoline mencionó al amigo japonés rarito de Caroline. La morena no le había conocido todavía, pero sí había conocido su gusto por las fiestas ostentosas. Gwen, que no concebía que existiera alguien así en la cultura japonesa, no podía decir que estuviera muy ansiosa por conocer a ese hombre. Ni siquiera recordaba su nombre.

Y aquí llegó el momento: Gwendoline, preguntó a su amiga el nombre del tipo, y ella respondió con un ‘¿Quién es?’ que dejó a la morena con la boca abierta y una expresión estupefacta en la cara. Y más cuando la escuchó reírse, aparentemente muy divertida por semejante comentario. En su cerebro, la ex-Ravenclaw era incapaz de hacer una asociación entre aquellos dos conceptos: ¿Tok Tok? y ¿Quién es?

La conversación siguió un poco más sin que Gwendoline entendiera el chiste. Ella era así, así funcionaba su cerebro a veces. Y fue solo cuando Sam terminó de explicar que ella tampoco quería una fiesta salvaje, y mientras aseguraba que pediría más detalles a Santi, que la morena entendió el chiste.

—¡¿Quién es?!—Gwendoline compuso una sonrisa bobalicona en la cara.—¿En serio acabas de hacerme un chiste de llamar a la puerta?—Preguntó, cuando lo que realmente quería preguntar era ‘¿En serio acabo de no entender un chiste de llamar a la puerta?’. Así era Gwendoline Edevane.—Madre mía, el nivel...—Se llevó ambas manos a la frente. En realidad, no lo decía tanto por su amiga como por ella misma. Y, finalmente, terminó riendo por lo absurdo de la situación.

Mientras compartían aquellos cafés que Santi había preparado para ella—la morena el café negro, la rubia y falsa castaña el café con leche—Gwendoline aprovechó una mención de Sam al tema de la proximidad de su cumpleaños para interrogar a su amiga con respecto a los regalos. Aquel año, con todo lo que había ocurrido, lamentaba tener que reconocer que el cumpleaños de Sam había ocupado un ultimísimo plano en su orden de prioridades, y ahora no tenía la menor idea de qué regalarle. E intentó sacárselo a ella, momento que Sam no desaprovechó para hacer un poco de ese drama que le gustaba: el drama cómico.

—Sí, claro, finjo que me gustan tus regalos.—Dijo Gwendoline con sarcasmo, haciendo rodar los ojos.—Si vas a mi casa, podrás ver todas y cada una de las cosas que me has regalado en un lugar u otro. Todos. Y a día de hoy sigo usando la taza de tortuga que me regalaste cuando cumplí los dieciséis. Cada mañana me tomo el café en ella.—Eso era cierto, y de hecho, Gwendoline daba gracias a Merlín por ser bruja y poder repararla cada vez que aquella taza sufría algún tipo de daño. La quería demasiado.

De todas sus propuestas, Sam solamente pareció darle importancia a la bicicleta—y más tarde a los dinosaurios, aunque aquello era un imposible—, pero lo que de verdad dejó a Gwendoline sin palabras fue el momento en que, tras confesar que no había nada material que deseara con todas sus ganas, le juró que solo la deseaba a ella. Gwendoline sintió que el corazón se le paraba por unos momentos, que una sonrisa boba aparecía en sus labios. Y es que, si bien Sam añadió después que necesitaba básicamente a sus seres queridos y mascotas a su lado, ese breve momento de silencio no pasó inadvertido a la morena. ¿Habrá querido decir que…? No, deja de pensar tonterías, se dijo a sí misma.

—Solo por plantear esa idea tan poco ética, no por el hecho de que los dinosaurios estén extintos ni nada, te quedas sin pareja jurásica.—Bromeó Gwen, sonriendo. Se le había ocurrido exactamente qué regalo material comprarle: una bicicleta, preferentemente adecuada para el bosque o la montaña, teniendo en cuenta la reticencia de su amiga a dejarse ver demasiado por la zona urbana de Londres. Sin embargo, la mención a sus seres queridos llevó a Gwendoline a hacer una asociación lógica: los padres de Sam. Hasta dónde sabía, su madre seguía en Austria, pero Luca Lehmann vivía en Londres. Y hacía mucho tiempo que no tenía noticias de su hija. Así que Gwendoline, que cuando quería podía ser muy discreta, pero no entonces, planteó el tema después de beber un sorbo de café.—Ya que mencionas el tema de tus seres queridos, dejándome quedar como una obsesa de lo material en el proceso—bromeó, sonriendo a continuación—, ¿sabes algo de tus padres? Estoy segura de que les gustaría estar presentes durante tu cumpleaños...

No había sido la propuesta más discreta, ni mucho menos, pero en la cabeza de Gwendoline empezaba a formarse un plan. Primera fase del plan: recabar información.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Dic 19, 2018 1:45 am

Quizás la cantidad de dinero fallaba estrepitosamente en el plan de viajar por el mundo, pero Sam había matizado la palabra 'hippie', ¿acaso eso no llevaba consigo la ventaja de que podía ser todo en plan pobres? Pero bueno, seamos sinceras, después de haber vivido como una pobre de verdad, Sam no tenía ganas de tener que acudir a sus métodos ilícitos para conseguir dinero o comida otra vez, mucho menos en otros países y mucho menos en compañía de Gwen. Es por eso que frente a la indiscutible lógica de Gwendoline Edevane, chasqueó la lengua en una especie de rechistar y bajó la mirada a la mesa. —Pues ahorraré —dijo con toda la seguridad del mundo, haciéndose un planning mental de cuánto podría ahorrar al mes con su paga y sus gastos. —Si el único problema para que no te vengas conmigo de viaje por el mundo es el dinero, ahorraré y no podrás negarte.

Y es que la cosa era fácil: lo único que le retenía a Sam en Londres eran Gwendoline y Caroline. Tenía más amigos, pero habían sido ellas las que habían conseguido sacar a Sam del pozo y la que ahora mismo estaban ahí para todo. Por mucho que la rubia desease irse de Londres, no concebía empezar esa aventura sola y de cero. Y por otra parte estaba el 'orgullo' de no querer dejar la tierra en dónde has tenido una vida sólo por una injusta política, pero todos sabemos que el orgullo de Sam sólo crece junto a las discusiones con Caroline y que ella tenía claro que no era una guerrera. Había favorecido tanto al bando contrario que sentía que por mucho que hiciera, tampoco iba a compensar los daños ya hechos.

¿Sabéis ese término que se utiliza de ‘sonreír como una tonta’ cuando en realidad lo más correcto decir es que sonríes como una enamorada? Pues algo así le pasó a Sam cuando Gwendoline declaró que, en específico Santi, no era su tipo. Quizás Gwen pensase que era un poco lenta por no pillar el chiste de tocar en la casa, pero la rubia no pilló que se estaba refiriendo en exclusiva al sexo masculino, sino que se refería a que exclusivamente Santi no era su tipo, lo cual era normal teniendo en cuenta que tenía veinticinco años. La cara de Sam hubiera sido un poema si por algún casual en aquel momento las conexiones neuronales necesarias hubieran chocado a tiempo como para asumir que el tipo de Gwen estaba en el sexo femenino y, más concretamente, justo en frente de ella. Un poema muy fuerte. De hecho se le hubiera notado muchísimo la sorpresa. Sin embargo, si sonreía como una idiota era porque le gustaba el contacto con ella; hasta la propia Sam notaba que últimamente lo solía buscar y esos gestos tan pequeños y cariñosos, como podía ser sujetar tu mano o apartarte los mechones de la cara, le encantaban.

Soltó una carcajada divertidísima cuando la lenta de su amiga pilló el chiste un rato después, cuando ya Sam había dado por finalizado ‘su momento de lucidez graciosa’ y se había puesto a hablar de fin de año. Lo peor de todo es que se la imaginaba dándole vueltas al dichoso '¿Quién es?' en vez de prestarle atención. —Espera, espera, fuiste tú quien dijo ‘tok tok’, así que técnicamente fuiste tú quién me estaba haciendo un chiste a mí. Yo solo te seguía el rollo. —Y es que eran un equipo muy tierno, una haciendo chistes malos por un lado y la otra siendo demasiado lenta como para pillarlos al momento. Al final, el chiste malo de Sam tenía gracia cuando lo hacía por primera vez y luego cuando Gwendoline lo entendía.  

Frente al drama sin drama de Samantha, Gwen respondió con sarcasmo, sacando a la luz que todavía utilizaba la tacita de tortuga que la rubia le había regalado en Hogwarts con tan solo dieciséis años. Viviendo allí era complicado hacer regalos, pero recordaba perfectamente como le había mandado una carta a su padre pidiéndole que le comprase aquella taza que habían visto en navidad de la tortuga, la misma con la que había sacado el tema de Gwendoline frente a él y le había dicho lo mucho que a su amiga le gustaban las tortugas. —Ya, ya lo sé. —Rodó esta vez ella los ojos. —Era broma, ya sé que no odias mis regalos, ¿no me vas a dejar hacer drama nunca o qué te pasa? Deja de cortarme el rollo. —Se metió con ella, mordiéndose el labio de manera divertida. —Cada vez que veo esa taza en tu cocina me siento vieja. Recuerdo perfectamente cuando te la regalé, en serio, como si fuera ayer... y hace prácticamente quince años de eso. El tiempo ha pasado volando. Quiénes éramos y quiénes somos, ¿eh? —Sonrió, nostálgica. Y es que quedaba poquito de esas dos niñas de Hogwarts en la dos mujeres que ahora mismo compartían esa mesa.

Hablando de los regalos, estuvo a punto de rechistar lo de dejarla como una obsesa de lo material, ya que había sido ella quién sacó el tema de comprar, sin embargo, cuando mencionó a sus padres, Sam se llevó la taza de café a los labios mientras la terminaba de escuchar. Luego, simplemente, soltó aire por la nariz más fuerte de lo habitual, en un suspiro entre ausente y triste. Hacía poco había recibido uno de esos tantos correos que le enviaba su padre y la verdad es que no le sentaba nada bien leerlos para luego no contestarlos. Mucho menos cuando el correo sabes que va a ir de un padre roto que se cree que su hija ha muerto pero sigue mandando correos con la esperanza de que algún día conteste. De verdad, terminaba hecha un ovillo en la cama. —Hace tres años que mis padres no están ni en mi cumpleaños ni en navidad conmigo. Y dos desde que no saben nada de mí. —Le informó a su amiga, pues dudaba mucho que en algún momento le hubiese dicho algo en claro de sus padres a excepción de que ya no hablaba con ellos. —Yo creo que les gustaría estar presentes en mi cumpleaños o sencillamente saber si estoy viva, pero no quiero involucrarlos en mi vida. Que yo sé que tú me quieres mucho como para decírmelo, pero sé que Caroline y tu os arriesgáis a cosas muy peligrosas manteniendo contacto conmigo. Y tú porque sabes defenderte, pero mis padres no. —Hizo una pausa, jugueteando con la cuchara con el final del café, el cual no se iba a beber. —Sé de ellos porque ambos me escriben con regularidad al correo, sobre todo mi padre, que lo hace casi dos veces al mes. Me cuentan su vida, me dicen que quieren saber de mí, que esperan que esté bien… Mi madre tuvo hace dos años y medio un hijo con su prometido y yo no conozco a mi hermano. —Se encogió de hombros como si no le importase, pero notándose que evidentemente era un tema que no le gustaba y que le ponía triste. —Y no me lo dicen, pero es que me pongo en su lugar y… se deben de pensar que he muerto, ¿sabes? Sólo les avisé de que las cosas habían cambiado cuando el gobierno cambió y que tenía que desaparecer, que lo mejor es que ellos no supieran nada de mí. Y llevo sin dar señales de vida dos años.

Se sentía una hija horrible, pero peor se sentiría si les decía cualquier cosa y esa información la usaban en su contra. Sabía lo horrible que eran los mortífagos y los cazarrecompensas y no quería que pudieran tener nada con los que dañar a sus padres. Porque Sam sabía que ellos jugaban sucio y si podían irían por aquellos más débiles para sacar al resto de sus escondites. Pero claro, Sam había conseguido mantenerlos a salvo, ¿pero a costa de qué? ¿De perderlos ella? —Sé que crees que hice mal al separarte de mí en aquel momento... —dijo entonces, apoyada en el respaldar de la silla y con las manos en su regazo. —¿Crees que hago mal con ellos? —Preguntó con sinceridad, en busca de su opinión.

Y es que si hablamos de sentimientos, era indudable que tanto los padres de ella como Sam se iban a sentir mucho mejor estando juntos, teniendo información de los otros y pudiéndose dar un abrazo. Pero si éramos realistas, desde que Sam la cagase, estuviese en el punto de mira de alguien peligroso, o alguien se volcase en encontrarla, sus familiares serían su primer objetivo: débiles y fáciles de encontrar. Si Sam no mantenía contacto con ellos, al leer su memoria se sabría que no sabían nada. Si Sam, al contrario, mantenía contacto con ellos, tendrían lo mínimo para sacarla de donde quisiera que se escondiera.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Dic 19, 2018 2:53 pm

Aquel fragmento de conversación llevó a Gwendoline a imaginarse una escena cómica a la vez que tierna: Sam llegando a su casa, sacando de debajo de su cama una hucha con forma de cerdito—no podía ser de otra manera—en la cual había escrito ‘Ahorros para viaje hippie con Güendolín’, y depositando en su interior un billete de cinco libras y algunas monedas. El pensamiento la hizo sonreír divertida y enternecida a partes iguales, y tras morderse levemente el labio inferior, se encogió de hombros.

—¿Sabes qué te digo?—La morena tendió su mano derecha a la rubia, poniendo la espalda recta con solemnidad. Le estaba proponiendo un trato entre damas en toda regla.—Trato hecho.—Dijo, componiendo una sonrisa traviesa.—Pero, si te parece, vamos a añadirle un componente más interesante: las dos ahorramos lo que podamos durante el próximo año, y cuando lleguen las vacaciones de Navidad, nos vamos de viaje a algún sitio. A dónde nos alcance el dinero. ¿Te parecen bien estas condiciones?—Preguntó la morena, alzando levemente las cejas, como incitando a su amiga a aceptar.

Ciertamente, Gwendoline ahorraría. Destinaría una buena parte de su salario en el Ministerio—previamente convertido a libras, claro—a una cuenta en un banco muggle. Y con toda seguridad, aquel dinero se destinaría a viajar… aunque no de la manera que ambas amigas esperaban.

Entonces, llegó ese momento de la conversación en que Gwendoline declaró que Santiago Marrero no era su tipo. La bruja morena deseaba con todas sus fuerzas encontrar las palabras para dejar claro que su tipo era ella. Y es que en el mundo no existía otra persona, sin importar que fuera de género masculino o femenino, que hubiera despertado en ella las cosas que Samantha Lehmann había despertado. Y ciertamente, Gwendoline no se sentía atraía por nadie… salvo por Sam. Le hubiera gustado encontrar esas palabras, esas que describían a la perfección lo que Samantha Lehmmann significaba para una Gwendoline Edevane que estaba descubriendo el amor por primera vez, pero éstas se resistían a salir.

Y, para colmo… la mente de Gwendoline la traicionó con aquel chiste de Sam, y lo que podría haber sido el momento perfecto para confesarse, terminó en risas. En risas de ambas amigas por lo absurdo de la situación, por el hecho de que Gwendoline hubiera pillado el chiste con retraso, por el hecho de que el humor de la rubia fuese digno de un redoble sarcástico de tambor de esos que a veces ponen en televisión, en los programas de humor. Toda la situación era tan cómicamente absurda… que allí estaban, riendo.

Riendo… Con la que nos está cayendo alrededor, y reímos, pensó Gwendoline maravillada. La vida tenía aquellos momentos, y la morena los agradecía.

—¡No, tú lo hiciste!—Protestó Gwendoline, todavía entre risas.—¡Yo solo me he equivocado con el nombre de vuestro amigo japonés, el de las fiestas locas!—Se defendió la desmemorizadora, incapaz de dejar de reír.—Debería darte vergüenza, Lehmann: me vacilas por ser lenta enviando whatsapps, me acusas de hacer chistes que no hago… ¡No es justo!

La proximidad del cumpleaños de la rubia llevó a Gwen a plantearle un tema que… bueno, que en teoría no se plantea, peor que todo el mundo lo hace: ¿había algo que deseara la legeremante en su cumpleaños? ¿Algo con lo que soñara? Momento que aprovechó Sam para hacer un poco de drama con respecto a los regalos que se hacían. Gwendoline, lógica y poco dada a pillar bromas, se defendió asegurando que cada regalo que Sam le había hecho a lo largo de su vida lo conservaba con cariño. Los tenía todos en casa, en un lugar u otro, y podría señalarlos y decirle a la rubia con qué edad se los había regalado.

Y, por supuesto, Sam se quejó porque Gwen no la dejaba hacer drama. Así era la legeremante: dramática, en el sentido más cómico de la palabra.

—Tú y los dramas...—Gwendoline hizo rodar los ojos, negando con la cabeza y sonriendo divertida. Entonces, dejó escapar un suspiro, recostándose sobre la silla mientras recordaba en su yo niña. Esa yo niña que jamás volvería, por mucho tiempo que pasara. El mundo se había encargado de aplastar no solo a aquella niña, sino a la yo niña de Sam también. Ambas habían tenido que hacerse fuertes a las duras, especialmente la rubia.—Desde luego que sí… La verdad es que recordándonos cómo éramos, no me habría imaginado que esas dos niñas habrían podido sobrevivir lo que hemos sobrevivido.—Especialmente tú, pensó Gwendoline, pero no lo dijo. Solo de recordar las cosas que le habían ocurrido a su amiga, se le formaba un nudo en el estómago. A Samantha Lehmann le había tocado vivir lo peor de lo peor. No, no te dejes llevar por esos pensamientos, le recomendó una vocecilla dentro de ella.—Pero claro que eres vieja, Lehmann.—Dijo entonces, sonriendo con cierta picardía. Se incorporó de nuevo en la silla, estirando los brazos para desentumecerlos, y añadió.—Y se aproxima mi época favorita del año: esa en que, por unos meses, eres tan vieja como yo en cuanto a años. Vas a tener veintinueve añitos.—Y rió, intentando hacerlo de forma malévola. No le salió demasiado bien, como es evidente.

Gwendoline puso sobre la mesa, entonces, un tema muy delicado. Diría que se arrepintió… pero no. Era algo que Sam necesitaba valorar. Cierto, no era asunto de la morena si la rubia se mantenía o no en contacto con sus padres, y ciertamente ella no era el mejor ejemplo de persona cercana con su familia. Pero, a diferencia de ella, Sam si quería a sus padres. Especialmente a su padre, por lo que sabía. Y su padre no era un completo imbécil, como resultaba ser Duncan Edevane.

Así que le preguntó si sabía algo de sus padres. Y sugirió que quizás estos estuvieran más que dispuestos a estar presentes en el cumpleaños de su hija. Aquello desató un torrente de cosas que, en opinión de la morena, su amiga había interiorizado hasta darles por completo la espalda. No sabía si ponerlo en palabras le haría bien o mal, pero en el momento en que empezó a hablar, Gwen le prestó su oído. Y su mano, pues volvió a alargarla sobre la mesa para coger la de Sam.

La desmemorizadora se sintió conmovida por aquella historia. Ya en una ocasión, cuando se habían reencontrado, la morena se había ofrecido a acompañarla a Austria si alguna vez quería ver a su madre, y conocer a su hermano. Estaba en su derecho, y la promesa seguía en pie. Gwendoline haría lo que fuera porque Samantha Lehmann fuera feliz. Sería capaz incluso, de tener un giratiempo, de borrar los últimos años de su vida. Pero, teniendo en cuenta que aquello no era posible, y que no quedaba más remedio que seguir viviendo con lo que les había tocado, Gwen le ofreció su sincera opinión.

—Entiendo la manera en que lo ves.—Dijo Gwen con suavidad, componiendo una leve sonrisa.—No creo que hayas hecho mal al separarte de tu familia cuando las cosas se pusieron feas porque era una situación imposible, una situación que nadie debería atreverse a juzgar sin haber pasado por ella.—La morena había ganado mucha perspectiva al saberse, recientemente, víctima del control mental de Artemis Hemsley. Sam no había pasado exactamente por lo mismo sino por algo peor: ella era dueña de sus acciones, pero dichas acciones no eran suyas, sino de alguien que la manejaba como a una marioneta. Tenía que hacer aquellas cosas incluso aunque le repugnase hacerlas, porque la alternativa era peor. Y en una situación irreconciliable, la rubia había escogido embarcarse en la autodestrucción ella sola, sin nadie a su alrededor.—Lo hiciste lo mejor que pudiste con las opciones que tenías.—Gwendoline acercó la otra mano al rostro de su amiga y, con dos dedos en su barbilla, hizo algo que solía hacer la otra: elevar su rostro para que los ojos de ambas se encontraran.—En serio. Lo hiciste lo mejor que pudiste con tus opciones. Nunca dudes de eso, ¿vale? La prueba de ello es que estás viva, y que yo estoy viva, y que todos los que te queremos estamos vivos.—Gwendoline le sonrió ampliamente, intentando calmar sus dudas.—Pero las cosas han cambiado. Ya no estás en un peligro tan inmediato como hace un año. Tienes una nueva vida, nuevos amigos… las cosas te van bien. Y opino que tus padres se merecen saber eso. Saber que sigues viva. Saber que, de alguna forma, has recuperado tu vida.

Ciertamente, aquella no era su vida, pero ella la había convertido en su vida. Y si bien todavía la despertaban por las noches las pesadillas acerca de los Crowley, y Artemis Hemsley seguía por ahí, en algún sitio, las circunstancias de Sam habían cambiado para mejor. Había hallado una especie de felicidad en aquel lugar, en el mismo lugar en que se encontraban en aquel momento.
Y su padre y su madre se merecían saber que seguía viva. Que estaba bien.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Dic 20, 2018 2:27 am

No esperaba que frente a su cabezonería de ahorrar para un viaje, su amiga cambiase de opinión. Sin embargo, esa motivación repentina en una idea que Sam creía que de verdad no le ilusionaba, hizo que ella misma mostrase una emoción mucho más natural y real que la de hace un momento, abriendo los ojos y sonriendo casi de manera inconsciente. Y es que una cosa era cierta: ella deseaba viajar y alejarse de todo eso, pero no quería hacerlo sola. Así que el trato de Gwendoline, aunque eso de un año le sonase tan lejano, no le pudo gustar más. Le tendió la mano como una dama negociadora, para finalmente decirle que no tenía ningún tipo de queja con respecto a las condiciones, ¡y es que, cómo tenerlas!

El momento del chiste malo siendo entendido por Gwendoline un minuto después no tenía precio. Y es que de verdad, Sam adoraba esos momentos en donde ella demostraba abiertamente que su sentido del humor era ridículo, mientras su amiga demostraba que era muy lenta para las cosas más estúpidas, ¿pero qué le iba a decir? La mente de Gwen era demasiado lógica y correcta como para entender las estupideces de Sam en el tiempo socialmente correcto. —Tú, tan divertida que haces chistes y no enteras. —Siguió metiéndose con ella porque, por si no lo sabías, uno de los hobbies favoritos de Samantha Lehmann era molestar a Gwendoline Edevane. Era gratis, divertido y le encantaba como se le arrugaba la nariz a su amiga. —¿Y cómo llevas la formación de tu pulgar derecho? Debe de tener abdominales ya de todo lo que lo usas. —Se rió, intentando cogerle la mano para mirar su pulgar, único dedo con el que escribía en la pantalla táctil del móvil y que debía de tener sobre-desarrollado. Sin embargo, Gwen tuvo las intenciones de hacer esa cosa antinatural con sus dedos gordos hacia atrás y Sam alzó sendas manos, en señal de paz. —Eh, ¡eso no! ¡No te pases con mi aprensión! —¡Y es que, iugh! Eso no le gustaba. Le señaló finalmente con el dedo índice. —¿Paz? —dijo, aún entre risas.

Sam y los dramas, ¿eh? Era curioso ver cómo una amante del drama—del ficticio—había vivido unos últimos años cargados de drama real, pasando por cosas que ni en su vida esperó pasar. Lo peor de todo es que Sam miraba al pasado y había veces en las que no se creía haber sido ella la protagonista de esas… desgracias. Pero ahora, no obstante, sólo pensaban esos dramas que ella misma creaba para fingir una indignación que en realidad no tenía. —¿Verdad? ¿Quién iba a decir que, teniendo en cuenta que lo único que entendíamos eran los libros, podríamos defendernos sin tirarle un libro a la cabeza a alguien? —Bromeó, ladeando una sonrisa, para finalmente dejar caer la cabeza de golpe cuando su amiga le dijo que era vieja con ese tono de voz tan pícaro, ¡claro que sabía lo que le iba a decir! No era un secreto para ninguna que a Sam le encantaba meterse con ella durante casi todo el año porque prácticamente siempre era un año más grande y es que, por mucho que ambas hubiesen cursado distintos cursos en Hogwarts, ambas nacieron en mil novecientos ochenta y nueve, lo que una a principio de años y la otra al final. Así que cuando le recordó que iba a cumplir veintinueve años, la legeremante se preparó para contraatacar. —Bueno, al menos me queda un año para mentalizarme para los treinta, ¿a ti como te va con tan solo dos mesesitos hasta el gran cambio? —Alzó las cejas varias veces, metiéndose con su llegada a la treintena. No tardó en sonreír. —Es broma, vas a ser una treintañera preciosa. Esas patas de gallos apenas se te notan. —Y estiró la mano para intentar tocarlas—aunque no habían—, a riesgo de quedarse sin dedo por si Gwen decidía mordérselo por el camino o algo.

En verdad era broma y Gwen sabía que era broma, pero había sido de toda la vida un tema a tratar con diversión y burla totalmente sana: Sam creyéndose de la eterna juventud sólo porque Gwen siempre iba un año por delante. Sin embargo, la legeremante tenía razón en una cosa y se arrepintió de haber sonado a broma cuando lo dijo: Gwen iba a ser una treintañera preciosa. La que más. Y ahora que hablaban del pasado, llegó a darse cuenta de una cosita: lo raro que le parecían esos sentimientos hacia ella a estas alturas, pero, a la vez, lo normalizado que lo tenía, como si siempre hubiesen estado ahí.

Pero entre risa y risa… drama. En realidad hablar de la familia de Samantha no era ningún drama, pero sí que era un hecho que el tema era delicado. Tenía sentimientos encontrados con todo lo que había hecho y todo lo que podía llegar a hacer y, por desgracia, eran sentimientos que en ambos casos eran muy fuertes y la impedían decidirse por nada. Y al final todo era un bucle infinito en donde no encontraba decisión alguna. Al final, como Gwendoline sacó el tema, Sam no hizo más que abrirse ante ella, como siempre hacía. Y es que pocas cosas Sam no era capaz de contarle a Gwen, pues a veces le daba la sensación de que hasta ella la conocía mejor que sí misma.

La rubia siempre pensó que podría haber decidido mejor en el pasado, sobre todo después de haber recuperado a Caroline y Gwendoline y que ambas tuviesen sus quejas al respecto. Sin embargo, el hecho de que Gwen le dijera aquello la hizo esbozar una sonrisa agradecida cuando le elevó la mirada. Agradeció las palabras porque, como es evidente, no le sentaba bien que la gente cuestionase lo que hizo, cuando sólo hizo lo que hizo porque pensó que era lo correcto. Así que tener esa especie de ‘beneplácito’ por parte de su amiga le hacía pensar que después de todo lo que había pasado y todos sus errores, hizo cosas bien. —Gracias —le respondió, para finalmente suspirar ante lo último que dijo, aún con una de sus manos sujetando la suya sobre la mesa. La comenzó a acariciar con ternura con su pulgar, de manera totalmente inconsciente. —Me da miedo que pueda pasarles algo por mi culpa —confesó la evidencia más grande. —Es que ahora mismo las cosas me van bien pero… las dos sabemos cómo de rápido aparecen los problemas y que por mucho que yo vaya bien, el gobierno mágico cada vez tiene más poder. Un día de mala suerte, un mínimo despiste y… —Y es que Sam no quería jugar con el factor fortuna, pues sabía que por norma general no tenía y toda venía en picos altos en momentos concretos. —No te enfades por lo que voy a decir, pero pienso que si estoy muerta para ellos no van a tener que ocultar nada que los ponga en peligro. Así podrán vivir tranquilos, sin peligros, sin una presencia en sus vidas que sólo los va a poner en riesgo. —Y es que estaba hablando su lado más emocional, aquel que sólo quería mantenerlos en un lugar seguro. Sin embargo, era muy consciente de que no era para nada justo para con sus padres. —Pero… sé que tienes razón. No es justo para ellos.

Tampoco era justo para ella tener que decidir algo así, pero no le quedaba otra. ¿Vivir sin tus padres para mantenerlos a salvo o tener una familia y ponerla en peligro? No era justo. Y le daba rabia porque eligiese lo que eligiese se sentía egoísta. Quizás, por eso, era un tema que siempre intentaba evitar con el fin de que en algún momento la idea feliz y perfecta apareciese en su cabeza. —Bueno —dijo entonces, encogiéndose de hombros y mirando a su amiga con un rostro de conformismo con la vida. —Ya veré. De todas maneras… es raro. Hace mucho que no los veo, no sabría cómo abordar la situación. Me imagino el momento en el que veo a mi padre y… no sé, no me veo capaz de contarle todo lo que me ha pasado. Sé que va a querer saberlo, pero yo no voy a querer contárselo: prefiero que crea que no confío en él al verlo roto por dentro pensando que no ha estado ahí, ¿sabes? —Y es que sólo de imaginarse a Luca sabiendo todo lo que ha tenido que pasar Sam, se le rompía el corazón. Y más se le partía imaginándolo en su vida de nuevo y manteniéndolo alejado como si no perteneciese a ella sólo para 'protegerlo' de la realidad. —En fin, da igual. —Soltó la mano de Gwen, pues indagar en el tema le había dado una punzada de tristeza bastante más grande de la que esperaba. Se forzó a pintar una sonrisilla en su rostro. —Lo pensaré.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Dic 20, 2018 2:44 pm

Samantha Lehmann era una de esas personas que no solo disfrutaban con los pequeños ‘piques’ con sus amigas—especialmente con Gwen—sino que también solía ganarlos. Esa dudosa virtud suya se debía a su insistencia, a que no se rendía jamás, y a que por lo general tenía respuesta prácticamente para todo. Lejos de ser una actitud reprochable, Gwendoline la encontraba adorable, a pesar de que le tocara estar en el bando perdedor. ¿Y por qué era así? Bueno, ¿habéis visto sonreír a Samantha Lehmann? ¿La habéis visto sonreír cuando triunfa en alguno de esos pequeños piques? Porque Gwendoline sí, y… definitivamente, el mundo era un lugar más bonito cuando Samantha Lehmann sonreía.

O al menos, su mundo.

Sin embargo, había una forma infalible de acabar aquellos piques con un resultado favorable para la desmemorizadora. Algunos podrían considerarlo una trampa, y sin embargo, Gwen también quería ganar de vez en cuando. ¿Y cuál era ese método infalible? Mencionar sus pulgares? Gwendoline tenía una costumbre muy curiosa, que era la de teclear en su teléfono móvil utilizando solamente uno de sus pulgares, principalmente porque lo encontraba más cómodo que usar los dos. Aquello tenía la clara consecuencia de que tecleaba mucho más lenta de lo normal, lo cual era motivo de risas entre sus amigas. Pero claro, sus pulgares tenían una peculiaridad… la cual estuvo a punto de mostrarle a Sam. Sabía la grima que le daba aquello, y por eso era una miserable trampa.

—Nunca juegues con una persona incapaz de abrir una botella de champagne con los dedos, Lehmann.—Respondió Gwendoline. Tristemente, aquello era cierto: sus pulgares no tenían la fuerza suficiente como para hacer algo que otros podían hacer perfectamente. Otro motivo de risa que solía resolver de la misma forma tramposa.—Paz.—Concluyó, sonriéndole a su amiga.

Ciertamente, nadie habría esperado que aquella niña rubia de ojos azules que había conocido en Hogwarts, ni que aquella niña morena de ojos verdes que la susodicha rubia había conocido en el susodicho colegio de magia, llevaran en su interior lo necesario para sobrevivir la tormenta que les había caído encima. Inteligentes eran, desde luego, pero ingenuas también. La vida las había hecho madurar a la fuerza, las había hecho fuertes, pero al precio de dejar atrás aquella inocencia que una vez tuvieron.

Gwendoline muchas veces deseaba que aquellas dos niñas no hubieran tenido que morir. Y es que, asumámoslo, habían muerto: en el caso de Sam, Sebastian Crowley, sus hermanos y el cambio de gobierno en el mundo mágico se habían asegurado de aplastar todo rastro de inocencia; en el caso de Gwendoline, su niñez había muerto el día que había perdido a su madre, sus amigas, y su vida, para luego ser rematada por la llegada de Hemsley y el descubrimiento de todas las cosas horribles que Sam había vivido.

Respondió al comentario de su amiga simplemente con una sonrisa. Lo cierto es que recordar el pasado le daba demasiada pena. No le gustaba pensar que habían tenido que crecer de una manera tan brutal, especialmente Sam. Y es que si bien la rubia parecía querer restarle importancia a todo aquello—Gwendoline suponía que en su cabeza no le restaba importancia alguna a nada de lo que le había ocurrido en los últimos años, pero que necesitaba dejar de prestarle atención si quería seguir viviendo—la morena simplemente no podía: remover esos recuerdos era despertar cosas en su interior que no le gustaban. Una oscuridad que llevaba dentro y que, por fortuna, debido a que los Crowley ya habían muerto, no tendría que dejar salir nunca.

—Yo no bromearía con lo que evidentemente te va a terminar pasando también a ti, Lehmann.—De nuevo, otro de esos piques, que ayudó a Gwen a dejar atrás pensamientos tan funestos para componer una sonrisa traviesa.—Va a ser una pena ver cómo ese culito tuyo se va poniendo fofo durante este año...—Gwen compuso una fingida expresión de pena, y es que así eran ellas: podían estar viendo a la otra en su cabeza como si fuera una fantasía erótica, que seguirían dedicándose palabras así de bonitas. Sam, resolvió el asunto diciendo que estaba de broma, mencionando sus patas de gallo, e intentando tocarlas. A medida que acercaba la mano, Gwendoline enseñó los dientes y lanzó un bocado al aire, lo cual hizo que Sam retirara la mano de repente.—Yo también estoy de broma: tienes un culo perfecto.—Lo dijo casi sin darse cuenta, y después de soltarlo, se puso un poco roja. Y es que… sí, lo pensaba: Samantha tenía un culo muy bonito, cosa en la que se había fijado mucho en el último año. Igual que en muchas otras cosas.

Gwendoline no era demasiado buena abriéndose a los demás, contándoles cómo se sentía. Hablar de sí misma la hacía sentirse muy incómoda, y en muchas ocasiones ni siquiera sabía expresarse correctamente. Y también estaba el hecho de que sentía que los demás no entenderían lo que sentía, que no la comprenderían. Y por eso eran muy contadas las ocasiones en que se abría con otras personas que no fueran Sam. Ni siquiera con Caroline sabía abrirse, y mucho menos con la tendencia de la pelirroja a afrontar todo desde un lado positivo que en muchas ocasiones las cosas no tenían.

Sin embargo, sabía escuchar. Y le gustaba escuchar a la gente que le importaba. Así que escuchó a Sam cuando dejó salir todo lo que le pesaba en la conciencia con respecto a sus padres. Y además, su amiga manifestó que pensaba que Gwendoline creía que había hecho mal al desvincularse de su vida dos años atrás. La morena la sacó de su error: no creía que hubiera hecho nada mal, solo lo que pudo en una situación imposible. Había jugado sus cartas de la forma más correcta dada la situación, y aquello había hecho posible que volvieran a reunirse.

Y cuándo le pidió su opinión, se la dijo sin tapujos: en su vida ya no existía el peligro inminente que existía hacía dos años—dejando a Artemis Hemsley a un lado, claro—, por lo que sus padres se merecían saber que su niña seguía viva. Especialmente su padre, un hombre que había dejado atrás su tierra natal sólo para poder estar con su hija, mientras ésta se embarcaba en su viaje por el mundo mágico.

Gwendoline se guardó dentro de su cabeza los pensamientos que siguieron: que si los mortífagos o cazarrecompensas llegaban a estar en una situación en que podían interrogar a los Lehmann, fuera cual fuese esa situación, daría igual que supieran algo o que no supieran nada. Aquellos dos pobres muggles correrían la misma suerte en ambos casos, supieran algo o no supieran nada. La morena era muy consciente de eso, y sabía que de encontrarse en la situación de Sam, ocurriría lo mismo con sus seres queridos. Si alguien llegaba a su familia muggle, con toda seguridad acabarían mal.

Pero esas cosas no se le dicen a una amiga que está sufriendo, que ha puesto todo su empeño en que sus familiares estén a salvo. Aún a pesar de tener que renunciar a estar con ellos.

—No es justo para ellos, ni para ti.—Matizó Gwendoline, y después, cuando Sam terminó de hablar, asegurando que lo pensaría:—Sé lo que se siente cuando descubres todo lo que ha pasado y que no has estado ahí. Y en mi caso es aún peor: yo conozco este mundo mágico que cada día me da más asco, y estaba relativamente cerca para ver lo que ocurría.—La morena suspiró, una expresión triste en su rostro.—Lo único que puedo decirte es que para mí fue… fue el mejor regalo de Navidad el volver a tenerte en mi vida.—Gwendoline sonrió, mirando a Sam a los ojos.—¿Sabes eso que dicen de que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes? Pues eso...—Le entristecía pensar en aquellos dos años en que no sabía qué pasaba con Sam, o siquiera dónde estaba. Esos dos años en que cada nueva noticia sobre la persecución de los nacidos de muggles llevaba a Gwen a pensar lo peor. A pensar “Ahora sí, esta vez ha sido ella, o Beatrice”.—Por lo que a mí respecta, he sido feliz con el mero hecho de tenerte de vuelta. Y si no hubieras querido contarme lo que te pasó durante todo este tiempo, lo habría respetado...—Suspiró, pensando que sí, lo habría respetado, pero también se habría muerto por dentro deseando saberlo.—¿Crees que tus padres van a ser diferentes a mí? Tus padres te van a recibir con los brazos abiertos, y van a sentirse felices y aliviados de que su niña esté bien.—Concluyó con una amplia sonrisa.

Entonces se puso en pie, bordeó la mesa y se situó junto a Sam. Le puso una mano a cada lado de la cara de tal manera que sus carrillos se apretaron contra sus labios, confiriéndole un aspecto parecido al de un pez, y la miró a los ojos con mucha seriedad.

—Y una cosa más: sé que te he dicho que hiciste lo correcto, pero como vuelvas a desaparecer sin darme explicaciones, te juro que te encontraré y te mataré yo misma por jugar con mi corazón de esa manera.—El rostro de Gwen era falsamente severo, pero mantenía la mirada fija en la de su amiga. Le soltó ambas mejillas, y sonrió de manera dulce.—¿Está claro?—Y dicho aquello, depositó suavemente un beso en la frente de su amiga, inclinándose ligeramente hacia delante para hacerlo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Dic 23, 2018 9:58 pm

¿Que si sabía lo que era la sensación de no saber lo que tenía hasta haberlo perdido? Era consciente de que era una pregunta totalmente retórica que no esperaba ni ser contestada, ni dar que pensar de más… pero en ese tiempo en el que lo abandonó todo, Sam se dio cuenta de la importancia de absolutamente todo y de todos los que había dejado atrás. Así que sí, sabía perfectamente a lo que se refería su amiga. Muchísimo. Así que se limitó a prestar atención a sus palabras que, como siempre, iban cargadas de sinceridad y muchísima razón. De hecho, tenía que admitir que durante ese tiempo se arrepintió mucho de haberse separado tanto de sus padres desde tan joven, ya que le daba la sensación de que había desaprovechado su relación con ellos de una manera super estúpida y desagradecida. Pero bueno, también se había dado cuenta de que arrepentirse de esas cosas era válido, pero darle vueltas solo de masoquistas. Y ya bastante mierda tenía encima.

No negó la posibilidad de contactar con sus padres, pero repitió uno de sus mayores temores actualmente. —Tengo miedo a arriesgarme, tengo la sensación de que si lo hago sólo la voy a cagar —confesó con pereza, pues aunque no lo pareciese, era una mierda tener esa sensación todo el rato en su interior. Miedo a hacer algo fuera de lo normal, por si acaso las cosas se torcieran hasta el punto de crear un cambio. —Pero sé que se pondrán felices.

Omitió comentar nada con respecto a lo que le había sucedido a Sam. Por una parte nunca había tenido ganas de contar nada, pero si se lo contó a Gwen fue—en parte porque la legeremancia le descubrió—y segundo porque de no hacerlo, sentía que fingir felicidad era estar mintiéndole en la cara. Y alguien como ella, en su vida, se merecía saber la verdad detrás de todo lo que había hecho Samantha en el pasado. Y, por desgracia, sus padres también se merecían saberlo, pero Sam creía que no se merecían esa información tan horrible después de recuperar a su hija, ¿pero qué iba a hacer, mentirles a ellos también en la cara? En fin… en medio de sus paranoias mentales sobre ese tema que la tenía tan indecisa, Gwen se levantó de su silla y rodeó la mesa, quedándose en pie frente a la legeremante. Puso sendas manos en su rostro y la miró sin saber qué iba a salir de sus labios, hasta que sus palabras pese a sonar serias y dominantes, no eran más que una petición vulnerable frente a una nueva pérdida. Cerró los ojos con el beso en su frente, pues le encantaban, para entonces volver a abrirlos y encontrar la mirada verde de su amiga. Antes de que quitarse sus manos de su rostro, subió una de las suyas para acompañar el recorrido de la de Gwen. —Créeme, no sería capaz de separarme de ti otra vez —le confesó con dulzura, poniéndose en pie frente a ella. —Así que si alguna vez pasa, es que algo malo está ocurriendo. —Y si era tan malo como lo último que le había pasado, le haría un favor matándola, la verdad. Aunque eso no lo dijo en voz alta porque seguramente Gwen se cabrearía, pues no le gustaba que ‘bromease’ ni dijese cosas sarcásticas con respecto a su posible muerte. Lo cual es muy normal y Sam lo respetaba.

Así que justo frente a ella, a prácticamente nada de distancia, subió las manos para rodear su cuello y darle un abrazo. Cálido, cariñoso, tierno… un claro gesto que denotaba toda emoción sentida por ella, la cual no era poca. Si había una persona con la que podría pegarse todo el tiempo del mundo en un abrazo—además de su padre—era Gwen, ya que eran de esos que te reconfortaban hasta el alma. Antes de separarse besó su mejilla en uno de esos largos besos, en teoría, amistosos. La miró a la cara, a tiempo de escuchar la campanita que declaraba que alguien había entrado por la puerta del Juglar, devolviéndola al mundo real en donde todavía le quedaba una hora para terminar su turno. —¿Te quedas? —preguntó. —Tengo que bajar antes que a Alfred le de un ataque. Es demasiado bueno como para subir a decirme nada. —Esbozó una sonrisa. —Si quieres luego puedo ir a tu casa y cenamos algo… mientras vemos algo… —Se encogió de hombros, ampliando su sonrisa frente a su proposición inconclusa. —Bajo la mantita, calentitas… mientras te oigo bufar porque me quedo dormida en la mejor parte de la película… —Y con una sonrisa mucho más radiante, se alejó los primeros pasos de ella de espalda, para darse la vuelta y continuar hasta la planta baja


13 de diciembre del 2018 - Cumpleaños de Sam
20:32 horas, en el Juglar Irlandés
Atuendo

Ese día Sam cumplía nada más ni nada menos que veintinueve años. Había estado toda la mañana trabajando en el Juglar Irlandés, asumiendo que su día sería muy tranquilo: compraría una tarta de chocolate y terminaría en casa soplando las velas con sus amigas, jugando a algo y pasándoselo tan bien como siempre. Sin embargo, a nada de terminar su turno en el Juglar, sus creencias con respecto a su cumpleaños tranquilo cambiaron drásticamente al ver entrar a Caroline Wonka por la puerta.

Y allí ya todo comenzó a ser una tras otra que Sam no se esperaba en absoluto. Chocolate y música, dos combinaciones que nunca fallaban. Sin embargo, una cosa no le iba a pasar desapercibido a la chica y es que, después de un tiempo hacia acá, eran tres las que siempre juntas a todos lados como la piña que habían conformado. Preguntó que por qué Gwen no había venido, pero Caroline le quitó hierro al asunto, diciendo que estaba trabajando y no había podido. Le entristeció, pero al final terminó junto a la resignación y aceptando que el trabajo era lo primero.

Fue en Japón, despidiéndose de Takao y de la banda Magic Submarine—cuyos nombres ya no se acordaba desde que se presentaron—que le llegó un WhatsApp de Gwendoline, indignada porque, de nuevo, se habían ido de cumpleaños sin contar con ella. La cara de Sam fue la representación de un poema trágico-dramático. Contestó a Gwen para ‘explicarse’ y pedirle perdón, pero no le devolvió ningún otro mensaje, por no hablar que ni había salido ni el doble tick azul. En mitad de aquella disculpa y explicación, fue Santi quién le envió un WhatsApp diciéndole que en nada iban a cerrar y que se le había olvidado la cartera, para que pasase a buscarla. En ese momento no cayó en el hecho de que Santi en realidad había trabajado por la mañana con ella, así que no debería de estar cerrando la tienda a esas horas de la noche, sin embargo, estaba demasiado preocupada en ir a buscar su cartera con la identificación falsa de su nueva vida, así como quejándose a Caroline, preocupada, de los mensajes de Gwendoline.

Se aparecieron en uno de los callejones cercanos al Juglar Irlandés. Le había dicho a Caroline que se fuese a casa, que solo iba a buscar la cartera y luego iría a casa de Gwen a hablar con ella, pero la pelirroja insistió en acompañarla. Cuando llegaron al Juglar, desde fuera se veía todo prácticamente apagado, a excepción de la parte de la cocina, en donde todavía habían algunas luces encendidas. Sam no se fijó en nada porque estaba hablando con Caroline, sino que abrió la puerta para entrar, recibiendo entonces ese acalorado ‘SORPRESA’ que muy pocas personas se suelen esperar. En el caso de Sam ya te digo que, ni en sus mínimas sospechas, entraba aquella posibilidad después de haber ido a una fábrica de chocolate y a casa de Takao. Es por eso que hasta del susto inesperado, dio un paso hacia atrás hasta chocarse con Caroline, abriendo los ojos mientras miraba a todas las caritas. Buscó a una en especial entre la multitud.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 24, 2018 1:27 am

El día del cumpleaños de Sam empezó como otro cualquiera: Gwendoline tuvo que trabajar por la mañana, nadando en un mar de informes que había que revisar y entregar. La jefa de la oficina de desmemorizadores se había aburrido como todos los días anteriores, y de no ser porque esa misma tarde estaría celebrando un año más en la vida de Samantha Lehmann, su persona favorita en el mundo entero, desearía suicidarse. ¿Cómo era posible que el tiempo llegara a durar tanto cuando una se aburría?

Aquel día, Caroline había tenido la intención de hacer algo grande, algo especial, cosa que a Gwen no le hacía demasiada gracia: su ánimo, a pesar de ser mejor que en los días que habían seguido a la liberación de su mente del influjo de Hemsley, no era el mejor como para ir de fiesta por el mundo. Y es que Caroline parecía pretender tirar la casa por la ventana, aún a pesar de que la desmemorizadora podía hacerse una idea del sueldo de su amiga, pues no hace mucho había ocupado un puesto equivalente al suyo en su departamento.

Ni siquiera que te atraviesen con una katana te quita las malditas energías, había pensado Gwendoline, y tras mucho discutir, habían alcanzado un punto intermedio en el plan: que Caroline se llevara consigo a Sam a algún lugar que le apeteciera, y Gwendoline se encargaría de organizar una fiesta para ella en el Juglar Irlandés. Ellos ya estaban en el ajo desde hacía tiempo, y por poco había tenido que cambiar los planes en base al deseo de Caroline de repetir la jugada de Sam en el cumpleaños de la pelirroja.

—No me gusta esta tendencia de hacer viajes en los cumpleaños que estamos cogiendo.—Dejó caer durante una de sus discusiones con Caroline. Y es que era cierto: aquello, a la larga, acabaría causando problemas, y no solo económicos.

Finalmente, habían concluido que Caroline se llevaría a Sam a una fábrica de chocolate mágica en Suiza, y que Gwen organizaría una fiesta por la noche en el Juglar. Alfred y Erika habían estado de acuerdo, dispuestos a agradecer a Mia su ayuda durante los últimos meses. La bruja se había convertido, casi sin proponérselo, en una más de aquella familia que era el Juglar Irlandés.


El Juglar Irlandés
20:15 horas

Gwendoline contempló la decoración del Juglar con ojo crítico, con Santi a su lado. La desmemorizadora se había cruzado de brazos, con el ceño fruncido; el joven camarero español, como si la estuviera imitando, hacía lo propio. La morena ni siquiera se había percatado de esto, tan concentrada como estaba en la decoración y en preguntarse si habría algo de malo en que metiera mano a aquel asunto de forma mágica para arreglar algunas imperfecciones que su lado más perfeccionista y tiquismiquis no había podido evitar notar.

Se llevó un dedo a la barbilla, y a su lado, Santi hizo lo mismo. Gwendoline percibió este movimiento por el rabillo del ojo y miró al joven español, que durante unos segundos también la miró. Hubo un silencio de algunos segundos, un tanto incómodo, y finalmente la bruja lo rompió.

—¿Me estás haciendo burla, señor Marrero?—Preguntó sin tapujos. Había ganado mucha confianza con aquella gente. Especialmente con el muchacho empeñado en definirla como ‘su novia’.

—Tú mirar mucho la decoración. ¿Qué tener de malo?—Preguntó, esquivando hábilmente la pregunta.

—Pues...—Lo cierto era que la decoración no tenía nada de malo. Aquel comportamiento respondía al hecho de que, a ojos de Gwendoline, no había nada lo suficientemente bueno para Samantha Lehmann. Ella quería darle lo mejor, y aún sabiendo que en cuanto Sam viera aquello lo adoraría con todo su corazón, Gwen no estaba convencida.—...supongo que nada, pero… ¿de verdad que no había una piñata de cerdito más grande que esa?—Gwen observó aquella cosa que era tan grande como ella, y aún así, le pareció pequeña. ¿Cuántos caramelos podían caber allí dentro?—Bueno, es igual. Está todo bien. ¿Has conseguido las…?

—¿Las videoconsolas con el Singstar? ¡Pues claro! Yo traer la mía de casa. ¡Espero que vuelva entera!—Respondió el joven español.

—¿Por quiénes nos has tomado, Santi?—Dijo Gwen, esbozando una divertida sonrisa, mientras dedicaba su atención a la mesa de los postres. Allí, había dos docenas de calderos de chocolate que Gwendoline había comprado en Honeydukes. Y si bien su aspecto era de lo más curioso, no dejaban de ser pequeños pasteles de chocolate. Nadie repararía en ellos ni haría pre…

—¿Por qué pasteles de chocolate tener esa pinta tan rara? Parecer esas cosas que se lanzan en ese deporte de hielo en que se usan escobas...—Dijo Santi.

—Curling.—Respondió Gwen, tragando saliva al ver que Santi, como siempre, parecía más avispado que la media.

—Eso, Curling. Por cierto, ¿qué ser eso de fábrica de chocolate mágica?—Continuó preguntando Santi.

Durante los minutos que siguieron, Gwen tuvo tiempo de maldecir en silencio a Caroline Shepard por haber contado a los empleados del Juglar Irlandés lo de la fábrica. No creía que Sam fuera a enfadarse por ello, pero Gwendoline se había opuesto enérgicamente a meterles en aquello. Después de todo, su amiga quería mantener ambos mundos separados, y si ese era su deseo, debían respetarlo.

Contó una mentira a Santi: que Caroline se había llevado a Sam a una visita guiada por Cadbury World, una fábrica de chocolate en Bournville, a casi doscientos kilómetros de Londres. Para dar más veracidad a la historia, le explicó que Caroline había comprado unos billetes de avión de ida y vuelta de Londres a Birmingham, por lo que tendrían tiempo de sobra para visitar la fábrica y volver a tiempo para la fiesta. Santi no cuestionó lo raro que era coger un avión por la tarde, pues lo más habitual era por la mañana, y la morena pudo suspirar tranquila, por fin.

Aquel muchacho era demasiado perspicaz.


20:32 horas

La puerta del Juglar Irlandés se abrió, y de repente, las luces se encendieron. Todos los presentes, Gwendoline incluida, gritaron aquello de ‘¡Sorpresa!’ con todas sus fuerzas. Allí estaba Sam, en el umbral de la puerta, con Caroline unos pasos por detrás. Su rostro era de perplejidad pura, lo cual hizo que Gwendoline sonriera. Seguro que se esperaba que la morena le echara una bronca después del audio que le había enviado, momentos antes de su llegada.

En lugar de eso, Gwen empezó a cantar el cumpleaños feliz, y pronto todos estaban cantando con ella. Gwendoline se volvió en dirección a la mesa de los postres, sin dejar de cantar—y recordándose mentalmente decir Mia en lugar de Sam, después de ‘Te deseamos’—y tomó la tarta de cumpleaños en sus manos. Adrian, solícito, prendió las velas con un encendedor. Gwen, entonces, caminó con la tarta en dirección a su amiga.

—Feliz cumpleaños.—Le dijo con toda sinceridad, una sonrisa radiante en su rostro, mientras alzaba un poquito la tarta, para que pudiera soplar las velas.—Pide un deseo.


Atuendo (Obviamente, el de Elizabeth, no el de Paul):
Call it what you want... —Güendolín.  - Página 2 POBcRa9
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Dic 24, 2018 3:43 am

Ver las caras de todos, sonriendo y cantándoles el cumpleaños feliz hizo que Sam sonriese como una idiota después de haber adoptado esa cara de patata sorprendida tras el fuerte ‘sorpresa’ que rompió sus esquemas. Y es que, siendo sinceros, después de la tarde que había pasado con Caroline, ya se imaginaba en casa derrotada de cansancio, ¿pero alguien había visto esa pedazo de piñata con forma de cerdito y todas las cosas que habían organizado allí dentro? Su mirada viajó entre carita y carita mientras cantaban el ‘Cumpleaños Feliz’, hasta terminar mirando a Gwendoline, quién caminaba hacia ella con la tarta en alto. Le sonrió especialmente cuando le deseó feliz cumpleaños, para luego hacerse le pensativa unos segundos, pensando en ese deseo que debía pedir.

Y lo tuvo muy claro. Por un momento pasó por su mente pedir justo lo que tenía delante, sonriéndole con la tarta en alto. Pero más que eso, quería conservar todo lo que tenía ahora, por encima de todo. Así que con un pensamiento de que quería que el dos mil diecinueve fuese simplemente un poco mejor que el dos mil dieciocho, sopló aquellas velas. Todos aplaudieron fuertemente y fue entonces cuando empezó la estampida, sin que pudiera darle las gracias a Gwen. Vino Alfred el primero a darle dos besos, luego Erika, luego el prometido de Erika—que lo conocía de varias veces que iba al Juglar—, luego Adrian… y al final Santi, dándole un abrazo que parecía de oso amoroso. Y es que el cariño que Sam sentía por el español era sin duda recíproco. Podrían decir con simpleza que eran solo compañeros de trabajo, pero habían conseguido una complicidad que a muchos amigos ya le gustaría tener.

Tu decir siempre ser muy buena al SingStar. Hoy yo retar a ti con Beyoncé. Yo haber entrenado.—Señaló con el dedo a Gwen. —Gwen decir que es tu favorita, ¡veremos, Amelia! —Rió, para pasar por detrás de ella y cerrar la puerta del Juglar, para justo después poner el cartel de cerrado y pasar las cortinas.

Sam todavía estaba en modo aceptando todo aquello, hasta que fue Erika quién cogió un poquito de chocolate de la tarta y se lo pegó en la nariz a la legeremante.

¡Pero bueno! —Se quejó Sam, llevándose uno de sus dedos a la nariz.

Lo siento, tradición familiar —dijo Erika, pasando su mano por detrás de los hombros de su padre, como si éste hubiese sido el que planificó tremenda travesura. Y sí, por su sonrisa de travieso sin duda alguna había sido él. Sam, mientras se chupaba el dedo con chocolate, con la otra mano les hizo la mirada del tigre, en donde te señalas los ojos con el índice y el corazón y luego los miras a ellos. Ellos rieron.

Llegó entonces a la mesa en donde estaba Gwen y la tarta, así como aquellos dulces de chocolate que Sam reconoció. Rodeó la mesa para llegar hasta ella y darle un abrazo, pues le daba igual que todo el mundo le estuviese dando besos, ella a Gwen le iba a dar un abrazo siempre. Se separó de ella, negando con la cabeza. —Pensé que te habías enfadado de verdad, no me hagas eso otra vez. —Y suspiró, besando la punta de su nariz con dulzura, de manera casi juguetona. Gwen, por su parte, cogió una servilleta para quitarle los restos de chocolate de la nariz, pues evidentemente no se limpió bien porque no se veía. Sam frunció la nariz, cariñosa. —Gracias por todo esto. —Y se separó un poco, cogiendo uno de esos dulces con forma de caldero y mirándola con una mirada cargada de una nostalgia infantil. No hacía falta más que ver aquellos dulces para saber que Gwen había organizado aquello. Sam todavía recordaba aquellos fines de semana sentadas en el suelo de alguna sección en la biblioteca, leyendo un libro, mientras se comían la bolsa de Honeydukes de aquellos dulces. —Y tamb…

¡Pero Mia! ¡Tu hablar con Gwen todos los días, ven a jugar!

¿Pero y la tarta? —preguntó, cuál gorda, ¡como si no hubieras ido a una fábrica de chocolate, que solo buscas más y más chocolate!

¡Tarta puede esperar, tu gorda! ¡Ven, ven! —Y fue hacia ella para cogerle de la mano y tirar de ella.

21:56 horas

Habían cortado la tarta después de que Sam apalizase a Santi en su primera canción de Beyoncé, con la excusa de que Santi necesitaba calentar su garganta para poder cantar mejor. Ese fue también el motivo de que sacasen una botella de vino, que según él eso calentaba la garganta. Después de comer tarta, le habían tapado los ojos a Sam para que le diese a la piñata, con el riesgo de que con aquel palo atentase con la integridad de todo el Juglar Irlandés teniendo en cuenta su predisposición a romper cosas. Sin embargo, a pesar de que sí que atentó contra la cabeza de Adrian—quién tenía unos reflejos exquisitos—consiguió hacer que aquella piñata se abriese y todo cayese al suelo. Una piñata con forma de cerdito que tenía en su interior chocolate, por favor, ¿había algo más perfecto en esta vida?

Después de eso se pusieron a jugar al SingStar, mientras el resto del grupo hablaba en la mesa principal, la unión de muchas mesas en mitad de la cafetería, donde estaba la tarta y el picoteo. Cada cierto tiempo venía alguien a raptar a Sam un momentito para darle su regalo, lo cual era especialmente gracioso. Llegó un momento, sin embargo, en el que Sam se vio libre del micrófono del SingStar, de ninguna conversación y de que nadie le asaltase para nada. Así que se acercó a donde estaba Gwen casi sin pensárselo, sentándose a su lado y mirándola en silencio. No fue hasta que su amiga le preguntó que qué pasaba, que Sam sonrió como si le fuese a contar una confidencia. —Nada, que eres muy guapa —confesó con naturalidad, quizás motivada por las tres copas de vino que se había bebido. No estaba borracha, ni de lejos, pero eran tres copitas de vino que hacían que decirle a la chica que te encanta que estaba guapa fuese de lo más normal. —Y me encanta todo esto. En serio... todo. Pero lo que más me gusta es... esto. —Cogió otro de esos pasteles de calderos, sintiendo que aquello ya iba más allá de la gula y que el infierno debería de estar esperándole con pancartas fluorescente por ser la pecadora capital más desgraciada de todas. —¿Por qué no volvemos al pasado? Hacía años que no los probaba... —dijo con la mejilla hinchada del dulce que retenía en su boca, sintiéndose una niña de dieciséis años gorda al gastarse todos sus galeones en chocolate. Tras tragarse aquello y beber un poco de líquido, miró entonces a Gwen, acercándose a ella como si le fuese a contar un secreto. —Pero hay una cosa muy fuerte que no me esperaba de ti y es que todavía no hayas cantado ‘Drunk in love’ conmigo.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 24, 2018 2:41 pm

Los invitados y organizadores de la fiesta aplaudieron cuando Sam sopló las velas, mientras Gwendoline, que sostenía en ambas manos la tarta, pensaba que no existía en el mundo cosa más bonita que Samantha Lehmann sonriendo ilusionada y soplando las velas de su cumpleaños. Tras un año regular—el actual—y un par de años malísimos—los dos anteriores, aquel momento supuso una bendición. La morena pudo ver en los ojos de su amiga un poco de aquella inocencia juvenil, y se vio transportada a aquellas celebraciones de cumpleaños mucho más modestas que hacían en Hogwarts.

Se mordió suavemente el labio inferior, echando un vistazo en dirección a las personas allí reunidas, y lamentó solamente dos cosas: que entre los presentes no estuviera Henry Kerr—Gwendoline había intentado localizarle, por consejo de Caroline, pero no había tenido suerte—, y la ausencia de una persona que había intentado localizar por todos los medios.

Bueno, ella está feliz, se dijo la desmemorizadora, volviendo a mirar a su amiga mientras, de manera desordenada—y algunos, casi empujándose—se aproximaron a ella para felicitarla personalmente. Se hizo a un lado, temiendo que la tarta pagara las consecuencias de aquellas efusivas muestras de afecto, y les observó. Y, lo mirara por dónde lo mirara, la bruja tenía la sensación de estar contemplando una reunión familiar. Especialmente cuando Santi la abrazó como un oso, lo cual hizo reír a la morena, divertida.

Para cuando Sam se reunió con Gwen, la rubia llevaba una mancha de chocolate en la nariz. Gwendoline sonreía y contenía una risa divertida. Y es que sí, quizás se había pasado un poco con su pequeña ‘broma’. Pero… ¿qué mejor manera de magnificar la sorpresa que aquella? Si la creía enfadada, la rubia no se esperaría que hubiera organizado aquella fiesta.

—Era parte de mi malvado plan.—Bromeó Gwendoline, para acto seguido cerrar los ojos con una expresión burlona cuando Sam le besó la punta de la nariz. Volvió a abrir los ojos, incapaz de apartar la mirada de su naricilla manchada de chocolate, y tomó una servilleta para limpiar con delicadeza la mancha. Los ojos de ambas se encontraron y Gwen sonrió.—Gracias a ti por... —Empezó a decir Gwen, al mismo tiempo que Sam decía su ‘Y tamb…’, y a su vez al mismo tiempo que Santi llamaba a la rubia para desafiarla a un duelo de SingStar. La sonrisa de Gwen se tornó divertida, especialmente cuando Santi fue a ‘secuestrar’ a Sam. Pronto descubriría que nadie desafiaba a Samantha Lehmann y salía impune de ello.

Gwendoline se unió al corro que se había formado alrededor de Sam y Santi, que se disponían a enfrentarse en un duelo musical. Se colocó junto a Caroline, y animó a Sam—coreando su nombre falso, Mia—a voz en grito. Santi, ofendido, se volvió en dirección a ella.

—¡Pero tú ser mi novia! ¡No poder animar a mi enemiga!—Protestó el español… recibiendo a continuación un leve codazo por parte de Sam. Todos rieron, y el duelo musical dio comienzo.


21:56 horas

Gwendoline era una mala bebedora, y lo sabía: si bebía demasiado, empezaba a comportarse como una niña pequeña y hacer estupideces. Era bien consciente de ello, y por ese mismo motivo solía controlarse bebiendo. Tampoco es que disfrutase demasiado de las resacas del día siguiente, que a medida que iban pasando los años eran cada vez peores. Así que ese día se había limitado a beber un par de copas, a fin de celebrar con todos el cumpleaños de Mia.

Aquel fue claramente su día, y Gwendoline opinaba que se lo merecía: fue una delicia, un pequeño placer, el contemplar a su amiga mientras lo daba todo en el SingStar, mientras lanzaba palazos con los ojos tapados intentando alcanzar la piñata—y casi alcanzando a un Adrian cuyos reflejos eran felinos—, mientras abría sus regalos uno a uno… Aquello era simplemente una maravilla, un momento perfecto en el que Gwendoline hubiera detenido para siempre el tiempo, de haber podido hacerlo.

Lo que Gwendoline no había reprimido demasiado aquel día había sido la gula: en una fiesta poblada por chocolate, chocolate, y de postre un poco más de chocolate, resultaba imposible dejarse llevar por la amiga ‘cómprate-pantalones-nuevos’. Y allí estaba ella, dando cuenta del segundo caldero de chocolate—también se había comido dos trozos de tarta y algunos caramelos de la piñata—cuando algo mucho más apetitoso que el chocolate se sentó a su lado: Samantha Lehmann, la protagonista de aquella fiesta. La miró con una sonrisa y se olvidó del caldero de chocolate; Sam la miró a su vez, ambas en silencio, y Gwen finalmente dejó escapar una risita para preguntarle qué ocurría.

La respuesta la pilló un poco desprevenida, tenía que reconocerlo. Se sonrojó un poco, incluso, pero se prometió a sí misma una cosa: nada de seguir haciendo la idiota. No podía dejar escapar aquellas pequeñas oportunidades. Y las dos copas de vino tenían que ayudar un poco, al menos.

—¿Y me lo dices tú? Cansada y todo, eres preciosa.—Siguió entonces con la mirada la mano de Sam en dirección a uno de los calderos de chocolate de Honeydukes. No quedaban muchos, lo cual era una buena señal.—Recuerdo que te encantaban. Habría traído ranas de chocolate, pero no quiero ni imaginarme el revuelo que se armaría aquí en el momento en que el postre empezara a pegar saltos de un lado para otro.—Dijo Gwendoline, quien también quería regresar al pasado y quedarse allí. O tal vez no, pensó, sabiendo que entonces no sentía lo que sentía en el presente hacia Sam. Y aquel sentimiento… aquello era mejor que nada.—¿Me estás desafiando a un duelo musical, Williams?—Utilizó a propósito el apellido falso de Sam, para entonces intentar levantarse. Sentía el peso de todo el chocolate en su cuerpo, poco acostumbrado a aquel tipo de excesos.—Desde luego, no me va a venir mal un poco de ejercicio para bajar todos estos kilos de más que seguramente acabo de… ¡Un momento, me olvidaba!

Sí, aquello pasó tal que así: de repente, de golpe. Gwendoline se acordó de que no le había dado a Sam su regalo. ¿Que por qué lo recordó en ese momento? Bueno, tenía relación. Así que con sorprendente agilidad debido su estado actual de hartazgo, Gwen se puso en pie y fue en busca de su regalo. Lo había dejado medio escondido en uno de los laterales, a fin de que Sam no lo viera de inmediato. Y es que no había forma de envolver aquello con papel de regalo. La morena regresó con su amiga llevando una bicicleta de montaña por el manillar. Le había colocado incluso un pequeño lacito en el manillar, a falta de papel de regalo.

—Me dijiste que echabas de menos la bicicleta. Y como sé que no te atreverías a ir tan alegremente por Londres en una bicicleta, pensé ‘¿Y cómo puedo regalarle yo a Sam una bicicleta si no la va a usar?’. Y se me ocurrió que en Londres hay un montón de espacios naturales en que podrías practicar el ciclismo.—Gwendoline sonrió ampliamente, para a continuación añadir.—Antes de que lo preguntes: sí, iré contigo. Me he comprado otra.—Aunque había una clara diferencia entre ambas bicicletas: no solo el color, siendo la de Sam verde turquesa y la de Gwendoline azul oscuro, sino que la de Sam era totalmente nueva, comprada en una tienda de bicicletas, y la de Gwendoline era de segunda mano, comprada en un rastrillo de ofertas.—¿Te gusta?—Preguntó con ilusión, mordiéndose el labio inferior por la intriga.

Ciertamente, a Gwendoline le hubiera gustado regalarle a Sam algo mucho mejor que aquello, pero las circunstancias no habían sido propicias. Sin embargo, no le había dado todavía la última sorpresa de la noche. Se estaba reservando aquella para cuando no tuvieran compañía.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Dic 24, 2018 6:51 pm

Quizás si Sam fuese una espectadora en tercera persona de su relación con Gwen pudiera darse cuenta de que las dos ahora mismo se traían un rollo muy diferente a la relación de amistad a la que se tenían acostumbrada. Pero claro, ¿cómo iba a darse cuenta siendo una de las implicadas? Podría decirse que estaba ciega y no podía ser más cierto dadas las circunstancias. Es por eso que cuando le dijo que estaba guapa y ella le devolvió el cumplido, solo pudo ver lo que siempre veía: Sam le decía que estaba guapa y ella no podía aceptarlo, sino devolverlo. La miró con reproche, divertida. —Es el maquillaje de primera calidad, cuando me lo quite verás al Orco de Mordor cansando del que estoy hecha —bromeó divertida. Debía de admitir que cuando vio El Señor de los Anillos no le gustó porque le parecían soberanamente lentas, pero lo del chiste del Orco de Mordor no se lo quitaba nadie. —¿No me vas a dejar decirte guapa en ningún momento y que lo aceptes sin que me devuelvas el cumplido? Me tienes que decir: 'Ay, Mia, muchas gracias' o un 'Yo siempre soy guapa' que también es válido y muy real —le explicó divertida.

Aunque ahora mismo no lo sintiese porque estaba muy feliz y motivada con todo el mundo, sí que estaba cansada. Menos mal que al día siguiente trabajaba de tarde—o eso pensaba en ese momento—porque algo le decía que esa noche sí que iba a dormir bien y mucho. —¿Te imaginas? —preguntó retóricamente frente a lo de las ranas de chocolate. —A veces me pongo a pensarlo y… no creo que ninguno de ellos tenga ni la más mínima idea del otro mundo con el que conviven y en realidad les queda tan cerca. Y espero que nunca tengan que saberlo. —Sentenció al final, alzando sendas cejas en un ligero movimiento. —Pero bueno, siempre se le podría haber echado la culpa al vino. —Se encogió de hombros, siendo bien consciente de que el concepto ‘alcohol del vino’ era el más subestimado de todos, teniendo en cuenta el resto de cosas mucho más fuertes que había como el vodka, el ron, el tequila... Pero claro, una empieza a beber vino pensando que no es para nada fuerte y luego empieza a subir y uno no se da cuenta del nivel que coge en tu cuerpo. Ya Sam se había dicho que nada de sumar una cuarta copa, porque Sam se ponía muy tontita y últimamente tenía muchos motivos por los que ponerse tontita.

Cuando le llamó ‘Williams’, Sam frunció la nariz con desagrado. Qué feo sonaba, teniendo en cuenta lo mucho que le gustaba que le llamase Lehmann. Pero como Amelia Williams debía de ser tan real como Samantha Lehmann, no tenía más que aguantarse. Así que se puso en pie a la vez que ella, o al menos eso pensaba, pues el culito de Gwen continuó en la silla al parecer por el peso del chocolate. Sam sonrió, sintiéndose curtida en el tema de mucha ingesta de chocolate, pero no pudo decir mucho, pues su amiga recordó algo que sí que la hizo levantarse de allí para ir a buscarlo.

La verdad es que después de organizarle aquella fiesta no se esperaba ningún regalo, es decir: ¿aquello no había sido el regalo? Vamos, ver a Alfred cantando ‘Love on top’ con su hija había sido ya algo que no tenía precio. Así que suponiendo que iba a sacar algún tipo de juego o tentempié que se le hubiese olvidado, se sorprendió viendo como traía consigo una bicicleta. Sonrió en mitad de su sorpresa, negando con la cabeza muy levemente mientras Gwen le contaba la historia detrás de ese regalo. No pudo evitar mostrar su contento cuando le admitió que ella le acompañaría, momento en el que se caminó alrededor de la bicicleta para verla, con muchísima ilusión, ¿sabéis la de años que llevaba sin montar en una teniendo en cuenta lo mucho que la utilizaba en su otra vida? —Claro que me gusta, ¿cómo no me va a gustar? Sabes lo mucho que me gusta ir en bicicleta. Y si voy en compañía, más todavía —añadió, mostrando una sonrisa ilusionada. —Si es que la estoy viendo y me están entrando ganas de subirme e irme a casa en bicicleta —confesó divertida, tocándola hasta llegar al manillar. Hizo el amago de subirse pero al ver como la falda corta de su vestido decidía jugar al exhibicionismo, abortó la misión. —Vale, quizás no tenga el mejor atuendo para ello —dijo divertida, colocándose bien la faldita. —¿Te puedo dar otro abrazo o ya me estoy pasando? —Y rodeó al bicicleta para llegar a ella y, como no, abrazarla porque era gratis y muy reconfortante. Y aunque Gwen le dijera que no, Sam le iba a abrazar igual. No sabía por qué—bueno, en realidad sí que sabía por qué—pero abrazar a su amiga y sentir lo que sentía era la manera más fácil y reconfortante de tenerla cerca. Seguramente por eso se había hecho fan incondicional de sus abrazos. —Muchas gracias —la estrechó en sus brazos fuertemente. —¿Entonces este finde vamos a la montaña a estrenarlas? Tu para bajar esa panza de gordi, claro está. —Se metió con ella, separándose con una sonrisa traviesa.

La verdad es que por muy cansada que estuviese Sam, no tenía ganas de volver a la casa. Estaba allí muy a gusto en lo que ella podría considerar su tercera casa, pues la segunda era la de Gwen. Sin embargo, había que pensar en el resto de personas. Prácticamente todos los del Juglar Irlandés se habían pasado allí el día entero, por no hablar que la mitad de ellos mañana tendrían que volver a las ocho de la mañana. Es por eso que cuando dieron las diez, Alfred que le quedaba una hora de estar despierto, solo pensaba en quitarse los zapatos, ponerse las de estar por casa y meterse en su camita en compañía del sonido de la radio mientras se quedaba dormido con el suave sonido de las noticias.

Así que de manera disimulada—típica de los señores de su edad—comenzó a recoger las cosas de la mesa, así como las decoraciones. Erika, al ver que su padre había comenzado, también se puso manos a la obra, haciendo que su prometido se levantase y también ayudase con todo. A Sam no le pasó desapercibido. Era cierto que había retado al SingStar a Gwendoline, pero entre que Adrian y Santi parecían enzarzados en un pique personal con lo que parecía Toxic de Britney Spears y no parecían querer soltar los micrófonos, y que Sam no iba a ponerse a jugar mientras los demás recogían, que tuvo que retirar su reto. —Quizás tengamos que posponer nuestra pequeña contienda, así te doy más tiempo para ensayarla y sentirla, esa canción hay que sentirla —bromeó, mordiéndose el labio inferior. —Como todas las de Beyoncé, digo —añadió al final, encogiéndose de hombros. Podía tener doble sentido, pero viniendo de Sam cualquiera diría que sentía todas las canciones de esa artista en su alma. No sabía a qué edad le había entrado ese amor por Beyoncé, pero es que Beyoncé era mucha Beyoncé.

Entonces Sam volvió sobre sus pasos, en dirección a Alfred, quién estaba detrás de la barra junto a Erika separando algunas cosas. La legeremante los abrazó a los dos por la espalda, haciendo un abrazo triple con padre e hija. Y es que por mucho que la iniciativa hubiese sido de Gwen, ellos habían accedido a cerrar el Juglar un poco antes para prepararlo todo y quedarse hasta esa hora con ellos.

Amelia, pero qué cariñosa estás hoy. Voy a exigir más abrazos así —dijo Alfred.

Los que quieras. Hoy estoy feliz. —Y lo estrechó a él solo, especialmente, como si fuera su abuelo. —Muchas gracias, en serio.

No hay de qué. Deberíamos agradecerle nosotros a Gwen por haber contado con nosotros.

Y es que Erika y Alfred habían hablado bastante de Amelia, ya que al contrario que el resto de camareros que solían contratar, había sido con creces la más reservada con respecto a su vida. Sí, siempre iba con una sonrisa, pero había días en donde era fácil reconocer la nube negra que se le perseguía encima de su cabeza, o la de preocupaciones que le atormentaban, sobre todo por la cantidad de vajilla rota. Así que padre e hija veían en ella a una chica muy dulce, pero no sabían por qué, también la veían muy vulnerable. Y claro, ambos habían tenido con ella una relación muy cercana y de confianza, aunque Sam siempre fuese super callada con su pasado y su vida. Cómo no serlo, después de todo. A decir verdad, de ella solo conocían que era de Alemania y que Gwen y Carol eran sus amigas. Y la mitad de esa información ya era falsa. Bueno, también sabían que era una amante de chocolate y de Beyoncé, que por mucha identidad falsa que tuviera eso era algo que no podía ocultar.

Casi media hora después, pues la cosa se había alargado, ya Alfred se había ido, cansado. Santi ya se había colgado la mochila con su consola en el interior y se despedía desde la puerta de todos, zarandeando la mano junto Adrian, pues ambos se iban juntos. Erika y compañía le hicieron una señal a Sam para que cerrase ella la tienda, lo cual no era problema pues Sam lo más normal es que siempre tuviera turno de tarde y solía cerrar muchas veces. De hecho lo guay de cerrar ella sola es que podía quedarse dentro y aparecerse directamente en casa. —Sí, recojo todo lo que falta y cierro, no te preocupes. Nos vemos mañana, Erika. Gracias por todo. —Respondió Sam, despidiéndose de ellos con la mano. Finalmente miró a Gwen, suspirando con diversión. —Creo que hoy voy a gastar la palabra 'gracias' —Y es que Sam era una persona muy agradecida, sobre todo en esos momentos en donde creía no merecerse tanto. Ya con todo organizado, se puso la chaqueta de cuero y el pañuelo alrededor del cuello y se acercó a su nueva bicicleta, admirándola con unas ganas tremendas de usarla. Al final, miró a Gwen con una mirada propia de un ligón con un descapotable. —¡Sube, que te llevo!
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Dic 25, 2018 1:38 am

Incluso entonces, cuando Gwendoline no sentía por Samantha nada más allá de una profunda admiración y cariño, derivada de una amistad en que la morena se había apegado a la rubia desde bien pequeña, la desmemorizadora ya pensaba que la legeremante era la más preciosa de todas sus amigas. Quizás ya entonces empezaba a sentir algo por ella, algo más fuerte que una amistad, pero lo dudaba profundamente: Gwendoline Edevane había sido mayormente asexual durante los últimos veintiocho años, y para muestra no había más que preguntar a los pocos chicos que se habían atrevido a intentar tener algo más que una amistad con ella.

Así que dentro de la dinámica de aquella amistad con tintes de convertirse en algo más, Gwendoline jamás aceptaba un cumplido como ese sin responderlo. ¿Por qué no? Sam era preciosa y nadie iba a decirle lo contrario. Gwendoline adoraba a su amiga, y cada día que pasaba sus sentimientos por ella eran más fuertes.

—Lo siento, Mia.—Negó categóricamente con la cabeza, con una expresión fingidamente seria en el rostro. Entonces, la miró a los ojos y, con más sinceridad que nunca, añadió:—Dejaré de decir que eres preciosa cuando dejes de ser tan preciosa.—Y, a diferencia de otras ocasiones, no apartó la mirada, sino que se quedó mirando a su amiga y dibujó una sonrisa en sus labios. Un ligero rubor ya teñía sus mejillas, aunque cualquiera podría haber pensado que se trataba del vino que había bebido.

Imaginarse a un montón de ranas hechas de chocolate y animadas con magia pegando saltos de un lado a otro del Juglar Irlandés era, sin lugar a dudas, una imagen divertida. Al menos, lo era hasta que una pensaba en las implicaciones: que aquella buena gente descubriera un mundo que, en aquellos momentos, no era bonito ni tolerante para con gente como ellos. Pensar en la posibilidad de que Santi, Alfred, Erika, Adrian… cualquiera de los presentes, pudiera verse expuesto a personajes del calibre de Artemis Hemsley provocaba un escalofrío en la columna vertebral de Gwendoline.

No quería pensar en ello, así que decidió abordar aquel tema de la manera más cómica posible. Esbozó una sonrisa burlona, mientras echaba un vistazo en dirección a Santi, sumido en un duelo con Adrian al SingStar, y comentó:

—No sé yo. Santi parece bastante perspicaz.—Volvió la mirada en dirección a Sam.—Le ha llamado la atención el aspecto de los calderos de chocolate, aunque por suerte ha pensado que eran piedras de curling. Eso sí, me ha freído a preguntas sobre la fábrica de chocolate.—Gwendoline maldijo en silencio una vez más a Caroline, negando con la cabeza. Aquel era el tipo de cosas que no debían hacerse si pretendían que ambos mundos siguieran separados.—En mi defensa diré que yo no quería meterlos en ese asunto, solo en lo de la fiesta. Y, por cierto, si alguien te pregunta, habéis ido a Cadbury World, en Bournville, en avión.—Todavía se maravillaba de lo bien que se había preparado aquella coartada, realizando únicamente una pequeña búsqueda en Google con la ayuda de su smartphone.

Ciertamente, la morena pretendía regalar a su amiga algo mucho más significativo que una bicicleta de montaña. Había cosas que el dinero no podría pagar, y estaba claro que una de esas cosas era la presencia de dos personas que Sam adoraba: Henry Kerr, en cuyo caso el término correcto era más bien ‘había adorado’, y Luca Lehmann. No había tenido éxito en ninguno de los dos casos, y podría decirse que la bicicleta era simplemente el premio de consolación.

Sin embargo, con aquella bicicleta venía algo más: una cierta sensación de libertad que ella había perdido. Su vida no iba a ser la misma nunca más, ni siquiera aunque el gobierno cambiara de nuevo—ciertas cosas la perseguirían siempre, y eso Gwendoline acababa de empezar a comprenderlo—, pero había pequeñas cosas que sí podía permitirse recuperar. Pasitos de bebé, solía decirse.

—¿Me preguntas en serio si puedes abrazarme? ¡Ven aquí!—Ambas amigas se abrazaron una vez más. Gwendoline jamás se cansaría de aquella sensación.—Me alegra mucho que te guste.—Respondió a su agradecimiento, para acto seguido separarse de ella como si le hubiera dado una descarga, y mirarla de frente ante la broma que acababa de hacer.—¿En serio? ¿Me dice eso la persona que ha pasado la tarde, literalmente, en una fábrica de chocolate?—Negó con la cabeza, para volver a sonreír.—Pero vale, acepto hacer un poco de ciclismo contigo ese fin de semana. Nuestros cuerpos de veintinueve años lo agradecerán.—Sí, lo reconocía: Gwendoline se había sentido perversamente satisfecha al señalar que ambas contaban actualmente la misma edad en años, por mucho que hubiera meses de diferencia.

El ambiente en la fiesta era muy animado, pero a eso de las diez, Alfred comenzó muy discretamente a recoger cosas de la mesa, y si bien Gwendoline estaba demasiado llena como para hacer esfuerzos físicos excesivos, no se negó a ponerse en pie para ayudar al señor con aquella tarea. Sam, además, sugirió que pospusieran su pequeño enfrentamiento musical debido a que Santi y Adrian parecían enfrascados, todavía, en su duelo musical.

—Me parece bien. No creo que pudiera hacer justicia a Beyoncé en mi estado actual. Porque todo el mundo sabe que cuando cantas a Beyoncé, menear el cuerpo viene incluido en el paquete. Y no estoy ni para menearme con una balada lenta.—Dijo la morena, que comenzó la tarea de recoger un plato tras otro.

Otros invitados, como Caroline o el prometido de Erika, tomaron ejemplo de Gwendoline y comenzaron a colaborar. Los platos y vasos de plástico vacíos acabaron en el cubo de basura, y comenzó una ardua labor de debate: decidir cómo repartirían las sobras de tarta y otros dulces. Cuando le preguntaron a Gwendoline, su respuesta fue muy clara:

—No quiero ver otro trozo de chocolate en toda mi vida. Conmigo no contéis.—Y rió a continuación. Era el tipo de exageración del que una se olvida la próxima vez que le ponen delante una delicia que no solo está deliciosa, sino que entra por los ojos.


***

Al final solo quedaban ellas dos. Gwen y Sam. Caroline se había marchado, molida como estaba por el viaje a Suiza, y algo le decía a Gwendoline que si Sam no había hecho lo mismo era porque trabajaba allí y le sabía mal dejar todo aquello patas arriba. Así que Gwendoline, relativamente más descansada—pero llena de chocolate hasta las trancas—se ofreció a ayudar a su amiga.

De hecho, mientras Sam se despedía de Erika, Gwendoline se dedicaba a barrer el suelo al estilo muggle. Y en el mismo segundo en que Erika cerró la puerta, Gwendoline suspiró profundamente y dejó la escoba y el recogedor a un lado. Por fin, se acababa el hacer las cosas al estilo muggle.

—¿Me estás invitando a dar una vuelta en tu nuevo y flamante medio de transporte, Lehmann?—Preguntó Gwendoline mordiéndose el labio inferior.—Samantha Lehmann, presumiendo de descapotable nuevo… Tamaña insolencia.—Y finalmente rió, divertida ante un chiste tan malo por su parte.—Me subiría encantada, pero te propongo otra cosa: es un poco feo dejar toda esta decoración aquí, ¿sabes? Y como somos brujas, podemos dejar esto como estaba en un par de minutos. Así mañana no tendrán que hacerlo Alfred o Erika. ¿Qué me dices?—Sacó su varita, sopesándola entre sus dedos, y entonces dejó caer, como quien no quiere la cosa.—¡Ah, sí, y tengo otra sorpresa para ti! Pero para verla, tendrás que venir a mi casa… ¿Qué me dices?

No mentía: sí tenía otra sorpresa, y muy posiblemente Sam no se la esperaba, ni mucho menos. Y no, dicha sorpresa no tenía nada que ver con el enésimo intento de Gwendoline Edevane de confesar sus sentimientos hacia Samantha Lehmann. Era algo que su amiga necesitaba ver.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Dic 25, 2018 3:47 am

Alardeando de nuevo medio de transporte, Samantha adoptó una pose de lo más ‘chula’ para decirle a su amiga que subiese, que la llevaba. Su contestación la hizo sonreír, no solo porque por fin podía llamarla por su nombre, sino porque había salido de nuevo su vena de dama británica. La legeremante se limitó a sonreír con una sonrisa de niña pequeña, soltando una afirmación de lo más infantil y es que tenía muchísimas ganas de que fuese sábado, día que milagrosamente libraba, para poder estrenar su regalo.

Pero una cosa era cierta: no podía subir a Gwendoline en su bicicleta y pedalear hasta el amanecer hasta terminar de recogerlo todo y dejarlo todo, como diría su madre, como los chorros del oro. Así que apoyó de nuevo su bicicleta contra una mesa y asintió con la cabeza. —Tiene usted razón, Edevane. —Y se sacó la varita del bolsillo trasero de su pantalón, el cual estaba hechizado. Se sacó la varita con poderío, como Freddie Mercury alardeando de micrófono. —No pensaba dejarlo así igualmente, ¿te imaginas a los pobrecitos entrando a las ocho de la mañana y viendo que todavía hay cosas que recoger? Hasta yo maldigo a mi querido Santiago Marrero cuando veo que ha dejado cosas sin hacer por la noche y me toca abrir a mí y prepararlo todo —confesó, sacando a relucir su lado malévolo. Un lado malévolo que has de saber que ese es su límite, es decir, Samantha Lehmann no tenía lado malévolo que valga. Si era un terrón de azúcar, literal.

Le cogió super desprevenida el hecho de que tuviese otra sorpresa. Pero no por ‘la sorpresa’, sino por cómo había dicho que le iba a dar la sorpresa. ¿Era cosa de ella o eso había sonado super a proposición indecente? Si es que de verdad… una parte de ella se decía a sí misma que tenía que dejar de ver ese tipo de cosas en donde no las había, pero es que… ¡había sonado a proposición indecente! —¿En serio? —Preguntó de repente, para salir del paso de sus pensamientos. Podría haberle dado peso al hecho de la sorpresa, pero una parte de ella se vio motivada a actuar con sinceridad. —¿Sabes que suena a propuesta indecente? —Se acercó a ella, con una mirada juguetona y una sonrisa de lo más traviesa. Cualquiera diría que iba a aprovecharse de su lado más coqueto y seductor, sin embargo, cuando llegó frente a ella, le acarició con su mano libre la barbilla. —¿Acaso me está esperando en tu casa el sorpresón de una película romántica y una grandísima manta calentita? Tú sí que sabes conquistar mi corazón, bandida. —Dramatizó al final, retrocediendo animada con la varita en alto, conjurando un hechizo para recogerlo todo.

Las decoraciones comenzaron a sobrevolar la estancia, hasta que todas fueron reuniéndose en el interior de la papelera. Mientras eso se ordenaba por sí solo, ella comenzó a colocar las cosas recién fregadas por Erika en sus respectivos sitios. —¿Sabes? —dijo en plan reflexión momentánea. —No me gusta nada que me llames Amelia Williams ni sus derivados. Que me lo llame el resto… bueno, no pasa nada, son personas que pertenecen a esa vida y que no me conocen por quién soy de verdad. Pero que tú o Caroline me llaméis así me hace sentir otra persona que no soy. Es una sensación rara. Posiblemente no me entiendas. En verdad yo tampoco me entiendo. Gwen. —La llamó al final, haciendo una pausa divertida, dándose cuenta de que estaba hablando super rápido, ¿por qué narices se había puesto nerviosa? —¿Cuántas copas de vino me he tomado? —Se cuestionó divertidísima, pues no se sentía borracha, pero sentía que no controlaba lo que estaba diciendo.

Toda la basura había sido reunida en una bolsa de basura—obviamente—y Sam la había sacado por la puerta trasera, la cual daba a un callejón en donde habían múltiples contenedores. En el interior toda la vajilla utilizada que no cabía en el lavavajillas se lavó muy rápido gracias a la magia, siendo colocada perfectamente en su lugar. Las decoraciones reciclables las habían dejado en una bolsa en el despacho de Alfred, pero Sam se encargó de dejar una en concreto. Se trataba de una estrella de color marrón con purpurina turquesa, al cual estaba colocada estratégicamente en un lugar que, a simple vista, era demasiado aleatorio. Sam lo dejó ahí porque es que era maravilloso como podía ser la habilidad de composición de un ilustrador tan bohemio como lo era Adrian Tavalas. —Eso lo ha puesto ahí Adrian, ¿verdad? —preguntó Sam, en mitad del Juglar, viendo aquello allí como quién observa una obra maestra. —Dicen que el arte a veces no se entiende. —Y miró a su amiga, divertida. —¿Nos vamos? Voy a dejar eso ahí de recuerdo. Quiero saber cuánto tarda alguno en quitarlo. —Y es que Samantha Lehmann también tenía su parte troll. Era muy pequeñita, pero existía.

Sam se aseguró de que todo estaba bien cerrado, para finalmente coger la bolsa con sus regalos, su mochila y acercarse al centro en donde estaba su bicicleta. Apagó la luces con la varita y sujetó a su amiga antes de que ambas se desaparecieran hacia casa de Gwen. Aparecieron en la ‘zona habilitada para aparición’—o así lo llamaba Sam—de casa de la morena. Y es que por respeto a su intimidad y evitar sorpresas inesperadas, siempre se aparecía en el mismo lugar, justo detrás de la puerta de la entrada. De hecho, si era sincera, debía haber pasado varios años desde que no pisaba el rellano de aquel apartamento, pues pocas veces había tocado la puerta y esperado que su amiga le abriese. Quizás al principio, muy al principio. Así que dejó la bicicleta apoyada con suavidad en la pared, para dejar las cosas en el suelo junto a la puerta y quitarse la chaqueta y el pañuelo mientras se acercaba al sillón. —¿Dónde está mi manta y mi película romántica con la que llorar? —preguntó divertida, dejando ambas prendas sobre el respaldo del sillón, para volver a quedarse con el vestidito que llevaba. —¿No era una propuesta indecente?

En realidad, si bien poco se esperó que le regalase una bicicleta, muchísimo menos se iba a esperar que le fuese a enseñar nada en relación con su familia. De hecho, por mucho que su mente ahora mismo estuviese a punto de trollearla con la broma de la ‘propuesta indecente’, en realidad se esperaba alguna cosa pequeña que no quisiera habérselo regalado frente al resto, quizás porque tenía que ver con la magia. Pero si ahora mismo le preguntabas a la legeremante que qué se esperaba, de verdad que sólo apostaría por ver una película junto a ella. Que a simple vista podía ser un plan insulso porque es algo que suelen hacer muy a menudo, pero para Sam había cambiado mucho el concepto de ver una película con Gwen.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Dic 25, 2018 7:01 pm

Ciertamente, la manera en que Gwendoline dejó caer Sam tenía una sorpresa más esperándola en casa podía ser fácilmente malinterpretable, si no fueran amigas desde hacía tantos años. Sin embargo, dado lo que ambas estaban sintiendo últimamente, podía ser perfectamente el caso… salvo porque Gwen todavía tenía fresca en la memoria la última ocasión en que había intentado darle un enfoque tan agresivo a la situación con Sam. Concretamente, aquella ocasión había sido en el Magicland, en lo alto de la noria, cuando una Gwendoline que había bebido unas cuantas copas de más quiso atajar el asunto por la vía rápida, con un beso. No hacía falta señalar cómo había terminado aquello.

Así que no, su propuesta no tenía ni por asomo nada que ver con algo indecente. De hecho, muy posiblemente podría calificarse de lo opuesto. ¿Pero qué había de malo en juguetear un poco? Últimamente, ambas estaban disfrutando mucho de aquel pequeño juego que se traían entre manos, por mucho que fuera broma. Porque lo era… ¿no?

—¿De verdad?—Preguntó Gwendoline cuando vio a su amiga acercarse de aquella forma. Se mordió el labio inferior y sintió que su corazón se aceleraba. Y cuando ella acarició su barbilla, la desmemorizadora, ni corta ni perezosa, pasó sus manos alrededor de la cintura de la rubia, entrelazándolas a la espalda de ella, atrayendo a Sam hacia ella.—¿Cómo lo has descubierto? ¿Es que lees la mente o algo así?—Preguntó Gwendoline con fingido tono de voz seductor… y finalmente acabó riéndose porque aquel, damas y caballeros, era el chiste más malo que había soltado en toda la noche. Peor incluso que el chiste sobre el descapotable refiriéndose a la bicicleta de montaña de Sam.

Así que ambas brujas pasaron a la acción, utilizando su magia para recoger los restos de la fiesta. Las decoraciones sobrantes, y la basura que habían dejado tras de sí los asistentes, terminaron volando hacia los cubos de basura. Como propina a todo aquello, Gwendoline se encargó además de animar un par de fregonas para que dejaran el suelo reluciente y limpio. Después de lo buenos que habían sido Erika y Alfred al permitir celebrar el cumpleaños de Mia allí, era lo menos que podían hacer.

A la morena le llamó entonces la atención lo que dijo la rubia. Se podía imaginar cómo se sentía Sam cada vez que alguien que la conocía desde los once años la llamaba ‘Mia’, ‘Williams’, ‘Amelia’ u otros derivados de su nombre falso, su identidad muggle. Sin embargo, era la primera vez que le escuchaba decirlo en voz alta. Y si bien Sam creía que Gwen no entendía su pequeña reflexión… bueno, la entendía bastante bien. No había estado nunca en aquella situación, pero teniendo en cuenta lo interiorizado que tenía el ser humano su propio nombre, desde el nacimiento, que de repente todo el mundo te llamara por otro nombre tenía que ser muy extraño. Casi como si estuvieras viviendo una vida que no era la tuya.

—Resulta difícil saber cuántas copas has bebido...—Bromeó Gwen, en tono burlón, muy divertida.—Es broma. No has bebido tanto, y creo que entiendo lo que quieres decir.—Hizo una breve pausa, agachándose para recoger un tenedor de plástico que se les había pasado del suelo, arrojándolo a la bolsa de basura más cercana.—Debe de ser como estar viviendo un episodio de esos de series de los años noventa, en que el protagonista se despierta y repentinamente todo el mundo a su alrededor le llama de una forma distinta, incluso sus seres queridos.—Sonrió Gwendoline, sin encontrar una manera más exacta de definir la situación.—Pero bueno, eso es solo mientras estemos aquí. ¿Quieres que gaste un ratito tu nombre? Sam, Sam, Sam, Sam...—Empezó a repetir Gwendoline de manera insistente, con una sonrisa estúpida en la cara.—¿Seguro que he bebido solo dos copas de vino? Empiezo a pensar que yo también he bebido más.

Mientras Sam se encargaba de sacar la basura y de la vajilla, y las fregonas animadas con magia dejaban el suelo limpio y reluciente, Gwendoline se dedicó a repasar pequeños detalles, asegurándose de que la fiesta no hubiera tenido consecuencias negativas para aquel pequeño remanso de paz en un mundo caótico que era el Juglar Irlandés. Y, de hecho, dio con una pequeña marca reciente en una de las estanterías, quizás fruto de algún golpe cuando alguien se había emocionado jugando al SingStar. La bruja utilizó un sencillo hechizo para reparar aquel golpe.

—¿La estrella?—Preguntó Gwendoline cuando Sam le preguntó por el elemento decorativo que Adrian había colocado personalmente, aportando su único y personal granito de arena al resto de la decoración.—Sí, lo puso él. Es muy callado, pero también muy profundo.—Dijo Gwendoline con aire pensativo, sonriendo divertida ante la afirmación de Sam acerca del arte.—Sí, todo listo por aquí.—Con un movimiento de varita, Gwendoline devolvió las fregonas vivientes tanto a su estado natural de objetos inanimados como a su lugar dentro del cuarto de la limpieza, para acto seguido cerrar la puerta con un segundo movimiento de varita. La magia hacía tareas arduas como aquella mucho más llevaderas.


***

Se aparecieron directamente en el apartamento de Gwendoline, un tercer piso cercano al Támesis, que en aquel momento se encontraba en penumbra. Con un movimiento de varita, por no por perder la costumbre de lo que llevaban haciendo durante la última hora, Gwendoline encendió las luces del salón. Chess, que ocupaba un lugar en el sofá—y que seguía vivo gracias a Sam, quien se lo había llevado cuando Artemis Hemsley había amenazado con matarlo solo por maullar—bajó al suelo de un salto y fue a recibirlas, maullando en busca de cariño.

Antes siquiera de quitarse las botas, Gwendoline cogió en brazos a su mascota, a la cual cada día quería más. Estrechó al gato entre sus brazos y lo saludó, poniendo esa voz aguda que los amantes de los animales utilizan para hablar con sus mascotas. El gato respondió lamiéndole la nariz con su lengua escamosa, y maullando a continuación. Gwendoline confesó al animal, no por primera vez ni por última, que lo quería mucho.

Sam, desembarazándose de su chaqueta y de su pañuelo, reconoció lo evidente: que allí no había montada ninguna ‘sala de cine en casa’ improvisada. Sobre la mesa del salón estaba únicamente el ordenador portátil de Gwendoline, un anticuado Dell XPS del año 2007, que para el uso que daba la morena a aquella tecnología iba perfecto… y más si arreglaba sus pequeños desperfectos utilizando la magia. Si Gwendoline no había cambiado de ordenador desde que tenía dieciocho años era, precisamente, porque su madre le había regalado aquel portátil en su primer año de universidad.

—Eso puede esperar.—Dijo Gwendoline, con una sonrisa, mientras dejaba a Chess en el suelo. Con un movimiento de varita, cambió sus botas altas por sus habituales pantuflas con forma de tortuga, y caminó en dirección al sofá. Se sentó y levantó la tapa del ordenador portátil. Estaba en suspensión, por lo que la pantalla se iluminó de inmediato. Introdujo su contraseña—Sam la conocía, pues no tenía ningún tipo de secretos con ella… salvo el evidente—y enseguida apareció el escritorio con un fondo de pantalla de tortugas marinas.—Ven. Siéntate aquí. Quiero que veas una cosa.

En el navegador de Internet—Gwendoline utilizaba tan poco su ordenador que tenía Internet Explorer—abrió YouTube, y realizó una búsqueda un tanto peculiar: Coltrane’s Corner. Mientras Sam se sentaba junto a ella, Gwendoline navegó por el canal con dicho nombre, que correspondía a un local con música en directo en Londres y que, pese a lo que su nombre podía indicar, no se limitaba solo al jazz.

—¿Te acuerdas de que el otro día me estuviste contando cosas de tu padre? A qué se dedica y todo eso...—Gwendoline sintió un poco de inquietud frente a lo que estaba a punto de decir, pues Sam podía tomárselo a mal.—No te enfades, ¿vale? Es que he estado buscándole. Quería darte una sorpresa, que tuvieras ese algo que te falta el día de tu cumpleaños… pero no le encontré. No estaba en la ciudad, parece ser, con motivo de una actuación.—Gwendoline finalmente dio con el vídeo que buscaba dentro del canal: You brought magic to my life, de Luca Lehmann. Gwendoline puso el vídeo en pantalla completa.—El dueño de Coltrane’s Corner, el último local de Londres en que actuó tu padre, me dijo que tenían un canal de YouTube dónde subían todas sus actuaciones. Y… bueno, míralo tú misma.—Gwendoline compuso una sonrisa, pulsando la barra espaciadora para poner el vídeo a reproducirse.

Luca Lehmann apareció en pantalla, sentándose ante el piano que ocupaba el escenario. La imagen era muy estable, posiblemente grabada con una buena cámara en su trípode. El sonido, por supuesto, también era muy bueno. El padre de Sam dijo al micrófono con total claridad: ‘Esta es una pieza que he compuesto para la persona más importante de mi vida: mi hija, Sam, mi florecilla. Se titula You brought magic to my life.’ Dicho esto, se puso a tocar, y Gwendoline se recostó sobre el respaldo del sofá, mirando a su amiga con una sonrisa ilusionada.
Gwendoline Edevane
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