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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 3 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Miér Dic 26, 2018 2:14 am

Rodeó el sofá después de ella cuando le dijo que se sentase frente al portátil, teniendo bien claro que estaba totalmente perdida con la sorpresa que le iba a dar. Pese a que estaba desubicada, se sentó, observando lo que buscaba en YouTube y sin tener ni idea de lo que era Coltrane’s Corner. No fue hasta que empezó a hablar, que Sam no comenzó a hilar las cosas.

Y quizás en otro momento se hubiese enfadado ante la idea de que Gwen decidiese por ella el volver a meter a su padre en su vida, pero la verdad es que Sam no podía juzgar de manera negativa una acción hecha solo con amor y con las intenciones que tenía, que no eran más que añadir una pieza indispensable en la vida de Sam que, sin duda alguna, echaba de menos. No podía enfadarse, no al menos en aquel momento en donde estaba hecha un remolino de sentimientos y el mero hecho de ver a su padre, aunque fuese por un vídeo de YouTube, le parecía un regalo. La legeremante había dejado de sonreír y miraba a su amiga con expresión neutra. Es por eso que cuando le dio a la barra espaciadora y el vídeo comenzó, Sam unió ambas piernas y apoyó sus codos en sus rodillas, tapándose la boca con sus manos nada más ver a su padre sentarse frente al piano.

Mira que siempre vivió a su padre como un obrero aficionado a la música, pero Sam siempre había dicho que no había lugar que le favoreciese más que estar frente a un piano, haciéndose uno con sus teclas como las muchas veces que tocaba en casa con Sam sobre sus piernas. Cuando comenzó a hablar fue cuando su corazón dio un vuelco inesperado, sobre todo cuando la mencionó a ella y su apodo; ese apodo que le había perseguido toda la vida y, en un intento inconsciente de no olvidarse nunca de él, ella también lo había empezado a usar en su mejor amiga. Tragó saliva y cogió aire, intentando no llorar, pero desde que comenzó a escuchar las teclas sonar, aquella bola que se le había formado en la garganta se hizo más grande y sus ojos comenzaron a lagrimear sin apartar la mirada de la pantalla. ‘You brought magic to my life…’ ¿acaso podía ser más adorable? Y es que por mucho que uno pudiera pensar que sentiría tristeza al ver aquello, ahora mismo Sam estaba pletórica viendo como su padre, después de tantos años y esfuerzo, había conseguido cumplir su sueño: ser un pianista, componer y… vivir haciendo lo que le gustaba mientras el resto disfruta de su música.

Y lo sintió todo escuchando aquella canción que le estaba desgarrando emocionalmente por dentro: alegría por su padre, arrepentimiento por haberlo mantenido tanto tiempo alejado de él, un orgullo por él que no le cabía en el pecho… Y sobre todo, lo que sí notaba era una carga de emociones que ahora mismo no estaba siendo capaz de gestionar. Sus lágrimas llegaron a sus labios y se pasó las manos rápidamente por el rostro casi de manera infantil, quitándoselas aunque ésta siguieran saliendo.

Ver a su padre con sus ojos y poder escuchar lo que había compuesto para ella, no hizo más que hacerla retroceder en el tiempo; un tiempo en donde todo con él era perfecto. En donde él era su máximo apoyo aunque no tuviera ni idea del mundo mágico, ni de su carrera universitaria, ni de la diferencia entre Runología y Aritmancia. Un mundo en donde siempre quiso estar presente, pero el pobre no encajaba en absoluto. Un mundo a donde Luca siempre quiso pertenecer, que no era otro que el mundo de Sam, fuera donde fuera, estuviese en donde estuviera. Y lo recordaba todo como si fuese ayer: aquellos abrazos antes de irse a Hogwarts, aquellos regalos de navidad que la esperaban con ilusión, aquellas sonrisas felices cuando Sam le hablaba de cosas que él no entendía, aquel día que se mudó a Londres y los consejos que nunca se le olvidarían: lucha siempre por lo que quieres y recuerda que todo vale la pena si te hace sonreír. Y con esos consejos que siempre le daba, sin duda alguna pensaba que debía de haberle decepcionado por no haberlos cumplido en su caso.

Tres minutos después la hermosa pieza que tocaba se terminó, la cual fue recibida con un aluvión de aplausos para Luca Lehmann que se vieron cortados por el final del vídeo. El vídeo se acabó y de repente toda la estancia volvió a estar en silencio. Tan en silencio que se pudo escuchar perfectamente como Sam tragaba, aún con un nudo en la garganta que no eran más que un cúmulo de sentimientos que no sabían a donde ir y se habían acumulado todos ahí, revolucionándola por dentro. Se pegó unos segundos en silencio, mirando al frente a la imagen estática de su padre sonriendo con timidez, hasta que decidió girarse para mirar a su amiga en un intento de seguir gastando la palabra ‘gracias’ ese día. Y la verdad es que tal y como estaba, mirar a Gwen no relajaba en absoluto su interior, sino todo lo contrario. En aquel segundo en donde su mirada verdosa, además de ser la más bonita del mundo, parecía ser lo único que le importaba a la suya, supo que no merecía la pena. No merecía la pena callarse sus sentimientos ni seguir jugando al ‘aquí no pasa nada’, ¿que quería? ¿Terminar viendo dentro de unos años un vídeo de Gwen cuando la hubiese perdido? ¿Arrepentirse por ser una cobarde y estarse preguntando un eterno ‘y si…’? No estaba triste, ni de lejos, sólo abrumada por todo. Y es que después del día que llevaba de intenso, lo que le faltaba era ver a su padre cumpliendo su sueño, feliz e incompleto y darse cuenta de que ella estaba en el mismo punto, con la diferencia de que tenía lo que quería delante y parecía idiota fingiendo que no. Lucha siempre por lo que quieres y recuerda que todo vale la pena si te hace sonreír, decía…

Así que sin pensarlo demasiado y dejando que aquella masa de sentimientos hablase por ella, posó la mano más cercana a Gwen en su pierna de manera instintiva y giró su cuerpo, llevando la otra mano hacia su rostro a la vez que se acercaba a ella. Su mirada no había dejado escapar a la de Gwen en ningún momento, pero cuando sus labios bañados en lágrimas se unieron con los de su amiga, sus ojos se cerraron frente a esa agradable sensación que en un momento creyó no poder recuperar. Entreabrió sus labios, besándola con lentitud y deseo, no un deseo lujurioso, sino un anhelo intenso y paciente; con una curiosidad totalmente inocente que intentaba descifrar cómo un beso de su Gwen era capaz de revolucionarlo todo en su interior. Sintiendo todo lo que sentía, renunció a su control, acariciando con su mano su mejilla y su cuello con delicadeza. El único pensamiento racional que ahora mismo pasaba por la mente de Sam era que nunca más querría besar otros labios que no fueran los suyos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Dic 26, 2018 2:57 am

Gwendoline permaneció en silencio durante los minutos que duró el vídeo, sintiéndose de alguna manera testigo muda de un reencuentro entre padre e hija que había tardado mucho en tener lugar. Quizás Luca Lehmann no estuviera presente, pero sus sentimientos hacia su hija estaban allí, flotando todo alrededor, e incluso la morena pudo sentir el cariño que aquel hombre profesaba hacia su amiga.

Con la dulce música del piano de fondo, los ojos de Gwendoline se posaron sobre Sam, quien hecha casi un ovillo contemplaba y escuchaba a su padre. Brevemente se llegó a preguntar si alguna vez podría sentir hacia su propio padre lo que Sam sentía por el suyo. Después de todo, Luca Lehmann no había cometido error alguno en la vida, no para con su hija. Por el contrario, había hecho todo lo posible para ser parte de aquel mundo al que no pertenecía, anteponiéndola a ella incluso a la vida que tenía en Austria. Duncan Edevane solo podría soñar con ser la mitad de buen padre que Luca Lehmann, y eso no había nadie que pudiera discutirlo.

Aquel silencio, que para nada fue incómodo, se prolongó hasta que la canción concluyó con un aplauso. En ese momento, Gwendoline apartó un momento la mirada de su amiga para observar la pantalla del ordenador portátil. Luca Lehmann sonreía al público mientras la cámara hacía un zoom sobre su rostro; acto seguido, la imagen se congeló, y sobre ésta no tardaron en empezar a superponerse otros vídeos. Sugerencias sobre qué ver a continuación. No iban a ver ningún otro vídeo después de ese.

Por un momento, creyó que en efecto Sam se habría tomado a mal su intento de meterse donde no la llamaban. Que ver a su padre una vez más, aunque fuera en vídeo, no había sido tan bueno para ella como la morena creía. Se incorporó un poco sobre el sofá, con intención de pasar un brazo alrededor de los hombros de su amiga, cuando ella se volvió en su dirección. Las miradas de ambas se encontraron, la de Sam húmeda por el llanto de segundos antes, y Gwen se quedó paralizada. Entonces notó la mano de Sam sobre su pierna, y comenzó a temblar de puro nerviosismo. No dejó de mirarla ni un segundo.

Ni siquiera cuando el rostro de Sam se acercaba poco a poco al suyo. Ni siquiera cuando sintió la caricia de sus dedos en su mejilla. Su corazón se aceleró, y ella creyó que estaba soñando. Sin duda, se había quedado dormida en algún punto, viendo el vídeo, con Sam a su lado, y aquello era fruto del más bonito de los sueños. Un sueño hermoso y cruel en que tenía por fin lo que quería con la chica a la que quería: hermoso porque la tenía a ella; cruel, porque acabaría despertándose para hacer frente a la terrible realidad.

Los labios de ambas se unieron en un beso que cortó la respiración de Gwendoline. Cerró los ojos, dejándose llevar. Una de sus manos subió hasta alcanzar el brazo de Sam, y de ahí hasta su hombro, mientras la otra buscaba la mano libre de su amiga. Los dedos de ambas de entrelazaron mientras continuaban con la danza de aquel beso, el primer beso de verdad entre las dos. Y si ya para entonces Gwendoline sabía que estaba enamorada, con aquello solo le quedó claro. Claro como el agua, y si aquello era un sueño, preferiría no despertarse nunca.

En algún momento de aquel beso ambas terminaron abrazándose y recostándose sobre el respaldo del sofá, sin separarse la una de la otra. Para entonces, Gwendoline ya era un flan, y sabía que si intentaba levantarse después de aquello, le fallarían las piernas y acabaría en el suelo, tal era su estado de nervios. Sentía esas mariposas revoloteando dentro de su estómago, haciéndole cosquillas, y pensó que era la sensación más maravillosa del mundo.

Después del calor de sus labios, por supuesto.


***

No podría precisar cuánto tiempo duró aquel primer beso. Si le preguntaban, diría que no lo suficiente, que quería más. Que necesitaba más. Solo volvió a ser consciente del mundo que las rodeaba a ambas cuando sus labios se separaron. Seguían abrazadas, sus rostros muy cerca el uno del otro, recostadas de lado sobre el respaldo del sofá. Gwendoline estaba sin aliento, y sentía que su corazón se saldría del pecho en cualquier momento.

Con todo y con eso… sonrió. Feliz, sus mejillas sonrojadas, sus ojos todavía mirando los de Sam. Estaba feliz. Feliz de verdad, por primera vez, en mucho tiempo.

—Yo...—Se había imaginado tantas veces aquel momento que, a la hora de la verdad, las palabras no querían salir. Solo sabía que no quería separarse de ella, que no podía separarse de ella.—Solo dime que no estoy soñando, por favor.—Le pidió, finalmente, sintiéndose un poco ridícula ante semejante petición. Se puso incluso más roja que antes, y separó las manos del cuerpo de Sam para llevárselas a su rostro y cubrirlo con ellas.

Y rió. Rió de pura felicidad.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Dic 27, 2018 12:02 am

Te sentías bien cuando besabas los labios que llevabas tiempo queriendo besar, pero la sensación que te recorre el cuerpo cuando ese beso es devuelto con la misma intensidad es sencillamente indescriptible. Dejó de lado todas las preocupaciones: esas que creían que besar a tu amiga era una mala idea, las que creían que Artemis había tenido algo que ver en todo aquello o esas en donde se había prometido separar amistad de cualquier otra cosa para no romper nada. Ya sabíamos el temor que tenía Sam a arriesgarse y cagarla. Y es que en aquel momento… ¿qué narices importaba todo? Con ese beso no solo se había demostrado a sí misma que aquello era mucho más de lo que creía, y que Gwendoline, no sabía cómo, ni cuándo, ni por qué, había traspasado esa fina línea más allá de la amistad, sino que había descubierto de nuevo esa parte de sí misma que creía muerta. Una parte de sí misma que en base a la desconfianza y el miedo había terminado por romperse y terminar en lo más profundo de sí misma, enterrada.

Y después de años sin sentir ese calor en su interior, ahí estaba de nuevo avivándose de mano de la persona que más inesperada. Abrazó a Gwen, acariciando su cuerpo con ternura y es que en aquel momento sólo quería tocarla. Recostadas sobre el respaldo del sofá, supo muy bien que no quería que aquel beso se acabase y es que si fuese por ella, se pegaría besándola toda la noche. Pero poco a poco se fueron separando y Sam continuó con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior mientras sonreía. Notaba su respiración acelerada y su corazón desbocado intentando tranquilizarse. De hecho, cuando la rubia abrió los ojos y vio a Gwen preciosa sonriendo frente a ella, sus nervios se apaciguaron. Ella comenzó a hablar mientras Sam la miraba, sin poder evitar reír ante su comportamiento avergonzado y tan adorable. —Si esto es un sueño, desde que me despierte voy a venir a besarte de nuevo —le respondió, llevando sus manos a las suyas para sujetarlas con delicadeza y bajarlas lentamente, dejando al descubierto de nuevo su rostro ruborizado. Se acercó a ella para darle un beso en la punta de su nariz, cuando en realidad solo tenía ganas de volver a juntar sus labios ahora que sabía lo que ocurría si eso pasaba.

Y es que parecían idiotas, mirándose y sonriendo, volviéndose a mirar y riendo. ¡Y es que piénsalo! Llevaban siendo amigas desde los doce años. Y esos sentimientos no habían estado allí nunca, sino que se habían creado ahora, de cero, como si la amistad entre ellas hubiese llegado a un punto en donde da igual la amistad, da igual la relación, lo importante era lo que la una significaba para la otra y la importancia que habían adquirido en la vida de la otra. Y es que la relación entre ambas iba mucho más allá de ser simplemente amigas. Pero pese a eso, besar a alguien con la que tienes una relación tan cercana… por mucho que en tu interior lo estés deseando contra viento y marea, te avergonzaba, porque esa persona nunca te ha visto así; porque tu no haces eso con ella. Y por mucho que Sam pareciese que no, que lo ‘tenía controlado’ al quitar sus manos de su rostro, en realidad se sentía como una gelatina por dentro.

Pero en una de esas miradas de dos idiotas enamoradas, apoyadas al sofá a escasos centímetros la una de la otra y acariciando una de las manos de Gwen, fue Sam la primera en hablar. Y habló porque tenía super claro que ahora mismo lo último que quería era usar sus labios para hablar. —Estoy en ese punto en donde no sé si me veo con la mentalidad suficientemente avispada como para tratar este tema y decirte todo lo que querría decirte… —Desvió la mirada a sus labios, lentamente. —Pero tampoco quiero volver a besarte porque sé que no me voy a poder separar. —Esbozó una sonrisa bastante tímida y dulce, soltando aire por la nariz lentamente. —Así que he decidido mirarte como una idiota mientras intento descifrar en qué momento ocurrió todo esto —confesó finalmente.

Y es que después de los últimos meses que habían tenido, era imposible no confundirse. Primero en el Magicland, cuando Sam estaba sin estar, con miedo a arriesgarse por no estar segura de sus propios sentimientos y rechazando probablemente el que podría haber sido el primer beso. Luego cuando Gwen cambió y creyó que todo había sido un juego de su enemiga. Pero ahora… llevaban unos días en donde… ¿cómo no iba a ilusionarse después de que alguien como ella le hiciera sentir todo eso? ¡La magdalena! ¿Cómo no iba a ilusionarse después de haber vivido el 'momento magdalena'? Y la verdad es que una parte de Sam quería decírselo todo: sus ilusiones, sus miedos... pero otra consideraba que no hacía falta. Si es que mirad cómo la miraba y como no soltaba su mano, ¿qué palabras hacían falta ahí? ¿Qué palabras hacían falta, si ya lo sabían todo de la otra?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Dic 27, 2018 1:50 am

Estaba feliz. Gwendoline Edevane estaba más feliz de lo que había estado en los dos últimos años, y el motivo de su felicidad era aquella preciosa mujer rubia, su mejor amiga y su primer amor. Un amor que, por fortuna, parecía haber sido correspondido. Ni siquiera en un sueño podría sentirse tan bien como se sentía en aquellos momentos. ¿Y cómo lo demostró? Riendo. Riendo y tapándose la cara con ambas manos, la cual se había puesto tan roja como un tomate.

Sam tomó sus manos con delicadeza, y las apartó de su rostro. Entonces, con esos labios que hacía solo unos momentos habían besado los de Gwendoline entraron en contacto con su nariz, dejando a la morena con un claro deseo de que se repitiera lo que acababa de ocurrir. Su sonrisa, su risa feliz, fue suficiente para calmar al menos temporalmente aquellos deseos. Aquella necesidad de besar a Sam, que creía a cada segundo que pasaba.

—Pues… por favor, no tardes.—Respondió Gwendoline, más nerviosa que en toda su vida. Su corazón seguía latiendo a toda velocidad, y su respiración todavía no se había vuelto a acompasar. De hecho, su pecho subía y bajaba con cada respiración.

Después de eso, ambas se miraron, sonriendo como enamoradas, ruborizadas hasta el extremo. Sam acariciaba una de las manos de Gwendoline, mientras que la otra mano de la morena se había depositado con toda confianza sobre el muslo de la rubia. Sus dedos, de hecho, acariciaban la piel de la legeremante a través de las medias negras. De haberse dado cuenta de lo que estaba haciendo, Gwendoline muy posiblemente hubiera sentido deseos de subir un poco más, de meterse bajo la falda. Sin embargo, en lo único que pensaba era en su sonrisa y en sus preciosos ojos. En la belleza que tenía delante de sus narices.

Se mordió ligeramente el labio inferior cuando la escuchó hablar. Ciertamente, aquel era un tema del que necesitaban hablar, pero ninguna de las dos parecía estar en condiciones de ello. Gwen ya lo había pensado: que aquel momento, posiblemente no se hubiera dado de no ser por las copas de vino que habían tomado. O tal vez sí, pero estaba claro que ambas tenían mucho de qué hablar.

—Yo sí que quiero volver a besarte.—Aventuró a decir Gwendoline, sintiéndose avergonzada al momento: el calor en sus mejillas se hizo más intenso, así que debía estar ofreciendo su mejor aspecto de pimiento morrón en aquel momento. Incluso desvió un momento la mirada, pero no duró: volvió a obligar a sus ojos a mirar a los de Sam. No quería dejar de mirarla, ni esa noche ni ninguna otra.—Yo… no sé cuándo pasó exactamente...—Empezó a explicarse la morena, los dedos de su mano describiendo círculos sobre el muslo de Sam.—Lo único que sé es que llevo todo este año loca por ti.—Cerró los ojos para dar énfasis a sus palabras, haciendo hincapié en las palabras ‘loca por ti’.—Y te juro que no tenía ni idea de que podían gustarme las chicas… y creo que no me gustan, de hecho, que solo me gustas tú y...—Los ojos de Gwendoline se encontraron de nuevo con los de Sam, y la morena volvió a sonreír como una idiota.—...y no me puedo creer que por fin esté diciéndote todas estas cosas.

Era muy difícil hablar de aquello. Era casi como si dentro de su cabeza estuviera claro como el agua, pero la lengua y las palabras no fueran suficientes como para describirlo. Era difícil ordenarlo de tal manera que la otra persona lo entendiera, o al menos así lo sentía ella. Pensó en besar de nuevo a Sam, para demostrarle todos aquellos sentimientos que tenía hacia ella, pero por algún motivo todavía sentía un poco de vergüenza. Así que se rindió, tanto con palabras como con sus deseos de besarla, y dejó caer su cabeza sobre el respaldo del sofá. Miró sus labios, sus ojos, luego de nuevo sus labios… y dijo:

—Quédate a dormir conmigo.—Lo dijo casi en un susurro, de una manera que podría haber sonado seductora… y entonces sus ojos se abrieron como platos. Su corazón se aceleró otra vez. Se puso nerviosa, y se apresuró a explicarse.—¡No… no me refiero a...—Gwendoline no dijo aquella palabra, sino que deletreó la palabra letra a letra.—ese e equis o! ¡No me refiero a eso!—Se puso todavía más roja, y la mano que tenía sobre el muslo de Sam se retiró; la otra lo intentó, pero seguía sujeta entre las de la rubia. ¿Cuál era su intención? Taparse la cara, pues se sentía abochornada.

Como quien no quería la cosa, acababa de hacerle una propuesta que podía sonar indecente. Tanto bromear al respecto… y allí estaba, la propuesta indecente. ¿Y sabéis lo peor? Que Gwendoline se imaginó haciendo eso con Sam. Era inevitable.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Dic 27, 2018 3:49 am

Sonrió, en negación con su cabeza, cuando Gwendoline le dijo que ella sí que quería volver a besarla, ¿acaso no había quedado implícito en su manera de decirlo que tenía unas ganas horribles de volver a hacerlo? Pero bueno, valió la pena que no lo entendiese—o hiciese como que no lo entendiese—solo para poder escucharla decir eso. Después de tanto tiempo queriendo besar a su amiga y no encontrando la manera de ubicar sus sentimientos y los de ella, escuchar eso de los labios ajenos le hacía sentir un cosquilleo en el estómago. Y si el hecho de desear a alguien de esa manera ya para Sam había sido muy difícil de recuperar, el hecho de sentirse deseada había sido todavía peor.

Que Sam se pusiese hablar para en realidad no decir nada, había hecho que Gwen también se abriese a decir algunas cosas. Y lo que más le sorprendió fue el dato de que llevaba todo este año loca por ella, aunque la dejó continuar, imaginándose la de pensamientos que habría tenido Gwen cuestionándose su orientación sexual a estas alturas de la vida e, irónicamente, por una de sus amigas. Mantuvo una sonrisa todo el rato y es que, después de ver cómo hablaba, cargada de nervios, como para poder borrar aquella marca de alegría de su cara. —¿Todo este año? —Bajó la mirada momentáneamente a la unión de sus manos, haciendo un paso rápido por todos sus recuerdos relacionados con sus sentimientos hacia ella, los cuales no eran precisamente pocos. —Yo… he sido un poco idiota. Y paranoica. Lo siento. —¿Lo sentía de qué? ¿De haber tardado mil años en darse cuenta de que le gusta su amiga y de que es correspondido? ¿Por haber negado mil y una vez que le gustaba Gwen antes de haber admitido que sí? Y no dijo el por qué de haber ido idiota y paranoica porque sabría que Gwen identificaría el motivo teniendo en cuenta su historial. Ya no solo el historial sentimental, sino el historial de su vida rota estos últimos años. Y bueno, si no lo sabía, ya se lo contaría en otro momento, pero ahora mismo Sam no quería abordar ese tema. —Y si no llega a ser porque estas últimas semanas me ilusionaste, no sé si ahora… me hubiera atrevido. Bueno, quizás sí, la verdad es que después de ver ese vídeo… no tenía yo muy controladas mis emociones y verte delante de mí me rompió los esquemas… —Sonrió tímidamente, pero se encogió de hombros porque no tenía nada que ocultar.

Y sin ningún tipo de prisa aquella noche de un jueves, volvieron a quedarse calladas, mirándose como quien no entiende una obra de arte. Era un silencio cómodo; cómplice. Pues cada una era consciente de la de cosas que podrían estar pasando por la mente ajena: sus incertidumbres, sus sentimientos... pero les daba igual porque sólo podían fijarse en dos cosas: que acababan de besar a la otra y… ¿por qué de repente era tan guapa? Fue en ese momento y no antes, que se percató de que la mano de Gwendoline acariciaba su muslo con delicadeza. Y fue curioso, porque pese a que lo que sentía le sugería pensar una cosa en concreto, ese pensamiento no llegó a su mente hasta escuchar a Gwen: hasta que de sus labios salió esa frase cargada de inocencia pero, que con ese tono de voz tan sensual e inesperado, hizo que Sam enarcase una ceja y sonriese de manera inmediata, sorprendida.

No le hizo falta decir nada, pues ella misma se dio cuenta de lo ‘indecente’—pues era muy decente proponerle sexo a la persona que te gusta—que había sonado lo que había dicho. Y claro, ver a Gwen defenderse por haber propuesto indirectamente sexo a la amiga a la que acababa de besar, pues no tenía precio ninguno. Sam soltó tremenda carcajada que todos sus nervios y su timidez se fueron volando a saber a donde y es que, después de ver a Gwen así, ¿cómo iba ella a ponerse tímida? ¡Con lo que le gusta a Samantha Lehmann molestar a su Gwen! —¿Ese e equis o? Hmmm... Espera… ¿eso es…? ¿SEXO? —Pronunció, entrelazando sus dedos con los de la mano que sujetaba al ver que quería ir a taparse la cara. Sam, contenta, no podía borrar aquella sonrisa de su rostro, evitando con la otra mano que se tapase su rostro avergonzado como un par de niñas pequeñas. —¡Pero Gwendoline! ¿No eras tú la dama británica de alta alcurnia? ¿Qué hace proponiéndome indecentemente ir a la cama con usted después de nuestro primer beso, sin que se atreva a darme un segundo? —Le picó, divertida, con un brillo especial en sus ojos y es que, sin duda alguna, si te hacía sonreír había valido totalmente la pena. La miró, siendo bien consciente de que Gwen era demasiado Gwen como para haberle propuesto nada más allá de dormir abrazaditas, como muchas veces hacían y a Sam tanto le encantaba. Y es que después de esa noche, no había nada que ahora le apeteciese más a Sam que dormir junto a ella. —Me quedaré a dormir, pero siento tener que rechazar tu oferta indecente. No hago esas cosas con mis amigas. —Siguió bromeando, aguantándose la risa y, en un intento de que Gwen dejase de convertirse en tomate frente a tantas indirectas al tema que ella misma había sacado y, evidentemente, era complicado de tratar dada las circunstancias, Sam se puso en pie. Le tendió la mano libre para que le diese la otra y poder ayudarla a levantarla del sillón. —¿Vamos? —Y, frente a la mirada de su amiga, no dudó en morderse el labio inferior y matizar: —A dormir.

Y claro que el simple hecho de mencionarlo hace que una lo imagine, pero siendo totalmente sincera, ahora mismo a Sam lo que más le apetecía en ese momento por mucho que un beso de ella pudiese encenderla totalmente por dentro, era abrazarse a Gwen, poder besar sus labios y dormir a su lado sin tener que fantasear con ellos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Dic 27, 2018 2:59 pm

Por muy nerviosa que Gwendoline estuviera, por mucha vergüenza que pudiera darle exponer aquellos sentimientos después de tanto tiempo, hablar de ello resultaba liberador. Y es que, siendo totalmente sincera, la morena no había hablado de aquello con nadie. Se había guardado aquello para sí misma. Al principio, porque no lo entendía; después, porque aparte de Caroline y algunos fugitivos con los que tenía trato, Gwendoline podía contar con los dedos de la mano las personas en las que podía confiar. Así que había pasado forzosamente por aquello ella sola, y había alcanzado a comprenderlo, desde luego. Pero nada podía compararse con la liberadora sensación de hablar de ello, con ella—con ella, su persona especial, y nunca mejor dicho—, por mucho que le costase hacerse entender.

En cambio, Sam sí se hizo entender un poco mejor. A medida que la escuchaba, los dedos de Gwendoline sobre la pierna de Sam jugueteaban con la tela de sus medias, como si fuese totalmente natural que aquella mano estuviera allí. Ni la una ni la otra se habían dado cuenta de ello.

Al escucharla, sonrió ilusionada. Escuchar esas palabras—que Samantha Lehmann se había ilusionado con ella—la hizo sentir especial. Después de todo, Sam ya había tenido otras parejas, y había demostrado ser una persona normal en cuanto a amor y sexualidad se refería. No era el caso de Gwendoline, siempre muy apegada a Sam, quien lo más parecido al amor que había experimentado antes era esa sensación de bienestar que había tenido en su primer año de universidad, con su primer novio. Hasta que había metido las manos por debajo de su sujetador, claro. Ahí, Gwendoline había huido como alma que lleva el Diablo.

Aquel recuerdo la llevó a imaginarse la misma situación, pero con Sam. ¿Qué ocurriría si Sam empezaba a tocarla bajo la ropa? ¿Huiría de la misma manera, o se lo permitiría? ¿Se daría alguna vez el caso, siquiera? Ni siquiera sé cómo funciona el sexo entre dos mujeres, ¿cómo voy a saber lo que ocurriría si Sam me toca así?

—La verdad es que con ese vídeo lo único que quería era que pudieras ver a tu padre una vez más...—Gwendoline bajó la mirada, sonriendo más ampliamente y poniéndose por enésima vez más colorada que antes.—Ahora ya tengo dos cosas que agradecerle a Luca Lehmann: el haberte traído a este mundo, y el haberme dado la ocasión de...—Gwendoline alzó la mirada de nuevo, mirándola a los ojos.—...estar contigo así, por fin.—Y de nuevo sintió deseos de besarla, de abrazarla y de no dejarla ir nunca más. Sin embargo, no lo hizo, pues había otra cosa de la que tenían que hablar.—¿No estás enfadada porque le haya buscado? Yo simplemente quería que recuperaras esa parte de tu vida que es evidente que echas mucho de menos. Si me he excedido, te pido perdón.

Cuando Gwendoline le pidió a Sam que se quedara a dormir, no pensaba en ello como en una oportunidad para quitarse la ropa y experimentar por primera vez el sexo entre mujeres del cual no tenía la más mínima idea, ni mucho menos. Lo que quería era tenerla cerca, besarla un poco más, dormir a su lado, despertarse a su lado… y sin embargo, allí estaba aquella traicionera y susurrante voz seductora, que Gwendoline ni siquiera había utilizado a propósito. Y hasta ella fue consciente de lo indecente que sonaba aquello. Se apresuró a excusarse, a explicarse… pero ya era tarde.

No porque Sam hubiera aceptado la propuesta ni nada por el estilo, sino porque la rubia encontró en aquello una de aquellas ocasiones para divertirse a su costa. Se puso increíblemente roja al escucharla bromear al respecto, siendo como era ella una persona tan poco acostumbrada a tratar aquellos temas. Por su expresión facial y el color de sus mejillas, Gwendoline casi se parecía a ese Pokémon cantante, Jigglypuff, cuando se enfadaba. La única diferencia es que ella estaba roja como un tomate, mientras que Jigglypuff era totalmente rosa. Pero Gwendoline infló los carrillos, en una expresión de enfado que realmente solo era uno de sus pequeños piques.

—¡Te burlas de mí porque hablando de estas cosas soy torpe!—Protestó Gwendoline mientras Sam reía.—No es justo...—Y dicho esto, Gwendoline se dejó caer sobre el respaldo del sofá, cruzando el único brazo libre que tenía por delante de su vientre, mientras fingía una expresión enfurruñada… que duró apenas dos segundos, antes de que la morena sonriera. ¿Que por qué sonreía? Bueno… porque pese a haberse besado, y tener intención de hacerlo más en el futuro, su relación no había cambiado tanto. Y tenía miedo que eso fuera lo primero que ocurriese.

Cuando Sam se puso en pie, sin soltarle la mano que ya tenía sujeta, le tendió la otra como oferta de ayudarla a levantarse. Gwendoline no dudó en lo más mínimo en aceptarla. Cuando estuvo de pie frente a ella, le sonrió de manera burlona ante su matización.

—Ja, ja. Me parto. ¡Qué graciosa!—Dijo Gwen, de manera sarcástica… pero incapaz de dejar de mirar aquellos ojos azules.—Pero te perdono. Te perdono por ser la mujer más bonita del mundo.—Y dicho aquello, ambas se encaminaron a la habitación.

Caminaron de la mano el corto tramo de pasillo que separaba el cuarto del salón, y en un momento dado, Gwendoline se adelantó un poco para abrir la puerta del dormitorio. Una vez estuvo dentro, se dio la vuelta y tiró de Sam para acercarla a ella. Pasó su brazo izquierdo alrededor de su cintura, y depositó su mano derecha sobre la mejilla de ella. La miró a los ojos solo unos segundos, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba otra vez, anticipando el momento que iba a llegar. Y entonces volvió a besarla, poniéndose de puntillas para hacerlo. Los labios de ambas se unieron de nuevo en la danza del beso, mientras Gwendoline trataba de acercarla todavía más a su cuerpo, aún a pesar de que ya sentía el pecho de la legeremante contra el suyo. ¡Qué maravilloso es poder hacer esto con ella!
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Dic 28, 2018 10:45 pm

No podía enfadarse con ella por haber intentado buscar a su padre, no cuando todo eso había desembocado precisamente en… todo esto. Quizás en otro momento las circunstancias hubiesen sido diferentes, pero ahora mismo creía fervientemente que si las cosas no se hubiesen hecho así, ahora mismo Sam no hubiese besado a Gwen y no estarían compartiendo uno de los momentos más íntimos—y raros, todo sea dicho de paso—de su vida. Y sí, a Gwen no le faltaba razón pensando de que la búsqueda de su padre podría haber sido motivo de enfado, pues era decisión de Sam, pero sinceramente, la rubia ahora mismo no tenía cabida en su interior ni para pensar en la posibilidad de cabrearse. Había visto a su padre, le había visto cumplir su sueño, le había compuesto una canción y… no sabía qué clase de magia musical le había llenado por dentro, pero al final los sentimientos más vivos que nunca habían terminado por hablar por sí solos.

Negó con la cabeza, sonriéndole con tranquilidad. —No te has excedido, está todo bien —le respondió. —Hacía mucho tiempo que no le veía. Recuerdo que la última vez, hace casi tres años y medio, le ayudé a repartir publicidad en donde se promocionaba a sí mismo y que estaba tomando clases de piano. Y mírale ahora. —Le salió con voz emocionada, llena de orgullo. —Está más guapo. Cumplir su sueño le sienta bien. —Y tras esa pequeña broma, continuó con lo importante: —Me hacía falta verlo y darme cuenta de que no quiero limitarme a verlo a través de la pantalla del portátil.

Y se lo iba a pensar seriamente, el devolver a su padre a su vida. A su familia completa. La verdad es que por mucho que lo negase, lo estaba deseando, pues lo único que la echaba hacia atrás era el miedo. Pero claro que quería poder ir a ver a su padre en directo, abrazarlo y que no estuviese solo en Londres. Claro que también quería volver a estrechar a su madre y conocer a su hermano pequeño. Pero claro, lo de su madre le quedaba mucho más lejos y complicado allá en Austria, por lo que primero tenía que lidiar con lo que estaba más cerca y más adoraba: su padre.

Bueno, mentira, lo que estaba más cerca y más adoraba era sin duda Gwendoline. Esa personita tan adorable que acababa de convertir la frase que durante años entre ellas había sido el colmo de la inocencia y ella, ahora, en una noche, la había pervertido con un tono seductor que ni la rubia era consciente que pertenecía a su amiga. Y es que, si no estuviesen viviendo el primer día en donde ambas son consciente de lo que una siente por la otra, aquella frase hubiese dado pie a algo muy diferente. Así que sí, indudablemente usó aquello para burlarse de su amiga porque cualquier situación que implicase ese tipo de situaciones íntimas de boca de Gwendoline, era sin duda una escena muy divertida, sobre todo porque ella sola se avergonzaba sólo de sugerirlo.

Aunque después del chute de adrenalina y emoción que liberó al besar a Gwen, Sam hubiese tenido bien claro que no quería dormir en tres días, en realidad estaba cansadísima, es por eso que se puso en pie y le tendió las manos. Y la verdad es que después de tanto tiempo durmiendo con Gwendoline, hasta ahora estaba un poco nerviosilla por volver a hacerlo, en esas circunstancias, después de haberla besado e, indudablemente, deseado. ¡Y eso que era solo dormir! ¡Pero la inocente de su amiga ya se había encargado de recordarle lo que hacer en una dichosa cama con la persona que quieres! Pero bueno, Sam estaba nerviosa simplemente porque… las cosas habían cambiado. Y ahora quizás no eran conscientes del todo, pero las cosas habían cambiado y mucho.

Caminaron hasta la habitación y… Sam sintió que haberla retado con no atreverse a darle un segundo beso había funcionado. De pie frente a la cama, Gwen se puso de puntillas y volvió a unir sus labios. Y de verdad que no entendía cómo era posible que aquello fuese tan magnético y a la vez tan bueno. Una de sus manos terminó en su nuca enredándose con los mechones de su pelo, mientras la otra subía por su cintura. Su respiración volvió a agitarse y, para cuando se dio cuenta de lo que ocurría—porque se evadió por completo en ella—ambas estaban cayéndose sobre la cama de la manera más torpe posible. Gwen quedó boca arriba, mientras que Sam había quedado a su lado, de lado. Se miraron sorprendidas por lo idiotas que habían parecido y comenzaron a reírse. Y es que las dos eran muy conscientes de que como sus labios se juntasen, no había quién los separase... ¿pero acaso importaba? Sam se volvió a acercar a ella, besando sus labios sonrientes.


14 de diciembre del 2018
7:00 horas

En ese momento estaba absolutamente dormida. Por norma general solía tener un sueño muy ligero y cualquier ruido o movimiento terminaban por despertarla, pero no había sido el caso cuando aquella mañana Gwendoline se levantó para ir a trabajar. Con la boca semiabierta, despeinada como ella sola y con una respiración lenta y pausada, se encontraba boca abajo, durmiendo como una niña pequeña en lo que parecía una paz inigualable.


9:25 horas

Se levantó a esa hora cuando los rayos de luz comenzaron a entrar por el hueco de la ventana. Chess estaba a su lado y al abrir uno de los ojos y no encontrar a Gwen, suspiró desilusionada, preguntándose cuánto habría dormido de más y que le hubiera gustado levantarse junto a ella. Al ver el despertador, agradeció no haber tenido la mala suerte de que se le pegasen las sábanas—cosa que nunca pasaba—y no tardó en sentarse en la cama, acariciando al gato de Gwen con muchísimo cariño. Se pegó varios minutos, escuchando el ronroneo del gato, mientras pensaba en la noche anterior en aquella cama y se convertía en un tomate, ella sola, en aquella habitación que no era suya.

Antes de irse recogió todas sus cosas, le hizo la cama a Gwen, comprobó que el gatito tenía agua y le dejó una nota en la mesa de la cocina que ponía: ‘¡La próxima vez levántame!’ acompañada de un dibujo amorfo de un gatito enfadado.


21:03 horas
Atuendo

WhatsApp
Florecilla del desierto
20:42
Florecilla
EN LÍNEA.

¡Mi florecilla! flower pig

Sé que es un poco tarde, pero acabo de salir del trabajo.  

Espero que no te hayas hecho la cena todavía, ¿tienes hambre?

¿Te apetece si pido algo en el chino y cenamos juntas?

Hola, Sam ^^

De verdad, que lenta eres escribiendo.

Te escribo el primer testamento y tú todavía estás saludándome.


¿Sí a qué? ¿A que eres lenta escribiendo? Ya lo sé, Gwen, no hace falta que me des la razón a eso. 😼

Me refería a lo otro 😾

Eso lo has escrito rápido, ¿ya usas dos dedos?

😾

😊

Te espero en casa con un chocolate caliente ^^








A las nueve, apareció en ‘la zona habilitada para aparición’ de la casa de Gwendoline, con una bolsita del chino en la mano. Había avisado a Caroline de que cenaría con su amiga, para que no la esperase a la hora a la que normalmente solía llegar a casa ni se preocupase por si le hubiera pasado cualquier cosa. La verdad es que se había sobre-acostumbrado a avisar siempre a sus amigas de lo que hacía, sobre todo para que no se preocupasen. Teniendo en cuenta el historial de Sam con respecto a su vida, desde que había recuperado a sus amigas, siempre las mantenía informadas. —¿Gwen? Ya estoy aquí. —Avisó, como siempre hacía, nada más llegar, más que nada para alertar de que ya estaba ahí y evitar darle ningún susto. Y porque ya estaba más que acostumbrada a ese tipo  de situaciones con Gwen, pero le parecía tan feo eso de aparecerse directamente en el interior de la casa… Como dirían algunos: la confianza, que daba asco.

Caminó hacia la cocina—es decir, dio dos pasos hacia adelante—y se acercó a la mesa del comedor, dejando la bolsa encima. Gwen no estaba ahí, así que supondría que estaría poniéndose el pijama o en el baño. Aprovechó para quitarse la mochila y la dejó sobre una de las sillas que no usarían, para entonces empezar a sacar los paquetitos del chino y preparar la mesa con todo lo necesario. Ella se había comprado ese plato de tofu, hongos y berenjena que probó hacía unos meses y le gustó mucho, mientras que a Gwen le había comprado su pollo picante. Todo eso acompañado con unos rollitos y arroz.

Vio dos tacitas en la encimera de las que salían humo, a lo que sonrió al ver la suya de cerdito que ese mismo año le había regalado su amiga. En realidad estaba un poco nerviosa por hablar de lo de ayer, ya que aunque no lo hubiera matizado por WhatsApp, era evidente que eran sus intenciones, ¿no? Y claro, por mucho que no se arrepintiese de nada y tuviese muy claros sus sentimientos, seguía siendo muy raro enfocar el tema con la que había sido tanto tiempo sólo su amiga.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Dic 29, 2018 2:53 am

Viernes 14 de diciembre, 2018
07:00 horas

Cuando Gwendoline abrió los ojos al día siguiente, lo primero que vio fue el rostro de una Samantha Lehmann dormida, su rubio cabello despeinado. Su corazón se aceleró de inmediato, recordando la noche anterior. Se ruborizó y sonrió, sintiéndose la mujer más afortunada sobre la faz de la Tierra. Sentía que había esperado una eternidad para poder estar con ella así, de aquella manera.

Se incorporó hasta quedar sentada y la observó dormir durante unos instantes. Recordaba cómo habían terminado la noche, besándose y riendo ante la torpeza de ambas. Sintió un placentero cosquilleo en el estómago, y por un momento tuvo la tentación de despertarla. De despertarla con un beso y de quedarse con ella en la cama. De abandonarlo todo con tal de poder estar con ella. Dolorosamente, no escuchó esa voz, sino la de la responsabilidad. Se levantó de la cama, dispuesta hacer frente a un nuevo día… no sin antes depositar un beso en la frente de Sam. Te quiero muchísimo, más que a nada en este mundo.


21:03 horas

Atuendo

Algunas cosas no cambiaban: habiéndose besado y desnudado sus sentimientos la noche anterior o no, Samantha Lehmann seguía divirtiéndose a costa de la torpeza y lentitud de Gwendoline Edevane para ciertas cosas. En este caso, la velocidad de la morena para enviar mensajes de texto. Solía ser un tópico frecuente entre ambas.

Al recibir su primer mensaje, Gwendoline sintió una vez más que se le aceleraba el corazón, y se encontró a sí misma casi dando saltitos de alegría. Cruzó la puerta de casa—había salido a correr un rato—con una sonrisa en la cara y se dejó caer en el sofá del salón, mirando el teléfono móvil como una idiota. Se apresuró a responder a su amiga, y aún con toda la velocidad de su pulgar derecho, fue incapaz de seguirle el ritmo. Lo cual provocó que la legeremante empezara a mofarse de ella.

Mantuvieron una discusión por medio de mensajes, aún a pesar de que Gwendoline no dejó de sonreír y morderse el labio inferior en ningún momento. No hacía más que sentirse feliz y afortunada de que su relación no hubiera empeorado lo más mínimo con motivo de lo ocurrido la noche anterior, pues debía reconocer que algo de miedo sí tenía a la posibilidad de que a la mañana siguiente alguna de las dos se arrepintiera, o tuviera miedo. Pero no, todo parecía estar bien.

Además de todo eso, iban a cenar juntas. Por supuesto, Gwendoline se imaginaba que el motivo de aquella cena era… hablar. Hablar las cosas bien. No podían limitarse a besarse igual que dos adolescentes, sino que tenían que tomar conciencia de lo que implicaba aquello.

—No sé lo que opinarás tú, Chess...—Dijo Gwen a su gato, que había subido de un brinco al sofá y le maullaba en busca de un poco de cariño. La morena no tuvo ningún problema en proporcionárselo: acarició la cabecita y el lomo del animal, que ronroneó satisfecho.—...pero yo no tengo pensado renunciar a esa mujer.

Y mucho menos después de haber esperado tanto para estar con ella así.


***

Antes de que Sam llegase con la prometida comida china y una charla pendiente entre las dos, Gwendoline se dio una ducha para quitarse de encima todo el sudor del ejercicio. Mientras los chorros de agua caliente caían sobre su cuerpo y la envolvía el vapor, la desmemorizadora cantaba, en voz baja—en la ducha, nunca cantaba a gritos—Umbrella, de Rihanna. Era una de sus canciones favoritas de la artista, y de alguna manera describía a la perfección cómo se sentía hacia Sam en aquellos momentos.

Now that it’s raining more than ever, know that we still have each other. You can stand under my umbrella, ella, ella, eh, eh, eh, under my umbrella…Y sonreía, recordando todavía la noche anterior.

Lo cierto es que no tenía claro todavía cómo iba a abordar el tema. No sabía si encontraría las palabras apropiadas para describir lo que sentía por ella. Mientras cerraba el grifo, salía de la ducha, y tomaba una toalla para secarse y posteriormente envolverse con ella, intentaba encontrar palabras adecuadas. Se dio cuenta de que era incapaz de encontrar ninguna, pues era un tema complicado de tratar. Y, siendo francas, jamás se había enfrentado a una situación así. Y por mucho que le gustara planificar las cosas, empezaba a pensar que no había forma de planificar aquello.

Simplemente… tendría que hablar con el corazón.


***

La puerta del cuarto de baño se abrió poco después de que Sam anunciara su llegada. La morena había preparado un par de chocolates calientes, para su amiga y para ella, sabiendo que no tardaría tanto como para que se enfriaran.

Se asomó a esquina del pasillo, envuelta únicamente en la toalla y con el pelo húmedo, y nada más ver a Sam en la mesa del salón, le dedicó una sonrisa. No se asomó del todo, consciente de que no era buena idea, dadas las circunstancias, que ambas se vieran con tan poca ropa encima. Así que se limitó a saludarla.

—Hola, Sam.—Le dijo alegremente, mordiéndose suavemente el labio inferior.—Estaba dándome una ducha. Me pongo el pijama y enseguida estoy contigo, ¿vale?

Dicho aquello, se dirigió a su cuarto, al fondo del pasillo, y una vez dentro se cambió de ropa; un par de minutos después caminaba por el pasillo, con su pijama—los dos botones superiores de la camisa desabotonados, por comodidad—y sus pantuflas de tortuga calzadas en los pies. También se había hecho con un cepillo en el baño, y mientras caminaba se alisaba el pelo para evitar posibles enredos a posteriori. Odiaba que se le enredase el pelo, de la misma manera que odiaría tener que cortárselo.

Llegó al salón, donde Sam había tomado asiento, y lo primero que hizo al llegar a su lado fue sonreírle; después, se inclinó un poco para poder darle un beso en los labios. Resultaba reconfortante poder saludarla así, como llevaba meses deseando hacer.

—Estás preciosa.—Le dijo nada más sentarse en la silla.—Siempre lo estás.—Añadió. No mentía, ni pretendía hacerle la pelota. Así lo sentía, así se lo decía, aunque fuera incapaz de controlar el rubor que se adueñaba de sus mejillas cada vez que le decía cosas así.

A su nariz llegó el delicioso aroma de la comida china, procedente de las bolsas que ocupaban el centro de la estancia, y una Gwendoline que acababa de hacer deporte descubrió que tenía mucha hambre. De hecho, incluso sus tripas tuvieron algo que decir al respecto, gruñendo en una clara petición de alimento.


El pijama de la discordia:
Call it what you want... —Güendolín.  - Página 3 NBXN02U
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Dic 30, 2018 4:33 am

Mientras sacaba los platos del mueble superior, se giró al recibir el saludo de Gwen, viendo una cabecita asomar desde la esquina del pasillo. No pudo evitar sonreír al ver la situación, ya que le parecía entrañable, adorable y... un detalle muy mono por su parte que no se dejase ver entera ahora que 'los sentimientos están en el aire'. Pero vamos, si mirásemos hacia el pasado, nunca había pasado nada por haber visto a su amiga envuelta con una toalla, recién salida de la ducha. Bueno sí, se había fijado en que tenía unas piernas muy bonitas. —Vale —respondió, viendo como desaparecía de nuevo.

Aprovechó esos minutos para poner las dos tacitas sobre la mesa, repartir el arroz en los dos platos y ponerle un rollito a cada una. Luego, simplemente esperó, sentada en la silla más cercana al salón mientras revisaba su móvil. En realidad no tenía ningún mensaje, así que sencillamente cotilleó las redes sociales de su identidad falsa hasta que escuchó los pasos de Gwen acercarse por el pasillo. Bloqueó el móvil y lo dejó sobre la mesa, sin intención de volver a revisarlo. Y es que, estando con Gwen, rara vez prestaba atención al aparato.

La vio aparecer y no le pasó desapercibido aquel pijama. Y no precisamente porque recordase el pijama en sí, sino lo que no tapaba el pijama y claro, esa ropa para dormir acogió cierta reputación en la vida de Sam. Por suerte no le dio tiempo de ponerse mucho en alerta, pues al ver su naturalidad en acercarse a ella para besarla, la rubia sencillamente lo recibió como el mejor de los saludos. Y no lo iba a negar: Sam se suponía que era quién tenía experiencia en temas de ese estilo y ahora mismo se sentía tan pez fuera del agua que llevaba gran parte del día preguntándose cómo saludar a Gwen. Pero que ella lo hubiese hecho, como si nada... le había encantado, qué iba a decir. —Me lo dices mucho últimamente, ¿no sentirás algo por mí, Gwendoline? —Enarcó una ceja, divertida, fingiendo no tener en cuenta lo de la noche anterior.

Se puso en alerta  y es que... ¿¡qué manía tenía Gwen de no abrocharse esos dos dichosos botones!? Es que madre mía, de verdad, la mirada se le iba ahí de manera instintiva cada vez que se movía un poquito. Su mirada lo recordaba, claro que lo recordaba. Y ahora que se ponía de acuerdo con sus sentimientos y sus reflejos incontrolables, parecía que aquello ejercía un imán con sus ojos. Así que intentó evadirse, pasándole su pollo picante y abriendo el recipiente en dónde venía su comida. —¿Qué tal el d... —Pero cuando elevó la mirada hacia Gwen, se mordió el labio inferior en un intento de aguantar la risa. Y es que, de nuevo, ahí estaba, ese escote cargado de peligrosidad para la vista. Así que cuando su amiga la miró con curiosidad por no saber de qué se reía, Sam se limitó a dejar los cubiertos sobre su plato: iba a ser sincera. Puestos a hablar, qué menos que Gwen supiera que aquel pijama era un peligro para Sam. —Gwen, tengo un problema —dijo de repente, intentando fingir seriedad, pero esa vez no le salió. —Y es que una no puede venir a cenar a tu casa tranquila si te pones ese pijama, ¿por qué nunca te abrochas los dos botones de arriba? Si te mueves un poquito hacia... —Señaló la izquierda con la mano y fingió mirar por el hueco—  ...¡te veo hasta el alma! Así no puedo concentrarme. —Y, en un intento de parecer autoritaria, volvió a coger los cubiertos. —Tápese, señorita y deje de intentar seducirme. —Le señaló con el tenedor. Era bien consciente de que Gwen no querría seducirla, pero decirlo en voz alta era simple y llanamente para verle la cara.

Y no apartó la mirada porque... ¿sabéis lo que ocurría en estos casos? Que Gwen se ruborizaba hasta límites insospechados y era una delicia ver cómo se enfrentaba a situaciones a las que no estaba acostumbrada, la verdad. Así Sam también perdía un poco sus estúpidos e inexplicables nervios. Y no sabía por qué tenía nervios, es decir: ayer Gwen le había devuelto el beso, le había dicho que llevaba todo el año por ella y... ahora le acababa de besar otra vez, ¿qué dudas tenía? Pero claro, teniendo en cuenta todo, el simple hecho de que fuera tan reciente y una situación tan especial, pues a Sam le daba un poco de miedo. A pesar de que a Sam no se le pasaba ahora mismo por la cabeza una línea temporal en la que no estuviese con ella—pues no encontraba motivos para lo contrario—, tenía esa inseguridad de fracaso y uno de sus mayores temores es que algo de esto pudiera perjudicar su relación previa con Gwen, la cual era inigualable y muy preciada para la rubia.

Sin ningún tipo de distracción visual, Sam sonrió. —Mucho mejor, mírame, qué libertad de movimientos... —Y movió los ojos hacia todos lados. Y por un momento pensó que podría malinterpretarla. Es decir, Sam miraría, siempre y cuando Gwen quisiera enseñar de verdad y no sin querer, aprovechándose de la carencia de botones. Pero creía que se había entendido, que no era más que una tentación y eso era algo bueno. Así que se sirvió su plato de hongos, tofu y berenjena y como obviamente no se lo sirvió entero, le ofreció a ella. —¿Quieres? —Y lo dejó a su lado, para que tuviese la libertad de cogerlo o no. —¿Qué tal hoy? ¿Has estado bien? —Y sin poder evitarlo y mientras se llevaba arroz a la boca, sus labios volvieron a adoptar una amplia sonrisa que le impidió meterse el tenedor. Es decir, menuda pregunta tan estúpida. —No me voy a poder tomar ninguna conversación en serio hoy... —admitió en voz baja, dejando de nuevo el cubierto sobre el plato y quitándose el abrigo amarillo porque le había dado calor. Lo dejó sobre la silla, quedándose con una camisa de botones algo holgada del mismo color que sus botas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Dic 30, 2018 1:54 pm

La sonrisa de Gwendoline ante la broma de su amiga fue sincera. Cabía esperar que Samantha Lehmann lo abordara todo con humor, incluso una situación como aquella. Algunos dirían que era un tema muy serio a tratar—que lo era—y que no había lugar para las bromas. Pero si aquello fuera una conversación seria, una de esas en que parecía que hubiera tenido lugar un asesinato del que ella era responsable, Gwendoline se sentiría terriblemente incómoda. Así que bienvenido fuera el humor de Sam, que no se había arrepentido de nada de lo ocurrido la noche anterior.

—Me has pillado.—Respondió con falsa inocencia, como si no le hubiera dejado claro a Sam una y otra vez que estaba enamorada de ella.—¿Cómo lo haces? ¿Tienes poderes para leer la mente o algo así?—Bromeó Gwendoline, riendo a continuación ante su chiste malo, y teniendo la clara sensación de que la noche anterior ya había hecho un chiste parecido. Era muy probable, teniendo en cuenta la poca imaginación de la morena para las bromas.

Sam había dispuesto encima de la mesa la cena, que consistía en comida china que olía maravillosamente, y las dos tazas de chocolate. Gwen, que todavía se estaba cepillando el pelo, tomó su taza—la taza de la tortuga que Sam le había regalado cuando eran mucho más pequeñas, pero se creían ya muy adultas—y se la llevó a los labios para beber un pequeño sorbo, con cuidado de no abrasarse labios y lengua.

Dejó nuevamente la taza sobre la mesa, y como le picaba la pantorrilla, se inclinó un poco para poder rascarse con los dedos. A consecuencia de esta extraña postura que adoptó, un hombro inclinado hacia delante para alcanzar con la mano su pierna, y el otro brazo flexionado mientras en su cepillo permanecía atrapado un mechón de pelo a medio, peinar, sucedió lo que tenía que suceder: se le abrió un poco el escote desabotonado de la parte de arriba del pijama, dejando ver más de lo que pretendía.

Y Sam lo notó. Y esta vez no se anduvo con delicadezas, con lo cual Gwen la escuchó con los ojos abiertos como platos. Poco a poco, la sorpresa inicial fue dejando paso al rubor y a la comprensión de lo que aquello implicaba. Resultaba liberador que Sam pudiera decirle aquellas cosas, pero la morena no pudo evitar preguntarse cuántas veces antes habría puesto sin querer a su amiga en una situación comprometida. Le vinieron a la mente unas cuantas, pero prefirió no preguntar. En su lugar, dejó el cepillo del pelo sobre la mesa, se llevó ambas manos a la camisa y abotonó esta hasta el cuello.

—Lo siento… Es una muy mala costumbre que tengo.—Se disculpó con una sonrisa. Y es que resultaba curioso cómo en la comodidad de su hogar, Gwendoline era capaz incluso de pasearse desnuda en días de verano—siempre alejada de las ventanas, por supuesto—pero luego en su vida real era prácticamente incapaz de ponerse algo escotado. Muchas veces, incluso, optaba por los cuellos altos.—Te pido perdón. A saber cuántas veces te he ‘seducido’ sin pretenderlo...—Tal y cómo formuló la afirmación, parecía que Gwendoline se creía toda una belleza que atraía las miradas, y nada más lejos de la realidad.

Entonces, procedieron a cenar. Gwendoline tomó los dos palillos en el que sería su intento número trescientos ochenta y cuatro mil doscientos veinticuatro de aprender a dominar tan sofisticada herramienta asiática—que por algún motivo otros dominaban tan bien pero a ella y a su pulgar deforme les costaba tanto dominar—e intentó hacerse con el rollito. Debería ser fácil, era algo grande y… y se cayó en el plato a medio camino de su boca.

Entonces, Sam le ofreció un poco de lo que había pedido para ella, un plato de hongos, tofu y berenjena, y si bien el tofu no le fascinaba, la morena sí probaría lo demás.

—Gracias.—Le dijo con una sonrisa, echándole la mano al tenedor que Sam había dispuesto en su lado de la mesa. Los palillos no iban a funcionar.—Ya sabes que no soy muy fanática del tofu. Y mira que lo he probado de distintas maneras, ¿eh? Pero es que simplemente no consigo cogerle el gustillo.—Ya con una herramienta más adecuada entre sus dedos, se dispuso a probar el plato que su amiga le ofrecía.

El sabor de las verduras era muy bueno, pero el tofu, como siempre, no le supo a nada. No le parecía asqueroso ni mucho menos, pues a fin de cuentas no dejaba de ser una especie de queso vegetal. El problema era que, por mucho que lo sazonaran, ella no conseguía encontrarle el sabor adecuado.

—Estos asiáticos no dejarán de sorprenderme: hacen que la verdura sepa muy bien.—Comentó con una sonrisa, para luego escuchar las preguntas de Sam. Y si la rubia fue incapaz de tomarse nada en serio, y terminó sonriendo antes incluso de meterse la comida en la boca, a la morena le pasó otro tanto de lo mismo.—Creo que no eres la única a la que le va a costar tomarse en serio… lo que sea.—Le respondió, acompañándola en el sentimiento. Simplemente tenía ganas de reír, porque era feliz.—Respondiendo a tu pregunta… no recordaba un día tan lento y tan aburrido desde hacía mucho tiempo.—Dijo con una sinceridad pasmosa, preguntándose si sería capaz de explicarle el motivo. Venga, es momento de ser sincera: dile por qué ha sido tan aburrido y tan lento. Se ruborizó un poquito, nada más decidirse a hablar.—Lo único que tenía hoy en la cabeza era que acabara el día para volver a verte. ¡Llevo todo el día pensando en ti, no puedo evitarlo!—Mientras hablaba, dejó el tenedor en el plato y se llevó ambas manos a la cara, tapándosela con ellas. Se puso aún más roja y rió por puro nerviosismo.—¡Dios, no me puedo creer lo nerviosa que estoy!—Ni lo enamorada que estaba de ella, ya de paso.—¿Y tú? ¿Cómo ha sido tu primer día como...—Mi novia—...mujer de veintinueve años?

¿Que por qué no utilizó las palabras ‘mi novia’ cuando claramente era eso lo que quería decirle? Bueno, pues porque no quería precipitar las cosas. Así era Gwendoline Edevane, tímida hasta para eso. Después de besarse varias veces con ella, después de confesarse ambas los sentimientos que tenían la una por la otra, allí estaba ella temiendo tomarse la libertad de llamarlas ‘novias’. Y sí, ya debería saber a estas alturas de la vida que Samantha Lehmann no solo nunca se besaría con una chica por la que no sintiese algo más que pura atracción, sino que el terreno de besarse con sus amigas lo tenía vetado después de su experiencia con Caroline. Nunca haría nada así con una amiga a no ser que sintiera algo muy fuerte por ella.

Y fuera correspondido, claro, como era el caso.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Dic 30, 2018 6:31 pm

Era curiosa su pregunta porque… lo cierto es que si bien Sam en un principio siempre se prometió no utilizar su legeremancia con sus seres queridos, precisamente con Gwendoline este último año se había tomado ciertas licencias. Al principio para darle clases y al final porque era necesario. Y sí, curiosamente en su mente habían aparecidos más cosas de la que una hubiese esperado, aunque en ese momento Sam las hubiese malinterpretado y les hubiese dado un valor que no tenían. —Iba a decir que ni a ti ni a mí nos hacía falta leer la mente para saber qué sentía la otra, pero dado nuestro historial… se ve que no —bromeó, irónicamente. Y es que por mucho que ambas tuviesen una facilidad increíble para saber cuándo la otra lo está pasando mal, o algo no le va bien, o incluso saber lo que le está pasando por la mente… Habían sido lo suficientemente ciegas como para no ver las cosas claras antes.

Luego, frente a ese movimiento inferior totalmente inocente para rascarse la pierna, Sam le dijo claramente cuál era su problema. El cual era un problema que sólo duraría ese día, porque no quería estar diciéndole las cosas mientras aquello se mostraba ante ella y terminaba por sacarle de la conversación. —No es ninguna mala costumbre, es tu casa; como si me quieres venir en braguitas y sujetador —le respondió claramente, para entonces sonreír. —Unas cuantas… pero me daba vergüenza decirte nada porque entonces ibas a saber que había mirado. Y si no hubiera significado nada, como todas las veces de aquí a los años atrás, pues te lo hubiera dicho con confianza. Pero cuando sientes ese tipo de cosas por tu amiga una se cohíbe más, pensando que está mal. —Y se encogió de hombros, para continuar explicándose: —Y no quiero mirar a un sitio que claramente no es tu intención enseñar. —Porque como todos sabíamos en esa casa—incluido Chess—Gwendoline no era mujer ni de escotes ni de ropa provocativa, por lo que teniendo en cuenta su decisión al respecto, era feo mirar por el hueco que dejaba libre la comodidad y la intimidad de su propia casa.

Lo gracioso es que seguramente la morena hubiese seducido a Sam muchas veces de maneras totalmente diferentes y en situaciones en las que ninguna de las dos se lo esperaba, sintiendo ese ‘algo’ diferente que antaño no estaba y que, sin duda alguna, habían hecho que Sam comenzase a mirar a su amiga con otros ojos. Y es que por mucho que Gwendoline no creyese que su belleza atraía a las miradas, ahora mismo Sam lo que no comprendía es cómo había estado tan cegada en el pasado como para no darse cuenta de la belleza que siempre había tenido a su lado.

Se sirvió su plato y ofreció de la comida a su amiga, declarando que el tofu no tenía gusto. Y no le iba a quitar razón, ciertamente. Era algo que de por sí no tenía mucho sabor, por eso a Sam le gustaba en compañía de otras cosas y con salsas sabrosas, si no era así, la verdad es que prefería no comérselo. —Es normal, con tu capacidad para soportar cosas demasiado sabrosas y picantes, el tofu debe de ser como un trozo de cartón desabrido —dijo sonriente. —Pero junto a la berenjena y con la salsa que le echan se queda muy bien.

Mira que intentó comenzar una conversación normal para ir introduciendo el tema poco a poco, sin prisas, como si fuera una noche normal... pero no podía. Y es que sólo podía pensar en la noche anterior mientras se miraban riéndose y en cómo se habían tropezado en la cama, le daba un algo en su interior que la hacía sonreír y pensar que todo era gracioso. Y claro, así no se podía. Sin embargo, frente a las inevitables risas y sonrisas, Gwen consiguió responder a la pregunta: lento y aburrido, decía. Aunque luego se ruborizó cuando dijo que llevaba todo el día pensando en ella, lo cual sin duda era recíproco, sin embargo, el hecho de estar todo el día en la cabeza de Gwen, hizo que ella también adoptase un leve rubor en sus mejillas y sonriese, alegre.

Y, sinceramente, llevaba todo este día dándole vueltas a lo de anoche que no fue hasta que llegó al trabajo y vio ‘la flor de la discordia’ de Adrian que no recordó que ayer había sido trece de diciembre y había cumplido veintinueve años. —Ha sido… muy feliz —respondió. —No recuerdo haber empezado tan bien ningún otro cumpleaños, aunque me hubiera gustado que no hubiese sido viernes para poder haberme despertado contigo. —Eso pareció que sonó un poco triste, pero en realidad no. Lo único es que después de haberse despertado tantas veces mirándola y esperando ser algo que no eran, esa mañana se llevó una pequeña decepción. Entonces quiso seguir hablando, aún con sus cubiertos en la mano. Ahora que lo pensaba, en realidad no tenía tanta hambre. —En realidad ha sido un día feliz, pero también muy lento y he estado muy nerviosa. Al igual que tú no te he podido quitar de mi cabeza, pero porque siento que te tengo que decir muchas cosas porque en realidad no te he dicho nada. Y es que ayer después de besarte, de verdad que sólo podía pensar en volver a besarte otra vez. Mi mente ya no daba para más. —Sonrió, con timidez. —Y quería decirte que todo esto es muy sincero, pero me es imposible no tener inseguridades: por una parte porque mi sola presencia limita tu vida en muchísimos aspectos… —dijo, refiriéndose a su condición como fugitiva en mitad de una Inglaterra en guerra. —Y por otra parte porque aunque no conciba que esto pueda fallar, estas cosas son inciertas y no me perdonaría que todo esto pudiese echar por la borda lo que hemos conseguido en años de amistad. —Hablaba pausadamente, mirándola. Cogió aire lentamente. —Me asusta y a la vez quiero que pase más que nada. —Y eso era enamorarse. Era esa sensación de vértigo y algo de miedo, pero que a la vez te hacía inmensamente feliz. Y por eso había que arriesgarse. —No sé que nos ha pasado este año, pero me has devuelto lo que creía perdido y después de intentar negarlo tantas veces... sólo ha hecho que te quiera más. No sé... —repitió suavemente, con algo de timidez, bajando su mirada al plato para enterrar su tenedor en el arroz.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 31, 2018 3:15 am

Gwendoline hizo un pequeño esfuerzo para meterse en su propia piel, meses atrás. Meses atrás, cuando después de besar a Sam en aquel edificio de apartamentos, descubrió que lo que llevaba sintiendo desde comienzos de ese año era amor. No fue complicado, pues todo aquello era relativamente reciente. ¿Había ella notado algo diferente en su amiga? ¿Había notado que empezaba a gustarle? La respuesta fue clara y tajante: No, Gwen. No notaste absolutamente nada. De hecho, recordaba ocasiones en que había pensado que Sam jamás la correspondería, especialmente después de aquel desastroso intento de besarla durante el Magicland.

Así que lo que dijo Sam estaba lleno de razón. Gwendoline asintió con la cabeza, con las cejas ligeramente alzadas y la mirada un poco perdida, como si meditara en la verdad innegable tras aquellas palabras. La expresión facial de la morena era semejante a la de una persona que acepta una realidad inmutable, como el hecho de que suban los impuestos y los salarios permanezcan iguales. Resignación mezclada con una cierta apatía.

—¡Vaya dos estamos hechas!—Soltó en respuesta, alzando un poco más las cejas, para finalmente sonreír divertida y volver a mirar a Sam. No dijo nada, pero en sus ojos podía leerse lo feliz que se sentía de que aquella situación se hubiera acabado, y pudieran estar tal y como estaban.

También se permitió sentirse afortunada porque la belleza que tenía ante ella, con esos hermosos ojos azules, con esa nariz perfecta, con esos preciosos labios en forma de corazón, hubiera correspondido el amor que sentía por ella.

El tema del escote… bueno, hizo que Gwendoline se replegara un poquito sobre sí misma, tímida y nerviosa. Se sonrojó, por supuesto, y le costó un poco hablar, como siempre, pero también se sintió… deseada. Era una sensación nueva, y de solo imaginarse a Sam mirando bajo su ropa, algo cálido se adueñaba de su cuerpo. Y mientras la escuchaba hablar, con la mirada puesta sobre el pollo picante al estilo asiático que sería su almuerzo, sus labios se curvaron cada vez más en una sonrisa, y el rubor de sus mejillas se fue encendiendo más y más. Y cuando Sam terminó de hablar, Gwendoline dijo algo que en otras circunstancias no habría dicho.

—¡No hay problema porque mires!—Al decirlo, alzó la mirada y se encontró brevemente con la de Sam, antes de volver a bajar hacia el plato. La morena se quedó un segundo con la boca abierta, para entonces añadir.—Es decir… No quiero que esto suene mal y pienses que quiero decir otra cosa o… ¡No sé cómo explicarlo!—Si en aquel momento Gwendoline tuviera en su cabeza un montón de circuitos y cables, posiblemente sufriría una sobrecarga eléctrica.—Es solo que… No me importa siempre y cuando seas tú...—Volvió a alzar la mirada, tímidamente, intentando averiguar la reacción de Sam. Sus torpes palabras apenas habían expresado lo que pensaba. Y es que si bien no pensaba todavía en los momentos de intimidad con Sam, sabía que si los tenía con alguien, sería con ella. No se visualizaba con nadie más, y le daba igual no tener la más mínima idea de cómo funcionaba el sexo entre mujeres. En algún momento de su vida, lo sabía, quería tenerlo con Sam.

La improvisada reflexión sobre el tofu y las pocas sensaciones gustativas que le provocaba a la morena desembocó en una reflexión de la rubia acerca del picante y sus efectos en dichas papilas gustativas. A Gwendoline le pareció algo… plausible, así que hizo una mueca de conformidad. Pero tenía razón: con la salsa y las demás verduras, estaba muy bien. Y como aquello no era un tema importante, pasaron a lo que de verdad querían tratar: ellas dos y su renovada relación.

Primero fue el turno de Gwendoline de hablar de su primer día después del beso. Un día lento, aburrido, durante el cual había llevado a Samantha Lehmann en su mente en todo momento. Acabó con el rostro oculto tras sus manos, mientras reía de lo nerviosa que estaba. Y en un intento de alejar los nervios, preguntó a su amiga por su primer día como mujer de veintinueve años, aunque realmente quería preguntarle cómo había sido su primer día después de todos los besos y las confesiones de la noche anterior.

Gwendoline se atrevió a asomar desde detrás de sus manos mientras la escuchaba hablar, sonriéndole al principio. También había pensado en ella, y había tenido un día lento y aburrido. Pero feliz. Ser el motivo de la felicidad de Sam la hacía feliz. Y, sin embargo, se puso un poco más seria al conocer las inquietudes de Sam. Comprensibles, pues ella las había tenido en más de una ocasión. Sin embargo… no quería ni imaginarse peleando con Sam, hasta el punto de que no pudieran volver a verse. No quería ni pensar en la posibilidad de su amistad de años, arruinada.

Sam bajó la mirada con timidez, y Gwendoline la miró. Se levantó de la silla, en el cabecero de la mesa más cercano a la cocina, y se pasó a la silla más cercana a la de Sam. La miró con una leve sonrisa en el rostro, y entonces, con delicadeza, puso un dedo en la barbilla de Sam para hacer que mirara a la morena a la cara. La sonrisa de ésta se ensanchó.

—Parece mentira que me hayas robado el papel: normalmente soy yo la de la mirada esquiva y tú la que me hace mirarte a los ojos.—Bromeó con una breve risa, para acto seguido ponerse un poco más seria.—Escucha… Hay una cosa que quiero que sepas, que nunca va a cambiar: eres mi persona especial. Lo eras antes, lo eres ahora, y vas a seguir siéndolo. Lo eras antes de besarme y lo vas a seguir siendo, pase lo que pase.—Gwendoline bajó la mirada, volviendo a reír brevemente.—Me has hecho descubrir una parte de mí que no sabía si existía o no. ¡Y créeme que he llegado a dudar de ello!—Gwendoline alzó las cejas y abrió mucho los ojos, como queriendo decir que lo había dudado muchísimas veces.—Y comprendo tus inquietudes porque… yo también tengo un poco de miedo. Me siento como si nos hubiéramos subido en esa infernal montaña rusa del Magicland con la que no nos atrevimos, de hecho.—Entonces, pasó un brazo alrededor de los hombros de Sam y la atrajo hacia sí, pero no para besarla, sino para abrazarla. La estrechó contra sí misma, apoyando la cabeza en su hombro, y le repitió.—Eres mi persona especial y lo vas a seguir siendo, pase lo que pase.

Era una promesa sincera. Pretendía seguir siempre junto a ella, de la forma que fuese. La amaba, por supuesto, y en base a esa premisa quería seguir con ella. Pero si algún día las cosas llegaban a salir mal… bueno, muy mal tenían que salir para que Gwendoline Edevane dejara de considerarla su persona especial.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Dic 31, 2018 7:00 pm

Pero bueno Gwendoline, de verdad, qué capacidad tenías para decir JUSTO las cosas más malinterpretarles de todo el planeta. Tu mejor amiga lesbiana que te ha declarado su amor te pide que te tapes para poder concentrarse, ¿y a ti no se te ocurre otra cosa que decirle que no había problema con que mirase? Y es que, en serio, hasta a Sam le cogió desprevenida esa afirmación tan tranquila de parte de su amiga. Luego lo arregló un poco, diciendo que no le importaba si era ella, a lo que no pudo evitar mostrar una sonrisa un poquito pícara: en ese momento se le habían pasado mil y una cosas que decir, evidentemente con cierto matiz pícaro, pero sintió que no era momento de decir nada porque... ¡es que le daba vergüenza! Si el tema relaciones ya lo creía perdido, el tema íntimo era algo que todavía no quería ni pensar. Sin embargo, una cosa era indudable: Gwen le había ayudado a hacer aparecer de nuevo esa libido que creía perdida y borrada. Y pese a que le daba vergüenza pensarlo, era bien consciente de que era precisamente ella quién conseguía hacerla vibrar. Y Sam podía llegar a ser muy coqueta y pícara, pero no en ese momento. —Gwen, a veces tiene ciertos comentarios que... menos mal que sé que en tu interior eres una persona inocente; sin maldad ni perversión ninguna y sin intenciones de volver a proponer ese e equis o —confesó divertidísima. —El problema es que no quiero mirar, ni tener la tentación. Y me da mucha vergüenza decirlo pero... —Y no miento cuando digo que en este preciso momento, Sam había adquirido el tono rojizo más elevado capaz de mostrar su piel. —...ya llegará el momento.

Madre mía de verdad... es que hablar de eso en esta situación le había sacado no solo los colores, sino también del momento. Ella, que había ido tan concentrada y... Gwen proponiéndole sexo otra vez de esa manera en la que en realidad no le proponía sexo. ¡Mira, decía! ¿Acaso era consciente de lo que tenía? No, Sam creía fervientemente de que Gwen no era consciente de lo que tenía. Y de lo que suponía lo que decía.

Luego, en un intento de comenzar una conversación mientras comían, llegó ese momento de confesiones. La verdad es que Samantha hubiera preferido ir poco a poco, pero vio la oportunidad de abrirse y prefirió soltarlo, al menos lo principal. Tras lo último que dijo, en dónde declaró abiertamente que Gwen había conseguido un cambio en ella que no creía poder recuperar, bajó la mirada y su amiga se acercó a ella. No bajó la mirada en un intento de esquivar la suya, sino más bien porque se había quedado sin palabras y esperaba que el arroz le arreglase la rotura verbal. Le elevó la mirada y Sam sonrió ante ese gesto que tanto solían hacerse cuando alguna de las dos—normalmente Gwen—decidía hablarle al suelo.

Le prestó atención y no quiso interrumpirla, aunque cuando dijo claramente que había dudado de que esa parte existiese en ella, todo el mundo entendió que se refería a la sentimental. —Yo también he llegado a dudar de ello —respondió divertida, para entonces volver a callarse. Y es que era fascinante el hecho no solo de gustarle a alguien como Gwendoline en el sentido de belleza e inteligencia porque su amiga era una belleza y tenía una inteligencia envidiable... sino a un nivel más profundo, a nivel emocional: ¡qué fuerte gustarle a alguien como Gwendoline! Que uno podía llegar a pensar que era asexual o algo por el estilo. Haber sido la persona capaz de romper esa coraza debía de significar algo.

Al final terminó abrazándola y Sam se lo devolvió, acariciando su espalda con ternura. Le encantaba la seguridad que te proporcionaban los abrazos, sobre todo después de escuchar unas palabras tan sinceras y reconfortantes. Sam tampoco concebía nada por lo que pudieran terminar rompiendo su amistad de años después de haberla recuperado tras lo que había hecho la propia rubia... pero tampoco quería escupir hacia arriba porque de verdad que ese año se había dado cuenta de lo importante que era la morena en su vida y tenía miedo de volver a perderla.

Así que se separaron y se miraron, a lo que Sam soltó aire por la boca, como dejando escapar los nervios con los que había ido. —Yo es que no me imagino mi vida sin ti —¡Qué romántico había sonado eso! Inevitablemente sonrió, porque así era la vida. Le decía algo bonito y sonreía. Le decían algo bonito y sonreía. Le tocaba y sonreía. La acariciaba y sonreía. Le besaba y se rompía. Así de simple era. —Quiero decir, llevamos juntas desde muy pequeñas y has estado conmigo siempre: en las buenas, en las malas, en las peores, en las que termino en el pozo, en las que ha habido tequila y desmemorizaciones alcohólicas de por medio… No me imagino la vida sin ti porque en mi vida eres indispensable, independientemente de lo que seamos tú y yo —Matizó lo que decía. —Y sé que va a sonar fatal lo que voy a decir, pero si no pensase que esto puede funcionar entre nosotras, renunciaría a intentarlo solo para no perderte —le confió, haciendo una pausa y poniendo una de sus manos sobre la pierna de Gwen. —Es que me pongo a pensarlo y… contigo siempre he tenido toda mi naturalidad, me he sentido en casa siempre que estoy a tu lado, me siento protegida si estoy junto a ti y… este último año todo eso se ha magnificado, más con el hecho de que no ha sido 'me apetece estar con Gwen' sino de... 'necesito estar con Gwen', ¿sabes?

Y prefería no hablar de cómo le hacía sentir de manera más íntima, ahí, en el calorcito dentro de su pecho. Todas esas veces en las que había buscado la razón más estúpida para abrazarla solo porque quería estar cerca de ella, todos esos sentimientos en un beso en la frente que declaran un tierno 'yo te cuido', terminar de manera inconsciente sujetándole la mano bajo la manta mientras veía una película solo para tocarla... Por no hablar de las ganas que le daban siempre de besarla y que había tenido que acostumbrarse a elevar la mirada y rechazar sus deseos.

Creía fervientemente que haberse enfrentado juntas a tanta oscuridad y peligros este año, les había llevado a darse cuenta de lo importante—más allá de la amistad que tenían—que era realmente una para la otra, desarrollando unos sentimientos mucho mayores de protección y amor de lo que en un estado de tranquilidad y calma podían haber llegado a tener. —No veas lo raro que se me hace decirte todo esto —confesó divertida, aún con la mano en su pierna, ya que se había girado hacia Gwen y se había sentado lo más al borde posible de su silla, acercándose a ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Ene 01, 2019 6:58 pm

La torpeza en muchos aspectos de la vida—los que tenían que ver con relacionarse con otros seres humanos, por ejemplo—era uno de los principales rasgos de Gwendoline. Aquellos que no la conocían, o que la conocían en entornos más formales y profesionales, no se habían una idea de hasta qué punto le costaba este aspecto de la vida. Y ya si nos ponemos a hablar del amor, la morena era el triple de torpe. Se sentía como caminando a ciegas a través de un cenagal lleno de ramas y enredaderas: cada dos pasos trastabillaba o cometía algún error.

Sus palabras no fueron las más correctas, y muy posiblemente no fueran las más sencillas de comprender, pero al menos fueron sinceras. Y es que hacía un año ni siquiera pensaba en el sexo, y en ese momento, sentada en aquella silla ante la mesa que compartía con su persona especial, solo podía pensar en que si alguna vez alguien la tocaba de aquella manera, ese alguien quería que fuera Samantha Lehmann.

Sin embargo, le dio muchísima vergüenza cuando lo dijo, y cuando Sam le reprochó sus palabras, pensó que se había equivocado al pronunciarlas… hasta la última parte. La mirada baja de Gwendoline subió de golpe para mirar a su amiga, los ojos abiertos por la sorpresa. Ya llegará el momento, pensó mientras miraba el rostro ruborizado de Sam. Una sonrisa sincera y feliz apareció en su rostro. Ya llegará el momento, se repitió.

Poco después, abierto el grifo de las emociones y los sentimientos que se profesaban, Gwendoline conoció uno de los miedos, muy justificados, de su amiga: que las cosas cambiasen entre ellas, ahora que se veían no solo como amigas, sino como dos mujeres que se amaban. También temía otras cosas que Gwendoline ya tenía presentes, como la precaria situación en que se encontraba la rubia—y que jamás iba a ser un impedimento para su relación, desde su punto de vista—como fugitiva. Y si bien ella también tenía miedo, le hizo una sincera promesa: que no importaba cómo fueran las cosas, lo que ocurriera en el futuro, para ella siempre sería su persona especial.

Y tras decirle todo aquello—con un divertido inciso por parte de Sam respecto a la aparente inexistencia de sentimientos románticos hacia nadie que había demostrado la morena—, Gwendoline la abrazó. Y Sam le devolvió el abrazo, acariciando la espalda de la morena con ternura. Ella, a su vez, acarició su pelo rubio y precioso, enredando sus dedos con sus mechones dorados.

El corazón se le aceleró dentro del pecho al escuchar la primera frase, y supo al momento que ella sentía lo mismo: los dos años separada de ella habían sido un asco. Su vida había dado asco sin Sam. Opinaba como ella: prefería una vida entera a su lado que la posibilidad de estropearlo todo con un capricho. Y sabía que aquello no era un capricho, pues nunca en su vida había sentido algo así por nadie. ¿No era natural pensar que, después de un año en que no había habido avances, de ser una tontería ya se le hubiera pasado? No, porque no era una tontería. Era real.

Y ella también necesitaba estar con Sam. Más que nada en el mundo.

Se habían separado al comienzo de aquella confesión sincera por parte de su amiga, y ahora Gwendoline la miraba con esa sonrisa ilusionada y feliz que parecía destinada a ostentar siempre que estuviera junto a ella. La rubia tenía una mano sobre la pierna de la morena, y Gwendoline a su vez puso su mano sobre la de ella. Quería hablar… y descubrió que resultaba terriblemente complicado decir algo más bonito que aquello. Suspiró, ensanchando su sonrisa y mirando a Sam a los ojos. La morena seguía un poco ruborizada tras todo aquello.

—Me has dejado sin palabras.—Le dijo, y se le escapó una risita nerviosa. Y si bien acababa de confesar estar sin palabras, de todas formas pretendía intentarlo.—Yo tampoco quería arruinar nuestra amistad por algo que no entendía. De hecho, me pasé gran parte de este año sin comprender qué estaba pasando conmigo. Estaba pensando en ti todo el tiempo, y pensaba como una tonta que solo se debía a que estabas de vuelta en mi vida. Pero a pesar de que siempre he sentido que había algo muy especial entre tú y yo, nunca lo relacioné con nada romántico, ¿sabes? ¿Cómo iba a hacerlo? No tenía ninguna referencia...—Gwendoline cruzó las piernas al estilo indio, subiéndolas a la silla. La mano de Sam seguía sobre su pierna, y ella no la apartó. Lo que sí hizo fue empezar a juguetear con el dobladillo de la pernera de su pijama, mientras bajaba la mirada.—Cuando te besé en aquel edificio… fue la cosa más maravillosa del mundo. Recuerdo sentir cómo todo mi cuerpo temblaba y se inflamaba, y te juro que si aquella señora no nos hubiera interrumpido, no creo que hubiera podido parar.—Había cerrado los ojos, y ahora reía, entre divertida y avergonzada.—Ahí me di cuenta de que estaba enamorada de ti. Comprendí muchas de esas cosas cursis que dicen en tus romedias y de las que siempre me río.—Abrió los ojos, mirando a Sam, y la sonrisa desapareció de sus labios. Su rostro ruborizado se puso un poco más serio para lo siguiente que iba a decir.—Estoy enamorada de ti, Sam. Nunca lo había tenido tan claro.—Mantuvo esa expresión seria un par de segundos, y luego sonrió; la mirada sobre los ojos de su amiga duró apenas un par de segundos más, antes de apartarse.—Pero te prometo que, si no hubiera podido ser, si tú no hubieras sentido lo mismo, no habría hecho nada más. Después de intentar besarte de nuevo en el Magicland, tuve miedo y retrocedí un poco. Mucho, de hecho.—Hasta el punto en que no iba a volver a intentar nada semejante. Cerró los ojos, recordando el momento de la noche anterior en que Sam la había besado.—Gracias por besarme, Sam. Muchas gracias.

Ahora sí. Ahora sentía que había dicho todo lo que tenía que decir. Había sido muy difícil, pero allí estaban sus sentimientos, expuestos, sobre la mesa. Y como el ambiente se había vuelto muy denso con tanta confesión sincera, Gwendoline decidió aligerar un poco la situación.

—Bueno… y ahora, ¿qué te parece si cenamos? Quiero probar ese delicioso pollo picante que me has traído. Luego quiero irme al sofá contigo, poner una película o una serie, y besarte. Besarte mucho.—El tono era risueño y de broma, pero el deseo de hacer todo aquello era sincero. Gwendoline estaba deseando empezar aquella aventura con la que había sido tanto tiempo su mejor amiga. Y, de alguna manera, sabía que no había mejor persona para aquello que ella.

Así que, en lugar de cambiarse de sitio, alargó el brazo para atraer su plato a la silla que ahora ocupaba, cerca de Sam. No quería separarse ni siquiera un metro de ella.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ene 04, 2019 2:55 am

¡Ay, el dichoso beso en aquel pasillo! Cuando Gwendoline lo recordó, aquel recuerdo que tan bien recordaba, volvió a aparecer en su mente. Había sido un momento que si bien a su amiga le resolvió las dudas, había hecho que Sam comenzase a tenerlas. Mientras Gwen interpretaba todo aquello como la definición exacta de lo que sentía, la rubia experimentó algo que creía perdido en labios de una persona en la que creía imposible conseguirlo. Aquel momento fue mágico por una sencilla razón: fue inesperado y ambas sintieron cosas que las atrapó, en distinta medida. Y como bien había dicho Gwen, había sido tan repentino que para Sam separarse no fue una opción hasta que aquella señora apareció. A partir de ahí comenzó a verla de otra manera, a sentirla de otra manera, a querer entender lo que había encendido en su interior... Y había sido una pena que ese intento de su amiga de demostrarle lo que sentía en el Magicland hubiese sido 'tan pronto', cogiendo a Sam en un momento en el que no tenía claros sus sentimientos y, como ya había dicho, no quería poner en peligro una amistad así.

Fue tan reconfortante escuchar de boca de Gwendoline, literalmente, que estaba enamorada de ella, que la rubia hasta se emocionó. Esas palabras la hicieron sonreír, sin apartar su mirada cargada de brillo de ella porque... de verdad que le encantaba escucharla hablar de eso. Y lo del Magicland... claro que lo había notado. De hecho, le sorprendió mucho su cambio, motivo por el cual al enterarse de lo de Artemis no pudo evitar relacionar los hechos. Pero ahora... ahora solo se sentía un poco idiota. Así que sin darle mucha más bombo a un pasado que no existía, directamente amplió la sonrisa como una idiota, pero esta vez de idiota enamorada ante su última afirmación. Le daba las gracias por haberla besado, cuando estaba claro que todo esto había empezado precisamente por un beso de Gwen y no al revés. —Gwen... no me des las gracias por eso. En todo caso tendría que dártelas yo a ti por no devolverme la cobra... —Bromeó, inevitablemente. —En realidad deberías saber que todo esto comenzó por un beso tuyo, no mío, así que debería darte las gracias yo a ti por hacerme sentir lo que me hiciste sentir.

Y aunque Sam creía que todavía le quedaban tantas cosas que decirle, más por querer decírselas que porque se quedasen en el tintero, en realidad pensándolo podría decirlas en cualquier momento y lo mejor de todo es que podía repetírselo una y otra vez, hasta que la llamase pesada y la callase con beso, ¿acaso no era magnífico? Volvió a sonreír, para variar—nótese la ironía—y volvió a enfocarse en el plato que tenía delante, pensando que con las ganas que se tenían probablemente no hubiera ni serie ni película.

Comieron con tranquilidad mientras hablaban de sus días, ahora sin risitas nerviosas que les impidieran tener una conversación normal. Y es que, aunque a Sam le siguiese resultado de lo más graciosa la situación, le encantaba. Terminaron la noche en el sofá de Gwen, con un capítulo de fondo al que ninguna de las dos prestó demasiada atención, sobre todo después de los primeros cinco minutos en donde ambas tenían muy claras sus prioridades y de qué tenían ganas. Y no era precisamente de ese dichoso capítulo. Así que desde que sus labios se tocaron… no se separaron, hasta que se quedaron abrazadas en el sillón, hablando de todo y de nada.


Al día siguiente
09:30 horas

Acostumbradas a levantarse siempre bien temprano, casi a las ocho y media junto con el sol atravesando las mal cerradas persianas, Sam abrió sus ojos lentamente, restregándoselos con sus puños cerrados de manera bastante infantil. Al girar su cabeza no vio la cara de su amiga, sino que estaba de espaldas, por lo que se pegó a ella y pasó una de sus manos por su cintura, abrazándola con suavidad. Al principio sólo se acercó a ella, hundiendo su cabeza en su pelo y enfrascándose con su aroma, luego apartó su pelo y dejó un suave y tierno beso en su cuello, para levantarse un poquito y darle el siguiente en la mejilla.

Remolonearon mucho más que de costumbre: por el día de ayer de no haberlo podido hacer y porque oficialmente era la primera vez después de muchas mañanas en donde se despertaban  y habían podido actuar libremente junto a la otra.

Ninguna de las dos tenía planes pensados—al menos bien hablados—para ese día, por lo que cuando Sam vio necesario volver a casa porque llevaba sin ver a Caroline desde que se fue del Juglar antes que ellas el día de su cumpleaños, decidió antes recordarle a Gwen esa ‘proposición no indecente’ de ir a la montaña con sus nuevas bicicletas y aprovechar para comer por ahí. Y la verdad es que para Sam ahora mismo cualquier plan le era perfecto con tal de que fuera en su compañía, pero sí que era verdad que le hacía mucha ilusión estrenar su regalo y volver a montar en bicicleta.

Así que tras hablar cómo organizarse, Sam recogió sus cosas y se fue para su casa. Desayunó con Caroline, quien no pasó por alto ni la ausencia de Sam ni mucho menos la sonrisa con la que había llegado a casa. Y es que Caroline, después de haber vivido todas las épocas más oscuras de Sam, sabía reconocer su sonrisa de pura felicidad. No le dio muchos detalles y es que hasta la pelirroja vio en su rostro el rubor y que estaba en modo ‘emoción suprema’ y hablar no era precisamente su mejor virtud en esas condiciones. Así que muy amablemente, Caroline lo dejó, aunque por sus propias palabras: sólo por el momento.


11:03 horas
Atuendo

¿Te gusta? —preguntó frente a la imagen que tenían delante, lugar en donde Sam se había aparecido tanto con Gwen como con la pareja de sus nuevas bicicletas, ambas ataviadas con una mochila con todo lo necesario para almorzar y el frío. —Siempre te he dicho que te enseñaría sitios en donde me quedaba como fugitiva sin hogar, ¿recuerdas? Pues este era uno. Solía venir aquí cuando algo se torcía, alejándome del mundo lo máximo posible en una ilusa creencia de que iba a estar a salvo. Claro que… muchas veces  tenía que volver a Londres a menudo y eso de dejar a mis animales en terreno hostil era complicado —dijo divertida. —Que las dos sabemos que Don Cerdito tiene dotes muy seductoras frente a animales salvajes —bromeó eso último.

Se encontraban en un bosque cercano a la montaña Scafell Pike. Pese a que había un sol reluciente y algunas nubes, hacía frío. No parecía que fuese a llover y, de hecho, Sam no podía haber deseado un día más perfecto para dar una vuelta en bicicleta. De las veces que se quedó ahí, había visto la de opciones que tenían los senderos tanto para hacer senderismo como para ir con la bicicleta, por lo que pensar un lugar en donde estrenar su regalo y dar un paseo fue muy fácil. Además, era un lugar muy poco transitado debido a lo lejos que estaba, lo cual era otro punto a favor. Aunque dudaba fervientemente que mortífagos y cazarrecompensas tuviesen como hobbie el senderismo o el ciclismo en montañas, pero nunca se sabía.

Así que se subió la mochila, bien pegadita a la espalda para evitar que la molestase y se subió a la bicicleta, la cual ya estaba a la altura perfecta para ella, pues como buena persona emocionada por tener una bici nada más tenerla en casa y tener cinco minutos libres, se había puesto a adaptar el sillín.
Sam J. Lehmann
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