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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 5 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Dom Ene 13, 2019 5:17 am

La diferencia entre la casa en la que ahora mismo vivía Santi y en la que vivió Samantha en su momento, que era un piso, era el precio y el tamaño. No era lo mismo vivir en un apartamento pequeñito de una o dos habitaciones, a vivir en una casa. El truco de este tipo de casas era compartirla con otras personas, de tal manera que al final el pago por ésta te salía decente y rentable. Pero a Sam seguía sin gustarle mucho. Prefería pagar más—ella que se lo podía permitir en su momento—y tener una casa pequeña sólo para ella, en donde tenía su propia intimidad y su propia vida, a tener que pagar sólo un poquito menos y sólo tener privacidad en una habitación, mientras en el resto de la casa tenías que compartirlo todo. Compartir el salón, la cocina, el baño… y ella porque era decente y ordenada, ¿pero os imagináis tener que vivir con personas desordenadas? Santi le había contado muchas cosas malas de algunos de sus compañeros de casa y la verdad es que por mucho que la ‘zona compartida’ pareciese un palacio, no merecía en absoluto la pena. Al menos en su opinión. Siempre quejas y más quejas y unas limitaciones muy puntillosas en toda la casa menos en tu habitación, en donde tampoco podías hacer mucho ruido para no molestar a nadie. —En realidad es que Santi no es ningún estudiante. Pero estoy segura de que paga sólo un poquito menos que tú por todo tu piso y él solo tiene intimidad en su habitación. Ten en cuenta que todo esto es compartido, por mucho que ahora no haya más nadie en la casa, ¿pero te imaginas tener que compartir esto con cuatro desconocidos? —le respondió. Además, por lo que Sam sabía, Santi tenía un trabajo extra además de sus turnos en el Juglar Irlandés. Y no era precisamente una persona que tuviese dinero de sobra. Por lo que él le contaba, hacer vida en Londres era muy caro en comparación con su país. Sam nunca se había dado cuenta de eso, ya que desde que se independizó su ‘paga’ había sido en galeones y al cambio salía muy generoso con respecto a las libras, por lo que nunca tuvo falta de nada. No es que estuviese sobrada, pero podía vivir tranquilamente en un piso para ella sola.

Así que antes de seguir hasta el interior, que parecía ser la cocina, se pararon en la puerta en donde se quitaron los abrigos para colgarlos en el perchero. Fue esta vez Gwen quién se le acercó para susurrarle que estaba irresistible. Y es que esa palabra sí que la cogió por sorpresa, pues le hizo pensar en cómo la vería Gwen y si de verdad ese ‘irresistible’ tenía las mismas connotaciones que para Sam al verla a ella, con ese vestido translúcido que dejaba ver partes de su cuerpo de manera muy sugerente. —Irresistible… —Repitió, susurrante, sin apartar la mirada de ella. Y es que Sam tenía muy claro lo que le hacía sentir ver a Gwen de esa manera y lo que más sentía es que precisamente ella misma era quién se tenía que resistir. La verdad es que en ese sentido estaba un poco cortada simple y llanamente porque quería ir lento y no precipitarse con nada, pero no iba a negar que ahora mismo le había entrado una sensación muy agradable en el interior al sentirse deseada por ella. Pensó en bromear pero… no, no lo hizo. Sencillamente se ruborizó, colocó su abrigo en el perchero y sonrió como una idiota. —Ay, Gwen… —Suspiró. —¿Cómo me vas a decir esas cosas hoy, así vestida? ¿Quieres volverme loca o qué te pasa? —Le reprochó divertida, mordiéndose el labio inferior antes de acercarse a ella y besar...

¡Mia! —Gritó Santi desde la cocina.

Su mejilla. Besó su mejilla porque ese grito la asustó. No pudo borrar la sonrisa.

¡Ya! —Le gritó a su amigo el chillón, para volver a mirar a Gwendoline. —No puedes ser tan sexy, que si no no me voy a poder concentrar en el resto de personas de la fiesta —le advirtió con una falsa orden, que no resultaba más que una broma más. Sam tenía muy claro que esa noche, tal y cómo estaba Gwen de preciosa, dejar de ser sexy no era precisamente una opción. —Anda, vamos.

Continuaron por el pasillo hasta la cocina-comedor, en donde se encontraba a mano derecha la cocina y un poco más adelante una mesa de comedor. A mano izquierda, cerca de la salida al jardín, estaban los sillones frente al televisor. Santi había dispuesto las sillas del comedor alrededor de la mesa del salón, para que así cupieran todos alrededor de esa pequeña mesa y estuviesen frente a la televisión, en donde había puesto el típico canal de MTV en donde se reproducen vídeos musicales famosos, para así tener música de fondo. Sam le había dicho que sólo iría si ponía en Sing Star, pero ya le dejó claro que no lo iba a poner o si no iban a perder a Amber y a Amelia, pues ambas adoraban el Sing Star. Y Santi sabía que como lo pusiera, Amber y Amelia se harían íntimas y no habría quién las quitase de ahí.

Ellas habían sido las últimas en llegar porque todos habían partido el año juntos en la casa, por lo que Santi hizo las presentaciones pertinentes y al menos Sam se limitó a saludar con la mano a todos, ya que no tenía ganas de ir uno a uno. Eso sí, a Daniel y Peter los saludó de manera más cercana porque eran los que estaban en la cocina haciéndose una copa. Además, a Daniel ya lo había visto par de veces en el Juglar Irlandés, por lo que en realidad era al único que conocía. El resto estaba en el sillón, hablando animadamente. ¡Adrian hablando animadamente! Eso Sam quería verlo bien de cerquita.

¡Un placer, Amelia, al fin! Tú debes de ser Gwendoline. Santi es un pesado y no para de hablar de sus amigas —dijo Peter, que además de inglés era de la edad de ellas.

Hola, Mia. Qué guapa estás hoy —le dijo cordialmente, con un tono muy correcto. Se notaba que estaba intentando mejorar su inglés para no hablar como Santi, que por mucho que se le entendiese, indudablemente tenía un acentazo y una manera de hablar un poco cutre. —Gwendoline, encantado. —Y tras una pausa, señaló la botella de ron, el hielo y los refresco que tenían sobre la encimera. —¿Aprovechamos y os hacemos una?

La verdad es que Sam iba con intenciones de beber muy poco, quizás una o dos cervezas, pero… a ver, todos sabemos que a Sam le encantaba beber simple y llanamente porque se lo pasaba super bien estando borracha. Pero la verdad es que no tenía ganas de ser la única que se tomase una copa de sus amigas, por lo que tras ojear que Caroline ya estaba con lo suyo y que Gwen no parecía negarse, se encogió de hombros y aceptó.

Venga, vale.

En realidad no teníais opción. Santi creo que quiere jugar y cuando Santi quiere jugar con alcohol de por medio es para que todos terminemos bebiendo como si no hubiera mañana. Te hubiera puesto él mismo una copa delante y te hubiera dicho que o bebes, o te encierra en el sótano —bromeó Peter, abriendo un mueble superior para sacar dos vasos de tubo de cristal para hacer las copas de ellas.

Nosotras no creo que bebamos demasiado… —Y mientras Sam miraba a Gwen en plan: ‘no vamos a beber demasiado, nosotras controlamos, ¿a que sí?’, Peter y Daniel se miraban con cara de: ‘já, que no van a beber demasiado, se nota que no saben cómo son los juegos de beber de los españoles…’ Y tanta razón que tenían…

PNJS:
Call it what you want... —Güendolín.  - Página 5 TAjFwNj
Daniel #336699 Peter #339999 Amber #ff99ff Courtney #ff9900 Dean #996699

Santi #9999ff
Spoiler:
Call it what you want... —Güendolín.  - Página 5 Sho24Kd
Adrian #3399cc
Spoiler:
Call it what you want... —Güendolín.  - Página 5 EOKf9HC
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ene 14, 2019 12:25 am

Para una persona como Gwendoline, que había tenido que compartir una pequeña habitación durante cuatro años en la universidad mágica, aquel lugar seguía teniendo el aspecto de un palacio. Y es que sí, entendía bien la argumentación de Sam respecto a la intimidad, y podía imaginarse que habría roces y discusiones a todas horas. Pero… ¿y si se reducía todavía más el espacio? ¿A un triste apartamento en que no pudiera salirse al pasillo sin tropezarse con alguien? Aquel era el punto al que quería llegar ella, y lo que se había imaginado.

Pero Gwendoline no cambiaría la comodidad de su apartamento por nada en el mundo. Ni siquiera por la mansión Edevane, si con ello tenía que soportar la presencia de tanta gente a su alrededor. Bendita intimidad, pensó.

Hablando de lo cual… Gwendoline hubiera deseado tener solo un poquito de intimidad en aquellos momentos en que se atrevió a decir que Sam estaba irresistible. Porque sí… se refería exactamente a lo que Sam estaba pensando. La morena no estaba familiarizada con los pensamientos lujuriosos ni nada por el estilo, pero últimamente los tenía más a menudo de lo que le gustaría reconocer. Eran algo nuevo, algo bonito, y más cuando quien se los provocaba era aquella hermosa rubia.

Aquella hermosa rubia que estuvo a punto de besarla en los labios… y terminó besándola en la mejilla. ¡Maldito Santi!, pensó mientras se sentía como si le hubieran arrebatado un dulce justo en el momento en que lo rozaba con los dedos.

—Mira quién habla.—Respondió Gwen, dedicando una significativa mirada a la pierna que asomaba bajo la falda, y que la llevó a mordisquearse el labio inferior con… con deseo, no nos engañemos. Soltó un bufido, para entonces añadir.—¿Es muy tarde para volvernos a casa?—Y como aquel había sido un comentario muy poco pensado y nacido de la más profunda sinceridad, Gwendoline se puso un poco roja y sonrió. Sonrió para intentar dejar ver que era una broma… cuando claramente no era ninguna broma.

Fueron a reunirse con los demás mientras Gwendoline pensaba que había sido una mala idea vestirse de aquella manera. Las dos. Casi habría preferido que fueran disfrazadas de monjas a juego, viendo cómo empezaban a caldearse las cosas. ¿En qué momento había ocurrido aquello? ¿Cuándo habían pasado de darse besos a lanzarse aquellos cumplidos tan sugerentes? Quien las había visto, y quien las veía entonces.

Olvida todos estos pensamientos ahora mismo, se ordenó a sí misma, y por un breve momento lo consiguió. Entonces, la pierna de Sam asomando por el corte de su falda volvía a aparecer ante sus ojos, y allí aparecían nuevamente los pensamientos ‘pecaminosos’. Toda tu vida pensando que no te gustaban estas cosas, y mírate, le dijo su voz interior más mordaz, esa que parecía divertirse a costa de su propia vergüenza. Todos los seres humanos tenían en su cabeza esa vocecilla que casi se alegraba de sus desgracias, y la de Gwen era especialmente persistente.

Las presentaciones ayudaron, a decir verdad, a que Gwen dejara a un lado esos pensamientos. Saludó con sonrisas y movimientos de mano a todos los presentes, y aseguró estar encantada de conocer a todo el mundo hasta que la frase, como siempre ocurría, dejó de tener sentido. También se aseguró de desear un feliz año nuevo a todos los presentes.

Ya en la cocina, Gwendoline conoció a Peter y Daniel—para ella, su nombre se acentuaba en la a, y no en la e, como buena inglesa que era—y les saludó con educación: sonrió y les tendió una mano. Peter, inglés igual que ella, aceptó el gesto mucho más típico de la gente de Londres que los dos besos, pero Daniel, español de pura cepa, la saludó con dos besos. Bueno, yo quería evitarme esto, ¿pero qué se le va a hacer?, pensó, manteniendo una agradable sonrisa para no desvelar sus pensamientos.

—Es un placer conoceros.—Dijo de nuevo. ¡Qué aburrimiento de frase! ¿Alguien de verdad sentía placer alguno al conocer a otra persona? ¿No había otras opciones?

No tardaron en ofrecerles alcohol, y en ese momento, las alarmas de Gwendoline se dispararon, todas juntas y a la vez. Teniendo en cuenta los pensamientos traicioneros que tenía, y recordando situaciones un tanto locas, como la fiesta de carnaval de ese mismo año, se sintió tentada a decir que no. Una Gwendoline borracha, que perdía todas sus inhibiciones y tenía en mente ideas muy calenturientas, con una Sam borracha tan cerca… podía acabar en catástrofe. ¿Pero sabéis lo que pasa? Que la presión de grupo es muy grande, y aquellos dos parecían especialmente interesados en que ni uno solo de los asistentes estuviera sobrio.

Y Gwen no se negó. De su boca no salió un no, y Sam aprovechó ese momento para decir que venga, que no pasaba nada por una copa. Así que se encogió de hombros, sonriendo. Venga, por una no pasa nada, pensó.

—No muy cargada, por favor.—Añadió a las palabras de Sam. No, no tenía intención de beber demasiado, por mucho que Santi pretendiera lo contrario. Y si tenía que recurrir nuevamente a la estrategia del Magicland de ir vaciando poco a poco la copa, lo haría. Nadie superaba a Gwendoline Edevane cuando Gwendoline Edevane se proponía evitar beber alcohol.

Daniel les preparó las copas, llenado la de Gwendoline con más ron del que esperaba. Cuando el español se la ofreció, la cogió con una sonrisa en la cara, pero pensando para sus adentros que se la había pedido poco cargada. A ver si lo adivino: este muchacho no es barman de profesión, pensó mientras miraba a Sam de reojo. Seguía teniendo en mente no beber demasiado cuando…

—¡Venga, un brindis! ¡Por un nuevo año!—Peter alzó su copa en dirección a ellas, y Daniel le imitó. Gwendoline y Sam hicieron lo mismo, y una vez concluído el brindis, no les quedó otra que dar un trago.

¡Oh, Dios mío!, pensó Gwendoline tras beberse un tercio de su copa, que estaba mucho más fuerte de lo que esperaba. De hecho, la lengua se le durmió un poquito, y se sintió ligeramente mareada. Al final no sé si será tan sencillo mantenerme sobria, pensó mientras el ‘impacto inicial’ de la bebida remitía un poco, y se volvía a sentir un poco como ella misma.

—Bueno, ¿y cuáles son vuestros propósitos para el nuevo año? ¿Tenéis alguno, o ya los habéis cumplido todos el año pasado?—Preguntó Gwendoline, en un intento por empezar una conversación y que aquello no se volviera incómodo. Ciertamente, había escogido el tema de conversación más manido de aquellas fechas, pero… ¿qué iba a hacerle? Cualquier cosa le servía para romper el hielo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ene 14, 2019 10:19 pm

¿Que si era muy tarde para volverse a casa, dice? ¡Pero bueno, Gwendoline! La miró, negando con la cabeza con un rostro cargado de sorpresa y picardía. No dijo nada porque… porque mejor que no dijese nada. Fue muy consciente, además, de cómo miraba su pierna salir por el corte de la falda. Y no iba a negarlo: se había puesto esa falda porque le parecía muy sexy el hecho de enseñar prácticamente toda la pierna pero, a su vez, tener el resto totalmente escondido. De hecho en su otra pierna tenía una liga en su muslo, en la cual tenía sujetada la varita, pues ahora mismo Sam no llevaba bolso y como bien había hablado Gwen en su momento: salir de casa sin varita era como salir sin ropa interior; incómodo. Sin embargo, lo importante es que a Gwen le gustase precisamente el corte de su falda, pues había sido un acierto total. Al fin y el cabo, se lo puso solo para ella. Cierto era que iba un poco incómoda con la camisa, pues era un poco corta, pero había hecho pruebas frente al espejo y no se veía nada.

Así que tras ese momento en el que las dos se arrepintieron un poquito de no celebrar nochevieja en casa, en tranquilidad, llegaron a la cocina en donde conocieron a Peter y a Daniel, los encargados de hacerles la primera copa de la noche. ¡Y única! O bueno, eso decían ellas, por supuesto, quiénes eran bien conscientes de cómo se ponían estando borrachas, con ese deshinibidor natural en la sangre. Pero ya te digo yo de que probablemente Santi fuese el siguiente en ponerles una copa en la mano aludiendo al hecho de que era su casa y tenían que hacerle caso, y quizás la siguiente de mano de Caroline, tan fiestera como siempre era.

Pero la primera era la hecha por Daniel y… la virgen María, ¿este señor no sabía que se echaba cuatro dedos de ron con hielo y luego el resto de refresco? ¡Aquello estaba fuertístimo! Cuando Peter propuso el brindis y bebieron de aquello, puso cara de limón ácido, mirando a Daniel.

Eso de no muy cargada… a ti no se te da, ¿no? —Le reprochó al tímido de Daniel, quién sonrió.

Lo siento, quizás se me fue la mano. —Se disculpó divertido.

Un poco, quizás —respondió Sam, de manera igualmente jovial, quitándole hierro al asunto. Vio un recipientes con pajitas sobre la isla de la cocina y cogió dos, metiendo una en el vaso de Gwen sin pedirle permiso—pues todo era más guay con pajita—y poniendo otra en su propio vaso. Aprovechó con la pajita para remover un poco aquello con el hielo, haciendo que refresco y alcohol se mezclasen un poco mejor. —Los españoles tenéis demasiado interiorizado el alcohol, ¿no veis que nosotros aquí somos más débiles?

Daniel rió, tan tímido. Se le recordaba bastante a Adrian. Por parte de Gwen, sacó tema de conversación, el cual era posiblemente el más típico de precisamente esa noche, pero perfectamente válido para hablar con dos desconocidos.

Yo tengo varios, pero dos destacables —dijo Peter, que se notaba que era el más extrovertido y divertido de los dos. —El primero es conseguir que mi jefe me haga indefinido para poder irme a una casa con mi novia… —Echó una ojeada a Daniel. —Sin ofender, colega, eres un buen compañero pero ya sabes, la vida me llama y se me está pasando el arroz. Y luego convencer a mi novia de tener un churumbele. Vosotras sois chicas, quizás podáis ayudarme a conseguirlo. He pensado en usar el mensaje subliminal de pasarle vídeos de bebés monos por WhatsApp para que pille mi indirecta. —Y amplió divertido su sonrisa, pues era una broma.

Oye, a mi cuando me mandan fotos de tartas de chocolates me dan ganas de comer chocolate, a lo mejor funciona tu técnica, ¿eh? —Ironizó su técnica maligna de manipulación indirecta. Volvió a beber por inercia y… ¡seguía estando igual de fuerte! Cada vez que ponía cara de limón ácido, le echaba una ojeada de reproche al pobre Daniel.

Ja, ja. —Rió él.

Pues yo supongo que uno de mis propósitos de año nuevo es encontrarme a nuevos compañeros de piso. —Se encogió de hombros con resignación, mientras Peter casi se atraganta con el buche que estaba bebiendo, de risa.

No seas dramático.

Sam abrió los ojos, pensativa, dándole vueltas a cuáles serían sus propósitos para año nuevo. ¿Seguir sobreviviendo mientras fingía vivir una vida muggle y cuidar probablemente la relación más fuerte que ha tenido en toda su vida? No sé, podría tener muchos, en realidad: dejar de estar traumatizada con su vida, superar sus miedos, convencer a Caroline de que los kappas son feos de una vez por todas, hacer de Gwendoline una muj... ¡Espera! ¡Para ahí!

Le estaba contando una cosa a Daniel antes, y es que el otro día…

Peter comenzó a hablar y, siendo sinceros, Sam pensó que iba a ser un muermo de anécdota y de historia, pero no.


Media hora después

¿En serio? —Y se rió fuerte, muy fuerte. De esas carcajadas divertidas. Y es que Peter les acababa de contar como la tercera historia en donde al menos Sam no para de reírse y es que le parecía que aquel hombre era desternillante. Ya no solo por las anécdotas y las cosas que les habían pasado—que eran para enmarcarlas—sino por cómo lo contaba, con una gracia natural. Casi que parecía español en vez de un británico, tan famosos por tener la gracia escondida. —¿Y qué pasó después?

No, no, no —dijo de repente un Santi que se metió de por medio de los cuatro, con las manos en alto en plan llamando la atención. —Llevo como media hora—en verdad llevaba cinco minutosllamándoles para empezar a jugar. Me vais a volver loco. ¿Y por qué no tenéis la copa llena? —Miró la copa de los cuatro, que la de Daniel por ejemplo estaba vacía y otras a mitad. —Vamos a jugar a un juego de beber, así que tenéis que venir servidos. ¡Casi se me olvidan los chupitos!

No, espera, Santi, ¡eh! —Le sujetó divertida del antebrazo. —Yo soy estrellita, yo no bebo chupitos.

Amelia, débil. —Le dijo con voz siniestra.

Voy a cumplir treinta años el próximo año. Me estoy haciendo vieja. Tú aún eres un joven de veinticinco años de…

¡Deja de hacerme la pelota! ¡Aquí todos beben chupitos! —Y se fue, digno, haciendo oídos sordos a Sam.

Menuda panda de borrachos… —Murmuró al darse la vuelta, mirando a Gwen, Daniel y Peter. Éste último no tardó en reír y alzar la botella de ron que tenía en la mano, pues esa noche que no estaba su novia, era noche de bebida infinita.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Ene 15, 2019 3:44 am

Sam le había quitado a Gwendoline las palabras de la boca: aquella bebida no tenía nada de ‘poco cargada’, y la morena se iba a pensar muy mucho el volver a echar un trago de aquello. Después de todo, temía perder sus inhibiciones, y hacer algo con Sam de lo que podría arrepentirse al día siguiente. No por el acto en sí, pues estaba segura al cien por cien de que la única persona en el mundo con la que quería tener sexo era Samantha Lehmann, y quería que ese momento llegara tarde o temprano. Simplemente, quería que fuera algo bonito, algo para recordar, y no que se tratara de un vomitivo recuerdo de ellas dos desnudas y borrachas en una casa ajena. Lejos de parecerle una imagen atractiva, se le antojaba totalmente decepcionante.

Sobrias. Desnudas y sobrias. No sé cómo es el sexo entre dos chicas, pero quiero mirarla a los ojos cuando…, pensaba, y poniéndose roja, se obligó a parar ahí. Y es que aquella imagen sí se le antojaba atractiva. Demasiado atractiva para la situación en que se encontraban. ¿Y si no bebemos más que esto? ¿Y si…?, siguió pensando. Era un pensamiento difícil de quitarse de la cabeza, y más cuando la tenía junto a ella, tan preciosa y tan atractiva. Sin darse cuenta apenas, buscó la mano de ella y la estrechó con la suya.

En un intento porque aquella situación no se volviera incómoda, y también por dejar a un lado aquellos pensamientos tan ‘pecaminosos’, Gwendoline hizo una pregunta tan típica y socorrida de aquellas fechas que ya era un cliché: los propósitos que aquellos dos tenían para el nuevo año que entraba. Ella tenía sus propios propósitos, pero dudaba que pudiera exponerlos ante aquellos muggles: aprender oclumancia, seguir perfeccionando las técnicas que le había enseñado el maestro de Hemsley en Japón, proteger a Sam, dejar la Orden del Fénix… y, por supuesto, ser la mejor novia del mundo. Aquello podía decirlo libremente, sí… pero le daba vergüenza hacerlo.

Sam volvió a sorber de su pajita, y por la cara que puso, el alcohol de la bebida no se había evaporado todavía. Gwen se acercó la suya a los labios, dio un sorbito por curiosidad y… ¡Por favor, esto es como beber aguarrás! También ella puso cara de estar bebiendo zumo de limón puro.

Una vez más se encontró un tanto fuera de lugar en aquella conversación respecto a los propósitos de año nuevo… que ella misma había iniciado. Se estaba dando cuenta esa noche de que era pésima para las relaciones con personas fuera del trabajo. Se notaba la falta de experiencia en lo que a amistades se refería: con Sam y Caroline podía hablar prácticamente de cualquier cosa, y en cambio, allí estaba ella, como novia florero, mientras Sam llevaba el peso de la conversación.

Esto hay que solucionarlo, pensó Gwendoline, después de que Daniel expusiera su dramático propósito de año nuevo. Y mientras Sam tenía unos pensamientos muy parecidos a los suyos y que evidentemente a Gwen se le escapaban, la morena confesó los suyos.

—Yo me propongo trabajar un poco menos y hacer un poco más de vida social. Siempre y cuando la vida me lo permita, claro.—Se encogió de hombros, llevándose de nuevo la pajita a los labios y sorbiendo. Craso error, pues a lo tonto, en aquellos pequeños sorbos estaba enviando más alcohol a su organismo del que pretendía.


01:03 horas

Por suerte para ella—y para su reducida experiencia en tratar con personas fuera del entorno laboral—, la morena pudo asumir un rol secundario en todo aquello, siendo una mera observadora que sostenía una copa medio vacía entre sus manos. Y es que Peter empezó a disparar anécdotas una tras otra, anécdotas curiosas y graciosas que mantenían al pequeño grupo de cuatro que habían formado delante de la isla de la cocina entretenido. El ambiente era distendido, y Gwendoline empezaba a sentirse cómoda.

No obstante, Santi apareció anunciando un juego de beber cuyo comienzo era inmediato. No, eso sí que no. No quieras probar hasta qué punto puedo ser antisocial, Marrero, pensó Gwendoline, que no estaba dispuesta a participar en juego alguno. Después de todo, reunía dos de las cosas que peor se le daban: jugar, y beber. Era mala a casi todo tipo de juegos, y siempre perdía. ¿Y en qué se traducía perder en un juego de beber? Bueno… pues en beber. Gwendoline Edevane no bebería más alcohol del estrictamente necesario esa noche.

Sam protestó a su manera por el juego de beber, aunque la morena no tenía claro si protestaba por los chupitos, o por no beber a secas. Sabía que a la rubia le gustaba beber para divertirse, y no sería ella quien le dijera lo contrario. Sin embargo, no tenía pensado participar en semejante peligro. No quiero hacer ninguna estupidez ni arruinar esto, pensó, recordando una vez más aquel beso durante los carnavales. Suerte que había sido solo un beso, y no una locura peor.

—Yo no voy a beber un triste chupito.—Aseguró Gwendoline en voz baja, justo después de que Sam calificase de panda de borrachos a los presentes. Peter, por su parte, alzó la botella con entusiasmo, a lo que Gwen le señaló con un dedo índice acusador.—Me estabas cayendo bien, Peter. No animes a Santi, que ya se anima él solito.—Dijo, medio en broma, medio en serio, pero sonriendo de manera divertida.

Después de aquello, la morena dejó a un lado su copa. Literalmente, la dejó abandonada, todavía llena hasta algo menos que la mitad, y se dirigió al salón junto a Sam. Allí, el juego de beber estaba a punto de dar comienzo, y Gwen supo que no quería saber nada. Santi, por su parte, las llamó con entusiasmo, y la morena dijo que no con la cabeza.

—No, lo siento. Jugad vosotros.—Y como sabía que venía en camino una insistencia por parte de todos—incluida Caroline—, Gwendoline prefirió ahuecar el ala. ¿Hacia dónde? Bueno, pues hacia el jardín. Se encaminó en dirección a la cocina, donde todavía se encontraban Daniel y Peter, y con una sonrisa les señaló el salón con el pulgar.—Os reclaman ahí dentro.—Y dicho aquello, cruzó las puertas que daban al porche trasero, que a su vez daba al jardín.

Se quedó allí de pie, dándose cuenta… de que se había agobiado un poco. La idea de participar en aquel juego le daba miedo porque no quería arruinar las cosas con Sam, tan bien como estaban yendo. Era la primera vez que se sentía así, y tenía miedo de fastidiarlo de alguna manera. Una Gwendoline borracha tenía todas las papeletas de arruinar las cosas. Y creo que estoy hiperventilando, pensó repentinamente, y se dio cuenta de que era cierto. Estaba muy nerviosa.

Justo en ese momento, escuchó a alguien acercarse a ella por detrás, desde la cocina.

—Santi, de verdad, no quiero participar en...—Había dado por supuesto que se trataría del español, y mientras se daba la vuelta, se dio cuenta de su error: era Sam, y su sola presencia fue suficiente para hacerla enmudecer. Compuso en su rostro una leve sonrisa, dándose cuenta por enésima vez de que tenía la novia más preciosa del mundo, justo delante de ella.—Claramente, tú no eres Santi.

Lo dijo por decir, llevándose al momento la mano derecha a la parte posterior de la cabeza. Estaba un poco roja, y todavía nerviosa. Se sentía incluso un poco ridícula por haberse puesto tan nerviosa. Pero aquello era algo importante, algo que debía hacer bien. Porque… Sam era la persona más importante de su vida. La más especial. Y quería que todo con ella fuera importante y especial...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ene 15, 2019 5:12 am

Había ido a quejarse a Santi sobre ese dichoso juego para beber, pues no había necesidad de jugar a eso cuando claramente cada uno podía beber a su ritmo mientras hablaban y reían, pero una cosa estaba clara: al parecer Santiago Marrero adoraba ese juego y se los había metido en la cabeza a su novia y compañía, por lo que estaban todos queriendo jugar. Y la verdad es que Sam no estaba con ganas de ser la aguafiestas de ninguna fiesta, por lo que decidió apartarse del juego y ya. Santiago jugaría con el resto tranquilamente y ella se quedaría con… Y fue entonces cuando se dio cuenta de que Gwendoline no estaba por ninguna parte. La buscó con la mirada, hasta que Daniel, que la había visto ir al jardín, le señaló el lugar por el que se había ido a Sam al ver que la estaba buscando. Le agradeció en un susurro y caminó hacia allí, siendo un poco consciente de lo que había hecho que se apartase del resto.

Abrió la puerta y pudo escuchar a una Gwendoline quejándose por un supuesto Santi muy pesado que ahora mismo estaba muy ocupado explicando las reglas de ese juego para beber. Sonrió cuando Gwen se dio la vuelta, viéndola a ella. —Oh, no. Merlín me libre de tener pene —bromeó divertida, como si esa fuera la única diferencia entre Santiago y Samantha: el pene. En fin, tras esa broma fácil, se acercó a ella y la miró de arriba abajo. —No soy experta en vestidos con tela de organza, pero con el frío que hace estoy segura de que eso no te abriga demasiado. Seguro que te entra frío por aquí. —Pasó su mano suavemente por la zona de los abdominales, donde se veía la piel de Gwen a través del vestido. —Y por aquí. —Pasó sus dos manos por la zona translúcida de sus brazos. —Por aquí… —Llevó una de sus manos a la zona de su escote, dando un leve y dulce golpecito a la tela con el dedo. No tocó nada, aunque sí que miró con una sonrisa traviesa. —¡Y ya no hablemos del frío que tienes que tener en esas piernas!

Y es que si de mitad para arriba aquel vestido era terriblemente bonito y sensual, de mitad para abajo era un reto para la imaginación, con posible riesgo de infarto. La gran mayoría de la parte baja dejaba ver la piel y las piernas de Gwendoline eran preciosas. Motivo principal de que no bajase la mano para señalar ninguna zona. La verdad es que la parte baja del vestido sólo le sugería querer meter la mano por el interior y era bien consciente de que eso no podía ser. Era una de esas tentaciones tan llamativas, aunque en sí toda Gwen era una tentación.

Así que dejó esa broma del vestido ahí, porque siendo Sam como era Sam, podría haber dicho mucho más. De hecho, si llega a tener más alcohol en vena, probablemente hubiese añadido algunas cosas más que quizás no debería decir. Otra cosa mala del alcohol: que también perdías el filtro. Por suerte no se había terminado la copa que le había hecho Daniel.

Miró al cielo pero para variar estaba nublado. Cada vez que quería bromear con besarla bajo las estrellas, ahora que podía, tenía el dichoso cielo nublado, ¿de verdad, tiempo, tú también ibas a atacar contra su mala suerte? Pero dejando eso de lado y con ambas manos acariciando sus brazos con suavidad, se centró en lo importante. —Has huido porque no quieres beber —adivinó sin problemas porque era bien consciente de lo poco amante que era Gwendoline con el alcohol y también de cómo era Gwendoline con alcohol en sangre. Además, la conocía. Lo mejor para no beber junto a borrachos era huir de los borrachos, de toda la vida. —Yo tampoco quiero beber. Y no sé por qué, pero… creo que ambas tenemos motivos similares para haber tomado esa decisión… —Sintió un escalofrío y se le erizó toda la piel, ya que estaban en pleno invierno, con esos vestidos, al aire libre en Londres. Y no debía de ser muy sano eso de salir de una casa calentita, al frío invernal de Inglaterra. —Bueno, creo. A lo mejor uno de tus propósitos de nuevo año es no beber para mantener una vida más saludable y yo aquí haciéndome mi propia película, ¿sabes? —Se mostró cómoda, o lo intentó al menos, con la conversación.

Y era complicado ese tipo de conversación. No por decirlo, porque Sam se veía con la confianza para decírselo, sino sencillamente por tener que admitir que estaba deseando hacer una cosa y el alcohol parecía la única manera de conseguirlo, pero mal. Y no quería darle la sensación a Gwen de que sólo era eso. O de que bebiendo iba a perder el control. O nada de eso. La verdad es que se ponía a pensarlo y no sabía ni por dónde empezar. Así que sencillamente… suspiró. —¿Tienes miedo de lo que pueda pasar? —le preguntó directamente, a riesgo de que le dijese que era idiota.

Pero prefería ser directa y si tenía que ser idiota, sería idiota. Sam no tenía intención ninguna de hacer nada con ella estando ambas borrachas. Por mucho que no fuese su primera vez, sí era su primera vez con Gwen y sí, quería que con ella todo fuese perfecto y estaba convencidísima en que ella viviese todo eso de manera perfecta. Haría todo lo necesario para no decepcionarla y tenía muy claras sus intenciones con ella. Y nada de eso ocurriría estando borrachas. En realidad el miedo de Sam no era más que sobrepasarse siendo demasiado intensa y pesada, quizás con comentarios muy subidos de tonos o sin poder evitar que la dichosa mano se colase por debajo de su vestido.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Ene 15, 2019 2:50 pm

De repente, al tener a Sam frente a ella, Gwendoline se sintió como una completa estúpida. Como si hubiera reaccionado de manera exagerada a algo que realmente no era para tanto. Ese sentimiento, ese sentirse fuera de lugar y más dramática de lo que había sido nunca, se tradujo en una sonrisa avergonzada. No es como que nadie vaya a forzarte a beber si no quieres, se recordó con una voz interior suave y calmada. Y, como si fuera poco, Sam hizo aquella broma, la cual la hizo sonreír de nuevo. Abrió la boca para responder algo, a saber qué, pero enseguida se quedó sin palabras. La forma en que Sam empezó a tocarla la hizo sonrojarse, y seguir el movimiento de su mano con la mirada. Ya no recuerdo lo que iba a decirle, pensó.

¿Cómo podía ser que fuese capaz de desarmarla de aquella manera, simplemente tocándola a través de la tela de un vestido, y ni siquiera en zonas sensibles de su cuerpo? El temor que sentía hacía unos segundos volvió con fuerza: no quería hacer nada de lo que se arrepintiera, y pese a que sabía que no se arrepentiría de hacerlo con Sam, sí se arrepentiría de hacerlo en las circunstancias equivocadas.

Tras el último toque de los dedos de Sam, justamente en la zona del escote, Gwendoline alzó la mirada para encontrarse con la de Sam. Su novia sonreía de manera traviesa, y ella se esforzó por responder a esa sonrisa, aunque le costó un poco. Tenía las mejillas rojas, y podría jurar que no sentía el intenso frío que sabía que hacía. Quizás se debiera al poco alcohol que había consumido, o quizás se debiera a su estado en ese momento. Pero allí estaba ella, posiblemente cogiendo un resfriado, sin darse cuenta.

Estaba sin palabras, y cuando Sam se volvió para mirar al cielo nocturno, Gwendoline se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Dejó escapar el aire de sus pulmones en un suspiro tembloroso. ¿Cómo podía ella, y solo ella, conseguir que le latiera el corazón a la velocidad que le latía entonces? ¿Cómo podía Sam conseguir aquellas reacciones por su parte? ¿Y cómo puede conocerme tan bien?, se preguntó cuando Sam volvió a hablar. Había dado en el clavo, definitivamente.

Asintió con la cabeza, a modo de confirmación, y buscó las palabras para expresarse. No las encontró: si estaban ahí, su boca no parecía dispuesta a verbalizarlas. Así siguió asintiendo con la cabeza, y finalmente, cuando Sam le preguntó si tenía miedo de que pudiera pasar algo… ahí sí fue capaz de hablar.

—No. Eso no me da miedo.—Reconoció, bajando la mirada y clavándola en el suelo del porche. Sus manos buscaron la barandilla, a fin de no empezar a moverse nerviosamente.—De hecho… es lo que más quiero en estos momentos.—Se atrevió a levantar un momento la mirada en dirección a Sam. La miró de reojo solamente un par de segundos, como para calibrar su reacción, antes de volver a mirar al suelo.—Es que… ¿te has visto? ¡Por favor, estás irresistible!—Sonrió, dándose cuenta de que había utilizado ese mismo adjetivo antes, para volver a adoptar una expresión seria.—Me has hecho descubrir sentimientos y… deseos... que no sabía que estaban ahí.

Alzó la mirada, pero no la fijó en Sam, sino en el jardín en penumbra por delante de ellas. Dejó escapar un suspiro largo, más tembloroso que el anterior, con el corazón acelerado y la boca repentinamente seca. Estás nerviosa, definitivamente. ¡Hazme el favor de no entrar en pánico!, se dijo a sí misma. Prosiguió con lo que estaba diciendo.

—Lo que me da miedo de todo esto… es que bebamos, que se me vaya de las manos, que ocurra, y una vez me despierte por la mañana, no recordarlo. O recordar algo sucio, vomitivo, empañado por el alcohol...—Bajó la mirada de nuevo. Sus manos apretaban la madera de la barandilla con fuerza, y sus dedos se habían puesto blancos.—Quiero que sea perfecto.—Concluyó, y tras unos segundos de contemplar la apasionante barandilla del porche trasero de Santi, se atrevió a mirar a Sam.—¿Estoy loca? Ya sabes, yo creo que no: hay precedentes de que pierdo los papeles cuando bebo demasiado. ¿Te acuerdas de la fiesta de carnaval? ¿O del Magicland?

Vale, ciertamente no había precedentes de que Gwendoline Edevane hubiera intentado jamás tener sexo con nadie cuando estaba borracha. Sin embargo, jamás había deseado el sexo con nadie. Todos aquellos deseos habían nacido en ella casi al mismo tiempo que sus sentimientos hacia Sam. Y en el último año, aquellos impulsos de borracha casi siempre acababan besando o intentando besar a la que ya podía llamar su novia. ¿Resultaba descabellado pensar que una de aquellas locuras de borracha la llevase a quedarse en cueros delante de ella, pidiéndole que la hiciera suya? No le parecía imposible… y no quería tentar a la suerte.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ene 15, 2019 10:15 pm

Soltó aire por la nariz, ciertamente divertida, cuando Gwendoline reconoció haber descubierto sentimientos y deseos que no sabían que estaban ahí, como preocupada. ¿Se lo decía o se lo contaba? Ella todavía estaba en proceso de entender cómo es que su amiga de toda la vida, Gwendoline Edevane, había conseguido despertar eso en su interior en el momento más extraño de su vida. Pero había aparecido allí, entre ellas, sin motivos aparentes, tras el misterio que nadie entendía. Pero el amor nacía cuando tenía que nacer, en el caso de ellas después de pasar años separadas y darse cuenta una era una pieza indispensable en la vida de la otra.

Continuó escuchándola sin reprocharle estar hablándole al jardín y al suelo. La rubia era bien consciente de lo difícil que era hablar de estos temas, sobre todo cuando era la primera vez que lo tocaban. Así que se remojó los labios mientras la escuchaba, entendiéndola a la perfección. Una cosa era tener sexo puntual estando borrachas y otra muy distinta tener tu primera vez por perder el control estando ebria y ni recordarlo. Sam la comprendía y de hecho es que no tenía intención ninguna de propiciar eso, ni en broma. Sabiendo lo que sabía de la inexperiencia de Gwen y lo mucho que la quería, ahora mismo Sam lo único que quería era que todo para ella fuese la mejor experiencia y ofrecerle su mejor versión. —Nunca me podré olvidar de lo de la fiesta de carnaval. La fiesta en la que más ligué en mi vida e iba con la cara tapada, ¿casualidad? No lo creo. —Se permitió bromear, para entonces mirarla con dulzura. —Lo del Magicland no cuenta. Si tu intención era decirme algo, lo hiciste bien. Fui yo que no entendía nada y me dio miedo pensar en lo que podría pasar —respondió, siendo consciente de que eso ya era agua pasada.

Y habían algunas cosas claras. La primera que no quería que ninguna de la dos se cohibiese de ser cómo era sencillamente para que nada se les vaya de las manos. La segunda que contra todo pronóstico: ahí estaba, con un sentimiento tan fuerte hacia ella que estaba preocupada por echarlo a perder y que a la vez sentía… que era una responsabilidad muy grande. Y es que por mucho que Sam ahora mismo, ahí, delante de ella y viéndola vestida con ese vestido tan seductor, sólo pudiese pensar en una cosa con ella, habían muchos factores que la echaban para atrás. Ella quería poder acercarse a ella, que si bien le ponía nerviosa el simple hecho de pensar en hacerlo con Gwen, creía que pasado ese umbral de vergüenza todo ocurriría con naturalidad. El problema de Sam no era de Sam con respecto a Gwen, sino de Sam con respecto a sí misma. Esa falta de confianza, de autoestima, el no gustarse y aferrarse a las cicatrices—nunca mejor dicho—del pasado le hacían mostrarse insegura y que ese pasito no fuese tan fácil de dar, cuando para ella en el pasado siempre fue fácil de dar.

Es por eso que cuando Gwen empezó diciendo que era lo que más quería en esos momentos, que Sam ni se preocupó en bromear con ello. Y es que por mucho que se mostrase segura con esos temas, sencillamente porque ya los ha vivido, sentía que no le iba a ser tan fácil. Y no, después de lo que había vivido no iba a ser fácil acostarse con su mejor amiga. ¡Bueno, ni con nadie! ¡Pero si le añadimos el dato 'mejor amiga' peor lo poníamos!

Se colocó al lado de Gwen, junto a la barandilla y le devolvió la mirada. —No va a ser hoy. Me da igual lo borracha que estés y cómo intentes seducirme, pero hoy no va a pasar nada. Yo tenía reparo en beber porque no quería… pasarme de la raya porque me puedo volver muy intensa, pero no hasta ese punto. No nos vamos a acostar juntas por primera vez en compañía del alcohol, eso te lo prometo —le dijo con claridad, dando un pasito hacia adelante para acercarse a ella. —No sé cuándo ocurrirá: si mañana, en una semana o dentro de un mes. Y no hay prisa… cuando surja, pues surgirá. Y será perfecto porque… —Subió una de sus manos por el brazo de Gwen, acariciándolo y siguiéndolo con la mirada. Al final, volvió a fijarla en sus ojos— ...porque somos tú y yo. —Sonrió. Entonces tragó saliva. —Y no quiero que te preocupes por evitarlo, ni que tengas que medir cuánto bebes, ni nada. No va a ocurrir nada de lo que te vayas a arrepentir porque yo no voy a dejar que hagas nada de lo que te puedas arrepentir.

Y si se daba ese descabellado caso en donde Gwendoline se presentaba borracha, en cueros, delante de Sam mientras le pedía que le hiciera suya. Sam cogería, la metería en la cama con ella, la abrazaría y con tres mantas encima se quedarían dormidas. Y daba igual el estado de embriaguez de Sam. Podría pasarse de la raya un poquito y excederse en picardía, pero a la hora de la verdad no perdía tantos los papeles.

Aprovechando que estaban hablando de eso y viendo la oportunidad delante de ella, pues era consciente de que volver a sacar el tema quizás era complicado, Sam llevó su mano fría hacia la de Gwen, entrelazando sus dedos. Las subió a la altura de su pecho, teniéndolas como foco de su mirada. —Tampoco quiero que pienses… —No sabía cómo decirlo, por lo que esbozó una pequeña sonrisa y la miró, empezando de nuevo:—Antes de que tú despertases esto en mí, te prometo que yo pensé que de esa etapa de… 'apatía interior' no iba a salir. —Eso de ‘apatía’ había sonado muy bonito, pero tampoco quería sonar triste ni dramática, simplemente hacerle ver lo que quería mostrarle. —Te juro que no sentía nada. No sentía interés por nada, ni nadie. Nada me ilusionaba, nada me motivaba. De verdad que si Henry estaba roto de la cabeza, yo estaba rota aquí dentro. —Y llevó la dos manos a su pecho, a donde estaba su corazón. Ella la miraba a los ojos. —Y… —No, no le salía decir lo que quería decir. ¿Pero cómo podía decirle que todavía estaba llena de inseguridades? ¿Que los complejos seguían ahí uno tras otro? Chasqueó la lengua, con un sentimiento de que no tenía que haber dicho nada. — ...bueno, da igual. —Subió las manos sujetadas hacia sus labios, para besar el dorso de la de Gwen. Se le notaba nerviosa, de ese nerviosismo que te pone las orejas rojas y no te ordena las palabras, pero en realidad es que Sam no sabía cómo explicarse y...  no sabía si debía de hacerlo, o sencillamente dejarlo estar.

Y es que le daba un poquito de miedo que ese día llegase y ella no estuviese preparada. Pero no preparada con Gwen, sino preparada consigo misma. Ella veía a Gwen y comenzaba a arder su interior entrándole ganas sólo de ella… pero luego seguía sintiendo esa presión consigo misma. Y no quería volver a culparlos, de verdad que quería olvidarse ya de ellos y dejar que dejasen de tener importancia en su vida incluso después de muertos, pero… no podía. Al fin y al cabo, esa Sam rota había sido rota por ellos y tenía la sensación de que por mucho que hubiese curado las heridas superficiales, el veneno seguía dentro. Y le daba muchísima rabia lo débil e insegura que se sentía consigo misma por culpa de ellos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 16, 2019 2:28 am

A pesar del estado de nervios en que se encontraba, y del hecho de que una parte de sí misma deseaba fervientemente meter la cabeza debajo de la tierra, como una avestruz, el comentario de Sam respecto a la fiesta de carnavales le arrancó una sonrisa divertida. Fue una sonrisa traicionera, de esas que se te escapan en los momentos dramáticos, y vino acompañada de un bufido. Y es que si bien entonces todavía no llegado al punto de estar locamente enamorada de Sam, recordaba haber sentido algo más que instinto protector hacia ella cuando vio a aquel Spiderman posar sus labios sobre los de ella. Quiso imaginarse esa misma situación en la actualidad… y solo pudo visualizarse sacando la varita y conjurando algún maleficio hacia aquel chico.

Reconocía que se sentía un poco mejor después de habérselo contado. Se había quitado un gran peso de encima, y ya no se sentía temblar como un flan. Aunque, con este frío, podría empezar a temblar de nuevo, pensó mientras se abrazaba a sí misma y empezaba a masajear sus brazos con las manos.

Una vez Sam empezó a hablar, se sintió decepcionada y aliviada a partes iguales: por un lado, Gwendoline deseaba con todo su ser estar a solas con ella, quitarse aquel vestido rojo—o dejar que ella se lo quitara—y entregarse a su cuerpo y a sus besos; por otro lado, sentía que no estaba preparada para algo así, que era demasiado pronto. ¿Y qué fue lo que ganó al final? Por supuesto, el alivio. Y es que, con o sin alcohol, Gwendoline quería que todo aquello fuera especial. Porque Samantha Lehmann era una persona muy especial, la más especial en su mundo.

Sus palabras acabaron resultando ser confortables. Incluso cuando acarició su brazo, y Gwendoline sintió que se derretía por dentro una vez más, se sintió bien. Se sintió protegida, no necesariamente frente al peligro sino frente a la inseguridad y el miedo. Y es que Sam también tenía miedo, aunque fuera por otros motivos.

Y entonces… esas palabras. Gwendoline miraba a Sam a los ojos, sorprendida. Se había vuelto a poner roja, pero a diferencia de otras ocasiones, no apartaba la vista de ella. Y poco a poco fue apareciendo una sonrisa en sus labios.

—Será perfecto porque somos tú y yo.—Repitió, bajando por fin la mirada. Le seguía costando mantener la vista alta cuando tenían lugar conversaciones así, pero se obligó a volver a mirarla.—Me gusta mucho cómo suena eso.—Añadió, con sinceridad.

Entonces, Sam continuó hablando, y se ganó toda la atención de Gwendoline. Un poco más seria, la morena escuchó cómo la rubia intentaba poner en palabras algo que claramente le resultaba muy difícil explicar. Sabía lo que se sentía al buscar palabras para expresar algo que estaba tan claro dentro de la propia cabeza, pero que luego resultaba casi imposible de verbalizar. Sin embargo, en cuanto empezó a hablar de ‘apatía interior’, ya la desmemorizadora tuvo claro por dónde iban los tiros. ¿Quién si no los tres de siempre, esos que ni muertos dejaban descansar a nadie? Se tensó un poco solo de pensar en ellos, imaginándose las cosas que les haría de tenerlos delante una vez más… y no quiso seguir con esa línea de pensamiento. No era sana, igual que no lo había sido aquel deseo momentáneo de asesinar a McDowell después de la muerte de iO.

Con su mano sobre el pecho de Sam, sintiendo los latidos de su corazón, y sus ojos verdes puestos en los azules—castaños en ese momento—de la legeremante, vio como ella era incapaz de terminar de explicarse. No hacía falta, pues la entendía.

—Lo que está roto puede arreglarse.—Dijo Gwendoline.—Tal vez no con magia, pero sí… con tiempo. Con cariño. Y quizás lo que voy a decirte suene muy precipitado, pues solo hemos sido novias desde hace dos semanas, pero...—Dio un pasito hacia ella, quedándose tan cerca que solo un paso más sería suficiente para que se dieran un beso.—...mi tiempo y mi cariño son tuyos. Con gusto te los doy. Voy a estar siempre a tu lado.—Llevó entonces su mano libre al rostro de Sam en una suave caricia, y se acercó un poquito más a ella.—Te quiero… No. Te amo.—Sintió la necesidad de matizarlo, pues teniendo en cuenta que se habían dicho siempre muy a menudo que se querían siendo amigas, la diferencia era importante.

Y para sellar aquellas palabras, Gwendoline la besó en los labios. Cerró los ojos y se entregó a ella de esa manera para la que sabía que sí estaba preparada. Quizás no estuvieran preparadas para dar aquel otro gran paso, pero ese… ese ya lo habían dado.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ene 16, 2019 3:43 am

Esbozó una sonrisa cuando dijo que lo que estaba roto podía arreglarse, por una parte porque no tenía que haberle dicho nada más para que supiese a lo que se refería y por otra porque sentirse 'rota' y que lo dijera otra persona hacía que sonase todavía más divertido. Y triste, también sonaba un poco triste. Sin embargo, se quedó con lo que dijo: tiempo y cariño lo solucionarían, tarde o temprano. Y no entendía como podía pensar que se estaba precipitando, si es que llevaban compartiendo tiempo y cariño desde hacía mucho, muchos años. —Me llevas dando tiempo y cariño mucho tiempo, no solo las dos semanas que llevamos juntas —le respondió con una sonrisa agradecida, con su mano libre jugando con uno de sus mechones de pelo, cerca de su rostro. Y un dato que no venía mucho a cuento: le encantaba su pelo. Moreno, largo, cargado de personalidad y suavidad... Siempre se lo había dicho.

La cara que se le quedó a Sam al escucharle decir ese te amo, fue probablemente la de una persona que intenta evitar emocionarse de más, sonriendo sin poder evitarlo. —Y yo a ti... —Y tras colocar ese mechón de pelo por detrás de su oreja, entrelazó sus dedos con los que caían por su nuca, acortando las distancias junto a ella para poder besar esos labios.

Y es que precisamente en ese momento, ella podía pensar que no habría nada que pudiese entrometerse entre Gwendoline y ella y que un beso como ese podría ser el preludio de algo todavía más maravilloso entre las dos. Pero esa sensación que tenía de inseguridad era como un continuo muro invisible que envolvía de dudas a cualquiera. ¿Pero sabías qué? Se había quitado un peso de encima contándoselo—o más bien haciendo que ella entendiese—y haciéndole saber que Sam tampoco tenía prisa. Quería pensar que cuando tuviera que pasar, las dos estarían preparadas. Y no iba a preocuparse de eso más hasta que ocurriese. Era de idiotas preocuparse por eso teniendo a alguien como Gwen al lado, la persona que mejor le ha comprendido siempre.

Entonces comenzó a sentir eso. Ese cosquilleo.

Ojalá hubiese sido un cosquilleo sensual en bajo vientre, o ese de las mariposas en el estómago, o quizás ese producido por las chispas ardientes de un deseo indescriptible... Pero no. Nada de eso era posible con el frío que hacía ahí fuera. El cosquilleo que comenzó a sentir fue en la nariz, ese exordio que te guía hacia el camino de la liberación. Inevitablemente sonrió al ver lo que estaba a punto de pasar y, al sonreír, dejó de besar a Gwen. Le dio tiempo a murmurar una pequeña cosa. —Lo siento... es que...

Se giró hacia un lado, llevándose la mano a la boca. Un suave, agudo y tímido estornudo salió de sus labios. Fue a recuperar su posición pensando que solo era uno pero... Sam era de estas personas en la vida que no se queda a gusto con un solo estornudo fuerte, sino que ella daban muchos seguidos y pequeñitos. Así que volvió a girarse y estornudó dos veces más. Automáticamente volvió a sentir que se le erizaba toda la piel por culpa de un escalofrío. —Madre mía... que me muero. —Todos sabíamos que a Sam le gustaba meter drama en su vida de manera aleatoria. Y eso que le encantaba estornudar. —Vamos dentro. —Le pidió con la nariz ligeramente roja. No sabía si Santi había comprado de esos cotillones, pero a ella ya no le hacía falta la nariz de payaso.

No había nadie en la zona de la cocina, por lo que tras entrar caminó hacia la mesa para coger un pañuelo y sonarse un poco. Era como una manía: si estornudabas, te sonabas, no fuese haber por ahí un moquito traicionero saludando a todo el mundo. Cuando terminó lo tiró a la basura y miró a Gwen, apoyándose en la encimera de la isla central, con un tono de reproche. —Me voy a resfriar por haberte ido a buscar a la intemperie. —Y entonces se escuchó una risa al unísono en el salón, pues al parecer todos estaban jugando y echándose unas risas con el juego de beber del español. Que otra cosa no, pero divertido era un rato. Bueno, todos no estaban jugando, pues se escuchaban a Adrian y Courtney estaban hablando animadamente en el pasillo, en un intento de querer escaquearse del juego de Santi para hablar entre ellos. —Entonces... ¿qué quieres hacer? —preguntó entonces a Gwendoline, señalándole con la mirada la botella de ron y la garrafa de agua. Evidentemente si no quería beber no pasaba nada, se irían con un vasito de agua al salón. O siempre podrían echarse refresco y fingir que era una mezcla para que Santi no estuviese toda la noche quejándose al respecto, que al parecer beber en fin de año era indispensable para en España para tener un buen comienzo de año.

A Sam le daba igual beber agua o refresco, pero sí tenía claro que no iba a beber si ella no lo hacía. Lo que esperaba que si no quería, no fuese por el mismo motivo de antes y que esas preocupaciones de verdad le hubieran desaparecido.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 16, 2019 9:11 pm

Cuando sus labios se unían, el mundo alrededor parecía desaparecer, y del mismo modo, el tiempo parecía detenerse. Y, desde su punto de vista más egoísta, esto podía perfectamente suceder y a ella le vendría dando igual. Porque lo único que importaba eran ellas dos: Sam y Gwen. Demasiado tiempo había perdido durante todo el año anterior haciéndose aquellas preguntas, cuestionándose sus sentimientos, y ahora quería ser egoísta. Quería estar con ella y que ella estuviera a su lado. ¿Qué importaba si Sam creía estar rota? ¿Qué importaba si Gwendoline no se sentía preparada para dar el paso que quería dar con ella? Nada importaba: cuando se besaban, todas aquellas dudas se difuminaban, y si por ella fuera, habría alargado aquel instante eternamente…

...y entonces, Sam estornudó.

Se quedó un tanto extrañada cuando la rubia se separó de ella, y casi de inmediato, su mente se puso a divagar. ¿He hecho algo mal? ¿Le he dicho algo malo, se preguntó. Todo ello en la fracción de segundo que pasó desde que Sam le pidió disculpas y que empezó a estornudar. Así era la mente de Gwendoline: hiperactiva, y casi siempre en el lado más negativo de las cosas.

Y entonces, Gwendoline empezó a reír. Se llevó ambas manos a la boca, mientras Sam continuaba estornudando una y otra vez. ¿Era normal que le pareciera extremadamente adorable incluso entonces? Cada aspecto de ella se lo parecía, incluso cuando estaba enferma en el sofá, con su pijama y su manta, viendo Netflix con cada de desear morirse. La adoraba para lo bueno y para lo malo, y desde su punto de vista, no tenía defectos: solo aspectos de una personalidad que adoraba.

Se acercó a ella cuando, tras terminar la ráfaga de estornudos, aseguró que se moría. Samantha Lehmann, tan dramática como siempre. Otro aspecto de su personalidad que adoraba y mucho. Gwen la miraba con una amplia sonrisa y asintió con la cabeza ante su petición.

—Venga, vamos.—Dijo, cogiéndola de la mano para volver al cálido interior de la vivienda que Santiago Marrero compartía con un montón de gente cuyos nombres Gwen apenas recordaba. Gracias daba de acordarse de Daniel y de Peter.

Los cuales, por cierto, habían desalojado la cocina. Lo primero que Sam hizo nada más entrar fue hacerse con un pañuelo y sonarse la nariz. Una vez llevada a cabo dicha tarea, llegó el reproche. Gwendoline, en esta ocasión, no perdió la sonrisa y se acercó a ella, tomándole las manos con las suyas. Se dio cuenta de que las de Sam estaban muy frías, más que las suyas.

—Te pienso compensar.—Aseguró, mirándola a los ojos, todavía sin perder la sonrisa.—En cuanto lleguemos a casa, te daré una de mis pociones pimentónicas, luego nos quitaremos estos elegantes y provocativos atuendos, nos meteremos en nuestros pijamas favoritos, y pasaremos toda la noche durmiendo entre mantas calentitas.—Alargó la ‘o’ de la palabra ‘toda’, de tal manera que en realidad dijo ‘toooooda’.—Y como muy probablemente la noche ya será casi mañana cuando volvamos a casa, pasaremos también el resto del día en cama. Podemos ver alguna romedia de temática navideña, o Solo en casa. Estoy segura de que algún canal de televisión la estará emitiendo.—Seguramente, ya estuvieran emitiendo Solo en casa o alguna de sus secuelas, Sam querría ver una de sus romedias. O dos, o tres.—Y habrá chocolate caliente, por supuesto. ¿Qué te parece el plan?

De fondo, se escuchaba la risa de los presentes en el salón, y por cómo reían, tal parecía que se hubieran olvidado por completo de ellas. Gwen estuvo a punto de sugerir que se marcharan a pasar tiempo juntas… pero no lo habría sugerido en serio. Con el tiempo, ella también había considerado a Santiago Marrero un buen amigo, y eso sin mencionar a Caroline. No se sentía orgullosa de haber salido corriendo al mínimo ataque de pánico, por lo que no se iba a repetir aquello.

—Pues...—Gwendoline se llevó un dedo a la barbilla en gesto pensativo ante la pregunta de Sam, y desechó por completo las dos opciones sugeridas. Haciendo gala de una confianza que daba asco, se volvió en dirección a la nevera y la abrió sin ningún tipo de pudor. No se inclinó delante de ésta como solía hacerse en las películas. ¿Quién se inclinaba delante del refrigerador en la vida real? Su mirada se paseó por el contenido de la nevera repleta, encontrándose multitud de tupperware etiquetados con lo que contenían y los nombres de sus propietarios, y enseguida dio con lo que buscaba: cerveza. Un pack de seis cervezas austriacas, nada menos.—Creo que le voy a robar a...—Gwendoline extrajo dos de estas cervezas del pack, y leyó la etiqueta que tenían pegada: Para Mia, decía.—...aparentemente a ti, un par de cervezas.—Gwendoline se volvió, mostrando a Sam ambas cervezas, y cerrando la nevera de un suave golpe de talón en la puerta.—Por si tenías alguna duda, Santi te quiere de verdad.—Sonrió Gwendoline.—¿Te apetece un poco de cerveza? Creo que con esto sí podré comportarme como un ser humano.

Gwendoline caminó con ambas latas hacia la isla de la cocina para verterlas en un par de vasos de plástico. Antes de poder hacerlo, Santi asomó procedente del salón, con lo cual la mirada de la morena se fijó en él. Apareció caminando casi de espaldas, diciéndole algo en español a—supuso Gwendoline—Daniel, el único que hablaba ese idioma entre los presentes. Entonces, se giró con una gran sonrisa… que se convirtió en una dramática decepción cuando vio lo que Gwen tenía en las manos.

—¡Eh, no! ¡No, no, no!—Dijo Santi. No pronunció toda esa ráfaga de ‘noes’ al estilo inglés, sino al estilo español.—¡Esas estar reservadas para final de fiesta! Remedio para resaca, como decir Mia.

Gwendoline intercambió con Sam una mirada de complicidad y una sonrisa traviesa. Recordaba aquellas palabras, cargadas de sabiduría, que Sam le había dicho durante el Magicland: que la cerveza evitaba la resaca, y que servía para seguir bebiendo e hidratarse al mismo tiempo. Por lo que a la morena respectaba, tenía intención de empezar a ‘hidratarse’ desde el principio.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ene 17, 2019 2:38 am

Después de sonarse y quejarse, Gwendoline se acercó a ella y sujetó sus manos. En comparación, hasta las de ella parecían calentitas con lo fría que se le ponían las manos a Sam. Sin embargo, no dijo nada al respecto, escuchando como tenía planeado su chica compensarle ese posible resfriado y esas manos frías. Y jopé, ¿podía ser un mejor plan? ¿Pasar todo el día con Gwendoline haciendo nada, mientras se abraza a ella bajo la mantita y ven una película en la que comentarán todos los detalles, hasta que se aburran y prefieran comentarse ellas a besos? —Me parece un plan maravilloso si quitamos lo de ‘Solo en casa’ y dejamos la apuesta de la romedia, pero... —Y miró a sus ojos con una sonrisa un poco traviesa. Y es que de todo lo que había dicho había una cosa que le encantaría matizar, pero le daba vergüenza matizarlo sobre todo después de haber hablado de lo que acababan de hablar, por lo que podría sugerir. Así que dio un pasito hacia atrás sin soltarle las manos y la miró de arriba a abajo. Cuando Gwen le miró con cara de no saber a donde quería llegar ese ‘pero’ tan misterioso, Sam volvió a dar un paso hacia adelante, pero esta vez para acercar sus labios a su oreja. Lo iba a susurrar, hasta que finalmente soltó un leve suspiró allí, en su oído, sonriendo sin remedio: —Te iba a decir algo muy pícaro, así en tono super seductor, pero me ha dado muchísima vergüenza y aquí estoy, confesándotelo como una idiota. —Y apoyó su frente en el hombro de ella, riéndose. Entonces volvió a alzar al cabeza, besó la mejilla de Gwen y le volvió a susurrar: —Después de la conversación que acabamos de tener, no me parecía adecuado decirte que me dejases quitarte el vestido a mí. —Y con una sonrisa juguetona y una mirada sugerente, se separó de ella lentamente.

¡Y es que Gwen no podía vestirse así de provocativa, así de sexy, así de atrayente y así de… perfecta, para luego dejar a Sam con las ganas de lo primero que había querido hacer desde que la vió! ¡Quitarle ese dichoso vestido! Y ojo, que lejos de tener intenciones secundarias, de verdad que Sam solo quería quitárselo mientras le acariciaba, en uno de esos momentos de descubrimiento. Y es que mira que llevaba años teniendo el dichoso cuerpo de Gwen delante de ella y no había sido hasta hace unos meses en el que se daba cuenta de lo hermoso que era.

Le siguió con la mirada cuando se acercó a la nevera, para entonces ver cómo sacaba dos cervezas del interior, mencionando a Santi y que la quería. Supo perfectamente porqué lo decía y es que Sam reconocía esa cerveza perfectamente. —¡Oh, unas Weibbier! —Exclamó ilusionada al verlas. —Qué mono es Santi… —Tuvo que decir por inercia al ver aquello. —Hará como dos meses le hablé de ellas. Es la marca favorita de mi padre y recuerdo que nunca he probado cerveza más buena que esa. De hecho es que tengo el recuerdo de que la cerveza me empezó a gustar después de probar una Weibbier. —Observó de cerca las que tenía su amiga en la mano, viendo la etiqueta, así como el porcentaje de alcohol. —Aunque estas son negras. No he probado nunca las Weibbier negras. —Pero vamos, estaba segura de que iban a estar tan buenas como las rubias.

Gwendoline iba a cometer la locura de verterlas en una vaso de plástico, pero justamente apareció Santiago para pararle los pies. Dijo que no muchas veces y Sam pensó que era porque iba a verter cerveza en un vaso de plástico, con lo mucho que sabían en un vaso de cristal. Pero no, lo que Santi negaba es que hubiese cogido las cervezas antes de tiempo. Sam no pudo evitar reír al ver que su tan fiel compañero quería seguir su remedio contra la resaca. A la rubia le pudo tanta monosidad por parte de aquel español y no pudo evitar acercarse a él para darle un fuerte abrazo. —¡Me encanta que seas alto! —Tuvo que decir, además, acostumbrada a abrazar siempre a personas más bajitas que ella. Se separó, para mirarlo. —¿Te ha costado mucho dar con la Weibbier? La has mandado a pedir, ¿a que sí? Mira que llevo tiempo viviendo en Londres y nunca la había visto venderse en ningún lugar. —Sintió que de repente esa realidad falsa que se había inventado, de nombre Amelia Williams, flaqueaba un poco. ¿Qué por qué? Primero porque técnicamente llevaba viviendo relativamente poco tiempo en Londres y, segundo porque… ¡joder, eran cervezas de Austria! ¿En qué momento se le ocurrió hablar de cervezas austriacas si se supone que Amelia Williams era alemana? Menos mal que Santi era demasiado amante de la cerveza como para caer en que su amiga Mia era en realidad alemana y que su nacionalidad en realidad era algo irrelevante, pues casi parecía británica. Suspiró un poco nerviosa, con ganas de querer reírse ante el reciente descubrimiento de su retraso. Tenía que decírselo a Gwen o no iba a parar de reírse ella sola durante toda la noche. —Y bueno, no seas aguafiestas, que hemos comido como gordas esta noche y como nos bebamos ron vamos a echarlo todo mañana. Además, ahí pone ‘Para Mia’, ¿quién es mía? —Se señaló el pecho. —Yo ser Mia. —A veces se lo tenía que repetir mucho porque ni ella se lo creía.

¿Tu llamarme a mí aguafiestas, Amelia Williams? ¿Tu reírte, encima, de mi inglés?

Así es, señorito. —Él abrió la boca, sorprendido. Indignado. En realidad estaba a punto de reírse y... de hecho no pudo evitarlo.

Tomaros la cerveza. —Dijo, sonriente. —Yo ahora poner música, que a mis amigos no jugar mi juego. Tú más vale bailar mucho. Cerveza en sangre, ¡principio del desmadre!

Sam le señaló con las cejas alzadas, sorprendida por ese pareado. Así que Santi se dirigió a la sala de estar, justo al lado de la cocina, para poner música de todo tipo, aunque sobre todo de esa que te hacía—siguiendo sus propias palabras—mover el culito. Sam entonces se dio la vuelta rápidamente antes de que Gwen vertiese las cerveza en el vaso de plástico. —Espera, espera. —Y se acercó a la despensa en donde antes Daniel había sacado los vasos. Vio allí tres jarras pequeñas típicas de cerveza, las cuales estaban a un lado, con una etiqueta que ponía ‘propiedad de Zeta.’ No sabía quién era Zeta ni que las había robado en su último trabajo, pero le prometía en el aire que las iba a cuidar muy bien. —Aquí mucho mejor —dijo, poniéndoselas sobre la isla para que vertiese ahí las cervezas. —No sé si te diste cuenta, pero... —Se apoyó en la isla con sendas manos, junto a ella, hablándole en tono de confidente. —Pero le he dicho que soy austriaca. Amelia Williams se supone que es alemana. —Y se llevó una de las manos al puente de la nariz, cerrando los ojos. —Soy un desastre, menos mal que Santi es muy feliz para darse cuenta de eso.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Ene 17, 2019 2:46 pm

Como Gwendoline se esperaba, Sam siempre defendería el ver romedias por encima de cualquier otra forma de entretenimiento audiovisual. Ya se lo esperaba antes de que la rubia empezara a hablar. Sin embargo, lo que no se esperaba fue lo que pasó a continuación.

Sam dio un paso atrás sin soltar las manos de Gwendoline, y entonces miró de arriba abajo a la morena. Ésta se quedó un tanto extrañada y, de verdad, no se imaginó ni por un momento en qué podía estar pensando su novia. Entonces acercó sus rojos labios a la oreja de Gwendoline—el suspiro de ella le erizó el vello de todo el cuerpo, como si hubiese pasado cerca una habitación cargada de electricidad estática—y le susurró algo… que hizo que se le subieran los colores. Ese algo también hizo que en su interior subiera la temperatura, y que sintiera ciertos cosquilleos… No pudo evitar sonreír, y para cuando Sam se separó de ella, la rubia sonreía de manera traviesa a su vez.

Se mordió el labio inferior, bajando un segundo la mirada por debajo de la cintura de su chica, y entonces volvió a mirarla a los ojos. Asintió varias veces con la cabeza, ensanchando una sonrisa en un rostro muy rojo. Tal vez estuviera nerviosa… pero sentía que sí estaba preparada para eso.

—Vale.—Asintió de nuevo, totalmente convencida. Se reservó una pequeña sorpresa para el momento en que Sam le quitara el vestido: no llevaba sujetador. Y una vez hubo aceptado la proposición, fue ella quien se le acercó para susurrarle al oído.—Hay trato siempre y cuando me dejes quitarte esa falda. Esa pierna tuya lleva volviéndome loca toda la noche.—Y soltó una pequeña risita nerviosa. También ella depositó un beso en la mejilla de Sam antes de separarse de ella.—¿Te parece un buen trato?

Gwendoline en realidad quería ver mucho más. Quería verla toda ella sin ropa, pero sabía que quizás no sería posible todavía: Sam había dado a entender que todavía convivía con sus traumas pasados, y su espalda era la prueba viviente de dichos traumas. Ahí sí que no pretendía Gwendoline presionar a la rubia, sabiendo lo delicado que podía ser el tema para ella. Porque una cosa era sentirse incómoda durante la primera vez, y otra muy distinta tener miedo a desnudarte por las cicatrices que un par de malnacidos decidieron que tenían derecho a dejar en tu cuerpo. Confiaba en que algún día Sam no tendría que ver esas horribles cicatrices cuando se mirara al espejo, y que volvería a sentirse cómoda con su desnudez, pero hasta entonces… Cariño y tiempo.

Con respecto al alcohol, y en honor a un sincero deseo de no ser una aguafiestas, Gwen rebuscó en el refrigerador de la casa de Santi una opción intermedia: algo que permitiera beber, pero sin pasarse. ¿Y cuál era esa opción? La cerveza, claramente. Y muy raro sería abrir cualquier nevera de cualquier casa de Londres—o del mundo, en general—y no encontrarse con cerveza. La vieja confiable estaba allí… aunque en este caso parecía ser una cerveza especial que Santi había comprado para su amiga ‘Mia’.

Sam se mostró ilusionada en cuanto vio las cervezas, y le explicó que le había hablado de esa marca a Santi hacía un par de meses. La marca favorita de su padre, nada más y nada menos. Aquellas palabras le dejaron claro a Gwendoline que de cervezas iría su noche, así que se dispuso a responderle. Abrió la boca para hablar…

...y entonces llegó Santi, negando repetidamente para luego asegurar que aquellas cervezas eran el remedio contra la resaca propuesto por ‘Mia’. Sam rió, Gwendoline también, y la rubia entonces abrazó con ternura al español; la morena, por su parte, dejó ambas latas sobre la isla de la cocina, esperando pacientemente. No convenía abrir la cerveza demasiado pronto, o se iría gran parte del gas. Y la cerveza sin gas perdía toda la gracia.

¿Había mencionado ya Gwen lo mucho que le gustaba ver a Sam en compañía de la gente con la que trabajaba en el Juglar Irlandés? Era casi como volver atrás en el tiempo, a la época previa a los Crowley, en que a pesar de todas las dificultades que pudiera tener que afrontar, Sam era feliz. Y sonreía a diario. Allí estaba Gwendoline, mirándolos embobada con una sonrisa, mientras bromeaban el uno con el otro.

Y por si fuera poco, las buenas noticias no se acababan ahí: el juego de beber no había tenido éxito alguno. Gwendoline se sintió repentinamente muy relajada, como si se hubiera quitado de encima de los hombros un gran peso. Nada de beber como locas, sin control, y hacer estupideces. Porque por mucho que Sam hubiera prometido que nada ocurriría aquella noche, igualmente Gwen no quería hacer el idiota de ninguna manera posible. Y pedirle a Sam que tuviera sexo con ella, borracha hasta las trancas, sería muy embarazoso. Especialmente si salía a la luz la ‘Gwen dramática y depresiva’, quien muy posiblemente empezara a lloriquear porque ‘Sam no la consideraba atractiva’. Sería embarazoso para ella, para Sam, y para todos los presentes.

Cuando Santi se fue, una Gwen todavía sonriente se dispuso a reanudar la tarea de verter ambas cervezas en sendos vasos de plástico. Abrió las latas, que emitieron un agradable sonido siseante cuando el gas se escapó de su interior, y estuvo a punto de conseguir lo que se proponía. Pero Sam la detuvo. La siguió entonces con la mirada y la vio abrir una de las alacenas, regresando con par de jarras de cristal en las manos, que parecían ser propiedad de una tal Zeta. Sin duda, aquella forma de beber cerveza era mucho más tradicional que en vaso de plástico, pero la morena estaba tan acostumbrada a beber de vasos de plástico en fiestas que ni se había dado cuenta del sacrilegio que estaba cometiendo contra la cerveza.

—Quizás es que no le importa.—Respondió Gwendoline mientras servía las cervezas en las dos jarras, con la mirada puesta sobre su tarea.—Quiero decir que no le importa de dónde seas. Que te considera una gran amiga y con eso le basta.—Añadió, levantando la vista con ambas jarras sujetas por las asas en las manos. Tendió una de ellas a Sam.—Es decir, el cariño que siente por ti es evidente. Seguro que lo que le importa eres tú, no tu nacionalidad.—La morena echó un vistazo a su jarra de cerveza, ‘Propiedad de Zeta’, y sonrió.—Bueno, está claro que el primer trago de esta delicia tiene que ser a la salud de Zeta y de Santi. Y después, vamos a bailar con esa canción de mover el culito.—Puso los ojos en blanco al decir la última parte, negando con la cabeza y sonriendo a continuación.

Tenía que reconocer que se sentía un tanto ridícula al recordar sus nervios anteriores. Ahora sentía que no habían estado para nada justificados, pero a veces no podía evitar que un poco de la vieja Gwendoline saliera a la luz. Esa vieja Gwendoline, la que se mordía las uñas por los nervios y que no era capaz de mantener una conversación con nadie sin tartamudear, a veces aparecía y le recordaba su vida pasada. A su manera, la Gwendoline del presente la quería mucho. Era una parte de ella misma, después de todo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ene 18, 2019 2:37 am

Pese a lo dulce e inocente que puede resultar Samantha—y que de hecho lo era—tenía un lado oculto que sólo habían visto las tres personas con las que hasta ese momento había tenido algún tipo de relación sentimental. Era muy romántica, pero también muy coqueta y le encantaba decirle a la persona que tenía delante lo mucho que la quería, en sus distintas facetas, sobre todo en esas en las que la palabra más adecuada sería desear. Por norma general este tipo de comentarios no solían costarle en absoluto porque siempre había sido muy sincera con sus sentimientos, pero era la primera vez que se encontraba en una situación con dos hándicaps: ella misma y el decirle eso a una persona con la que llevas viviendo toda la vida y nunca le habías dicho nada parecido. Pero sentía que aunque Gwendoline decidiese quitarse ese vestido y ponerse el pijama, tenía que saber que Sam quería quitárselo. Era un tema delicado, pero se merecía saber que la chica con la que ahora estaba quería quitarle ese vestido de infarto y acariciar su piel con dulzura porque, de verdad, la deseaba.

La respuesta de la morena no se hizo esperar, envuelta en un rubor muy bonito, delicado; cargado de inocencia. Y claro, a la petición de Samantha, hubo una contraoferta que le hizo saber de la misma manera, acercándose a su oído. La ahora castaña sonrió con ilusión, mordiéndose el labio inferior mientras ella besaba su mejilla y retrocedía. —¿Esta pierna? —preguntó entonces, no susurrando, pero sí en voz baja. Aprovechó ese momento para sacarla por la abertura de la falda, de manera coqueta. —Hay trato.

Y a punto estuvo de agradecerle que no hubiese metido en el ‘trato’ también la parte superior de su atuendo, pues no le pasó desapercibido el hecho de que matizase solo la falda. Pero prefirió sencillamente no tocar el tema, dejándolo a un lado. Se había convencido de que lo mejor para no darle importancia era hacer como si no existiese. Lo cual era totalmente contraproducente teniendo en cuenta la importancia inconsciente que siempre le daba.

Después de eso apareció Santi y la supuesta Amelia Williams alemana le agradeció por haber sido tan atento por comprarle sus cervezas austriacas. Todo tenía mucho sentido, sí. La verdad es que el español se había convertido en una persona muy importante para Samantha, sobre todo porque era una de esas pocas que había ahora mismo en su vida en la que daba igual que la rubia tuviese un cartel de ‘se busca’ en la espalda. Todo con él parecía que nada había pasado. Cuando se fue—después de darles su beneplácito para las cervezas—Sam se acercó a Gwen con dos jarras para que vertiese en el interior la cerveza. Sam prefería beberla en esas copas gordas para cerveza, pero la jarra le valía.

La opinión de Gwendoline con respecto al tema de la nacionalidad de Amelia Williams y Santi era sin duda muy bonita, pero Sam seguía pensando que Santiago todavía no había caído en la cuenta de que le había dado una nacionalidad diferente. Seguro que cuando le dijo que era alemana se quedó con lo de ‘habla alemán’ y luego se le olvidó. Y claro, en Austria también se habla alemán. Qué importa el resto. —Yo tampoco creo que me vaya a hacer la cruz por haberle mentido con mi nacionalidad, pero igualmente uno preguntaría, ¿no? Tú ahora me dices que eres irlandesa y yo te haría un par de preguntas. —Sonrió, para entonces coger la jarra. —¿Has dicho ‘mover el culito’? —La miró con los ojos levemente achinado de lo mucho que sonreía. —Has dicho mover el culito. Si Gwendoline dice que hay que mover el culito, habrá que mover el culito. —Y repetir ‘culito’ tantas veces le hacía mucha gracia, por lo que alzó la jarra. —Pues por Santi y por Zeta. Me gusta eso de que tenga nombre de letra. No sé por qué será. —Y mientras se llevaba la jarra a los labios, se hizo la loca por ese comentario.

Pese a que nunca hubiese probado una Weibbier negra, no le decepcionó en absoluto. De hecho, las negras eran las que menos le gustaban a Sam—en general—porque le sabían peor y encima solían tener más alcohol que las rubias y claro, para qué sufrir doblemente. Pero en aquella ocasión le pareció que tenía un sabor buenísimo. Pero claro: era Weibbier. Así que con su mano libre sujetó la de Gwen y caminó hacia la sala, en donde estaba Santi apartando la mesa y los sofás, para dejar hueco en el centro. Al ver que ellas se acercaban, comenzó a bailar al ritmo de la canción que puso, moviendo el culito exageradamente en un intento de hacer twerk muy fallido.

¡Eh, vengan para aquí! —Gritó al resto, que estaban en la otra sala aún quejándose del juego de beber.

Santi se acercó a Gwendoline primero para bailar con ella bien pegaditos—a lo que Sam la soltó—durante unos segundos, haciéndolo todo muy divertido, para luego bailar con Sam. Eso sí, desde que su Amber apareció motivada con al canción, pues al parecer se la había enseñado ella, Santi corrió a ‘mover el culito’ con ella. Sam no se sabía la canción, pero eso a una amante del baile y del ritmo como lo era ella le daba igual, por lo que se acercó a Gwen y colocó su mano libre en su cintura, para bailar esa canción con ella. Bueno, esa y todas las que quisiese bailar por delante esa noche y todas las noches venideras.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Ene 18, 2019 9:10 pm

Cuando Gwendoline pensaba que no tenía la más mínima idea de cómo sería el sexo entre dos mujeres, no mentía en lo más mínimo: se hacía una pequeña idea en base a sus propias experiencias a solas, pero no tenía ni la menor idea de si existía algo más, alguna postura secreta solo para dos mujeres, más allá del uso de las manos. No obstante, su cuerpo sí parecía tener algo de idea, al menos, de lo que quería. Para muestra, la reacción de Gwendoline cuando Sam se descubrió aquella pierna izquierda que de cuando en cuando a través del corte en la falda, el cuerpo de Gwendoline reaccionó: le subió la temperatura, sintió un calor muy agradable por todo su cuerpo, y se mordisqueó el labio inferior mientras contemplaba aquel muslo, como si en lugar de una pierna humana estuviera contemplando su postre favorito.

Todavía mordiéndose el labio inferior, alzó la vista hacia el rostro de Sam. Dejó escapar un siseante suspiro entre los dientes, negó con la cabeza y sonrió. Su rostro lo decía todo: Samantha Lehmann la estaba excitando sexualmente. Y aquel era todo un mérito, pues nunca nadie antes lo había conseguido.

—Nunca había tenido tantas ganas de volver a casa...—Murmuró, sin poder evitar imaginarse la situación que ambas vivirían cuando tuvieran que cambiarse de ropa. ¿Acaso no podían marcharse de la fiesta? La respuesta era… por supuesto que no, para su desgracia.

Santiago Marrero las había pillado en pleno ‘robo’ de dos cervezas austriacas que resultaron ser de la marca favorita de Sam, y de su padre. No era casualidad: el español las había comprado para su amiga Mia, a la cual cada vez quedaba más claro que tenía en un pedestal. Gwen lo comprendía: también ella la tenía en un pedestal. Por fortuna, este pequeño hurto quedó sin castigo, y Santi optó por dejarlas beber cerveza austriaca. Así mismo, anunció la cancelación del juego de beber, lo cual supuso un alivio para la morena.

Antes de unirse a los demás, ambas chicas se sirvieron las cervezas en unas jarras que pertenecían a una tal ‘Zeta’, y Sam confesó que en algún punto de su vida había confesado a Santi ser austriaca. Tanta era la confianza que había cultivado con el chico que ni se había dado cuenta, y solo ahora que tenía la cerveza austriaca entre sus manos se daba cuenta. Gwendoline ofreció su visión personal de las cosas, creyendo que muy posiblemente a Santi le diera igual. Es más, en muchas ocasiones había pensado que más de una persona en el Juglar Irlandés sospechaba que ‘Mia’ no decía la verdad. Sin embargo, todos se habían encariñado con ella.

—No necesariamente.—Respondió Gwendoline a la suposición de su amiga.—A veces hay cosas que uno no quiere saber. Y si no quieres saber algo, ya sea por el motivo que sea, no preguntas. A eso me refería: para Santi y para los demás, tú eres tú, y supongo que les da igual todo lo demás.—Al menos así lo veía ella. Después de todo, también ella evitaba hacerse ciertas preguntas, sabiendo que la respuesta éstas quizás no le gustara. Y no, no se refería a Sam, por supuesto.

¡En buen momento había decidido utilizar la palabra ‘culito’! Gwendoline había utilizado esa palabra solamente porque Sam la utilizaba a menudo, y no había mayor muestra de que le gustaba que la cantidad de veces que la repitió. La morena, nuevamente, hizo rodar los ojos, negando con la cabeza, para luego chocar su jarra con la de Sam en un brindis a la salud de Santi y de Zeta.

—Ese dato me lleva a pensar que tú y ella os llevaríais bien. Deberías dejarle una nota de agradecimiento firmada a nombre de ‘Jota’, ¿no te parece?—Bromeó Gwendoline. ¿Quién sabía? Quizás empezaran, Zeta y Jota, una amistad basada en dejarse notas de agradecimiento en la casa compartida de Santi.

Ya con la única bebida que, al menos la morena, pensaba consumir en toda la noche, llegaron al salón para presenciar un espectáculo que Gwen nunca creyó que vería: Santiago Marrero, preso del alcohol o de la fiebre del sábado noche o de todo ello junto, intentando hacer una horrible imitación del twerking. Se quedó boquiabierta mirándolo, y en ese momento comprendió lo que significaban las palabras ‘vergüenza ajena’. Intercambió una mirada con Sam, y le dijo en voz baja:

—Lo digo ahora y espero que quede constancia de ello: los españoles están como puñeteras cabras.

Por supuesto, Gwendoline quiso negarse a aquel baile casi impuesto por el español, pero no le quedó más remedio que aceptar. Y después de unos bochornosos minutos—principalmente por lo mal que se le daba bailar a ella—le tocó el turno a Sam. Todo eran risas y silbidos alrededor, especialmente por parte de Peter, y así fue hasta que Amber fue a reclamar el baile que su chico le debía. Desde ese momento, Santi se olvidó por completo de ellas dos y toda su atención se volcó en ella. Lo que permitió a Gwen bailar con Sam, que era lo que realmente quería.

Ya con la mano de Sam sobre su cintura, Gwendoline la imitó… y enseguida se dio cuenta de que la cerveza no iba a funcionar. Así que a la que tuvo la oportunidad dejó la jarra a un lado—después de beber un buen trago—y puso la otra mano sobre el hombro de la rubia. Ambas se pusieron a bailar, la mirada de Gwen fija en los ojos de Sam, una sonrisa en el rostro. No podía evitar estar increíblemente feliz.

—¿Eres consciente de lo guapa que eres?—Preguntó Gwen. La mano que descansaba sobre la cintura de Sam, a medida que bailaban, se fue deslizando poco a poco hasta detenerse muy cerca del corte en la falda. Al darse cuenta, desvió un segundo la mirada, y volvió rápidamente a colocar su mano en una zona menos ‘peligrosa’.—Perdona.—Se disculpó con una tímida sonrisa.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 19, 2019 4:19 am

Sería gracioso eso de que Jota se comunicase con Zeta mediante una notita, pero algo le decía que ésta iba a pensar que era una broma. Una de esas bromas que no tienen gracia en donde uno se ríe de otro por tener nombre de letra. Además, Sam pretendía dejar esas jarras como los chorros del oro y exactamente en el mismo sitio, para que la tal Zeta no tuviese queja ninguna al respecto.

Rió cuando Gwendoline afirmó que los españoles estaban como cabras, a lo que Sam no pudo evitar mirar a Daniel, tranquilo en el pasillo mientras observaba casi ausente. Por lo que veía, el que estaba como una cabra era sólo Santi, que parecía haber sido embadurnado con falta de vergüenza y mucha hiperactividad desde muy pequeñito. Pero Sam lo veía como una de esas personas que les daba igual el mundo: sólo quería hacer el payaso para que el resto de personas a su alrededor riesen. Y a Sam le encantaban ese tipo de personas, que tenían la fuerza hasta para sonreír cuando no tenían ganas ni de salir de casa. Le inspiraban buen rollo, fuerza y montón de bondad. —Creo que nos ha tocado el español más loco de todo España —le susurró de vuelta a Gwendoline, justo para ver como Santi se la ‘robaba’ para un baile.

Y vale que el twerk se le daba de pena, pero Santi no bailaba nada mal. Tenía ese movimiento de caderas típico latino y sabía guiar muy bien sin arrimar cebolleta. Lo cual es muy importante. Durante toda su vida, que Sam ha bailado mucho, mira que le daba igual bailar con cualquier persona, menos con los que arrimaban cebolleta. ¡Ewww! ¡Era horrible! ¡Sobre todo cuando no te gustaba la cebolleta!

Pero lo mejor de ese momento—por mucho que quisiese a Santi—fue cuando se fue y Sam redujo las distancias con Gwen, para sujetarla por la cintura y atraerle hacia sí. Le encantaba esa naturalidad y que diese igual cuánta gente estuviese alrededor, pues llegaba un momento en el que el resto pasaban a un plano totalmente secundario. Se miraron durante un buen rato, en silencio, mientras bailaban hasta que Gwendoline rompió ese silencio. —Pues al final me voy a terminar creyendo de todo lo que me lo dices, ¿eh? Me ves con muy buenos ojos—le respondió, sonriente. En realidad la autoestima de Sam siempre estuvo bien alta: se gustaba, por eso cuidaba tanto su imagen. Quizás en la actualidad no tuviese la misma autoestima que en el pasado, pero poco a poco estaba subiendo, precisamente por todo el cariño que le daban.

Y no, no se le pasó desapercibido como la mano de Gwen bajaba por su cintura hasta bajar por su pierna hasta casi el corte de la falda. Y se dio cuenta porque la tela de su falda era muy suave y fina, además de que su roce curioso le hizo sentir esa chispa interior. Y no sabía en qué momento de la noche había sido, pero las dos estaban poniendo muy difícil que el hecho de quedarse en la fecha como buenas invitadas estuviese siendo muy tedioso, con la de ganas que le estaban entrando a ambas de irse a casa y pasar la entrada del año a solas. Sin embargo, Gwen pareció asustarse de sus propios movimientos, devolviendo la mano a donde había empezado y disculpándose. —No te perdono —le respondió, subiendo sus dos manos a los hombros de Gwen y aprovechándose de que era más alta para estar cómoda en esa posición. Aún tenía en una de sus manos la jarra de cerveza, pero no le molestaba, ya que estaba apoyada a sus hombros con sus antebrazos. Gracias a esa posición, se acercó un poquito más a ella, sin dejar de sonreír. —¿Y tú eres consciente de que una caricia tuya no me deja fría? —Evitó matizar que era una caricia con intenciones, no una sencilla y cariñosa caricia, por ejemplo, en el brazo. —No puedes bajar tu mano hacia el corte de mi falda después de haberme dicho que mi pierna te vuelve loca, ¿me estás intentando seducir? ¡Ya hemos quedado en que hoy no iba a pasar nada! —Le susurró divertidísima, consciente de que se iba a poner como un tomate ante esa 'reprimenda'. Así que antes de que pudiera bajar la mirada envuelta en vergüenza, besó su nariz para evitarlo. —Me encanta ruborizarte... y me lo pones tan fácil. —Alargó la palabra ‘tan’ para darle énfasis, para luego añadir: —Pero nada de lo que te he dicho es mentira. Bueno sí, sólo lo de que no te perdono. —No fuese a confundir que estaba de broma. No sabía en qué momento las caricias de Gwen se habían vuelto explosivas, pero ahí estaban.


Unas tres horas después, la cosa había cambiado mucho. Eran las cuatro de la mañana, la gran mayoría estaba sentado en los sillones hablando con tranquilidad, en las sillas del comedor o en cualquier sitio descansando. Santi y Amber habían desaparecido, pero la verdad es que Sam no tenía ganas de ir a buscarlos por si acaso se encontrase con algo desagradable. Por su parte no había bebido mucho, sino solo dos de las cervezas que le había comprado Santi, por lo que en ese momento estaba bastante bien, quizás con ese momento de chispa ideal, pero muy bien. Tenía sueño, eso sí. Y unas ganas terribles de llegar a casa para poder dormir hasta bien tarde con Gwen sin que ningún tipo de obligación las hiciese salir de la cama. Bendito sean los festivos. La parte favorita de despertar con Gwen era poder tener tiempo para poder remolonear tranquilamente en la cama. Al menos todavía.

Sam había ido al baño, por lo que volviendo por el pasillo y dándose cuenta gracias a un reloj del salón de la hora que era, creía que ya había sido suficiente. Además, la música la habían bajado y todos estaban en modo decadencia. No sabía si la gran mayoría dormirían en la casa esa noche, pero volver a casa tenía que ser una grandísima pereza para la gran mayoría: ellas las primera, que si mal no calculaba, en taxi la casa de Caroline y Sam, que era la más cercana, estaba como a veinte minutos.

Se acercó a Gwendoline, que estaba sentada en un sillón hablando con Peter. Al ver que era una conversación desenfadada, se apoyó en el respaldar por detrás de ellos y metió su cabecita entre ambos. Besó la mejilla de Gwen de manera infantil y Peter rió.

¡Oh, venga, no podéis ser tan monas! He de admitir que cuando llegastéis no sabíais que estabáis juntas y luego me he quedado boquiabierto. Hacéis una pareja muy bonita, chicas. —Les dijo, sonriente, elevando la lata de su cerveza como si brindase por ellas.

Gracias —le respondió Sam, sonriente. Querría haber dicho algo bonito de Gwen, pero se dejó la cursilería para la intimidad. Odiaba ser cursi delante de gente, aunque a veces no pudiese evitarlo. —Yo espero que tu jefe te haga fijo y tu novia te de un churumbele.

¡AMÉN, AMIGA! —Gritó él, haciendo sobresaltar a todos los que estaban tranquilitos. Más de una risa se hizo notar.

Entonces Sam se giró hacia Gwen.

¿Nos vamos? —le preguntó directamente. —¿Llamo a un taxi o...?

Y no añadió nada más. Eran brujas desde los once años y desde los diecisiete sabían aparición, así que sabía que Gwen entendería esa frase no acabada. Se conocían demasiado bien. La verdad es que la aparición conjunta era más complicada y estando un poco piripi—o ebrio, en el caso de su tercera amiga—no era prudente hacerla. Así que un poco intentando adivinar el estado de Gwen, lo dejó en sus manos. A Sam no le importaba ir en taxi, pues tampoco quería arriesgarse.
Sam J. Lehmann
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