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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 6 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Ene 19, 2019 7:44 pm

Habiendo dejado ir sus miedos iniciales, sus inquietudes respecto al alcohol y sus consecuencias nefastas, Gwendoline fue incluso capaz de divertise un rato. La cerveza ayudó un poco, por supuesto, pero en lo personal, la morena prefería la compañía de otras personas y el ambiente distendido que reinaba en la casa compartida de Santiago Marrero. Y sí, las payasadas de aquel muchacho ayudaron en mucho a hacerla sentir más cómoda, y a dejar atrás muchos de los problemas que normalmente no dejaban de armar barullo dentro de su cabeza.

Y allí estaban ellas dos, bailando la una con la otra, y la mano de Gwendoline tomándose ciertas libertades con las que su propietaria no estaba del todo de acuerdo. Por supuesto, la disculpa no se hizo esperar, y tampoco el rubor que se adueñó de sus mejillas cuando Sam empezó con sus habituales bromas. La morena recordaba haberse preguntado en el pasado, en más de una ocasión, si Sam tenía límite. Es decir, si llegaba un punto en que decía ‘Ya está, creo que he hecho bromas suficientes por hoy’. Si dicho límite existía, Gwen no tenía constancia de ello. ¿Y sabéis qué? Aunque se mostrara roja y avergonzada ante aquellos comentarios, no se le ocurriría cambiar ese aspecto de la personalidad de Sam por nada en el mundo.

Bueno… ni ese, ni ningún otro. A fin de cuentas, era todo en ella lo que la había enamorado, y que ya incluso antes de eso la había llevado a considerarla su persona especial.

—¿Es esto parte de algún plan malévolo tuyo o qué?—Preguntó Gwendoline, falsamente indignada, y todavía roja.—¿Como eres vegetariana y eres fan número uno de los tomates, pretendes que se me quede para siempre esta cara de tomate?—Se señaló con un dedo la ‘cara de tomate’ en cuestión.—¡Porque a este paso vas a conseguirlo!—Soltó un bufido, seguido de una risa, mientras negaba con la cabeza.—Por favor… uno de mis propósitos para el año nuevo es no ruborizarme tanto...

Lo dijo en tono de broma, pero ciertamente, ese era un aspecto suyo que no le gustaba mucho. Porque podía disimular a la perfección sus ideales, su nerviosismo, e incluso aspectos de su personalidad que serían peligrosos en la nueva sociedad mágica… ¿pero el rubor? No, eso no. Nunca había sido capaz, ni siquiera dentro del Ministerio. Por suerte para ella, la única persona que conseguía hacerla ruborizar tanto era Sam, pues ella era la única que intercambiaba comentarios de aquel tipo con ella. Nadie en el Ministerio de Magia se atrevía a mantener ese tipo de conversaciones con otras empleadas.

A no ser que pretendiera perder su empleo, claro. No es que las dos últimas ministras hubieran sido muy tolerantes con el acoso sexual.


***

Como sucedía en toda fiesta que se preciara—o al menos había sucedido en todas las fiestas en que Gwendoline había estado—, a partir de cierta hora llegaba lo que la morena, ‘robando’ una palabra que Sam utilizaba muy a menudo, había denominado en su fuero interno como ‘la hora de la decadencia’: ese mágico momento en que, todavía alcoholizados, los asistentes empiezan a acusar la falta de energía en sus cuerpos, adormecidos por el alcohol. A partir de ese momento, el cansancio se impone, y si bien la mayoría de los asistentes parecen resistirse a terminar con la juerga, sus cuerpos decían que ya bastaba. ¿Y qué se hacía en esos casos? Pues, por norma general, se buscaba sitio en el asiento más cercano.

En el caso de Gwen y Sam—quienes únicamente habían bebido un par de cervezas, y la morena ni siquiera había sido capaz de terminarse la última—ese lugar fue el sofá, asiento que compartieron hasta que la rubia anunció que tenía que ir al baño. Entonces se separaron, y para cuando ella regresó, Peter le había robado el sitio y estaba manteniendo una conversación con una Gwendoline sonriente que tenía tal cara de sueño que parecía que iba a caerse dormida en cualquier momento.

Cerró los ojos y sonrió más ampliamente cuando Sam, asomando entre ambos, le dio un beso en la mejilla. Su mano, instintivamente, se dirigió al rostro de la rubia y acarició su piel con la yema de los dedos.

—Gracias.—Dijo Gwendoline casi al unísono con Sam, cuando Peter dijo que eran una pareja bonita. Le gustaba escuchar aquellas palabras, pues ella nunca se había sentido más a gusto con nadie en el mundo de lo que se sentía con Sam. El grito de Peter también la sacó a ella de su estado somnoliento, arrancándole una leve sonrisa. Y cuando Sam preguntó:—¡Sí, por favor!—Y lo dijo mientras tomaba impulso para levantarse del sofá, separando la espalda del respaldo, tales eran las ganas que tenía de meterse en la cama.—A mis casi treinta años me tenéis aquí, trasnochando… Habrase...—Gwendoline se interrumpió en medio de la frase para lanzar un largo bostezo, tapándose la boca con la mano derecha.—...habrase visto, tamaña insolencia.—Terminó, sonriendo con esa cara de sueño que tenía. Cualquiera que la mirara podía ver que estaba muy cansada.

Respecto a la segunda pregunta, Gwendoline echó un vistazo alrededor en busca de Caroline. La pelirroja sí había bebido—aunque seguramente, muchísimo menos de lo que habría bebido en la fiesta del tal Takao—y quizás fuera un tanto peligroso recurrir a la ‘opción B’. Así que se encogió de hombros, mirando a Sam, y asintió con la cabeza.

—Llama al taxi. Yo voy a recuperar a nuestra compañera. ¡Nadie se queda atrás!—El poco alcohol que había bebido todavía le hacía efecto: de otra manera no habría soltado semejante tontería. Y hablando de lo cual...—Me ha sobrado media cerveza. ¿La quieres? Ya sabes: nunca desperdicies una Weibbier.—Y le tendió la jarra, antes de encaminarse hacia donde estaba Caroline.


04:37 horas
Vivienda de Caroline Shepard y Samantha Lehmann

El taxi tardó en llegar a la casa de Santi apenas cinco minutos, tiempo que las tres amigas invirtieron en despedirse de todos los presentes. No buscaron al anfitrión de la velada ni a su novia, pues la falta de ambos era bastante significativa. Eso sí, intercambiaron números de teléfono con los presentes, y muy probablemente al día siguiente se verían metidas en un grupo de Whatsapp cuyo cometido sería organizar más fiestas en un futuro no muy lejano. Gwen se imaginaba que aquello iba a ser tremendamente complicado en base a experiencias anteriores: en la universidad, apenas conseguían organizarse cuatro personas—Sam, Henry, Beatrice y Gwendoline—para salir una noche, ¿cuánto más costaría organizar a una decena?

Durante el trayecto en taxi, conversaron en voz baja, comentando cosas de la fiesta. Incluso el taxista se mostró animado, preguntándoles por su nochevieja. Muy loable por su parte, teniendo en cuenta que era por gente como ellas tres que él no podía disfrutar de la suya. En un momento dado, Gwendoline se puso a mirar a través de la ventanilla, cansada como estaba, y las luces de las farolas le resultaron casi hipnóticas. Sus ojos se cerraban y abrían, y para cuando quiso darse cuenta, habían llegado.

Morena y rubia ayudaron a la pelirroja a meterse en cama, pues ninguna de las dos había bebido tanto como Caroline, y una vez le hubieron dado un beso de buenas noches—las dos, y también Lenteja, que saltó a la cama y se metió bajo las mantas con ella—se despidieron de ella hasta el día siguiente. Entonces se encaminaron hacia el cuarto de Sam, cerrando la puerta tras de ellas.

—Bueno...—Gwendoline, que pese a lo cansada que estaba no se había olvidado de su promesa, se limitó a quitarse los zapatos y dejarlos a un lado. Sus dedos sintieron la caricia de la cálida alfombra. Con una mano, se hizo a un lado el pelo, dejando al descubierto la cremallera del vestido.—...creo que teníamos un trato tú y yo, ¿no?—Y le echó una mirada por encima de su hombro. Se apreciaba un ligero rubor en su rostro, y sus labios estaban curvados en una tímida sonrisa. Y es que tenía el corazón acelerado, por mucho que se sintiera preparada para aquel pequeño paso. Después de todo… estaba a punto de quedarse casi desnuda delante de su mejor amiga de toda la vida.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Ene 20, 2019 4:39 am

Rió sin contenerse en absoluto cuando Gwendoline empezó a quejarse. ¡Y ella no lo creería porque siempre era la víctima número uno de todas sus bromas, pero sí, Sam tenía filtro! En realidad por norma general con el resto de personas no solía ser tan bromista, pero con Gwendoline ya eran muchos años de confianza atrás como para sobrepasarse un poquito con las bromas, aunque nunca era su intención herir o molestar de verdad. Lo único que quería Sam—sobre todo últimamente—era ver su reacción y, sobre todo, ver cómo sus mejillas cambiaban de color drásticamente. —¡No! —Le respondió sobre la marcha a su última afirmación. —Con lo que me encanta verte así… —Y curvó sus comisuras de los labios hacia abajo, fingiendo tristeza. —Me gusta verte ruborizada por lo que te digo porque siento que aún después de tantos años, aún nos estamos conociendo. —Y no pudo evitar que una de sus comisuras se alzase, curvando una pequeña sonrisa, complacida y bastante feliz.

***

¿Desperdiciar el final de una Weibbier? ¿Estamos bobos? Sam cogió la jarra de Gwen con el líquido marrón en su interior y fue en busca del teléfono de Santi, ya que ella no había llevado bolso y, por tanto, tampoco tenía el móvil encima. Pero no encontró el teléfono de Santi, el fijo, por lo que optó por su siguiente opción: coger el de Gwendoline. Todo esto mientras se terminaba la cerveza y Gwen se hacía con Caroline. Así que se acercó al bolso que estaba en el sofá y pese a que era consciente de que no le importaría que ella mirase en su interior, le pidió permiso con la mirada cuando se la cruzó, señalándole su bolso. Lo abrió, cogió el móvil, lo desbloqueó con su cumpleaños—algo que le hacía siempre mucha ilusión—y marcó de memoria el número de los taxi, pues después de tantos años saliendo de fiesta por Londres uno ya lo tenía interiorizado.

El taxi no tardó nada en llegar, pero el camino de vuelta a casa fue largo y por mucho que el taxista fuese simpático y diese conversación, a Sam se le cerraban los ojos. Y es que los viajes en coche, como no fuese cantando, se le hacían interminables. Y evidentemente no se iba a poner a cantar con el taxista, aunque algo le decía que no sería precisamente porque el taxista no tuviese ganas. Pero al final se le pasó relativamente rápido porque el camino a casa siempre era más corto que el ida. Una vez en casa se aseguraron de que Caroline terminase en la cama y no en el sofá durmiendo, o en la cocina comiendo, para luego irse ellas a dormir.

Una vez en la habitación, Sam se sentó en la parte baja de la cama para poder desabrocharse el broche de los zapatos y poder quitarse los tacones. Al azar la mirada cuando escuchó a Gwen, vio cómo la miraba por encima del hombro, habiéndose apartado el pelo para dejar ver la cremallera de su vestido. Y... Sam soltó aire lentamente, admirando aquella belleza que tenía ahora mismo por novia. Tras quitarse los tacones, le tendió la mano para atraerla hacia ella mientras se ponía en pie, quedando ambas frente al armario. No dijo nada con respecto al trato, sino que mirándola esta vez a través del espejo de la puerta, le sonrió justo antes de fijar su mirada en la cremallera. La bajó lentamente, con suavidad y paciencia, hasta un poco más arriba de la mitad de la espalda, en donde tenía su tope. Entonces introdujo una de sus manos, acariciando la piel de su espalda hasta llegar al hombro, en donde delicadamente retiró aquella parte del vestido, dejándolo al descubierto. Se acercó a besar su cuello, para bajar por el hombro mientras con la otra mano bajaba el del otro lado en una suave caricia, igualmente por el interior del vestido. No se le había pasado el hecho de que no llevaba sujetador—pues tenía la espalda totalmente desnuda—por lo que sus besos volvieron a subir por su hombro, hacia su oreja, antes de bajar más el vestido. —Pensé que llevarías sujetador… —Confesó, algo tímida e indecisa, mirándola de nuevo a través del espejo. Y es que si no quería mostrarle eso—conscientemente—esa noche, Sam no continuaría. Sin embargo, la mirada que se intercambiaron a través del espejo habló por sí sola.

Así que sin apartar la mirada de ella, bajó lentamente la mangas del vestido por sus brazos, acompañándolas de una caricia de sus manos por toda su piel. El torso de Gwendoline quedó totalmente al descubierto y Sam lo admiró durante unos segundos, pero no se quedó quieta, sino que bajó sus manos hasta la cintura de Gwen, en donde ayudó al vestido a bajar por sus caderas y sus piernas hasta caer al suelo. Entonces volvió a subir las manos por su cuerpo, deleitándose de la suavidad de su piel y de tenerla por primera vez así frente a ella. Terminó abrazándola por el torso, entrelazando sus manos por delante de ella, justo por debajo de sus pechos. La volvió a mirar a través del espejo, esta vez mordiéndose el labio inferior. —Eres preciosa —le dijo, como si solo estuviese recalcando la evidencia más evidente. —Y ahora mismo no te haces una idea de lo mucho que deseo besarte toda. Entera. Por todos lados. —Sonrió, pese a que no iba a besarla ni un poquito. Podría haber dicho el por qué en voz alta, pero no lo hizo por su bien y porque confesiones pícaras ya habían habido suficientes durante esa noche. Pero como Gwen le diese alas para besar hasta el último resquicio de su piel, la que iba a volar hacia el cielo no iba a ser precisamente Sam.

Deshizo el abrazo, aprovechando una de sus manos para hacer que girase, quedando frente a ella. Ahora mismo la mirada de Sam era una mirada que Gwen no habría visto nunca. Y es que la estaba mirando como quien mira una obra de arte, con una mirada cargada de admiración y deseo. Se sentía terriblemente afortunada y a la vez muy idiota, en serio, ¿cómo era posible que sólo entonces se hubiese dado cuenta de la hermosura que tenía delante? Sentía que la Sam del pasado había estado todo el rato con una venda en los ojos hacia ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Ene 20, 2019 3:33 pm

Junto a Sam, a aquella persona hermosa, amable que siempre había estado a su lado, Gwendoline había experimentado multitud de cosas nuevas y primeras veces a lo largo de toda su vida. Ya fuera en Hogwarts, ya fuera en la universidad, o ya fuera en la vida sin más, juntas habían descubierto muchas cosas. Así que, si lo pensaba en frío, ¿no tenía hasta cierto sentido que aquella primera vez también la experimentara con ella?

Cerró los ojos cuando escuchó el sonido de la cremallera del vestido al bajar, y cuando sus manos acariciaron la piel de su espalda, Gwendoline dejó escapar el aire entre sus lados. Un escalofrío placentero le recorrió todo el cuerpo cuando ella empezó a besarla, y el latido de su corazón incrementó las pulsaciones. También se le aceleró la respiración, y sus piernas empezaron a temblar. Las caricias de Sam no hicieron más que incrementar estas sensaciones, a medida que los hombros y la espalda de Gwendoline quedaban al descubierto.

Los labios de Sam la recorrían con calma, y cada vez que entraban en contacto con su piel, Gwendoline se sentía más excitada. Se le escapó un suave jadeo cuando los notó ascender de nuevo por su cuello, y cuando escuchó su voz tan cerca de su oído, Gwendoline abrió los ojos. Y lo primero que vio fue el reflejo de las dos, tan pegadas la una a la otra, en el espejo. Intercambiaron una mirada que no requirió de palabras: la morena no quería que su chica parara de hacer aquello.

Ya con los ojos abiertos, la mirada de Gwendoline alternó entre los ojos de Sam, reflejados en el espejo, y las manos de ella, bajando poco a poco por sus hombros, llevándose el vestido con ellas. Bajó los brazos para facilitar la labor de Sam y pronto el torso de la morena quedó al descubierto.

Gwen sonrió, tímidamente. En el espejo podía verse un rubor muy leve en su rostro, lo cual era sorprendente: por algún motivo, ella se había imaginado que cuando estuviera en aquella situación con Sam, no podría ni mirarla de la vergüenza. Sin embargo, la excitación de aquel perfecto momento no dejaba sitio a nada más, y es que por primera vez en su vida, Gwendoline Edevane se sentía mujer. Y la responsable de aquello no era otra que Samantha Lehmann.

Volvió a cerrar los ojos un par de segundos después de que Sam bajara el vestido hasta el suelo, cuando las manos de la rubia ascendieron por su cuerpo en una suave caricia. Otro escalofrío placentero la recorrió, y el interior de la morena era un horno de fundición a su máxima capacidad, tal era el calor que desprendía.

Abrió de nuevo los ojos al escucharla hablar, mirándola a través del espejo, para después colocar su brazo derecho sobre los brazos entrelazados de Sam; la mano izquierda, por su parte, subió hasta acariciar el rostro de la rubia, enredándose sus dedos en los mechones de pelo rubio que caían por encima de su oreja.

Sus palabras le provocaron otra sonrisa a Gwendoline, y entonces sí, vio su rostro enrojecer un poco más. No obstante, la mirada de la morena, igual que la de Sam, distaba mucho de mostrar timidez: ambas mostraban un deseo similar, y ese deseo era el de comerse la una a la otra. El de amarse como solamente pueden hacerlo dos mujeres.

—Hazlo...—Susurró Gwendoline cuando de nuevo estuvo frente a frente con ella. Mientras Sam todavía llevaba puesto el conjunto que tan bien le sentaba y cuya falda tan loca había vuelto a la morena, ella estaba desnuda a excepción de sus bragas. Y nunca antes le había sobrado tanto una prenda de ropa.—No estoy borracha...—Matizó con una sonrisa más amplia, alargando una mano para acariciar su pelo, mientras se adelantaba hacia sus labios.—...y estoy loca por ti.

La mano que no acariciaba el pelo de Sam se posó sobre la cintura de la rubia, y enseguida comenzó a bajar hasta el corte de la falda. Una vez allí, los dedos de Gwendoline se colaron bajo la tela y acariciaron la suave piel de la rubia. Justo en ese momento, la morena unió sus labios con los de ella. Mientras la besaba, sus dedos encontraron el camino bajo el elástico de la ropa interior de Sam, y poco a poco se fueron moviendo hasta llegar a la parte trasera de su pierna… y a su culito. La otra mano, mientras tanto, envolvió los hombros de Sam, en un intento de atraerla aún más hacia Gwendoline.

De acuerdo… Al parecer, Gwendoline se había olvidado de todas sus dudas, de todos sus miedos. Sabía que, si aquello sucedía esa noche, a la mañana siguiente lo recordaría como algo perfecto. Porque estaba siendo perfecto. Porque estaba con la persona perfecta. Porque no necesitaba nada más en aquellos momentos, nada salvo a Sam.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Lun Ene 21, 2019 12:43 am

¿Le estaba dando alas?

Frente a aquel susurro, dejó de sonreír y sintió cómo su cuerpo respondía a favor, sintiendo como aquella llama interior se expandía por todo su cuerpo. No solo se le desató en su interior ese calor por la excitación que sentía, sino que también se liberaron sus nervios y sus inseguridades, todo a la vez. Y es que no había mentido hace unas horas cuando le dijo lo que sentía, o más bien cuando intentó decírselo sin mucho éxito. Pero Sam llevaba ya años conociéndose en muchos sentidos y había dejado de conocerse en absoluto en ese que estaba a punto de enfrentar. Y no era broma cuando decía que creía realmente haberse roto por dentro.

Pero cuando Gwendoline la besó a la vez que su mano subía por muslo, sentía que lo único que importaba era el tacto de sus manos y de sus labios... y nada más. Ella mantuvo una de su manos en su cintura, mientras la otra subía por todo su costado lentamente, siguiendo el ritmo de aquel apasionado beso que pese a ser lento, tenía una intensidad explosiva. Cuando sintió que la mano de Gwen había llegado a su ropa interior, volvió a sentir una punzada de inseguridad de sí misma.

Se separó lentamente de sus labios y se agachó, sentándose en el borde de la cama. Tiró levemente de una de sus manos, haciendo que Gwen se sentase justo al lado de ella. La rubia cruzó la pierna del corte sobre la otra, dejándola totalmente al descubierto sin tener en cuenta que pudiera verse más de la cuenta. Mientras volvía a acercarse a ella para besarla, una de sus manos acariciaba su muslo por la parte de arriba y todo su cuerpo se pegaba al de Gwen, haciendo que poco a poco ella tuviese que recostarse sobre la cama y Sam quedase ligeramente por encima, a un lateral. Mordió con delicadeza su labio inferior antes de dejar de besarla y besar su mentón; entonces bajó por su garganta y su cuello lentamente, llegando a su clavícula, al pecho y a su escote… mientras tanto, la mano que aún reposaba en su muslo comenzó a subir muy delicadamente por el interior de su muslo desde la rodilla. Mientras su roce seguía subiendo, los besos continuaban bajando por su vientre, hasta llegar a su ombligo. Besó por última vez justo por debajo del ombligo, a la vez que su mano paraba antes de llegar a su ropa interior, tomando esa suave curva hasta llegar a su cadera.

Y no podía evitar sentirlo: por una parte ese terrible deseo por tocar toda Gwen y hacerle el amor sólo para poder ver cómo disfrutaba y, por otra parte, el bochornoso sentimiento de sentirse incapaz de estar al cien por cien porque en cada momento dudaba de sí misma. No sabía si sería capaz o si se terminaría bloqueando o si ese miedo que le recorría de manera irracional la iba a terminar por sacar de ese momento tan mágico... Y lo menos que quería era fingir tener intenciones y luego dejar todo sin terminar. Todos sabíamos—menos Gwen—lo horrible que era que te dejasen con las ganas y la verdad es que le hacía sentir muy mal el simple hecho de pensar que su primera experiencia con Gwendoline fuese así de nefasta; con una Sam rota que la deja con las ganas. No era en absoluto cómo se había imaginado la primera vez en la que podría compartir todo eso con ella. Y ya se lo había dicho esa noche: la primera vez entre ella iba a ser perfecta. Y el miedo que tenía distaba mucho de la perfección.  

Entonces Sam volvió a subir con besos hasta arriba, hasta quedar frente a ella. —Te aseguré que esta noche no iba a pasar nada y me vas a hacer quedar como una mentirosa… —Le susurró y pese a que le hubiera encantado sonar con ese tono tan característico de ella, de broma y tranquilidad—pues era un comentario que lo ameritaba—sonó un poquito retraída; preocupada. —¿Estás segura...? —Preguntó antes de hacer nada más, mirándole a los ojos.

Parecía que sólo se lo estaba preguntando a Gwen, cuando también había sido una pausa en la que ella también serenarse y preguntarse: ¿estás segura de lo que haces, Samantha Lehmann? Y es que de nuevo ahí estaban esos demonios, cargándose ese momento en el que Sam no tenía duda alguna que deseaba con locura. Podía notar su propio calor y su propio deseo, podía notar hasta el calor y deseo de la propia Gwendoline. Y el hecho de notarla a ella de esa manera no hacía más que incrementar sus propias emociones.

Pero una cosa estaba clara en todo eso: si ahí había una persona insegura de todo aquello, irónicamente era la más 'experimentada' de las dos, la misma que había intentado pasar por encima de sus demonios y que ahora mismo le preguntaba a la otra si estaba segura. Y Sam no sabía lo que hacía falta para perder el miedo y dejar a un lado todas sus inseguridades: ¿tiempo y cariño, como decía Gwendoline? ¿O tirarse la piscina, enfrentarse a ellos y ganarles la batalla? Pero lo peor de eso es que como te enfrentases a ellos y perdieses, iba a ser mucho peor.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ene 21, 2019 2:47 am

En todos los años que había pasado explorando su propio cuerpo—más en un intento de encontrar nuevas formas de relajación que de obtener placer sexual—, Gwendoline no había sentido nunca nada parecido a aquello. ¿Era acaso normal que el mero contacto de su piel la incendiase por dentro? ¿Era acaso normal que sus besos le provocaran tal nivel de excitación? Sam ni siquiera había rozado sus zonas más sensibles y la morena ya estaba volviéndose loca.

Cuando los labios de ambas se separaron, Gwendoline dejó escapar un suspiro de anhelo. No quería que esos labios se separaran de los suyos, y no quería separarse de ella. Así que cuando Sam se sentó en la cama y le tomó la mano, no dudó en seguirla. Una vez sentadas, aquel ritual de amor continuó.

Cada beso de ella la hacía estremecerse; cada caricia le erizaba la piel. Labios y manos de Sam recorrían su cuerpo, si bien todavía no se atrevían a tocar sus zonas más sensibles. Gwendoline, tumbada sobre la cama, gimió. No de placer si no de excitación. El gemido fue apenas un susurro, pero estuvo ahí. En su zona más íntima, el calor iba aumentando, así como la humedad. Y si bien jamás había tenido sexo con nadie, la morena lo sabía: estaba preparada para ello. Su cuerpo se lo estaba diciendo.

Había cerrado los ojos, y cuando los besos de Sam ascendieron nuevamente hasta su rostro, los abrió. Se encontró con sus ojos azules, con sus labios rojos y con su pelo dorado. La cara de Gwen era la viva imagen de la excitación y el deseo.

Así y todo, consiguió sonreír ante la pregunta de Sam. Asintió con la cabeza, segura de lo que estaba ocurriendo y de lo que quería. Y tal vez la excitación y el calor de su cuerpo nublaron un poquito su entendimiento, pues tardó unos segundos en percatarse de que algo no iba bien. ¿Qué había sido exactamente? ¿Algo en su rostro? ¿O tal vez…?

—¿Estás bien…?—Preguntó en un jadeo ahogado, sintiendo que el corazón le martilleaba en el pecho. Sus manos estaban apoyadas sobre los hombros de una Sam que estaba prácticamente encima de ella. ¿Qué era lo que iba mal? Ah, sí…—Estás un poco seria...

Eso era. Su comentario había sido una broma, y sin embargo, ella no parecía divertida. ¿Cómo era posible? Quizás se había puesto nerviosa ante la situación, por encontrarse en aquella situación con la que hasta hacía medio mes no era más que su amiga. Sin embargo, esa circunstancia no le había impedido bromear todas las veces que la había besado. ¿Acaso ambas situaciones eran diferentes? ¿Acaso debería Gwendoline sentirse también avergonzada ante aquello?

No estoy avergonzada, pero… ella no está bien. Lo podía notar, pues la conocía desde hacía tanto tiempo que incluso en aquella situación sabía que algo no iba bien. Porque sí, quizás su relación hubiera cambiado, y actualmente fuesen novias… pero no se olvidaba de que ella era, y sería siempre, su amiga.

¿Y sabéis lo que le costó aquello? Sentía que su cuerpo debía estar a una temperatura de unos mil grados, sus pulsaciones por las nubes y su aliento apresurado, con escalofríos recorriendo toda su piel. Y, con todo y con eso… decidió detenerlo. Y con mucha suavidad, las manos todavía en los hombros de Sam, se fue incorporando hasta quedar sentada. Sam la siguió, y ambas terminaron sentadas en la cama de la rubia, la una junto a la otra.

—Estás nerviosa.—Concluyó Gwendoline, todavía luchando por recuperar el aliento. Estaba desnuda, despeinada, y su maquillaje estaba hecho una ruina. De hecho, hasta tenía la frente perlada de sudor. Aún así, reunió toda su calma, y miró a los ojos Sam. Una sonrisa muy leve quiso asomar a sus labios.—Se supone que esa debía ser yo… ¿Nos… nos hemos intercambiado los papeles?

Buscó bromear con aquello, puesto que a medida que bajaba un poco la temperatura interna de su cuerpo, las ideas se le despejaban. Y recordó una parte de la conversación que habían tenido en casa de Santi, cuando Gwen había entrado en una especie de ataque de pánico por miedo… a aquella misma situación. Sam le había confesado que se sentía ‘rota’ por todas las cosas que le habían ocurrido. Y solo entonces, con la cabeza un poquito más fría, Gwen pudo hacer una asociación entre ambos hechos.

En cuanto lo supo, su mano buscó la de Sam, entrelazando sus dedos con los de ella, y sonriéndole de manera más amplia.

—No tenemos porqué seguir.—Aseguró con voz suave. Gwendoline solo conocía los orgasmos por sus prácticas en soledad, por lo que todavía no sabía lo que acababa de perderse. Sin embargo, aún sabiéndolo, había cosas más importantes.—Me… me has hecho sentir como una mujer. Nunca me había sentido así en toda mi vida y… me gusta. Pero no es necesario seguir.

Dicho eso, alargó su otra mano hacia el rostro de la rubia, apartando algunos mechones de pelo de delante de sus ojos y colocándolos tras la oreja. También su maquillaje estaba hecho una ruina, y por algún motivo, aquello a Gwen le hizo sentir un cosquilleo placentero en el vientre: ese maquillaje se había estropeado mientras los labios de Sam recorrían su cuerpo.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ene 21, 2019 4:14 pm

¿Sólo un poco seria? Ahora mismo Sam tenía tantas emociones en su interior que sentía que sonreír se le iba a convertir en un continuo posponer. No respondió a su pregunta, sino que su rostro habló bastante por sí solo, hasta el punto de que ambas poco a poco se fueron incorporando hasta quedar sentadas. Y es que… pese a que su cuerpo todavía encendido estuviese ahí esperando porque algo pasara, su mente había vuelto a ganar la batalla. Se sentía bastante mal, en el ámbito de la idiotez. Tanto bromear con el tema, tanto hacerle creer a Gwen con frasesitas subidas de tono que podía estar preparada y… ahora le daba la sensación de que había afirmado en vano. ¡Y lo peor de todo es que no! Ganas le sobraban y… Maldita sea…

Se sentaron de nuevo en el borde de la cama y ella mencionó lo evidente: estaba nerviosa. Y es que Sam había sido incapaz de ocultarlo. Su siguiente pregunta la hizo soltar un pequeño bufido, todavía en silencio. De verdad, ojalá hubiera sido Gwendoline la nerviosa de la relación por su inexperiencia. Ojalá fuese eso.

Miró entonces a Gwendoline cuando le sujetó la mano, diciéndole que no había porqué seguir, añadiendo que le había hecho sentir como una mujer. No sabía exactamente a qué se refería con eso, pero tampoco había que irse muy lejos como para razonarlo. —Lo siento. —Tuvo que decir, acercándose a ella para darle un beso en la frente. Quizás de agradecimiento, quizás de cariño, quizás de protección, quizás de disculpa, vete tú a saber, ni ella misma lo sabía de todo el torbellino que tenía dentro. —Siento haberte hecho sentir así para luego no llegar a nada, en serio, no debería de haber empezado.

Impotencia. Eso era lo que sentía y era horrible. Era una sensación de saber lo que quieres y no alcanzar a tocarlo porque una fuerza invisible te tira hacia atrás. Y esa fuerza invisible la sientes ahí, en tu espalda, todo el rato, como un peso más de ti mismo; una fuerza que al final ni entiendes, ni sabes cómo contrarrestar. Era totalmente la impotencia de tener a una Gwendoline preciosa, cargada de ternura, de comprensión y de todo la perfección del mundo delante y no ser capaz de complacerla como sabes que deseas. Todavía no era capaz de comprender cómo era posible que dentro de ella viviesen tantos demonios a los que todavía estaba aprendiendo a comprender. Siempre había alardeado de ser una persona que se aceptaba a sí misma y se quería a sí misma, pero la Sam que ahora mismo miraba a Gwen a los ojos no era esa Sam.

Esperaba que Gwen no pensase que aquello se debía a algo en relación con ella, por lo que Sam tuvo que matizarlo. Quizás hablar del problema sí le costaba horrores, pero hablar del cuál no había sido el problema le salía más naturalmente. —No pienses que nada de esto tiene que ver contigo, por favor —le pidió, mojándose los labios, todavía un poco nerviosa. —Me has hecho sentir lo que creía perdido y no hay nada que quiera más que estar contigo, de todas las maneras posibles. Te juro que el problema no eres tú, soy yo y… —Arrugó la nariz, en un gesto de rabia, para luego tocarse la sien con el dedo. —Y está aquí. —Y entonces llevó ambas manos a su rostro, el cual se tapó. Y así, tal cual, añadió lo siguiente: —Siento haberte creado expectativas que… bueno… —Que no se cumplieron, básicamente.

Se le notaba cabreada, incluso decepcionada consigo misma. No había sonreído en ningún momento y todos sabemos que Samantha Lehmann si no sonríe es porque algo le pasa. Y no, no estaba contenta porque por mucho que en un momento hubiese sentido ese calor ardiente que solo te desvela felicidad y placer, había sido aplastado por oscuridad y basura mental. Paranoias. Más evidencias de que estaba defectuosa. Y tu dirás: bueno, no importa, es la primera vez, es normal que las cosas no salgan bien. Pero a Sam eso le daba igual: sólo le importaba lo que pudiera sentir Gwendoline y lo que sentía ella, que no era más que algo empujándole en sentido contrario a lo que quería. Y siempre era igual. Ese maldito miedo...

Pero sabía que tenía que dejar de darle importancia. No caer de nuevo en todo eso o se iba a terminar estresando por algo que en ese momento no tenía solución. Y lo peor de todo es que no sólo estaba haciéndose una bola ella sola, sino que Gwen estaba a su lado y se lo estaba tragando todo. Y la verdad es que después de... todo esto, lo que menos le apetecía a Sam era que tuviese que soportarla también de mal humor. Así que suspiró y la miró; entonces sí sonrió pequeño, muy sutil. Quizás no fuese la sonrisa más amplia, ni sincera, pero iba con la mejor intención del mundo. —Siento todo esto. —Y luego puso los ojos en blanco, esta vez sonriendo un poco mejor. —Y siento sentir tantas cosas en tan poco tiempo. —Ojalá no tuviese que hacerlo. Buscó con su mano la de Gwen, sujetándola de nuevo con fuerza y mirándola a los ojos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ene 21, 2019 7:15 pm

Gwendoline no podría mentir ni aunque hubiera querido: todavía estaba encendida. Su corazón todavía luchaba por recuperar su ritmo normal dentro del pecho, aún sentía el cerebro embotado y su piel estaba tan caliente al tacto como si tuviera fiebre. Por no hablar de cómo subía y bajaba su pecho, así como lo profundas que eran sus inspiraciones. Sabía que le costaría un poco recuperar la calma, volver a calmarse, después de aquella situación. Y quizás otra persona en su situación se enfadaría o se frustraría, pero ella no. Y es que, aún a pesar de que no empezaba más que a intentar comprender su propia sexualidad, sabía que nunca antes otra persona la había hecho sentir así. Y de alguna manera, la morena sabía que esas sensaciones que le había provocado Sam iban de la mano de sus sentimientos hacia ella.

Así que, en aquellos momentos, tenía claro que el sexo le importaba más bien poco: lo que le importaba era ella, Sam, y lo que estaba ocurriendo dentro de esa cabecita.

Se disculpó. Gwendoline sintió deseos de decirle que no pasaba absolutamente nada, que lo importante eran ellas dos. Pero ella le dio ese suave beso en la frente, y Gwen cerró los ojos, olvidándose por un momento lo que quería decir. Todavía estaba exaltada por toda la situación previa, y le costaba pensar con claridad cuando ella se acercaba. Su cuerpo era traicionero, más humano de lo que había sido nunca.

—No pasa nada...—Le respondió con una leve sonrisa, y lo decía en serio. Su voz sonaba un poco cansada e incluso algo tomada, pero nada tenía que ver con la situación: tenía más que ver con su propio cansancio y, sospechaba, con haber pasado varios minutos expuesta al frío de la noche, en el porche trasero de la casa de Santi. Se lo demostró apretando suavemente sus dedos.—De verdad: está bien, no pasa nada.

Sin embargo, Gwen sabía que un par de palabras no bastaban para quitar a alguien una idea de la cabeza cuando ésta está tan arraigada en su psique. Dos palabras, por lo general, no servían absolutamente para nada. Y es que ella se lo había avisado: se sentía rota por dentro, y aún así, ambas habían querido llevarse en aquella dirección. Quizás Gwendoline debió haberse ceñido a su inquietud, a su reticencia a que algo así pasara, y no aceptar la propuesta de dejar que le quitara el vestido. Ese maldito vestido... No podía negar que, al ponérselo, había imaginado una situación como aquella, con Sam quitándoselo. Pero si el precio era que ella se sintiera incómoda o se forzara a hacer cosas para las que no estaba preparada, no merecía la pena.

Y si bien la siguiente explicación vino sobrando, pues Gwen se imaginaba que el motivo de todo aquello no era ella, sí se permitió un par de segundos para odiar a toda posible fuente de traumas en la vida de su chica. Por supuesto, estos demonios tenían una forma definida, y si bien ella nunca los había conocido en persona y sabía que seguían tan muertos como el día en que les habían arrebatado la vida, no pudo evitar odiarles un poco más. A fin de cuentas, ni siquiera muertos las dejaban en paz.

Cuando Sam soltó su mano para taparse el rostro, Gwendoline enseguida se inclinó hacia ella y puso con suavidad ambas manos en sus muñecas. Sin embargo, no la hizo destaparse el rostro: simplemente esperó a que ella lo hiciera, y cuando la rubia volvió a coger su mano, para disculparse nuevamente, Gwen sonrió. Adelantó una de sus manos hasta su mejilla y la acarició con el dorso de sus dedos.

—Te lo diré una y mil veces: no pasa absolutamente nada.—Cada vez pensaba con más claridad, y su temperatura corporal había descendido bastante. De hecho, empezaba a tener frío, y recordó algo de lo que ya se había olvidado: que estaba desnuda casi por completo. Pondría remedio a eso en un momento, pero antes...—Te lo dije en la fiesta, ¿verdad? ¿Lo recuerdas? Tiempo y cariño.Ensanchó un poco más su sonrisa.—Y tú misma lo dijiste. ¿Cómo fue?—Gwendoline, que tenía una memoria muy buena, fingió quedarse pensativa un segundo, poniéndose un dedo en la barbilla.—Algo así como ‘Mi imagen nunca ha sido peor, así que eso es que debo gustarte por mí.’—Asintió con la cabeza, significativamente, sin apartar sus ojos de los de ella.—Nunca habías dicho nada tan cierto como eso.

Gwendoline soltó un momento la mano de Sam y estiró una pierna para alcanzar su vestido caído, no muy lejos de ellas. Lo arrastró con el pie y cuando lo tuvo al alcance, lo utilizó para cubrir un poco su desnudez. Se lo sujetó con un brazo por delante de los pechos, y con la mano libre tomó la de Sam.

—No ha salido bien.—Dijo la morena, encogiéndose de hombros y restando importancia a lo ocurrido. Ahora que la excitación empezaba a ser apenas un recuerdo muy cercano y vívido, no le concedía ningún tipo de importancia a lo ocurrido. Al menos, no en la parte que la involucraba a ella, claro; la parte que involucraba a Sam sí le preocupaba.—Ya funcionará. Por ahora me quedo con los buenos recuerdos de esto, y, créeme, los ha habido.—Justo cuando creía que la excitación se había ido del todo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y la llama luchó por reavivarse en su interior. Dejó escapar un suspiro, cerrando los solo un segundo, para luego mirar a Sam.—Yo no quiero perderte. Puedo vivir sin esto, pero no sin ti. Eres lo más importante de mi vida, la persona a la que más he querido nunca. Solo te pido que… no me dejes fuera de esto. Quiero ayudarte a solucionarlo.—Se puso seria, y de hecho sintió un picor familiar en sus ojos: lágrimas, ansiosas por salir. No se lo permitió. No iba a dejar que un pasado asqueroso volviera para intentar convertir el presente en algo miserable.

Así que se levantó rápidamente de la cama, todavía sosteniendo el vestido contra su torso desnudo, y caminó hacia el armario. Dejó caer entonces el vestido, de espaldas a Sam—el espejo le devolvía a la rubia el reflejo de la desnudez de la morena, si es que estaba mirando—y se hizo con una sudadera de capucha. Se la puso y subió la cremallera hasta el tope, ofreciendo un aspecto un poco más presentable. Dejó escapar el aire, intentando que el pasado permaneciera dónde debía permanecer, y poco a poco se volvió hacia Sam. Pero no volvió con ella, sino que pegó la espalda al armario.

—Sólo… por favor, prométeme que no te irás a ningún sitio. No me...—...dejes atrás otra vez. No quiso decir aquellas últimas cuatro palabras. Y es que no quería hacerla sentir culpable de lo que había ocurrido hacía dos años. No había sido culpa suya, pero… dolía. Y Gwen no se sentía capaz de volver a pasar por lo mismo. No ahora que sentía lo que sentía por ella. Sentiría como si le arrancasen el corazón y lo hicieran pedazos.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 22, 2019 1:36 am

Decía que no pasaba nada y sí, vale, ¿quién iba a decir que sí que pasaba algo malo en esta situación tan comprometida? Nadie, absolutamente nadie. Sólo algún subnormal con ganas de humillar a su pareja. De todas maneras, pese a ese pensamiento tan pesimista que acababa de tener, debía de admitir que de verdad creía en sus palabras y en que no pasaba nada y que todo estaba bien. Algo que tenían ellas dos, ya mucho antes de que empezasen a tener una relación sentimental, es que no se juzgaban entre ellas y que eran bien consciente de que algo malo entre ambas, siempre tendría un motivo con muchísimo más peso detrás. Y es que se querían demasiado como para hacer siempre lo mejor por la otra, o sencillamente pensar siempre en lo mejor de la otra.

Gwendoline repitió la frase que había dicho antes Samantha. Y es que de verdad, ahora mismo la versión de Sam que tenía en frente—en opinión de Sam—era la peor versión que podía tener de ella. Ya no solo por la repercusión social del mundo en el que ambas pertenecían, que no era más que una amenaza y un peligro para todos los que la rodeaban, sino también por lo que tenía en su interior. Había sobrevivido a unos años horribles y eso le habían dejado en su interior mucha mierda. Inseguridades, miedos, impotencia, rabia... y todo eso se acumulaba en un peso muerto en la espalda. Y al final ella sabía que todo el problema estaba en su cabeza. Vale que podía tener miedo de los cazarrecompensas, de los Mortífagos, del nuevo gobierno, de los asesinos, de los Crowley y de cualquier purista, pero al final todos sus problemas estaban en su cabeza. Y los problemas que le afectaban a sí misma y a su forma de vida, sólo podía superarlos ella sola. Y le daba inseguridad pensar que ya había pasado un año y... todavía seguían allí. —Ya... —respondió cuando le dijo que no había dicho nada tan cierto, ladeando una pequeña sonrisa, un tanto irónica. —Te enamoraste de la peor versión de mí, ¿eh?

Y ya, sí. Teniendo en cuenta las cosas malas que había ganado, le pasaban desapercibido las cosas buenas que también había adquirido. Ignoraba que gracias a todo eso se había vuelto mucho más fuerte, más sensata, más desconfiada—que en cierta manera, en este mundo, era una virtud—, mejor duelista... y un montón de cosas más que ella no valoraba y que, de hecho, probablemente haciendo una balanza que ella no había hecho nunca, le llevarían a darse cuenta de que no era la peor versión de ella misma. La verdad es que no le vendría nada mal una introspección interior.

Definitivamente no había salido bien, por lo que suspiró al escucharlo de su boca. Vale que no era lo más importante, pero le daba una rabia tremenda haberla hecho llegar a ese punto y haber tenido que parar. Así que cuando dijo que al menos se quedaría con los buenos recuerdos, la rubia pudo pensar en que al menos no había sido todo tan nefasto. Sin embargo, luego todo le resultó raro, pues no sabía por dónde iban los tiros de Gwendoline ni su preocupación por perderla de nuevo. La miró con duda, intentando comprenderla. Pero no entendía cómo yéndose podía solucionar nada, si lo más importante y lo mejor para ella estaba ahora mismo allí, a su lado. Es por eso que cuando se vistió—con esa sudadera nada sexy que a ella le hacía como super sexy—y se giró, con esa petición tan insegura, Sam frunció el ceño preocupada. —No... Gwen... ¿a dónde te crees que me voy a ir a solucionar mis mierdas mentales? ¿De retiro espiritual por el Himalaya? —Intentó bromear, poniéndose en pie y estirando las dos manos hacia ella, para que se las diese. Quería abrazarla, muy fuerte, de esos abrazos de tu persona especial que te cura todos los males. —Quiero decir que todo lo que necesito lo tengo frente a mí. Ya te he dicho que no me voy a ir a ninguna parte, no al menos sin ti. Sé que tal y cómo pasaron las cosas puedas pensar que se me pueden cruzar los cables otra vez y alejarme de ustedes, pero... —Se emocionó un poquito y aprovechó para tragar saliva. —Pero tía... es que no podría aunque quisiera. Volviste a mi vida en un momento crucial y cuando te digo que has sido indispensable para que no esté todavía hundida en el pozo, es porque así ha sido. Y después de todo, sinceramente, no quiero estar otro sitio en dónde no estés tú. Por favor, no pienses que me importas tan poco como para volver desaparecer sin dejar rastro. —Sam sabía muy bien que Gwendoline se sentía mal por no haber hecho nada por ella con lo de Sebastian, pero debía de saber que su papel en la vida de Sam había sido tan importante como el de Caroline, aunque ella hubiera tenido el placer—o así lo veían ellas—de matar a esa persona podrida.

Así que pasó su dos manos alrededor del cuello de Gwen, abrazándola con un cariño inconmensurable, sólo amor y nada más. —Y claro que estarás a mi lado para ayudarme a solucionarlo... —Le besó en la cabeza. Y es que madre mía, de verdad lo decía: en situación tierna o en situación íntima, en la calle o en la cama, ¡Sam solo quería besar mucho a Gwen!—Aún no sé cómo y estoy abierta a sugerencias: estoy entre el retiro espiritual en el Himalaya o ir a patear la tumba de los Crowley. No sé cuál opción será más satisfactoria. —Menudo humor más negro le había salido de repente. Y pese a que nombró el apellido prohibido, lo hizo con una sonrisa. Era sólo un apellido; una palabra. No podía tenerle miedo a una palabra.

Se separó de ella entonces, mirándola a los ojos. Le acarició el rostro suavemente con sus manos y sin decir nada más, dio un paso hacia la derecha para coger del armario una camiseta y un pantalón de pijama. Luego cogió otro, para tendérselo a Gwen por si quería vestirse, pues hacía frío. —Puedes coger un pijama entero si quieres, estarás más cómoda. —Aunque más sexy imposible, ¿la habíais visto? La miró de arriba abajo, antes de pasar al lado de ella hacia la puerta. —Voy al baño y de paso traigo las toallitas desmaquillantes —dijo, para luego salir de la habitación.

¿Que podría hacer pipí? Sí, claro, pero en realidad no tenía muchas ganas. El principal motivo de ir al baño era para cambiarse de ropa porque si bien quitarse la falda le resultaba tranquilo, quitarse la camiseta no tanto. Y no precisamente por desnudarse frente a Gwen. Así que aprovechó en el baño para cambiarse y apenas tardó tres minutos en volver a la habitación. En una mano llevaba la ropa que llevaba puesta hace nada, dejándola sobre la silla del escritorio: falda, camisa, liguero, sujetador y varita. Con la otra mano entraba desmaquillándose, mientras que debajo de ese mismo brazo tenía las toallitas y una botella de agua que había cogido de paso en la cocina, las cuales dejó caer sobre la cama para que Gwen cogiese las que le hicieran falta, o si quería agua. Ella, por su parte, tenía un pijama de tela fina—porque si no debajo de la manta polar pasaba mucho calor—de pantalón largo y camisa de botones. No tenía ni de lejos todos los botones abrochados, pero Gwen no tendría que sufrir el efecto pechonalidad libre porque los pechos de Sam no se comparaban a los de Gwen. Su pijama tenía la parte inferior de cuadraditos azules y blancos, mientras que la parte superior era blanca.

Tiró entonces su desmaquillante a la papelera bajo el escritorio y se sentó en la cama, moviendo el culito hasta la pared. Siempre que dormía con Gwen dormía por el interior de la cama, pegada a la pared, pero cuando dormía sola dormía por fuera. Y era genial cuando Gwen había dormido previamente ahí, porque entonces todas las sábanas y la almohada olían a ella. Desde que entrase en la cama con ella, la iba a abrazar y le daba la sensación de que no se iba a separar en toda la noche.
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Gwendoline Edevane el Mar Ene 22, 2019 12:38 pm

¿La peor versión de ti?, pensó una Gwendoline cuyo deseo era pedirle, por favor, que dejara de decir tonterías. Sabía—mejor dicho: se imaginaba—que todo lo que Sam había tenido que vivir y soportar en los dos últimos años había tenido un efecto muy nocivo en su autoestima. Hasta el punto de creer que era la peor versión de ella misma, incluso. Pero una cosa estaba clara: mucho de la antigua Sam seguía ahí, y todo aquello la había hecho más fuerte de lo que creía. Porque a su regreso, Gwendoline la había reconocido a la perfección, y jamás se había preguntado quién era aquella persona que tenía el mismo aspecto que su persona especial, porque era su persona especial.

—Me he enamorado de ti. Estoy enamorada de ti.—Aseguró, con toda su seriedad, mientras se cubría un poco con el vestido y volvía a sujetar su mano. Podría haber dicho muchas otras cosas: que en el fondo siempre había sentido por ella algo más que una simple amistad, que a su regreso se había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba, que nunca había existido una persona más especial para ella que la rubia y que daba igual cuántas cosas malas le hubieran sucedido… Pero aquellos pensamientos eran difíciles de poner en palabras.

Igual que aquel repentino acceso de miedo que tuvo Gwendoline, de pie frente al armario, mientras se ponía la sudadera de Sam. ¿Cómo iba a explicarle a ella a qué venía aquello sin hacerla sentir culpable por desaparecer de su vida durante tanto tiempo? ¿Cómo iba a decirle que lo que más miedo le daba en aquella vida era perderla otra vez? ¿Cómo poner en palabras aquellas inseguridades? Porque sí, desde fuera y a la vista de todos, Gwendoline podía parecer una de las privilegiadas del mundo mágico: había conservado su libertad y su puesto de trabajo, a pesar de no simpatizar con los ideales puristas. Sí, desde luego, parecía idílico, ¿verdad? Pues que le preguntaran a cuántas personas había tenido que renunciar. Empezando por su propia madre, siguiendo con varias amistades y terminando con su persona especial, Gwendoline no había hecho más que sacrificar, sacrificar y sacrificar…

Normal que tuviera miedo, por mucho que nadie pudiera entenderla. En los últimos años, su vida estaba marcada por la pérdida. Y no quería seguir perdiendo. Se sentía totalmente incapaz de seguir perdiendo.

No podía culpar a Sam por no comprender ese miedo, pues ella misma sabía que, por mucho que tuviera su raíz en los hechos más recientes y en su propia inseguridad, no por ello dejaba de ser un miedo irracional. A fin de cuentas, en aquellos momentos con ella sentía que lo tenía todo, que no necesitaba nada más. ¿Qué supondría para ella que Sam volviera a desaparecer de su vida? Supondría… que no me quedase nada, pensó, cabizbaja, alzando poco a poco la mirada ante las palabras de ella.

Cuando se abrazaron, no pudo evitar hacerlo con fuerza. La rodeó con sus brazos y pegó la mejilla al pecho de la rubia, en uno de esos abrazos en que se buscaba la protección de la otra persona. O no dejarla marchar nunca, tal vez. Gwen nunca había abrazado a nadie de esa manera, solamente a Sam. Y allí, con el sonido del corazón de la rubia—un corazón que hacía un año, por esas fechas, a punto había estado de dejar de latir para siempre—en sus oídos y el consuelo de sus palabras, la morena se sentía en calma. Y por mucho que odiara la simple mención del apellido Crowley, no pudo evitar sonreír un poco.

Gwendoline se había quedado sin palabras, por lo que se limitó a mirarla a los ojos cuando se separaron, sintiendo la suave caricia de sus dedos en la mejilla. Le sonrió un poco, y entonces tomó el pijama que le ofrecía. Le respondió con un sencillo ‘Vale’ ahogado, y en cuanto ella salió de la habitación se cambió de ropa. Se quitó la sudadera de Sam, que le había servido para cubrir su desnudez en un momento en que ya no era apropiada, y se vistió con el pantalón que Sam le había dado, y una parte de arriba de botones, la cual abotonó todo lo rápido que pudo. No quería estar medio desnuda cuando regresara, cosa que no tardó en ocurrir.

Cuando Sam regresó, traía consigo agua y toallitas desmaquilladoras. Gwendoline se sentó en la cama después de que Sam ocupara su lado junto a la pared, de espaldas a la rubia. Con mucho esmero—y utilizando la cámara frontal de su teléfono móvil a modo de espejo—, la morena se retiró el maquillaje. Estaba corrido en varias partes—especialmente el lápiz de labios—y en general tenía un aspecto semejante al que tendría tras correr un rato bajo la lluvia. También notó que tenía manchas de pintalabios rojo—el de Sam—en el cuello, en el pecho… Esas no las limpió, y no pudo evitar sonreír y sentir un escalofrío al recordar cómo habían llegado ahí. Y seguro que también tengo en…, pensó, posando suavemente la mano sobre su vientre.

Una vez completada aquella tediosa labor, Gwen tenía mucho mejor aspecto. Su pelo seguía hecho un asco, pero de eso ya se encargaría por la mañana. Así que tiró la toallita a la basura, bebió un poco de agua—tenía un poco de sed—y dejó el teléfono móvil en la mesilla, para acto seguido tumbarse junto a la rubia. Se metió bajo las mantas con ella y permaneció tumbada frente a frente con ella unos minutos. Le acarició el rostro, le sonrió, la miró con amor, y se besaron. Se besaron varias veces, de hecho. Y cuando ya estaban abrazadas y dormitando, Gwendoline dijo tres palabras que se decían mucho, pero no lo suficiente.

—Te quiero mucho.—Y entonces el sueño se la llevó lejos.


Viernes 18 de enero, 2019 - 21:32 horas
The Clapperboard Cinema - Dalston, Londres

Clapperboard era una de esas pequeñas maravillas escondidas que Londres reservaba exclusivamente a aventureros y a aquellos que amaban conocer los lugares más desconocidos de la capital inglesa. Inaugurado en el año 1912, The Clapperboard Cinema había comenzado su andanza en Londres bajo el nombre mucho menos modesto de The Little Broadway, y era originalmente un teatro. Sin embargo, con el paso de los años habían abrazado el cine, y en su época de mayor apogeo había sido uno de los más populares del barrio de Dalston.

En la actualidad, igual que el barrio en sí, Clapperboard había perdido la grandeza de antaño. Solo quedaba una pequeña sala de proyección con treinta y dos butacas, en la cual pasaban películas independientes o indies. Su clientela asidua constaba en su gran mayoría de ‘hipsters’ y, dependiendo de la época del año, turistas que habían hecho una pequeña búsqueda en Internet y querían experimentar en sus propias carnes lo que debieron sentir en el pasado los habitantes de Londres.

¿A qué viene esta introducción, exactamente? Bueno, muy sencillo: ese dieciocho de enero de 2019, pasados dos minutos de las nueve y media de la noche, Gwendoline Edevane y Samantha Lehmann—con su castaño característico de Amelia Williams—salieron de The Clapperboard Cinema. Habían asistido al último pase del día, una película romántica de origen iraní con lal que habían quedado bastante satisfechas.

—Me ha gustado mucho.—Reconoció Gwendoline mientras descendía los tres peldaños que conducían a la acera. Por encima de sus cabezas, había una de esas marquesinas antiguas en las que había que colocar los títulos de las películas a mano, letra a letra. Lo único cercano a la tecnología moderna de esa marquesina eran las letras luminosas de neón encima de esta, las cuales rezaban ‘T e Clap erb ard C nema—algunas letras estaban fundidas, y a juzgar por el precio tan barato de las entradas, los dueños no tendrían dinero para repararlas.—No me esperaba mucho de la peli, si te digo la verdad. Pensé que sería el típico bodrio cutre con una historia muy típica, pero no.—La morena dio un sorbo a la pajita de su refresco, el cual no se había terminado. Tampoco las palomitas, pero éstas habían terminado en la papelera al terminar: estaban francamente asquerosas una vez se enfriaban.—No quiero ni imaginarme lo que directoras como ésta podrían hacer en Hollywood si se les diera una oportunidad… y si no les censuraran a cada paso que diesen, claro.

La película relataba el amor lésbico desde un punto de vista de las mujeres en Irán, y resultaba muy interesante. Gwendoline, que todavía se sentía un poco incómoda con ese tema en concreto, agradecía que no hubiera habido ninguna escena sexualmente explícita en aquella película. Así, tanto ella como Sam habían podido disfrutarla sin contratiempos.

—Por cierto...—Gwendoline se detuvo en medio de la calle, poniéndose frente a Sam y tomando una de sus manos con la que tenía libre. Estaba muy nerviosa por lo que estaba a punto de proponerle, y no porque fuera embarazoso o algo parecido.—Lo que voy a proponerte ahora mismo no es obligatorio, pero creo que quizás podría interesarte. Y no te enfades conmigo, ¿vale?—Tenía la mirada baja, y cuando le pidió que no se enfadara con ella, la levantó brevemente para calibrar su reacción. Lo que se encontró fue una mirada suspicaz.—Vale, ahí va… ¿Qué me dices si te propongo que pasemos una agradable velada con la música de Luca Lehmann? He estado siguiéndole la pista lo mejor que he podido, y sé que esta noche, en apenas veinte minutos, tiene una actuación prevista.—Gwendoline volvió a alzar la mirada, esta vez manteniéndola sobre los ojos de Sam. En su rostro había una expresión a medio camino entre la disculpa y el remordimiento.

Realmente, no se sentía mal por habérselo propuesto. Tenía miedo de que se enfadara, desde luego, pero creía que sería muy bueno para ella el ver a su padre. Al menos de lejos, pues si se sentaban en las últimas filas en el bar en que actuaba, y con el aspecto que llevaba Sam, muy probablemente no se daría cuenta de que estaban allí. Por supuesto, no dependía de ella, sino de Sam, el decidir si quería verle o no.

Fuera cual fuera la decisión, Gwendoline la aceptaría. Si quería ver y escuchar a su padre, verían y escucharían a su padre; si quería irse a casa a tomarse un chocolate mientras veían alguna serie, se irían a casa y tomarían chocolate viendo series.


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Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ene 23, 2019 3:06 am

Hacía mucho, mucho tiempo que no iba al cine. Por eso cuando Gwendoline le propuso esa idea, al principio patinó un poco, en el sentido: ¿qué necesidad había de ir a un lugar público, cerrado y en donde van a estar quietas y mirando a una pantalla todo el rato? Sentía que era exponerse demasiado. Al final… asumió varias cosas: ya iba siendo hora de salir del caparazón y dejarse a sí misma hacer vida de verdad. Si quería tener una vida fuera de que pretendiesen quitársela, tenía que empezar a echarle más huevos al asunto. Además, adoraba el cine y si no recordaba mal la última vez que fue, fue a ver Deadpool: la primera. Le habían dicho que era una historia de amor divertida, así que era de su estilo. Claro que le habían olvidado que era sangrienta hasta decir basta. Menos mal que por aquel entonces, aún era persona sin muchos traumas y se lo pasó bien.

Pero le gustó la película. Al principio no sabía si era buena idea ir a ver esa película porque era de temática lésbica y por mucho que a ella le gustase, sabía lo mucho que tendía el cine a sexualizar todo eso, sólo por el morbo. Sin embargo, había sido una película muy profunda y totalmente alejada de estereotipos que, en compañía de Gwen y teniendo en cuenta lo que pasó hace casi tres semanas, podrían haber sido un poquito incómodos. Así que salió satisfecha. —Sí, a mí también. —Y al contrario de lo que opinaba Gwen de que podría ser un bodrio aburrido, Sam tenía muy claro lo que podría haberse esperado. Sin embargo, cuando dijo que había sido una directora quién había dirigido la película, todo comenzó a tener más sentido en la cabeza de la chica. —Ya… las mujeres siempre tenemos que hacer el doble de esfuerzo en conseguir lo mismo que un hombre. —Y eso era así, por mucho que actualmente se creyese que se tenía tan interiorizado eso del feminismo y la igualdad. Y no, era triste pero no. Ver por ahí que todavía situaciones como la igualdad o el racismo, que deberían de estar interiorizadas como algo normal en la sociedad del siglo XXI, sigan siendo motivo de odio, daba realmente asco. —Pero madre mía, sólo con esas dos actrices tan geniales yo ya vendo mi alma. Es impresionante lo buenas que son, me encantó cómo lo hicieron, independientemente de todo lo demás —dijo ella, tomándose también lo último de su refresco, pero tenía la manía luego de mordisquear la dichosa pajita sin mucho sentido. —Me encantó el mensaje de libertad en el fondo de tanta historia de represión. Me molesta que películas con un valor tan importante no sean tan famosas y luego estén por ahí los superhéroes con tantas masas. —Eso último lo dijo divertida, sólo por poner un ejemplo. En realidad no le molestaban lo superhéroes y hasta ella había visto películas de eso, ¿cómo no le iban a gustar con una Scarlett Johansson en cueros por ahí? —Que en verdad también me gustan esas películas, era solo un ejemplo. —Tuvo que matizar al verse como una hater.

Y mientras caminaban hacia ningún sitio, Gwendoline paró el caminar, poniéndose delante de Sam, quién tenía la pajita de su refresco en la boca. De hecho todavía tenía las gafas puestas, pues le hacían falta para ir al cine y se le habían olvidado quitárselas.

¿Sinceramente? No supo adivinar, ni siquiera hacerse una idea, de lo que le podría decir como para que la opción de que Sam se enfadase estuviese sobre la mesa. ¿Qué iba a proponerle, ir a una misión de la Orden del Fénix? Le hizo gracia su propio pensamiento, pero no sonrió ni nada, sólo miró a su pareja con una mirada casi interrogante. Y cuando nombró a Luca Lehmann, bien le hubiera gustado poner los ojos en blanco y decir que no, que era una bobería, pero no pudo. El nombre de su padre le acarició el corazón y su primera reacción fue apoyar todo el peso en una pierna, dejar caer la mano con el refresco y soltar aire fuertemente por la boca. No esperaba tener que tomar una decisión así en un día como ese, la verdad. ¿Que si quería verlo? ¡Por supuesto! ¿Acercarse a él después de tanto tiempo? No sabía si Sam estaba lo suficientemente hidratada después de tremendo refresco como para soportar el llorar tanto.

Miró a la morena con una mirada seria, pero en absoluto enfadada, de hecho era una mirada pensativa, la cual estaba barajando las opciones. —Todo esto suena como a una oportunidad irrepetible... tengo la sensación de que si digo que no me voy a terminar arrepintiendo desde que ponga un pie en casa —le confió, quitándose las gafas al darse cuenta de que le molestaban y guardándolas en el bolsillo del chaquetón. Y bueno, tenía la misma sensación que siempre: el único motivo para no ir era continuar con la negación y apoyarse en esa zona de confort rodeada de una burbuja de miedo, así que en su intento de motivarse a sí misma, una cosa estaba clara: no iba a poder hacerlo si no se enfrentaba a esas cosas. Además, Gwen tenía razón: sus padres se merecían saber que su hija estaba bien y Sam se merecía tener a su padre. Tragó saliva. —¿Por qué me metes en estas tesituras, tía? ¡Es viernes, no me lo merezco! ¡Claro que quiero ver y escuchar a mi padre! ¿¡Cómo narices no voy a querer!? —Exclamó divertida, mostrando una sonrisa resignada. —Pero… —De repente se puso nerviosa y si no tuviera ese gorrito tan mono, se le notarían las orejas rojas. Apoyó su peso en la otra pierna. —Uf… así de repente me siento como idiotamente nerviosa. No… sé. Es decir, no sé. Digo, sí quiero ir, pero no sé qué hacer. —Una pequeña sonrisa nerviosa surcó sus labios. ¿Nerviosa o emocionada? ¿Nerviosa de tanta emoción? Madre mía, Gwen acababa de romper otra vez a Sam. Gwendoline Edevane, sin duda alguna, era la persona que más veces rompía a Samantha Lehmann sentimentalmente. —¿Dónde es? ¿Cerca?

Y ahí estaba, esa sonrisa y ese interés. Claro que quería ir a ver a su padre. En realidad no podía negarse a eso si tenía la oportunidad de verlo, sobre todo después de haber visto lo grandioso que era por un vídeo y haberse dado cuenta lo que había estado ignorando tanto tiempo. Si había dudado era porque... ¿estaba preparada para, en el caso que ocurriese, volver a introducirlo en su vida? Porque bien podían quedarse al final del bar, escucharlo e irse. Pero Sam sabía que eso estaría mal. Y también sabía que teniendo a su padre a unos metros de ella, eso de levantarse y volver a darle la espalda iba a ser muy complicado. En realidad, sus dudas recaían en ese momento, porque disfrutar de la presencia y de la música de Luca Lehmann debía de ser lo mejor que ahora mismo podría ofrecerle Gwen.

Suspiró de nuevo, nerviosa. Pero nerviosa bien, no nerviosa mal, es decir... era más bien ese cosquilleo en el estómago que declara que va a pasar algo importante y no sabes si estás preparada. —Todavía no entiendo cómo puedes pensar que me puedo enfadar contigo porque me des la oportunidad de ver a mi padre —mencionó. —Como mucho me podría enfadar de que me hagas tomar la decisión en menos de veinte minutos porque si no nos lo perdemos. —Negó con la cabeza, divertida. —Es decir, no es como si me lo hubieras puesto en frente y hubieras tomado una decisión por mí. Me estás dando a elegir —le dijo finalmente, para liberarla de cualquier preocupación.

Era su padre, el mejor que podría haber deseado y llevaba más de tres años sin verle. Vale que había estado rechazando sus emails, pero no es lo mismo rechazar un emails que rechazar una posibilidad así. Además, tenía que dejar todo lo que la frena atrás y dar ese pasito hacia adelante.

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Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 23, 2019 3:22 pm

Sam había tenido bastantes reservas a la hora de aceptar aquel plan de ir al cine, y Gwendoline la comprendía: ella misma tenía miedo de que algo pudiera salir mal. Sin embargo, la rubia le había enseñado a la morena que el miedo no era un buen consejero. Posiblemente Sam no fuera consciente de que Gwen había aprendido aquello de ella, pues no había sido una lección que le enseñara a propósito: lo había aprendido de su actitud frente a la vida, cuando se había negado a que sus demonios ganaran la batalla. Con todo lo que había sufrido, sin lugar a dudas, el valor se había convertido en uno de sus rasgos principales, aunque ella fuera incapaz de verlo.

Por lo que a Gwendoline respectaba, el miedo era su compañero infatigable. Lo que había comenzado como pánico frente a la posibilidad de un nuevo ataque en el Ministerio había terminado derivando en una sensación de pánico constante. Y es que en aquellos momentos tenía más que perder que en los últimos dos años, y existía un peligro latente con la presencia de Artemis Hemsley. Y todo lo que sabía de ellas, por supuesto.

Si bien Gwendoline todavía evitaba la zona segura para fugitivos como un gato que evita meterse en una bañera llena de agua, visitando el lugar lo menos posible, no estaba dispuesta a encerrarse en su casa, y a encerrar a Sam en la suya, solo por salvaguardar su seguridad. Se merecían seguir teniendo una vida, ahora más que nunca.

Aquel plan no estaba exento de riesgos, por supuesto, pero tras valorarlo mucho—y buscar el cine más pequeño y abandonado que pudiera, claro—, Gwen había optado por pensar que aquello no entrañaba mayor riesgo que ir y venir del Juglar Irlandés. Cierto era que cuando descubrió el tipo de película que que se emitía, a la cabeza de Gwen vinieron ciertas preocupaciones motivadas por lo ocurrido la madrugada del uno de enero. Sin embargo, una exhaustiva búsqueda de críticas en Internet formó en su cabeza una imagen de una película bastante apta, que tenía más de crítica social que de cine erótico. Y eso era lo bonito del cine independiente: que en su mayoría, directores y directoras de este género buscaban únicamente contar una historia, no hacer basura comercial hípersexualizada y cargada de publicidades de distintas marcas.

Sam dijo muchas cosas ciertas con respecto a la película, mientras Gwen la escuchaba sorbiendo suavemente el refresco que le quedaba. Asintió varias veces con la cabeza: sí, a las mujeres se las forzaba a trabajar mucho más duro que a los hombres para obtener reconocimiento; sí, Hollywood rechazaba historias tan profundas en pos de lo que vendía; y sí, demasiado cine de superhéroes.

—¡Y me parece que todavía nos queda para rato!—Exclamó Gwen, a quien también le gustaban las películas de superhéroes, pero que reconocía que estaban sobreexplotadas.—Por cierto, ¿cuánto me va a costar convencerte para que vengas conmigo a ver Capitana Marvel?—Dejó caer Gwendoline. Podía parecer una contradicción teniendo en cuenta lo que acababan de hablar, pero no lo preguntaba por eso: lo preguntaba porque en The Clapperboard Cinema, con toda seguridad, no se emitiría Capitana Marvel, sino en lugares mucho más concurridos de Londres y, por ende, mucho más peligrosos.—Es poco probable que en esa película nos encontremos un hermoso romance que rompe tabúes y nos emociona el corazón porque nos recuerda a nosotras, pero seguro que vemos a Brie Larson repartiendo buenos puñetazos. Y eso mola.—Bromeó la morena, divertida, mientras sonreía enseñando los dientes y mordisqueando la pajita.—Es broma. No me importa esperar a que salga en Blu-ray.

Pero lo importante de aquella tarde-noche no era el cine, ni mucho menos: podría decirse que el cine era un premio de consolación, que solo sería un premio si Sam no aceptaba el plan que Gwendoline tenía entre manos. ¿Y qué plan era ese? Pues, ni más ni menos que tomar algo escuchando tocar al gran Luca Lehmann, padre de Sam y persona que claramente faltaba en la vida de la rubia.

Su seriedad, al principio, llevó a Gwen a pensar lo peor: diría que no, le reprocharía el haber sacado el tema, sabiendo lo sensible que era para ella, y por no discutir le pediría que se fueran a casa a cenar, olvidándose del tema. Así transcurrió la escena en su cabeza, mas no en el mundo real.

Sam claramente valoró el declinar la oferta, y Gwen pudo verlo en sus ojos, pero para nada se mostró enfadada. Y poco a poco la incertidumbre de la morena fue dejando paso a una sonrisa feliz. Sam bromeaba, y cuando Sam bromeaba, era buena señal. ¿Era normal que a Gwen le hiciera tanta ilusión la posibilidad de un reencuentro entre los dos? ¿Que la felicidad de ella también la hiciera feliz? Incluso dio un par de saltitos, totalmente llena de ilusión, dándole un suave beso en los labios después de que preguntara si era cerca.

—Somos brujas: todo es cerca para nosotras.—Y le guiñó un ojo, divertida, mientras se situaba a su lado y entrelazaba su mano libre con la de ella.—No está en esta zona de la ciudad, si es eso a lo que te refieres, pero tengo el lugar perfecto para aparecernos allí sin que nadie nos vea. Respecto al lugar en que toca, es un pequeño piano bar muy chulo y muy íntimo: cuando empieza la música, se apagan todas las luces salvo las del escenario. ¿Te acuerdas de Lalaland? Pues algo por el estilo.—Gwen, que seguía ilusionada, apoyó la cabeza en el hombro de Sam con cariño.—Y no te preocupes: si no sabes que hacer, simplemente podemos mirar. Nadie dice que tengas que acercarte a saludarle ni nada por el estilo. Paso a paso.

Se podía imaginar que Sam estaría muy nerviosa, que no sabría qué decir. Quizás, incluso, se sentiría un poco culpable por haber desaparecido de su vida tres años, pero Gwen pensaba recordarle que había hecho lo correcto si se le ocurría sacar el tema. No tenía pensado presionarla, igual que no quería presionarla para acudir al bar en cuestión. Sin embargo… ella sospechaba que para la rubia sería muy beneficioso tener otra vez a su padre en su vida. Sospechaba que Sam también era consciente de esto, pero el miedo… el miedo es una fuerza poderosa, como había aprendido Gwendoline en tiempos más recientes.

—Bueno...—Gwendoline desvió un segundo la mirada de forma nerviosa, para luego aventurarse a mirar a Sam de nuevo. Con lo que acababa de decir la rubia, había separado la cabeza de su hombro. Tragó saliva.—Me alegra saber que mi primera opción e impulso no era el más adecuado.—Y es que sí, Gwendoline había valorado la posibilidad de llevarla allí por sorpresa, pero aquello… aquello podría haber acabado mal.—Y si no te lo dije antes de la película es porque, de haberlo hecho, ambas sabemos que te habrías pasado toda la sesión dándole vueltas y poniéndote más y más nerviosa, y muy probablemente al salir me habrías dicho que no podías hacerlo, y que nos fuéramos a casa. ¿Puede ser?—Le echó otra mirada de reojo, calibrando su reacción, pero algo le decía que había dado en el clavo.

Así que el plan estaba sobre la mesa; simplemente, hacía falta una confirmación directa por parte de la rubia. Gwendoline se imaginaba cuál iba a ser la respuesta, pero siempre había una pequeña posibilidad de que ésta fuese un ‘no’.

—Entonces, ¿vamos allá? El callejón en que nos aparecimos no está muy lejos de aquí...—¡Di que sí! ¡Vamos, di que sí! ¡Por favor!
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ene 24, 2019 3:34 am

Había escuchado hablar de esa tal Capitana Marvel, pero... sinceramente, Sam era de esas personas que veían esas películas pero sin orden cronológico y sin mucho sentido de la vida, es decir... ¡vio Black Panther después de haber visto Infinity War! Y esa no era la única locura. No había visto todavía Doctor Strange. Sí, lo que estás leyendo. Eran de esas personas que no se enteraba mucho de la historia en general que englobaba a las películas, sino que casi las veía de manera individual. Sin embargo, sí que sabía que esa tal Capitana Marvel era como Superman pero de la otra compañía. Creía, vamos, en realidad no estaba nada segura. —Dices Brie Larson como si la conociera... —Hizo una pausa, pensativa. —¿Debo reconocerla? ¿Hace alguna película que yo haya visto o algo? —Y es que Sam andaba perdida con esas cosas y debía de admitir que sólo se sabía los nombres de aquellos actores o actrices que realmente le llegaban a la patata o contribuían a su lista de amores platónicos, aunque en este caso solo hubieran actrices. Así que cuando mencionó lo de esperar a que saliese en Blu-ray, Sam se armó de valor, pese a que era bien consciente de que una película de ese calibre, terminaría sólo en cines de alta reputación, concurridos y demás. Quería pensar que la gente a la que le tenía miedo no iba a los estrenos de esas películas de superhéroes. —Bueno, si te hace ilusión, podemos ir a verla al cine —le respondió, sonriendo. —Siempre es agradable ver a una chica pegando puñetazos, con que sea la mitad sexy que la Viuda Negra, yo ya me daré por satisfecha. —Y rió divertida, pues evidentemente estaba en broma. Scarlett Johansson había sido una de esas celebridades que había ayudado a Samantha a darse cuenta de que quizás sí que sus hormonas eran movidas más por el sexo femenino que por el masculino, no lo íbamos a negar. Así que le tenía un cariño especial, como a Cate Blanchett... ¡ay, Cate!Un día vas a tener que darme una clase de cómo se organizan todas esas películas porque creo que no las estoy viendo en el orden adecuado. Y en la última que vi apareció un personaje que parecía importante, que se repetía a sí mismo y eso... y no sé de dónde salió... —Dijo, un poco perdida con todo ese tema.

Pero si bien eso podría haber sido una conversación desenfadada y tranquila con la que pasear un poco antes de terminar en casa, Gwendoline tenía otros planes más interesantes para esa noche. Cuando le mencionó el nombre de su padre, Sam se quedó sin habla prácticamente, siendo bien consciente de lo que significaba para ella reencontrarse con su padre, intercambiasen o no una sola palabra. El simple hecho de verlo, en persona, delante de ella y a unos metros, mientras podía vivir en directo como cumplía su sueño... era bien consciente de que la iba a llenar por dentro de una manera muy fuerte.

Y no podía negarse, directamente es que no podía. Sus especificaciones la emocionaron al imaginárselo en el escenario, pero sobre todo su sosiego de ir solo a mirar también, pues no sabía si iba a estar en las condiciones emocionales que le gustaría tener frente a su padre en su reencuentro. Se sorprendió de que la primera opción de Gwendoline hubiese sido presentarse con su padre frente a Sam y, aunque ahora mismo la rubia pudiese pensar lo que dijo en voz alta, probablemente la primera impresión al ver su padre fuese demasiado fuerte como para siquiera pensar en el enfado con su amiga por habérselo encasquetado delante sin preguntar. Mostró una sonrisa nerviosa cuando su amiga adivinó un poco la manera de ser de Sam y cómo habría surgido todo si le hubiese mencionado antes lo de Luca. —Puede ser, es altamente probable... Tiendo a elegir mal siempre que tengo mucho tiempo para pensar las cosas. —Y eso era real. Era de esas personas precavidas y para nada impulsiva, pero sentía que cuando se dejaba guiar por sus impulsos, sus decisiones eran más naturales, menos razonadas y... más certeras con lo que ella creía y quería. Siempre que pensaba... su mente le terminaba traicionando. Pero normal teniendo en cuenta que su mente estaba gobernada por el miedo, al final todo lo que decidía era teniendo en cuenta eso y, como es evidente, más que acercarla a la felicidad, solían alejarla.

Y al final sólo pudo sonreír como una idiota emocionada y nerviosa. Asintió con la cabeza y, cogida de la mano de su Gwen, se dirigieron a ese callejón para aparecerse. Y no mentiría si dijera que ya empezaba a notar como su corazoncito empezaba a ir más rápido.


Brisbane’s bar
Earlsfield - 21:51 horas

Aparecieron en otro callejón, aunque éste era mucho más amplio y poseía farolas que lo iluminaban un poco. Si mirabas hacia arriba podías ver los laterales de dos edificios muy altos, así como sus escaleras de emergencia. En esa zona de Londres estaba lloviendo, por lo que Sam sacó de su mochila un paraguas y lo abrió para cubrirse a ambas. Ambas ocultas y protegidas del agua, Gwen las guió hacia el bar en donde estaría su padre. No estaba lejos, sino que era salir del callejón y caminar dos manzanas. Llegabas una especie de plaza rodeada de diferentes restaurantes, pubs y bares, pero el bar en el que se metieron no estaba ahí, sino en una calle justo al lado. Sam aprovechó para tirar su vaso vacío en una papelera.

Tenía una fachada antigua de madera y en la parte superior estaban las letras colocadas, iluminadas en color blanco. En las letras se podía leer el nombre de Brisbane. Ninguna lo sabía, pero se trataba de la combinación de los dos apellidos de los chicos que había creado ese bar. Ese lugar había acogido cierta fama por la música en directo, cosa que no tenían el resto de pubs a su alrededor, así por la oportunidad que le daba a los más aficionados de poder mostrar su música. No sólo hacían conciertos de piano, sino también invitaban a personas a cantar e incluso a grupos. En esta ocasión, se habían vendido como un característico piano bar aprovechándose que un pianista iba a dar un concierto allí. Y se notaba, sobre todo por las personas que habían ido y ahora mismo ocupaban los taburetes del bar y las sillas de las mesas. No eran adolescentes, sino que la gran mayoría ya tendría más de veinticinco años y cierta madurez musical, yendo allí a disfrutar de una velada tranquila en buena música.

Sam se paró justo en la entrada, mirando pensativa el cartel, para luego mirar a través de los cristales de la entrada, intentando divisar algo. Aún notaba las gotas caer sobre el paraguas y los charcos mojar sus botas, así como a Gwen a su lado, pegadita para no mojarse. Su mirada se movió por todos los carteles promocionales que habían pegados en la pared y no pudo evitar sonreír al ver cómo en la fecha del dieciocho de enero, Luca Lehmann salía como el pianista de esa noche a partir de las diez. —¿Por qué estoy tan nerviosa? —Se preguntó a sí misma, aunque cómo ella no sabía la respuesta, en realidad iba para Gwen. —Es mi padre, es decir… no puede salir nada mal. —Pero claro, aunque en ese momento no pudiese salir nada mal, era harto probable que en un futuro pudiese.

Justo al lado de ellas pasaron dos parejas hacia el interior del bar, por lo que ella también dio un paso al frente antes de que se cerrase la puerta, para entrar detrás de ellos junto a Gwen. Cerró el paraguas, dejándolo en un cubo en la entrada junto al resto para no dejar todo aquello perdido de agua. Allí dentro se podía escuchar música muy tenue en el ambiente, así como una agradable y cálida sensación de calor. Sam se empezó a quitar la chaqueta mientras seguía a Gwen a una mesa, pero no perdía la vista de todas las personas, por si veía a su padre entre los presentes. Lo que sí vio fue el piano al fondo, iluminado por una luz muy suave que, desde que se apagase el resto, resaltaría. Se sentó en unos sillones acolchados, al lado de la pared y dejó su chaqueta en la silla libre, quedándose con una camisa holgada que llevaba metida—casi toda—por dentro de los pantalones. Sujetó entonces la mano de Gwen sobre aquel sillón y pegó un respingo del susto cuando un camarero se acercó a ellas.

¡Lo siento! —Se disculpó al ver que le había asustado, con una sonrisa encantadora. Era el típico prototipo de hombre con barba larga y tatuajes que haría que cualquier mujer hetero se plantease el ligar con él. —¿Estáis atendidas? —Sam se limitó a negar con la cabeza. —¿Qué os pongo? Tenemos…

Y empezó a soltar una retahíla de cosas que Sam se perdió totalmente en lo que estaba diciendo, ¿y qué narices iba a querer ella para beber si es que sólo había ido a ver a su padre? Además, después de un vaso mediano de Fanta, lo que menos tenía ahora mismo era sed. Sin embargo, como era obvio que había que consumir, cuando Gwen pidió algo, Sam se limitó a sonreír y pedir lo mismo. No tenía ni idea de qué había pedido, sólo esperaba que no fuese algo picante.


Brisbane's bar:
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Luca Lehmann:

Luca Lehmann
54 añosMugglePro-Muggles
Pro-Sam
Pianista aficionadoDivorciadoAustriaco
HISTORIA Y PERSONALIDAD

Luca era el tercer hijo de una familia de clase media en Austria. Una familia del montón sin ningún tipo de riqueza, tierras o negocio del que abastecerse. Desde pequeño siempre tuvo dos sueños que quiso cumplir: primero convertirse en un pianista respetado y tener su propio pub en donde poder tocar todas las noches conciertos y, segundo, tener una hija. Toda su familia estaba compuesta por varones y su madre murió muy joven, pero él siempre tuvo la ilusión de formar una familia.

Por problemas económicos tuvo que dejar el conservatorio en mitad de sus estudios y tuvo que meterse desesperadamente en el primer trabajo que encontró que pagasen bien que, en este caso, fue el de obrero. Por desgracia, lo que cobraba era tanto que al final se acomodó en esa vida.

Con veinticuatro años conoció a Sophie, una despampanante mujer que le robó el corazón prácticamente a primera vista. Nunca se le olvidaría lo mucho que ella distaba de él: él sucio, en vaqueros de trabajo, con guantes y casco de protección, mientras que Sophie vestía una falta de tubo y una americana que estilizaba cada una de sus curvas. ¿Cómo consiguió enamorar a una mujer que parecía tan por encima de sus posibilidades? ÉL nunca se lo creyó, pero Luca tenía una sensibilidad, una dulzura y una carisma tan agradable y cálida que Sophie sencillamente cayó rendida a sus pies.

Luca siempre fue un hombre muy letal, cariñoso y cargado de amor que regalar a todos los que amaba. Gracias a eso, con veintinueve años nació Sam, su primogénita y, hasta la fecha, su único retoño. Para él era la flor más hermosa del mundo. Su florecilla, como él solía llamarla.

Siempre tuvo una relación muy buena con su hija, la cual se estrechó todavía más cuando la pequeña recibió la noticia de que era una bruja. Miedo, orgullo, curiosidad... si hubiese sido por él se hubiera introducido en esa aventura con ella sin pensárselo dos veces, pero su vida no se lo permitía. Ya, por aquel entonces, Luca se había vuelto a conformar hasta un punto de no retorno. Cuando Hogwarts le 'arrebató' a Sam cada año, Sophie aprovechó también para cortar la relación que se había enfriado, divorciándose de Luca.

Podría decirse que entró en una pequeña época de depresión, prácticamente solo mientras la mujer de su vida empezaba de cero y su tesoro más preciado se hacía a su nuevo mundo. Él no quería ser un estorbo que la mantuviese en el aburrido mundo de los no mágicos.

Siempre mantuvo una relación con su hija mediante corre electrónico una vez se graduó, manteniéndose al día de sus logros. DE hecho, se mudó a Londres para estar más cerca de ella, abandonando su trabajo y empezando de nuevo con sus clases de piano. Desde que Sam desapareció del mapa después de un breve aviso que de cía que estaba en problemas y que debía desaparecer, Luca no para de mandarle correos. Desconoce lo que pasa, está preocupado y tiene un miedo apabullante pero... no tiene manera de dar con su hija. Sólo espera que Samantha sepa que él estará ahí para lo que necesite. Absolutamente todo.



@DasFlai

Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Ene 24, 2019 8:58 pm

Gwendoline frunció el ceño, extrañada, cuando Sam aseguró no reconocer a Brie Larson. Le dedicó una mirada interrogante, con una expresión bastante cómica en la cara. Y es que le resultaba curioso que Sam no se acordara de dónde había visto a la buena de Brie: tenía que ver con su adorada Beyoncé, de hecho.

—¿No te acuerdas?—Le preguntó, riendo divertida.—Bueno, vale. Es normal que no te acuerdes, en medio de tantos otros famosos que aparecían, como Jessica Chastain, Thandie Newton, Rosario Dawson, Jay Z. y, por supuesto, tu amada Beyoncé.—Por mucho que pudiera parecerlo, no: Gwendoline no dijo la palabra ‘amada’ con rencor, ni mucho menos. De hecho, seguía riendo divertida.—¿Cómo se llamaba ese videoclip? Family no sé qué… Ese que salió este año...—Gwendoline se llevó el dedo a la barbilla, pensativa.

Había pretendido burlarse en broma de la memoria de Sam, y ahora ella estaba quedando igual de mal. ¿Cómo podía ser que recordara tan bien detalles insignificantes del pasado, a veces no necesariamente del suyo propio, y que al mismo tiempo no recordase el título de una canción de Beyoncé? Seguro que Sam sabía perfectamente de qué estaba hablando la morena.

—¿Quieres que yo te dé una clase de organización cronológica de esas películas? ¡Si yo tuve que mirármelo en Google cuando empecé a verlas, a principios del año pasado!—Era cierto: recordaba que antes de aquella fecha, en pleno 2017, había sido bastante reticente a ver aquellas películas. Marvel no le seducía demasiado, y se limitaba al llamado Arrowverso en cuanto a series de cómics se refería. Y ni siquiera era forofa de los cómics ni nada parecido: simplemente, había empezado a ver Arrow porque era una serie de acción muy entretenida, con criminales y un justiciero que luchaba por su ciudad, y había terminado enganchada a la enorme bola que se había formado: The Flash, Supergirl, Legends of Tomorrow... ¡Hasta se había tragado Constantine!—Creo que en materia de superhéroes, Santi es tu hombre.—Sugirió.

Pero toda aquella charla insustancial e inevitable al salir de una sala de cine quedó en el olvido en el momento en que uno de los principales dilemas de la vida de la rubia se puso sobre la mesa: Luca Lehmann. El plan propuesto por Gwendoline era perfecto: Sam podría estar lo bastante cerca de su padre como para acercarse y hablar con él si así lo quería, y lo bastante lejos como para simplemente verle y escuchar su música, y marcharse si no se sentía con fuerzas de hablarle. Ambas opciones eran perfectamente válidas, y no sería Gwendoline quien le reprochase elegir la una o la otra. Se había prometido ser un pequeño impulso para ella en todo aquello, pero sin forzarla. Estaría a su lado pasara lo que pasara, como debía ser.

Le sonrió cuando la rubia reconoció que muy posiblemente habría sido perjudicial para ella el saber que existía la posibilidad de ver a su padre antes de la proyección de la película. Con toda seguridad, dejaría de prestar atención a la película y dedicaría el tiempo a pensar en cómo se sentiría al verle. Se pondría paranoica, imaginándose todos los escenarios posibles en que todo saldría mal, y al final diría que no. Y se marcharían a casa con una enorme decepción.

La sonrisa con que aceptó la propuesta fue lo más hermoso que Gwendoline había visto en lo que iba de año. ¿Que por qué? Pues porque por unos instantes, la Sam de veintinueve años desapareció y dejó paso a la Sam de once. Esa niña inocente e inteligente que había conocido en la biblioteca de Hogwarts, y que se había convertido en su mejor amiga. Una niña emocionada por volver a ver a su padre.

Casi deseó poder sentir lo mismo por el suyo.


***

Nada más aparecerse en el callejón cercano a Brisbane’s, las sorprendió la lluvia. Así era Londres: en una punta de la ciudad podía estar lloviendo, y en la otra relativamente despejado.

Previsora como era, Sam llevaba un paraguas en su mochila, y nada más se materializaron en aquella nueva parte de la ciudad, lo desplegó por encima de sus cabezas. Enseguida dejaron de sentir el frío repiqueteo de las gotas de lluvia en el pelo—la morena odiaba con toda su alma esa gota gorda y fría que siempre acababa aterrizando en medio de su cabeza, y que le hacía sentir un escalofrío por toda la espalda—. Se cogió con ambos brazos del de la rubia para pegarse lo más posible a ella, y comenzó a guiar la marcha.

El lugar era precioso—en especial por la noche, con sus rótulos de neón que le conferían un aspecto semejante a Broadway—y perfecto para pasear con tu pareja. Por este mismo motivo, Gwen se permitió disfrutarlo el poco tiempo que duró. Sam evitaba las zonas tan concurridas de la ciudad, por lo que aquellas ocasiones no se daban a menudo.

Se detuvieron unos instantes a la entrada de Brisbane’s, y Sam echó un vistazo al conglomerado de carteles que empapelaban la pared. Gwendoline, mordisqueándose el labio inferior mientras sonreía, alternaba la mirada entre el programa y Sam, sonriendo más ampliamente cuando la rubia localizó el nombre de su padre. El rostro de su novia se iluminó con otra de esas sonrisas que llevaban a pensar que la antigua Sam no había muerto del todo, sino que permanecía dormida y salía de cuando en cuando a recordar que el mundo no podía con ella.

—Tú misma lo has dicho: no tienes motivos para ponerte nerviosa, porque todo saldrá bien.—La alentó Gwendoline, quien tenía la firme creencia de que aquel reencuentro padre e hija iba a ser perfecto.—Estoy contigo, ¿vale? No lo olvides.—Le prometió, si acaso se olvidaba de que allí estaba ella para darle fuerzas. Algo le decía que no la necesitaría. Después de todo, Luca Lehmann había compuesto una pieza de piano para su hija, ¿cómo iba a salir nada mal?

Ya en el interior, Gwendoline podría asegurar que era incluso mejor que el exterior: de aspecto cálido, íntimo y acogedor, parecía el típico lugar de película antigua en que la gente iba a disfrutar de un rato agradable, con música, y sin miedo a que se produjera una pelea de borrachos. El tipo de lugar que a la morena le encantaba, en pocas palabras.

Se sentaron no muy lejos de la entrada, en uno de aquellos sillones tapizados que tan cómodos resultaban. Sam se quitó el abrigo, y Gwendoline hizo lo mismo, mostrando la camisa verde turquesa que llevaba por debajo. Tomaron asiento, y casi antes de tener tiempo de acomodarse, apareció el camarero para darle un susto a Sam. Tras una apresurada disculpa, Gwen escuchó las propuestas de bebidas, y finalmente se decidió por una copa de vino francés. Sam pidió lo mismo. Y mientras el camarero se retiraba a por lo que habían pedido, Gwendoline metió la mano en su bolso. Sacó su teléfono móvil, fue a la aplicación de la cámara, y la dejó preparada en modo vídeo. Para cuando comenzara la actuación del señor Lehmann.

—La verdad es que yo también estoy un poco nerviosa.—Confesó la morena con una breve sonrisa.—Hace mucho que no veo a tu padre. ¿Crees que se acordará de mí?—Teniendo en cuenta la pulga que era Gwendoline entonces, y lo callada que había sido siempre, no pensaba reprochar al señor Lehmann que no la recordara.

El camarero, un hombre bien vestido y de reluciente sonrisa, regresó manteniendo su bandeja en alto. Sobre ella llevaba una botella del susodicho vino y dos copas. Colocó una copa delante de cada una de ellas, y con elegancia y maestría, llenó ambas hasta la mitad sin derramar una sola gota. Gwendoline le dio las gracias con una sonrisa, y el camarero se retiró tras desearles una hermosa velada.

A los pocos minutos, las luces del bar se atenuaron de tal manera que lo único iluminado fue el escenario. Entonces solo había sobre este un piano con su correspondiente banco, vacío, y un micrófono de pie un poco por delante del piano. Subió entonces un hombre de traje blanco con una rosa en la solapa y se detuvo ante el micrófono de pie. Dio un par de toquecitos al micrófono para comprobar que funcionaba, dibujó una amplia sonrisa de dientes blancos en su rostro, y pasó a presentar al artista.

—Damas y caballeros. Permítanme presentarles a la estrella que amenizará esta velada. Llegado de Austria, y con orígenes humildes, algunos críticos le han calificado de ser el nuevo Billy Joel. ¡Un aplauso para Luca Lehmann!—El hombre alzó su mano, señalando a un lateral del escenario, mientras el público aplaudía. Sam y Gwen hicieron lo propio, pero la morena enseguida abandonó esa tarea para dedicarse a una más importante: grabar la actuación.

Colocó un pequeño teleobjetivo a su teléfono móvil—se había hecho con él a través de Amazon, y no había tenido ocasión de utilizarlo hasta ese momento—y enfocó el escenario. La luz que lo iluminaba permitía grabarlo a la perfección. Aquel sería un hermoso recuerdo para Sam: el reencuentro con su padre después de tantos años.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 26, 2019 4:15 am

Una cosa estaba clara: si en vídeo musical—o de lo que sea—salía Beyoncé, Samantha Lehmann no iba a poder prestar atención a otra persona que no fuese Beyoncé. A menos que estuviese acompañada de Scarlett Johansson o Cate Blanchett. Entonces, quizás, podría apartar un poquito la mirada. Era curioso que sus crushes fuese una mujer de piel oscura y dos blancas rubias, cuando claramente su prototipo de mujer a la hora de la verdad no tenía nada que ver con ese tipo de belleza. Y, por si no había quedado claro, Sam solía fijarse mucho en las morenas de ojos claros y es que, siendo rubia de nacimiento, adoraba los pelos oscuros.

El tiempo se le pasó volando desde que Gwendoline le había dicho lo de su padre, pues ya estaban entrando por la puerta de aquel bar. Se sentaron y, tras pedir lo que parecía una copa de vino—algo que Sam no sabría hasta que se lo pusieran delante—Gwendoline hizo una pregunta a la que Sam tenía una respuesta muy segura. —No me cabe duda —le respondió. —Has estado conmigo toda la vida, te conoce bien. Vale que hace mucho que no te ve, pero cuando hablaba con él, le hablaba de ti a todas horas. Creo que te tiene muy en cuenta como parte de mi vida.Y ahora, más que nunca, pensó, aunque Luca eso no lo sabría. El punto es que Samantha siempre hablaba de todo lo que le rodeaba y Gwen siempre había estado ahí, así que su padre era consciente de que esa chica que conoció hace tiempo, seguía en la vida de Sam. Además, fotos que Sam le podría haber llegado a pasar por el móvil, en las redes sociales, etc...

Y aunque Gwen no lo supiera porque hacía años y años que no hablaba con el padre de Sam, éste la tenía en gran estima porque siempre había estado con su hija. Teniendo en cuenta que su pequeña se había ido a otro país y a otro mundo, el hecho de que una persona siempre hubiera estado a su lado, apoyándola y acompañándola, era muy importante para Luca.

No tardó en llegar el camarero con las dos copas de vino tinto y Sam probó un poco. Ganas tenía de bebérselo todo de golpe, pero no lo hizo, ya que de repente la música desapareció del ambiente y un hombre trajeado se subió al escenario, presentando a Luca Lehmann. ¿Sabías quién estaba como un manojo de nervios en ese momento? Sam. Se encontraba con los dos codos sobre la mesa, las manos sujetando su rostro y sus pies, bajo la mesa, moviéndose continuamente de arriba abajo como si tuviese algún tipo de tic.

Cuando vio a su padre aparecer por un lateral, subir las escaleras y sentarse al piano tranquilamente, le recorrió tremendo alivio por todo el cuerpo… Como cuando ves el resultado del examen, aprobado, como si de repente ahí ya no tuvieras nada de lo que preocuparte. Tenerlo ahí delante, sentado con esa serenidad, le transmitía seguridad, como si en aquel bar no pudiese pasar nada malo y todo tuviese un ambiente muy hogareño y cercano. Y es que su padre siempre, siempre, le había transmitido esa sensación, de estar a su lado y sentirlo todo como un hogar, protector y cálido.

Luca no dijo nada cuando se sentó en el piano, sino que simplemente comenzó a tocar suavemente las teclas, con lentitud, conformando el principio de una pieza hermosa. Era una canción triste, llena de melancolía, cargada de emoción y… ¡maldita sea, papá! A Sam le dió un bajón de repente y, en esa misma posición nerviosa, comenzó a notar como le caían las lágrimas. Madre mía… Y se las intentó quitar, pero de mucho no servía. Tres minutos después, terminó de tocar esa pieza y se acercó al micrófono, para hablar.

Buenas noches —deseó, con una pequeña sonrisa en el rostro y sendas manos en su regazo, tranquilo. —Antes que nada agradecerles a todos por venir hoy y espero que podáis disfrutar de una agradable velada. Esto que acabo de tocar es un trozo del preludio de Arthur Lourié, pero no quiero mataros de depresión con tanta tristeza —bromeó, divertido, para entonces comenzar a tocar las teclas del piano lentamente. —Ahora voy a tocar un tema que muchos conocerán, gracias a la película de ‘El pianista.’ —Una película que había marcado a muchísima gente.

Luca comenzó a tocarlo, con pasión y muchísima seriedad. Sus dedos se movían por las teclas como si fuesen una extensión de su cuerpo y las notas sonaba por todo el bar con una armonía y una tranquilidad inigualables. Todo el mundo estaba en silencio, admirándolo. Menos Sam, claro, que todavía estaba haciéndose a que las lágrimas dejasen de caerle de los ojos por lo emocionada que estaba. Y es que… lo que estaba sintiendo ahora mismo en su pecho al ver a su padre a quince metros de ella, no podía ni describirlo. Suspiró, con sosiego. Tocó cuatro piezas más y, cuando terminó la última, volvió a acercarse al micrófono mientras tocaba con una de sus manos los acordes de una melodía propia.  

Esta pieza que voy a tocar ahora es de mi propia huerta y la sembré en honor a mi hija. La cual espero… poder volver a ver. Se titula ‘you brought magic to my life.’ —Y comenzó la canción. Y Sam la identificó porque desde que Gwen le había enseñado aquel vídeo en Youtube, no sólo lo había visto una vez, sino varias. Así que cuando empezó a tocarla, Sam cerró los ojos y se dejó llevar. Una de sus manos terminó en su boca y tuvo más de un intento de querer llorar y es que... Madre mía, ahora que la escuchaba en directo, veía a su padre tocarla de cerca y... le daba la sensación de que la pieza poseía partes felices, pero en sí misma estaba cargada de nostalgia. Y no se podía imaginar a su padre componiéndola más que triste. Y la verdad es que imaginarse a su padre triste, pues en ese momento le rompía un poco lo esquemas.

Terminó de tocar cuando terminó esa pieza y todo el mundo volvió a aplaudirle, mientras él sonreía con esa aniñada sonrisa que tanto le caracterizaba, tan risueña como la que poseía Sam. Ella también sonrió y, cuando su padre bajó del escenario, Sam se quitó las lágrimas de los ojos, se mojó los labios y tragó saliva. Se mantuvo callada unos largos segundos—o al menos a ella le parecieron eternos—y es que después de eso, sólo una cosa tenía clara. Miró a Gwendoline, aún con los ojos rojos. —Necesito darle un abrazo. No me puedo ir sin decirle nada. —Y es que no, ahora mismo es que algo dentro de ella lo único que quería era estar bajo los brazos de su padre y nada más. Volvió a tragar saliva, con un nudo en la garganta y bebió del vino que aún tenía delante. El mismo hombre trajeado subió a la tarima en donde estaba el piano, diciendo no se qué cosa de que la música se volvería a poner, pero Sam sólo podía mirar a Gwendoline. —¿Qué hago? —Y sí, le estaba preguntando por todo: su opinión de si sería buena idea, definitivamente, volver a tenerlo en su vida y, por supuesto, cómo narices acercarse a él. Simplemente... ¿sin más? ¿Esperaba a que se fuese? ¿O...?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Ene 26, 2019 3:44 pm

Gwendoline no pudo reprimir una sonrisa cuando Sam le dijo que le hablaba de ella a su padre. Incluso se ruborizó un poco. Después de todo, cada vez que Sam le decía cosas así, una sensación cálida se adueñaba de su corazón. Y es que había pocas cosas en el mundo que la hicieran más feliz que el hecho de que Sam la considerara una parte tan importante de su vida.

Que algunos diréis: ‘¡Pero Gwendoline, idiota! ¡Si es tu novia! ¿Cómo no vas a ser importante para ella?’ Y tenéis razón, pero Gwendoline no se caracterizaba por su gran autoestima y por pensar lo mejor de ella misma en todo momento.

Después de que el caballero del traje blanco y la rosa en la solapa anunciara la actuación de Luca Lehmann, reinó el silencio entre las dos, y en todo el Brisbane’s. Gwendoline fijó la vista un segundo en la pantalla de su teléfono móvil para asegurarse de que estaba grabando correctamente, contemplando una imagen digital en movimiento del susodicho caballero retirándose del escenario, llevándose el micrófono de pie con él.

Durante unos segundos solo hubo un piano iluminado por los focos en lo alto del escenario, y Gwendoline aventuró una mirada en dirección a Sam. Se la encontró congelada en su asiento, más nerviosa de lo que recordaba haberla visto en mucho tiempo, y volvió a sonreír. Y es que, con nerviosismo y con todo, sus labios estaban curvados en una sonrisa insegura.

Devolvió la mirada al escenario después de comprobar una vez más que tuviera bien encuadrada la escena, y entonces Luca Lehmann hizo acto de presencia. Gwendoline sonrió mientras el progenitor de su novia se sentaba al piano, acercando el banco a éste lo justo para estar cómodo. Enseguida colocó los dedos sobre las teclas, y la música empezó a fluir.

La morena mentiría si dijera que permaneció atenta en todo momento a la actuación de Luca, pues en realidad se pasó gran parte de ésta mirando a Sam. En un momento, la rubia comenzó a llorar de pura emoción, pero Gwendoline no la interrumpió para consolarla: a pesar de las lágrimas, Samantha estaba teniendo su momento, si reencuentro personal con su padre. No tenía que meterse en aquello, pues era un momento de padre e hija.

Cuando terminó la primera pieza, Luca habló al público. Gwendoline se aseguró de capturar aquel momento a la perfección, y no fue sin dificultades: cuando el señor Lehmann mencionó el título de aquella canción que había compuesto para su hija, así como el deseo de volver a verla, sintió que le temblaban las manos. Y sí, ella también derramó un par de lágrimas fruto de la emoción.

Un vistazo a Sam se la mostró con los ojos cerrados, y haciendo un gran esfuerzo para no llorar. Se recordó a sí misma cogerle la mano cuando terminara la actuación.

Cuando la pieza terminó, Gwendoline dejó el móvil a un lado para dedicarle un sentido aplauso al señor Lehmann, uniéndose a todos los presentes en el bar. Incluso el hombre del traje blanco aplaudía, apoyado de medio lado en la cara interior de la barra. Los dientes en su enorme sonrisa relucían incluso en la oscuridad.

Sam rompió entonces el silencio entre las dos, y una Gwen con los ojos todavía húmedos le sonrió, soltando también una especie de risita nerviosa. No podía describir lo feliz que estaba de escuchar aquellas palabras de boca de la rubia.

—¿Qué te parece que vas a hacer? ¡Ir y darle un abrazo!—La animó la morena, riendo otra vez, mientras cogía su mano.—¿Le has escuchado? Espera poder volver a verte.

Gwendoline desvió la mirada en dirección al escenario, donde Luca recibía felicitaciones por su actuación. Las respondía con sonrisas, dando las gracias y tomándose fotografías con aquellas personas que se lo pedían. Casi parecía una celebridad, aunque de esas que se tomaban bien la fama.

Cuando el público estuvo satisfecho, el hombre del traje blanco se adelantó para estrecharle la mano. Luca respondió, y tras un pequeño intercambio de palabras, el hombre del traje blanco le puso una mano en la espalda y lo condujo a la barra. Por lo que sucedió después, con el camarero poniéndoles una cerveza a cada uno delante—Weibbier, Gwendoline estaba segura de ello—, supuso que el susodicho había invitado al señor Lehmann a tomar una copa para celebrar su éxito.

—Mira, está en la barra. Espera aquí, ¿vale?—Gwendoline puso ambas manos en los hombros de Sam, mirándola a los ojos.—No te pongas nerviosa, todo va a salir muy bien.—Y le dio un beso muy suave en los labios antes de levantarse el sillón.

Gwen caminó en dirección a la barra, contando con que Luca no la reconociera después de tantos años. El local volvía a estar iluminado, pero igualmente la luz no era tan buena. Así que muy posiblemente tendría que decirle quién era. Y lo más gracioso de todo es que ella misma estaba nerviosa.

Con todo y con eso, allí estaba ella, a un par de pasos del señor Lehmann. Respiró hondo y lo saludó.

—Buenas noches, señor Lehmann.—El hombre, que sonreía ante alguna anécdota que le contaba el hombre de blanco, muy posiblemente sobre música en directo, se giró hacia ella, intrigado. Gwendoline le sonrió.—Seguro que no se acuerda usted de mí. Soy...
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