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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 7 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Lun Ene 28, 2019 4:38 am

Luca Lehmann estaba muy agradecido con las oportunidades que había tenido en Londres desde que había llegado, pues creía que había conseguido, después de arduo trabajo, su golpe de suerte para poder hacer lo que realmente le gustaba; lo que disfrutaba haciendo. El simple hecho de pensar que sus manos, cargadas de cicatrices por sus fuertes días en la construcción, ahora acariciaban con delicadeza las teclas de un piano, le hacían darse cuenta de que ni su vida era la misma, ni mucho menos él.

Tras tocar aquellas canciones para aquellas todas maravillosas personas que habían ido a verle, agradecerles a todos con su atención y su sonrisa para las fotos, se fue a la barra con el gerente del bar, quién le había invitado a una cerveza. Pocas veces tenía 'fans' que le hablaban fuera de ese momento de acercamiento después de la función, pero una voz desconocida le llegó a sus oídos, muy educada y tranquila. Estaba sonriente debido a una anécdota muy graciosa que le contaba Ulfric Bane, por lo que le hizo una señal de que le diese un momento para poder atender a la persona que le llamaba y se giró, encontrándose con los ojos de una morena.

Y no, no era en absoluto una morena desconocida para él. Esa mirada la había visto antes, por mucho que aquella jovenzuela que vio hace muchos años ahora fuese una mujer. Prácticamente dejó de sonreír y en su rostro se pudo ver la viva imagen de esperanza y sorpresa. —Gwendoline. —Le interrumpió, terminando su frase.

Mira que Luca podía tener muchos defectos como persona, pero siempre había intentado ser un buen padre. Y la vida de Sam siempre fue prácticamente más importante, emocionante y divertida que la que le había tocado vivir a él. Sus amigos, en especial Henry y Gwendoline—porque fueron los que más estuvieron con ella después de su graduación—eran conocidos por Luca. Además de que no había tenido tiempo de olvidarse teniendo en cuenta que después de tres años sin tener contacto con su hija, al ver los recuerdos de ésta siempre iban en compañía de algunos de los dos. Es por eso que ahora mismo a aquel sencillo hombre que no esperaba nada de esa noche, se le acababa de encender el mundo. Era, literalmente, la primera vez en tres años que se sentía tan cerca de Samantha.

Y tuvo miedo por una milésima de segundo: ¿después de tres años, viene una amiga a hablarle? ¿Y si le había pasado algo...? ¿Y si en realidad...? Pero Luca, que había desistido de pensar en eso hacía ya tiempo, no pudo más que sonreír, poniéndose en pie con cierta torpeza. —Lo siento, me has dejado sin habla. —Se disculpó, nervioso, llevándose una de sus manos al pecho. —Claro que me acuerdo de ti. Has cambiado desde la última vez que te vi, pero no olvidaría la cara de la mejor amiga de mi hija. —No olvidaría la cara de nadie que hubiera sido relevante en la vida de su hija, mucho menos de quién la había estado acompañando toda su vida, casi más que él mismo. Tragó saliva, visiblemente nervioso, para entonces tomarse la ligera libertad de sujetar una de las manos de Gwen entre las dos suyas, en un gesto protector casi paternal. En realidad le hubiera gustado hasta abrazarla al ser lo primero que encuentra tan cercano a Sam, pero no quería pecar de exceso de confianza. —Gwendoline, me alegro muchísimo de verte... no sabes cuánto. —Había vida en el otro mundo. Había tenido noticias de allí después de tanto tiempo, ¿qué más podía pedir? —Pero no sé si el hecho de tenerte aquí delante es algo bueno como para animar a mi cuerpo a tener esperanza o si por el contrario vienes con malas noticias. Algo me dice que no es casualidad que estés aquí... —mencionó, consciente de que personas como ellas podían evitar a personas como él muy fácilmente.

Inevitablemente, miró alrededor, por si estaba Sam. Sin embargo, la vio.

Y normal que no viese nada, pues la mesa en la que estaban sentadas no quedaba del todo visible desde en dónde estaban ahora mismo Gwendoline y Luca, además de que estaba en una zona bastante oscura. Y Samantha, por su parte, se encontraba escondida detrás de sus manos, que tapaban casi la mitad inferior de toda su cara, observando desde un punto. Se le derritió el corazón al ver cómo el rostro de su padre cambiaba al ver a Gwendoline, cómo le sujetaba la mano y... Todavía no entendía ese sentimiento que le estaba carcomiendo por dentro: ¿era felicidad? ¿Eran nervios? ¿¡Qué narices pasaba ahí dentro!? Pero sí, lo más probable es que estaba siendo consciente de que su padre estaba más cerca que nunca y, por mucho que le gustase negar la evidencia a esta rubia, una cosa estaba clara: había estado mucho tiempo alejada de su padre, un padre al que adoraba. Y ahora mismo estaba viendo que lo iba a recuperar. Y por mucho que pudiese pensar en cosas negativas, su cuerpo solo podía sentir cosas positivas.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ene 28, 2019 2:06 pm

Ella se lo había dicho, y a pesar de todo, Gwendoline no se lo había creído: Luca Lehmann no sólo la reconoció, sino que lo hizo al momento, nada más poner la vista sobre ella. A la morena se le curvaron los labios en una sonrisa insegura, y de repente volvió a sentirse muy pequeña. Como cuando tenía doce años, y Sam y ella habían empezado la que sería la mejor amistad de la vida de la morena.

Asintió con la cabeza, y si el señor Lehmann se había quedado sin palabras, a Gwendoline le sucedió tres cuartos de lo mismo. Desde un punto de vista ajeno, debían ofrecer una imagen muy extraña, simplemente mirándose, él con incredulidad, ella con una sonrisa dubitativa en los labios.

El primero en hablar fue Luca, y Gwendoline negó enseguida con la cabeza.

—No se preocupe. No pasa nada.—Respondió Gwendoline, sin poder evitar sentir ese calor familiar en el pecho cuando Luca la definió como la mejor amiga de su hija. Ese calor que solamente Sam Lehmann había sido capaz de provocar en su interior, como muchas otras cosas.

Entonces, el señor Lehmann tomó la mano de la morena entre las suyas. Eran unas manos ásperas pero acogedoras, fruto del trabajo en la construcción. Y casi costaba imaginar que aquellas misma manos, las que un día habían empuñado herramientas muggles y habían levantado sacos de cemento a pulso, eran las que habían extraído aquellas notas tan dulces, tan apasionadas, y en ocasiones tan tristes, del piano que presidía en esos momentos el escenario.

Lo que sí estaba claro era que aquellas manos tenían el toque protector que solo un padre podría tener con una hija.

—No, no es casualidad.—Aseguró Gwendoline.—Y tampoco traigo malas noticias.—Se apresuró a añadir, y su mente la traicionó un poco: recordó diciembre de 2017, mes en que Sam y ella se habían reunido nuevamente, pero también mes en que a punto había estado de ocurrir algo irremediable. Si aquello hubiera ocurrido, las noticias que Gwendoline daría a Luca Lehmann serían descorazonadoras. Pero no ha ocurrido, así que no lo pienses más… Por favor.—Verá, en el último mes he estado siguiendo un poco sus andanzas en el mundo de la música, y debo decir que me sorprendió muy gratamente: ha cosechado usted un gran éxito.—Gwendoline estaba nerviosa, y en ese entorno en que no llevaba su máscara de inexpresividad, la que vestía en el Ministerio, se le notaba lo insegura que realmente era.—Y esta noche me he atrevido a pasarme por aquí para disfrutar en directo de su música. Aunque no he venido sola.

Con su mano todavía sujeta por las dos de Luca, Gwendoline se hizo a un lado y levantó su mano libre para señalar en dirección a la mesa que Sam y ella compartían. Allí, con las manos delante de la boca, nerviosa como pocas veces la había visto antes la morena, esperaba Sam. Su hija. La protagonista e inspiradora de aquella pieza de piano de temática triste y melancólica, pero con tintes de felicidad y esperanza.

—Estoy segura de que ella habría venido antes a verle, pero… en ‘nuestro mundo’ ha habido ciertos problemas...—Explicó Gwendoline con cierto pesar y gravedad en su tono de voz. No iba a decirle más, pues recaía sobre Sam la decisión de si decirle o no todo lo que le había sucedido en aquellos tres años.—Pero no se hable más: vamos a verla.—Le animó Gwendoline, con una sonrisa esperanzada en el rostro.

Se quedó solamente con una de las manos de Luca sujeta a la que el señor Lehmann había tomado entre ellas, y tirando suavemente de él, le condujo en dirección a la mesa a la que estaba sentada Sam. No tuvo que insistir mucho, y a unos pasos de la mesa, Gwendoline se quedó atrás y dejó que el señor Lehmann continuara el camino solo.

Desde su posición de espectadora, Gwen observó cómo el hombre se acercaba a su hija, y cómo ella se ponía en pie. Y la emotividad del momento hizo que, nuevamente, los ojos de Gwendoline se humedecieran.

Cuando quiso darse cuenta, la morena ya derramaba lagrimones, los cuales secaba con el dorso de la mano.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ene 30, 2019 3:32 am

Aquel sencillo hombre miraba a Gwendoline con el corazón en la mano, siendo consciente de que en ese mismísimo momento, era lo más cerca que había estado en esos años de Sam. Y no precisamente porque estuviese sentada cerca de él, a apenas unos diez pasos en una dirección. Tuvo que tragar saliva, aliviado, cuando escuchó que no traía malas noticias, cerrando incluso unos segundos sus ojos para procesar tremendo alivio y estallido de esperanza. No se le pudo evitar soltar una pequeña sonrisa, incluso. Y es que su miedo durante todo este tiempo había sido precisamente el tener esperanzas por algo perdido... y la verdad es que no se le ocurría nada peor que el haber perdido para siempre a su hija y él vivir en la ilusa esperanza, hasta que en algún momento se enterase.

A punto estuvo de agradecerle sus palabras, pues realmente pensaba que, como él, quizás Gwendoline tampoco sabría nada de Sam y, quizás, acercarse a otro Lehmann le hacía hacerla sentir cerca de ella. O que quizás, sencillamente, creía que alguien como Luca se merecía saber lo que había ocurrido. Sin embargo, no dijo nada, pues cuando le mencionó que no había venido sola y le señaló hacia las mesas, una en concreto. Y fue cuando Luca vio aquella mirada brillosa mirándole desde allí.

Sintió como le flaqueaba el labio inferior al ver a su hija, quien, al ponerse en pie al intercambiar aquella mirada, también tenía unos sentimientos muy fuertes en su interior. Entonces apretó la mano de Gwendoline, la miró con lágrimas en los ojos y le sonrió. —Gracias, muchísimas gracias —le dijo, con genuina sinceridad.

Soltó sus manos y sin apartar la mirada de Sam caminó hacia ella, rodeando aquella barra hasta llegar al mismo pasillo. Samantha se quedó quieta, de pie junto a la mesa, sin apartar la mirada de él. La única diferencia es que ella ya estaba llorando. Cuando sintió los brazos de sus padres rodeándola por el cuello, pegó la cabeza en su pecho y sollozó, rodeándole a él por el tronco. Luca era de la misma altura de Sam, por lo que aquel abrazo le sentó como si estuviese abrazando al ser más grande del mundo; y de hecho prácticamente lo era para ella. Se sentía como la niña pequeña que siempre sería para él. Luca besó la cabeza de Sam varias veces y fue en ese momento en el que se dio cuenta de todo el tiempo que llevaba sin ese amor y lo mucho que había necesitado a su padre. Lloró y lloró.

Luca se separó un poco de ella para poder verle la cara, con ese pelo castaño y esos ojos marrones. Daba igual el color, para él es como si estuviese viendo a la misma Sam rubia de sus mismos ojos azules. —Sam…

Lo siento, papá… —Se disculpó, mirándolo a los ojos, con los suyos rojos y cargados de lágrimas. No eran de tristeza, sino de alegría y emoción, pero no era la primera persona a la que había dejado de lado por culpa de su vida y precisamente sabía que había hecho las cosas de manera muy tajante para sus seres queridos. Y que tal y cómo había actuado, no era lo mejor para los sentimientos de nadie. —Siento haberme ido así, no haberte dicho nada… Siento… —Balbuceaba, intentando excusarse.

Sam —le nombró, sonriente, subiendo sus manos a su rostro. —Sam, cariño… —Le intentó tranquilizar. —No pasa nada, no pasa nada... —Y cuando la mirada de Sam se fijó en la de él, Luca tenía bien claro lo único que le importaba en ese momento: —Estás viva. Estás aquí. Nada más importa, absolutamente nada. Te tengo aquí… —Y le volvió a abrazar, con esa sensación de estar abrazando algo que creías perdido y que es lo único capaz de llenarte realmente el alma. Todavía con lágrimas en los ojos y sintiendo que le temblaba el cuerpo entero, sus siguientes palabras le salieron casi por necesidad, como si llevase demasiado tiempo sin decirlas en voz alta, por falta de tener a quién decírselas de corazón: —Te quiero mucho, mi Florecilla. —Sam rió en medio de su llorera, feliz. Florecilla, dice...

Y yo a ti, papá  —le respondió.

Y sinceramente, le daba igual estar en medio de un pasillo—con más de algún cotilla dándose cuenta de la historia del reencuentro familiar—que ahora mismo Sam veía como los brazos de su padre el mejor sitio en el que quedarse esa noche. Sin embargo, ambos se dieron cuenta de en donde estaban y se separaron, mirándose como padre e hija emocionados, sonriéndose y riéndose por estar los dos como dos patatas lloronas. Y es que Sam posiblemente no fuese consciente de lo que sentía ahora mismo su padre al ver a su única hija y lo que más quería en el mundo, delante de él y con vida, sobre todo después de sus nefastos pensamientos sobre lo que podría haber pasado.

Sam se quitó las lágrimas de los ojos con el dorso de su mano, pero… vamos, por mucho que se quitase la humedad, ahí seguía habiendo claros indicios de que había llorado un porrón en muy poco tiempo. Vio a Gwen cerca y le tendió la mano en el aire, para invitarla a acercarse a ellos. La sujetó con delicadeza, acercándola a ellos. —Ella tiene todo el mérito de que haya sacado valor de venir a verte —le dijo a su padre, quién había sacado un pañuelo del bolsillo para poder secarse los ojos. —Y me alegro de que lo haya hecho.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 30, 2019 2:34 pm

Gwendoline permaneció unos pasos por detrás de ellos mientras tenían su ansiado reencuentro, que sin duda se había hecho esperar demasiado tiempo.

En el momento en que padre e hija se abrazaron, las lágrimas corrieron por las mejillas de Gwendoline igual que por las de ellos dos. Y es que si bien la morena no solía llorar, ciertas situaciones en la vida podían con ella.

Por supuesto, sus lágrimas eran de alivio, de felicidad y emoción. De imaginarse lo mal que debían haberlo pasado el uno separado de la otra. De imaginarse el alivio que debían sentir el uno, abrazando por fin a su niña desaparecida, y la otra, sintiendo la protección de aquellos brazos, de aquellas manos que con toda seguridad la había sostenido mientras daba sus primeros pasos en aquel mundo, que no tardaría en tornarse cruel.

La morena supo, mientras observaba el reencuentro, que aquello tenía que ocurrir. Era algo tan perfecto que tenía que ocurrir. Ninguna hija debería verse obligada a abandonar a un padre al que quería, y ningún padre bueno y generoso debía verse privado de la sensación de abrazar a su hija.

Se secó las lágrimas con el dorso de las manos, y cuando Luca Lehmann pronunció aquellas cuatro palabras, ‘Te quiero, mi florecilla’, no pudo evitar sonreír. Ya conocía la historia de ese apelativo cariñoso que le reservaba la rubia solo a ella, pero ser testigo de ello la hacía comprender lo importante que era aquel apelativo. Y se sintió afortunada de que Sam se lo hubiera reservado solo a ella.

Cuando Sam alargó la mano en su dirección, la morena se acercó y la tomó con la suya. Se acercó a ellos, sin soltar la mano de Sam, y sonrió ante sus palabras.

—Eso no es cierto.—Le dijo con cariño a la rubia, mientras Luca Lehmann se secaba las lágrimas con su pañuelo.—Has sido muy valiente, y gran parte del mérito es tuyo.—Gwendoline se volvió hacia Luca, componiendo una amplia sonrisa, para decirle algo que, en su opinión, él tenía que saber.—Señor Lehmann, tiene usted la hija más valiente del mundo. Y viéndole tocar esta noche, viendo la manera en que usted ha perseguido sus sueños, estoy segura de que lo ha sacado de usted.

No iba a decirle más. Era decisión de Sam, únicamente de Sam, contarle todo lo que le había sucedido en los últimos tres años. Quizás fuera capaz de contarle ciertas cosas, o quizás no, pero la decisión recaería sobre ella.

Volvió la mirada en dirección a su novia, y le limpió con los pulgares un par de lágrimas que caían por sus mejillas. Luego la miró a los ojos.

—Tenéis muchas cosas de las que hablar.—Le dijo, para luego mirar al señor Lehmann.—Y yo estoy de más aquí, pues ya tienes la mejor compañía del mundo.—Sonrió a aquel buen hombre, con un alma tan gentil que era capaz de interpretaciones tan magistrales al piano como aquellas de las que habían sido testigos aquella noche.—Avísame cuando termines, y me pasaré a recogerte, ¿de acuerdo?—Le dijo a Sam. Pensó en darle un beso a la rubia, pero decidió no hacerlo: era otra de esas cosas que estaba en su mano contarle a su padre.

Les dio las buenas noches a ambos, y se dirigió a la barra. El gerente del bar, con su reluciente traje blanco, se encontraba limpiando la barra con un paño húmedo. Aquel detalle decía mucho de su implicación en el negocio: muchos gerentes dejaban la limpieza en manos de sus empleados.

La recibió con una sonrisa, y Gwendoline le correspondió. Acto seguido, le explicó lo que quería.

—¿Me puede hacer una cuenta?—Se volvió para señalar la mesa de Sam y Luca.—Cárgueme todo lo que consuman el señor Lehmann y su acompañante, ¿quiere? Me pasaré a pagar esta misma noche o mañana.

El hombre no tuvo problema alguno para hacerlo. Le tomó algunos datos personales, y una vez todo estuvo listo, la agradeció por su visita y deseó, sinceramente, que volviera a visitar Brisbane’s.

Mientras salía del local, Gwendoline lo tuvo muy claro: por supuesto que pensaba volver. Sobre todo si tocaba Luca Lehmann.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ene 31, 2019 3:07 am

El estallido de felicidad que ahora mismo sentía el señor Lehmann era incomparable con nada de lo que hubiese sentido en los últimos tres años. Sentía que después de todo este tiempo, habían valido la pena todos esos momentos en donde se sentó frente a ese portátil desmejorado, abrió ese dichoso correo que nunca utilizaba y mandaba cartas a Samantha. Ahora sabía que las había estado leyendo, que había alguien al otro lado y que, después de todo, podría abrazar al remitente que nunca le devolvía los correos. La verdad es que Luca no podía imaginarse en absoluto por lo que había pasado Sam, pero de una cosa no tenía duda: tenía la hija más valiente del mundo y eso lo sabía. El día en el que se enfrentó ella sola contra su nuevo mundo, en aquel Expreso de Hogwarts un uno de septiembre, Luca sabía que su pequeña de once años ya tenía mucha más valentía que la que él podría tener nunca.

El pobre hombre estaba super sensible, por lo que las palabras de Gwen hicieron que sonriese casi con timidez.

Bueno... no vine a Londres persiguiendo precisamente el sueño de la música —confesó, de manera adorable, echándole una mirada perspicaz a Samantha, con cariño y devoción. Y es que para Luca, su sueño siempre fue ella.

Cuando Gwendoline dijo que estaba de más, Sam la miró con ganas de rechistar. Y es que ella en absoluto pensaba que estuviese de más. De hecho, es que últimamente sentía que allí en dónde estuviera Gwen, de manera automática se convertía en un sitio mejor. Pero no le iba a quitar la razón tampoco en que ahora mismo se encontraba con la mejor compañía del mundo.

Sabes que no estás de más —le dejó claro, mirándola directamente a los ojos con un brillo de puro agradecimiento. Cada vez que la miraba, sentía... ¿cómo era posible que no dejase de ofrecerle felicidad siempre? —No hace falta. Vete a casa, yo iré después. —Le sonrió, para que no estuviese preocupada en estar pendiente de una llamada de Sam.

Quizás no se hubiesen dado un beso en ese momento, pero a Luca no le pasó desapercibido cómo se miraban al hablar, cómo se tocaban con cariño y, sobre todo, cómo se miraban al separarse. Podrían haber estado tres años separado de su hija, pero siempre sería su hija y la conocía muy bien. De hecho, después de eso se sentaron en la mesa y comenzaron a hablar de una cosa tras de otras, bien pegaditos porque... bueno, Sam sólo quería abrazarlo una y otra vez. Cómo es evidente, hablaron de muchas cosas, pero la primera de toda era el por qué de que hubiera desaparecido tras un aviso de que estaba en problemas. Le explicó todo lo que había ocurrido en el mundo mágico y omitió por completo la parte de los Crowley. Gracias a Merlín, Luca no estaba muy ubicado con las fechas—o eso, al menos, creía Sam cuando Luca se estaba percatando de todo—por lo que no tuvo que dar explicaciones de más. Él se limitó a escucharla, sin intención de preguntar por lo que no cuadraba. Sinceramente, él ya había asumido que algo muy fuerte habría pasado para que Samantha hubiese actuado así, por lo que creía que le estaba ocultando información. En aquel momento no le importó, aunque esperaba que en algún momento confiase en él. Le explicó el porqué de su aspecto, que era una fugitiva y... bueno, cómo había tenido que vivir.

También le contó cómo había vuelto 'a la vida' junto a Caroline y Gwendoline... y, cómo no, también le tuvo que explicar todo lo que ocurrió con Henry, ya que nunca le había contado nada y, actualmente, se sorprendía de que no estuvieran juntos, pues de pequeños eran inseparables. Se podía ver en la mirada de Luca lo agradecido que se mostraba ante sus dos amigas, por haber ayudado a su hija y, sobre todo, estar ahí cuando él no podía. También le contó que estaba con Gwen, con timidez y un resumen de cómo había sucedido todo durante este año. Luca no vivía en su contento, pero se quejó de que no se lo hubiera dicho con todavía Gwen delante, ¡era oficialmente la primera novia de Sam que conocía! La rubia siempre fue muy recelosa con sus parejas con su familia, incluso con su padre, aunque éste siempre se mostró abierto y feliz, fuese cual fuese su decisión con su vida.

Luca, por su parte, habló de su vida en Londres y de cómo poco a poco había conseguido que bares como ese apreciasen su música. Sam le preguntó por su madre, sorprendiéndose gratamente cuando le dijo que estos tres años habían manteniendo una buenísima relación debido a la preocupación por ella. Hablaban todas las semanas, al menos tres veces. De hecho, también le habló de su medio hermano—a quién Luca había conocido el año pasado cuando viajó a Austria—, de su otro padre—a lo que Sam lo miró con ganas de pegarle en el hombro por siquiera sugerir que pudiera tener otro padre—y, como no, de Sophie, su madre. Luca era bien consciente que Sophie y Sam nunca habían tenido la mejor relación de madre e hija, pero se merecía saber que estaba bien. Y Sam no lo sabía, pero la pérdida de Sam habían cambiado bastante a Sophie Ebner.

Estuvieron más de dos horas hablando. El camarero había ido varias veces y mientras Luca se pedía vino blanco, Sam se limitó a pedirse agua porque estaba un poco agita del gas del refresco del cine y después de llorar bebiendo vino tinto, se le habían quitado las ganas de beber más vino. Cuando se querían ir, el camarero dijo que ya todo estaba pagado, que no tenían de qué preocuparse. Luca miró al tipo de blanco, que estaba en la barra sonriente—imaginándose la situación entre ellos por las sonrisas, las lágrimas y las miradas—y se encogió de hombros, diciendo que él no había sido. Sam sonrió, siendo consciente de quién había sido.

Ya con el bar casi vacío, se fueron. Sam acompañó al padre a la casa en taxi y aprovechó para entrar a verla, sorprendiéndose del piso que había conseguido y que tanto le recordaba al que ella tenía antes. Tras un rato muy largo despidiéndose, pues ambos tenían la sensación de no querer separarse, Sam se desapareció.

Apareció en casa de Gwen en donde siempre lo hacía: miró en la cocina, en el sillón por si estaba acostada pues la televisión estaba encendida y tras avisar de que estaba allí para no darle un susto de muerte, se metió por el pasillo hasta su habitación. No llegó hasta el final, pues se paró al verla salir del baño en pijama. La miró de arriba a abajo, suspiró sin creerse que aquella maravilla de persona estuviese con ella y se acercó hasta ella para besarla con esa ganas casi reprimidas. En ese momento pensaba que si hubieran roto esa barrera, que precisamente por su culpa no se rompía, ahora mismo tenía muy claro como agradecerle todo lo que había hecho por ella. Sin embargo, se limitó a coger aire a unos centímetros de sus labios, sonreír como una completa idiota, apaciguar tanta alegría interior que se ve que no sabía gestionar y… contárselo todo.
Sam J. Lehmann
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