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El Señor Sonrisas. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Jue Abr 18, 2019 3:48 am

Recuerdo del primer mensaje :

El Señor Sonrisas. —Laith Gauthier. - Página 3 3z0t9Py
Habitación de Samantha | 13/03/2019 | 16:32h

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Dario Naharis
20:42
Dario Naharis
EN LÍNEA.

Hola, si hipotéticamente tuviera cita el día 15 de marzo, a las cinco de la tarde, con Kelsey, ¿te vendría bien?

Hipotéticamente depende.

Hipotéticamente de qué.

De...

...

En realidad si es hipotético me viene bien, pero si por alguna razón se vuelve realidad me surgiría una grandísimo compromiso que sólo podría cambiar si me pagas con chocolate.

Es un pago que hipotéticamente en la realidad podría pagar.

Ya te digo que en realidad no es hipotético. Tengo cita de verdad.

Y yo en realidad no tengo ningún compromiso. Me estaba haciendo hipotéticamente la interesante.

Entonces te secuestro 😌

Hipotéticamente, claro. 👀

Mi autocorrector me corrige todas las palabras por 'hipotéticamente' de todo lo que he usado la palabra hipotéticamente.

Pensé que era a mí solo.

Somos retrasados.

Sí.

Hipotéticamente, claro.

Obvio. 💁

¿Cuento entonces contigo?

Always I love you Allí estaré.








Y entonces se le cayó el teléfono móvil en la cara. Sufrió uno de esos ataques de miocardio en donde piensas que se te ha roto la nariz o has perdido un ojo.

Oh, ¡no! —Gritó, dolorida, llevándose la mano a la nariz porque parecía que se estaba desangrando. Su cerdito abandonó la cama dando una voltereta, asustado de repente.

Pero falsa alarma, no había pasado nada. No había sangre.

Sam se acababa de levantar de la siesta y había mantenido toda esa conversación en la cama, riéndose como una idiota por los dos tontos muy tontos que parecían hablándose con la maldita palabra ‘hipotéticamente’ en cualquier lugar que cuadrase, aunque careciese totalmente de sentido. Desde aquel día en el café, se había vuelto su muletilla más idiota.

La verdad es que desde que Laith le había propuesto el ayudarle y Sam había accedido, no tenía pensado echarse atrás. De hecho, se había mentalizado bastante de lo que podría llegar a encontrar en la mente de la chica, intentando no llevarse ninguna sorpresa. Como legeremante tenía que tener nervios de acero y no dejarse llevar por lo que viese en mentes ajenas, pero el problema de Samantha—algo de lo que no te avisan en primero de legeremancia—es que las personas demasiados empáticas lo pasan realmente mal en este tipo de trabajos.

Y por si no lo sabías: la rubia era terriblemente empática y ya se estaba esperando lo peor. Para colmo, no estaba nada acostumbrada en meterse en mentes infantiles y tampoco sabía cómo sería tratar con los sentimientos de una niña tan pequeña. Pero como se solía decir: era una profesional, así que haría lo que hiciera falta, más todavía si era para ayudar a una pobre niña.


Hospital Saint Thomas | 15/03/2019 | 17:01h | Atuendo

Llegado el día, sin embargo, estaba algo más tranquila. Había ido a trabajar normalmente por la mañana y por la tarde se había preparado para ir al Hospital Saint Thomas, que se encontraba prácticamente en el centro de Londres. Recordaba haber ido una vez a ese hospital de emergencias, pero la verdad es que ni lo recordaba porque habían sido emergencias nocturnas con un alto porcentaje de alcohol en venas. ¡Nadie se libra de historias patéticas de borracho en esta vida! Desde que estaba en Londres siempre había asistido a San Mungo y desde que es fugitiva no pisaba un hospital ni como Samantha Lehmann, ni tampoco como Amelia Williams.

Sin embargo, ese día fue allí como la señorita Williams, una joven alemana que se había ido a Londres a buscarse la vida como camarera. Menos mal que habían muchos perfiles así, o nadie se creería que en Inglaterra se vivía mejor que en Alemania. Por suerte, como Amelia Williams actualmente era muy libre, se había inventado una tapadera de psicóloga que poder soltar tranquilamente si alguien le preguntaba por su trabajo cuando estuviera tratando a Kelsey. Se lo había memorizado. Iba a optar por lo de la India, pero nadie se creería que alguien como Sam viene de allí. Eso sí, en sus estudios inventados se había pasado como cinco años estudiando en ese país su técnica secreta mental. Le había mandado ayer un audio a Laith explicándoselo todo, para que no fuesen subnormales en soltar cosas diferentes en el caso de ser necesario.

Entró al hospital y se sintió perdida, por lo que sacó el móvil y le mandó un WhatsApp a Laith, quién le dijo que era en la tercera planta, al final a la izquierda, en la zona infantil. Sam se aventuró y se metió en el ascensor, intentando seguir las directrices de su amigo. Unos tres minutos después, Laith salió de una habitación y pilló a Samantha caminando por el pasillo. Le llamó por su nombre falso, a lo que ella mostró una sonrisa.

Hola —lo saludó, besándole la mejilla por inercia. Estaba un poco nerviosa. —¿Cómo lo vamos a hacer al final?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Sáb Jun 22, 2019 2:22 am

En un principio no se esperaba que hacer galletas con Laith le hubiese sacado tantas carcajadas, una detrás de otra. Pero la verdad es que ver cómo se había implicado tanto en darle la forma de pene a las dichosas galletas y la conversación tanto previa, como durante como posterior a eso… había sido desternillante. Cuando mencionó la referencia visual, a Sam se le planteó una duda: ¿ella había visto algún pene en su vida? No recordaba haber visto el de su padre de pequeña, por lo que ahora mismo podía decir que ni recordaba haber visto ninguno en persona. ¿Y sabéis qué? Se alegraba de ello, pues consideraba que eran cosas feísimas. Ew.

—Deja de meterte con mis estrellas amorfas, hacedor de penes. —Se metió con él, dándole con su hombro contra el de él de manera juguetona.

Una vez en el jardín, Sam se curó al no dejar que Laith cogiese la manguera para regar nada, no al menos hasta que ella hubiese quitado las malas hierbas y las pobres hojas muertas de las pobres plantas que estaban allí desde antes de que ellas hubiesen alquilado la casa. Las mejores plantas las habían dejado, pero estaba intentando hacer que mejorasen y cogiesen vida de nuevo.

Sam le explicó lo que había que hacer, aunque en realidad tampoco tenía mucha ciencia. Sin embargo, Sam siempre había sido mujer de apartamentos y poca experiencia había tenido con jardines, por lo que quizás Laith también había sido así, cosa que ignoraba. Su amigo, eso sí, le dijo que las flores no se le daban nada mal, mencionando sus tatuajes. No era la primera vez que Sam se fijaba en ellos, pero nunca había preguntado por ellos pese a haberle dado curiosidad sus significados. Ahora que le había dicho eso, no pudo dejar pasar la ocasión.

—¿Te las tatuaste porque te gustan las flores o precisamente las que tienes tatuadas tienen más significados para ti? —preguntó, curiosa. —Nunca he sido muy fan de los tatuajes, lo admito, pero el que tienes en el cuello es mi favorito de los que te he visto; es precioso. Y si tienes uno en el pene no quiero saberlo, Laith de todos los Santos, que ya te veo venir la broma. —Le dijo divertida, tirándole una hoja que ni llegó a él, sino que cayó a mitad sin apenas fuerza.

Entonces, mientras ambos se habían enfrascado en su tarea con una concentración seguramente falsa, pues cada uno estaría pensando en cosas muy diferentes, Laith volvió a hablar, acogiendo de nuevo la atención de Samantha que, pese a no mirarlo, lo escuchaba. Al principio sintió hasta curiosidad por la enredadera que mencionaba, hasta que añadió lo de sus variantes homicidas. La muchacha elevó la mirada, con sorpresa.

—Quizás tu abuelo la entrenó para que ningún tipo malo se acercase a ti y tenía una especie de sexto sentido. Intentaba protegerte. —Ni ella se lo creía, por lo que rió. —O directamente era demasiado intensa y su sentido homicida era imprevisible con los desconocidos. ¿Qué hiciste después de eso? Espero que al menos el tipo hubiese sido mago, porque explicarle eso a un muggle quizás hubiese sido lo peor de la situación. —Sonrió, queriendo saber cómo acababa la historia y, sobre todo, cómo había acabado la planta.

Siempre ese tipo de cosas le habían dado mucha curiosidad: ¿una planta mágica que era capaz de sentir y adaptarse según la estación? Al final era una planta que tomaba decisiones.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Laith Gauthier el Mar Jun 25, 2019 9:48 am

Nunca se la había pasado tan bien en una cocina como ese día, haciendo penes de galleta y jugando con la dueña de la casa entre risas y discusiones divertidas. Así, mientras Samantha podía meterse con él por haber hecho aparatos reproductores masculinos, Laith tenía burlas de sobra para sus galletas sin forma, sin que ninguno realmente llegase a tomárselo personal.

Cuando salieron al jardín, y tras el infructuoso esfuerzo de Laith por querer mojar a Samantha con la manguera, empezaron a hacer el fino arte de arrancar hierbas, comentando sobre los tatuajes del sanador por ser un “jardín andante” con todas las flores que tenía tatuadas en el cuerpo. Dirigió una mirada a su amiga cuando le preguntó sobre el motivo por el que se las tatuó específicamente, sonriendo.

Crecí en un sitio donde la naturaleza tiene mucho peso —y eso ya se lo había contado a Samantha en una ocasión en un bar, sobre su pasado al puro estilo Pocahontas. — Ahí había mucho simbolismo con las flores, incluso tenían su propio idioma, cada flor significaba algo, así que… Sí, cada una de las que tengo en la piel tiene un significado —le dijo con seriedad, misma que perdió segundos luego. — ¿Segura? Si quieres te lo enseño —y se puso el pulgar en el borde del pantalón, amenazando con bajárselo.

Y si alguien se lo pregunta: no, no tiene un tatuaje en el pene, pero eso no significaba nada cuando el propósito era molestar a su amiga.

El loto es la pureza por encima del cuerpo —le dijo, acariciándose la zona donde estaba ese tatuaje en su cuello, — también es renacimiento, que hay algo bello en lo malo, porque es una flor preciosa que crece en aguas tranquilas y lodosas —hablando a grandes rasgos, era aquello. Había otros significados que prefería guardarse. — Son las cosas en las que pienso cuando pienso en mi abuelo, ese tatuaje está dedicado a él —reveló finalmente.

Estando en la labor de limpiar el jardín, recordó a una de las plantas que había en su casa en Canadá, y se lo comentó a Samantha porque a día de hoy lo encontraba hilarante. Porque él también lo había pensado, ¿eh? Que estaba hecha para espantarle a los tipos malos de alrededor como moscas por obra de su abuelo, aunque en verdad él no solía ser del tipo sobreprotector, cuando menos respecto a sus relaciones.

Yo también lo creía, pero me inclino más por su instinto homicida —le sonrió a medio lado. — Aunque generalmente se portaba bien —se encogió de hombros, divertido. — ¿Qué hice? Pues nada, intentar convencerlo de que nadie lo estaba intentando asesinar… Si hubiese sido nomaj, quizá habría dicho que era un sistema anti-intrusos muy avanzado —resolvió rápidamente, pues era la excusa por defecto si alguien que no debía la veía moverse con voluntad propia. — Por supuesto, no quiso volver a visitarme —le dio la conclusión de esa historia.

Plantas mágicas había de todo un poco, unas más complejas y raras que otras, por supuesto. Si pensaba objetivamente, lo más probable es que esa planta de hecho fuese susceptible a cierta energía en las personas y por eso le agradaban unas más que otras; como las impresoras, que huelen las prisas y no funcionan cuando más prisa tienes. A Laith le gustaba más la idea de que tenía mente propia y capacidad de razonar, al fin y al cabo.

De todos modos —dijo Laith, poniéndose de pie cuando terminó con su zona de plantas, — creo que es un hobbie muy bonito, la jardinería —comentó.

Y mientras hablaba, el muy malvado estaba buscando la manguera con un solo objetivo. Tal vez no lo hubiera hecho si Samantha no le hubiese dicho precisamente que NO lo hiciera, porque cuando la encontró, cerca de la llave de paso, la señaló con la boquilla con toda la intención de culminar su malvado plan de mojarla.
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Sam J. Lehmann el Lun Jul 01, 2019 2:09 am

Con una sonrisa divertida en el rostro, llevó su mano a la de su amigo, quitándosela del borde de sus pantalones como si realmente hubiese tenido la intención de bajárselos en algún momento. No quería ver su pene, ¡ni ningún tatuaje que tuviera tatuado cerca de su pene! No le hizo falta preguntarle por los significados específicos de los que sí veía en zonas del cuerpo inocentes y puras, pues él mismo continuó hablando después de dejar sus pantalones en paz.

Ella no era muy fan de los tatuajes, debía de admitir, pero sí que le parecía bonito que una persona se marcase el cuerpo para toda la vida en honor a otra persona. Por eso cuando le dijo que el tatuaje de su cuello estaba dedicado a su abuelo, Sam sonrió casi con ternura, sobre todo porque sí, el loto era una foto que además de preciosa, tenía un significado muy especial.

—¿El resto también están dedicados a alguien, o más bien para ti por su significado? He oído por ahí que uno termina tatuándose al final más por estética que por significado y que sólo los primeros tienen significados, pero no sé si eso es lo que dicen las malas lenguas… —dijo sonriente, sin saber muy bien cómo iba todo eso, pues ella no tenía ninguno. —¿Es verdad eso de que es adictivo y una vez te haces uno, te quieres hacer otro?

Nunca había tenido a personas cerca con demasiados tatuajes, por lo que era prácticamente a la primera persona a la que le preguntaba. Recordaba que Katerina tenía, pero había durado tan poco con ella que poco tiempo había tenido para preguntarle.

La anécdota del ligue que fue atacado por aquella planta asesina la hizo estar todo el rato con una sonrisa en el rostro, pues imaginárselo sin duda hacía de la escena digna de una comedia. No le sorprendió lo más mínimo que el pobre hombre no quisiese volver a visitar a Laith.

—No me extraña —le reconoció.

Entonces ella misma se puso a pensar en sus momentos más incómodos en cuanto a ligar se refería y, a decir verdad, los más vergonzosos los había tenido en compañía de Natalie, su primera novia. No pudo evitar enfrascarse en la tarea del jardín con la mente en otro lado, recordando con bastante diversión lo que en su momento no había sido más que un momento muy vergonzoso que guardar en el baúl de los recuerdos que no quieres recordar.

Cuando Laith mencionó lo de la jardinería, volvió al mundo real.

—Sí, la verdad. —Se dio cuenta de que su amigo se puso en pie y pensó que iría a otra zona sin tener que arrastrarse por el suelo. —Me gusta, es relajante y te da tiempo para pensar en otras cosas. No es algo que te haga tener toda su concentración en…

Y entonces se dio cuenta de que Laith había ido en dirección a la manguera. Sam tuvo que ponerse la mano encima de la frente para frenar la iluminación del sol y ver como Laith la estaba apuntando con la manguera.

—¡Oye, no hagas eso! —
Le dijo y, para cuando se puso de pie para huir, por el camino en dirección a la puerta principal, Laith la mojó enterita. —¡Pero serás… hijo del averno! —Y tras sentirse empapada por todos lados, con la boca abierta tras no esperarse que el Laith responsable y adulto que conocía hubiese hecho eso, lo miró con cara de querer buscar venganza. —¡En verdad no sé de qué me sorprendo! ¡Primero me haces galletas con forma de pene y ahora me mojas con la manguera! —Intentó acercarse a él. —¿Seguro que dentro de ti no vive un niño de doce años?

Al intentar acercarse a Laith, éste volvió a abrir la manguera, haciendo que Sam volviese a retroceder tras poner sendas manos a la altura de su cabeza, sintiendo que todo su torso de mojaba.

—¡Deja de mojarme! —La manguera dejó de nuevo de mojarla y Sam se quedó en mitad de la entrada, chorreando, mientras miraba a su amigo con cara de pocos amigos. —Te odio, Gauthier. Ya no me junto contigo. Riega el dichoso jardín. —Y le señaló en dirección a las flores, ‘enfadada’, intentando que se despistara.

Iba a sacar la dichosa varita de detrás del pantalón y hechizar—de manera disimulada, tanto por él como por los muggles—la boca de la manguera para que se volviese loca con el agua. ¡Ya vería él lo que era la venganza!
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Miér Jul 03, 2019 4:28 am

A Laith le entusiasmaban sus propios tatuajes, porque los había elegido con especial dedicación y no sólo porque fueran algo que le gustaba. Tenían significado, y eso le motivaba los días en que su humor no era precisamente el mejor. Samantha, a su vez, mostró interés por ellos, dedicándole una mirada mientras pensaba en sus preguntas, como si fuera una ciencia y tuviese que darle la respuesta milenaria.

No lo sé, ¿supongo? Creo que sí hay gente que empieza a tatuarse cosas porque sí, y no han acabado de pincharle cuando ya quiere otro… aunque me gusta pensar que no es mi caso —le sonrió, — el primero me lo hice a los dieciocho o diecinueve, el segundo a los veintitrés y los últimos dos a los veintiséis —le contó en general, mostrándole la magnolia negra en su mano izquierda. — Simpatía, nobleza y pureza, tres de los valores que creo que son más importantes; también es espiritualidad y victoria —resumió rápidamente, para luego pasar a la rosa roja en su mano derecha: — Erotismo —sonrió travieso, — pasión, magia, amor por los demás y por la vida misma; dualidad: vida y muerte, llanto y risa.

Quedaba uno más, el segundo, y con ese dudó un poco más antes de decir por qué se lo había hecho. Ahora de adulto sobrio, la verdad es que le daba hasta vergüenza, aunque en el fondo supiera que tenía todo el sentido del mundo tras tantos años.

El segundo fue por mi ex —admitió, encogiéndose de hombros, estirando el cuello de su camisa para írselo mostrando en su hombro derecho. — Amor —señaló el primer lirio, — secreto y esperanza —el segundo, — transición —el tercero, — y huida, abandono —el cuervo.

Era bastante más detallado que eso, pero no vio necesario entrar en detalles, en especial porque pronto comenzaron a hablar sobre el ligue y la planta, anécdota siempre divertida que comentar cuando había jardinería de por medio. Se sonrió divertido cuando le dijo que no la extrañaba que ese hombre ya no quisiera visitarlo después de que casi muriese de un infarto al empezar a atacarlo la planta.

Ah, pero Laith, ¡tan malvado! Cuando se implantó en su cabeza la idea de la manguera, no pudo evitarlo y fue a buscarla, hasta el momento preciso en que estaba en posesión de la misma apuntando a su amiga. La sonrisa que tenía era maliciosa y traviesa.

¡Fuego! —aunque no fue fuego lo que salió, sino agua, empapando por completo a Samantha. — ¿No tenías calor? ¡Quería ayudarte! —fingió ser inocente de todo, olvidándose de que ya era un adulto tirando a los treinta años. — ¡Es por si te calentaste con mis galletas de pene! —aunque a Samantha antes que las galletas de pene le iban los bollos. — ¿Nunca has escuchado que no te olvides de tu niño interior? ¡Quieta ahí! —y volvió a mojarla.

Estaba riéndose entre dientes, casi le dolían las mejillas de sonreír tan amplio, sabiendo que ella en verdad no lo odiaba, sólo estaba enfurruñada porque no estaba en posesión de la manguera para hacer su venganza. Comenzó a regar las flores todavía riéndose como un bobo por su maldad, sin esperarse que aquella loca fuese a hechizar la manguera para hacer que mojase todo. Él incluido, por supuesto.

¡Pero oye! ¡Tengo el móvil encima! ¡Me vas a comprar otro si se jode! —aunque sus risas no concordaban con su queja, corriendo en dirección a la mujer para que al menos los mojase a los dos. — ¡Si me moja a mí, nos mojamos todos! —la atrapó por la cintura para que no pudiera escaparse, y fue él el primero en huir dejándola ahí con la manguera.

Parecía lejano el último día que había reído con tantas ganas antes de ese, tras todo lo que sucedió con Kelsey, hasta acabar respirando pesado por el cansancio de la risa.

Voy a sacudirme y exprimir mi ropa por toda tu casa y tendrás que limpiar —era obvio que dentro podría usar su varita para secarse, pero eso no era tan malvado como su plan de mojarlo todo. — ¡Don Cerdito! ¡Vamos a llenarnos de lodo, ven aquí! —aunque con lo divo que era ese cerdito, lo mismo y volvía a ignorarlo.
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Sam J. Lehmann el Vie Jul 05, 2019 4:03 am

Simpatía, nobleza y pureza. La legeremante tuvo que asentir frente a eso, pues sin duda eran tres valores que merecía la pena conservar en cualquier caso, tanto en ti como en el resto de personas, sobre todo tal y como estaban las cosas actualmente. Y, con ‘pureza’ no se refería a esa que defendían a escudo y espada los puristas del gobierno, sino a la pureza como ser humano. Atendió al resto de significados, sorprendiéndose de la cantidad de significados que podía tener una rosa roja.

Le pilló totalmente desprevenida el hecho de que uno de los tatuajes se lo hubiera hecho en ‘honor’ a su ex. De manera inmediata se le posó en la cabeza la duda de si se lo había hecho antes o después de dejarlo con él, pero por cómo lo había dicho, hasta podía haber sido un mix: haber empezado cuando estaba con él y terminar llenándolo con lo que significa el final. Lo cierto es que nunca le había preguntado al respecto a esa pareja, pues lo que le había dicho había sido bastante feo y desagradable, por lo que tampoco quería indagar en aquello por si… le molestaba, o le dolía. Sam había tenido la suerte de que con el tiempo sus decepciones amorosas en sus años universitarios habían pasado por no importarles, pero le importó durante mucho tiempo parte de lo que le pasó entonces. Ese tipo de relaciones que salen mal y tú sales perdiendo, aunque nos cueste reconocerlo, hacen más mella en nosotros de la que nos gustaría.

—Son muy bonitos —le reconoció, con honestidad. Habían MUCHÍSIMOS tatuajes que le parecían francamente horribles, pero a Laith, además de quedarle muy bien, tenían un diseño muy bonito. —¿Y tienes pensado hacerte alguno a corto o largo plazo? Mi flor favorita es el girasol, por si algún día me quieres mucho y quieres tatuarte algo en mi honor. Aunque… —Negó entonces con la cabeza. —Mejor no, el girasol tiene pinta de ser poco vistoso como tatuaje.

Desde que era pequeñita le encantaba esa flor. No por su aspecto, sino porque le encantaba la historia de la ninfa Clytia, la cual se enamoró localmente del dios del Sol, Apolo, el cual no correspondía su amor. A la pobre ninfa se le había roto el corazón y murió de pena—fíjate tú que putada—, convirtiéndose en un girasol que seguía al sol allá a donde fuera. Luego, cuando creció, ya se dio cuenta de que era una flor que simbolizaba el amor, la admiración, la felicidad, el positivismo y la energía. En la cultura china simboliza la buena suerte y la larga vida, dos cosas que ahora mismo le venían bien a Sam. Lo mismo debería de plantar girasoles en el jardín de su casa a ver si los chinos tienen razón.

Mientras se perdía en la posibilidad de que los chinos tuviesen la verdad absoluta de los girasoles, fue cuando Laith aprovechó para posicionarse en un ataque totalmente malvado contra Samantha.

—¡Qué fuego ni qué nada! —¡Arggg! ¡Le había empapado entera! ¡Enterita! Y el muy capullito, cuando Sam tuvo ‘vía libre’ para acercarse a él, volvió a encender la manguera para apartarla hacia atrás. Finalmente optó por la trampa más tramposa de toda: la magia. De repente la manguera empezó a chapotear por todos lados—cual magikarp hiperactivo—y Laith también empezó a mojarse por todos lados. —¡Já! —Se rió entonces cuando aquello empezó a mojarse porque la manguera se había vuelto loca. —¡Ah, lo siento! ¡Pensé que tú también tenías calor e intentaba ayudarte! —Y entonces intentó correr para que Laith no la pillase, pero por casi se resbala con aquellas zapatillas que tenía y su amigo terminó sujetándola por la cintura para dejar la manguera en el suelo y huir. —¡Pero serás…!

Entonces Sam se agachó para cerrar la boca de la manguera, mirando a Laith cerca de la puerta. Le dolían las mejillas de tanto reír y se le hacía lejano el último día que había reído como una niña pequeña.

—¡Oye! ¡No hagas eso! ¡Don Cerdito, no!—¿Lo peor de todo? Que esta vez Don Cerdito si salió corriendo con sus cortas partidas detrás de Laith por aquel pasillo hacia la puerta trasera. El cerdo, recién bañado, como había pisado la tierra del jardín entre tanta locura, sí que llevaba barro en sus patitas y en la parte baja de su barrigota. Así que soltó la manguera y corrió detrás de Laith y Don Cerdito, para coger la última esquina con una sonrisa de oreja a oreja, viendo dentro de la cocina tanto a su amigo como al cerdito dando vueltas divertido, pues creía estar jugando. —Deberías tatuarte un diablo en honor a tu maldad interior. —Entonces entró ella también, cogiendo a su mascota en brazos para que no siguiese manchándolo todo. Luego, con su mano libre, despeinó el pelo mojado de su amigo. —Míranos.

Se miró de arriba abajo, sin poder evitar seguir sonriendo.

—Y acababa de bañar a mi cerdito, has hecho que todos mis esfuerzos de esta mañana sean en vano. —Entonces sacó su varita de detrás del pantalón, secando las ropas de Laith sobre la marcha, aunque no le secó la cabeza. Ella repitió el proceso con toda ella, tanto con ropa como con la cabeza. —No me chorrees el suelo. —Y lo medio empujó, de manera juguetona, en dirección a la salida.
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Laith Gauthier el Mar Jul 09, 2019 11:33 pm

Sus tatuajes habían venido con significados bastante claros y lo que querían decir, incluso el tatuaje de los lirios. Había tenido que aceptar que quizá no podría borrar de su interior lo que hubo sentido, y lo había perdonado cuando nunca se lo pidió. Pero actualmente vivía bien con el recuerdo y había aprendido a hacerlo bien incluso cuando de vez en cuando le nublase los recuerdos.

Por ello, le sonrió a la mujer en cuanto le dijo que sus tatuajes eran bonitos. Pensándose unos segundos su pregunta, se resolvió por encogerse de hombros.

No tengo en mente hacerme nada… al menos no en el futuro próximo, supongo que esperaré hasta hacer algo simbólico y todo eso, no sólo hacerlo con la excusa de que haya simbolismo —sonrió divertido, porque esa era una típica forma de autoengaño. — No creo que sea poco vistoso, ¿cuánto apuestas a que hago un diseño bueno? ¿Si te gusta, te lo pones? —se metió con ella con una sonrisa, poniendo una apuesta sobre la mesa.

Laith estaba consciente de que el girasol era una flor de fidelidad, salud y positivismo en general, por lo que no pensó que fuera una mala idea intentar hacer un diseño para ver qué era lo que salía de eso. Aunque, claro, sería más divertido si de ese diseño acababa consiguiendo un tatuaje para Samantha.

Dejando ese tema a un lado, él se dispuso a querer atacar a su amiga con la manguera, preparándose para la guerra de agua donde él tenía toda la ventaja y todas las armas disponibles, considerando que no podían usar las varitas, y sin haber contado con que ella haría trampa para hechizar la manguera y hacer que lo empezara a mojar también a él. Las risas no se hicieron esperar.

Don Cerdito era una entidad que funcionaba según su propio deseo, por lo que fue a con Laith para llenarse de lodo y comenzar a ensuciar toda la cocina, riéndose mientras corrían por aquí y por allá manchándolo todo. Incluso el sanador casi se resbaló dos veces por ir corriendo con la suela del zapato resbalosa por el lodo, pero por suerte no había llegado a irse de boca contra el suelo. Eso hubiera sido karma en su máximo esplendor, sí señor.

¡Vamos, Don Cerdito! ¡A la libertad! —y seguía correteando con el animalito, al menos hasta que su dueña lo detuvo y a él le sacudió el pelo mojado como si fuera también una suerte de cachorro. — Somos bellísimos —le guiñó el ojo nada más Samantha le pidió que se mirasen. Estaban totalmente empapados y con los zapatos llenos de lodo, pero eso no quitaba que Laith los mirase como dos personas y un cerdito muy bellos.

Todavía con secuelas de risa, miró como un niño travieso que no se arrepiente a Samantha mientras le secaba y le reñía por hacer que sus esfuerzos matinales hubiesen sido completamente en vano. No tenía ni dos centímetros de culpa por lo que había hecho.

Deberías ser feliz porque estoy contento, ¿qué no vale nada para ti mi felicidad? —dramatizó, sacudiéndose el cabello con la mano y dejando caer pequeñas gotitas a su alrededor, cual perro. — Venga, va, yo limpio el lodo del suelo y tú enjuagas a Don Cerdito —dividió las tareas, sacando su móvil para asegurarse que hubiera sobrevivido al agua y sacando también su varita.

Colocó el móvil sobre una encimera segura, no sin antes tomar una fotografía a su obra de arte que ya empezaba a darle en el TOC, y comenzó a limpiar mágicamente. Normalmente lo haría al modo nomaj, con un trapeador y todo, pero en ese momento lo hizo mejor de la manera fácil.

Lo que hago por galletas, ¿viste? Que si no fuera por ellas, no limpiaba nada —fingió, pues los dos sabían que seguramente acabaría haciéndolo de forma totalmente inconsciente. Que lo de Laith era casi patológico, querer limpiarlo todo, en contra de su propia voluntad. — Y porque si no lo hago, ya no vas a querer invitarme a tu casa —seguía quejándose, más para sí mismo que para Samantha.

Hechizos limpiadores por aquí y por ahí y pronto ya no había nada de lodo dentro de la casa, ni en los zapatos de los humanos. A Samantha le tocaba usar el fregadero para limpiar las patitas y la barriga de Don Cerdito, era un buen trato, ¿verdad?

Se aproximó al horno a tratar de ver a través de la ventanilla cómo iban quedando las galletas, cual completo subnormal, pues ya llevaban tiempo y pensaba que ya debían sacarlas y comerlas, sin importar que debían esperar a que se enfriasen en primer lugar.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Vie Jul 12, 2019 2:48 pm

¿En qué momento el tema de los tatuajes se había re-dirigido a ella? Rió divertida cuando Laith mencionó aquella apuesta. Mira que Sam era muy dada a aceptar las apuestas como una loca ludópata, pero esa no. Esa sí que no. A otras cosas podía entrar al trapo rápidamente sin ningún tipo de motivación más que el simple hecho de jugar, pero los tatuajes ya era algo muy importante. Negó con la cabeza varias veces, bastante divertida.

—¡Me refería a ti, que eres el amante de los tatuajes de flores! —Movió el dedo índice de una de sus manos en señal negativa. —Confío en tu arte como ilustrador y diseñador, pero por muy bueno que sea el diseño no creo que nunca me vaya a tatuar. Siento que todo me quedaría mal. —Se miró los brazos y, en general, negó con la cabeza.

Le gustaban los tatuajes bien hechos, pero no en su piel. De hecho, pese a que dos de sus cuatro parejas habían tenido tatuajes, siempre había preferido la piel femenina totalmente libre de tatuajes. Le parecía tremendamente más sexy. Podría decirse que era un amor-odio, pero tampoco, simplemente no iban con ella. Recordaba haber fantaseado incluso con Caroline de tatuarse juntas la frase ‘lo hacemos y ya vemos’ pero al final fue la propia rubia quién se echó para atrás porque evidentemente no quería ninguno. Seguro que le quedaba fatal cualquier cosa que se hiciera.

Después de aquello vino el caos infantil, porque no se le podía llamar de otra manera a todo aquello. Samantha se rió hasta que le dolió la barriga y la verdad es que se sintió como una niña de doce años jugando con el perro en el jardín de la casa en pleno día de verano, sin que le importase ni mancharse, ni mojarse ni mucho menos el estado de sus tareas domésticas. Al perseguir a Laith y Don Cerdito vio como toda la cocina se había vuelto a ensuciar, mirando a Laith con reproche.

—Estoy feliz de que seas feliz, me ofende la duda. —Puso un gesto ofendido. —Lo que me molesta es que tu felicidad vaya de mano de mi desgracia. Ahí me empieza a entrar un conflicto de intereses, ¿eh? ¿Me has visto? ¿O me vas a decir que debería agradecerte por haberme bañado tú y ahorrarme el trabajo? —Sonó sarcásticamente divertida, pues con las genialidades que se le ocurrían a Laith se esperaba totalmente ese comentario.

Aceptó el trato, pero no fue a enjuagar a su cerdito a ningún lado, sino que lo hizo en el mismo fregadero de la cocina, limpiándole toda la panza. Cuando terminó, con la misma varita lo secó y lo sacó de la cocina para que no se manchase de nuevo.

—Bueno, te salvas porque tengo pocos amigos, ¿eh? Te seguiría invitando para no sentirme sola y desamparada. —Exageró su falta de amistades, cuando evidentemente ella no tenía ningún problema con ello. Prefería tener poquitas y sinceras a tener muchas. De hecho, tal cual estaba ahora estaba perfecta. —No sé si lo sabes, pero los fugitivos tenemos fama de malos, ¿sabes? La gente no quiere ser nuestros amigos. Encontrar a gente como tú es complicado. Ni aún destrozándome la cocina, mojándome a traición y haciéndome galletas de penes en una casa de bollos te impediría la entrada. —Y entonces se apoyó en la encimera de la cocina, mirándolo. —Te estoy mal influenciando consentiéndote tanto. Mami Gwen no estaría orgullosa de mí. —Exageró entonces divertida, pues el comportamiento que estaban teniendo ese día era típico de hermanos pequeños con ganas de jugar y molestarse.

Entonces se agachó junto a él para mirar el interior del horno, de nuevo como los dos niños esperando a que se hiciesen para comérselas todas del tirón. Sin embargo, ahí salió la responsable de Sam para cortar todos los sueños infantiles.

—No podemos comerlas hasta que venga Gwen —le advirtió, mirándole de reojo. —Bueno, solo una para asegurarnos de que están buenas. Una cada uno, digo. —Y le sonrió.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Miér Jul 17, 2019 12:12 am

El tema de los tatuajes se redirigió a Samantha inmediatamente en cuanto le dijo que era su flor favorita. ¿Por qué no llevar tatuado un algo favorito? Una flor, particularmente, era muy bonito para llevar puesto en la piel. La rubia, por su lado, pareció no estar del todo de acuerdo con tatuarse. Puso los ojos en blanco y suspiró con exagerada pesadez.

“Siento que me quedaría mal”, “No va conmigo”, son las cosas que todo el mundo dice y que luego se dan cuenta que era mentira —le dijo, metiéndose con ella, aunque a decir verdad para todos los gustos había diferentes colores. O lo que es lo mismo: había gente para todo, y había quienes querían parecer un baño público y otros que no querían profanar su piel de ninguna manera.

El tema serio no duró mucho más tiempo, especialmente porque comenzaron a jugar con el lodo corriendo por toda la casa. Uno nunca sabe lo mal que ha estado hasta que juega de esa manera y se da cuenta lo mucho que lo había echado en falta. Ni siquiera importó que Samantha hubiese hecho tantas cosas en vano ese día, o que todo se hubiese ensuciado por su culpa. Lo que importaba eran las risas que quedaban.

Deja de difamarme, mi felicidad no va de la mano con tu desgracia —se ofendió divertido, y ella le ganó un ingenioso comentario. — ¿Ves? Ya empiezas a verlo como yo, ¿no crees que te he ahorrado mucho tiempo por bañarte yo? Y lo he hecho gratis —levantó las cejas haciendo un gesto divertido, subrayando lo bueno que era.

Cada uno se dispuso a la labor que Laith había seleccionado para ambos, quejándose mientras estaba limpiando el desastre de lodo que había en toda la cocina. Se sonrió cuando escuchó que, limpiase o no, lo seguiría invitando porque la alternativa era no invitar a nadie. Atendió a sus palabras sobre cómo ser fugitiva le hacía tener pocos amigos, al grado de que no iba a dejar de invitarlo después de todas las cosas malas que le hizo ese día.

Oye —se quejó, — necesito alguien que me consienta de vez en cuando, que me deje destrozarle la cocina y mojarle, y me deje hacer galletas con forma de pene —su tono decía que Laith era la única víctima ahí, el pobrecito al que no lo consentían seguido. — Y todavía no terminas de consentirme, ¡me prometiste pizza! —la apuntó con un índice acusador.

Lado a lado, miraron las galletas como dos críos gordos que esperaban que se cocinaran, aunque el timbre no había dado el aviso de que ya era momento de sacarlas del horno, ya imaginando su sabor cuando no podían comerlas. Adivinando sus pensamientos, Samantha lo interrumpió para decirle que sólo comerían cuando viniese su novia… pero podían probar una.

Mira, tenemos que tomar una para probarlas y asegurarnos que estén buenas, pero como tenemos diferentes formas de galleta hay que probarlas todas, ¿eh? Porque puede que las de cerdito sean más deliciosas que las de estrella deforme —y de nuevo iba a meterse con las pobres estrellas de su amiga.

Lo que decía no tenía ni pies ni cabeza, porque todas habían sido hechas con la misma masa y, por lo tanto, el sabor no debería variar de unas a otras. En la lógica de gordo que necesitaba una excusa para poder probar más de una galleta, parecía simplemente comprensible y razonable pensar que algunas iban a saber distinto. Todo fuera por su hambre.

El día que se casen quiero ser el padrino de algo, de champaña cuando menos —le sonrió, esta vez dejando la diversión por un momento y cambiando radicalmente de tema, incorporándose y recargándose en la encimera. — ¿Tú te acuerdas cuando me dijiste “no, no es posible que le guste” y yo te dije que tenías que intentarlo? Me siento parcialmente responsable de su unión —señaló con un guiño.
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Sam J. Lehmann el Sáb Jul 27, 2019 3:43 am

Quizás si Sam diese ese pasito para tatuarse no se arrepintiese en lo más mínimo y terminase por adorar su tatuaje, pero debido a la inseguridad que sentía al respecto, lo más probable es que nunca diese el pasito necesario para saberlo. A día de hoy no pensaba tatuarse; y cada vez lo tenía más claro. Que sí que eran muy bonitos los tatuajes, pero le parecía tan bello un cuerpo al natural…

Pero ese tema fue esfumó rápidamente cuando el traidor de Laith empezó a mojarla y aquello se convirtió en una guerra. Se decía que la victoriosa había sido Sam, pero cuando llegó a la cocina persiguiendo a su enemigo infiel y vio todo lleno de barro, se dio cuenta de que indudablemente había sido la perdedora de aquel duelo a muerte. ¿Lo bueno? Se había carcajeado hasta decir basta. Y totalmente merecido. Hacía mucho tiempo que le había dejado de dar importancia a las cosas materiales y valoraba muchísimo las experiencias humanas. ¿Y cómo no las iba a valorar después de casi dos años viviendo en la absoluta decadencia sin casi relaciones sociales? Tener momentos así era revitalizante. Y reír; reír sin duda te daba años de vida.

—Eres un ser horrible que encima intenta hacerme ver que es bueno. Jamás conseguirás convencerme, Laith Belcebú, ser del infierno. —Le otorgó el título de deidad malvada.

Comenzaron a limpiar toda la locura que habían cometido en menos de unos minutos y cuando Don Cerdito ya se fue de todo el percal bien limpito, su amigo todavía se quejaba de que no había sido totalmente consentido. ¡Pero se lo podía creer…!

—Todavía no es hora de comer, pedazo de gordo. ¡Cuando haya que llamar a las pizzas, se llamarán a las pizzas! —Se quejó ella como una cría, imitándole, señalándole de igual manera con el dedo acusador. —¡Y ahora dime que pizza quieres!

Admirando como dos niños pequeños sus galletas después de haberlo limpiado todo, Laith intentó acudir a algún tipo de lógica conveniente, de esa lógica que no tiene ni pies ni cabeza pero uno intenta convencerse solo por ver si cuadra. Sam lo miró de soslayo, con una sonrisa en el rostro, pues si bien Laith en un primer momento podía parecer un hombre serio, cuando lo conocías te dabas cuenta de que tenía un sentido del humor que al menos a la legeremante le encantaba.

—¿Vas a dejar de meterte con mis estrellas deformes? Seguro que son las más buenas que están. —En realidad ella también tenía hambre, por lo que no le fue muy difícil caer esta vez en la mala idea de Laith Belcebú. Le iba a cambiar el nombre del móvil: le quitaría ‘Dario Naharis’ y le pondría Sr. Belcebú. —Vale, las probamos todas, pero yo confiaré en ti con las de forma de pene. No pienso darte ninguna razón para que el resto de mis días puedas decir que me comí un pene. —Y se partió de risa nada más decir eso.

Se sorprendió de que mencionase un supuesto casamiento entre Gwendoline y ella, básicamente porque aunque hubiesen sido amigas durante tanto tiempo, realmente llevaban siendo pareja menos de un año. Y claro, a día de hoy Sam se veía para siempre con ella, pero porque Sam era incapaz de estar con alguien si realmente no se veía posibilidades de futuro, pero… ¿y si algo salía mal? Aún así, no pudo evitar sonreír porque mentiría si dijese que no había pensado en la utópica posibilidad de casarse con Gwendoline cuando todo cambiase. Así que sí, esa sonrisa que le salió fue casi pilla; tímida.

—Bueno, cuando te dije que era imposible que le gustase tenía mis grandes motivos para pensarlo. Me costaba creer que Gwendoline podía verme de esa manera… fueron muchos años siendo solo amigas pero… —Se encogió de hombros y miró momentáneamente al techo. —Las cosas cambiaron.

No supo muy bien cómo, ni cuándo, ya no lo había dicho muchas veces. Sin embargo, cambiaron y… mira. ¡MIRA! ¿Quién narices lo iba a decir? Ella todavía miraba al pasado y se quedaba alucinando de cómo habían terminado las cosas, eso sí, miraba al presente y… no podía sentirse más cómoda y agradecida. Sentía que había tenido suerte, después de quejarse siempre de ser la persona con peor mala suerte del mundo.

—Puedes hacer un brindis y darte flores por haber sido uno de los propulsores de la relación en tiempos tan difíciles —recitó divertida, para entonces hacer una pausa; soñadora. —La verdad es que siempre he sido de esas, ¿sabes? De esas que sueñan con el futuro perfecto cuando está enamorada y… ahora mismo lo estoy. Sueño con la boda perfecta, con la casa perfecta, con los niños perfectos… —Se mordió el labio, de manera tímida. —Siempre he sido muy romántica. Me es imposible no pensarlo cuando estoy tan bien en alguna relación…

Y era gracioso porque por mucho que ella lo pensase, pues obviamente lo pensaba como utopía, nunca como realidad, no lo había hablado todavía con Gwendoline. ¿Cómo iban a hablarlo, si es que hacía apenas unos días que habían llegado a la cama a estar juntas? Era cierto que sus sueños estaban ahí, pero también era verdad que a medida que pasase el tiempo, esas cosas podían cambiar y que ahora mismo nada de eso tenía cabida en su relación.

—¿Tú? ¿Sueñas con el futuro perfecto? —Y entrecerró un poco los ojos. —Siempre me has parecido un chico que vive el presente y no se preocupa de las cosas a largo plazo… —le confesó sus impresiones. —Aunque bueno, para imaginarte un futuro con otra persona, primero tienes que tener a una persona así en tu vida. Supongo que... no la tienes todavía, ¿no? ¿O sí? —Intentó indagar en su vida amorosa, sin ser muy sutil. Había confianza.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Miér Jul 31, 2019 10:40 pm

Soy como los gatos —Laith se sonrió, — ¡o los delfines! Te hacen creer que son buenos y adorables, pero cuando menos lo esperas… ¿Qué? Siguen siendo adorables, ¿qué esperabas? —y le guiñó un ojo, haciéndose el inocente aunque Samantha lo declarase un ser del infierno. — Eres demasiado dura conmigo, y yo sólo vivo para hacerte reír —al menos eso último tenía su dosis de verdad.

Los dos se dividieron la limpieza de lo que ya se había ensuciado luego de haber sido, en primera instancia, ya limpiado, y mientras Laith lo hacía también se quejaba que no le habían consentido del todo, ya que no había tenido su pizza prometida, aunque ni siquiera daba la hora de comer y Samantha había dicho antes que sólo comerían cuando llegase su novia. Se llevó una mano al pecho, ofendido, cuando ella le contestó.

¡No me grites! —se quejó de vuelta. — ¡Y quiero pizza de cuatro quesos! —aún con su pequeño drama de no querer que le hablase en ese tono, le contestó el tipo de pizza que quería, una especial con, como su nombre lo decía, cuatro quesos distintos.

Algo de lo que Laith se jactaba era de poder ser un hombre serio, un hombro firme para apoyarse en él y una especie de adulto de confianza. Que le gustara ser eso todo el tiempo era muy distinto, pues la vida era demasiado corta para estar serio demasiado tiempo. Su sentido del humor, sus dramas infantiles y, en general, esas pequeñas cosas divertidas, habían encajado completamente con las peculiaridades y lo divertida que era Samantha también. Ni siquiera se había enfadado en serio con todo el desastre en su casa, y las risas habían sobrado. Era el tipo de gente que mimaba el alma.

No sé, esa creo que tiene cara de “mátame, por favor” —señaló el interior del horno una estrella en particular que se había fragmentado ligeramente hasta hacer una especie de cara. Había que ponerle imaginación, eso sí. — No sólo te diría que te comiste un pene, sino que te comiste mi pene, pues esas son mis galletas —enfatizó, levantando un dedo y manteniéndose tan serio como pudo antes de partirse de risa también.

El tema de Gwendoline y su supuesta boda vino de una forma intuitiva y boba: porque Laith pensó que tenía hambre, pero que sólo comería cuando Gwendoline estaría en casa, una cosa lo llevó a la otra y… sí, en su cabeza tenía todo el sentido del mundo hablar de galletas y acabar hablando de un supuesto casamiento. No se le escapó la sonrisa de Samantha cuando lo trajo a colación.

Ese es un sexto sentido de los amigos gay, ¿eh? Nosotros te decimos con quién y esas cosas… Que yo lo sabía desde el principio —en verdad no, pero era divertido jactarse por ello, como si todo se hubiera puesto a su favor para llevar a cabo su predicción. — Tal vez sólo empezaste a verlas con diferentes ojos —o no, y sí que habían cambiado. Pero había sonado poético, ¿eh?

Laith no se consideraba fiel creyente del amor romántico, mas no podía negar que le encantaba saber a sus amistades en relaciones estables y sanas. Era muy simple para él sentirse feliz cuando la gente que quería estaba feliz, aunque él no estuviera involucrado de forma directa. Tal vez nunca se aburriría de hablar del tema sólo para mantener esa sonrisa en la cara de su amiga.

Brindo porque Samantha tenga un amigo tan bueno como yo, que apoyó su relación desde antes de existir —levantó una copa imaginaria, recitando su brindis. — Puedo entender que ahora la situación sea muy reciente y lo veas algo oscuro, pero siempre sale el sol trayendo un futuro —le sonrió, entendiendo que era complicado hacerse muchas ilusiones porque su relación romántica era joven y por la situación de Samantha, sin embargo, él tenía fe en que todo saldría bien.

Cuando todo cayera en su lugar no iba a importar lo reciente de su relación ni la situación políticosocial a la que se enfrentaban con Samantha huyendo del mundo mágico. Y él esperaba estar a su lado para apoyarla y prestarle su mano cuando necesitara ayuda para seguir adelante.

¿Cuántos niños perfectos querrías tener? ¿Y tu boda perfecta? —le preguntó, queriendo detalles, aunque los dos supieran que todavía era un futuro impreciso y utópico. — ¿Y tendrán muchos cerditos mascotas, o serán normales y tendrán un perro? —inquirió, buscando un vaso para servir agua como si fuera su propia casa.

Se sentía en confianza, después de todo, como para abrirle la nevera a buscar la jarra con agua y servirse un poco. Lo sorprendió, no obstante, que le preguntara si a él se le venía a la cabeza un futuro perfecto, que lo hizo dudárselo durante unos segundos.

El pasado ya está escrito y el futuro no lo tengo, así que lo único que puedo hacer es encargarme de mi presente para dirigirme al futuro que quiero —le dijo, dándole la razón que poco hacía para crear planes a largo plazo. — Aunque, si me lo preguntas… no puedo verme con una persona a futuro, quizá porque no tengo a ningún hombre con quien quiera pasar el resto de mi vida… pero quiero una hija —le confesó su secreto deseo de ser padre. — No ahora, sino algún día… Y una niña, porque la probabilidad de que sea heterosexual es más alta que la de un chico gay, y así puedo darle consejos de chicos, estaría un poco desinformado si me toca aconsejarle para conquistar a una chica —se sonrió divertido.

La verdad es que no era del todo verdad. Aunque no tuviera interés romántico o sexual por las mujeres, Laith sabía ser todo un caballero, e incluso le había dicho a más de una de sus amigas que no “aceptaría” que tuvieran ningún novio que no las tratara con el mismo respeto y cariño que él.
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Sam J. Lehmann el Vie Ago 02, 2019 3:05 am

Rió. Rió porque tenía que reír, porque el hecho de que Laith fuese así de gracioso sólo podía ocasionar que la rubia riese. Y es que ahora totalmente por su culpa no iba a poder dejar de ver a la pobre galleta con forma de estrella amorfa con ganas de pedir la eutanasia para librarse del sufrimiento de ser así de deforme. Y ya cuando mencionó lo de que se comería su pene solo fue el detonante para que pusiera un cruz roja enorme delante de la posibilidad de comerse una de sus galletas. Definitivamente no, o estaría recordándole ese momento toda su vida.

—Ya, claro, un sexto sentido… Yo creo más bien que tienes la necesidad de apoyar el amor, venga de la forma que venga. ¿O me vas a decir que si te llego a decir que me gusta una del trabajo, o una que conocí en el gimnasio, no me ibas a animar de la misma manera? —Le miró de soslayo, con cara de pillín. —A mí no me engañas, amigo gay con sexto sentido atrofiado. —Y le picó con el dedo en la mejilla, con suavidad. Estaba de broma, claramente. Si bien el empujón de Laith no fue lo que hizo que Sam se decantase a decirle lo que sentía, sí que le había dado un poquito de seguridad. Muy poquita, pero algo es algo, como dijo un calvo cuando le regalaron un peine. —Definitivamente la empecé a ver con ojos muy diferentes…

Había sido muy raro al principio eso de empezar a ver a la amiga que siempre había sido tu amiga, con unos ojos mucho más… interesados. Era normal que hasta Sam se sintiese mal de querer ver a su amiga de maneras en las que nunca había querido verlas. Era como profanar la confianza de la amistad. ¡Había sido duro, ¿vale?!

Entonces Sam levantó también esa copa imaginaria, sobre todo por eso de que el sol siempre sale, por muy oscuro que sea el día. Esperaba que tarde o temprano las cosas cambiasen y pudiese tener una vida de verdad junto a Gwen, pues odiaba ser el eslabón problemático en una relación así.

Sonrió antes las preguntas de Laith y, para no estar de cuclillas mirando el horno, se sentó en el suelo de la cocina y se apoyó en la pared.

—Me encantaría tener un niño, varón. No me preguntes por qué, pero siempre he soñado con tener un niño. Me vale con ser madre una vez, pero no me quejaría si tuviese a la pareja y una pequeña completase una familia de cuatro —confesó con una sonrisa soñadora. Siempre decía que quería a un niño negrito, si es que adoptaba y no lo tenían ellas mismas.  —Siempre he querido casarme en la playa, ambas con un vestido blanco, el típico recogido con flores, mi padre llevándome al altar, una fiesta épica en donde todo el mundo esté borracho y podamos terminar bañándonos en el mar entre carcajadas… —Continuó, pues precisamente le había contado hace poco su ‘amor’ por el mar y lo poco que realmente iba a visitarlo. Precisamente por eso lo tenía en tan alta estima. —Y tendríamos cerditos, gatos, perros… ¡Todo lo que quepa en la casa, Laith, parece mentira que me hagas esa pregunta! —Rió entonces, dejando de soñar.

Porque después de todo, eso eran sueños. Ahora mismo no llevaban ni un año y, por mucho que ella ya se imaginase el futuro perfecto, había que ser realistas. Y la realidad era que cualquier día podían coger a Sam por la calle y meterla en el Área-M, o que en el Ministerio de Magia cogiesen a Gwen por traidora y que termine muerta o en Azkaban. La realidad era que… soñar era gratis, sí, pero la realidad en menos de un abrir y cerrar de ojos, podía hacer que todos tus sueños se convirtiesen en pesadillas imposibles.

Le devolvió la pregunta y si bien no le sorprendió lo de que no se veía con ninguna persona porque no se veía con ningún hombre actualmente, sí que le sorprendió que quisiera tener una hija. Le hizo muchísima gracia, a la vez que le embriagó de dulzura, su motivo para querer a una niña en vez de a un niño.

—Tendría un padre experto en la materia —le dijo divertida. —Aunque ahora mismo no tengas a ningún hombre con el que quieras pasar el resto de tu vida… ¿te gustaría tenerlo en algún momento? —preguntó, con honestidad, pues después de lo poco que le había dicho de esa mala experiencia amorosa, no sabía si en realidad se había cerrado en banda o realmente le gustaría llegar al punto de amar de nuevo a una persona. La verdad es que entendía ese sentimiento de sentirte traicionado, triste y decepcionao y cerrarte en banda a odiar el amor. —No sé, me pareces tan adorable que tanto como pareja como padre, te imagino siendo perfecto —le confesó, con ternura y sinceridad. —Te idealizo porque eres mi amigo gay simpático y me caes bien.

Pese a que tenía un aspecto de malote con tatuajes, una vez lo conocías te dabas cuenta de que el corazón de Laith era precioso y encima él era una persona bonita por todas partes. Y, evidentemente, Sam no hablaba de su físico.
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Laith Gauthier el Sáb Ago 03, 2019 10:41 pm

Se llevó una mano al pecho, fingiéndose ofendido por escuchar eso. La verdad… tenía mucha razón, pero Laith no iba a dársela. — Claro que no, yo siempre supe que Gwendoline era la ideal, ¡la correcta! —se defendió a sí mismo y a su sexto sentido, sonriendo con el dedo sobre su mejilla. No, seguramente hubiese apoyado lo que le dijera mientras a ella le gustara, pero eso no iba a admitirlo o podría poner en riesgo su credibilidad ya bastante dañada.

Estaba de cierta manera enamorado del amor. Y aunque a él no le naciera ser quien se enamorase, sí pensaba que los demás merecían la dicha de amar y ser correspondidos. Era por eso que lo apenaba pensar que tuvieran tantas complicaciones en lo que podría ser una historia de amor perfecta, todo por cosas que estaban fuera de su alcance.

Eso no les impedía soñar, por supuesto, y lo comprobaron con el brindis imaginario en la boda imaginaria, así como todas las preguntas sobre la perfecta vida que imaginaba en el futuro. Se sentó frente a ella en el suelo cuando consiguió un vaso con agua, ¿había una sala de estar y sillas? Qué importaba, si lo que tenían entre manos era una conversación agradable.

Se emocionó escuchando sobre los niños que quería y la boda que soñaba, en la playa con su padre, invitados borrachos y mucha diversión. — Espero estar invitado a esa boda en la playa, sería una buena excusa para tomarme vacaciones —le guiñó un ojo. — ¿Has pensado algún nombre para tu niño? ¿O para tu niña? —siguió evocando pensamientos en ella, si los había. — Pues... Yo tengo una hija, tú tienes un hijo... Unamos nuestras casas —sonrió, citando a Robert Baratheon.

Una carcajada se le escapó cuando le reclamó quererla limitar a una sola mascota, ¡que ella lo quería todo! Negó con la cabeza, divertido por toda esa situación. Por lo pronto, no quería pensar ni que Samantha pensara en nada malo, sino sólo en las cosas buenas de las que podrían conversar, como eran aquellos sueños a futuro que tenían, ella con su familia y su boda perfectos y Laith con sus hijos.

No lo sé —admitió, encogiéndose de hombros. — No sé querer a medias, y entregarte a alguien por completo… da mucho miedo —le confesó con cierta vergüenza. — Supongo que, si tiene que darse, se dará, pero no será porque yo lo haya buscado —era su filosofía de vida. Si había que cambiar, todo tendría que darse tan natural que no lo pensara demasiado. Si tenía que pensarlo, algo andaba mal. — Yo no sé, ¿eh? Que me preocupo, ¿te imaginas que tenga a mi hija y seamos un desastre? Me la imagino queriendo comer helado y ver películas todo el día, ¡y yo dejándola y hasta uniéndome! —y volvió a reírse.

Era muy divertido pensarlo, y a veces se preguntaba si tenía madera de padre. Podía mimar a un niño, hacerle feliz, sin embargo… ¿qué sucedía a la hora de educarle? ¿Tendría una mano suficientemente dura como para conseguir encaminar a un niño por la ruta del bien?

Mi ejemplo siempre fue mi abuelo, aunque tuve otros adultos en mi vida… Era un hombre luchador y testarudo, pero también cariñoso y tierno, era duro, firme… y alegre también —le contó, jugando con el contenido de su vaso al hacerlo girar. — No sé si podría llegar a ser tan buen ejemplo como lo era él, recuerdo que me dejaba caminar solo, pero iba a mi lado para ayudarme si caía, y me apoyó siempre o me corrigió cuando hizo falta —la nostalgia se había apoderado de su voz.

Eran recuerdos que atesoraba con cariño, pero que también llegaban a dolerle. No es que fuera raro que la experiencia evocara melancolía, pues había sido feliz y al mismo tiempo ahora sólo podía recordarlo con cariño como algo que no iba a volver a ocurrir.

Otra cosa mala es que creo que yo lloraría más que ella su primer día en el colegio, ¿sabes? O sea, es que la gente no lo piensa porque son malos padres, pero se llevan a tu pequeño casi un año entero, yo no soportaría estar tanto tiempo lejos de mi hija —se quejó exagerando en drama, queriendo pasar por encima de aquel otro tema que, si bien era bonito, era tal vez demasiado triste para aquella tarde.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Miér Ago 07, 2019 4:34 am

¿Que si había pensado nombre para su niño o para una supuesta niña? ¿Con quién se creía que estaba hablando: con una novata de los sueños de princesas? No, no, no, claro que no. Sam tenía muy claro su futuro de ensueño y, por tanto, el nombre de sus hijos. Había pensado en esas cosas hacía mucho tiempo, en realidad, por lo que hasta Gwendoline sabía todas estas tonterías. Y las llamaba ‘tonterías’ porque era muy consciente de que llegado el punto le daría igual no casarse en la playa con tal de casarse con la persona correcta, o que le daría igual no llamar a sus hijos como lleva pensando durante meses porque sabía que iban a ser sus hijos se llamasen como se llamasen…

Pero siempre le había hecho ilusión pensar en esas cosas, emocionarse y pensar en el futuro con tantas ganas.

—La verdad no soy muy original: si tengo un hijo me gustaría que al menos su segundo nombre fuese Luca, sé que a mi padre le haría mucha ilusión y adoro a mi padre. —No pudo evitar la sonrisa en su rostro. —Pero me gusta mucho el nombre de Lukas. Obviamente si le pongo Lukas no le voy a poner Luca de segundo; Luca solo se lo pondría si Gwen me odia y no le quiere poner Lukas a nuestro hijo. —Dramatizó, evidentemente en broma. En inglés se le solía conocer como Luke pero en austriaco era de esa manera y, para Sam, era precioso. —Si es chica pues Khalessi. —Y tras unos segundos de espera, estalló de risa. —Claro que no, en todo caso Daenerys, pero ni aunque me pagasen. Siempre me ha gustado Julia.

Le pareció encantador y adorable que Laith mencionase la opción de que uniesen a sus hijos si eran de distintos sexos, sobre todo porque precisamente ellos dos esas cosas le daban un poco igual. Así que frente a ese comentario, no pudo evitar bromear con lo siguiente:

—Sí eso, unimos a tu hija con mi hijo y así no nos salen como esos depravados sexuales que son los homosexuales. —Y sonó tan seria que, de nuevo, no duró ni dos segundos antes de volver a carcajearse. Le dolían las dichosas mejillas de reír, por lo que tras ese comentario contra los homosexuales que OBVIAMENTE era broma porque ella era una homosexual con capa incluido, continuó con el tema. —¿Y tú? Admite que has pensado nombres.

Le pareció bastante mono su filosofía de ver el amor, pero la verdad es que le entendía. Estar enamorada era un sentimiento que si bien en muchas ocasiones te hacía sentir la persona más maravillosa, en otras muchas te hacía sentir… terriblemente mal. Tener la sensación de querer más a la otra persona que a ti misma, o la mínima duda, te hacían sentirlo todo más. Estar enamorada era para muchas personas lo mejor, peor había que ser objetivo y saber qué también era lo peor. Eso de dar a la otra persona tu corazón y la oportunidad de apretarlo hasta hacerlo cenizas daba miedo. Estar enamorada daba mucho, mucho miedo aunque tuvieses una confianza ciega en la otra persona.

—Yo creo que es un pensamiento muy… real y objetivo eso de tener miedo de enamorarte. Estar enamorada da miedo, ¿sabes lo que es que todo el peso sentimental lo tenga otra persona? ¿Que te preocupe más la otra persona que tu mismo? Es muy fuerte, en realidad… —confesó, con cierta reflexión. —Pero sí, lo que se busca no es tan bonito como lo que te encuentra a ti. —Le sonrió.

En perspectiva de Sam, ella no había buscado nada, sino que más bien estaba huyendo cual avestruz metiendo la cabeza bajo tierra cada vez que algo bonito ocurría en su vida. Para ella, había sido Gwen quién había aparecido de repente, cambiándole el mundo, cuando en realidad siempre había estado ahí.

—¿Y qué hay de malo en ser un desastre con tu hija? ¡Eso es lo más bonito! Lo importante es que ella sepa que eso que hacéis es de personas irresponsables y que después de eso hay que hacer deberes, comer lechuga y leer antes de dormir. —Le dijo con toda la sinceridad del mundo, pues la responsabilidad de los padres no estaban en ser perfectos, sino en enseñarle a sus hijos qué estaba bien, qué estaba mal y qué se podía permitir. Cuando le empezó a hablar de su abuelo, Sam le atendió con una sonrisa en el rostro bastante adorable. Le gustaba ver a la gente hablar así de cariñosamente de su pasado y su niñez y, sobre todo, que estuviesen tan contentos con ello que estuviesen dispuestos a tomarlo de ejemplo. —Bueno… quizás no seas tan buen ejemplo como era él, pero si has aprendido de alguien tan maravilloso, estoy segura de que eso está en ti. Yo creo que nadie se siente preparado nunca para ser padre, pero una vez lo seas… todo eso que un día tu abuelo te enseñó, seguro que vas a querer enseñárselo a tu hija.

Tenía la filosofía de que un hijo siempre iba a coger las cosas buenas y malas de sus enseñanzas y, eso inevitablemente, te haría educar a tu hijo de una manera muy diferente a como lo hicieron tus padres. Además, a eso le añadías el cambio de generación, de pensamiento… Y no necesariamente esa manera será peor, simplemente diferente.

—¿Verdad? —Le dio la razón cuando dijo eso último. —Siempre lo pensé. Yo recuerdo que a mi padre casi le da un infarto cuando el mago que fue a contarnos todo lo de este mundo le dijo que Hogwarts tenía una duración de nueve meses. Y claro, imagínate mis padres muggles que son de Austria y venirme a visitar a Hogsmeade no es que fuese una opción muy plausible para ellos… —Respondió, para añadir algo más: —Molaría un colegio en donde no estuvieran internado. ¿No podría haber un colegio normal pero mágico? Me mudo ahora mismo al país que lo cree. O lo podemos crear nosotros y hacernos ricos. —La idea de negocio más estúpida del mundo, pero era una idea de negocio propia para los más familiares.

Sam se puso en pie entonces para acercarse a las galletas, pues acababa de sonar la alarma y era momento de sacarlas de allí y meter las siguientes. Hizo todo el proceso con tranquilidad: cogió los guantes para no quemarse y, tras abrir el horno, sacó la bandeja con las galletas dejándolas sobre la encimera. Repitió el proceso para meter la otra bandeja con el resto de galletas, volviendo a cerrar el horno y poniendo de nuevo la alarma, esta vez con cinco minutos menos porque ya por experiencia sabía que con el horno así de caliente si dejaba exactamente el mismo tiempo se le quemaban.

Entonces miró la obra de los dos, mirando a Laith.

—Sé que quieres una, pero es mi deber avisarte de que te vas a quemar la lengua. Por precaución deberías esperar al menos dos minutos después de partirla. —¿Por qué algo le decía que le iba a dar igual su recomendación y se iba a meter el pene enterito en la boca?
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Jue Ago 08, 2019 11:48 pm

Le sonrió cuando le dijo que no era muy original, escuchando que su hijo se llamaría como su padre, aunque de una forma escrita quizá distinta, si bien muy parecida. Ni siquiera pudo evitar reír en cuanto le dijo que Gwendoline la odiaría si no la dejase ponerle así a su hijo, y la verdad es que pensó que era un nombre muy bonito. El nombre de chica, sin embargo…

Pobre niña, la condenas —le dijo, uniéndose a su risa al revelarse que sólo era una broma. Julia era la verdadera opción. — Pues son nombres muy bonitos, estoy seguro que tu padre se emocionaría mucho si llamas a tu hijo en su honor —porque eso era lo normal en padres amorosos, en especial ese tipo que se emociona el doble con sus nietos.

Ya que estaba Juego de Tronos en la mesa metafórica, porque los dos estaban sentados en el suelo, Laith sugirió unir en matrimonio a sus hijos como esas familias locas que unen a sus hijos por obligación, medievales incluso. Samantha lo sorprendió con un comentario altamente despectivo a los homosexuales que sólo estalló en una nueva risa. No había manera de ofenderse con un chiste homofóbico cuando eran dos homosexuales haciendo ese chiste.

Libraremos al mundo de dos depravados, nos estarán agradecidos —le guiñó un ojo, todavía entre risas. Apenas unos segundos más tarde aclaró la garganta, pues lo había pillado con la guardia baja. — Pues… he pensado algunos. El que más me gusta es Eileen —le contestó, aunque también consideraba nombres de sus amigas más cercanas, o de mujeres importantes para él. — Nunca la conocí, pero así se llamaba mi madre —reveló.

Pensar en el amor era, para Laith, algo un poco desalentador. La primera y única vez que se había entregado por completo no salió entero de ello. Se tuvo que reconstruir pieza a pieza sólo para darse cuenta que algunas se habían perdido en el proceso. Era peligroso, daba miedo, y no estaba seguro de querer darle a nadie la posibilidad de romperlo si no estaba completamente seguro de ello. Samantha lo entendía, aunque por supuesto ya no lo compartía, no cuando tenía a alguien que quería con quien compartir su vida.

Era un tema que le disgustaba más que hablar sobre hijos, por lo que lo dejó pasar sin querer estancarse en ello demasiado.

¿Y si no tengo la fuerza de voluntad de hacerla hacer deberes, comer lechuga y leer? Bueno, leer puede, ¡pero lo demás es difícil! —ahora estaba dramatizando, porque creía que, como él a veces no cuidaba su alimentación o los deberes, también sabía darle valor y tiempo a las cosas importantes que tenían que ser hechas. — Deberían hacernos un diario, ¿eh? Para enseñarnos cómo ellos nos criaron para poder pasarlo generación por generación, omitiendo las cosas malas y haciendo las buenas —asintió, muy seguro.

Como si los adultos no tuvieran suficientes ocupaciones con criar a un niño, trabajar y ser adulto, además quería que se sentaran a escribir todo lo que hacían en el día. Utópico, quizá, pero sería muy útil.

Nuestro lema sería “Para los padres que sí quieren a sus hijos” —hizo un arco con sus manos donde supuestamente estaba escrito el lema. — No puedo imaginar el impacto de tus padres, y los padres sin magia de tantos otros que se infartaron cuando sus hijos se fueron a estudiar nueve meses, para mí era duro y eso que yo era el hijo que desde siempre supo que tenía que pasar —se llevó una mano al pecho, casi dolido.

Laith se levantó también para apartarse del horno y que Samantha hiciese magia con las galletas, sacando las hechas y metiendo las crudas, y su mirada se volvió llena de hambre y deseo en cuanto vio la bandeja con galletas de delicioso aroma. Como el gordo que era, su mano aventuró el calor del metal con intención de hacerse con una, sabiendo que iba a quemarse, pero dispuesto a correr el riesgo.

Creo que me mientes sólo para ser cruel conmigo —y efectivamente tomó una galleta de pene dejándola caer de la bandeja a la mesa, apenas con los dedos quemándose cada vez que la tocaba. No le mentía su amiga, pero eso no importaba. — Tengo que devorar una galleta ahora o me voy a morir —se quejó con un tono de molestia.

Bueno, al menos el presentimiento de Samantha se cumplió a medias. Dejó la galleta sobre la mesa para que se enfriase, casi como si dijera “esta es mía, no la toques”, por si había alguna posibilidad de que ella cambiase de opinión y sí quisiera comerse su pene. Su galleta en forma de pene, por supuesto.
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 10, 2019 4:57 am

Eileen. Era un nombre precioso. Sam le sonrió cuando le dijo que era el nombre de su madre y le pareció un detalle muy bonito que le quisiera poner a su hija su nombre, pese incluso a no haber podido conocer a su madre.

—Eileen, es muy bonito —le reconoció, con sinceridad. Meditó si preguntar o no por su madre, pero supongo que si no la conoció, no debería de ser ‘doloroso’ explicar el por qué. Además, como buena ravenclaw se había quedado con la curiosidad. —¿Qué le pasó a tu madre?

A día de hoy, ¿quién se sentía un buen padre? ¡Si uno a veces no sabía ni cuidarse de sí mismo, ¿cómo iba a cuidar de otro ser humano dependiente que solo llora, babea, come y duerme?! Pero a la hora de la verdad, esas cosas se aprenden. Si tú de verdad querías ser padre, el hecho de no sentirte preparado no quería decir nada, pues cuando todo sucediese ese instinto maternal te haría dar todo por proteger y cuidar a esa cosa linda que vas a tener siempre a tu lado.

Pero oye, eso del diario no vendría mal. Los padres de Sam seguramente pusieran: “No divorciarse nunca cuando tu hijo está internado en su primer año en un colegio mágico con el que no está familiarizado.” Solo a Luca y Sophie se les ocurriría hacer algo así. Menos mal que Sam hizo amigos o pasar por eso habría sido realmente duro.

—Recuerdo que cuando iba a primaria, antes de entrar a Hogwarts, mi madre hacía los deberes conmigo como si fuesen un juego, ¿sabes? Se sentaba conmigo y se ponía a hacerlos, haciéndome adivinar y pasándolo bien. Era muy guay, teníamos nuestro “horario” para los deberes después de la merienda y a mí me encantaba que llegase ese momento porque me lo pasaba bien —le dijo a Laith, encogiéndose de hombros por la anécdota. —Y mira, al final mi madre consiguió que sin ella me encantase aprender cosas porque ella me hizo ver lo divertido y entretenido que era. Luego en vez de hacerlo con mi madre, en Hogwarts lo hacía con mis amigas.

Recordaba pasar horas y horas en la biblioteca en compañía de Gwendoline estudiando, leyendo y haciendo deberes, hasta que Caroline aparecía y las sacaba de allí para hacer vida de niñas normales. La verdad es que no se podía quejar precisamente de amigas, pues lo había tenido todo.

Asintió a lo que dijo de la vida de los muggles con respecto a dejar ir a sus hijos. Entonces soltó aire por la boca, divertida.

—Tenías que ver al pobre mago que vino a casa a explicarles a mis padres que su hija era una bruja y que había un colegio que era un internado para magos, encima en Inglaterra que no es que esté precisamente cerca de Austria… —Se llevó la mano a la frente. —Mi madre le gritó, que si estaba de coña, decía, que no estaba para estar con tonterías. Fue totalmente inolvidable. También cuenta el hecho de que el mago demostró ser un mago, eso para mí fue… increíble. ¿Te imaginas una niña de once años que se cree normal, de repente ver todo lo que le espera? —Quizás se estaba yendo un poco por las ramas. —Pero bueno, eso, fue muy duro. Tuve suerte de cumplir en diciembre y que me avisaran con casi diez meses de antelación, aunque eso no fue suficiente como para evitar  que los tres terminásemos bañados en mocos y lágrimas cuando partía el tren.

Ay, qué recuerdos. También recordaba perfectamente hacer eso mismo que estaba haciendo con Laith, pero con su madre y quemarse los deditos por ser unas gordas con ganas de probar las galletas.

—Cuidado que… —Y se quemó. ¡El muy bobo se quemó! Sam puso las manos en jarras en su cintura, como una madre enfadada porque su hijo es un desobediente que se quema los dedos. Sacó entonces su varita de nuevo y, con un hechizo de viento muy suave, empezó a enfriarlas un poco. —Espera, impaciente.

Y después de unos segundos, justo cuando terminó con la varita, cogió rápidamente una galleta ella primero—obviamente con forma de estrella amorfa—y se la llevó a la boca para darle un bocado antes de que lo hiciera Laith.

¿Qué ocurrió? Se sacó la galleta de la boca, con toda la confianza porque aún estaba caliente.

—Todavía no, desesperado. —Le echó la culpa a él.
Sam J. Lehmann
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