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[FB] When you came into my life. —XyZ.

Z. Ekaterina Ovsianikova el Sáb Jun 01, 2019 2:47 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] When you came into my life. —XyZ.  - Página 6 M5OXF58
Nueva casa de alquiler || Kensington, 9 de febrero del 2012 || 23:32 horas || Atuendo

Ataviada con un gran abrigo encima de esa poca ropa deportiva, daba saltitos frente a la puerta de aquel portal, esperando a que alguien le abriese. Estaba cargada con una gran mochila en la espalda, una maleta enorme de ruedas y otra un poco más pequeña que parecía que iba a explotar de todo lo que había en su interior. ¡Quién tuviese un palo de madera con el que agrandar las cosas por dentro mágicamente! Cargadísima, seguía esperando a que sus nuevas compañeras de piso, que ni conocía, le abriesen la dichosa puerta para dejar de empaparse con la lluvia que estaba cayendo en ese momento.

Veintitrés segundos después de haber tocado por segunda vez, la puerta sonó y se abrió. La empujó como alma que lleva el diablo, entrando a trompicones al interior con todas sus pertenencias. Se trataba de un apartamento de varios pisos y ella había alquilado una de las habitaciones del tercero izquierda, cuya casera, de nombre Iris Leithfield, sólo rentaba a mujeres porque consideraba que eran mucho más responsables y limpias que los hombres. La verdad es que a Zeta le venía genial porque después de su primera experiencia no quería tener que compartir nada con ningún hombre. A simple vista Iris parecía una casera relativamente simpática, pues había accedido a darle la entrada a Zeta ese jueves pese a que era a esas horas intempestivas.

En realidad todo la situación del alquiler había sido bastante precipitada, pues la eslovena quería dejar cuanto antes su anterior piso y había sido todo a 'a ver qué pasa'. Por suerte para ella, la señora Leithfield había podido acceder a las prisas y las ‘condiciones’ de Zeta, lo cual había sido todo un alivio para ella y un golpe de suerte. Por desgracia la señora no iba a estar presente a esas horas para recibirla, por lo que le había dicho que tocase que ya le abrirían sus compañeras de piso—previamente avisadas—y que les dejaría sus llaves allí dentro.

Así que allí estaba Zeta, empapada de arriba abajo, mientras subía por el ascensor al tercer piso. Una vez las puertas se abrieron delante de ella y pudo salir torpemente de allí, vio que en la puerta de su futuro apartamento había una chica apoyada en el marco. Era rubia, de rasgos perfilados y rostro fino. Estaba con los brazos cruzados, descalza y vestida con un pijama de esos calentitos.

—¿Ekaterina? —le preguntó la muchacha.

Con las prisas se había presentado así a la casera, ya que esperar que entendiese Zdravka era una pérdida de tiempo y hacerse llamar Zeta le parecía poco serio para un primer contacto y un futuro contrato. Su segundo nombre siempre la libraba de eso.

—Sí, hola. —Se acercó allí con sus maletas y la chica dejó hueco para que pudiera pasar, cerrando la puerta detrás de ella.

Se apartó de manera un poco repipi para no mojarse con las cosas empapadas, para meterse en lo que parecía su habitación, bastante cerca de la puerta de entrada.

—Bienvenida —le dijo a la muggle. —Yo soy April. Disculpa por haber tardado en abrir, estaba hablando con mi novio por Skype y pensé que Xenobia estaba disponible, pero se estaba duchando. —Miró entonces el reloj que tenía en la muñeca, alzando levemente las cejas y suspirando con reproche. —La señora Leithfield dijo que vendrías tarde, pero te has superado. Y bueno, tampoco son horas para estarse bañando con el ruido que hace el dichoso termo de esta casa. Menos mal que mañana libro. —dijo con un poco de mal humor. Zeta se quedó callada porque… ¿qué narices iba a decir a eso? —Bueno, te dejo que he dejado a mi novio hablando solo. —Pero antes de meterse, señaló a la siguiente habitación que había en el pasillo. —La siguiente habitación es la tuya y la siguiente es la de Xenobia. El baño es la puerta que encontrarás cerca de la comedor-salón y la cocina.

Menos mal que Zeta había visto fotos por internet porque estaba claro que con las indicaciones de aquella mujer no iba a llegar a la cocina con vida si estuviese muriéndose de sed.

—Gracias —le dijo con simpleza. —Hasta mañana.

—Buenas noches. —Se despidió secamente, cerrando su puerta.

Se quedó un momento un poco trastornada con respecto a ese momento tan incómodo de la perfecta imperfecta compañera de piso, pero pensó que nada podía ser peor que de donde venía—ilusa de ella pensar tan optimista tan pronto—y caminó hacia su habitación, queriendo simplemente tirarse en esa cama que probablemente sería muy incómoda.

La habitación era pequeña, lo justo y necesario para una cama individual, un escritorio, una silla y un armario empotrado. Tenía algunas estanterías encima de la cama y lo primero que hizo Zeta fue dejar sus cosas en el suelo y quitarse la chaqueta empapada, colgándola en la puerta.

Tenía que hacer la cama para poder dormir y lo peor de todo es que pese al sueño, le estaba ganando el hambre que tenía, pues no había podido cenar después del día de mierda que había tenido. Día de absoluta decadencia, estaba cansada de estar cansada, imagínate el nivel de cansancio. Así que suspiró y abrió su mochila para sacar su triste paquete de Golden Graham a punto de acabarse y un batido de vainilla. Era una cena muy triste, pero no tenía nada más. Mañana tendría que ir a comprar...

Ya estaba pensando en el día tan largo que le quedaba por delante mañana y todavía ni se había ido a dormir.
Z. Ekaterina Ovsianikova
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Xenobia Myerscough el Mar Abr 21, 2020 9:51 pm

Cualquier persona que la conociera lo suficiente sabía aquel dato: Xenobia Myerscough tenía un pronto muy malo, y era capaz de decir cosas horribles cuando se enfadaba, especialmente cuando se sentía acorralada.

Muchos la habían calificado de mala persona a causa de estos pequeños estallidos de rabia, pero nada más lejos de la realidad. Por lo general, se sentía muy mal después de decir cosas que en otras circunstancias se guardaría. Sobre todo cuando aquellas cosas se las decía a personas a las que quería tanto como a Thomas o a Zdravka.

Concretamente, en aquella ocasión, no es que pensara que Thomas era un lastre en sí, si no que se había tomado sus palabras como un intento de lastrarla. Suerte que se rodeaba de gente comprensiva, o de lo contrario llevaría sola mucho tiempo...

—No me siento orgullosa de ello, lo reconozco. —Se encogió de hombros, con una media sonrisa culpable en el rostro—. Pero créeme que he compensado con creces a Thomas en todos los aspectos. En todos. —Y dedicó a su amiga un guiño cómplice, sin entrar en demasiados detalles.

En lo que a su experiencia respectaba con los hombres de su vida —no había habido muchos, más allá de su padre, su hermano y Thomas—, había descubierto que los estereotipos y los roles de género no eran correctos en lo más mínimo. Ninguno de los hombres que había conocido era uno de esos machos irreales de ficción a los que no se podía ofender de ninguna manera porque todo les daba igual. De hecho, solían ser lo opuesto: sus sentimientos eran demasiado fáciles de herir.

A veces no quedaba otro remedio, como podía ser el caso de Austyn, o como lo había sido en su momento con Thomas. Ambos habían buscado satisfacer una necesidad que haría infelices a sus parejas, siendo en este caso el mudarse para vivir en pareja.

Para ellas no sería muy distinto a aceptar que las metieran en una jaula, por desafortunada que pudiera ser la comparación.

Sí, definitivamente existía la posibilidad de que ellos también se guardasen aquello dentro, como un creciente rencor que en algún momento estallaría, pero al menos en caso de Xenobia, si hubiera aceptado vivir con Thomas en su momento, a regañadientes, en la actualidad habría roto con él. Se conocía, y sabría que recordaría toda su maldita vida el haber cedido en algo tan importante.

—La situación es la que es —reflexionó Xenobia—. Me refiero a que la situación es y será la que es cuando le dejes claro que no puedes irte a vivir con él todavía. Será exactamente lo mismo que había antes, así que lo más lógico es quedarse con lo que había antes cuando uno de los dos no está preparado. Y créeme que las cosas saldrán mucho peor si cedes ahora...

Porque podían ocurrir dos cosas: o bien el primer escenario, ese del rencor acumulado de por vida; o bien el segundo, que era casi peor: Zdravka diría que sí hoy, y en un futuro quizás volviera a decir que sí a otra cosa, y más adelante a otra… y cuando quisiera darse cuenta, estaría atrapada en una vida en la que no quería estar.

Su amiga había nacido para ser libre, y sus parejas tendrían que asumirlo.

—No te creas que los demás somos muy distintos cuando discutimos —la consoló, con resignación—. Nuestro orgullo a veces puede más que nosotras, y al final, para lo único que nos vale es para quedarnos calvas. Pero no intentes decirme eso cuando estoy en pleno momento orgulloso, porque no te haré caso.

Rió, divertida, negando con la cabeza. La Xenobia enfadada y la Xenobia actual eran como día y noche, y por muy racional que estuviera sonando en aquel momento, mejor no pillarla de mal humor o con el orgullo en su máxima ebullición. No solía atender a razones, y lo mejor era que la dejaran en paz para que se le pasase.

Su amiga decidió que era una tontería no hablar las cosas, y dio el primer paso, enviando un mensaje a su novio. Xenobia iba a responder a su afirmación sobre que Austyn tardaría en responderle horas, pero no le dio tiempo: el teléfono volvió a sonar casi al momento, casi como si el nomaj estuviera esperando ese momento con la disculpa preparada en la boca, ansioso por arreglar las cosas.

La bruja sonrió, enternecida por la situación. Eran un par de bobos que se querían demasiado, más incluso de lo que ellos mismos sabían.

—¡Y ya tenemos un final feliz! —exclamó la bruja, levantándose del suelo y desperezándose—. O casi: mañana tendremos ese final feliz, creo yo. A lo mejor tienes suerte y Austyn no es tan duro de mollera como Thomas.

Lanzó un bostezo, todavía desperezándose, y no se molestó ni en taparse la boca. No estaba aburrida, pero sí un poco cansada y hambrienta. Especialmente viendo todo aquel tinglado encima de la mesa.

—He salvado la situación. —Se adjudicó el mérito de aquello, aún a pesar de no haber hecho nada—. Me has metido el antojo de comida china en el cuerpo, así que invítame a algo —exigió, descaradamente—. Con el estómago lleno soy más creativa, y podré ayudarte a perfeccionar ese tema que acabas de componer. Porque, evidentemente, se lo vas a cantar a Austyn mañana, ¿no?

Era una sugerencia: Zdravka se expresaba mucho mejor con la música que con el diálogo, y sabía que su novio la entendería a la perfección si desnudaba su alma de aquella manera. Ahí vendría el final feliz.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Z. Ekaterina Ovsianikova el Dom Abr 26, 2020 10:25 pm

Una cosa era pensar que la otra persona era un lastre —que era perfectamente normal, porque no había nada más sincero que tu propia cabeza— y otra cosa era decírselo, que eso era feo, insensible e iba directo a colocarlo por debajo de tus sueños. Que ojo, por norma general el sueño encabezaba las decisiones de tu vida, pero una cosa era saberlo interiormente y la otra decírselo a una persona para la que, el sueño, eras tú.

Pero bueno, Xenobia y Thomas seguían juntos después de eso, por lo que Zeta en ese momento tuvo bien claro que sí habían superado ese tremendo bache y, además, la crisis de los tres años, es que iban a durar para toda la vida.

Rió cuando habló del orgullo, siendo probablemente también otro de sus horribles defectos. Zdravka quería considerarse una persona racional, pero era cierto que cuando algo te molestaba y discutías, era complicadísimo mantenerte dentro de tus cabales.

—Ya, eso es lo peor… Es demasiado difícil ceder, ¿eh? Mira que yo lo sé en mitad de la situación, por mi mente piensa: “anda, cállate ya y cede” pero luego aparece la peor parte de mí en plan: “ni se te ocurra darle la razón” —Puso los ojos en blanco, como si estuviera cansada de sí misma—. Es horrible.

Entonces cuando le dio el móvil a Xenobia para que viera la cutre conversación que habían tenido, Austyn no tardó nada en hacer acto de presencia con un mensaje muy lindo y casi automático, casi como si estuviera esperando a que Zeta dijese algo porque no sabía qué decir él. Cuando la eslovena lo vio, sonrió como una idiota, observando aquello con ganas de poder aparecerse en su casa ya y poder resolver las cosas. Sin embargo, Austyn vivía muy lejos como para siquiera plantearse la opción de ir hasta allí.

—Austyn es un amor, seguro que no es tan duro de mollera como Thomas —le dijo aún mirando el mensaje—. ¿Le contesto? Sí, le voy a poner que yo también le quiero. Porque le quiero, ¿sabes? —Le gustaba decirlo en voz alta, se sentía bien.

Y mientras escribía, Xenobia se las dio de salvadora.

—¡Oye, pero bueno! —Se quejó divertida—. Tu gran espíritu del amor ha hecho que todo esto se solucione por arte de magia, ¿no es así? Has chasqueado los dedos y voilá, Austyn me ha mandado un mensaje. Si es que… ¡si lo llego a saber hubiera acudido a mí hada madrina mucho antes! —Ironizó con una sonrisa.

Tenía razón: debía de aprovechar y cantarla la canción a Austyn ya que la tenía prácticamente acabada. Necesitaba algunos ajustes… quizás algún que otro cambio en la armonía o en la letra, pero tal y como estaba ahora… podría perfectamente interpretarse.

—Pues se lo podría cantar… ni lo había pensado, la verdad. —Siempre tenía la mala manía de enseñarle a todo el mundo primero las canciones que a la persona a la cual se la componía—. Y te puedo invitar a lo que me sobró de helado de vainilla que le pedí al chino —confesó divertida—. Lo siento, es lo único que me sobró: soy una gorda.


***
Cuatro meses después

Llevaba unos meses en donde se había metido a full en la producción de su disco y todo iba viento en popa. Estaba tan motivada desde que empezó a crear contenido que no había parado, una canción tras otra, casi como si cada una de ellas estuvieran deseando ser formadas. Se sentía inspiradísima y hasta había dejado, en la última etapa en donde tuvo que enfocarse lo máximo posible, dejar el trabajo.

Era muy consciente de que su disco no le iba a dar demasiadas ganancias, pero igualmente quería sacarlo y, por suerte, tenía suficiente ahorrado como para poder vivir esos meses sin tener que trabajar en nada que no le llenase lo suficiente. Quería concentrarse cien por cien en el disco y nada más. Ya encontraría un trabajo de mierda después de eso si no conseguía absolutamente nada, que eran básicamente sus expectativas.

Ella se conformaba con hacer algún que otro concierto en algún pub y, de hecho, estaba ya moviendo hilos en plan: «Voy a sacar un disco y me gustaría promocionarme», pero la gente de los pubs depositaban poca confianza en los artistas nuevos.

Ahora mismo se encontraba caminando con Xenobia por Londres en busca del LUGAR PERFECTO para fotografiarse. Zeta llevaba una mochila con varios cambios de ropa para que su amiga le hiciera varias sesiones de fotos, ya que ella había insistido en ayudarle con eso, para hacer promoción de sí y poder hacer la carátula de del disco y todas esas cosas.

—Vale. —Estaban caminando por la avenida del Támesis y llegaron a un skate park en donde todo estaba graffiteado. Habían algunas personas patinando pero a ellas esas cosas les daban igual—. ¿Por donde empezamos?

Alpha iba con ellas para ayudarlas, pues le hacía ilusión ver esa “parte” de la creación de una álbum y sabía que tanto Xenobia como Zeta podían necesitar ayuda y por si acaso necesitasen dos manos extras.

—¿La fotógrafa profesional qué opina? —preguntó Alpha en dirección a Xenobia—. Hay sitios muy, muy chulos.
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Xenobia Myerscough el Sáb Mayo 02, 2020 10:18 pm

—Es naturaleza humana —respondió Xenobia, encogiéndose de hombros ante la reflexión de su amiga acerca del orgullo—. Salvo por aquellas personas que no tienen ni pizca de carácter, lo habitual es responder así de manera instintiva. Leí en algún sitio que es algún tipo de instinto de autoconservación o algo así: nos negamos a dar el brazo a torcer por miedo a que nos humillen, nos hagan daño, o nos pase cualquier cosa.

Era una forma sencilla de explicarlo, y casi eximía de culpa a aquellas personas que mostraban un comportamiento así. La pura realidad era que resultaba muy difícil luchar contra el propio orgullo, por mucho que la parte más racional del mismo ser supiera que era lo mejor.

Xenobia estaba convencida, de hecho, de que los enfados jugando a cualquier juego sin sentido venían del mismo sitio que el orgullo.

Austyn respondió a la velocidad del rayo, tan rápido que casi parecía que estuviera esperando con el mensaje preparado desde hacía horas. No resultaba difícil imaginárselo, qué sabía ella, trabajando delante de un ordenador, o viendo la televisión, echando miradas furtivas en dirección al teléfono móvil. Seguramente él deseaba tanto como Zdravka que aquella conversación tuviera lugar, pero el orgullo o el no saber qué decir le impedían iniciarla. La bruja lo encontró adorable, francamente.

—Me has quitado las palabras de la boca —dijo Xenobia, aunque tuvo que añadir—: Bueno, no lo de “Te quiero”, pero sí lo de escribirle inmediatamente.

Realmente no había hecho nada digno de mención para arreglar aquella situación, más que animar a su amiga a decir lo que estaba deseando decir. Sin embargo, no tuvo ningún problema en atribuirse el mérito. Obviamente, estaba bromeando y se le notaba, pero igualmente lo hizo.

—¡Pues claro! ¿No te lo he dicho nunca? Soy bruja —bromeó, encogiéndose de hombros. En aquellos momentos, Zdravka no tenía ni idea de que aquella confesión era la pura realidad—. ¡Puedo hacer que ocurran cosas con solo desearlo!

Esa no fue una de las ocasiones en que deseó contarle la verdad, principalmente porque la forma en que lo estaba haciendo era demasiado cómica como para tomársela en serio. No era la mejor manera de convencer a alguien de algo tan surrealista, ni mucho menos.

—¡¿Helado de vainilla?! ¡¿Así me pagas el haberte traído al mundo?! ¡Vergüenza! —dramatizó la bruja, alzando las manos hacia el cielo como si estuviera en algún tipo de película antigua—. En fin, supongo que menos es nada.

⋆⋆⋆

Xenobia llevaba un rato en silencio, mirando al cielo con la misma expresión que un perro mira la mano de un humano peligrosamente cerca de su cuenco de comida. El pronóstico meteorológico volvía a mentir, para variar: prometían cielos nublados, sin precipitaciones, idóneos para una sesión fotográfica, pero allí estaba el sol, en medio de un cielo salpicado aquí y allá de nubes grises.

Suspiró como por quinta vez en lo que iba de trayecto, cabreada con la madre naturaleza.

El lugar elegido, finalmente, fue una pista de skate. No tenía nada en contra de aquel lugar tan urbano, tan lleno de graffitis, y tan lleno de patinadores que se movían de un lado a otro sobre la estructura con forma de U.

La presencia de aquellas personas hizo que Xenobia se olvidara brevemente del problema con el clima, que a fin de cuentas podría solucionar de alguna manera. En su cabeza, comenzó a integrar a aquellos jóvenes deportistas dentro de las fotografías que pensaban realizar.

Se encontraba así, reflexionando, con los brazos en jarras, cuando las preguntas de sus amigos empezaron a lloverle.

—Opino que odio el parte meteorológico —declaró de inmediato, para luego dar un paso adelante, acercándose a la pista de patinaje. Hizo pantalla con las manos a ambos lados de la boca y gritó—. ¡EH, PATINADORES! ¡PARAD LO QUE ESTÁIS HACIENDO AHORA MISMO!

Su grito fue tan potente que la mayoría de los muchachos se detuvieron en seco, algunos en medio de la pista, otros en las plataformas superiores. Los que no lo hicieron a su orden, lo hicieron al ver parar a sus compañeros. Indistintamente, todos se la quedaron mirando con el ceño fruncido.

—¿Hay algún menor de edad aquí? —preguntó sin ningún tipo de reparo, mirándolos a todos alternativamente. Uno o dos levantaron la mano, entre ellos un joven que estaba sentado en lo alto de la plataforma con una lata de cerveza. Xenobia lo señaló—. Primero, no deberías beber alcohol. Segundo, todos aquellos que sean menores, voy a tener que pediros que os apartéis. Estamos haciendo un reportaje y estas fotografías aparecerán publicadas online. ¿Os importa?

Los chicos se miraron los unos a los otros, sus narices arrugadas. Xenobia esperó con impaciencia sus respuestas. Como esperaba, los que eran menores de edad se encogieron de hombros y siguieron a lo suyo. La bruja suspiró.

—Vale, os lo pongo de otra manera: tenéis alcohol, tenéis porros, y yo puedo llamar a la policía. ¿Qué os parece? —Y aquello sí que dio resultado: los que eran menores de edad se levantaron con tanta prisa que casi se dejan el cerebro allí mismo. Algunos que no eran menores los siguieron—. ¡Esperad, esperad! ¡No os vayáis todos!

La bruja se detuvo a explicarles a tres de los jóvenes que no salieron huyendo cuál era su plan: básicamente, tenían que seguir haciendo exactamente lo que estaban haciendo, de un lado a otro de la pista, mientras ella tomaba fotografías. A cambio de su ayuda, tuvo que prometerles algo tan sencillo como fotografiarlos luego a ellos para que tuvieran algo con lo que fardar en redes sociales.

¡Qué sencillo!

Regresó entonces con sus amigos, mirando todavía con desconfianza el cielo por encima de sus cabezas. El sol de cuando en cuando se escondía, pero ni por asomo era suficiente.

—Vale, vale, vale… Tenemos un buen lugar, tenemos buen decorado, tenemos extras… Si Ra no se hubiera puesto en nuestra contra, también tendríamos el clima, pero bueno… ¡Habrá que improvisar! —Y, dicho esto, Xenobia se quitó la pesada mochila que llevaba en los hombros y se arrodilló en el suelo.

Comenzó a revolver en su interior, sacando varias cosas: un paraguas normal y corriente, un trípode, algo que parecía un trozo de papel de plata que, en realidad, era un reflector… Se dio cuenta de que Alpha iba a estar muy ocupado.

—Te ha tocado, amigo mío —dijo Xenobia, entregándole el paraguas al chico—. Vas a ser nuestra sombra portátil, y te vas a asegurar de que el sol no haga de las suyas sobre la cara de nuestra estrella. —Señaló entonces a Zdravka—. Mi plan es que te coloques con la pista a espaldas. Desde ahí, el sol no nos fastidiará demasiado, pues lo tendré a mi espalda, y tendremos una buena vista de los patinadores y de los graffitis. Empezaremos con planos generales, y luego ya buscaremos un lugar más apropiado para los primeros planos.

Definitivamente, hablaba como una directora de fotografía. Su tono no admitía reproche.
Xenobia Myerscough
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