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The city above the clouds {Stela&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Sáb Jun 08, 2019 11:36 pm

The city above the clouds {Stela&Xenobia} OoQ7HVx
Viernes 14 de junio, 2019 || Zona segura para fugitivos, Londres || 21:17 horas || Atuendo

Xenobia permanecía en silencio, sentada en una de las sillas de la mesa de reuniones con los brazos cruzados, prestando atención a las palabras de quien, en aquellos momentos, tenía la palabra: Harvey Waldlow, uno de los miembros de la Orden del Fénix infiltrado dentro del Ministerio de Magia.

Dumbledore había cedido la palabra a Wadlow para que explicara a los miembros allí presentes—un grupo bastante nutrido, hasta el punto en que muchos de los presentes permanecían de pie en los extremos de la sala—lo que había descubierto: un pequeño grupo de fugitivos, ocultos hasta entonces, que habían organizado una pequeña sociedad… en el cielo, por lo visto.

El interés de Xenobia, desde luego, ya lo tenía únicamente con ese detalle.

—...bueno, no es exactamente “una ciudad en el cielo”—matizó el mago, haciendo el gesto de comillas con los dedos. Xenobia se sintió un poco decepcionada, pero no interrumpió la explicación—, pero se le parece bastante. Lo que se encuentra sobre Londres es la entrada a la comunidad, pero nadie sabe exactamente dónde está situada.

Harvey hizo una pequeña pausa para extender sobre la mesa un rollo de pergamino. Desde su posición, Xenobia no podía leerlo, pero sí pudo notar que el documento iba sellado con un símbolo que recordaba vagamente al yinyang.

Frunció el ceño, mostrándose interesada.

—Lo que tengo en mis manos es una invitación formal para visitar esta comunidad de fugitivos, que responde al nombre de Columbia.—Prosiguió Wadlow.—Según este escrito, los líderes quieren establecer una red de comunicaciones e intercambios entre los distintos grupos organizados de fugitivos, a fin de llegar a un acuerdo de colaboración mutua. En sus propias palabras, quieren ‘crear una zona segura en que no existan las disputas y en que aquellos que lo deseen puedan interactuar con otros grupos sin peligro’. Su deseo es hablar con Albus Dumbledore en persona.

—¿Y es seguro?—Preguntó Gwendoline Edevane, otra de las infiltradas dentro del Ministerio de Magia. Todos la miraron, incluido Harvey Wadlow.—Suena demasiado bonito como para ser cierto. ¿No podría ser una trampa destinada a atrapar al profesor Dumbledore?

«Buen punto—, pensó Xenobia—. Sería la manera más sencilla de atraparle… si fuese estúpido, claro.»

—Es lo primero que hemos pensado, sí.—Coincidió Wadlow.—Pero también hemos pensado que es buena idea cerciorarnos. ¿Y si resulta ser cierto? Necesitamos grupos que colaboren con nosotros. Así que enviaremos a alguien a investigar el lugar.—Wadlow, entonces, dirigió la mirada hacia Xenobia.—Señorita Myerscough.

La fugitiva, que no se esperaba lo más mínimo que fueran a mencionar su nombre, frunció el ceño. No dijo nada, sino que esperó a que Wadlow prosiguiera.

—Tengo entendido que usted practicó el Quidditch en su paso por Ilvermorny.—Mencionó Wadlow.

Un error común que Xenobia corrigió enseguida.

—Practiqué el Quodpot, que no es exactamente lo mismo que el Quidditch.—Sonó un tanto seca. Últimamente, siempre sonaba un tanto seca cuando hablaba.

—Disculpe. Error mío. El caso es que usted lleva bien eso de volar en escoba, ¿cierto?—Asintió con la cabeza. No se consideraba la mejor, pero sí era bastante diestra.—Así mismo, ha recibido usted un entrenamiento similar al de los aurores, ¿me equivoco?

Se le secó la garganta al recordar, una vez más, a su prometido fallecido. Sus ojos quisieron empañarse de lágrimas, pero no se lo permitió. En su lugar, asintió con la cabeza, y no arriesgó a decir nada pues, estaba segura, su voz brotaría quebrada de sus labios.

—Nos gustaría que usted fuese la emisaria del Señor Dumbledore. Después de todo, la única manera de entrar en Columbia es conocer su entrada, y cruzarla en escoba.—Concluyó Wadlow, sin siquiera preguntar a Xenobia si estaba dispuesta a correr semejante riesgo o no.

No es que necesitase que se lo dijesen dos veces, ni mucho menos: todo el asunto había despertado su curiosidad desde el principio, y si bien entrañaba muchos riesgos… tampoco es que ella tuviera mucho que perder.

—De acuerdo. Lo haré. Pero voy a necesitar refuerzos en caso de que surja algún problema.—Y también le servirían como una motivación para salir de aquello con vida: si no lo hacía por ella, al menos, lo haría por sus compañeros.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Stella Thorne el Miér Jul 17, 2019 5:30 am

Las reuniones de la Orden cada vez se realizaban más regularmente, teniendo como eje principal de reunión el refugio de fugitivos. Al parecer el pasar del tiempo más que calmar la situación, la iba empeorando y de paso empujando la ansiedad de los que se encontraban escondidos en las sombras para no ser capturados, asesinados o torturados. Pese a ello hasta hoy aún existían muchas personas desaparecidas que sus paraderos eran completamente desconocidos, y al no tener una plataforma comunicacional mágica que actualizase sobre aquellas noticias solo quedaba esperar de manera esperanzadora que se encontrasen en algún lugar, al igual que ellos refugiados en espera de esos anhelados tiempos mejores, en vez de ese escalofriante lugar titulado Área-M.  

Stella como hacía cada vez que se realizaba una reunión de la Orden, y que ella claramente no estaba invitada por ser una simple aspirante, se quedó sentada en el sillón del exterior de la sala de reuniones para atacar a preguntas al primero que viera salir y que fuera un poquito cercano a ella. Ya que tras la partida de Drake su fuente en la agrupación había caído notoriamente, y de paso su integración en misiones, ya que al no tener a nadie que la recomendase hace mucho que no salía al exterior, y la verdad es que la rubia ya se estaba comenzando a sentir atrapada, como un león con depresión de encierro que camina de un lado a otro por el estrés de estar encerrado en un jaula.

La puerta se abrió y la maga pegó un salto quedando de pie en un solo movimiento, mirando con ojos curiosos y expectantes. Todos salieron hablando entre ellos sin siquiera percatarse de su presencia,hasta que Diana, una maga de cuarenta años que le encanta cocinar  y que por ende Stella la visita mucho para pedirle comida y compartir con ella momentos miró sonriente a la ex gryffindor. ― ¡Stellilla, Hola! ¿Cómo estás, querida? ― preguntó dulcemente, acercándose a ella y rodeando sus hombros con su brazo derecho. ― Aquí estamos…― respondió, con una mueca en sus labios y encogiéndose de hombros. ― ¿Y tú, Di? ¿Cómo estuvo esa reunión? ¿Alguna novedad? ― le preguntó con ojos curiosos, ofreciéndole la mejor y más encantadora sonrisa para ver si la mujer se animaba a contarle algo, pero lo que jamás se esperó Stella es que tras esas preguntas la mujer sonriera tan ampliamente y le respondiera toda contenta. ― ¡Sí que hay novedades! De hecho has sido nombrada en la reunión, chocolatosa. ― le dijo mientras le agarraba su mejilla dulcemente. ― ¿A mí, por qué? ― preguntó sorprendida, rogando que fuera por algo bueno y no por alguna locura que haya hecho, ahora mismo a la rubia no se le ocurría nada malo pero mira, con ella nunca se sabe, eh.

Se necesitaran voluntarios para un misión que se realizará en las alturas, y Dumbledore nombró a los aspirantes que permanecían al equipo de Quidditch en Hogwarts, encontrándote tú en ese listado. ― le señaló, para luego tomar del brazo y arrastrarla junto a ella. ― ¡Xenobia, Xenobia!. ― comenzó a gritar la maga, alzando su mano libre por el aire para hacer señas a una chica que, tras escuchar su nombre detuvo su andar y giro por sobre su eje para mirar a Diana, quién se acercó junto a Stella. ― Querida, ella es Stella, una de las chicas que nombró Dumbledore que se dominaba sobre la escoba. ― dijo la mujer con una amplia sonrisa. ―  Dulce, ella es Xenobia, la líder de la misión.  

La rubia no entendía nada, todo había pasado muy rápido, pero solo le bastó escuchar las palabras: misión, altura, y Quidditch, para saber que fuera lo que fuera ella quería estar. ― Hola, soy Stella, un gusto. ― se presentó, ofreciéndole su mano a la castaña a modo de saludo. ― Efectivamente pertenecí al equipo de mi casa por dos años, fui golpeadora y buscadora, y tengo muchas ganas de ayudar, de verdad. ―  agregó rápidamente.

En el interior el corazón de Stella latía desbocado, es que la sola idea de pensar volver a montar una escoba le había producido la más dulce sensación, muy parecido a lo que le producía comer su chocolate preferido en un día hostil.

***

No sabía muy bien cómo es que lo había conseguido, pero después de pasar por algunas pruebas y entrevistas, Stella logró ser seleccionada para aquella misión. Afortunadamente cuando escapó de Hogwarts a diferencia de otros ella logró seleccionar las cosas que quería llevarse, y claramente lo primero que fue  encogido y guardado en su maleta de escape fue su hermosa y fiel escoba.

Ahora la ex gryffindor se encontraba esperando a Xenobia y al resto de voluntarios en la sala de espera del refugio, habían acordado juntarse allí para trasladarse juntos al “puerto de embarque” donde despegarían con sus respectivas escobas a encontrarse con el mago o la maga que los llevaría a encontrarse con el líder de esos fugitivos.

Se encontraba apoyada en una de las paredes mientras recorría con sus dedos los relieves de su escoba, mientras una sutil sonrisa se apoderaba de su rostro, es que Stella estaba muy feliz y dichosa que estaba a portas de volver a andar sobre su escoba y sentir el viento golpear su rostro. Escuchó un ruido y levantó su mirada, encontrándose con Xenobia.

Hola. ― le saludó, despegando su cuerpo de la pared y ofreciéndole una sonrisa a la maga. En eso, su atención se dirigió a la escoba que sostenía la castaña. ― Joder, ¿esa es una flecha plateada? ― preguntó con los ojos como plato acercándose a Xenobia admirada. ― Nunca he visto una en vivo, ¿Puedo…puedo tocarla? ― preguntó tímidamente, deteniendo sus intensos impulsos de querer tomarla entre sus manos y sentir la increíble energía que esa escoba debe transmitir al mero contacto.

Ok, la rubia era consciente que debía mantener una actitud madura que lograra transmitir confianza a sus compañeros de misión ¿vale? Pero en su defensa  ¿Han visto esa hermosura de escoba que lleva Xenobia? para una nerd obsesionada con el Quidditch y las alturas como Stella, simplemente no podía pasar por alto, es que tenía frente a sus ojos una de las escobas que fue considerada la más rápida y hermosa de su tiempo.
Stella Thorne
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Stella ThorneFugitivos

Xenobia Myerscough el Dom Jul 21, 2019 3:38 am

Durante lo que restó de reunión, Xenobia solicitó a Albus Dumbledore un listado de miembros oficiales y aspirantes que tuvieran suficientes conocimientos en el manejo de escobas. Puntualizó que no servía cualquiera: necesitaban a gente con la suficiente destreza como para evitar un posible ataque por parte de mortífagos. No solían verse sobrevolando la ciudad de Londres, pero bastaba que el Ministerio se enterase de la actividad en los cielos para que desplegaran una pequeña escuadra.

Los fugitivos organizados les interesaban. Siempre.

Dumbledore escuchó su petición y recitó los nombres de todos aquellos magos que reunían los requisitos, demostrando que, pese a lo que muchos dijesen, el anciano mago estaba enterado de todo lo que sucedía en su refugio. Xenobia le escuchó con toda su atención y seriedad, y finalmente dio las gracias.

Siguieron debatiendo un poco, llegando finalmente a una conclusión: para una misión así, por mal que sonara, no podían arriesgarse a llevarse a nadie que no fuera ya un fugitivo reconocido. Aquello les llevó a descartar a varios candidatos que ostentaban puestos importantes dentro de la sociedad mágica, quedándoles únicamente cuatro miembros: la propia Xenobia, Bruce Apollon, Ciril Cruz y Stella Thorne.

Cruz, un hombre con un marcado acento mexicano y una actitud un tanto arrogante, se presentó voluntario para la misión. Sin embargo, hizo ver a Xenobia que le hacía un favor, cosa que a la americana no le gustó. No se lo dijo en ese momento; en su lugar, agradeció su ofrecimiento y sugirió que prestasen atención a Harvey Wadlow, que todavía tenía información para ellos.

Así lo hicieron, y cuando la reunión se dio por concluida, Xenobia fue de las primeras en abandonar la sala. Su objetivo no era otro que encontrar a los dos aspirantes: Apollon y Thorne. Con esa tarea en mente, enfiló el pasillo en dirección a la habitación de Apollon, cuyo número le habían facilitado durante la reunión.

Antes de poder hacerlo, Xenobia escuchó una voz que la llamaba por su nombre, y se detuvo en medio del pasillo. Sin decir ni media palabra, se giró sobre sus tobillos para ver acercarse, a un par de metros de distancia, a Diana. La mujer había estado presente en la reunión y sabía perfectamente a quienes buscaba Xenobia. Y, por lo visto, también estaba interesada en facilitarle las cosas: traía consigo a Stella Thorne.

—Hola, Stella. Como ya te ha comentado Diana, me llamo Xenobia.—La americana estrechó la mano de la joven rubia, que si no recordaba mal, había tenido que huir de Hogwarts cuando las cosas se habían ido al traste.—Me han hablado bien de ti, y con ese currículum, no dudo que vayas a ser útil en esta misión.—Añadió con seriedad una Xenobia muy distinta de la persona que había sido hacía algunos años.

Aquella fue una breve conversación: Xenobia informó a la joven aspirante de que debía reunirse con Albus Dumbledore y Harvey Wadlow en la misma sala en que había tenido lugar la reunión. Cruz ya estaba allí, seguramente sentado en una silla con los pies encima de la mesa, haciendo gala de sus pocos modales. También informó de que debía localizar al último miembro del equipo. Cuando Dumbledore hubiera terminado con ellos, añadió, se reunirían en una sala de reuniones del ala norte del refugio.

⋆⋆⋆

Localizar a Bruce Apollon fue más fácil de lo que esperaba: el muchacho se encontraba, efectivamente, en su cuarto, y cuando abrió la puerta a Xenobia, a punto estuvo de tirar al suelo un montón de rollos de pergamino que tenía en brazos. Por lo visto, la americana le había sorprendido estudiando.

Tras una presentación un tanto incómoda, debido en gran parte a lo reservado que era el joven, la americana le informó de la misión que tenían entre manos, y le preguntó si estaría dispuesto a ayudar. Dudó un poco, pero finalmente aceptó. Xenobia lo mandó a la sala de reuniones para hablar con Dumbledore y Wadlow, y cuando se despidieron, se encaminó a sus propias dependencias.

Fue un camino deliberadamente lento, durante el cual Xenobia procuró concentrarse y espantar todos sus demonios. No sabía si estaría preparada para liderar un grupo de cuatro personas en una misión que podía ser o no ser peligrosa, pero estaba dispuesta a intentarlo.

El consuelo que tenía era que ninguno de ellos arriesgaba su libertad: la habían perdido hacía tiempo.

Pasó algunos minutos en su cuarto, sentada en el borde de su cama. Echó mano de su bolso, que contaba con un encantamiento extensor, y lo llenó con las pertenencias que necesitaría. No se olvidó de su fiable navaja abrecartas, que contaba con un encantamiento para abrir cierres mágicos, ni de algunos otros enseres mágicos que podrían necesitar. Y por supuesto, no se olvidó de su escoba, la cual guardó en el interior. El mástil asomaba a través de la abertura, pero no se preocupó de guardarla mejor: pronto la necesitaría.

Cuando creyó que estaba lista, la fotografía sobre el escritorio llamó su atención: un retrato de familia en que aparecían ella, Thomas, y un Daniel recién nacido. Una fotografía de una época más feliz que jamás regresaría.

Una lágrima corrió por cada una de sus mejillas. Se las enjugó con el dorso de su mano, y se obligó a sí misma a abandonar aquellos pensamientos: tenía cosas mucho más importantes que hacer. Así que se echó el bolso al hombro y caminó en dirección a la sala en que había acordado reunirse con sus compañeros.

Después de recorrerse medio refugio, llegó a la estancia en cuestión, y para su sorpresa, ya estaban allí los tres: Cruz, como se imaginaba, se había sentado en una silla y tenía los pies apoyados sobre la mesa; Apollon, por su parte, permanecía sentado con la espalda muy recta en otra silla. El primero miró en dirección a la puerta con vago interés cuando Xenobia entró, mientras que Bruce dio un respingo de sorpresa.

Thorne, que hasta entonces estaba apoyada en la pared, fue la primera en saludarla y caminar hacia ella. Apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta tras de sí, antes de que la rubia le hablara sobre su escoba.

—Sí, lo es.—Respondió Xenobia. La escoba asomaba a través de la abertura de su bolso. La americana le echó mano para sacarla.—Sí, pero ten cuidado con...

—¿Vamos a dedicarnos a chorradas como esa, o vamos a hablar de la puñetera misión?—Interrumpió Cruz, con un deje desganado en su voz: casi parecía que le hubieran obligado a estar allí.

—Por supuesto, Cruz. Vamos a hablar de la misión. Supongo que ya os habrán puesto al tanto de lo que vamos a hacer, pero os aclararé los pormenores.—La bruja caminó en dirección a la mesa, poniendo una mano en la espalda a Stella para conducirla en esa misma dirección. Sus deseos de tocar su flecha plateada tendrían que esperar.—Se nos ha ofrecido una misión acorde a nuestras habilidades: vamos a visitar una ciudad en el cielo.

Tras comentar aquello, dejando a Apollon ojiplático, Xenobia tomó asiento y se dispuso a contarles todo lo que sabía: la carta que habían recibido invitando a Dumbledore, lo que les había contado Wadlow, lo que debían hacer para acceder a Columbia… Todo lo que necesitaban saber. Y cuando hubo terminado, los miró uno a uno.

—La misión no estará exenta de riesgos. ¿Hay alguno que prefiera volverse atrás? Tened en cuenta que podemos estar metiéndonos de cabeza en una trampa.—Los informó, sin pelos en la lengua: así eran las cosas, y así se las contaba.

—Yo voy.—Dijo de inmediato Ciril Cruz, arrastrando las palabras, mientras sus pies seguían ocupando un lugar sobre la mesa de reuniones.

Xenobia asintió, para luego mirar a los dos más jóvenes.

—¿Y vosotros dos? Lo entenderé si preferís quedaros.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Stella Thorne el Vie Ago 16, 2019 11:29 pm

Al despertar esa mañana la rubia amenazó a su propio reflejo en el espejo  que no cometiera ninguna locura, que siguiera las indicaciones y que pensara no una, ni dos, sino que tres veces las cosas antes de hacerlas. Después de todo, si aquello salía bien de a poco comenzarán a contar más con ella en el resto de las misiones, además quizás esta no sea la única vez que deberían visitar esa "Ciudad en el cielo" como le había comentado Diana, y Stella claramente deseaba que contaran con ella todas las veces.  Por lo que se levantó más temprano que nunca para preparar todo y llegar puntual a la hora indicada.

Se quedó en silencio apoyada en la pared, saludó a Apellon con la cabeza y este le ofreció una tímida sonrisa de vuelta, el otro mago jamás lo había visto pero cuando llegó ni siquiera le dedicó una mirada así que no quiso gastar ni tiempo ni saliva en él. Cuando llegó Xenobia en cambio, fue como si a Stella le hubieran inyectado energía de pronto, se despegó de la pared y la saludo sonriente. ¿Se acuerdan que se había dicho a sí misma que no sería tan impulsiva? pues bueno, sólo bastó que la maga llegará con una Flecha plateada para que la rubia perdiera lo estribos y fuera como una niña hacia los regalos en navidad hacia la escoba.

Si las miradas matasen de seguro Cruz ya estaría en el inframundo. No saluda, tiene un cara de culo todo el tiempo, y cuando habla siempre es de manera filuda ¡Menudo gilipollas! pensó, pero pese a que le hubiera gustado responder con un comentario mordaz se calló, respiró profundamente e hizo sonar su cuello para destensar esa zona que de pronto se había agarrotado.

Asintió antes las palabras de la castaña y le dedicó una sutil sonrisa de lado cuando sintió su mano en su espalda para guiarla hacia la mesa, allí dispuso un mapa y comenzó a explicarles los pormenores de la misión. Stella ya sabía algunos, Diana jamás se ha caracterizado por ser una mujer que logré guardar muy bien los secretos, y si no fuera por su dulzura que hace que sea casi imposible enojarse con ella, ya hace mucho le hubieran llamado la atención por andar contando cosas a gente que no corresponde, aún así se hizo la sorprendida, no quería echar al agua a Di, le tenía estima.

Voy — respondió con tono seguro. Cuando la maga decidió escapar de Hogwarts era consciente que desde allí en adelante su vida jamás volvería a ser la misma, y que la palabra peligro podía encontrarse en cada esquina, pero lo hizo porque en un mundo de lobos ella no quería ser una avestruz que esconde su cabeza antes lo adverso, ella quería hacerle frente. Es por eso que pertenece a la Orden y pretende hacerlo hasta que sea necesario.

Apallon por su parte no fue tan rápido como el resto de sus compañeros, de hecho todo lo contrario, se le secó la garganta, sus manos comenzaron a sudarle y por más que una voz en su cabeza le gritaba que debía hablar ahora si no quería parecer un lunático, no podía.— Eh...

¡Vamos chico, que no tenemos todo el día! — exclamó cruz chispeando sus dedos mientras sacaba sus pies de la mesa y se ponía de pie.

Stella le dedicó una mirada de pocos amigos al castaño, para luego darle la espalda, acercarse al chico y sonreírle dulcemente.— Bruce, ¿recuerdas esa increíble sensación del viento golpear tu rostro al ganar altura?— le preguntó bajito, para que solo él escuchase, asintió.— Pues bueno, hoy podemos volver a sentirla...nos protegeremos mutuamente ¿vale?— él sonrió débilmente, lo que la chica no comprendía es que Bruce no es que tuviera miedo al peligro que conllevase la misión, sino que por alguna estupidez los pusiera en peligro, es que jamás se ha tenido en muy alta estima.

¡Vamos! ¿Quieren que los dejemos solos y así puedan conversar tranquilos?.— preguntó Bruce de manera pedante y sarcástica. — ¿Eres siempre tan desagradable?— preguntó girándose bruscamente Stella, quién pese a realmente intentar no ser así de explosiva, simplemente no podía evitarlo. Cruz sonrió socarronamente.— Sí, el noventa y nueve por ciento del tiempo así que vete acostumbrando.

La rubia apretó su mandíbula y puños.— ¡S-si! V-voy a la misión.— dijo el castaño apresuradamente, para poder cortar el tenso momento que se había producido entre Stella y el mago. Ambos mantenían la mirada en el otro, Cruz junto a una sonrisa burlona, mientras que la rubia desprendía fuego con sus ojos.

En ese preciso momento el yo de Stella de esa mañana estaba muy cabreado, porque no habían pasado ni quince minutos y ya había sacada a relucir su aleonada personalidad, se dió cuenta de aquello y tras respirar profundamente, contra de su voluntad fue la primera es desviar su mirada y cortar la tensión entre los dos. Se cruzo de brazos y esperó en silencio las siguientes indicaciones de Xenobia.
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Xenobia Myerscough el Lun Ago 19, 2019 11:51 pm

Durante una gran parte de su vida, Xenobia Myerscough había sido una persona afable, sarcástica y deslenguada, una de esas que siempre iba un pasito más allá en lo de ser provocadora. Especialmente si llevaba alguna copa de más encima.

Sin embargo, y por decirlo de una manera bastante suave, sus habilidades para el trato con las personas se habían oxidado, y había optado por pasar casi todo su tiempo en soledad. Nadie se lo reprochaba, después de todo: perder en un mismo día todo lo que alguna vez había amado había sido duro para ella, y más habiéndose visto forzada a presenciar la salvaje tortura y asesinato del hombre al que amaba.

En otros tiempos, quizás habría intervenido en aquella conversación con su característica ironía, atacando a Cruz por su actitud. Pero no lo hizo: la discusión, en aquellos momentos, estaba crispándole los nervios. Se llevó ambas manos a las sienes y, cuando guardaron silencio, los miró a la cara uno por uno, incluyendo a Bruce Apollon. Fue a él a quien se dirigió en primer lugar.

—Si vas a acompañarnos, has de procurar no ser un estorbo.—Lo dijo de una manera dura, pero justa. El chico palideció y tragó saliva.—Estaremos ahí para ayudarte si lo necesitas, por supuesto, pero necesitamos contar contigo para que hagas lo mismo por nosotros. ¿Crees que serás capaz?—Su voz era suave, y no le estaba recriminando nada.

El chico asintió con la cabeza, todavía tembloroso.

—Lo-lo haré. Lo prometo. No seré un estorbo.

Xenobia asintió con la cabeza, y entonces pasó al siguiente: Ciril Cruz. Su mirada se endureció, lo cual en lo más mínimo pareció intimidar al hombre. De hecho, todo lo contrario: puso los ojos en blanco, casi exasperado, sabiendo que se le venía encima un sermón.

—Voy a darte una oportunidad de cortar esta mierda aquí y ahora.—Espetó la norteamericana, apoyando ambas manos sobre la mesa sin dejar de mirar a su interlocutor.—Como ya he dicho, aquí somos un equipo, y no estás por encima de nadie. Si no te guardas esa actitud donde te quepa y te comportas como un compañero, me aseguraré de tirarte yo misma de la escoba.—Le miró durante un par de segundos en silencio, mientras Cruz enarcaba una ceja.—¿Está claro?

Cruz le mantuvo la mirada durante algunos segundos, quizás juzgando si la bruja iba de farol o si hablaba en serio; al cabo de este tiempo, acabó encogiéndose de hombros, dándose la vuelta y agitando la mano como si saludase.

—Vale, jefa. Está clarito.—Y dejó escapar una risita, como si todo aquello le hiciera gracia. Probablemente, así era.

Quedaba Stella Thorne, que había hecho un esfuerzo consciente por cortar la discusión con Cruz. Curioso, cuanto menos, que el mayor de los presentes pareciera el más inmaduro, a su vez. Puso una mano en el hombro de la rubia y se la llevó a un rincón de la estancia para tener un poco más de intimidad.

—No le permitas que te provoque.—Le aconsejó en voz baja, recordando lo rápido que ambos habían sacado ambos las uñas.—Pero si lo hace y le tiras de la escoba… no pienso tenértelo en cuenta.—Y, pese a la situación, curvó los labios en una leve sonrisa.

Terminado todo aquello, y creyendo que la situación era la mejor dadas las circunstancias, Xenobia se volvió para hablar con todo el grupo a la vez.

—¿Tenemos claro lo que tenemos que hacer?—Cruz y Apollon asintieron con la cabeza, el primero con menos interés que el segundo.—¿Estáis listos? Es mejor que salgamos cuanto antes.
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Stella Thorne el Dom Ago 25, 2019 9:31 pm

El cuerpo de la rubia se encontraba algo tenso y el firme amarre de sus brazos cruzados lo demostraba, pero en su interior Stella seguía haciendo el esfuerzo de controlarse, de no perder los estribos por esas cosas, era todo un trabajo para ella, quién siempre tenían la impulsividad por delante.

Escuchó como Xenobia se dirigía a Bruce y soltó un poco la tensión de su cuerpo para clavar su mirada en el castaño, y poder transmitirle a través de sus ojos la confianza que necesitara el chico para unirse a la misión, es que por más que jamás hayan tenido un real acercamiento en Hogwarts, las pocas veces que se han topado en el refugio la ex gryffindor disfrutaba mucho la presencia y temple del mago. Sonrió cálidamente cuando este terminó por aceptar.

Se percató como la mirada de la castaña se endureció al posarse sobre Cruz,  Stella por su parte  no pudo evitar alzar una de sus frondosas cejas de manera desafiante y volver a tensar un poco el cruce de sus brazas a la altura de su pecho. La maga tuvo que morderse la lengua para no evidenciar demasiado su contento ante las palabras de Xenobia, y miró expectante la respuesta del castaño, que tras mantener la mirada por unos segundos muy tensos con la maga, terminó aceptando sus condiciones, haciendo que el cuerpo de Stella cediera más relajado.

Sintió ahora la mirada de la maga sobre ella y la rubia tragó saliva, acostumbrada a recibir siempre retos u advertencias por su actitud algo nerviosa siguió a Xenobia a un rincón de la sala. ― No lo haré, lo prometo…― dijo con la cabeza baja, pero cuando escuchó sus siguientes palabras elevó su mirada agradablemente sorprendida, dedicándole una sonrisa traviesa y cómplice a la castaña. Esas palabras, pese a que sabía que no era la idea lanzar a tu compañero de misión desde las alturas habían hecho que Stella se despojase de esa coraza que se había puesto para bloquear personalidades que despertasen su impulsivo andar, sintiéndose mucho más confiada y cómoda en el grupo.

Stella asintió con una enorme sonrisa, estaba emocionada, hace mucho que no salía al exterior por una misión y más aún hace un buen tiempo que no tenía la oportunidad de volar en su escoba, de hecho sentía cosquilleos en todo su cuerpo por el deseo de volver a sentir la adrenalina de volar por los cielos.

Tras hablar con todos y dejar las cosas claras, Xenobia dispuso un barco de madera sobre la mesa señalando que ese sería el traslador que habían enviado de Columbia y que los llevaría hacia al puerto donde los esperaría alguien que los guiaría hasta el lugar en donde se encontraba esta “ciudad en el cielo”.

La ex gryffindor tomó firmemente su escoba con su mano derecha, mientras su mano izquierda se aferraba a una de las velas de este barco en miniatura, y cuando todas las manos estuvieron sobre el, este se iluminó e hizo que todos desaparecieran del lugar y volvieran a pisar tierra firme en una de las orillas más alejadas de Brent reservoir.

Allí los estaba esperando un sonriente Mathew Adams.― ¿Todo en orden señoritas y señoritos del fénix? ― preguntó a modo de saludo acercándose al grupo. ― Me presento, soy Mathew Adams, como guía escogido el día de hoy para llevarlos por los cielos les quiero dar la bienvenida a uno de nuestros puertos resguardados en Londres, y desde este momento también, les queremos agradecer por su presencia y confianza el día de hoy. Somos conscientes que los tiempos están muy hostiles, por eso mismo decidimos abrirles las puertas a otros fugitivos para poder mostrarles otras alternativas de poder sobrellevar esta difícil época, esperamos que disfruten tanto como nosotros de nuestro hogar que fue construido a base de mucho amor. ―  comentó afable y risueñamente el joven. ―¿Tienen algún duda, queja, comentario, o chiste antes de comenzar nuestra ruta? ― preguntó con ojos brillantes y cándida sonrisa.  

Era tan agradable el trato del castaño que al menos Stella no pudo evitar no sonreír ante sus presencia, pensando que si todo esto era un trampa, Mat debía ganar un Oscar por la mejor representación de la historia, porque realmente había  hecho que ella confiara en sus palabras.
Stella Thorne
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Xenobia Myerscough el Jue Ago 29, 2019 12:49 am

Quizás Xenobia no lo hubiera comentado, pues eran muchas las cosas que la americana prefería guardarse para sí misma en tiempos recientes, pero no pasó por alto lo curioso del traslador enviado desde Columbia.

Se trataba de una maqueta de un galeón antiguo. Hecha a mano, si no le fallaba su ojo de buen cubero. Nada más recibirla de manos de Harvey Wadlow, se había detenido unos segundos a contemplar la artesanía que se desprendía de ella: la forma de ensamblar las piezas las unas con las otras, posiblemente elaboradas también a mano; los detalles del timón, las velas y las partes más pequeñas e insignificantes de la construcción; los nudos marineros, perfectamente realizados; incluso los trazos de pintura, en los que no se apreciaba defecto alguno.

Xenobia no había podido evitar acordarse de su madre, que allá en Nashville regentaba un pequeño taller en que realizaba auténticas obras de arte con la madera, y que había conseguido transmitir gran parte de su pasión a su hija.

Dejó el tema aparcado, tal vez de manera indefinida, para dar prioridad a cosas importantes de verdad: la misión, que en principio no debía ser más que una visita de cortesía a la famosa “ciudad en el cielo”. Aquella maqueta les llevaría allí, por lo que los cuatro magos pusieron sus manos sobre ella… y se obró el milagro.

⋆⋆⋆

Después de girar durante algunos segundos en un torbellino de colores, lo primero que Xenobia sintió cuando sus pies se asentaron en tierra firme fue la brisa fresca procedente del río. Se encontraban en plena naturaleza, rodeados de vegetación y con el sonido del cauce del río acariciando sus oídos.

No hubo demasiado tiempo para contemplar el paisaje antes de que un desconocido les hablase con toda la naturalidad del mundo. Al principio, se puso en guardia, por supuesto: era el pan nuestro de cada día, siendo fugitiva. Sin embargo, enseguida se relajó al comprobar que el hombre que les hablaba, sonriente y en actitud tranquila, era un enviado de la ciudad de las nubes.

Con todo y con esas, Xenobia Myerscough desconfiaba de una actitud tan amable en los días que corrían. ¿Cómo culparla? Había padecido demasiadas cosas, demasiado horribles, y si conservaba la cordura podía considerarse afortunada.

«Así suelen comenzar todas las traiciones—, pensó, observando en silencio al señor Adams—: Con amplias sonrisas y actitudes cálidas.»

No tuvo ocasión de tomar la palabra; Cruz, ni corto ni perezoso, se adelantó, sosteniendo su escoba sobre los hombros, en actitud chulesca.

—¿Tan fácil es esto?—Preguntó con escepticismo, y Xenobia, por mucho que le pesara, estuvo de acuerdo con el razonamiento del mexicano.—¿Llegamos, nos saludas y ya está? ¿No hay santo y seña? ¿No hay veintemil comprobaciones? ¿Te fías de nosotros, sin más?

—Esperaba a Albus Dumbledore, ¿no es cierto?—Intervino Xenobia, que todavía sostenía la maqueta en su mano izquierda; en la otra, con todo el disimulo del mundo y parcialmente escondida tras su pierna, sostenía la varita.—Entenderá que desconfiemos de la situación.

Y, con un rápido movimiento, Xenobia sacó la varita y apuntó al desconocido; como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano—no fue así, ni por asomo—, Ciril Cruz también sacó la varita y la apoyó. A espaldas de ambos, Bruce Apollon palideció, abriendo los ojos como platos ante la situación que de repente se vivía allí.

—Pe-pero… ¡¿Qué estáis haciendo?!—Preguntó el joven, escandalizado, buscando el apoyo de Stella Thorne con la mirada. Bruce parecía a punto de venirse abajo, a juzgar por el temblor que se había adueñado de sus piernas.

—¡Cierra la boca!—Le espetó Cruz, cosa que a Xenobia no le hizo gracia; el mexicano, entonces, devolvió su atención a Adams.—Colega, he tragado mucha mierda como para que me la metan doblada, ¿sabes? Un poco de sana desconfianza no viene nada mal. Así que, por favor, ilústranos: ¿cómo sabemos que podemos confiar en ti?

A Xenobia le hubiera gustado ser ella la que articulara dicha pregunta, quizás con algo más de educación, pero no interrumpió a su compañero: debían ser un equipo, para lo bueno y para lo malo. Además, estaba totalmente de acuerdo: quería tener algún tipo de prueba de que aquello no era una trampa del Ministerio de Magia.

No le apetecía terminar con sus huesos en Azkaban.
Xenobia Myerscough
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Stella Thorne el Mar Mar 10, 2020 1:39 am

Girar girar girar hasta con los pies en la tierra llegar.

Stella soltó una casi inaudible risita al llegar al puerto, respiró profundamente cuando el agradable olor de agua mezclada con tierra y naturaleza llegó a sus fosas nasales. Lo más probable que si la Libertad tuviera olor sería ese para la rubia.

Una gran sonrisa y palabras cálidas los recibieron, el mago que no paraba de hablar recibió la atención y cautelosa mirada de la joven, quien pese a volverse más desconfiada con el paso del tiempo por alguna extraña razón, a diferencia de los demás, confió en la amabilidad del hombre, quizás se equivocaba y lo lamentaría mucho después, la gracia era que existía el "quizás",  con el por delante todo pero todo puede suceder y Stella una curiosa empedernida obviamente querrá descubrirlo.

No tuvo tiempo ni de reaccionar a sus palabras cuando el mexicano habló de los primeros, altivo exigió al mago que los recibió pruebas que confirmaran todo lo que había dicho, y en menos de un pestañar no solo su varita estaba alzada sino que se le sumó la de Xenobia, fue recién cuando vió aquello más el rostro de terror de Bruce pidiéndole ayuda que la ex gryffindor, quien se removió  incómoda  alzó sus manos llamando a la tranquilidad.

No queremos atacar solo necesitamos pruebas...— musitó con tono suave y conciliador, algo muy extraño de escuchar en la rubia.

Matt pese a ser apuntado por dos varitas y ser claramente el centro de toda esa disputa jamás perdió su sonrisa, como si esa reacción no fuera algo nuevo para él, de hecho no lo era para nada.

Ay, la gente de la tierra tan desconfiada...pero los entiendo, acá abajo todo es una mierda. Y eso de confiar ya no se dá.— señaló junto a una mueca para luego agregar.— Desde un comienzo supimos que no vendría Dumbledore, al menos en una primera instancia y que enviaría a sus pequeños fénix ¿no? Como aquí no viene Matus y vengo yo, el pez volador que pone el pecho a las varitas...— bromeó abriendo ambos brazos para mostrar su pecho en dirección a los magos que le apuntaban mientras movía sus cejas divertidamente, al ver que no recibía sonrisas de vuelta suspiró y se aclaró la garganta.— Está bien, veo que claramente no es momento de humor. A ver, junto a mi llevo dos opciones que podríamos ocupar para saber si lo que digo, hago, y les propongo es verdad o simplemente los quiero llevar a la boca de un trueno muerto de hambre...Creo que las tengo por acá...— comenzó a decir para llevar sus manos hacia su abrigo, donde saco un Chivatoscopio y una frasco de vidrio con una pócima dentro.

Bueno, ya deben conocer estas dos cosas ¿no? En mi derecha tengo una Chivatoscopio que ya deben saber cómo funciona, y en mi izquierda tengo a la nunca bien ponderada poción "Veritaserum" , ahora si es escogen esta segunda opción me veré en la obligación de llamar a una amiga, ya que puedo hablar más de la cuenta ¿no? y también un voluntario de ustedes. Es que si desconfían...bueno, que a mi también me da por hacerlo ¿saben?.— señaló encogiéndose de hombros muy tranquilo pese a la circunstancia en que se encontraba.

Ahora, si ustedes tienen otras opciones soy todo oídos.— terminó por decir con esa sonrisa que parecía estar tatuada en su rostro.

Stella miró a Xenobia ya que sabía que la opción en que más confiaría era la que la maga optaría.
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Xenobia Myerscough el Miér Mar 18, 2020 9:36 pm

La situación se hLa situación se había vuelto tensa de repente, y no era para menos.

Quizás, si se le preguntaba hacía un par de años, Xenobia habría respondido que, en efecto, confiaba en las palabras de aquel desconocido. O, por lo menos, habría sido capaz de “morder el anzuelo” solo por ver a dónde le llevaba el asunto. Su curiosidad era su mayor virtud, y sin duda era un aspecto importante en la personalidad de una periodista.

Sin embargo, había sufrido lo suficiente como para no fiarse ni un pelo de cualquiera que se presentase ante ella, en los tiempos que corrían, con una amplia sonrisa. Nadie recibía ya a los de su clase con una amplia sonrisa.

Stella Thorne trató de mostrarse conciliadora en aquella situación, pero ni Cruz ni Xenobia bajaron las varitas. Cualquiera podría saltarles al paso en cualquier momento, y no tenían ganas de ser sorprendidos.

Nadie sonrió cuando el desconocido se puso a bromear, y cuando hizo amago de llevarse la mano al bolsillo, los dos magos que portaban las varitas se pusieron en tensión. Por fortuna para Adams, tuvieron el temple suficiente para no dejarlo seco allí mismo.

—Trágate esa poción ahora mismo, pendejo. —Ordenó Ciril Cruz, utilizando un insulto de su lengua materna, y dando un paso adelante.

Xenobia alzó su brazo libre y lo interpuso entre el desconocido y su compañero, lanzándole una breve mirada que pedía calma. Entonces, volvió a mirar a Adams, seriamente y sin dudar un solo momento de lo que estaba haciendo.

—No nos interesa conocer todos tus secretos —le explicó—. Sólo tengo una pregunta para ti, y esa pregunta es si trabajas para el Ministerio de Magia. Te puedes ahorrar el invitar a tu compañera.

—Si llamas a alguien, puedes darte por muerto —amenazó Cruz.

—Cálmate —le pidió Xenobia con voz tranquila, para luego dirigirse nuevamente a Adams—. Comprenderás que, en nuestra situación, es muy difícil que confiemos en ti. Quizás eso sea veritaserum, o quizás no lo sea. Desde mi punto de vista solamente hay una forma fiable al cien por cien de saber si mientes.

Aquello debió hacer que una bombilla se encendiese en la cabeza de Bruce Apollon, pues después de unos instantes en silencio, tratando de no salir corriendo de aquella situación, intervino en la tensa conversación.

—¡El juramento inquebrantable!

Sin mirar al muchacho, Xenobia asintió lentamente con la cabeza. Sabía que aquella era la prueba definitiva, la que no podía eludirse, pues quien lo intentase, acabaría muriendo. Si Adams accedía a aquello, estaría claro que no mentía.

—Lo contraerás con Cruz. —Señaló con un movimiento de cabeza a su compañero—. Sólo habrá una condición: que respondas sinceramente a la pregunta que te he planteado antes. No debería ser un problema, ¿no? ¿Qué me dices?

Las cartas estaban sobre la mesa, y esa era la última oferta de Xenobia. En caso de que Adams la rechazase, ya tendrían su respuesta, y se marcharían.

O no, pues Xenobia no podía hacerse responsable de lo que hiciera Cruz ante una negativa. No lo conocía demasiado, pero tenía toda la pinta de ser un personaje bastante temperamental...
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Stella Thorne el Sáb Abr 25, 2020 4:31 pm

Mathew enarcó una ceja al ver la reacción del moreno, no se movió ni un centímetro y clavó su brillosa mirada en Cruz.— ¿Por qué tanto odio, wey? — le preguntó en su mismo idioma.— Viví dos años en Ecuador conviví con mucho latinoamericanos, larga historia, sino me matan se las cuento otro día .— agregó, guiñandole un ojo a Stella y Bruce.

¿Segura? tengo unos muy interesantes .— agregó sonriente, para enseguida alzar sus manos pidiéndole perdón por la interrupción y "sellando" sus labios con sus dedos. El mago rodeó los ojos al escuchar a Cruz nuevamente amenazandolo, suspiró e hizo el ademán de responderle pero Xenobia se le adelantó, él castaño sonrió y le hizo unos gestos al moreno de que escuchara más a la maga.— Soy todo oídos .— dijo Mathew con la mirada fija en la castaña.

Pero no fue la maga la primera en decir en voz alta su opción a ofrecer, y cuando Bruce exclamó lo del juramento inquebrantable, Matthew le mantuvo la mirada a Xenobia.— Interesante... — señaló, al mago siempre le ha encantado esa parte de su trabajo, conocer las opciones que se le ocurrían a sus invitados, sentía que escuchandolas podía conocerles un poco más.

Enarcó una ceja sorprendido cuando le señalaron que sería con Cruz, y se mantuvo unos segundos en silencio antes de responder, sabía perfectamente qué iba a decir pero siempre le encantaba poner un poco más de dramatismo a las cosas. — Pues...— comenzó a decir pausadamente, mirando ahora hacia Ciril.—...claro que acepto .— agregó sonriente.

Tendió uno de sus brazos.—¡Venga ya! ¡Vamos, unidme en juramento con este hombre! — exclamó, acercándose sin pudor ni temor alguno hacia Cruz.— Quién iba a decir que tú  y yo terminaríamos así de unidos. Las vueltas de la vida, eh .— le susurró al moreno burlón.

Stella al escuchar eso no pudo evitar soltar una leve risa, le causaba gracia la desfachatez del mago, y algo le decía que iba a ver muchas de estas escenas entre Cruz y Mathew durante el día.  La rubia miró el cielo y sonrió ampliamente al sentir que cada vez se hacía más real el hecho de conocer otro refugio donde habían más fugitivos. Aferró firmemente su escoba junto a ella, y volvió a prestar atención a los demás, jamás había presenciado un juramento inquebrantable y no pretendía perderselo.

Ahora, ¿Que nos juraremos? ¿Amor eterno? ¿Que no trabajamos para el Ministerio? ¿Ahora o para siempre? Que miren yo ahora no trabajo para esos pero no me cierro a la posibilidad de en un futuro ser Ministro de Magia, eh...—  bromeó, no podía evitarlo, al castaño tomarse la vida muy en serio le daba urticaria. — ¿Quién será nuestra maestro/maestra de ceremonia? ¿Usted, señorita? .—  le preguntó a Xenobia.—  ¿O uno de ustedes? —  le preguntó mirando ahora a Bruce y Stella.— Aunque bueno, lo primero es lo primero...— susurró Mat para luego clavar su mirada en Cruz.— ¿Me permite su mano? —  preguntó en tono caballeroso haciendo una mini reverencia todo sonriente.

La rubia miró a Cruz expectante, después de negar con su cabeza ante la pregunta del mago, ya que ella feliz de ver el juramento pero no se sentía capaz de realizarlo ni de lejos.  Se acercó a Bruce.— ¿Tú has visto alguna vez un realizar un Juramento inquebrantable? ¿O has hecho alguno con alguien?— le preguntó bajito al chico. Es que ella ya se había sumido como una espectadora en todo eso, y siempre le ha gustado ser de las que van opinando a la marcha.
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Xenobia Myerscough el Dom Abr 26, 2020 9:26 pm

La bruja contempló con expresión inalterable al desconocido que se había plantado ante ellos, diciendo ser un emisario de la “ciudad en el cielo”. No dijo nada, habiendo puesto sobre la mesa la opción que proponía. Quizás sus formas no fueran las más adecuadas, pero estaba de acuerdo con Cruz: si le dejaban llamar a alguien, podía ser su perdición. No resultaba muy complicado visualizar a varios aurores apareciéndose allí mismo, rodeándolos y acabando con ellos en cuanto se les ocurriera presentar batalla.

No le interesaban sus secretos, en lo más mínimo, ni compartir bromas con él; le interesaba que les dijera una verdad que pudieran creerse. Sin más.

La respuesta fue afirmativa, y si bien la expresión de Xenobia Myerscough siguió inalterable, se sintió bastante aliviada. Sorprendida para bien. Cualquiera con un cierto dominio de la oclumancia podía engañar a otros con una dosis de veritaserum circulando por sus venas, o directamente con una poción falsa; sin embargo, nadie podía saltarse las reglas de juramento inquebrantable.

—Vigila tus palabras, putodijo Cruz con rencor, dispuesto a asestarle un puñetazo a aquel mago teatrero si la ocasión se le ponía por delante—. No quieras cabrearme...

No podía decir que apreciara el humor del tal Matthew, pues sinceramente, había dejado de verle la gracia a la vida, en todos sus aspectos, hacía mucho tiempo. No encontraba la gracia a nada, y no tenía intención de fingir lo contrario, así que permaneció callada, observando la reacción del desconocido.

Tampoco respondió cuando preguntó si sería ella quien oficiara el juramento.

Cruz, por su parte, debía encontrar el humor del mago bastante cargante, pues le tomó la mano con fuerza y comenzó a apretársela, en un intento de hacerle daño. Xenobia observó esto con los brazos cruzados, a medida que en el rostro de su compañero de misión aparecía una media sonrisa cargada de perversidad.

—Una broma más y te arranco la mano —le dijo el latino, para luego mirar a Xenobia—. ¿Haces los honores? No quiero que me contagie algo este pendejo.

En la retaguardia, Bruce Apollon se sentía todavía incómodo, y de no ser por la presencia de Stella Thorne, seguramente ya se habría marchado corriendo. Cuando ella le habló, se apreció en él esa incomodidad que una chica puede producir en un chico, especialmente si la chica en cuestión es tan preciosa y atractiva como lo era Stella: un cierto nerviosismo, una sonrisa vacilante en sus labios… y el tartamudeo al responderle.

—N-no… Nunca… Ninguna de las dos, quiero decir. So-solo he leído b-bastante acerca del t-tema… ¿Y… y tú?

Sin embargo, allí no iba a haber ningún juramento inquebrantable, ni mucho menos. Xenobia, famosa por su don para la observación y para calar a las personas, había obtenido la respuesta que necesitaba en el mismo momento en que su anfitrión había aceptado las condiciones.

—Suéltale la mano —ordenó con tono de voz suave.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó extrañado el mexicano.

—No habrá juramento inquebrantable. Has pasado la prueba —le dijo la fugitiva a Matthew. No sonrió—. Solo alguien con la conciencia limpia aceptaría esas condiciones.

—O alguien que quiere morir... —murmuró su compañero, dejando ir la mano de Matthew.

—No creo que sea el caso —repuso Xenobia, para luego ofrecerle a Matthew la miniatura del barco, el traslador que les había llevado a aquel lugar—. Confío en ti. Ahora, tenemos una visita por delante, ¿no es así? Por cierto, toma esto. Es toda una pieza de arte. ¿La has hecho tú?

Xenobia sabía apreciar aquellas cosas. Su propia madre se dedicaba a tallar figuritas de madera, y la había enseñado a hacerlo ella misma. A veces se perdía en sus pensamientos mientras daba forma a un trozo de madera, recordando a la mujer que la había llevado en su vientre durante tantos años, y que en aquellos momentos ni siquiera la recordaría. Era el precio que había pagado su padre por mantenerla a salvo.
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Stella Thorne el Jue Mayo 07, 2020 9:20 pm

El castaño se llevó una mano al pecho haciéndose el ofendido cuando escucho la palabra "puto" por parte de Cruz, le causaba gracia lo fácil que era provocar a algunas personas, frágiles como una bomba al tacto. Aún así no perdía su sonrisa y sentido del humor, es que siempre ha sido un gran partidario del reír para no llorar, reír para liberar, reír para sanar. Pese a ello no pudo evitar sentir una leve tensión en su cuerpo cuando el mago le comenzó apretar fuerte su brazo, sorprendiendole más que nada su disfrute, clavó su mirada profundamente en el castaño, curioso de su historia, del por qué de su reaccionar, de su personalidad. Quiénes lo observasen podrían creer que el fugitivo estaba haciendo una especie de legeremancia, pero no, Mathew estaba lejos de saber esas cosas, tan sólo quería observarlo más detalladamente, descubrió por cierto mucha rabia en la mirada de Cruz, siendo consciente de que cuando hay mucha rabia es que hay o alguna vez hubo mucho dolor.  No movió su brazo ni un centímetro ni dijo una palabra, solo se quedó allí mirándolo sonriente esperando que alguno de los presentes comenzará el hechizo.

Stella observaba aquello expectante, atenta a cualquier movimiento, sentía que el aire se podía contar de lo tenso que estaba, aún así a paso lento para no perturbar demasiado a los magos que discutían sobre qué pasos seguir y sus ejecutores, se acercó a Bruce para hablar con él y comentar en lo que habían llegado a caer los dos. Frunció el ceño al sentir el nerviosismo de su compañero y quiso de pronto hacerlo sentir lo más cómodo posible, sin siquiera pensar que podía llegar a ser ella la causante  rodeó con sus brazos un brazo del chico y le ofreció una cálida sonrisa.—Tampoco, no he hecho ninguna de las dos, pero al parecer hoy veremos uno.— le susurró emocionada, para luego clavar nuevamente su mirada en los magos.

Pero no paso nada de aquello, ya que Xenobia detuvo todo para la sorpresa de todos, comentando que tan solo había sido una prueba para el mago.

Mathew sonrió ampliamente, agradecido de que Xenobia hubiera depositado un poco de su confianza en él, pensó de paso lo bonito que era emprender un viaje después de eso, no presagiaba más que cosas buenas a su pensar— Sí, lo he confeccionado yo. Está hecho de madera de sicomoro, para que se pudieran apreciar mejor los detalles.— le respondió gratamente sorprendido de su apreciación, ya que muy pocas personas valoraban el trabajo detrás de tan pequeño objeto.— Como también hice...— comenzó a decir para sacar algo de su bolsillo. Stella estiró su cuello para observar mejor qué era lo que iba a sacar el mago, abrió los ojos y boca sorprendida cuando vió una escoba en miniatura, que tras un movimiento de varita del castaño tomó su tamaño original.— ...esta hermosura.

¿La has hecho tú?— preguntó Stella, quién no pudo evitar acercarse al mago para poder observar más detalladamente a la escoba. Al menos por fuera se veía increíble ¿cómo se sentirá al tacto? pensó para sus adentros con ojos brillantes.— Le he hecho con los mismos materiales que la Suprema, y al igual que esa he privilegiado más la velocidad que la seguridad.— le comentó a la ex gryffindor, que al parecer al igual que a él le atraía el tema de las escobas voladoras.

¿Todos han traído sus escobas, cierto?.— preguntó echando una rápida mirada a los fugitivos.— Pues bueno, a montarla que nos espera un largo viaje hacia esa nube, y más, más allá. — dijo apuntando hacia el cielo sonriente, es que sin duda esta era la  parte favorita del castaño cuando le tocaba ir a buscar a personas al puerto, la hora de regresar volando a casa.

La rubia no tardó en sacar su escoba, sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando se subió a ella y esta se alejó del suelo, se acercó a Bruce para volar cerca suyo, como en los viejos tiempos.—  No pudimos ver el Juramento pero al parecer sí una ciudad en el cielo, que emoción.— le dijo antes de seguir a Mathew que ya se había perdido en dirección hacia el cielo.

A medida que iban subiendo la sonrisa de Stella iba en aumento, sentía su corazón desbocarse de alegría mientras sentía el viento y las gotas que se desprendían de las nubes rozar su rostro. Amaba esa sensación y la había extrañado tanto que se dedicó más a disfrutar que ir atenta a las direcciones que los iba llevando el fugitivo. Aún así, si alguien pretendía seguir sus coordenadas era prácticamente imposible, a veces parecía que andaban en círculos, otras que iban en diagonales, para al final seguir subiendo y subiendo sin fin, hasta que de pronto ese paisaje de cálidos colores y esponjoso andar se torno grisáceo, Mathew se detuvo y miró hacia atrás sonriente.—  Agárrense bien de sus compañeras, que pasando estas nubecitas llegamos a destino— dijo antes de aferrarse a su escoba para ir con todas sus fuerzas hacia las nubes que sin duda pronosticaban tormenta y desaparecer entre ellas.

Vamos, vamos, Bruce.—  le animo la rubia al castaño que lo había visto dubitativo y nervioso a perderse dentro de esas nubes. Stella como desde un comienzo prometió que se protegerían mutuamente se acercó más a él junto a una cálida sonrisa.— Vamos, Bruce. Si corrimos hacia una pared cuando teníamos once años porque nos dijeron que al otro lado nos esperaba un mundo de magia, ¿Cómo no lo haremos ahora que son unas nubes?—  siguió animándolo, el chico le sonrió de regreso y asintió.

Juntos traspasaron esa pared de nubes, y juntos empapados de pies a cabeza se sorprendieron de la hermosa imagen que los esperaba del otro lado. No se veía ni una ciudad, y ni siquiera a lo lejos la presencia de algún barco como esperaba Stella, pero aún así no pudo evitar sentir su piel de gallina ante tan hermoso paisaje que presenciaban sus ojos.  Lo que estaba arriba era el reflejo de lo que estaba abajo y viceversa.

¿Estaban en el cielo? ¿En las nubes? ¿En el mar? ¿En todas esas partes al mismo tiempo?

En unos minutos estaremos secos, tan solo debo....— comenzó a decir para luego sacar el barco que había guardado en el bolsillo de su chaqueta, lo lanzó hacia arriba y con su varita lo apuntó, no dijo nada en voz alta pero si se podía ver como movía su varita hasta que del barco salieron cuatro rayos de luces que se fueron curvando hasta generar un gran halo de luz y de a poco dentro de este comenzó aparecer un barco, que lo sostenía globos aerostáticos que surcaba el cielo.

Stella no podría describir la reacción de los demás cuando el gran barco Columbia, estaba hipnotizada con lo que sus ojos contemplaban, ni siquiera ese pequeño resplandor dorado de luz de sol que se fugaba entre las velas hinchadas logró que cerrara sus ojos, sino que todo lo contrario hizo de lo que veía algo aún más bello.

Hemos llegada a casa.— susurró un sonriente Mathew antes de volar con su escoba hacia cubierta, donde los esperaban un mago y una bruja. El castaño abrazó  primero al hombre, se veía mayor y si lo observabas con detención se podían reconocer facciones del uno en el otro, sin duda alguna eran familiares, para luego abrazar a la chica, que se veía de edad similar al mago pero físicamente opuesta, delgada figura, cabello claro, piel clara y definitivamente mucho más seria que los dos magos que se encontraban a su lado, que parecían que tenían una especie de sonrisa tatuada en el rostro.

Bienvenidos a bordo de la central de Columbia, hace mucho esperábamos este momento.— dijo el hombre sonriente, echo una mirada a todos los presentes y luego hizo una mueca de resignación.— Al parecer, y como era de esperarse Dumbledore hoy no vendrá a visitarnos. Que pena. Ni se imaginan las ganas que teníamos de ver a ese hombre sobre una escoba ¿Alguien lo ha visto alguna vez sobre una? .— les preguntó a todos divertido. Si Mathew con ese hombre no eran familiares, ambos al menos habían heredado de alguna parte el mismo humor en los momentos menos esperados.— Me presento, soy Albert Adams, padre de este ser humano— dijo señalando al castaño que se encontraba  un costado.— ,admirador y aprendiz de esta mujer....— siguió señalando a la rubia que se encontraba al lado de Mathew.

Irina Comier, bienvenidos.— les saludó escueta pero educadamente la mujer.

Albert volvió a mirar a los presentes abriendo sus brazos.— Y al menos por este año, el capitán de este barco.— terminó de presentarse. Miró a Mathew.— ¿A quiénes tenemos el gusto de recibir hoy?— le preguntó al joven mago. — ¡Joder! No les he preguntado sus nombres.— reconoció asombrado al percatarse de no haberlo hecho sin siquiera darse cuenta, hizo una mueca avergonzado, la mujer a su costado rodeó los ojos y cubrió su rostro con una mano.

Albert por el contrario, quien era un amante del presente y el pasado ya esta pisado, se encogió de hombros y le dio unas palmaditas reconfortantes al castaño. — ¿A quiénes tenemos el gusto de recibir hoy?— preguntó, pero esta vez con su atención fija en los cuatro fugitivos.

BARCO CENTRAL COLUMBIA:
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PNJS:

The city above the clouds {Stela&Xenobia} 16-Stardust
ALBERT ADAMS (#009999) :
58 años / ex gryffindor / Líder de Columbia.
Hombre de cálido trato y andar, creativo y acogedor con los que lo rodean. De carácter firme cuando es necesario, pero la mayoría del tiempo se le podrá ver con una sonrisa. Profesor de profesión y artesano de vida, ambas pasiones lo ayudaron a crear la red llamada "Columbia", un grupo de fugitivos que cansados de esconderse y escapar del actual gobierno mágico imperante, deciden alzar las velas e ir por nuevos rumbos.
Fue escogido por la tripulación para ser el líder a cargo.

IRINA COMIER (#cc99cc):
31 años / ex Slytherin / Sub líder de Columbia

Conoció a Albert siendo su alumna en la universidad, donde fue la más destacada de su generación, desde allí generaron un gran lazo de compañerismo, y aprendizaje mutuo. Al egresar de su carrera siguieron trabajando juntos, centrándose en investigaciones de nuevas biotecnologías que se nutrieran del medio ambiente sin perjudicarlo. Sin saber que años más tarde, todos sus estudios los salvarían de ser capturados por la Ley.
Actualmente es la mano derecha de Albert, y la encargada principal de supervisar la maquinaria de los barcos.

Stella Thorne
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Edad del pj : 20
Ocupación : Fugitiva
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Stella ThorneFugitivos

Xenobia Myerscough el Lun Mayo 11, 2020 5:04 pm

La tensión se disipó casi al momento, igual que un encantamiento que alguien hubiera deshecho con el contrahechizo adecuado. Quizás Cruz no estuviera tan satisfecho con aquella prueba de sinceridad como lo estaba ella, pero no pensaba entrar en debates absurdos: si alguien se mostraba tan predispuesto a poner su vida en juego con semejante forma de magia, ese alguien no podía estar mintiendo. Nadie podía engañar al Juramento Inquebrantable.

Xenobia le devolvió el traslador que les había permitido llegar hasta allí, percatándose de que se trataba de una pieza de artesanía. Que ella supiera, en el mercado no había cosas así, por lo que evidentemente tenía que ser hecho a mano. Y así era.

No le hizo especial gracia aquel rápido movimiento para sacar su escoba, reducida a una miniatura, y no pudo evitar tensar un poco el cuerpo. Por el rabillo del ojo percibió que a Cruz le había pasado lo mismo, pero por fortuna no tuvo tiempo de reaccionar. Menos mal, pues no quería ni imaginarse lo que ocurriría si se veía en la tesitura de detener un enfrentamiento entre aquellos dos magos.

Para este punto empezaba a arrepentirse de haberlo elegido para la misión.

—Así que no sólo se te dan bien los barcos —comentó Xenobia, contemplando aquella escoba que, por lo visto, era de fabricación casera—. Y no sólo has priorizado la velocidad: no hace falta mirarla demasiado para darse cuenta de que está perfectamente equilibrada. Una escoba así podría recuperarse perfectamente de una caída en picado, incluso si te ha golpeado una de esas endiabladas bolas asesinas que se usan para jugar al Quidditch...

Cruz, cuya paciencia parecía haberse ido al mismo lugar que sus buenas formas, se puso brazos en jarra, los ojos en blanco, y negó con la cabeza.

—¿Cortamos la cháchara ya? —preguntó, y ninguno de los presentes le hizo caso.

El resto del camino lo harían en un medio mucho más seguro, al menos a ojos de Xenobia: la susodicha escoba. A diferencia de la aparición por medio de trasladores, especialmente aquellos diseñados por otros con un destino incierto, la bruja se sentía cómoda volando sobre su propia escoba. Llevaban años siendo fieles compañeras, y si tenía que depositar su confianza en un único objeto en el mundo, ese objeto sería esa escoba.

Así que la extrajo de la bolsa con calma y se montó en ella. Cruz hizo lo propio, y Bruce Apollon montó la suya junto a Stella. Pronto, los cuatro se alzaban en el aire, siguiendo al tal Mathew.

—¿Tan segura estás de esto, morena? —preguntó repentinamente la voz de Cruz, quien se había situado a su lado, arrancándola del mundo de sus pensamientos—. ¿No cabe la posibilidad de que nos haya mentido?

—Quizás —respondió ella, con la vista fija al frente—. Ya lo veremos.

En realidad, las posibilidades de que aquello ocurriera eran mínimas. Por supuesto, la fugitiva no había descartado la posibilidad de que Mathew se estuviera tirando un farol, que fingiera aceptar sus condiciones sabiendo que, al final, no tendría que pasar por aquello. Habría sido una jugada arriesgada, pero con mucho que ganar si le salía bien.

Por ese motivo, no bajarían la guardia. Al menos, ella no.

Por su parte, Bruce Apollon volaba su escoba cerca de Stella Thorne. El chico todavía recordaba la sensación que le producía estar cerca de ella. Se trataba de alguien estudioso que no había tenido jamás la suerte de llamar la atención de una chica como ella, pasando siempre desapercibido. ¿Alguien podía culparle por sentirse así?

—Ya... —respondió el chico, con una sonrisa bobalicona, sintiendo cómo le temblaban las manos, las cuales aferraban con fuerza el palo de la escoba—. S-somos unos pioneros. ¿C-crees que nos dejarán darnos un paseo por… por allí?

El joven no podía olvidarse de su curiosidad innata, y definitivamente, estaba deseando experimentar aquel nuevo mundo.

Continuaron el ascenso, directamente hacia un cúmulo de nubes grises que, en otro momento, oscurecerían aún más el cielo nocturno y les impedirían contemplar las estrellas que brillaban tras ellas. Xenobia se dejó llevar un poco por las sensaciones que le producían la altura y la suave y fresca brisa, cerrando incluso los ojos. Deseó que aquella sensación de paz que la inundaba no se terminase nunca. ¡Qué fácil era olvidarse del mundo de allá abajo mientras se estaba suspendida en medio del firmamento!

Las palabras de Stella animaron al joven Bruce, quien asintió con la cabeza y se lanzó tras ella. Xenobia abrió los ojos e hizo lo propio, seguida de cerca por Ciril Cruz.

Se produjo un fenómeno que no se esperaba: fue como atravesar el chorro de agua de una catarata, siempre y cuando este estuviera en la calma más absoluta, como la superficie de un lago. Y siguiendo la analogía del lago, fue como emerger al exterior tras estar buceando, rompiendo su superficie. Entonces se detuvieron, quedando suspendidos sobre sus escobas en un lugar que parecía arrancado de un sueño. Sus ropas, cuerpos y cabellos aparecían ahora empapados, como si efectivamente hubieran estado nadando bajo la superficie de ese hipotético lago.

¿Qué carajo…?preguntó el mexicano en español, mirando alrededor, para nadie en particular. Parecía genuinamente sorprendido.

Xenobia también lo estaba: la sensación que experimentaba era extraña, mareante y vertiginosa, como si de alguna manera hubieran atravesado un lago y ahora estuvieran en una de esas casas de espejos de las ferias. Observar arriba y observar abajo era indiferente, y su reflejo le devolvía la mirada.

Sin embargo, lo más insólito estaba por llegar.

Con toda sinceridad, a Xenobia le daba igual la humedad de su ropa en aquellos momentos, pues en cuanto vio aparecer aquel barco, aparentemente de la nada, todo lo demás dejó de importar lo más mínimo.

Un navío se dirigía hacia ellos, suspendido de globos aerostáticos igual que una suerte de dirigible. No pudo evitar evocar aquella famosa imagen del dirigible Hindenburg explosionando en pleno vuelo, mas algo le decía que allí no ocurriría lo mismo. Dudaba mucho que aquella embarcación fuese nueva, o que llevase poco tiempo surcando los cielos.

Sin demasiada ceremonia, Xenobia y los demás se lanzaron hacia la cubierta siguiendo a Mathew. Fue una sensación extraña cuando sus pies volvieron a tocar suelo firme, especialmente porque se imaginaba que iban a pisar una ciudad, literalmente. Suponía que un navío de aquellas dimensiones, igual que muchos cruceros de lujo, bien podría llamarse ciudad, sí, pero…

«Pero he pecado de ser demasiado literal», pensó, paseando la vista alrededor del lugar. «¿Qué más sorpresas nos esperan aquí?»

El mago que les había hecho de guía enseguida se dirigió a reunirse con una pareja, deshaciéndose en muestras de afecto hacia ellos. Xenobia permaneció allí donde estaba, con Ciril Cruz a un lado, y Stella y Bruce al otro. No dijo ni palabra, esperando a que los desconocidos decidieran dirigirse a ellos.

Fue el mago desconocido el primero en dirigirse a ellos, con un pequeño discurso que sugirió a la bruja que, quizás, se trataba de la persona a cargo de aquella… “ciudad”. También quedó claro, desde el primer momento, que Mathew había heredado el humor de quien, supuso Xenobia, era su padre.

Pocos segundos después, su suposición fue confirmada, y también obtuvo un par de nombres: Albert Adams e Irina Comier.

Después de aquellas presentaciones, les tocaba el turno a ellos. Xenobia no se movió de dónde estaba, igual que ninguno de sus tres compañeros. Por muy maravilloso que pudiera parecer aquello, tenían que ser cautelosos hasta el final.

—Xenobia Myerscough —se presentó ella, para luego señalar, uno por uno, a sus acompañantes—. Él es Ciril Cruz, él es Bruce Apollon, y ella es Stella Thorne.

—¿Tiene algo para beber, capitán? —preguntó Cruz con todo el descaro, recibiendo como respuesta un codazo de Xenobia en el brazo—. Mala mujer...

—¡Qué descortés por mi parte! —dijo el hombre, de repente, echándose a reír—. Tenemos que recibir a nuestros invitados como es debido. ¿Qué os apetece beber? Tenemos una amplia selección de cervezas, whisky de fuego, hidromiel… Pedid y veremos qué se puede hacer. ¡Pero vamos a un lugar más cómodo, primero! Tenemos mucho de qué hablar...

El hombre les indicó con un gesto de su brazo que lo siguieran, señalando en dirección a la puerta que conducía a la bodega. Xenobia no quería empezar a causar problemas demasiado pronto, así que hizo un gesto con la cabeza a sus compañeros, y se pusieron a caminar tras los pasos de la curiosa familia.

Para este punto, le habían picado la curiosidad periodística.
Xenobia Myerscough
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