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The time of the reckoning [Ayax&Lohran]

Lohran Martins el Miér Jun 26, 2019 3:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The time of the reckoning [Ayax&Lohran] - Página 8 NCWTG9T
Jueves 20 de junio, 2019 ||  Edificio abandonado, Londres || 20:03 horas || Atuendo

Habían pasado cerca de dos horas desde que ambos, mortífago y fugitivo, llegaran a aquel destartalado lugar dejado de la mano de Dios. Se trataba de una antigua vivienda londinense que llevaba abandonada tanto tiempo que ni los fantasmas vivían en ella. ¿Para qué? Hacía tiempo que no había allí vivos a los que incordiar.

Fonollosa permanecía inmóvil, cabizbajo, atado a la silla, su rostro maltratado por los golpes de Lohran. En algún punto del interrogatorio, el brasileño le había golpeado demasiado fuerte y le había partido la nariz, de la cual brotaba un hilillo de sangre. También brotaba sangre de la comisura de sus labios.

Con todo y con esas, el mortífago no se había roto: había permanecido en silencio, sin mostrar ni un ápice de duda. No iba a confesar.

—Confieso que me gustaría que fueses un poco más parlanchín, Fonollosa.—Dijo Lohran, rompiendo el silencio en busca de algún tipo de reacción por parte del individuo.

No la hubo. Meric permaneció en la misma posición. Casi parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Su mente, quizás, estaría muy lejos.

Lohran había dejado de golpearle unos diez minutos antes, cuando había llegado a la conclusión de que de nada le iba a servir: aquel hombre no respondía a la tortura física, y muy probablemente estaba dispuesto a morir antes que confesar.

No obstante…

—¿De verdad merece la pena guardar silencio?—Lohran, que hasta entonces había permanecido sentado en otra de las sillas del lugar, frente a la de Fonollosa, se puso en pie y caminó un par de pasos en su dirección.—La pregunta que te he hecho es muy sencilla: Prue Martins. ¿Qué hicísteis con ella?

Silencio, una vez más. Lohran comenzó a sentirse frustrado, y tal y cómo se sentía bien podría haberle asestado un nuevo puñetazo. Se habría despellejado los nudillos, y con suerte habría podido romperle algún hueso al mortífago, ¿pero de qué le habría servido exactamente? Como mucho, pagaría sus frustraciones, y Fonollosa seguiría guardando silencio. La tortura física no funcionaba con aquel hombre.

Suspiró, negando con la cabeza, y se retiró. Caminó algunos pasos alrededor de la estancia, con aire pensativo, decidiendo si debía o no jugar aquella carta tan rastrera de la que disponía.

Después, pensó en su hermana… y pese a lo mucho que fuera aquello en contra de sus principios, decidió que daba igual: hacía ya mucho tiempo que Lohran había tocado fondo, que había vendido su alma.

—Sé dónde vives.—Sentenció, y guardó silencio, dejando que aquellas palabras calaran en Fonollosa. Y lo hicieron: nada más escucharlas, el mortífago dio un respingo, como si repentinamente hubiera regresado de un lugar lejano.—Sé que tienes familia. Mujer y dos hijos, ¿verdad?

—Ellos no tienen nada que ver en esto...—Dijo Fonollosa, rompiendo por fin su silencio, después de que Lohran lograra apresarlo.

—Aún no.—Coincidió Lohran.—Pero si sigues negándote a responder lo que te he preguntado, puedes estar seguro de que voy a hacer que tengan mucho que ver en esto. No estás ahí para protegerlos, así que puedo llamar a unos amigos y pedirles que los traigan aquí. ¿Te gustaría eso?

Por cómo se puso a temblar repentinamente, Fonollosa no disfrutaría en lo más mínimo la presencia de su familia en aquel lugar. Lohran no estaba precisamente orgulloso de aquello, pero si servía para recuperar a su hermana, estaba dispuesto a lo que fuera.

—No puedo decirte...—Lo intentó una vez más, pero Lohran le cortó.

—Pero sí que puedes. Porque si no lo haces, tus dos hijos y tu mujer van a sufrir las consecuencias de tu silencio. Y ni siquiera necesito hacerles daño: ¿Cómo te sentirías si te separo de tus hijos para siempre?

—¡Está bien!—Fonollosa alzó la voz, la desesperación marcada en su rostro.—Haz lo que quieras conmigo, pero a ellos no los metas en esto.

—Está bien. Pero para eso, tienes que empezar a hablar. ¿Qué habéis hecho con Prue Martins?—Lohran sonaba incluso razonable.

—Está en el Área-M.—Lohran ya se temía aquello, y sintió que algo dentro de él se despedazaba: no era lo mismo tener una sospecha que una confirmación. Y teniendo en cuenta lo que sucedía con los radicales cuando eran interrogados, cabía suponer que Prue… ya no fuese ella misma.—Es el nuevo juguete de Ayax Edevane...

—Cuéntame todo lo que sepas de ese Ayax Edevane.—Lohran apretaba la mandíbula, reprimiendo la ira, y tratando de no imaginarse lo que en aquellos momentos podía estar sucediendo con su hermana.

Fonollosa habló largo y tendido, ofreciéndole todos los detalles que conocía. Lohran no se sentía orgulloso por la manera en que había obtenido aquella información, pero solía decirse que todo valía en la guerra. Y sí, quizás su hermana como tal ya estuviera perdida, pero… eso sería algo que solucionaría una vez la tuviera de vuelta.

***

Lohran había hecho aquello solo, sabiendo lo que sucedería en caso de tener que rendir cuentas a su grupo: Fonollosa solo podría salir de aquello de una manera, y sinceramente, el brasileño no quería que un cadáver pudiera delatar al pelirrojo, cuyo nombre ahora conocía.

Sin embargo, pidió ayuda a alguien para deshacerse de Fonollosa, y cuando hubo terminado con él, uno de sus compañeros acudió al edificio abandonado con una furgoneta destartalada, que nada tenía que ver con las que se utilizaban de manera oficial en el grupo fugitivo.

Su compañero no hizo muchas preguntas, pues Lohran y él tenían una amistad que venía desde la universidad, y simplemente siguió sus instrucciones: los llevó a él y a Fonollosa al hospital muggle más cercano, y una vez allí, Lohran lo arrojó delante mismo de las puertas de urgencias. Se marcharon a toda prisa, dejando allí al mortífago, que no recordaría los hechos ocurridos esa noche.

Una vez la furgoneta se hubo alejado lo suficiente del hospital, Lohran ocupó el asiento del acompañante. Su rostro era serio y concentrado. Su compañero le preguntó qué debían hacer, y Lohran no dudó en responder.

—Tienes que cambiarle la matrícula a la furgoneta. Y el color. Seguro que pronto la policía muggle estará buscándola.—Le aconsejó.—Pero antes, necesito que hagas una parada.

Y le dio todos los detalles: Lohran quería hacer una visita a Ayax Edevane. Una visita que debía haberse dado hacía mucho tiempo.


Última edición por Lohran Martins el Miér Jul 03, 2019 2:38 pm, editado 1 vez
Lohran Martins
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Lohran Martins el Lun Mar 23, 2020 3:27 pm

Finalmente, frente a frente con el último de los responsables de la muerte de su hermana, el brasileño sintió temblar su mano. Hizo todo lo humanamente posible por esconder esto, y mirada se mantuvo firme sobre él. La varita siguió apuntándole, casi como un dedo acusador.

Que el pelirrojo, una vez más, iba a intentar defenderse por lo que había hecho, Lohran ya lo esperaba. Tampoco es que fuera a culparlo por pretender conservar su vida, pues no había nada más humano que el instinto de supervivencia.

«Él y su mentora privaron a mi hermana del suyo», pensó, furioso. «Y no les importó nada convertirla en un arma.»

Mantener el control en aquella situación, estaba descubriendo, iba a resultarle muy difícil. También descubrió que, igual que Aurore Brennan antes que él, poco o nada podía decir Edevane para salvar su miserable pellejo. La decisión ya estaba tomada, y solo tenía que dejarse llevar por la rabia.

Entonces… ¿por qué era tan difícil, simplemente, conjurar el maleficio que le pondría fin a todo aquello?

—Enhorabuena por el ascenso —escupió con asco y parte de sarcasmo—. Estoy seguro de que entra en tus planes hacerle lo mismo que a mi hermana a muchas otras hermanas.

Y, hablando precisamente de hermanas, Lohran Martins recordó el tiempo que Angelica Edevane había pasado bajo su cautiverio, y cómo ésta, después de ser liberada, había ayudado a su familia a recuperar a Prue. O lo que al menos todos creían, en aquel momento, que sería Prue.

Usarlo como defensa, cosa que Edevane hizo a continuación, no era ni remotamente suficiente para aplacar la ira del brasileño; si acaso, era como tratar de apagar fuego con gasolina.

—Tú no me devolviste a mi hermana y lo sabes. Me entregaste a tu amiga Níobe. —Dio un paso brusco adelante, haciendo aspavientos con la varita, a fin de que el pelirrojo no se relajase en ningún momento—. Tú y Brennan la creasteis en vuestro laboratorio y la utilizasteis como arma. De mi hermana ya no quedaba nada cuando murió. Tú, en cambio, sí recibiste a la tuya, sana y salva.

Lohran podría haber terminado aquello de inmediato, pero no sólo necesitaba acabar con la vida de Ayax Edevane. También necesitaba que comprendiese lo que había hecho, y sacarse del pecho toda la angustia que sentía. Había vivido un calvario durante más de un año, sabiendo que su hermana estaba cautiva, sin recuerdos, sufriendo a saber qué. ¿Y qué ocurría cuando la liberaban?

Que no existía un final feliz. Eso ocurría.

—De rodillas —ordenó, señalando al suelo con la varita, para luego volver a apuntarle a la cara—. Te prometí que no haría daño a tu familia. Bien, pues deseo cumplido: vas a morir aquí mismo, de rodillas, como el cobarde que eres.

Ya estaba decidido. Aquello iba a terminar allí, en aquel mismo callejón. No se sentía como algo justo, ni como algo noble, pero… ¿qué más daba ya? Un hombre tenía que hacer lo que debía, especialmente por su familia. Después de aquello, todo daría lo mismo.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Jue Mar 26, 2020 9:42 pm

Obviamente no iba a hacer lo mismo con “otras muchas hermanas”, pero Ayax no estaba en situación de responder nada soez o irónico, ni mucho menos responder a algo que no esperaba una respuesta. Lohran Martins estaba muy enfadado y no lo sabía precisamente por sus estudios en psicología. Cuando uno se sentía así de intimidado, sin apenas ser tocado por el otro, era porque tenía miedo y el pelirrojo no es de sentir miedo gratuitamente si el motivo no lo merece de verdad. Veía perfectamente capaz de Martins de conjurar una maldición asesina ―siendo benevolente― y acabar con su vida ahí mismo y eso es lo que ahora mismo lo hacía obediente y lo hacía estar aterrorizado.

Quizás sus decisiones y su vida no eran las mejores, pero evidentemente no quería morir. A decir verdad, el pelirrojo consideraba que había empezado a vivir hacía pocos años.

―Tú me exigiste sacar a tu hermana en el Área-M ―le respondió sin poder evitarla― y yo te di lo que quedaba de ella. ¿Acaso hubieras renunciado a ella si te llego a decir lo que era?

Cuando mencionó a Angelica, tampoco pudo callarse.

―Y te estoy agradecido por ello… ―dijo, casi notando como se le cortaba la garganta.

¿Sinceramente? Sentía que a cada palabra que decía se estaba ganando a pulso un puñetazo que podía venir en cualquier momento y, pese a esperárselo, no verlo venir. Y sabía que desde que aquel hombre le dañase, como le dañó en aquel momento, no tendría la fuerza para salir de allí. Que no es que ahora tuviera muchas esperanzas, pero al menos podía hablar y estaba en “pleno uso de sus facultades físicas y mentales” que, bajo presión, no es que fueran demasiadas.

Cuando ordenó que se pusiera de rodillas, Ayax obedeció casi automáticamente, pero de manera lenta e insegura. Sin embargo, cuando le dijo que iba a morir ahí, ahora mismo, no se arrodilló, sino que volvió a usar sus rodillas para ponerse en pie.

―¡No, espera! ―¿Qué iba a decir?―. No me mates, no quier… ―Teniendo en cuenta la situación, no quería decir que “no quería morir” porque sabía que le iba a decir: “PRUE TAMPOCO QUERÍA MORIR” y seguramente le enfadase más―. Por favor.

¿Y ahora qué hacía? ¿Huía? ¿Intentaba razonar con él o…? Empezó a retroceder lentamente con los pies, poniendo las manos frente a Lohran como intentando frenarlo.

―De verdad, no me mates, por favor. No puedo darte ahora mismo una razón, pero no me mates. Matar está mal, no deberías, de verdad que…

El pelirrojo, indudablemente, era incapaz de dar una razón útil, básicamente porque no existía. Era perfectamente normal que Lohran estuviera enfadado con él y quisiera venganza: si bien a lo mejor puede llegar a creerse que no fue Ayax quien hizo toda la manipulación mental, sí que fue él quién capturó a Níobe y la metió en prisión. Así que… fuera como fuera, tenía su culpa.

Entonces Angelica Edevane, que no había encontrado el libro que estaba buscando y cayó en que estaba llegando tarde a la quedada con su hermano, salió de la librería en dirección al Caldero Chorreante. Fue al girar una de las esquinas cuando se encontró con aquello. Lo primero que vio fue la cabellera pelirroja de su hermano, gritando cosas sin sentido. Cuando vio un poco más allá, vio el rostro conocido del que había sido su secuestrador.

Sintió miedo, pero no por él en sí, sino por esa varita. Ella no era ajena a lo que había ocurrido hace poco con la compañera de Ayax, así que no le hizo falta ninguna explicación de lo ocurrido. Se dio cuenta de que Lohran la había visto, así que ni se replanteó sacar la varita porque la tenía en el bolso y, obviamente, no le iba a dejar. Así que hizo lo único que pudo.

―¡Eh, no, no! ―Dio unas zancadas hacia adelante, llevando una mano de “paciencia” y freno en dirección a Lohran. No se metió en medio de los dos pues, aunque en aquella situación le hubiera liberado, no tenía la certeza de que en ese momento no hubiera ido con las ideas claras de matar a Ayax o, en su defecto, a una de sus hermanas―. No… no lo hagas. Baja la varita, por favor.

Angelica tenía mucho que decir, pero en ese momento la impresión del momento le había dejado sin palabras. Necesitaba serenarse. Ayax, por su parte, se quedó callado.
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Lohran Martins el Jue Mar 26, 2020 11:58 pm

Sencillamente, no había una sola palabra que brotara de la boca de aquel muchacho pelirrojo que pudiera aplacar su ira. Cada vez que lo escuchaba decir algo, lo que fuese, se intensificaba esa necesidad de darle un puñetazo, de molerlo a palos allí mismo hasta que no quedase más que una pulpa sanguinolenta sobre los adoquines del Callejón. Y es que todo le sonaba a excusa, a burdo intento de desviar una culpa que claramente había sido suya.

Dio un paso adelante, amenazante, cuando le hizo aquella pregunta.

—¡Tu experimento de mierda ha costado tres vidas, imbécil! —Le espetó, la mano de la varita temblando intensamente—. Pero ¿qué son las vidas de tres fugitivos para ti, verdad? Para ti y para los tuyos no somos más que escoria, escoria con la que podéis hacer lo que queráis...

Que estuviera agradecido con él por liberar a Angelica Edevane, francamente, le importaba una mierda. El agradecimiento de aquel monstruo era tan necesario en su vida como el hecho de tener que esconderse, cada día, para sobrevivir: él y los suyos podían meterse ambas cosas por donde les cupiesen.

Así que le ordenó ponerse de rodillas, con toda la intención de terminar aquello de una vez por todas. No sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que alguien reparase en la situación que tenía lugar allí, en pleno epicentro del comercio mágico en Inglaterra.

Y entonces…

«¿Súplicas a estas alturas?», pensó, contrariado. «¿De verdad me sale ahora con esas?»

Lo escuchó en silencio, sin moverse ni siquiera cuando se puso en pie y empezó a retroceder. ¿Qué iba a hacer, exactamente? Un movimiento de varita y estaría muerto. De hecho, el brasileño, que había batallado demasiado contra sí mismo para decidirse, se disponía a hacerlo. Un poco más y…

«¿Qué hace ella aquí?», se preguntó en el momento en que vio acercarse a la pelirroja y embarazada hermana mayor de Ayax Edevane.

No la apuntó con su varita, sino que mantuvo ésta sobre su hermano. Sólo desvió la mirada en dirección a la mujer, quien por algún motivo le había ayudado a recuperar a Prue una vez liberada. ¿Había sido así, acaso? Después de todo, el recuperarla había supuesto un calvario casi peor que si se hubiese quedado encerrada.

Como la curiosidad es una fuerza poderosa, Lohran necesitó satisfacer la suya allí mismo, a pesar de que el tiempo corría.

—¿Tú lo sabías? —preguntó con un tono de voz mucho más suave que el empleado con Ayax—. ¿Sabías lo que este monstruo le hizo a mi hermana? ¿En qué la convirtió? ¿Todos los días y las noches que pasó moldeándola, hasta transformarla en un arma contra los que antes eran sus amigos?

Sabía que Angelica Edevane no le debía nada, y mucho menos después de haber sido su rehén, pero igualmente, creía que era mejor persona que Ayax. Y sintió una profunda decepción al verla allí, defendiendo a un monstruo.

Claro que, por otro lado, era su hermano.

—¿Por qué debería perdonarle la vida después de que ha convertido a mi hermana en un arma para matarme a mí y a todos mis compañeros? —Miró entonces a Ayax, dibujando una sonrisa irónica en sus labios. Sus ojos se habían humedecido, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba parcialmente rota por un inminente llanto—. Buen trabajo, por cierto: murió creyendo que la habías abandonado, totalmente leal a ti...

Sin embargo, algo debía reconocer: cada vez le resultaba más difícil llevar a cabo lo que tenía en mente. No se atrevía, simplemente, a quitarse de en medio a Angelica y acabar con la vida de su hermano. Cada paso en el camino parecía más y más difícil.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Dom Mar 29, 2020 12:15 am

Angelica apareció en el momento clave y no dudó en defender a su hermano por encima de las diferencias y las riñas. La pelirroja estaba convencida de que su hermano no tenía un mal fondo, pero había tenido una educación pésima, la incapacidad para elegir por sí mismo y unas influencias terribles. No pensaba excusarlo siempre, pero evidentemente era su hermano pequeño y lo quería… Y, sobre todo, no quería verlo morir en esa guerra que tanto ya se había llevado.

Quizás si llega a ser otra persona no hubiera dado ese paso con tanta certeza, pero al ver al hombre que le raptó, pero le liberó sin hacerle daño pese a las circunstancias, hizo que se sintiera un poco confianda. Sólo un poco.

Ella había salido de aquella situación bastante mal. Si bien Luciana y Lohran la trataron como a una persona, ella no podía dejar de pensar en qué hubiera pasado si su compañero hubiera tenido más poder sobre ella… Y claro, al ver a una persona tan horrible que podría haber destrozado tu vida, ¿cómo no iba a mirar con perspectiva a los Martins?

―¿Saber el qu… ―Murmuró sin saber a qué se refería.

Y entonces lo dijo, lo que Angie se había temido. Ayax, cuando todo había pasado, le dijo que la hermana de Lohran ya no era la misma, la misma hermana que Angie había facilitado que recuperasen. El pelirrojo, sin embargo, no le había dicho a su hermana que había sido él mismo quién había hecho esas cosas horribles en la cabeza de Prue Martins, sino que había sido cosa del Área-M, como si no tuviera que ver con él.

Se sentía fatal porque si ella lo llega a saber, hubiera preferido quedar de mala, entregarse a Ayax y evitar que le devolviesen a su hermana, que ayudarle a recuperarla. Nadie se merecía tener que lidiar con algo así.

―En su momento no lo sabía… ―respondió, sintiéndose culpable aunque ella no tuviera la culpa de nada.

Escuchar a Lohran dolido por la situación, siendo incapaz de controlar su rabia y sus ansias de venganza, la verdad es que le dolían. No le dolían por ser él, pues realmente no lo conocía tanto… Pero no lo consideraba mala persona y de verdad que casi sentía personal el dolor que uno tenía que experimentar en una situación de tanto caos e injusticias.

Se le rompieron los esquemas cuando lo escuchó con la voz rota, siendo consciente de que por mucho que odiase a Ayax, no quería tener que hacer eso. Y eso diferenciaban a las malas personas de las buenas, pero también ese era el punto de inflexión en donde una buena persona se puede llegar a perder.

En ese momento, en donde lo vio más humano que nunca, Angie se acercó a ambos, metiéndose en medio de su hermano y el hombre, quedándose ella siendo apuntada por la varita. Iba lenta, con las manos ligeramente en alto. Su rostro estaba afligido y su mirada era triste. Si no supiera que en realidad no debía fiarse de nadie y que hasta su hermano era capaz de delatarle, le hubiera encantado darle un abrazo.

Quizás ella no había visto morir a su hermano, pero sentía que lo había perdido igual.

―Mi hermano antes no era así y no pienso quitarle la culpa por lo que ha hecho. Ha hecho las cosas mal y me ha decepcionado como nunca pensé que lo haría ―dijo con rotundidad y, sinceramente, a Ayax le sentó eso como una punzada en el corazón, pero obviamente no dijo ni hizo nada―. Pero igualmente es mi hermano y no quiero verlo morir por sus errores. No deberías perdonarle la vida por mí, ni porque crea que realmente tiene esperanza, deberías de perdonarle la vida porque sé que no quieres matarlo. ―Soltó lentamente aire por la nariz―. Sé que no quieres matarlo, igual que no querías matarme a mí. Y… ya has arrebatado una vida. Si eso no te ha dado la paz que crees que estás intentando conseguir, no lo vas a conseguir matándolo a él. ―No había dejado de mirarle a los ojos―. Lo único que vas a conseguir es perderte a ti. Y en el fondo lo sabes.

Ayax había estado en paranoia total los últimos días, asegurando que la muerte de Aurora no había sido un accidente y que el asesino había sido Lohran Martins. No había certezas, pero Ayax parecía no tener tampoco dudas. Ahora que lo veía delante sabía que tenía razón.

En ese momento tan sentimental y de reflexión interior, Ayax vio el momento perfecto para actuar. Sacó la varita y apuntó a Lohran, pero no pudo conjurar absolutamente nada, pues Angie se giró a tiempo ―pues estaba mucho más cerca de Ayax, que de Lohran― y golpeó la mano de la varita. Al cogerle en mitad de alzarla, la varita se le cayó de las manos.

―¡¿Quieres dejar de comportarte como un idiota y ser responsable de tus actos?! ―Le gritó, con el ceño fruncido y afectada.

―Y-yo… ―Dubiteó, mirando a Lohran―. É-él… quería matarme.

―¿Y? Claro, porque siempre que pueda utilizarse la violencia, ¿para qué el diálogo? Así va este país como va… ―Angie declaró abiertamente sus pensamientos.

No estaba a favor del nuevo gobierno, ni de la guerra. Si no fuera una Edevane y tuviera un poco más de coraje, tendría clarísimo que su posición en esa batalla estaría a favor de los pro-muggles y por eso le daba tanta rabia ser familiar de personas que podían hacer cosas tan horribles. Estaba enfadada y decepcionada.

Angelica miró entonces a Lohran, visiblemente afectada.

―Por favor, perdónale la vida.

Ayax no podía dejar de pensar una cosa clave: ¿Y si dice que no? ¿Qué? ¿Cuál era el plan B?
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Lohran Martins el Dom Mar 29, 2020 3:40 am

Las dudas de Lohran eran más que evidentes, y no hacía falta conocerlo para percatarse de ello. Era un hombre que luchaba contra su propia naturaleza, que se sentía impulsado por un deber que no creía poder cumplir.

La presencia de Angelica Edevane allí le perturbaba de una manera que no esperaba. No pretendía hacerle daño, en ningún momento, a pesar de lo que le había dicho a su hermano. ¿Cómo iba a hacerlo, si ella ni siquiera había hecho nada? Su único crimen era pertenecer a la misma familia que aquel pedazo de mierda.

Cuando le espetó todo lo que había sucedido, todo lo que tenía que ver con Prue, pudo ver cómo la noticia perturbaba a la bruja. El otro permaneció en silencio, dejando que fuera su hermana quien le sacara las castañas del fuego. Y lo hizo, o lo intentó, contándole una historia acerca de cómo era el chico antes.

¿Realmente tenía que importarle que fuera un maldito mocoso descarriado? ¿Que las malas influencias lo hubieran llevado en la dirección incorrecta de la vida? Aquello no le devolvía a su hermana. Matarlo tampoco, pero… ¿no había adquirido, acaso, algún tipo de deuda de vida para con aquellos que tenían familiares en el Área-M? ¿No era justo acabar con uno de los torturadores de aquel lugar?

Pero una cosa sí era cierta: no quería matarlo. Nunca había querido algo así. No había actuado por voluntad propia, ni siquiera al acabar con la vida de Aurore Brennan.

Titubeó un poco, especialmente cuando Angelica se puso de por medio, y por eso bajó ligeramente la varita.

Como buena rata que era, Ayax Edevane intentó aprovechar aquella ocasión para atacarle. Lo vio por el rabillo del ojo —su mirada estaba puesta sobre Angelica— y a punto estuvo de reaccionar, pero la bruja fue más rápida: apartó la mano de su hermano, quitándole la varita de un golpe e impidiendo que aquello terminase muy mal.

Siguió en silencio, observando cómo Angelica le reprochaba a su hermano un acto tan cobarde, para luego escuchar cómo, una vez más, le pedía que lo dejase marchar.

«¿Y ya está?», pensó Lohran. «¿Bajo la varita y me marcho? ¿Eso es todo?»

Tenía tal mezcla contradictoria de sensaciones en su interior, tal conflicto interno, que una parte de sí mismo le reprochaba al resto que no estuviera dispuesto a hacer lo correcto. Sin embargo, su brazo poco a poco bajaba, hasta que la varita terminó apuntando al suelo.

Lohran mostraba un aspecto totalmente derrotado cuando los miró, primero a Angelica y después a Ayax. Fue a este a quien se dirigió.

—No sabes la suerte que tienes —le dijo, con voz ronca y llena de odio—. Si hoy te vuelves con vida a casa es única y exclusivamente por ella. —La señaló con el dedo índice de la mano que no sostenía la varita—. Cuídate de volver a cruzarte conmigo, en la situación que sea, pues no volverá a haber perdón. Si vuelvo a verte, si vuelvo a enterarme de que tú y los tuyos hacéis daño a lo míos…

Dejó la frase en el aire, pero era lo bastante clara como para no necesitar concretar más: aquel día, Ayax Edevane vivía; si volvían a encontrarse como enemigos, cada uno en un bando, la cosa no acabaría bien para uno u otro. Que ni por asomo se le ocurriera pensar que habían hecho las paces; simplemente, había escogido dejar que prevaleciera su misericordia por encima de su odio.

Entonces miró a Angelica Edevane, sin saber si sentirse agradecido por su intervención, o furioso por haberle hecho cambiar de opinión.

—No se merece a alguien como tú en su vida —le dijo a la pelirroja—. Siento haberte metido en esto en primer lugar.

Con aquellas palabras, Lohran se dio la vuelta y salió corriendo, en busca de un lugar desde el que desaparecerse con seguridad. A medio camino escuchó a alguien, una mujer o un hombre de voz muy aguda, la palabra “fugitivo”, por lo que supo que le habían visto. Sin embargo, no lograron atraparle: antes de que apareciera auror alguno, el brasileño ya había abandonado la escena del crimen.

***

Ese mismo día, más tarde, Lohran había llevado las noticias a Lucy: no había podido hacerlo. Su hermana no se había alegrado, pero tampoco parecía decepcionada. Lo aceptó, lo comprendió, y decidió que era mejor así.

Desde ese día, los dos hermanos tendrían que aprender a vivir con la pérdida.
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Lohran MartinsRadical

Ayax Edevane el Lun Mar 30, 2020 11:04 pm

Angelica suspiró aliviada cuando Lohran se dirigió a su hermano para declarar la suerte que tenía, sabiendo que eso era el paso hacia haber conseguido que allí no se cometiera ningún asesinato. Ayax, por su parte, miró con miedo todavía a Lohran, indefenso porque aún seguía con la varita en la mano y la de él estaba en el suelo.

La mayor sabía perfectamente que Ayax no tenía arte en las palabras, por muy inteligente que se creyese, por lo que ni en mil años de diálogo con Lohran conseguiría su perdón. Ella, sin embargo, sí sabía tratar con las personas y quería pensar que su visión de la situación… aunque ni de lejos fuese justa, al menos era un poco más imparcial: a nadie le iba a solucionar la vida matar por venganza, mucho menos él que se veía que ni siquiera estaba seguro.

Las palabras de Lohran también hicieron mella en Angelica.

Llevaba muchos meses cuestionándose las decisiones de su hermano y, que pese a todo, no hubiese dado ya un paso al cambio. Le decepcionaba ver que insistía en ser alguien tan horrible y… lo peor es que obviamente ella no podía rendirse con él. Sin embargo, Martins tenía razón: Ayax no merecía que ella luchase siempre por él cuando no era capaz de tomar buenas decisiones, ni de responder por sus propios actos. Y no estaba dispuesta a seguir defendiendo a un asesino y frío manipulador.

No pudo responder a Lohran pues de repente sentía un nudo de la garganta. Era triste acabar de salvarle la vida a tu hermano y pensar que realmente no merecía la pena.

Para cuando reaccionó, la mirada de Lohran se apartó de la de ella y echó a correr. Angelica esperó ver a Ayax ir corriendo a buscar su varita e ir detrás de Martins, pero no lo hizo. Se mantuvo callado durante unos segundos y Angie escuchó sus pasos detrás de ella. Fue él el primero en hablar:

―Éramos dos contra uno… ―dijo, con algo de temor―. Podríamos haberle capturado, ahora está ahí fuera y sigue siendo un pelig…

Angie se giró y le pegó un bofetón en la mejilla, fuerte y sonoro.

―¿Y luego también le modificas a él la memoria, haces que sea tu amigo y lo mandas a atacar a los suyos? ¿Ese era tu plan? ―Le dijo, fríamente―. ¿Es tu única manera de poder hacer amigos, Ayax? ―No tenía intención de discutir con él, pues Angie había dejado en muchas ocasiones clara su postura al respecto―. Odio tu trabajo y que lo defiendas intentando hacerme creer que es ciencia y evolución. Odio que seas un inconsciente y no seas capaz de responder por tus errores y acciones. No pienso volver a responder por ti y cómo sigas con esta actitud en donde priorizas violencia por encima de humanidad, olvídate de mí.

Angie pasó al lado de él, chocando su hombro sin querer.

―Pero Angie…

―No me cuentes más cuentos, Ayax. No voy a ser de las que vuelvan a creerse tus mentiras. ―Hizo una pausa, girándose―. Ya no te reconocí cuando mataste a Amalthea. Ahora ya no sé en dónde quedó mi hermano. Te has convertido en una persona horrible y no intentes maquillar el monstruo que eres.

Entonces se dio la vuelta y se fue, sintiéndose liberada de hablarle claro y dejar de fingir ella también. Le salieron algunas lágrimas, pues se sentía verdaderamente decepcionada. No solo de la actitud de su hermano, sino también de que no hubiera parado de contarle mentiras. Ese no era el chico con el que se crió y le dolía no haber sido capaz de ver en cómo se convertía en eso.

Ayax, por su parte, se quedó allí, solo. Y sólo seguiría, al menos por parte de Angelica Edevane.

Tras procesar todo lo ocurrido y notar palpitaciones en su mejilla, se agachó para coger su varita, guardarla y caminar hasta un lugar en el que poder aparecerse. Miró para ambos lados, pero la zona en la que estaban seguía estando prácticamente desértica, por era una zona más residencial y menos comercial.

Suspiró, temeroso. Angelica sabía perfectamente que Lohran no volvería a buscar a Ayax porque no volvería a intentar algo que ya rechazó, pero no quiso tranquilizar a su hermano: quizás vivir con miedo le hacía ser más conservador y comportarse como debía.
Ayax Edevane
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