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Please, don't. —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Lun Jul 01, 2019 2:10 am

Recuerdo del primer mensaje :

Please, don't. —Sam&Gwen. - Página 2 DsfxfcY
Casa de Sam & Gwen | 01/07/2019 | 17:38h | Atuendo

Alfred le había regalado ese lunes libre a Samantha porque había trabajado el sábado casi en los dos turnos y se había encargado de prácticamente toda la tienda frente a la ausencia de tanto Alfred como de Erika, que habían tenido que viajar a Irlanda por motivo de un funeral. Además, por fin los dueños habían contratado a una nueva persona, por lo que pese a que los horarios estaban parecidos, había más estabilidad. Ya Sam había pedido, por favor, que le diesen turno de mañana casi siempre para poder tener una vida con Gwendoline que fuese más allá que compartir las últimas horas de la noche antes de caer rendidas en la cama del cansancio. Alfred y Erika todavía se lo estaban pensando.

Sam había comido sola porque Gwendoline tenía cosas que hacer después del trabajo, diciéndole que llegaría a la hora de merendar. Es por eso que a la buena hora de merendar, Sam estaba preparando unos bol con fruta partida: plátano, fresa, melocotón, piña… Últimamente hacía bastante calor, por lo que les encantaba salir al patio trasero a coger sol mientras tomaban fruta bien fresquita. Mientras partía, ahí se encontraba Don Cerdito, sentado en el suelo, a la espera de que algo cayese al suelo para poder hacer su función de aspiradora.

Al terminar de cortar la fruta, dejó los bol sobre la encimera y salió para recoger la mesa del comedor que estaba totalmente tirada. Estaban su mil y una libretas que utilizaba para a saber qué cosas, además de la que tenía actualmente para escribir como un diario. Se había pegado un rato de la mañana escribiendo y se le habían quitado las ganas de recoger. Entre que era más guay comer y cenar frente a la televisión mientras veían algo, había días en donde la mesa del comedor se plagaba de cosas que no debían de estar en la mesa del comedor. Así que antes de que llegase Gwendoline, que debía de estar al caer, Sam hizo limpieza intensiva. Separó las cosas de su novia por un lado y las de ella por otro, en dos montones para subirlo a la habitación y dejarlos sobre el escritorio.

Al llegar arriba hizo los dos montoncitos y se dio cuenta de que bajo una carpeta de Gwendoline estaba el Profeta de ayer. Sam no lo había leído, sino que había sido Gwen quién se lo había contado, pero lo cogió porque quería leer ella misma todo lo que decían sobre los secuestros y lo ocurrido en Hogsmeade y el Callejón Diagón. Sin embargo, al cogerlo se dio cuenta de que bajo eso había una carpeta desordenada en donde varias hojas salían por fuera. Al colocarlo, se dio cuenta de lo que era: información sobre objetos mágicos y el uso que se le había dado a dichos artilugios para cazar fugitivos.

Y eso sí le sonaba.

Dejó El Profeta a un lado, dándose cuenta de que Gwendoline parecía estar estudiando aquello. Hacía ya unas semanas le había dicho que la Orden del Fénix estaba detrás de un mago que estaba utilizando artilugios mágicos para cazar a los fugitivos y que había que dar con su identidad para parar dichos ataques. Sam le había pedido que no se metiera ahí, porque ni sabía quién era ese mago ni cómo se tomaría el hecho de que alguien estuviese espiándolo para saber qué. Y, por lo que le había quedado claro en aquel momento, Gwen parecía haber aceptado no hacer nada de eso.

Esta mujer…Susurró, sin querer mirar nada más.

Y no quería mirar nada más porque no era de su incumbencia. Lo había visto sin querer y… si algo le molestaba de todo eso es que lo estuviese haciendo sin decirle nada. Entendía el hecho de que Gwen se quisiera implicar en las cosas porque uno tiene la necesidad de hacer lo posible por ayudar al resto e incluso entendía que quisiera hacer las cosas aunque Sam no quisiera que las hiciera porque la quería proteger, pero… que se lo dijera al menos. Que le dijera: “Sam, sé que te preocupas por mí, pero lo voy a hacer igualmente.” ¿Y qué narices iba a decirle Sam? La verdad es que el hecho de que se lo ocultase, por lo que eso implica, era lo que más le molestaba de todo. ¿Y si pasaba algo y ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo durante todo este tiempo?

También era cierto que ella siempre intentaba despegarse de sus asuntos de la Orden del Fénix… pero a veces se arrepentía teniendo en cuenta que Gwendoline, igualmente, no iba a dejar nada de eso de lado y no quería quedarse de lado en cosas que incumbían a su novia y podían ser peligrosas.

Contrariada, cogió El Profeta y salió de la habitación tras dejarlo todo ordenado, bajando las escaleras hacia la cocina.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Jul 13, 2019 1:06 am

Las aguas por fin volvían a calmarse, y lo que hasta entonces había parecido un mar embravecido durante una tormenta volvió a asemejarse un poco a una playa tranquila en un día de verano. Y todo ello había sido gracias a la sinceridad, por mucho que las cosas no hubieran terminado exactamente cómo Sam quería. Después de todo, Gwendoline podía ceder en algunos aspectos, pero no podía ceder en el más importante de todos: no podía dejar correr aquel asunto.

Lo estuviera haciendo por motivos correctos o por motivos erróneos, eso daba igual. Lo único que importaba era que se sentía en la necesidad de ayudar a sus compañeros, de devolverles lo que les debía. Mucha gente creería que ella no estaba en deuda con ellos, pues había hecho un gran trabajo recopilando información durante todo el año anterior, pero ella no lo vería jamás así; ella sólo podía ver sus errores, personificados en Artemis Hemsley, Zed Crowley y Caiden Ashworth. Si bien todos ellos eran meros recuerdos, muertos tiempo atrás, su influencia no desaparecería tan fácilmente.

Hizo promesas que pensaba mantener, asegurando a su novia que la escucharía, que sus consejos no caerían en saco roto. Quizás no fuera lo que ella quería escuchar, pero sumado al hecho de que pensaba abandonar aquella vida tan peligrosa, Sam se conformó.

Una última misión y todo habría terminado… o eso creía entonces.

Gwendoline cerró los ojos cuando Sam de depositó un beso en la frente, y con su mano libre rodeó la cintura de su novia. Una débil sonrisa se dibujó en sus labios, cansada como estaba y con ese persistente dolor de cabeza haciendo mella en su buen humor.

Sam incluso se excusó por su comportamiento, pero ahora que la discusión se había terminado, Gwendoline creyó que no era necesario: ya había bajado las barreras, y no veía a su novia como su enemiga. De hecho, se sentía un poco culpable por haber pensado algo así de ella en primer lugar. Fue uno de esos momentos en que se dio cuenta de cuán irracional podía llegar a ser el ser humano.

—No tienes que disculparte. Siento haberte puesto en esa situación.—Y lo decía de verdad. No iba a ponerse dramática, diciendo que si tuviera la oportunidad, viajaría atrás en el tiempo y cambiaría las cosas, pero sí le hubiera gustado haber actuado de una manera distinta. Se sentía como una completa estúpida sin remedio.—Es normal ponerse de los nervios. Seguramente yo estaría igual si las cosas hubiesen sucedido a la inversa...—Se encogió de hombros, componiendo una expresión facial que, sin palabras, lo decía todo: “Tenías razón: soy idiota.”

Juntas siempre habían formado un gran equipo. Aunque Sam no confiara en sus propias habilidades, aunque la propia Gwendoline no confiara en sus propias habilidades, ambas habían llegado a hacer grandes cosas juntas. Se compenetraban a la perfección, casi como dos piezas de la misma máquina, y solo cuando no colaboraban, cometían errores. ¿Cómo podía la morena no haber entendido aquello?

—En un futuro inmediato, no planeo tirarme de cabeza a un acantilado, así que creo que puedes estar tranquila con respecto a eso.—Acompañó a la sonrisa de Sam, justo después de aquel abrazo que tan bien le sentó. ¿Había una manera mejor de reconciliarse tras una discusión?—Contaré contigo, por supuesto. Es lo que debí hacer desde el principio.

Se separó entonces de ella y caminó en dirección a la cama. Para entonces, Don Cerdito ya volvía a estar panza abajo sobre la cama, y Chess poco a poco se aventuraba a abandonar su escondite bajo el escritorio, observando las cosas con desconfianza y curiosidad a partes iguales.

La morena tomó la carpeta que contenía copias de todos los detalles del caso. Una nueva punzada de culpabilidad por habérselo ocultado a Sam la invadió, pero procuró racionalizar las cosas: el tema ya estaba tratado, y ahora lo único que restaba era trabajar en ello.

Juntas.

—Supongo que debería ponerte al día de todo.—Le dijo al volverse, mostrándole la carpeta.—¿Quieres hacerlo ahora? Reconozco que en estos momentos estoy un poco cansada, me duele la cabeza, y es lo que menos me apetece. Pero si prefieres hacerlo, no tengo inconveniente.

No negaría que prefería irse a ver una serie con ella, o a tomarse la merienda que Sam había preparado y se había pospuesto, o a darse un baño de espuma con ella. Cualquier cosa mejor que tratar el tema de la discordia, pues con toda seguridad lo único que haría sería levantarle más dolor de cabeza.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Jul 16, 2019 3:01 am

Era muy consciente de que de haber sido al revés, sí, probablemente Gwendoline también hubiese querido tirarse de los pelos. El problema de todo eso residía en que ya al principio habían tenido problemas con ocultarse cosas, además de prometerse contárselo todo, por lo que el simple hecho de ver que una persona te oculta algo, ya te hacía plantearte muchas cosas que, en realidad, ni deberías. Sin embargo… así era la vida; y así eran las relaciones. Por eso mismo había que tener tanto cuidado, porque si bien eso había pasado porque Gwendoline decidió no contárselo—por los motivos que fuesen—había veces que tonterías más nimias podían dar lugar a cosas muchos más grandes.

Ahora mismo podía decir que le daba ya hasta igual todo, pues había llegado un momento en el que la incomodidad de discutir y no estar de acuerdo le había llevado a querer simplemente que todo terminase para volver a estar bien. Y en ese momento que se disculpara hizo que simplemente sonriese.

Que sí, que sí, que Sam era mucho de drama del barato, pero a la hora de la verdad se le escondía la cola entre las piernas y huía despavorida del real drama.

—Más vale tarde que nunca —le respondió, para sonreírle. —Tú aprovéchame para todo.

Quizás no era la mujer con mayor experiencia en investigaciones, pero se había movido mucho en terreno hostil y oscuro, por lo que por mucho que Sam no confiase mucho en sus capacidades, en realidad tenía ya bastante experiencia. Además, quería pensar, aunque Gwendoline seguramente se negase a ello, que si había que ‘dar la cara’ en algún lugar de dudosa reputación, siempre podría dejarse ver Sam, que ya estaba condenada, a ser ella misma quién arriesgara su identidad. Pero vamos… todo se vería cuando tuviesen información suficiente. Mientras tanto Sam se encargaría de asegurarse de que ella estuviese bien y ofrecerle lo mejor que tenía.

Vio como la morena cogía la carpeta de la discordia y Sam negó con la cabeza: no tenía ni un poquito de ganas de ponerse con eso en aquel momento.

—No quiero hacerlo ahora —le respondió, cogiendo la carpeta y dejándola de nuevo sobre el escritorio como si fuese una patata caliente de la que deshacerse antes de que explotase. Ahora mismo quería hacer cualquier cosa, menos ponerse a mirar eso mientras Gwendoline le explica nada; solo de pensarlo le daba pereza después de haber discutido. Así que volvió a mirarla, pensando que quizás en otro momento le hubiera bromeado con eso de que le dolía la cabeza, pero no fue el caso. —Vamos a tirarnos en el sofá mientras vemos algo, tomarnos algo para esa cabeza y ya vemos luego si nos apetece ponernos con eso, ¿vale? Y si no mañana. —Y entonces le sonrió, encogiéndose de hombros. —Mejor mañana, en realidad. Me apetece cero sentarme a que me expliques eso hoy.

Bajaron entonces las escaleras de vuelta al salón y mientras Gwen se tiraba en el sofá en busca de algo en la televisión, Sam cogía los dos bol de frutas y una pastillita para el dolor de cabeza de su novia. Volvió al salón con todo eso—levitándole detrás porque le faltaban manos—y le tendió la pastilla y un vasito de agua, para sentarse a su lado.

—Es la pastilla milagrosa, ¿la quieres cien por cien o prefieres esperar a ver si se te pasa? —le dijo en referencia a la que le había llevado, para entonces darse un par de golpecitos en el regazo. —Acuéstate, venga —añadió con una sonrisa, evidenciando sus intenciones. No era un secreto que Sam no era muy fan de las pastillas y prefería evitarlas si no eran estrictamente necesarias.

Gwen, comprada por la promesa de un masaje—algo a lo que nadie en la vida se puede negar nunca—se acostó y apoyó la cabeza sobre el regazo de Sam, quién puso en la televisión el canal de inicio, en donde había música tranquila de fondo mientras aparecían imágenes de diferentes series. Con esa música de fondo, llevó sus manos a la sien de su novia para darle un masaje en la cabeza con suavidad, para terminar acariciándole el pelo. No tuvo muy claro cuánto tiempo se pegó allí peinando sus pelo con los dedos de su mano, mientras la observaba, pero fue el suficiente como para que su mente recorriese muchas de las situaciones que habían vivido desde que volvían a estar juntas, sobre todo esas en donde una de las dos siempre apoyaba a la otra. Sam, en realidad, no recordaba en ese momento  aquellas situaciones en donde ella pudo apoyar a Gwendoline con 'algo', sino que para ella eran inolvidables las veces que Gwen estuvo ahí para ella cuando la necesitó, sosteniéndola cuando solo quería dejarse caer.

Y así, sin motivos aparentes más que sus propios pensamientos, tuvo la necesidad de decir algo.

—Te quiero —dijo después de un rato, sonriendo por haber roto aquel silencio tan zen. —No vaya a olvidarse... —añadió al final, igual de suave y tranquila que su primera afirmación.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Jul 17, 2019 1:20 am

A pesar de seguir sintiendo aquella necesidad de justicia para con los fugitivos que habían perecido en aquellos ataques, Gwendoline agradeció que Sam optara por dejar aquel asunto para otro momento: su cerebro no podría resistir una sesión de investigación como aquella, y dudaba mucho que estuviera en condiciones de ser productiva. Trabajar en aquel asunto con aquel dolor de cabeza prometía resultados catastróficos.

Sin oponer resistencia alguna, dejó caer la carpeta sobre el escritorio con una expresión de derrota en el rostro. Hasta sus movimientos eran cansados. Sin embargo, no pudo evitar sentirse culpable por tomar aquella decisión: dudaba que El Juguetero fuera a descansar solo porque a ella le doliera la cabeza.

Tuvo que hacer un esfuerzo para convencerse a sí misma de que no había nada que pudiera hacer, ni siquiera aunque pasara la noche en vela repasando hasta la última palabra anotada en los documentos que disponía: dudaba que pudieran descubrir algo en tan poco tiempo, y que de hacerlo se pudiera atrapar al objetivo tan rápido. Fue relativamente sencillo aceptar aquello, acostumbrada como estaba a pensar mal de sí misma en los últimos tiempos, pero un miedo irracional persistió.

¿Y si volvía a atacar esa noche? Deseó con todas sus fuerzas que aquello no sucediera.

—Está bien. Vamos.—Aceptó la oferta de su novia, aún consciente de que sería incapaz de quitarse el asunto de la cabeza. Estaría revoloteando dentro de su cabeza durante las horas siguientes como la obsesión que era para ella.

Su teoría probó ser cierta: por mucho que la carpeta descansara en aquellos momentos sobre el escritorio de su cuarto, y que Gwendoline estuviera sentada en el sofá con las piernas encogidas y el mando a distancia en la mano, lo único en que pensaba era el maldito Juguetero. Y así fue todo el tiempo que pasó con la única compañía de su gato, que iba tras ella a todas partes y descansaba sobre su regazo, esperando a su novia.

Sam hizo acto de presencia en el salón con una comitiva de boles de fruta levitando tras ella, y cuando le ofrecía el calmante para su dolor de cabeza y el vaso de agua, Gwendoline se preguntó si comprendería hasta qué punto le afectaba aquel asunto. No tenía intención de explicárselo ese día, por supuesto: ya había tenido suficiente de aquel tema. Sin embargo, seguramente ella ya se hacía una pequeña idea.

—He padecido suficientes dolores de cabeza en mi vida como para preferir que se pasen cuanto antes.—Respondió con un amago de sonrisa, sin pretender hacer alusión alguna a la época Hemsley. Se llevó la pastilla a la boca y la pasó con un largo trago de agua. Cuando hubo terminado, envió el vaso con magia en dirección al fregadero.—Oh, vamos. No hace falta...—Protestó débilmente ante la sugerencia de Sam. Y no insistió mucho: simplemente se tumbó, apoyando la cabeza en su regazo.

Durante los siguientes minutos, Gwendoline cerró los ojos y se dejó llevar por el masaje que su novia le aplicaba sobre las sienes. En un momento dado dicho masaje, quizás en combinación con la pastilla, comenzó a hacerle efecto: la invadió una especie de somnolencia que parecía adormecer su dolor de cabeza.

Incluso pudo olvidarse por un momento del asunto del Juguetero.

Habría permanecido así, quizás quedándose dormida en el proceso, de no haber sido porque escuchó la voz de Sam. Abrió los ojos justo para encontrarse con los de ella. Y a pesar de todo lo que había sucedido esa tarde, los labios de Gwendoline se curvaron en una sonrisa. Alargó una mano y acarició la mejilla de su hermosa novia, y recordó una vez más lo afortunada que era de tenerla en su vida.

—Nunca me olvido. ¿Tú te olvidas?—Ensanchó su sonrisa un poco más y, antes de volver a cerrar los ojos, declaró:—Te quiero más que a nada.


Martes 2 de julio, 2019 || Casa de Sam y Gwen, Bromley || 7:07 horas || Atuendo

Con los cuidados de Sam y la ayuda inestimable de la pastilla milagrosa, el dolor de cabeza de Gwendoline se había esfumado. El milagro ocurrió a eso de las diez de la noche, después de una cena consistente en restos de comida china de la noche anterior con una dosis de reposiciones de sitcoms que emitían en la BBC.

Habían charlado brevemente sobre trivialidades, en su mayor parte comentando lo que veían en pantalla, e incluso habían reído con algunos de los tontos chistes de aquellas series que Gwendoline recordaba de su infancia. Sin embargo, más pronto que tarde habían dejado de prestar atención a la programación para dedicársela la una a la otra.

No tardaron demasiado en entregarse a los besos de las dos enamoradas que eran, de la misma manera que no tardaron demasiado en llegar a la cama. Allí yacieron ambas, entregadas la una al cuerpo de la otra, bailando la danza del amor hasta bien entrada la madrugada.

Gwendoline despertó a la mañana siguiente antes que Sam, su obsesión llevándola a abrir los ojos momentos antes de que sonara el despertador.

No se movió de donde estaba, tendida en la cama con sus piernas enredadas en las de su novia. Sólo las cubría una sábana, ambas despeinadas, y una de las manos de Sam descansaba sobre su vientre. La buscó con la suya, acariciando suavemente los dedos de la persona más especial del mundo.

Acarició con la otra mano su cabello rubio, deseando que el mundo desapareciera al otro lado de la puerta del que era su refugio. Deseando poder, con un chasquido de dedos, solucionar todos y cada uno de los problemas actuales.

Era bonito soñar.

Moviendo con delicadeza el brazo de Sam y dejándolo sobre el colchón, sin intención alguna de despertarla, Gwendoline se levantó de la cama. Sus pies descalzos tocaron el frío suelo, y enseguida echó mano de la primera prenda de ropa que encontró: una blanca camiseta de manga larga que solía ponerse para estar cómoda en casa.

Fue al baño a satisfacer sus funciones corporales básicas, y a lavarse un poco la cara. Tenía que ir a trabajar, pero por algún motivo no tenía prisa alguna: el Ministerio había dejado de importarle como lo hacía antes de lo ocurrido con Zed Crowley.

Así que en lugar de ducharse y vestirse, para luego bajar a desayunar, optó por regresar al dormitorio. Pensó en volver a tumbarse junto a Sam, y en circunstancias normales seguro que lo habría hecho, pero en esos momentos de su vida la consumía una obsesión: el maldito Juguetero. La carpeta con documentación del caso seguía sobre el escritorio, allí donde la había dejado la tarde anterior.

La observó unos momentos y, tras pensarlo muy seriamente, separó la silla del escritorio y se sentó en ella, echando enseguida mano de la carpeta. No se sintió orgullosa de ello, pues sabía que aquella conducta no era para nada buena; de hecho, podría catalogarse perfectamente de tóxica.

Comenzó a repasar página a página, a la luz del flexo, cada uno de los documentos.

—Tiene que haber algo.—Murmuró para sí misma, quizás más alto de lo que pretendía.—Algo que se nos haya escapado...


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 23, 2019 8:00 pm, editado 1 vez
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Jul 23, 2019 1:22 am

Estaba soñando.

Era difícil que Sam soñase cosas decentes. Desgraciadamente hacía tiempo que se había acostumbrado a tener un sueño muy ligero, de éstos en donde o no sueñas nada, o sueñas cosas que suelen preocuparte camufladas de cosas aparentemente normales, haciéndote tener un descanso relativo; casi que parece que ni descansas. Desde hace mucho lo más habitual es que si soñaba, lo que soñasen fuesen pesadillas, pero hacía ya tiempo que no eran para nada recurrentes. A veces tenía, pero se debían a que en ese caso solía acostarse demasiado nerviosa o preocupada.

En este caso soñaba con la típica preocupación que decide camuflarse, en un intento de pasar desapercibido el hecho de que el Juguetero estaba ahí y que, tarde o temprano, tanto ella como Gwen iban a tener que meterse en ese tema.

Fue cuando el grifo del baño se abrió para que Gwen se lavase la cara, que en el sueño de Sam ella misma miró hacia arriba y vio como un chorro de agua le caía encima. No despertó asustada, sino incluso pasiva. Simplemente abrió los ojos con suavidad, escuchando el grifo del baño. Giró la cabeza hacia donde debería estar Gwen siendo consciente de que no iba a estar, más que por el ruido, por el hecho de que sentía frío por su lado. Volvió a cerrar los ojos, siendo bastante consciente de que no iba a poder recuperar el sueño.

Cuando escuchó a Gwen entrar de nuevo en la habitación pensó que se iba a volver a acostar si no cogía las cosas del armario para vestirse, pero no hizo ni una cosa ni la otra, sino que se sentó en el escritorio. En su mente se recreó perfectamente lo que estaba pasando pese a tener los ojos cerrados: el sonido de la silla, del flexo y de las hojas pasar hablaban por sí solas. Volvió a mirar cuando escuchó a Gwen hablar sola, aprovechando ese momento para tomar otra posición en la cama, de costado.

Sintió un poco de molestia al ver que lo primero que había hecho Gwen al despertarse era sentarse para ponerse con eso, pero también supo ver la clara evidencia: aquello parecía ser muy importante para ella, pese a que dicha importancia que le estaba dando podía ser hasta peligrosa y para nada sana. Sabía que tenía dos opciones: o seguir tomándose el tema con reticencia pese a que ya habían hablado las cosas, o implicarse para intentar llegar a un punto o solución lo más pronto posible y que lo dejase estar de una vez por todas. Y prefería optar por la segunda opción sólo porque veía cómo se estaba tomando ese tema y no le gustaba demasiado.

Así que miró el reloj de la mesita de noche, viendo que Gwen seguramente iba a llegar tarde a trabajar. Y no, no es que Sam quisiera incitarla a ir al Ministerio de Magia, con lo poco que le gustaba, pero sabía lo responsable que era su novia y que sin duda le vendría bien para que no le siguiese dando vueltas a ese asunto. Como empezase a obsesionarle iba a ser muchísimo peor porque ni iba a poder ver las cosas con claridad.

Se levantó de la cama y se acercó por detrás a Gwen, pasando suavemente sus manos por encima de sus hombros, abrazádola y medio-agachándose para acercar su rostro a un lateral de su cara.

—Vas a llegar tarde —le susurró, para entonces besar su mejilla dulcemente como besito de buenos días. —Y sabes que si llegas tarde a trabajar, me gusta llevarme el mérito… —Eso último, pese a la dulzura del beso, sonó incluso sugerente.

Se separó de ella y giró entonces la silla de ruedas, haciendo que Gwen dejase de mirar al escritorio para mirar a Sam, quién estaba completamente desnuda, con el cabello totalmente despeinado y todavía con cara de dormida, pese a que miraba a la morena con toda la 'seriedad' posible, la cual era muy poca. Se inclinó entonces hacia su pareja, poniendo sendas manos apoyadas en los posabrazos de la silla.

—O te metes en la cama conmigo o te vistes para ir trabajar, que son las siete de la mañana. No es hora de ponerse con eso y lo sabes, señorita. —No lo dijo severa ni antipática, sino incluso parecía una mami cómica. Ni le importó, ni le dio importancia al hecho de su desnudez, pues a día de hoy se sentía comodísima no solo consigo misma, sino frente a la persona que lo había conseguido. —Cuando almorcemos juntas hoy me cuentas todo lo del caso y nos ponemos con ello. Quizás contándome todo lo que ha ocurrido se te encienda la bombilla y podamos encontrar lo que creas que se ha escapado, ¿vale? —Y en ese momento tuvo que subir una de sus manos hacia su boca porque le había entrado repentinamente un gran bostezo.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Jul 23, 2019 8:32 pm

Apenas había tenido tiempo de mirar por encima un par de páginas antes de ser interrumpida por Sam. Había juzgado de manera errónea que su novia todavía dormía, y muy posiblemente había hablado más alto de lo que pretendía.

De hecho, ni siquiera había pretendido hablar: había pensado en voz alta.

Pronto sintió cómo los brazos de ella la envolvían—los sonidos que produjo al levantarse de la cama y acercarse ni siquiera los escuchó, tan concentrada como estaba en su lectura—, y su mente se descentró por completo. Las palabras redactadas en aquellas hojas de pergamino desaparecieron y fueron sustituidas por las de su novia, articuladas por su dulce voz.

Además, venían cargadas de realidad: si seguía con aquello, definitivamente llegaría tarde.

Cuando Sam giró la silla de Gwendoline, apartando incluso su mirada de aquella carpeta que, como mínimo, para ella debía ser una especie de representación demoníaca, la morena se encontró con el cuerpo desnudo de su novia iluminado por la escasa luz que producía el flexo del escritorio. Fue una imagen preciosa, y en otras circunstancias a Gwendoline le hubiera gustado fotografiarla así. No sería la primera vez, desde luego.

Ese pensamiento le causó una punzada de culpabilidad. Se sintió genuinamente mal ante el hecho de que aquel asunto tan feo como era El Juguetero influyera negativamente en su vida. No debería estar pensando en eso en aquellos momentos, sino en meterse en la cama con ella para disfrutar de la alegría que era tener la casa para ellas solas.

Procuró recordar esa sensación, y tenerla presente cuando se obsesionara con aquello.

—Lo siento.—Dijo finalmente, buscando la mirada de Sam.—Ya sé que no es el momento de hacer esto. Así que trato hecho...—Gwendoline alargó la mano en dirección a la carpeta y, sin mirarla, volvió a cerrarla. Para asegurarse de que seguía así, tomó un libro cercano—también sin mirar, pues se conocía de memoria la disposición de aquel escritorio—y lo acomodó sobre los documentos.—Nada de tratar este asunto hasta el almuerzo, prometido.

Dichas aquellas palabras, tomó la mano de la somnolienta Sam y se puso en pie. La atrajo entonces hacia sí en un abrazo; acto seguido, buscó su mejilla con los labios, y no tardó mucho en besarla en la boca. Fue un beso largo y apasionado, y Gwendoline estaba segura de que, de no haber gastado casi toda su libido hacía escasas unas horas, habría sentido inflamarse en su interior el fuego del amor.

Y quizás podría conseguir que se inflamase si insistía un poco, a pesar de todo, pero no era un buen momento… por desgracia.

—¿Qué te parece si nos damos una ducha y después desayunamos algo?—Le propuso, mirándola a los ojos con la mano izquierda apoyada con ternura sobre su mejilla derecha.—Pero esta vez, cuando te pida por favor que no me toque ‘ahí’—los ojos de Gwendoline bajaron una fracción de segundo, de manera significativa, en dirección a la zona concreta—, por mucho que veas que lo disfruto—matizó—, tienes que parar. O volveré a llegar tarde. Y será por tu culpa. ¿Te he contado que en mi trabajo no ven con muy buenos ojos que llegue tarde porque estaba acostándome con mi novia nacida de muggles?—Bromeó, sin poder evitarlo. A veces, hacían bromas de aquel tipo.

En realidad, Gwendoline no esperó a su respuesta, sino que tomó la mano de su novia y la condujo pasito a pasito en dirección a la ducha. ¿Y qué pasó por el camino? Que una Gwendoline muy coqueta y que no podía engañarse a sí misma se giró para mirarla por encima del hombro, mordiéndose suavemente el dedo índice y diciéndole con la mirada cosas que era incapaz de decirle con palabras.

¿Qué cosas? Bueno, eso queda entre ellas dos y lo sucedido en aquella ducha.

Unos quince minutos después, ambas estaban en la cocina, Gwendoline ya vestida para ir a trabajar. Había optado, en su caso, por un desayuno muy sencillo, consistente en tostadas con margarina y mermelada de melocotón, café y zumo de naranja natural. Se encontraba de pie frente a la cafetera eléctrica, cuya jarra se iba llenando lentamente con el café recién hecho.

Se estaba impacientando un poco, golpeteando suavemente la encimera con el fondo de su taza favorita—la de la tortuga, que Sam le había regalado en Hogwarts.

—Recuérdame la próxima vez que nos metamos en la ducha juntas por la mañana que debo poner el café a prepararse antes.—Sonó exasperada, pero enseguida añadió:—Esa ducha ha sido mejor que el café, vale… pero si no me tomo una taza antes de entrar a trabajar, a eso de las once me encontrarán dormida en mi escritorio.—Bromeó, escuchando el borboteo del líquido con gran impaciencia.

El momento tardó en llegar unos segundos más, y para Gwendoline fue como si pasasen horas. Nunca cambiaría: siempre pensaba que llegaba tarde. Y eso que todavía eran algo más de las siete y media, y le quedaba tiempo de sobra para llegar.

Ya con su taza llena, se giró hacia Sam mientras bebía un sorbo que le supo a gloria.

—¿Quieres pedir algo de comida? ¿O prefieres aventurarte con mi libro de cocina?—Bromeó. Intentaba no mencionar el tema que la obesionaba más allá de lo necesario. Ya habían discutido bastante al respecto.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jul 25, 2019 12:49 am

Tras aquella revitalizante ducha, Sam se había puesto su bata, se la había atado y había bajado las escaleras para intentar agilizar el proceso del desayuno y que su novia no pudiera quejarse de llegar tarde por haberle hecho ‘perder más tiempo del necesario’ en la ducha. Sin embargo, el café era sin duda una de las cosas más desesperantes del universo, sobre todo cuando veías salir por la boquilla el café de la manera más lenta posible. Sam en ese momento apostaba que hasta una carrera de cojos era más rápido. En el tiempo en el que el café salía por allí te daba tiempo de plantearte el origen del universo, el por qué de la existencia de los manatís y organizar tu agenda de la semana.

Eso sí, Sam entraba a las nueve a trabajar, por lo que no tenía prisa ninguna ese día. De hecho se encontraba con su zumo de naranja apoyada al marco de la puerta mientras observaba a Gwendoline con una sonrisa.

—Yo creo que deberíamos ducharnos siempre juntas... —propuso la idea reivindicativa, con una mirada traviesa. —Son todo ventajas: ahorramos en agua y te digo yo que vas a salir mucho más contenta porque yo me voy a encargar de ello.

¿Sabes ese momento en el que estás enamorada hasta límites en donde sólo tienes ganas de hacer que la otra persona disfrute y sea feliz? No solo en el ámbito sexual—que indudablemente también—sino de todas las maneras posibles. Ver feliz a la otra persona era un regalo y tener la posibilidad de ser el motivo de una sonrisa, tanto de felicidad como de placer, era algo que le encantaba, pues no había nada más bonito que ver a Gwen sonreír. Y teniendo en cuenta el punto en el que estaba su relación y el ‘reciente’ descubrimiento de que se entendían tan bien en la cama como fuera de ella, había sido un boom, al menos en la vida de Sam.

Así que ahí estaba, desnuda bajo aquella bata, mirando con dulzura a la impaciente de su novia porque creía que llegaría tarde al trabajo por culpa de la lentitud del café. ¿Era cosa suya o estaba super guapa con ese recogido y esa chaqueta de color mostaza?

—Compraré algo de camino a casa, que salgo a las cuatro de trabajar como tú. Te sorprenderé con algo muy rico para alimentar bien nuestros cerebros trabajadores. —Sabiendo el horario tan caótico que solía tener Sam, era normal que la pobre Gwendoline tuviera un cacao con sus horarios, los días que trabajaba y los que no, sobre todo porque los turnos solía cambiarlos para cuadrar o hacer favores, sobre todo con Santi. —Y chocolate, claro. —Y entonces alzó el dedo, para advertir frente a su mirada de: ‘tú siempre quieres chocolate, pedazo gorda’ —Por su actividad antioxidante tiene un impacto positivo en el funcionamiento cerebral y la memoria, así que nos viene perfecto para nuestro estudio. Hay que tener la mente activa. Y si yo tengo que SACRIFICARME en comer chocolate para un estudio más efectivo… —Se llevó la mano al pecho, sonriendo ampliamente porque ni ella misma era capaz de controlar la risa. —Tú sabes que yo me sacrifico por ti.

Así que cuando su novia terminó de tomarse el café y fue a por sus cosas para irse a trabajar, cuando pasó por al lado de Sam para salir de la cocina, ésta le dio de manera juguetona una palmadita en el culete.

—Ten un buen día. —Se acercó a ella para darle un fugaz besito en los labios, de despedida.


Casa de Sam & Gwen | 02/07/2019 | 15:39h | Atuendo (sin instrumento)

Se apareció en la casa justo en el rellano, pues por precaución siempre prefería aparecerse en esa zona de la casa pese a que podía hacerlo en cualquier lado. Lo hizo de manera apresurada, pues tenía muchísimo calor. Quizás en invierno podían llegar a tener unas temperaturas muy bajas, pero en verano aquello podía subir de manera totalmente inesperada y achicharrar a todo lo que se encontrase por el camino.

Ya de por sí en el trabajo se había muerto de calor y más todavía cuando empezó a caminar hacia el restaurante en el que iba a pedir la comida. Sam era una persona acostumbrada al frío, por lo que desde que suben las temperaturas un poco y no está en casita tranquilamente cogiendo sol, se agobiaba mucho.

—¿Gwen? ¿Estás en casa? —preguntó nada más llegar, caminando hacia la mesa de comedor en donde dejó las bolsas con la comida. Los gatos se subieron a las sillas para poder poner sus patitas sobre la mesa y oler lo que había en el interior: eran dos empanadas de champiñones con salsa de queso, patatas fritas para acompañar junto a guisantes y, como no, dos porciones de una tarta de chocolate con galleta de postre. Eran de una tienda que habían descubierto hace relativamente poco, barata y con cosas diferentes. —Hey, vosotros dos: bajaos de la mesa. —Zarandeó la mano como si estuviese espantando moscas. —Tenéis vuestra comida ahí. —Señaló a las cazuelas de comida que estaban bajo la escalera, cerca de su cama. Los gatos miraron la cazuela, para luego mirar a Sam.

Si en ese momento las miradas hablasen, los dos gatos estarían diciendo: "Humana, por favor, no nos vaciles con la comida que ese pienso es caca y esto huele a gloria bendita." Y Sam lo sabía. Claro que lo sabía.

Se quitó su chaqueta, dejándola sobre la silla del comedor y, al entrar en la cocina, vio que la puerta trasera estaba abierta y que Gwendoline observaba su huerto de especias.

—¡Mi florecilla, que se te enfría la comida! —Exclamó en voz alta desde el interior de la casa, abriendo la nevera para sacar la bebida con la que acompañar el almuerzo. —He ido al restaurante ese al que fuimos el otro día y he pedido lo que no nos pedimos pero queríamos pedirnos, ¿te acuerdas? Aquella empanadilla. Yo me quedé con las ganas. —Llevaba pensando en esa dichosa empanadilla desde entonces.

Llevó cubiertos y vaso para la mesa del comedor, sentándose entonces en el banco. Estaba cansadísima: entre que todos los estudiantes estaban ya prácticamente de vacaciones, se notaba muchísimo en las mañanas en el Juglar Irlandés. Eso y los turistas, claros. Tenía ganas de quitarse los zapatos y meter los pies en hielo.

—¿Qué tal el día? —preguntó, empezando a abrir envases.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Jul 26, 2019 12:02 am

Aún a pesar de su personalidad maniática, hasta el punto de que creía llegar tarde a todos lados en todo momento, Gwendoline no pudo evitar sonreír de una manera casi tímida ante el comentario de Sam sobre la ducha. Bajó incluso la mirada, un ligero rubor formándose en sus mejillas, para luego negar con la cabeza.

Sí, era cierto: había descubierto un montón de cosas sobre sí misma que desconocía desde que Sam y ella eran pareja, y todas ellas habían sido mágicas y maravillosas. Sin embargo, una pequeña parte de la antigua tímida e inocente Gwendoline seguía residiendo en su interior. Y se alegró de ello, pues no pocas habían sido las cosas que les habían ocurrido a ambas en los últimos tiempos que habrían podido exterminar a esa Gwendoline.

Se sentía agradecida, no sabía si con una entidad superior o consigo misma, pero así se sentía.

—Eres terrible.—Le dijo, levantando la mirada y llevándose la taza de café a los labios con extremo cuidado: la prisa hacía que aquel líquido marrón del demonio estuviera casi hirviendo.

Con la evidente intención de dejar pasar el mayor tiempo posible sin mencionar el asunto que había motivado la discusión entre ambas el día anterior, Gwendoline sugirió a Sam pedir algo de comida… o intentar aventurarse con su libro de cocina. Su cerebro, mecánicamente acostumbrado a que su novia trabajase por la tarde y ella por la mañana, asumió de manera involuntaria que la rubia pasaría el resto de su jornada laboral en casa, o como mucho paseando y haciendo compras.

Sobra decir que la alegró sobremanera darse cuenta de su equivocación.

—¡Es verdad! No me acordaba ya...—Dijo, esbozando una amplia sonrisa en la que mostró todos los dientes.—En ese caso, te...—Iba a matizar que le dejaba aquella tarea a ella, cuando Sam no sólo mencionó el chocolate, sino que además hizo una elaborada exposición de las ventajas del dulce para la tarea que tenían en mente.—¿Desde cuándo tienes tanta información sobre el chocolate? ¿Has estado leyendo páginas de wikipedia solo para poder abogar por las cosas que te gustan?—Le preguntó, burlona, soltando una leve carcajada a continuación.—No necesitas convencerme: tal y cómo le pegas a ese saco de boxeo últimamente, creo que quemas más calorías de las que consumes.—Y le dedicó un guiño cómplice.

Gwendoline se terminó ese café insoportablemente lento e hirviente como el infierno a base de pequeños sorbos, y cuando hubo terminado, enjuagó la taza en la pila de la cocina, dejándola boca abajo en el escurridor. Se remangó la chaqueta para mirar el reloj y, a pesar de que todavía tenía tiempo de sobra para llegar al trabajo, el estrés se arrastró por su interior en dirección a su cerebro y la hizo ponerse en marcha.

—Llego tarde.—Exageró Gwendoline mientras caminaba en dirección a la puerta, pasando junto a una Sam ataviada únicamente con una bata que, de regalo después de todo lo sucedido en la ducha, la obsequió con una palmada en el culo. Se detuvo, mirándola con una mirada falsamente ofendida, para luego recibir su beso.—Tú también. Te quiero.

Y sin mediar más palabra, Gwendoline se marchó, utilizando la aparición una vez se encontró en el recibidor.


Martes 2 de julio, 2019 || Casa de Sam y Gwen, Bromley || 15:39 horas || Atuendo (Sin chaqueta)

Siempre que tenía ocasión, Gwendoline salía antes de trabajar. Se decía a sí misma que había suficientes empleados en el departamento como para necesitar a la jefa de oficina por allí en todo momento. Evidentemente, únicamente lo hacía si no había demasiado trabajo o nada urgente que hacer, y por suerte para ella, aquel había sido un día de lo más tranquilo.

Un día tranquilo en el mundo mágico. Eso sí era una novedad.

Se apareció directamente en la cocina, dejando su bolso sobre uno de los taburetes. Con un movimiento de varita, se quitó la chaqueta y la envió levitando en dirección al perchero tras la puerta de entrada.

Fue recibida con un pequeño coro de maullidos orquestado por sus dos gatos, a los cuales saludó con amabilidad. Y antes de hacer nada, les sirvió un poco de pienso en sus respectivos comederos bajo la escalera. Durante todo el proceso, los dos animales la siguieron, y su interés por ella fue grande… hasta que asomaron sus narices a sus platos y descubrieron que lo que había allí no les interesaba mucho.

Por experiencia sabía que los animales solían ponerse a comer en cuanto descubrían que sus compañeros humanos no tenían nada mejor que ofrecerles, así que optó por dejarles allí mientras se decidían a comer.

Se dirigió al huerto únicamente por costumbre, echando un vistazo a sus plantas. Echó un vistazo por encima de éstas para asegurarse de que ningún vecino estaba mirando, y una vez se aseguró, utilizó su varita y un sencillo hechizo de agua para regar cada planta.

Allí la sorprendió Sam, quien había llegado con música para sus oídos: comida.

—¡Comida! Eso es música para mis oídos.—A veces, una no podía más que decir lo que se le pasaba por la cabeza en ese momento.—Te juro que preferiría empezar mi jornada a las seis de la madrugada o, al menos, tener media hora para comer. ¡Me muero de hambre!—Caminó junto a su novia en dirección a la cocina, cerrando la puerta tras ellas, mientras ella le explicaba de dónde venía la comida.—Claro que me acuerdo: ¿cómo quieres que me olvide de uno de los lugares con mejor relación calidad-precio en los que hemos comido?—Desde que vivían juntas en aquella casa… bueno, habían aprendido el significado de la palabra ‘gastos’, haciendo que la palabra ‘barato’ fuera también música para sus oídos.

Se sentaron a la mesa de la cocina y, mientras Sam desenvolvía los paquetes de comida, Gwendoline la observaba inquieta. Se podría establecer un buen paralelismo entre esa escena y la que Sam había vivido con los gatos nada más llegar a casa.

—Largo. Mucho. Me he aburrido como una ostra.—Confesó sin ningún tipo de pudor, sus ojos fijos en la empanadilla que Sam estaba desenvolviendo. Alargó ambas manos en esa dirección, moviendo los dedos con ansias de alcanzar aquel manjar de los dioses.—¡Dame, dame!—Exclamó, tomando la comida de las manos de Sam sin delicadeza alguna. Y sin delicadeza alguna ni cubiertos, Gwendoline le asestó el primer bocado, que le supo a gloria.—¡Grafiaf Merfin!—Dijo con la boca llena. Había querido decir “Gracias, Merlín”, un personaje histórico de su mundo al que no solía darle las gracias a menudo.—Perdón. Estoy hambrienta. ¿Cómo ha ido el tuyo?—Añadió, una vez hubo tragado el primer bocado, y no esperó mucho tiempo antes de asestar el siguiente.

A pesar de lo sucedido el día anterior, y de que el tema del Juguetero seguía rondándole la cabeza, Gwendoline pudo dar gracias por aquellos momentos: la cotidianidad y la comida eran bálsamos naturales que calmaban su obsesión.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Jul 27, 2019 3:41 am

No tardaron nada en sentarse en la mesa del comedor para empezar a abrir los envases de comida, pues las dos estaban hambrientas. Fue la legeremante quien sacó la primera empanadilla, tendiéndosela a su novia que no paraba de pedirla como una niña pequeña que desespera por el postre, pero no importaba porque ahí estaba Sam siempre para cumplir todos sus caprichos. La rubia sonrió al verla comer con tantas ganas, para entonces abrir las patatas fritas, dejarla en medio de las dos y comenzar a sacar su propia empanadilla de su envase.

No le sorprendía que el día de Gwendoline fuese aburrido, pues rara vez venía con una sensación diferente de un día en el Ministerio de Magia. ¿Y sabes qué? Ya se lo había dicho muchas veces, pero Sam era feliz de que las cosas en su trabajo fuesen así de aburridas: eso quería decir que no se metía en problemas, ni los problemas se metían en el ministerio. Y quién sabe, quizás algún día dijese: "Jo, que aburrido es mi trabajo, voy a dejarlo." Soñar es gratis, ¿no?

—Mi día bien: cansado, pero como siempre —le respondió. —¿Te acuerdas que te dije que Erika y Alfred habían contratado a una nueva persona y que gracias a eso QUIZÁS se portan bien conmigo y me ponen turno de mañana todo lo posible? Bueno, eso del turno aún no está confirmado, pero al menos ya he conocido a la muchacha nueva. —Sam siempre se quejaba porque casi parecía que la nueva persona era incompatible con sus horarios, pues no había coincidido con ella ninguna de las veces y precisamente ayer había librado. —He llegado a la conclusión de que Erika y Alfred están intentando coleccionar personas de otros países o algo. Ya tiene un español, un griego, una supuesta alemana… y ahora tiene a una italiana. Se le entiende menos que a Santi en un principio, pero al menos su acento es más bonito. —Eso era una crítica a Santi, claramente, aunque le concedía el honor de haber sido un buen alumno, aunque todavía su manera de expresarse fuese nefasta. Al menos era lo que él decía: mientras todos le entendiesen… a él le daba igual hablar como un idiota. —Se llama Otavia. Es simpática. Un día en el que Alfred me profese abiertamente su odio y me vuelva a decir que vaya por la tarde, te pasas y te la presento.

En realidad no sabía si era simpática cien por cien real, pero al menos era lo que le había sugerido el primer día en el que habían coincidido en el trabajo. Sam había hecho de ‘mentora’ ese día, pues Otavia solo había trabajado dos días anteriormente y en compañía del mentor de Santi, por lo que podéis imaginaros qué locura había sido esa. Santi podía ser muy serio a veces, pero no en el trabajo. Sam de verdad pensaba que el gobierno debía de dar algún tipo de ayuda a los negocios por contratar gente de otros países o algo. Eso, o definitivamente la familia Davies odiaba a los británicos y no querían darle dinero a ninguno.

Después de contarle las nuevas en el trabajo, terminó de sacar su empanadilla y fue cuando la mordió, notando como el queso todavía estaba caliente y, fundido, era prácticamente el sabor principal de aquello en su boca. Una cosa estaba clara: jamás en su vida podría llegar a ser vegana. El queso y el chocolate eran sin duda indispensables en su dieta y era de las cosas que más adoraba. Todo con queso era mejor y el chocolate pues... era su segundo amor. Bueno, su tercero: Don Cerdito ocupaba una gran parte de su corazón. Don Gato no tanto, pero también estaba ahí.

—¡Oye! ¡Está más bueno de lo que me esperaba! —dijo con la boca llena, con confianza, pero poniéndose una de sus manos por delante. —Eso o tengo muchísima hambre. Creo que deberíamos darle una oportunidad a todo lo vegetariano de la carta de ese sitio. —Porque tal y cómo había dicho Gwen, era un lugar perfecto para gente pobre como ellas y que parecía tener bastante buena crítica.

Masticó con tranquilidad, para tomar también un par de patatas fritas del envase para compartir y llevárselas a la boca. La empanadilla estaba muy sabrosa, por lo que comió un par de trozos más antes de beber un poco de líquido para hacer una pausa y no atiborrarse a comer como una gorda, que luego le sentaba mal. Además, siempre le pasaba: cuando comía rápido comía de más y terminaba en el sofá con una barriga de tres meses de embarazo, mientras que si comía pausadamente no se llenaba tanto y no terminaba media moribunda frente al televisor.

No se le había olvidado que habían quedado de hablar del famoso Juguetero en la comida, pues le había estado dando vueltas al tema en el trabajo. Ella no sabía nada del caso, pero inevitablemente una le da vueltas al asunto cuando sabe que es algo peligroso en lo que meter las narices a corto plazo. Y se había prometido mostrarse interesada, pues después de la discusión no quería que fuese un tema incómodo ni que Gwendoline pensase que hacía eso a desgana. Pues en realidad no era desgana, sencillamente que el tema no le gustaba, pero ganas de ayudar a su novia sí que tenía. Era complicado de explicar y lo mismo se podía malentender...

—A ver, Gwen, yo creo que deberías respirar entre bocado y bocado, ¿eh? —Se metió con ella y con cómo estaba devorando aquella empanadilla. —No me seas gordi que te lo vas a terminar y luego me vas a decir que te dio pena comértelo tan pronto de lo bueno que estaba. —Y le arrastró las patatas fritas en su dirección. —Come patatas que si no me las como todas yo.

Dejó su comida sobre el envase para coger la botella de zumo de melocotón y echarse en el vaso, ofreciéndole a Gwendoline echarle también en el suyo. Mientras los rellenaba, miró a la morena.

—¿Me haces una introducción del tema del Juguetero antes de meternos con la cosa seria? Recuerdo que me lo contaste por encima la primera vez que me hablaste de ello, pero apenas me distes detalles. —Lo cual era lógico teniendo en cuenta que Sam no iba a hacer nada ahí y esos eran temas de la Orden del Fénix.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Jul 27, 2019 2:14 pm

Quien la viera en aquellos momentos, primero pidiendo la comida con la desesperación de una niña pequeña la mañana de Navidad, y luego asestando a la empanadilla bocados más propios de un león en la Sabana, pensaría que Gwendoline Edevane llevaba una semana sin comer. Y quizás no fuera tanto tiempo, pero esa mañana se le había hecho muy cuesta arriba: no recordaba una tan larga y aburrida desde que había regresado de sus vacaciones involuntarias, cortesía de Zed Crowley.

No dio demasiados detalles del tedio que había sido su mañana, consistente casi en exclusiva en informes y conversaciones insustanciales acerca de incidentes mágicos sin demasiada relevancia. Nada de lo sucedido esa mañana le pareció lo bastante relevante como para mencionarlo, siquiera.

Sam, en cambio, sí le habló de su trabajo, un lugar indudablemente más amigable que el Ministerio de Magia.

No pudo evitar sentirse un poco sosa: mientras su novia le ofrecía una elaborada explicación de lo que había sido su jornada laboral, ella simplemente desestimaba la suya por ser aburrida y larga. No es como que creyese que a Sam le interesaran las historias procedentes del Ministerio de Magia, teniendo en cuenta que la mayoría de personas que trabajaban entre sus cuatro paredes eran sus enemigos, pero se dijo a sí misma que, quizás, si su novia preguntaba era porque quería saber algo más de lo que le contaba.

Tomó nota de ello, para el futuro.

—¿Otavia?—Frunció el ceño con cierto desagrado.—No sabía que ese nombre tenía una variante sin ce antes de la te, pero confieso que jamás me ha gustado: me recuerda a un emperador romano o algo así. O al malo de Spiderman.—Se refería a Otto Octavius, o mejor dicho, Doctor Octopus. Sí, Gwendoline había visto esas horribles películas protagonizadas por Tobey Maguire.—En fin, no importa. Perdón.—Se disculpó por perderse en pequeños detalles, cuando el asunto a tratar era otro.—Intentaré no ser mala con ella cuando me la presentes, y no meterme con ella por su nombre.—Bromeó, pues las dos sabían que Gwendoline Edevane era incapaz de semejante tipo de trato hacia nadie.—Se lo debo, si es la persona que va a conseguir que tengas un turno de mañana casi continuo.

Mientras comía, seguía preguntándose si tal vez debería dar algún detalle de su día, alguna conversación insustancial que hubiera tenido o alguna anécdota graciosa con alguien que no fuera un purista. Que había gente simpática en el Ministerio… aunque se contaran con los dedos de una mano, claro.

Lo triste de todo es que se dio cuenta… de que no había nada de esas características en el resumen de su jornada: papeleo, conversaciones insustanciales sobre incidentes mágicos, y tedio, mucho tedio…

Creo que empiezo a odiar ese sitio, se dijo a sí misma, dando un nuevo bocado a la empanadilla.

Por lo visto, Gwendoline no era la única que disfrutaba con aquel manjar de dioses. Quizás tuviera algo que ver que ambas estuvieran hambrientas, eso desde luego. Sin embargo, aquella empanadilla, elaborada con productos mayormente vegetales y con queso, tenía muchísimo sabor. La prueba viviente de que la cocina vegetariana solo era aburrida si quien la preparaba no tenía imaginación, creatividad ni maña en la cocina.

—Estoy de acuerdo.—En realidad, primero había dicho esas tres palabras con la boca llena y, una vez más, había tenido que repetirlas después de tragar.—Mi sueño es conseguir que la comida vegetariana me quede así.

La comida continuó, Gwendoline se dio cuenta, sin mencionar el tema de la discordia del día anterior. Y si bien su obsesión seguía muy presente en su interior, aquellos momentos la atenuaban. Y no sólo eso: se dio cuenta de que ella misma no se atrevía a sacar el tema. Y es que quizás, durante la discusión del día anterior, había sacado lo más fuerte de su personalidad, pero no por ello ahora se sentiría cómoda con cada decisión que tomase, le gustara a su novia o no. La discusión había sido desagradable, especialmente en el momento en que se había puesto tan a la defensiva que había empezado a ver a Sam como su enemiga.

Era lógico que prefiriera no hablar de ello, y así lo hizo.

—Ya habrá tiempo para respirar después.—Respondió mientras alargaba la mano para coger un par de patatas fritas con los mismos dedos, llevándoselas a la boca.

Y fue mientras masticaba estas patatas que Sam sacó el tema del Juguetero. Gwendoline, pese a todo, no se lo esperaba, y por un momento se quedó en silencio, sorprendida. Hizo un esfuerzo por recomponerse y, dejando su empanadilla sobre el plato, alcanzó una servilleta para limpiarse la grasa de dedos y boca. Bebió un poco de agua para pasar la comida y, sólo entonces, habló.

—Es un asunto un tanto largo de explicar.—Comenzó, haciendo la servilleta una pelota que dejó en el plato, junto a lo poco que quedaba de su empanadilla. Entonces, apoyó ambas manos sobre la mesa.—Como ya sabes, han tenido lugar dos ataques que se le han atribuido a esta persona. Mismo modus operandi: utiliza objetos mágicos como arma. El primer ataque, en una vivienda de Notting Hill, lo perpetró utilizando una serie de snitches doradas que hicieron explosión y redujeron la casa a escombros; el segundo, en un bar que ofrecía refugio a fugitivos en Covent Garden, lo hizo con la ayuda de juguetes infantiles. Por eso le llaman El Juguetero.—Gwendoline dijo todo esto con seriedad e inexpresividad, como si estuviera leyéndolo todo de un papel; su mirada permanecía ausente.—Ayer no te lo dije, pero me parece importante matizarlo: este tipo no está trabajando con el Ministerio de Magia, ni con cazarrecompensas ni nada por el estilo. Nadie le conoce, ni tiene una mínima idea de quién es. Hay ideas en el aire, por supuesto, pero no lo saben. Y si te estás preguntando cómo estoy tan segura, pues se debe a que ellos también le buscan: sus ataques no han sido lo que se dice discretos, y cada vez que se ha producido uno, ha supuesto un grave riesgo de exposición del mundo mágico.

A Gwendoline le hubiera gustado poder regodearse en el miedo que el Ministerio tenía al Juguetero, pero no podía: esa persona, fuera quien fuera, estaba asesinando indiscriminadamente a fugitivos. ¿Y lo peor de todo? Tenía que tener algún tipo de información privilegiada, pues de otra manera resultaría imposible que averiguara las direcciones de esos refugios.

—Dos personas de la Orden del Fénix, Xenobia Myerscough y Danielle Mawell, fueron las primeras en ver el escenario de la primera masacre. Estoy compartiendo información con ellas, y llegado el caso de tener que hacer algo arriesgado, Myerscough se ha ofrecido voluntaria.—Aquello no le hacía demasiada gracia, pues era casi como escudarse tras una pobre fugitiva que ya lo había perdido prácticamente todo. Sin embargo, quizás, calmaría a Sam un poco.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Jul 29, 2019 10:22 pm

—Es la variante italiana —le respondió a su novia el detalle con respecto al nombre. Ella lo había conocido anteriormente y le parecía mucho más mono que el conocido Octavia, con la ce en mitad del nombre, aunque seguramente sólo fuese porque le parecía más especial por lo poco que lo había visto. —Seguro que te cae bien, es muy agradable. Y no le pregunté, pero debe de ser de nuestra edad, así a ojo.

En realidad cualquiera que conociera un poquito a Sam sabía que era horrible estimando edades, por lo que Otavia lo mismo podía tener veinticinco años como Santi, o tirar hasta los treinta y tres. Ya le preguntaría.

Lo más guay de todo eso era que había altas probabilidades de que los turnos se estableciesen por fin para siempre y ahora mismo Sam estaba bastante contenta con eso, pues esperaba que las cosas saliesen bien. Después de todo este tiempo pidiéndoles por favor un horario fijo de mañana, sería de mal gusto que se lo diesen a algún otro empleado que no lo había pedido tanto como ella, o a Santi, que literalmente le daba igual todo. Se enfadaría mucho si eso pasase y la verdad es que ya había pensado en la posibilidad de buscar otra cosa en la que viniese ya pactado un horario fijo con el contrato, pero si no lo había hecho era sencillamente porque adoraba a los Davies y a todo lo que rodeaba el Juglar Irlandés.

Después de hablar de sus respectivos días y, como de costumbre, ser Sam quién solía contar anécdotas o situaciones un poquito más elaboradas, cuando la legeramente sacó el tema en mitad del almuerzo. Era consciente de que sacar el tema podía llegar a ser un poco incómodo teniendo en cuenta el desagradable momento de ayer, pero había decidido intentar hacerlo lo más natural posible y mostrarse interesada. Que ojo, interesada estaba ahora que todo se había tornado de ese lado, pero la verdad es que preferiría no tener que meterse en el tema, ni que Gwen tampoco lo hiciera.

Pero si su novia se quiere meter en movidas peligrosas, Sam se mete de cabeza también si era necesario.

—Tenemos tiempo —le respondió en su pausa a que era un asunto largo de explicar, para entonces masticar ella varios trozos de su empanadilla mientras la escuchaba.

Todo iba bien, hasta que mencionó un detallito que ayer no había dicho: que el Ministerio de Magia también estaba yendo detrás de él. En ese momento varias alertas despertaron en la cabeza de Sam y no entendía cómo es que Gwendoline, después de todo lo que sabía del Juguetero y todos lo que le persiguen, seguía queriendo meterse en el ojo del huracán. Si el Ministerio de Magia estaba detrás del asesino, ¿qué necesidad había de meterse también en su búsqueda y captura? Gwen estaba jugando a estar por encima de la entidad más poderosa ahora mismo en Inglaterra y cualquier descuido en el que se pudiera evidenciar que está buscando información del Juguetero, totalmente independiente al Ministerio de Magia, podría ser sospechoso.

Le otorgó el beneficio de la duda y no dijo nada por el momento sólo para saber cómo terminaba de contarle todo.

Reconoció el nombre de Xenobia Myerscough por los carteles de ‘Se Busca’ de hace años, pues era un nombre complejo como para ser olvidado, además de que se había vuelto fugitiva relativamente pronto después del cambio de gobierno, cuando Sam parecía estar obsesionada con las caras que aparecían en los carteles de ‘Se Busca’.

Por suerte, dentro de lo que había dicho, le gustó escuchar lo de que Myerscough se había ofrecido como voluntaria para hacer cualquier cosa peligrosa. De hecho le pareció hasta correcto, pues ella misma preferiría hacer cualquier cosa por Gwendoline si esa cosa podía poner en peligro su vida o, siendo menos dramáticos, su identidad.

Se limpió con una servilleta los labios antes de hablar:

—Recuerdo haber visto a la tal Xenobia en los carteles de ‘Se busca’. Es reconfortante recordar esos carteles de hace años y ver que los que te acompañaban en el muro también han conseguido sobrevivir —confesó eso como sensación personal. Claramente no conocía a esa mujer, pero le deseaba lo mejor a todos los fugitivos.

Bebió un poco de su vaso y arrugó entonces el ceño.

—Y… supongo que ya lo has sopesado pero… ¿si el Ministerio de Magia también está detrás del Juguetero no crees que meterte en medio puede ser un problema? Es decir, eres desmemorizadora, no auror… Vale que muchas veces puedas cooperar con el departamento de seguridad mágica para muchísimas cosas, pero no eres investigadora. ¿Y si te pillan tratando con este tema, o en mitad de algo que te relacione con él? —preguntó, preocupada. Cualquier sospecha pequeña podía dar lugar a un estudio intensivo, que era lo que realmente le preocupaba. —Odio el Ministerio de Magia, pero siempre ha sido el organismo más poderoso. ¿No crees que es mejor que se encarguen ellos? ¿O que en vez de trabajar de manera ‘aparentemente individual’ en busca de un enemigo que en teoría no te ha hecho nada personal, parezca que estás trabajando para ellos?

Se llevó una de las manos a cara, golpeteando suavemente la punta de su nariz con el dedo índice, para entonces soltar aire y sonreír.

—Sí, básicamente te digo si no es mejor idea tratar este tema a favor del Ministerio de Magia en vez de a favor de la Orden del Fénix. Básicamente porque estando del lado de ‘los malos’ te va a ser más fácil evitar problemas con ellos. Y porque pasarás más desapercibida que yendo de incógnito. Si el Juguetero está tan enfadado con los fugitivos, también lo estará con las personas que ayuden a los fugitivos y… —Bueno, se entendía, ¿no? No quería ponerse intensita ni dramática, pero básicamente no quería que cualquier mínimo error fuese garrafal y no se pudiese dar un paso atrás.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Jul 29, 2019 11:56 pm

Utilizando una de esas expresiones coloquiales y tan extendidas en la actualidad, la información que había dispensado a su novia era la punta del iceberg, un resumen apresurado de todo lo que se escondía bajo la superficie.

Había mucha más información de la que parecía en un principio, y toda esa información había permitido al Departamento de Seguridad Mágica elaborar una suerte de perfil psicológico de la persona que estaban buscando. Aquello sí que era interesante de leer… siempre y cuando una se olvidara de lo que el sujeto en cuestión había hecho y, con toda seguridad, tenía intención de seguir haciendo.

Gwendoline asintió con la cabeza, casi de manera mecánica, ante lo que Sam dijo sobre Xenobia Myerscough. Sin embargo, su mirada permanecía ausente, preguntándose si la bruja americana opinaría lo mismo que Sam: el que más y el que menos sabía que los residentes de la zona segura habían sufrido el mazazo del Ministerio de Magia, en mayor o menor medida, pero lo que Myerscough había sufrido no se lo deseaba a nadie. Le habían contado historias y… tenía suerte de seguir con vida.

De nuevo, Gwendoline se preguntó si la bruja se consideraría afortunada.

—Sí, es una suerte que haya podido sobrevivir tanto tiempo.—Le dijo con una leve sonrisa, sin demasiado entusiasmo. Con suerte, Sam pensaría que dicha sonrisa cansada era fruto del tema que hablaban.

Como no era estúpida, como nunca había sido estúpida, ya había anticipado la pregunta de Sam: ¿por qué no dejaba que el Ministerio de Magia se encargara de atrapar al Juguetero?

Buena pregunta, con una buena respuesta.

No obstante, antes de responder, dejó que su novia terminara, asintiendo brevemente con la cabeza mientras la escuchaba. Entendía lo que quería decir, entendía sus preocupaciones, y por ese mismo motivo, ella misma las había tenido todas en cuenta. Quizás hubiera sido buena idea decirle todo aquello el día anterior, después de la discusión, pero precisamente la discusión había sido agotadora, y lo único que quería era dejar el tema.

Ahora tenía la oportunidad de hablar las cosas con claridad.

—Entiendo tus preocupaciones.—Le aseguró, mirándola a los ojos con toda seriedad, sin un atisbo de duda.—Y no voy a ser tan ingenua como para decirte que no hay ningún riesgo, que todo esto puede hacerse de una manera en que no correré peligro alguno. Evidentemente, siempre hay peligro, y más cuando se trata con mortífagos.

Dejó escapar aire lentamente entre sus labios, poniéndose en pie. Sin decirle nada a Sam, se desapareció allí mismo, y apenas un par de segundos después volvió a aparecerse en el mismo punto. Para entonces, llevaba consigo la carpeta de la discordia, esa que había dejado bajo un libro por la mañana.

Tomó asiento junto a Sam, hizo a un lado lo que había sobre la mesa y colocó la carpeta allí. Con un simple movimiento de varita, ésta se abrió y los papeles revolotearon ante ellas unos segundos, antes de volver a colocarse ordenadamente sobre la carpeta. La primera página que aparecía ante ellas era un informe, sin ningún tipo de fotografía que pudiera arruinarles la comida, sobre el primer incidente: el de la snitch dorada.

Gwendoline señaló su propia firma bajo el informe, que era uno de los de su departamento.

—Actualmente, mi departamento ya está metido en el asunto: hemos tenido que encargarnos de las consecuencias de estos ataques a nivel del mundo muggle. Este informe explica, básicamente, lo ocurrido y lo que se hizo después para minimizar daños. No lo elaboré yo, pero sí lo validé y lo firmé antes de enviar una copia a la Ministra.—La mención a Abigail, inevitablemente, la llevó a recordar el incidente del año anterior, en que literalmente la habían tenido prisionera y se les había escapado.—Si te preocupa que sospechen de mí por husmear en el asunto, no te preocupes: actualmente tengo derecho a hacer preguntas sobre el asunto.

Con un nuevo movimiento de varita, Gwendoline cerró la carpeta, dejando acto seguido la varita sobre ésta. Ya echarían un vistazo a todo eso más tarde, cuando hubieran dejado claras las bases.

—No creí que hiciera falta explicar ese detalle, pero… mi intención siempre ha sido utilizar mi puesto dentro del Ministerio de Magia para sacar toda la información posible y entregársela a la Orden, a quienes pueden hacer algo útil con ella. También pretendía entregarles todo lo que pudiera conseguir como fruto de mis investigaciones personales, pero nunca he tenido intención de unirme a un grupo de fugitivos para patear las calles y hacer preguntas acerca del Juguetero.—Si Sam había pensado eso, lo había entendido todo mal. Porque quizás fuera inconsciente a veces, pero incluso dentro de su inconsciencia, Gwendoline era perfectamente capaz de razonar las cosas.—Y sí, puede parecer mucho más fácil dejar que el Ministerio de Magia atrape a este tipo, pero… No, no podemos permitirnos eso.—Gwendoline negó con la cabeza, quizás, de manera demasiado dramática, sin dejar de mirar a Sam a los ojos.—A la Orden del Fénix le preocupan principalmente tres factores: el primero, el tipo de magia que está utilizando, y que de alguna forma el Ministerio podría aprovechar para acabar con más fugitivos; el segundo, el hecho de que, posiblemente, esta persona no sería castigada de manera ejemplar por el Ministerio, y posiblemente acabaría haciendo un trato para seguir en libertad… y seguir matando fugitivos; y el tercero, y más importante… que sospechan que es una persona que es o ha sido allegada a la Orden del Fénix u otros grupos de fugitivos, pues ni siquiera el Ministerio de Magia contaba con la información que conocía él.

Que alguien así, alguien con suficientes conocimientos sobre grupos de fugitivos y el paradero de muchos de ellos, cayera en manos del Ministerio, sería un problema. Le sacarían toda la información posible y, quizás, el tipo saldría en libertad, convertido en un nuevo colaborador, en un nuevo peligro.

Aquello sería la perdición para la Orden.

—No podemos dejar que le atrapen ellos...—Insistió, pues era importante remarcarlo.

También debían asegurarse de atraparlo y borrar todo rastro de él. De que el Juguetero “desapareciese”, pues si el Ministerio se acercaba demasiado, con información privilegiada, y le arrebataban de las manos a su presa, no tardarían en sospechar que tenían un topo en su plantilla.

Y Gwendoline era uno de esos topos.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Jul 30, 2019 2:21 am

Ni Gwen iba a ser tan ingenua para decirle que no había riesgos y lo tenía todo controlado, ni Sam tan estúpida como para creerse algo así… es decir: hasta salir a la calle, sencillamente cogidas de la mano, ya entrañaba riesgos para sus vidas. Estaba claro que meterse de lleno en un asunto así, iba a traer con ellos más peligros de los esperados.

La legeremante se limitó a comerse su empanadilla mientras la morena le respondía a sus preocupaciones. Por una parte Gwendoline tenía ‘carta verde’ en inmiscuirse en los temas del Juguetero… lo cual estaba bien. Lo siguiente que dijo le sorprendió: sí, la verdad es que se pensaba que su novia tenía intención de preguntar fuera del Ministerio de Magia—vete tú a saber dónde—por el Juguetero. Evidentemente no preguntas directas hacia él, sobre su identidad o paradero, sino cosas que pudieran relacionarse y que pudieran ser añadidos a las evidencias en lo que ya tenía.

Decidió dejar esa pequeña duda para después, para poder escuchar la enumeración de los tres principales factores: tipo de magia, retenerlo para poder tener un trato ‘justo’ con él y, por último, salvaguardar todo lo que podía saber sobre la Orden del Fénix o los grupos de fugitivos que van de manera independiente. Debía de admitir que le resultó hasta chocante que Gwendoline utilizase ‘no sería castigado de manera ejemplar por el Ministerio’ como factor en contra. Entendía perfectamente lo que había dicho, pero teniendo en cuenta la crueldad que ahora mismo reinaba allí dentro… le parecía hasta un chiste. Tampoco sabía qué tipo de políticas se iba a gastar la Orden del Fénix con el Juguetero de tenerlo delante, pero tal y como ha hecho todo, uno pensaría que muchos de los de la Orden del Fénix optarían por matar a ese tipo, en venganza por todas las vidas que se ha cobrado. Quizás era ese el castigo que se merecía, después de todo.

—Vale… —En ese momento sólo podía pensar: “¡¿En qué momento nos metimos en esto?! ¿Por qué no estamos viendo Friends tranquilamente?” Pero como buena profesional apartó esos pensamientos desmotivantes y decidió enfocarse en lo importante.

Dejó la parte final de la empanadilla sobre el envase, para entonces limitarse a tomar de una en una varias patatas, mojándolas en el ali-oli que habían echado a un lado. Que por cierto, Sam odiaba que le echasen ali-oli directamente a las patatas, sino que le gustaba que le diesen un pequeño bol aparte en el que mojar al gusto. Era terrible esa dichosa patata embadurnada de ali-oli hasta el alma que era imposible de coger con los deditos sin mancharse.

—Siempre me has dicho que tu papel en la Orden del Fénix es ese: utilizar tus privilegios para darle información útil a ellos. Hasta ahí todo bien; eso lo sabía, me lo dijiste ayer. Pero claro, también me dijiste que creías que podías hacer más. —Estaba hablando todo lo claro que podía, sin desviarse en ningún sentido. Sabía que lo que decía, dicho de la mal manera, podía sonar mal, por lo que estaba hablando bastante neutral y tranquila. —Si lo que haces normalmente ya lo estás haciendo y no tienes intención de salir a la calle a hacer preguntas sobre el Juguetero, ¿cuál es tu plan exactamente?

Que sí, que quizás la discusión de ayer podría de haberse evitado con una buena explicación, pero es que la información había llegado demasiado rápido, Sam se había enfadado por pensar erróneamente—o eso creía ahora mismo—y todavía no tenía para nada claro cuáles eran las intenciones de Gwendoline con todo este tema.

—¿Tu papel se va a desarrollar básicamente en el Ministerio de Magia, intentando aprovecharte de los pasos que den para utilizarlos a tu favor? —Tomó otra patata. En verdad menos mal que estaban teniendo esa conversación acompañada de comida, la comida siempre amansa a las fieras. Siempre que quisiera decir algo de manera fea porque no estaba de acuerdo, se metería una patata en la boca para callarse.

Y no había terminado, tenía una duda más, así que levantó el dedo índice antes de que Gwendoline fuese a hablar para que se mantuviese callada un momentito más, porque jo, no sé si os ha pasado, pero odiaba con todo su ser que se le olvidasen las cosas y sabía perfectamente que si no lo decía en ese momento, se le iba a terminar yendo de la cabeza.

—Espera, que si no me olvido de lo que voy a decir. —Se excusó, con una pequeña sonrisa. —Si se sabe que los dos ataques han sido por snitch y por juguetes infantiles… ¿no han quedado rastros de ellos? ¿Han explotado o algo así? Quizás con un estudio se pueda averiguar qué tipo de magia utiliza, más que nada para proteger a los grupos de fugitivos de futuros ataques. —Sabía poco—más bien nada—de eso, por lo que estaba hablando totalmente desde la ignorancia. —O al menos minimizar los daños para que puedan huir si algo vuelve a ocurrir.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Jul 30, 2019 2:59 pm

¿Su plan? ¿Cuál era su plan?

Esa tenía que ser precisamente una de las preguntas más complicadas que podían hacerle a Gwendoline en aquellos momentos. ¿Cuál era su plan?

Creía que esa parte había quedado bastante clara la tarde anterior, durante la discusión: no se creía superior a nadie en ningún sentido, y actualmente, salvo la información que recibía su departamente, pocos privilegios tenía sobre el caso.

Entonces… ¿por qué quería ayudar? ¿Tenía siquiera un plan? La respuesta era… no, no tenía uno. Solo tenía su cerebro, información, y la necesidad de ayudar a la Orden del Fénix a dar con la persona que estaba masacrando fugitivos.

Se quedó pensativa, dejando escapar el aire de sus pulmones por la nariz y apretando los labios. Su intención, claramente, nunca había sido exponerse demasiado, pero… sin duda había tenido intención de hacerlo, al menos un poco, antes de que Sam le pidiera que dejara aquello en manos de personas más capaces y con menos que perder.

—No tengo intención de dejarme ver con fugitivos en lugares públicos.—Insistió, a fin de dejar clara aquella parte.—Sin embargo, hay lugares a los que no pueden acceder los fugitivos, a los que quizás yo sí pueda acceder.—Allá vamos, pensó de manera inevitable, sabiendo que a Sam no le haría nada de gracia esa afirmación. Sin embargo, en lugar de esperar a que el rapapolvo llegara, levantó un dedo y prosiguió.—Antes de que empieces, ten claro que no tengo pensado exponerme demasiado. No estoy hablando de infiltrarme en ningún lugar prohibido ni nada por el estilo. Hablo de cosas discretas, y te pondría un ejemplo de ellas si supiera por dónde narices va a ir esta investigación.

Gwendoline dio un manotazo con el dorso de su mano a la carpeta. Y si bien pocas palabras malsonantes salían de sus labios, fuera cual fuera la situación, podía considerarse que el uso de la palabra ‘narices’ era un equivalente: estaba empezando a sentirse frustrada con aquella investigación, y el recuerdo de la discusión de la tarde anterior inevitablemente la llevaba a ponerse un poco a la defensiva.

Trató de calmarse, pues no quería discutir de nuevo. Y menos cuando Sam estaba haciendo sus mejores esfuerzos para no hacerlo.

—Como te he dicho, iremos viéndolo todo sobre la marcha. Y pienso escucharte.—La miró a los ojos, acercando la misma mano con que había golpeado la carpeta a la de la rubia. La estrechó suavemente.—Te voy a consultar en cada uno de los pasos que debamos dar en la investigación, ¿vale? No voy a hacer locuras.

Se lo había prometido, y toda promesa debía honrarse: Gwendoline se limitaría a pensar en la medida de lo posible, y si descubrían algo que solo una ciudadana libre del mundo mágico pudiera investigar, lo haría con el beneplácito de Sam. Y tomando mil y una precauciones.

—Así que, sí: podemos concluir que mi trabajo se limitará casi exclusivamente a hacer lo que he venido haciendo hasta ahora, con algunos añadidos. ¿Está bien?—Quiso zanjar esa parte, pues darle vueltas a ese asunto no las llevaría a ningún sitio. Bueno, sí: a la casilla de salida, con Sam pidiéndole que renunciara a aquello.

Sam puso también sobre la mesa un asunto interesante: los restos de los ataques del Juguetero. Ante esa pregunta, Gwendoline asintió y, nuevamente con movimientos de varita, abrió la carpeta y extrajo de su interior una hoja de pergamino que, básicamente, era un pequeño inventario. La hoja tenía el sello del Ministerio de Magia, y la firma de uno de los empleados del Departamento de Misterios, donde se habían almacenado los restos encontrados en la escena del crimen.

Gwendoline se la ofreció a Sam para que la leyera.

—Sí, han quedado restos. Bastantes, de hecho, y es por eso que se sabe con qué han sido perpetrados los ataques. Por desgracia, todo lo que podía recuperarse lo tiene el Ministerio de Magia.—Apretó los labios con desagrado, negando con la cabeza.—He llegado a pensar en robar algo, pero me supuse que no te haría demasiada gracia: no podía hacerlo sin garantías de que se enterasen. Ya sabrás cómo es el Departamento de Misterios: una vez que algo entra ahí es prácticamente imposible sacarlo.

Sam no pocas veces había advertido a Gwendoline sobre su antiguo lugar de trabajo: en aquel lugar, la seguridad era extrema, y los visitantes debían ser autorizados o bien por la Ministra, o bien por algún empleado de alto rango, y para ello debían firmar un montón de papeles que dejaban constancia de su entrada y salida.

Y por visitantes, también se referían a empleados de otros departamentos del Ministerio. Así que el asunto era totalmente inviable para ella.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Jul 31, 2019 1:38 am

Aquella conversación era de lo mejorcito que habían tenido en mucho tiempo. Las dos tratando un tema que evidentemente incomodaba por cómo tratarlo con respecto a la otra y sin tener muy claro qué decir o cómo decirlo. Por no hablar, claro, de que cada vez que dices algo detonante, sientes como si hubieras hecho algo malo. Y todo eso, por supuesto, sin decir las cosas mal o volver a la discusión del día anterior.

La reacción de Sam al hecho de que ella dijera que podían no haber sitios en donde podían acceder fugitivos y ella sí, fue bastante pasiva. Bajó la mirada hacia las patatas fritas, con un rostro serio y no dijo absolutamente nada, básicamente porque ella también continuó hablando antes de que Sam dijera algo tipo: "LO SABÍA, TE VAS A SUICIDAR", o algo por el estilo. Lo pensó, ¿eh? Su parte dramática lo pensó.

Y seamos sinceros: ya se lo esperaba. Era precisamente eso lo que se esperaba. No le gustaba en absoluto, pero desgraciadamente era lo que se imaginaba, pues los fugitivos de la Orden del Fénix evidentemente tienen muchos límites a la hora de dar la cara en el mundo real; y, por supuesto, Sam también. Y no dijo nada porque si decía algo iba a ser precisamente repetir cosas que ya había dicho ayer y Gwendoline sabía perfectamente lo que opinaba al respecto.

Sin embargo, como bien continuó diciendo, pensaba hacer que la opinión de Sam contase, a lo cual esbozó una débil sonrisa cuando le sujetó la mano y le repitió la promesa que le había dicho el día anterior.

—Está bien —repitió a la pregunta de Gwen cuando quiso dejar claro su papel en todo eso. Ahí donde la veías, a Sam se le había caído un gran peso de encima, pues pensaba que quizás iba a inmiscuirse de manera más terrenal. De hecho, ahora mismo se sentía un poco imbécil por haber discutido con ella sin saber nada realmente, pues las cosas hubieran sido bastante diferentes de saber eso. —Pensaba que ibas a meterte más en la mierda, ahora me siento como una idiota por haberte hablado ayer así. Perdona. —Y puso su otra mano sobre la de Gwen, mirándola a los ojos. Era un disculpa honesta, como todo lo que siempre le decía a ella.

A ver, podría decirle toda la verdad y nada más la verdad: Gwendoline siempre se había quejado de no hacer ‘suficiente’ y aunque Sam no creía que eso fuese una competición y considerase a nivel personal que lo que Gwen había hecho por ella era todo y más, hasta el punto de muchas veces pensar que si estaba en donde estaba había sido gracias a ella, creía que quizás ese pensamiento de insuficiencia podría hacer que hiciese cosas que la ponían en peligro. Que no, que no pensaba que fuese a hacer alguna locura estúpida e irracional, ella no era así, pero hasta siendo racional, cuidadosa e inteligente se comenten errores por arriesgarte más de lo que se debe.

Y claro, después de haber visto todo aquello… había sido lo primero que se le había venido a la cabeza. Y mal, Sam, muy mal.

Hablando de los restos de material mágico que usaba el Juguetero, Gwendoline le dijo un par de cosas que le parecieron bastante lógicas. Le llega a decir que realmente tenía intención de robar en el departamento de misterios y… vamos, creo que pocas cosas eran más delatadoras que esas, teniendo en cuenta la regulación que había en ese  departamento y los obsesivos que eran todos los trabajadores. Ojeó entonces el inventario por encima, viendo todos los objetos recogidos.

—Olvídate, no te conviene meter las narices en el Departamento de Misterios. Si bien Forman parece autoritario y a veces un poquito cabrón, no es una persona para nada meticulosa y ni se fijaría. El problema lo tendrías con los inefables obsesivos, que a la mínima que algo no está como ellos lo tenían, ponen todo el departamento patas arriba. Sería imposible. —Aún recordaba los malos recuerdos que había tenido que vivir allí abajo por culpa de los inefables. De hecho, siendo totalmente sincera: no soportaba a los inefables. ¡A ninguno! Bueno, a Rhianne la soportó, pero porque todavía no era inefable; sólo estudiaba para ello. —Pero mientras no saques nada de allí… siempre puedes ir a buscar información. En plan… que tu equipo de desmemorizadores ha tenido problemas con su trabajo a la hora de arreglar el estropicio del último ataque del Juguetero y que necesitas saber si los ataques del mismo han tenido algún tipo de repercusión, para tenerlo en cuenta si vuelve a haber alguna repetición de sus ataques. Si vas allí alabando su trabajo y poniendo por los aires su grandísima aportación, te dirán todo lo que quieras saber. No tendrás los objetos físicos, pero tendrás toda la información, o casi toda, que los expertos hayan podido descubrir. —Le dijo, devolviéndole la hoja del inventario, con intención de volver a coger su empanadilla. —Sé por experiencia que esos tipos necesitan con urgencia reconocimiento por todo lo que hacen, si la jefa de la oficina de desmemorizadores busca ayuda en ellos, seguro que te la prestan, sobre todo si les haces creer que la Ministra de Magia los tendrán en cuenta. A menos que te topes con algún imbécil, no lo descartes. Si antes había imbéciles, ahora que gobiernan imbéciles me puedo imaginar que ha subido el ratio de personas non-gratas.

Pero Sam apostaba en que todos los que estudian para inefables eran raritos y que después de haber trabajado años en un departamento que, aparentemente, son los apestados, uno se queda con ganas de que alguien le diga cosas bonitas, sobre todo si le dices que su gran aportación y apoyo serán avisados a la Ministra de Magia. El punto era dar con ese inefable que todavía estuviese allí, en su burbuja, trabajando desde hacía tiempo.

Antes de morder de nuevo la empanadilla, miró de nuevo a la morena.

—Bueno, ¿y qué más? ¿La Orden del Fénix tiene alguna idea con cómo tratar este tema? ¿O cómo defenderse, al menos? Debe de ser... complicado que salgan a hacer cosas del refugio, tanto misiones como sencillamente buscar provisiones, si hay una persona así detrás de todos... —Preguntó, dejándola hablar antes de morder un trozo de empanadilla, con tan mala suerte de que un champiñón travieso decidió quedarse a mitad de su mordisco y la empanadilla, cayendo en el envase implorando por su libertad.

Sam lo cogió con la mano y se lo llevó a la boca.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Ago 01, 2019 2:02 am

No sería ella quien reprochara a Sam las dudas con respecto a sus intenciones en el caso del Juguetero: no sería la primera vez que Gwendoline hacía algo peligroso, o simplemente arriesgado, para intentar ayudar a alguien que le importaba.

No había más que echar un vistazo al pasado más reciente, ese en que ambas se habían reencontrado, para darse cuenta de ello. Había asumido riesgos por voluntad propia para dar con información sobre Ulises Kant y Artemis Hemsley, aún pese a la reticencia inicial de la que entonces era sólo su amiga.

Gwendoline, aunque intentara negárselo en muchas ocasiones, sentía la necesidad de cuidar de aquellos que no podían hacerlo ellos mismos.

Y eso sin mencionar que la idea sí le había pasado por la cabeza, claro.

—No pasa nada.—Compuso una sonrisa, leve pero sincera, sin dejar de mirar sus bonitos ojos azules.

El asunto de los objetos mágicos utilizados por el autor de ambos ataques era peliagudo: el Departamento de Seguridad Mágica lo había recogido todo, y había sido llevado al Departamento de Misterios para un estudio minucioso y en condiciones. Quizás encontrasen algo, quizás no, pero una cosa era segura: Gwendoline, aunque había sopesado las opciones de robar alguna de esas pruebas, sabía que no debía hacer ninguna tontería.

Si había un lugar seguro dentro del Ministerio, ese era el Departamento de Misterios.

Sam estaba de acuerdo con lo peligroso de un robo, pero a cambio propuso algunas opciones interesantes: utilizando su puesto dentro del Ministerio, así como un poco de adulación hacia algún que otro inefable menospreciado, podía conseguir información privilegiada que entregar a la Orden del Fénix. Sopesó aquellas propuestas con aire pensativo, asintiendo con la cabeza.

—Es una buena idea, mejor que cualquiera que hubiera podido ocurrírseme.—Reconoció.—Valoraré un acercamiento más discreto, a fin de saber cómo avanzan sus investigaciones. Quizás no me digan mucho, o quizás me lo digan todo, pero… al menos, la opción está ahí.

Con todo y con esas, tendría cuidado con la gente que allí trabajaba: Forman podía ser alguien pasable con quien tratar, pero Hellion Drexler también tenía un puesto importante en ese departamento. Y ese no era precisamente amigable, como Gwendoline había podido comprobar durante el ataque de los fugitivos al Ministerio.

¿Y qué más había? Bueno, con sinceridad, poca cosa. Entre las filas de la Orden existía un miedo generalizado a que se produjese otro ataque, y que dicho ataque tocase más de cerca aún a sus miembros. Era un terror comprensible, pero no por ello estaban actuando de manera irracional; todo lo contrario, pues Dumbledore había ordenado extremar las precauciones.

—Teniendo en cuenta el detalle de que ese tipo parece tener información privilegiada, Dumbledore ha puesto en marcha un plan de defensa del refugio. Su seguridad en sí ya es meticulosa, pero está trabajando con algunos miembros para conseguir que nada ni nadie ajeno pueda entrar de ninguna manera.—Cosa que, en teoría, ya era así. No obstante, como nunca se sabía… lo mejor era ir con cuidado.—También se ha dado la orden de cambiar todas las localizaciones posibles, en caso de que ya no sean seguras. Creo que ya se ha establecido algún que otro refugio temporal, pero no conozco ubicación alguna. Solo Dumbledore y los residentes de dicho refugio conocen esa información, por motivos de seguridad.—A Gwendoline le parecía lógico: cuanto menos supiesen los miembros de la Orden y residentes del refugio, mejor, pues nunca se sabía quién podía estar vendiendo información al mejor postor.—También han puesto en marcha un plan para utilizar los viejos refugios como señuelo, por si acaso el Juguetero decide atacarlos.

Como planes, podía decirse que, cuanto menos, eran conservadores, pero era lógico: Dumbledore no tenía demasiada información, y lo único que podía hacer era tratar de minimizar riesgos. ¿Que quizás estuviera en sus manos hacer algo más? Seguramente, teniendo en cuenta lo poderoso que era. Sin embargo… también entendía su necesidad de no exponerse demasiado pronto.

Si él caía, la Orden no tardaría en seguirlo.

—Y mientras tanto, está utilizando los perfiles psicológicos elaborados por el Ministerio para intentar identificar a magos que respondan a esa descripción.—Dio un par de toques con el dedo sobre la carpeta.—Tengo copias de los perfiles psicológicos aquí, por si quieres echarles un vistazo, así como mi propia lista de sospechosos.

Para aquello se había valido del archivo del Ministerio: había buscado personas que encajaran en dichos perfiles, pero eso no había resuelto gran cosa.

Había más de cuarenta posibles sospechosos, y eso solo en el Londres mágico.
Gwendoline Edevane
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