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Please, don't. —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Lun Jul 01, 2019 2:10 am

Recuerdo del primer mensaje :

Please, don't. —Sam&Gwen. - Página 3 DsfxfcY
Casa de Sam & Gwen | 01/07/2019 | 17:38h | Atuendo

Alfred le había regalado ese lunes libre a Samantha porque había trabajado el sábado casi en los dos turnos y se había encargado de prácticamente toda la tienda frente a la ausencia de tanto Alfred como de Erika, que habían tenido que viajar a Irlanda por motivo de un funeral. Además, por fin los dueños habían contratado a una nueva persona, por lo que pese a que los horarios estaban parecidos, había más estabilidad. Ya Sam había pedido, por favor, que le diesen turno de mañana casi siempre para poder tener una vida con Gwendoline que fuese más allá que compartir las últimas horas de la noche antes de caer rendidas en la cama del cansancio. Alfred y Erika todavía se lo estaban pensando.

Sam había comido sola porque Gwendoline tenía cosas que hacer después del trabajo, diciéndole que llegaría a la hora de merendar. Es por eso que a la buena hora de merendar, Sam estaba preparando unos bol con fruta partida: plátano, fresa, melocotón, piña… Últimamente hacía bastante calor, por lo que les encantaba salir al patio trasero a coger sol mientras tomaban fruta bien fresquita. Mientras partía, ahí se encontraba Don Cerdito, sentado en el suelo, a la espera de que algo cayese al suelo para poder hacer su función de aspiradora.

Al terminar de cortar la fruta, dejó los bol sobre la encimera y salió para recoger la mesa del comedor que estaba totalmente tirada. Estaban su mil y una libretas que utilizaba para a saber qué cosas, además de la que tenía actualmente para escribir como un diario. Se había pegado un rato de la mañana escribiendo y se le habían quitado las ganas de recoger. Entre que era más guay comer y cenar frente a la televisión mientras veían algo, había días en donde la mesa del comedor se plagaba de cosas que no debían de estar en la mesa del comedor. Así que antes de que llegase Gwendoline, que debía de estar al caer, Sam hizo limpieza intensiva. Separó las cosas de su novia por un lado y las de ella por otro, en dos montones para subirlo a la habitación y dejarlos sobre el escritorio.

Al llegar arriba hizo los dos montoncitos y se dio cuenta de que bajo una carpeta de Gwendoline estaba el Profeta de ayer. Sam no lo había leído, sino que había sido Gwen quién se lo había contado, pero lo cogió porque quería leer ella misma todo lo que decían sobre los secuestros y lo ocurrido en Hogsmeade y el Callejón Diagón. Sin embargo, al cogerlo se dio cuenta de que bajo eso había una carpeta desordenada en donde varias hojas salían por fuera. Al colocarlo, se dio cuenta de lo que era: información sobre objetos mágicos y el uso que se le había dado a dichos artilugios para cazar fugitivos.

Y eso sí le sonaba.

Dejó El Profeta a un lado, dándose cuenta de que Gwendoline parecía estar estudiando aquello. Hacía ya unas semanas le había dicho que la Orden del Fénix estaba detrás de un mago que estaba utilizando artilugios mágicos para cazar a los fugitivos y que había que dar con su identidad para parar dichos ataques. Sam le había pedido que no se metiera ahí, porque ni sabía quién era ese mago ni cómo se tomaría el hecho de que alguien estuviese espiándolo para saber qué. Y, por lo que le había quedado claro en aquel momento, Gwen parecía haber aceptado no hacer nada de eso.

Esta mujer…Susurró, sin querer mirar nada más.

Y no quería mirar nada más porque no era de su incumbencia. Lo había visto sin querer y… si algo le molestaba de todo eso es que lo estuviese haciendo sin decirle nada. Entendía el hecho de que Gwen se quisiera implicar en las cosas porque uno tiene la necesidad de hacer lo posible por ayudar al resto e incluso entendía que quisiera hacer las cosas aunque Sam no quisiera que las hiciera porque la quería proteger, pero… que se lo dijera al menos. Que le dijera: “Sam, sé que te preocupas por mí, pero lo voy a hacer igualmente.” ¿Y qué narices iba a decirle Sam? La verdad es que el hecho de que se lo ocultase, por lo que eso implica, era lo que más le molestaba de todo. ¿Y si pasaba algo y ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo durante todo este tiempo?

También era cierto que ella siempre intentaba despegarse de sus asuntos de la Orden del Fénix… pero a veces se arrepentía teniendo en cuenta que Gwendoline, igualmente, no iba a dejar nada de eso de lado y no quería quedarse de lado en cosas que incumbían a su novia y podían ser peligrosas.

Contrariada, cogió El Profeta y salió de la habitación tras dejarlo todo ordenado, bajando las escaleras hacia la cocina.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Vie Ago 02, 2019 3:03 am

La opción estaba ahí. Las cosas en el Departamento de Misterios, por mucho que sonase a redundancia, eran sin duda un misterio. Lo mismo te encontrabas un hombre duro e infranqueable como era Hellion Drexler, lo mismo te encontrabas a un ligón autoritario y de sonrisa encantadora como era Matt Forman o quizás te tocaba el gordo y te tocaba el friki con ansias de reconocimiento. En experiencia de Sam, esos eran de los que más habían, si Gwen antes de bajar se enteraba un poco de los horarios, podía hacer que ‘casualmente’ se encontrase con los que a ella le interesasen.

Tenía que ser complicado eso de ser un fugitivo de la Orden del Fénix y sentir que hay un asesino ahí fuera que tiene información privilegiada que puede matarte en cualquier momento. Era normal que, tarde o temprano, ese refugio se viese comprometido en cuanto a seguridad, pues mucha gente entre y sale.

Cuando habló de localizaciones, recordó haber salido la vez que estuvo por el probado de una tienda, en compañía de Fiona Shadows. Por suerte no recordaba ni la tienda porque iba bastante drogada para que no le doliesen las heridas que tenía en aquel momento.

—Tiene sentido —respondió casi por inercia cuando matizó que las localizaciones de los nuevos refugios la sabían solo los que estaban refugiados allí. No era para nada disparatado pensar que pueda haber un soplón. Los hay en todas partes.

Entonces se metió en la boca el último trocito de empanadilla que le quedaba, limpiándose las manos con una servilleta antes de coger la carpeta que Gwen había señalado con un par de toques, con intención de ver esos perfiles psicológicos de los sospechosos. Tenía curiosidad, a decir verdad, más que nada porque por desgracia había tenido el privilegio de vivir rodeada de mierda durante mucho tiempo. Quería ver si conocía a alguno.

Abrió la carpeta y en silencio comenzó a pasar hoja por hoja. Cada hoja pertenecía a un perfil diferente, el cual correspondía con un nombre, una descripción, datos importantes a tener en cuenta y una foto. Evidentemente Sam no se lo iba a leer todo, sino que pasó leyendo nombre y rostro. Al principio le alivió no conocer a nadie, hasta que cuando pasó unas treinta páginas, encontró un rostro conocido. Se trataba de Archibald Wiley, cuya foto destacaba lo excéntrico que era.

—A este lo conozco. —Lo separó, poniéndolo a un lado. Se fijó en quién iba después para colocarlo en su sitio por si Gwen lo había colocado ahí por alguna razón en concreto. Aunque por lo que parecía, creía que estaba ordenado por orden alfabético.

Cuando llegó al final, señaló la cara de Archibald, dándole un par de golpecitos antes de tomar aire después de un quasi-eructo. Y digo ‘quasi’ porque no abrió la boca y, por definición, no se le puede considerar eructo.

—Este tío era amigo de Sebastian, lo vi varias veces en su casa antes de todo el cambio de gobierno, además de que en sus recuerdos alguna vez se le escapó alguna que otra cosa junto a él. Parecían compañeros de jóvenes; amigos inseparables. —E hizo una pausa, encogiéndose de hombros. —O eso al menos era lo que me parecía a mí. —Evidentemente Sebastian no le permitía saber más de lo necesario, aunque por mucho que supiese, era información que igualmente no podía utilizar en su contra de ninguna manera. —Tenía un puesto importante en el departamento de regulación y control de criaturas mágicas… —Y leyó que lo ponía allí, por lo que le dio dos golpecitos a esa información. —Pero recuerdo que estaba metido en otras cosas con Sebastian, en plan negocios. Ya sabes que esas dichosas familias tienen negocios e inversiones hasta debajo de las dichosas piedras… —Y sonrió, poniendo ligeramente los ojos en blanco. Ella tan pobre y otros tan millonarios, qué mal repartido estaba el mundo. —En fin, que no creo que te sirva de nada, pero me pareció curioso. Ya te digo que no parecía un hombre dentro de los límites de la cordura, ¿pero qué se puede esperar de esa gente?

Prefirió no comentar la relación entre ese hombre y Sam, la cual no había sido muy buena—ni por suerte muy larga—porque los hombres se hartaban llenándose la boca de tonterías que alimentasen sus egos. Y Archibald era una persona muy cabrona y para nada sutil. Todo lo que pensaba, lo decía. Y ya podéis imaginaros qué decía o insinuaba de una sangre sucia al mando de Sebastian. Par Sam siempre fue un imbécil; acostumbrada estaba a ese tipo de comentarios de personas así de asquerosas.

Volvió a colocar la página en su sitio, para entonces cerrar la carpeta.

—De resto solo me suenan un par de haber coincidido con ellos en el Ministerio alguna que otra vez, pero ni idea. Después de tanto tiempo huyendo del mundo mágico, siento que es otro totalmente distinto. Bueno, en realidad lo es, pero tú ya me entiendes. —Y es que el Ministerio de Magia, después de todas las veces que había cambiado de plantilla, no debía de ser en absoluto el mismo. —¿Tienes alguna idea para hacer la lista de sospechosos más pequeña? ¿O… crees que va a seguir creciendo? —preguntó, continuando con las patatas, mojándolas en ali-oli un poquito antes de llevárselas a la boca.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Ago 03, 2019 12:32 am

De todos los perfiles contenidos en la carpeta—que no eran pocos, precisamente—, Sam escogió solamente uno, y por un momento el corazón de Gwendoline se le aceleró: quizás su novia había visto algo que a ella se le había escapado, o algo por el estilo.

Sin embargo, no era nada parecido: en realidad, conocía al mago retratado en la fotografía, y precisamente lo conocía de la época más oscura que había vivido: la de Crowley.

Suponía que, en algún momento, la mención a los nombres de cualquiera de esos tres dejaría de afectarla, pero hoy no era ese día; hoy, un escalofrío recorría su espalda y una sensación de rabia se adueñaba de ella al escuchar el nombre del mayor de los tres, cuyos huesos descansaban desde hacía tiempo bajo tierra.

Procuró que no se le notara, aunque apretó los puños de manera casi imperceptible. Sam, mientras tanto, ofrecía una explicación sobre el sujeto en cuestión.

—Bueno...—Dijo, alcanzando la página con unas manos que temblaban de manera casi imperceptible. Observó la fotografía directamente a los ojos.—Si figura en esta lista es, seguramente, por dos motivos: dinero e ideales. Uno de los principales factores, además del evidente odio que todos los que figuran en esta lista sienten hacia los fugitivos, es que tienen dinero. Se han basado en lo costoso que podrían ser los hechizos, encantamientos y maldiciones que se utilizaron sobre los objetos mágicos.—Gwendoline expulsó nuevamente aire por la nariz, mirando todavía los ojos del mago. Esos ojos que parecían impregnados de malevolencia.—Nosotros valoramos una opción diferente: puede tratarse de algún tipo de artesano o, precisamente, fabricante de juguetes. Los restos que se encontraron no coinciden con marcas conocidas. También se baraja que pueda ser alguien relacionado con el Quidditch debido a las snitch utilizadas en el primer ataque. Lo que no tenemos claro, ninguno de los dos bandos, es si los hechizos utilizados son de su propia cosecha, o si tiene alguien que se los provea. Así que… no podemos descartar a este.—Dejó la hoja de pergamino sobre la carpeta y miró a Sam.—¿Sería seguro que hablara con él? ¿O puede que Crowley le haya contado algo sobre mí?

Por supuesto, planeaba que de cualquier encuentro que pudiera darse entre ambos, el señor Wiley se marchara sin recuerdos. Aún así, si Crowley le había contado cosas sobre ella, podía terminar siendo una mala idea.

Sobre hacer la lista más pequeña… la cosa estaba complicada, desde luego. La Orden y el Ministerio valoraban una serie de criterios ligeramente distintos, por lo que en realidad podía haber todavía más sospechosos con los que contar. No obstante, aparte de lo que había dicho, antes, Gwendoline tenía sus propias ideas.

—La verdad es que está complicado, pero yo tengo la teoría de que se trata de alguien extranjero.—Tal y cómo lo decía, parecía una deducción demasiado gratuita.—Siendo extranjero, tendría sentido que fuera complicado anticipar sus movimientos, incluso para el Ministerio de Magia. No obstante, mi idea entra en conflicto con lo del purismo: si bien la idea está bastante extendida por el mundo, por norma general es un concepto muy inglés. Y en eso se basa esta lista.—Colocó la mano sobre las páginas para señalarlas.—Estoy de acuerdo con que tiene que ser alguien que se dedique a la artesanía, y que posiblemente tenga dinero, pero también añado a la ecuación que no es inglés. Aquí hay algunos que no lo son, pero por unas o por otras no encajan en el perfil.

Gwendoline se llevó entonces ambas manos a la cabeza, suspirando con cansancio. Aquel caso la estaba volviendo loca, y el no conseguir avanzar ni un paso la ponía de los nervios. El Juguetero podría atacar en cualquier momento, y ella sabía que no estaba preparada para detenerlo.

Alargó la mano para tomar su empanadilla a medio comer y le dio un mordisco, de manera ausente.

—Tú eres inteligente, y estoy segura de que te has formado una idea en base a lo que te he contado.—Dijo, volviendo la vista hacia Sam.—¿Ves algo que yo no veo? ¿Crees que puede haber algún detalle que se me esté escapando?

Era harto probable: su obsesión, posiblemente, nublaría bastante su juicio.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 03, 2019 2:44 am

Todo lo que le decía Gwen le sugería que encontrar a aquel tipo en mitad de esos cuarenta sospechosos era tan probable como encontrarlo fuera de allí. Dado que el Juguetero no había dejado más pista que los objetos con los que atacaba, siendo consciente de que dichos juguetes terminarían en el ‘lugar del crimen’ y no tenían información relevante, podría ser realmente cualquiera. Podría ser un Don Nadie que hubiese pedido el objeto a un proveedor, el encantamiento a otro proveedor y la maldición a otro totalmente distinto, creando una unión muy difícil de rastrear.

Había sido inteligente fichar a los puristas más radicales, con sobras de dinero para gastárselos en armas, pero igualmente podía llegar a mucho más que simplemente eso. Quizás en esa lista sólo hubiese un proveedor, o ni siquiera eso. Lo mismo en esa lista no había nada que tuviese que ver con el Juguetero. Soltó aire lentamente por la nariz con la mirada ligeramente perdida, aunque sin dejar de prestar atención a la morena. Sin embargo, no fue hasta que le hizo una pregunta directa, que Sam no alzó la mirada hacia ella.

—No creo —le dijo, prácticamente segura. —Ni siquiera Vladimir y Zed sabían de ti o hubieses estado aquella noche conmigo. —Era bien consciente de que Gwen sabría a que noche se refería.

Podía hablar perfectamente de lo sucedido, o nombrar a los Crowley sin que se le erizase el vello de la piel. La verdad es que el trauma que tenía con ellos era muy psicológico y si bien poco a poco lo había ido superando, el miedo por ellos venía en situaciones muy diferentes a una conversación normal con la persona que más quería y en la que más confiaba.

—Pese a eso estoy bastante segura de que hablar con él en ningún caso será seguro. Ten cuidado porque ese tipo tiene muy mala idea —le advirtió, sin demasiadas ganas de que Gwen hablase con alguien así que tan malos recuerdos le traía.

Entonces prestó atención a su teoría de que era extranjero, así como a las deducciones a las que había llegado. Y… Sam seguía pensando igual: había poquísimas evidencias con las que poder sacar algo en claro, más que puras hipótesis que no estaban para nada respaldadas, pues de la misma manera que Gwendoline podría creer que era extranjero o artesano, bien podía ser inglés y trabajar como personal de limpieza en el Ministerio de Magia.

Mientras Gwendoline se terminaba todavía su empanadilla, pues había hablado mucho como para comer a la vez, Sam le echó mano a la bolsa del postre para sacar los dos pedazos de tarta que había comprado. Golpeó su platito de plástico con su cuchara, mirando a Gwen con esa mirada de: “el chocolate te hace pensar mejor.” Era feo eso de empezar con el postre si la otra no ha terminado de comer, pero también era feo que se te quitase el hambre esperando por la otra persona. Eso sí que era feo.

Creía fervientemente que Gwendoline estaba depositando demasiada confianza si creía que Sam, con lo que le había dicho, iba a decir algo revelador. En realidad las únicas cosas que se le ocurrían eran bastante desalentadoras, básicamente porque consideraba el caso en sus primeros pasos y hacer uniones coherentes era muy complicado.

—A ver… corrígeme si me equivoco con algo, pero creo que están dando muchas cosas por hecho y eso puede hacer que os dejéis atrás muchas evidencias que pueden quitar a la mitad de los sospechosos que tienes ahí, o incluso añadir cincuenta más. —Aún sin probar trozo de la tarta, continuó hablando mientras movía la cucharilla en gestos totalmente inconscientes. —Yo no creo que todavía se te haya escapado nada, sino que creo que tienes muchas opciones e intentas sacar algo de ellas, aunque no estés segura de poder hacerlo. —Cogió una porción de tarta con su cucharilla pero la dejó sobre el platito, pues no se la iba a llevar a la boca mientras hablaba. —Deberías intentar enfocarte en lo que sabes cien por cien: los restos de los juguetes están en el departamento de misterios y sabes que allí habrán evidencias de lo que ha podido ocurrir. Pueden decirte qué clase de encantamientos o maldiciones tenían y, de ahí, sacar conclusiones mucho más veraces, así como si es magia plausible para cualquier mago o si realmente necesita de algún tipo de especialista para llevar a cabo un arma así. —Y el hecho de tener que acudir a un especialista, achicaba el rango de buscar a dicho especialista. —Con el tema de que sea extranjero y artesano… podría serlo, pero tal y cómo me lo has contado, también podría no serlo. Podría ser un inglés con con muchísimo conocimiento de cómo funciona el Ministerio de Magia, o con algún contacto dentro que limpie sus huellas y parezca un fantasma. —Suspiró y cogió de nuevo la cucharilla, manteniéndola en una distancia media entre su boca y el plato. —No sé, tengo la sensación de que podría ser cualquier persona. Pero de todo lo que me has dicho creo que lo de intentar crearle una trampa es lo más inteligente en lo que se busca información: si falla, quizás se evidencie algo. O quizás se podría hacer algo para que el objeto que use, quede inutilizado mágicamente para poder estudiarlo. No lo sé, habría que hablar con expertos en objetos malditos porque yo ahí patino un poco.

Sí, Sam había soltado todo lo que opinaba casi de manera inconsciente. Después de que Gwen le hubiera contado todo, ella había tenido su propia percepción y, aunque no fuese lo que a su novia le hubiera gustado oír, era lo que tenía que decir. No iba a andarse con mentiras en un tema que era tan peliagudo.

—Admítelo: hubieras preferido que al ver a alguna de estas fotos yo te hubiera dicho: "¡vaya, pues este tipo era un artesano malvado que ayudaba fugitivos de una tienda del mercado negro que curiosamente trabajaba con objetos malditos! ¡Un día me vendió un muñeco vudú!", ¿verdad? —Le sonrió, con ternura, llevándose entonces el trocito a la boca, por fin. Apenas le duró, por lo que volvió a hablar: —Todavía no soy tan buena Sherlock. Bueno, en este caso creo que me toca ser Watson.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Ago 03, 2019 3:10 pm

Archibald Wiley podría llegar a ser una persona de interés en la investigación, o podría no ser nada en absoluto más allá de un purista con los bolsillos llenos de galeones. No sería la primera opción de Gwendoline, teniendo en cuenta sus sospechas, pero tampoco lo descartaría de buenas a primeras.

Así que preguntó a la persona que mejor lo conocía en aquella sala: Samantha Lehmann, quien desafortunadamente había tenido contacto con él debido a su pasado más oscuro.

Su novia no creía que el sujeto en cuestión contara con información sobre ellas dos, pero igualmente no consideraba seguro que se acercara a él. Y como había prometido escucharla, Gwendoline tomó la hoja de pergamino en que figuraban todos los datos del susodicho Wiley y la colocó boca abajo sobre la mesa, descartándola.

—Dejaremos que sea el Ministerio de Magia quien se encargue de hablar con él. De todas formas, no creo que sea él.—Y aquella creencia no se basaba en otra cosa que meras suposiciones, pero… ¿no había prometido escucharla y tener en cuenta su opinión? Pues eso haría.

La línea de investigación del Ministerio de Magia se basaba en criterios bastante sólidos, aunque genéricos: odio hacia los fugitivos, cosa bastante común en aquellos días, y un importante poder adquisitivo que le permitiera hacerse con todo lo que utilizaba. La Orden, además, añadía que se trataba de algún tipo de artesano, y Gwendoline tenía en mente que se trataba de alguien extranjero debido a la dificultad para localizarle.

Todos estos puntos de vista chocaban de alguna manera. Y como bien señaló Sam cuando Gwendoline le preguntó, podían ser todos correctos de la misma manera que podían estar todos errados. No tuvo mucho que discutir a eso.

Se quedó pensativa, escuchando sus palabras, mientras masticaba de manera cansina la empanadilla que acababa de recuperar de su plato. Sam, que ya estaba a punto de dar cuenta del postre, expuso un punto interesante: centrarse en lo que sabía a ciencia cierta. El único problema eran las trabas que suponía.

Cuando Sam concluyó con una broma, Gwendoline se quedó unos momentos en silencio, su mirada perdida al frente, los restos de su empanadilla entre las manos. No sabía qué decir, y tampoco sabía cómo reaccionar.

Cuando lo hizo… no respondió a la broma de su novia.

—Bueno, ahora ya sabes por qué siento que esta investigación no avanza.—Lanzó un bufido, dejando la empanadilla caer sobre el plato y poniéndose en pie de manera airada. Caminó en dirección a la pila de la cocina para lavarse las manos, y mientras caminaba, continuó hablando.—Si esto fuera una investigación policial muggle, todo sería mucho más sencillo: eliminaríamos la magia de la ecuación, y podríamos añadir conceptos como una posible dirección en base a los lugares que ha atacado. En este caso, ni siquiera podemos deducir que esta persona resida en Londres, porque literalmente podría vivir en la Patagonia y aparecerse aquí con algún tipo de permiso especial.

Gwendoline abrió el grifo e interrumpió lo que estaba diciendo, pues el sonido del agua al salir la obligaría a alzar la voz. Cuando ya se secaba con un paño de cocina y volvía con Sam, retomó lo que decía.

—¿Y lo peor de todo? Sé que tienes razón con eso de centrarme en los hechos, pero ni eso nos garantiza pista alguna.—Suspiró, llevándose el paño húmedo a la frente y cerrando los ojos.—Esto no va a ser tan sencillo como meter las narices en el archivo del Ministerio. No tenemos un nombre, una descripción, un seudónimo… ¡Nada!—No pudo evitar alzar la voz un poco al final… y enseguida se sintió mal por ello.—Lo siento.

Buscó de nuevo su silla y tomó asiento, suspirando profundamente. ¡Qué fácil habría sido poder dejar aquello en manos del Ministerio de Magia o de la Orden del Fénix! Si no se sintiera tan implicada en el asunto, podría hacerlo… pero no. No podía.

Ojalá pudiese.

—Es sólo que siento que esto me supera, como tantas otras cosas en esta maldita vida...—Se explicó como pudo. Su expresión era cansada, y ponía de manifiesto las muchas frustraciones que había tenido que sobrellevar en los últimos tiempos. Y es que, aunque no lo pareciera, su autoestima se había visto afectada de manera negativa.

La gente solía hablar de lo bien que se sentía una cuando superaba un importante obstáculo en su camino, cuando hacía frente a los problemas de la vida… pero por norma general, solía dejar fuera de la ecuación las consecuencias negativas que tenía el hacer frente a dichos problemas. Y más si estos venían en la forma de samurais locas con complejo de hipnotistas o vampiros sedientos de venganza.

Nadie te preparaba para algo así.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Ago 04, 2019 3:47 am

Teniendo en cuenta lo que sabía de Archibald Wiley, prefería que no se acercase a él, pero también era muy consciente de que no sabía nada de la gran mayoría de aquellos sujetos y probablemente hubiese personas muchísimo peores en aquella lista, por lo que ‘librarla’ del peligro era sencillamente imposible. Sin embargo, ya que tenía información… por inútil y poca que fuera, qué menos que utilizarla. Ese hombre estaba vetado.

Había dicho todo lo que opinaba al respecto del tema, sabiendo lo que sabía y siendo totalmente sincera. No le cogió por sorpresa la reacción de Gwendoline, bastante seria al respecto. Claro que entendía su sentimiento de que la investigación no avanzase, pero es que era una investigación muy complicada, sobre todo para alguien que nunca ha sido investigadora. Entendía la necesidad que podía tener su novia con intentar resolver el conflicto, pero es que aquello era un mundo muy grande y ella podía hacer cosas muy pequeñas con las que poder conseguir información muy limitada. Casi que parecía que sin un golpe de suerte, uno no iba a conseguir ninguna pieza determinante que poder encajar con el resto de cosas.

La rubia se limitó a asentir mientras la morena se desahogaba, pues en realidad tenía razón en todo lo que estaba diciendo, por frustrante que fuera. Mientras la miraba, se estaba comiendo la tarta y, mientras partía de nuevo un trozo, se asustó cuando gritó ese último ‘nada’ que no se esperó, dando un leve bote y pensando que era idiota, básicamente porque era capaz de asustarse hasta con una mosca.

Su última confesión hizo que Sam la mirase, esta vez más seria. Se tomó unos segundos de silencio, pensando y… jo, de repente se sintió bastante mal. Era bien consciente de a qué se refería, pues precisamente tal y cómo vivían, así como las cosas que habían tenido que vivir en el pasado, eran bastante reveladoras. Y se sintió mal porque le daba rabia que Gwendoline pensase de esa manera, pues le parecía bastante injusto consigo misma. No era justo que después de haber atravesado momentos terribles que has sido capaz de sobrepasar y reponerse, te pusieras una meta difícil que si no consigues te llega a desmotivar, haciéndote creer a ti misma que te supera y que no eras capaz. No era para nada justo que se hubiese impuesto la ‘obligación’—o necesidad—de resolver ese conflicto teniendo en cuenta lo complicado que era, cuando ni el Ministerio de Magia, una organización entera, era capaz de resolverlo.

Se vio en la obligación moral de darle su punto de vista, esta vez con cómo se tomaba el caso.

—Gwen, entiendo perfectamente la necesidad que sientes y que quieras resolver esto, pero no deberías tomártelo como algo personal. —Le advirtió, casi como consejo. —Has superado cosas que hace años creerías que serías incapaz de superar y entiendo que en nuestra situación muchas veces parece que estamos frente a un muro que no nos deja avanzar, pero no puedes presionarte de esta manera. Es un caso complicado que ni el Ministerio de Magia, una organización completa con todo su poder y especialistas, no ha conseguido todavía descifrar. No es que te supere solo a ti, esto supera a todos.

No lo había dicho de ninguna manera en especial, sino solo como una opinión más que podía tomar en cuenta o no, con un tono cordial y tranquilo. Tenía muy claro que quería tomarse ese tema con filosofía y no discutir de nuevo, que si no se le rompía el corazoncito. Sin embargo, era consciente de que ese tipo de cosas te podían obsesionar hasta puntos muy feos, pero Sam no quería que Gwendoline continuase por ese camino si podía evitarlo. O al menos quería advertirla, pues sabía que su pareja era inteligente y sabía que llegar a ese punto sería perder la partida.

—Vamos a hacer lo que esté en nuestra mano, con nuestra mejor intención y vamos a intentar resolverlo, pero si no sale, no puedes castigarte por ello, ¿vale? —Le pidió, esta vez de manera personal. —Las dos sabemos que nada de lo que hagamos nos garantiza nada, pero tenemos que hacer lo que está en nuestro alcance para intentar mover ficha.

Sí, Sam la estaba intentando motivar porque pese a que no le gustase una mierda todo eso, no quería que Gwen lo hiciera sola, ni mucho menos que se desmotivase, ni mucho menos todavía que sintiese que aquello le superaba. No quería verla así, ni que se sintiese así. Gwen era una persona que podía con todo y si Sam podía ver eso de ella, quería que ella también se diese cuenta. Si aquello funcionaba bien, pero si no funcionaba no quería que su novia se sintiese culpable.

—Empezamos con lo que tenemos: con los hechos. —Hizo una pausa, olvidándose de terminarse su trocito de tarta. —Para aprovecharte al máximo de tu visita al departamento de misterios hay que tener las cosas claras: tienes que intentar averiguar el horario del eslabón más débil e ir cuando esté él. Arriesgarte a ir en cualquier momento podría hacer que no te dijeran nada e ir dos veces seguidas sería sospechoso, sobre todo sin un permiso o una orden. —Y tras una pausa, se encogió de hombros. —También podrías intentar conseguir un permiso por el jefe de tu departamento o la Ministra de Magia si les convences de que es necesario para la investigación. En tal caso sea quién sea el que te encuentres te tendrá que decir todo, lo que luego tendrás que dar parte oficial a tu departamento.

O quizás podía acceder con su propia firma, pues Sam ahora mismo ignoraba cómo habían cambiado las cosas en el Ministerio de Magia y si con la firma de la jefa de la oficina de desmemorizadores era suficiente o necesitaban la del jefe de departamento para acceder a información así de confidencial.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ago 05, 2019 1:21 am

Había hecho un esfuerzo consciente por evitar ese momento: el momento en que la sobrecarga de información y, pese a todo, la sensación de que no servía para nada, le provocaran una frustración tan visible.

Si aquello hubiera sido una serie de televisión, una de esas en que todo termina bien al final de cada episodio, y en que cuatro palabras sirven para demostrar al protagonista lo equivocado que está y lo sencillo que es solucionar sus problemas, las palabras de Sam hubieran bastado para despejar todas sus dudas: mágicamente, su frustración desaparecería, y ya no pesarían sobre ella los errores de su pasado.

Pero aquello era la vida real, su vida real, y las soluciones fáciles no funcionaban.

Miró a los ojos a Sam mientras ella hablaba, pero de todas formas no se dejó convencer: había superado cosas, desde luego, pero no las había superado de una manera en que, al final, se sentía segura de sí misma. Aquellas cosas habían servido para evidenciar su debilidad y, en algunos casos, la fragilidad con que su vida podía apagarse. Al final, con suerte, conseguía superar aquellos escollos en el camino… pero no sin sufrir mucho primero.

Sentía que cada paso al frente que daba venía después de retroceder diez… o veinte.

Si necesitaba hacer aquello era… porque se sentía débil. Porque se sentía inútil en muchos sentidos. Y, más importante aún: porque estaba harta de esconderse. No hacer aquellas cosas solo acrecentaba esa sensación de estar escapando. Y no es que fuera una inconsciente: simplemente, llevaba la necesidad de ser mejor para ayudar a otros corriendo por sus venas. Ese había sido, precisamente, uno de los motivos por los que había decidido estudiar medimagia.

—Vale.—Respondió, sin más y sin mucho entusiasmo, antes de que Sam propusiera una línea de actuación. La línea de actuación más cautelosa posible y que, por el momento, no podía poner en marcha: necesitaba estar en el Ministerio para hacerlo.—Veré lo que puedo hacer dentro del Ministerio, pero… no sé… ¿Todo esto no sirve para nada?—Parecía cansada cuando puso la mano sobre la carpeta.—¿He cogido toda esta información en el Ministerio para nada? Tiene que haber algo aquí...

Con los brazos cruzados por debajo de sus pechos, se puso en pie y comenzó una caminata nerviosa, adelante y atrás, ante la mesa de la cocina. Estaba pensando, con el ceño fruncido y una expresión parecida a la que ponía cuando sufría dolor de cabeza.

—He estado intentando averiguar algo sobre las víctimas, y extrapolarlo a la lista de sospechosos. Quiero decir...—Se volvió hacia Sam, buscando algo de apoyo.—Si encontramos alguna relación entre fugitivos asesinados y sospechosos, quizás tengamos a algún posible culpable.—Y sí, antes de que Sam dijese nada, ella misma ya lo dijo.—Ya, ya lo sé: es lo mismo que con todo lo anterior, pues podrían haber sido ataques indiscriminados y sin ningún tipo de móvil más allá del puro odio o el terrorismo.

Se llevó la mano derecha a la frente y cerró los ojos, presionándose ambas sienes con los dedos índice y pulgar. Suspiró, la imagen viva de la frustración, y pronto cayó derrumbada en la silla más cercana. Allí permaneció unos segundos con la mano en la misma posición y los ojos aún cerrados.

—A lo mejor es cierto, y yo no sirvo para esto. Lo poco que veo que puedo hacer ya lo podría hacer normalmente, sin tener todo esto.—Se refería, nuevamente, a la carpeta, pero no la tocó: le pareció demasiado redundante.

Se le había quitado el apetito, además. Podían ponerle delante hasta el más suculento manjar con salsa picante, y no habría demostrado interés alguno por él. Aquello fue un claro indicativo de lo dañino que era aquel caso para ella.

Aquel caso… o sus propios fantasmas.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ago 06, 2019 3:53 am

Cuando se terminó la tarta, ella también se cruzó de brazos encima de la mesa, siendo muy consciente de que por mucho que le dijera cosas a Gwen, iba a tener un filtro muy claro: descartar preocupaciones y fijarse en lo que pudiera decir que era útil. Vale, quizás no era tan drástico, pero la rubia tenía la sensación de que por mucho que pasase, por mucho que le dijese, o por mucho que fuese obvio, Gwen no iba a soltar aquello hasta resolverlo. Y no le gustaba mucho esa sensación precisamente porque veía muy complicado resolver algo así ahora que sabía de lo que iba.

—No, no es que no sirva para nada —le respondió, soltando aire por la boca. —Sirve, lo que no sirve ahora. Cuando se tenga más hechos con los que trabajar sin tirar ideas al aire, entonces todo lo que has recolectado se puede volver a usar.

O al menos así era como lo veía Sam, ¿eh? Que si Gwen no era investigadora, Sam lo era mucho menos. Como mucho podía investigarte mentes ajenas y está claro que no es el caso, por lo que estaba hablando totalmente sin conocimientos. Sam le había ofrecido su ayuda, Gwen la había aceptado pero… la rubia podía entender perfectamente que su punto de vista no fuese el más acertado, pese a que en este momento le estuviese viendo toda la lógica a lo que estaba diciendo.

Sin embargo, lo que realmente creía que sería más útil es que todos los implicados en este tema se sentasen en una sala de reuniones en la Orden del Fénix, con una pizarra y empezasen a hacer las relaciones necesarias, así como dejar claro qué se tiene, que no se tiene y qué es lo que se puede conseguir. Se suponía que dentro de la Orden del Fénix había gente capacitada para todo esto también, ¿no? Siempre iba a ser mejor unir mentes, que trabajar por separado.

No dijo nada a la auto-contestación de Gwendoline sobre su idea, sino que la vio caer en la silla frente a ella con las manos en la cabeza y los ojos cerrados. No le gustó verla así y en ese momento tenía bastante claro que una persona que intente investigar un caso, no debería nunca tomárselo tan personal. ¿Cómo va a ser sano trabajar así o frustrate contigo misma por no ser capaz de descubrir algo? Así que se levantó lentamente, recogiendo las cosas de la mesa: metió los envases vacíos en una de las bolsas, sacando el postre de Gwen que suponía que no se iba a comer en ese momento, para meterlo en la nevera.

Cogió toda la basura entonces, para entrar a la cocina y tirarlo en la papelera. Cuando volvió a salir, sacudiéndose las manos, se apoyó en el marco de la puerta. No sabía qué decirle. Estaba claro que intentar que creyese en ella y motivarla no había funcionado, pero tampoco quería apoyar el que no podía porque se iba a desmotivar todavía más. Así que… venga, ¿qué es lo que debía de decir en ese momento?

—Gwen, haz lo que puedas hacer y punto. —Sonó seria. —No puedes hacer más, no está en tu mano. No vas a resolver esto en tres días por una inspiración divina, así que tienes que empezar a no impacientarte por no tener resultados. Y te lo digo en serio… —Relajó, sin embargo, el gesto, siendo consciente de que no quería ponerse agresiva. —No me gusta como te lo estás tomando. No te lo tomes como algo personal y delega a otros lo que te queda grande. No te comas todo esto tú sola, porque entonces te va a quedar enorme, te va a caer encima y te vas a volver todavía más loca con toda esta… cosa —dijo, siendo consciente de que ‘mierda’ quizás hubiera encajado ahí muy bien.

Comprendía su necesidad de hacer algo grande, pero pese a todo no entendía cómo es que de verdad le quedaba eso en el interior después de haber vivido todo lo que habían vivido. Sam no se sentía para nada victoriosa después de éstos dos años, sino más bien un amasijo de inseguridades que había terminado por ser manipulada, maltratada y amenazada por todo aquel que se creía superior a ella. ¿Que había salido viva? Sí, pero en ningún caso fue gracias a ella. Y pese a sentirse así de derrotada, tampoco es que le quedasen muchas ganas de intentar mimar a su propia autoestima metiéndose en algo que le podía quedar tan grande. Sólo quería vivir una vida normal, le daba igual no ser apta para la guerra, la violencia y la podrida sociedad que ahora mismo se alza en Londres. Le daba exactamente igual no estar hecha para ese mundo, básicamente porque odiaba ese mundo.

Dio unos pasos hacia el interior de la cocina para coger un paño, volviendo a salir con intención de limpiar la mesa, aunque evidentemente iba a esperar a que Gwen dijese en voz alta que no quería comer más, pese a que Sam ya se lo imaginaba. Se sentó en el banco, frente a Gwendoline.

—¿Eres investigadora, Gwen? —preguntó entonces, con el cuerpo bastante relajado allí sentado y mirando a su novia a los ojos. —No eres investigadora, no al menos profesionalmente. Es cierto que cuando te pedí ayuda con Kant y Artemis tuvimos que hacer nuestros propios trabajos de investigación y se nos dio relativamente bien, pero eso no nos acredita un máster ni nada por el estilo. —Y todavía recordaba todo lo que habían hecho para conseguir información o al menos el nombre de Grulla. El problema que tuvieron ahí precisamente no fue el de investigación, sino en el de meterse las dos como si fuesen espías a corroborar una de las ubicaciones, cómo si ellas estuviesen acostumbradas a esas cosas. —Eres desmemorizadora y si bien tienes muchísimas cualidades, una investigación de este estilo que encima tienes que llevar en secreto tiene muchísimos riesgos y limitaciones. —Soltó aire por la boca, haciendo un sonido con los labios. —¿No han pensado en hacer todo este brainstorming en la Orden del Fénix? ¿Lo han hecho ya? ¿Quedar todos los que estéis comprometidos con el caso y que todos opinen al respecto? Estaría bien para ir todos en la misma línea, repartir tareas y tener muchos puntos de vista diferentes, porque está claro que por mucho que pensemos que lo que decimos tiene lógica, puede venir cualquiera con un poco más de idea y descartar nuestra opción rápidamente por una infinitamente mejor.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ago 07, 2019 1:17 am

Su frustración personal daba exactamente lo mismo, en realidad: en cualquier otro aspecto de su vida, en cualquier aspecto en que no peligraran vidas humanas, daría igual si alcanzaba o no sus objetivos. Simplemente, viviría con un amargo sabor a derrota, pero tarde o temprano se levantaría, se sacudiría el polvo y seguiría adelante. Lo había hecho muchas veces.

Aquel asunto era, en pocas palabras, una bomba de tiempo: cuanto más tiempo pasaba en libertad su enemigo, más peligro había de que acabase con más vidas.

No pretendería estar en la cabeza de Sam para entender lo que pensaba—no compartía las habilidades de su novia a la hora de leer mentes—, pero sus palabras daban a entender… que Gwendoline se había tomado aquello como un reto personal, o algo parecido.

Aquello le dolió profundamente.

No dijo nada. Se limitó a escucharla mientras iba de un lado para otro en la casa, meditando lo que respondería cuando tuviese fuerzas. No quería discutir, pero el ambiente se estaba tensando. ¿Por culpa de Gwendoline? Quizás, y por eso mismo hizo un esfuerzo consciente para no decir nada de lo que se arrepintiera.

Para cuando volvió a estar sentada frente a ella, la cara de Gwendoline lo decía todo: estaba seria, sin un amago de sonrisa u otra emoción. Había cruzado los brazos de manera casi defensiva, y sus labios estaban tan tensos que parecían a punto de fundirse uno con otro en cualquier momento, cerrando su boca para siempre.

Por un breve momento, pensó en lo conveniente de aquello: siempre había sido chica de pocas palabras.

Dejó a un lado este pensamiento cómico que, por algún extraño motivo, había logrado formarse en medio de todos aquellos sentimientos negativos, y se concentró únicamente en escuchar. E incluso cuando Sam terminó de formular sus preguntas, guardó silencio durante algunos segundos más.

Tanto tiempo estuvo callada que cualquiera habría pensado que ya no hablaría más.

Pero no fue así: sus labios no se fundieron, cerrando su boca para siempre, y Gwendoline terminó por responder a su novia. No pudo evitar hacerlo con una mano apoyada en la frente, como si le doliera la cabeza.

Quizás pronto ocurriera.

—Se ha hecho, más de una vez.—Era lo más lógico, ¿no? Hablar del asunto entre todos. Sin embargo...—Después del segundo ataque, Dumbledore optó por cortar el flujo de información: cada miembro debía hablar de manera independiente con él, siempre y cuando tuviese algo que ofrecer. De esta manera, sólo él y sus allegados de confianza disponen de la información.—Y eran bastante pocos, debía decir.—Lo máximo que puedo llegar a hacer es reunir a Maxwell y Myerscough en la misma habitación, y comparar notas con ellas, si es que tienen algo. También puede ser que tengan alguna idea, no lo sé...

No había tratado lo suficiente con ninguna de las dos para conocer sus dotes deductivas. Sabía que Xenobia había sido periodista, así que tal vez tuviese algún tipo de habilidad que les resultara útil, pero hasta ahí llegaba la información de que disponía.

—Es lo poco que puedo ofrecerte en ese aspecto.—Añadió, poniéndose entonces en pie y echando a caminar hacia la cocina. Se detuvo nuevamente ante la pila, quedándose inmóvil con la mano sobre la manivela del grifo. Un par de segundos después la giró y se mojó las manos en el chorro de agua, para acto seguido lavarse la cara, en un intento por despejarse.

Cerró entonces el grifo y se quedó un poco más allí. Quizás lo mejor sería sugerir a Sam dejar aquello así por el momento, pero se dio cuenta de una cosa: si no aclaraban las cosas cuanto antes, cada vez que el tema saliera, se repetiría la misma situación.

Así que no lo dejó estar así.

—¿Por qué crees que quiero hacer esto?—Preguntó Gwendoline, asomando al umbral de la puerta de la cocina.—¿Por qué crees que necesito hacerlo? ¿Crees que soy ególatra? ¿Que necesito algo que me levante la moral?—Lo preguntó con voz suave, aunque seria, y añadió inmediatamente.—Porque no es así. Los motivos que me llevan a esto son los mismos que me impulsaron a estudiar medimagia, o a entrar en la Orden del Fénix en primer lugar. O a ayudarte cuando llamaste a mi puerta después de más de dos años sin verte.—La voz estuvo a punto de quebrársele, pero mantuvo la firmeza a duras penas.—No estoy más loca de lo que estaba antes de que ocurriera todo esto. Simplemente siento la necesidad de ayudar a la gente que lo necesita.

¿No era evidente, acaso? Jamás se había considerado fuerte, ni mucho menos diestra en los duelos mágicos, y dudaba que se la pudiera calificar de valiente. Sin embargo, había arriesgado su pellejo entrando a formar parte de una organización ilegal, en un intento por hacer algo, por cambiar las cosas.

Nunca había tratado aquel tema con Sam, eso estaba claro… así que, si su novia pensaba mal de ella, quizás fuera su propia culpa.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ago 07, 2019 4:32 am

No tenía intención de ir a ninguna reunión en la Orden del Fénix, sino que había dado esa idea porque consideraba que todo ese tipo de decisiones deberían de tomarse de manos de los implicados y entre más gente estuviese involucrada, mejor. Siempre iba a ser mejor tomar una decisión de ese estilo siendo cuatro, que siendo sencillamente dos, sobre todo cuando una de esas dos no estaba ni siquiera motivada—ni enterada bien—con el asunto ni era parte del mismo y la otra claramente sentía una evidente obsesión con el tema. Ninguna de las dos opciones tenía lo que se decía mucho valor.

—Pues quizás Maxwell y Myerscough puedan darte tu visión de cómo proceder teniendo lo que tienes ahora mismo, no lo sé… —Evidentemente no lo sabía: no sabía quiénes eran Maxwell y Myerscough ni cómo estarían enfocando el tema, o si realmente podían ser de ayuda para Gwen o, por el contrario, entorpecer en la manera de trabajar de la morena.

No sabía nada de nada.

No le pasó inadvertido el hecho de que después de todo lo que había dicho, la cosa se había tensado bastante y… no le sorprendió, pues después de decirlo todo fue cuando pensó en lo que había dicho y que quizás no lo había dicho bien o que… directamente no debería de haber dicho nada de eso.

Frente a la tensión del momento, Sam se quedó allí sentada mientras Gwen iba a la cocina para lavarse la cara. Su mirada se perdió en un punto perdido de sus piernas bajo la mesa, arrepintiéndose de lo que había dicho y lo que le hizo volver a la realidad fue la voz de Gwendoline, justo a su lado, en la puerta de la cocina. No le dio tiempo a responder a sus preguntas y… la verdad es que se sintió francamente mal al escuchar esas preguntas de su boca, pues sonaba fatal que Sam pudiese pensar así de ella. No había levantado la mirada de sus pies, pues de repente le daba vergüenza levantarla y sentía que… de alguna manera la había traicionado pensando así de ella.

Y peor se sintió entonces al darse cuenta que en menos de veinticuatro horas no solo habían discutido por culpa de eso, sino que ahora ocurría toda esta situación. Si bien se le creó un nudo en la garganta, la rabia que sintió en ese momento por culpa del tema del dichoso Juguetero, hizo que dicho nudo se agrandara todavía más.

Lo que peor le sentaba de todo eso es que Gwen de verdad creyese que Sam la podía ver así, porque no era así. Probablemente la persona que viese a Gwen con mejores ojos era precisamente Sam y si bien pensaba que podía ser un problema de autoestima, ya te digo yo que en ninguna realidad alternativa Sam podría pensar que realmente a Gwen le faltaba autoestima. Lo que le daba rabia era pensar que su novia pudiese pensar eso de sí misma.

—Lo siento si te he ofendido —se disculpó antes que nada, con la voz débil por el nudo de la garganta. —No quería decir eso… es decir…

Abrió la boca y llenó el pecho de aire, jugueteando tranquilamente con el paño que tenía en las manos, desviando la mirada hacia allí.

—Sé que quieres ayudar a las personas que lo necesitan y me encanta que lo hagas, pero… sabes que no es la primera vez desde que nos encontramos que… —Tragó saliva en un intento que ese dichoso nudo se fuese, pero se empeñaba en quedarse ahí. —Gwen, no quiero que suene mal nada de lo que voy a decir y quiero dejar claro que yo no pienso esto de ti —advirtió, siendo consciente de que no había forma bonita de decir aquello, antes de continuar: —Es solo que… te metiste en la Orden del Fénix para ayudar, estudias medimagia para ayudar y sé que quieres ayudar porque la gente lo merece. No creo que lo hagas porque necesites reconocimiento o levantarte la moral, pero siempre he pensado que crees que no es suficiente lo que haces o… que necesitas ayudar a las personas y sentir que realmente lo has conseguido. —Recordaba perfectamente cómo se había quedado Gwen cuando había perdido a Io tras el duelo con la Ministra de Magia, uno no olvida fácilmente el rostro de derrota que se le queda a la persona que amas. Es imposible. —No es cuestión de que quieras mimar tu ego, sino que tengo la sensación de que lo que necesitas sencillamente es… que las cosas salgan bien para creerte que eres capaz.

Se mojó los labios y tiró el paño encima de la mesa, tomando una ligera pausa para controlar sus emociones en ese momento, pues quería ser sincera con ella pero a su vez no podía evitar pensar que la estaba cagando y que todo era una mierda.

—Si no tiene nada que ver con eso que digo, lo siento —le repitió, sintiendo un cosquilleo en su lagrimal. —Es solo que no quiero que pienses que no eres capaz de nada, o que pienses que no es suficiente lo que haces porque... no es justo.

Terminó hablando en un hilillo de voz y se calló, esperando cualquier reacción.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Ago 08, 2019 1:06 am

Por un momento, por un breve instante, Gwendoline estuvo a punto de ablandarse cuando observó la actitud de Sam. La rubia parecía haberse dado cuenta, repentinamente, del impacto que estaban teniendo sus palabras. ¿Y qué sucedía? Que se sentía mal, aún a pesar de creer que tenía razón.

Así era Gwendoline: trataba de mostrarse fuerte, decidida, y defendía su punto de vista… pero en el fondo era tan insegura que siempre, SIEMPRE, le quedaba un atisbo de duda.

Tuvo que recordarse a sí misma dónde estaba, y lo que estaban haciendo, y por eso se mantuvo firme. Su rostro era serio, sus brazos cruzados, mientras miraba directamente a Sam, casi sin pestañear.

Y la escuchó, por supuesto: le había prometido escucharla y tener en cuenta todas y cada una de sus palabras, tanto dentro como fuera de la investigación. Y sí, llegó a comprender un poco mejor la manera que tenía de ver su actitud, pero se equivocaba: por lo que a ella respectaba, podía envejecer y acabar en la tumba con una autoestima baja, sintiéndose una perdedora, siempre y cuando su incapacidad para hacer las cosas bien no le costara la vida a otras personas.

—Si las cosas no salen bien—, empezó con suavidad, tratando de evitar una nueva discusión—, si no soy capaz, es posible que alguien más lo resuelva. Pero también es posible que no. Y si no soy capaz de hacer algo, y ese tío vuelve a atacar, morirá gente.

Sí, de acuerdo: sus palabras sonaban como si se sintiera responsable de todo aquello. Pero en su interior tenía la firme convicción de que, de no poner el cien por cien de sí misma en aquel asunto, lo mejor sería que, efectivamente, se retirara y lo dejara en manos más capaces que las suyas. Porque de esa forma sí podría considerarse una perdedora incapaz de hacer nada por nadie, y su salida de la Orden debería tener lugar por la puerta de atrás.

Y no es que quisiera hacer las cosas sola, ni resolver el caso ella misma; lo que quería era bucear en esos archivos, dar con algo, aportar un granito de arena y, en conjunto con los demás miembros, detener las matanzas del Juguetero.

—Mis sentimientos no importan en este caso.—Dijo con sinceridad, dando un paso adelante sin dejar de mirar a su novia.—Pero no puedes negarme que cada vez que he cometido un error en el pasado, dicho error no ha salido precisamente barato.

¿Cómo olvidarse de Artemis Hemsley? ¿Cómo olvidar que aquella mujer había tenido acceso a sus recuerdos? ¿Y por qué había sido? Porque ella había cometido el error de correr tras ella en un momento en que no debía haberlo hecho. Solo eso.

Dio otro paso adelante, acortando la distancia con Sam.

—Como ya te he dicho, es posible que otra persona resuelva esto en mi lugar, sí, pero me siento en la necesidad de ayudar. Porque, por muy irracional que suene, si decido no hacer nada, confiando en que otros lo harán mejor que yo, me aparto del asunto, y más gente acaba muriendo...—Se le quebró un momento la voz, y tras un jadeo provocado por una repentina angustia, su voz sonó débil—...Si eso ocurre, entonces puedo asegurarte que lo recordaré toda mi vida.

Y ahí estaba el punto: lo recordaría como ese momento en que, por no hacer absolutamente nada, alguien habría muerto.

Quizás fuese egocéntrico creer que una misma podía marcar algún tipo de diferencia, eso lo reconocía. ¿Pero en qué lugar quedaba una persona que podía ayudar, decidía no hacerlo, y por ello terminaba sufriendo más gente? ¿Qué era peor?

Sintió que de repente le temblaban las piernas y, a modo de evitar caer al suelo, dio un paso más adelante y se arrodilló delante de Sam. Tomó la mano de ella entre las suyas, que temblaban.

—¿No eras tú la persona que anteponía su propia seguridad a la de otros?—Le dijo con suavidad, sin pretender decir nada negativo de ella.—No me malinterpretes: me encanta nuestra vida, nuestra tranquilidad, y que ya no hagas ese tipo de locuras.—Esbozó una débil sonrisa.—Lo que quiero decir es que… si al menos en parte sigues siendo aquella Samantha, y yo sé que sí por lo valiente que has sido siempre, comprenderás lo que quiero decir...

Porque allí estaba el secreto más importante de todos: Gwendoline y Samantha siempre habían sido muy parecidas. Y sí, estaba segura de que, después de todo lo que Sam había pasado, había tenido tiempo de comprender lo peligroso de aquella línea de pensamiento.

Gwendoline comprendía el peligro… o al menos, se hacía una ligera idea. Al no haber vivido todo lo que su novia, no podía pretender comprenderlo todo. Pero se hacía una idea.

Y sí, a pesar del peligro que pudiera haber, a pesar de haber perdido la confianza en sí misma, seguía queriendo hacer algo para cambiar el mundo en que vivían. Porque sí, estaba claro que una persona no podía hacerlo todo… pero si todo el mundo decidiera retirarse por sentirse innecesario, el cambio jamás llegaría.

No habría nadie para obrarlo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ago 08, 2019 1:57 am

Podía decir con total seguridad que comprendía totalmente a Gwendoline en todo lo que decía. Podía entender que tenía privilegios que quería aprovechar a favor del caso, podía entender que creyese que sus sentimientos no importaban e incluso que realmente tenía la necesidad de ayudar. Si es que Sam lo sabía: si entre nosotros no nos ayudábamos, nadie lo iba a hacer. Sam era el vivo ejemplo que, de no haber sido por ayuda externa, ahora mismo su cadáver ya estaría en proceso de descomposición. Y también sabía que era ese el preciso motivo por el cual Gwendoline estaba en la Orden del Fénix.

Sin embargo, por mucho que pudiera entender el punto de vista de la morena, no le convencía. Y lo sentía porque de verdad que en ese momento LE ENCANTARÍA poder decir: “Jopé, Gwendoline, tienes razón, qué tonta he sido. Me voy a volcar a mil junto a ti.” Pero no le nacía decirlo porque no lo sentía.

—Todas hemos cometidos errores que no han salido baratos —le recordó, no fuese a pensar que ella había sido la única con mala suerte en sus decisiones.

Veía el asunto del juguetero como "o salía bien, o todo se va a la mierda" en el sentido de que o todo se resolvía, o si alguien más moría todo el mundo se iba a sentir mal sólo por haber fallado en algo terriblemente difícil.

Apartando de su cabeza el asunto de falta de confianza, miró entonces a la morena cuando se puso de rodillas al lado de Sam, sujetando una de sus manos. La pregunta que le dijo hizo que la rubia arrugase un poco el ceño, pues no se la esperaba. Le sorprendió que intentase llegar a la Samantha de hace dos años, esa que en teoría—en una profunda teoría—era valiente y se arriesgaba, para poder entenderla. No le hacía falta ir tan atrás para entenderla.

—Precisamente porque sigo recordando lo que vivió esa Samantha del pasado que no lo entiendo. Si en su momento anteponía la seguridad de otros a la mía era sencillamente porque no tenía nada que perder: vivía intentando anteponer mi vida por quienes creía que valían la pena porque si moría me libraba de una vida de mierda; la única manera que tenía de librarme de lo que estaba viviendo. Me gustaba pensar que estaba haciendo el bien y que quizás el karma me recompensaba matándome, ¿sabes? —le respondió, mirándole a los ojos. Sonaba duro, pero es que había sido así. —A día de hoy ni me plantearía hacer lo que hacía antes porque he recuperado cosas que dan sentido a mi vida y porque te tengo a ti, que me haces querer vivirla. —Y suspiró, casi de manera derrotada. —Y de verdad, ¿qué hay de valiente arriesgarte cuando no tienes nada que perder?

Valiente era dar la cara cuando lo puedes perder todo, cuando había cosas de valor en juego, pero lo que había hecho Samantha no era eso. No se podía ser valiente si uno no tenía miedo a enfrentarse a lo que tenía delante.

Ahora sí que podía intentar ser valiente porque tenía miedo por perderlo todo.

Puso su otra mano sobre el dorso de la de Gwendoline y forzó una sonrisa, pese a que el tema a tocar no le producía ni la más mínima alegría. Sam sabía que se había cobijado en la comodidad y la tranquilidad; una parte de ella se sentía culpable por haber 'abandonado' la guerra, pero otra parte de ella decía: “¿qué narices hago yo ahí dentro, si no estoy hecha para nada de eso?”

—Siento haber pensado eso de ti —repitió, en un tono que sugería que no iba a añadir nada más que pudiera alentar la situación a seguir por el mal cauce. —Entiendo que quieras evitar que más gente pueda morir: es una causa muy noble. A diferencia de mí, tú si estás siendo valiente. —Pero a ojos de Sam, la morena nunca había pecado de cobardía, sino que salía un paso al frente siempre que hacía falta. —Quizás todo esto se deba a que yo soy una cobardica que se ha acostumbrado a estar calentita y a salvo en nuestro santuario y me asusta que te puedas implicar más de la cuenta en todo esto, o que las cosas salgan mal. Y no te lo tomes a mal: pero no me apetece nada seguir hablando de este tema. Quiero irme a echar una siesta mientras pienso en lo mala persona que soy por pensar feo de ti.

Por mucho que ahora mismo hubiese controlado ese nudo en la garganta, se seguía sintiendo muy mal. Sam no era muy buena en las discusiones: ni esas en donde todo era más emocional y siempre le daban ganas de llorar, ni tampoco en las que tenía con Caroline que era básicamente a ver quién gritaba más alto. Pero estas eran peores porque se te quedaba un mal cuerpo terrible.

—Ya cuando decidas por qué camino continuar… —Obviamente se refería al caso del juguetero. —Pensamos una manera de hacerlo. —Y con eso, pretendía dejar el tema de lado durante un rato.

Tenía que hacer un acuerdo consigo misma para poder tratar ese tema en paz y no volverse loca, porque a este paso Gwen se vuelve loca por el tema y Sam se vuelve loca porque Gwen se vuelve loca. Y eso era un círculo vicioso muy malo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Ago 08, 2019 3:11 am

La conversación llegó a un punto en que Gwendoline tuvo que decidir si prefería insistir en el tema, desembocando con toda seguridad en una discusión, o si en cambio prefería dejarlo.

Teniendo en cuenta cómo se habían desarrollado los últimos dos días, y cómo habían terminado, la morena optó… por cerrar la boca. Ya había hecho su mejor esfuerzo para que Sam comprendiera sus motivos, y si llegados a este punto no los comprendía, no había mucho más que pudiera hacer. No tenía otras palabras para expresarlo, ni una manera de hacer que lo comprendiera.

Tampoco iba a intentar convencerla de su propia valentía en la época de Crowley: ya había arremetido demasiadas veces contra ese puente concreto. Además, aquello no era más que su opinión subjetiva, pues la única que había vivido aquella época había sido Sam. Pretender saber lo que pensaba entonces era pretencioso, además de estúpido, teniendo en cuenta lo perjudicada que había estado en esa época.

También podrías no haber hecho nada y luchar por vivir un día más, pensó Gwendoline, sabiendo que aquella era posiblemente la opción más “cómoda” dentro de su situación, y la que muchos tomarían. Vida no había más que una, después de todo.

Al final, permanecer en silencio fue para bien, pues Sam estaba visiblemente afectada, y además no quería seguir hablando del tema. Gwendoline asintió con la cabeza ante su última petición y, sin mediar palabra, se puso en pie. Retuvo la mano de su novia unos segundos más, y entonces la soltó.

No sabía qué decir.

—Dejémoslo por hoy.—Dijo finalmente, sabiendo que era lo mejor. Dudaba que el caso pudiera esperar, pero no tenía intención de dejar que aquello se interpusiera entre ella y su novia.—Voy a dar una vuelta para despejarme un poco. Compraré algo para preparar la cena. Tú… descansa.

Por fortuna, Gwendoline ya estaba vestida, así que tras dirigirle una última mirada y una leve sonrisa a su novia, se dirigió a por su bolso.

Sam, por su parte, se encaminó hacia las escaleras que conducían al piso superior. La dejó irse, revolviendo en el bolso de manera intencionada para perder tiempo. Y fue cuando la rubia ya había desaparecido escaleras arriba que Gwendoline se permitió dejar ir todo lo que sentía: rompió a llorar allí mismo, bajo la atenta mirada de ambos gatos.

¿Que por qué lloraba? Por demasiadas cosas.

Hablar de sus errores pasados había traído de vuelta el rostro de iO, la primera paciente que había perdido en su corta carrera como sanadora; había traído de vuelta el rostro de Artemis Hemsley, así como un dolor fantasmal allí donde la espada de la mortífaga había atravesado el hombro de Caroline Shepard; había traído de vuelta el rostro de Ulises Kant, un hombre que si bien distaba de ser bueno, dudaba que mereciera morir por sus errores; había traído de vuelta los rostros de los Crowley, y el hecho de que ella no estuviera presente para ayudar a su entonces mejor amiga en semejante tesitura; había traído de vuelta el rostro de Caiden Ashworth, a quien había tenido que asesinar en defensa propia por culpa de Zed Crowley…

Y había traído de vuelta al maldito Juguetero, sus atrocidades cometidas contra gente a la que había llegado incluso a querer, y que finalmente había abierto una brecha entre la persona más importante de su mundo y ella.

Procuró no sollozar demasiado fuerte, sintiéndose pese a todo una persona miserable. Y como no se fiaba de que Sam apareciera de imprevisto y se la encontrara de aquella manera—no tenía ganas de hacer frente a una situación así—, cogió el bolso, se lo echó al hombro y salió de la casa de manera apresurada. Recorrió la entrada de la casa y un buen tramo de acera antes de detenerse para tomar un pañuelo de su bolso y secarse un poco aquellas amargas lágrimas.


Un par de horas más tarde

Para cuando regresó, eran aproximadamente las seis de la tarde, y la casa permanecía en silencio. No vio rastro alguno de los animales o de su novia, y supuso que estarían todos arriba, en el cuarto.

Había tenido tiempo para pensar, para tomar aire y para calmarse: había terminado sentada en un banco en medio de un parque perdido de la mano de Dios, llorando como una estúpida mientras los viandantes—en su mayoría adolescentes montados en monopatines o patinetes eléctricos de esos que tan de moda estaban—se quedaban mirándola como un bicho raro. Parecía una plañidera, o una amante desconsolada por la ruptura de su idílica relación.

Si ellos supieran…

Cuando se había cansado de observar el paisaje con lágrimas rodando por sus mejillas, había levantado el trasero del banco y se había desplazado al mercado de Candem Town por medio de la aparición. Hizo unas compras rápidas, pensando en preparar una cena con la que ambas se olvidaran de sus problemas, y entonces había regresado.

Y allí estaba, dejando una bolsa de papel sobre la encimera, mientras lanzaba un largo suspiro. Pensó en avisar a Sam, pero… en su lugar, decidió dejar hablar a una de las cosas que se le daban bien: la cocina.

Un par de minutos después ya estaba ataviada con su delantal y empuñaba el cuchillo, con el cual comenzó a trocear varias verduras distintas. Se disponía a preparar un plato asiático, comida que les encantaba. Los champiñones pronto comenzaron a desprender un agradable aroma.

Gwendoline no quería que las cosas fueran así, y sabía que lo serían si no abandonaba la Orden del Fénix. Sabía que siempre habría un motivo para discutir, y sabía que Sam siempre tendría razón. Porque era lo más lógico y lo más seguro.

Había llegado incluso a pensar en dejar el caso, y acudir a comunicarle a Dumbledore que ya estaba, que no se arriesgaría más a pasar información secreta a un grupo clandestino. Sobra decir que descartó aquello de inmediato.

No iba a seguir siendo miembro de la Orden del Fénix, eso estaba más que decidido, pero no iba a abandonarles a mitad de investigación. Y menos en aquel caso, en que un lunático amenazaba tantas y tantas vidas. Pero una vez el asunto estuviera cerrado, o una vez que considerase que lo había dado todo de sí misma, que no podía hacer más… se habría terminado todo.

No le cabía más duda de ello.

—Tengo cosas más importantes que proteger...—Murmuró, sin ser consciente de que ponía en palabras un pensamiento. Un pensamiento que tuvo mientras vertía sobre las verduras en la sartén un chorro de salsa de soja.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ago 08, 2019 10:51 pm

Las ganas que tenía ahora mismo de seguir en el comedor hablando de ese tema eran proporcionales a lo mucho que odiaba el tema, por lo que cuando Gwen también se puso de parte de acabar con aquella conversación, respiró aliviada. Asintió a lo que dijo y a punto estuvo de decirle que habían cosas para preparar la cena en la cocina, pero era bien consciente de que esa parte de lo que había dicho era la menos importante. Se dirigió a la escalera y cogió a Don Cerdito en brazos antes de subir, pues su mascota había corrido hacia ella al ver que iba hacia sus némesis: los escalones.

Una vez en su habitación, dejó a su mascota sobre la cama y se tiró sobre el colchón, colocándose de costado mientras abrazaba fuertemente una de las almohadas. Cerró los ojos, siendo consciente de que la había cagado.

Sabía que no la había cagado solo por su evidente falta de apoyo al tema de la Orden del Fénix pese a haberlo intentado, sino por malinterpretar todo y pensar cosas que no eran como ella pensaba. ¿Qué le iba a molestar más a Gwendoline, que su novia que evidentemente ha declarado que no le gusta nada de eso evidencia no estar de acuerdo? ¿O que su novia dude de ella y piense algo que no es sobre el por qué de tomar algo así bajo su responsabilidad? Y sabía que había hecho mal porque tres veces que se había disculpado y tres veces que sentía que de nada servía disculparse después de haberle soltado aquello. Seguro que se había ofendido y…

Joder, no había nada más penoso que hacerle daño a quién quieres.

Cerró los ojos y se quedó allí, auto-machacándose por todo lo que acababa de pasar en el comedor. Sabía que lo único que tenía que hacer era apoyar incondicionalmente a Gwendoline, que eso es lo que haría una buena pareja; una buena amiga, pero es que le era imposible hacerlo sabiendo lo que había ahí fuera y los peligros a los que podía enfrentarse. Tenía miedo: estaba aterrada. Llevaba con miedo desde que había ‘vuelto a la vida’ y vivir así la había vuelto una cobarde, una cómoda y… una idiota.

Abrió uno de sus ojos húmedos de las lágrimas y vio en su mesa de noche su varita mágica, que no era más que la antigua de Gwendoline. Recordaba perfectamente haber empuñado su propia varita con decisión por actos que ahora mismo no se veía ni de lejos enfrentando y se sintió un amasijo de carne y huesos inútil.

Hasta ella misma se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo allí en la cama auto-flagelándose y que no le hacía falta que la parte cruel de sí misma se recordase lo patética que era. Se sentó entonces en la cama, quitándose con la parte baja de su camiseta las lágrimas de los ojos.


***

No iba a solucionar nada tirada en la cama, por lo que bastante enfadada consigo misma, se levantó, se cambió de ropa y fue a la habitación de invitados, en donde golpeó varias veces el saco de boxeo. Y nada más golpearlo, sintió que tenía efecto en ella; un efecto que convirtió aquel pesar en pura rabia.

¿Para qué golpeaba el saco de boxeo? En un principio decía que para aprender a golpear… pero ahora en serio: ¿por qué narices golpeaba un saco de boxeo? Lo hacía para sacar la rabia, para desahogarse, para sacar de manera agresiva todo lo que le ahogaba. Y lo conseguía porque cada vez que golpeaba, un pensamiento le venía a la mente.

“Para qué empeñarme en aprender a golpear un saco, si luego no soy capaz de enfrentarme a nada.”

“Tantos años enfrentándome al peligro yo sola y ahora que tengo apoyo, me escondo como la ratilla asustada que dicen que soy.”

“Mucho tiempo enfrentándome al incesante maltrato de los Crowley… ¿y ahora no lucho para evitar que el resto pase por lo mismo?”

“Estoy viva porque recibí ayuda: ¿y ahora le niego la ayuda a quienes lo necesitan?”

“¿De verdad es esto lo que quiero recordar si todo esto pasa? ¿Esta Sam inútil que no para de huir y de frenar?”

“¿Estoy segura de que a la que le falta autoestima y tiene una evidente carencia de confianza en sí misma... no es más que yo?”


Ese último pensamiento le pesó tanto que golpeó mal, terminando por abrazarse al saco y poco a poco resbalar hasta sentarse en el suelo. Se quedó ahí sentada, pensando mientras se miraba sus nudillos que, carentes de protección porque no se la había puesto, habían terminado por enrojecer. Ese último golpe, sin embargo, había hecho que una pequeña herida apareciese entre los nudillos de dos de sus dedos.


Una hora después, bajó por las escaleras con el pijama puesto—pues no pensaba salir—, con Don Cerdito bajo el brazo, aseada y con las heridas de sus nudillos recién curadas con una pomada mágica. No eran nada grave, solo lo típico que pasa si no te pones los guantes. Olió la comida y supo que Gwendoline estaría en la cocina por lo que… era hora de enfrentarse a la realidad. Tragó saliva intentando no parecer imbécil y se dirigió hacia allí.

—Hola Florecilla —saludó al entrar. —Qué bien huele.

¿‘Hola Florecilla… qué bien huele’? ¿Por qué todo lo que decía le sonaba super cutre? En un intento de dejar de criticarse a sí misma, pues parece que esa tarde le había dado duro al tema, siguió de largo para abrir la puerta trasera que daba al patio. Dejó a Don Cerdito ahí y los gatos no tardaron en aparecer corriendo al escuchar la puerta, pues era la hora de que hiciesen sus necesidades. Los gatos tenían su propia cajita para la caca, pero eran gatos así que hacían un poco lo que le saliese de las narices, cuando le saliese de las narices. Don Cerdito, sin embargo, hacía la caca siempre en la calle, en el mismo rinconcito.

En fin, que me desvío del tema hablando de caca.

Sam se apoyó en la encimera con una mano, mirando la sartén con las verduras en el interior.

—¿Qué estás haciendo?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Ago 09, 2019 12:14 am

En el relativamente poco tiempo que llevaban viviendo en la que ya era la casa de sus sueños, Gwendoline había configurado el área de trabajo de la cocina a su gusto. Las plantas aromáticas—que ella misma había cultivado, con un poco de ayuda de los fertilizantes mágicos—habían crecido bien, y se había permitido trasplantar algunas a pequeños tiestos, colocados en las proximidades de los fogones. De esta manera, todo era mucho más cómodo.

No tuvo más que alargar la mano para hacerse con una ramita de romero, que le daba un aroma especial a todo, para luego rociar las verduras con una fina lluvia de pimienta negra directamente de su molinillo.

La cocina se llenó entonces de un agradable aroma a especias.

Había tenido tiempo de calmarse, y para entonces, si bien sus ojos seguían un tanto enrojecidos—la cebolla no los había ayudado a recuperar su aspecto normal, precisamente—, ya no lloraba. ¿Seguía sintiéndose mal? Desde luego que sí, y se había replanteado muchas cosas. Pero al menos ya no lloraba.

Y menos mal, pues Sam no tardó mucho en aparecer, procedente del piso superior.

De acuerdo: una no podía pretender que toda su vida fuese perfecta, sin ningún tipo de discusiones, y marcada únicamente por momentos buenos. Eso no era una vida; era una utopía, y por norma general, las utopías no funcionaban ni siquiera en la ficción.

Cabía esperar que hubiera momentos así, y más cuando las vidas de ambas habían cambiado tanto en los últimos años. Quizás tuvieran cada una su parte de responsabilidad en aquella situación, pero estaba claro que no se habría dado de no ser por el caldo de cultivo en que vivían inmersas cada día.

Sin ese caldo de cultivo, pensó Gwendoline mientras su novia se acercaba a ella, quizás no estaríamos aquí.

No entraba en sus planes dar las gracias a Voldemort y a los suyos por tomar el mundo mágico, acabar con miles de vidas y destruir otras tantas, solo porque durante aquellos acontecimientos, Samantha y ella hubieran descubierto lo que sentían la una por la otra, desde luego. Sin embargo, las cosas claras: de no haber tenido que separarse, de no haber sucedido todo como había sucedido, muy probablemente seguirían siendo amigas.

Respondió con una leve sonrisa, tan cansada como todas las de aquel día asqueroso, cuando Sam elogió el aroma de su comida a medio hacer. No era mérito suyo, por supuesto, sino de las especias, pero matizar aquello habría sido completamente absurdo.

Removió las verduras sirviéndose de una cuchara de madera—no se atrevía a saltearlas como los chef profesionales, pues para eso hacía falta no sólo destreza, sino también algo más del músculo que ella tenía—mientras Sam abría la puerta del jardín trasero a los animales. Entonces, ella regresó y le preguntó qué estaba haciendo.

—¿Te acuerdas de aquel restaurante que visitamos en Chinatown?—Preguntó, casi repentinamente, componiendo una sonrisa un poco mejor que la anterior.—A lo mejor no, porque estábamos demasiado borrachas. Fue hace… ¿cuatro años? ¿Cinco? No lo recuerdo exactamente, pero el caso es que habíamos salido de fiesta las dos juntas, y tú te empeñaste en que teníamos que comer comida china. A las tres de la madrugada.—No pudo evitar reír un poco, divertida.—No es que yo opusiera ninguna resistencia, la verdad.—Confesó, encogiéndose de hombros.—Nos montamos en un taxi y nos fuimos a Chinatown, y una vez allí, encontramos este restaurante, que en realidad se parecía más a un McAuto de estética china, con dragones y todo eso. Y nos pedimos unos fideos con verduras que estaban buenísimos.

Había sido una de esas anécdotas de una época claramente mejor, cuando ambas disfrutaban de su tiempo juntas sin tener que esconderse, y nadie se atrevía a juzgarlas. Y aunque las hubieran juzgado, ¿qué más daba? Eran ellas dos, ellas dos contra el mundo, y lo podían todo.

¡Qué bonito habría sido poder vivir la vida como entonces!

—No sé si estaban tan buenos como los recordamos, pero el caso es que nunca fuimos capaces de encontrar de nuevo ese sitio. ¡Y lo intentamos!—Alzó las cejas, dando énfasis a sus palabras, cuando realmente no hacía falta: Sam había vivido aquello, igual que ella.—Estaba intentando recordar lo que llevaban esos fideos, y replicarlos, pero no sé si lo conseguiré: no es la primera vez que lo intento.

Una parte de Gwendoline, de la Gwendoline actual, pensaba que había sido entonces cuando Sam había empezado a plantearse lo de ser vegetariana. Seguramente se equivocaba, ¿pero cómo no sopesar la posibilidad después de probar un plato en esencia vegetariano tan sabroso como aquel?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ago 09, 2019 4:28 am

Cuando mencionó el restaurante chino de Chinatown… le vinieron a Sam los mil quinientos restaurantes chinos que hay en Chinatown y, hasta que no mencionó el detalle de que estaban borrachas, no fue que ubicó la anécdota que estaba a punto de contar. Era una de esas noches inolvidables en donde, borracha, pruebas una comida que te deja marca en el corazón y un sello eterno en la memoria. En realidad no había sido solo la comida, sino un cúmulo de todo: lo divertido de convencer a Gwen de ir a comer a las tres de la mañana chino, el haberse subido a un taxi borrachísimas mientras le contaban al conductor su plan de gordas, el habérselo comido en mitad de la calle...  

La verdad es que alivió el momento ver a Gwendoline recordando con diversión esa anécdota de hacía ya varios años. Inevitablemente sonrió, ya que la situación lo merecía y esa ‘vuelta a la normalidad’ había hecho que se volviese a sentir cómoda y hasta un poquito nostálgica.

—Recuerdo comernos esos fideos sentadas en el bordillo de una acera para que no se nos enfriase mientras nos mirábamos sorprendidas de lo bueno que estaba, creyendo que habíamos hecho un descubrimiento único. —Que sí, lo que más recordaba era el hecho de que habían bebido mucho y ella solía tener el síndrome del alzheimer del borracho—un síndrome que me acabo de inventar sobre la marcha—que consistía en que más del sesenta por ciento de las cosas se te olvidaban. Pero eso, precisamente, lo recordaba hasta con nitidez.

Asintió divertida cuando mencionó lo de no volver a encontrar el sitio perdido, pues había sido frustrante. Casi que parecía que estando borrachas se habían transportado a una realidad alternativa y, en la suya de toda la vida, no existiese ese chino, pues ellas estaban muy convencidas de la ubicación exacta.  

—¡Oh! ¡Qué rico! —dijo entonces ante las expectativas. —Creo que tenemos muy idealizados los fideos aquellos, ¿eh? A lo mejor no estaban tan buenos pero como estábamos borrachísimas y muy hambrientas quizás le dimos más valor del que tenían. Además estaban muy calentitos y nosotras muy frías. Lo mismo no encontrar el sitio nos vino bien, no se nos fuese a caer un mito. —Porque eso pasaba mucho, sobre todo a Sam le había pasado con las series que de pequeña veía como si fueran las mejores series del mundo y, a día de hoy las veías y daban vergüenza ajena. —Por como huele lo que estás haciendo, algo me dice que va a estar muy bueno. —Le dijo mirándola, sin tener duda de ello. Tenía ganas de abrazarla y pese a que era consciente de que no se lo iba a rechazar, no lo hizo porque... bueno: ¡todo era muy raro cuando discutes con la otra persona!

Entonces caminó unos pasos hacia la puerta de la cocina y de un colgante en la pared, justo al lado de la entrada, cogió su delantal. Era multicolor—muy homosexual todo—pero con toques pasteles en vez de los colores tan cantosos de la bandera gay. Se lo abrochó en la espalda y se acercó a Gwen.

—Déjame ayudarte —le pidió, para entonces coger los fideos de la despensa superior y agacharse para coger un caldero en donde poner a hervir el agua. Llenó el caldero del agua del grifo y lo puso al fuego máximo detrás de la sartén que estaba utilizando su novia, sin entorpecer. Cuando terminó, se preguntó mentalmente por qué narices se había puesto el delantal. —El mejor uso del delantal que verás en tu vida. Todo el mundo sabe que hervir agua puede ser muy peligroso. —Bromeó, riéndose un poco, sin haber echado siquiera los fideos, pues había que esperar que hirviera el agua.—Sin duda he hecho la tarea más complicada y agotadora. —Ironizó, divertida, pues había terminado de hacer esa tontería en menos de un minuto. Bueno, un poco más porque el chorro del grifo sale lento.

Por un momentito se le olvidó todo el machaque que se había dado ahí arriba hace un rato y si bien todavía estaba esa incomodidad inconsciente de que acababan de discutir, por lo menos no tenía la sensación de que Gwen la odiaba por haberle dicho lo que le había dicho. Que ojo, era consciente de que odiarla no la iba a odiar teniendo en cuenta por lo que habían pasado, pero con 'odiar' en una conversación se refería a haberle hecho daño, o incluso herir sus sentimientos y que, evidentemente, se hubiera molestado por ello.

Sacó también los cubiertos y los platos hondos en donde poner la comida, solo por tenerlo más a mano cuando todo se terminase. Los dejó a un lado, en donde no molestaban.

Entonces, aún queriendo darle un abrazo, se acercó por la espalda y pasó sus manos por su costado para no estorbarla, por debajo de sus brazos. Le dio un beso en el lateral de la cabeza antes de apoyarla en su hombro. Sabía que había perdido perdón veinte veces, pero a Sam nunca le habían faltado ni el 'perdón', ni el 'gracias', ni el 'por favor' en su vocabulario y, con personas como Gwen, no tenía demasiado orgullo la verdad.

—¿Me perdonas? —Y también sabía que podría haber dejado estar el tema, pero no quería estar toda la cena pensando en eso mientras veían algo en la televisión o sencillamente se ponían hablar.

Iba a preguntar un: "¿estás enfadada conmigo?" pero le resultó bastante más dramático y prefería ir a lo importante para dejar el tema atrás y que Sam hiciese las paces consigo misma.
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