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Opus Tenebrae. —Caleb Dankworth.

Abigail T. McDowell el Jue Ago 01, 2019 11:46 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Opus Tenebrae. —Caleb Dankworth. - Página 2 Z3ATGfm
Rusia, mercado mágico | 03/08/2019 | 19:32h | Atuendo

La visita de Abigail a Rusia había surgido por una razón totalmente política. El nuevo jefe del Departamento de Relaciones Internacionales del Ministerio de Magia ruso, antiguo conocido de la pelirroja, le había pedido una cita formal para hablar de ciertas cosas. En un principio había intentado escurrir el bulto hacia a su asistente Castlemaine, el que mejor se encargaba de esos temas, pero rápidamente Mijaíl Pávlov le insistió en que no iban a ser acuerdos oficiales y que todo iba a ser mucho más privado, que prefería hablar con la Ministra de Magia en persona. La verdad es que no le dio muchos detalles, pero no perdía nada por asistir a la cita y ver qué cosas se traía entre manos.

No iba a mentir: no tenía nada de ganas de ir a Rusia ese fin de semana. Desde que le había tocado vivir las consecuencias de una maldición, en apariencia sin cura, no es que su humor estuviese en su mejor estado y eso que ya Abigail destacaba por tener el humor en el centro del orto. Además, desde hacía unas pocas semanas había empezado a notar síntomas de la maldición y se sentía torpe e inútil, pero lo que más rabia le daba de todo era sentirse dependiente.

Así que en un intento de intentar normalizar su vida, pese a que podría morir en los próximos seis meses, decidió ir. En muchas ocasiones pensaba que por qué no lo dejaba todo y se dedicaba expresamente a vivir lo poco que le quedaba, pero esa no era Abigail McDowell. Ella se negaba a aceptar ‘su fin’ de esa manera tan patética y estaba segura de que si buscaba, podría encontrar una solución al problema.

Y ese fue otro de los motivos de que visitara Rusia: acudir a los expertos en maldiciones en busca de alguna solución, pauta o remedio que pudiese alargar más el proceso.

El viernes había tenido la cena con Mijaíl Póvlov, por lo que el sábado lo iba a dedicar a esa búsqueda, aprovechándose de contactos para dar con alguien en el que poder confiar. Cabe añadir que la pelirroja no dejaba cabos sueltos con respecto a su maldición y que no iba a permitir que nadie que se enterase, porque ésta le pide ayuda, pudiese soltar de manera pública que la ministra de magia británica estaba maldita, sin una cura a la vista. Así que a todos les hacía firmar un contrato de sangre, en donde si decía alguna palabra de lo hablado con ella o relacionado con ella, terminaría muy mal. No muerto, teniendo en cuenta que la muerte estaba detrás de la puerta de Abigail, había decidido obsequiar a un traidor chivato con una vida inútil; una maldición en donde no pudieras hacer nada.

El propio Póvlov le había dicho que en el mercado ruso de magia, una especie de Callejón Diagón, tenía un contacto que trabajaba específicamente con maldiciones. No las hacía, en principio, sino que se encargaba de los objetos malditos y cualquier otro tipo de consecuencia de una maldición. Abigail, con toda su buena intención, había ido al mercado ruso, viendo ya allí a muchos entusiastas comprando sus cosas para ir a Koldovstoretz en apenas un mes. Pese a su buena intención, eso sí, le era imposible descifrar los nombres de las tiendas, pues el ruso no era precisamente uno de los idiomas que dominase. Tenía una idea vaga gracias a todo lo que había aprendido con Caleb, pero evidentemente no podía encontrar “Tienda contra las maldiciones y objetos malditos” porque no sabía qué clase de jeroglífico correspondía con dichas palabras.

El ruso siempre le había parecido un dolor de cabeza.

Al final, preguntando en inglés había conseguido dar con la tienda. Se pasó en el interior una media hora, pero se hubiera pasado mucho más tiempo si el dependiente no supiese algo de inglés. No consiguió nada que ya no supiese, por lo que tras hacerle firmar el papel y metérselo en el bolsillo interior de su chaqueta bien doblado, salió de allí. Su intención era seguir buscando, pues el tipo con el que acababa de hablar le dio otros nombres, pero ni tiempo tuvo a ordenar sus prioridades, pues de repente escuchó una voz familiar.

—¿Abi? ¡Mira papá, es Abi! —La pelirroja miró hacia donde lo había escuchado, viendo a una niña de cabello rubio correr hacia ella, abrazándose a su pierna. —¡Abi!

Vio a Caleb caminando tranquilamente atrás, a lo que Abigail no pudo evitar pensar qué cuántas probabilidades había de que eso ocurriese en Rusia. Rusia era enorme. Intentó actuar con normalidad pese a que no tenía muchas ganas de dar explicaciones de qué hacía allí; quería llevar lo de su maldición con toda la discreción posible. Así que aprovechándose de que Grace Dankworth era la única niña pequeña que Abigail soportaba, se agachó para saludarla.

Cuánto tiempo, Grac… Y antes de terminar la frase, ya la niña le había abrazado.

No es que la pelirroja hubiese sido una madre para ella, pero había pasado mucho tiempo con la pequeña cuando no era más que un bebé.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Dic 18, 2019 5:33 pm

Caleb no podía negarlo: estaba aterrorizado durante los segundos previos a agarrar a Abi y besarla como si no hubiera un mañana. Tenía miedo de que ella le rechazara, de que le apartara de ella y dijese que ir allí esa noche había sido un error. De haber dicho eso, Caleb le habría dejado claro que no estaba de acuerdo. El error había estado en romper la promesa que le hizo hacía ya unos años, cuando ella le pidió que no la dejara volver a apartarse de su lado. Él había permitido que se separaran, pero porque nunca podía negarle nada a Abi. Ella había querido irse, y él había tenido que dejarla ir aunque le mató por dentro.

Pero eso no ocurrió. Le estalló el corazón en el pecho cuando Abi correspondió a su beso, besándole de vuelta con la misma intensidad y pasión que él a ella. Rodeó su cuerpo con sus brazos, pegándola a él y regocijándose en lo bien que encajaban juntos, como piezas de un puzle que no deberían estar separadas. Ni siquiera estaba pensando en llevarla a la cama, Caleb lo único que quería era disfrutar de su compañía, que las agujas del reloj se moviesen lentamente esa noche para que nunca acabara, y recordarle a Abi con cada beso que él estaba completamente a su merced. Era suyo, en cuerpo y alma, para siempre.

Pero, como un espejismo, todo se desvaneció. Abi rompió el beso bruscamente, y Caleb pensó que se había arrepentido de devolvérselo hasta que vio su expresión de dolor, y la manera en la que se agarraba el antebrazo derecho.

¿Abi? —la llamó, preocupado. Cuando ella de repente perdió el equilibrio y cayó como si fuera a desmayarse, la sujetó fuertemente en sus brazos. —¡Abi! ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? Abi, ¿qué pasa? Déjame ver…

La ayudó a sentarse de nuevo en el sillón, y se arrodilló a su lado. Abi parecía no poder moverse en absoluto, así que Caleb le quitó la chaqueta que llevaba puesta para poder ver qué le había provocado el dolor en el antebrazo. Sintió como si se le formase un agujero en el estómago cuando vio la marca negra, como una grotesca picadura, en su piel, y las venas hinchadas y negras como las largas patas de una monstruosa araña.

¿Qué demonios…? ¿Te ha atacado algo? —Antes de que Abi le contestase Caleb volvió a sujetarla en brazos para poder cargar con ella y desaparecerse de la mansión. Abi necesitaba un hospital.

Sin embargo, antes de que llegase a hacer nada, Abi pareció leerle la mente y le suplicó que no la llevase a un hospital. Caleb la miró como si estuviese loca. ¿No se daba cuenta de que estaba mal? ¿De que él estaba a punto de tener un ataque de nervios porque no sabía cómo ayudarla? Estuvo a punto de ignorarla, pero Abi se lo pidió otra vez, y Caleb la entendió. No debía querer que nadie la viese así. Era una figura pública demasiado importante: sus enemigos y rivales se lanzarían como buitres a por carroña si se dieran cuenta de su estado debilitado.

Con cuidado, cargó con ella a través de la mansión y subió las escaleras hasta llevarla a su dormitorio. Abrió la puerta de una patada y depositó a Abi sobre la cama. La grotesca marca en su brazo no estaba mejorando, pero al menos tampoco empeoraba.

¿Qué puedo hacer? —preguntó él, acariciando el pelo de Abi y apartándolo de su rostro con cariño mientras se sentaba a su lado en la cama.
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthInactivo

Abigail T. McDowell el Miér Dic 25, 2019 8:07 pm

Tuvo que insistir varias veces para que no la llevase a ningún hospital, intentando aparentar una seguridad que no tenía en ese momento. Siempre que aquello le ocurría perdía todo lo que siempre le había caracterizado: dejaba de ser una mujer independiente, fuerte y capaz de enfrentarse a todo por sí sola. De repente… se veía vulnerable, necesitada de una mano amiga, ¿y sabéis qué era eso para Abigail? Una zancada hacia atrás.

Siempre se había enorgullecido de no tener que depender de nada ni de nadie, por lo que en ese momento sentir que necesitaba a alguien no era algo bueno, sino más bien algo que le molestaba. Ella se sentía como una molestia, como una debilidad y odiaba verse a sí misma como un estorbo o alguien vulnerable.

Ya aquello no era sólo un ataque físico a su persona que la dejaba incapaz, sino también provocaba un ataque moral.

Supo que Caleb le estaba llevando a la habitación, pero no sintió absolutamente nada. Se sentía muerta; como si de verdad no hubiera nada de sí que tuviera valor. Parecía que estaba tan ida que ni siquiera sentía su propio peso, pero no era solo eso, pues no sentías absolutamente nada. Cuando vio que su cuerpo se posaba sobre la gran cama de Caleb, lo único que ella percibió fue el cambio a través de su mirada. Al no sentir nada, además, tenía la sensación de que no sabía cómo moverse.

―Nada ―respondió al escucharlo, haciendo lo que ella consideraba un gran esfuerzo en ponerse de costado en la cama, dándole la espalda a Caleb.

¿Se… avergonzaba? No, no era vergüenza lo que sentía, no al menos hacia él. Con él podía hacer la máxima ridiculez que sabía que Caleb no la iba a juzgar; podría ser incluso totalmente contraria a lo que realmente era, que él no iba a pensar nada malo de ella. Pero a Abigail no le gustaba verse así y sentía vergüenza de sí misma.

Vio como Caleb posaba una de sus manos en su hombro, a lo que ella se resignó:

―No puedes hacer nada ―repitió, con voz cansada―. Sólo esperar... y no me que toques. No siento absolutamente nada. ―Sonó cabizbaja, con un tono que no era para nada autoritario y bastante impropio de Abigail McDowell.

Cerró los ojos, abandonándose solamente a lo que pudiese escuchar. Cerrando los ojos y no sintiendo nada, era como estar en mitad de un agujero negro, flotando hacia ningún lugar, con la incertidumbre de no saber lo que ocurre.

Aquella manera de “contarle” la situación a Caleb había sido nefasta. No quería habérselo contado, pero después de todo lo que había ocurrido, se arrepentía de no haberle alertado de lo que le pasaba y lo que, posiblemente, podría ocurrir. Abigail ya había aprendido ―en parte― a lidiar con todo aquello, pero las primeras veces habían sido horribles, siendo ella misma incapaz de salir por sí sola de todo eso.

Así se había enterado su asistente Castlemaine, una de sus mayores manos amigas del momento, pero cuando estaba sola… Cuando estaba sola no podía hacer nada. En más de una ocasión le había dado un ataque en soledad y se había pegado muchísimo tiempo sentada en el suelo de su casa, o en su mismo despacho, intentando recuperarse, deseando que fuese un ataque débil, que se pasase rápido.

En ese momento sabía que no era el momento para hablar, pero tampoco quería quedarse allí, en ese agujero negro, a la espera de que todo se solucionase. Odiaba tener que rendirse a la debilidad que todo eso le ocasionaba.

―Fui maldecida hace cuatro meses... ―Salió de sus labios, casi en un susurro.

Caleb era listo y Abigail lo sabía: si había visto lo que había en su brazo, sabría por sí solo que eso era fruto de una maldición; una muy peligrosa. De hecho, por los conocimientos en las artes oscuras que ambos tenían, era muy fácil asumir una cosa: ese tipo de maldiciones no son de las duraderas, sino de las letales.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

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