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The demons we hide, deep down {Ft. Maya Linden}

Lohran Martins el Mar Ago 27, 2019 11:14 pm

The demons we hide, deep down {Ft. Maya Linden} RBcoiYb
Viernes 9 de agosto, 2019 ||  Refugio de los radicales, Londres || 21:49 horas || Atuendo

Después del fiasco en su primer intento por atrapar a Ayax Edevane y recuperar a su hermana, Lohran Martins había conocido la frustración, el desasosiego, y una sensación de desesperanza tal que empezaba a temer que jamás conseguiría su objetivo.

Su hermanastra, Luciana, había sido prácticamente su sombra desde entonces. Sabiendo cómo era Lohran, quizás, fuera una sabia decisión: con ella a su lado, posiblemente, el brasileño no volvería a intentar ninguna locura. Y si bien la adolescente había sido quien había salido con el plan para chantajear a Edevane utilizando a su familia, pretendía que Lohran hiciese las cosas bien.

Después de todo, Lucy ya había perdido una hermana, y no quería perderle a él también.

***

Y allí estaban los dos, cerca de las diez de la noche, en una de las salas de entrenamiento del refugio. El lugar, iluminado por algunas bombillas que colgaban del alto techo, recordaba mucho a un gimnasio como los que uno podría ver en películas de boxeo, como Rocky y sus secuelas: aparatos de gimnasia en los rincones, entre los que se encontraban desde bicicletas estáticas hasta cintas para correr; sacos de boxeo aquí y allá, todos ellos maltratados y remendados hasta la saciedad; y cuatro cuadriláteros delimitados con gomas en los que los magos podían entrenarse en el combate cuerpo a cuerpo.

No era la única sala de entrenamiento del refugio, por supuesto: aquella estaba dedicada única y exclusivamente al entrenamiento físico.

Luciana era una chica delgada, con escasa masa muscular, por lo que no era lo que se decía una rival a la altura de Lohran: su hermano la hizo caer de culo por segunda vez en los cerca de cincuenta minutos que llevaban entrenando, y si bien creyó no haberla placado con desmasiada dureza, la expresión de dolor en su rostro le hizo temer lo contrario. El acolchado del suelo tenía sus límites.

—¿Estás bien?—Preguntó, dando un par de pasos hacia ella.

Lucy se masajeaba la espalda, apretando los dientes y mirándolo con expresión indignada en el rostro. Cuando le ofreció su mano para ponerse en pie, ella se la rechazó con un manotazo, para entonces levantarse por sí misma.

—Me has tirado al suelo, capullo.—Respondió, masajeándose el trasero dolorido con la mano.—Me va a doler el culo tres días.

Lohran enarcó una ceja ante semejante vocabulario.

—Echo de menos la época en que no me llamabas capullo cada dos por tres.—Le dijo, medio de broma y medio en serio. En realidad, sí echaba de menos aquella época: eran los tiempos en que toda su familia no sólo seguía con vida, sino que estaban todos unidos.

—La Luciana de entonces era tan capulla como tú.—Atajó ella con una media sonrisa, poniéndose en guardia.—¡Venga, quiero patearte ese culo gordo!

Lohran, que logró sonreír por una vez en las últimas semanas, también se puso en guardia. Quizás fuera la combinación entre el ejercicio y la compañía de su hermana pequeña, pero se sentía algo mejor.

Y mucho mejor se sintió cuando su hermana, que había estado entrenándose con él para mejorar sus aptitudes físicas, comenzó a lanzarle puñetazos y patadas de los que él fue capaz de protegerse con relativa facilidad.

Con relativa facilidad, sí, pensó Lohran. Pero hace dos semanas no era capaz de golpear así. Tiene un talento natural para esto. No podía negar el orgullo que sentía. Pronto, Lucy sería tan capaz como el que más de defenderse de aquellos que quisieran hacerle daño.

PNJ Luciana Silva:
The demons we hide, deep down {Ft. Maya Linden} IuA3URO
Atuendo de Luciana:
The demons we hide, deep down {Ft. Maya Linden} Sr4Vswl
Lohran Martins
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Maya Linden el Jue Ago 29, 2019 11:10 pm

Andaba por los pasillos con la cabeza mirando al suelo, distraída e intentando olvidar el asqueroso sabor de la Pocion Matalobos que aún un rato después de tomarla seguía en mi boca. Volvia de ver a Gustav que, como todas las noches de esa semana, me tenía preparada la poción justo después de cenar; Gustav era pocionista experto y aunque a veces me sacaba de quicio con su carácter un poco prepotente no sabía de otra persona en aquel lugar de la que me fiaría para aquello tanto como de él. Y aún así no me fiaba mucho, pues era una poción difícil hasta para el más experto de los pocionistas.

De camino a mi cuarto, aún rumiando el odioso sabor, el camino se bifurcaba hacia las salas de entrenamiento, una de mis zonas favoritas de aquel lugar. Otras personas preferían perderse en los jardines y tratar de fingir que volvían a tener un vida, que todo era como antes. Pobres ilusos. Es la gente que vive en el pasado la que no puede seguir adelante. Yo en cambio soy más práctica y miro al futuro, un futuro con los mortifagos encerrados Azkaban y con los hijos de muggles y los magos y brujas a salvo y libres. Quizá sea una utopía, pero era la vida real hace no mucho, y yo iba a luchar para que lo volviera a ser, y los responsables pagaran por sus crímenes o al menos lo intentaran. No hay castigo lo suficientemente severo para ellos.

Así que en lugar de ir a mi cuarto me desvié hacia una de las salas de entrenamiento. Era muy pronto para retirarme a mi cuarto, y además sentía la necesidad de golpear cosas después de pensar en Azkaban; al menos me sentía útil poniéndome en forma y podía ignorar el hecho de que en unas noches me convertiría en un monstruo, esperemos, sin sed de sangre al menos por este mes. Al menos eso si había que concederselo a Gustav: dos lunas llenas anteriores que había pasado bajo ese techo, dos semanas de pociones Matalobos, dos noches de luna llena sin incidentes. Por esa regla de tres tenía la tranquilidad de que este mes sería igual. No sabía exactamente cuántos licántropos más había por alli, pero si que no quería ser la primera en tener que ser expulsada por reducir la población a la mitad.

Al entrar a la sala no me sorprendí al ver que había gente; somos bastantes en este sitio y pocos son los que consiguen dormir por la noche. Les envidio, en mi cabeza ya no queda lugar para una noche de descanso, ni en mi corazón calidez para sueños bonitos. Aquí las pesadillas no se terminan cuando despiertas: empieza otra distinta. Desde luego nadie lo diría viendo entrenar a Lohran y a su hermana, y en cambio la realidad era bien distinta.

Les salude alzando la mano derecha mientras me quedaba cerca de la puerta observandoles luchar. Lohran y su hermana combatían en el ring, ella le lanzaba golpes a diestro y siniestro y el se defendía con relativa facilidad. Me acerqué al ring para verles mejor. No había que ser experto para ver que en un combate real, su hermana no habría tenido nada que hacer contra él y todo habría terminado en pocos minutos. Y sin embargo, era admirable ver a Luciana pelear con esas garras tan afiladas.

- Iba a preguntarte si necesitabas ayuda - dije mirando a Luciana - pero ya veo que lo tienes todo bajo control. En cambio tú - dije girando la cabeza para mirar a Lohran - estás en clarísima desventaja.

Sin decir más, me alejé de ellos y me dirigí hacia unos de las laterales, donde estaban las espaldera. Allí comencé a calentar y cuando termine, un rato después, cogí unos guantes de boxeo que había por ahí tirados (gracias por prestarmelos, señor Desconocido) y me los puse, dispuesta a tomarmela con el saco de boxeo que colgaba del techo. Los guantes me quedaban un poco grandes, pero servirían.

No sabía cómo golpear bien al saco de boxeo, pero si lo suficiente para saber cómo no tenía que golpear si no quería hacerme daño. Con eso era suficiente.

atuendo:

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Lohran Martins el Dom Sep 01, 2019 11:56 pm

El pequeño combate de calentamiento entre los dos hermanos continuó durante algunos minutos más. Como habían acordado, Lohran mantenía casi exclusivamente una pose defensiva, deteniendo los golpes de Lucy con sus antebrazos o desviándolos con sus manos cuando era posible, y la mestiza trataba de asestar los golpes con cabeza.

De cuando en cuando, Lohran corregía pequeños aspectos del estilo de combate de su hermana, ya fuese la pose de combate o la manera de golpear, a fin de convertir sus esfuerzos en algo productivo.

Su problema era el habitual: intentar golpear con demasiada fuerza, teniendo muy poca técnica. De hecho, casi siempre que lograba golpear a Lohran directamente, se hacía daño porque o bien sus muñecas se doblaban, o bien lo hacían sus dedos. Cualquiera podría ver la determinación con que trataba por todos los medios de asestar un buen golpe.

Seguían entrenando en el momento en que Maya Linden entró en la sala de entrenamiento. A Lohran no le pasó desapercibida su presencia, mas su hermana no dio muestra alguna de reparar en ella: hasta el momento en que la fugitiva les habló, Luciana no cejó en su empeño de asestarle a su hermano mayor un derechazo en plena cara, tal era la frustración que sentía la adolescente.

—Ya, sí. Por supuesto.—Comentó Luciana con sarcasmo, doblándose por la cintura y apoyando ambas manos en sus rodillas. Tenía la frente llena de sudor y la respiración acelerada.

—Ya lo verás:—Dijo Lohran, mirando alternativamente a ambas mujeres.—Llegará un día en que serás mejor que yo.

—Sí, está claro: cuando seas viejo y lleve entrenando tanto como tú.—Refunfuñó Luciana, para acto seguido incorporarse de nuevo y asumir otra vez la pose de combate.—¡Venga, capullo! En guardia.

Podía haber sugerido que lo dejasen por aquella sesión… pero sabía que sólo se ganaría unas cuantas palabras malsonantes: Luciana todavía no estaba lo bastante cansada como para rendirse. Así que, en lugar de arremeter contra un muro directamente con la cabeza, Lohran se dejó llevar.

***

Tardaron aproximadamente quince minutos en terminar su entrenamiento, y el broche de oro fue, precisamente, que Luciana terminara de nuevo en el suelo. Con la cara contraída en una expresión de dolor, o desagrado, la joven Silva golpeó la lona con su mano derecha, declarando que se rendía.

—A la mierda: no tengo el culo para que me lo patees más hoy.—Afirmó, siempre tan delicada.

Lohran le tendió la mano y en esta ocasión ella la aceptó. La ayudó a ponerse en pie, y ella se lo agradeció con una mirada desganada.

—Pásate por la enfermería antes de irte a descansar.—Le sugirió Lohran, dando un par de palmadas en su hombro.

—No me hace falta: sólo necesito dormir en una bañera de hielo.—Bufó ella, antes de pasar por debajo de las gomas que delimitaban el cuadrilátero y bajar al suelo de un salto.—¿Te vienes?

Lohran estuvo a punto de decir que sí, pero entonces escuchó el sonido de los golpes contra el saco de boxeo: Maya seguía allí. Volvió la vista en dirección a ella, pensativo. Se veía que la fugitiva tenía poca experiencia asestando golpes, por lo que enseguida llamó la atención del brasileño.

—Ve tú.—Le dijo, volviendo la vista en su dirección.—Te veo en un rato. Podemos ver una peli, si quieres.

Sin embargo, Luciana también había fijado la mirada en Maya, y para cuando miró de nuevo a su hermano, sus labios se curvaron en una media sonrisa traviesa. Alzó un par de veces las cejas, como para enfatizar lo que estaba pensando.

—¡Oh, no te preocupes! No tengas prisa.—La sonrisa se le ensanchó en los labios.—Algo me dice que ella será muchísimo mejor compañía que yo.

—¿Por quién me tomas, exactamente?—Lohran sonrió de manera insegura. La verdad era que no había pensado en eso, pero la mera mención al tema le provocó aquella sonrisa.—Solo quiero echarle una mano con...

—Lo que tú digas, capullo. No te esperaré despierta.—Bromeó Luciana, dándose la vuelta para marcharse.

Lohran agradeció que el gimnasio fuera grande, y que Luciana hubiera hablado en bajo, pues de haber escuchado aquella conversación, seguramente Maya no estaría muy contenta. Tampoco es que el brasileño tuviera segundas intenciones, ni mucho menos: Maya era una compañera, una que lo había pasado muy mal, y lo único que Lohran pensaba, de verdad, era en la posibilidad de echarle una mano con aquellos golpes que estaba dándole al saco.

Así que caminó hacia ella, sin ningún tipo de intención lasciva, y le dedicó una sonrisa.

—¿Necesitas ayuda con eso?—Preguntó, observando una vez más cómo golpeaba el saco de boxeo.—Aunque creo que tú sola te bastas para matarlo.—Bromeó, refiriéndose precisamente a la contundencia de los golpes que daba.
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Maya Linden el Lun Sep 02, 2019 7:59 pm

Dicen que para hacer algo con todos los sentidos, hay que dejar la mente en blanco y el resto surge solo. Pero es más fácil hablar que hacerlo. Siempre tenía cosas en la cabeza. Para empezar, Azkaban y los mortífagos, y todos los muggles e hijos de muggles que habían escapado de ellos, los que huían de ellos y los que ya no podían huir. Y para terminar, la luna llena y no buscar motivos para ser expulsada del refugio. Durante mis meses allí no había oído que nadie hubiera sido expulsado jamás, y desde luego no quería alterar las estadísticas. Además que un grupo de personas puede hacer más daño que una sola, claro.

Valiéndome de las espalderas, realicé varios ejercicios para calentar los músculos, porque cuanto mejor calentara mayor paliza física me podría dar. Lo necesitaba. Desde hace mucho, me sentía atrapada en mi propio cuerpo, encerrada e inhibida, y actividades como el ejercicio físico me permitían volver a sentirme casi normal, salir de mi burbuja y abrirme paso a golpes por el mundo, o por la sala de entrenamiento. De fondo, los ruidos de Lohran y su hermanastra peleando llenaban el silencio que de otro modo hubiera inundado aquella sala; cuando estoy concentrada en algo y tengo la mente fija, no existe nada más.

Después de un buen calentamiento, usé unos guantes de boxeo que había allí tirados y comencé a darle golpes a uno de los sacos que colgaban del techo. Primero "fuerte" y después fuerte para pasar a golpearle fuerte. En el boxeo real se supone que no tienes que levantar los brazos por encima de las caderas o algo así, o te sancionan, pero dile eso a alguien que te persigue con mirada asesina para acabar con tu vida; si un puñetazo en los dientes puede ser mi único medio de salvación que así sea. A las malas seguiré cayendo yo pero le habré dejado el inolvidable rastro de una bonita sonrisa. Resoplé. Tenía una larga lista de candidatos a los que poder dejar mi marca personal. Ellos también habían dejado su lista. Alec en mi espalda, Jordan en mi cadera derecha, Mitch cadera izquierda, Jasper el brazo izquierdo... Ni aun queriendo podía olvidarlos. Era justo que yo les hiciera lo mismo. ¿Por los viejos tiempos, verdad?

Me abroché bien fuerte el velcro de los guantes, lo bueno de apretarlos fuerte era que por muy fuerte que abrochara el velcro seguían siendo unos guantes de hombre, anchos para mis finas muñecas. Pero eso no me impedía repartir golpes, arriba, abajo y por toda la superficie del saco. Poco a poco me fui animando y, como era de esperar, iba aumentando mi fuerza. Cuando llevaba un rato, el sudor empezó a caer por la frente poco a poco, y los pelos más cortos empezaban a soltarse de mi coleta. Quizá debería cortarme el pelo, pero el estado bueno o malo de mis puntas no era la mayor de mis preocupaciones ni de lejos.

Seguí repartiendo golpes entre jadeo y jadeo, resistiéndome a cansarme. No me iba a rendir tan fácilmente, yo nunca me rendía. Paré unos segundos para recobrar el aliento sin apartar la vista del saco, y otra vez le volví a golpear. Si David hubiera estado ahí, probablemente me hubiera comparado con Stallone o quizá se hubiera puesto a cantar (con gallos, claro) Eye of the tiger, acústicos míticos incluidos. Pero David ya no estaba ahí ni en ninguna parte... pero sí estaba el saco.

Volví a lanzarme a la carga. Estaba tan concentrada que no fui consciente de que Lohran y su hermanastra dejaban de pelear, ni de que ella se iba y él se quedaba y se acercaba hacia mí. Para mí solo existía ese saco. El saco era el objetivo y mis puños el medio. Inspira, gancho derecho, gancho izquierdo, espira, gancho izquierdo, gancho derecho, gancho izquierdo. Inspira.

En ese momento, esos milisegundos que tardé en tomar aire de nuevo, fui por primera vez consciente de que Lohran estaba ahí. Fruncí el ceño y le miré, y me giré hacia el ring esperando ver a Luciana tirada en el suelo alzando una bandera blanca o algo así, pero no había ni Luciana ni bandera. Volví a mirar al brasileño, que me ofrecía ayuda. Con uno de los puños enguantados, me retiré de la frente sudada el mechón de pelo empapado que había caído delante un rato antes y no me había molestado en retirar. Lohran siguió hablando y hasta me lanzó una puyita.

-Ja, ja. - dije con ironía, riendo con desgana. - Qué gracioso. - Suspiré. Me sentía asquerosa toda sudada y con la ropa pegada. En unos días habría luna llena. Y estaba con el síndrome premenstrual. Decir que estaba de mal humor era suavizarlo. - No mientas. Se me va la fuerza por la boca. - Miré al saco de boxeo moverse a los lados delante de mí, como si me estuviera haciendo burla. Le di un golpe "moderadamente" fuerte con uno de los puños, soltando un jadeo de esfuerzo. - O por los puños.   - entonces volví a mirar a Lohran y al momento torcí una sonrisa. - Oye, se me ocurre que... Pegarte a ti es mucho mejor que pegar a este saco. - le solté sin tapujos. - Si no has tenido suficiente con Luciana, claro. - le dije en tono burlón.

Lo cierto es que no sabía golpear bien al saco y aun así se me quedaba pequeño. Necesitaba objetivos en movimiento real, no movimiento izquierda-derecha-izquierda como un péndulo. Y además si peleaba contra Lohran no necesitaría esos guantes, podría golpearle con mis propias manos, que en cierto modo también era desestresante.
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Lohran Martins el Miér Sep 04, 2019 2:49 pm

Los golpes que Maya Linden le propinaba a aquel saco parecían más bien dirigidos a un enemigo, a alguien que la había ofendido, que a un mero instrumento de práctica. Lohran, que había tenido suficiente tiempo en su vida para entrenarse con sacos de boxeo, sabía que ese era un error común: intentar compensar la falta de destreza con fuerza, porque el cerebro humano piensa, con lógica, que un puñetazo ha de ser fuerte.

Y sí, la contundencia estaba ahí, eso nadie podía negarlo, pero era mucho más importante lanzar un golpe bien dirigido.

Arrugó la nariz ante la respuesta de su compañera. Diríase que, o bien había tocado una fibra sensible, o bien directamente tenía un mal día. También podía ser culpa suya: Lohran no dominaba demasiado el humor, y menos en los últimos tiempos. Solía pasar más tiempo cabreado que haciendo bromas.

—Bueno, supongo que me lo merezco.—Le respondió con una media sonrisa, que pretendía ser amigable.—Podemos entrenar un poco, sí. No es como que tenga mucho que hacer...—Ahí, tristemente, Lohran decía la verdad: sus planes no pasaban de darse una ducha, irse a su cuarto y, quizás, intentar leer algo antes de dormir. Así que, con un movimiento de cabeza, señaló en dirección al cuadrilátero más cercano.

Lohran trepó al ring y pasó por en medio de las cuerdas, esperando a que su compañera se le uniese. Mientras guardaba silencio, procuró concentrarse en el presente, en lo que haría a continuación y no en todas las malditas tribulaciones que normalmente no le dejaban dormir. El ejercicio le ayudaba a ahuyentar un poco sus demonios, aunque éstos nunca se alejaban demasiado.

Sin embargo, un pensamiento nocivo se filtró entre todo aquello: llevar a cabo el plan para recuperar a su hermana. Ese pensamiento bien podría haber desencadenado otros igual de tóxicos, pero puso su mayor esfuerzo en apartarlos. En concentrarse en el presente. Y fue por eso que se puso a hablar.

—Se nota que tienes fuerza, pero la gastas muy rápido.—Informó a Maya.—Y no me malinterpretes, ¿eh? Soy el primero en defender un buen derechazo asestado con todas tus fuerzas.—Sonrió, divertido.—Pero casi siempre es mejor opción el administrar correctamente la energía.

En eso se basaban todos los fundamentos de la lucha: la resistencia era mucho más importante que los golpes salvajes y sin control. Lo había visto en multitud de combates, en los cuales el púgil más resistente era el que terminaba alzándose con la victoria.

El cansancio era el mayor enemigo en el ring.
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