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¿Tú? ―Ryan.

Sam J. Lehmann el Vie Sep 13, 2019 3:48 am

Recuerdo del primer mensaje :


Thaddeus Allistar había sido uno de los profesores de Samantha cuando estaba en la universidad y la diferencia entre él y el resto de miembros docentes de su estancia como estudiante de legeremancia fue sin duda buen rollo que había tenido con él. Se podría decir que lejos de tener una mera relación alumna-profesor, se habían hecho amigos, de esos compañeros que comparten su pasión con un chocolate y una porción de tarta delante. Cabe añadir que era el profesor favorito de Sam, mientras que ella era la alumna favorita de Thaddeus. Hasta después de su graduación siguieron teniendo contacto: ella siempre contactaba con él para preguntarle dudas, mientras que él siempre la invitaba a convenciones porque sabía que era de sus pocas conocidas que lo valoraría tanto como él.

Hacía, literalmente, casi cuatro años que no sabía del paradero de Thaddeus ni sabía de él, sin embargo, sí que recordaba perfectamente como él había sido el desencadenante de que Artemis Hemsley se hubiera metido en la vida de Samantha, Caroline y Gwendoline. No le culpaba, pues sabía que la única culpa de que pasasen tantas cosas malas era sólo de quién las atacaba, pero aún así no había podido evitar relacionar todo eso con él.

Había quedado esa mañana con él en una ubicación que le había mandado, todo eso por correo electrónico. Era el método que utilizaban para comunicarse, aunque los últimos que Sam le había mandado preguntando que si estaba bien no recibieron respuesta alguna. Sin embargo, hace tres días le llegó uno de él, como si nada hubiera pasado y diciéndole que quería verla. Ese día precisamente trabajaba de tarde, por lo que pudo contestarle diciendo que allí estaría.

Estaba algo nerviosa, pero especialmente feliz. Confiaba en Thaddeus y sabría que por mucho que su nombre hubiese resonado en situaciones en donde habían problemas, precisamente él no le acarrearía ninguno. Así que tras avisar a Gwen de que se iba por móvil, ya que ella estaba trabajando, fue en dirección a la ubicación.

Era en la dichosa montaña.

Había una cabaña de piedra en un lugar muy hogareño, con unas vistas increíbles, casi en la punta de una meseta. No le sorprendía del todo que Thaddeus hubiera terminado viviendo en un lugar así, con lo bohemio que era. Lo que le sorprendía, en realidad, es que siguiese en Londres.

Tocó dos veces en la puerta con el puño, ya que no había timbre y era una puerta muy gorda como para tocarla con los nudillos. Esperó bastante, hasta que se cansó y se metió por el pequeño jardín de la cabaña, yendo a la parte trasera y mirando por el interior de los cristales. No veía nada de nada, ni rastro de vida. Además, el cerdito de Thaddeus, de nombre Rosie, siempre solía hacer bastante ruido cuando olía que alguien se acercaba.

Mientras caminaba alrededor de la cabaña en busca de su amigo, se encontró de frente a otra persona. No era ni de lejos Thaddeus: era joven, alto, rubio, de ojos azules e… ¡iba con ella al gimnasio! ¡Era un muggle! ¿Qué narices hacía allí Ryan?

―¿Tú? ―preguntó, más confundida que un daltónico en una piscina de bolas.

No entendía nada.

Sam cuando se hacía pasar por ‘Amelia Williams’ solía tintarse mágicamente el pelo de color castaño, además de cambiar también el color de sus ojos, dejando de ser de ese celeste para pasar a ser marrones. Ahora, sin embargo, no iba como Amelia, sino como Samantha, por lo que era rubia y el tono de sus ojos competía con el del chico que tenía delante.

Iba a matar a Thaddeus. Y lo peor de todo es que parecía que no iba a parecer. Ya le parecía raro que contactase de nuevo con ella... ¡Tenía que haber gato encerrado en algún lugar!
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Dom Nov 03, 2019 3:44 am





Bien mirado, era una bonita cabaña. Esa clase de sitios en los que puedes escaquearte del trajín, a veces agitado, a veces extenuante, de todo lo que sucedía fuera de esas paredes. Los cojines, el aroma a chocolate, la luz de la tarde, hacían que casi resultara extraño ir a tratar el asunto de secretos enterrados hacía años. Ryan nunca había tenido un encuentro clandestino así de acogedor.

—Siempre lo vi como un hombre dedicado a sus estudios—comentó.

Era la verdad, Thaddeus siempre le había parecido un hombre de pasión académica. Puede que tuviera el pelo cano, pero su curiosidad era la de un niño, sólo que como adulto, sabía del peligro.

Sam se expresaba incómoda respecto a la situación de su mentor.

—Mi teoría es que no puede—apuntó hacia lo evidente—. Y que confía en ti. Debemos pensar en que está bien, donde quiera que esté; pero con las manos ocupadas.

No tenía razones para pensar que Thaddeus pudiera estar en una situación más complicada de lo usual para alguien que trataba de invisinbilizar su presencia por motivos de precaución.

—Sí, lo sé. Sé que estás preocupada, lo noto—
No quería decirle que era fácil de leer, pero Sam era de un carácter muy humano como para no interpretar su empatía. Personas como Ryan, sin embargo, tenían un velo de ambigüedad, quizá por sus años de trabajar en secreto—. Pero tienes que confiar en él con esto. Si estuviera metido en alguna clase de situación y necesitara tu ayuda, ¿no crees que te hubiera transmitido un mensaje? Yo creo que sí. Intenta pensarlo de esa manera.

Se le hacía divertido, incluso tierno, que Sam no pudiera esconder que además de una amistad, compartía con su mentor una pasión en concreto. Había personas para las que las complejidades de la mente eran un crucigrama apasionante. Ryan se consideraba a sí mismo un poco más sencillo. Su pasión eran los viajes, el aire libre, conocer gente nueva.

—Bueno, no soy el experto, pero como yo lo entiendo, tú nunca puedes adivinar cuando se trata de la mente y el cuerpo.

Se imaginó a dos doctores sin rostro intentando llegar a un acuerdo sobre el diagnóstico de un paciente en una camilla. Había estudios, pruebas, pero cada cuerpo, cada mente, era un puzzle, ¿por qué sino se hacían siempre nuevos descubrimientos?

—Eso suena precavido y considerado, lo agradezco. ¿Pero crees que podrás contactar con él? Yo lo he intentado… y mira donde me ha llevado—Sonrió, tomando la taza del asa. Se acodaba sobre la mesita y tenía un aspecto relajado—. Aunque no tengo ninguna queja.

Oírla dar su previo, aunque tibio, consentimiento, fue una buena noticia.

—¡Es bueno oírlo!—
Se había manchado el labio con la crema de su chocolate, pero él ni cuenta, ensimismado en escuchar cuidadosamente las palabras de Sam—. Soy consciente de los riesgos, no estaría aquí si no fuera así.

Tenía que hacerle entender a Sam, que él sabía lo que significaba estar en las manos de alguien más, por la tranquilidad de ella, pero también, porque Ryan sabía asumir las dificultades. Hizo una pausa analítica antes de volver a hablar, meditando concienzudamente.

—No estoy seguro de a qué te refieres con volver al MACUSA. ¿Hablas de ser atrapada por la ley? Bueno, eso depende de ti. Actuar en la ilegalidad nos pone a ambos en riesgo—
Tenía que ser sincero a ese respecto—. Pero no creo que esto pueda “salpicarte”. Tú puedes pasar desapercibida. Yo soy el único al que querrán, dado el caso de que se sepa sobre “la brecha” en la seguridad en los secretos del MACUSA.

—Entonces, ¿quieres tomarte tu tiempo para prepararte… mentalmente?—
Ryan asintió—. Es lo justo. Al menos, yo sí sé dónde puedo encontrarte.



Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Jue Nov 07, 2019 3:51 am

Realmente Sam tampoco tenía motivos para pensar en que Thaddeus estaba en problemas teniendo en cuenta lo misterioso que había sido siempre, pero le era imposible en su situación no pensar mal de todo. Por desgracia había pasado por tantas cosas malas que por mucho que su intención fuese ser optimista, no podía evitar lo peor. Sin embargo, Ryan tenía razón: de estar en problemas, no se hubiera complicado en hacer que ellos dos se hubieran conocido de esa manera tan siniestra y a la vez tan dedicada, con un par de chocolates calientes y galletas.

Ladeó una sonrisa cuando adivinó que estaba preocupada, pues no debía de ser ningún secreto. Sam había desarrollado una gran capacidad para leer a las personas después de años y años leyendo la mente de éstas y viendo cosas horribles, sin embargo, no había aprendido a cerrarse ella. Era demasiado empática y cuando algo le preocupaba o le dolía, se notaba.

Era así, ¿qué le iba a hacer?

―No, no creo que me hubiera transmitido ningún mensaje ―le respondió con algo de diversión al respecto―. Siempre ha sido mucho de actuar por su cuenta y no creo que a menos que sepa que en mí puede encontrar una solución cien por cien asegurada, me meta en ningún tipo de problemas.

Era curioso cómo por culpa de Thaddeus, Sam había tenido que lidiar con una de las cazarrecompensas más horribles que había visto nunca, pero había sido de manera indirecta. La cazarrecompensas buscaba a Thaddeus y sabía que Sam podría saber en donde estaba. En realidad Thaddeus no tenía culpa ninguna.

Luego quiso ser franca con él: nunca había hecho eso, así que sería su experimento. Además, antes de hacer nada quería intentar hablar con Allistar―pues sabía que su profesor estaría esperando algún tipo de contacto de Sam después de eso―, así como con Gwendoline. Por supuesto quería saber qué tipo de riesgos entrañaba todo aquello, sobre todo con el MACUSA.

Su respuesta no es que fuese la más tranquilizadora, pero sí fue la más lógica y coherente: realmente si en algún hipotético caso en el que se enterasen que Ryan ha desbloqueado algo―que ya de por sí es muy poco probable―el que estaría en problemas reales sería él. Para que eso llegase a salpicar a Sam tendrían que pasar muchas cosas previas antes que serían muy poco posible que ocurriesen: que los del MACUSA se enterasen de todo lo que había pasado, que diesen con Ryan y que luego éste les dijera que había sido Sam, si es que se lo preguntaban. Y sinceramente, no le hacía falta ni preguntarle ni hacérselo jurar, pero entendía que nadie delataría a esa persona.

―A ver, realmente lo pienso y veo prácticamente imposible que nada de eso pueda ocurrir, pero igualmente mi mente quiere estar tranquila ―le confesó―. Que soy fugitiva, pero igualmente no me interesa seguir creándome enemigos gubernamentales de otros países. ―Eso había sido una especie de broma.

Sam no veía riesgo ninguno para ella en ese momento, más que la mínima posibilidad de que absolutamente todo estuviese en su contra. Sin embargo, después de lo mal que le ha tratado la vida, quería pensar que no iba a ser tan hija de puta de poner todos los eventos en contra de ella.

―Sí. ―Entonces sonrió, algo jovial, imaginándose que con encontrarla se refería al gimnasio que compartían―. Vamos a hacer una cosa: mañana es viernes y pasado sábado, pero el domingo seguramente vaya por la mañana al gimnasio. Quedamos ahí y te diré todo lo que he pensado o si he podido contactar con Thaddeus. Es decir… no me he metido en tu mente, pero entiendo que no será una tarea fácil y que llevará tiempo, así que vamos a tener que dedicarle bastante. Tendremos que quedar regularmente y entiendo que ambos somos personas ocupadas. ―Ya se imaginaba la broma, por lo que decidió bromear ella primero, adoptando un gesto mucho más tierno―. Que soy fugitiva, pero gracias a Merlín tengo vida.

Porque habían fugitivos que no habían podido conseguir lo que tenía ella: un hogar, un amor y un futuro.

―¿Te parece bien? ―le preguntó―. Además, quiero enterarme como va mejor eso que tienes en la cabeza antes de meterme ahí.
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Vie Nov 15, 2019 4:22 am





—Haces bien—dijo—. Si vas a meterte en algo, tienes que estar segura de que sabes de qué se trata.

Había un gesto aprobador en la actitud de Ryan que daba cuenta de su empatía con la situación de Sam. Incluso cuando en su relato de cómo habían llegado hasta esa cabaña en aquella montaña dejaba entrever una historia personal de sobrado drama —memorias suprimidas, ecos de un pasado que lo perseguía, una renuncia involuntaria y la pregunta del “qué habrá pasado”—, el exMACUSA no se mostraba ansioso por el resultado que podría salir de toda aquella inesperada eventualidad.

—Eso sí que sería peliagudo—añadió, sonriéndose con la ocurrencia sobre los enemigos gubernamentales en boca de Sam.

No se tomaba la seguridad de su cerrajero a la ligera, del mismo modo que se tenía la suficiente confianza como para no dejarse atrapar fácilmente. Al vivir constantemente amenazado por lo que otros colegas llamaban “gajes del oficio” había levantado en torno a él una muralla de protecciones. Puede que no fuera un fugitivo, pero Ryan sabía lo que era ser discreto cuando se necesitaba desaparecer, mirar por encima del hombro con instintiva desconfianza, adelantarse al enemigo.

Humildemente podía decir que había acumulado cierta pericia, y que había aprendido a confiar en sí mismo en cualquier situación. Fugitivo o no, el mundo podía mostrar su cara más cruda sin aviso, volverse cambiante de forma impredecible, lanzar el arañazo cuando no parecía haber razón para temer. Era caótico, descontrolado, incierto. Daba miedo.

Darse cuenta de que el mundo era un terreno disparejo, lleno de grietas con las que fácilmente podías tropezarte y caer, grietas que se abrían de la nada de la noche a la mañana, amenazando toda idea de estabilidad, darse cuenta y vivirlo, daba miedo. Le había enseñado a Ryan que sólo se tenía a sí mismo, y que él habría de ser su propio escudo cuando hubiera que estar preparado, cualquiera fuera la situación.

Haber aprendido al mundo de esa manera, a partir de esa simple y a la vez aterradora noción, era lo que le daba tanta calma en ese momento. No tenía por qué estar ansioso. No era alguien que le temiera a los problemas, estos eran algo natural. Pensar algo diferente era engañarse. De presentarse, él los manejaría de la mejor manera en la que era capaz.

—Sí, supongo—
Ryan asintió con la cabeza—. Supongo que tomará bastante, es cierto. Estoy encantado con que me des el O.K. Tú sabes que puedo pagarte por esto, ¿verdad?—agregó, sonrisa de por medio. Se había acodado sobre la mesa e inclinaba un lado de la cara, que descansaba contra su puño cerrado—. Digo, si vas a operar como un cerrajero, hay que ser justos. Esto no es simplemente un favor, no uno ordinario al menos. No espero que lo hagas gratis. Me tendrás que dejar compensarte de alguna manera.

»Sí, claro—Se expresó de acuerdo con la propuesta, incluso animado. La sola mención del gimnasio lo inyectaba de energía—. Me gustará verte.



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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 16, 2019 3:17 am

Hacía tanto tiempo que nadie le pagaba por hacer su oficio, que para ella la legeremancia ya no venía de la mano del dinero. Después de trabajar durante casi un año en el Ministerio de Magia, cobrando por ejercer de legeremante, mintiendo por mortífagos y asesinos… hasta se sentía mal cobrando haciéndolo todo tan mal. Sin embargo, cuando Ryan le ofreció tomarse aquello como un trabajo, hasta una parte de su autoestima perdida con lo que un día fue su pasión, se vino arriba.

Realmente no necesitaba el dinero pero que la tratase como una profesional y quisiera recompensarla, no solo le pareció una iniciativa muy honorable por parte del rubio, diciendo mucho de él, sino que además le había motivado más con la idea. No era lo mismo hacer un favor, que trabajar para otro.

―Curioso, ahora lo entiendo todo ―respondió Samantha, con una gesto y una sonrisa divertida que evidenciaba que lo que iba a decir era solo una broma―: Thaddeus me está dando trabajo: sabe que soy fugitiva, no sabe que tengo trabajo estable y me está consiguiendo maneras de que no me muera de hambre. Él siempre tan atento. ―Sonó irónica, por supuesta, pero sin dejar de lado la jovialidad.

Ryan y Sam se terminaron sus respectivos chocolates, además de no dejar ni una galleta en aquel plato. Iba a decir que de pequeña Sam pasó mucha hambre y por tanto no dejaba comida en el plato pero… realmente no: si pasó hambre fue en su época de fugitiva, pero tampoco era por eso. Era un sacrilegio dejar comida en el plato, sobre todo para una golosa de lo dulce como era ella. Las galletas se respetaban Y SE COMÍAN que para algo se habían hecho.

Hablaron de algunas cosillas con respecto a donde se iban a meter, pero al final terminaron hablando más bien de la sorpresa―y de que el mundo es un pañuelo y ellos son mocos―de que ambos fueran magos y hubiesen coincidido en varias ocasiones en el dichoso gimnasio. Ah, sí, también salió a colación el hecho de que Ryan no se hubiera dado cuenta nunca de que Amelia Williams, esa castaña de ojos marrones era en realidad Samantha Lehmann. Le gustaba pensar que aunque su esfuerzo no era el más elaborado para cambiar su imagen, servía para desviar la atención de, al menos, los más despistados o desinteresados en "los enemigos del gobierno".


***

Samantha había aprovechado esos días para intentar contactar con Thaddeus Allistar y… ¿sabéis qué? ¡Lo había conseguido! En realidad, ambos tenían un método que era, por decirlo de alguna manera, el infalible. Quizás mantener un mismo número de teléfono después de tantos años era complicado porque a la mínima tenías que deshacerte de algún móvil o, debido a la vida tan de mierda que tenían, lo perdían o se rompían, sin embargo, el correo electrónico siempre estaba ahí y a menos que un ruso hacker decida robártelo para hacer spam de páginas ilícitas, lo lógico es que sea eterno.

Hace años que Thaddeus y Samantha se enviaban sus cosas por correo, ya que debido a las facilidades era una tontería estar acudiendo a mensajería mágica, tan lenta y robusta. Evidentemente habían cosas que no estaban digitalizadas con respecto a las ramas mentales―casi todo―pero Thaddeus había pasado muchísimas cosas, por no hablar de que entre ellos se mandaban de todo: sí, montón de cosas de divulgación científica relacionada con la mente, pero también se mandaban otro tipo de cosas, como noticias de importancia de otras ramas, cosas sorprendentes, descubrimientos del espacio y el universo… No sé, ¿he dicho ya que eran mejores amigos, pese a la edad y que se veían de Navidades a Pascuas? Hasta memes. Se enviaban hasta memes.

El caso es que nada más llegar casa aquel jueves, Sam mandó un correo electrónico al correo de Thaddeus.

Destinatario: Thaddeus Allistar (t_allistar@gmail.com)
Asunto: NO IGNORES ESTE MENSAJE, TRAIDOR

¿Y si por casualidad Ryan y yo llegamos a ser enemigos mortales y me mata? ¿Eh? ¿No habías pensado en esa opción? ¿Te crees que no tengo enemigos mortales? ¡Tú y yo tenemos que hablar para ponernos al día para que no sigas enviándome a esos sitios!

Pero ahora tengo otras prioridades:

Primero: ¿cómo estás? Espero que estés bien y que el hecho de que me hayas echado este muerto a mí no sea porque estés pasando por un mal momento.

Segundo: No necesito que me consigas trabajos y mucho menos de cerrajeros, ¿desde cuándo ejerces como tal? ¿Por qué no me habías dicho nada? Entiendo que sea una ilegalidad, pero creí que era tu amiga =(

Tercero: Quiero ayudar a Ryan, pero quiero que me digas por qué no lo haces tú.

Cuarto: Vas a tener que ayudarme, jamás en la vida he entrado en una cabeza en donde haya “operado” anteriormente un cerrajero.

Sé que lo vas a leer, así que por favor, no me dejes en visto.
Te he echado de menos, así que sé bueno y contéstame porque quiero saber de ti y que me soluciones todas las dudas que tengo antes de volver a verme con él.

Con mucho cariño,
una Samantha que por suerte sigue viva y se alegra que tú también lo estés.


No había mandado ese mensaje en el mejor de sus humores, ya que Gwendoline no estaba demasiado contenta con el hecho de que se metiese en esas cosas innecesariamente, sobre todo por las consecuencias que podrían haber si, a la larga, las cosas se torcían. Habían discutido bastante, por no hablar de que su novia estaba en desacuerdo, sin embargo, consideraba que preguntar a Allistar para asegurarse de ciertas cosas no entrañaba ningún tipo de peligrosidad y que podría poner ciertos puntos sobre las íes.

Él sabía qué era lo que Ryan ocultaba, conocía a Ryan y sabía si podía haber algún tipo de problemática en todo eso, dejando de lado la mala suerte de que el MACUSA en algún momento terminase por enterarse de algo así, cosa que la rubia dudaba mucho. Eso sí, aunque lo dudaba, era consciente de que Gwen tenía su punto igualmente.

No recibió contestación de Thaddeus hasta el sábado por la tarde y, por suerte para Sam, fue un gran correo explicativo. Se imaginaba a su ex profesor delante de su portátil, con las gafas puestas, sintiéndose escritor para haber escrito tanto.

Destinatario: Samantha Lehmann (samlehmann89@gmail.com)
Asunto: HOLA SAMANTHA

No me has dicho hola.

Hola,
Sabrá usted que siempre me he preocupado por su vida social. Como desconozco si ha estado sola todo este tiempo o acompañada, creí que sería buena idea emparejarle con otro ser humano honrado y simpático con el que poder quitarle el polvo a su gran increíble legeremancia. No me culpe por pensar en usted, pero supongo que Don Cerdito tendrá sus limitaciones sociales.

Estoy bien, aunque podría estar mucho mejor. He pasado un par de meses bastante malos, pero no te preocupes, no tiene nada que ver con el hecho de que nuestro gobierno nos esté buscando para matarnos, sino más bien con la naturaleza: tengo una edad y eso se va notando, sobre todo en una vida tan cargada de acción como es la nuestra. Tengo la espalda fatal y creo que me estoy volviendo un poco loco: ¿tendrá que ver que tengo más recuerdos ajenos que míos en la cabeza?

Ahora hablando en serio y no quiero entrar en dramas, Samantha, que te conozco. Hace muchos años que no he ejercido activamente como legeremante, pues no me siento demasiado capaz. Han pasado cosas que prefiero no escribir por aquí, pero no confío en mis propias capacidades y prefiero no arriesgarme, mucho menos cuando el trabajo que hay en juego es tan minucioso.

No te había dicho que me dedicaba a eso en ocasiones porque consideré que era darte información realmente irrelevante que podría ponerte en un compromiso.

Sin embargo, volviendo al punto importante: Ryan es un buen chico. No tienes que preocuparte por lo que vas a encontrar en su cabeza: son cosas fuertes, es su vida personal, pero realmente no tiene más peligro que eso. El MACUSA está ocupado con muchas otras cosas como para sospechar que un ex inefable va a desbloquear unos recuerdos que, a todas, están supuestamente borrados. Sé lo que te preocupa, siempre has sido una chica muy precavida y me gusta eso de ti.

Respecto a cómo encerré los recuerdos… ¡ni yo lo recuerdo! Jaja. Pero siempre me has conocido muy bien, sabrás leerme mejor que yo mismo. ¿Te acuerdas de las prácticas que tuvimos en donde intentabas pasar mis fronteras? Es eso, con la diferencia de que he creado en su cabeza un lugar aislado, difícil de acceder. Es complicado de acceder porque está escondido, pero es complicado entrar porque tiene ciertas protecciones que, como siempre, no son más que acertijos. ¿Recuerdas? Me encantan los elefantes, son mis animales favoritos.

Yo también te echo de menos.

Espero que estés esperando tanto como yo el día en el que podamos salir a la calle sin dobles identidades y podamos ir a ese bar irlandés que tanto me gustaba para tomarnos una cerveza y poder contarnos nuestras batallitas de fugitivos supervivientes, ¿no sería grandioso?

Con cariño,
el viejo de Thad que se va a morir de dolor de espaldas mientras duerme.


¿Sabes? Había sido un correo que le preocupó y emocionó en partes iguales, pues hacía mucho que no sabía de él, pero siendo justos… ¿qué narices le había dicho con respecto a lo importante? ¡Nada! Seguía sin saber nada de cómo acceder o, directamente, de por donde empezar. Suspiró, pues era bien consciente de que insistir sería totalmente improductivo: si Thaddeus no le había dicho nada especial era porque consideraría que Sam no lo necesitaba.

Por desgracia se conocían demasiado bien. Eso sí: ¿a qué narices había venido lo de los elefantes? ¡Ya le vale, metiendo acertijos en mitad de lo que se supone que debía de ser una explicación clara y concisa!


***
Domingo, 15 de septiembre del 2019
Gimnasio Hooligan ― 10:32 horas

Como le había dicho a Ryan, había ido al gimnasio ese día por la mañana. Normalmente no abría, pero como el gimnasio estaba organizando lo que parecía una competición de kickboxing, habían dicho que también abrían los domingos, aprovechándose del tirón de que los participantes irían a entrenar para dicho torneo.

Sam aprovechó que Gwendoline había ido a casa de su abuela, se vistió con un chándal, se cambió el color de pelos y ojos para ser Amelia Williams y se fue corriendo para el gimnasio.

Una vez llegó allí, dejó las cosas en una taquilla gratuita y caminó hacia el interior, con la mirada fija en los tipos. Casi parecía que estaba fijándose interesadamente en ellos, pero en realidad sólo estaba buscando al rubio. Le dio hasta vergüenza: ¿te imaginas que alguno se piense algo raro y venga a ligar con ella o algo? Dejó de mirarlos sobre la marcha, no fuese a ser...

Al no verlo, decidió aprovechar el tiempo, confiando en que tarde o temprano llegaría, así que se fue para la zona de máquinas, que estaba prácticamente vacía debido a que era domingo y casi todos estaban en la zona de la tarima practicando movimientos de kickboxing con un entrenador que parecía que tenía cabezas por bíceps. Se puso los auriculares y se subió en una bicicleta estática, empezando a pedalear. Llegó un momento en el que sencillamente perdió la mirada en un punto, quedándose con la mirada perdida durante un buen rato mientras Lady Gaga sonaba de fondo con la mítica canción de Born This Way.
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Miér Nov 20, 2019 4:43 am

Era de esas personas a las que no les daba pena salir de la cama en la mañana, sabiendo que tocaba gimnasio. Le gustaba remolonear en la almohada para todo lo demás, pero una vez que sacaba los pies de entre las frazadas, el día comenzaba y él se preparaba, enérgico y fresco. Le habían dicho que era envidiable esa mentalidad tan activa. Ryan no sabía de lo que hablaban. Una vez que te despertabas, era impensable volver a la cama.

Al llegar al gym, con un bolso de mano y la vista atenta alrededor, se envolvió por el clima de la adrenalina y el sudor, y se sintió abrazado por las ganas de desentumecer el cuerpo; pero no bien avistó una espalda familiar, la razón de su cita de esa mañana lo asaltó en el pensamiento. Se sonrió y fue hasta el vestidor, dándole a Sam su propio espacio. No, no Sam, Amelia. En el gimnasio, era sólo Amelia. Debería recordar eso, que no era cuestión de arruinarle la tapadera de fugitiva.

En la zona de kickboxing había parejas de entrenamiento calentando el lugar con el rumor de los golpes. Ryan se acercó a mirar. Estimó a modo personal a los que consideraba el desafío más duro en un enfrentamiento. Siempre consideraba una metáfora de la vida lo que sucedía en una sala de prácticas como aquella: tú ensartabas un golpe, te lo devolvían, tenías que golpear de nuevo. Lo relajante era que allí todos los movimientos eran previsibles, eso te permitía abstraerte y dejar de pensar en todas aquellas cosas que, fuera de “la arena”, escapaban a tu control.

Un muchacho se le arrimó y le ofreció unos guantes, pero Ryan los rechazó amablemente y se apartó, buscando a Sam. No debía tener idea de lo bien que le sentaba lucir desconectada de su alrededor. Sin querer sorprenderla de una mala manera, se le acercó intentando llamar su atención a través de los gestos de la mano. Le ofreció una toalla que llevaba consigo, su toalla. No le importaba. Su jovialidad era sincera porque siempre iba al grano, nunca se gastaba demasiado con rodeos.  

—¿Qué dices si te doy tu espacio? Y luego, te invito a, ¿un segundo desayuno?

Saludar con un desayuno no parecía una mala propuesta.
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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Jue Nov 21, 2019 3:05 am

Mientras pedaleaba en la bicicleta estática, su mente se perdió en lo que hacía tiempo le daba vueltas: su posible “animal espiritual”, como lo llamaba Laith. Sabía que era una soberana tontería, que eso daba igual, pero le gustaba pensar en cosas que fueran insustanciales, sencillamente por darle a la cabeza. Estaba un poquito harta de que su mente sólo fuese capaz de concentrarse en responsabilidades o en las posibles salidas de emergencia por miedo a que por la principal entrase un enemigo intentando atraparla. El hecho de pensar en cuál podría ser su posible patronus, le hacía incluso hacer un estudio interior de sí misma.

Había tantos animales y, a la vez, cada uno tenía sus propios defectos y virtudes, que Sam estaba siendo capaz de ver de qué pie cojeaba y, sobre todo, de reconocer sus puntos fuertes. Para alguien como ella, cuya autoestima había sido mermada a latigazos―casi literalmente―, era casi más importante concienciarse de sus virtudes que para ella eran transparentes, que de sus defectos, los cuales tenía muy presentes.

Así que pensando en la infinidad de opciones que tenía, seguía pedaleando con música de fondo, sin la mirada en ningún sitio. Cuando se cansó y sentía caer las gotitas de sudor por su frente y su cuello, dejó aquello de lado y se bajó de la bicicleta, con intención de hacer algún otro tipo de ejercicio. Mientras se dirigía a una máquina―pues los sacos de boxeo estaban ocupados―, vio a Ryan frente a él, saludándole con la mano.

No se esperó que le ofreciera la toalla, pero la aceptó.

―No te voy a devolver una toalla sudada por mí ―le dijo, como dato, para que fuera consciente de que ella la lavaría y ya se la daría en otro momento. Qué feo era usarla y devolvérsela: era como con los pañuelos. ¡Nadie esperaría que le devolvieran el pañuelo lleno de mocos!―. No creo que pudiera considerarse un segundo desayuno teniendo en cuenta que me tomé un café y una galleta.

Un día de eso se iba a desfallecer yendo al gimnasio con tan poquita cosa en el estómago: pero es que no le entraban ganas de desayunar a esas horas y al final le sentaba mal cuando comía sin tener hambre.

Sam miró el reloj para hacerse una idea, pues tampoco quería desayunar tarde, pero tampoco pegarse demasiado en el gimnasio. Además, el motivo principal de ir ese día al gimnasio―además de sacar culo con la bicicleta, que no os mientan―era hablar con él.

―¿Nos vemos en la entrada en… media hora? ―le ofreció, para así al menos hacer algo más de ejercicio. No sabía si él acababa de llegar o llevaba tiempo, aunque no lo veía muy sudado, por lo que suponía que empezaría ahora.


***

Media hora después, Sam había hecho ejercicio de piernas y brazos, lo suficiente como para tener agujetas un par de días. Luego fue a su taquilla y guardó las cosas en la mochila, poniéndose la chaqueta deportiva, así como un chubasquero de estos gordos. No era la primera vez que cogía frío después de salir sudando del gimnasio, por lo que no quería ponerse mala.

Y no: Sam no era de esas a las que le gustase ducharse en las duchas compartidas del gimnasio, así que se abrigaba bien y ya se bañaría en casa, en su perfecta e íntima bañera, sin nadie alrededor.

Después de haberse encontrado en la puerta del gimnasio y, a pesar de que estaba lloviendo, ambos salieron en dirección a una cafetería cercana en donde poder tomarse un café y algún tentempié mañanero. Entraron por la puerta―porque eso de entrar por la ventana era demasiado dramático, nótese la ironía―y se sentaron, por iniciativa de Samantha, en una de las mesas del interior, las más alejadas de las ventanas. Era simple paranoia, pues prefería mantenerse en el lugar más oculto, sólo por si acaso. Uno de sus muchos métodos para mantenerse tranquila por su seguridad. También, como es normal, observó en donde estaba la salida trasera.

A veces pensaba si aquel tipo de manías se le quitarían algún día o ya se le iban a quedar para toda la vida.

Una vez sentados y antes de que llegase el camarero, Sam se quitó el chubasquero para colgarlo en la silla junto a su mochila y miró a Ryan, para ir a directa al grano. Sonrió de medio lado.

―¿Sabes? Contra todo pronóstico, Thaddeus me contestó. ―Soltó de repente―. ¿Y sabes también qué? No me dijo absolutamente nada de lo que pretendía que me dijera, pero creo que esperar las dos cosas fue de ser una ilusa. ―Bufó divertida, riéndose de sí misma―. Si algún día todo vuelve a la normalidad y lo vuelvo a ver en persona, le voy a tirar de la oreja por volverme loca.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Jue Nov 21, 2019 11:22 pm

Llovía, y Ryan se sentía cómodo y a gusto con el suéter puesto mientras que el tibio aroma de los granos de café tentaba sus papilas gustativas sumiéndolo en una reconfortante asociación de ideas. Había tomado una ducha rápida en el gym y el pelo mojado no era por la lluvia que salpicaba contra las ventanas del bar-café. Recibió la inesperada noticia del exitoso intento de contacto por parte de Sam con una sonrisa de celebración, pero sus cejas se arqueaban casi sin creérselo. Al oír toda la historia, ensanchó su sonrisa.

—Pero ahora sabes lo que importa. Él está bien, es sólo que no quiere mostrarse—
Ryan se hizo con el menú. Era un simple menú plastificado—. Siempre pensé que Thaddeus tenía ese hábito del profesor, ¿sabes? Nunca te da las respuestas, porque espera que el alumno lo descifre por sí mismo.

Miró a Sam por encima del menú.

—Me alegro—dijo, sincero—. Ahora puedes estar tranquila. ¿Deduzco que ya has pensando en cómo proceder con nuestro asunto?—Apoyó las manos sobre la mesa, atento a las expresiones de Sam, pero una idea cruzó por su cabeza, y se interrumpió con una sonrisa—: ¿Sabes? Esto sonará raro, pero es más natural para mí verte de esta manera, como Amelia. Sam es agradable—añadió, en un cumplido—, pero Amelia me parece más real, porque es la primera que conocí. Es curioso cómo funciona el engaño, ¿no? Sé que esta no eres tú, pero es la versión que ti con la que más he hablado.

»Dejando eso aparte, Thaddeus confía en ti—
declaró— Así que yo también. Creo que eres competente, así que no deberías dejar que la falta de respuestas de tu viejo profesor te desconcierte, más bien lo contrario. Te da vía libre para hacer lo que sabes, y en lo que eres buena. Así que, ¿has decidido cómo encarar el asunto?

El camarero, un pelirrojo sonriente, se acercó y tomó sus pedidos. Ryan insistió un poco con que Amelia se animara a consumir algo más que una triste galleta. Como hombre de apetito, daba el ejemplo. Era de esas personas que quemaban todo lo que comían en el gym, y hacían puro músculo con kilos de facturas.

—Pero aparte de mí—
añadió—. ¿Tú cómo estás? Puede que no me quieras hurgando en tus asuntos, pero no sé si dije que si necesitas algo, lo que sea, siempre puedes pedírmelo. Aunque te parece que te va bastante bien. Lo que es bueno.
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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Vie Nov 22, 2019 1:49 am

Thaddeus le había dicho que estaba bien, pero igualmente la legeremante se había preocupado, pues también le había dejado caer que no estaba en su mejor momento. El hecho de que no quisiera mostrarse le preocupaba y aunque supiera que lo hacía por protección, igual no podía evitar pensar un poco negativa.

La ahora castaña puso un gesto cansado ante la suposición del rubio.

―Siempre ha sido así ―le confirmó―. No tanto como hablar con acertijos, pero no era de esos que te dejaban las cosas perfectamente detalladas para que tú solo lo estudiaras y te convirtieras en el mejor, sino que buscaba esa mentalidad perspicaz y astuta entre sus alumnos. Al fin y al cabo es un trabajo en donde hay que tener… muy mala idea si quieres encontrar ciertas cosas, ¿sabes? ―En el fondo, aunque se quejase de Thaddeus, adoraba a su profesor. Gracias a él se había convertido en una de las mejores.

Sí que había pensado en cómo proceder con el asunto, pero no le contestó sobre la marcha, pues el añadido de Ryan y ese «esto sonará raro» hizo que quisiera prestar atención a lo nuevo. Y si bien le pareció curioso―que no raro―, en realidad lo entendía. Se habían conocido así. Si ahora Ryan le decía que en realidad era moreno, tenía los ojos negros y se llamaba Mark pues… ya te digo yo que para ella el original seguiría siendo Ryan, aunque se emocionaría del giro inesperado de los acontecimientos.

―Es normal, me conociste así ―reconoció, encogiéndose de hombros―. ¿Pero sabes qué? Yo no me acostumbro. ―Negó con la cabeza lentamente, en un gesto derrotado―. Llevo… no sé, ¿año y medio adoptando esta identidad? Y aún así, cada vez que me llaman Amelia o Mia me siento rarísima.

Ella sabía bastante bien por qué era: añoraba poder vivir tranquilamente como Samantha y hacer vida como sí misma, sin tomar tantas precauciones, sin ser tan miedica, sin tener que limitarse como hacía actualmente. Pese a que Amelia Williams le había dado la oportunidad de empezar de cero, no le tenía cariño porque le había despojado de quién era en realidad. Era una sensación super extraña y, si lo pensaba fríamente, hasta idiota, pero así se sentía.

―Lo he pensado, sí ―respondió a la vez que vino el camarero, dejándose convencer por Ryan. Al final pidió un café y un sándwich vegetal sin atún. Cuando le preguntó por cómo estaba, personalmente ella, dejando de lado asuntos laborales, Sam sonrió. Ryan podía estar tranquilo que no pensaba que “hurgase en sus asuntos”, pues Sam era muy recelosa con su vida privada desde que era una fugitiva. Lo último que quería es que un descuido que saliera por su boca, pusiese patas arriba su vida―. Yo estoy bien y… sí, me va bien. No sé en qué momento, pero hace tiempo que no siento que ningún cazarrecompensas me pisa los talones y eso me da un GRAN respiro ―enfatizó, mostrando una sonrisa risueña justo después.

Hablaba con jovialidad y tranquilidad, pues la cafetería no estaba excesivamente llena y ellos no tenían acompañantes en las mesas cercanas, por lo que cualquier cosa que le dijera a Ryan, iba a ser sólo para Ryan.

Era consciente que cuando te ibas a enfrentar a una situación mental como la que estaban a punto de hacer juntos, el implicado―en este caso Ryan―, tenía que lidiar no solo con que Sam supiera lo que guardaba “en el baúl cerrado de los recuerdos” una vez se los sacase, sino seguramente con muchas cosas que se metiesen en el camino sobre su vida privada, pues al fin  y al cabo iba a estar en su mente. A veces era duro que una persona supiera tanto de la otra, mientras que el “cliente” no sabía nada del legeremante, pero en este caso Sam no era muy abierta con su vida. Sebastian Crowley le enseñó bien.

―Sabes que… es altamente probable que pueda ver muchas cosas de tu vida ahí dentro, aunque no tengan que ver necesariamente con lo que está oculto, ¿verdad? ―Le advirtió, por si acaso―. Es decir, voy a estar en tu mente intentando buscar la entrada a un lugar que Thaddeus escondió y, luego, intentar descifrar a saber qué narices lo que haya ahí. ―Hizo una pausa, para añadir lo importante―: Que lo mismo de repente soy la persona que mejor te conoce del mundo, ¿sabes? ―Eso lo había dicho bastante divertida―. Que no nos conocemos de nada y no sé si te importa o estás dispuesto a que yo, una fugitiva super peligrosa que supuestamente ha matado gente… ―Enarcó una ceja, irónicamente, por lo que decía su cartel de fugitiva―, sepa tanto de ti.

Antes de todo eso, Sam trabajaba en el Ministerio de Magia, con un cláusula de confidencialidad con todos sus alumnos. Evidentemente, por muchas mierdas que pudiese ver en la mente ajena, jamás decía nada. Tenía eso muy interiorizado y Sam sabía perfectamente que lo que viera ahí, se iba a quedar ahí, pero… vamos, Ryan no la conocía de nada y no tenía certeza tampoco de nada, pues aquello no era un trabajo oficial en el Ministerio de Magia.
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Vie Nov 22, 2019 11:11 pm

La descripción que Sam hizo de Thaddeus le hizo pensar en su alumna. No es que Ryan la conociera íntimamente, e incluso, todo lo que sabía de ella en primera instancia era una mentira, o a medias, pero el caso era que esa señorita le evocaba una mente sencilla, y dicho de la mejor manera posible. En resumidas cuentas, no le parecía alguien que pensara todo el tiempo en lo peor de otras personas, pero luego recordó su rostro cejudo de la desconfianza cuando se chocaron cerca de la cabaña, y se rio en silencio. ¿La cara de Ryan mientras se recreaba en sus pensamientos?, de lo más natural.

Asintió repetidamente, expresando así su entendimiento con las palabras de Sam. Le hacía pensar en su propio trabajo, o en ciertos aspectos del mismo, así como en su modo personal de tratar con las personas. Lo contrario, él pensaba, sería ser un crédulo. En su opinión, no se podía no tener un cierto grado de desconfianza cuando se trataba con las personas. Porque si había mentes complicadas, había personas complicadas. Era un tema delicado porque, ¿dónde estaba el límite de la desconfianza? Ryan intentaba buscar un punto medio y confiar en su instinto. Había muchas máscaras, o muchas rubias disfrazadas, que uno desenmascaraba demasiado tarde, pero también había esa afinidad instintiva que hacía que los sentidos se relajaran cuando reconocías un sesgo familiar, humano y generoso en las actitudes de alguien en quien querías creer.

—Lo sé—dijo Ryan, con una seguridad que de tan contundente invitaba a una pregunta. Y se explicó—: Las otras chicas del gimnasio lo comentaban… ¿Viky y Josie?—recordó. Con una cómica naturalidad continuó—: No deja de parecerles raro que parezcas estar en otro mundo cuando te llaman. Fíjate, que yo nunca sospeché. Oh, por cierto, Viky piensa que te cae mal. Porque ha intentado como tres veces hablarte y tú no reaccionas.

Él lo había notado también, pero nunca pensó porque fuera que Amelia no se llamara realmente Amelia. No dejaba de resultarle profundamente graciosa la gran coincidencia de la que eran protagonistas.

—Bueno, están ocupados con los radicales—comentó, ofreciendo cierta perspectiva—. Eso explica que pongan el foco de su atención en la amenaza más inmediata, aunque no lo expresen abiertamente—se refería al gobierno—. Cualquiera sea el caso, es bueno oírte.

Hubo de masticar lo que tenía en la boca antes de responder. Le hizo señas para que aguardara una respuesta, y finalmente tragó. Era cuando menos curioso que pudiera comer sin que se le revolviera el estómago mientras le comentaban que iban a revolverle la jalea. Había gente que tenía estómago fuerte.

—No es mi primera vez—señaló, con una sonrisa sabionda. Habló con profundo conocimiento de la delicadeza del asunto, e hizo una pausa para abordar el tema—. Me refiero, a tener a alguien en mi cabeza, un observador, un tercero. Se siente raro, sí. ¿Si me preocupa? Bueno, cuento con tu confidencialidad. Sólo espero que no veas algo que te altere demasiado. Digo esto porque sé que eres empática, así que es por ti que estoy preocupado. Porque, esos que quiero recuperar, son mis recuerdos; tengo que vivir con ellos; porque son parte de mí. Lo que lamento, y por lo que me disculpo de antemano, es que tú quizá experimentes emociones que pueden ser dolorosas; quizá, no lo sé; y no son tuyas. Eso es lo que me preocupa. Sé lo que esto implica para ti, tanto como para mí. Y por si te lo preguntas, no, no te pediré una garantía extra de confidencialidad. Si Thaddeus te da su voto de confianza, es suficiente para mí.

Sonrió.

—¿No quieres probar mi tarta de queso?—
Le propuso, cambiando de tema—. ¿O la de manzana?

Se había hecho un pedido de tres platos, pero que no le dijeran goloso amarrete, porque compartía.
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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 23, 2019 3:54 am

¿Quiénes narices eran Vicky y Josie? La castaña no pudo evitar esbozar una sonrisa a lo que decía, pues por un momento se imaginó tan metida en su propio mundo golpeando sacos de boxeo que podía rozar lo antisocial. ¡Que ojo! Entre que ella siempre iba con los auriculares para escuchar música, cabía la posibilidad de que no escuchase, pero vamos, tampoco le parecía para nada raro que si una desconocida le llamaba por Amelia, ni lo relacionase con que iba con ella. Así que Sam se llevó una mano a la frente, casi avergonzada por no haberse dado cuenta.

―No te voy a mentir, no caigo ahora en quiénes son Vicky y Josie, ¡pero no me cae mal nadie! ¡Si es que literal que no conozco a nadie! ―No pudo evitar reír, negando con la cabeza―. Te conocía a ti porque te acercaste la primera vez preocupado por mis nudillos y también conozco a… cómo se llama esta mujer… ¿Bethany? La chica esta pelirroja que hace clase de zumba, ¿sabes? ¡Está empeñada con que se me daría bien la zumba y que debería apuntarme! ¡Yo, que tengo la misma habilidad para bailar que un bicho palo! ―Se quejó sin poder evitar sonar divertida con el tema―. La próxima vez me dices quiénes son Vicky y Josie y me disculparé echándole la culpa a mis auriculares de música. Pobrecillas.

Lo que decía Ryan tenía sentido, aunque para subirse un poco la autoestima―que le hacía falta―quería pensar que ella también había hecho cosas bien ocultando su rastro, cambiando su identidad y actuando con muchísima más cautela que antes. Antes, cuando no tenía nada que perder, parecía una loca inconsciente. Ahora, que lo tenía todo, no quería perder absolutamente nada.

Mira que habían pasado tres años ya y todavía no le cabía en la cabeza que la única diferencia entre Ryan y ella, para que él estuviera libre y ella buscada por la ley, era que sus padres fuesen dos muggles. Le parecía tan jodidamente estúpido, que le seguía pareciendo demasiado fuerte que hubiesen tantos retrasados en el mundo.

Cuando le advirtió de los otros riesgos de que se metiera en su cabeza, las palabras de Ryan no le sorprendieron, pero sí que le pareció curioso que se preocupase por lo que Sam pudiera ver. Estaba bastante segura de que el rubio no se podía hacer una idea de las cosas horripilantes que la legeremante había tenido que ver. Esbozó una sonrisa triste, recordando sus experiencias: primero mintiendo en Wizengamot en el gobierno de Milkovich, viendo en la mente de muchos juzgados cosas aterradoras por las que tuvo que mentir; luego en la mente de Sebastian Crowley, una mente horrorosa que se encargaba de mostrarle cada una de atrocidades que había hecho; para colmo, cuando ya no tenía necesidad ver ese tipo de cosas, Laith le pide ayuda con una niña que había sido abusada sexualmente, ¿y sabéis lo horrible que había sido meterse en la mente de una niña así de traumatizada y vivir el pavor del momento, solo para cerciorarse de lo que había ocurrido?

Creía y esperaba fervientemente que Ryan Goldstein no podía superar nada de eso.

―Un poco de la de queso sí que te robaría ―dijo, sin poder evitar aceptar porque las tartas de queso eran las segundas tartas más buenas del mundo―. Y… bueno, no te preocupes por mí con lo que pueda ver en tu cabeza. He aprendido a vivir con lo que veo y, créeme, desgraciadamente he visto cosas muy horribles. No sé cómo después de tantas atrocidades que he podido ver, sigo conservando esta empatía. Mi cuerpo debería de haber aprendido y haberse vuelto frío e insensible. ―Rodó los ojos, arrugando la nariz―. Parece que me gusta sufrir o algo. ―Eso lo dijo como una broma.

Pegó un mordisco a su sándwich vegetal, para entonces continuar con la conversación que le concernían y lo importante. Sam había empezado por eso sencillamente porque… quería que estuviera todo sobre la mesa antes de empezar.

―En cuanto a la confidencialidad, evidentemente cuenta con ella. Desde que salía de la universidad trabajé como instructora en el Ministerio de Magia, así que estoy acostumbrada a que me tengo que llevar todo lo que veo a la tumba ―le aseguró, para entonces continuar―: En cuanto a dónde empezar con todo esto… ¿te parece bien en la casa de Thaddeus? Supongo que nos la ofreció. Si no se puede ahí pues se me ocurre que… ¿en el refugio? ―Arrugó la nariz, bajando la voz por pura costumbre.

Sam no era muy amante del refugio, pero desde que lo había visitado con Gwendoline hacía poco la cosa había cambiado, por lo que suponía que si Ryan era de ahí y ella tenía acceso, era un lugar tan válido como otro y quizás Gwen se sintiera un poquito más en confianza si lo hacían ahí.
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Ryan Goldstein el Sáb Nov 23, 2019 4:08 pm


—¡Me conoces a mí!

Reaccionó humorosamente ofendido al comentario de Sam e inmediatamente luego esbozó una sonrisa sutil, imaginando para sí mismo las varias situaciones que había protagonizado Amelia alias Sam sin siquiera darse cuenta.

¿Bethany, decía? Oh, sí, él conocía a Bethany. No podía no mirarla y sentirse flameado por una pizca de picardía que sólo le provocaban sus intereses pasionales. Siempre había algo con las mujeres pelirrojas, que personalmente, le hacía desviar interesadamente la mirada.

—Sí, sé quién es. Muy simpática—señaló, guardándose todo lo demás para él solo—. ¿Y por qué no?—añadió, cruzándose de brazos sobre la mesa, inclinado a escuchar. Sonrió—. Bueno, si de algo sirve, se ven como algo graciosos para mí—confesó— Creo que en el grupo de Bethany nunca he visto a nadie coordinar. Eso es como un poco frustrante, ¿no te parece? Incluso para el que mira—Rió brevemente, declarándose una maligno observador frustrado. Y añadió, absolviéndose en la complicidad—: Pero yo nunca dije esto.

La resolución de Sam de pedir disculpas hizo que le prestara atención.

—Te las presentaré, si eso quieres.


Le cedió encantado una porción de tarta de queso, rebanando un trozo para sí mismo que deslizó en uno de los platos que ya estaba usando y le entregó el platillo original a Sam. Mientras que ella conversaba, con aquel ligero acento de humor como cuando se refería a sí misma como una consumada masoquista, Ryan concluyó que era de alguna manera emotivo que hablara de las atrocidades que había sentido en carne propia.

—Quizá es sólo es que no puedes evitar ser tú misma—
dijo, dedicándole una mirada pensativa—. Es difícil renunciar a los viejos hábitos, incluso la empatía.

Ryan se relajó en su silla.

—El refugio es un lugar muy poblado, para esto preferiría algo de privacidad, de tranquilidad. Tú no sabes cuándo tienes que salir corriendo a una misión en el cuartel. Creo que la cabaña es la mejor opción, y te admito que me gusta la idea de regresar. Es un buen lugar el que se consiguió Thaddeus allí, y da tanta pena que esté vacío. Deberíamos alegrarlo un poco.

Ryan se abstrajo momentáneamente.

—Sam—dijo, cambiando de tono—. Tienes razón. Tú sabes, cuando tú dices que “verás cosas”. Sí que me importa. Me aterra, la verdad. Para ser honesto, creo que me pondría a temblar. No soy realmente tan abierto con ciertas partes de mi vida, y definitivamente será incómodo tenerte ahí entre todos esos recuerdos que personalmente enterré, pero que están ahí. No es realmente fácil, aunque aparente que lo es—sonrió—. Así que gracias por hacer esto, de verdad que lo aprecio. Porque me importa, un poco más de lo que quiero hablar.

»Otra cosa, tú sabes, para entrar a mi palacio mental debería hablarte primero sobre con qué te vas a encontrar ahí.

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Sam J. Lehmann el Mar Nov 26, 2019 1:04 am

Objetivamente Vicky, Josie y Bethany eran chicas muy guapas, las típicas modelos que van al gimnasio para mantenerse con ese cuerpazo, con la diferencia de que la última era también monitora mientras que las otras dos eran solo clientes. Sin embargo, por mucho que fueran chicas preciosas, Sam vivía en el mundo de yupi, enamorada de su compañera de vida. Quizás antaño, hace como… cuatro o cinco años, la actitud de Sam hubiera sido muy diferente frente a chicas que le llamasen la atención, pero a día de hoy, siendo Gwen la mujer que le había sacado del pozo en el que estaba metida, es que ni sentía atracción visual. Era raro, pero después de haberlo pasado tan mal, perder la autoestima y las ganas de todo, es que ahora mismo solo encontraba ilusión mirando a una persona.

―Sí es muy simpática ―reconoció. Era gracioso porque normalmente el “es simpático” venía condicionado del: “bueno, voy a decir que es simpático para no decir que es feo”, cuando Bethany era todo lo contrario a ser fea. Rió cómplice ante el comentario de Ryan―. Vale, pues si nadie coordina, lo mismo sí es una buena idea que me meta. Los arrítmicos tenemos que apoyarnos entre nosotros. ―Siguió con la broma, guiñándole un ojo.

En realidad cuando Ryan le dijo que no podía evitar ser ella misma… se sintió hasta bien. Es decir, a día de hoy, con todas las cosas horribles que están pasando, hasta se sentía bien de haber podido conservar algo tan bonito como la empatía, cuando había recibido golpes y más golpes como para que llegara el punto en el que todo le diese igual, empezando por el resto de personas.

Pero no, no podía. Si bien el medio estaba tirando por una de las puntas de la cuerda para que se alejara de todo peligro, la empatía y todo lo que la unía al resto de personas, tiraba desde la otra punta.

Teniendo en cuenta lo que iban a hacer, ella también prefería la cabaña por la tranquilidad que ello conllevaba, así que cuando Ryan fue el mismo en proponer eso, Sam asintió.

―Sí, la verdad es que es un sitio precioso ―confesó, pues le había encantado la cabaña, tan hogareña y cálida. Casi que le apetecía ir en pijama, bien abrigado, con una batamanta y caminar por toda ella en calcetines calentitos con un chocolate entre las manos―. Pues que sea ahí. Supongo que tienes teléfono móvil… creo que para quedar va a ser lo mejor. ―Sacó entonces su móvil, desbloqueándolo y poniendo directamente el teclado numérico para pasárselo a Ryan. Antes de pasárselo se cercioró de que no hubiera nada raro o nadie le estuviese hablando por WhatsApp.

Sin embargo, el rubio se mostró distraído, llamándola y tomando un tono mucho más serio. La castaña arrugó el ceño por lo que decía, intentando pensar qué era lo que Ryan tenía ahí escondido que le daba miedo mostrar. ¿Sinceramente? Sam jamás se pondría en manos de otro legeremante, habiendo la posibilidad de que viese todo lo que hubiera pasado. Ni ganas tenía de que nadie viviese lo que ella había vivido, ni mucho menos revivir lo vivido. Así que entendía a la perfección de Ryan.

―Bueno… ―dijo, mojándose un poco los labios antes de hablar―. Vea lo vea, no te voy a juzgar. Todos cometemos errores, todos hacemos cosas de las que no nos sentimos orgullosos y… todos tenemos recuerdos que queremos enterrar porque nos hacen daño. En el caso de que alguno de ellos salga a la luz mientras esté en tu cabeza… de antemano lo siento. Conmigo podrás hacer como si no lo hubiéramos visto, a menos que tú quieras comentar lo que sea, ¿vale?

Sam no iba a entrar en detalle de nada que viese en la mente de Ryan. Era su dichosa vida, ¿qué derecho tenía ella a opinar absolutamente nada? Quizás se diese de cuenta de cómo era el verdadero Ryan, detrás de esa fachada de príncipe encantador y persona simpática, pero sinceramente, ahora mismo no se preocupaba de nada de eso.

―Te escucho ―le respondió, mientras aprovechaba para terminarse su sándwich vegetal, reservando para el final el trocito de tarta de queso que Ryan le había apartado para ella.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Vie Nov 29, 2019 1:46 am

Vueltos a la cabaña, Ryan hizo unos cambios en el lugar. La estancia, que de por sí era un sitio confortable donde estar, invitaba al sueño, a la relajación, una vez que se encendieron las velas en medio de una penumbra perfumada con incienso. Había hecho lo que había querido con el argumento de recrear un ambiente de concentración. Mientras que fuera, el día era radiante, dentro se cocinaba un clima de meditación profunda.

A lo largo de la semana, Ryan había incursionado hacia dentro de su palacio mental, una y otra vez, en sesiones personales de meditación. Todo seguía allí, archivado en su memoria, justo como lo recordaba. Para un invasor, o legeremante en aquel caso, recorrer los pasillos y habitaciones de su memoria podría perderlo, pero Sam contaba con Ryan como guía.

La conexión mental que tendría lugar los transportaría a ambos en un mundo de polvo onírico, sin moverlos de su lugar. Era distinto a entrar en la mente de alguien y chocarse contra una marabunta de imágenes confusas, esto era incursionar en un laberinto, en el que podía haber callejones sin salida y giros inesperados.
 
El palacio de la memoria era un lugar real o imaginario, pero siempre dentro de los límites —infinitos, extensibles, atemporales— de la propia mente.

Había quienes recreaban un lugar con el que estuvieran familiarizados, aunque este acabara multiplicándose en cientos de posibilidades que iban más allá de la imaginación.

Era esa familiaridad el latigazo que, cuando lo necesitaras, facilitarían las asociaciones.

¿Cuándo no un animal te recordaba a la cara de una persona?, ¿cuándo no el paquete de una marca cualquiera te devolvía al momento de un accidente?

Tú elegías si las imágenes evocaban aromas, sonidos o eran puramente eso, imágenes, que impactaban en tu mente, desenredado un amasijo de emociones relacionadas directamente con tus memorias.

Esa técnica era la de los anclajes, un “anclaje” porque era de lo que tirabas para sustraer desde lo hondo del mar de tus memorias, una en específico.

Pero el primer paso, era la creación de tu palacio mental.  

Tú visualizabas las habitaciones, los pasillos, escaleras, balcones, jardines, en los que enterrarías a plena vista los recuerdos a los que esperabas regresar, o no. Tú eras el arquitecto de tu palacio mental.

El segundo paso, era definir cada una de las secciones del palacio que serán rellenadas con tus recuerdos, esos a los que deseas volver más adelante, pero también incluso, aquellos que quieres olvidar.

El tercero, memorizar un orden y una ruta: siempre el mismo recorrido, tú guiándote a través en un ida y vuelta sin bloqueos. Para olvidar, bastaba con desacomodar, bloquear, crear caminos desconocidos.

El palacio mental de Ryan era el castillo de los Golgomatch. En la cabaña, Ryan le realizó a Sam un plano, riéndose de su propio dibujo y concluyendo algo que sabía: no era un gran dibujante.

Se sentaron enfrentados sobre la alfombra—el rubio insistió—, y Ryan se cruzó de piernas, con un aspecto relajado y tranquilo. Había un cierto aire de profesor de yoga en Ryan en ese momento, pero ese momento desapareció.

Hubo una inhalación profunda, un caer en la consciencia, y detrás de los párpados cerrados un mundo imaginario, pero real, se materializó con la misma presencia de un sueño.

No sólo se asimilaba este mundo con los ojos, sino que atravesaba al soñador con un constante presentimiento, a veces de peligro.

Había aromas, había sonidos, sensaciones, que asaltaban los sentidos de forma inusitada, la mar de las veces confusa.

Si pisaban el viejo despacho del padre de Ryan, antes cabeza de la familia, un frío intenso golpeaba atenazando la fibra del nervio, pero pronto la sensación quemaba y se reconocía fácilmente el fantasma de la ira, y extrañamente, la música de un piano, venida de ningún lugar, aplacaba todas esas emociones.

En una misma habitación podían sentirse muchos sonidos como un eco de lejano: restos de conversaciones, tráfico, incluso el llamado de un elefante. Cada roce con los sentidos se experimentaba de una forma apretada, vibrante, asfixiante, y otras hasta era sumamente agradable.

El palacio mental de Ryan tenía una estructura, un camino, un orden, que podía hacer que los soñadores se sintieran seguros sobre un suelo, pero para hallar las memorias olvidadas, había que desviarse, y eso significaba verdadero peligro, porque el inconsciente era impredecible, y podía herir.

Hay siempre, en el fondo de la consciencia, una fisura, y del otro lado, atravesándola, monstruos y pesadillas que deambulan sueltos.

Es en el inconsciente donde surgen las reacciones reflejo, esas que no tienen explicación, que escapaban a la razón.

Malos hábitos que lastiman, obsesiones que nos persiguen, miedos que tiñen nuestro criterio de excusas, de mentiras, de pensamientos negativos.

A veces, estas formas misteriosas pueden ser encontradas en el sueño, pero Ryan había ido a su encuentro, y ese desvío los llevó al cementerio de los Golgomatch, un lugar que él no controlaba.

Sam lo llevó allí, frente a la reja del cementerio, una puerta alta y negra de hierro, forjada en arabescos, con la silueta de la cabeza de un elefante siendo parte de su diseño, exactamente donde debería estar el emblema de los Golgomatch.

Hubo un chirrido, sombras negras, una hilera de tumbas, y hubo que cavar. En el lugar donde debió haber un cadáver, había una cajita musical, y cuando se le dio cuerda, un zumbido terrible invadió los oídos, las paredes del sueño se desprendieron como tapices desgarrados, hubo un temblor, espanto, incertidumbre, y de nuevo, el aroma a incienso.

Ryan se llevaba la mano al pecho. Había abierto los ojos de un golpe, le faltaba el aliento. Había lágrimas calientes en sus ojos, y tenía la expresión perdida. Sintió la necesidad de levantarse, en lo que casi tropieza, y se encerró en el baño de un portazo. Necesitaba un minuto a solas.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Sam J. Lehmann el Jue Dic 12, 2019 5:30 pm

Llevaban en la cabaña un rato intentando entrar en la zona de descontrol de la cabeza de Ryan, pero no era fácil. Al ser una zona tan caótica, todo aquello que aparecía era totalmente inesperado y, por norma general, con mucho peso para la persona que los contenía. Era un lugar en donde podías encontrar literalmente cualquier cosa, pero todos sabemos que la mente tiene ese efecto magnético de atraer justamente lo que menos quieres ver, en ocasiones momentos dolorosos, bochornosos o traumatizantes. Sam era capaz de soportarlo, por supuesto, pero no era su mente la que debía permanecer estable, sino la del rubio. Desde que la mente de Ryan se alteraba, él se alteraba, sus emociones comenzaban a hacer eco en sus memorias y aquello era insostenible.

Una de los trucos de Sam para poder revisar tranquilamente las mentes ajenas―cuando iba en contra de sus voluntades, evidentemente―era usar un hechizo para confundir, pues de esta manera estaban “atontados” y la mente no respondía tan bien a lo que veía. Sin embargo, la idea con aquello era ayudar a Ryan y si bien con desbloquear lo que Thaddeus había bloqueado era suficiente, prefería que Ryan estuviera en plenas facultades. Tardarían más, pero para él sería mucho mejor: poder lidiar con el caos desordenado de su cerebro era muy importante y ya que tenía una pequeña base, quería ayudarlo lo mejor posible.

En ese intento lo que apareció en su cabeza fue algo que Sam no había visto hasta ahora. Había sido un recuerdo fugaz, pero que había sido terriblemente intenso y que fue acompañado de un sentimiento casi de angustia.

Pese a que Ryan se había alterado y el recuerdo era confuso e impreciso, Sam ya estaba muy acostumbrada a ese tipo de situaciones mentales, por lo que se hizo perfectamente al momento, entendiendo mejor el recuerdo de lo que en realidad le hubiera gustado. La verdad es que por lo que vivió en esos recuerdos, había entendido perfectamente que el rubio se levantase, con los ojos húmedos en lágrimas y necesitase su propio espacio en el baño.

Lo entendía: no era bonito revivir recuerdos que te hacían daño.

Sam se quedó allí quieta, en compañía del olor a incienso, la luz tenue y el silencio. Se echó hacia atrás, apoyando su espalda contra el sofá, pues estaba sentada como los indios sobre la alfombra, pues habían quitado la mesa y habían estado haciendo ejercicios de relajación y meditación, aunque en ese momento tanta meditación no había podido igualmente con un recuerdo así que había sido bastante doloroso.

Aprovechó para levantarse y decidió que estaba bien por hoy. Sabía que después de eso su mente iba a estar, de entre todas las cosas, pensando precisamente en eso, por lo que iba a ser imposible y él se iba a terminar ofuscando sin llegar a ningún puerto. Ese día habían avanzado, pero no quería apresurar las cosas si eso iba a terminar con un Ryan nervioso o estresado, sinceramente.

Así que la legeremante optó por hacer terapia emocional, también conocida como «comer helado soluciona todos los males». Fue hasta la cocina para sacar del congelador una tarrina de helado de chocolate y, como todavía no había tanta confianzas―pese a que Sam ya sabía mucho de él―rellenó dos bol y los llevó hasta la mesa, pero también llevó la tarrina porque… bueno, ¿quién no repite helado cuando sigue habiendo? Sólo los flacos y ellos podían ser flacos pero eran gordos de corazón.

Sam se tiró de nuevo sobre la alfombra ya que habían predispuesto todo para estar cómodos ahí, cogiendo su bol de helado y esperando a que saliese Ryan del baño. Cuando salió, sus labios estaban manchados de chocolate, evidenciando el crimen.

―Empecé para que no se me derritiese ―se justificó con la boca llena, señalándole el suyo―. Anda, ven y come. ¿Sabías que el chocolate tiene la propiedad curativa de arreglar absolutamente cualquier mal del ser humano? ―Se inventó sobre la marcha―. Está científica y mágicamente comprobado.

Dio un par de golpecitos al lado de su alfombra, para que se sentase a su lado.

―Sabes que no voy a sacar ningún tema de lo que vea en tu cabecita, ¿verdad? ―Le recordó, pues no pretendía juzgarlo ni mucho menos presionarlo con nada―. Pero siempre he creído que hablar es bueno. Hay veces que le dejamos a nuestra mente demasiadas responsabilidades y no es justo.

Total, ¿qué iba a esconderle Ryan de lo que acababa de ver en su cabeza? Ya no podía. Siendo realistas Sam ya sabía lo que había ocurrido y cómo había ocurrido, por lo que Ryan no estaría descubriéndole nada. Sin embargo, la rubia lo que intentaba era animarlo a que hablase, se desahogara y consiguiera que ese recuerdo no tuviera tanta importancia e intensidad. Era una manera de relajar tu propia subconsciente. Ahora mismo la legeremante sabía que era imposible seguir con la clase porque aquello le iba a estar molestando todo el día, pero no quería que al día siguiente precisamente lo mismo fuese el detonante de tener que parar, ya que si no, no iban a avanzar.

Sin embargo, no le iba a insistir. Si él consideraba que con meditación podía superarlo, ella lo respetaría. El único motivo por el cual se lo ofrecía era porque en ese momento no tenía nada que ocultarle.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Mar Dic 17, 2019 8:34 am


Había sido una de esas misiones que definen el carácter de lo importante. No sólo tuvo un peso en la carrera de Ryan Goldstein, sino en quién había decidido ser: el hombre que sigue las normas o el hombre que las quiebra. Naturalmente, Ryan Goldstein era del segundo tipo.

La MACUSA había expulsado a uno de sus agentes por la sencilla razón elegir a sus compañeros antes que la misión. La moralidad del conflicto era cuestionable. Se trataba de la famosa ecuación de, “¿salvarías a uno que te importa o salvarías a varios que no conoces?”. A la hora de accionar, Ryan Goldstein había elegido la primera opción, quizá porque las circunstancias no permitían realmente moralizar en el momento, y quizá no fuera lo correcto, pero era la opción con que podía vivir.

Lo que sucedió fue que, aunque él eligió a su compañera, Mya Harper, por encima de todo lo demás, ella murió de todos modos. Su acción le costó su reputación, la misión, y aunque nada de eso importaba realmente, no sirvió de nada. No pudo salvarla. Lo sucedido fue una tragedia.

Pero había elegido, y no se arrepentía.

No era tan simple recordar. A partir de ese momento atravesaría un proceso. Cargaría con el post-trauma por algún tiempo. Pero tenía algo que antes no tenía, la verdad. Le habían arrebatado fragmentos de su vida por motivos burocráticos de confidencialidad. Más que eso, le habían quitado la oportunidad de llorar por alguien a quien había perdido y que le había importado.

Por eso valió la pena recuperar sus memorias.

Le llevó un tiempo volver a salir por la puerta. Estaba confuso, enojado, triste. Se miraba al espejo y le costaba reconocerse, en tiempo y lugar. Sin embargo, lentamente empezó a tranquilizarse, y aunque consciente de sus emociones de una forma demasiado intensa, entendía que era lo mejor saber a no saber, tener a no tener.

Su ira siempre le preocupaba, porque tener una recaída podía equivaler a, lo que los chamanes de América lo llamaban, un entorpecimiento de la visión. A veces le hacía hacer cosas estúpidas antes siquiera de darse cuenta. Se encerraba en sí mismo y caía en una ceguera personal. Pero ya tendría tiempo para lidiar con las repercusiones emocionales de aquella sesión que, en un modo, lo hizo viajar en el tiempo.

«Empecé para que no se me derritiese».

Ryan se apareció en una versión más calmada de sí mismo, y también decaída. Se reservó una sonrisa, pero miró a Sam con interés. Adelantándose, vació el bol en la tarrina y se hizo con esta, LA TARRINA SÍ, y se tiró a su lado, hundiéndose en el sofá como un globo desinflado. Era tan largo que sus piernas sobresalían como las patas de una mesa armable de camping. Sólo faltaba ponerle una tabla encima, y ya se conseguían una mesa al completo.

Si se había apoderado de la tarrina era porque se atribuía el derecho de ser desgraciado y gordito —el más gordito, disputaba el título—, pero como mínimo tenía que contar una historia, su historia. Ryan la escuchó en silencio, activamente interesado en su cuchara. Finalmente, ladeó la cabeza hacia ella con un asomo de sonrisa, aparentemente entretenido, pero en el fondo entrañablemente tocado por el acto de simpatía.

—Ella era Mya—disparó, en el momento. Se le notaba que no le era fácil hablar—. Hoy acabo de enterarme que puse mi vida por ella, y ella acabó muerta.

Había en la superficialidad del tono un acto intencional de evasión.

—Pero puedo hablarte sobre cómo era ella—añadió, con una tibia sonrisa, gacha y concentrada la mirada—. Eso me gustaría. Me gustaría mucho.

Habló, sobre cómo se conocieron. Se extendió en los pequeños detalles, en las impresiones que había tenido en aquel entonces en cada anécdota, y a medida que fue animándose más y más, hasta reírse, se evidenció cuánto le agradaba tener sus memorias de vuelta. No valía la pena que te arrancaran a una persona de tus recuerdos, pero significaba muchísimo poder atesorarlos.

—Te lo debo—dijo, de pronto, luego de una ínfima pausa. La miraba con una expresión franca, distendida, segura—. Esto, y el helado—añadió—. Gracias.
Ryan Goldstein
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