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Ryan Goldstein el Vie Sep 20, 2019 7:01 am

Recuerdo del primer mensaje :

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En el año 2016 el Ministerio de Magia cae derrocado por el golpe de los mortífagos. Este acto se declaró ante la opinión pública hacia dentro y hacia fuera de Londres como un “golpe de emergencia” frente a la ineficacia del viejo ministerio, acusado a su vez de conspirar contra los ciudadanos de la comunidad mágica y el estatuto del secreto en una alianza con las esferas gubernamentales muggles —siempre proclives a la guerra y hambrientos de poder— que sólo beneficiaba al gabinete a cargo en detrimento de la dignidad y los intereses de los magos y brujas que, por derecho de sangre, son quienes han de decidir por el bien mayor.

Luego de la asunción de Abigaíl T. McDowell, la propaganda y la censura se utilizaron como herramienta de control sobre la opinión pública. El Profeta pasó a manos de una nueva dirección y se “sanearon” las oficinas del plantel laboral. Otros diarios, como el Quisquilloso, fueron cancelados con la promulgación de la actual Ley de Medios. Ningún canal de información se difundiría sin la previa aprobación del Ministerio. La sanción de esta ley conllevaría a un grave delito que no quedaría impune, tanto como para quien o quienes promovieran falsas noticias como para quienes prestaran oídos a esas mentiras. Se limitó así a la prensa y a la programación radial, y mágicamente, todas las ‘otras voces’ desaparecieron.

Los índices de popularidad del Nuevo Ministerio crecieron notablemente desde aquel año de cambios. Los resultados de las encuestas dirigidas a la población para evaluar su contento no estaban del todo manipuladas. Los defensores del gobierno se expresaban honestamente indignados frente a la amenaza de los traidores a la sangre y debatían cada vez con más odio y violencia sobre la inferioridad muggle y prestaban demasiada atención a las teorías conspirativas que afirmaban la existencia de una agrupación no-mágica de peso internacional dedicada al robo de magia. Desde que la mentalidad purista era la norma, todo se resumía al “ellos” y al “nosotros”. ¿Pero por qué?

No todos los fugitivos lo entendían, ¿por qué la opinión pública crecía tan favorablemente hacia el gobierno y su régimen del terror? Familias desaparecían, amigos eran asesinados y se sabía que el que te atraparan vivo era un destino peor que la muerte. En cada esquina, cada rincón, se cometían crímenes con la mayor impunidad, ¿en nombre de qué?, ¿la pureza de sangre? Tanto miedo y tanta violencia, ¿pero por qué los magos y brujas de Londres no se rebelaban contra el gobierno que provocaba tanto mal?

Parecía increíble que la propaganda del gobierno hubiera tenido tanta influencia sobre la psicología de las masas. Sin embargo, había también muchos rostros agachados, una indignación silenciosa que no hallaba eco, una necesidad casi inexplicable y puramente humana de poder escuchar el sonido de la propia voz a través de un medio, el que sea, que expresara lo que uno pensaba y sentía, que canalizara todas las palabras que morían en la garganta. Era común a todos los sistemas opresivos, la necesidad de la resistencia.






En los cuarteles generales de la Orden del Fénix era habitual cruzarse con rostros familiares, aunque Ryan jamás se detuvo tanto como cuando vio a Xenobia. La reconoció al espiar por encima del hombro una segunda vez, y se sonrió evocando gran parte de sus recuerdos favoritos en Ilvermony, que eran sobre él montado en una escoba.

Se aproximó a Xenobia con curiosidad.

Había llegado a El Refugio con una edición de El Profeta bajo el brazo y un café para llevar en la mano. Encontró a la ex thunderbird en una de las zonas comunes, así, al pasar rumbo a la sala de reuniones, habiendo llegado temprano, quizá con demasiada antelación, a una de las reuniones rutinarias de la Orden.

—Dime que no es una sorpresa—
La abordó directamente por llamar su atención, y sonrió—. Hola, Pivot.

En el quodpot el equipo se organizaba según una estrategia de juego, y recordaba haberla llamado mil y un veces de esa manera en el aire. Si la quod amenazaba con rebotar del pot, la verías intimidando a la defensa y yendo a encestar la pelota perdida.

Lo que Ryan curiosamente no llegaba a pescar en la laguna de su memoria en ese mismísimo instante era cuál era su nombre real. En cuanto a su rostro, la veía diferente a como la recordaba, volando por encima de las alturas; pero de algún modo, era a la vez la misma.



Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Xenobia Myerscough el Vie Nov 22, 2019 3:30 am

Para Xenobia, fingir una sonrisa era sencillo: bastaba con curvar los labios, con dejar que los músculos faciales actuasen por sí solos, de manera que pareciese natural. A lo largo de su carrera, había tenido que fingir mucho ante mucha gente, además de mostrar siempre la buena cara del periodista.

El periodista de verdad, el que había bien su trabajo, siempre se mostraba como tu amigo.

Aquella no era una situación periodística, por supuesto, pero se podía aplicar el mismo principio: Ryan Goldstein y Enora Allgood eran una pareja normal que paseaba por el Callejón Diagón, centro neurálgico del comercio mágico inglés, intercambiando comentarios íntimos que a nadie le preocupaban. Nadie reparaba en ellos, salvo tal vez alguna mujer que apreciaba el atractivo del apuesto joven y envidiaba a su acompañante, o la de algún hombre que únicamente pensaba en lo atractiva que era la mujer, y lo superior que se sentía a su acompañante masculino.

Así que cuando Ryan, sonriente, se acercó a su rostro para susurrar, ella sonrió coqueta. Las palabras que intercambiaban nada tenían que ver con aquel falso afecto.

—Los veo. No se les da demasiado bien disimular —susurró en respuesta, dejando escapar una breve risita.

Valiéndose de aquel camuflaje a plena vista, la pareja continuó con lo que a ojos externos no era más que un paseo. Sus pasos parecían no tener rumbo alguno, y casi se diría que deambulaban para pasar el rato, pero más pronto que tarde se encaminaron al lugar que Mercy les había indicado.

Una vez llegaron al sórdido ramal salpicado a partes iguales de carteles de ‘Se busca’ y pintadas claramente antisistema, Xenobia planteó su duda: ¿Cómo iban a sacar al chico de allí sin que lo descubriesen? No podían valerse de la aparición, como era evidente, y no podían pasearse alegremente con él por las calles.

Ryan propuso un plan sencillo.

—De acuerdo —coincidió Xenobia, asintiendo con la cabeza—. Pero antes, déjame decirte algo. —Seguía hablando en voz baja, aunque había reanudado la marcha—: Si en algún momento intuyes un aprieto, cosa que no será muy difícil, recuerda que eres un ciudadano libre. Evita a toda costa que te vean conmigo si llegan a identificarme. Y de hecho, si no vemos una forma clara de salir de aquí los tres juntos, un buen plan sería dividirnos.

Ese plan de reserva de Xenobia, en realidad, era bastante sencillo: la fugitiva podía obrar una maniobra de distracción, salir corriendo mientras Ryan y Jeremy permanecían ocultos, y una vez perdiese de vista a los aurores, buscar refugio en el establecimiento de Regis Hilmar, quien desde hacía tiempo tenía tratos con la Orden del Fénix. El pocionista le daría refugio durante un tiempo, el suficiente para que los aurores despejasen el Callejón.

Sin embargo, no quería ponerse todavía en lo peor: primero, se ceñirían al plan de Ryan.

Al continuar su camino, casi siguiendo el rastro de pintadas en las paredes, los dos magos doblaron un recodo en el camino y casi se dieron de bruces con una pareja de aurores, los cuales eran perfectamente reconocibles, ya no solo por sus largos abrigos, sino también por esa actitud, esa que parecía querer decir “Estamos aquí y tenemos todo el derecho de estar aquí, así que apártate de nuestro camino.”

Xenobia dio gracias de no reconocerlos como ex-compañeros de su difunto prometido.

—¡Querido mío! —exclamó Xenobia, risueña—. Sonreír siempre es tu solución a todo. ¿No sería más sencillo matarlos con mi indiferencia?

En su opinión, había seguido la corriente a Ryan de manera convincente, lo cual quedó patente por la actitud de los dos aurores: los miraron un segundo, arrugaron el ceño, y uno de ellos negó con la cabeza antes de continuar su camino.

No tuvieron que caminar mucho más: pronto apareció ante sus ojos la susodicha tienda, de sucias ventanas clavadas con tablones y puerta oxidada cerrada con cadenas. Se detuvieron en las proximidades, sin acercarse todavía, y Xenobia contempló el polvoriento cartel de madera de ‘Se vende’ que colgaba debajo de la banderola. Alguien había pintado el rótulo con pintura roja, de tal manera que no se podía leer el contenido.

—Es mi turno. ¿Puedes vigilar que no venga nadie? —Xenobia se arrodilló ante el candado, indudablemente mágico a juzgar por la escritura de runas alrededor del ojo de la cerradura, y enseguida sacó su navaja abrecartas, encantada para abrir cierres mágicos.

Mientras trasteaba con la cerradura, la bruja se preguntó cómo se las habría apañado el chico para colarse en el interior. Supuso que habría utilizado otra entrada, la cual daría seguramente a otro ramal del callejón, o quizás conocía alguna entrada subterránea. Alguna tapa de alcantarilla o algo por el estilo.

Fuese como fuese, el candado no tardó en ceder con un suave clic metálico. Tenían vía libre.

—Vamos —dijo en voz baja, mientras retiraba la cadena que mantenía los dos tiradores firmemente unidos.

El interior, como cabía esperar, mostraba un notorio estado de abandono: el polvo se acumulaba sobre las escasas piezas de mobiliario que quedaban intactas, todas ellas elaboradas en maderas nobles al estilo rústico, y los rayos de luz que se colaban al interior a través de rendijas y cristaleras rotas mostraban una gran cantidad de ácaros y partículas flotando en el aire. Xenobia dio gracias por no padecer ninguna alergia.

—¿Jeremy? —dijo en voz baja—. ¿Estás aquí?

Estaba en tensión: temía que en cualquier momento pudiese salir algún que otro auror, escondido en el interior, con Jeremy inmovilizado. Un auror dispuesto a efectuar una triple detención, y obtener una pequeña bonificación salarial, además de méritos para con la Ministra de Magia.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Ryan Goldstein el Sáb Nov 23, 2019 6:45 am

Ser un ciudadano libre no significa simplemente que podía ir y venir a su antojo, sino que los derechos con los que contaba —a diferencia de la situación de muchos de sus compañeros— podía serle de utilidad a la Orden cuando lo demandaran las circunstancias.

Era por eso mismo que Ryan debía ser responsable con su libre albedrío. Pero en lo personal, para él no supondría ninguna pérdida que su cara saliera en los carteles que empapelaban las calles, dado que era extranjero y Londres no era su lugar.

Quitando cualquiera de las dos razones para priorizar o no su status social, el plan de Xenobia no era algo con lo que él pudiera estar de acuerdo, y esto porque su sentido de la honorabilidad no podía conciliarse con la idea.  

—¿Tienes un plan de respaldo?


Buscó en el rostro de ella una confirmación.

Había en la elección de palabras de Ryan una condición implícita que creía que debían establecer de mutuo acuerdo, incluso en el silencio de lo que no se habla.  

Xenobia tenía el nervio para tomar una iniciativa por arriesgada que pareciera y no echarse para atrás. De esto podía dar fe, no como alguien que la conociera íntimamente, pero como Thunderbird.  

Lo que le preocupaba era que, en caso de surgir un aprieto, Xenobia se embarcara sola en un plan suicida. Por un lado, porque se la mentalizaba un poco como él, pero por el otro, porque ella tenía algo que él no, una historia de dolor.

Por esto, él desconfiaba y se preocupaba.

Sin embargo, en esa misión y de darse las circunstancias, sabía que debía y podía contar con ella, y tenía que pensar en el plan como lo que era, una estrategia de efectividad práctica.

«Vamos».

Al ligero tintineo de las cadenas le siguió el golpe de la puerta al ceder de un temblor a la intrusión forzada. Ryan miró a los costados antes de desaparecer tras la puerta con un largo chirrido que los delató ruidosamente hacia el interior del local.  

Su primer reflejo fue sacar la varita y apuntar a la nada polvorienta, murmurando un Homenum Revelio que destelló sin efecto, y esperando. Xenobia llamó al nombre del muchacho y fue entonces que sintieron un ruido provenir de detrás del viejo mostrador.

—¿Señora Myerscough?

Jeremy se incorporó lentamente y avanzó hacia ellos. Ryan reparó en que se sujetaba el brazo derecho, que le colgaba como inerte. Se adelantó queriendo constatar si tendrían que lidiar con una herida.

—¿Qué ha pasado?—preguntó, queriendo descorrer el hombro de lo que el chico llevaba puesto para echar un vistazo. Se detuvo cuando Jeremy desvió la mirada con molestia, y lo que parecía vergüenza—. ¿Puedo?

Jeremy asintió.

Con su permiso, Ryan tiró del cuello de la ropa y reveló la zona del hombro, llevándose una inesperada mala impresión. La piel lisa y joven se interrumpía abruptamente allí donde nacía el hombro, unida a una costra arrugada y reseca.

Se extendía todo a lo largo de lo que ahora era un brazo marchito e inútil. El hechizo que lo había tocado había disecado su piel como en un estado de momificación.

Ryan suspiró imperceptiblemente.

—Es una maldición progresiva—
dijo, manteniendo los nervios en su lugar—. Tenemos que apurarnos.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Xenobia Myerscough el Vie Nov 29, 2019 2:45 am

Mentiría si dijese que tenía un plan real, más allá de correr directamente hacia Hilmar’s Curiosities y refugiarse en su interior, pero siempre había sido una persona resuelta.

Por si fuera poco, contaba con un entrenamiento exhaustivo de manos de un auror: su difunto prometido, Thomas. Sus posibilidades de supervivencia eran relativamente altas, pero tampoco es que le preocupase demasiado: no correría directamente hacia el cañón de la pistola, pero cuando ésta se disparara, no sabría si su vida le preocuparía lo suficiente como para hacerse a un lado.

No quiso abrumar a Ryan con todos estos pensamientos, por lo que se limitó a asentir con la cabeza, y añadir unas escuetas palabras.

—Si se da el caso, me las arreglaré.

Valiéndose de su navaja abrecartas mágica, Xenobia se encargó del candado que sujetaba la cadena, y la puerta del establecimiento abandonado quedó abierta para ellos. Al pasar al interior, concluyeron el primer objetivo de aquella misión: encontrar al joven desaparecido.

De nombre Jeremy, el chico estaba escondido detrás del mostrador, uno de los escondites más evidentes en un lugar así. Si se había mantenido a salvo, estaba segura, era porque aquel lugar estaba cerrado a cal y canto, y el candado mágico de la entrada había disuadido a los aurores: si no había entrada visible, podían descartar aquel lugar. Jeremy había hecho muy bien al entrar por otro sitio.

Cuando emergió de su escondite, el chico se sujetaba el brazo, y Ryan fue el primero en preocuparse por su estado. Xenobia también se preocupó, pero de la misma manera que hacía siempre que estaba en compañía de niños y adolescentes, mantuvo una incómoda distancia con el chico, dejando que fuese su compañero quien lo examinase.

Lo poco que pudo ver desde su posición no era demasiado halagüeño.

—Salir por la puerta es peligroso —constató Xenobia, que al mismo tiempo regresaba sobre sus pasos en dirección a la polvorienta cristalera. Haciendo pantalla con ambas manos, trató de echar un vistazo a través del sucio vidrio, pero lo poco que vio fueron siluetas en movimiento—. ¿Por dónde has entrado, Jeremy? Sería buena idea utilizar esa entrada.

Como respondiendo a su temor de que pudiese ocurrir lo peor, lo peor decidió anunciarse, saludándola con la mano a través de la sucia cristalera: un par de siluetas aparecieron en su campo de visión, moviéndose rápidamente en dirección a la tienda.

Xenobia respondió lo más rápido posible, lanzándose al suelo. Desde su posición, y sin hablar, hizo gestos a hombre y adolescente para que se agachasen también, mientras las voces de aquellas dos figuras, dos hombres, se aproximaban. No escuchó toda la conversación que mantenían entre ellos, pero sí captó una parte crucial… y enseguida se puso en tensión.

—¿Has visto eso? —preguntó una de las voces.

—¿El qué? —preguntó la otra por toda respuesta.

Ambas figuras se detuvieron frente a la puerta. El corazón de Xenobia latía de manera acelerada dentro de su pecho, en tensión. Sujetaba la varita firmemente entre sus dedos.

—La cadena. Está suelta —anunció la primera voz, ya juzgar por el tintineo metálico que se escuchó, estaban manipulando la cadena.

«Esa es la señal para largarse de aquí», pensó con urgencia, volviendo la mirada en dirección a Ryan y Jeremy. Era cuestión de segundos que entrasen, así que más les valía correr en dirección a la entrada que el muchacho había utilizado en primer lugar.

A no ser que pretendiesen pasar la noche en Azkaban, los tres juntos.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Ryan Goldstein el Dom Dic 01, 2019 4:42 am

Debió haberlo previsto. Se ocultaron, empujó suavemente al muchacho para que se escondiera con Xenobia y él se colocó a resguardo detrás de una estantería, atento a la venida de los aurores.

Captó la mirada de su compañera y le hizo señas: “tú el de la izquierda, yo el de la derecha”. Si los tomaban por sorpresa, los abatirían al instante.

Jeremy, a su vez, dio a entender que la segunda entrada que Xenofia había mencionado se hallaba en la trastienda. Era un muchacho de gran determinación, porque ni entonces parecía asustado, pero sí preparado.

Para Ryan era un no definitivo, la posibilidad de que los atacaran en la huida resultaba más arriesgada. En ese instante, lo mejor era no perder el tiempo.

Inició un conteo, sin despegar los ojos de Xenobia.

Si por algún motivo llegara a pasar que su compañera optara por retrotraerse, Ryan actuaría de distracción mientras que ella escapaba con el chico y desaparecían por la trastienda.

Jeremy tendría que ser arrastrado, porque aunque tuviera una mano imposibilitada, no tardó en mostrar contaba con la otra, aunque sólo hiciera de respaldo.

Los aurores se colaron dentro de la tienda.

«¡Ahora!»
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Ryan GoldsteinInactivo

Xenobia Myerscough el Mar Dic 03, 2019 9:51 pm

El plan de huida no parecía haber cuajado bien entre los miembros de su pequeño grupo, quienes parecían más que dispuestos a solucionar aquello por las malas.

Para Xenobia, la idea no era demasiado brillante: si se enfrentaban a aquellos dos y ganaban —cosa que no sería muy complicada, teniendo en cuenta su superioridad numérica y el factor sorpresa—, dejarían un par de cuerpos inconscientes tras de sí, los cuales acabarían llamando la atención.

Sin embargo, en cuanto vio a Ryan tomar posiciones supo que debía ir a favor de la corriente: no era momento para discutir.

Así que ocupó su posición, tras un viejo reloj de pared polvoriento que ya no daba ni la hora, y esperó. Buscó primero a Ryan con la mirada, y éste parecía determinado; buscó entonces a Jeremy, y al verlo dispuesto a enfrentarse a sus enemigos, le hizo señas para que se ocultase mejor. Aquello no era un juego de niños.

Con el corazón martilleándole en el pecho, y a pesar de que todos los instintos de su cuerpo clamaban porque empezase a respirar de manera agitada, se contuvo y se forzó a respirar muy suavemente, a fin de no hacer el menor ruido. Y espero.

Esperó.

El chirrido de las bisagras oxidadas pareció arañar el silencio y perforarle los tímpanos como un cuchillo. Una de las puertas se abrió y al interior vio asomar a la primera figura; poco después, la segunda. Ambas personas, hombres, empuñaban sus varitas y las utilizaban como fuente de iluminación.

—¿Seguro que la cadena no estaba ya caída? —preguntó, inseguro, uno de ellos.

—¿Te crees que soy idiota? —fue la elocuente respuesta del segundo.

Xenobia nunca llegó a saber si el primero creía que el segundo era idiota, pues no le dio tiempo a responder: emergiendo de entre las sombras como una exhalación, alzó la varita y, con precisión, conjuró un hechizo Confundus que dejó patidifuso al auror.

Su enemigo se tambaleó, incapaz de saber qué estaba pasando a su alrededor, y Xenobia aprovechó el momento para acercarse y conjurar un sencillo hechizo Leniendo. Muy cerca de la nariz de su enemigo, un humo rosado brotó de la punta de la varita, y éste lo inhaló sin poder hacer nada para evitarlo. Momentos después su cuerpo caía, dormido, y Xenobia hizo todo lo posible por amortiguar su caída. No porque le importase el estado físico de aquel hombre, sino porque no quería ruidos innecesarios.

A duras penas, logró sostener un poco el peso del hombre, y después lo acompañó en la bajada, dejándolo reposar en el suelo.

Mientras esto ocurría, una Xenobia que no podía prestar atención a los movimientos de Ryan Goldstein contaba con que su compañero se hubiera librado con la misma eficiencia del otro auror.
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Ryan Goldstein el Sáb Dic 07, 2019 6:13 pm

—¿Puedes hacerte cargo de él?

Lo decía por Jeremy, luego de entregarle a Xenobia una petaca en mano. Se trataba de la poción multijugos. La oportunidad de los acontecimientos hizo que Ryan se preguntara si sería buena idea que Jeremy se hiciera pasar por auror, y lo consultó con Xenobia sobre la marcha de sus pasos inquietos.

Se adelantó a cerrar la puerta del local, y de un movimiento de varita la cadena se colocó mágicamente de forma que no pareciera que nadie hubiera entrado. Al volverse, los dos aurores estaban atados e inmovilizados en el duelo, permaneciendo inconscientes.

—Borraré sus memorias.

Luego, simplemente tenían que salir por donde Jeremy había entrado. Ryan se movía con prisa pero sin descuidos, o bien, se esforzaba por no cometer ninguno. Pensaba en la condición del muchacho quien, a pesar de no hablar sobre ello abiertamente, se aferraba el brazo marchito y se adivinaba que sufría, como un testarudo.

—¿Están los demás bien?—Quiso saber Jeremy, aguardando a que Ryan terminara de apuntar a los aurores con su varita, modificando sus memorias con un asomo evidente de minuciosa experticia, como si lo hubiera hecho más de una vez—. Nosotros no eramos descuidados—dijo, sintiéndose obligado a que los adultos estuvieran al tanto de que no eran simple niños pintarrajeando las paredes, sin cautela, sin consciencia del riesgo—Sólo esta vez se nos salió de las manos.

—Y pudo haber sido la última—acotó Ryan, sin pensar. Miró a Xenobia cuando acabó—. ¿Estamos listos?

Lo siguiente era deslizarse por las calles aparentando que no tenían nada que ocultar, cuidando de que nadie los siguiera. Serían recibidos por un simpatizante de la Orden que había sido informado de la situación y ofrecía refugio y paso seguro en casos de urgencia, como aquel.
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Xenobia Myerscough el Miér Dic 11, 2019 9:45 pm

Con ambos aurores inmovilizados e inconscientes en el suelo, Xenobia tuvo uno de esos momentos en que se preguntaba si aquellos dos también serían simpatizantes del nuevo gobierno. Solía tener que recordarse a sí misma, con bastante dureza, que pensar aquellas cosas era de todo menos productivo: daba igual, sencillamente, pues simpatizantes o no, el propósito actual de sus vidas era dar con personas como ella y encerrarlas.

De nada servía preguntarse si servían al Diablo por verdadera lealtad o conveniencia.

Ryan le entregó una petaca que contenía, supuso, la poción multijugos que serviría a Jeremy para pasar desapercibido. Con un asentimiento de la cabeza, Xenobia se dirigió al chico, que seguía defendiendo su prudencia, asegurando que él y sus amigos no eran descuidados.

«No, claro que no», pensó Xenobia con sarcasmo. «Simplemente, los jóvenes os creéis más listos que nadie, y pensáis que vuestras acciones no tienen ningún tipo de consecuencia. O peor aún: sabéis que habrá consecuencias, las creéis inevitables, pero os creéis capaces de solventar cualquier problema.»

Habría que ver cómo solventaba él solito aquel brazo herido.

—Con una vez basta —declaró Xenobia, quizás con demasiada dureza—. Si sigues con vida, es porque has tenido suerte. —Tendió la petaca al chico, lista para transformarlo en otra persona.

Mientras el joven bebía la poción, Xenobia pensó con amargura en cómo su instinto maternal, tan presente en el pasado, había ido diluyéndose con el paso de los meses. Ya no se creía lo suficientemente buena como para ser la madre de nadie, y en cierto modo no importaba: su hijo había sido secuestrado, y si seguía con vida, ella no sabía ni por dónde empezar a buscarlo.

—Alguien tiene que hacerlo —dijo Jeremy, con una mueca de desagrado en el rostro, después de tragar la poción.

—¿De qué hablas? —preguntó Xenobia, frunciendo el ceño, mientras tomaba la petaca vacía de manos del chico.

—Mandar un mensaje. Demostrar que no estamos asustado, que estamos dispuestos a enfrentarnos al gobierno —respondió el chico.

Xenobia, que tiempo atrás se había dedicado a difundir la verdad, y apenas un par de días antes había recibido una oferta de llevar a cabo la labor que mencionaba el muchacho, se quedó sin palabras durante algunos segundos.

Cuando volvió a hablar, sin ser plenamente consciente de ello, había tomado una decisión.

—Vosotros no, y menos por este medio. Hay formas mejores de hacerlo. —Y con esas palabras, se giró para mirar a Ryan y dedicarle un asentimiento de cabeza: estaba lista para salir de allí.

⋆⋆⋆

Regresaron a la calle utilizando la entrada secreta que Jeremy y los otros conocían, y para entonces el chico ya no les acompañaba; en su lugar, un adulto que se sujetaba el brazo lastimado, y vestía con las ropas de uno de los aurores caídos, caminaba a la par con ellos.

Su siguiente misión era encontrar al simpatizante de la Orden del Fénix que había mencionado Ryan, y que les ofrecería una salida del Callejón Diagón a través de una chimenea de la Red Flú.

Si conservaban la calma, saldrían con bien de esa.

—Si nos descubren, tendremos que improvisar —les recordó Xenobia—. Soy una fugitiva. Me descubristeis y os ataqué. Logré herir a Jeremy y Ryan acudió a socorrerlo. Por eso estamos juntos. Entonces os atacaré y...

—¿Nos atacarás? —preguntó Jeremy, pretendiendo mantenerse tranquilo, pero incapaz de reprimir el tono agudo que denotaba un deje de miedo en su voz.

—Será un hechizo inofensivo, lo justo para que parezca que estábamos luchando —explicó—. Cuando logre eludir la persecución, acudiré a Hilmar’s Curiosities y Regis me ayudará a salir del Callejón. Todo esto, si el plan original sale mal, ¿de acuerdo?

Jeremy, quien en realidad no tenía ni voz ni voto en aquello, dijo que estaba claro. Sólo faltaba saber qué opinaba Ryan, pero mientras tanto no dejaron de caminar, con tranquilidad pero sin pausa, rumbo a su destino.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Ryan Goldstein el Mar Dic 17, 2019 8:20 am

—Eso haremos—corroboró, aunque deseando internamente no llegar a esa instancia. De ser así, con un fugitivo a la carrera, saltaría la alarma. Hasta entonces estaban bien, o Ryan lo creía así, porque lo sucedido con los chicos fue tratado como un caso de vandalismo juvenil, sin que sospecharan de fugitivos involucrados—. Por aquí.

Se sintió el ruido sordo de las pisadas en la escalera. Ryan encabezó el descenso y llamó a la puerta en el tramo final de un pasaje angosto e inclinado. La bienvenida no los hizo esperar, y una cara redonda enmarcada por la barba y el pelo rebeldes los recibió con la mayor de las simpatías, como si los conociera de toda la vida. El nombre de su enlace era Thomas Rubenstein, y cortó las sonrisas en el instante en que cerró la puerta, apurándolos con señas a pasar la sala, donde los aguardaba una chimenea.

—¡Me dijeron que vendrían!—
exclamó, avanzando mientras corría de lugar las cajas y cachivaches de un piso de soltero muy desordenado, o lo más correcto sería decir que se los llevaba por delante—. ¿¡Está bien el muchacho!?

Atacado por una genuina emoción parecía estar al borde de los nervios, como si esperara que se los aurores de les echaran encima en cualquier momento. No era cobardía de su parte, aunque nunca se llamaría a sí mismo valiente, pero sí se debía a una creciente y para nada injustificada, paranoia. La misiva de la Orden debió llegarle intempestivamente, porque todavía llevaba la bata puesta.

En otro tiempo, Thomas Rubeinstein había sido dibujante en una revista de historietas, razón por la cual sus paredes eran un empapelado ecléctico: se hallaba a rebosar de bosquejos, antiguas publicaciones encuadradas, imágenes en movimiento, también recortes y memos. Hoy día lo habían relegado a la sección del horóscopo semanal de una revista para brujas solteras, y sólo porque tenía una buena labia. Eso sucedía cuando no te unías al “partido”, como a él le gustaba llamarlo, o dicho de otra manera, el club de favoritos del gobierno.

—Estoy bien—
dijo Jeremy, dándole a Thomas una sorpresa con su apariencia. No había sabido a quién mirar precisamente en busca del muchacho, y ahora lo recorría de arriba abajo, con los ojos bien abiertos.

—Él está bien—añadió Ryan, colocándole una mano en el hombro al “muchacho”—. Gracias por esto.

—¡No digas gracias!—Thomas arrojó una maceta con polvos flú directo a la chimenea, y esta chispeó repentinamente con abundantes llamas de color esmeralda—. Es lo menos… Tú sabes—señaló con un amplio gesto la sala: el desastroso panorama de alguien que cae en picada en la montaña rusa de la vida— Solía ser jefe creativo de la sección de humor en la revista Relax Weekly Magazine… Pero fue cancelada, porque era un humor demasiado inteligente para ellos, ¿sabes? Creo que no les gustan las sátiras políticas, y tienen razón de estar asustados. Nada mejor que reírse de la nariz de quien-tú-sabes para romper el hielo, ¿no crees? Pero, se dieron cuenta de que el humor es peligroso para un puñado de gente serie y asesina, así que cancelaron la revista y quedé sin trabajo.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Xenobia Myerscough el Jue Dic 19, 2019 2:42 am

Después de dejar claro cuál sería el plan en caso de que todo lo demás fracasase, Xenobia adoptó una actitud más bien silenciosa, y se limitó a seguir los pasos de Ryan Goldstein, asegurándose de que Jeremy no se quedase atrás.

Bastaba con echar un vistazo al chico, con apariencia de hombre, para comprender que a pesar de todo, seguía siendo un niño: se esforzaba por parecer fuerte, por ignorar el dolor de su brazo, pero esa expresión lastimera no desaparecía de sus ojos. Tenía miedo, más miedo del que estaba dispuesto a manifestar, pero como buen adolescente, no se iba a permitir el lujo de demostrarlo.

«Críos», pensó Xenobia, sin relajar el paso ni un momento.

Observando el entorno que les rodeaba a su paso, Xenobia también meditaba acerca de la estúpida decisión que había llevado a aquel joven a verse envuelto en semejante lío: básicamente, él y sus amigos se habían cansado de permanecer en silencio. Querían tener una voz que les permitiera expresarse, que les permitiera decir todo lo que no podían decir. Consideraban la lucha algo insuficiente, y su impaciencia les había llevado a aquella situación.

Aquello le daría mucho en qué pensar.

Por fortuna para los tres, el camino transcurrió sin mayor percance, y para cuando quiso darse cuenta, ya estaban subiendo las escaleras del apartamento en que vivía el contacto de la Orden del Fénix. Xenobia no sabía quién era, pero en cuanto abrió la puerta y los recibió, lo descubrió: Thomas Rubenstein, quien en su época había sido una pequeña celebridad dentro del mundo editorial mágico.

Por si quedaba algún asomo de duda, su apartamento era una pequeña galería de lo que había sido una vida llena de pequeños éxitos. Xenobia, cruzada de brazos en el centro de su salón, contempló los distintos recortes de periódico y revistas enmarcados que colgaban en las paredes. Ilustraciones en movimiento le devolvían la mirada aquí y allá, y su antiguo yo tan unido al mundo del periodismo emergió, quedándose fascinado.

Sobra decir que perdió el hilo de la conversación que mantenían los dos hombres para cuando decidió intervenir.

—Rubenstein —murmuró Xenobia, antes de dirigirse al susodicho—. Fue usted una especie de celebridad en el mundo editorial. Recuerdo algunas de sus viñetas más populares. El humor no es mi forma predilecta de manifestar una protesta, pues el lector medio tiene tendencia a no tomarse en serio nada que sea tratado con humor, pero respeto la repercusión que tuvo.

—¿Y usted es…? —En el rostro de Rubenstein había una sonrisa insegura, como si no supiese si tomarse a bien o a mal aquel cumplido.

—Xenobia Myerscough. Fui periodista en otra vida.

La bruja tendió la mano al hombre, que no dudó en estrechársela.

—¡Myerscough! No la había reconocido con ese aspecto —rió el hombre, de una manera nerviosa, seguramente por la situación en que se encontraban—. Entiendo que mi estilo no sea del todo de su agrado: usted optaba por una seriedad casi sanguinaria, y no dejaba títere con cabeza, si no recuerdo mal.

—¿Qué puedo decirle? Siempre he valorado la verdad más que ninguna otra cosa —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—¿Podemos cortar el rollo e irnos de una vez? —preguntó de repente Jeremy, interrumpiendo cualquier tipo de réplica por parte de Rubenstein.

En su lugar, el mago soltó otra carcajada nerviosa, y de repente pareció recordar dónde estaba. El pequeño “pique” con Xenobia quedó olvidado, y enseguida les indicó la chimenea, que ardía con llamas de un vivo color verde.

—¡Venga! Ya saben cómo va esto: de uno en uno. —Hizo aspavientos con las manos, indicándoles que se apresurasen.

Xenobia puso una mano en el hombro de Jeremy, indicándole que él iba primero. El chico, un tanto inseguro, dio un par de pasos en dirección a la chimenea.

—Recuerda: la Red Flú no tiene acceso al refugio, así que debes aparecerte lo más cerca posible de una de las entradas. Candem Town debería servirnos —advirtió.

El chico asintió con la cabeza, momentos antes de pronunciar la dirección en cuestión y saltar dentro del fuego. Desapareció ante sus ojos, dejando tras de sí una nubecilla de ceniza.

—Ryan, te toca. —No tenía la más mínima intención de dejarse guiar por estereotipos y cortesías: allí el que más peligro de los dos corría era él.

Y como para remarcar ese peligro, precisamente, un par de sonoros golpes retumbaron en la puerta principal del apartamento. Xenobia dio un respingo y volvió la vista en esa dirección, para acto seguido escuchar las siguientes palabras, amortiguadas por la madera de la puerta.

—¡Cuerpo de aurores del Ministerio de Magia Británico! ¡Abra la puerta, por favor!

Se habían quedado sin tiempo: si no se marchaban de inmediato, no sólo ellos dos estarían en problemas, sino que Rubenstein sería acusado de colaborar con fugitivos y conspirar contra el gobierno. Y por muy humorística que hubiera sido su carrera en los medios editoriales, Xenobia estaba segura de que no le vería la gracia a nada de eso.
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Ryan Goldstein el Vie Dic 27, 2019 4:57 am


«Ryan, te toca».

Hasta Thomas notó la cara de confusión y tuvo que aguantarse la carcajada. Es que el pobre hombre era un caballero, de la cabeza a los pies. Tenía asumido que las damas iban primero, e incluso se había apartado muy elegantemente, para cederle el paso, pero Xenobia era de otro parecer.

Ryan la miró, entreabierta la boca como a punto de decir algo. ¿Pero qué hacer?, ¿era caballeroso poner una objeción?, ¿era antifeminista?, ¿se le iba tirar la asociación de mujeres por la igualdad encima? Vale, que se le había caído el mentón, pero se recompuso al tiro.

Avanzaba hacia la chimenea, cuando los golpes en la puerta tensaron los nervios de todos en la habitación. Con un intercambió de miradas, Thomas le hizo saber que estaría bien, que marchara sin más. Y Ryan así lo hizo, en contra de toda su educación como caballero, yéndose primero que la dama ahí presente. Que era dama, y además, mandona.

Desde Cadem Town, llegaron a los cuarteles de la Orden. Los amigos de Jeremy sólo quedaron tranquilos cuando lo vieron sano y salvo. Jeremy fue tratado. No hubo más malas noticias durante el día, o eso esperaban. Ryan, sin embargo, había vuelto a la sala del cuartel, y con las manos en la mesa, observaba el mapa que utilizaran mientras que trazaban un plan de acción.

A veces era bueno darse un momento para repasar cómo habían salido las cosas, especialmente si la misión había tenido un resultado deseable. Porque él estaba ahí por las cosas que valían la pena, como todo lo ocurrido ese día. Pudo haber sido tortuoso, impredecible, pero había valido la pena.

Sintiendo que se acercaban, espió con una mirada por sobre su hombro, y sonrió.

—Hablé con Jeremy—
dijo—. Él estará bien. Promete que no volverán a hacerlo. Claro, no le creo una palabra… Sobre que no volverán a hacerlo. Están nerviosos—añadió—. Están enojados. Supongo, que no puedo culparlos. Se ven como niños, pero han sufrido como un niño no debería. Y son jóvenes. Ellos quieren cambiar el mundo, sienten que deberían. Y yo no sé si se siente como lo correcto sólo desalentarlos.
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Xenobia Myerscough el Dom Dic 29, 2019 2:35 am

Nada más regresar al refugio, cuando una multitud de gente preocupada se lanzó sobre ellos para comprobar el estado en que se encontraba Jeremy, Xenobia optó por esfumarse. Sin hacer ruido, sin llamar la atención de nadie; simplemente, se alejó en busca de esa soledad que en tiempos recientes era su más fiel compañera.

Se desembarazó del disfraz que se había puesto para llevar a cabo aquella misión, sopesando la posibilidad de permanecer en su cuarto el resto del día. La idea resultó tentadora hasta que se dio cuenta de que aquello le serviría únicamente para devanarse los sesos. Para pensar en el pasado, del cual no podía huir por más que lo intentase.

Así que optó por salir y, simplemente, deambular por los pasillos en soledad.

Casi sin pretenderlo, sus pasos la condujeron a la sala de reuniones en que, horas antes, se había planeado el rescate del joven extraviado. No le sorprendió encontrarla vacía a excepción de una persona: Ryan Goldstein.

No mentiría: aquella misión improvisada la había llevado a plantearse muchas cosas, especialmente sobre la propuesta de su compañero de colegio, pero todavía no lo tenía claro. ¿Quería dar ese paso adelante? ¿Quería volver a escribir? No lo sabía.

Estuvo a punto de seguir su camino, pero en lugar de eso, sus pasos la guiaron al interior, y antes incluso de poder decir nada, fue el mismo Ryan quien tomó la palabra.

—Lo que han hecho ha sido inconsciente —respondió Xenobia, quien se alegraba de que Jeremy estuviese bien, a pesar de su poca efusividad al respecto—. Pudieron haber muerto, o terminado en Azkaban. No era cosa suya arriesgarse así...

Comprendía que, para jóvenes como ellos, que antes del cambio iban al colegio como niños magos normales, aquel nuevo gobierno estaba durando demasiado. A sus ojos, incluso, podía parecer que los adultos no estaban haciendo nada. Pero, precisamente, los adultos habían dejado atrás la impulsividad en un intento por analizar bien la situación antes de actuar.

La Orden del Fénix hacía mucho más de lo que ellos creían.

—Sé que quieren un cambio. Todos lo queremos. —Xenobia, con un suspiro, separó una de las sillas de la larga mesa de reuniones y se sentó, apoyando los codos sobre ésta—. Pero no lo conseguirán con pintadas en las paredes del Callejón Diagón ni gritando consignas.

Y allí estaba una ex periodista renegando del poder de la palabra. Era triste e irónico al mismo tiempo.

—¿Crees que funcionará? ¿Tu idea sobre el periódico? —aventuró a preguntar, con cautela. No había dicho que sí, sino que meramente tanteaba el terreno.
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Ryan Goldstein el Dom Ene 05, 2020 1:34 am

«No era cosa suya arriesgarse así...». Ryan no compartía esa opinión. Entendía que no quería ver a la juventud suicidándose por cometer un acto imprudente, pero aquellos no eran tiempos en los que los muchachos pudieran encerrarse esperando que todo se solucionara. La adversidad forjaba un carácter en las víctimas. Estas se dejaban abatir por el peso de las circunstancias, o las combatían. Y sí que era cosa suya, porque era su tiempo el que robaban, su juventud, sus derechos.

No quería, sin embargo, discutirle algo así a Xenobia. En cambio, sintió un vivo interés por contestar a su pregunta: «¿Crees que funcionará? ¿Tu idea sobre el periódico?». Se acercó a ella con una silla en la mano, tomando asiento y acodándose de costado sobre el borde de la mesa. La miró con el asomo de una sonrisa cansada, el rostro amable. Sonrió poco al principio, y luego, el gesto se extendió en una genuina sonrisa.

—No lo sé—dijo, y era sincero. Se acomodó entrelazando las manos a la altura del pecho antes de continuar, con la vista al frente—: En la falsa Republica de Genoveva repartían cartas anónimas. Las dejaban en los bancos de las plazas, en las mesas de los cafés, y eran distribuidas de esta manera: insertas en la vida cotidiana, como voces anónimas que tenían mucho para contar. Sobre la impunidad contra la que no podían pelear, sobre los desaparecidos, los muertos, la propia miseria que no acababa. Con el tiempo, estas cartas empezaron a recibir respuestas. No hablaban sobre deponer gobiernos. Eran misivas de advertencia sobre qué sitios debías evitar; avistamientos de desaparecidos; y, en un caso, los dibujos de una mujer que había sido secuestrada y que alguien se había encargado de filtrar desde la prisión o antro donde la retenían, consiguiendo hacerle saber a su familia que estaba viva.

»Para los que no podían contar con la fuerza esta forma de correspondencia se volvió una necesidad, quizá porque necesitaban saber, o porque buscaban empatizar con un otro en la misma situación, o similar. Y esto generó un movimiento de personas. Se volvió algo clandestino, secreto, por lo que algunos apostaron su vida.

»Hubo marchas de paz. Hubo levantamientos. El gobierno no fue derrocado, pero eventualmente, esta historia salió a la luz en el marco de un nuevo gobierno con una impronta diferente.


Ryan, gacha la mirada, detuvo el discurrir de su voz susurrante y pausada, y permaneció así un momento, mirándose los zapatos, pero con los ojos puestos en algo mucho más grande, incluso que sí mismo, o que ellos dos en esa habitación.

—No puedo culparlos—añadió, desviando su atención a Xenobia con una expresión de franqueza— Esos chicos, no quieren encerrarse. Quieren vivir. Y la vida es como esas cartas anónimas; no puedes detenerla. Avanza, a pesar de las perdidas. Ellos perdieron gente, y aquí están, y eligen vivir. Supongo que también sienten alguna responsabilidad aparejada con ello, o llámalo una carga. Por eso, me cuesta verlos como sólo chicos.

Se interrumpió con una carcajada en la garganta.

—Estarás de acuerdo en que yo era un idiota cuando era sólo un chico. No me tocó ver cómo mis amigos desaparecían o morían. Era un idiota, y tenía la libertad de serlo. No tenía que lidiar con nada de esto—Suspiró—. ¿Has pensado qué quieres hacer? Con el periódico.



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Xenobia Myerscough el Jue Ene 09, 2020 1:38 pm

Si por algo se había caracterizado siempre Xenobia Myerscough, ese algo era escuchar. Incluso sin pretenderlo, incluso aunque pareciera absorta en sus pensamientos —como en ese momento, con la mirada perdida al frente de la sala—, Xenobia escuchaba.

Era lo que una buena periodista debía hacer, a fin de cuentas.

También era experta en comprender el mensaje subyacente más allá de los textos o, en aquel caso, de las palabras: el discurso de Ryan estaba salpicado por la esperanza que esas misivas habían devuelto a un pueblo que la había perdido. Era un buen símil, sin lugar a dudas, pero no sabía hasta qué punto podría llegar a aplicarse a los tiempos modernos, a un mundo en que la magia existía.

¿Repartirían ejemplares de ese periódico de manera anónima? ¿Cuánto tardarían en descubrirlos y plantar algún objeto mágico que les sirviera par atraparlos? ¿O cuánto tardarían los cazarrecompensas en dar con su rastro?

Seguía inmersa en su personal mar de dudas cuando Ryan comenzó a hablar de los chicos. En ese momento, regresó por completo a la realidad, dejó escapar un suspiro y se llevó ambas manos a la cara, como si de repente tuviese sueño.

No era estúpida y, por supuesto, comprendía aquello que había impulsado a aquellos chicos a hacer lo que habían hecho. Ella misma había sido alguna vez una joven impulsiva y deslenguada que creía que las consecuencias de sus acciones no la alcanzarían si corría lo suficiente, pero se equivocaba: la habían alcanzado, y si bien su antigua vida poco o nada tenía que ver con lo sucedido el año anterior, una gran parte de ella había muerto en el suelo de aquel apartamento.

No debía haber sobrevivido a aquello. Había tenido… ¿suerte? A veces no sabía si considerarlo suerte.

—Todos éramos idiotas de jóvenes —coincidió, sin demostrar demasiado humor ante la carcajada de Ryan. Por el momento, eludió su pregunta, planteándole otra—. ¿Tienes hijos, Ryan? —Y, sin darle tiempo alguno a responder, continuó—: Nuestra labor, la de los adultos, es evitar que los jóvenes cometan este tipo de imprudencias. Sé que muchos quieren luchar, y que muchos de sus abuelos, los que son nomajs, no tendrían mucha más edad que ellos cuando les tocó luchar en la Segunda Guerra Mundial. Pero eso no quiere decir que estén preparados para luchar. —Suspiró, volviendo la mirada en dirección a su interlocutor—. Su responsabilidad es sobrevivir, no luchar. No dejan de ser críos, y por más que lo pienso, no puedo evitar pensar que una vez yo también fui madre. Si hubiese muerto y otros estuviesen cuidando de mi hijo, me gustaría pensar que no le enviarían de cabeza a luchar en una guerra.

Se le quebró un poco la voz cuando habló de Daniel, y una vez más no pudo evitar recordar a todos los seres queridos que había perdido. De repente, como le ocurría algunas veces al pensar en quienes había perdido, deseó regresar a casa, con su madre que no la recordaba, o con Zdravka, estuviera donde estuviera.

Sin embargo, terminó haciendo lo que siempre hacía: alejó todos esos pensamientos lo mejor que pudo y regresó al presente, lo único que tenía.

—Te voy a ayudar con tu periódico. Si es lo que hace falta para que esos críos dejen de meterse en problemas, supongo que merece la pena —declaró al fin, para luego volver a mirar a Ryan—. ¿Y por dónde empezamos? No se puede decir que seamos muchos...

Dos, concretamente. Dos personas que pretendían poner en marcha el Diario de la Libertad, o algo por el estilo. ¿Estaba loca por dejarse arrastrar a algo así? Quizás… o quizás no tenía nada que perder, y le daba lo mismo.


Última edición por Xenobia Myerscough el Miér Ene 22, 2020 2:22 pm, editado 1 vez
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Ryan Goldstein el Mar Ene 21, 2020 3:08 pm

«Si hubiese muerto y otros estuviesen cuidando de mi hijo, me gustaría pensar que no le enviarían de cabeza a luchar en una guerra».

Su lógica tenía un peso argumentativo ciertamente contundente. Lo sorprendió ligeramente con la pregunta de si era padre, y aunque no dijo nada en el momento, pensó en la respuesta.

El problema en el que se habían metido los chicos la había tocado muy a pecho, y exponía los escrúpulos y temores de toda madre que actúa como el adulto responsable.

Ryan se enternecía con ella, lo cual no era lo mismo que tener lástima por alguien, era simplemente diferente.

«Te voy a ayudar con tu periódico».

Oh.

Se sonrió a medias, mirándola como ausente, hasta que ella lo hizo caer en la realidad, y asintió una, tres veces, en un gesto pensativo.

No respondió inmediatamente, sin embargo.

—Estoy completamente encantado con que hayas dicho que sí—
confesó—. Te agradezco.

Retomó la pregunta, concienzudamente.

—Ahora, somos dos. ¿Pero qué piensas del señor Thomas Rubenstein?, ¿crees que quiera ser nuestro humorista? A pesar de las picas entre ustedes, sí me pareció interesante cruzarme con su estudio-oficina-casa. Creo que podría valer la pena. A veces, el humor puede hacer que grandes verdades nos entren por la nariz, como quien dice. Podemos armar aquí mismo, en El Refugio, una imprenta. Les preguntaré a los chicos si están interesados, ¿qué dirías a eso? Queda completamente a tu criterio. Pero piénsalo. Puede sacarles la ansiedad, incluso sacarlos de las calles, si están involucrados. Por supuesto, yo me encargaré de la distribución.

Lo que se estaba gestando entre ellos en ese momento era tan sólo el comienzo.




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Xenobia Myerscough el Miér Ene 22, 2020 6:36 pm

No hacía falta ser ningún experto en la materia para darse cuenta de que Xenobia no estaba lo que se decía muy entusiasmada ante la idea de volver a escribir, pero había sido capaz de dar el primer paso: aceptó la oferta de Ryan.

Se decía a sí misma que, con el tiempo, recuperaría su vieja pasión. Todavía no miraba tan a lo lejos como para pensar que, quizás, encontraría algo que le diese nuevamente sentido a su vida, pero al menos había dado el primer paso. Eso significaba que, dentro de ella, todavía quedaba una pequeña chispa, un diminuto brillo de esperanza que la impulsaría a seguir adelante.

Al menos, durante un tiempo.

No saltó de inmediato a responder a Ryan ante su propuesta de incluir a Rubenstein, cómico de profesión, en la fundación de aquel nuevo periódico. Sin embargo, arrugó la nariz en una expresión de desagrado, y se preguntó brevemente si realmente hacía falta contar con un humorista entre sus filas.

El humor podía tener consecuencias terribles, y para ejemplo, el atentado que había tenido lugar en el mundo nomaj, contra la revista satírica Charlie Hebdo, allá por 2015.

—¿Estás seguro de que necesitamos humor en un caso como este? —cuestionó, sin demasiada vehemencia—. Si lo crees necesario, supongo que podría poner mis diferencias con él a un lado. Pero es importante que la gente comprenda que esto no es ningún juego: vamos a tratar una de las épocas más oscuras vividas en el mundo mágico.

De la misma manera que nadie hacía humor en los reportajes de guerra en Oriente Medio, nadie debía pensar, ni por un segundo, que el enemigo del mundo mágico era motivo de risa. Estaban hablando del mago tenebroso más poderoso habido jamás, y no convenía olvidarlo.

—Ya aclararemos los pormenores de todo esto mañana —sugirió Xenobia, que en aquellos momentos no tenía demasiadas energías como para decidir si incluir a los muchachos en aquello o no—. Porque nos espera un trabajo arduo por delante, espero que seas consciente de ello. Necesitaremos informantes, necesitaremos material, máquinas… No sabes en qué clase de mundo te has metido, Goldstein. —Y, con aquellas palabras, Xenobia se atrevió a aventurar una leve sonrisa—. Te digo una cosa: el mundo editorial puede ser hermoso, pero también es uno de los más esclavos que existen.

Manteniendo un poco más esa sonrisa, Xenobia se levantó de la silla que había ocupado, dio un leve golpecito en el brazo a Ryan con su puño, se despidió de él y se retiró a pensar, prometiendo que se verían a primera hora del día siguiente. Tenían que poner en marcha la maquinaria de una empresa muy complicada.
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Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.050
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Búho real
RP Adicional : 000
Mensajes : 141
Puntos : 106
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Xenobia MyerscoughFugitivos

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