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[IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha}

Gwendoline Edevane el Dom Oct 20, 2019 8:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha} - Página 5 GjuLMLy
Miércoles 16 de octubre, 2019 || Nueva York, Estados Unidos || 23:47 horas

Gwendoline mantenía toda su concentración fija en un objetivo: había puesto el ojo sobre él, y como buena cazadora que era, no pensaba dejarlo escapar.

Su presa no se había dado cuenta de que la perseguían, pero tampoco se había detenido en ningún momento. Su nerviosismo era más que evidente. Intuía algo. Lo olía.

Todavía no era el momento de pasar a la acción. Si quería minimizar riesgos, no podía arriesgarse a fallar. Un fallo podía suponer la muerte. Así que continuó acechando a su presa hasta que ésta alcanzó la pequeña casa de tablones semiderruida que se alzaba cerca del lecho del río.

Ese era el momento.

Gwendoline sonrió. Se lamió los labios, anticipando el momento del frenesí, y avanzó un par de pasos para tener una mejor vista del objetivo. Alzó su fusil, puso el ojo en la mira, y enseguida obtuvo una vista ampliada de su presa. Ya estaba hecho.

Sonó un disparo.

Gwendoline dio un respingo, sorprendida, al ver en pantalla a su avatar asesinado vilmente. En pantalla, el nombre de un tal Noobmaster69 se mostraba como su asesino. La joven aporreó la mesa con su mano desnuda, y el teclado de su ordenador dio un bote.

—¡Maldito seas, Noobmaster69! ¡Es la tercera vez que me matas ahí! ¡Maldito campero! —gritó la mujer, sabiendo que el tal Noobmaster no podía escucharla: la única persona a la que tenía al otro lado de aquella llamada de Discord era a Sam—. ¡Tía! ¡¿Te crees que hay derecho a eso?! ¡Se cree muy gracioso con ese nombre sacado de los Vengadores!

Muerta, sin poder hacer nada, y con un pique considerable, Gwendoline se cruzó de brazos y se hundió en su silla de ordenador. Puso morritos. Llevaba muy mal que le matasen de una manera tan sucia, utilizando un truco tan asqueroso como ese. ¡La había dejado confiarse, creyendo que tenía una muerte asegurada, y entonces la había matado!

—Espero que le reportes al final de la partida. Lo harás, ¿verdad? —pidió a la rubia, todavía enfurruñada.

Aquella era su mayor preocupación en aquel momento: que el maldito Noobmaster se llevase su merecido reporte. ¡Con suerte le banearían la cuenta! «Ya, seguro: con suerte, me llevaré yo algún tipo de amonestación por reportarle», se quejó mentalmente.

—Todas mis esperanzas están puestas en ti, Samantha. ¡Vamos, acaba con él! —animó, y pulsó la tecla que le permitía seguir la partida de su amiga.



Gwendoline Ava Jones
24 años MuggleHumana
EstudianteCamareraEstadounidense
HISTORIA Y PERSONALIDAD
Personaje creado por Gwen

Datos:
• Sus padres están casados y viven en Bangor, Maine. Su padre es escritor (o lo intenta) y su madre trabaja en el Hollywood Casino Hotel & Raceway. Tiene una hermana pequeña llamada Charlotte.
• Vive en un piso de estudiantes compartido, lo único que puede permitirse pagar.
• Estudia Arte en la New York School of the Arts, cursando su último año. Tiene un moderado talento, que compensa con creces con su entusiasmo y sus ganas de aprender.
• Tiene un empleo de camarera que generalmente desempeña los fines de semana. No obstante, no es extraño que trabaje también alguna tarde entre semana, cuando necesita sacarse un ingreso extra y alguna de sus compañeras quiere librar.
• Su interés por los videojuegos online nació de una necesidad de evadirse de su ajetreada vida. Empezó a jugar en su primer año de universidad, y desde entonces se ha interesado por otros juegos. Su compañero de piso, Max, a veces le presta su PlayStation 4. Actualmente está intentando pasarse un juego dificilísimo llamado Sekiro: Shadows Die Twice.
• Se pica mucho jugando a videojuegos, especialmente cuando pierde o cuando su ordenador anticuado no es suficiente para jugar como es debido.
• No tiene mascotas, pero le gustaría tener un perro de tamaño grande.
• La agobia demasiado el metro (su madre cree que tiene un principio de claustrofobia), por lo que de utilizar un transporte público, prefiere el autobús. También tiene una bicicleta, que utiliza para desplazarse en trayectos cortos.
• Su habitación es su pequeño desastre personal, y siempre se dice que la ordenaría si tuviese tiempo.
• Sus amigos y compañeros de piso piensan en ella como una persona asexual, puesto que en esta realidad tampoco ha mostrado interés alguno por mantener una relación sentimental o sexual de ningún tipo con nadie. ¿Cambiará esto en un futuro?




Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Oct 22, 2019 2:08 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 21, 2020 2:31 pm

Gwendoline puso los ojos en blanco, negando con la cabeza ante la propuesta de Sam. Semejante propuesta bien podría traducirse en “nunca”, pues si bien solía bromear al respecto, era bien consciente de la realidad de la profesión elegida: muchos la estudiaban, pero pocos lograban hacerse un sitio en el saturado mundo del arte.

Y no, no funcionaba como la mayoría de personas creían: si una no tenía suficientes seguidores en redes sociales, si no era una influencer, daría igual cuánto talento o títulos universitarios tuviese bajo el brazo.

—Resumidamente: nunca. —Suspiró, obligándose a sonreír a pesar de todo—. Creo que la estudiante de veterinaria en prácticas no ha tenido en cuenta las pocas probabilidades que hay de que me convierta en una pintora famosa. ¡No digo que no vaya a ocurrir! —Levantó un dedo índice, a modo de advertencia, para que su amiga no se precipitase en sus conclusiones, sin perder la sonrisa divertida—. Pero puede no ocurrir.

Aquellas “quejas” poco o nada importaron, pues ambas amigas pudieron seguir disfrutando de bromas y chascarrillos, e incluso tuvieron tiempo para una pequeña sesión de fotos. Todo fue más o menos bien, de hecho, hasta que comenzaron los selfies. ¿Que por qué? Pues por una sencilla razón: como eran ellas las que tenían el control sobre la cámara, también tenían el control sobre cuándo una fotografía quedaba bien.

Sam fue la primera en protestar, pero Gwendoline no tardó en seguirla.

—No me gusta esa sombra que me ha aparecido en la nariz —declaró la morena, frunciendo el ceño. Sam, que estaba convencida con cómo salía ella, la miraba con una ceja enarcada y una expresión facial que, a rasgos generales, parecía querer decir: “¿Estás de broma? ¡La foto es perfecta!”—. Quiéreme como soy: no puedo quitarme la mentalidad de artista ni un segundo de vida.

Y así fue como aquella sesión de fotografías continuó y continuó… hasta que ambas chicas se sintieron satisfechas con el resultado. Sobra decir que no fue un objetivo sencillo de alcanzar.


***
Viernes 8 de noviembre, 2019
Apartamento compartido de Gwendoline Jones
23:43 horas
Pijama

Estaba muy entretenida, manteniendo una conversación por medio de llamada de voz con Sam, cuando Max, persona con un desarrollado talento para interrumpir en los peores momentos, había llamado a su puerta.

Se había excusado con su amiga, diciéndole que iba a silenciarse un segundo, y había dado luz verde a su compañero para pasar al cuarto. Éste le había venido a pasar una queja: por lo visto, la televisión tenía algún tipo de problema y no se veía bien.

Gwendoline le había respondido de la manera más evidente, preguntándole si tenía acaso pinta de técnico electricista, le había recomendado los típicos golpes en el lateral, y después de que Max insistiese en que ya había probado ese método, había optado por ir a ver qué le pasaba al dichoso cacharro. Había reactivado el sonido de su micrófono, y le había explicado a Sam que volvía enseguida, con las siguientes palabras.

—En este apartamento, te ven trabajar con un ordenador, y ya se piensan que sabes de todo. —Y con un suspiro, se había marchado.

La situación se solucionó de la manera más típica posible: Gwendoline tomó el mando a distancia, pulsó un par de botones, comprobó que la imagen seguía mostrando ese asqueroso pixelado de los televisores modernos y que seguía cortándose cada dos por tres, le dio un par de golpes, y concluyó que sería cosa de la antena, que ya se encargaría el casero de arreglarlo.

Max protestó, pues estaban emitiendo su programa favorito, pero su compañera poco o nada podía hacer para ayudarle.

De vuelta en su cuarto, Gwendoline suspiró, se dejó caer en su silla y volvió a ponerse los auriculares. Volvió a suspirar, resignada, para luego escuchar lo que su amiga le decía al otro lado de la línea.

—¿El animal más gordo? —Gwendoline frunció el ceño, extrañada—. ¿No se supone que ese animal era la ballena azul? O bueno, creo que la ballena azul era el animal más grande… En fin, quién sabe.

Antes de la interrupción, Gwendoline estaba contándole a Sam que se había permitido el pequeño capricho de irse de compras. En realidad, más que ir de compras en sí, había pasado por delante de una pequeña tienda y había caído en la tentación de entrar. Había salido con un par de cosas, pero lo más curioso era el sujetador que había llamado su atención.

Nunca se había preocupado demasiado por la ropa interior que se compraba, y había sido ver aquello y pensar que seguro que le gustaría a Sam. Y se había decidido.

—¿Qué te estaba diciendo antes de la interrupción? —Fingió hacerse la despistada, rascándose suavemente un lateral de la nariz—. ¡Ah, sí! Que me he comprado un par de cosillas en una tienda de ropa cerca de la cafetería donde trabajo. Nada del otro mundo, pero… no sé, me llamaron la atención. ¿Quieres verlas?

Cualquier mujer que fuese “a por todas” con la otra, seguramente aprovecharía el momento para mostrarle dichas cosas puestas, especialmente el sujetador. Sin embargo, Gwendoline no llegaba a tanto, no como para ponerse en llamada de voz en sujetador. ¿Qué se iba a pensar Sam de ella si hacía algo así?

«Primero, se lo enseño sin más», pensó, preguntándose si sería capaz de ponérselo si ella se lo pedía.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 21, 2020 10:39 pm

―Con “gordo” me refiero a que come mucho, no físicamente ―explicó su manera de ver la vida, propia de ella sola en el mundo y, quizás, alguna canaria loca―. Quiero decir: si yo digo «Jopé, comí como una cerda, qué gorda estoy» pues me refiero a gorda de sentimiento. No es lo mismo estar gordo que ser un gordo, ¿sabes? Yo soy gorda, de corazón.

Cada vez que explicaba eso, sonreía como una idiota porque le parecía una explicación de lo más graciosa y obviamente sacada de la manga, pues solamente utilizaba esa palabra en ese contexto porque le parecía gracioso. Sin embargo, tampoco consideraba que fuera un mal uso. Solo era otro uso.

―Pero vamos, el panda, en este caso, es gordo y está gordo. Así que eso. ―La matización era importante.

La verdad que entre ir a buscar el yogur y ponerse a ver memes y curiosidades en Facebook se le había olvidado por completo de lo que estaban hablando antes de que se fuera por la llamada de Max, su compañero de piso, pero cuando retomó el tema, volvió al ánimo de antes. Samantha adoraba ir de compras, pues le encantaba la moda y, sobre todo, comprarse cosas para ir mona. Le gustaba mucho eso de saber lo que le quedaba bien e intentar ponerse lo más guapa posible, de eso que se mirase en el espejo y decir: «Qué mona que estoy»,  totalmente convencida.

Así que cuando Gwendoline le dijo que había ido de compras, le entró curiosidad por saber qué se había comprado, por lo que cuando le ofreció ver las cosas ―de manera totalmente inocente y sin malpensar en absoluto― dijo que sí, cambiando la llamada a modo videollamada. Sólo había dos maneras de enseñárselos: foto o videollamada y, teniendo en cuenta que no era la primera vez que hacían, intuía que sería lo más cómodo.

―Venga, venga, enséñamelo todo ―le dijo, subiendo las dos piernas a la silla para sentarse como los indios y luego apoyar su codo en la mesa y acercarse a la pantalla, viendo la ventana de Gwen―. Un día deberíamos ir a comprar tú y yo: a mi me encanta ir a mirar ropa y me gusta ir con alguien que me dé su opinión ―añadió, viendo ―una vez aceptada ya la videollamada― como Gwendoline buscaba las cosas y las ponía más cerca. No pudo identificar nada porque la calidad de las cámaras tampoco es que fuera la mejor.

Le enseñó un pantalón, dos camisetas y una camisa muy mona, a lo que recibió comentarios pues bastante buenos porque habían sido elecciones que le pegaban mucho con su personalidad y su estilo de vestir. No hubieran sido cosas que se hubiera comprado Sam, pero eso no quería decir que no les gustaran.

Se sorprendió que dejara para el final lo más pícaro: un sujetador. Sin embargo, cuando lo vio se dio cuenta de que no era cualquier sujetador, sino de esos que te compras para que otra persona te vea con ellos. Esa sí que había sido una prenda que Sam se compraría, pero definitivamente lo primero que pensó es que a ella le quedaría de infarto. Eso sí... sería la típica prenda que, de verla, no dudaría demasiado puesta.

Como estaban de risas y con una actitud muy buena esa noche, no pudo evitar bromear.

―Qué bonito y qué sexy, ¿no? ―Apuntó antes de nada―. Pero ese tipo de ropa no puedo juzgarla si no la veo puesta, así que si quieres mi opinión más sincera vas a tener que hacerme un pase de modelos. ―Realmente lo dijo por decir, pero al segundo cayó en lo que acababa de pedirle.

¿Se atrevería? ¿Y si se atrevía, cómo iba a disimular que se le caía la baba?

―No sé, lo mismo esa prende sí me cae en simpatía ―añadió sin poder evitarlo, en relación con el comentario que le hizo la última vez que se vieron, en el río, sobre la camisa que llevaba y lo pongo que le gustaba por no poder ver su desnudez que tanto le había encantado.

No sabía muy bien qué hacía intentando convencerla de hacer eso pero... sólo quería convencerla y, bromear con esas cosas se le hacía mucho más fácil a través de una pantalla, para qué mentir.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 21, 2020 11:07 pm

Se quedó pensativa, arrugando la nariz, mientras Sam le ofrecía su explicación acerca de su uso del término “gordo”. Asintió un par de veces, limitándose a escuchar, y terminó llegando a una conclusión: le gustaba esa forma de utilizar la palabra “gordo” o “gorda”. Le gustaba mucho más que toda la carga negativa que solía asociarse a esa palabra, generalmente utilizada como insulto.

Y quizás a los chicos no les pareciese un insulto tan gordo, ¿pero a las chicas? ¿Especialmente cuando se empeñaban con toda su alma en mantener la línea? No sólo era feo, sino que podía resultar devastador para su moral.

—Me gusta más tu forma de utilizar el término, lo reconozco —le concedió, con una sonrisa ausente. Todavía pensaba en el asunto de la ballena azul como “ser más gordo/grande del mundo”.

Pero la parte importante de aquella conversación no era si el oso panda era gordo, o si la ballena azul era grande, no; lo importante, por supuesto, era la ropa. Gwendoline recordó a Sam de qué estaban hablando antes de la interrupción de Max, y su amiga se mostró de lo más entusiasmada, cambiando la llamada a videollamada.

Brevemente sorprendida por el cambio, Gwendoline alzó las cejas.

—¡Vaya! ¡Ya estamos en videollamada! Bueno, veamos... —Y comenzó a sacar la ropa de la bolsa.

Dejó el sujetador para el final, siendo todo lo demás una mera excusa para gastar dinero. De lo que de verdad se había enamorado, a pesar de no tener muy claro con quién iba a utilizarlo, era del dichoso sujetador. Estaba claro que la única persona en su vida que podría apreciar algo así en aquellos tiempos era Sam, pero a pesar de todo se lo mostró tal cual, una prenda de ropa sin más sujeta entre sus dedos.

La respuesta de Sam, positiva, la pilló totalmente por sorpresa, y por un momento se quedó ojiplática. Pestañeó un par de veces, y brevemente pensó en rechazar la propuesta. Es decir: estaba un poco feo, ¿no? Ponerse eso con la webcam encendida y mostrárselo a su amiga lesbiana.

«Amiga lesbiana que me ha visto y tocado los pechos», se recordó.

Cuando Sam insistió, diciendo que quizás esa prenda sí le caería simpática, sintió un leve cosquilleo, una especie de vértigo, y una sonrisa apareció poco a poco en sus labios. Finalmente se convirtió en una sonrisa amplia y tímida, pero decidida.

—Bueno, está bien. Sólo dame un momento. —Estiró la mano hacia la webcam y la giró un poco, enfocando a la ventana. No la giró lo suficiente como para que dejase de vérsela del todo—. Enseguida vuelvo.

Se puso de pie, y al hacerlo, se la podía ver de refilón en la cámara. Dejó el sujetador sobre el escritorio y se quitó su camiseta de pijama de Hogwarts, dejándola en el respaldo de la silla. No llevaba nada debajo, como era evidente, para dormir más cómoda, y Sam seguramente pudo atisbar un poco de su desnudez.

Se puso el sujetador, que se abrochaba por delante, y una vez terminó, se sentó de nuevo en la silla. Recolocó la webcam y, algo sonrojada, le mostró a su amiga cómo le quedaba.

—¡Tachán! —exclamó, abriendo ambos brazos en cruz—. ¿Cómo dirías que me queda? Me lo probé en la tienda y me gustó mucho cómo me quedaba. No es que tenga nadie para quién ponérmelo, pero a veces a una le gusta sentirse sexy. —Y le dedicó un guiño cómplice, riéndose a continuación.

Y entonces, se quedó allí, recostada, vestida únicamente con el sujetador y los pantalones del pijama, observando a su amiga. Inconscientemente, comenzó a juguetear con el cierre entre sus dedos. Se le ocurrió una idea traviesa, que no pensó muy bien, y que no tuvo tiempo de meditar antes de soltarla.

—Me encanta que tenga cierre delantero. —Y, con esas palabras, soltó el cierre. No se retiró las copas, pero separó las manos y dejó que éstas, de manera natural, se separasen un poco. En sus ojos, una mirada insinuante que acompañaba a la leve sonrisa de sus labios.

«¿Estoy haciendo bien? ¿O no debería hacer esto?», se preguntó brevemente. Si Sam se escandalizaba, siempre podía recurrir a la excusa de que estaba bromeando. Pero si no...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 21, 2020 11:40 pm

―Y dos también ―contestó a lo de que le diera "un momento", siendo consciente de que no se lo iba a poner delante de ella.

Pudo ver un poco a Gwendoline por la ventana de la cámara e, inconscientemente, puso su cámara en pantalla completa para poder ver mejor. Se sintió hasta un poco mal haciendo eso para ver mejor lo que ella había querido evitar que viera pero…

…Vale, no tenía excusa. ¡Ahora se sentía un stalker! Ese pensamiento la hizo sentirse un poco mal y cambió de pestaña, solo para ver memes estúpidos en Facebook.

Cuando Gwen volvió, volvió a abrir la pestaña del Discord y observó lo bien que le quedaba el sujetador. Era ceñido, por lo que hacía que sus pechos creasen un escote muy bonito, por no hablar que todo el encaje hacía de aquella imagen probablemente la más atractiva que fuese a ver aquella noche. Cuando mencionó que “no tenía a nadie con quién ponérselo”, a Sam le pasaron miles de frases por la cabeza que podría haber soltado con claras indirectas.

―Tú eres muy sexy siempre, aunque me he dado cuenta de que no te lo crees demasiado… ―le respondió a lo último que dijo, pues Sam tenía muy claro lo que veía delante suya cada vez que estaba con ella.

No pudo decir mucho más, pues la morena declaró lo fan que era del cierre delantero y… lo quitó. No se quitó ella el sujetador, sino dejó que cayera un poco, con una sonrisa sugerente. No dejó a la vista sus pechos, pero… tampoco hizo falta para que Sam se calentara por dentro. En ese momento agradeció que su cámara lo fuese la de mejor calidad, pues se puso roja tanto por lo que estaba viendo, como por el estrés de que ahora mismo entrase por la puerta su padre, su madre o su hermana. Sabía que las probabilidades de eso último eran nimias y la verdad es que pasar por alto lo que tenía al otro lado era complicado.

Notó en la actitud de Gwen esa travesura juguetona y eso sólo incrementó que en ese momento se excitara de una manera que no se esperaba. Y claro… dicha excitación fue suficiente como para darle esos empujoncitos que necesitaba para seguirle el juego a la morena.

―A mí también me gusta el cierre delantero pero… ―Había bajado un poco la voz, pues de repente no quería que hubiera posibilidad alguna que lo que iba a decir saliese por las paredes a las habitaciones contiguas―...sigo prefiriéndote sin nada. ―Tragó saliva, un poco nerviosa. No supo a dónde les iba a llevar eso, ni las intenciones de la morena, pero en ese momento solo pudo camuflar todo aquello en una sencilla broma―: ¿Estás intentando seducirme? Porque está funcionando. ¿Sabías que el único uso que tiene un sujetador sexy es que la otra quiera quitártelo, verdad? ―Y si además de quitártelo, añadías «con la boca» a la frase, es que definitivamente el sujetador sexy había cumplido con su objetivo en esta vida.

Era eso… ¿una proposición indecente? Sam ahora mismo estaba en ese momento en donde decía algo y pensaba después si había sido una buena idea. No solía ser de esas personas que hablan y luego piensan, pero dejándose llevar era lo que estaba consiguiendo y no sabía si iba a ser una buena idea. Para colmo ahora estaba excitadísima por la situación y eso la incomodaba porque no sabía qué hacer.

Pese a no saber qué hacer; sí que sabía que decir.

―Deberías quitártelo ―le dijo, esbozando una pícara sonrisa―. Ya te he visto desnuda, ¿qué más da? ―La retó, sin saber si aceptaría y, por un momento, no pensando demasiado en qué pasaría después.

Automáticamente bajó los pies de la silla, mirando expectante a su AMIGA a través de la pantalla.
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Gwendoline Edevane el Dom Mar 22, 2020 12:04 am

Había decidido que, si Sam recibía aquello de manera negativa, recurriría al socorrido “Estaba de broma”. No se había encontrado en situaciones así antes en su vida, ni mucho menos, pero de alguna manera, se comportaría igual que la media de adolescentes calenturientos que jugaban con sus parejas por medio de la webcam.

Lo que no había decidido era qué haría si ocurría lo contrario, si Sam entraba en su pequeño jueguecito. ¿Iba a ser capaz de dar un paso más allá?

Estaba a punto de descubrirlo.

Sam entró en el juego, o al menos, eso le parecía a ella: recorrió una vez más a la situación ocurrida en la fiesta de Steven York, para luego hablar del sujetador sexy. ¿Estaba nerviosa? Porque Gwendoline, repentinamente, se sentía muy nerviosa. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho.

—A lo mejor sí lo estoy intentando... —dejó caer, coqueta, mientras se mordía el labio inferior y sonreía. También a ella se le habían sonrosado las mejillas, y sentía un calor inusual.

Como no podía ser de otra manera, dada la situación, terminó ocurriendo lo que tenía que ocurrir: Samantha le sugirió que debía quitarse aquel sujetador.

Gwendoline mentiría si dijese que, en ese momento, se sintió lanzada y sin duda, dispuesta a todo. No fue así, pues ciertamente se puso un poco nerviosa. Sin embargo, sus manos se movieron por sí solas, prácticamente, y sujetó ambas copas del sujetador con los dedos. Se quedó ahí, como sopesando si hacerlo o no. Se dijo que aún estaba a tiempo de parar aquello, que podía dar marcha atrás en cualquier momento.

Pero allí estaba Sam, mirándola con deseo y… simplemente, no pudo resistirse.

Sin exagerar lo más mínimo, cuando separó ambas copas del sujetador, mostrando a Sam sus pechos desnudos, su entrepierna se mojó totalmente. Y fue entonces cuando supo que esa noche jugarían las dos, aunque fuese así.

—Pues tienes razón —dijo en un susurro, quitándose los tirantes del sujetador de los brazos y dejándolo a un lado. Comenzó entonces a acariciarse sensualmente los pechos, mirando a su amiga—Te toca. —Se le ensanchó la sonrisa, y volvió a morderse el labio inferior—. El otro día no pude evitar fijarme en cómo tu camisa se transparentaba, y me quedé con ganas de más. Déjame ver...

Eso último lo dijo con un tono de voz casi suplicante, dejando escapar a continuación un suspiro. Y mientras lo hacía, sus manos no dejaban de moverse, una de ellas acariciando sus pechos, y la otra bajando poco a poco.

Gwendoline estaba totalmente excitada en aquel momento, sintiendo la cálida humedad en su zona íntima. Nunca había deseado tanto a alguien en su vida, y siendo plenamente consciente de ello, atrás quedaban todos los reparos que hubiera podido tener.

Lo único que lamentaba era no estar en el mismo cuarto que ella.
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Sam J. Lehmann el Dom Mar 22, 2020 2:17 am

No se esperó en absoluto que Gwendoline accediese a su petición.

Se esperaba la típica respuesta de broma, quitarle hierro al asunto y dejar ese asunto como un «¡jajá, qué locas estamos!». Pero no, ver que se estaba tornando todo a una situación seria y de pura seducción y juego, hacía que la rubia cada vez estuviera más caliente. Además, ver a Gwendoline con la parte superior totalmente desnuda hizo que recordase aquella noche de la fiesta, por no hablar de que ya tenía clarísimo que Gwen y su desnudez la ponían a cien.

Pero siendo totalmente sinceros, lo que más le gustaba de todo eso era que hubiese sido Gwen la “culpable” ―por llamarlo de alguna manera― de empezar con ese juego. Le daba seguridad a la rubia, además de esperanza de que estuviera interesada en ella. Lo que sintió al verla acariciarse a sí misma de esa manera… no podía ponerse en palabras. ¿Podía ser más sensual? No le hacía falta ni de lejos una sujetador de encaje para ser extremadamente sexy.

―¿Ah, sí? ―preguntó de manera interesada cuando mencionó que se había fijado, casi sin palabras.

¿Al final sí que había servido que se pusiera mona para ella el domingo? En ese momento ya no le quedaron dudas: al menos la atracción que Sam sentía por su amiga era recíproca y… no podía cohibirse en ese momento en el que directamente lo tenía todo.

En otra ocasión su pudor no le hubiera permitido quitarse la ropa en videollamada, pero ahora mismo no tuvo dudas, sino que apareció una Sam que ella misma no había visto desde hacía mucho tiempo: una Sam decidida y seductora.

―Es justo ―dijo después de “pensárselo” un poco, por hacerse la difícil―. Hubiera preferido que me la quitaras tú, pero…

Sujetó la parte baja de su camiseta de pijama, para subírsela hacia arriba lentamente. Por una parte su mente pensaba: «¡Estás loquísima! ¡Que en cualquier momento puede entrar alguien de tu familia!», pero por otra parte sólo podía pensar… «Nunca he hecho esto, pero quiero hacerlo.»  

Cuando llegó con la camiseta hasta la parte baja de sus pechos, esperó unos segundos y luego se la quitó por la cabeza, mostrando su torso desnudo completamente. Sus pechos no eran ni de lejos como los de Gwendoline: eran pequeños y, por norma general, pasaban muy desapercibidos. Sam sabía que no tenía cabida con los escotes.

Fue en ese momento cuando, mirando la pantalla completa de una Gwendoline semidesnuda, que se dio cuenta de que una de sus manos no se le veía, sino que había bajado. No se podía ver a dónde exactamente, pero tampoco había mucha pérdida…

Se pasó una de sus manos por el pecho, casi pensando que eran los de Gwen, pero… quería bajar. Lo necesitaba en ese momento para encargarse de todo lo que estaba sintiendo. Podía asegurar que hacía mucho, muchísimo tiempo, que no tenía tantas ganas de tocarse. Que hacía mucho tiempo que no se sentía así.

―Me gustaría haber sido yo quién te toca de esa manera... ―dijo, sonando muy traviesa. Ella también bajó una de sus manos, siendo consciente de lo que estaba a punto de hacer y lo mucho que lo estaba deseando. Cuando una mujer se excitaba de esa manera, era casi una necesidad que alguien pusiera remedio a eso―.Verte así a través de la cámara es desesperante… pero más desesperante es no ver a dónde ha ido esa mano… ―Por la mirada que le echó a través de la cámara y su voz sugerente, sabía que se había entendido lo que quería saber o... ver.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Mar 22, 2020 2:46 am

Cuando Sam, casi como si no se lo creyera, quiso cerciorarse de que su amiga se había fijado en sus pechos a través de la blusa que se transparentaba, ella asintió sin dejar de morderse el labio inferior.

Había tenido el temor de que se negase, de que despertase y se diese cuenta de la locura que estaban haciendo en aquel momento, pero no lo hizo. Todo lo contrario, su rubia amiga decidió satisfacer su petición, y mientras se levantaba lentamente la camiseta del pijama, dejando poco a poco a la vista su piel, la mano de Gwendoline entró a través del elástico de sus braguitas y buscó su zona íntima con los dedos.

Cuando los pechos de Sam, pequeños pero hermosos, quedaron a la vista, Gwendoline ya se estaba tocando con todas de la ley. Los dedos de la mano que se había quedado arriba pellizcaban suavemente uno de los pezones, mientras los de la otra acariciaban el húmedo clítoris. Su ropa interior ya no estaba húmeda; estaba directamente empapada.

—Uff... —jadeó Gwendoline, mordiéndose el labio inferior con más intensidad, mientras sonreía y negaba con la cabeza—. Mi imaginación no te hace justicia. Nada como verte de verdad...

No se había masturbado nunca pensando en ella, pero sí se la había imaginado desnuda varias veces. No podría haberla imaginado tan bonita como era. Quizás sus pechos no fueran los más grandes, pero tenían un efecto hipnótico en ella, y más si seguía acariciándose de ese modo.

Tampoco le pasó desapercibido el hecho de que una de sus manos, igual que la de Gwendoline, había desaparecido fuera de plano.

Rió suavemente, sin dejar de tocarse, cuando Sam afirmó que le hubiera gustado ser ella quien lo hiciese. No podría estar más de acuerdo, pero en ese momento le costaba que le saliesen las palabras: sólo podía mirar a Sam, tanto su rostro lleno de excitación como su desnudez, y continuar acariciándose en su zona más íntima. Ya no sentía vergüenza alguna.

Y entonces llegó esa petición… que hizo que Gwendoline se detuviese en seco, sorprendida.

Su corazón se aceleró un poco más, y por un momento creyó que no podría hacerlo. Pasó un par de segundos así, hasta que una voz susurró dentro de su cabeza: «¿Y por qué no?» No podía discutir esa lógica.

—Te lo voy a enseñar... —le dijo, con una voz susurrante y seductora; le dedicó un guiño y una sonrisa—. Pero tú tienes que hacer lo mismo. Me muero si no veo tu… —Suspiró, bajando la mirada. Deseaba verla, desnuda en todo su esplendor.

Con gran esfuerzo, retiró la mano del interior de sus bragas y separó la silla del ordenador para poder ponerse de pie. No perdió demasiado el tiempo, llevándose ambas manos a la cinturilla del pantalón. Se bajó todo, pantalones y bragas, hasta los tobillos, quedándose desnuda ante la webcam.

Volvió a sentarse, manipulando a continuación la webcam para bajar el enfoque. Entonces, subió ambos pies al escritorio, separando bien las piernas, de tal manera que si amiga tenía una clara visión de sus pechos desnudos y su sexo expuesto. Se depilaba por pura comodidad, pero como había pasado algún tiempo desde la última vez, ya se apreciaba algo de vello.

—Ojalá me hubiera depilado... —dijo, dejando escapar una risita, mientras sus manos recuperaban su tarea: una sobre sus pechos, la otra en su sexo. En esta ocasión, además de acariciarse el clítoris, comenzó a introducir los dedos—. Uff… Sam...

Gimió su nombre con deseo, como nunca antes lo había hecho con el de nadie. Le costaba mantener los ojos abiertos, pero estos estaban fijos en la pantalla. Necesitaba verla, necesitaba ver cómo se tocaba.

No había necesitado tanto otra cosa antes en su vida.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Mar 22, 2020 3:34 am

Lo que hizo Gwendoline superó con creces las expectativas de Samantha, que no se imaginó en absoluto que hiciera lo que hizo, ofreciéndole esa imagen de sí misma tocándose sin ningún tipo de vergüenza. Ella, imaginaros lo inocente que era pese a ser la “experimentada” del dúo, se creía que se iba a limitar a bajar la cámara, viendo como la mano se perdía en el interior de sus pantalones y haciéndola jugar con su propia imaginación con lo que pasaba allí dentro.

Ahí, sin embargo, no había cabida ninguna a la imaginación. ¿Lo estaba viendo todo? Lo estaba viendo todo.

Después de ver eso y precisamente con esa imagen en pantalla, ¿de verdad se creía que iba a tener voluntad de ponerse en pie, desnudarse y hacer lo mismo con toda la serenidad del universo? Gwen estaba en una posición que no animaba precisamente a desnudarse, sino a acercarse a ella, arrodillarse en frente y hacerle todo lo que apareciese escrito en «Cómo satisfacer a una mujer» y, de hecho, era lo que ahora mismo tenía Sam en mente y por eso estaba como estaba. Que sí, que Sam había dicho que ella iba a hacer lo mismo, pero…

A través de los auriculares sólo se podía escuchar la respiración entrecortada y, por parte de Sam, un gemido al sentir una explosión de placer al tocarse mientras veía a Gwen gemir su nombre mientras se tocaba de esa manera. Entreabrió la boca de placer y, con la mano libre, buscó la cámara para bajarla, con intención de darle ―de manera más lenta― lo mismo que ella le había dado.

Sin embargo, no pudo hacer mucho más, pues de repente sus oídos captaron un sonido revelador: fuertes golpes tocando la puerta. Por una milésima de segundo pensó que era en su casa y, como dato, su padre no esperaba a recibir una respuesta por si tenía los auriculares y no escuchaba, sino que tocaba y abría sobre la marcha, por lo que entró en un ataque de pánico en donde se sacó la mano de los pantalones e intentó meterse en medio de la línea de visión de la puerta a la pantalla, para que su padre no viera nada. ¡Total, si la veía semidesnuda… era su hija! ¡Lo que no quería es que viera a su amiga de esa manera!

Pero no, allí no había nadie, para cuando quiso darse cuenta miró a través de la pantalla y vio a Gwendoline tan asustada como ella, poniéndose la camiseta para ir a atender a la puerta. En ese momento en el que ya no tenía a una Gwendoline mostrándole absolutamente TODO mientras se tocaba y, tras esa cortada de rollo, se dio cuenta de lo que estaban haciendo: ¿sexo por webcam? ¿En serio? ¿De verdad quería que fuera así… la primera vez en la que ambas compartían esa experiencia? ¿Cómo narices había pasado eso?

«¡Ha surgido, simplemente ha surgido!» Se defendía a sus propias cuestiones.

Estaba de pie frente al ordenador, semidesnuda y con un calentón que hacía muchísimo tiempo que no sentía. La excitación de saber que la mujer que te gusta te sigue el rollo era demasiado y ya si encima esa mujer te enseña lo que te enseña…

No obstante, ahora mismo no se veía capaz de volver a sentarse y decirle a la morena: “Bueno, ¿continuamos?” y pese a que veía perfectamente capaz a Gwendoline de decirlo, ella se había cohibido. ¿Y si toca su padre? ¡Si es que había hasta gemido! ¿Lo habría hecho muy alto? ¡Ni siquiera se dio cuenta! ¡Ella cuando se tocaba no gemía, maldita sea!

Lo primero que hizo al acercarse al ordenador fue colgar la videollamada y luego buscar su camiseta para… No se iba a poner la dichosa camiseta: ¡estaba ardiendo! Tiró la camiseta a la cama. Y ahora venía lo complicado: ¿cómo narices le decía que no quería continuar con eso después de lo bien que estaba yendo y lo mucho que estaba deseando finalizar con aquello?

»He colgado porque he escuchado a mi padre y él abre la puerta sin esperar a que le inviten. Me he asustado.

Le escribió en el discord, como una excusa barata y… realmente mentira, pues no había escuchado nada, gracias a Dios. Sam llega a escuchar algo y le da un infarto ahí mismo. Casi que le daba más vergüenza que le pillaran haciendo sexo por webcam que el hecho de pillarla en su habitación con una chica en medio del acto sexual.

Después de escribir eso, le dio a apagar el ordenador y cogió su móvil para acostarse en la cama ―sin taparse ni nada― y ver qué le contestaba Gwendoline. Sin embargo, hasta con los ojos abiertos sólo podía seguir viendo una cosa y su cuerpo, a la espera de recibir la satisfacción necesaria, reaccionaba a esa imagen que no se le iba de la cabeza. Al final tuvo claras sus propias prioridades: dejó el móvil a un lado y volvió a introducir su mano en el interior de su pantalón.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Mar 23, 2020 12:08 am

Le estaba costando un mundo, un esfuerzo sobrehumano, mantener los ojos abiertos y fijos en la pantalla. No porque le gustase la imagen que tenía delante, aquella rubia de aspecto angelical, con pequeños y hermosos pechos desnudos para ella.

Simplemente, la excitación era demasiado grande. Sus dedos trabajaban su sexo de la manera en que sólo podían hacerlo los dedos propios, que conocían cada recoveco y cada punto de placer del cuerpo. El placer incrementaba, igual que la humedad y el calor ahí abajo, y de sus labios se escapaban gemidos y suspiros.

Entonces, llegó lo que estaba esperando, y la anticipación casi la hizo llegar al orgasmo. Tuvo que obligarse a esperar, a bajar el ritmo, pues no podía permitirse alcanzar el clímax antes de ver a Sam totalmente desnuda. Antes de contemplar con sus propios ojos su zona más íntima. Se mordía el labio con sólo imaginársela, sabiendo que faltaban apenas segundos para…

Sam no llegó a bajarse los pantalones, y Gwen no llegó a contemplar su sexo. Alguien las interrumpió.

El corazón de Gwendoline se desbocó casi hasta el punto del infarto cuando escuchó los golpes en su puerta. Fue tal el susto que se llevó que no sólo abrió los ojos como platos, sino que casi saltó de la silla. En la postura en la que estaba, a punto estuvo de irse al suelo, pero logró evitarlo a tiempo. Instintivamente, se tapó con los brazos, uno para los pechos y otro para la entrepierna, hasta que recordó que la puerta estaba cerrada.

—¡Mierda, mierda, mierda…! —susurró, quitándose los auriculares y dejándolos sobre el escritorio. Sí, en aquel momento maldijo, pues acababa de quedarse, literalmente, a las puertas de un orgasmo.

Se apresuró a ponerse la camiseta, la única prenda de ropa que logró encontrar en su estado —aún cuando todas estaban al pie del escritorio, solo que en distintos lados— y se levantó para abrir. La camiseta no era demasiado larga, así que la estiraba con su mano izquierda, a fin de tapar sus vergüenzas.

A pesar de todo, abrió sólo un poco la puerta, asomándose. La imagen que mostraba era reveladora, igualmente: rostro sonrosado y sudoroso, pelo despeinado, y sofocada. Cualquiera podría hacerse una idea de lo que estaba haciendo allí dentro.

—¡¿Qué?! —dijo bruscamente a través de la pequeña rendija que abrió en el umbral.

Max estaba al otro lado, con sus grandes auriculares, escuchando música. Se los quitó de las orejas, dejándolos descansar sobre sus hombros, y Gwendoline pudo escuchar un fragmento de un solo de guitarra, que no reconoció, brotando de ellos.

—¿Interrumpo algo? Pareces sofocada. —Gwendoline respondió a esto apartando la mirada, avergonzada, pero no dijo nada—. Me preguntaba si tienes un par de pilas doble A. Ya sabes...

El chico agitó en su mano derecha un discman, uno de esos reproductores de CD portátiles que ya nadie utilizaba y que él, por algún motivo, encontraba fascinantes. Su gusto por la tecnología retro era fascinante en sí mismo, pero en aquel momento, Gwendoline lo encontró molesto.

Además, no tenía pilas allí dentro.

—No tengo. Lo siento. —Sonó tensa, tal cual estaba. Tiritaba y todavía se sentía arder por dentro. Quería volver cuanto antes ante el ordenador—. Pregunta a Rachel. Ahora, si me disculpas, estoy ocupada.

Y no esperó más: cerró la puerta y se aseguró, esta vez, de echar el pestillo. Sabía que nadie entraría sin llamar, pero igualmente le confirió más confianza.

Volvió ante el ordenador con una sonrisa, la cual no duró mucho: se disponía a quitarse de nuevo la camiseta para continuar con aquella maravillosa experiencia, cuando se dio cuenta de que ya no había videollamada activa. Es más, Sam ni siquiera estaba conectada.

Justo en ese momento de confusión y decepción, vio aparecer un mensaje de Sam en pantalla, así como el cambio de su estado de “Desconectada” a “Conectada”, pero a través de un dispositivo móvil. Le supuso un enorme chasco y, con los hombros caídos y una sonrisa resignada, pasó a responderle.

»¿Te vas a ir a dormir ya? A lo mejor si esperamos un poco...

La respuesta de Sam se hizo esperar un poco, pero fue contundente: no se sentía capaz, pues le daba miedo que su padre se despertase y le dijese algo. Gwendoline dejó escapar un suspiro resignado, y con gran decepción, respondió.

»Está bien. Nos vemos mañana, entonces. Duerme bien.

Envió el mensaje pulsando la tecla “Enter” de su teclado, y pensó en dejarlo así. Sin embargo, terminó añadiendo tres emoticonos de sensuales labios rojos, como una declaración de intenciones y un recuerdo de lo que habían estado haciendo. Tras eso, apagó el ordenador, se quitó la camiseta y se tumbó en la cama. No se fue a dormir, sobra decir.

Cuando, varios minutos más tarde, se encontraba sofocada, sudorosa, y con todo el cuerpo temblando por el orgasmo explosivo que acababa de tener, pensó un poco más en frío las cosas: hacía menos de cinco minutos se encontraba practicando sexo virtual con Sam. ¿En qué momento se había atrevido a hacer aquello?

Es más, ¿y si por hacer aquella tontería lo había fastidiado todo? ¿Y si no había aparecido su padre? ¿Y si se había cortado por otro motivo?

De no haber estado tan somnolienta después de lo que acababa de hacer, habría pasado la noche en vela, dándole vueltas a la situación.


***
Al día siguiente...
09:47 horas

Amaneció desnuda en su cama, y por si quedaba algún tipo de duda de que lo sucedido con Sam la noche anterior no había sido un sueño, su pijama y sus bragas aparecían al pie del escritorio, y el dichoso sujetador sexy que quizás le hubiese costado la ruina de aquella amistad, acusatoriamente colocado sobre el escritorio.

Se sintió profundamente mal, alcanzó el teléfono móvil de la mesilla, y pensó en llamar por teléfono a su amiga para disculparse. Al final, la pudieron los nervios y decidió no hacerlo.

Se atavió con una bata de casa y nada más, salió de su habitación con los hombros caídos, y arrastró los pies en dirección al baño. Tuvo la inmensa suerte de no encontrarse con nadie ocupándolo, pues necesitaba orinar urgentemente.

Tras hacer sus necesidades y lavarse un poco la cara, siguió arrastrando los pies en sus pantuflas de tortugas en dirección a la cocina, donde todos sus compañeros —con excepción de Ellie, que esa semana se estaba quedando con su novio— se encontraban desayunando. Max y Rachel se encontraban enfrascados en una apasionante conversación acerca de la última audición de la segunda, quien seguía aspirando a ser una estrella de Broadway.

—¡La bella durmiente ha llegado! —anunció Max con alegría, seguramente para interrumpir a Rachel—. Tienes cara de necesitar un café.

Gwendoline levantó el pulgar de su mano derecha con gesto afirmativo, y el chico se puso manos a la obra; Rachel, por su parte, permanecía de pie junto a la encimera, bebiéndose su propia taza de infusión. Jamás bebía café, pues, según ella, afectaba a la voz y por consiguiente a sus audiciones.

—¿Una noche movidita, Gwen? —le preguntó.

La morena no quería hablar de ello, pero al mirar a Rachel vio algo en sus ojos, un cierto destello de picardía… y comenzó a ponerse un poquito nerviosa. ¿Su compañera de piso la había escuchado?

Suerte que Max interrumpió aquel incómodo momento.

—Café solo para usted. —Y le dejó la humeante taza delante, en la mesa. Ella le echó mano enseguida—. ¿Sigue en pie lo de esta tarde? ¿Tengo que llevarte a casa de tu amiga?

—Pues... —Lo cierto era que no lo sabía, y fue por eso que dejó el café en la mesa, tomó su teléfono móvil y se levantó de la silla—. Ahora te digo.

Se fue al pasillo, lugar en el que podría hablar con un poco de privacidad. No porque le importase que Max se enterara de nada, sino porque la mirada de Rachel la estaba poniendo demasiado nerviosa. Una vez allí, abrió la aplicación de Whatsapp y buscó la conversación de Sam.

Sopesó escribirle un sencillo mensaje, preguntándole si seguía en pie lo de aquella noche… pero no lo hizo. No quería darle al asunto más importancia de la que tenía, y cuanto antes se comportasen con normalidad, mejor.

Además, si había que hablarlo, mejor en persona, ¿no?

—Sigue en pie —anunció cuando volvió a la cocina—. A las seis, ¿te viene bien?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 23, 2020 10:18 pm

Había dormido DE PENA esa noche. Cualquiera diría que después de una llegar al orgasmo le entra sueño, pero Samantha no era de esas: ella cuando llegaba se volvía super activa y no había manera de conciliar en sueño, por eso si se tocaba, se tocaba por las mañanas antes de ducharse y no antes de irse a dormir. Entre eso y que evidentemente la situación había sido MUY FUERTE no pudo pegar ojo, sin saber cómo repercutiría todo eso que habían vivido al día siguiente, cuando se vieran las caras.

¿Acaso se verían las caras? ¿Después de haber hecho, aún era prudente quedar para que viniese a dormir a casa? ¿Y si la había cagado estrepitosamente habiéndole sugerido esas cosas? Ella aceptó, sí, pero… quién lo sugirió había sido ella…

Dándole a la cabeza toda la noche, creía haber dormido unas tres horas, como muchísimo. Para colmo Annie, su hermanita, le despertó a eso de las ocho de la mañana saltando en su cama para despedirse durante el finde, pues se iban a ir a la playa. Sam, que al pegarse tanto tiempo despierta, había terminado por ponerse el pijama entero, aprovechó para despertarse junto a sus padres y poder desayunar con ellos antes de que se fueran, diciéndoles que no tenía grandes planes, sino realmente aprovechar el silencio para concentrarse con el trabajo final de la carrera.

Obviamente era mentira, pero no les iba a decir que iba a quedar con Gwendoline para que la pintase desnuda después de haberse calentado hasta límites insospechados por webcam. Esas cosas no se las dices a tus padres.

Cuando sus padres se fueron a eso de las nueve, Sam miró el teléfono, abrió la ventana de WhatsApp de Gwendoline y sopesó el decirle algo… pero no lo hizo, sino que puso el móvil en silencio y se fue a dormir de nuevo, esperando que tanto cansancio y la barriga llena fuesen una buena combinación para pegar ojo.


Consiguió pegar ojo y, de hecho, soñó cosas que… La verdad es que soñar lo que había soñado teniendo en cuenta lo que había pasado la noche anterior y que Gwendoline vendría en unas horas… La incomodaba bastante. Sin embargo, tampoco se extrañaba, ¿cómo no iba a tener sueños húmedos con Gwen después de lo que había pasado? Por suerte, consiguió relajarse al despertarse, abrazándose a Tofu.

―Hoy viene Gwen ―le dijo a su gato.

―Ufff, hoy viene Gwen… ―contestó el gato, con voz de Sam.

―Ya, Tofu, ya, ¿y qué hago?

―Cancela la cita.

―¿¡Cómo voy a cancelar la cita si llevo toda la semana esperando ESTA CITA?! ―Y empujó a su gato suavemente hacia atrás.

El gato, que no se enteraba DE NADA, miró a su dueña con cara de: “PERO QUE HA PASAO”.

Y no me vengáis ahora con que ustedes no habláis con vuestras mascotas y, peor, le traducís lo que os gustaría ―o no― escuchar. Poner voz a tus mascotas es de personas normales y perfectamente saludables mentalmente.

Entonces Sam se levantó, fue a ducharse, se hizo un almuerzo basado en una cutre ensalada porque tenía pereza con la vida y se puso a trabajar un poco en su proyecto de fin de carrera. Todo eso más tensa que una cometa porque estaba nerviosísima de que dieran las seis. ¡Ni siquiera habían hablado por WhatsApp, que ellas siempre hablaban por WhatsApp! Pero es que… ¿qué narices iba a decirle? Normalmente le preguntaba que si había dormido bien, que si había soñado cosas bonitas, que qué le deparaba el día, pero ahora… ¡ahora era muy incómodo!

Cuando hicieron las cinco, sopesó en prepararse pero… ¿prepararse para qué, si se supone que se iba a desnudar? La virgen María, esta situación es muy complicada para mi experiencia de vida… pensó frente al armario. Decidió quedarse tal y cómo estaba, vestida con prácticamente un pijama y una bata-rebeca. Hasta se quedó con ese recogido cutre porque, desde su perspectiva, era un cutre mono.

Gwen llegó sobre las seis y cuarto y, cuando sonó el timbre, por casi no le dio una taquicardia. Bajó de su habitación lo más rápido que pudo y, sin pensárselo demasiado, abrió la puerta para no hacerla esperar.

Automáticamente sonrió, pues era ya costumbre.

―¡Hola! ―Y, automáticamente también, se apartó y abrió la puerta del todo―. ¡Entra!

Madre mía: LA HIPERACTIVIDAD. Esa taquicardia le había revolucionado por completo el interior.

―¿Todo bien? ¿Te trajo Max? ―preguntó, cerrando la puerta.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Mar 24, 2020 12:47 am

Mientras recorría el camino en dirección a casa de Sam, la definición más apropiada para Gwendoline sería la de flan: aún aferrada al tronco de su compañero de piso para no caerse de la moto, sentía que le temblaba todo el cuerpo de manera nerviosa. Se aproximaba a la casa de su amiga, con la cual la noche anterior se había abierto una puerta que sería muy complicada de cerrar.

Si es que querían cerrarla, claro.

Su mayor preocupación era el haberlo fastidiado todo. Tenía miedo de encontrarse con un rechazo, o con que Sam no le abría la puerta. No se sentía mal por haber propiciado la situación en sí, pues había obedecido a uno de sus deseos más sinceros, pero sí sentía que lo había hecho de la forma incorrecta.

Y como no había comentado aquello con nadie, se lo comía ella sola.

No tardaron demasiado en llegar. Gwendoline se apeó en la acera frente a la casa de Sam, sus piernas aún temblorosas, y se quitó el casco de acompañante que Max le había prestado. Se despidió del chico y, entonces, permaneció allí de pie algunos minutos, pensando.

Sopesó la posibilidad de anular el plan. Sacó el teléfono móvil de su bolso con intención de escribirle a Sam y decirle que la esperaba fuera, que prefería que diesen un paseo y hablasen de lo ocurrido. ¿Qué le impidió hacerlo? Que no sabía exactamente qué decir, ni sobre qué hablar?

«Sam, me siento sexualmente atraída por ti», se imaginó diciéndole. «Supongo que ocurrió después de nuestro encuentro en los baños, en la fiesta. Me has abierto un mundo de posibilidades y lo único que quiero es repetir ese momento. ¿Vamos a tu casa y lo hacemos en tu cama?»

No, definitivamente no sabría cómo abordar aquel tema. No quería perder la amistad de Sam, pero tampoco quería renunciar a aquella atracción que sentía por ella. ¿No podían simplemente ser amigas como siempre y hacer aquellas cosas?

«Entra antes de que mire por la ventana y te vea aquí parada», pensó con gran acierto, dándose la vuelta para encaminarse hacia el porche. «Todo va a ir bien...»

Se detuvo ante la puerta y alargó la mano en dirección al timbre. Pensó una vez más en no hacerlo, en no timbrar, pero una voz dentro de su cabeza la llamó gallina estúpida, reprochándole semejante cobardía. ¿Qué iba a pasar allí?

—No soy ninguna gallina. —Y con esas palabras, susurradas como si fuera una niña pequeña, Gwendoline llamó al timbre.

Para comprender su psicología, había que saber cómo se había vestido antes de salir de casa: si bien su atuendo era más bien casual, y no parecía atrevido en exceso, escondía un pequeño secreto. Y ese secreto era, precisamente, el sujetador de la discordia de la noche anterior.

¿Que por qué lo llevaba? Simple: porque Sam había dicho que quería quitárselo.

Gwendoline estaba cohibida y nerviosa, pero al mismo tiempo seguía sintiendo una fuerte atracción hacia aquella chica. Y si bien a veces su miedo podía más que su deseo, marcharse de allí sería un gravísimo error. Sería tirar por tierra cualquier posibilidad de… de lo que fuese.

Cuando Sam abrió la puerta, Gwendoline pensó que incluso con aquella pinta tan casera, era lo más sexy que había visto en toda su vida. Los recuerdos de la noche anterior acudieron a su mente, y de alguna manera casi pareció que podía ver a través de aquella ropa. Pensó una vez más en sus pechos, pequeños pero perfectos, y tuvo que obligarse a recuperar la compostura. A pensar en cualquier otra cosa que no fuera aquella improvisada sesión de cibersexo inacabada.

—Hola —le respondió igual de sonriente, dando un paso adelante y colándose en el domicilio de los Williams—. Sí, todo bien. Y sí... —Esa fue su elocuente respuesta a las dos preguntas de su amiga.

¿Y ahora, qué decía? ¿Qué se suponía que se decía en aquellas situaciones? Se mordió el labio inferior, pensativa, y decidió ir a lo que las había llevado allí en primer lugar: mostró el bolso que colgaba de su hombro, una especie de portapapeles en que cabían su block de dibujo y sus lápices.

—¿Todo listo para… ya sabes, el arte? —Soltó una leve carcajada, como para quitarle hierro al asunto—. ¿Dónde quieres que lo hagamos?

La elección de palabras fue pobre, desde luego. Casi parecía que le estaba preguntando otra cosa, y fue plenamente consciente de ello. Y es por eso que se sonrojó un poco y, siendo totalmente incapaz de aguantar aquella tensión, acabó mencionándolo.

—Me refiero al dibujo, no a... —Rió nuevamente, con la mirada puesta en el suelo. Negó con la cabeza—. Vaya noche la de ayer...

Y se llevó una mano a la cara, tapándosela a medida que enrojecía como un maldito tomate. Terminó riendo, un reflejo de toda la tensión que había estado soportando hasta ese momento. De repente le pareció estúpido su comportamiento. ¿No podían acaso mencionar aquello como si fuera una anécdota curiosa, sin más, y seguir adelante?

«Te has desnudado y abierto de piernas para ella», se recordó. «Eso es mucho más que una “anécdota graciosa”.»
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Mar 24, 2020 11:36 pm

Hacía mucho, mucho tiempo, que no se enfrentaba a una situación TAN INCÓMODA y eso que compartía grupo de amigos con la asquerosa de su ex pareja. Sin embargo, aquello era muchísimo peor. No sabía qué hacer: ¿reír a la gracia? ¿Tomárselo a broma? ¿Intentar apartarlo de su cabeza —tarea, ya de base, imposible— para intentar hacer lo que habían ido a hacer? La verdad es que si no había sido capaz de cancelar la cita por teléfono, se veía mucho más incapaz ahora mismo de decir cualquier cosa por la que cortar ese momento.

Ahora que la tenía delante sólo podía pensar que se arrepentía de no haber cancelado la cita. La notaba también tensa a ella y la verdad es que después de lo ocurrido no sabía cómo había decidido venir. ¿Tenía intenciones de hacer como si nada, como con el beso en la fiesta? ¿O tenía algún tipo de intención?

—Sí, sí, supongo que sí —respondió a lo de si todo estaba listo.

¿Listo de qué? ¡Ella no había preparado nada! Si le preguntaba si ella estaba lista, esa respuesta sí la sabía: NO, EN LO ABSOLUTO. Sin embargo, llevaba ya tiempo pidiéndole eso de y Sam había accedido, por lo que negarse ahora era muy, muy feo.

Cuando su frase la "traicionó", soltando eso, Sam no dijo nada, sino que se quedó con cara de incomodidad, esbozando una sonrisa. Y ya cuando mencionó la noche de ayer, sólo pudo reír un poco para seguirle la gracia QUE NO TENÍA y entrar un poco en el mismo ánimo. No, no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a hablarle normal después de haber visto cómo se tocaba ayer y... y...? Si es que no sabía. No sabía nada.

Al igual que era notable ver que las orejas de Sam estaban rojas de la incomodidad y la vergüenza, era también muy obvio que Gwendoline tampoco lo estaba pasando del todo bien. Por suerte se conocían lo suficiente como para darse cuenta cuando aquello era una situación tensa.

Decidió continuar con el tema importante.

—¿Dijimos de pintar en mi habitación, no? —Se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada, pues su padre era pura paranoia y cuando se quedaba sola en casa lo comprobaba todo dos veces—. Porque la ventana estaba encima de la cama y entraba el sol y todo eso, ¿no? —Repitió, intentando acordarse de aquella conversación INOCENTE Y PURA en donde no había habido SEXO POR WEBCAM entre ellas—. ¿O cómo quedan pocas horas de sol utilizamos luz artificial?

Eso, Sam, muy bien: cambiando de tema. Pensar en luces y sombras, cosas que no te interesan nada, valía para distraerte.

—Bueno, vamos a subir y ya lo vemos.

Por norma general hubiera dejado que Gwen subiera primero, por mera cortesía y porque era lesbiana y sabía qué se veían muy bien los traseros cuando iba detrás en una escalera, pero debido a los nervios subió ella primero, con la excusa de que iba a recoger un poco la mesa. Evidentemente, al entrar en la habitación lo primero que hizo fue cerrar los libros y las libretas de la mesa y amontonarlas "ordenadamente" unas encimas de otras. Además, cerró el portátil en donde sonaba música y se paró de golpe.

Frunció entonces el ceño.

—¿Prefieres pintar con música o sin música? ¿Necesitas concentración total y absoluta o algo...? —preguntó.

Sam se sentía... rara. No se sentía cómoda y normal. Miraba a Gwen y pensaba dos cosas: por una parte que la cosa se había torcido y, por otra, que lo mismo no era que se hubiera torcido, sino que se había movido un paso —un paso muy grande— en la dirección que a ella le interesaba.

Mientras abría de nuevo el portátil, lo pensó seriamente: quizás no habían sido las maneras pero... había ocurrido. Sam indudablemente tenía sentimientos muy fuertes por ella, además de una clara atracción física. ¿Pero ella? ¿Ella qué? Ella siempre decía que le caía muy bien, que era una buena amiga y compañera de matanzas ficticias pero... ¿de verdad sentía algo? Nunca le pareció una mujer manipuladora o fácil y... la verdad es que en muchas ocasiones le había dicho cosas muy bonitas. Aún y pese a la borrachera, recordaba algunas cosas que le dijo en aquel baño después de contarle la historia de Natalie. Sonrío un poco y...

—...¿qué? —dijo de repente, pues no escuchó lo que le dijo Gwen y se dio cuenta de que no estaba sola. ¿Podía alguien darle una bofetada a Sam para que volviese a la realidad y se espabilase? No se entendía en lo absoluto—. Pon lo que quieras —añadió con respecto a la música, sin darse cuenta de si le había dicho que sí o que no—. O no pongas nada. —¿Pero le había dicho que sí o que no? Debería de dejar de hablar tan rápido y dar oportunidad de una conversación coherente—. Me voy a ir a preparar... —Caminó hasta la puerta y, antes de salir, miró hacia atrás—: ¿Necesitas algo o... algo antes de que me vaya? —preguntó solo con la cabeza asomada en la puerta, observándola directamente.

¡Es que era tan... guapa! Soltó aire lentamente para que no se le notase el suspiro. Estaba tan en "otra onda" en ese momento, que ni se había dado cuenta de la gran pregunta, perfectamente hilada y coherente, que le había hecho. ¿Que si necesita algo o algo? ¿Podría haber una pregunta que lo englobase TODO peor que esa?

Necesitaba mirarse al espejo, hablarse un rato a sí misma y darse un par de bofetadas de agua bien fría para serenarse. Aquello no era normal y había que ponerle una solución.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Mar 25, 2020 1:28 am

No, estaba claro que no: aquello no iba a pasar por una anécdota graciosa, al menos no en el futuro más inmediato.

No se podía decir que fuese una experta en conducta humana o microexpresiones faciales, ni mucho menos, pero era artista y, por consiguiente, era observadora. Ni siquiera los detalles más pequeños le pasaban desapercibidos —o sí, pues no se había enterado de que la rubia estaba enamorada de ella—, y la tensión que cohibía a su amiga no era un “detalle pequeño”, precisamente.

Tampoco lo era el rubor de sus orejas.

«A lo mejor sí que la he fastidiado, después de todo», pensó, sintiéndose mal. Sintiéndose fatal, de hecho. Ella misma entró en modo pensativo, y se puso a darle vueltas al asunto. «Bueno, es normal: no dejas de ser una imbécil en lo que a relacionarte con otro ser humano se refiere. No podías pretender saber cómo actúa la gente cuando se siente atraída por otras personas.»

Asintió con la cabeza a lo de la habitación, y a pesar de que dicha estancia de la casa podría haberle sugerido cosas muy picantes, ni se le pasó la idea por la cabeza. Ahora, el desasosiego y la sensación de decepción para consigo misma lo ocupaban todo en su interior, y de repente se sentía ridícula por haberse puesto ese maldito sujetador.

—Tu cuarto estará bien, sí —respondió a todo lo que Sam decía, sin entrar a hablar del tema de la luz natural o artificial. ¿De verdad se iba a preocupar por eso en aquellos momentos? No, definitivamente, no—. Ya arriba vemos cómo nos las arreglamos.

Subió las escaleras sintiendo un peso sobre los hombros, casi como si cargase con otra persona sobre ellos. Sam fingía normalidad, pero no había normalidad. ¿Tan malo había sido aquello? Recordaba cómo ella también se estaba acariciando, cómo la había animado a seguir adelante, a cada paso de aquella improvisada sesión de sexo por webcam. ¿Era posible que se arrepintiera de ello?

¿O quizás pensaba que se había aprovechado de ella para hacer aquello?

Definitivamente, a medida que subía las escaleras, Gwendoline se sentía un poco peor acerca de lo que había hecho.

Una vez en el cuarto de Sam, se quedó junto a la puerta, sosteniendo el bolso contra su pecho, como si este pudiera servirle de algún tipo de protección. Ella se puso a ordenar un poco el escritorio, apartando libros y amontonándolos unos sobre otros, mientras Gwendoline seguía dándole vueltas a la cabeza.

La pregunta acerca de la música la pilló totalmente ausente, por lo que dio un respingo al darse cuenta de que iba dirigida a ella. ¿A quién, si no? ¿A la pared?

—¿Tienes… tienes algo de música clásica? —se le ocurrió preguntar.

Sin embargo, también pilló a Sam distraída, pues tardó un poco en responderle. Y ni siquiera le respondió, con lo cual…

—Está bien. Estoy bien. —La mentira más grande que le había contado desde que se conocían, aunque como la acompañó con una sonrisa lo menos fingida posible, no pareció tan cortante como podría haber parecido—. Ve. Yo me encargo de… ya sabes, poner en orden todo el material y todo eso...

Teniendo en cuenta cómo se le había secado la garganta desde que había entrado, Gwendoline pensó, tarde, que bien le habría venido un buen vaso de agua. De todas formas, su amiga ya había salido de la habitación, y ella optó por sentarse ante el ordenador portátil con intención de echar un vistazo a sus listas de Spotify.

Fue bajando con el scroll, buscando algo que le pareciera interesante, y dio con una que se llamaba “Clásica lento para dormir y estudiar”. Fue la adecuada. En cuanto la puso a reproducir, comenzó a sonar el Bolero de Ravel, una de sus piezas preferidas a la hora de pintar.

«Pintar», pensó. «Claro, porque estoy pensando ahora mismo en pintar. ¡No me puedo concentrar! Y este maldito sujetador… ¡Debería quitármelo y tirarlo por la ventana!»

Llegó a valorar sinceramente esa opción, pero la descartó: una mujer podía notar cuando otra se había quitado el sujetador. ¿Qué pensaría Sam si volvía a su habitación y notaba que ya no llevaba sujetador? Seguramente, nada bueno, y no estaba la situación como para empeorarla aún más...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 26, 2020 9:41 pm

Una vez llegó al baño, se sentó en el reborde de la bañera y se llevó las manos a la cara, pensando que esa situación era la más incómoda jamás vivida en el mundo, por nadie, en general, de la vida.

Se pegó unos larguísimos segundos con la cara tapada por su propias manos, hasta que decidió su próximo movimiento: levantarse y mirarse a través del espejo. Primero se miró a los ojos, luego a los labios, de nuevo a los ojos y… frunció el ceño, como si estuviera enfadada consigo misma. Sinceramente, no sabía qué pensar, ni qué hacer. Estaba en un estado de estrés y no sabía decidir cómo comportarse: no le nacía comportarse naturalmente porque claramente lo sucedido chocaba, además de que notaba a Gwendoline también rara.

Era normal: ¿cómo narices no iba a estar rara? ¡Se lo había visto todo y lo peor de todo es que habían hecho todo lo de anoche para nada porque quedó todo a medias! Eso era lo peor, en realidad. El no haber acabado y tenido esa conversación después, hacía que todo pareciese un error; algo prohibido.

¿Y era un error, realmente? No, no era ningún error…

Entonces se miró seriamente a los ojos, razonándolo: se habían besado en la fiesta de Steven York y si bien lo dejaron en “cómo si nada hubiera pasado”, realmente sí que había repercutido. Ella le había devuelto el beso y si no llega a ser por ambas interrupciones: ¿cómo hubieran terminado en el baño de su amigo? ¿O cómo hubieran terminado ayer? ¿De verdad valía la pena hacer como si nada hubiera pasado cuando ambas querían que algo pasara? Nadie había obligado a nadie allí y la única cosa que declaraba el no haber finalizado eran dichosas interrupciones.

Sam entonces inhaló y exhaló con suavidad. Se había puesto hasta un poco nerviosa sólo de pensar en la posibilidad positiva: ¿y si en realidad no hay que rallarse y… todo está realmente hecho?

Se empezó a desvestir porque se estaba dando cuenta de que estaba tardando más de la cuenta. Se quitó sus calcetines y se puso unas zapatillas y, de resto, totalmente desnuda. Se puso por encima la misma bata que tenía hace un momento, abrochándosela a la altura de la cintura. No se había quitado el recogido por pura comodidad, pero si había que quitárselo, se lo quitaría.

Salió entonces del baño y fue a su habitación, en donde sonaba música clásica. Reconoció su lista, pues la había utilizado muchas veces para estudiar, hacer trabajos o echarse alguna que otra siesta. Admitía que había canciones a piano demasiados intensas que la despertaban de la siesta: después de haberlo intentado se daba cuenta que no toda la música clásica era para dormir.

―Bueno, estoy lista creo ―dijo, sintiéndose DESNUDA.

Que a ver, estaba desnuda. Pero no era lo mismo estarlo, que sentirlo. En muchísimas ocasiones había estado desnuda y no se sentía… vulnerable o algo por el estilo. Además, hacía un poco de frío y eso de estar solo con la bata se notaba.

La rubia se dio cuenta de que no había nada preparado y que, de hecho, las cosas de Gwen estaban exactamente en el mismo sitio en donde las había dejado cuando entró en la habitación, por lo que no había “preparado” nada. Sam se acercó a sus cosas, tocando con las yemas de sus dedos la tapa con suavidad.

―Bueno, abrir la libreta y sacar el lápiz no requiere demasiada preparación… ―Medio bromeó―. ¿Te concentra la música clásica? ―preguntó, simplemente por sacar tema.

Intentaba naturalizar la situación, pero le era imposible. Después de lo de ayer, definitivamente no podía. Ni podía normalizarlo ni nada y es que, ahora más que nunca, de verdad que tenía ganas de mandarlo todo a la mierda y hacerlo siendo consciente: quería besarla, no como accidente o arrebato. Quería decirle que lo del baño no fue solo por estar borrachas y que lo de ayer no era algo que hiciera con cualquiera o a menudo y que, de hecho con ella fue la primera vez con la que se dejaba llevar tanto. En realidad lo que quería era decirle de una maldita vez que tenía sentimientos por ella y así dejaban esa tontería a un lado: o pasaba, o no pasaba. Sam sería clara, Gwen le sería clara y todo se arreglaría.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Mar 27, 2020 10:21 pm

Pensar, dar vueltas a una situación, en muchos casos estaba bien. Sentía que precisamente eso había debido hacer la noche anterior, antes de permitir a Sam ver sin ningún tipo de censura lo que nunca nadie antes que ella había visto. Se habría ahorrado un montón de problemas sí, como era lógico, hubiera decidido quedarse con el sujetador puesto, y luego ponerse la camisa. Habrían seguido manteniendo una conversación de lo más normal acerca de compras, ropa, planes para el día siguiente…

Y Gwendoline no estaría pensando en aquel momento, plantada ante el ordenador portátil de Sam, con la música clásica sonando en sus oídos. Y es que allí se la encontró la rubia, pues únicamente volvió en sí al escucharla decir que estaba lista.

Se puso en pie, la miró, y le resultó complicado olvidarse de que, bajo esa bata, únicamente había desnudez. La imagen de sus pechos, a su juicio perfectos, volvió a invadir su mente. De nuevo, la traicionaban sus pensamientos más salvajes.

Le dedicó una sonrisa lo menos tensa que fue capaz, y luego la siguió con la mirada cuando se acercó a sus cosas. También siguió su mano cuando esta acarició su portapapeles, y por algún motivo sintió la garganta muy seca otra vez. Tragó saliva y, ante la pregunta de Sam, asintió con la cabeza con cierta rigidez.

—Sí, me resulta muy… esto… tranquilizadora. Sí, esa es la palabra: tranquilizadora. —Echó mano del portapapeles y lo abrió, con intención de sacar de su interior los materiales para comenzar con el boceto—. ¿En la cama, como acordamos? Una vez ahí te diré cómo veo mejor la pose y eso, ¿vale?

Se le notó en las manos un temblor, casi imperceptible, cuando extrajo su bloc de dibujo y el estuche que contenía sus lápices. Se sentó en la silla de ordenador de Sam y se colocó ambas cosas en el regazo. Abrió el estuche y comenzó a tantear con los dedos en su interior, encontrando rápidamente el lápiz que buscaba y una goma de borrar. Dejó ambos y el estuche en el escritorio un momento, y pasó páginas de su bloc hasta dar con una en blanco. Entonces, recuperó el lápiz.

Al alzar la mirada, Sam ya estaba sentada sobre la cama. Gwendoline pretendía ser todo lo profesional que pudiese, comportarse como una artista y no como una adolescente de hormonas revolucionadas.

—Abre… abre la bata, pero no te la quites del todo —le pidió, esbozando una leve sonrisa mientras mantenía la punta del lápiz en suspensión sobre la página en blanco—. Descúbrete sólo los hombros y el… el pecho.

«No sé si voy a ser capaz de hacer esto», pensó, no sabiendo si debía mirar a su amiga o si en cambio debía mantener la vista fija en el papel. Al final, tuvo que aventurarse a echar una mirada. «¡Oh, Dios! No voy a poder...»

Levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo Sam se desataba la bata y, poco a poco, más tensa de lo que la había visto nunca, la iba separando y bajando un poco para mostrar, primero sus hombros, y después sus pechos.

Esos pequeños y perfectos pechos que la noche anterior la habían vuelto loca.

El rostro de la morena enrojeció notablemente, y se obligó a apartar la mirada de aquella parte de su anatomía, que casi ejercía una atracción magnética. Se dijo a sí misma que eran mucho más bonitos al natural, sin la pésima calidad de aquella webcam interfiriendo, como era natural.

Hizo amago de empezar a dibujar, primero trazando el que sería el esqueleto, pero cuando quiso mover la mano, ésta permaneció rígida e inmóvil.

No podía. Definitivamente, no iba a poder hacer aquello. Cuando volvió a alzar la mirada, primero la depositó nuevamente sobre los pechos de su amiga, y luego sobre sus ojos. Para entonces era demasiado evidente que ambas estaban tensas, nerviosas, y que se estaban forzando a pasar por aquella situación.

Y de repente, todo carecía de sentido.

Dejó el bloc de dibujo y el lápiz a un lado, sobre el escritorio, y se llevó ambas manos a la cara. La notó caliente al tacto, por lo que debía estar tan roja como un maldito tomate. Se tomó un par de segundos para calmarse, y cuando creyó ser dueña de sus palabras, se descubrió la cara.

—No puedo hacerlo —declaró, dejando escapar a continuación un largo suspiro—. Lo siento, no puedo. Es que...

Se levantó de la silla, pensó seriamente en irse, caminó un par de pasos en dirección a la puerta, y después se volvió atrás. Se quedó mirando a Sam, que nuevamente se había cubierto con la bata, y pensó la manera de explicarle lo que le ocurría. Sin embargo, cuando la miró, lo único que pudo recordar fue lo sucedido en el cuarto de baño de Steven York durante la fiesta de Halloween, y la todavía más reciente escena de la noche anterior.

Todas aquellas imágenes se agolparon en su mente, y Gwendoline Jones volvió a excitarse sexualmente, igual que la noche anterior.

Caminó, dubitativa, en dirección a la cama. Se sentó junto a Sam, bajó la vista al suelo, y habló con un hilillo de voz.

—No es lo que… lo que deseo hacer... —Y entonces buscó la mirada de ella con la suya, para luego dirigirla a sus labios.

Para entonces ya escuchaba los latidos del corazón acelerados en sus oídos, casi como si éste se le hubiera subido a la cabeza, fruto de algún tipo de magia. No había mucho más que decir.
Gwendoline Edevane
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