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End of all days. ―Laith Gauthier.

Abigail T. McDowell el Miér Oct 30, 2019 3:07 am

End of all days. ―Laith Gauthier. GKQWGPb
San Mungo, sala de reuniones  | 29/10/2019 | 19:30h | Atuendo | BSO

Llevaba maldita desde el veinte de junio del dos mil diecinueve, hacían ya cuatro meses que llevaba conviviendo con esa maldición. Había descubierto que si bien podía sobrevivir, era sin duda un malvivir. Los efectos secundarios de la maldición retenida en su brazo no tenían solución y por mucho que hubieran pasado los meses, no estaba acostumbrándose a ellos, pues eran muy arbitrarios e intensos.

Había atacado directamente a sus sentidos, apagándolos por completos en diferentes etapas. Había veces que era incapaz de ver nada, quedándose totalmente ciega, otras en donde atacaba a sus oídos y se veía aislada totalmente de todo lo que le rodeaba… E incluso había veces que ocurrían a la vez, sintiéndose aislada, vacía y sin saber qué hacer o cómo proceder. Cuando le ocurría en lugares públicos o en el trabajo lo pasaba realmente mal, pues no conocía solución posible para ello. Sin embargo, lo peor de todo no era eso: ¿alguien alguna vez se ha preguntado cómo se siente uno sin poder sentir absolutamente nada? El tacto era uno de los sentidos más infravalorados, pero sentir que nada de ti es capaz de sentir nada, te hace sentirte como si no existieses.

Para colmo, la poción que estaba creando periódicamente para su consumo tenía unos ingredientes muy complicados de conseguir―entre ellos, por ejemplo, sangre de unicornio―y no duraba tanto como para todo lo que se gastaba en ella.

Alexander, su asistente, después de intentar buscar una solución para eso, le recomendó a Laith Gauthier, un sanador especialista en pociones que había destacado precisamente por la modificación de éstas para un uso mejorado y más prolongado en el tiempo. No sabía si serviría para algo teniendo en cuenta las raíces de la maldición y la poca información sobre la poción, pero literalmente: Abigail no tenía nada que perder. De hecho, tener algo de información nueva al respecto le había hecho entusiasmarse un poco: ¿y si se le ocurría alguna mejora para la poción que pudiera mejorar su uso? ¿Y si la poción, debidamente modificada, podría ser incluso una cura?

La pelirroja nunca había destacado por ser muy optimista o ilusa, pero dada su situación estaba descubrimiento hasta nuevos sentimientos. Llevaba toda su vida quitándole las esperanzas de vida a la gente y ahora ella… intentaba buscar las suyas por alguna parte.

Decidió no abordar a Gauthier sin previo aviso, por no hablar de que no quería que se le viera en compañía de un sanador fuera de San Mungo, para evitar habladurías y rumores. Una vez supo a donde contactar con Laith Gauthier por sus facilidades buscando contactos, le mandó una carta:


Estimado señor Gauthier,

Le habla Abigail McDowell, la Ministra de Magia. Me gustaría comenzar declarándome interesada en su trabajo como pocionista, pues ha sido recomendado por uno de mis confidentes como un gran experto en la materia. He estado informándome sobre sus logros como sanador y he quedado impresionada de todo lo que ha conseguido con su corta edad como medimago.

Actualmente preciso de la ayuda de un médico con experiencia y, por lo que he podido saber de usted, vuestro abuelo también fue un gran entendido en materia de pociones, así que estoy interesada en hablar con usted para ver si puede darle solución a uno de mis problemas.

Evidentemente quiero tratar este asunto con toda la confidencialidad posible, por lo que en el caso de que acepte concertar una cita conmigo, habrá un acuerdo mágico de por medio que ha de firmar antes de hablar de ningún tema. Ser Ministra de Magia va de la mano de no poseer demasiada privacidad.

Agradecería una contestación en el menor tiempo posible. Siéntase libre de ofrecer una fecha en la que esté disponible, que yo misma me trasladaré a San Mungo para poder hablar con usted.

Saludos cordiales,
Abigail McDowell.

Mandó la carta desde su propia casa, utilizando su cuervo Corax como animal mensajero. Intentaba desvincular al Ministerio de Magia todo lo posible, para que no hubiera ningún tipo de fuga de información. Por suerte para Abigail, había sido muy cuidadosa al respecto, por lo que todo el mundo que sabía de ello había hecho o un juramento o había firmado el contrato.

Al día siguiente recibió la contestación de Laith Gauthier, citándole para el día siguiente por la tarde, después de la jornada laboral del médico. La pelirroja estuvo allí puntual, tan impoluta y elegante como siempre. Llevaba una chaqueta, pues estos cuatro meses―de verano―se había habituado a utilizar manga larga o chaquetas, puesto que la marca de su maldición estaba justo en su antebrazo izquierdo, adornando su piel junto a la marca tenebrosa.

Nada más aparecer en la recepción, la secretaria se puso firme al ver a Abigail McDowell.

―Ministra McDowell ―saludó―. ¿En qué pued…

―¿La sala de reuniones? ―preguntó antes de que pudiera terminar la frase.

―Tercera planta, final del pasillo de la izquierda.

―Muy amable ―le agradeció cordialmente, antes de girarse e ir hacia allí.

Utilizó las escaleras para subir, pues no quería tener que soportar ninguna conversación cortés en el ascensor, pues todo el mundo la conocía. Tardó unos cuatro minutos en llegar frente a la puerta y cuando su reloj marcó las siete y media en punto, tocó con los nudillos suavemente en la puerta. La puntualidad era algo que siempre había caracterizado a Abigail. Odiaba que la gente no respetase su tiempo y, por tanto, ella había aprendido a respetar al del resto cuando se trataban de cosas tan importantes.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Jue Oct 31, 2019 7:42 pm

Cuando uno recibe una carta, está tan acostumbrado a su vida que piensa en varias opciones: información innecesaria, también llamada spam mágico; alguno de sus amigos escribiéndole, invitaciones a eventos, una carta que le llegó por equivocación… Por eso es que Laith necesitó sentarse el mismo segundo que leyó la carta: “Le habla Abigail McDowell, la Ministra de Magia…”.

El sanador tenía motivos de sobra para preocuparse, pero todavía más lo escandalizó que esa mujer en persona se tomase tiempo de escribirle con su puño y letra –¿o sería reescrito?- una carta donde solicitase encontrarse con él por sus habilidades profesionales, incapaz de concebir en su mente qué podía hacer él que no pudiesen cientos de otros sanadores con más experiencia que él.

Además, ¿qué quería decir con “sus confidentes”? Laith no podía traer a su memoria a un hombre de cabello rizado con el que se había tomado unos tragos y que le había hablado muy escuetamente de sus funciones burocráticas, cuando al mismo tiempo el sanador le hizo saber sobre su profesión y, a grandes rasgos, a qué se dedicaba. Sin embargo, su apellido decía más de lo que al norteamericano en ese momento le apeteciese que dijera.

Tras meditarlo durante horas, un día más tarde se había hecho a la idea y había contestado con su búho cornudo Sheree, no sin antes haberla desteñido para darle un aspecto más profesional, ya que mágicamente era de un color rosado rojizo sobre su habitual café claro. La cita era al día siguiente, pero se arrepintió al ver a Sheree volando, pensando en que era muy poco tiempo para prepararse psicológicamente.

Después de todo… él era un traidor a la sangre. La Ministra no tenía por qué saberlo, pero era un traidor y podría ser procesado por ello, así que todo le daba miedo porque formaba parte de él mismo ponerse del lado de los menos favorecidos, ¿y si le parecía mal o algo?

Vale, no puedo, me voy y le dices que me regresé a Canadá —levantó las manos caminando a la puerta.

Estaba en la sala de empleados junto con Lindsay Lyons, su mejor amiga, preparándose mentalmente para aquel encuentro. No lo estaba llevando muy bien, permitiéndose ser presa de los nervios un momento.

Mira: si me lee los pensamientos va a saber que soy un traidor y si me mata será clemencia, ¿te imaginas que me mande a la cárcel? ¿Qué carajo voy a hacer yo en Azkaban? —no, Laith no sabía que la Ministra de Magia era legeremante. Sin embargo, eso no importaba porque en su paranoia siempre veía el peor caso posible, y ese era el peor caso que podía imaginar en ese momento.

Ella lo seguía con la mirada, viéndolo ir de aquí a ahí, dando vueltas en la habitación. Cruzada de brazos y recargada por la cadera contra la encimera de la cafetera, tenía una expresión dura e inescrutable.

¿Ya vas a parar? —preguntó escuetamente. — No tiene por qué saber tus movidas, sólo va a pedirte tu opinión profesional sobre tu trabajo, no es la gran cosa; también es humana, te recuerdo —Lindsay era una voz de la razón para un Laith que a veces dejaba caer sus papeles.

Pero… ¿y si lo descubre?

¿Vas a llegar y decir “Hola, soy Laith Gauthier, maricón y hago cosas ilegales”? —le preguntó Lindsay retóricamente.

No lo sé, ¿lo haré? —y pareció pensárselo seriamente. — Ahora tendré que cuidarme de eso porque por tu culpa lo tendré en mente y puede escaparse en el peor momento posible…

Lindsay finalmente se separó de la cafetera. Hablaban con normalidad porque la puerta tenía cerrojo y estaba insonorizada, pero igualmente le atrapó el rostro con las manos mirándolo a los ojos.

Si haces alguna tontería, te sacaré de prisión sólo para patearte y volver a meterte ahí, ¿entendido? —lo amenazó, pero luego sonrió. — Lo harás bien, sólo relájate —su tono por primera vez desde que estaban ahí dentro se suavizó, para endurecerse de inmediato: — Ahora vete y métete en esa habitación ahora porque si llegas tarde vas a dar la peor impresión posible.

Él tenía una pequeña tendencia a llegar tarde, así que inhaló profundamente y exhaló antes de obedecerla y marchar a la sala de reuniones. Cuando cruzó la puerta fuera de la sala de empleados, se recompuso por completo: sereno, equilibrado y elegante. Llevaba debajo de su brazo uno de los libros de Clark Gauthier, uno de los más generales por si necesitaba apoyo moral durante aquella visita.

Estuvo en la sala de reuniones por diez minutos antes de que oyese el sonido de la puerta. Apretó los labios, pero se relajó de nuevo para desenvainar una sonrisa y ponerse de pie. Le daba vueltas al acuerdo de confidencialidad, preguntándose qué podría ser tan importante. Consiguió dejar su mente en blanco cuando le abrió la puerta a la mujer.

Lindsay tenía razón en una cosa: era humana. Podía haber hecho cosas horribles y de cuestionable moralidad, pero era humana. En la carta había parecido cordial y atenta; tenerla ahí era la prueba irrefutable de que ella, en ese momento, necesitaba más de él que al contrario.

Por favor —le hizo un gesto hacia el interior con su palma abierta, cerrando la puerta. — Laith Gauthier, para servirle —estrechó su mano educadamente. — Es un honor tenerla aquí —le dijo, yendo detrás de ella.

La dejó primero escoger su sitio, pues era una larga mesa rectangular llena de asientos vacíos. Fue un caballero ayudándola a apartar la silla y permitiendo que se sentara. Había terminado una esquina de la mesa separándolos, de manera que no estaban del otro lado de la mesa ni demasiado cerca. La posición ideal para transmitir interés y no sobrecoger al mismo tiempo.

Me sorprendió su carta, Ministra McDowell —le confesó, sintiéndose extraño por tanta formalidad. Laith no era así de formal, pero era necesario. — Le agradezco el interés por mi profesión —fue cortés, antes que todo, pues a pesar de que su rama era muy específica, había muchos otros sanadores a los que pudo haber recurrido, pocionistas incluso.

Estaba nervioso, pero lo controlaba como un campeón, mostrándose agradable y muy seguro de sí mismo.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 31, 2019 9:52 pm

Sin tener que volver a tocar en la puerta, ésta se abrió, dejando ver a Laith Gauthier en el interior. Sólo había visto una foto de él, típica del registro del Ministerio de Magia, pero al verlo en persona su perspectiva de él cambió: era un chico que aparentaba ser bastante joven y moderno, sobre todo por los tatuajes que asomaban por el cuello y en sus manos.

Pese a que era obvio quién era, se presentó igualmente sólo por cordialidad y poder estrechar su mano.

―Abigail McDowell ―le respondió, observando el tatuaje del dorso de su mano sin comentar nada al respecto. No tenía nada en contra de los tatuajes, pero le chocaba ver a un hombre tan joven y encima tatuado trabajando en San Mungo, sobre todo porque no calzaba nada con la idea preconcebida con la que había ido a visitarle―. Gracias.

La Ministra llevaba consigo un bolso, pero además en una de sus manos tenía sujetada una maletín grueso y duro de color negro. Puso la maletín sobre la mesa justo en frente de su asiento, dejando que Gauthier presidiera la mesa. Ella sería la Ministra de Magia y en todas las reuniones en el Ministerio de Magia ella la presidía, pero en San Mungo las cosas cambiaban y por mucha categoría que tuviera políticamente, ella ahí era la invitada.

Ella, acostumbrada a formalidades todos los días, ya tenía muy interiorizado hablar de esa manera hasta a los que eran más jóvenes que ella. Que ahí en donde la veías, solo tenía treinta y ún años. Demasiado joven y con muchas cosas que hacer como para morir por una dichosa maldición.

―Llevaba tiempo buscando a un pocionista experto que pudiera aconsejarme con algunas cosas que tengo entre manos, por lo que cuando mi asistente Castlemaine le recomendó por su historial y leí sobre las grandes aportaciones de su abuelo, creí que sería una buena idea ―comentó por encima el por qué de elegirlo a él, para entonces hacer un movimiento con su mano y hacer que su maletín comenzase a abrirse mágicamente. Mientras tanto, ella continuó hablando, reposando sendos brazos tranquilamente sobre su regazo―: He hablado con varios pocionistas y otros expertos en cuanto a mi problema, pero hasta la fecha no he conseguido ninguna solución, sino más bien… pequeños parches.

La mano de la Ministra ondeó en el aire y un pergamino, escrito en perfecta letra impoluta de su propia mano, se desenrolló suavemente frente a Laith. Quedó levitando frente a él para que pudiera leer todo lo que decía.

―Me gustaría contarle el problema y mostrarle lo que tengo, pero hay cosas que van primero ―le señaló con la cabeza el pergamino que justo se abrió por completo―. Léalo con detenimiento antes de firmar, a ver si está de acuerdo. Si no, habrá sido un placer igualmente.

Ella creía que cualquier médico que se preciase, apostaría por firmar eso sólo para ver qué tenía que contar Abigail McDowell, pues había quedado claro que era un problema que por el momento no tenía solución. ¿Qué clase de científico que se preciase no tendría curiosidad por intentar ayudar a la Ministra de Magia con lo que tendría entre manos? Incluso muchos pensarían que, quizás, no era nada médico, sino solo relacionado con pociones. Y, de hecho, así era: Abigail no estaba allí para preguntar por una valoración con respecto a su maldición, sino para ver si la poción que estaba tomándose podía ser mejorada. Por lo que había leído de Gauthier, no tenía demasiada experiencia con maldiciones, por lo que había ido con esa idea descartada.

Además, suponía que si Laith había aceptado a sabiendas del contrato de confidencialidad, era porque tenía intención de firmarlo. Una pluma salió también del interior del maletín, volando lentamente hasta quedar al lado del pergamino. Cuando Laith decidiese coger la pluma, el pergamino bajaría hasta quedarse apoyado en la mesa, para que así pudiera firmar tranquilamente.
Contrato de confidencialidad
Contrato de confidencialidad representado por Abigail McDowell y por la otra parte Laith Gauthier al tenor de las declaraciones y cláusulas siguientes:

Declaraciones
1. Que han decidido transmitirse mutuamente cierta información confidencial, propiedad de cada una de ellas, relacionada con cualquier tema de conversación.
2. Que cualquiera de ellas, en virtud de la naturaleza de éste contrato, podrá constituirse como parte receptora o parte divulgante.
3. Que se reconocen mutuamente la personalidad con la que comparecen a celebrar el presente convenio y manifiestan su libre voluntad para obligarse en los términos de las siguientes:

Cláusulas
1. Las partes se obligan a no divulgar  a terceras partes, la “Información Confidencial”, que reciban de la otra, y a darle a dicha información el mismo tratamiento que le darían a la información confidencial de su propiedad.

Para efectos del presente convenio “Información Confidencial” comprende toda la información divulgada por cualesquiera de las partes ya sea en forma oral, visual, escrita, grabada en medios magnéticos o en cualquier otra forma tangible y que se encuentre claramente marcada como tal al ser entregada a la parte receptora.

2. La parte receptora se obliga a mantener de manera confidencial la “Información Confidencial” que reciba de la parte divulgante y a no darla a una tercera parte diferente de sus abogados y asesores que tengan la necesidad de conocer dicha información para los propósitos autorizados en la Cláusula Sexta de éste convenio, y quienes deberán estar de acuerdo en mantener de manera confidencial dicha información.

3. La parte receptora se obliga a no divulgar la “Información Confidencial” a terceros, sin el previo consentimiento por escrito de la parte divulgante.

4. La parte receptora se obliga a tomar las precauciones necesarias y apropiadas para mantener como confidencial la “Información Confidencial” propiedad de la otra parte, incluyendo, mas no limitando, el informar a sus empleados que la manejen, que dicha información es confidencial y que no deberá ser divulgada a terceras partes.

5. La parte receptora está de acuerdo en que la “Información Confidencial” que reciba de la otra parte es y seguirá siendo propiedad de ésta última, a usar dicha información únicamente de la manera y para los propósitos autorizados en la Cláusula Sexta de este contrato y que este instrumento no otorga, de manera expresa o implícita, derecho intelectual o de propiedad alguno, incluyendo, mas no limitando, Licencias de uso respecto de la “Información Confidencial”.

6. La vigencia del presente convenio será indefinida y permanecerá vigente hasta la muerte de alguna de las partes.

7. Las partes convienen que en caso que la parte receptora incumpla parcial o totalmente con las obligaciones a su cargo derivadas del presente contrato, será condenado automáticamente y morirá en el acto. A efectos similares, este contrato tiene el mismo efecto que un Juramento Inquebrantable.


Doña Abigail McDowell y Don Laith Gauthier.
Enterados las partes del contenido y alcance del presente contrato, lo firman a fecha de 29 de octubre del 2019.

Firmas:






Abigail aún no había firmado, pues firmaría después de él.
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Laith Gauthier el Dom Nov 03, 2019 8:22 am

Presentación innecesaria por cortesía, pues los dos sabían perfectamente quién era el otro: a quien habían ido a ver con todas las intenciones de establecer algún tipo de contacto, de ver si él era tan útil como ella esperaba que lo fuera. Era complicado, pero el sanador estaba dispuesto a darle una oportunidad a ver qué era lo que podía hacer por nadie más y nadie menos que la propia Ministra de Magia.

No iba a decir que realmente lo emocionaba tenerla ahí, pero sí despertaba su curiosidad como profesional, más allá de sus nervios comunes y comprensibles dadas las posiciones políticas de ambos.

“Castlemaine” le sonó. Recordó unos rizos en un bar, y una charla de mesa que había acabado en… no mucho en verdad. Comenzaba a entretejer todas las piezas para poder conseguir una visión panorámica, antes de entrometerse al asunto, no sin antes revisar el acuerdo de confidencialidad previo.

Por supuesto —contestó.

Sacó del interior de su bata blanca sus gafas y las colocó sobre su rostro para empezar una minuciosa lectura al respecto. Dentro de Laith se libraba una batalla: la de su espíritu profesionista, queriendo tener entre sus manos un misterio médico, y el de su propia preservación, en el que no quería morir por meterse a la boca del lobo.

En principio no parecía nada extraño. Como cualquier acuerdo de confidencialidad: repetitivo y aburrido, subrayando de cuarenta formas distintas cómo NO debería divulgar la información obtenida mediante aquellas conversaciones. El final, como adivinó, terminaba con la muerte de uno si se rompía el contrato ilegalmente.

Tras leerlo dos veces, aclaró la garganta: — ¿Es válido asumir que en el caso de que, hipotéticamente, este… estudio particular desencadene un nuevo método médico, está exento de la cláusula de confidencialidad? —le preguntó, muy en serio. — Por supuesto, sin citar información de ningún tipo sobre este evento.

No estaba seguro de dedicarle su tiempo y esfuerzo a un asunto que iba a beneficiar a una única persona. Que estaba bien, formaba parte de su juramento, pero… era difícil que Laith tuviese que quedarse al margen en caso de conseguir una innovación de no hacer nada al respecto y mantenerlo en las sombras porque lo había hecho para una persona que le hizo jurar con su vida no echar luz en lo absoluto sobre ese tema.

Una vez aclarado el panorama, el sanador inhaló despacio pero profundamente y liberó el aire por la boca. Es decir, nunca era sencillo firmar algo con su vida. Había terminado por tomar la pluma con su zurda y realizar su firma en el pergamino cuando este se depositó en frente de él. Sintió que le tembló el pulso en el último garabato.

Pluma y pergamino volaron hacia la Ministra mientras el sanador volvía a quitarse las gafas para mirar a la mujer.

Creo que podemos comenzar, ahora que todo está estipulado —dijo, con paciencia, pero intrigado al mismo tiempo. — ¿Le molesta que tome notas mientras habla? —pues era muy importante para su propia retroalimentación, visualizando lo que sea que quisiera darle a entender con mayor retención.

De serle permitido, conseguiría un block de notas al final de sus cosas y un bolígrafo. De no ser así, entonces se limitaría a servir de oyente y tratar de cazar las palabras clave mentalmente, todo en beneficio de su propio análisis.

¿Qué es lo que le aqueja? —preguntó finalmente, permitiendo que empezase a contarle todo lo que estaba sucediendo y que la había llevado a tener que buscar a alguien que resolviera su problema.
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Abigail T. McDowell el Lun Nov 04, 2019 4:09 am

Esperó pacientemente a que Laith terminase de leer el acuerdo de confidencialidad, mientras ella organizaba las cosas dentro del maletín que había llevado.

En el interior habían varias cosas.  En primer lugar una réplica del colgante que tenía puesto con el mismo encantamiento protector contra la maldición, el cual ayudaba a la no propagación de la misma. En segundo lugar dos pequeños botes con una esencia líquida y espesa de color rojo carmesí, con brillos plateados, que era la poción que se estaba tomando para ganarle terreno a la maldición. En tercer lugar y no menos importantes, sobre todo para el médico, era un informe de apuntes de todo lo que había descubierto sobre la maldición, así como los efectos adversos y las mejoras que había ido consiguiendo con encantamientos y pociones.

El encantamiento y la poción eran las dos soluciones que había encontrado de manera esporádica, pues ninguna le daba una solución efectiva, sino más bien la oportunidad de sobrevivir hasta dar con la manera de vencerla. Se había dado cuenta de que utilizando ambas cosas, no tenía que abusar tanto de la poción y, por tanto, ni dedicarse a hacer tanto―pues los ingredientes eran difíciles de conseguir y de procesar―y sobre todo porque era una poción peliaguda para la constante toma de un ser humano. Por otra parte, el solo uso del encantamiento hacía que muchas de los efectos secundarios fuesen demasiado prolongados en el tiempo y tuviera ataques mucho más fuertes.

Al final, se había tenido que resignar y usar ambos métodos, pues solo usar uno de ellos le quitaba efectividad y se notaba muy limitada en su día a día.

Ante su pregunta, la pelirroja elevó la cabeza y bajó la tapa del maletín.

―Sí ―le respondió―, si consigue dar un paso al frente con todo esto, los avances que consiga podrán ser reconocidos abiertamente, aunque no podrá dar parte del estudio. ―Abigail no tenía intención de frenar la mejora médica, de hecho ahora mismo estaba invirtiendo en ello: lo único que quería es que su caso se llevase con discreción.

Cuando el sanador firmó, Abigail reconoció la incomodidad: no la había visto por primera vez en la cara de Gauthier: a nadie le gustaba firmar con la posible muerte. Sin embargo, para la Ministra no fue nada detonante, pues entendía perfectamente que las personas tuvieran miedo a morir. Ella, después de lo que le estaba pasando, estaba desgraciadamente demasiado cerca de la muerte y por mucho que se obligase a tener esperanza, era complicado, por lo que entendía ese temor más que nadie.

Firmó con su perfecta y elegante firma y, automáticamente, el pergamino se enrolló sobre la pluma, sellándose mágicamente antes de guardarse en el maletín.

―En absoluto. ―Se ahorró el ser tiquismiquis: entendía que Laith Gauthier era lo suficientemente inteligente como para ser consciente de que esas notas no debían de perderse nunca.

Una vez los formalismos claros y firmados, Abigail giró el maletín en aquella gran mesa, pero no lo abrió todavía. Podría ser breve: darle la poción, que la estudiara y que viese si podía hacer algo con ella cómo mejorar sus efectos. Sin embargo, la pelirroja era consciente del campo de cada experto: Gauthier sabría perfectamente para qué era una poción así desde que la estudiara y prefería ir con la verdad por delante y contar su propia experiencia.

Total, ya había firmado el contrato, ergo todo lo que tenía allí lo iba a terminar sabiendo de una manera u otra, pues por algo contaba con su ayuda.

―Hace… unos cuatro meses me vi afectada por un objeto maldito cuya procedencia desconozco ―le dijo claramente, sin demasiada vaselina en introducir el tema―. He contactado con los mejores expertos en Inglaterra en maldiciones y objetos malditos y ninguno ha sido capaz de decirme qué maldición es o cómo revertir sus efectos, por lo que he tenido que sobrevivir con remedios sólo evitan mi muerte, pero no me salvan de ella. ―Entonces el maletín se abrió y Abigail, que evidentemente no le hacía gracia el tema, siguió hablando con seriedad―: Actualmente utilizo dos métodos para evitar que la maldición se propague, pues si no ya estaría muerta: un encantamiento proyector… ―Se llevó la mano al colgante antiguo, de estilo medio gótico, que se sacó del interior de la camisa―. Y, además, tomo una poción para los efectos secundarios.

Por cómo había tocado el tema anteriormente con otros expertos, sabía que era un poco complicado eso de encajar una maldición desconocida y, para colmo, que fuese la Ministra de Magia quién estuviese sufriéndola. Abigail se mostró abierta a que Gauthier pudiese coger lo que quisiera del maletín.

―Mi interés en su trabajo es ver si ve que la poción que utilizo es óptima en su uso o podría mejorarse en cualquier sentido ―dijo directa―. Sin embargo, como mis conocimientos médicos son más bien nulos y ya ha firmado el contrato, no pierdo nada por preguntar su opinión al respecto con… todo lo que tengo. ―Eso último casi sonó gracioso o, más concretamente, sonó como lo más gracioso que había salido de la boca de Abigail el tiempo que llevaba ahí. De hecho, más que diversión se podía notar resignación.
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Laith Gauthier el Jue Nov 07, 2019 7:54 am

Una vez resuelta su única duda acerca el acuerdo, Laith resolvió con firmar. No creyó que se le notasen los nervios y, de hacerlo, la verdad no le importó: no estaba haciendo otra cosa que firmar jurando con su vida que la información clasificada permanecería secreta hasta el día de su muerte. Si bien se decía poco… era un asunto muy turbio del que siempre era preferible salir bien parado. De alguien haberle dicho dos días atrás que firmaría algo así con la Ministra de Magia, no les habría creído.

Vio cómo el pergamino se plegó en sí mismo junto con la pluma hasta guardarse en el maletín. Por un momento fue como ver su libertad meterse en una prisión de cuero. Suerte fue que no le costó retomar su profesionalidad y se dispuso a ultimar detalles para comenzar con aquella conversación.

Cuaderno en frente y bolígrafo en mano, comenzaron con la parte realmente importante de su encuentro. La Ministra fue clara con él, y Laith empezó a hacer notas apresuradas sin ver el cuaderno: “Objeto maldito”, y una anotación, un símbolo que sólo él sabía el significado, que era “abierto a revisión”, para hacerse saber que quería investigar qué tipo de objeto era.

Pese a lo que oyo… no lo sorprendió. Es decir… él, como todos, sabía que la Ministra de Magia no estaba exenta de enemigos. Más bien, todo lo contrario, y no le extrañaba saber que alguien había intentado matarla de aquella manera. Porque, hasta donde él se imaginaba, todo estaba planificado y no había sido accidental.

Lo primero que tomó del maletín, hecho el silencio, fue el informe. Pasó las hojas leyendo por encima, parecía estar buscando algo, y con lo que descubría complementaba sus propias anotaciones. Quería saber con cuánta información estaba contando que no necesitase preguntar. Luego tomó uno de los frascos, dejando el informe dentro, pero para eso se enguantó. El aroma que emanó le permitió –o al menos creyó- identificar un par de ingredientes, pero también olía a veneno y a muerte. El mero olor le hizo sentir que los vellos de la nuca se le erizaban.

Entonces le puso la tapa de nuevo.

Estoy seguro que muchas de mis preguntas están aquí —en el informe, — que revisaré minuciosamente en breve… Pero me gustaría escuchar a grandes rasgos qué está provocando esta maldición, qué consiguen la poción y el encantamiento y qué es lo que espera de la poción —su mano izquierda, sin quitarse el guante, había vuelto a tomar el bolígrafo e hizo un gráfico rápido pero intuitivo: un “el problema”, “lo que tengo” y “lo que espero”, con el propósito de organizar las ideas y proponerse un objetivo cuando empezase a investigar en detalle.

No estaba haciendo falsas promesas, pero… era más fácil intentar responder a las expectativas de Abigail McDowell que empezar a realizar conjeturas por su propia cuenta. Mejorar una poción nunca era cosa sencilla, y menos cuando era no sólo una poción delicada sino también tenía efectos todavía más delicados, con ingredientes muy difíciles de conseguir.

Con una lista de prioridades, tendría algo sólido con lo que partir al momento de empezar sus investigaciones.

Mi opinión —la profesional, pues la personal no importaba, — es que las maldiciones son una materia que tomar con pinzas, y también todo lo que representa; sus efectos, sus curas o sus parches —admitió estar frente a un problema grande. — Lo que respecta a la poción… es también un proceso muy delicado, y lo que es peor: este tipo de poción no es objetiva —levantó las cejas en un gesto por un momento frustrado. — Lo que quiero decir es que, incluso suponiendo que logre por mi cuenta mejorarla… No puedo prometer sus efectos y no puedo decir que no podría ser todavía más perjudicial, pues fluctúa respecto a la maldición que está tratando —entrelazó sólo las puntas de sus dedos. — Incluso con mis pruebas de seguridad, no estaría trabajando con nada ni nadie que tenga la maldición y no podría ver sus efectos reales hasta que llegue a sus manos —resumió lo que quería decir.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Miér Nov 13, 2019 2:55 am

Podría esperar a que Gauthier se leyese con tranquilidad el informe antes de poder tener esa charla, pero realmente no era lo que esperaba de esa cita con el médico. Abigail estaba bastante informada al respecto―pues la estaba matando y quería ser consciente de que la estaba matando―, por lo que podría informarle con lo suficiente como para mantener un intercambio de opiniones. Ya, para cosas más técnicas, tenía el informe delante.

La pelirroja entonces se levantó de la silla y se quitó la chaqueta que tenía, colocándola sobre la mesa con cuidado antes de volver a sentarse. Llevaba una camiseta holgada, blanca y de manga hueca debajo, por lo que sus brazos desnudos con su piel suave y pálida estaban al descubierto. Se podía ver perfectamente en el antebrazo izquierdo la marca tenebrosa, mientras que en la derecha se veía justo en el centro del antebrazo lo que podía parecer un pinchazo negro, de cuyo centro salía para todos lados, envenenando sus venas de color negro, unos hilillos que podían verse a través de su pálida piel. Dichos hilillos de color negro iban teniendo cada vez menos fuerzas, liberando de nuevo sus venas, como si su avance estuviese siendo retenido.

―Principalmente consigue dejarme exhausta en cuestión de horas. ―Abigail había dejado de poder entrenar con la frecuencia en la que lo hacía y para poder mantener un ritmo decente en el Ministerio de Magia tenía que sacrificar muchas horas descansando en casa―. Además, afecta directamente a mis sentidos. De manera totalmente arbitraria ataca a mi visión, a mi capacidad auditiva, a mi olfato, al gusto… o incluso al tacto. He llegado a no sentir nada y… ―Unió las yemas de los dedos de sus propias manos, rozándolas entre ellas en una sensación casi que apreciaba―. Uno siempre le da más valor a la audición o a la visión, pero porque nadie nunca ha sentido lo frustrante que es no sentir nada con absolutamente ningún centímetro de tu piel ―reflexionó, de manera un poco más apesadumbrada, antes de volver a dirigir la mirada al médico. Nadie entendería lo que era sentirse realmente muerto hasta que sentía algo así―. A veces dejo de ver, a veces dejo de oír… A veces las dos cosas a la vez.

Pese a que era muy evidente el estado de vulnerabilidad al que se estaba enfrentando McDowell en su día a día, teniendo en cuenta la batalla campal que se estaba todavía librando en Londres entre fugitivos y la nueva orden, la Ministra de Magia no se quiso mostrar débil. Hablaba de la debilidad más obvia, pero con serenidad, como si realmente no le importase.

Evidentemente le importaba mucho y no le gustaba hablar de ello: contarle a las personas que estaba en el mejor momento para crear un ataque contra ella y matarla no era algo que le gustase, pero tenía que buscar soluciones a sus problemas y, aunque no le gustase, confiar en ciertas personas.

―El encantamiento consigue frenar la maldición ―continuó explicando, haciendo una pequeña pausa―: Ha sido un encantamiento desarrollado a partir del que se utiliza para proteger los accesorios con los cuáles se manipula objetos malditos, de tal manera que esta maldición queda “encarcelada” en donde comenzó. El encantamiento igualmente se debilita frente al choque con la maldición, por lo que cada día ha de volverse a hacer. ―Volvió a hacer otra pausa, señalando con la cabeza la poción―. La poción lo que hace es… mantenerme. Consigue evitar los ataques y que los efectos secundarios no sean tan prolongados.

La opinión del sanador fue acogida con objetividad por McDowell, siendo consciente que, como muchos otros, no sería una visión con demasiado positivismo dadas las circunstancias tan turbias que vivía la pelirroja.

Estaba empezando a pensar que la solución no iba a ser ningún encantamiento prodigioso ni ninguna poción extraordinaria, pero también estaba comenzando a sopesar la posibilidad de que realmente aquello no tuviera solución alguna y la simple idea de ir matándose poco a poco la verdad es que la estaba volviendo un poco loca. Obviamente no lo reflejaba de cara a nadie por pura fortaleza, pero no le estaba sentado nada bien esa situación que estaba viviendo y lidiar con todo ello ella sola, pese a que creía estar preparada para enfrentarlo todo en soledad, le quedaba muy grande.

―Me arriesgaré ―le respondió―. No conozco a nadie que esté sufriendo por lo mismo que yo, así que soy la única rata de laboratorio en el cual probar.

Sí, Abigail era una desalmada: había intentado contagiar a otra persona con la que poder hacer experimentos, pero no había podido. No había podido sacar aquello de su cuerpo ni contagiar a otra persona con ello: daba igual cuánto tocases, aquello estaba bien impregnado en ella. Fue ella quién firmó la creación del Área-M, ¿qué esperábais?

―Evidentemente cualquier tipo de progreso que crea que pueda ser beneficioso para mi caso, será consultado con mi pocionista de confianza. El acuerdo de confidencialidad protege mi vida, pero toda precaución es poca en un país en donde medio mundo mágico quiere matarme ―confesó con naturalidad, haciendo gala de un humor negro que solía caracterizarla―. Cualquier mejoría en la poción deberá ser tratada previamente con mi contacto. Los ingredientes de dicha mezcla son extremadamente caros y complicados de conseguir, por lo que sí va a enfrascarse en un estudio, yo le proporcionaré todo lo necesario.

No lo había escrito en el acuerdo de confidencialidad, pero Abigail tenía bastante claro que la persona que descubriese aunque sea una mejoría para que su calidad de vida fuese un poquito mejor, iba a ser generosamente recompensado. Sin embargo, nunca hablaba del dinero: sabía que era un buen aliciente, pero no quería a personas que mirasen por el dinero, sino a los mejores que se enfrascasen por pasión y por interés. No quería chapuzas, sino trabajo realmente útil.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Sáb Nov 16, 2019 12:23 am

No estaban ahí para desperdiciar el tiempo del otro, así que Laith saltó directamente a lo que quería saber y no a lo que podría descubrir con una minuciosa lectura al informe médico. Con eso establecido, permaneció calmo y profesional mientras la miraba quitarse la chaqueta. Evidentemente, lo primero que llamó su atención fue la marca tenebrosa; le parecía un diseño estiloso como tatuaje, pero todo lo que representaba era desagradable y malvado. Lo ignoró rápidamente, prestando atención a lo que los llamaba a esa cita.

Vio en la blanca piel de la mujer aquella marca que se extendía por sus venas, siguiendo el hilo de su torrente sanguíneo. No se parecía a nada que hubiera visto hasta el momento, o nada que pudiese traer a su memoria en ese preciso instante. No sólo eso, sino que la sintomatología que le explicaba era muy inusual. Tomaba nota de todo, pensativo.

Existe un desorden que inhibe parcial o totalmente la sensibilidad; muchos creen que es una panacea, pero en realidad… La verdad, es que es peligroso porque uno no es capaz de percibir que hay algo mal ni externa ni internamente; en ese caso, no creo que lo ignore, pero recomendaría encarecidamente que durante esos periodos hubiese chequeos generales para ver que todo esté bien —no pudo evitar callarse el instinto médico por encima de todo. Le despertaba en cuanto una persona cruzaba su puerta y pedía su opinión, aunque no estuviese directamente relacionado con el problema que trataban.

No podía evitar empatizar; había empezado a ignorar quién era la mujer que tenía delante y concentrarse en los hechos: era una persona que necesitaba ayuda, independientemente de quién fuera o qué hiciera. Adivinaba que debajo de esa faceta calmada e imperturbable había frustración y angustia.

Cuando oyó sobre el encantamiento, que era de nueva creación, volvió a tomar el informe y buscó en éste información al respecto. Podía ser una variación, pero también era algo muy importante que no iba a pasar inadvertido, si bien no formaba parte de lo que se le estaba requiriendo, que era la poción en sí misma. Cuando la encontró, hizo otra anotación en su propio cuaderno y lo dejó. Le gustaba saber con qué contaba.

La informó como pudo: no podría prometer sus resultados hasta el momento en que lo corroboraran en ella misma. Y comprendió perfectamente su postura de usar a su pocionista de confianza como mediador, pues él con facilidad podría realmente envenenar una poción y dársela a beber. No es que fuera a hacerlo, pero su paranoia le dejaba ver ese tipo de escenarios muy fácilmente.

Por supuesto —respondió, sin ofenderse ni nada tonto. Era objetivo y profesional. — Tengo que ver detalladamente cada uno de los ingredientes antes de sacar conclusiones, pero creo, mas no aseguro, que podría intentar hacer algo para contrarrestar la debilidad —la informó sobre sus planes a más corto plazo. — Los ingredientes y su relación entre ellos y con posibles mejoras me dirán qué otras cosas podría intentar, pero desde el vamos… es complicado —en especial porque apostaba que estaban usando ingredientes con poca información de respaldo.

No se sentía optimista con la odisea que estaban pidiéndole emprender. De hecho: todo lo contrario. Pensaba que todo lo que pudiera salir mal, saldría mal. No porque quisiera que saliera mal, sino porque era demasiado grande y le preocupaba que se le saliera un poco de las manos. Sin embargo, su orgullo y su amor por su trabajo le negaban el rechazar sin siquiera intentarlo.

Lo cierto era que no pensaba en las recompensas. No pensaba en fortunas, ni en los regalos, ni en el reconocimiento. Lo suyo era, como muchas veces, puro amor al arte. La ambición monetaria no lo movía en lo más mínimo: la plata era importante, pero se consideraba un humilde al respecto.

No puedo ofrecer más que mi entera disposición para investigar el caso y tratar de conseguir un resultado; si eso le basta, cuente conmigo —le dijo, realista.

Se preguntó cuántas personas habrían jurado milagros con tal de trabajar para la Ministra de Magia. También cuántas se habrían reconocido humanas, como él, y no dioses a la hora de trabajar con ingredientes difíciles y volubles. Para Laith, su reputación y la herencia de su abuelo hablaba alto, pero no sabía si eso bastaría.

Procedió a recargarse contra el respaldo de su silla en una postura distendida y relajada. — En el caso de que acceda a trabajar conmigo, yo también tengo mis… condiciones —la informó: — requeriría un estudio profundo y minucioso sobre su estado para saber cómo está actuando la maldición y ver de qué forma se puede contrarrestar sus efectos, lo que se repetiría cada vez que haya un cambio importante en su salud; si llegase a identificar una raíz o un punto de partida, por mínimo que sea, podría ser información contundente a la hora de trabajar con la poción —le explicó.

Si creía que iba a pedirle una remuneración, en especial por adelantado, se estaba equivocando. Lo que él quería era toda la información que pudiese recolectar que le facilitase mínimamente todo el arduo y complejo trabajo que tendría que hacer.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 19, 2019 4:21 am

La observación médica con respecto a no poder percibir nada cuando estaba totalmente inhibido el tacto fue de agradecer, pero se le hacía imposible poder acatar su recomendación. Los ataques que tenía venían en los momentos que menos se esperaba y venía acompañado de un malestar general, así como de una pérdida de energía muy grande.

―Normalmente los ataques que apagan mis sentidos suelen venir acompañados de cansancio y una pérdida repentina de fuerzas, por lo que no soy capaz de ir a San Mungo para chequear que todo está bien ―le respondió con seriedad―. Mis máximas aportaciones para conservar la vida en ese momento es intentar caer en un lugar que no sea duro e intentar mantener el equilibrio. ―Eso sonó muy sarcástico, pero era la cruda realidad―. La poción hace que dichos ataques sean más suaves, pero cuando estoy estresada, nerviosa o inquieta suele ocurrir igualmente con mayor intensidad. Supongo que al tener las defensas bajas, la maldición aprovecha y ataca. Evidentemente he dejado de hacer ejercicio porque me era imposible.

Hablaba con tanta serenidad y una cara de póquer que era complicado identificar si estaba afectada por todo eso o no. Evidentemente lo estaba y, en ocasiones, se le podía llegar a notar, sin embargo, una de sus muchas virtudes a lo largo de tantos años es que era perfecta intentando mostrarse tal cual no se sentía. Esa máscara que tenía ahora mismo no le costaba nada mantenerla.

Su actitud frente a la obviedad de tener que trabajar con alguien de confianza para Abigail, fue más que bien recibida. Era cierto que había un contrato de por medio, pero literalmente la pelirroja podía confiar en tantas personas como dedos tenía en una mano.

―Si está libre después de la reunión le puedo llevar a donde mi contacto tiene su laboratorio de pociones, es en el Callejón Diagón. Podrá ir y trabajar independientemente de él, así como tener acceso a los ingredientes ―le ofreció, pero como desconocía si luego de esa cita seguiría de turno en el hospital, añadió―: Sino en cualquier momento le puedo acompañar.

Abigail prefería estar presente cuando Silvanus Gates y él se conocieran, pues siempre le había gustado leer a las personas y creía que en ese tipo de situaciones podía descubrir ciertos aspectos de Gauthier. No es que no confiase en él―que no―, pero le gustaba tener a sus “aliados” vigilados. Al menos todo lo que podía. Además, también era consciente de lo complicado que podía ser Silas, ergo prefería estar en el primer contacto solo para asegurarse de que Gates guardaba las apariencias.

Frente a su promesa, la Ministra ladeó una sonrisa que, lejos de mostrar felicidad, sí mostraba gratitud.

―Me habían hablado bien de usted, así que es lo que me esperaba ―le confesó con sinceridad. Había ido ahí precisamente para eso: no era tan necia como para creer que cualquiera podía tener la solución.

Correcto y educado, él también quiso poner sus condiciones: le pareció más que aceptable. Cualquier persona ambiciosa por dinero en ese momento añadiría ese pequeño detalle, pues por mucho que fuera la Ministra de Magia estaría invirtiendo muchas horas en desarrollar algo nuevo y, por tanto, eso debía de ser recompensado y Abigail lo sabía a la perfección. Sin embargo, no fue nada relacionado con dinero y eso le sorprendió, pues era más bien una exigencia médica: tener entera disposición a cada uno de los cambios en el estado de la chica.

Le pareció perfectamente aceptable; a fin de cuentas tenía que ver con su salud.

―¿Pero quiere hacerlo usted mismo? ¿Desde cero? ―preguntó, sin que eso le hubiera quedado del todo claro. Le daba igual si así lo quería, siempre había pensado que empezar de cero los proyectos y los estudios nunca eran mala idea, además de que lo suyo no podría llamarse "estudio"―. A día de hoy tengo un… diario en donde apunto las cosas que me ocurren, su intensidad y la frecuencia. Intenté averiguar si había algún tipo de patrón, si ocurría siempre cada el mismo tiempo o si había algún factor detonante, pero de haberlo, aún no lo he descubierto ―le contó, apoyándose en el respaldar de la misma forma de él, con comodidad―. Lo único que he averiguado es lo que le he dicho: los ataques son más recurrentes y más intensos cuando estoy tensa, nerviosa o cansada. Se puede imaginar que, siendo la Ministra de Magia, estar tensa y cansada es algo de mi día a día.

Todavía no tenía muy claro cómo había lidiado con todo eso sin que fuera noticia nacional, pero gracias a Merlín, de esas cinco personas en las que podía confiar, estaban en un círculo cercano que le ayudaban a lidiar con todo eso.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Vie Nov 22, 2019 9:33 am

El sanador tomó nota de lo que Abigail le iba diciendo. Todos los síntomas, lo que ella había notado que sucedía, todo lo que él podría requerir al corto plazo. Quería darle el mejor tratamiento ya no en su encargo, sino también como médico sanador, por lo que tenía que hacer de todo aquello una propuesta de plan salubre que mostrarle a la mujer la próxima vez que se vieran.

Que la Ministra demostrase o no lo que sentía parecía serle indiferente. Si no la afectaba, Laith se sentía comprometido en su gran empatía, sintiendo el pesar que ella debía estar sintiendo. Algo le decía que no podía ser tan fría con su propia salud, aunque a él no se lo demostrase, ¿estar con riesgo de muerte por una maldición que debilita tanto al cuerpo que ha condenado? Tenía que ser desagradable, como poco, al menos aterrador.

Le confirmaré mi disponibilidad en cuanto terminemos nuestra reunión —notificó con un tono relajado. No iba a descuidar su trabajo por un encargo ni siquiera de la propia Ministra de Magia, así que revisaría que todo estuviese bien para poder ausentarse al menos a comprobar las instalaciones del laboratorio y conocer al contacto de la señorita McDowell.

No iba a empezar a trabajar de inmediato; más bien, estaba intuyendo noches sin dormir para poder comenzar a organizar toda su información para comenzar. Tenía un riguroso sistema para conseguir sus objetivos profesionales que no iba a saltarse por nada del mundo, en especial porque era un tema sumamente delicado donde cualquier error podría ser garrafal.

Fue completamente honesto con ella, mostrándose transparente. No iba a prometer milagros, pero sí su dedicación y su disposición a levantarse las mangas y acodarse en un escritorio para conseguir ideas, y más tarde ponerse frente a un caldero a llevarlas a cabo. El resultado de las mismas era otro asunto completamente distinto que, si bien importante, estaba fuera de sus manos.

Puso entonces sus condiciones, ya que no estaba dispuesto a caminar a ciegas ningún camino que pudiese ya no sólo marcar su reputación sino poner en riesgo su vida. Exigencias médicas, antes que cualquier otra cosa.

Me va a perdonar que lo diga, pero creo que estamos de acuerdo en que las cosas salen mejor cuando las hace uno mismo —aclaró, afirmando querer a su disposición pruebas médicas realizadas por sí mismo y notificación de todos los cambios que se produjesen para llevar un riguroso control al respecto.

Más anotaciones. Ya iba en la siguiente página, sin más acceso en blanco para seguir en la anterior.

Tiene sentido, el estrés debilita el cuerpo y actualmente no se encuentra con energía de sobra para contrarrestar la maldición —obvió, aunque su tono permaneció sereno, sin mostrar ningún tipo de superioridad. — Es difícil, mas debe priorizarse el descanso para darle al cuerpo las mejores herramientas posibles —la aconsejó, y miró su cuaderno un momento. — Me serviría dar un vistazo a ese diario, pero… muchas de las cosas que creo serán reveladoras no pueden verse a simple vista: son a un nivel químico y biológico dentro del cuerpo que no siempre es latente.

Todavía no se daba cuenta, pero iba a arrepentirse de ponerse tanto peso en los hombros cuando se enfrascase en la tarea. Porque sin siquiera empezar ya estaba enumerando una larga lista de cosas que hacer, algunas más complicadas que otras, todas igual de importantes que merecían un nivel absoluto de atención y cuidado.

Empezaré lo antes posible y le traeré actualizaciones tan pronto consiga alguna; preferiría esperar a tener algo que notificar en lugar de mantenerle al corriente de lo que se hace —le dio su opinión, pero luego mostró que su brazo podía torcerse: — a menos que considere que es necesario; me manejaré como mejor le convenga —expuso su flexibilidad para manejar su trabajo al gusto de la Ministra.

Por supuesto, antes de él comenzar con todo necesitaba los estudios que había pedido con anterioridad, así que, por lo menos en principio, iba a requerir de la colaboración de la Ministra para poder empezar con sus deberes. Dudaba que tuviese algo que objetar, considerando su situación de necesidad de ayuda.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 26, 2019 1:09 am

Su intención no era que Gauthier dejase su puesto de trabajo para ir a conocer a su contacto, sino que si estaba libre―porque su horario laboral había terminado―, aprovechar el tiempo. Evidentemente entendería que si todavía estaba en su jornada, rechazase la oferta. Ya le parecería sorprendente que hubiese parado de trabajar para quedar con ella, pues lo lógico sería hacerlo después y no estorbar. En parte por eso le había dicho que él pusiera día y hora, a mejor conveniencia.

Asintió con la cabeza, afirmando su reflexión.

―Opino exactamente igual.

Por norma general, en toda su vida, Abigail había tenido un horario de sueño bastante normal: ni mucho, ni poco. Solía dormir de ocho a nueve horas, sobre todo desde que había conseguido el puesto de Ministra de Magia, ya que sus horarios eran en ocasiones bastante catastróficos y quería notarse descansada.

Desde que tiene la maldición, duerme hasta casi doce horas por lo exhausta que se queda y, pese a eso, no siente en absoluto que esté lo suficientemente descansada para poder soportar ningún ataque. Además, por muy relajada que esté, la mínima alteración favorece los ataques y… tampoco podía calmarse de más porque estar excesivamente relajada lo que hacía era que sus defensas estuviese en excesiva tranquilidad como para evitar un ataque.

Entonces, ¿cuál era la dichosa solución?

―Podrá leerlo igualmente ―contempló, antes de continuar―: De todas maneras, estoy totalmente dispuesta a hacerme las pruebas que sean, cuando sean. Todo lo que pueda aportar y servir de ayuda… ―Dejó la frase en el aire, dando a entender que estaba dispuesta a todas esas cosas.

La verdad es que teniendo en cuenta que Abigail no tenía ni idea sobre este tipo de cosas, ni de investigación, ni de medicina, no iba a poner en evidencia ni cuestionar lo que pudiera hacer falta para poder mejorar su condición. Si hacía falta seguir un estudio exhaustivo de los efectos adversos de la maldición―lo cual tenía todo el sentido―, lo haría. Como si tenía que ir todos los días a San Mungo después de salir del Ministerio de Magia.

―No es necesario que me ponga al día de cada mínimo paso que haga ―respondió, entendiendo que se refería a eso―. Ya lidio con bastantes banalidades al día como para añadir una más a la lista que pueda no ser nada relevante. ―Habló con total sinceridad, pues eso de hacerse ilusiones tampoco iba demasiado con ella. Entonces se acercó de nuevo a su maleta, sacando del interior un bolígrafo muggle. Se lo tendió a Laith. Se podía ver que era un bolígrafo que tenía parte trasera que presionar para que saliera la punta, pero a su vez tenía un mecanismo de rotación por la que también podía salir la punta―. Teniendo en cuenta que el correo mediante lechuza no es el más seguro que hay y no me gustaría que hubiera fugas, ese bolígrafo podrá hacer que pueda contactarme inmediatamente. ―Abigail presionó la parte trasera y salió la punta, pero no pasó nada más. Entonces lo giró y fue cuando uno de los anillos que llevaba puesto se iluminó varias veces de un color rojizo. El rojo correspondía ahora a Gauthier, mientras que el verde era para Silas Gates―. Cuando reciba la señal, podré ir directamente a donde establezcamos. Supongo que el estudio en donde también trabaja mi contacto será un buen lugar en donde hablar de todo esto.

Le tendió entonces el bolígrafo al médico para que se lo guardase y lo utilizara en caso de ser necesario.

―¿Quieres que concertemos ya las citas para ese estudio? ―preguntó entonces.

Pese a que quería estar cien por cien dispuesta para lo que fuese en relación con su maldición y su estudio, sus responsabilidades como Ministra de Magia eran muy, muy grandes, por lo que aunque priorizara eso por encima de lo otro, necesitaba tener clara su agenda.
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Laith Gauthier el Vie Nov 29, 2019 9:46 am

Tenía un horario de trabajo un poco loco, y lo tenía por voluntad propia. Laith Gauthier era el sanador que doblaba turnos y los acomodaba a su mejor conveniencia, y, sorpresa: su mejor conveniencia siempre era estar ocupado trabajando incluso más horas de las que le correspondían. No por un mejor salario, sino porque amaba su trabajo y no lidiaba muy bien con la idea de dejar a sus pacientes en manos de otros. No porque sus compañeros fueran incapaces, sino porque sentía una responsabilidad profesional y personal con todos sus pacientes.

Por eso mismo es que le hizo saber a la señorita McDowell que quería hacer personalmente todos sus estudios, bajo la reflexión de que uno mismo siempre hacía un mejor trabajo que sus colegas. La mujer estaba dispuesta a hacer todas las pruebas que él considerase pertinentes, y, en el fondo, le gustó esa cooperación.

Era un secreto profesional, pero lo disgustaban profundamente los pacientes que incluso sabiendo su delicado estado se tomaban la libertad de saltarse exámenes, revisiones, procedimientos y hasta medicaciones.

Por lo menos se entendían en las partes más importantes de aquella misión. No rechazaría ninguna prueba médica y él no tenía que informarla de cada poción que destapara, sino de los hechos. Eso hacía mucho más cómodo su trabajo; más fácil, lo dudaba. Al menos lo haría tener su investigación en su terreno de juego, y eso siempre ayudaba a la moral, en especial cuando las cosas se pusieran turbias.

La comunicación podría ser un problema, así que miró la idea que ella tenía en un bolígrafo. Parecía no ser la gran cosa, pero tenía escondido un mecanismo secreto para poder comunicarse con ella y que se dirigiera hacia donde lo acordaran. Asintió con la cabeza, de acuerdo con que el lugar de su contacto –que era donde haría la mayor parte de su trabajo- fuese el punto de encuentro en el futuro.

Ese lugar parece ser el más adecuado para encontrarnos y hablar —accedió también verbalmente, cuestión de no dejar lugar a dudas.

Exhaló silenciosa pero profundamente al oírla preguntar sobre las citas para el estudio. Buscó una hoja nueva, por la mitad de su cuaderno, y cerró los ojos durante unos segundos antes de abrirlos y empezar a escribir una serie de números. Si uno se fijaba detalladamente, estaba escribiendo fechas y horas, todos compromisos futuros y un pronóstico de su jornada laboral.

Procedió a acordar con ella las citas; una serie de citas tendrían que hacerse lo más pronto posible para él tener una base sólida desde la que partir, así que las seleccionó de dos formas: la disponibilidad de la Ministra y que se realizaran fuera de su propia jornada laboral. Si bien tenían que hacerse con la indumentaria del hospital, prefería no estar en servicio para dedicarse enteramente a los estudios que tenía que realizar, pues necesitaban toda su minuciosa atención.

Una vez que tenga todo esto —circuló una lista de los estudios que iba a realizar, — las revisiones pasarán a ser periódicas con la excepción de los brotes más fuertes que requerirán de un estudio general a la brevedad —la informó, ya que era un dato importante que tenían que tomar en cuenta y que, si bien ya lo había dicho, no quería que lo olvidara.

***

Había confirmado su disponibilidad, por lo que después de ello había regresado a la sala de juntas donde le había pedido un momento a la señorita Ministra. Tan sólo le había tomado menos de diez minutos verificar que todo estuviese estable y él pudiese terminar un turno que, en principio, no había tenido que tomar en primer lugar.

De hecho, agradeció la visita, porque eso le ahorró el regaño de la jefa de enfermeras que se quejaba de su incapacidad de permanecer mucho tiempo fuera del hospital.

Se había quitado el uniforme de trabajo, pero permanecía sobrio y formal en su vestimenta. Tan sólo el cambio debió ser antecedente de lo que estaba por informar: — Podemos pasar a conocer a su contacto y las instalaciones inmediatamente —le dijo una vez cerrada la puerta y habiendo caminado hacia ella los pasos suficientes como para que el hechizo insonorizador no flaqueara.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Jue Dic 12, 2019 5:17 pm

La pelirroja tomó el papel con las citas escritas por Gauthier, apuntándose mentalmente en una agenda inmediata el apuntar todo eso en su agenda personal, pues con lo ocupada que era su vida, se le terminaría olvidando. Además, bastante peso mental tenía ya como para encima añadir fechas y citas médicas.

Antes de que se fuera asintió a todas sus condiciones para las revisiones, aunque sabía que le iba a costar bastante ir a hacerse un estudio después de uno de los ataques pues terminaba exhausta. Eso sí, evidentemente tenía su lógica más profesional y Abigail no iba a escatimar en esfuerzos para intentar solucionar todo aquello que, literalmente, la estaba matando.

Esperó pacientemente en aquella sala mientras recogía todo lo que le pertenecía y volvía a ponerse el abrigo que tapaba la marca de su maldición. No consideró que el sanador tardase demasiado, pero aún así se había puesto en pie y había caminado de un punto a otro, en una clara evidencia de inquietud. Desde que había sido maldita, la paciencia de Abigail no es que estuviese en su mejor momento, además de que todo le preocupaba mucho más, sobre todo si tenía que ver con eso en concreto.

Cuando apareció Laith, asintió con la cabeza.

―Está bien ―aclaró, antes de continuar―: Queda lejos, por lo que si no es molestia para usted… Le propondría una aparición conjunta. ―Entonces decidió hacer una pequeña broma―. Sé que es algo que suele venir de la mano de la confianza, pero no voy a hacer que el nuevo médico que puede salvarme la vida sufra una despartición.

Abigail no se aparecía con cualquiera, eso lo tenía clarísimo. Ahí en donde lo veías, aunque mucha gente no se lo tomase así de serio, un mínimo fallo podía conllevar un error muy grave. Sin embargo, la pelirroja tenía mucha experiencia y además últimamente iba demasiado al sitio de destino.


***

Gauthier aceptó y en cuestión de minutos ―pues tuvieron que ir a un sitio de San Mungo habilitado para la aparición―, aparecieron allí. Se trataba de un estudio en lo que parecía un doceavo en un edificio muy alto en mitad de Londres. Era el típico loft que no tiene paredes a excepción del baño, el cual había sido provisto de todo tipo de necesidad médica, ingredientes de pociones, grandes mesas en las que trabajar, una camilla y… bueno, básicamente todo lo que un científico y médico puede necesitar, pues Silvanus Gates ―el que hasta ahora sólo había trabajado ahí― era tanto extirpador del Área-M como medimago.

Nada más aparecer, Gauthier pareció mareado, por lo que McDowell no preguntó y solo lo soltó, dándole tiempo. Habían personas a las que no le sentaba bien o, sencillamente, no estaba acostumbrado a las apariciones conjuntas.

―Señorita McDowell ―saludó Silas, que fue hasta ella tendiéndole la mano.

―Gates ―le devolvió el saludo, para entonces quedarse en medio de ambos medimagos―. Él es Laith Gauthier, medimago en San Mungo. ―Luego señaló al extirpador―: Él es Silas Gates, extirpador en el Área-M y mi sanador de confianza. Está a cargo de todo esto, básicamente porque hasta la fecha ha sido el único en utilizarlo. ―Volvió a girarse hacia Gates―. Él tendrá acceso a todo lo que tienes aquí y trabajará en todo lo que haga falta.

―Sin problemas ―dijo Gates, siendo consciente de que si estaba ahí el otro era porque había firmado la cláusula de confidencialidad y, por tanto, era de confianza. Se acercó a él y le tendió la mano de manera profesional y cordial, preguntándole directamente―. ¿De qué se encargará exactamente? Para saber por qué zona empezar a mostrarle todo esto.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Lun Dic 16, 2019 8:52 am

Una aparición conjunta. Laith maldecía las apariciones conjuntas e individuales y los viajes por red flú y cualquier modo de transportarse que incluyera un desplazamiento geográfico mágico. Lo aborrecía porque su cuerpo no estaba hecho para llevar un evento así, por muy profesional que fuese hecho.

De todos modos, no iba a mostrar signos de debilidad ante la Ministra de Magia, y le permitió aparecerse con una sonrisa, haciendo uso de toda su fuerza mental y física para que aquello fuera lo más llevadero posible.

“El nuevo médico que puede salvarme la vida”, sonaba casi utópico.

Luego de llegar a una zona habilitada para las apariciones, sucedió. Primero sintió cómo todo su cuerpo se comprimía en sí mismo y luego se distendía; un evento que lo dejó sin aliento y la cabeza mareada. No pudo respirar los primeros segundos, apretando el puente de su nariz con su índice y pulgar izquierdos, calmándose y convenciéndose de que pasaría muy pronto. Luego empezó a recuperarse.

Sólo entonces se fijó en el lugar donde estaba. Una enorme habitación adecuada para suplir las necesidades de un médico y pocionista, lugares donde trabajar y todo lo necesario para hacer llevadero lo que tuviese que hacer ahí. No mucho tiempo luego notó que no estaban solos, pues evidentemente el contacto también se encontraba ahí.

Permitió que las presentaciones fueran hechas sin interrumpir, simplemente apretando su mano cuando se la tendió para saludarse con una sujeción firme y profesional.

Voy a encargarme de revisar la poción y mejorarla —le dijo a grandes rasgos, bien consciente de que aquel hombre tenía que ser quien más supiera sobre la misma, siendo el sanador de confianza de la señorita McDowell—, así que podríamos comenzar con el tipo de calderos con los que trabaja y los ingredientes —fue claro con Gates.

Quizá una parte de lo que le disgustaba de aquella misión era la formalidad con que se trataba. Era una persona profesional, mas no muy formal. Le provocaba un ligero choque de personalidad.

Era un lugar impresionante, sin dudas. Una utopía para cualquier científico con ganas de ponerse manos a la obra con un espacio libre de distracciones. Algo solitario, si se lo preguntaban a Laith, cuya necesidad social bajaba tan rápido cual personaje de Los Sims y le gustaba estar en constante comunicación y encuentro con otras personas. Iba a servirle para lo que lo necesitaba, pero tenía que ser consciente con el tiempo que pasaba encerrado ahí trabajando. La falta de distracción era buena amiga de la pérdida de la noción del tiempo.

Mi idea es hacer la labor de investigación en otro sitio y venir a realizar la parte práctica, por lo que no tendrá que preocuparse por mi presencia —le explicó a Gates.

Conocía a Silas Gates. No personalmente, pero era un compañero en la comunidad médica y sabía su nombre de sus avances en el Área-M. Obviamente a Laith no le agradaba un pelo el tema de lo que sucedía en aquel lugar, mas tenía que ser objetivo y profesional y admitir que avances sí que habían hecho a lo largo de esos años.

Por otro lado, llevaba claro que iba a trabajar y no a hacer ninguna otra cosa. No necesitaba más que el material que había ahí para hacer lo que tenía que hacer. Todavía le parecía surreal desde el hecho de que le hubiesen contactado a él para hacer una labor tan complicada como esa, y tuviera a su disposición todo un sitio de investigación y desarrollo para llevar a cabo ese fin.
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Abigail T. McDowell el Miér Dic 25, 2019 8:07 pm

A Abigail le sobraba con saber en qué iba a estar cada uno, por lo que suponía que entre ellos se pondrían de acuerdo con cada uno tratar una cosa diferente. A efectos prácticos, allí dentro, ella no tenía ni idea de qué hacer o cómo ser de ayuda ―más que aportando datos de su maldición, por supuesto―, por lo que dejó que Silas y Laith se entendiesen entre ellos, sin meterse de por medio.

Después de un buen rato en donde Gates le mostró al medimago todo lo que estaba disponible y todo de lo que podía hacer uso, tanto dentro como fuera de esas instalaciones, Abigail miró el reloj y procedió a la despedida. Ahora mismo se encontraba bien y no ibas a ver a la Ministra de Magia perdiendo el tiempo haciendo nada cuando estaba en facultades de hacer cualquier cosa. Bastante se tenía que comedir ya, como para estar bien y estar haciéndole compañía a dos científicos que sabrían arreglárselas, por el momento, sin ella.

―Bueno, señores ―les interrumpió en mitad de una pausa de Silas. Ella ya allí no hacía nada, sobre todo después de que el estudio general hubiese sido hecho. La verdad es que había sido más fácil de lo que se imaginaba, pero no es que McDowell estuviese demasiado habituada a ir al médico―. Debo irme. Gauthier… ―Se fijó en el más joven―. Estaremos en contacto. No dude en contactar conmigo de cualquier manera frente a cualquier descubrimiento, ¿vale? Yo acudiré a usted desde que me sea posible después de algunos de mis ataques para un chequeo inmediato.

La pelirroja le tendió la mano como despedida formal y cordial, sin andarse con rodeos. De Silas ni siquiera se despidió estrechándole la mano porque… bueno, literalmente la confianza daba asco y a Gates lo conocía desde hacía mucho tiempo. Se limitó a mirarlo y asentir con la cabeza, antes de desaparecerse y dejar a ambos hombres en su hábitat.


***
Dos días después

No tenía motivo científico ni comprobado por el cual justificar cómo pudo pasarse día y medio sin ningún ataque, pero uno pensaría que Gauthier era milagroso y que solo con hablar con él sus ataques habían cesado.

Nada más lejos de la realidad.

Durante su trabajo, a las cuatro y media de la tarde, había salido de una reunión con la corporativa de publicidad internacional, hecha… un auténtico tigre. Había intentando relajarse, pero había terminado la reunión antes de tiempo porque sabía que iba algo muy mal. Cuando volvía a su despacho, perdió fuerzas antes de llegar a la puerta, teniendo que parar y apoyarse en la mesa de su secretario, Cyril Peltier.

Alexander, su asistente, era consciente de lo que le pasaba, por lo que al escuchar a Peltier preocupado, salió en ayuda de McDowell.

―Le hace falta un café y dos tilas ―bromeó Castlemaine, sujetándola para ayudarla a ponerse en pie.

Identificó rápidamente por sus ojos cerrados que el problema había atacado a su visión, por lo que le sujetó del brazo y la guió. Ella fingió perfectamente hasta que estuvo en el interior de su despacho, sentada en uno de los sillones de cuero.

―Vete a San Mungo y avisa a Laith Gauthier de que vaya al estudio.

―Está bien, ¿y tú? ―preguntó.

―Yo iré al estudio.

―¿En tu estado?

―Estoy ciega, me cago en la puta, no es que me esté desangrando ―respondió con hostilidad, quitándose de su hombro la mano que aún reposaba de Castlemaine.

―No pagues tu enfado conmigo, Abi ―le advirtió Alexander―. No soy tu enemigo, así que no me conviertas en uno. Estoy aquí para ayudarte.

―Puedo aparecerme perfectamente en…

―No puedes y lo sabes, deja de hacerte la valiente conmigo ―le recriminó, mirando a una McDowell indefensa cuyos ojos estaban cerrados y la cabeza cabizbaja―. Te llevaré al estudio y luego voy a avisar a Gauthier, ¿entendido?

―Eres un grano en el culo… ―contestó al sentir el tirón de Alexander para ponerla de pie, suave desde su brazo.

―De nada ―le dijo antes de desaparecerse con ella.

Abigail, reacia a ponerse en ninguna camilla si no era estrictamente necesario y Gauthier no había llegado, se sentó en uno de los sillones y esperó. Silas no se encontraba en ese momento, por lo que se mantuvo quieta, con los ojos abiertos pero sin ver absolutamente nada. En ese momento, cuando le daban los ataques, se sentía débil, no solo físicamente, sino en todos los sentidos. El hecho de que se le privase de uno de sus sentidos la volvía vulnerable y eso, en compañía de la falta de fuerzas, la dejaba frágil.

Un dolor de cabeza terrible le inundó la cabeza, fruto del cambio repentino, la falta de fuerza que el cuerpo intentaba entender y, sobre todo, los nervios. Siempre le ocurría. Le era imposible relajarse en una situación así, sobre todo cuando ocurría en una situación tan desfavorable como era en mitad del trabajo.

¿Y si le llega a pasar de manera más repentina en medio de la reunión? Por suerte ya estaba conociendo la maldición, ¿pero quién le decía que no le podía dar más fuerte, en una situación diferente?
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