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End of all days. ―Laith Gauthier.

Abigail T. McDowell el Miér Oct 30, 2019 3:07 am

Recuerdo del primer mensaje :

End of all days. ―Laith Gauthier. - Página 3 GKQWGPb
San Mungo, sala de reuniones  | 29/10/2019 | 19:30h | Atuendo | BSO

Llevaba maldita desde el veinte de junio del dos mil diecinueve, hacían ya cuatro meses que llevaba conviviendo con esa maldición. Había descubierto que si bien podía sobrevivir, era sin duda un malvivir. Los efectos secundarios de la maldición retenida en su brazo no tenían solución y por mucho que hubieran pasado los meses, no estaba acostumbrándose a ellos, pues eran muy arbitrarios e intensos.

Había atacado directamente a sus sentidos, apagándolos por completos en diferentes etapas. Había veces que era incapaz de ver nada, quedándose totalmente ciega, otras en donde atacaba a sus oídos y se veía aislada totalmente de todo lo que le rodeaba… E incluso había veces que ocurrían a la vez, sintiéndose aislada, vacía y sin saber qué hacer o cómo proceder. Cuando le ocurría en lugares públicos o en el trabajo lo pasaba realmente mal, pues no conocía solución posible para ello. Sin embargo, lo peor de todo no era eso: ¿alguien alguna vez se ha preguntado cómo se siente uno sin poder sentir absolutamente nada? El tacto era uno de los sentidos más infravalorados, pero sentir que nada de ti es capaz de sentir nada, te hace sentirte como si no existieses.

Para colmo, la poción que estaba creando periódicamente para su consumo tenía unos ingredientes muy complicados de conseguir―entre ellos, por ejemplo, sangre de unicornio―y no duraba tanto como para todo lo que se gastaba en ella.

Alexander, su asistente, después de intentar buscar una solución para eso, le recomendó a Laith Gauthier, un sanador especialista en pociones que había destacado precisamente por la modificación de éstas para un uso mejorado y más prolongado en el tiempo. No sabía si serviría para algo teniendo en cuenta las raíces de la maldición y la poca información sobre la poción, pero literalmente: Abigail no tenía nada que perder. De hecho, tener algo de información nueva al respecto le había hecho entusiasmarse un poco: ¿y si se le ocurría alguna mejora para la poción que pudiera mejorar su uso? ¿Y si la poción, debidamente modificada, podría ser incluso una cura?

La pelirroja nunca había destacado por ser muy optimista o ilusa, pero dada su situación estaba descubrimiento hasta nuevos sentimientos. Llevaba toda su vida quitándole las esperanzas de vida a la gente y ahora ella… intentaba buscar las suyas por alguna parte.

Decidió no abordar a Gauthier sin previo aviso, por no hablar de que no quería que se le viera en compañía de un sanador fuera de San Mungo, para evitar habladurías y rumores. Una vez supo a donde contactar con Laith Gauthier por sus facilidades buscando contactos, le mandó una carta:


Estimado señor Gauthier,

Le habla Abigail McDowell, la Ministra de Magia. Me gustaría comenzar declarándome interesada en su trabajo como pocionista, pues ha sido recomendado por uno de mis confidentes como un gran experto en la materia. He estado informándome sobre sus logros como sanador y he quedado impresionada de todo lo que ha conseguido con su corta edad como medimago.

Actualmente preciso de la ayuda de un médico con experiencia y, por lo que he podido saber de usted, vuestro abuelo también fue un gran entendido en materia de pociones, así que estoy interesada en hablar con usted para ver si puede darle solución a uno de mis problemas.

Evidentemente quiero tratar este asunto con toda la confidencialidad posible, por lo que en el caso de que acepte concertar una cita conmigo, habrá un acuerdo mágico de por medio que ha de firmar antes de hablar de ningún tema. Ser Ministra de Magia va de la mano de no poseer demasiada privacidad.

Agradecería una contestación en el menor tiempo posible. Siéntase libre de ofrecer una fecha en la que esté disponible, que yo misma me trasladaré a San Mungo para poder hablar con usted.

Saludos cordiales,
Abigail McDowell.

Mandó la carta desde su propia casa, utilizando su cuervo Corax como animal mensajero. Intentaba desvincular al Ministerio de Magia todo lo posible, para que no hubiera ningún tipo de fuga de información. Por suerte para Abigail, había sido muy cuidadosa al respecto, por lo que todo el mundo que sabía de ello había hecho o un juramento o había firmado el contrato.

Al día siguiente recibió la contestación de Laith Gauthier, citándole para el día siguiente por la tarde, después de la jornada laboral del médico. La pelirroja estuvo allí puntual, tan impoluta y elegante como siempre. Llevaba una chaqueta, pues estos cuatro meses―de verano―se había habituado a utilizar manga larga o chaquetas, puesto que la marca de su maldición estaba justo en su antebrazo izquierdo, adornando su piel junto a la marca tenebrosa.

Nada más aparecer en la recepción, la secretaria se puso firme al ver a Abigail McDowell.

―Ministra McDowell ―saludó―. ¿En qué pued…

―¿La sala de reuniones? ―preguntó antes de que pudiera terminar la frase.

―Tercera planta, final del pasillo de la izquierda.

―Muy amable ―le agradeció cordialmente, antes de girarse e ir hacia allí.

Utilizó las escaleras para subir, pues no quería tener que soportar ninguna conversación cortés en el ascensor, pues todo el mundo la conocía. Tardó unos cuatro minutos en llegar frente a la puerta y cuando su reloj marcó las siete y media en punto, tocó con los nudillos suavemente en la puerta. La puntualidad era algo que siempre había caracterizado a Abigail. Odiaba que la gente no respetase su tiempo y, por tanto, ella había aprendido a respetar al del resto cuando se trataban de cosas tan importantes.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Abigail T. McDowell el Lun Mar 23, 2020 12:39 am

Wyatt no llevaba mucho tiempo en el negocio, así que su respuesta fue meramente orientativa. Quizás no era “tan nuevo” pero claramente era nuevo desde que él llevaba todo, así que desde su perspectiva era totalmente nuevo. Y él quería saber qué clase de personas se movían por su mundillo.

―Yo no te había visto, así que eres nuevo.

Y él tenía la manía de que todo lo que decía iba a misa, pues ya estaba acostumbrado a que todo lo que decía era la verdad y nada más que la verdad. Laith podría decir lo que quisiera y que conocía a sus familiares anteriores, pero cada vez que un Raynes cogía el poder, empezaba una nueva dinastía.

El Raynes no se cortó ni un pelo y persiguió al «nuevo no tan nuevo» hasta el mostrador, en donde Benedict empezó a hacer las cuentas para cobrar al tipo. Wyatt, que realmente no tenía nada en contra del muchacho, más que simple curiosidad, se mantuvo a su lado, observando las cosas que le llegaban al teléfono móvil. Podría ser muy digno y mago, pero él tenía su iPhone de última generación totalmente equipado para poder comunicarse con todos sus contactos. Trabajar para los Raynes significaba compromiso y disponibilidad el cien por cien del tiempo, así que ellos mismos te facilitaban los medios para que así fuera.

Sí, regalaban iPhones a todo el mundo. Sólo por eso merecía la pena trabajar para ellos, aunque estuvieras las veinticuatro horas del día con miedo a terminar muerto o en prisión.

Cuando el tipo mencionó a Preston, Wyatt lo miró de lado, sorprendido.

―Es mi primo mayor ―le contestó sobre la marcha―. Yo soy Wyatt Raynes, un placer, señor…

Quería saber su nombre, por supuesto. No decirlo sería descortés por su parte y, como no, motivo de desagrado y sospecha por parte de Wyatt.

―Pues al parecer sí que va a ser verdad eso de que no eres del todo nuevo… ¿De qué lo conoces? Llevo ya varios años al mando como para no haberte visto la cara. ―Y tras una pausa y sin nada de vergüenza, añadió―: ¿O no lo conoces de nuestro negocio, sino por otros motivos más personales...?

Esa manera de preguntar había sido con clara indirecta. Preston Raynes era conocido como homosexual, de esos que se casó por conveniencia pero todo el mundo sabe que pertenece a la otra acera. Corrían rumores por ahí de que para poder dejar embarazada a su actual mujer ―con la que claramente no se le levantaba― tenía que acudir a hacer un trío o una orgía con todo hombres. Y ya tenía cuatro hijos, en teoría, todos suyos. Así que se intuía que la vida amorosa de Preston y su amada era intensa pero poco asidua.

Sin embargo, nadie hablaba mal de Preston porque... era Preston Raynes y no dejaba que nadie hablase mal de él. Tenía una imagen qué mantener y, aunque tuviera sus problemas con su mujer, era posiblemente de los Preston más agradables que pudieses encontrarte.

Wyatt, en su caso, era mucho más altivo y metrosexual, además de interesado y un poco mala persona.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Mar Mar 24, 2020 11:53 pm

Frenó apenas a tiempo una sonrisa al escuchar su respuesta. Era la respuesta que esperaba más de un niño que de un hombre; le fue suficiente para intuir que se trataba de algún sujeto en un puesto alto, que probablemente se pensaba superior a los demás. No dijo nada al respecto: normalmente, se reservaba para sí mismo esas pequeñas pistas que sus nociones en entendimiento humano le brindaban, por si en algún momento le hacían falta.

Laith no se amedrentó por el espectador que había adquirido en sus compras. Si miraba atentamente lo que iba pasando por el mostrador, entrando como números en una cuenta, o en cambio no le prestaba atención, era algo que el sanador ignoraba, más porque no quería voltear a mirarlo sospechosamente que porque no tuviese interés en ello.

Preguntó sobre el Raynes más cercano que conocía: Preston. Lo había conocido hace mucho tiempo, en esos días de exceso y discoteca antes de que saliera del continente. Aquel hombre entonces se enfrentaba al peso de concreto de tener que aparentar, de lo que, según Laith sabía, se había librado conforme se había hecho mayor, incluso aunque se enteró que estaba casado con una mujer. Luego, su posición en el negocio familiar los había vuelto cómplices en aquel crimen, cuando el sanador empezó a sentir ambición por ingredientes más excéntricos.

Gauthier —contestó con su apellido, cuando Wyatt se presentó con él. Inhaló despacio y, tras una pausa en la que parecía que no iba a decirlo, añadió su nombre—: Laith Gauthier.

Los Gauthier provenían de Canadá, y en sus filas enlistaban a pocionistas y aurores reconocidos. Con el paso del tiempo, el apellido había dejado su luz purista al mezclarse, lo que, si le preguntaban a Laith, era una reverenda estupidez. En su infancia, se había separado de la gran mayoría de su familia porque él, en épocas de segregación, había nacido de un no-mago… ¿y, menos de dos décadas luego, habían perdido la denominación de “familia purista”? Se esmeraba en no guardarles resentimiento.

No soy de por aquí —Laith le contestó—, contacto con Preston cuando necesito algo para mis trabajos; esta vez decidí venir a ver qué había de interesante —y claro que lo conocía de motivos más personales, pero eso no iba a decirlo. Un caballero no tenía memoria, en especial cuando quien pregunta es un primo mafioso que Laith no sabía si tenían buena relación o no.

Hubo una breve pausa, donde el quebequés se quejó mentalmente de que el anciano no terminase de sumar y contar rápido.

Antes era… más frecuente, cuando estaba todavía a la cabeza… —dudó y volvió su mirada finalmente a Wyatt—. ¿Tu padre? —intentó adivinar, aunque por el gran parecido que tenían suponía que no se equivocaba—. Fue cuando conocí a Preston —no del todo, pero sí en parte—. A eso me refería con que no soy nuevo, de hecho… ¿Han cambiado mucho las cosas ahora?

Se atrevió a preguntar, porque sabía cuánto podía cambiar una dinastía de Raynes con el cambio de cabeza. Su abuelo había estado cuando el de Wyatt se encontraba activo y cuando pasó el mando a su hijo, cosa que Laith presenció desde una burbuja de seguridad fuera del foco de aquellos tratos debajo del agua. Si lo pensaba de ese modo, entendía por qué su abuelo siempre se encontraba lejos del foco de atención de la sociedad.

Por momentos, volvía a su mente como un eco la conversación de Wyatt con su empelado. Su curiosidad no lo dejaba olvidarse de qué era lo que iba a viajar hasta Inglaterra, pero preguntarlo directamente sería colocarse una soga en el cuello. Tampoco quería dárselas de malote y hacer una imagen equivocada de él, que en un mundo de blancos y negros era un simple gris. Era mejor pasar desapercibido en ese mundo cuando uno no era negro, sin referirnos a la piel.
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Abigail T. McDowell el Jue Mar 26, 2020 9:42 pm

Wyatt conocía el apellido Gauthier, pero le generaba la misma indiferencia que cualquier otro que no fuera Raynes. Era bastante egocéntrico y teniendo en cuenta que era una de las familias más importantes y poderosas ―al menos económicamente, pues el dinero para él lo era todo―, pocas familias estaban a su altura por mucho que tuvieran un apellido bien poderoso. Era cierto que él era purista, pero en su vida le importaba más el dinero y la reputación que el mismo hecho que fueras purista o tuvieras su mismo ideal.

―Gauthier… ―mencionó, sin mentir―: Me suena tu apellido, ¿de Canadá, es posible?

No contestó en demasiado detalle a lo que Wyatt había preguntado, sobre todo a la parte que le interesaba que era a modo personal. En ese momento, el Raynes lo miró de arriba abajo, sonriendo de medio lado.

Era una persona absolutamente inútil a la hora de intentar averiguar si alguien era homosexual o no, pero como a él el daba a todo y pocas personas le decían que no, tenía la teoría de que era irresistible hasta para el hetero más defensor de su hombría. Wyatt asintió a su explicación sobre su relación con Preston, sin que para él fuera un problema que su primo mayor hiciera eso, pues a fin de cuentas los negocios de los Raynes iba mucho más allá que tener una tienda física y vender ahí. De hecho, estaba muy seguro que su fortuna en ventas iba más en “secretismos” y manteniendo en secreto la identidad de sus clientes que viéndolos allí comprar.

―Sí, mi padre estuvo hasta hace relativamente poco al mando de todo este mundo y Preston era prácticamente su segundo al mano ―le confirmó a Laith, apoyándose con el codo en el mostrador después de mirarlo por si estaba sucio―. Sí, bastante: desde hace dos años que mi padre se ha jubilado y se dedica a gastarse la fortuna de los Raynes en su mala habilidad para el póquer. Ahora soy yo quién lleva las riendas, al menos del gran peso del mercado negro de… estas sustancias y sectores de magia oscura. Supongo que si conoces a Preston sabes que los Raynes no abarcamos sólo recursos de esta categoría…

No matizó más, pero se entendía que ellos hacían de todo, como otra cualquiera organización criminal. De hecho, la importación y exportación de sustancias prohibidas o maldiciones era de lo menos “fuerte” que hacían. Eso de trabajar con humanos y criaturas mágicas era mucho más inmoral.

―Ahora se podría decir que tenemos las cosas más divididas, aunque a mí me gusta llamarla organizadas ―añadió, ladeando una sonrisa―. Supongo que si sigues interesado en este tipo de cosas, tendrás que contactar conmigo y no con Preston a partir de ahora ―dicha sonrisa se volvió un tanto pícara y altiva.

Benedict era demasiado viejo y estaba demasiado ocupado no equivocándose en las cuentas como para prestar atención al flirteo de Wyatt con Laith. Además, era más que común ese tipo de actitud: Wyatt o estaba enfadado, o estaba ligando; parecía no haber término medio.

―¿Sigue residiendo en Canadá y ha venido a Estados Unidos por algún motivo en especial, señor Gauthier? ―indagó, curioso.

Tenía la manía de preguntar sin cortarse, pues por norma general siempre averiguaba todo lo que quería saber.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Dom Mar 29, 2020 10:08 am

Admitía que le sorprendió que reconociera su apellido y de dónde provenía, pero asintió con la cabeza para confirmar el dato. Sabía que muchas familias de importante reputación estaban dentro de una burbuja de egocentrismo, por lo que si veían a su alrededor era para evaluar de qué manera continuar creciendo… y, por mucho que Laith no se enorgulleciera de ser prejuicioso, era la impresión que los Raynes, en su mayoría, le darían.

Wyatt se mostraba como una persona extrovertida y abierto, contestando sus preguntas sin pelos en la lengua. Seguramente nada de lo que dijera fuera, en términos prácticos, un secreto para nadie que realmente estuviera involucrado en aquel mundo, pero él no lo estaba.

Se dio cuenta, más temprano que tarde, que estaban lanzándole fichas a diestro y siniestro. Si lo pensaba objetivamente… Wyatt era atractivo, pero demasiado joven para su gusto. Eso no le impidió que tomara la oportunidad de intentar indagar más, en lugar de un rechazo contundente. Así, se relajó y le sonrió.

¿Ah, sí? —inquirió—. Soy pocionista, así que… por lo general me intereso en este tipo de productos —hizo un gesto hacia su compra—, ¿qué otro tipo de recursos podría encontrar si los necesitase? —dejó abierta la negociación, con un interés casi sugerente.

Tenía curiosidad de si Preston seguía o no en el negocio familiar, pero había llegado en ese punto donde no podría preguntarlo sin ser sospechoso o romper su coartada. Quizá tomaría un rato de su tiempo libre en su estancia ahí para localizarlo y ponerse un poco al día.

Lo cierto era que, en términos de mercado negro, Laith no era un comprador asiduo ni variado, pero sí era una persona de mundo a la que le gustaba tener toda la información posible, incluso si eso significaba tener que meter la cuchara en el helado que no le pertenecía o meter las narices donde no le convenía; o, en este caso, coquetear un poco para saber el catálogo más general al que podría acceder con el nuevo contacto.

No, no, al final abrí mis propias fronteras y voy de aquí a ahí —le respondió, y eso era mitad mentira y mitad verdad. Se sentía bastante asentado en Reino Unido, pero eso no significaba que no hubiese puesto pie en otras regiones del mundo—. He tenido algunos asuntos que atender y no podía quedarme sin visitar este lugar; es exactamente igual a como lo recuerdo de la última vez que vine, e incluso de la primera —comentó con una pizca de jovialidad—. ¿Has considerado reestructurar este tipo de… locales, ahora que estás al mando?

El sanador se consideraba a sí mismo un hombre social y entendido en las relaciones humanas, y sabía que la principal estrategia para una comunicación agradable era la escucha activa, sobre todo con personas cuyo ego no cabía por la puerta. Al menos se podía jactar de eso, por más que tuviera que trabajar en sus conocimientos sobre leyes y abogacía…

Además, realmente no quería realmente darle mucha información sobre su localización actual, por mero sentido lógico y de autopreservación, así que hacerlo hablar de sí mismo era la opción más confiable para no tener que preocuparse de que sintiera mucha curiosidad de lo que el extranjero tenía que decir, o sus intenciones.
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Abigail T. McDowell el Lun Mar 30, 2020 11:06 pm

―Los que quieras, realmente ―respondió con seguridad, devolviéndole ese toque seductor.

Evidentemente había un gran componente de flirteo en esa frase, dando a entender que podía ser cualquier cosa aunque estuviera fuera del “Catálogo Raynes” del mercado negro. Ahora mismo Wyatt se metía también en el catálogo de disponibilidad si Gauthier exigía una prueba del producto.

También, por supuesto, hablaba de términos más serios: si Laith Gauthier estaba interesado en comprarse una sirena para meterla en el lago de su casa, Wyatt podría ponerle en contacto con su pariente encargado en el contrabando de criaturas mágicas o, si se encontraba simpático, darle directamente la información de su tío Bryan, el encargado del contrabando de sirenas. Era solo un ejemplo, por supuesto: los Raynes pese a que se hicieron famosos con el contrabando de criaturas, hacían absolutamente todo lo que venía en las mínimas exigencias de una organización mafiosa y criminal.

Tenía otro primo especializado en esconder cuerpos; a ese lo contactaba con bastante asiduidad.

Wyatt, por pura costumbre, relacionó eso de que “iba de aquí a allá” con que se movía mucho por Estados Unidos. No le veía acento británico ―que para alguien como él era bastante fácil de identificar― por lo que suponía que sus movilizaciones eran enteramente americanas. Quizás, con respecto a eso, sí que era un poco clasista: o eras estadounidense, o no valías tanto para Wyatt.

―Lo he pensado, realmente me parece que tienen una predisposición nefasta, huelen mal y están bastante chapados a la antigua ―confesó con sinceridad, pues no era un secreto para nadie―. Mira Benedict y mira este lugar, ¿acaso no es obvio que aquí se vende mierda ilegal? Verás, al final nos hacen la vista gorda por quiénes somos, pero mucha gente se cohibe de venir a comprar por el qué dirán o porque el lugar genera desconfianza o peligro. Considero que este tipo de negocios debería ser más… normal. Muchos de los conceptos mágicos están chapados a la antigua: no hace falta más que mirar la moda que aún conservan los magos con esas túnicas del año tres antes de Cristo.

Se notaba que Wyatt atendía mucho a la moda y, tal y cómo lo veías, uno no se lo imaginaba con túnicas mágicas convencionales, por muy excéntricas que pudieran llegar a ser.

―Pero estoy en proceso: ¿alguna recomendación? No conozco a muchos entendidos en el tema. Quiero empezar a crear algo que sea más visual y más discreto para poder expandirnos por el resto de Estados, ya que ahora mismo tiendas físicas sólo tenemos aquí ―dijo, pues era información que ya debía de saberse.

Wyatt, igualmente, era un suelta prenda. No se callaba ni debajo del agua y, apoyado por la confianza en sí mismo, solía darle demasiado a la lengua sólo para demostrar cuán valioso era él y su negocio.
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Laith Gauthier el Jue Abr 02, 2020 11:37 pm

Estaba seguro de una única cosa: ahora que sabía que Wyatt era el nuevo líder de los Raynes, realmente no estaba interesado en tenerle de enemigo. Le gustaría poder decir que sólo estaba interesado en su propia preservación, pero… tenía que admitir que era tentadora la idea de tenerlo de su lado. Sin olvidarnos de que, en realidad, Laith tenía un pésimo gusto en hombres: el atractivo que le quitaba su edad se lo aumentaba su peligrosidad.

Además, hasta el momento, aquel sujeto le parecía increíblemente fácil de leer. Le daba la impresión de que se sentía tan alto que se encontraba a sí mismo intocable, por lo que no le importaba ventilar aquellos temas con alguien que tenía menos de diez minutos de conocer.

Siempre está la opción del servicio en cubierto: un local que no levante sospecha alguna pero que en realidad sea mucho más que lo que se ve en la superficie —le sonrió—, así será más difícil adivinar si van por el giro real del local o por sus negocios secretos; dará más confianza y seguridad —no necesitaba ser un genio del mal para poder adivinar algo tan intuitivo—. También puedes usar esto —acercó su mano hacia la de Wyatt, haciendo un gesto en dirección a su móvil pero acariciando su mano en una sutileza—, no sé mucho cómo va la cosa, pero… el mayor defecto de los magos es pensar que el internet es sólo una cuestión nomaj, tiene potencial para otras movidas —que era mucho más discreto, por supuesto, que su proyecto de la sex-shop por catálogo, y él mismo ya lo estaba considerando muy seriamente.

Entonces, Benjamín terminó con sus cuentas y Laith hubo pagado, organizó todas sus cosas dentro de su maletín con cuidado, sujetando los frascos que podían romperse y derramar todo tipo de sustancias desagradables con unas correas que tenía dentro del mismo.

Una vez terminó, se dirigió hacia Wyatt—: Tengo que marcharme —le dijo—, no me quedaré mucho tiempo en la ciudad, pero… el domingo por la noche puedo hacer espacio en mi agenda si quieres que nos encontremos y… hablemos —su sonrisa y su tono hacían ver que realmente de hablar, hablar, lo que se decía hablar, no tenía muchas intenciones.

Esa noche tenía un evento y también al día siguiente, pero el domingo, que se preveía que regresase al mediodía, podía decirle a la Ministra que regresaría él por sus propios medios por asuntos personales y volverse el lunes, una vez que hubiera terminado lo que tuviese que hacer. Por ahora tenía que regresar al hotel y arreglarse él mismo antes de ir con Abigail a revisar que todo estuviera bien para el evento que le había dicho habría esa misma noche.

La voz de la razón y la madurez se golpeó el rostro con la palma de su mano. Al final, no importaba que el tiempo hubiera pasado y que se hubiera hecho mayor: seguía siendo el mismo imprudente que había sido toda su vida.

Se dirigió a Benjamín y asintió con la cabeza, en un silencioso agradecimiento por el servicio. Al Raynes le tendió la mano derecha, como una despedida más formal, sonrisa de por medio y llevando en la izquierda su maletín.
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Abigail T. McDowell el Dom Abr 05, 2020 7:01 pm

Wyatt esbozó una sonrisa ante la propuesta indecente de Gauthier, por lo que hizo algo que le salió natural y casi comedido. Se metió la mano en el interior de la chaqueta y en el bolsillo interior del pecho se sacó una tarjeta. Era totalmente negra y, cuando la mirabas de cerca, se iluminaba ―mágicamente― en dorado el nombre de Wyatt Raynes, su dirección para remitir lechuzas y un número de teléfono móvil. Sólo servía frente a magos. Mirase por donde mirase, en esa tarjeta no había nada más que esas cosas. Evidentemente no iba a poner que de dedicaba al mercado negro internacional.

―Lo tengo libre ―le dijo, aunque uno realmente no sabía si lo tendría libre de verdad o haría un hueco para su nuevo amigo―, llámame.

Le tendió la mano cuando se despidió y vio cómo se iba, saliendo de la tienda. Wyatt le miró el trasero y luego miró a Benedict, el cual obviamente no dijo nada. Con la misma miró su reloj y le dio un par de órdenes al viejo antes de irse él también.


***
Al día siguiente
Sábado, 19:30 horas ― En el Hotel antes del gran evento

Abigail había ido ese mediodía a comer con los japoneses después de los acuerdos de por la mañana y ahora mismo se encontraba en la habitación de su hotel terminando de maquillarse y prepararse. Intuía que, por lo que le había dicho Gauthier, no tardaría demasiado en aparecer para tratar cualquier cosa antes de ir para la mansión.

Cuando lo escuchó tocar a la puerta, se levantó del tocador y se miró al espejo, quitándose la bata de seda negra para apuntarse con la varita y ponerse un elegante vestido aterciopelado de color negro. Era largo, con una raja en una de sus piernas y la espalda totalmente abierta. Tenía una de sus mangas largas hasta la muñeca ―precisamente la de la mano en donde tenía la marca maldita―, mientras que la otra mano estaba totalmente descubierta. Se había ocultado la marca tenebrosa con un encantamiento, simplemente para evitarse preguntas ideológicas ni explicaciones de quién era El Señor Tenebroso. Todo el mundo sabía la ideología que seguía Inglaterra, pero muchas personas todavía no conocían a Lord Voldemort como tal.

Entonces se dirigió a la puerta y abrió a Laith, aún descalza. Ahí se pudo apreciar con gran evidencia lo bajita que era en realidad McDowell.

Caminó hasta su habitación con la misma.

―Pasa ―le facilitó―. ¿Algo de lo que quieras hablar especialmente antes de ir? ―preguntó de espaldas, sentándose entonces en la gran cama que tenía en el dormitorio y en donde veía perfectamente a Laith entrando en el salón.

Cogió sus tacones ―de trece centímetros― y se los empezó a poner, sujetándolos con un enganche por encima de sus tobillos.

―En el caso es de que tengas algún problema, te recomiendo hablar con los japoneses. ―Se puso en pie entonces, acercándose de nuevo al tocador. Usó la varita para hacer que un collar levitase y se abrochase alrededor de su cuello y ella misma cogió los pendientes para ponérselos―. Te caerán bien y sé con certeza que no te harán preguntas incómodas.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Miér Abr 08, 2020 11:01 am

Viernes y sábado, Laith se había ceñido a un estricto horario durante los eventos en que la Ministra británica tenía que estar presente. Chequeos de rutina, preparaciones y acciones preventivas eran llevadas a cabo por el sanador para hacer las próximas horas seguras para la presencia en público de Abigail McDowell. Luego, se aseguraba en dichos eventos que todo transcurriera según lo planeado, mientras mantenía la fachada del personaje que había inventado para la ocasión.

Se miró al espejo una vez más. El cabello engominado hacia atrás, un traje a su medida y una mirada aburrida y graciosa a un tiempo. Se provocaba gracia a sí mismo: ese no era su estilo y nunca lo había sido. Era guapo, no iba a negarlo, pero no le gustaba verse así.

Sólo un poco más —se animó a sí mismo. Ese evento, un desayuno de cierre y ya podría desatenderse por completo de aquel fin de semana.

Se acomodó la chaqueta y salió de su habitación, asegurándose de llevar consigo su varita. No necesitaba ni pensaba que fuera buena idea llevar otras pertenencias personales. Se encaminó hasta la habitación de la Ministra y tocó la puerta, esperando pacientemente con su maletín en la mano para realizar todas las pruebas pertinentes.

Entró y abrió el maletín en una pequeña mesa que había en la habitación. Si alguien se lo preguntaba, era una distinta a la que había usado la noche anterior, por lo que no había nada ilegal dentro de ella, sino medicamentos, frascos y otros utensilios médicos dispuestos para su día a día o bien para emergencias.

La verdad, no sé cómo lo hacen —le dijo tras el consejo con los japoneses—, nunca he sido precisamente un entusiasta de este tipo de eventos y formalidades —confesó, tomando un frasco con vigorizante y una jeringuilla nueva y estéril—. No es que me esté quejando, es que… no estoy acostumbrado a tanta formalidad; supongo que hay gente que lo prefiere —razonó un momento después.

Él, por su parte, no. Le gustaba la proximidad, después de todo, y era difícil ser cercano cuando uno mantenía aquella distancia razonable. Al mismo tiempo… un ambiente político no le daba precisamente muchas ganas de volverse cercano con nadie ahí, por lo que todo era contradictorio y, si se lo preguntaban a él, difícil de sintetizar.

Tendió su mano hacia la Ministra, pidiéndole su brazo con la manga. Podría hacerlo en el otro perfectamente, pero la manga los ayudaría a los dos a encubrir la marca de la jeringa en el doblez del brazo. Dio dos golpecitos a la jeringa y sacó todo el aire de ella antes de introducir en su vena aquel líquido, masajeando la zona con el propósito de dejarlo fluir.

Desechó la jeringa y sacó la varita, encendiendo la luz y revisando los ojos de la Ministra, así como otras pruebas básicas en sus cinco sentidos. Era un proceso repetitivo, por lo que a veces se olvidaba siquiera de pronunciar verbalmente lo que estaba a punto de hacer, cosa que solía hacer rutinariamente.

¿Hay algo que deba saber? —inquirió. Realmente se estaba refiriendo a su estado de salud; una respuesta que dijera si sentía debilidad inusual o algún dolor. No obstante, además, daba libertad de irse por la tangente si eso era lo que ella quería hacer.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Sáb Abr 11, 2020 10:58 pm

Al escuchar la opinión de Gauthier, McDowell se sintió bastante identificada. Ella había empezado en ese mundo bastante joven porque sus aspiraciones estaban claras, pero antes de eso Abigail era una persona muy, muy diferente a la que ahora mismo está allí. Pese a la gran cantidad de adjetivos que pueden tacharla de ser una persona asquerosa, realmente era una persona muy responsable, con grandes intenciones para la comunidad mágica ―independientemente de su ideología― y con muy buenas dotes oratorias, políticas y económicas. Era una mujer poderosa en muchos ámbitos y eso se notaba solo con verla.

Pero hace diez años no era así, ni de lejos.

―Te acostumbras ―le respondió.

Abigail hace diez años vestía con vaqueros ajustados con estampados de leopardo y camisas rotas en donde se le veía el sujetador. Y así empezó a estudiar política, con esas pintas, mientras se iba los fines de semana a beberse hasta el agua de las macetas, tatuarse y terminar en la cama con cualquier gilipollas.

Y mírala ahora.

―Si algo te gusta, te acostumbras ―repitió―. Yo empecé a acostumbrarme cuando conseguí un puesto decente en el Ministerio de Magia, ya ni siquiera cuando me convertí en la Asistente del Ministro ―comentó―. Ya cuando fui la mano derecha del líder político, era hacerse a esto obligatoriamente, pues es el pan de cada día. ―Y, obviamente, no iba a dejar de lado su opinión―: A mi me parece una pérdida de tiempo y un festín de hipocresía.

Una vez calzada, se mantuvo sentada en la cama al ver a Gauthier acercarse con la jeringa, sabiendo perfectamente el protocolo a seguir. Se remangó el vestido por la parte en donde había manga, hasta por encima del codo. Se dejó pinchar con tranquilidad, además de mantenerle la mirada cuando estudió su mirada con la luz de la varita.

Se mantuvo callada durante esos pocos minutos, hasta que escuchó la pregunta del médico. Sabía perfectamente a qué se refería, básicamente porque se lo preguntaba cada vez que hacía la misma rutina.

―No he tenido una buena tarde. ―Siempre se le hacía raro hablar de sí misma ―y sus sentimientos y estados― porque nunca lo había hecho. Evidentemente frente a un médico, una vez cada diez años, pues sí lo hacía, pero de manera regular… en absoluto. Obviamente sabía que todo era una cuestión técnica para un mejor diagnóstico, pero aún así no dejaba de parecerle extraño―. Desde que llegué del almuerzo con los japoneses sentí… como el principio de lo que podría ser un ataque. Como no me dio ningún ataque me acosté en la cama y pese a que no me quedé dormida, mi cuerpo se relajó. Creo que son los nervios por esta noche. ―Quiso explicarse, pues parecía una damisela apurada por una reunión multitudinaria y no era así―: Soy una maravilla fingiendo cordialidad, pero hay mucho gilipollas que estarán en ese evento y si por norma general sé controlarme, no sé cómo va a reaccionar mi cuerpo estando como está.

Puso los ojos ligeramente en blanco, bajándose la manga del vestido.

―En este tipo de eventos parezco muy tolerante y paciente, pero realmente es que mis ganas de insultar se acumulan en un área muy pequeña de mi cabeza y temo que hoy no aguante tanto como otros días ―le advirtió―. Te lo digo porque llevo ya muchos meses con esto y sé cómo me afecta en momentos de estrés. Y creo que los nervios por saber la posibilidad de que pase algo, ya hace que…

¿Desde cuándo hablaba tanto?

Negó con la cabeza, suspirando. Era muy evidente que su máxima preocupación era que sucediese algo en esa fiesta, pues evidentemente se enteraría todo el mundo y pondría a la líder política inglesa en un claro punto de mira. Era normal estar nerviosa, pero sin duda alguna esos nervios ahora mismo eran su peor enemigo.

Se levantó de la cama y cogió aire por la nariz.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Mar Abr 14, 2020 10:53 am

No pudo evitar suspirar cuando le dijo que uno se acostumbraba. Realmente, eso tenía que ver, pero también el gusto. Si no había gana de estar ahí en primer lugar, siempre sería una tarea tediosa y agobiante. La gente probablemente pensara lo mismo que él, pero respecto a su trabajo, que era una exigencia constante de perfección. Las vidas humanas no admitían errores. La diferencia era que el tema de la salubridad le gustaba y la política no.

Eres bastante joven —Laith señaló—, ¿siempre existió esa motivación para convertirse en un miembro importante del Ministerio? ¿Gusto por la política? —aunque, claramente, no era agradable recordar cómo había llegado a donde estaba. Presintió que, quizá, se arrepentiría de preguntarlo.

Preguntar sobre su estado y cómo se sentía era importante, por más que se hubiera convertido en una pregunta típica y rutinaria entre ellos. No iba a decir que no lo sorprendía cuando la Ministra hablaba sobre ello con aquella preocupación; era un tema que claramente la superaba. No importaba cuánto Laith supiera que ella era humana, chocaba con su imagen de una mujer fuerte, inquebrantable y, por qué no, quizá algo mala, cuando la encontraba así de vulnerable.

Es posible que sea sugestión, es un evento importante y con mucha gente en él —gente que quería verla caer, se ahorró comentar—. Puede estar segura que estaré atento al mínimo detalle, si me percato de alguna anomalía me hago personalmente responsable de sacarla de ahí lo más discretamente posible —le aseguró, pues era por ello por lo que había decidido llevarlo con ella a ese sitio.

No podría hacer mucho para controlar la vena insultadora de Abigail, pero sí para llevársela antes de que alguien pudiera notar que algo malo sucedía con ella. Malo hablando físicamente, de aquellos ataques de su maldición, que realmente chocaba con su “yo” normal.

Tiene que mantenerse lo más tranquila posible para tratar de minimizar el estrés —pidió objetivamente—, me temo que también podría involucrar esforzarse en evitar arrebatos de molestia —le sonrió, casi como si se disculpara de pedirle eso.

Entendía muy bien que Abigail tenía que mantener las apariencias, pero también había sido testigo de primera mano de que no era una mujer muy paciente. Por lo menos él estaba consciente de las advertencias de sus complicaciones y confiaba en que sus planes y su propia improvisación bastarían para no hacer un escándalo al momento de sacarles de ahí, de ser necesario.

Se decía fácil, pero, en la realidad… no lo era tanto.

Regresó su mirada al maletín y rebuscó en su interior durante unos segundos, sacando un pequeño frasco que guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Se apuntó mentalmente revisar las muestras que había adquirido durante aquellos dos días, en la búsqueda de variaciones de cualquier tipo. Todavía sentía que tenía que acercarse más para poder hacer una poción funcional, pero creía que no iba tan mal encaminado.

¿Lista? —preguntó, alisándose la chaqueta tras abotonarla de nuevo.

No se acercó a la puerta primero, dándole un momento, si así lo necesitaba, de mentalizarse para salir y empezar con aquella reunión. Él estaba preparado, tanto como podía, dada su circunstancia.
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Abigail T. McDowell el Miér Abr 15, 2020 9:42 pm

McDowell hacía poco que había llegado a la treintena de edad y, a los hechos se remitía, probablemente había sido la Ministra de Magia Británica más joven de la historia. Muchos cuestionarían que no estaba capacitada para ese puesto, pero la pelirroja discrepaba. Quizás no lo hubiera cogido de la manera más apropiada y quizás unas elecciones hubieran sido más lícitas pero... uno cogía el poder cuando le caía delante y ella no iba a dejar pasar la gran oportunidad.

La pregunta de Laith le pareció curiosa, no en sí por la pregunta, pues era una pregunta muy normal, sino porque se interesase por su vida personal más allá de su estado físico o mental como curiosidad científica. Sinceramente, ese tipo de preguntas la había contestado en muchas entrevistas, por lo que tampoco era algo extremadamente personal.

—Sí —le respondió para empezar—. No siempre supe que quería convertirme en esto, pero a mitad de mi camino en Hogwarts empecé a interesarme por la política. Entre eso y mi inexplicable necesidad por querer ser la mejor en todo... el puesto de Ministra de Magia me pareció una buena meta que alcanzar.

No solo eso, realmente. Esa era la versión oficial, pero no la real. La real añadía el hecho de querer que el apellido McDowell se recuerde por ella, no por su familia materna ni mucho menos por su madre. Desde muy pequeña sí que tuvo la necesidad de destacar, aunque le llevó sus años averiguar en qué ámbito.

Asintió ante la respuesta de Laith. No lo iba a decir en voz alta porque ella no era así, pero le tranquilizaba saber que se encargaría personalmente de salvaguardar no solo su vida —que al final era lo importante— sino también su imagen. Eso no estaba en el contrato realmente y, de hecho, la obligación a asistir a este tipo de eventos o "hacerse notar" a su lado, tampoco. Era cierto que la pelirroja le pagaba lo suficiente como para un trato excepcional, pero evidentemente llevaba demasiado en los negocios como para saber los límites.

Realmente, aunque Laith no hubiera dado con nada útil hasta la fecha —cosa que obviamente no le iba a recriminar, pues los más expertos tampoco lo habían conseguido—, al menos admitía que había sido de gran ayuda en su mejoría diaria.

Lo siguiente que dijo hizo que Abigail le mirase y ladease una sonrisa, bufando por la nariz.

—Eso que me estás pidiendo podría ser la consecuencia de que hoy mande a la mierda al Presidente del MACUSA, que llame pedófilo del Ministro Alemán o que deje ciego al asistente de la Ministra Francesa, que no para de mirarme como si pudiera follarme con la mirada —le respondió con cierta hostilidad—. Créeme, Laith... —Le llamó por su nombre de pila, bufando divertida—. Has conocido a la versión más correcta de Abigail McDowell, no me incites a sacar la peor...

Era una pequeña amenaza, más divertida que real.

Obviamente la peor, peor, no iba a salir ni en mil años en una situación así. La peor tenía que ver con su lado más oscuro, perverso y asesino. Abigail no era una persona inocente ni pura, pero sí era cierto que llevaba ya tres años dedicando prácticamente su vida a labores políticas y llevar un país mágico, por lo que gran parte de su vida pasada —la relacionada con los mortifagos— se había visto pausada. Sinceramente, vivía tan estresada que ni la echaba de menos.

Ella era feliz liderando un país: lo hacía bien dejando al margen las circunstancias ideológicas.

De hecho, lo único que echaba de menos ahora mismo era tener la certeza de poder vivir para disfrutar de la vida. Se daba cuenta de que llevaba DEMASIADOS AÑOS sin valorar la vida, demasiada abrazada a la posibilidad de muerte por una causa violenta.

—Sí —respondió, poniéndose en pie de la cama.

Se miró de nuevo en el espejo y si bien cualquier mujer hubiera preguntado que si estaba guapa: ella sabía que estaba rompedora, como siempre.


***

La mansión del Presidente del MACUSA era... casi un palacio. Había que recordar que era una persona excéntrica a niveles estratosféricos, de tal manera que sus ropajes habituales para este tipo de eventos solían ser túnicas mágicas de antaño decorada con colores vivos, cadenas y montón de ornamentaciones la mar de horteras. Además, era el típico que se maquillaba de manera extravagante.

Abigail, por el contrario, era super normal. Le encantaba resaltar con sensualidad, pero no salía de vestidos de colores fríos: negro, verde oscuro, morado o verde oscuro solían ser sus colores habituales.

Gauthier, McDowell y Castlemaine habían llegado en el vehículo que les habían facilitado desde el hotel. Al salir, Castlemaine abrió la puerta de la Ministra de Magia, ayudándole a salir.

Sinceramente... su asistente le agobiaba: era demasiado atento y demasiado pesado. Abigail era incapaz de darse cuenta porque no lo veía de esa manera —ni en su estado podía pensar en algo así—, pero Alexander tenía sentimientos por ella que, mezclados con su "tener que fingir profesionalidad" y "no agobiarla con la maldición" no estaba sabiendo lidiar demasiado bien. McDowell, además, sólo lo utilizaba últimamente en sus labores profesionales, dejando toda relación interpersonal totalmente alejada.

Otro de los motivos por lo cual había pedido la ayuda de Gauthier.

—¿Vas a estar bien? —preguntó demasiado cerca.

—Voy a estar perfectamente —le respondió con soberbia, sin mirarle a los ojos, simplemente al frente—. Tu asegúrate de cerrar los acuerdos y no te preocupes por mí. Estoy bien acompañada. —Esta vez si lo miró, sonando un poco fría.

Como McDowell era totalmente inaccesible, Castlemaine se giró para Gauthier.

—Si necesitas algo o... ella necesita algo, házmelo saber, que ella no lo hará. —Le pidió al médico, para entonces mirar de reojo a Abigail preocupado, abrocharse la americana y caminar en dirección al evento.
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Laith Gauthier el Lun Abr 20, 2020 9:35 am

Le dio la impresión de que aquella pregunta la había respondido como si un reportero se la hubiera hecho, y no le pareció mal. Seguramente, no había llegado al puesto donde estaba –sobre todo considerando el modo en que había llegado– contestando abiertamente preguntas indiscretas. Así que se decantó por asentir con la cabeza, aceptándolo como una respuesta válida.

Todavía seguía pensando que aquello era un error y que no debería dejarse ver con compañías que tenían ideologías tan contrarias a las suyas. Más que eso, que le ponían en una posición donde pretender que era otra persona distinta. Hacía su mejor esfuerzo en no pensar en ello, en simplemente hacer lo que tuviera que hacer y afrontar las consecuencias como vinieran, si es que las había.

La amenaza, por más que pudiera decir que era una broma, o al menos queriendo pensarlo así, no le causó gracia en realidad, al menos no cuando aquello se tornó un asunto turbio, más allá del mandar a la mierda al presidente de la MACUSA. No se molestó ni en pretender tener semejante sentido del humor, si bien tampoco iba a ponerse a dar un discurso. Simplemente lo dejó pasar, porque era lo más inteligente para hacer.

Así, terminaron marchándose de ahí, con dirección al evento de esa noche, en cuanto la Ministra le dio el visto bueno para así hacerlo.

***

Todo el camino, Laith había sido un manojo de nervios silencioso, mirando sin mirar a través del cristal del vehículo. Sin embargo, al bajar del mismo, se sacudió las manos e interiormente lo hizo con su propia inquietud, tranquilizándose y preparado para afrontar la situación, sin importar cómo llegara. La explicación era más bien simple: había dejado a Laith en el coche y había bajado sólo el sanador Gauthier, un hombre mental que no se dejaba llevar por sus propias emociones. Sucedía así cuando entraba en su modo profesional.

Quien no parecía tener la misma facilidad de desprenderse de sus emociones era Alexander. Lo había conocido en un lugar muy lejano a eventos de ese tipo, en un bar mágico, y le resultaba extraño no sólo verlo tal formal, sino revoloteando alrededor de Abigail como una abeja rondando un refresco abandonado a plena primavera.

Se mantuvo al margen, simple y sencillamente porque nadie le estaba hablando a él. Al menos hasta que realmente se dirigieron a su persona, a lo que sonrió a medio lado hacia el asistente de la Ministra.

No te preocupes, lo tengo controlado, te haré saber si puedes ayudar con algo —le aseguró en un intento de tranquilizarlo—, tengo un calmante, si lo quieres —interrumpió su marcha, y dirigió sus manos hacia la división de su chaqueta, haciendo el amago de sacar el frasco si es que lo necesitaba Alexander.

Era una costumbre llevar con él un calmante en situaciones extrañas. No por él, más bien para controlar a un Alexander Castlemaine en otra situación, aunque en realidad en esa ocasión lo llevaba por si acaso lo precisaba para su paciente, pues no sabía cómo podría comportarse su cuerpo si llegaba a enfrentarse a la maldición en un momento inadecuado.

Accedió a la mansión junto a Abigail, no sin antes dar un propio vistazo a la magnificencia de aquel lugar. Más bien pomposidad, si lo pensaba con dos segundos de detenimiento; un poco-bastante demasiado.

También se percató de cómo ahí se veía a gente poderosa, esa misma que parece tan lejana, de la que sólo se lee en los periódicos y revistas. Se atrevería a decir que de más de la mitad ni siquiera sabía su nombre. Él no podía sino sentir que estaba desentonando, por más que estuviera mentalizado que su misión no sólo era salvaguardar a la Ministra inglesa, sino también romper con el paradigma y pretender que siempre formaba parte de esos círculos.

Su estrategia era bien básica: estar el mayor tiempo posible cerca de la señorita McDowell, no quitarle el ojo de encima, y sin parecer que era un niñero. Sobre todo, evitar hablar con gente con ideologías particularmente extremistas.
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Abigail T. McDowell el Vie Abr 24, 2020 12:13 am

Alexander era un grano en el culo.

Bueno, quizás la molestia que le transmitía a Abigail era más como una piedra en el zapato que no puedes quitarte en ese momento pero, que de vez en cuando, sea apartaba del meñique y dejaba de hacerte daño.

Laith y Abigail fueron por su lado al interior, teniendo que tratar con varias personas con hipocresía y falsa cordialidad. McDowell presentaba de manera tranquila y con una perfecta teatralidad en sus palabras a su “abogado” Gauthier, tomando ella todo el protagonismo de la conversación. Tomaba el papel principal por varios motivos: era una egocéntrica, evidentemente era la figura representativa de Inglaterra y Laith, quieras que no, allí no era nadie, pues con suerte nadie querría hablar de leyes o política con el abogado de McDowell teniendo a Castlemaine por ahí.

Sin embargo, prefería evitar ante todo que nadie hablase con él para así evitar que tuviera que fingir de esa manera tan mala en la que lo hacía.

El presidente del MACUSA les había saludado al principio, pero gracias a Merlín no presentó más interés al principio de la velada. A eso de una hora y media después, Abigail y Laith se encontraban hablando con los simpáticos japoneses. Los líderes mágicos en Japón eran una pareja mayor, bien posicionada, con unos ideales neutrales pero que, pese a todo, veían futuro en McDowell y “su imperio” como ellos lo llamaban. Entre ellos no se hablaba demasiado de política y es que el matrimonio siempre intentaba conocer más de las culturas ajenas en ese tipo de eventos, delegando todo tema político a sus abogados y asistentes.

No tardaron mucho en irse al baño a vaciar sus vejigas, a lo que McDowell dejó sobre una de las bandejas mágicas que levitaban de un lado para otro su copa de champán suave vacía. No le gustaba demasiado el champán, pero después de tamaños comentarios machistas al verla beber whisky en más de una ocasión, sólo por evitarse ese tipo de necesidad comunicativa con personas sin neuronas, había decidido dar otra “imagen” con respecto a sus gustos alcohólicos.

Por no hablar, claro, que exceso de alcohol solía repercutir en su estado actual, por lo que no quería abusar.

Abigail y Laith se quedaron solos y la pelirroja mantuvo la mirada a lo lejos, en una zona del banquete en donde estaba Castlemaine hablando con los líderes de Italia, que eran básicamente una Ministra y su asistente. Ella reía de manera complaciente frente a los chistes malos de su asistente y es que estaba clarísimo que, desde que lo conoció, se lo quería llevar a la cama.

―¿Sobreviviendo? ―preguntó por hacer conversación, siendo consciente de que mantenerse callado ―aunque ambos lo prefirieran― era raro en una situación así―. Los japoneses son buena gente. No ocultan nada detrás de esa sonrisa: de verdad si te sonríen es porque les caes bien. Del resto... ya no pudo decirte lo mismo. No diría esa afirmación de nadie más.

Echó una sugerente mirada al Ministro Alemán, con quien tenía una gran enemistad.
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Laith Gauthier el Dom Abr 26, 2020 9:24 am

La estrategia del sanador, convertido en abogado, era estable y por lo pronto no había tenido que enzarzarse en una discusión sobre leyes como si él tuviera la más mínima idea de ello. Todas sus conversaciones habían estado siendo dominadas por gente que no era él mismo y, aunque Laith no se considerase una persona callada ni introvertida, lo prefería cuando la alternativa era hablar de cosas que no tenía ni idea y el riesgo a quedar en ridículo.

La velada estaba siendo, sin lugar a dudas, eterna. En ocasiones, discretamente miraba su reloj y se sorprendía de que sólo hubiera pasado un cuarto de hora desde la última vez que vio el reloj. Media hora, cuando mucho, en los vistazos en que tenía suerte. No estaba bebiendo, no porque no pudiera tolerar los efectos del alcohol, sino porque estaba trabajando y en el trabajo le gustaba estar completamente sobrio. Necesitaba sus plenas facultades mentales y físicas.

Abigail y su pregunta llamaron su atención, mientras el sanador estaba mirando alrededor, localizando con la mirada a las personalidades que era capaz de reconocer cuando menos de vista. A veces, tenía el fugaz pensamiento de que alguien podía ver por debajo de su coartada, que rápidamente sacudía de su mente. No necesitaba tales pensamientos catastróficos en ese momento.

Lo llevo bien todavía —le sonrió de forma honesta. No necesitaba tener los nervios a flor de piel si no iba a cambiar en lo absoluto cuán preparado se encontraba, así que su cabeza se mantenía tan fría como podía—. No puedo decir que me apene que este no sea mi círculo acostumbrado —sonó demasiado correcto para lo que dijo: que lo alegraba no tener que juntarse frecuentemente con altos cargos políticos así de políticamente correctos.

Lo suyo era la ciencia, los médicos, los investigadores. Probablemente el único momento de su vida donde tenía que realmente medir y meditar sus palabras era cuando recibía atención mediática, que no es que realmente fuera frecuente para él, siendo un sanador entre tantos del hospital. El crédito, al final, se lo llevaban sus propias innovaciones, antes que su creador directo.

El Ministro Alemán parece encantador, si puedo decirlo —y su tono estaba contagiado de ligera ironía, secundada por su sonrisa ladina. Cada vez que notaba que chocaban la mirada él y Abigail, casi escuchaba los truenos y relámpagos que salían de sus ojos e impactaban en el aire.

Lo aterrador de eso no era el hecho de que dos personas no se cayeran bien. No, lo aterrador era que una disputa entre dos personas de esa habitación podría conllevar a un conflicto político mayor a nivel mágico. Ahí no había personas, realmente: había países.

Parece que… Castlemaine —y dudó al decir su apellido, porque su primer instinto había sido intentar decir su nombre—, lleva bien estos encuentros; sólo lo veo revoloteando de aquí a ahí hablando con todos… Se desenvuelve bien en su trabajo —y era lo mínimo que podía esperarse del asistente de la Ministra.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Dom Abr 26, 2020 10:23 pm

Pese a que McDowell tuviera sus gustos por resaltar y ser el centro de atención, en situaciones políticas y «políticamente» correctas, le daba realmente pereza. Ella antes no era así, por lo que la versión actual de la Ministra de Magia Británica era la de una Abigail que se había tenido que adaptar a las situaciones. Obviamente tampoco se arrepentía porque gracias a eso había llegado a donde estaba, pero siempre observaría y asistiría a este tipo de eventos con la misma mala hostia.

Se lo pasaba mejor cuando era meramente la Asistente del Ministro, una cara invisible con la que poder hacer cualquier, además de su trabajo. Siendo la líder de un país la imagen era prácticamente lo más importante y sus acciones se veían muy limitadas.

Cuando Laith mencionó al Ministro Alemán, la pelirroja puso los ojos en blanco. Si ese señor se acercaba había dos opciones: o que Abigail terminase convulsionando en el suelo porque la asquerosidad, altanería y gilipollismo palpable del Ministro habría hecho todo para sacar de quicio a Abigail sin que ésta tuviera demasiado tiempo de reacción, o bien que Gauthier preveyese la situación y se inventase cualquier tontería para sacar a Abigail del paso.

¿Porque sabéis lo peor?

Pese al odio y el asco que le profesaba a ese líder alemán, Abigail McDowell NUNCA se iría por su propio pie de una conversación con tremendo retraso de la humanidad.

―Es la típica persona a la que ves abrir la boca y ya sabes que es un ser primitivo con mucho retraso para vivir en la sociedad actual ―le comentó gratuitamente a Laith. Abigail podía hablar bien de mucha gente que considerase correcta y bien, pero cuando alguien le caía mal… Tampoco podía quedarse callada. Y total: Gauthier era de las pocas personas que sabía que se estaba muriendo, más confianza que esa para contarle su opinión sobre los líderes gilipollas políticos no habría―. Si se acerca, es altamente recomendable que nuestra conversación no dure más de cinco minutos. No me gustaría morirme aquí por encarar a un imbécil.

Gauthier entonces desvió su mirada a Castlemaine, quien hablaba con alegría y “despreocupado” con todo el mundo, como si el gobierno en Inglaterra fuese el mejor del mundo. Quizás su líder era sosa, crítica y poco flexible, pero Alexander era el juguete que se llevaba bien con todo el mundo.

―Elegí al mejor ―reforzó el comentario de Laith.

El único motivo porque Castlemaine siguiese en el puesto, sabiendo todo lo que sabía de Abigail, era porque era el mejor ayudante que había tenido y le ayudaba de verdad, pues podía confiar en delegar en él cosas de suma importancia que sabía que era una persona de fiar.

También estaba la parte en la que se preocupaba mucho por Abigail y su bienestar, pero lejos de ser eso algo positivo, la pelirroja y su alergia por exceso de preocupación o interés sentimental lo hacían siempre separarse, pues lo menos que quería era unir problemas personales con problemas laborales. Era lo peor que podía hacer y no pensaba permitirlo.

―Es su trabajo. Él cae mejor que yo: eso es un hecho. ―Afirmó con rotundidad esa verdad absoluta―. Pero además de tener muchísimos contactos sabe como hablar con la gente y sus conocimientos política exterior son muchos mejores que los que tengo yo. Es alguien de confianza en quién puedo delegar sin preocuparme ―confesó, mirando entonces a Laith directamente, pues hasta el momento hablaba mirando hacia Alexander―. Es difícil últimamente conseguir a alguien en quién confiar sin obligarle a firmar un papel… ―Y puso un gesto de «así es la vida», encogiéndose de hombros.

No era un ataque, ni nada con segundas intenciones. Evidentemente el tema de su maldición era algo peliagudo que se debía de llevar con exceso de discreción, pero Abigail se refería a temas más mundanos como la gestión del gobierno inglés o, directamente, tener algo cercano a un amigo.
Abigail T. McDowell
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