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Our own inner demons {Samdoline}

Gwendoline Edevane el Miér Oct 30, 2019 4:31 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Our own inner demons {Samdoline} - Página 5 WKsGiyo
Jueves 15 de noviembre, 2019 || Cafetería “El Juglar Irlandés”, Londres || 12:47 horas || Atuendo

A su regreso de las tan necesarias vacaciones de verano, Gwendoline casi había esperado encontrarse con una Londres sumida en el caos: esperaba encontrarse con más ataques de los radicales, quizás el secuestro de otro miembro de su familia, o incluso un nuevo ataque perpetrado por el Juguetero.

Sorprendentemente, no había sido así.

Septiembre, octubre y lo que iba de noviembre habían sido dos meses y medio sorprendentemente tranquilos, casi anodinos, y a pesar de que Sam y ella habían tenido alguna que otra desavenencia —había procurado tomarse el asunto de Ryan Goldstein con filosofía—, las cosas marchaban bien. ¡Incluso había tenido tiempo de pensar en lo que le había prometido a su novia!

Y no solo eso: tenía buenas noticias para ella.

Dependiendo de cómo se mirase, lo que estaba a punto de contarle podía considerarse un suicidio social: teniendo en cuenta que tenía un empleo fijo en el Ministerio de Magia, que cursaba una carrera al mismo tiempo, y sus obligaciones con la Orden del Fénix, añadir una responsabilidad más al tema podía suponer que no viese la luz del sol en lo que le restaba de vida.

Pero lo tenía todo pensado.

De acuerdo, no habían localizado al Juguetero, pero llevaba sin atacar desde el verano. Dos habían sido los atentados cometidos, y se habían tomado medidas al respecto para prevenir otros. El resultado, por lo visto, había sido óptimo, y por mucho que la Orden del Fénix todavía no quisiese festejar la victoria, ya empezaba a comentarse.

Gwendoline no lo tenía claro al principio, pero con el paso de los días, no había habido noticias… y poco a poco había empezado a creérselo. Poco a poco dejó de pensar en aquello como la calma antes de la tempestad.

«Si es así», pensó la morena, mientras caminaba por las calles de Londres en ese día que había decidido tomarse libre en el Ministerio. «Si es así, quizás mi tiempo de servicio en la Orden del Fénix haya llegado a su fin.»

Ya podía ver la fachada del Juglar Irlandés, dónde en esos momentos Sam cumplía religiosamente su horario laboral. Una sonrisa le iluminó el rostro, y sin darse cuenta, apretó el paso.

Lo que Angus Flannagan, ese pelirrojo de pelo rizo y rostro bonachón que habían conocido en Hogwarts, le ofrecía a Gwendoline, era algo pequeño. La morena no esperaba empezar por todo lo alto, eso estaba claro, y sabía que cualquier cosa era buena. Sin embargo, procuraba no hacerse muchas ilusiones: restaurar una vieja biblioteca y salvar todos los libros antiguos posibles iba a ser un trabajo muy poco agradecido y seguramente mal pagado, pero era un comienzo.

¿Quién sabía? Quizás Angus se convertiría en lo que ansiaba: el librero mágico más famoso de Inglaterra.

La campanilla sobre la puerta tintineó cuando Gwendoline la abrió, todavía con una sonrisa. Caminó en dirección al mostrador, donde Sam y Santi discutían sobre algo, mirando un ticket de compra que el español sostenía en su mano izquierda. A juzgar por los golpes que le daba con la otra, y por lo “enfadado” de su expresión, alguien de los dos había cobrado mal a algún cliente.

—Espero que no estés intentando echarle las culpas otra vez por algo que has hecho tú —bromeó Gwendoline, dirigiéndose a Santi, mientras apoyaba ambos brazos en la barra. Enseguida cambió su tono de voz a uno más confidencial y “amenazador”—, porque he oído que su novia es una bruja que te puede echar un buen mal de ojo encima.

No tenía ni idea de si Santi sabía que eso no podía hacerse, pero igualmente le iba a dejar creerlo durante un rato. Hasta que se cansase de tenerlo persiguiéndola y preguntándole si se lo quitaba, básicamente.


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Oct 31, 2019 1:48 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Miér Mar 25, 2020 2:55 pm

No había mucho más que ver allí, siempre y cuando una no estuviera interesada en contemplar una masacre sin sentido, propósito o rastro alguno de humanidad por parte de su perpetrador. Reinaba el caos, y costaba mucho ver cualquier otra cosa que no fuesen explosiones, y escuchar otra cosa que no fuesen gritos de terror, dolor y agonía.

Quizás no fuera más que un recuerdo ajeno, pero tenía la facultad de desgarrar el alma a cualquiera.

Instintivamente, se había agazapado para protegerse de aquellas explosiones. Su mente pronto le recordó lo innecesario de aquello, pues nada allí dentro podía hacerle daño. Con todo, tuvo que hacer un gran esfuerzo para observar, para quedarse con algunos detalles.

Una snitch voló peligrosamente cerca de ella, o lo habría hecho de ser parte de aquel recuerdo. La vio pasar prácticamente a través de ella, y se percató de algo. Frunció el ceño, volviendo la vista en la dirección que había tomado el objeto volador. ¿Era posible que lo hubiera visto, o le engañaban sus sentidos?

—Sam, ¿has visto…? —Justo en ese preciso momento, el recuerdo se detuvo, igual que una película a la que hubieran dado la pausa. Gwendoline se volvió hacia su novia—. ¿Sam?

A pesar del aspecto que mostraban los recuerdos, casi como una película granulada en blanco y negro, no había que ser demasiado observadora para ver cómo el rostro de Sam había perdido color.

La escuchó explicarse, pero no dijo nada. No le iba a decir nada al respecto, pues… ¿qué ganaría con decirle “te lo dije”? ¿Y qué ganaría con recordar, la próxima vez que estuvieran ante una situación así, lo que había sucedido entonces? No ganaría nada, así que, en el momento en que abandonó el recuerdo, Gwendoline echó un último vistazo a la snitch suspendida en pleno vuelo, y entonces siguió a su pareja al exterior.


***

Cuando regresó al mundo real, Sam se encontraba tumbada en la cama, con los ojos cerrados. Alargó una mano y la posó suavemente sobre su brazo, mientras ella continuaba explicándose. De nuevo, no necesitaba hacerlo: cualquiera con un mínimo de empatía podría entenderlo, y ellas dos se conocían demasiado bien, además.

—No necesitas explicármelo —le dijo con suavidad, acariciándole suavemente el brazo para luego retirar la mano—. Y no necesito volver a entrar ahí.

Mientras Sam se giraba en la cama, quedándose boca arriba, Gwendoline descolgó las piernas del lado opuesto para, acto seguido, ponerse en pie. Se giró en dirección al pensadero y contempló el recuerdo que flotaba en él, una suerte de líquido plateado y brillante. Apuntó con la varita en su dirección comenzó a moverla en círculos, como si removiera una mezcla en un cazo que ha alcanzado la ebullición la mezcla. Sus pupilas se iluminaron con dos diminutos puntos de luz planteada, como sucedía cuando modificaba un recuerdo dentro de la cabeza de alguien.

Fue una revisión rápida, hasta encontrar lo que buscaba, y una vez lo hizo, finalizó el hechizo. Lo había almacenado en su propia memoria.

—Había algo —le explicó—. Me pareció verlo mientras estábamos dentro, y no me he equivocado: he visto cómo funciona una de esas snitches explosivas. —Dejó escapar un suspiro, aliviada de que aquello hubiera servido para algo, además de para revivir traumas y provocar algunos nuevos.

Con un sencillo Wingardium Leviosa hizo levitar el pensadero de la cama al suelo, y una vez hecho esto, se tumbó en la cama, boca arriba, junto a Sam. Volvió la mirada en su dirección y la observó en silencio unos segundos, acompañándola, estando ahí para ella. No le reprocharía nada de lo sucedido. En todo caso, tenía mucho que agradecerle.

Buscó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, para luego besarla suavemente en la mejilla. Hecho esto, apoyó la cabeza en su hombro.

—Descansa —le susurró, apretándole suavemente los dedos con su mano—. Me quedaré aquí contigo hasta que te sientas mejor.

Cualquiera diría que había prisa, que debía ir corriendo a revelar la información que acababa de descubrir, pero aquello era más importante. No pensaba moverse de allí hasta saber que ella estaría bien.

Y para los que se lo pregunten, lo que Gwendoline vio allí dentro fue lo siguiente: una especie de luz precedía a aquella snitch, como una especie de puntero láser. Dicho puntero recorría las paredes del refugio que estaba atacando, quizás buscando signos de movimiento sobre los que lanzarse para explotar.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 26, 2020 9:41 pm

Cerró los ojos tras escuchar a Gwendoline, despreocupándose de todo. Era cierto que no le debía explicaciones después de que fuese ella misma quién le dijera que se merecía un descanso, pero era inevitable: las explicaciones salían, sin más.

Intentó desconectar, usar el mismo método que utilizaba cuando intentaba meditar y quedarse con la mente en blanco. Sabía que ahora mismo no podría descansar como tal y que, teniendo en cuenta su vida laboral, echarse una siesta en ese momento sería sin duda contraproducente y terminaría por la noche sin poder dormir tanto por no tener sueño, como por tener eso en la cabeza. Simplemente ―aunque pareciera fácil―, necesitaba hacer que su cabeza dejara de tener tanta presión.

Sam no se había percatado de nada en las Snitch Doradas, sinceramente, pero le sentó bastante bien que hubiese dado con algo nuevo.

Sin embargo, la rubia aprovechó cuando Gwen se acostó a su lado para girarse y “darle la espalda”, tirando un poco de su mano para que ésta recorriera su cintura y le abrazase, notando su suave respiración en su cuello. Eso le relajaba y concentrarse en acompasar sus propias respiraciones, en esa situación tan tranquila, la ayudó a sentirse mucho mejor.


***
45 minutos después

Casi se queda dormida e incluso sintió que entró en ese estado de somnolencia, pero fue Don Gato quién, con todo el silencio y suavidad del mundo, subió a la cama y la despertó, pues rozó su barriga con su lomo, buscando un sitio en el que acostarse. No le iba a reprochar nada al pobre gato: en realidad no quería dormirse, pero sí que necesitaba ese momento de desconexión.

Se levantaron en la cama y fueron a merendar/cenar algo, sentándose en la mesa del comedor. Sam había sacado dos yogures de fresa, además de pelar dos plátanos y cortarlos en trocitos. Le encantaba el dichoso yogur de fresa con plátano dentro.

Una vez se sentó, esperó que llegase Gwen. Ahora que había descansado su ánimo estaba mucho mejor, por lo que ni se preocupó en mencionar el tema porque era una tontería. Gwen la comprendía mejor que nadie. Así que mientras vertía el yogur en un bol y echaba los trocitos de plátano, sacó el tema importante.

―Vale, ¿entonces qué fue lo que viste exactamente? ―le preguntó directamente. Sam todavía tenía el recuerdo visto desde la perspectiva de Annie en la mente y, sinceramente, ahora mismo pretendía no indagar de no ser estrictamente necesario. Dudaba mucho que viese nada especialmente revelador si no lo había visto ya Gwen―. ¿Cómo cree que funciona exactamente? Porque si fue como me dijiste así por encima, el Juguetero tendría el riesgo de tener que estar cerca de los ataques, ¿no?

A ver, que se lo había dicho muy por encima y Sam había dicho que para atender y poder pensar con claridad necesitaba llevarse algo a la barriga.

―A menos que haya una manera de vincular que algo persiga a otro algo y ese algo tenga un objetivo previo... pero es raro vincular algo a una luz y sería estúpido porque para eso vinculas lo primero directamente a ese algo. ―O sea, os juro que de verdad lo que acababa de decir tenía sentido, al menos para su mente. Al decir eso, no pudo evitar levantar la mirada mientras sacaba los restos de yogur del interior de su envase y los tiraba al bol―. Vale, quizás no me he explicado de la mejor manera, pero me has entendido, ¿a que sí?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 28, 2020 2:18 pm

A pesar de tumbarse abrazada a ella, fue totalmente incapaz de dormirse. Había visto demasiadas cosas en aquel recuerdo prestado como para ser capaz de pegar ojo, al menos de inmediato, por lo que se dedicó a pensar.

Seguía pensando en el asunto cuando, despeinada igual que si hubiera dormido, bajó las escaleras en dirección al piso inferior en compañía de Sam, con intención de recuperar energías con una merienda un tanto tardía. Y como por norma general cocinaba ella —por gusto, más que nada—, tenían la norma no escrita de que la rubia se encargaba de desayunos, meriendas y aperitivos.

Tomó asiento en la mesa y, nada más hacerlo, lanzó un sonoro bostezo al aire. No se trataba de un bostezo de aburrimiento, sino de cansancio. Quizás no hubiera sido ella quien había entrado en la mente de Annie Hopper, pero empezaba a notar un cansancio que, estaba segura, tenía que ver con el estado de tensión en que llevaba viviendo todo ese día.

Chess se acercó, lanzó un maullido desde su posición en el suelo, y Gwendoline se separó un poco de la mesa para dejarle espacio. El felino, de un elegante salto, se encaramó a su regazo, y desde esta nueva posición ventajosa, observó la suculenta comida dulce que estaba preparando su otra dueña.

La primera dueña, la que lo había acogido en primer lugar, estaba en la inopia cuando la segunda hizo aquella pregunta, y meditó bien la respuesta que iba a ofrecer.

—No tengo claro si lo entiendo —le respondió con una media sonrisa cuando su novia formuló aquella teoría—. Pero creo que no es así como funciona. Tal y cómo lo veo, y no soy ninguna experta, creo que es mucho más simple que todo eso.

Gwendoline se movió en la silla, buscando una posición más cómoda ahora que tenía a Chess en su regazo. Éste lanzó un maullido de protesta, indicando que “Humana, estaba yo muy cómodo, ¿por qué te mueves?”, pero no se lanzó al suelo ni huyó despavorido, como a veces hacían los gatos.

La posibilidad de una dulce recompensa podía más que su deseo de comodidad.

—Lo que vi fue una luz brotando directamente de una de las snitches, algo parecido a un puntero láser —prosiguió—. De nuevo, insisto, no soy ninguna experta, pero creo que sé exactamente para qué sirve esa luz: es una especie de mecanismo de seguimiento que utiliza la snitch, quizás un detector de movimiento.

Durante muchos meses, habían pensado que las armas del Juguetero actuaban por voluntad propia, igual que las snitches doradas normales y corrientes: volaban a su propio aire, resultaban totalmente impredecibles, y por eso era tan complicado atraparlas. Pero con aquella nueva información, Gwendoline creía que se podía descartar por completo lo aleatorio de la ecuación.

Si estaba en lo cierto, el Juguetero era más inteligente de lo que creían, y teniendo en cuenta que ya lo consideraban inteligente de por sí…

—Hasta ahora pensábamos que ese degenerado, simplemente, soltaba sus artefactos y les dejaba hacer su trabajo. No era difícil imaginárselo: las snitches doradas revolotean y se mueven muy rápido. Pero con esto creo que podemos descartarlo. —Suspiró, con la mirada perdida en algún punto de la mesa—. Si esa luz es una especie de sensor de movimiento, o un sensor térmico, o cualquier tipo de sensor, eso quiere decir que seguramente no están… programadas, o lo que sea, para hacer explosión a menos que encuentren un objetivo. Antes pensábamos que simplemente entraban en los refugios y hacían explosión contra lo primero que encontraba, lo cual las hacía peligrosas, pero esto...

«Resumen: esto es incluso peor», pensó, sintiéndose repentinamente muy enfadada con el mundo en general. «Aunque también puede ser que nos abra la posibilidad de encontrar alguna medida defensiva óptima contra sus juguetes.»

—Así que lo que yo creo es que no es que las snitches estén vinculadas a luz alguna; creo que esa luz es un sensor que llevan incorporado, como una especie de híbrido entre tecnología y magia. —Suspiró, para luego buscar a Sam con la mirada. Se obligó a sonreír un poco, teniendo en cuenta lo tensa que estaba—. ¿Tiene sentido o piensas que debería dejarlo todo en manos de gente con más experiencia que yo?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 30, 2020 11:03 pm

Comió de su yogur con plátano mientras escuchaba la explicación más detallada de lo que había visto Gwendoline, entendiéndolo mucho mejor. Por una parte se decepcionó: si hubiera sido como ella pensaba en un principio significaría que el Juguetero debería estar cerca de los ataques y, por tanto, tener algún tipo de posibilidad de verlo o, en un futuro atraparlo. Teniendo en cuenta lo que decía Gwendoline, lo que utilizaba ―esa mezcla de tecnología y magia― hacía que los ataques fueran muy independientes y él, ni siquiera, tuviera que estar pendiente de nada.

Sí, al menos servía como un punto de partida para crear una protección mejor a dichos ataques, pero lo que era dar un paso en dirección al auténtico problema, el Juguetero en sí, no.

Masticó y tragó tranquilamente tras la pregunta de Gwendoline, para poder hablar sin riesgo a atragantarse y, de paso, pensar la respuesta.

―Tener, tiene sentido ―contempló, tomándose una pausa antes de continuar―: Pero creo que la experiencia nos ha enseñado que mejor pedir una segunda opinión, sobre todo si se trata de gente más experimentada. Y no te voy a mentir… ―Encogió un poco sus hombros, mirándola con resignación―, yo personalmente delegaría ese trabajo de investigación en los que más saben y pueden encontrar las maneras de crear defensas más efectivas.

A fin de cuentas, si bien Sam y Gwen eran muy listas y podían ser de ayuda, la rubia opinaba que era tal cual eso: sí, podrían haber sido las encargadas de encontrar el recuerdo necesario para desbloquear una siguiente etapa de decisiones, pero para el resto de cosas que habían que hacerse, como estudiar a profundidad ese mecanismo o crear unas nuevas defensas para los refugios, ellas deberían tener un rol más secundario en donde opinar en base a su experiencia, no uno principal. A fin de cuentas, ellas no eran expertas en encantamientos protectores, ni mucho menos en artefactos mágicos tecnológicos explosivos.

―A raíz de esto van a salir varias cosas que tener en cuenta ―continuó hablando, ya que de repente se había desbloqueado. Cierto que aún no entendía mucho el mecanismo, pero eso no era freno en pensar en el futuro―. Primero hay que tener claro qué es y cómo funcionaba esa snitch, segundo hay que priorizar la defensa de los refugios con alguna solución efectiva y, tercero, averiguar de dónde ha salido un mecanismo así. ―Dejó el bol sobre la mesa, para explicar eso último―: No sé qué clase de recursos utiliza esa snitch, pero teniendo en cuenta la magnitud y la precisión del daño, tiene que ser algo muy bestia. Sí, puede ser algo de creación propia del Juguetero y entonces estaríamos en el mismo punto de partida, pero quizás es mucho más sencillo que eso.

Tampoco quería fliparse porque era hacerse expectativas y todo el mundo sabe cómo de decepcionante es eso de tener expectativas. Sin embargo, quiso explicar su punto:

―¿Te acuerdas en clase de Encantamientos cuando el profesor siempre hacía cosas increíbles nada más empezar la clase y luego te demostraba que lo había hecho a partir de cosas que ya conocíamos? Muchos encantamientos y hechizos son combinaciones de varios y quizás lo que use el Juguetero no sea nada tan complicado, solo algo que no entendemos. ―Removió los trozos de plátano en el interior de su bol―. Quizás sencillamente es un método que ya creó otra persona sin que fuera peligroso, simplemente adaptado a su asqueroso juego homicida. ―Se llevó una cuchara a la boca, pues era una ansiosa y la muy ansiosa no podía esperar a terminar de hablar para tomar otra cuchara―. Si descubrimos eso no solo podemos crear defensas más efectivas, sino también crear un rastro.

En ese momento carraspeó un poco porque casi se atraganta hablando, frunciendo el ceño. Si es que… Tosió también un poco, poniéndose el puño delante de la boca.

―No lo sé, ya sabes que yo me quedé estancada en la magia mental… ―medio sonrió, con una mejilla llena del yogur con plátano―. Hay que preguntarle a gente que sabe de verdad para que saquen las conclusiones más certeras. Al final yo solo estoy tirando opciones al aire que no sé ni si tienen sentido.

No sabía ni cómo tenía tanta hambre después de haber visto aquel dichoso recuerdo tan desagradable. Sin embargo, Sam siempre comía mucho cuando estaba triste y estaba bastante segura de que su estado anímico ahora mismo no era el mejor.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Mar 31, 2020 10:32 pm

Se había expresado mal, definitivamente, pues saltaba a la vista que sus conocimientos en materia de encantamientos, maleficios e ingeniería eran totalmente insuficientes para la labor que tenían entre manos. No pretendía servirse únicamente de aquellas cábalas para llevar adelante una investigación de la que dependían las vidas de muchas personas. De eso habían hablado, precisamente, cuando habían mantenido aquellas desagradables discusiones: no pretendía hacerlo todo ella sola, pero definitivamente necesitaba ayudar.

Sin embargo, era plenamente consciente de sus propias limitaciones. Más que nunca antes en su vida, de hecho.

Se quedó absorta en sus pensamientos, mientras escuchaba las palabras de Sam y acariciaba de manera distraída el pelaje de Chess. Había un bol de yogur con fruta delante de ella, pero en un principio no lo tocó. Demasiado concentrada estaba en asimilar todo lo que había visto en aquellos recuerdos.

—Me he expresado mal —le respondió, con la misma leve sonrisa de antes—. Quería saber, en pocas palabras, si mis teorías eran demasiado locas o demasiado fundamentadas en ciencia ficción como para tenerlas siquiera en cuenta.

Sí, aquello era mucho más exacto.

Con lo siguiente que mencionó Sam, la morena comenzó a formular posibles escenarios en su mente: o bien tenían ante sí un trabajo totalmente artesanal y personalizado, o bien una modificación de elementos ya existentes. Y si bien estaba totalmente de acuerdo con que la opción que más les convenía era precisamente la segunda, no creía que la primera inutilizara por completo todo lo que habían aprendido hasta el momento.

A fin de cuentas, no habían aprendido absolutamente nada, y todo lo que viesen de ahí en adelante tenía que sumar, no restar.

Seguía pensando en estas posibilidades cuando Sam mencionó a su antiguo profesor de Encantamientos en Hogwarts. De nuevo, tenía que darle la razón en que podía ser así, que podía ser la mejora de algún elemento ya existente. Esa era, precisamente, la teoría que se barajaba con respecto a las snitches, pero los juguetes…

Los juguetes eran otro tema, que podía ser muy clave.

Es decir, las snitches tenían potencial destructivo, teniendo en cuenta la velocidad a la que se movían, y sinceramente no podía comprender como nadie antes que el Juguetero lo había visto. Sin embargo, ¿por qué juguetes? Existían formas y formas de perpetrar crímenes, y utilizar juguetes no era lo más versátil del mundo.

—Las snitches no son el problema —le respondió, todavía pensativa, y todavía sin tocar el bol de yogur—. Si las ha fabricado desde cero o simplemente ha modificado el diseño ya existente, poco o nada nos aporta, pues ya sabemos de dónde le viene la idea. —«El Quidditch», pensó, sin ser consciente de que, precisamente, el deporte mágico podía ser una de las claves para resolver aquel misterio—. Creo que el problema aquí son los juguetes que empleó en el segundo ataque, y más que eso, comprender el motivo de por qué los utilizó. Es decir, en caso de que tuvieras una mentalidad psicópata orientada a la destrucción, ¿emplearías algo tan raro como un montón de juguetes infantiles?

Lo peor de todo el asunto era que había conseguido convertir esos juguetes en máquinas de matar. Algo tan inocente como unos juguetes… No quería ni imaginarse cómo había logrado introducirlos en el refugio.

Volvió a cambiar de posición en la silla, esta vez recostando la espalda en el respaldo, y Chess volvió a removerse inquieto, mirándola con un evidente reproche. Ella ni se percató, echando la cabeza atrás para clavar la mirada en el techo. No es que allí hubiera nada interesante, pero así pensaba mejor.

Suspiró, todavía mirando la techo.

—No vamos a sacar nada en claro ni aunque sigamos hablando de ello toda la noche, ¿verdad? —preguntó a su novia, para luego sonreír con resignación y encogerse de hombros—. Bueno, al menos hemos dado un pequeño paso adelante, quiero pensar.

Y ahora venía la parte más importante de todo aquello: olvidarse del asunto hasta que hubiera más información. Más tarde llevaría el recuerdo a Dumbledore, y que él se encargara de ponerlo en manos de expertos de su confianza. A raíz de eso, procuraría olvidarse del asunto, y concentrar su mente en otros asuntos.

Un primer paso podría ser hacerle caso al bol de yogur que tenía en la mesa, delante de ella, antes de que Chess decidiese dejarse llevar por su curiosidad y glotonería animal.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Abr 05, 2020 6:55 pm

Una de las muchas cosas que motivaron a Samantha a estudiar lo que estudió era la psicología humana. A fin de cuentas, cuando uno tiene quince años y se da cuenta de que en el mundo mágico puedes leer mentes, lo primero que piensas es: ¿podré entender así a las personas? La legeremancia te abría un espectro de posibilidades que era increíble, entre ellas la posibilidad de entender la emoción y el sentimiento que llevó a una persona a hacer algo. También eras capaz de saber exactamente qué pensaba en ese momento, así como revisar su historial de vida para intentar justificar los motivos de sus decisiones. Así que sí, la legeremancia era un poco la psicología de los magos.

Claro que, para poder entender perfectamente a una persona no te valía con permanecer en la mente ajena un minuto. Eso era cuestión de práctica y empatía.

Además, por mucho que Samantha llevase tantos años ejerciendo de legeremancia, ¿acaso creías que tenía algún tipo de facilidad entendiendo a alguien? Si a veces no entendía ni a Gwen, que la conocía de toda la vida. ¡Si a veces no se entendía ni ella misma! Y mira que había estado en muchísimas mentes de psicópatas, pero la pregunta de Gwendoline ahora mismo para ella no tenía respuesta.

―No creo… ―le reconoció, mirándole con cierto pesar―. No sé cómo sería yo si fuera una psicópata, lo mismo me daría por ir creando ataques homicidas con… peluches de leones marinos. ―Alzó las cejas, dando a entender la aleatoriedad―. Dudo mucho que ese tipo de decisiones sean… iguales en todos los psicópatas. Supongo que el Juguetero habrá utilizado eso en base a alguna experiencia del pasado, quizás intentando transmitir un mensaje con sus ataques… No lo sé, tampoco creo que sea una decisión que carezca de lógica. Si usa eso, sin duda por algún motivo es, aunque no sé tampoco si saber eso podría ayudarnos en algo ―admitió.

Claro que habían dado un paso hacia adelante: muy grande además. Quizás para la misión principal no, pero como secundaria Annie acababa de recuperar sus recuerdos y no había terminado en el suelo llorando implorando que se los volvieran a quitar. Además, había salido bien esa intervención y, quieras que no, que algo salga bien en mitad de una misión tan jodida y misteriosa, al menos a Sam le recompensaba en actitud aunque hubiera terminado hecha una ameba emocional.

―Es así ―le corroboró―. Tenemos algo que no teníamos, para algo va a servir aunque ahora podamos no haber dado con nada. Tú ten fe… ―Y tras una breve pausa, miró al bol de yogur―: Cómete eso, anda, que está super bueno.


***

Antes de que se hiciera todavía más de noche, Sam acompañó a Gwendoline para ceder el recuerdo a Dumbledore y compañía, además de ver como estaba Annie. La pobre se había pegado toda la tarde durmiendo después de la poción tranquilizadora que le había dado Freddie. Sin embargo, el sanador también consideraba que había salido todo mejor de lo esperado y que él creía que la cosa se desarrollaría positivamente.

Al par de días, cuando Sam y Gwen se encontraban allí, Annie las llamó. La pobre estaba super triste, pero no quería que le quitaran el recuerdo de nuevo pues, según sus propias palabras, podía vivir con eso.

Sin embargo, confesó que la verdadera razón de que quisiera hablar con ellas era para ver si de verdad podía volver a ver con lucidez el recuerdo de hace tres años, en su octavo cumpleaños. Decía que no quería que “su último recuerdo” lúcido con su familia y amigos, fuese ese y que quería recordar algo feliz.

Por casi Sam no se muere ahí de adorabilidad.

Le hicieron ver ese recuerdo, además de explicarle cómo funcionaban los pensaderos para ese tipo de cosas. Se fueron de allí al menos con algo positivo y una sonrisa en el rostro de la niña.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Abr 06, 2020 6:12 pm

—A eso quería llegar yo —dijo Gwendoline, señalando a Sam con el dedo índice en el momento en que mencionó que la decisión de usar juguetes era, precisamente, algo que decía mucho de su persona de interés—. Saber eso sí nos ayudaría, pues teniendo en cuenta que no tenemos ni la más mínima idea de quién es, datos como ese pueden ayudarnos a estrechar el cerco. Ya te dije que una de las teorías que se barajan en el refugio es que se dedica a los juguetes de alguna manera...

«Pero todavía no sabemos de qué manera», pensó Gwendoline. «Y por mucho que pretendamos aplicar la lógica, al final siempre hay una puerta abierta a que este sujeto no se rija por lógica alguna.» No quería ni pensar en esa última posibilidad, o empezaría a dolerle la cabeza.

Al menos, les quedaba el consuelo de que en el refugio se podría estudiar el funcionamiento de aquellas diabólicas snitches explosivas gracias al recuerdo de Annie, por lo que no podían considerar aquello como una derrota. Ver el lado positivo de las cosas era, también, muy importante.

Sonrió de manera culpable cuando Sam le recordó que tenía delante un plato de fruta y yogur con que alimentarse. Sonrió igual que cuando la descubría leyendo cualquier asunto del Juguetero sin ella, pues sabía lo que pensaba su novia: a veces, dejaba que su obsesión dominase un poco… demasiado… su vida.

Así que le puso remedio: le indicó a Chess que se había terminado la hora de estar sentado en su regazo, tomó la cuchara y se acercó el bol. Sonrió divertida, antes de meter la cuchara en la mezcla, y dijo:

—Sí, mamá. —Y ante la mirada suspicaz de Sam, se encogió de hombros—. Sólo te ha faltado decirme que si no me lo como todo, no creceré sana y fuerte. Sólo lo digo.

Se encogió de hombros, y luego se le escapó la risa. No era muy dada a mantener mucho tiempo aquel tipo de bromas. Mejor sería que comiese.


***
Viernes 10 de enero, 2020 - 19:57 horas
Callejón Diagon, Londres

A mitad de aquella gris tarde de enero, Gwendoline había citado a Savannah McLaren y Douglas Dagon en la futura biblioteca de Angus Flannagan, con intención no sólo de presentárselos a su amigo, sino de ayudarle con algunos preparativos para la futura apertura. Concretamente, una tienda cercana había donado unas cuantas cajas de libros de segunda mano, y Angus necesitaba algunos pares de manos para transportarlos, organizarlos, limpiarlos si era necesario, y hacer un pequeño inventario de todo aquel material.

Angus estaba entusiasmado cuando conoció a Dog y Savannah, estrechando la mano de él y abrazándola efusivamente a ella. Les agradeció una y mil veces que hubieran mostrado interés en aquel pequeño proyecto. Fue casi como volver a ver a aquel niño pelirrojo de gafas que era cuando todavía estudiaba en Hogwarts.

El irlandés se quedó en la tienda, haciendo espacio para los libros, mientras los demás iban a buscar el material. Tuvieron que esperar casi hasta la hora de cierre para no molestar al dueño en pleno horario laboral, pero entonces los recibió de buena gana. También parecía contento al ver a tantos jóvenes interesados en sus viejos libros.

Dog se hizo cargo él solo de una de las pesadas cajas de libros, aunque quizás se arrepintió: se le veía bastante incómodo, y ambas mujeres se dieron cuenta de que únicamente quería quedar bien delante de Savannah. Hombres…

Gwendoline y Savannah, por su parte, fueron más prudentes, y cargaron con una caja entre las dos. La sostenían cada una por una de las asas, con ambas manos, y aún así les costaba un gran esfuerzo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Gwendoline, animada, aunque casi sin aliento.

―Como si se me fueran a dislocar ambos hombros ―protestó ella, con una mueca de esfuerzo en el rostro.

—Venga, vamos a parar un minuto a descansar —sugirió Gwendoline, y Savannah aceptó la sugerencia de buen grado.

Dejaron la caja apoyada en el suelo y se pusieron a estirar las articulaciones. Solía decirse que el saber no ocupa lugar, pero claramente la persona que lo había dicho no había tenido que cargar con un montón de libros de un lado para otro.

—Pero no me refería a eso —dijo Gwendoline—. Te preguntaba cómo te sientes, en general. ¿Te gusta esta idea?

Savannah, que a pesar de ser mucho mejor persona de lo que había pensado al conocerla, tenía cierta dificultad para expresar sus emociones, se encogió de hombros. Mostró una sonrisa insegura en sus labios.

―No sé... ―Volvió a encogerse de hombros―. ¿Bien, supongo? Tu amigo es muy simpático, y esta idea que ha tenido me parece muy interesante.

—¿Te ves como bibliotecaria en un futuro?

―A mi padre le daría un infarto ―bufó, divertida―. Si le digo que voy a dejar una carrera universitaria por un trabajo de bibliotecaria, yo creo que me asesina directamente.

—No exageres. —Gwendoline se llevó ambas manos a la parte baja de la espalda, dándose un leve masaje para aliviar la tensión—. Aunque creo que mi padre reaccionaría igual si fuera mi caso...

―Oye... ―Savannah se masajeaba ambas muñecas, doloridas―. ¿Qué me dirías si te digo que estoy pensando en dejar la carrera y matricularme en otra cosa? ¿Que estoy loca o…?

—¿Por qué iba a decirte eso? —Gwendoline se encogió de hombros—. Savannah, es tu vida, y cuando llegues a mi edad te darás cuenta de que pasa volando. No puedes permitirte perder el tiempo haciendo algo que no te gusta. Te habla una experta...

―Es que últimamente he estado pensando en dedicarme a la runología o algo parecido ―siguió explicándose―. Tenía pensado terminar este curso, de todas formas, y así si en un futuro me arrepiento, al menos no tendré que repetirlo todo...

—Savannah, la vida es muy corta. —Gwendoline le puso una mano en cada hombro y la miró a los ojos, con una sonrisa—. Si es lo que quieres, ve a por ello. Y ahora, ¿seguimos con esto? Quiero acabar antes de que sea de noche...

Aquella frase acerca de lo corta que era la vida le pesaría a Gwendoline, quizás durante el resto de su vida. Sin embargo, ¿cómo podía ella imaginarse que las cosas iban a dar semejante giro aquella tarde de enero?


***

No muy lejos de allí, caminando entre los magos libres como uno más, sin llamar la atención, se encontraba él: aquel a quien los diarios mágicos habían bautizado como El Juguetero.

Nadie podía imaginarse quién era aquel hombre. No destacaba en lo más mínimo, con su largo abrigo y su sombrero. No uno de esos sombreros puntiagudos que algunos magos más tradicionales todavía llevaban, sino una fedora que escondía parcialmente su rostro. De su hombro derecho colgaba una pesada bolsa de cuero, la cual contenía sus peligrosos juguetes.

Se había detenido frente a uno de los tantos muros empapelados con rostros de fugitivos, y contemplaba sus rostros en movimiento con un odio mudo. Si hubiera podido, él personalmente los habría exterminado a todos, pero tenía que conformarse con ir poco a poco, metódicamente.

La información era difícil de conseguir en aquellos días, pero todavía llegaba alguna. Es por eso que estaba allí, aquella tarde, esperando su momento.

Nadie lo vería, nadie podría reconocerlo. Quizás alguien lograra identificarlo por su bolsa, pero ni siquiera eso le preocupaba: era una baratija que había adquirido ese mismo día en Londres. Cualquiera podría tener una parecida.

Había un refugio cerca de allí. Dumbledore creía que sólo él conocía su ubicación, pero el Juguetero tenía oídos en todas partes. Era cuestión de tiempo que averiguase más ubicaciones, y con ello completaría su obra.

Por lo pronto, siguió caminando hasta llegar a un pequeño banco situado en un costado de una calle poco transitada. Tomó asiento allí, acomodó su bolsa en el suelo, y cruzó una pierna por encima de la otra. Y observó.

La afluencia de magos iba disminuyendo a medida que el sol se ocultaba. Pronto, el callejón estaría totalmente vacío, y eso no le convenía en lo más mínimo. Si esperaba mucho, la huida sería muy complicada. Tenía que actuar.

Pasados un par de minutos, se puso nuevamente en pie, dejando tras de sí la bolsa. Se alejó despreocupadamente, sin llamar la atención de nadie, y una vez se hubo alejado lo suficiente, dio inicio al ataque. Bastó un discreto movimiento de varita, casi imperceptible a ojos ajenos, y sus juguetes entraron en acción.

La bolsa se abrió como la boca de un sapo y de su interior, igual que una bandada de moscas, emergieron las snitches. Las esferas aladas revolotearon a gran velocidad, casi imposibles de seguir a plena vista, y se dirigieron hacia su objetivo.

Pronto comenzarían los fuegos artificiales.

***

La primera explosión llegó sin anuncio alguno, y su atronador sonido ensordeció a ambas brujas. Una lengua de fuego emergió del boquete fruto del impacto del objeto explosivo, unos cuantos metros por encima de sus cabezas.

La onda expansiva arrojó a ambas brujas al suelo, y como acto reflejo, se buscaron la una a la otra para protegerse.

La confusión y el miedo se agolpaban en las expresiones de ambas mujeres. Se miraron, tratando de comprender qué estaba pasando, y entonces llegaron más explosiones. Columnas de humo ascendía en dirección al cielo del atardecer, que había adquirido un tono sanguinolento.

A duras penas logró Gwendoline ponerse en pie. Ofreció su mano a Savannah, que en todavía no se había repuesto del pánico y la sorpresa iniciales. Para cuando estaba en pie, se aferraba a su brazo con manos temblorosas, y en su expresión se advertía el miedo y la sensación de no saber qué hacer.

—¡Vamos! ¡Hay que buscar refugio! —gritó Gwendoline, aunque apenas escuchó su propia voz por encima del atronador sonido de las explosiones, los gritos de la gente, y el maldito pitido de sus oídos.

Echaron a correr de manera renqueante —Gwendoline se había torcido un tobillo y notaba un intenso dolor cada vez que apoyaba el pie derecho—, buscando refugio en los soportales más cercanos, pero fue totalmente en vano en el momento en que una snitch se estrelló detrás de ellas, en el suelo. Una nueva explosión levantó cascotes del suelo y las arrojó por los aires.

Gwendoline rodó por el suelo, separada bruscamente de Savannah, y eso fue todo lo que supo antes de perder el conocimiento…


Cuando abrió los ojos, no fue consciente de todo el dolor que se repartía por su anatomía, pero sí del acre olor del humo. Algo se estaba quemando no muy lejos de su posición. Podía ver humo denso cubriendo parcialmente el cielo nocturno, y todavía apreciaba el crepitar de las llamas anaranjadas parpadeando sobre las paredes de los edificios.

Hizo un gran esfuerzo por incorporarse, sintiendo un intenso y punzante dolor en el costado izquierdo. Una evaluación rápida le dijo que, quizás, se había roto alguna costilla. También se había cortado la frente con algo, y la sangre manchaba la mitad derecha de su rostro.

Confusa y dolorida, la bruja miró a su alrededor y buscó una explicación para lo que estaba sucediendo. Su mente adormecida por el golpe tardó algunos segundos en relacionar todo aquello con El Juguetero, pero para entonces esa información ya le daba igual: sus ojos captaron la figura de Savannah McLaren, tendida en el suelo, y la de Douglas Dagon, a horcajadas sobre ella aplicándole compresiones en el pecho.

No le escuchaba gritar, pues todavía no había recuperado el sentido del oído, pero podía ver por sus expresiones y gestos que gritaba. ¿Le gritaba a Savannah, pidiéndole por favor que despertase? ¿Savannah estaba…?

Incapaz de ponerse en pie todavía, Gwendoline se arrastró por el suelo, valiéndose de sus brazos y rodillas, en dirección a la pareja. Dog en ese momento insuflaba aire en los pulmones de la rubia, para luego retomar las compresiones en su caja torácica.

Incluso antes de llegar junto a ellos, la morena ya conocía la realidad, y sus ojos ya derramaban lágrimas. Dog también lloraba, desesperado, aferrándose al último hilo de esperanza que, inevitablemente, también se rompería.

Gwendoline logró llegar junto a él, poniéndose de rodillas a duras penas. Trató de envolver al chico en sus brazos, pero éste se zafó de ella y le gritó algo que no escuchó; ella no se rindió, volvió a intentarlo, y esta vez él se rindió. Lo abrazó con fuerza y le dijo, entre llanto, que no podía hacer nada. El chico finalmente se vino abajo y lloró.

Savannah McLaren murió aquella tarde de enero de 2020, víctima indirecta del mismo hombre que Samantha, Gwendoline y toda la Orden del Fénix intentaban detener. Un simple daño colateral, una muerte sin propósito alguno que convirtió el mundo en un lugar un poco más oscuro.
Gwendoline Edevane
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