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The bonds that tie us {Joshua&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Nov 29, 2019 11:17 pm

The bonds that tie us {Joshua&Gwen} SrZZqVL
Viernes 29 de noviembre, 2019 || Universidad Mágica, Londres || 17:27 horas || Atuendo

Con motivo de una de las tutorías a las que debía acudir cada mes, a fin de presentar sus progresos y dudas ante el profesorado de la academia de medimagia, Gwendoline se encontraba en el campus universitario.

Normalmente, una vez concluidos sus asuntos allí, se habría marchado a casa, pero estaba esperando a alguien: su primo Joshua.

Con la parka bien abrochada, las manos en los bolsillos para que no se le enfriasen, Gwendoline permanecía de pie en la entrada, aguardando la llegada del joven universitario con quien, en los últimos meses, había estrechado algo su relación. Algo, no demasiado.

Al principio, cuando se había propuesto esperar al chico fuera, a fin de no pedir su consumición y tener que esperarle mientras se quedaba todo frío. Y no es que Joshua llegara con retraso, ni mucho menos; simplemente, ella llevaba allí un buen rato, teniendo en cuenta que sus tutorías habían terminado a las cinco y se había citado con él a las cinco y media.

Empezaba a arrepentirse de su decisión de esperar fuera, pues como era habitual, Londres mostraba su peor cara: un aire gélido descendía sobre los verdes jardines de la universidad, arrastrando consigo la lluvia que descargaba el cielo negro que se extendía por encima de su cabeza. Pronto, su pequeño resguardo bajo la entrada de la cafetería sería totalmente insuficiente.

Mientras esperaba la llegada de Joshua, lo poco que Gwendoline podía hacer era pensar, y como ya era habitual, el Juguetero ocupaba sus pensamientos: Sam y ella, en colaboración con la Orden del Fénix, todavía buscaban averiguar la identidad de aquel salvaje que se había propuesto acabar con los fugitivos de Londres por medio de sus extraños juguetes modificados.

En aquellos momentos, realizaba un proceso mental de criba con respecto a los perfiles de sospechosos que tenía en su poder. Eran muchos, y lógicamente no se los sabía de memoria, pero ya le había echado el ojo a tres o cuatro que le parecían los más probables. Fue enumerando mentalmente todos los datos que conocía acerca de dichos sospechosos, y una vez más, intentó compararlos con todo lo que sabían hasta el momento y con las hipótesis que Orden y Ministerio habían formulado sobre él.

Una vez más, quedó claro que no sería sencillo: si todos aquellos perfiles habían quedado sobre la mesa era porque tenían idénticas posibilidades de ser el correcto.

«No va a ser tan fácil», se dijo a sí misma, y tenía razón: si el Juguetero había permanecido tanto tiempo oculto era porque sabía esconderse. Sólo deseaba que no hubiera que esperar un futuro ataque suyo para conseguir más pistas, y el tiempo seguía corriendo en su contra.

Tratando de alejar esos pensamientos, se concentró en algo más mundano: la compra que haría antes de regresar a casa, por ejemplo, o el temario que tenía que estudiar para su no tan lejanos exámenes parciales. Incluso consultó la hora en su reloj de pulsera, pero nada de eso funcionó.

Sólo había una forma de librarse de aquel tema: averiguando la identidad de ese malnacido y deteniéndolo antes de que causase más daños a inocentes, tarea que para aquel momento se le antojaba totalmente imposible.

«Quizás un poco de charla intrascendente con mi no tan cercano primo ayude», pensó Gwendoline. «Que, por cierto, puedo dar gracias de tratarme con este: es mil veces mejor que ese pelirrojo que trabaja en el Área-M.»

Sabía perfectamente cómo se llamaba —Joshua lo mencionaba bastante a menudo, dándole a Gwendoline una idea bastante clara de lo cercanos que eran—, pero no por ello sentía menos rechazo hacia su persona. Cuanto más lejos de ella, mejor.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Lun Dic 02, 2019 7:14 am


Estaba cansado en muchos aspectos cuando terminó su última clase. A veces le sucedía, días más que otros, desde que había explotado su ansiedad y se había vuelto parte de su día a día. El pensamiento Hidra del día había sido la posibilidad de que los radicales diesen un golpe a la universidad. No importaba cuántas veces la parte razonable de su cabeza repitiese que había treinta y cuatro –pues ahora tenía una página entera escrita- razones por las que los radicales NO atacarían la universidad, continuaba haciéndosele difícil respirar sólo pensando en eso reiteradamente.

Se había tomado más tiempo del usual en el exterior del edificio, con la nariz congelándosele mientras se esforzaba en silenciar su cabeza y preparándose, de alguna forma, para la interacción social directa. Cuando quedaba con alguien, solía llegar con quince o diez minutos de antelación, mas en esa ocasión el tiempo se le consumía y no hacía nada al respecto.

Faltaban cinco minutos cuando sacó el reloj del bolsillo de su abrigo y miró la hora, decidiendo que tenía que empezar a moverse a través del campus para llegar a la cafetería.

No estaba seguro de cómo se había dado aquello, el hecho de dedicarle tiempo a Gwendoline Edevane. Había descubierto, con el tiempo, que de Edevane tenía más bien poco; al menos considerando a los que él conocía, que eran la mayoría de la familia. Suponía que en lo que más se parecía a él era que ambos eran un tanto… rígidos, en lo que a socializar suponía. Pero tras esos meses no habían acabado odiándose a muerte, así que algo bien estaban haciendo.

Iba a mitad de camino cuando se dio cuenta, mirando al cielo negro, que había nacido un nuevo pensamiento Hidra, esta vez bastante más posible que el anterior: podría desatarse una tormenta eléctrica. Lo malo de las tormentas eléctricas era simplemente que a él no le gustaban en lo más mínimo.

Negó con la cabeza y se convenció de no escuchar a su propia cabeza el tiempo que requirió hasta encontrarse con la mujer. La vio fuera de la cafetería, enfriándose gratuitamente cuando la temperatura había bajado estrepitosamente y el clima se había vuelto helado. La llovizna no lo hacía ni un poco mejor.

A pasos de ella, desenguantó su mano derecha en un gesto rápido y la estrechó con la de Gwendoline. La suya estaba helada, aunque había pasado horas metida dentro del guante. No habían saltado todavía el paso para saludarse de una forma más cálida, de beso o abrazo.

¿Cómo estás? —preguntó al mismo tiempo que estiraba el brazo y abría la puerta de la cafetería. La dejó entrar primero, en un acto inconsciente de caballerosidad aprendida. — ¿Has estado esperando mucho tiempo? —inquirió, dando un rápido vistazo a través de la cafetería.

Vio un par de caras conocidas, sí. Vio la de Ernest, por ejemplo, haciendo el payaso como acostumbraba muy cerca de la barra de la cafetería. También localizó algunos lugares vacíos que podrían ocupar mientras avanzaban hasta la dependiente, pues era una cafetería universitaria y no había nadie que llevase el consumo a la mesa más que uno mismo.

Ernest se había vuelto una persona poco grata para él desde el vamos; su trabajo de Anatomía Animal, si bien había salido bien… había dejado asperezas entre ellos. Así que procedió a ni mirarlo mientras leía el menú del día.

¿Qué vas a pedir? —porque primero lo primero: pedir algo caliente para apaciguar el frío.
Joshua Eckhart
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Gwendoline Edevane el Vie Dic 06, 2019 1:18 am

Perdida en todos aquellos pensamientos nocivos, que en ocasiones rozaban la obsesión, Gwendoline habría podido extraer una nota positiva de todo aquello: apenas prestaba atención al intenso frío de una Londres casi invernal.

O también podía considerarse otro efecto nocivo de dichos pensamientos.

Por suerte para ella, no tuvo que pasar mucho más tiempo repasando mentalmente todos aquellos datos que desearía no haber tenido que almacenar en su memoria, pues Joshua llegó. Quizás no había llegado tan temprano como era habitual en él, pero aún así aparecía antes de la hora acordada.

Con una leve sonrisa dibujada en su rostro, Gwendoline se separó de la pared en la que hasta entonces estaba apoyada, y de manera automática sacó la mano derecha del cálido resguardo de los bolsillos de su abrigo para estrechar la de su primo. Si ya de por sí la bruja llevaba bastante mal las muestras de afecto en público, compartir una con Joshua era simplemente impensable: en ese sentido, ambos eran lo parecido a los polos iguales de un imán, repeliendo todo contacto físico. Y ambos estaban más cómodos así, desde luego.

—Sorprendentemente, dadas las horas, un poco dormida. Efectos secundarios de las tutorías —bromeó Gwendoline, exagerando un poco. Las tutorías tampoco eran para tanto—. No llevo mucho, no te preocupes. ¿Cómo estás tú? ¿Has tenido una semana productiva?

Abandonar el frío exterior para sumergirse en el infierno que se fraguaba dentro de la cafetería —Gwendoline era friolera, pero jamás entendería esa necesidad casi patológica de los lugares públicos de poner la calefacción a unos treinta grados, por lo menos— supuso un choque de temperatura suficiente como para que, en un inicio, la bruja se sintiese un tanto sofocada. No obstante, su cuerpo frío pronto agradeció el aumento de temperatura.

Caminaron juntos en dirección al mostrador de la cafetería. Gwendoline no conocía prácticamente a ninguna de las personas reunidas en el comedor, y tampoco es que hubiese muchas: a esas horas, todo estudiante que se preciara estaría ya lejos del complejo universitario, huyendo como si le persiguiese el mismísimo Diablo.

—Es un poco tarde para café —respondió Gwendoline, que sabía que si se ponía a beber café a esas horas, quizás tendría una noche movidita, y no en el buen sentido—, así que me pediré un chocolate caliente. Necesito entrar en calor. —Apoyó ambos codos en el mostrador, esperando a que la amable camarera se acercase a cobrarles—. Bueno, sé que es una pregunta muy general, pero… ¿qué tal te han ido las cosas últimamente?

Aquella pregunta, si eras una persona habladora, era una especie de carta blanca para hablar de lo que quisieras; en el caso de ambos primos, en muchas ocasiones suponía un bloqueo mental, pues ninguno de ellos era demasiado bueno a la hora de hablar de sí mismos. Al menos, Gwendoline procuraba tomárselo a broma y reírse un poco, como hizo en ese momento.

—Es broma. ¿Empezamos por lo básico? ¿Cómo llevas las clases? —preguntó, sin saber que, en efecto, en los alrededores había cierto personaje con el que Joshua, actualmente, compartía una animadversión debida, precisamente, a un trabajo de clase.
Gwendoline Edevane
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Joshua Eckhart el Sáb Dic 07, 2019 12:09 am

¿Son soporíferas? —preguntó al escuchar sobre sus tutorías y lo adormilada que la habían dejado. Podía definir “una semana productiva” de muchas maneras, pero se limitó a encogerse de hombros. — Yo estoy bien —una respuesta de manual, porque es lo que uno contesta cuando se lo preguntan. La gente normalmente no lo pregunta para escuchar la verdad, sólo como una cordialidad más. — Ha sido una semana… agitada.

Agitada era decir poco, considerando que ya estaban a poco de empezar con los exámenes antes del descanso de invierno para las festividades. Él, al menos, llevaba la materia académica bastante bien, a diferencia de otros que tenían que tener la nariz metida en el libro intentando aprender todo lo que no aprendieron en esos meses.

El cambio de temperatura lo golpeó de manera desagradable, pero se contuvo para no empezar a desabrigarse todavía. Primero se acercaron al mostrador, entre los pocos estudiantes que había; muchos de ellos tenían pequeños clubes de estudio precisamente para intentar memorizar lo más posible de los futuros exámenes.

Mientras esperaban que los atendieran y con una charla irrelevante sobre bebidas de fondo, Joshua se sorprendió cuando le preguntó “qué tal le habían ido las cosas últimamente”. Porque esa pregunta para un introvertido significaba un formateo automático de memoria en la que no sabía qué contestar; ¿qué quería saber? ¿Sobre sus estudios? ¿Sobre sus relaciones sociales? ¿Sobre lo molesto que estaba porque esa noche Ayax iba a salir con Gabriella y no con él? Obviamente eso último sería lo que menos creía que quería escuchar por dos razones: primero, no era estúpido y podía notar que su primo no era precisamente una persona grata para Gwendoline; segundo, porque los primos normales no iban sintiendo celos de las prometidas de sus primos, y nadie sabía que, hacía aproximadamente un mes, habían dejado de ser “primos normales”.

Por suerte aquello había sido sólo una broma y el silencio lo interpretó ella como el aviso de que podía dejar de meterse con su bloqueo mental por no saber qué contestar a algo tan… general.

Bien, creo —contestó entonces a su pregunta mucho más específica, — no hay particular riesgo de reprobar nada, no al menos garrafalmente —iba llevando bien el ciclo, en la medida de lo posible. — ¿Y… tú? ¿Cómo van las tutorías? —inquirió.

Ese chico —dijo Ernest, en un tono bastante indiscreto, dirigiéndose a sus amigos, — ese estuvo en el ataque a Hogsmeade —y uno se preguntaría qué importaba si ya habían pasado casi cinco meses de ese suceso, si no supiera que Ernest tenía una fascinación particular por los atentados terroristas.

Joshua lo escuchó, pero fingió no hacerlo, en especial cuando la camarera se acercó a ellos. Ya tenía suficiente ese día como para permitir que Ernest fuese, otra vez, un disparador de su inquietud. Su pedido fue un té verde, sin nada que lo acompañase, y pronto lo obtuvo de un vaso plástico. Al recibir Gwendoline lo que ella quería, su primo se ofreció a pagar por el consumo de ambos. Nuevamente, un gesto de caballerosidad aprendida.

Ahí donde lo veían, Joshua estaba muy bien educado. La diferencia radicaba en que no era muy simpático porque no le importaba caerle bien a casi nadie.

Se dirigieron a una mesa, donde Joshua dejó su vaso y se quitó el abrigo, dejándolo colgando en el respaldo de la silla antes de sentarse y quitarse el guante que le quedaba. Cubrió con sus dos manos el vaso, sintiendo la diferencia de temperatura en ellas.

¿Cómo va el trabajo? —preguntó, siguiendo el hilo de preguntas específicas.
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Gwendoline Edevane el Miér Dic 11, 2019 4:15 pm

”Soporíferas” era una palabra suave para referirse a las tutorías: una vez por semana, Gwendoline se reunía con sus tutores en una sala junto a otros alumnos que, como ella, habían escogido la modalidad a distancia de la carrera de Medimagia, y el único propósito de aquellas reuniones era… hablar.

Desde compartir dudas con el resto de la clase, pasando por evaluar algunos de los conocimientos adquiridos, y finalmente extrayendo conclusiones de las horas prácticas que todos ellos debían llevar a cabo, dichas reuniones podían alargarse hasta dos horas. Y si bien Gwendoline era una buena estudiante, adoraba estudiar y no tenía problemas a la hora de adquirir nuevos conocimientos, su mente no estaba del todo receptiva un viernes por la tarde, cuando lo único que le pedía el cuerpo era descansar.

¿Y cuando las prácticas caían el mismo día que las tutorías? Bueno, entonces ya sentía que una apisonadora le había pasado por encima.

—Son el remate, por así decirlo. Después de mañanas aburridas en un despacho, tienen la facultad de inducir somnolencia, sí. —Y por suerte o por desgracia, desde que le habían concedido el ascenso a directora de su oficina, el tedio solía adueñarse de su jornada completa. La desmemorizadora se limitaba a rellenar informes ante un escritorio—. ¿Una semana agitada? ¿Y eso?

A pesar de que hizo la pregunta con una notable ligereza, Gwendoline se mostró verdaderamente interesada por lo que Joshua tuviera que decir. Que vale que no fueran los mejores a la hora de demostrarse afecto, pero quería pensar que ambos habían comenzado a preocuparse por el otro.

Al menos, ella sí había empezado a preocuparse por uno de los pocos parientes que no la trataban como la mancha en la familia.

Ya en el interior, atacados por la brutal subida de temperatura con respecto al exterior, Gwendoline y Joshua se acercaron al mostrador. Gwendoline se debatió unos segundos acerca de qué le apetecía tomar, pero finalmente terminó decidiéndose por la vieja confiable: el chocolate caliente. En cualquier mundo, mágico o no, y, sobre todo, libre de alergias, el chocolate era una buena opción.

También formuló una pregunta muy genérica, lo que causó el efecto que esperaba: bloquear temporalmente a su primo, que no supo bien qué responder. Y como ella también odiaba que la gente le preguntase qué tal le iba todo —generalmente, solía salirse por la tangente con el trabajo, lo único que realmente parecía importar en este mundo—, no permitió que la broma durase mucho, matizando un poco.

—Verás como al final lo bordas todo. Ni un solo suspenso, garrafal o no —le animó, de una manera cálida, y para nada condescendiente: en el tiempo que llevaban conociéndose, ese chico había demostrado una inteligencia muy superior a la media. Los estudios eran lo suyo—. Pues… bien, supongo. —Su respuesta vino acompañada de un leve encogimiento de hombros—. Exponer tus dudas y escuchar las de los demás suele ser bastante ilustrativo, y en muchos casos obtienes la respuesta a cosas que todavía no te habías planteado. Y siempre resulta enriquecedor conocer las experiencias de otros estudiantes, que desempeñan trabajos distintos al tuyo.

Porque la gente tenía tendencia a creer que San Mungo era la única institución mágica de Inglaterra, y eso era mentira: había un montón de clínicas privadas y laboratorios de investigación a lo largo y ancho de Londres. Solo había que saber buscarlos.

Al tiempo que Gwendoline daba esta respuesta a su primo, en una mesa cercana, un par de chicos hablaban. La morena escuchó un fragmento de la conversación, e inevitablemente echó un vistazo en esa dirección. Cuando los jóvenes se percataron de esto, inmediatamente adoptaron un tono mucho más confidencia, aunque Gwendoline únicamente los miró con curiosidad.

No dijo nada al respecto, y simplemente se limitó a prestar atención a la camarera.

Cuando ya tenían sus consumiciones debidamente colocadas en una bandeja —ella había optado por un croissant y el mencionado chocolate caliente—, Joshua se ofreció a pagar, y su prima optó por aceptar. Otro día sería ella quien pagase, y así estarían en paz.

Poco después, se sentaban a la mesa, y Gwendoline por fin pudo quitarse el abrigo y dejarlo colgando del respaldo de la silla. Su sofoco mejoró considerablemente, y supo que pronto se acostumbraría a la temperatura y la encontraría, incluso, agradable. El problema sería volver al gélido y lluvioso exterior.

—Con lo que respecta a mi departamento, ha estado todo bastante tranquilo —respondió, y era verdad: el tema del Juguetero estaba en boca de todos, pero la labor de investigación corría a cargo del Departamento de Seguridad Mágica; los desmemorizadores ya habían hecho lo suyo limpiando el desastre—. Pero el Ministerio, últimamente, está patas arriba por el asunto del Juguetero. ¿Te has enterado de su último ataque?

Solo después de decir aquello se le ocurrió que, quizás, no era un buen tema de conversación: Joshua había dejado claro, ya el día en que lo había visitado en el hospital, que no estaba llevando bien el asunto de su secuestro, fruto de un ataque terrorista. Quizás hablar de otro ataque, aunque fuese a manos de un terrorista distinto, no sería lo más apropiado.


Última edición por Gwendoline Edevane el Sáb Dic 14, 2019 1:49 am, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Jue Dic 12, 2019 10:59 am

No dejaba de parecerle raro cómo había pasado de su puesto en jefa de departamento en el Ministerio a querer ser medimaga. Tenía su diferencia, de importante peso, un trabajo y el otro, a menos que fuera como su primo y su área de interés fuera la mente humana, en la que ya tenía experiencia por su puesto. Sin embargo, era de esas cosas que simplemente pensaba, sin necesidad de decirlas en voz alta.

Tampoco se le dificultó imaginarse cómo tenía que aburrirse en un trabajo burocrático y luego tener una tutoría. Incluso para él, cuyo estilo de vida no era agitado normalmente, le parecía tedioso.

Bueno, con los exámenes a la vuelta de la esquina, la cantidad de proyectos y carga académica aumenta —contestó, careciendo de un tono de obviedad ante un dato que era obvio—. No es tan malo cuando son proyectos individuales, pero, los grupales… —no terminó lo que iba a decir, dejándolo en el aire. Para ninguno era misterio que su nivel de trabajo en equipo era muy reducido juzgando por su socialización.

Había otros motivos por los que eran semanas agitadas, teniendo que ver una cosa con la otra. Las cosas que hacer, los pendientes y, en general, un cierto nivel de estrés ayudaba a que su cabeza se atacase a sí misma. Si Joshua tuviera un mínimo de conocimiento de un particular juego, le daría gracia pensar que se había confundido y se dañaba a sí en su confusión.

Eran temas que no tocaba con nadie más que sus personas de absoluta confianza, y era claro que no había llegado a ese nivel todavía con su prima segunda. Pese al tiempo tratándose, sus avances podían juzgarse como no otra cosa que lentos.

Por otro lado, se quedó de nuevo en blanco cuando le dio ánimos. No estaba acostumbrado a recibirlos usualmente y no porque no fuera capaz, más bien porque, como cualquier persona inteligente, uno identifica los logros como algo normal y lo contrario era un fracaso. En especial con la personalidad que tenía su padre.

Gracias —le dijo, no muy convencido de que fuese la respuesta correcta, pero lo dejó así—. ¿Es así? —preguntó desde su honestidad—. ¿No suena más adecuado recibir el aprendizaje de la experiencia que de la retroalimentación?

Entendía la idea: cada quien iba por su lado, compartían experiencias, y cosas así. Su cabeza individualista le hacía pensar que podría aprovecharse el tiempo de otra manera en lugar de alguna reunión conversacional. Tenía que entender que algunas carreras, en especial las que tratan con otros seres humanos, no podían prescindir de la interacción social de ninguna forma.

Una vez en la mesa, Gwendoline tomó la palabra comentándole sobre su trabajo, particularmente el asunto de un terrorista que había tenido lugar hacía ya un par de semanas. Tal vez podría haberse zafado fácilmente de él con su “tarjeta víctima”, que ya casi no usaba. No era una broma, aunque lo parecía: todavía lidiaba con secuelas de un evento similar. Sin embargo, también estaba cansado de representar ese papel y lo ignoraba. Se convencía de que sólo estaba siendo dramático.

Permaneció imperturbable por fuera, no lo mismo por dentro. Fueron detalles los únicos que hablaron físicamente por él: la forma en que apretó el vaso entre sus manos, o cómo acariciaba la boquilla con su pulgar izquierdo. O la manera en que miraba su vaso, como si fuera lo más interesante del mundo, antes de finalmente levantar unos segundos la mirada. Era cosa suya; le costaba mantener el contacto visual, en especial si estaba inquieto.

¿El de la explosión de Paddington? —inquirió, queriendo clarificarlo antes de decir nada—, Lo vi en las noticias y… se comentó un poco —entre otros estudiantes o con gente que conocía—. Parece una solución a corto plazo para el problema del gobierno, ¿poco ético? Quizá.

Esa no había sido siempre su opinión: la había adoptado desde hacía unos meses. Joshua nunca había tenido un real problema contra los fugitivos; en verdad, hasta se había aliado con algunos, según sus circunstancias particulares. El problema había nacido cuando se involucraron con él. Una opinión egoísta, sin duda: había vivido sólo semanas del infierno que muchos fugitivos habían vivido por años.

Puedo asumir que, dado que se realizó en zona muggle… han tenido que formar parte equipos de desmemorizadores además del equipo de investigación —aventuró—. Probablemente al Ministerio le moleste más gastar energía en limpiar el desastre que el desastre en sí mismo —se encogió de hombros.

También debía tomar en cuenta la repercusión mediática de la postura del Ministerio. Y una parte de él pensaba que sí que había otras maneras de hacer las cosas; la voz más impulsiva, que él identificaba como la animal, pensaba que ojalá se hubiese llevado tres o cuatro radicales.
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Gwendoline Edevane el Sáb Dic 14, 2019 2:54 am

La época de exámenes. Gwendoline recordaba lo mucho que se estresaba, a pesar de obtener siempre buenos resultados, cada vez que en Hogwarts o en la universidad, si aproximaba la dichosa época de exámenes.

Esa gloriosa época en que los profesores decidían que su materia era la única impartida en el centro educativo en cuestión, poniendo trabajos y exámenes como si sus alumnos contasen con giratiempos que les permitiesen hacer toda aquella materia.

¿Cuántas veces había querido Gwendoline tener un giratiempo en épocas de exámenes?

Sin embargo, como siempre, acababa saliendo del paso, y con calificaciones impecables. No le extrañaba, viéndolo en retrospectiva, que sus amigos la consideraran una exagerada de manual.

—La universidad es una jungla —reconoció Gwendoline, con una leve sonrisa—. Al menos, en Hogwarts, sabías que tendrías a estudiantes de la casa Ravenclaw ayudándote con los proyectos grupales, y se supone que por lo menos eran inteligentes. En la universidad… ¡quién sabe lo que puede tocarnos! —No podía más que alegrarse de que su modalidad de estudios no incluyese trabajos en grupo… aunque sí incluía un trabajo final que, a pesar de estar en su segundo año, ya la había empezado a poner de los nervios.

Recibió un agradecimiento por parte de su primo que, en cierto modo, le recordó a sí misma: tampoco estaba acostumbrada a recibir ánimos, salvo cuando se volvía un poco loca con las responsabilidades y Sam tenía que acudir a su rescate.

—Parte de ambas, si me preguntas a mí —respondió a la pregunta de Joshua—. A fin de cuentas, para empezar, no podríamos adquirir ciertos conocimientos sin que alguien previamente nos los brindara, ya sea por medio de lo escrito en libros, o por enseñanzas en clase. Sí, claramente la experimentación propia juega un papel muy importante, y ciertos conocimientos se adquieren en base a experiencia, pero nunca está de más un poco de retroalimentación. —Sonaba un tanto pedante, pero había temas en los que no se podía sonar de otra forma—. Además, siempre puede resultar ilustrativo el escuchar las vivencias de otros. Puede habérseles presentado un problema que a nosotros no, y su forma de solucionarlo nos puede resultar útil.

No tenía demasiadas ganas de hablar del tema del Juguetero, y menos en aquellas circunstancias, pero una vez sentados a la mesa, surgió el tema del trabajo.

Y el trabajo, inevitablemente, iba ligado a las recientes acciones de tan despreciable ser.

Joshua sí había escuchado hablar de él. Gwendoline asintió con la cabeza cuando mencionó el último ataque perpetrado, el de Paddington, y después escuchó al chico. No se percató del cambio en la actitud de Joshua, en sus pequeños gestos delatores, principalmente porque estaba demasiado concentrada en sus propios demonios internos.

Eso sí: no le gustó demasiado la definición de “solución a corto plazo”. ¿Cómo podía considerarse aquello una solución?

Gwendoline tuvo que echar el freno y recordarse un detalle esencial: Joshua formaba parte de la familia Edevane, y por mucho que ella se empeñase en que no se parecía en lo más mínimo a la mayoría de sus integrantes, inevitablemente había tenido que verse empapado de las creencias de todos ellos.

Optó por no responder a eso. No podía ser sincera, y tampoco podía estar de acuerdo.

Pudo volver a aportar algo a la conversación cuando el asunto pasó a versar sobre la implicación del Departamento de Accidentes y Catástrofes en todo el asunto. Esa era sus zona de confort, y ahí sí podía sentirse mínimamente cómoda. Aún así, se le notó un poco más seria al tratar el tema.

—Estuvimos bastante atareados en las primeras horas, sí. Por suerte, cuando sucede algo así, siempre tenemos que recurrir a una excusa. Es imposible desmemorizar a un barrio entero. —Dejó escapar un suspiro—. Últimamente hay demasiadas explosiones de gas en Londres...

Estaba haciendo referencia a la excusa estándar cuando se producía una explosión: la socorrida avería en la instalación de gas. También estaba haciendo referencia no sólo a los ataques perpetrados por el Juguetero, sino también a las que provocaban los cazarrecompensas en sus persecuciones de fugitivos.

—Al menos esto está sirviendo para que el Ministerio recapacite: está bien que se intente perseguir a criminales, pero el fin no siempre justifica los medios —declaró, y pudo decir que era sincera: consideraba que se debía perseguir a criminales de verdad, no a los fugitivos actuales, y que, obviamente, no valía todo a la hora de atraparlos—. En fin, hablemos de algo un poco más animado. ¿Cómo les va a tus mascotas?

Se obligó a sonreír, al tiempo que partía un trozo de su croissant y lo mojaba en el chocolate. También se obligó a ver el asunto como algo meramente político: Joshua y ella opinaban distinto, pero no tenían por qué matarse.

Ojalá fuera tan sencillo como una diferencia de ideas.
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Joshua Eckhart el Lun Dic 16, 2019 8:51 am

Era verdad. La universidad era una jungla, pero en ella también había manadas, igual que las había en el colegio. Con el problema de que la gente que no solía rodearse de un grupo terminaba un poco como él: incapaz de saber con qué tipo de persona estaba tratando. No era tan sencillo identificarles por el animal que portaban en el uniforme.

Joshua, si tenía que encasillarse, diría que era el tipo de estudiante responsable y aislado que hacía su trabajo y no se metía en el de los demás. Por ello era que la idea de compartir vivencias no le parecía precisamente productiva en el ámbito académico, aunque su prima no concordase con él.

Supongo —contestó, más como ese “supongo” de “no quiero discutir sobre esto” que por creer que tenía razón. Entendía, después de todo, que había gente que aprendía de diferentes formas. No era su forma de aprender, no había mucha ciencia en ello.

No sería la única vez que no estuviesen de acuerdo ese día: tampoco lo estaban con las medidas del “Juguetero” a la hora de encargarse de los fugitivos de la ley. Tal vez, de haber tenido esa conversación meses antes, habrían podido llegar a entenderse. No ese día, no después de lo que había pasado. En ese momento, a esa parte de Joshua que era un animal encerrado le daba hasta gusto saber que algunos de ellos caían y a manos de alguien así.

Sobrados en falta de empatía mutua, ninguno de los dos notó lo que aquel tema provocaba individualmente en el otro. Ella no se percató de su ansiedad, y él no lo hizo del disgusto que le provocaba saber que alguien tan cruel jugaba a ser un Dios y decidía sobre la vida y la muerte. Por suerte, el tema pasó de la moralidad a la burocracia y a las medidas de seguridad.

Explosiones de gas —repitió, pensándoselo un momento—. No parece que estén dando buena fama a la empresa gasera de Londres —apuntó, y aquello, por alguna razón, le nació tremendamente divertido, aunque lo demostró con la media curva de la comisura de sus labios—; seguro pueden inventar otra excusa mejor —se encogió de hombros.

No es que él pensara en otra excusa, mas encontraba que eventualmente perderían credibilidad.

Pensó en las palabras de Gwendoline, todavía mirando su vaso, dándole vueltas. Tenía dentro de él opiniones divididas: optó por reservarse ambas para sí mismo, ya que ninguna le terminaba de gustar del todo, y tratar de combinarlas era simplemente una contradicción.

No bebía de su té, pues estaba demasiado caliente todavía, mas servía para calentar sus manos que poco a poco elevaban su temperatura.

Levantó las cejas en un gesto de ligera sorpresa cuando preguntó por sus mascotas, y un aire circunspecto nació en él mientras miraba el rostro de Gwendoline, tratando de adivinar qué tan específica quería su respuesta. Era uno de los pocos temas del que podía hablar por horas, pero entendía que no todos compartían el mismo amor por las criaturas y los animales que él.

Están bien —dijo cuando decidió cómo responder—, como siempre, en realidad —se encogió de hombros. Sus mascotas estaban bien cuidadas y, en general, no tenían problemas de ningún tipo—. Estoy pensando en… conseguir un puffskein appaloosa —le comentó—; en enero tengo un viaje a Estados Unidos —ya que esa variedad de puffskein era originaria de ahí.

Sí, era todo un acumulador compulsivo de mascotas, ¡estaban bien cuidadas y eso era lo que importaba! Aunque quizá pronto tendría que mudarse a un lugar más grande donde cupieran todas sus mascotas.

No sé si te lo dije —que era probable que no—, pero… mi compañero de piso se marchó, así que ahora hay más sitio para llenarlo de mascotas —sólo bromeaba… ¿o no? Imposible saberlo—. ¿Cómo están las tuyas?

Cuando Gwendoline había ido al departamento de Joshua, todavía residía ahí Denzel, pero no fue mucho luego de que le diesen el alta en el hospital que habían decidido separar caminos. No era un tema que considerase relevante para comentarlo, pues, después de todo, ¿a quién le importaba con quién o con quién no viviese? Así que seguramente no habría visto importante compartírselo a la bruja.
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Gwendoline Edevane el Sáb Dic 21, 2019 12:34 am

Claro estaba que sus opiniones diferían considerablemente en según qué temas, pero no por ello Gwendoline se sentía tentada a rechazar aquellas pequeñas citas: la magia del ser humano estaba, precisamente, en las diferencias existentes entre los diversos individuos de la especie.

Quizás el tema del Juguetero no fuese el mejor ejemplo de una diferencia aceptable, teniendo en cuenta que Gwendoline por norma general condenaba la violencia, y los métodos de este asesino no le parecían ni remotamente aceptables, pero supuso que su primo tenía buenos motivos para pensar cómo pensaba.

A fin de cuentas, los radicales le habían tenido prisionero, y a diferencia del ataque al Ministerio de Magia en que ella había sido víctima indirecta, el ataque en su caso se había producido en plena calle.

Pero bueno, dejando ese asunto a un lado, había algo en Joshua que, sinceramente, no había visto en el resto de su familia: no tenía la sensación de que, si a ella se le escapaba algún comentario que mostrase una mínima empatía hacia el bando fugitivo, él fuese a correr directamente a alertar a los aurores, o a intentar apresarla él mismo.

Tampoco pensaban lo mismo con respecto a aprender de las vivencias de otros, pero sinceramente, no tuvo ganas de insistir. ¿Para qué? Si él no lo veía así, de nada serviría machacarle con el asunto hasta que acabase aborreciéndolos a ella y al tema en cuestión. Cada persona experimentaba la vida de una forma distinta.

—Como suele decirse, las explosiones de gas son la vieja confiable —respondió Gwendoline, correspondiendo a la media sonrisa de su primo con una suya—. Tampoco es que los muggles tengan demasiadas alternativas en lo que se refiere a explosiones repentinas en medio de la noche: gas, calderas, vehículos incendiados, cocinas de restaurantes… A la hora de la verdad, todo se resume al dichoso gas y sus derivados. —Bufó, dándose cuenta de lo mucho que recurrían los muggles a los combustibles. Quizás Greta Thunberg no estaba tan equivocada—. Que no te sorprenda leer algún día aparezca una noticia sobre un grupo de vecinos denunciando a la empresa del gas.

Altamente probable, teniendo en cuenta lo mucho que les gustaba a los muggles eso de denunciarse mutuamente.

En un intento por mantener una conversación algo más “amigable”, Gwendoline optó por el tema de las mascotas. A todo el mundo le gustaban las mascotas, y a quien no le gustasen, simplemente no tenía alma. Así eran las cosas, y así lo pensaba ella.

De aquella pregunta extrajo no solo la respuesta al tema de las mascotas, sino a algo que no había preguntado: el compañero de piso de Joshua, cuyo nombre no recordaba si es que se lo había dicho en algún momento, se había marchado. Por consiguiente, ahora Joshua tenía más sitio para más mascotas, incluido un puffskein appaloosa que tenía intención de ir a buscar a Estados Unidos, en enero.

Estos dos temas le parecieron interesantes, mucho más que los de las mascotas, y le dieron una pista sobre cómo evitar que aquella conversación estuviera gobernada por los silencios incómodos.

—Mis dos gatos, como siempre: uno de ellos tiene un humor de perros, odia el mundo y lo odia todo, y el otro simplemente le deja hacer lo que quiere. Así que podría decirse que mantienen un extraño equilibrio basado en el miedo que uno le tiene a otro —bromeó, incapaz de comprender el mal humor de Don Gato. ¿Cómo había salido tan malhumorado un gato criado por Samantha Lehmann?—. Y mi cerdito sigue aprovechándose de estas discusiones para comerse todo lo que pille en su camino, así que también es feliz. —Era sorprendente la cantidad de comida que perdían únicamente por pelearse y porque Don Cerdito, rápido como él solo, aprovechaba para robarla al mínimo despiste.

Dejando ese tema a un lado, Gwendoline optó por incidir en el primer tema que le había llamado la atención: el viaje a Estados Unidos de enero. Después le preguntaría por su compañero.

—¿Y te vas a Estados Unidos únicamente a por el puffskein? —preguntó de manera casual, acercándose el chocolate caliente a los labios.

Antes de probarlo, siquiera, el vapor caliente la golpeó en la cara con un claro mensaje: si bebes de este infernal líquido, sufrirás una dolorosa quemadura en los labios. Así que decidió devolverlo a la mesa y seguir mojando su croissant.
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Joshua Eckhart el Lun Dic 23, 2019 4:24 am

Si en algún momento leía sobre un grupo denunciando a la empresa del gas, Joshua se iba a acordar de ese momento y, con una mezcla de gracia y vergüenza ajena, se daría cuenta que se les había terminado la excusa a los miembros del departamento de accidentes del Ministerio. Probablemente, en ese momento, escribiría a Gwendoline para preguntar cuál iba a ser la nueva excusa por defecto. Podía verlo claramente en su futuro imaginario.

Dejando de lado los temas más controversiales y en los que tenían una opinión diametralmente distinta, hablar sobre mascotas era un tema que alegraba el alma. Nadie podía tener una compañía animal sin cogerle un enorme aprecio y afecto, lo que, por supuesto, influía positivamente en el estado de ánimo al recordarles.

Cuando él hizo un resumen general de sus mascotas, le dio a su prima la palabra para escuchar sobre sus gatos y su cerdito. Cada vez que escuchaba sobre Don Gato, inevitablemente pensaba en Skus, la lechuza de su padre, que parecía haber nacido para odiar y picar a las personas. Además, el muy canalla, era hipócrita y no picaba a las personas influyentes ni a su padre.

La próxima vez me dirás que has tenido que poner a Don Cerdito a dieta, ya te digo —le dijo, pues como ganador de las batallas de comida, en algún momento iba a acabar siendo demasiado grande—, o que ahora va por la vida rodando.

Era gracioso que la poca memoria que guardaba para los nombres la tuviera para los nombres de mascotas. Para los nombres de los humanos sólo podía hacer uso de ella cuando los trataba frecuentemente, o acababa olvidándolos por completo. Ahí era cuando se mostraban las prioridades que tenía en la vida.

Siguió con su mirada, que a la luz de la cafetería se veía verde, el camino del chocolate de la mesa a los labios de Gwendoline. Calibrando, en sus adentros, si ya era un momento prudente para intentar sorber de su té. La respuesta vino pronto en cuanto vio que no se atrevió a darle el sorbo, así que desechó por el momento el pensamiento, hasta más adelante.

Volvió a ver el vaso en frente de él, que seguía cubierto por sus dos manos.

No —contestó, e hizo una pausa. Pareció olvidarse que tenía que añadir algo más para que su respuesta no fuera escueta, y lo corrigió entonces—: Ayax se casa; soy su padrino de bodas —como era lógico y razonable, aún a pesar de sus secretas circunstancias. Lo había pensado: si le quitaba el “privilegio”, entonces sería demasiado evidente y pondría en peligro su farsa—. Así que tuve que planear su despedida de soltero… y descarté la fiesta con alcohol y mujeres en compañía de otros varones conocidos… por lo que decidí llevarlo a una convención médica en Boston.

Lo más gracioso es que ya había descartado a las mujeres y la fiesta desde antes de que sucediera nada entre ellos, simplemente porque eran “los raritos” de la familia y entre raros se entendían. Con su primo abstemio, con poca predisposición a las drogas y rechazo hacia el contacto físico innecesario, una fiesta convencional estaba descartada.

Y ya que voy a estar ahí… pensé en buscar un criadero de puffskein y traer alguno —tenía toda la lógica del mundo aprovechar su viaje para hacer otra cosa que quería hacer, aunque no estaba muy seguro de cómo sucederían los acontecimientos—. Es la primera vez que viajo tan lejos… ¿tú viajas mucho?

A veces, raras veces, iba a Francia a visitar a su tía abuela Emma, pero nunca había hecho un viaje donde literalmente se cruzaba el continente. Admitía que estaba algo nervioso por el viaje, así como convencido de que todo saldría bien.
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Gwendoline Edevane el Miér Dic 25, 2019 10:21 pm

Don Cerdito era un caso especial.

Por norma general, las personas conferían a los cerdos una inteligencia reducida —algunas personas, incluso, a cualquier animal—, pero la realidad era bien distinta. Los cerditos —y animales, en general— eran tan inteligentes como necesitaban serlo. ¿Y qué necesitaba un cerdo más que comida, así como otras necesidades básicas? Posiblemente, nada.

Así que era casi un paso natural que desarrollase ese instinto a la hora de saber aprovechar cada ocasión que le permitiera robar un poco de comida.

Cuando Don Gato y Chess tenían uno de esos duelos que, en general, ganaba el primero, Don Cerdito se aproximaba. Se aproximaba incluso antes, cuando ambos felinos únicamente intercambiaban esas miradas desafiantes que indicaban que, en cualquier momento, uno de los dos iba a saltar sobre el otro.

Generalmente, Don Gato sobre Chess.

Y en el momento en que esto ocurría, el pobre y lento Don Cerdito se aprovechaba, se hacía con un pedazo de comida, y buscaba refugio en un lugar distante. ¿Cuántas veces habría observado Gwendoline, fascinada, esta maravilla de la naturaleza? Era mejor que cualquier documental que pusieran en televisión.

—Intentar poner a dieta a una mascota... —comentó con una sonrisa, negando con la cabeza—. Me da la impresión de que es mucho más probable que acabe desplazándose al estilo de los barriles.

En realidad, Sam se preocupaba, y mucho, de mantener a su cerdito alimentado sin pasarse. ¿Que de cuando en cuando era capaz de robar un poco de comida aquí y allá? Sí, pero eso era inevitable: tenía un don natural para pasar desapercibido.

Cuando preguntó con respecto al viaje a Estados Unidos, Gwendoline se imaginaba que la idea no sería únicamente agenciarse una mascota. Es decir: cabía suponer que, por foránea que fuese una especie concreta de mascota mágica, no sería muy difícil encontrar a alguien que pudiese conseguirla en Inglaterra. Hasta las mascotas más exóticas aparecían, de cuando en cuando, en el Callejón Diagón.

Y tenía razón: había otro motivo.

Hizo su mejor esfuerzo por mantener una expresión facial neutral cuando el nombre de Ayax salió a relucir. El pelirrojo le gustaba tanto como cualquier empleado del Área-M. Es decir, nada o incluso menos. Poco le importaba que fuese familia suya, pues un carcelero seguía siendo un carcelero, y si dicho carcelero encerraba a personas inocentes y experimentaba con ellas en una instalación submarina que, se decía, no era muy diferente a Auschwitz, la cosa empeoraba considerablemente.

No le preocupaba demasiado si ese muchacho gustaba o no de la compañía de mujeres o del beber alcohol, ni tampoco si le gustaban las convenciones médicas. Y, no lo neguemos, una parte suya sabía que ni siquiera parpadearía si un día leía en un ejemplar de El Profeta que había fallecido.

Sin embargo, mantuvo toda la educación posible, una expresión neutral, y masticó un poco más de su croissant antes de responder.

—Seguro que encuentras alguno, pero asegúrate de que sea uno legal. —Añadió una sonrisa educada, y prosiguió—: Esa amiga del departamento de criaturas del Ministerio de la que te hablé, Caroline, se pone muy pesada con eso: no hay que incentivar la crianza o la caza ilegal de criaturas mágicas. —Había sido una forma de lo más elegante de pasar por alto todo el tema de Ayax Edevane. Se sentía orgullosa de sí misma—. No puedo decir que viaje muy a menudo, pero suelo hacerlo una vez al año. He estado en Japón, por ejemplo, y fui al Magicland el año pasado. Este año estuve en las Islas Canarias, en verano, pero creo que eso ya te lo dije, ¿no?

Sabía que se lo había dicho: habían empezado a entablar contacto durante el verano, y le había avisado de que pasaría unos días fuera. Sin embargo, ni la sorprendería ni la ofendería que se hubiese olvidado de un dato tan irrelevante como ese.

—Suelo ser bastante casera, más allá de esto —concluyó, encogiéndose de hombros para volver a tantear su chocolate y, de nuevo, evitar dar un sorbo—. ¿Y cómo llevas el tema de tu compañero de piso? ¿Has pensado en buscarle reemplazo, o prefieres la libertad y la independencia de vivir solo? —preguntó, con una de esas sonrisas que parecían decir “No, no estoy siendo cotilla; sólo soy amable.”

Pero, no nos engañemos, un poco de cotilleo sí que había en la mezcla. No podía evitarlo: el ser humano era cotilla por naturaleza, en mayor o menor medida, por mucho que algunos se jactasen de ser totalmente discretos.
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Joshua Eckhart el Sáb Dic 28, 2019 10:06 am

Encontraba intrigante el comportamiento de Don Cerdito para aprovecharse de la situación de los gatos para robarse su comida. Daba la impresión de que era un animal muy ingenioso y, sobre todo, un animal inteligente como para salirse con la suya sin llevarse ni un rasguño de por medio. Así que lo imaginaba perfectamente capaz de sortear la dieta a la que Gwendoline podría someterlo, o al menos intentarlo.

La desmemorizadora era inteligente al preferir no decir nada antes que decir nada negativo sobre Ayax Edevane, al menos si su intención era continuar con esos encuentros entre ella y Joshua. Joshua sabía más de lealtad que de justicia, y era capaz de ignorar deliberadamente cada cargo del que culparan a “los suyos” por ponerse de su lado. En especial con su primo, intentar que no lo viera como lo mejor era una batalla perdida desde antes de empezar.

Así que no interpretó de ninguna manera la carencia de comentarios sobre él. En cambio, mantuvo el tema sobre esas criaturas que estaba buscando con un buen ánimo, uno mejor que con el humor con el que había llegado.

Lo sé, también debo buscar que tenga papeles si no quiero problemas con el viaje internacional… así que tu amiga puede estar tranquila —la tranquilizó, pues no tendría que preocuparse de que, en particular él, tomara a cualquier criatura sin importarle de dónde venía.

Asintió con la cabeza cuando le dijo sobre su viaje a Islas Canarias. Siendo sinceros, no lo recordaba todo con particular detalle, pero sí sabía un poco el panorama general de su viaje. Gwendoline había pasado a ser una persona a la que prestarle atención luego de eso, momento en que era absurdo intentar informarse realmente de lo sucedido, así que sólo había dejado que pasara.

Se encogió de hombros cuando preguntó sobre su compañero de piso, aunque tenía muy clara la respuesta—: Estaba bien compartir piso porque era él —le dijo—, tenía siete años conviviendo con él… pero no me gusta la idea de compartir piso con nadie, así que me quedaré solo ahí —explicó rápidamente.

A veces todavía le molestaba pensar que Denzel Smethwyck hubiese tirado por la borda una amistad de años. Joshua no era precisamente una persona confiable, pero eso cambiaba cuando consideraba a una persona parte de “los suyos”, un pequeñísimo grupo de personas en quienes confiaba y que confiaban en él. Había visto a Denzel así, y ahora se arrepentía.

Tú vives con tu… pareja, ¿no? —preguntó, con pura curiosidad. Nunca preguntaba por ella, pero escuchaba a Gwendoline cuando ella la traía al tema.

Si había una cosa que recordaba muy claramente sobre sus primeras conversaciones era sobre la forma tan natural en que había salido del closet ante él, haciéndole saber que estaba con una mujer. Su declaración había llegado en un momento lleno de dudas e inquietudes para él, aunque ni en mil años se lo hubiera dicho. Una parte de sus dudas e inquietudes se habían esfumado, para ese momento: estaba convencido de que estaba equivocado, pero no le interesaba hacer lo correcto.

“No es que lo haya decidido. Simplemente, ella resultó ser mi persona especial”, Gwendoline le había dicho, recordaba perfectamente. Ahora él también lo entendía.

¿Puedo preguntar cómo se llama? —inquirió, y repuso de inmediato—: Si no puedo, sólo tienes que decirlo, no me lo tomo a mal —levantó las manos con las palmas arriba, haciendo ver que no iba a molestarse si no quería decirle.

Era parte de un secreto código de introvertidos. Dejar saber que no se ofendían cuando les rechazaban algo, para que los demás no se ofendieran cuando fueran ellos quienes negaran algo. No era malo, sino todo lo contrario: convivencia sana y razonable.
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Gwendoline Edevane el Lun Dic 30, 2019 3:13 pm

En medio de su maniobra para pasar limpiamente a un lado del tema de Ayax Edevane —que suponía que algún día tendrían que tratar, inevitablemente, pues parecía ser alguien muy importante en la vida de Joshua—, Gwendoline mencionó las sabias e insistentes palabras de Caroline con respecto a las criaturas mágicas.

Lo hizo más bien en broma, y por ese motivo es que la respuesta de Joshua, tan seria, la hizo soltar una breve carcajada.

—Estaba de broma —aclaró—. Estudiando lo que estudias, supongo que no necesitarás que nadie venga a recordarte cómo ha de hacerse. Es sólo que esta amiga mía es muy insistente, muy pasional, con todo este tema de los criaderos ilegales. ¿Sabes que incluso estuvo en esa manifestación de Magic Life? —Gwendoline se había sentido un poco mal por marcharse de allí el día siguiente, al descubrir que el lugar se había llenado de inferi. Por suerte, no había habido que lamentar ninguna pelirroja herida.

Al preguntar respecto a su compañero de piso, Gwendoline comprendió que se había tratado de alguien con quien había convivido incluso en Hogwarts, e inevitablemente recordó a Beatrice Bennington.

Después de todo, ¿no eran las personas a las que más se apreciaba las que terminaban rompiendo el corazón?

Iba a decirle que era una sabia decisión, que mejor solo que mal acompañado o alguno de esos tópicos, cuando Joshua le preguntó si vivía con su pareja. Asintió con la cabeza de manera automática, pues esa era la historia que había contado a toda persona lo bastante cercana como para interesarse por su vida, pero no lo suficiente como para conocerla al dedillo, y después escuchó la siguiente pregunta de Joshua.

Y sopesó la posibilidad de negarse a responder. Su primo la había puesto sobre la mesa, y ella perfectamente podría haberse acogido a ese derecho… pero no lo hizo.

Tampoco contó toda la verdad.

—Amelia —dijo, con una sonrisa sincera que se debía al hecho de que evocaba la imagen de Sam, fuera cual fuera el nombre por el que se refería a ella—. Prefiere que la llamen Mia —añadió.

Pensó en continuar, en inventarse una historia para ella. En realidad, ya tenía una, pero a veces el querer dar más información de la requerida era, precisamente, lo que ponía a las personas en evidencia. Así que no lo hizo.

—¿Y tú no tienes a nadie especial en tu vida? —añadió, sin saber que, precisamente, ese alguien especial era, sin ir más lejos, la persona de la que no quería hablar en ese momento: Ayax Edevane.

Mientras formulaba esta pregunta, Gwendoline no pudo evitar vislumbrar por el rabillo del ojo a los jóvenes que habían cuchicheado algo respecto a Joshua cuando habían llegado a la cafetería. Al volver la vista un segundo en su dirección, observó cómo aquellos muchachos, que hasta entonces cuchicheaban, se ponían a disimular de manera evidente.

«¿Qué problema tienen esos?», se preguntó, volviendo a concentrar su atención en Joshua.
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Joshua Eckhart el Vie Ene 03, 2020 11:11 pm

Haciendo gala de la escasa comprensión en materia de bromas que Joshua tenía, había dado una respuesta seria a lo que, para su prima, sólo había sido un comentario ingenioso por la obviedad del mismo. Procedió a hablarle sobre dicha amiga suya, hasta hacer mención a aquella manifestación a la cual él había tenido toda la intención de ir. Seguramente lo hubiera hecho si hubiese sido capaz de lidiar con la ansiedad que le provocaba estar rodeado de gente.

Iba a ir, a esa manifestación —le dijo—, aunque, viendo cómo resultó todo… me alegra no haber ido —confesó, ya que aquella era una verdad tremenda, por lo que había salido en las noticias sobre cómo se desenvolvió todo.

El mundo no parecía un lugar seguro, de un tiempo hacia acá.

Ni manifestaciones pseudopacíficas, ni meras salidas a Hogsmeade, o inauguraciones. Ni siquiera los que se decían amigos. Gran parte de su pesimismo se había acentuado con el pasar de los sucesos.

Al menos se habían olvidado del tema cuando empezaron a hablar sobre las viviendas, donde el menor de los dos decidió finalmente preguntarle acerca de su pareja romántica. Amelia, se llamaba, y vivía con Gwendoline. No escuchó más sobre ella; tampoco le pareció mal. Su prima podría contarle cualquier cosa que le naciera contarle, y si no le nacía… pues no se quejaba tampoco.

No tenía ni la menor idea de que la verdad podría costarle hasta la libertad, y que, de oír algo, sería a lo sumo mitad mentira y mitad verdad.

Lo tomó por sorpresa que le preguntara si él tenía a alguien especial en su vida. Eso, a su vez, trajo un pensamiento no solicitado en el que su mente reproducía un recuerdo de dicha persona. Era, al igual que “Mia”, una persona que su familia jamás aceptaría, ni el Mundo Mágico, aunque no se iría a la cárcel por estar con esa persona. Por mucho que le convenciera de ponerle los cuernos descaradamente a su prometida.

La palabra “especial”, por otro lado, le hizo pensar. Incluso antes de ser “especial” de esa manera, siempre le catalogaría con esa palabra.

Sí, puede ser —fue su respuesta. La lógica decía contestar con un “no” rotundo; por otro lado, era una mentira tan grande como la Muralla China, pues esa sonrisa que se le había escapado, semejante a la de Gwendoline al recordar a su propio alguien especial, había dicho más de lo que las palabras jamás podrían.

Por otro lado, no tenía intención alguna de dar especificaciones al respecto. Dentro de su cabeza razonable, entendía que tenía que continuar con la función, y eventualmente casarse con alguien que no amaba por bien familiar. Con algo de suerte, aquella unión prohibida continuaría incluso entonces.

No pasaba desapercibido al grupo de Ernest, y percatarse de que su prima lo miraba fue el esquinazo perfecto para aquel tema que llevaría a un callejón sin salida.

Son del tipo “investigadores amateur”, con enfoque especial en amarillismo y ataques terroristas —le dijo, aparentemente sin venir a cuento. Con un leve gesto de su cabeza en dirección a su mesa evidenció sobre quiénes hablaba—. Conozco a un par de ellos, muy pesados, me atrevo a decir, y para nada discretos; debemos parecerles una mina de oro.

Claramente se refería a que ambos habían estado involucrados en un atentado, y, siendo ellos, seguramente también reconocerían a Gwendoline. Del grupo, sólo Ernest estudiaba Magizoología, pero conocía a los demás de Hogwarts, pues eran de la misma generación. No es que importase, ni que siquiera los considerase cuando no se metían con él, mas era un tema adecuado para desviar la atención de otros temas con menos oportunidades.

Iba a añadir otra cosa, algo elocuente con tinte sarcástico, a juzgar por la sonrisilla a medio lado que tenía, pero se interrumpió con un sonido estruendoso. Un trueno.

Contuvo el sobresalto presionando sus brazos contra la mesa, causando que el té se le derramara en las manos. Ya sabía él que eso iba a suceder, contuvo el aliento durante un momento antes de exhalar despacio. Su mirada fija en la mesa, y su mente revoloteando con ideas que, más que eso, se asemejaban a moscas zumbando a su alrededor.

Podemos llevar esta conversación a mi casa —dijo de pronto, sin pensárselo demasiado—. Es más privado —pese a que no era precisamente la privacidad lo que quería en ese momento.
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Gwendoline Edevane el Jue Ene 09, 2020 1:37 pm

Cuando se ponía a pensar que había estado, literalmente, a minutos de verse sumergida en una marea de muertos vivientes, Gwendoline sentía una especie de mareo que, de encontrarse de pie, la obligaría inmediatamente a sentarse.

Recordaba aquella noche, la de Halloween, como una en que se había enfadado bastante: con Sam, por su insistencia en ir a llevarle una mochila con provisiones a Caroline, y con la propia Caroline por siquiera llegar a sugerir que Sam se metiese en semejante embrollo. Tal nivel de irresponsabilidad por parte de la pelirroja había sido el pilar central de su enfado, pues a pesar de todo por lo que habían pasado juntas, parecía que no comprendía que los actos tenían consecuencias.

Generalmente, consecuencias negativas.

—Yo me libré por poco —comentó en respuesta—. Es decir, fui con intención de llevarle a esa amiga algunas provisiones, y por suerte logré encontrarla antes de verme sumergida en… bueno, en eso. —No iba a opinar con respecto a los inferi, pues viendo cómo la sociedad aceptaba de tan buena gana el uso de la magia oscura, seguramente el uso de inferi con fines de investigación sería considerado hasta cotidiano, necesario.

Hablaron a continuación de lo que podría considerarse un tema más alegre: sus respectivas vidas sentimentales.

Más alegre era, desde luego, pues ¿a quién no le gusta tener amor en su vida? El problema era que, sin saberlo del otro, ambos primos tenían que mentir. En caso de Gwendoline, podía afirmar que mantenía una relación amorosa con alguien, pero jamás podría mencionar su identidad; en caso de Joshua, ni siquiera podría mencionar que la tenía.

Curioso era el hecho de que, de haber sabido la verdad —y de ser capaz de dejar a un lado el lazo sanguíneo que unía a ambos chicos, y su profundo disgusto por Ayax—, Gwendoline seguramente se preocuparía por el dato más evidente de todos: el mantener una relación en que Joshua podría considerarse “la otra persona”. Seguramente plantearía a su primo la pregunta obvia: si estaba dispuesto a mantener una vida así, teniendo que esconderse para estar con la persona que quería.

Y no, no establecería un paralelismo entre ellos dos y su propia relación: Gwendoline y Sam se veían obligadas a ocultarse porque no querían morir ni acabar en prisión; a Joshua, simplemente, le tocaba ser una tercera rueda y quedar relegado a la categoría de “amante”.

Sin embargo —y por suerte—, todavía no disponía de esa información, y vivía en una hermosa ignorancia. Con todo y con esas, la reacción de su primo ante la pregunta la llevó a comprender que lo mejor que podía hacer era no insistir en el asunto: no había sido demasiado entusiasta, la verdad.

Tras un respetuoso silencio, Gwendoline se percató de las miradas y los comentarios que los muchachos de la otra mesa dedicaban en su dirección. Incapaz de reprimirse, volvió la vista en esa dirección, acallando temporalmente los comentarios. El disimulo de los jóvenes era tan malo que, en caso de que hubiera tenido dudas de que eran ellos los responsables, casi habrían quedado en evidencia.

Joshua la sorprendió con aquel comentario, y enseguida apartó la mirada de la otra mesa para dedicarle toda su atención.

—Con que aquí tenemos a la futura plantilla de Corazón de Bruja... —comentó con cierta sorna, una media sonrisa divertida, y sin molestarse en hablar en voz baja—. Bueno, supongo que siempre vienen bien personas que quieran meterse donde no las llaman. También te digo que me sentiría mucho mejor si decidieran preguntarme directamente en lugar de formular sus propias teorías.

No se dio cuenta, pero su comentario —de nuevo, no se molestó en formularlo en voz baja— generó una pequeña discusión en voz baja entre los chicos, quienes sopesaron la posibilidad de acercarse a la mesa con sus preguntas incómodas. Si no lo hicieron fue porque… bueno, el estruendo del relámpago los tomó por sorpresa a todos.

Había sonado cerca, y su luz parpadeante había iluminado la cafetería, por lo que Gwendoline dio un respingo por la sorpresa. No tenía nada en contra de las tormentas eléctricas, pero los estruendos como aquel tenían la capacidad de sorprenderla. Y una parte de ella, su subconsciente más primitivo, seguía esperando que en cualquier momento se produjera una explosión, fruto de un nuevo ataque.

Sin embargo, Joshua sí pareció pasarlo mal: su pánico era real, y se aferraba a los bordes de la mesa como un hombre se aferra a un tablón en medio del océano después de un naufragio.

No necesitó explicaciones cuando su primo le pidió irse a casa.

—Sí, claro —le dijo, al tiempo que se disponía a levantarse—. ¿Estás bien para irte? Podemos esperar un momento...

No era psicóloga, y seguramente estaba a años luz de comprender la mayoría de cosas que estudiaba Laith, pero tampoco había que ser licenciada para comprender lo que allí sucedía; simplemente, había que ser un poco observadora: igual que ella, en el fondo, seguía esperando que se produjera una explosión fruto de un ataque radical de algún tipo, a Joshua le sucedía algo parecido.

Quizás para él era más reciente, o simplemente le había afectado de una manera peor que a ella, pero su incomodidad le delataba.

—No pasa nada —le aseguró, con voz suave, tratando de transmitirle un poco de calma—. A veces, cuando caen esos dichosos rayos, parece que se va a acabar el mundo. Dichoso fenómeno natural engañoso... —Y compuso una sonrisa, intentando rebajar tensión a la situación.

Sobra decir que Gwendoline se sentía muy fuera de su zona de confort al intentar calmar a su primo. Por eso se la notaba tan torpe e incómoda.
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