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The bonds that tie us {Joshua&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Nov 29, 2019 11:17 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The bonds that tie us {Joshua&Gwen} - Página 3 SrZZqVL
Viernes 29 de noviembre, 2019 || Universidad Mágica, Londres || 17:27 horas || Atuendo

Con motivo de una de las tutorías a las que debía acudir cada mes, a fin de presentar sus progresos y dudas ante el profesorado de la academia de medimagia, Gwendoline se encontraba en el campus universitario.

Normalmente, una vez concluidos sus asuntos allí, se habría marchado a casa, pero estaba esperando a alguien: su primo Joshua.

Con la parka bien abrochada, las manos en los bolsillos para que no se le enfriasen, Gwendoline permanecía de pie en la entrada, aguardando la llegada del joven universitario con quien, en los últimos meses, había estrechado algo su relación. Algo, no demasiado.

Al principio, cuando se había propuesto esperar al chico fuera, a fin de no pedir su consumición y tener que esperarle mientras se quedaba todo frío. Y no es que Joshua llegara con retraso, ni mucho menos; simplemente, ella llevaba allí un buen rato, teniendo en cuenta que sus tutorías habían terminado a las cinco y se había citado con él a las cinco y media.

Empezaba a arrepentirse de su decisión de esperar fuera, pues como era habitual, Londres mostraba su peor cara: un aire gélido descendía sobre los verdes jardines de la universidad, arrastrando consigo la lluvia que descargaba el cielo negro que se extendía por encima de su cabeza. Pronto, su pequeño resguardo bajo la entrada de la cafetería sería totalmente insuficiente.

Mientras esperaba la llegada de Joshua, lo poco que Gwendoline podía hacer era pensar, y como ya era habitual, el Juguetero ocupaba sus pensamientos: Sam y ella, en colaboración con la Orden del Fénix, todavía buscaban averiguar la identidad de aquel salvaje que se había propuesto acabar con los fugitivos de Londres por medio de sus extraños juguetes modificados.

En aquellos momentos, realizaba un proceso mental de criba con respecto a los perfiles de sospechosos que tenía en su poder. Eran muchos, y lógicamente no se los sabía de memoria, pero ya le había echado el ojo a tres o cuatro que le parecían los más probables. Fue enumerando mentalmente todos los datos que conocía acerca de dichos sospechosos, y una vez más, intentó compararlos con todo lo que sabían hasta el momento y con las hipótesis que Orden y Ministerio habían formulado sobre él.

Una vez más, quedó claro que no sería sencillo: si todos aquellos perfiles habían quedado sobre la mesa era porque tenían idénticas posibilidades de ser el correcto.

«No va a ser tan fácil», se dijo a sí misma, y tenía razón: si el Juguetero había permanecido tanto tiempo oculto era porque sabía esconderse. Sólo deseaba que no hubiera que esperar un futuro ataque suyo para conseguir más pistas, y el tiempo seguía corriendo en su contra.

Tratando de alejar esos pensamientos, se concentró en algo más mundano: la compra que haría antes de regresar a casa, por ejemplo, o el temario que tenía que estudiar para su no tan lejanos exámenes parciales. Incluso consultó la hora en su reloj de pulsera, pero nada de eso funcionó.

Sólo había una forma de librarse de aquel tema: averiguando la identidad de ese malnacido y deteniéndolo antes de que causase más daños a inocentes, tarea que para aquel momento se le antojaba totalmente imposible.

«Quizás un poco de charla intrascendente con mi no tan cercano primo ayude», pensó Gwendoline. «Que, por cierto, puedo dar gracias de tratarme con este: es mil veces mejor que ese pelirrojo que trabaja en el Área-M.»

Sabía perfectamente cómo se llamaba —Joshua lo mencionaba bastante a menudo, dándole a Gwendoline una idea bastante clara de lo cercanos que eran—, pero no por ello sentía menos rechazo hacia su persona. Cuanto más lejos de ella, mejor.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Jue Feb 27, 2020 1:15 am

”Exageración” fue la primera palabra que le vino a la mente cuando Joshua confesó que su padre había pasado meses sin hablarle únicamente por escoger una carrera universitaria distinta a lo planeado. Enarcó una ceja con extrañeza, dándose cuenta de lo plausible de semejante comportamiento: podía imaginarse a su propio padre haciendo lo mismo, aunque seguramente le duraría menos.

Especialmente cuando su madre intercediera por ella y le dijese que parara de comportarse como un niño pequeño.

—Padres... —murmuró, optando por no decir nada más al respecto. Cualquier opinión en ese aspecto podría ser fácilmente malinterpretada. Tampoco quería ofenderle, así que se limitó a negar con la cabeza.

Hablar de las decisiones impulsivas, o poco meditadas, que había tomado en su vida, suponía una notable incomodidad para ella. Todas ellas podrían resumirse a una sola palabra: ilegales.

Dejando a un lado lo absurdo que le resultaría que la tachasen de “traidora” si alguien descubría la verdad de su implicación con la Orden del Fénix, pues ella jamás había traicionado a nadie, sabía que la persecución a la que sería sometida, que la posibilidad de terminar en la prisión de Azkaban o como conejillo de indias en el Área-M, que ambas cosas serían muy reales. Lo pasaría mal si la persona menos indicada descubriese los secretos que guardaba al mundo mágico.

Por ese mismo momento no concretó demasiado, ofreciendo una respuesta vaga e imprecisa. Pero sí, por increíble que pudiera parecer, hasta las personas cautas en ocasiones se dejaban guiar por sus instintos, por sus corazonadas, y hacían aquello que les nacía de lo más hondo de su ser.

No mentiría: gracias a lo que hacía para apoyar a la Orden del Fénix, para ayudar a sus amigos y seres queridos más cercanos, Gwendoline se sentía bien. Se sentía como si, después de tanta represión y tanto sufrimiento, su vida por fin tuviese un propósito.

Claro que dudaba mucho que explicarle todo esto a Joshua, que había sido incapaz de comprender lo poco que le gustaba el nuevo gobierno, sería como realizar un disparo en la oscuridad: sí, podía acertar al contárselo, pero con toda seguridad estaría fallando estrepitosamente, y al día siguiente la sorprenderían los aurores en la puerta de su casa.

Mejor se precavida.

Devolvió la pregunta a su primo, y su respuesta no es que fuese demasiado concreta tampoco, aunque sí algo más que la suya. Al parecer, su gran acto de rebeldía había sido escoger una carrera universitaria distinta a la que su familia pretendía imponerle. Supuso que tenía sentido: a fin de cuentas, todavía era joven, y más allá de las rebeldías juveniles propias de su edad, poco más había tenido tiempo de hacer.

Si solo fuera capaz de adivinar que el joven que tenía a su lado, al igual que ella misma, había quitado la vida a una persona… Otra cosa que tenían en común, aunque dichas personas perteneciesen a bandos opuestos.

—Ojalá hubiera sido yo tan rebelde entonces —bromeó, divertida, imaginándose a sí misma esquivando la imposición de su padre y matriculándose en Magizoología—. Eres joven. Ya tendrás tiempo de perpetrar más y más actos de rebeldía, créeme. Yo también pensaba que no empezaría nunca, y mírame: no tengo intención de darle nietos biológicos a mi padre.

Ante esto, no pudo evitar reírse de manera plena, divertida. Y es que, por supuesto, no podía ser de otra manera, Duncan Edevane esperaba, o había esperado en el pasado, que su hija Gwendoline le diese nietos y se casase con un hombre. Que fuese todo lo normal que pudiese, en definitiva.

Vista su relación actual con Sam, tenía claro que el decepcionarle nunca había resultado tan satisfactorio como en ese aspecto de su vida.

—Deberíamos organizar un club de rebeldes —sugirió, totalmente en broma—. Ya sabes: personas orgullosas con su condición de “decepción andante” para sus padres. ¿No sería maravilloso?

En realidad, era muy triste. Resultaba penoso pensar que unos padres podían llegar a querer influenciar tanto las vidas de sus hijos, hasta el punto de sentirse decepcionados cuando éstos decidían alzar el vuelo y recorrer la vida a su manera. Se alegraba mucho de haber crecido alejada de los Edevane, pues de lo contrario, con toda seguridad, sería un manojo de inseguridades aún peor de lo que lo era actualmente.

Bebió un sorbo de su té, cuya temperatura ya le pareció más que adecuada, y se quedó pensativa. Tras unos segundos de silencio, que en realidad no fue incómodo, si no reflexivo, a Gwendoline se le pasó por la cabeza una idea curiosa. Decidió compartirla con Joshua.

—Últimamente visito mucho la granja de mi abuela —empezó, sabiendo que debía ser cautelosa, pero sincera—. Me ha estado enseñando oclumancia, una forma de magia que siempre me ha fascinado. —Bebió otro sorbo de su taza, con toda naturalidad, antes de proseguir—. Durante una de nuestras clases, se le escapó algo acerca de una enfermedad que está afectando a algunos de los elfos domésticos. Dice que ha intentado que reciban tratamiento, pero ya sabes cómo son: se rompen el espinazo a trabajar...

Resultaba triste pensar en lo sacrificado de aquellas pequeñas criaturas: capaces de trabajar enfermos, hasta la extenuación si hacía falta, sin cobrar un triste knut.

—Tengo la ligera impresión de que no empatiza demasiado con ellos —prosiguió—. Está chapada a la antigua, y ya de por sí es una mujer bastante ruda, así que comunicarse con los elfos no se le da muy bien. ¿Crees que tú podrías echarle una mano? Es más que evidente que se te dan bien las criaturas, y las conoces bien.

No solo los elfos podrían beneficiarse de la presencia de Joshua en aquella granja. Seguro que había muchas criaturas cuyas condiciones de vida podían mejorar muchísimo cambiando uno o dos detalles en el lugar.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Dom Mar 01, 2020 11:17 am

No iba a decir que realmente hubiese sido una tortura, porque, en verdad, Joshua estaba acostumbrado a la indiferencia de su padre. Sin embargo, chocaba con su cabeza el hecho de que hablarle significase hablar con una pared, y también se metía con su necesidad de aceptación familiar. Eventualmente, todo había vuelto a la normalidad… que era vivir separados y hablar por medio de cartas un par de veces al mes, viéndose sólo en fechas importantes.

Era una de esas anécdotas que algunas personas tenían. Había gente con padres bastante más malos que el suyo, así que realmente no sentía que tuviese que quejarse por nada. Bastaba con ver a Gwendoline, cuyo padre había dado la espalda a su madre para protegerse ante los ojos del gobierno.

Seguramente los dos encontrarían hilarante, de tan sólo poder leer los pensamientos, de que hubiese cosas en que simplemente parecían entenderse bien sin decirlo, y otras donde la cabeza de cada uno viajaba en un mundo distinto sobre el mismo tema. Mientras ella pensaba en los beneficios que sus acciones habían tenido al convertirse en una “traidora” del gobierno, ayudando a sus amigos y a gente desprotegida, Joshua no hacía más que pensar en las veces en que esos “instintos” lo habían hecho dar un salto de fe de cara a la decadencia humana.

Era verdad: cada persona era un mundo. Un universo entero.

Miró a su prima cuando ella le recordó que su intención de dar nietos biológicos era de hecho nula. Y eso lo hizo pensar a él… ¿algún día podría afirmar con tal certeza que no lo haría? No le daba ninguna gana, todo había que decirlo, pero… se veía completamente capaz de hacerlo porque era su obligación. Porque se encontraba escrito en el imaginario libro de reglas de las familias puristas.

Bueno, ya eres mayor —le dijo—, creo que si tuviese intenciones de intentar obligarte a casarte, ya lo habría hecho para ahora… Así que creo que no le sería difícil hacerse a la idea de no recibir nietos biológicos —razonó fácilmente—. No sería fácil, por otro lado, descubrir el por qué.

Había otro punto importante respecto a ello: realmente, Gwendoline no servía como tal para preservar el linaje. No era hombre como para preservar el apellido, ni era sangre pura para cumplir como un buen vínculo entre apellidos. Y eso, aunque pudiera sonar degradante, tenía su parte buena. Su parte donde Joshua se preguntaba qué se sentía no tener tanta responsabilidad familiar encima.

Le provocó cierta gracia escuchar sobre el club de rebeldes. Le recordó, inevitablemente, a la imaginaria competencia de decepciones de la que siempre hablaba con su primo, de las que había coleccionado muchas. Ya había pasado los “tres strikes” y estaría fuera en cuanto su familia descubriera tan sólo la mitad de lo que les ocultaba.

Es una de las reglas del club: no se habla del club —le contestó, como si siempre hubiese existido aquella organización.

Ni por asomo Joshua estaba orgulloso de todas las cosas que le convertían en decepción andante. Había algunas cosas, sí, de las que se arrepentía menos; se había tatuado, por ejemplo, y aunque era un tatuaje pequeño y oculto, sabría que bastaría para que el Eckhart promedio pusiese el grito en el cielo.

Poco a poco, los silencios entre ambos dejaban de ser incómodos. Era otra cosa en común: estaban conscientes de que a veces era necesario un momento en silencio para ellos mismos, que les diera tiempo de pensar en el tema que acababan de tratar y también del que podría ocurrírseles para hablar a continuación. Mucha gente, en especial aquellos que no podían encontrarse con ellos mismos tendían a detestar esas pausas, en especial las prolongadas, porque no toleraban el silencio.

El próximo tema fue especialmente interesante para Joshua. Lo habían mencionado con anterioridad, sin embargo, no sabía que su prima estaba recibiendo clases de oclumancia con la propietaria de la granja. Más que eso, le interesó saber la problemática con la que ella y los elfos domésticos que trabajaban en la misma se enfrentaban.

No me gustan los elfos domésticos —Joshua repuso—, no me gusta la idea de que sean “domésticos” —pues ese era su inconveniente, antes que las criaturas en sí mismas—. Son criaturas demasiado razonables, es lo mismo que la esclavitud —dio su opinión—. La mejor forma es si el “amo” les ordena tratarse… lo que es desagradable y no siempre efectivo —explicó hasta donde llegaba su conocimiento por el comportamiento de los elfos.

Entendía que la gran mayoría de los magos y brujas no entendiera a los elfos domésticos. Los veían como criaturas inferiores y, muchos, como seres carentes de valor o aprecio alguno. Incluso aquellos que intentaban ser comprensivos con ellos, pasaban por alto importantes matices en su comportamiento, dificultándoles la comunicación recíproca.

No sé si podré ser de mucha ayuda —admitió—, pero no me importaría ver si hay algo que se pueda hacer por ellos —y eso era lo más importante. Su disposición a prestarse en pro del bienestar de las criaturas.

Sin embargo, algo más de la misma anécdota que ella le contó le llamó la atención.

No sabía que estabas interesada en la oclumancia —aunque, ya que lo estaba en la desmemorización… igual y era bastante lógico y útil, por mucho que planease abandonar dicho puesto de trabajo.
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 05, 2020 2:48 am

A medida que Joshua señalaba la posibilidad de que, de haber querido, Duncan Edevane ya habría intentado imponer a su hija el matrimonio, a la susodicha se le pronunciaba en los labios una sonrisa de pura satisfacción. Una que parecía querer decir, sin palabras, que le encantaría verle intentarlo.

Quizás la figura de Duncan Edevane había sido imponente alguna vez para su hija —aún a pesar de que Lamia Edevane estaba siempre ahí para calmar un poco la situación y relajar a su marido—, pero desde el día en que había vendido de una manera tan vil a la que era su esposa, a la madre de Gwendoline, su progenitor había abierto una brecha insalvable entre ambos. La mestiza había descubierto que era posible despreciar hasta lo más profundo de sus entrañas a una persona. Entonces era inocente, prácticamente incapaz de discutirle nada a nadie, pero se conoce que tenía un límite.

Ese límite eran sus seres queridos.

En la actualidad, Duncan no se atrevería siquiera a pensar que era buena idea imponerle nada a su hija. Cada vez que había acudido a ella en tiempos recientes, lo había hecho casi suplicando su atención. ¿Se había compadecido de él en algún momento? Bueno, desde luego que sí, había tenido momentos de debilidad. Pero cada vez que tenía uno, se recordaba a sí misma la situación en que se encontraba su madre, y le resultaba mucho más sencillo mostrarse fría e impasible con él.

—Si algo puedo decirte de mi padre es que es un cobarde. Lo habrás visto en las reuniones familiares —dijo con total naturalidad, como quien señala un hecho de conocimiento común—. No hay más que ver el tipo de trato que le dispensa la mayoría de la familia. —Se encogió de hombros—. Y si quiere saber el motivo de no tener nietos biológicos, siempre puede venir a preguntar. No tendré problema en responderle.

«Y mandarle al cuerno, de paso», pensó. «Como se merece.»

Y así fue que ambos fundaron un club no oficial de decepciones andantes. Gwendoline sonrió a su primo y le asintió con la cabeza en señal de aprobación al plantear la regla número uno. También se llevó los dedos a los labios y fingió cerrárselos con una cremallera.

Se dio cuenta de que aquello, aunque fuese un gesto pequeño, era una broma. ¡Una broma por parte de Joshua Eckhart! Nadie sabía lo difícil que era que el muchacho bromease, por lo que cuando ocurría, Gwendoline personalmente se sentía bien. Como si, en efecto, la brecha entre ellos fuese cada vez más pequeña, más fácil de saltar. Empezaban a entenderse bastante bien.

Después de un pequeño silencio, durante el cual Gwendoline únicamente dedicó atención —y no demasiada— a su taza de té, se le ocurrió algo referente a la granja de Astreia Edevane: sus elfos domésticos. Éstos, al parecer, estaban enfermos, aunque sus obligaciones les llevaban a rehusar el tratamiento o tomarse siquiera días libres para ser debidamente examinados y tratados.

Se le ocurrió que Joshua, quizás, podría llegar donde su abuela no había llegado: al corazón de los elfos, haciéndoles comprender que lo único que buscaban era su propio bien.

Joshua afirmó que no le gustaba demasiado el concepto de los elfos domésticos, cosa que tenía mucho sentido, dado su amor por las criaturas. Ofreció un par de consejos, pero realmente la morena no creía que necesitasen más órdenes; lo que necesitaban era un poco de comprensión y amabilidad, pues eran criaturas cuya vida perdía todo su sentido si no tenían una obligación que llevar a cabo. Al menos, así eran en su mayoría, preocupados porque todo estuviese como debía estar.

—Estoy segura de que podrás llegar a entenderte con ellos mucho mejor que mi abuela. No se puede decir que tenga demasiada paciencia: si insisten en seguir trabajando, ella simplemente los deja por imposibles. —Lo cual no dejaba de ser un tanto triste. Gwendoline temía que el día menos pensado uno o más de ellos se desplomase de puro cansancio y enfermedad en medio del trabajo. Nadie, humano, criatura o animal, debía llegar jamás a ese punto.

A pesar de que el tema de la oclumancia no era algo que le apeteciera demasiado tratar en familia, sabía que suscitaría la curiosidad de su primo. No era algo típico, y en los últimos tiempos solía venir de la mano de una necesidad de ocultar cosas. Especialmente cuando se hacía en privado, sin ningún tipo de control por parte del Ministerio de Magia.

Procuró no ponerse nerviosa, y hablar con toda la sinceridad que le fuese posible.

—Como desmemorizadora, me interesan mucho ciertos campos del estudio de la mente humana, especialmente a nivel mágico. También he intentado aprender algo de legeremancia, pero descubrí que no era lo mío. —Dibujó en sus labios una breve sonrisa resignada. Decía la verdad: sus pocas experiencias con Sam habían tenido ciertas consecuencias que habían tardado meses en disiparse. Muchas de las sensaciones que ella experimentaba se le habían impregnado en la mente, y no había sido agradable—. Pero no voy a mentirte: en estos tiempos, prefiero asegurarme de que dentro de mi cabeza solo puedo entrar yo. Demasiada paranoia, demasiada caza de brujas, y no me gustaría que nadie se metiese ahí dentro sin mi permiso.

Esperaba haber sonado un poco paranoica, como esos de los gorros de papel de aluminio que creían que los extraterrestres tenían métodos para leerles la mente. A fin de cuentas, tampoco le apetecía que su primo sospechase que ocultaba cosas ilegales.

De todas formas, quería pensar que, por mucho que alguien no tuviese nada que esconder, la mera situación de imaginarse a otro entrando en su cabeza para revisar su contenido le causaría una cierta aprensión. Después de todo, la mente era el único lugar verdaderamente privado en aquel mundo, e incluso esa privacidad podía ser violada por los magos.

—Ya sé: suena paranoico —dijo, encogiéndose de hombros—. Yo prefiero pensar que soy celosa de mi privacidad.
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Joshua Eckhart el Dom Mar 08, 2020 10:50 am

Llevaba claro el tipo de persona que Duncan era para los Edevane. Que a él le importase o siquiera lo pensara con frecuencia era otro tema. En general, con la mayoría de la familia era imparcial: todos le daban igual en mayor o menor medida. Si no estaba influenciado por Ayax Edevane, no sentiría necesidad alguna en meterse gratuitamente con nadie, y eso incluía a los “primos idiotas” y a Duncan, o a cualquier otro miembro “no grato”.

Sin embargo, escuchar a Gwendoline tan determinada… le hizo desear un poco estar presente para verlo. No por algún morbo o por deseo de ver el mundo arder, sino porque, en verdad… ni en sus más salvajes fantasías se habría imaginado a sí mismo encarando a Francis Eckhart y decirle con tanta seguridad el motivo para no querer darle descendencia biológica. En reconocer que en toda su vida no recordaba nunca haberse sentido atraído hacia una mujer. ¿Admitir que, de hecho, había alguien por quien ya suspiraba? Impensable.

Había asuntos, después de todo, en que su prima le ganaba el primer puesto de “decepción andante”. Él lo era, pero nadie sabía que lo era, nadie con quien no tuviera suficiente confianza, y contaba con una mano a esa lista. Gwendoline lo era y estaba malditamente orgullosa de serlo. Eso sólo rendía más homenaje al grupo selecto que acababan de crear en medio de una broma.

Bromas aparte, detectó inmediatamente la preocupación por los elfos que trabajaban para Astreia. Ya no por disposición genética, sino por siglos y siglos de esclavitud, los elfos se habían convertido en criaturas de utilidad, que se sentían miserables cuando tenían un amo y no cumplían sus obligaciones. Incluso, había quienes no se sentían libres ni siendo libres. La jaula más poderosa no era física, sino mental, y las de los elfos eran de acero forjado por duendes cuya llave se había perdido hace mucho.

Claro, sólo… Puedo enviarle una carta para preguntar si puedo visitar… o si quieres decirle tú y lo hablamos… No es ningún problema para mí ir, cuando sea —le hizo saber, ya que era así. Si bien no es que tuviera cada hora libre del día, siempre podía hacerse un hueco cuando lo necesitase para hacer cosas importantes. Ver por el bienestar de las criaturas siempre era importante.

Eso sí, no era capaz de visitar sin un aviso o invitación previo. No podía, no sólo porque era increíblemente descortés, sino porque él mismo detestaba las visitas inesperadas. Fiel creyente del “no hagas lo que no te gusta que te hagan”, no planeaba convertirse en una visita inesperada que pudiera disgustar o importunar.

Tratando el tema de la oclumancia, Joshua era consciente de que se trataba de magia avanzada, pero no lo ligó a la necesidad de ocultar algo ilegal. Él mismo, que no tenía nada ilegal que ocultar más allá de ser una criatura peligrosa una vez al mes y no estar registrado en el Ministerio, pensaba que era sumamente útil poder patear a cualquiera que intentase removerle la cabeza sin su explícito permiso. Probablemente no dedicaría horas de su vida a estudiarlo y aprenderlo, pero útil, sin duda, sí era.

Razonó, de igual manera, que siendo su madre la que era, Gwendoline podría temer por su propia seguridad. E incluso esas vocecillas paranoicas de su propia psique le sugirieron que podría estar planeando un golpe al Área-M para sacar de ahí a su madre… pero se esforzó en desechar la idea. Tenía pies y tenía cabeza, pero era sumamente arriesgada y posiblemente suicida. Esperaba que no tuviese un plan semejante.

Entiendo eso —le contestó con sinceridad—. No es algo que yo haría, creo… pero lo entiendo —asintió con la cabeza para dar peso a aquellas palabras. Aunque no quería escupir al aire: tal vez, algún día, tendría un secreto tan grande que significaría su fin o el de la gente que quería. Entonces, se lo pensaría dos veces.

Devolvió su mirada a su taza de té a medio tomar. Honestamente, no había esperado esa mañana tener una conversación así con Gwendoline. En algún momento de sus encuentros, habían pasado de las conversaciones triviales llenas de callejones sin salidas, a una conversación más o menos fluida. Darse cuenta de ello era curioso.
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 14, 2020 10:23 pm

Gwendoline estaba segura de que su abuela no rechazaría la ayuda que Joshua podría brindarle. Quizás fuese demasiado orgullosa para pedirla, sí, pero su nieta había estado allí, había visto la cantidad de tareas que requerían de su atención, y sabía que tarde o temprano iba a necesitar que le echasen una mano. Si no es que la necesitaba ya, claro, pues la mujer ya tenía una edad.

Por mucho que le costase reconocerlo.

Como mínimo, su primo iba a poder echarle un cable con el tema de los elfos. Una vez allí, estaba segura, bien podría observar otros muchos problemas que a su abuela le habían pasado inadvertidos, ofreciendo una significativa mejora en las vidas de aquellos animales y criaturas mágicas.

En resumen, todo el mundo ganaba con aquello, incluidos los elfos domésticos.

—Los domingos por la mañana tengo mis clases de oclumancia —le explicó con aire pensativo, rascándose suavemente la sien con el dedo índice de la mano izquierda—. ¿Te parece bien si me acompañas el próximo? Yo me encargaré de decirle que voy acompañada.

En realidad, solía ir acompañada siempre. Lo que tendría que decirle a su abuela era que llevaría a Joshua consigo. ¿Que quizás era un poco contraproducente acudir el mismo día que solía llevar a Sam? Sí, tal vez un poco, pero tampoco se le ocurría una mejor excusa para visitar a su abuela. Ahí dónde se la veía, y a pesar de la confianza que había depositado sobre los hombros de Astreia, todavía se sentía incómoda en un lugar como aquel. No era sencillo olvidar que pertenecía a una familia purista, después de todo.

Hablando, precisamente, de las clases de oclumancia, Gwendoline se vio en la tesitura de tener que explicar el motivo de recibirlas. Su respuesta no fue del todo sincera, aunque había mucho de verdad en ella: tenía en su cabeza muchas cosas que preferiría mantener ahí, a buen recaudo. Claro que, seguramente, Joshua no se imaginaba que dichas cosas tenían que ver con una fugitiva con la que mantenía una relación sentimental.

«Y que así siga, por favor», pensó, visualizando una vez más cómo reaccionaría su familia de saber lo que ocultaba. «Si ya me mirarían mal al descubrir que tengo una relación con una mujer, si además descubren que es nacida de muggles, me queman viva en la plaza del pueblo.»

Joshua, por su parte, no parecía interesado en aprender oclumancia. Aquella simple afirmación, que creía que nunca lo haría, la llevó a pensar que no tendría nada que esconderle a nadie.

Se le antojó como algo envidiable en aquellos días, pues incluso el más fiel purista solía tener algo que esconder. No pudo evitar preguntarse cómo sería para ella una situación similar, en que podía vivir su vida libremente, sin esconderse. Sonaba apetecible, sí, hasta el momento en que recordaba que, para ello, debía renunciar a todo lo que amaba.

No pensaba pasar por ahí, desde luego que no.

—Supongo que eso habla bien de ti: no tienes ningún secreto que no pueda saberse —le dijo, totalmente ignorante de los secretos que realmente guardaba el joven Eckhart—. De todas formas, tampoco creo que el gobierno esté particularmente interesado en nosotros, teniendo en cuenta de dónde venimos...

Esa era una muy buena visión del asunto: por norma general, a los integrantes de familias puristas se los trataba con un mayor respeto que al resto de la comunidad mágica, especialmente si entre sus miembros había algún que otro mortífago fiel. Cierto era que no contaban con un trato de favor ni nada parecido, pero sí se tendía a desconfiar mucho menos de ellos.

Se bebió el resto del té que había en su taza, y entonces buscó con la mirada algún reloj. No sabía la hora que era, pero se imaginó que ya sería tarde. Así se lo hizo saber a Joshua, con educación.

—¿Cuánto tiempo te he robado ya? —preguntó, esbozando una sonrisa mientras consultaba su reloj de pulsera—. ¡Bastante, por lo que veo! No interpretes lo que te voy a decir como algo maleducado, pues no es mi intención, pero quizás he abusado ya demasiado de tu hospitalidad. Creo que será un buen momento para marcharme y dejarte con tus quehaceres...

Todo se habría solucionado, lo sabía, si hubiese dicho simplemente que tenía que marcharse. Sin embargo, le resultaba terriblemente descortés e incómodo decir algo así. Era de las que prefería que fuese la otra persona quien “la echase” de su casa.

—¿Nos vemos el domingo? —le recordó, con respecto a la granja—. Créeme: no habrá problema alguno. —Y con esas palabras se levantó del sofá con intención de marcharse.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Lun Mar 16, 2020 12:19 pm

Claro, ahí estaré —le aseguró en cuanto ella lo invitó el próximo domingo. Era apenas unos días después y no tenía contemplado nada que hacer todavía, así que, por lo pronto, parecía un buen plan. Claro que él ignoraba que en realidad se estaba inmiscuyendo en los planes que Gwendoline ya tenía al ir acompañada de una tercera persona, que de saberlo probablemente la cualidad de “buen plan” cambiase su calificación.

La oclumancia era una buena práctica para gente con secretos demasiado grandes o con gente demasiado paranoica. Joshua tenía una buena dosis de los dos, pero, en el fondo… no estaba tan preocupado como debería. Básicamente porque calculaba apenas unos años de cárcel y rechazo social por sus crímenes, de ser sabidos. Nada de cadena perpetua ni de muerte inminente.

Tiene mucho que ver —le contestó—, aunque con la cantidad de familias puristas que se han vuelto contra el movimiento… Tener cuidado nunca es malo, ¿no? —pues bastaba no ver más lejos a la antigua prometida de su primo, que había muerto en las manos de Ayax Edevane porque era una traidora.

Le sorprendió honestamente que, dado cómo se había desarrollado la conversación, no se dio cuenta del tiempo que había pasado. Él sacó su reloj de bolsillo, plateado y con el emblema Eckhart grabado, cuyo interior era de un intenso color azul, para corroborar la hora.

Lo cierto era que Joshua no se habría ofendido con un “Bueno, me voy”, sin más. Era del tipo de pensamiento de que lo mejor de las visitas era cuando se marchaban, sin ánimo de ser desagradable. Sólo era demasiado introvertido y socializar gastaba parte de su energía que necesitaba reponer en su soledad.

Nos vemos el domingo —le aseguró, poniéndose de pie y dejando la taza frente a él.

Entonces, la vio marcharse.

Diciembre 1, 2019.

No había sucedido la gran cosa desde el día en que se encontraron a aquel domingo. El sábado, Joshua había tenido aquella sensación que todos los introvertidos tienen: ¿realmente quería ir a aquel encuentro? En ocasiones, habría bastado preguntárselo para decidir que no era una buena idea y quedarse en casa, pero algo más fuerte que él no le permitió decir que no. Imaginaba a los elfos cayendo al suelo exhaustos y enfermos y sólo sabía que tenía que hacer algo. Intentarlo, aunque fuera.

Así que ese día se había desocupado de sus quehaceres y había tomado una ducha rápida. Diciembre había entrado con frío y humedad, así que se había ataviado con un abrigo negro y grueso para aislar su piel del viento helado. Por supuesto, no descartó su gorro, del mismo color que su abrigo.

Cualquiera podría sorprenderse de que una simple prenda pudiera representar tanto. Desde que era un niño, Joshua había encontrado en los gorros un refugio imaginario que lo hacía sentir seguro. Su explicación venía más del apego, probablemente, o un simple mecanismo de defensa que había desarrollado. Sea como fuera, al fin y al cabo, aquel método le servía, y eran contadas las ocasiones donde no lo llevaba.

Se detuvo mirándose al espejo en un rápido vistazo, viendo que todo estuviera bien en él. Corroboró en su reloj de bolsillo que aún estuviera en tiempo, chequeó en sus bolsillos sus pertenencias: la varita, su billetera y un frasco pequeño, y entonces apareció.

Estaba cerca de la granja de Astreia, pero no directamente en ella. Decidió acceder a pie y estuvo ahí siete minutos antes de la hora acordada, como el buen adicto a la puntualidad que era.
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 20, 2020 8:06 pm

Un apellido podía significarlo todo en aquel nuevo mundo al que pocos terminaban de acostumbrarse. Siempre y cuando fuese el apellido correcto, por supuesto.

Las nuevas leyes, que no eran más que una sarta de excusas patéticas, protegían únicamente a aquellos que simpatizaban con los ideales puristas. Y a aquellos que se opusieran, ya formaran parte de la familia Malfoy, la familia Black, los Edevane, o no tuviesen apellido alguno, eran condenados por igual.

Para muestra, la última locura de la que tenía conocimiento que había sido perpetrada por un Edevane: el asesinato de Amalthea Davies, cometido ni más ni menos que por su primo Ayax. Se había enterado de ello por medio de su abuela, y sinceramente, había sentido náuseas. Semejante frialdad, semejante impunidad… Un ejemplo perfecto de cómo estaban las cosas en aquel mundo podrido.

—Esas palabras son todavía más ciertas en los tiempos que corren —reconoció, pero no quiso hablar más del asunto.

De todas formas, la visita pronto llegó a su fin. Si bien Gwendoline y Joshua habían alcanzado un punto en que podían coexistir, incluso sentirse cómodos en compañía el uno del otro, tenían un límite. El tiempo se les había pasado volando, y así lo comprobó la bruja, quien se excusó educadamente.

Como esperaba, su primo no tuvo inconveniente ni se mostró disgustado. Ella le dedicó una sonrisa, asintiendo con la cabeza, después de citarle el domingo por la mañana para visitar la propiedad de Astreia Edevane.

Con eso, se despidió de él y se marchó, sirviéndose nuevamente de la aparición.


Domingo 1 de diciembre, 2019 || Granja de Astreia Edevane, Inglaterra || 09:57 horas || Atuendo

Con motivo de la visita de Joshua a la granja de su abuela Astreia, Gwendoline había informado a Sam el viernes, nada más llevar a casa, de que ese domingo no podría acudir. Explicó la situación a su novia y, como Sam siempre tenía que ser Sam, hizo un poco de falso drama.

¿Su objetivo? Ganarse los mimitos de su pareja, y sobra decir que lo consiguió.

Manifestó su intención de hablar con Laith para desayunar o algo por el estilo el domingo, y entonces fue el turno de Gwendoline de hacer falso drama: en una conversación de lo más surrealista, durante la cual fue incapaz de mantener la seriedad, la morena fingió ponerse celosa, diciendo que su novia la dejaría por aquel muchacho.

Recordemos: muchacho homosexual, muchacha lesbiana. El chiste se contaba solo.

Así que no hubo problema, y el domingo por la mañana, como siempre, Gwendoline acudió a su cita con Astreia. Se apareció directamente dentro de los extensos terrenos de la propiedad, con el portón a sus espaldas. Tanto ella como Sam tenían permiso para aparecerse allí dentro, privilegio del que no disponían los demás miembros de su familia. Una medida de protección de lo más adecuada.

Frotándose las manos por el intenso frío con que había dado comienzo diciembre, la morena se apresuró a recorrer el camino que la separaba de la vivienda principal. A través de la ventana que daba a la cocina podía apreciarse el crepitar anaranjado de las llamas de la chimenea, y nunca antes se le había antojado tan tentador.

Llamó a la puerta con los nudillos y enseguida volvió a guardarse la mano en el bolsillo, buscando algo de calor. Su abuela no tardó en salir a recibirla.

—Llegas pronto —le dijo, frunciendo levemente el ceño—. Y sin compañía. ¿Dónde está tu primo?

—Quedamos en reunirnos aquí. ¿Puedo pasar? Me estoy congelando. —Gwendoline daba pequeños saltitos impacientes, intentando a su vez conservar el calor.

Su abuela la invitó a pasar, y Gwendoline fue recibida por el calor hogareño y el aroma de té y café recién hechos. También había galletas sobre la mesa de la cocina, lo cual le resultó curioso. Seguramente eran obra de los elfos domésticos, con motivo de la visita.

El motivo de haber llegado tan temprano era… intentar que su abuela se comportase como era debido con Joshua. Que no dijese una palabra fuera de lugar, y que fuese amable con él. Sabía de lo ácido de su carácter, y de lo fácilmente que Joshua podía ofenderse. También aprovechó para recordarle que los elfos, en efecto, necesitaban que se les tratase.

Al final, consiguió que su abuela asegurara que no iba a ser desagradable ni interponerse en el trabajo del muchacho, lo cual era más de lo que podía esperar de ella.

—Creo que ha llegado —anunció Astreia. Un chivatoscopio zumbaba suavemente sobre la mesa, y por lo que Gwendoline sabía, anunciaba cuando había alguien ante el portón.

Salieron a recibirle, recorriendo el camino de entrada una vez más. Astreia hizo un movimiento con la varita y el portón comenzó a abrirse lentamente, por sí solo, dejando a la vista la figura de Joshua Eckhart, que ya debería estar pelándose de frío. Igual que su prima.

—Buenos días, Joshua —saludó la mujer, con una de sus medias sonrisas dibujadas en el rostro. Llevaba puesta una gruesa bata de estar por casa, y por lo demás, parecía inmune al frío que la envolvía—. Adelante, pasa. Debes estar helado.

La bruja anciana no esperó respuesta, giró sobre sus tobillos y emprendió el camino de vuelta en dirección a la casa. Gwendoline se quedó atrás, a fin de acompañar a Joshua y de saludarlo.

—No ha ido tan mal, ¿no? —bromeó, divertida—. Con lo ácida que suele ser mi abuela siempre, creo que podemos darnos por satisfechos.

—¡Daos prisa! O se enfriará el té. —La voz de su abuela era un potente vozarrón que no admitía discusión alguna, y Gwendoline no pretendía desobedecerla: comenzó a caminar de inmediato.


Un poco de información sobre la granja:
Querido primo mío. Como no me apetece repetir la enorme descripción que hice en su momento de la granja, te dejo aquí un post en que la describo. Lectura opcional, pero ayuda a hacerse una ligera idea del aspecto que tiene.
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Joshua Eckhart el Lun Mar 23, 2020 3:29 am

Vio la vegetación retraerse para abrirle el paso hasta el portón de hierro que separaba el exterior con la granja. Con las manos en sus bolsillos se contraía para mantener su calor corporal, viendo cómo el aire que exhalaba desde sus pulmones contrastaba con el frío haciendo una nube blanca. Su cuerpo tiritaba en pequeños intervalos de tiempo, aumentando su temperatura ligeramente durante unos escasos segundos.

A través del portal negro pudo ver la silueta de dos mujeres acercándose a recibirle, esperando a que se abriese por completo antes de acceder ahí. Un pensamiento, a medias broma para sí mismo y a medias realidad, le dijo que no había vuelta atrás.

Buenos días, Astreia —la saludó de vuelta—, gracias por recibirme —dijo, con la educación por delante.

No pudo evitar preguntarse cómo es que podía estar en bata y no parecer sentir frío alguno. Pensó en la idea de algún tipo de hechizo o algo parecido, pero fue escaso el tiempo que vivió en su cerebro antes de que se implantara ahí otra idea más importante.

Llevo dos segundos aquí, no canto victoria —pese a que pareciera que bromeaba, lo cierto era que no lo hacía en lo absoluto. Sus experiencias lo habían enseñado a no escupir al aire antes de tiempo.

Se fijó en los prados cuya vida había pasado durante el otoño y permanecería dormida hasta la próxima primavera. El cuidado lograba dejarlo ahí, en un profundo sueño, sin que sus raíces murieran del todo, y florecerían fuertes en cuanto el clima dejara de azotarlas. Era necesario ese descanso para florecer con más fuerza la próxima vez.

Miró a su paso todo cuanto pudo, y sacó sus propias conclusiones: muchas criaturas debían tener ayuda de calor externo para sobrevivir sin emigrar a climas más cálidos. Otras, simplemente soportaban el frío como un proceso natural. Ahí, en efecto, era donde entraban criaturas como los elfos domésticos, que preservaban la armonía por el respeto y devoción a quien reconocían como su amo. Si bien uno podría pensar que el invierno era una época tranquila por la falta de cuidado a la vegetación, era todo lo contrario, y más difícil por ellos mismos pasar fríos y tempestades.

Dentro de la vivienda principal el frío daba tregua gracias a la chimenea. Joshua sintió el impacto del calor y lo agradeció profundamente. Finalmente, sus codos se comenzaron a separar de su cuerpo. Además, detectó el aroma del café y del té, que eran diferenciables y combinaban armónicamente en la casa. Daba la impresión de un lugar hogareño y acogedor.

Su granja es fascinante —halagó a la mujer, juzgando por lo que había podido localizar en su camino hasta ahí. Se abrió el abrigo, pero todavía no se atrevió a quitárselo, pues aún necesitaba de su tela para sentirse cómodo mientras se aclimataba a la temperatura—. Lamento haber avisado con tan poco tiempo de antelación, pero Gwendoline dijo que podría… ser beneficioso que viniera, para los elfos… y creí que cuanto antes era mejor —se excusó.

Siguió a las mujeres hasta la cocina, donde había una mesa con un plato de galletas, pero no se sentó hasta que lo invitaran a hacerlo. Le gustaba ser ese tipo de persona educada que respetaba el lugar de su anfitrión, básicamente porque a él le gustaba que así se hicieran las cosas cuando el anfitrión era él. El tipo de invitados que se paseaba por todo el lugar tocando todo normalmente era el peor tipo de invitados, a menos que hubiera suficiente confianza de por medio.

¿Cómo se encuentra? Hace tiempo no tenía la oportunidad de verla —¿era desde el último año nuevo o la había visto en la reunión del aviso de la boda de Ayax hace un par de meses? En ese momento, lo cierto era que detestaba un poco su mala memoria, pero decidió no estancarse en ello.
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 25, 2020 10:49 pm

Si con algo se podía contar en Inglaterra, algo que jamás fallaba a su cita, ese algo era el frío. Aquella mañana no fue una excepción, y a pesar del abrigo que llevaba —más grueso de lo que parecía a simple vista—, sentía cómo la gélida brisa traspasaba el tejido y le alcanzaba los brazos. Casi parecía soplar dentro de sus mismos huesos.

Llegó en compañía de Joshua a la puerta de la vivienda principal, frotándose los brazos con las manos en un vano intento de espantar ese frío monstruoso. A diferencia de su primo, no esperó mucha invitación: limpió su calzado en el felpudo de la entrada, y trotó en busca del fuego de la cocina, muy bien recibido tras la fría bofetada que había supuesto salir al exterior. Le iba a costar un rato largo dejar de tiritar.

Su abuela se detuvo brevemente a la entrada de la cocina para volverse hacia Joshua. El joven le había dedicado un cumplido, y ella respondió con una sonris que, bueno, se notó cargada de intención. Pero también se notó que no estaba acostumbrada a aquel gesto, o bien no le salía natural.

—Gracias, Joshua, pero me temo que el mérito no es mío. —Se notaba que hablaba con franqueza, no con falsa modestia—. Me limito a seguir adelante con un trabajo que comenzó hace generaciones. —Se giró de nuevo, adentrándose en la cocina, mientras seguía hablando—. Pues espero que Gwendoline tenga razón: esas criaturas son demasiado tozudas como para dejar de trabajar...

Gwendoline intercambió con Joshua una mirada, encogiéndose de hombros con resignación. Así era Astreia, y si bien sabía por experiencia que trataba muy bien a todas aquellas criaturas, más como a hijos que como a animales, no se podía esperar de ella que se mostrase blanda en ningún aspecto de la vida.

De hecho, su nieta ya contaba los segundos antes de que comenzase a reprenderlos por algo. ¿Qué sería lo primero que harían mal?

La siguieron al interior de la cocina, después sacudirse la posible suciedad de la suela de los zapatos en el felpudo, y fueron recibidos por el acogedor calor de la chimenea y, además, la cocina de leña en pleno funcionamiento. Al fuego, tetera y cafetera hervían suavemente, llenando la estancia de agradables aromas que invitaban a quedarse en el interior durante el resto de la mañana.

La bruja anciana, que poco o nada tenía de anciano en su forma de moverse, se volvió cuando Joshua le preguntó, por mera cortesía, cómo se encontraba. Gwendoline ya había tomado asiento, pero el chico, educado y sin la confianza que ya tenía la nieta de Astreia en aquel lugar, permaneció en pie.

—Toma asiento, muchacho —le pidió, señalando una de las sillas vacías—. Sí que es cierto que hace tiempo que no nos vemos. Supongo que no hay mucho de interesante en un fósil como yo, ¿no?

—Abuela, por favor... —intervino Gwendoline, que veía por dónde iban los tiros. Ya conocía el ácido humor de Astreia Edevane, si es que podía considerarse humor, y estaba segura de que no iba mucho con Joshua.

—Estoy bromeando, evidentemente —se defendió con desgana, para luego responder a la pregunta de Joshua—. No puedo quejarme: la vida es pacífica aquí, la verdad. ¿Y qué me dices de ti? Tengo entendido que tuviste un percance este verano...

«Percance», pensó Gwendoline. Se imaginaba que se refería a todo el asunto del secuestro a manos de los radicales. «Si a eso le llamamos percance, ¿cómo le llamamos a un accidente de tráfico con víctimas mortales? ¿”Pequeño choque sin importancia”?»

Dedicó a su abuela una mirada de desaprobación. No era un tema agradable, y menos si la persona a la que se preguntaba había sido víctima de ello. Debería haberse imaginado que Astreia sacaría a colación asuntos de aquella índole, pues esa mujer no tenía pelos en la lengua. Sólo esperaba que semejante característica no hartase a Joshua y que no terminara marchándose.
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Joshua Eckhart el Sáb Mar 28, 2020 7:57 am

Por un instante, no pudo evitar preguntarse cómo sería si aquel fuera el legado que su familia tenía para él. Sabía que su padre y su abuelo querían ver en él un hombre digno del Ministerio, un empleado que escalase puestos hasta la jefatura… Si tuviera un poco de aquella madera que ellos tenían, quizá sería fácil para él responder a aquella exigencia, pero no la tenía. No tenía trato con personal humano, no le gustaba la idea de mostrarse ante los ojos del mundo, o de simplemente liderar… no era para él.

No podemos cambiar fácilmente siglos de refuerzo cultural por más que lo intentemos —dijo respecto a los elfos domésticos. Toda una existencia siendo esclavos no se curaba con unas generaciones de vida digna.

Por un lado, entendía la postura de Astreia como mujer mayor y, por decirlo de alguna manera sutil, de mente cuadriculada. Por el otro… tampoco era ajeno del todo a lo que simbolizaba la vida de un elfo doméstico. Se esperaba de ellos que obedecieran sin más a rajatabla, que cada palabra que les dirigieran fuera ley. Quizá podría estar exagerando, pero… lo entendía.

Asintió con la cabeza, en un silencioso agradecimiento, y se sentó cuando fue invitado a ello. La siguiente interacción le reveló un par de cosas importantes: Astreia tenía humor, de ese humor un poco retorcido, del que estaba acostumbrado a tratar gracias a su primo Ayax; lo segundo era que Gwendoline se debía sentir una suerte de mediadora y eso le dio gracia, en el fondo.

Lo dejó pasar simplemente porque no tenía confianza con Astreia para dar otra estocada, como habría hecho con otro Edevane, y el respeto le hizo guardar silencio. Sin embargo, esa línea de respeto al otro sólo la estaba cumpliendo uno, pues la anciana no dudó en preguntar sobre lo que había sucedido durante el verano. Era un tema que iba a cazarlo durante mucho tiempo todavía.

Al menos lo había preguntado de forma sutil y era fácil barrerlo fuera de la conversación—. Sí, hubo un… percance —usó la misma palabra que ella—; fuera de eso, todo ha estado… —su cabeza lo corrigió, ¿realmente había estado todo normal? Claramente, no lo dijo—, bien —terminó sus palabras de aquella manera.

Si tenía algo de suerte, no preguntaría en detalles y no llegaría a en serio incomodarlo. Comprendía la curiosidad, pero no la insistencia, en especial porque cuanto más insistían los demás en aquel asunto, más terminaba él pensando en lo sucedido. Y no quería pensar en lo sucedido.

Así que… ¿sabe oclumancia desde hace mucho tiempo? —se animó a preguntar, ya que su prima le había dicho que eso era lo que iba a hacer. Y no le importaba hacer sus cosas solo mientras las mujeres se encargaban de aquellas clases—. Gwendoline me contó que le enseña —aclaró, suponiendo que, si se lo había dicho, no tenía que ser ningún secreto en realidad.

La gente tiene la mala costumbre de ventilar los secretos, y eso era desagradable cuando el secreto ni siquiera era de uno mismo, así que esperaba no estar haciendo uso de información privilegiada.

Por otro lado… suponía que tenía una facilidad para escuchar antes que de hablar. No le gustaba hablar, sobre todo no de sí mismo, por lo que no le importaría que toda la conversación se volcase sobre Astreia… que, sospechaba, tenía un problema semejante, o al menos un claro desagrado por las conversaciones banales.

Puedo ver a los elfos mientras ustedes tienen su clase, si no es problema, no me gustaría retrasarles o estorbarles —aclaró en cuanto se le ocurrió que aquello podría suceder.

No necesitaba a nadie detrás vigilando lo que hiciera. De hecho, estaba seguro que sería más desagradable ser él mismo si había espectadores, por lo que esperaba que le tomasen la palabra y que cada quien hiciera lo suyo, cuando el momento llegase.
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Gwendoline Edevane el Dom Mar 29, 2020 11:50 pm

Lo único que Gwendoline deseaba en aquel momento era que su abuela dejara tranquilo a Joshua. Así, tal cual. La conocía bien y sabía lo pesada que podía llegar a ponerse, y creía que empezaba a conocer lo bastante a su primo como para saber que ese, ni por asomo, era un buen camino con él.

Así que se quedó callada, pero observando a la bruja anciana, calibrando su reacción.

A Merlín dio gracias porque fuera una reacción normal, sin humor ácido ni dobles sentidos de por medio. Empezó a creer en los milagros.

—Me alegra que todo esté bien. —Lo dijo con un tono tan serio, igual que lo decía todo, que bien parecía que acabara de regañar al chico tras haberlo pillado robando galletas del tarro de la cocina—. Vivimos en un mundo demasiado peligroso, y nunca sabemos cuándo nos tocará vivir un episodio como ese.

No insistió más en el tema, y mejor: las palabras de Joshua denotaban que no le interesaba lo más mínimo seguir por ahí. Quizás Astreia se había percatado de ello y, haciendo gala de su humanidad, había optado por dejarlo tranquilo. ¡Quién sabía! La morena había descubierto que su abuela era toda una caja de sorpresas, y había aprendido a confiar en ella. Se jugaba la libertad al guardarle todos sus secretos, al fin y al cabo.

Como manera de evitar un silencio incómodo, quizás, Joshua sacó a colación el tema de la oclumancia. No es que ella le hubiera pedido expresamente que le guardara el secreto, ni que la cosa fuera secreta, pero supuso que a Astreia no le haría gracia. Y, por la mirada de reojo que le dedicó, supo que recibiría una pequeña reprimenda por su parte.

¿Qué se le iba a hacer? Ya no podía dar marcha atrás, y tampoco creía haberse equivocado diciéndoselo a Joshua. Si ella supiera la naturaleza de la relación de éste con Ayax Edevane, quizás, habría pensado distinto.

En aquel momento, Astreia actuó con toda dignidad.

—Aprendí muy joven, a decir verdad, y con el paso de los años se convirtió en algo muy necesario, teniendo en cuenta las actividades a las que se dedicaba gran parte de nuestra familia. —Gwendoline supo que se refería a las actividades en favor de Voldemort, por supuesto—. Nunca tuve nada que ver, directamente, en dichas actividades, pero el encubrimiento de éstas bien podría haberme llevado a la cárcel.

Gwendoline no dijo nada al respecto. No era un tema que le hiciera demasiada gracia, y menos sabiendo cómo las cosas habían dado la vuelta: ahora, gente como ella y como aquellos a los que encubría eran considerados ciudadanos de primera clase, héroes en algunos casos.

«O carniceros, como Ayax Edevane», pensó, poniendo como ejemplo a la persona más próxima a ella que trabajaba en ese mal llamado centro de investigación, el Área-M. «Una sociedad de asesinos, carniceros y criminales. Esas es la sociedad en la que vivimos.»

—También es una disciplina apasionante dentro de la rama mágica dedicada a la mente —intervino Gwendoline, con intención de redirigir esa conversación hacia otro lado—. Y no es nada sencillo dominarla, debo señalar.

—¿Dominarla? —Astreia enarcó una ceja, mirando a su nieta con incredulidad—. Te falta mucho para ser, siquiera, una oclumante decente. No pienses todavía en “dominarla”. —Y con aquellas palabras, afiladas como un cuchillo, la bruja se volvió en dirección a tetera y cafetera, y se puso a servir las bebidas calientes.

Ella siempre tomaba té, y ya sabía que su nieta quería café, así que sirvió sendas tazas con un movimiento de varita. Levitaron por los aires después de ser llenadas y aterrizaron limpiamente, una ante la silla vacía de Astreia y la otra ante Gwendoline.

—¿Qué tomas, Joshua? ¿Té o café? —preguntó al muchacho, para luego responder a su proposición inicial—. Me parece bien, pues Gwendoline necesita toda la concentración que pueda conseguir, pero primero vamos a desayunar y a entrar en calor, ¿te parece bien?

«Y también podrías dejar de meterte conmigo», pensó Gwendoline, al tiempo que tomaba la cucharilla y daba unas vueltas a su café. No llevaba ni leche ni azúcar, pero tenía esa mala costumbre. «Ya he aprendido que no tengo que decirle a nadie que estudio oclumancia.»
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Joshua Eckhart el Vie Abr 03, 2020 3:51 am

Había tres tipos de persona al momento de abordar un tema como ese: las personas que lo dramatizaban, las que sólo querían saberlo porque les nacía el morbo y las que lo tomaban como lo que era y lo dejaban pasar. Al menos esos tres grupos eran los únicos existentes para Joshua. Por suerte, Astreia mostró ser de los últimos, que eran en su opinión los mejores. Después de todo, era del tipo de persona a la que no le gustaba que se le preguntara al respecto.

Sintiendo una suerte de necesidad por continuar una conversación sin sentir que él había provocado el silencio… se percató de algo extraño. No hubiera sabido decirlo a ciencia cierta, pero intuyó que era algo que quizá no debería haber dicho.

Tal como él había sacado el tema por la tangente, no se habría quejado si Astreia hacía lo mismo con su pregunta, pero no fue esa su respuesta. Comprendió lo que estaba diciendo, pero no sintió la incomodidad que Gwendoline podría haber sentido. Después de todo, “gran parte de la familia” involucraba a su padre y abuelo, quienes nunca habían escatimado en enseñanzas al respecto. Incluso, actualmente, esas palabras hablaban de su primo.

Optó por no decir nada ante la clara estocada que Astreia le daba a Gwendoline, primero porque sentía que no era su lugar decir algo, y segundo porque pensó que ya había hecho suficiente diciendo algo que no debería haber dicho, por más que nunca fuera expresamente notificado que no debería saberse…

Té, por favor —le pidió, asintiendo cuando le dijo que antes de nada debían desayunar y entrar en calor.

Su taza levitó, igual que las dos primeras, hasta caer en frente de él. La rodeó con sus dos manos, sintiendo cómo se quejaban al contacto, pues la diferencia en temperaturas era importante. Viendo el color y el aroma, intentó adivinar qué era lo que había sido servido, por mera costumbre; sabía que el té de melocotón no era precisamente común, pero las experiencias lo habían llevado a ser cauteloso cuando le servían algo y no sabía precisamente qué era.

Miró a Gwendoline, intentando calibrar qué podría ser lo que estuviese pensando o sintiendo. Nunca había sido realmente una persona empática, pero, suponía, si realmente había cometido un error diciéndolo –y ella diciéndoselo a él sin haberlo avisado-, podría estar al menos algo molesta.

Paseó su mirada alrededor, fijándose en el detalle de la casa. La arquitectura y decoración eran algo a lo que uno podía mirar siempre, pero que podía volverse increíblemente interesante cuando la conversación había tomado un giro inesperado; más bien, un callejón sin salida.

¿Qué tipo de enfermedad es la que tienen los elfos? Si puedo preguntar —decidió interesarse por algo que realmente le proveía información sobre lo que realmente estaba haciendo ahí—. ¿Sólo afecta a los elfos?

Esperaba saber cómo acercarse a los elfos una vez que lo supiera, por si ellos necesitaban tiempo de descanso, medicación o algo más especializado. Siendo un estudiante de segundo grado, no creía estar ni por asomo capacitado para diagnosticar él mismo a los elfos; una cosa era que las criaturas y la magizoología le gustaran, y otra que fuera un experto o un superdotado en la materia.

Y, cómo no, también esperaba distender el ambiente que sentía incómodo, y no tenía ni la menor idea de si aquello era sólo su propia percepción porque él se sentía de esa manera o si, de hecho, el ambiente estaba tenso.
Joshua Eckhart
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 06, 2020 6:13 pm

Si para Joshua la decoración rústica de la cocina de Astreia Edevane se había convertido repentinamente en algo sumamente interesante que contemplar, a su prima le sucedió básicamente lo mismo, pero con la superficie de su humeante taza de café: con ambos brazos apoyados en la mesa, el cálido vapor acariciándole la cara, sus ojos estaban fijos en el líquido oscuro y delicioso, el cual todavía no pretendía llevarse a los labios.

No es que se sintiera mal porque Joshua hubiera desvelado aquel detalle que nadie, en ningún momento, le había dicho que era secreto. ¿Qué culpa tenía él?

Simplemente, sabía que antes de que diera comienzo la clase, tendría que soportar un pequeño rapapolvo por parte de su abuela. Y si alguien se ha pensado que una mujer en la treintena debería haber superado el pavor a las regañinas de su abuela, ese alguien se equivoca: una abuela siempre es una abuela, y siempre tiene la razón.

Procuró no darle vueltas, asumiendo el rol de espectadora en lo que restaba de conversación.

—Por supuesto que puedes preguntar, muchacho. A fin de cuentas, has venido a intentar convencerlos de que acepten tratamiento —respondió Astreia, sentada muy dignamente con la espalda recta, llevándose la humeante taza de té a los labios. Y de la misma manera que parecía inmune al frío del exterior, la vieja bruja bebió un largo sorbo de aquel líquido caliente sin notar su alta temperatura. Definitivamente, los ancianos estaban hechos de una pasta muy distinta a la de los jóvenes—. No sabría decirte exactamente cuáles son los síntomas, sinceramente. Lo que sí puedo decirte es que muchos presentan debilidad, una especie de malestar general. Algunos incluso tuvieron fiebre.

Gwendoline, que recientemente se había embarcado en el mágico viaje de la carrera de Medimagia, se interesó sumamente por esta parte de la conversación. No tardó en relacionar aquellos dos síntomas con la gripe, aún a pesar de lo poco probable de que los elfos domésticos contrajesen semejante enfermedad.

Sin embargo, no pudo evitar mencionarlo.

—Parece un principio de gripe. —Se sintió idiota después de haberlo dicho: no existía caso alguno de elfos domésticos con gripe.

—Podría ser. No soy sanadora, así que no lo sé. —Astreia bebió otro sorbo de su humeante té antes de proseguir—. Lo que sí sé es que ningún otra criatura o animal de la granja parece haberlo padecido, y teniendo en cuenta que los elfos están en todas partes, de haber ocurrido ya lo sabríamos.

La bruja, con un movimiento de varita, hizo que una de las galletas de la bandeja que ocupaba el centro de la habitación levitase en su dirección. La tomó entre los dedos, y luego repitió el movimiento, poniendo una galleta delante de Joshua y otra delante de Gwendoline. No preguntó si les apetecía.

Por su parte, su nieta tomó el dulce, partió un pedazo y se lo llevó a la boca con aire pensativo. Estaba intentando dilucidar qué podría ocurrirles a los elfos.

—No he observado más síntomas, pero teniendo en cuenta que más de un elfo ya se ha desmayado trabajando, supongo que son suficientes. —Astreia dio un mordisco a su propia galleta, masticó despacio y tragó antes de proseguir—. ¿Tienes alguna teoría, Joshua?
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Joshua Eckhart el Jue Abr 09, 2020 11:23 am

Hubo asombro en la mirada de Joshua cuando vio a Astreia beber aquella lava volcánica como si fuera agua a temperatura ambiente. Trató de no demostrarlo, pero sí que le sorprendía. Lo que a él le sucedía siempre era que esperaba a que su bebida se enfriase, sólo para descubrir que estaba demasiado fría, y tenía que calentarla de nuevo… para otra vez esperar a que se enfriase. Y así era su vida con las bebidas calientes, normalmente, en especial cuando las bebía haciendo otra cosa que hiciera que se olvidara de aprovechar los escasos minutos donde la temperatura era soportable.

¿Sabe cuánto tiempo llevan teniendo estos síntomas? —se animó a preguntarle, ya que dependía mucho de ello el tipo de enfermedad a la que estaban expuestos los elfos. Miró a Gwendoline cuando sugirió la gripe, como primera sospecha—. No se presenta la gripe en elfos —le aclaró, porque Joshua normalmente era incapaz de leer cuando una persona había notado su propio error—. Pero sí podrían tener una enfermedad infecciosa que sólo contagia a los de su tipo; tendría que verificar por más síntomas si quisiera aventurar un diagnóstico —hizo saber—. De todos modos, es mejor que los mire un especialista.

Porque, aunque él estuviera jugando al magizoólogo ese día, realmente su propósito era convencer a los elfos de recibir tratamiento verificado por alguien titulado y con experiencia en ello. No era su intención causar más daño queriendo dárselas de inteligente y conocedor de la materia.

Miró la galleta que Astreia levitó en frente de él, decidiendo sin preguntar que quería una galleta. No quería una galleta en ese preciso momento, pero sintió que era descortés rechazarla, así que la tomó entre sus dedos, colocándola después sobre una servilleta desechable del dispensador para reservarla para más tarde.

Lo que quiero hacer es convencerlos de que visiten a un magizoólogo especializado en elfos y de seguir el tratamiento, no debería yo jugar con su salud —le aclaró a Astreia, aunque estaba seguro que ella estaría al tanto de aquel acercamiento, ya que, después de todo, eran sus criaturas y, por decirlo de alguna manera, sus empleadas—. Voy a terminar el segundo año de carrera.

Iba a la mitad: eso no lo convertía en un experto en la materia, por mucho que ya no estuviera tan perdido en ella como lo hubiese estado antes de empezarla. Y la salud, animal y humana, no debían ser tomadas a la ligera; en especial no la animal. Después de todo, Joshua era fiel creyente que los humanos eran capaces de responsabilizarse de sus propias decisiones, pero, para bien o para mal, las decisiones humanas impactaban en las criaturas y animales, sin importar la inteligencia que estos tuvieran.

Por supuesto, me encantaría aventurar un diagnóstico, pero sólo como reto profesional, no como un hecho verídico por el gran margen de error —aclaró—. Y para eso necesito más que dos síntomas —como encararse frente a frente con el problema: ver si tenían otras señales menos vistosas o llamativas que pudieran determinar qué era lo que los afectaba.

¿Había repetido o subrayado demasiado sus intenciones? ¿Debía empezar a callarse un poco? ¿Estaba siendo un pesado? Frenó las preguntas en su cabeza con una inhalación profunda y un suspiro lento; entonces, tomó su taza y la llevó a su boca. El humo caliente le dijo lo mala idea que era aquella, por lo que bajó nuevamente la taza hasta la mesa, dándole un momento más para enfriarse.
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 10, 2020 3:51 pm

Dándose cuenta de lo erróneo de sus propias conclusiones —teniendo en cuenta que estaba estudiando medimagia, resultaba difícil quitarse de la cabeza la idea de que el paciente no era humano—, optó por no aportar nada más a la conversación y permanecer en silencio, alternando la mirada entre Joshua y su abuela mientras masticaba de manera distraída la galleta que su abuela le había dado.

Le quedaba claro, eso sí, que se había equivocado al suponer que podía ser una gripe.

Con lo que a Astreia respectaba, la bruja no podía aportar tampoco demasiados datos. Había intentado preguntar directamente a los elfos cómo se sentían, qué más sentían además de lo evidente, pero las respuestas que le daban eran prácticamente iguales siempre: “¡Estoy perfectamente, señora Edevane! ¡Debo volver al trabajo!”

Criaturas tozudas donde las hubiera.

—Diría que no más de una semana. No más de una semana desde que yo noté los primeros síntomas, puntualizo. —Los elfos bien podrían haber estado enfermos más tiempo, visto lo visto y dada su tendencia a seguir trabajando incluso bajo circunstancias penosas.

Tanto Gwendoline como Astreia eran conscientes de que Joshua no estaba allí en calidad de sanador ni de magizoólogo personal, si no para salvar un importante obstáculo: las nulas capacidades de la bruja anciana para comunicarse con sus elfos. Éstos parecían conocer únicamente un lenguaje, el del servilismo, y una persona de ideas tan anticuadas como ella, en ocasiones, tendía a olvidarse de algo importante: que los elfos eran criaturas vivas muy inteligentes y sensibles, y quizás su acercamiento hacia ellos no estaba siendo el más correcto o apropiado.

Joshua insistió en esto, en que su labor no era diagnosticarlos y tratarlos, seguramente para no llevar a equívocos. Astreia asintió con la cabeza.

—Eso me imaginaba —le respondió, volviendo a llevarse la taza a los labios para beber otro sorbo—. Gwendoline me ha hecho notar que quizás mis maneras para con los elfos domésticos no son las mejores. Cree que me tienen miedo, o que piensan que les estoy tendiendo algún tipo de trampa...

—Eso no es lo que yo he dicho —se defendió Gwendoline, visible avergonzada por haber sido sacada de nuevo a colación.

—¿Y qué es lo que has dicho, entonces?

—He dicho que quizás los elfos entenderían mejor su situación si se les explicara con algo más de delicadeza, nada más.

—Delicadeza —bufó su abuela, negando con la cabeza—. Los jóvenes de hoy en día sois demasiado blandos. En mis tiempos...

—¡Abuela, por favor! ¡No empieces! —la cortó Gwendoline, negando con la cabeza con crispación—. Escogí mal las palabras, pero el caso es que creo que Joshua podrá ayudarles, ¿vale?

La vieja bruja la observó con el ceño fruncido durante algunos segundos, para luego encogerse de hombros. Dejó entonces su taza medio vacía sobre el platillo, hizo levitar la tetera nuevamente hacia la mesa, y se sirvió un poco más de té.

—Si crees que puedes convencer a esos pequeños cabezotas de que deben tratarse, adelante —le dijo a Joshua—. No me importa si les echas un vistazo para ver si detectas algún otro síntoma en el proceso, pues les ahorrarías tiempo a los profesionales, sin duda. Y si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que avisarme.

Gwendoline consideró aquello como la victoria que necesitaban. Especialmente teniendo en cuenta que su abuela a punto había estado de soltar una historia de sus tiempos de juventud que, definitivamente, no querían escuchar.
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