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Joshua Eckhart el Vie Dic 06, 2019 7:36 am

Diciembre 5, 2019.
Campus universitario, 14:27 pm.
Nublado, 12ºC.

Habían sido meses difíciles, sin lugar a dudas. Julio, para él, había sido un infierno en vida. Uno no sabe el estrés que el confinamiento puede provocar cuando uno está malherido y tiene en mente que nunca volverá a ver la luz del día. Si bien los medios y todo señalaba a que la toma de rehenes había sido planificada para obtener bienes, Joshua sabía que se había vuelto un enemigo de los radicales, y por tanto nada le había prometido su seguridad. Todavía tenía pesadillas sobre qué hubiera sucedido si hubiese resultado el último rehén, y el final nunca lo imaginaba feliz.

Agosto vino con dudas, pesadillas y paranoia. Había descubierto formas de temer y angustiarse que hasta entonces no había tenido que experimentar. No había mejorado cuando habían tomado a una de sus primas también como rehén, y pensó inevitablemente en la fragilidad de la libertad humana.

Estaba disimulando las ojeras como bien podía. También se había cortado el cabello y recién comenzaba a crecerle otra vez, aunque era un cambio apenas perceptible gracias a su gorro negro. Su brazo estaba aprendiendo a ser un brazo todavía, pues todavía no recuperaba su movilidad y fuerza al cien por ciento.

Quizá, lo que peor estaba llevando era todo el meollo mental del asunto. Noches en vela, con pesadillas o temiendo dormirse por no tenerlas. Una necesidad de mantenerse ocupado para no pensar más de la cuenta. Repentinos deslices en los que se le aceleraba no sólo el pulso sino la mente, pensando en mil cosas al mismo tiempo, causando agobio, mareo y taquicardia. Y lo peor eran periodos de crisis intensos en que se sentía en un ilógico peligro de muerte, tal vez proveniente de su propia paranoia.

Además, a veces se sentía solo. Denzel había acabado marchándose del departamento dejándoselo para él, y no se dio cuenta de cuán solitario podría llegar a ser hasta que fue el único humano viviendo ahí. Era, por otro lado, un tema que no le gustaba tocar con nadie cercano; sentía que estaba exagerando, aunque no fuera así.

Había recibido ayuda, sí, de un frasco amarillo cuyo contenido servía como tranquilizante cuando el mundo temblaba amenazando con caérsele encima. No diría que se había vuelto adicto, de hecho, solía intentar controlarse por su cuenta y era un último recurso antes de quebrarse por completo. Pero igualmente se había vuelto dependiente a tenerlo cerca, por si hacían falta. Tanto como había días que no hacía falta, otros tantos sí que eran necesario.

Ese día acababa de salir de uno de sus últimos exámenes antes de iniciar el descanso de invierno, mas había decidido quedarse un poco más para almorzar en la cafetería. No solía hacerlo cuando estaba solo, pero le había entrado en vena, ya que no le apetecía cocinar ese día.

Sin embargo, en su camino, se vio distraído por el ruido de un objeto al caer al suelo cerca de él. Cuando bajó la mirada, buscándolo, se encontró con nada más y nada menos que Evans Mitchell tomando del suelo un frasco amarillo de pastillas; en su mente imaginó el recorrido que había hecho al caer desde su bandolera y rodar hasta su ubicación actual, por lo que no había otra respuesta lógica: eso era suyo.

¿Por qué siempre tienes que tomar cosas que no son tuyas? —le preguntó al muy rufián, viéndolo guardarse el frasco. Se había aproximado a él, con clara intención de recuperar lo que le pertenecía.
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Evans Mitchell el Sáb Dic 07, 2019 9:21 pm

Tsk.

Es que mira que tener la idea de abrir el bolso, y no va que se le cae el frasco de las píldoras. Joder, mejor se apuraba a levantarlo. No le hacía ninguna gracia que un metiche lo expusiera a preguntas, y mira que con un qué te importa vete a que te den por culo era más que suficiente, pero igual le molestaba. La sola idea de que alguien supiera sobre sus ataques de ansiedad le provocaba un molesto, intenso rechazo, ¿sabes?

Pero nada, que no pasó nada, ¿qué iba a pasar? Evans volvió a meter el frasco en su bolso, distrayéndose con el pensamiento de que lo malo sólo pasaba cuando el Diablo estaba aburrido, pero que no hacía falta andar paranoico. Se había volteado para seguir camino cuando lo llamaron, o esa fue su impresión, por lo que regresó la mirada guiado por una voz con el timbre familiarmente irritante.  

«¿Por qué siempre tienes que tomar cosas que no son tuyas?».

Literal, que no entendió nada de la A a la Z, ¿pero es que hablaban el mismo idioma? La cara se le contrajo en una expresión de desagrado, con el interrogante entre ceja y ceja. Como que el otro se estaba quedando algo corto con la semántica.

—¿Qué?


Si era por tomar, había recogido algo del suelo, sí. ¿Pero a qué se refería con ‘cosas que no son tuyas’? Se valió de medio segundo para caer en la cuenta de lo que estaba pasando.

—Oh, tú…

Ah, sí, porque de paso, y hablando del Diablo, ése de ahí era Joshua.

Eso lo explicaba, se refería a algo atrás en el tiempo, ¡sí, eso!, ¿pero de qué hablaba?, ¿finalmente se había dado cuenta de que su bata nueva había desaparecido?, ¿y qué hay de las otras cosas? No, espera, ¿a quién le importaba?

En torno a ellos el resto de universitarios iban y venían por el pasillo. Desde donde estaban se sentía el rumor de la cafetería, que estaría a rebosar. Evans sólo quería seguir camino, irse a casa, ser libre, pero le hizo gracia cruzarse con Joshua, siempre tan condenadamente simpático el hombre. Le daría tres segundos. Eso tenía que ser interesante, al menos.

Acomodándose el bolso al hombro, preguntó:

—¿Qué perdiste ahora?

Evans lo encaró con una sonrisa de suficiencia, dirigiéndose a él como a esos niños que perdían sus juguetes todo, literalmente todo el tiempo, y empleando a su vez un tono fingidamente condescendiente, que sabía que Joshua odiaría.
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Joshua Eckhart el Lun Dic 09, 2019 11:06 pm

No le era, en lo absoluto, nada extraño, el mero hecho de tener ahí a Evans Mitchell, tomando algo que no era suyo. Tenía eso; un problema psicológico, si Joshua aventuraba: un cleptómano, eso seguro. Si lo sumaban a su intensa caradurería que lo hacía hasta fingirse ofendido –¡si Merlín levantara cabeza!– por ser acusado por sus acciones, era fácil adivinar que detrás de él las intenciones nunca eran buenas.

Todo estaba en peligro de ser tomado para no ser devuelto; en más de una ocasión se descubrió echando en falta alguna pertenencia. Si tenía suerte y lo pillaba a tiempo, podría recuperarla, mas, en la mayoría de las ocasiones, podía darse por perdida.

Ese día se alegraba de haberlo pillado a tiempo.

Nadie se detenía a su alrededor: los otros universitarios tenían cosas más importantes en lo que fijarse. Alguno, a lo lejos, les miraba esperando la pelea, sin mucho interés, para pronto entretenerse con sus propios asuntos. La universidad se vaciaba particularmente rápido en época de exámenes: quienes estudiaban en ella salían como perseguidos por un demonio de sus instalaciones.

Entornó la mirada le respondió de esa manera; tan resuelto, como si el mundo tuviera un problema y no él, el muy descarado. Como si Joshua fuera corto de mente y él se veía sobradamente maduro.

Retuvo un gruñido en la base de la garganta.

Lo que acabas de robarte —no, ni siquiera había comprobado que fuera suyo: lo sabía tanto como sabía que se llamaba Joshua Eckhart—. El frasco, devuélvemelo.

Si lo pensaba lo suficiente, podría imaginarse perfectamente a Evans siendo farmacodependiente de alguna sustancia, la que fuera. Barato, sin duda, alguna droga de la que servirse simplemente porque era un desocupado y no tenía nada mejor de lo que servirse para mantener la cabeza y el cuerpo activo. El frasco, por otro lado, le parecía increíblemente familiar.

Pensé que me había librado de tus hurtos desde que dejaste de ir a mi departamento —siguió hablando un momento después; su departamento, porque ya hacía meses había dejado de ser compartido—; no puedes vivir sin molestar a los demás, ¿no es así?

Extendió la mano, firme, exigiéndole que le fuese devuelto lo que se le había quitado. Su expresión, severa pero serena, le hacía saber que no iba a aceptar fácilmente una negativa.
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Evans Mitchell el Mar Dic 17, 2019 8:41 am

«Lo que acabas de robarte», así lo dijo, y tan inmediatamente como lo dijo, desencadenó una reacción, y es que Evans dejó caer entre los dos la muda pregunta de «¿Qué?», con un simple gesto: adelantó el cuello en una suerte de inercia. Entornaba los ojos, sin explicarse de qué hablaba.

Hasta ahí todo muy inofensivo, pero la mención de frasco lo puso en guardia. Evans tenía la actitud de los leones que echaban la cabeza hacia atrás, orgullosos de su melena, cuando se sentían amenazados o irritados. ¿Que le devolviera el puto frasco?, ¿pero qué carajo?

Increíble, de verdad.

Ni tres segundos de conversación y Joshua ya lo estaba mosqueando.

—No te estoy devolviendo un carajo—soltó, atacado por un creciente nerviosismo. Se sentía violento—, idiota…

Se lo escupió en toda la cara, el insulto, como siempre que trataba con pesados. Para colmo, Joshua insistía, provocando que Evans no se hallara nada cómodo con la situación.

Ni caso le hizo a la queja gratuita con que el otro acompañó el descaro aquel de extenderle la mano, ¿reclamándole qué? Evans, molesto, se la apartó de un gesto, movido por un reflejo.

—¡Que te jodan!

Determinado a alejarse, se volvió en el acto.

No porque fuera tan ingenuo de pensar que Joshua, el mentado diablo, lo iba a dejar en paz así como así, sino porque como persona nerviosa que era no podía quedarse quieto, así que echó a andar con aire de persona fastidiada como si lo persiguiera el karma.

Quedaba un corto trecho hasta las escaleras que daban al patio, así que si Joshua quería entretenerlo tenía todo el patio por delante. No bien Evans pisara la salida de la universidad pensaba desaparecerse, de forma figurada y literal, de un ¡PAF!

Volviendo al asunto del frasco, ya se imaginaba lo que estaba pasando. Joshua tendría un frasco similar —lo cual, no indicaba que tomaran lo mismo, sólo que ingería alguna medicación—, y resulta que era tan idiota que se lo confunde con las píldoras de Evans, las que él tomaba por sus, oh joder, sus putos ataques de ansiedad.

¿Por qué invocó al Diablo?, ¿por qué?

Desde su primer ataque de ansiedad, tuvo otros dos. Uno en su piso al despertar de una pesadilla y el otro en el trabajo, donde se encerró en el baño y tuvo suerte de que no lo vieran. No podía tolerar la idea de tener un ataque en público, no de nuevo. Le provocaba un fuerte, intenso rechazo la posibilidad de quedar expuesto, de que otro lo supiera.

Así que, por eso las píldoras.

Ni siquiera se lo había contado a Bill, y este era, por mucho, su camarada en absolutamente todo, o casi, pero se entendía.

Lo único malo de Bill era su novia, otra pesada.

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Joshua Eckhart el Sáb Dic 21, 2019 9:01 am

Creía conocer de sobra a Evans Mitchell para saberlo un descarado ladrón, capaz de jurar por sus muertos que no había tomado nada mientras tenía lo que había usurpado en la mano. Uno no tenía que ser Ravenclaw para saber que fiarse de él era una equivocación en cualquier sentido posible.

Si ese imbécil pensaba que haciendo el papel de idiota ofendido iba a conseguir liberarse de él, estaba muy equivocado. No se amedrentó por sus palabras, ofensivas en toda regla, sino que se mantuvo firme como requería serlo para conseguir algo de ese sujeto que nunca entendía por las buenas. Hacía falta darle una sacudida para que dejase de hacer el subnormal.

No es que no pudiera conseguir más: incluso ese mismo día, era tan perfectamente capaz de ir a comprar ansiolíticos a una tienda. Lo que no se veía capaz era de llegar a la tienda sin un descomponerse. Su dependencia no era hacia la sustancia, sino hacia el mero hecho de poseerla. Era un refugio imaginario y eso le ayudaba; tenía experiencia, después de todo. Durante más de siete años había encontrado su refugio imaginario en algo tan simple como una prenda, lo que le había adjudicado el título del “chico del gorro”.

Lo que más le molestaba, de lejos, era la actitud. A Evans no le importaban las repercusiones de sus actos, cuando después era el primero en martirizarse cuando algo le sucedía a él. Encontraba despreciable su forma de ser, y por eso es que lo confrontó aún fuera del edificio.

¿Puedes simplemente devolverme eso? Roba una farmacia, para lo que me importa, pero eso es mío —insistía, sin tomar el mínimo reparo en observar dentro de su propia mochila para asegurarse de la veracidad de sus palabras.

Si lo pensaba fríamente, no tenía sentido que se le hubiera caído a él. Sin embargo, ese no era el Joshua que hablaba en ese momento. En él residían dos criaturas, una humana y una animal, que imaginariamente se turnaban su puesto en el control del cuerpo y de sus acciones. Esta vez, la animal, que era emoción y era impulso, era la que había decidido que lo tomado era suyo y la voz razonable no hablaba suficientemente fuerte para hacerle ver que era ridículo dadas las circunstancias.

No diría que era una suerte de doble personalidad. Más bien, una especie de bipolaridad instantánea. A veces reaccionaba de una forma, a veces de la otra, dependiendo del momento y la situación.

En esa situación… Evans lo sacaba de quicio. Y no iba a dejar que se le escapara.

¿De verdad te cuesta tanto conseguir tus propias cosas? ¿Qué placer encuentras en robar? —lo cuestionó.

Hablaba en voz baja, discreta. No es que quisiera que nadie más en el campus supiera lo que llevaba encima para esas agudas crisis, pero bastaba con verlos, la forma en que lo perseguía, para llamar la atención y hacer ver que algo sucedía ahí.
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Evans Mitchell el Vie Dic 27, 2019 5:06 am

«Roba una farmacia», ¿pero qué cojones? La sequedad con que Evans rió ante el comentario lo delató divertido por dentro. Estaba empezando a ver el chiste en todo el asunto. Con que atacando su integridad personal, pero mira que confianzas se tomaba con él, vaya.

—¿Tuyo, dices?

Descendió la escalerilla que daba al patio a paso apurado, recibiendo el aire frío del invierno. Los jardines estaban abarrotados de estudiantes enfundados en gruesos abrigos, que iban y venían conversando de la vida. Joshua y Evans no eran la excepción.

—Oye, te pillo—dijo, fingiendo condescendencia. Él caminaba ligero de culpa o vergüenza con la vista puesta el frente—Debes sentirte tan solo en tu piso desde que Den se fue, ¿y esta es tu manera de hacerme saber que me extrañas? Eres peor que mi ex, ¿lo sabes?

Joshua  murmuraba con una vehemente pasión pareciéndose mucho a un pequeño demonio que se sienta en tu hombro, y te pica y pica y pica al oído hasta que te saca de quicio. Evans hizo un alto repentino y se volteó hacia él, con una sonrisita.

—Fíjate.


Lo estaba retando a que lo hiciera, se deducía por el tonito con el que le hablaba. Le arrojó la orden en la cara e interpuso entre ellos un gesto impaciente de la mano, animándolo a que se apurara. Rebosaba de esa confianza arrogante con la que siempre se mostraba dispuesto a salirse con la suya.

—Vamos, fíjate. ¿Dónde lo guardas?

Le sostenía la mirada con los ojos entornados, ahí parado de frente, recargando el peso en un pie y con la mochila al hombro, sin que diera la más mínima impresión de que fuera a molestarse en recuperar el frasco de su mochila. Lo envolvía un velo de engreimiento que hacía que todo lo demás le resbalara.

—Dices que es tuyo—halaba provocadoramente rápido—, yo digo: jodete.

»¿Qué?—
añadió—, ¿miedo a quedar como el idiota que eres ahora mismo?
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Joshua Eckhart el Sáb Dic 28, 2019 10:11 am

Detestaba ese tono. De verdad que lo detestaba: haciéndose el importante, cuando se notaba de lejos que no le importaba él en lo absoluto. Si estaba o no, lo encontraba tan irrelevante que se reía ácidamente, ¿de verdad había alguien a quien le preocuparse la ausencia de aquel sujeto de manos pegajosas que tomaban todo cuanto no le pertenecía para apropiárselo?

Ya conocía sus mañas, con las manos ágiles de una rata: más feo y con menos pelo. ¿Qué era esa suerte de barba y bigote que se dejaba crecer? Que alguien le dijera que no le sentaba bien, por piedad.

No necesito a nadie incordiándome en mi piso —contestó inmediatamente.

No era un golpe bajo, no desde que Joshua se convencía de que estaba mejor sin Denzel. Un mal amigo, seguramente, pero estaba sugestionado de que Denzel lo había sido mucho peor.

Lo tomó por sorpresa, sin embargo, el arrebato de reto. Cómo lo instaba a mirar dentro de donde guardase su propio frasco, muy seguro de que no era el ladrón, como tanto había sido acusado. En defensa de Joshua, la cabra siempre tiraba al monte, y lo recordaba como un particular ladronzuelo.

Por supuesto que no va a estar —repuso, seguro de sus propias palabras.

No perdía su seguridad, aunque su propia voz interna lo preguntó, en voz baja. Cuestionando si en verdad había caído, ¿cómo se había caído, en primer lugar?

Apretó la correa de su mochila y la descruzó por encima de su cabeza, usando su brazo como apoyo para abrirla. Apartó libros, frascos de tinta, plumas, cuadernos… y oyó el sonido, un sonajeo suave producto de las píldoras chocando entre sí y con el frasco al moverse.

No había ni siquiera la oportunidad de mentir y decir que no estaba. Tras remover un poco más, lo vio al fondo, tan anaranjado como siempre, con su tapa blanca y el nombre de la prescripción en una etiqueta bien legible, con la información química que tenía que leer.

Apretó los labios en un gesto incómodo.

Es tu culpa —se defendió de pronto, dejando caer la mochila y sosteniéndola por la correa, de modo que no cayó hasta el suelo, sino que quedó colgando de nuevo—, nadie te acusaría de ladrón si no te hubieras hecho tu estúpida fama de tomar cosas que no te pertenecen.

Claro, sí. ¿No se suponía que culpar a otros por sus errores era cosa de Evans, no de él?
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Evans Mitchell el Dom Ene 05, 2020 1:20 am


La fría tarde aureolaba el rostro de Evans, a contraluz, como si se tratara de un santo entre los mortales. Joshua había hurgado en su mochila, y la amargura de su expresión lo delató inoportunamente en un embarazoso, descuidado, gigante error.

Evans sonreía, pero la suya era una sonrisa amable, bondadosa, entrañable y cálida. Lo miraba con ojos compasivos. Había una tibia dulzura que se desprendía de sus comisuras hundidas. Era la encarnación de la eterna y paciente bondad.

Era un buen tipo, y uno enternecido. Ahí, de pie, frente al ceño malhumorado de Joshua Eckhart. Evans tenía que tomarse un largo y pausado momento para saborear esa expresión de amargura, sacarle todo el jugo posible. Era tan hermoso.

—¿Qué?—Reaccionó confundido a las hirientes palabras del ex Ravenclaw. Tan ensimismado que estaba en observarlo con la cara embobada y sonriente, pensando en lo distinto, casi agradable, que era Joshua visto a la luz de la derrota—. Oh, te perdono.

Había echado una mirada al interior de su mochila cuando Joshua hurgó en esta, y aun sin llegar a leer la prescripción, su mirada cambió. No dijo nada, sin embargo. Se limitó a guardar silencio sintiéndose muy tranquilo por dentro, con una calma que ni él se conocía.

Era un misterio lo que pensaba detrás de sus ojos entornados.

—Bueno, estuvo bien verte—dijo, actuando con un guiño encantador y anticipando una despedida—. Quizá la próxima te inventes algo nuevo y te salga mejor, ¿quién sabe? Sería más fácil sólo si dijeras que me extrañas, ¿sabes? Podríamos actuar civilizadamente, para variar. Adiós, pulgas.

Dio media vuelta y se marchó, pensando para sus adentros que nunca había considerado el hecho de que Joshua pudiera ser, de hecho, un verdadero ser humano. Tú sabes, no sólo un perro que muerde, caga y come, sino como un ser que se atraganta a pastillas porque la vida es una mierda. Eso era humano, le concedía eso.

***

Había salido de la clase, sintiendo que iba a vomitar. En el baño, se lavó la cara y se miró frente al espejo. Tremendas ojeras de mierda. Recargó su peso en las palmas abiertas sobre el lavamanos. Intentó hacer el ejercicio de respiración, pero en su cabeza todo era espeso y le ganaba el fastidio, y una sensación de mareo que conocía.

Le latía el pecho a mil, le dolía. Había salido del aula a mitad de clase, caminando deprisa y mirando a los lados, asquerosamente sensible al rededor. No sabía cuál fue el disparador, pero se sentía atacado por los nervios. La sola idea de que iba a tener un episodio le provocaba ansiedad. Cerró los ojos, queriendo parar de algún modo la batahola de emociones, pero joder. A la mierda con las indicaciones anti-stress.

No hubo forma de parar cuando tuvo dificultades para respirar, ahí todo se fue a peor. ¿Y las pastillas? Que tenía que renovar el frasco, mierda. Desde, ¿ayer?, ¿anteayer? Tenía que ser una puta broma, de enserio. Había estado lo más bien, si hasta tomaba pastillas sin necesidad, sólo para sentirse seguro. Esa mañana se había quedado sin. Ah, sí. Fue esa puta mañana. Se pasó pensando en un episodio toda la mañana, y cuando creyó olvidarse, ahí lo tenía, doblegándolo en el piso.

Evans se acuclilló contra la pared, cubriéndose el rostro con los brazos. Estaba atrapado en su propia cabeza. Sabía que tenía que parar, creía estar seguro de cómo parar, pero su cuerpo no le respondía como él quería, actuaba por su cuenta. Y las sensaciones, aunque pasadas, estaban muy presentes: miedo, desamparo, indefensión. Lo peor, es que como estaba enojado, poco ayudaba su mal carácter en la situación.
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Joshua Eckhart el Miér Ene 08, 2020 10:02 am

Ni en un millón de años consideraría pedirle disculpas a ese palurdo. Por supuesto que no. No había manera en que pudiera creer que le debía disculpas. Era un hablador, un mentiroso que, encima, siempre terminaba en el mismo rincón, creyendo las cosas que él mismo inventaba. Si algo tenía que lamentar, era que Evans no se diera cuenta de lo triste que era su vida.

Y si algo detestaba de él, era esa manera de comportarse, condescendiente, como si fuera superior a todo el mundo. Le conocía ya las mañas, sabía quién era detrás de esa máscara que se ponía.

Se tragó el orgullo cuando notó que el fallo era suyo, pero fue impensable siquiera considerar en admitirlo, no en frente de ese tipo. Ese tipo, por él, podía ir a tirarse de un puente y lo mismo daba… De hecho, podría ser que hasta el mundo fuera un sitio un poco más brillante.

Esas cosas se le pasaron por la cabeza en cuanto Evans se “despidió”, y no le dio el placer de escuchar su voz de nuevo. Sólo lo dejó marcharse, deseando en silencio que pisara mierda de camino a casa.

***

No lo había pensado sino hasta horas más tarde: ¿qué hacía Evans Mitchell con un frasco de pastillas? Una parte de él, esa parte odiadora, seguía bajo la premisa de que sólo era un drogata más que se metía cosas innecesariamente. Otra voz, que siempre hablaba más bajo cuando era Evans el protagonista, pensaba que tal vez, simplemente, tenía problemas.

El velo descuidado de desánimo y catastrofismo, no podía ignorar que, en especial la época más reciente, el mundo era un lugar difícil para vivir en él. Y nadie, ni siquiera alguien como Evans Mitchell, estaba exento de ello.

Lo había barrido, con el tiempo, de su cabeza, y no pensó en ello hasta ese día.

Tenía un receso de una hora entre clase y clase, un hueco que le disgustaba de su horario. A veces, iba a casa y pensaba seriamente si quería regresar para la clase siguiente. Su instinto Ravenclaw normalmente ganaba. Otras veces, lo llenaba con alguna conversación en la cafetería. En esa ocasión, tenía en mente sentarse a leer en la cafetería con un té caliente mirando la nieve caer.

Primero que ello, se dirigió hacia el baño de hombres. Muy para su sorpresa, no era el único que había visto el baño como una pequeña pausa al ajetreo del exterior, más que un lugar donde vaciar el organismo.

Lo primero que se le ocurrió fue un comentario soez, pero lo detuvo en la punta de su lengua. Analizó la situación: Evans Mitchell en el suelo del baño, con los brazos en el rostro, ¿quizá llorando? Una voz acalló la parte un tanto cruel, más bien desconsiderada de su interior. Esa era la voz de la empatía, como si, por un momento, se estuviese viendo a sí mismo.

Él era más inteligente, desde el vamos: normalmente no se quedaba en el baño en la “zona pública” sino en un cubículo. De preferencia, aparecía en su casa. Sabía, sin embargo, que a veces esos pensamientos razonables no tenían cabida en la cabeza. Pensó, además, que quizá era sólo él proyectándose y Evans no tenía nada que se comparase con lo que él sentía cuando el mundo se le caía encima.

Los “pensamientos hidra”, el miedo, la inseguridad, ese maldito dolor en el pecho, la falta de aire… él estaba familiarizado con eso. En su cuerpo y su mente pisando el acelerador cuando sólo quería un momento de paz.

Sí, seguramente se estaba proyectando en él.

Aun así, se acercó.

Se acuclilló a dos palmos en frente de él, con los codos sobre las rodillas.

Dime cinco cosas que puedes ver —le dijo, sin mayor introducción—. No te pongas quisquilloso, sólo dime cinco cosas que puedes ver —insistió antes de que Evans dijera nada, sólo por si acaso.

Se preguntó si “hacer base” servía para otras cosas más que para decirle a la cabeza que se callara un minuto. Se preguntó si siquiera aquello sería de alguna ayuda.

Siéntate bien —hizo un ademán en dirección a su tobillo, pero no lo sujetó.

En base a su propia experiencia, eran dos cosas importantes: dejar al cuerpo relajarse y distraer la mente, asentándola en la realidad que estaba en proceso de perderse.
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Evans Mitchell el Miér Ene 22, 2020 2:51 pm


Se había apercibido de que alguien entraba, pero le daba igual, o eso creyó. La proximidad de otro que bien conocía lo asustó. Se vio a sí mismo sacudido por un estremecimiento de vértigo, un vértigo oscuro, frío y alienante. De todas las personas, justo, precisamente, él. Era con esa persona y en ese momento que a Evans se le revolvían los intestinos con aquel sentimiento de vulnerabilidad del que había querido escapar por semanas.

—¡Joshua!—
Estaba siendo cortante, pero se desesperaba, y el pulso apremiante, agitado, se sentía en entre ellos a la par del ritmo de lo que era una dificultosa respiración— ¡Por cristo…!

Intentó pasar de Joshua, y se refugió en “su espacio”, llevándose las manos a la cabeza. No sabía qué quería, pero no eran exactamente amigos. Imaginó que sus intenciones no eran buenas, y lo invadió una genuina perplejidad cuando supo interpretar algo diferente a lo que estaba acostumbrado en la forma en que le hablaba. No sólo en la forma, le había dicho “cinco cosas”…, ¿verdad?

Lo fulminó con una mirada de incomprensión, y aunque le hubiera soltado a la cara que era una estupidez; no lo era. Se dejó amansar por una ola de apego que le sobrevino de repente, que era algo que sucedía cuando, en una situación que te hace infinitamente desdichado, hallas en otra persona eso que algunos llaman “calor”, calor humano, sólo calor, eso que tienen las caricias o los gestos que buscan rescatarnos, aunque a veces sean conscientes otras no, y aunque sea tan sólo por un segundo, de un rapto de desesperación.

Por eso Evans odiaba a los altruistas.

No le gustaba que lo tocaran, no le gustaba que tuvieran gestos con él, y se decía que la compasión era lo más terrible que había inventado el ser humano —honestamente, era un asco—, pero aunque se apartara con violencia cuando tendían hacia él con eso llamado amabilidad, y aunque la mar de veces tuviera éxito y se “saliera con la suya”, era mejor cuando él perdía. No le gustaba depositar su confianza en las personas y salir decepcionado, pero peor que eso era que le hicieran darse cuenta de lo frío, vacío y triste que se sentía por dentro. Como cuando tu piel está fría y te tocan, imprimiendo la sensación de unos dedos tibios.

—Tu ceja.


No era por ser gay, pero siempre le habían llamado la atención sus cejas. Le hubiera gustado decirle que era porque las veía asimétricas, y reírse; pero la realidad era que se veían jodidamente perfectas. Se sonrió brevemente con una mueca, asaltado por el pensamiento, y paseó la mirada por el lugar. Joder, hasta dolía sonreírse. Se apoyó contra la pared, desarmándose casi derrotado. Su pecho no se tranquilizaba y le costaba respirar, qué costar, era como intentar abrirse con un cuchillo sin filo, o lo más extraño, como si hubiera olvidado cómo hacerlo. Las emociones eran a la vez muy confusas. Quería llorar, quería reír, y cerraba los puños con fuerza como si pensara en golpearle a alguien, pero sólo quería llorar.

—Espejo.

Recordó algo ligeramente desagradable al ver el reflejo de ambos en el suelo del baño. Hacía no mucho que había visto a un tipo vomitar justo en ese rincón, donde él estaba sentado. Tenía asumido que habían limpiado, pero de todos modos, el asco pujó desde sus entrañas y le invadió la boca con un sabor incómodo. Regresó la mirada a Joshua, negando con la cabeza y llevándose una mano a la garganta, farfullando a un tiempo que le costaba respirar. Lo cierto era que, así y todo, Joshua sí que había conseguido distraerlo, y se sentía diferente. Acompañado y diferente.

—Me cuesta…

Se enfocó en la respiración, e hizo lo que le pedían. Se sentó mejor, enderezándose y cruzándose de piernas —si acaso era ello lo que le pedían, si no, no lo había entendido—, pero no porque fuera fácil apropiarse de sus articulaciones para que se pusieran en su lugar. La sensación del movimiento se había vuelto una carga, y procedió con movimientos aletargados, ligeramente pausados. Lo único que se agitaba violentamente era su pecho, como si estuviera en una carrera a pesar de permanecer tan quieto, allí sentado.

De la nada, rió.

—Tus pastillas—musitó, con una mano aferrada al pecho. Se sonreía como si algo le hiciera verdadera gracia, pero no parecía que lo estuviera pasando muy bien—. ¿Para qué son?
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Joshua Eckhart el Dom Ene 26, 2020 10:35 pm

Era muy extraño verlo desde fuera. Desde dentro era una vorágine de dolor y pensamientos. El pecho dolía, los ojos ardían en ganas de llorar, y el cuerpo temblaba incontrolablemente. Eso, al menos, en su caso. A veces conseguía calmarse por su cuenta, otras veces necesitaba medicación, o había ocasiones en que tenía que buscar otro antídoto.  Lo que sabía era que lo primero era lo más difícil: la cabeza no trabaja suficientemente bien como para hacer tierra por su cuenta.

Recordaba la primera vez que Hunter le había enseñado esa técnica: le había costado entender lo que quería, y todavía más seguir sus instrucciones. Eventualmente se dio cuenta que era algo que funcionaba, pero funcionaba mejor cuando alguien más le recordaba los pasos.

Su ceja, dijo Evans, la misma que enarcó en un gesto de confusión y sorpresa. Se preguntó qué tenía su ceja, pero no lo pronunció en voz alta, sino que lo instó a seguir buscando cosas. Cinco, era las que necesitaba, y no iba a pasar página hasta que se las dijese.

Espejo.

Inhaló despacio, armándose de paciencia. Esa nunca le sobraba.

Tres más —le dijo, apremiándolo a continuar.

Se sonrió por dentro, pensando que él lo decía como si fuera poca cosa, cuando bien sabía que en el fondo de una crisis nunca era poca cosa. Costaba mucho concentrarse lo suficiente como para encontrar tres cosas.

No necesitan ser interesantes, sólo necesitan estar.

Evans había relajado su posición y le había terminado de decirle las cinco cosas que debía ver. Iban avanzando. Joshua todavía no parecía caer en el altruismo de la situación, en la empatía que estaba mostrando, y lo sacó de su zona de concentración que le preguntase sobre sus pastillas.

Lo miró intensamente y exhaló.

¿Qué importa, Mitchell? —cuestionó de regreso. Pese a que la evidencia era clara, todavía no se sentía con la confianza para confesarlo en voz alta—. Ahora busca cuatro cosas que puedas tocar —continuó con el ejercicio.

Sabía que había poca cosa que tocar en un baño público, y esperaba que él no fuera una de esas “cosas”, pero eran pasos que consideraba claros y que, en una parte de él tan irracional como la zona de su cerebro que enviaba una alarma de huir o pelear cuando no había nada contra lo que huir o pelear, pensaba que debían ser realizados al pie de la letra.

Lo habría instado a decir, a tocar esas cuatro cosas, antes de continuar.

Ahora tienes que encontrar tres cosas que puedes oír —le dijo, e inconscientemente hizo el mismo ejercicio.

Podía oír, en el fondo, el murmullo en el pasillo de los estudiantes caminando, haciendo sus propias vidas. A veces, las cañerías hacían un ruido mojado y ahogado, que terminaba en un ulular casi fantasmagórico, con el pasar del agua. El tercer sonido era un zumbido insistente que no sabía si provenía de su propia cabeza o si formaba parte de la infraestructura del edificio. Esperó a que Evans dijese las tres cosas que él detectaba.

El siguiente paso son dos cosas que puedes oler… pero no sé si sea inteligente aplicarlo en un baño público —porque ahí había dos olores muy claros: desecho humano y humedad. No necesitaba ser brillante ni licántropo para descubrirlos—. Al final, una emoción que puedas sentir —y eso, en su experiencia, nunca lo decía en voz alta.

Era admitir que uno tenía miedo. Era admitir que estaba agobiado. Era admitir que quería llorar. Era admitir tantas cosas desagradables, hasta el hecho de que no controlaba ni su cuerpo ni sus pensamientos… que era demasiado para escucharlo con su propia voz.
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Evans Mitchell el Sáb Feb 01, 2020 5:32 am

«¿Qué importa, Mitchell?».

Eso era un positivo, fijo que lo era. Evans mostró los dientes en una rápida, ladeada sonrisa. Si Joshua se ponía esquivo con el tema, era porque le había dado en el blanco. ¿Quién le diría? Él y el pulgas, compañeros en drogas.

—¿¡Tocar!?

¡No!, ¿pero estaba loco? Era como si le pidiera que le pusiera las manos encima. No tenía nada más cerca que la carota de Joshua, ¿ok? Y sí, quizá había comenzado a sentirse casi cómodo en su compañía, pero no había que exagerar. No iba a rascarle las pulgas.

Hizo un gesto circular con la mano, “prosigue, prosigue”, pidiendo en silencio que se saltearan ese paso, por evidentes razones. Porque o le metía mano a Joshua o se pescaba una bacteria del baño, y ninguna era una opción. Lo de oír, le resultó más atrayente. Pero no le respondió, sólo cerró los ojos y se concentró en el latido de su corazón, y luego asintió queriendo dar a entender que estaban bien.

«El siguiente paso son dos cosas que puedes oler… pero no sé si sea inteligente aplicarlo en un baño público».

Rió.

—¿Tú crees?


Se empezaba a sentir mucho mejor, quizá porque ahora no estaba tan pendiente de su propio ataque de ansiedad, sino de todas las señales que indicaban que aquel era el verdadero Joshua —se veía, olía y se oía como él—, y que, en efecto, no estaba siendo el imbécil que conocía, sino un poco más humano, sólo un poco. Que no había que exagerar.

«Al final, una emoción que puedas sentir».

—¿Ahora hablamos sobre nuestros sentimientos?


Había recuperado el sarcasmo, así que las cosas empezaban a marchar bien en su sistema. Sin embargo, tenía una extraña mirada, que no se correspondía con un intento de burla, sino más bien con una triste comprensión de sus propias emociones en ese momento.

Se secó una lágrima que se le escapó, escurridiza, resbalándose por la mejilla, en un gesto rápido, y sin mirar a Joshua, le tendió la mano. “Me levantas y yo te levanto”, dijo, queriendo dar a entender que necesitaba ayuda para ponerse en pie, levantar el culo de la flora bacteriana en el suelo.

El ataque había remitido, pero así y todo, Evans pareció caer en la cuenta de lo nervioso que lo ponía aquella situación con Joshua, y se mostró esquivo. Lo miró apenas la superficie de un segundo, negó con la cabeza, y se marchó por la puerta, en lo que casi fue una huida. Se oyó el portazo, y el ruido de una cadena.

***

Estaba hambriento, se había salteado el desayuno y no hacía más que pensar en el profundo vacío de su estómago, nada conciliador cuando se trataba de inanición por lo que, además, parecían horas que no acababan en esa clase. El profesor era un muermo, ¿ok? Era de esos, que estaban ahí de decoración al frente del salón. Si querías aprobar la clase, tenías que leer, y eso era todo. Si estaba ahí, era por el presente.

Así que se escabulló discretamente entre una fila de estudiantes que, lejos de prestar atención, atendían otros quehaceres más interesantes, como realizar encantamientos tontos y cuchichear entre ellos. Hasta Bill, que siempre atendía la clase, con lluvia truenos o centellas, como una clase de santo estudiantil, se había quedado dormido. Pronto acabaría la hora, de todos modos.

Llegó a la cafetería y no hacía prácticamente nadie. Era una de esas horas tranquilas. Lo único que llamaba la atención allí era un grupete en una mesa, y más alejado, en una esquina, ensimismado en lo suyo, un lobo solitario. Evans se detuvo un momento, como pensándose algo dos veces, y siguió de largo, hizo la cola, sonrió encantadoramente para que le dieran extra de jamón en el sándwich, y acabó con una bandeja en las manos.

La misma bandeja que, momentos después, soltó sobre la mesa con un estrépito, de esos que ocultan mal disimuladamente una intención. Cayó sobre Joshua con todo el peso de su presencia: ruido, estorbo, movimiento. Habiendo tantos asientos para ir a parar —literalmente, todas las sillas alrededor se hallaban perfectamente vacías—, fue a sentarse junto al que, claramente, no quería ser molestado. Ni siquiera se preocupó por levantar la silla, sino que arrastró las patas contra el suelo, arrimándose con toda la naturalidad del mundo, cuando no había nada normal en tanta familiaridad.

Se lo veía de buen humor, nada que ver con el Evans nervioso, esquivo, irritable del otro día. No bien se sentó se enfocó en su plato, poniendo en orden su comilona, y lanzando una mirada ocasional a su costado, tan tranquilo. Pero de pronto, su sándwich dejó de interesarle, y se echó para atrás, relajándose contra el respaldo de la silla. Cualquier otro diría que no parecía decidirse, pero Evans había tomado una decisión hace rato.

—Entonces, fue un Julio. Unos fugitivos, larga historia. A mí y otros nos encadenaron en un vagón y nos retuvieron hasta que los “compis” nos encontraron. Hasta entonces, no sabía qué iba a pasar conmigo. Pensé, literalmente, lo peor. Ahí fue cuando tuve el primer ataque. En el puto vagón, encadenado y rodeado de gente que se estaba preguntando qué hacer conmigo. Desde esa vez, ya no puedo con el estrés. Si estoy muy cargado de mierda siento que puedo explotar en cualquier momento. No sé, es como que algo se desató y yo no tuviera el control. Por eso tomo las pastillas.

Evans, habiendo acabado de ponerle un chorro importante de mayonesa a su sanwich, parecía a punto de mandárselo a la boca, pero se detuvo y observó a Joshua, con una evaluadora mirada, inquisitivo.

—¿Por qué te acercaste?


Otra pregunta, quizá más acertada, hubiera sido “¿Por qué me ayudaste?”, pero a pesar de la falta de especificad, quedaba claro a qué se refería. Entre ellos podía decirse que había “contexto”, y por ello, no necesitó de más palabras para traer de vuelta la imagen de los dos sentados en el suelo.
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Joshua Eckhart el Mar Feb 04, 2020 8:57 am

Poco a poco, el ambiente se distendía conforme Evans Mitchell sentía pasar aquella crisis. Incluso había reído ante la suerte de broma de Joshua respecto a los olores dentro de un baño público. Al final, hacer tierra no era una secuencia precisa y mágica para lidiar con su mente; era, en realidad, una ayuda para recordar que había algo alrededor, que no todo estaba en llamas y que era posible soltar el acelerador.

Soltar el acelerador era lo que más costaba.

Vete al demonio —fueron sus palabras, pero estas, a diferencia de cualquier otra ocasión, se encontraban desprovistas de acidez.

Más bien decía sin siquiera hablar que no pretendía que nada cambiase, por más que incluso aquel insulto hubiese salido con una inusitada suavidad, con comprensión. Como si, en realidad, quisiera decir que no lo veía diferente a como lo veía antes de haberlo encontrado así.

Eso era lo que de verdad era jodidamente aterrador. Los ojos de las personas que juzgaban. El qué dirán. No todo el mundo estaba preparado para ver a alguien romperse en pedazos bajo el peso del mundo, y ver un fantasma que intentaba recomponerse con toda la fuerza de sí. Exageración, lo llamarían algunos; otros: debilidad. Cuando, en realidad, era el precio de haber callado y sido fuerte por demasiado tiempo.

Miró su mano, un gesto escéptico le recorrió las facciones antes de decidirse a tomarla. Hizo fuerza al suelo cuando Evans se puso de pie, y tomó la suya para incorporarse del mismo modo. Se sacudió el pantalón de un gesto, deshaciendo las arrugas de este.

Esperó a que se marchara y contó unos segundos hasta imaginarlo lejos antes de salir del baño por igual.

***

Cuando a la profesora de Regulación Magizoológica le daba por no asistir a la clase, Joshua solía simplemente marcharse a su departamento y ahí pasar el tiempo hasta que tuviera que regresar a su siguiente clase. Ese día, ensimismado dentro de un libro sobre la historia de los dragones en el mundo mágico, había optado por marcharse a la cafetería.

Desayunaba una pieza de fruta al salir de casa, y eso solía bastar hasta que regresara para la hora de comer, por lo que sólo pidió un té negro para lidiar con el frío invernal que azotaba el exterior, marchándose al rincón más alejado. Quitó la tapa al vaso, con el propósito de que enfriase lo antes posible; dejó su chaqueta sobre el respaldo de su silla y se abrió la bufanda de Ravenclaw alrededor de su cuello. A continuación, se sentaría con el libro abierto y su cabeza apoyada sobre su puño.

Sólo el silencio lo acompañaba, más allá del rumor de las voces en otra mesa. Su lenguaje no verbal, cerrado y privado, desalentaba cualquier esfuerzo por acercarse a socializar con él: sería en vano y muy seguramente mal recibido.

Había quien, por supuesto, no sabía leerlo. O ni siquiera le importaba hacerlo.

Se sobresaltó cuando oyó el ruido de la bandeja caer sobre la mesa, apresurándose a utilizar una servilleta desechable para secar las gotas de té derramado antes de que perjudicaran el libro. Miró a su nueva compañía como se mira la peste, en especial al entornar los ojos ante el chirrido de la silla contra el suelo.

A la luz artificial, los ojos de Joshua se veían verdes, y con ellos escudriñaba la expresión ajena, preguntándole en el silencio a cuento de qué invadía su mesa, habiendo tantas disponibles, y preguntándose internamente qué quería de él. En ningún momento se le cruzó por la cabeza que tuviese que ver con el suceso del baño.

La respuesta llegó antes de lo previsto.

No contestó de inmediato. Tomó su vaso y, a un beso de sus labios, exhaló en él sólo con la nariz, sintiendo su temperatura chocar contra su rostro. La creyó prudente y corroboró con su labio superior tocando el líquido antes de darle el primer sorbo. No le gustaban las bebidas demasiado calientes.

Porque soy una buena persona —dijo, y acto seguido una voz que encontró perversa y animal preguntó, en el fondo de su cabeza: “¿Lo eres?”.

Hubo una pausa. No quiso responderle a esa voz interna. Aclaró la garganta.

Conozco la situación; la sensación —matizó después, devolviendo la mirada a su libro con un nuevo sorbo de por medio—. Sentir que vas a tener un infarto o perder la cabeza no es algo con lo que uno pueda lidiar fácilmente por su cuenta —y realizó una pausa, que se convirtió en un punto final.

Decidió que a Evans no le importaban los detalles, pues no se los había preguntado. Sólo agradecía que en algún punto él no había estado solo, mientras aprendía a lidiar con la situación, con su propia y eventual locura. De alguna forma había entendido su cabeza, mas eso no significaba nada durante una crisis.
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Evans Mitchell el Sáb Feb 08, 2020 11:02 am

«Porque soy una buena persona».

Había que aclarar una cosa, sobre Joshua, sobre sí mismo, sobre la gente. Eso, eso de ahí, que le refregaba en la cara con una nota evidente de sarcasmo, era pura pose. Ahora, ¿por qué se suponía que la gente tenía que aspirar a ser “una buena persona”?, ¿era realmente algo deseable?

Evans no lo creía.

Y tenía la suerte, gracias a Dios y a Merlín, Elvis y Jesucristo, que él era un desgraciado, y honrado de serlo. Porque tú sabes, las “buenas personas”, bueno, hombre, había algo errado sobre ellos. Y no había que olvidar, que cuando el ciento por ciento de la masa te dice que “ser bueno” es lo deseable porque si no te irás al infierno, pues bien, recuerda esto: las masas inventaron el nazismo, ellos pusieron a Hitler en el poder. No era para fiarse, ¿te das cuenta?

Voldemort, al menos, se puso allí solito. Respeto por el tipo.

Así que, Joshua estaba lleno de mierda, no lo engañaba sobre eso, y dicho sea, Evans se sentía más cómodo con alguien que era un bastardo que con alguien que no lo era. Tomando todo esto en consideración, Evans intuía que los motivos de Joshua para acercársele el otro día, no tenían que ver con ser un buen samaritano, pero por razones más personales. No tenía duda sobre esto, y estaba curioso sobre cuáles eran, aunque las intuía, y por esto, quería picarlo en una buena manera, para que le hablara al respecto, en un mutuo intercambio de, tú sabes, confidencias.

Por supuesto, Joshua, o era muy reservado, o era tan obtuso como para darse cuenta cuando otro ser humano quería abrirse con su prójimo en un acto de profunda, íntima y sincera comunicación. Evans optaba por lo segundo, ¿porque sabes qué? Ok, había sido ravenclaw en otra vida, pero Evans de hecho nunca pensó que fuera muy inteligente, especialmente en lo que hace a relaciones humanas.

«Conozco la situación; la sensación. Sentir que vas a tener un infarto o perder la cabeza no es algo con lo que uno pueda lidiar fácilmente por su cuenta».

Si Evans esperaba algo más —que de hecho, era el caso—, podría morirse esperando. No sirvió de nada que dejara correr los segundos entre ellos, porque tú sabes, Joshua era un lector muy ocupado, y claro, no querría estropearse la voz sincerándose sobre su situación personal, incluso cuando Evans había acabado de dar todo un discurso sobre el tema, por un intento de iniciar un ida y vuelta con bandera blanca. No, Joshua era feliz en el silencio, como todas las cosas muertas.

Evans carraspeó.

—Tienes razón—dijo, optando por soltar de una vez lo que tenía atorado en la garganta, en vez de perder tiempo intentando que Joshua se convirtiera en alguien locuaz, así, de la nada. Y añadió, con la voz queda—: Solo, es más difícil

Y eso, ya estaba, que no había sido tan complicado, eh. Ya le había dado las gracias. Ok, hora de levantar el culo, irse como si nada, pero. Ahora, Evans tenía curiosidad. Bueno, desde el principio, y decidió probar a ver de picar un poco a Joshua, por si se le daba por aflojar la lengua.

—Así que tú, tienes ayuda, a veces.

El comentario en sí era una pregunta abierta. Tú sabes, como cuando le das un empujoncito amistoso a un colega para que se anime de una vez a dar el primer paso, o a dar el discurso, o a hablarle a la chica. A Evans sólo le faltaba ponerse una bata y tomar una libreta en sus manos, diciendo algo como: “Ok, háblame. No hay nada que no puedas decirme, estamos en una zona segura”.
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Joshua Eckhart el Lun Feb 10, 2020 10:19 am

Quizá, hace mucho tiempo, habría creído realmente lo que dijo. Ahora, simplemente, había sido una respuesta estándar con la que pretendía que Evans le dejase en paz, imaginando que no estaría de acuerdo ni le gustaría tampoco. Y por dentro, se habría sonreído de que hubiera funcionado, pese a ser una técnica tan simple.

Ahora, más que sentirse una buena persona, se conformaba con decir que se sentía como persona, cosa que no era frecuente para él decir, al menos durante una semana mensual. Eso, si tenía suerte y no pensaba demasiado en lo que había hecho, y la gente que había lastimado.

Demasiado bueno para ser verdad, no resultó en otra cosa más que el silencio. Así que dio otra respuesta, una que los ponía un tanto más en sintonía. Una respuesta que significaba que, tal y como Evans, él había pasado por ello y sabía lo que se sentía no tener a nadie en lo absoluto. Pero no dijo nada más que eso por una razón muy simple: no le apetecía. Evans había hecho un trabajo decente no diciéndole a nadie sobre su condición, pero… no confiaba en él.

Así, Joshua no sentía que le debiese nada, simple y llanamente porque él no había pedido que se sincerara con él. Él no le había preguntado, sino que Evans había decidido que tenía que saberlo y se lo había dicho, motivo por el cual no terminaba de sentirse comprometido a abrirse con él recíprocamente.

El tema pareció cerrarse con un Evans dándole la razón, y Joshua hubiera estado completamente feliz de verlo como el desenlace y simplemente volver a su lectura. Eso no sucedió, sino que el león continuó hablando, haciéndolo levantar la mirada otra vez hasta su rostro.

A veces —concedió. Volvió a bajar la mirada a su libro, aunque ya no leía; se resolvía con no mirarlo directamente—. Es complicado —continuó, una pausa más tarde—, porque es agotador. Si me cansa a mí, no quiero pensar cuánto cansará a los demás —y no quería que se cansaran de él. Se reservó para sí mismo aquel pensamiento, más íntimo y vulnerable—. Es mejor sólo callarse y seguir —tal vez por ello había acabado recurriendo a la medicación. Porque callarse y seguir tampoco era sencillo.

Sabía que, en términos prácticos, no estaba solo. Tenía a su primo, e incluso algo le decía que, si intentase recurrir a Hunter, este respondería. También tenía a Bodhi, su amigo licántropo. Y, para bien o para mal, tenía al resto de su familia. La ansiedad, sin embargo, hablaba en alto; lo hacía creer que todos pensarían que exageraba y nadie comprendería, y acabarían dándole la espalda. Si ya se le complicaba pedir ayuda a su persona de máxima confianza, no imaginaba cómo sería pedirla a nadie más. Optaba por callarse, por guardar para sí mismo los desvelos y los insomnios, los dolores; por no dejar saber a nadie su preocupación, su cansancio o su nerviosismo constante. Y pedir a Merlín, o a quien le escuchase, no tener un ataque de pánico en medio de la multitud.

No estaba solo, pero se sentía así. Nadie más estaba dentro de su cabeza para comprender del todo la magnitud del problema, o siquiera hacerse la idea de cuánto verdaderamente le afectaba. Pensarlo demasiado consumía por dentro.

Por lo que veo, tú no la tienes.

Si la tuviera, no estaría hablándolo con él. Su relación no era el tipo de relación en que uno se echaba a hablar sobre sus sentimientos. Básicamente, no era el tipo de relación en que uno se echaba a hablar, punto.

¿La has buscado? —preguntó, con simpleza. Había una sutil diferencia entre buscar ayuda y no haberla encontrado, a no haberla intentado encontrar en lo absoluto.
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