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Convince him — Laith Gauthier.

A. J. Seward el Dom Ene 19, 2020 7:48 pm

Convince him — Laith Gauthier. Rtfo6yg
19 de enero de 2020 || Blue Swallow Motel || 18:34 horas || Ropa.


Rojo.

Rojo era todo lo que podían enfocar los cansados ojos de AJ.

El rojo de la sangre de Audrey parecía estar en todos lados, en sus manos, en el suelo, manchando aquella vieja y usada cama de hotel, empapando las ropas de la mujer y haciendo que su piel, antes morena, ahora se mostrase pálida debido a la pérdida de sangre.

Si le pidieran que hiciese un resumen de lo ocurrido en las últimas horas, probablemente AJ no sabría ni por dónde empezar, las palabras se atascarían en su garganta y el cansancio, el miedo y la falta de sueño harían que la información se sucediese de manera inconexa dentro de su cabeza.

Llevaba casi veinticuatro horas sin dormir, pero no podía darse el lujo de echar una cabezadita, no cuando Audrey se debatía entre la vida y la muerte. Tenía que mantenerse despierto, por ella.

Tiene mala pinta, ¿eh? —la voz de Audrey era débil y temblorosa, y AJ no podía hacer otra cosa que admirar el aguante que su compañera estaba mostrando.

Todavía no sabía cómo había conseguido llevarla en aquel estado hasta un viejo hotel en medio de la nada, bueno, técnicamente no estaba en medio de la nada, sino al lado del aeropuerto de Gatwick, lo que venía siendo igual a la nada.

Usando un conjuro aturdidor sobre el empleado de recepción había conseguido aquella vieja y sucia habitación, probablemente en un estado igual de lamentable que todas las demás, sin tener que pagar con un dinero que, por supuesto, no tenían.

Lo solucionaremos —contestó en un intento de sonar convencido y fallando miserablemente.

Tener mala pinta se quedaba corto para definir la situación. Él no tenía ni idea de medimagia, desde luego no lo suficiente como para sanar unas heridas tan graves como las de la mujer radical, y moverla de aquella cama era una tarea imposible sin matarla en el proceso. Ni hablar de la aparición.

Hay que pedir ayuda —murmuró Audrey, que hacía un esfuerzo titánico por mantenerse consciente.

Si, ya, ayuda. Decirlo era mucho más sencillo que hacerlo.

AJ podía ir hasta el refugio de los radicales, pero nada le garantizaba que fuese a conseguir la ayuda médica que necesitaban. Al fin y al cabo la causa radical era mucho más importante que el bienestar de un solo individuo, por más que éste perteneciera a sus filas, y sobre todo, AJ y Audrey habían salido sin autorización de Maximus ni ningún otro líder. Ya era bastante malo que ellos dos estuviesen en esa situación como para encima meter a más compañeros en ella.

¿Qué podía hacer?

Avisar a Gwendoline pasó por su cabeza durante un segundo, pero no, no podía hacerle eso a la morena. No podía ponerla en riesgo de aquella manera.

Laith —susurró sin fuerzas la mujer.— Tienes que traer a Laith.

¿Laith? ¿Y quién demonios era ese?

Es un amigo —explicó como si hubiese sido capaz de leerle los pensamientos a su compañero. Acto seguido la mujer comenzó a toser, manchándose de sangre los labios.— Sanador. Vendrá si le dices… las palabras adecuadas.

Joder, habla claro Audrey. ¿Qué palabras y dónde lo encuentro?

La mujer le explicó que debía contactarlo por carta, una carta que en condiciones normales habría escrito ella de su puño y letra, pero que dadas las circunstancias tendría que escribir él. Aseguró que tenían unas palabras clave para asegurarse que la correspondencia que mantenían no fuese saboteada para tenderles una trampa, por lo que AJ se aseguró de escribir dichas palabras en una carta que, en apariencia, no tenía ningún tipo de sentido pero que leído por quien sabía el significado real del cifrado le revelaría dónde y cuándo debían encontrarse.

Confiando en que Audrey hubiese depositado su confianza en la persona correcta AJ envió la carta usando una paloma coja que habían entrenado los radicales y a la que llamó usando un simple hechizo invocador.

No conocía ni confiaba en ese tal Laith, pero sí confiaba en Audrey, lo suficiente como para hacer caso a la mujer sabiendo que si aquel hombre les fallaba se quedarían sin tiempo para encontrar otra solución y ella moriría.

carta:
He estado pensando que lo mejor es que dejemos de vernos, Hermenegilda. No soporto tus ronquidos por la noche, pareces un oso pardo de tres metros hibernando. Y no solo por los ronquidos, también por los pelos. No te mataría depilarte de vez en cuando, mujer, me raspas la piel con tus piernas y no es agradable, ya sabes que tengo la piel muy sensible. Toda esa crema de Nivea que compro no es por capricho, mi piel sufre. SUFRE.

Además, ¿quién come con la boca abierta? Prácticamente puedo ver como la comida se va deshaciendo dentro de tu boca, es asqueroso. Por si fuera poco te gusta la pizza con piña, eso es una jodida aberración. En serio, tienes unos gustos horribles y estoy harto de que intentes imponérmelos. ¡Jamás me disfrazaré de flamenco! Que te entre de una vez en esa cabeza de zepelín que tienes.

Ah, y que sepas que lo que tienes en la espalda no es un lunar, si salen pelos de ahí es una BERRUGA. De nada. Estoy harto de oír como te quejas porque no te llevo a sitios bonitos, pues que sepas que es porque me da miedo sacarte de casa, que la última vez que fuimos a Regent’s Park te sentaste encima de una ardilla, ¿¡cómo no pudiste verla!? Pobre ardilla, Dios la tenga en su gloria.

Con esta carta lo que intento decirte es que se acabó nuestro idilio de sexo desenfrenado en el que me obligas a lamerte los pies, que encima no te los lavas nunca. El de ayer fue el último de mis pudín que me robaste. Te dejo por tu hermana, que ella al menos no tiene bigote y si lo tiene, al menos, se lo afeita.

Nos veremos en nochebuena.

Que te vaya bonito.

Era la carta más absurda y sin sentido que había escrito en su vida y, de no ser porque la vida de Audrey estaba en juego, se habría negado a escribir semejantes estupideces. ¡Si apenas tenía sentido! En fin, sea como sea él confiaba en Audrey y si ella aseguraba que el tal Laith entendería el mensaje pues adelante.


* * *


Dejar a Audrey sola en la habitación, mientras él iba hasta el punto de encuentro con aquel sanador, había sido realmente difícil para el fugitivo. La hemorragia estaba más o menos controlada, pero sabía que había daños internos, que a la castaña no le quedaba demasiado tiempo y temía llegar demasiado tarde.

Que muriese sola en una cama de hotel barato.

Todavía podía ver la sangre de la mujer en sus manos, a pesar de que se las había lavado a conciencia, y los quejidos de dolor no se iban de su mente. Esperaba que aquello funcionase, esperaba que de verdad ese tal Laith fuese alguien de confianza y estuviese dispuesto a ayudarla, porque de lo contrario no habría esperanza para ella.

Por lo que a él se refería, AJ estaba en Regent’s Park, cobijado por un gran árbol que estaba bastante apartado de uno de los caminos principales del parque. No sabía si era un sitio donde Audrey y el sanador acostumbraban a verse, o si era solo para emergencias, o si iban cambiando de sitios aleatoriamente… realmente no sabía nada. Pocas eran las veces que AJ confiaba en alguien tan a ciegas como en aquel caso y, esperaba, no equivocarse porque el precio a pagar era realmente caro.


Audrey PNJ:
Audrey Sheridan
Sangre mestiza Radical Magizoologa 29 años PB: Alicia Vikander

Decidida, valiente y optimista pese a todo, cree firmemente en la causa radical y que conseguirán que el futuro sea mejor que el presente.

Tomó parte en la batalla del Ministerio, donde se posicionó del lado de Milkovich, convirtiéndose así en fugitiva. Perdió a su pareja en junio del 2018, cuando éste participó junto con un grupo de radicales disidentes en un ataque al Ministerio no autorizado por Maximus.

Hace ocho meses que entrena con AJ, ella le enseña krav magá y él le enseña judo, pero hace poco tiempo que empezaron a compartir algo más que entrenamientos. Su relación es informal y, si bien ambos son conscientes de que no hay amor entre ellos, sí que existe un vínculo de confianza y preocupación mutua.


PNJ creado por A. J. Seward






Última edición por A. J. Seward el Miér Ene 22, 2020 3:51 pm, editado 1 vez
A. J. Seward
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A. J. SewardRadical

Laith Gauthier el Lun Ene 20, 2020 9:47 am


Estaba en su apartamento cuando recibió la carta. Sentado en su pequeña oficina, con cientos de papeles de trabajo desplegados ante él, vio en su ventana a una paloma que no tenía bien una de sus patas. Una carta llevaba atada en la pata buena, así que abrió la ventana y la dejó pasar, siendo casi asustada por los ladridos de su perro Mukki sorprendido por la visita.

Desató la carta antes de que el animal se fuera y la abrió. No reconoció la caligrafía, y en principio se sintió confundido con lo que leía, mas sin embargo las palabras empezaron a relucir, circulándolas en su imaginación: “Lo mejor es vernos: sufre”, “Pizza con piña”, “Regent’s Park”, “Pudín”.

Por sí solas, eran frases o palabras tontas que no tenían ningún sentido. Y aunque no reconocía la letra, sí el estilo de escritura. Así se comunicaba con Audrey cuando tenían que verse a escondidas, utilizando su intención, esos bobos nombres clave de comida, y una localización.

Un día, Mukki —se dirigió a su perro—, van a tenderme una trampa y van a enviarme a la cárcel: si no vuelvo algún día, considera eso como una posibilidad, ¿bien? —le acarició la cabeza antes de ponerse de pie y buscar su maletín.

Era un maletín de mediano tamaño pero lleno de artículos médicos que necesitaba para realizar su trabajo en un terreno hostil. Porque fuera de un hospital, cualquier sitio era un terreno hostil, lleno de bacterias e infecciones, y una salubridad deficiente para hacer su trabajo. Sin embargo, tenía que hacer lo que podía con lo que tenía.

Llegó inmediatamente a Regent’s Park, disimulando naturalidad y caminando por ahí. Su mirada paseaba entre los rostros de quienes ahí paseaban, en la búsqueda de Pudín.

No recordaba bien cómo habían llegado a decidir que aquel método era efectivo, pero sí que lo había sido. Nadie en su sano juicio sería capaz de escribir por casualidad tanta mierda junta en una sola carta, y menos hacérsela llegar “accidentalmente” a él. Tan sólo podía pedir que no fuera una trampa, y que Audrey se encontrase bien. Seguía preocupándolo que no era su letra la que había leído en la carta, sino la de algún tercero.

Regent’s Park, dado el clima actual, estaba prácticamente desértico. Había algunos niños jugando en la calle, abrigados con gruesas chaquetas, gorros y bufandas. Unas cuantas parejas y pocos jóvenes; asumía que para entonces las clases en Hogwarts y similares habrían sido retomadas y eso explicaba la falta de gente. Pronto comenzaría a oscurecer y se vaciaría incluso más.

Buscó hasta que se encontró con la mirada que estaba buscando: no sabía a quién buscaba, pero sí sabía que estaba esperando encontrar una mirada preocupada y una expresión inquieta. Detrás de la preocupación, Laith se sorprendió al percatarse de las facciones de un hombre que encontró atractivo, y no pudo sino preguntarse si algo tenía que ver con Audrey, más allá del compañerismo.

De todos modos, quedaba la prueba de fuego. Se acercó hasta aquel apartado árbol y miró al sujeto durante unos segundos. Sí, parecía el tipo de personas paranoicas y en problemas con las que trataba cuando ayudaba a los fugitivos de la ley. No es que no hubiese otras razones para lucir así, sino que era la única persona en ese parque con esas características, y él sabía que estaba buscando a una.

Me disculpará usted la descortesía, pero, ¿es usted un entusiasta del pudín? —preguntó, con naturalidad y una sonrisa en el rostro. Si le decía que no o le miraba con una expresión confundida, ya sabía que no era quien estaba buscando. Algo le decía lo contrario, y su intuición normalmente no fallaba.

Por supuesto, aquella pregunta encriptada sólo significaba si era amigo de Pudín o, lo que era lo mismo, de Audrey. A él le quedaba el nombre clave de Pizza con Piña, y no le disgustaba en lo absoluto.
Laith Gauthier
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A. J. Seward el Jue Feb 20, 2020 12:18 pm

El pie de AJ golpeaba el suelo de manera inconsciente e incesante, siendo un claro ejemplo de la inquietud que sentía el fugitivo dentro de él. Estar en aquel parque sin poder hacer nada más que esperar lo sacaba de quicio, odiaba saber que a kilómetros de distancia Audrey podría estar muriéndose y él era incapaz de hacer algo para remediarlo.

De un tiempo a esta parte AJ se había vuelto un hombre de acciones, de esos que llevaba francamente mal la pasividad, el esperar, y la paciencia. Era un hombre impulsivo y eso lo había metido en más de un lío, pero decididamente no había nada peor para él que el tener un problema ante él y no ser capaz de solucionarlo por sus propios medios. Ese tipo de impotencia era un trago especialmente duro para él.

Por eso, entre otras cosas, aquella situación no le gustaba en absoluto. Le molestaba que lo único que podía hacer por Audrey fuera recurrir a un tercero, y le molestaba tener que esperar sin saber si ese tercero se dignaría en aparecer, y le molestaba también depositar la vida de Audrey, y la suya también, en manos de alguien a quien no conocía y que podía delatarlos a la primera de cambio.

La regla número uno de un fugitivo siempre es: desconfia. Gracias a dicha regla se había mantenido vivo y en libertad durante tanto tiempo, y ahora allí estaba, saltándose esa regla.

Confías en Audrey, eso debería bastar. Era lo que se decía a sí mismo una y otra vez, intentando convencerse. Esperaba no tener que arrepentirse de aquella decisión.

Lo que a AJ le pareció una eternidad seguramente fueron solo unos minutos, con toda probabilidad aquel sujeto, Laith, fue puntual cuando se acercó a él y le preguntó que si le gustaba el pudín.

La cara del fugitivo debió de transmitir lo poco que le gustaba aquella jerga. Le parecía ridícula. Entendía lo de comunicarse en clave, era inteligente, ¿pero era necesario recurrir a semejante vocabulario?

Sí, me encanta el pudín —contestó con tono de pocos amigos. No podía creerse que acabara de decir aquellas palabras a un desconocido y en una situación tan grave como en la que se encontraban. Respiro hondo antes de devolverle la pregunta, Audrey le había dicho lo que tenía que decir para asegurarse de que aquella persona era su contacto.— Tú tienes cara de gustarte la pizza con piña, ¿me equivoco?

¿Era acaso posible que alguien tuviera cara de gustarle la pizza con piña?

En fin.

No tenemos mucho tiempo, Aud- quiero decir, el pudínasco de nombres en clave, pensó con un fastidio que se debió de ver reflejado en su rostro.— tiene serios problemas y se está quedando sin tiempo. Hay que darse prisa o… —no terminó la frase aunque no hizo falta, el significado de aquel silencio pesaba en el aire. Soltó un suspiro, exasperado.— No te conozco, no me fio de ti —dijo siendo totalmente honesto, harto ya de toda esa tontería del pudín y la pizza.— Pero Audrey sí lo hace y eso me basta. ¿Vas a ayudarla?

Y diciendo eso, olvidándose por completo de algo tan básico como presentarse, AJ le tendió la mano a Laith, preparado para desaparecerse de allí y volver a la habitación de motel cutre de carretera donde la fugitiva debía seguir cada vez más cerca de la muerte.

Sabía que lo que le pedía a Laith tampoco era fácil, él había sido claro con su desconfianza, pero le estaba pidiendo al sanador que se fiase de un desconocido, de un fugitivo al que no conocía, y se desapareciese con él a un sitio del que no sabía nada.

Ambos estaban en una posición muy complicada, pero no tenían tiempo. Más tarde habría tiempo de presentaciones y explicaciones, ahora ambos debían hacer un ejercicio de confianza para salvar a la única persona que tenían en común y por la que ambos se preocupaban lo suficiente como para hacer aquello.
A. J. Seward
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A. J. SewardRadical

Laith Gauthier el Dom Feb 23, 2020 12:24 pm

Nada más vio el rostro de aquel hombre, supo que era su contacto. Y supo también que detestaba la forma en que Audrey y él se comunicaban en clave, lo que sólo lo volvía todo más divertido. Tenía su lógica: era tan absurdo que nadie, ni por asomo, podría utilizarlo por accidente, sino que uno tenía que tragarse la vergüenza y utilizarlo conscientemente.

Por supuesto que me gusta —le contestó, y así, tan fácil, sabían que el otro era a quien estaban buscando. Mientras el sanador se reía internamente, y probablemente también lo hiciese externamente si no se sintiera así de preocupado.

El otro estaba claramente preocupado y no dudó en dejarle claro que no confiaba en él. Como si no fuera bastante evidente que en ese momento tuvieran que aplicar una confianza ciega en quien estaba frente a ellos. Una confianza que, algún día, podría matarlos, si la aplicaban de forma incorrecta. Laith, en cambio, decidió ser elegante y no recurrir a la bordería de decir lo evidente y mencionar al elefante en la habitación.

Te estás tardando en llevarme —le contestó, prácticamente cortándolo en su última oración, expresando su completa disposición a ello.

Miró su mano y exhaló despacio. “Lo que hacemos por los amigos”, dijo hacia sus adentros, y tomó su mano, cerrando los ojos. Laith no llevaba bien las apariciones, pero no había otro modo. Incluso, al llegar ahí, apenas tuvo tiempo de recomponerse. Estaba tosiendo cuando observó dónde estaban y a Audrey en la cama, hecha un cuadro sanguinolento y destrozado.

Apenas podía respirar y su mente estaba nublada, pero en el juego. Se encaminó al baño y lavó sus manos a profundidad, regresando a la habitación y buscando un par de guantes de látex de su maletín.

No voy a decir nada sobre que debiste llamarme hace mucho tiempo —Laith dijo mientras se preparaba, dirigiéndose a una malherida Audrey—, sólo diré que estás en buenas manos —la tranquilizó.

En el fondo, sí que le molestaba que tuviese que estar tan grave, y se preguntó cuánto tiempo llevaba así. Tenía, sin embargo, que mantener sus propias emociones a raya y permanecer en su zona de concentración.

Nunca pensé que así sería la primera vez que te vería desnuda —se atrevió a bromear con ella, utilizando su varita como navaja para romper su ropa superior hasta dejarla en sujetador. Eso le daría una mejor visión y acceso a sus heridas.

Inhaló profundamente y exhaló despacio. Eran heridas demasiado grandes y que no dejaban de sangrar, su palidez decía perfectamente que tenía que actuar muy rápido. Buscó en su maletín hasta sacar una bolsa de suero y un frasco que destapó con los dientes y escupió la tapa dentro.

Colega, ¿tienes en mente ayudar? —llamó al hombre que le había llevado ahí, ofreciéndole la bolsa para que la sujetara—. Tiene que estar en alto y cuidar que no se enrede el tubo —le explicó su importante misión. El tubo lo sacó después, destapando la aguja.

Encontró cinta dentro de su maletín y un momento después una vena donde introducirla, sujetándola con una tira adherible. Del frasco destapado tomó la medida de una jeringuilla y la clavó mezclándolo con la solución de la bolsa.

Eso es un suero concentrado con reabastecedora de sangre —habló en voz alta, probablemente no con intención de dar ninguna explicación.

Una vez que el tema de la sangre estuvo medianamente controlado, volvió a tomar su varita, en principio limpiando toda la sangre seca para poder visualizar bien las heridas. Chasqueó los dientes suavemente, y no avisó lo evidente: iba a doler. No podía darle ningún tipo de calmante a riesgo de entrar en shock por la pérdida de hemoglobina, así que tenía que hacerlo sin ello.

Entró en la primera herida, la más grande, ofreciéndole una lámpara de mano a su recién declarado asistente para que la iluminase. Sujetó la varita no como tal, sino como un lápiz, para tener un control más fino de lo que hacía. La limpiaba por dentro, regeneraba algunas conexiones y hacía uso de un líquido violeta de un gotero que escocía a cada gota pero que cerraba un poco la herida cada vez que lo utilizaba, hasta que era capaz de cerrarla con aguja e hilo.

Y eso tendría que hacer con todas sus heridas, antes de siquiera empezar a preocuparse por el daño interno. No se podía dar el lujo de perder más sangre.
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