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Fresas con nata. ―Dyddy.

Dylan G. Blair el Sáb Feb 08, 2020 8:35 pm

Fresas con nata. ―Dyddy. FWTm1li
Caravana de Dylan Blair | Viernes, 08 de febrero del 2020 a las 08:43 horas | Atuendo

Era usual entre Dylan y Theodora quedar cuando tenían la noche libre ―cosa poco habitual teniendo en cuenta sus respectivos trabajos y que ARCANA solía trabajar de noche― por lo que ese viernes ya lo habían hecho de ellos, para su propia satisfacción personal. Y no, no penséis mal: no era dos personas en la treintena de edad que encontrasen en la otra una oportunidad para tener sexo y desfogarse, sino que ambos encontraban en el otro una amistad bastante sincera con la que poder divertirse sin complicaciones.

Desde hacía unos años que Dylan apreciaba mucho ese tipo de relaciones, pues era bastante reacio a relaciones más complicadas, tanto por su pasado como por su enfermedad. ¿Sabéis esa famosa frase de «recibir una noticia como un cubo de agua fría»? Así le había sentado enterarse de su enfermedad, dándole un giro a su vida bastante notorio que lo hizo cambiar de costumbres y de filosofía.

Así que las quedadas de Dylan y Theodora, clasificadas como «satisfacción personal» solían venir de la mano de: cervezas, patatas fritas de bolsa y la Nintendo Switch. Al menos al principio, pues cuando ya habían metido en su cuerpo varias cervezas solían empezar a rajar tanto de los compañeros de ARCANA como de sus propios trabajos. Pasaban de ser dos frikis borrachos a dos marujas del tercero. Todo eso en la caravana de Dylan, que se encontraba, dicho finamente, a tomar por culo. Él nunca había sido una persona que soportase demasiado las obligaciones sociales, motivo por el cual había decidido irse muy lejos a convivir con los mosquitos y una perra.

El hogar del muchacho se componía de una caravana hechizada mágicamente para un mayor espacio interior, la cual tenía en la parte de fuera una mesa, sillones y plantas que él muy cuidadosamente cuidaba de vez en cuando. En realidad no las cuidaba, pero era una zona muy húmeda y se cuidaban solas.

Al estar tan lejos, para que la squib de Teddy no tardase más de tres horas en llegar, Dylan hacía el gran esfuerzo de llevarla en aparición. Por norma general terminaban tan hechos polvos que no podía llevarla de vuelta, pero no pasaba nada: la caravana tenía un sofá muy cómodo en el dormir, aunque no sería la primera vez que Teddy se quedaba en los sillones exteriores durmiendo por no moverse con cuatro mantas por encima.

«Puffff», se escuchó de repente. Eran Dylan y Teddy apareciendo justo en el piso de madera que estaba frente a la caravana.

Un ladrido se escuchó repentinamente y Valentine salió corriendo de su caseta de madera en dirección a los dos humanos, pegando un saltito para recibir a su amor platónico. Estaba clarísimo que Valentine amaba incondicionalmente a Dylan y, para suerte de Teddy, a ella también la soportaba bastante bien después de haber ido en tantas ocasiones.

―Olvídate ―respondió el chico al llegar, en respuesta a la conversación que dejaron a medias en las instalaciones de ARCANA, en donde hace un segundo estaban―. No pienso comprarme una escoba para traerte hasta aquí: son como mínimo dos horas desde Londres y no sabes como te aprieta los cojones estar sentado en esos palos de mierda. Una vez me trillé un huevo y no pienso pasar de nuevo por esa tortura china ―dijo muy seriamente, cogiendo la pelota de la boca de Valentine y tirándosela fuerte por encima de unos arbustos que, de manera indirecta, delimitaban un poco la vivienda de Dylan.

Caminaron hasta los asientos del exterior y se sentaron, eran mullidos y cómodos, de éstos en donde te sientas y parece que el culo se te hunde hasta el inframundo. Lo peor de esos asientos era levantarte cuando te estabas meando, pues era cuando misteriosamente más cómodo estabas, además de que había que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarte de allí estando borracho.

―Hoy he innovado ―dijo con orgullo, pues él era un hombre de costumbres que, si fuera por él, siempre tomaría la misma cerveza hasta que se muriese de cirrosis―. He ido a un supermercado nuevo porque tenía prisa y tenían muchísimas cervezas diferentes. He comprado de todo un poco: de trigo, de éstas de lúpulos, tostadas y negras.

Una vez se sentó, se sacó la varita del bolsillo de trasero de su pantalón ―con muy poca maña― y vino volando del interior de la caravana una nevera con tapa que se puso entre ambas sillas, la cual estaba llena de cervezas. Parecía que en vez de ser dos, serían seis en esa reunión. Tenían por norma que en cada quedada uno ponía las cervezas y, en esa ocasión, le tocaba a él.

―Me dijeron que esas raras de lúpulo están buenas pero no sé yo... ―le ofreció la libertad de coger lo que le diera la gana, dejando sobre la mesa la varita y sacando de su bolsillo delantero su paquete de cigarrillos.
Dylan G. Blair
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Teddy J. Collins el Mar Feb 11, 2020 3:46 am


Las circunstancias eran las que los habían introducido en el mismo grupo, convirtiéndolos en parte de ARCANA, aquella organización que, si bien era ilegal y tenía una moralidad bastante cuestionable, era un refugio y un hogar para las personas que estaban rotas, de una u otra manera.

Decía un dicho popular que “para un roto, hay un descosido”, que era bastante más real de lo que cualquiera pudiera imaginar. No era, como la gente pensaba, sólo el mundo mágico y el mundo sin magia: había, de hecho, submundos que reinaban entre ellos, y, para bien o para mal, no era sencillo mezclar a los habitantes de los mismos.

Había encontrado a uno de sus mejores amigos dentro de ARCANA, en la forma de un cabrón con demasiada cara y muy poca vergüenza. Con el tiempo, se habían vuelto típicas sus salidas para la caravana de Dylan, con cervezas, comida basura y videojuegos para pasar el rato. Sinceramente, Teddy estaba segura que lo que más le gustaba de Dylan era que le parecía una persona transparente, antes que políticamente correcta. Le provocaba un poco de mayor confianza.

Se había acostumbrado a las apariciones después de tantas ocasiones, por lo que se ahorraba un viaje de horas con su compañero yendo a buscarla a las instalaciones de ARCANA del rascacielos de The Gherkin donde ella normalmente se encontraba para llevarla ahí rápidamente, en dos parpadeos, porque no importaba cuánto insistiera, ¡Dylan no la llevaba en una escoba voladora!

Eres una nena, ¿cómo no se quejan los jugadores de Quidditch sentados en ese palo todo el día? ¡Fijo no lo haces porque no vaya a gustarte sentarte en un palo y te vuelvas maricón! —se metió con él y su heterosexualidad, cuando los dos sabían que no tenía, en realidad, ningún problema con la homosexualidad. Ya le valía ser homófoba.

Se dejó caer sobre el asiento de un sillón, que muchas veces le servía como cama, mirando cómo la cola de Valentine se movía tras los arbustos buscando su pelota, antes de que el dueño del animal llamase su atención.

Probamos todas, las que más sepan a mierda las dejamos para el final, que con lo ebrios ni nos daremos cuenta —le propuso la grandiosa idea de borracha para no desperdiciar la gran innovación de Dylan, señalándolo con un dedo como si fuera brillante. Tomó una al azar y se la tendió al mago, tomando a continuación una del mismo tipo—. Brindo porque sepa bien, si no lo hace compraré adulteradas la próxima vez —abrió el botellín con un encendedor.

Además, estiró la mano robándose un cigarro de la cajetilla de Dylan. Ella llevaba los suyos, pero las cosas robadas siempre sabían mejor, encendiéndolo su abrebotellas personal mientras hacía un cuenco con su otra mano para que el aire no se lo apagase.

Déjame ver tu varita.

Una vez relajada, con un cigarro y una cerveza, se estiró para tomar la varita de su amigo. La varita que estaba sobre la mesa, por supuesto. Era una varita preciosa, probablemente de las pocas cosas que le hacían sentir envidia de haber nacido sin magia suficiente como para considerarse una bruja, ¡ella podría tener una varita igual de molona y poder montar en escoba cuando le diese la gana!

Voy a robármela —le dijo, fantaseando con que la varita le pertenecía—. Debería hacer eso: robar varitas y hacer una colección, puedo justificarlo con que estoy amargada de la vida porque no tengo magia —no era la primera vez que consideraba hacerlo, pero al final nunca lo hacía. Era más que nada la decepción del momento—. No es justo que haya tanto imbécil en el Mundo Mágico y yo no tenga una varita que funcione.

A continuación, se la metió en el suéter, aunque sobresalía por el cuello del mismo, como si en realidad pretendiese robársela, fingiendo que Dylan no la había visto “esconderla”.


Última edición por Teddy J. Collins el Lun Abr 06, 2020 5:51 am, editado 1 vez
Teddy J. Collins
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Dylan G. Blair el Mar Feb 11, 2020 11:37 pm

Ahí en donde lo veías había tenido muchas proposiciones homosexuales a lo largo de su vida, por lo que no tenía ningún tipo de problema en admitir abiertamente que hasta se lo había pensado. No le daba asco el cuerpo masculino, pero sí que era cierto que no le atraía lo suficiente como para funcionar sexualmente. Pese a que tenía pinta de ser un heterosexual chapado a la antigua, en realidad era muy tolerante con ese tipo de temas.

―Lo dices como si tuviera algún problema con los maricones ―le devolvió, mirándola de reojo―. No tengo certezas pero tampoco dudas de que los jugadores de quidditch tienen que tener algún tipo de truco para no romperse los huevos estando horas sobre la escoba. Y el día que conozca a alguno pretendo preguntarle sólo para que que dejes de cuestionarme, squib de pacotilla ―le aseguró señalándole con el dedo para evidenciar LA SERIEDAD de aquel tema.

Dylan tenía la confianza de meterse con su condición no mágica… bueno, espera: aunque no tuviera la confianza, lo iba a hacer igual.

Le comentó cuál había sido su compra para ese viernes, arriesgada por haberse metido en un supermercado diferente, pero como se trataba de cervezas confiaba en que estuvieran buenas igualmente. Esperaba que no hubiera ningún muggle de concentrar en un mismo supermercado todas las cervezas de peor calidad. Nadie era tan inútil.

―Es cerveza ―dijo como si eso hablase por sí solo―. Tu bebe que aunque no esté buena al final te acostumbras.

Cuando sacó un cigarrillo, se lo metió en la boca y dejó que Teddy le robase su cajetilla de tabaco, para a continuación llevarse las manos divertido a su bragueta cuando dijo que le dejase ver su varita. Ella siempre le pedía “ver su varita” y el rubio siempre bromeaba de la misma manera. Evidentemente ni se bajó la bragueta, sino que metió la mano en sus bolsillos y sacó un paquete de cerillas que dejó sobre la mesa, para entonces robarse el encendedor de Teddy.

El mago siempre había sido un poco pirómano, así que le gustaba mucho jugar con las cerillas. No soportaba quedarse sin gas en los dichosos encendedores y depende de la varita era complicado cuando querías encenderte un cigarrillo en medio de la calle.

Soltó humo por la boca antes de mantener el cigarrillo con sus labios y abrir su cerveza de la misma manera que su amiga.

―Sí, claro: coleccionalas y quizás algún día cuando tengas frío tengas leña suficiente como para hacerte una hoguera. Así conseguirás convertirte en la squib más decepcionante de toda Europa mágica. Y me limito a Europa porque en América seguro que hay alguien que decidió creerse mago haciendo trucos de magia, bueno espera… ―La miró de reojo y tomó una calada de su cigarrillo con una sonrisa ladina―. Creo que ya tienes la edad suficiente para la noticia: las varitas funcionan; eres tú la que no funciona. Está rota, Teddy.

Bebió de la cerveza que le había pasado su compañera, la cual era esa de lúpulo, catalogada como IPA. No era mucho de su agrado, pero tampoco estaba tan mal, por lo que cuando tomó un sorbo, volvió a tomar otro para cerciorarse de su sabor. Con el regusto en los labios, señaló a su amiga con la misma botella como si se acabase de acordar de algo.

―¿Has tenido el placer de conocer a la chica nueva? ―preguntó entonces, pues hacía dos días había llegado Carmen, una chica sudamericana que llevaba años en Londres. La noticia se había expandido, pues cada miembro nuevo de utilidad era recibida por todos, además de que ésta se trataba de una que tenía contactos en sudamérica que iban a ser de mucha ayuda―. La he visto trabajar con la sheriff del condado y… ―Alzó sendas cejas, en señal de: “lo que le espera a la nueva.”

«La sheriff del condado» era uno de los muchísimos apodos que recibía Kim, la mujer que llevaba gran parte de los negocios del mercado negro. Era conocida por su carácter y su liderazgo, por lo que dos hembras alfas en el mismo sitio iba a ser complicado. Dylan, que había tenido la desfachatez de mantener un rollo con ella por más tiempo del que le hubiera gustado, sabía perfectamente qué clase de persona era.
Dylan G. Blair
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Teddy J. Collins el Miér Feb 12, 2020 5:59 pm

¿Y, cuando te digan el secreto milenario para no romperte los huevos en el palo, vas a llevarme en escoba? —alzó las cejas dos veces de forma sugerente con una sonrisa, pues para ella siempre era un placer poder dar un paseo volando. Luego se hacía amiga del tipo que se trillaba los cojones en las escobas, no su mejor elección de amistad, al parecer.

Lo cierto era que le importaba dos pepinos y medio su condición no mágica: ¿qué iba a hacer? ¿No ser no-mágica? ¿Llorar hasta que le saliese magia por los ojos? ¡Pues nada, no había absolutamente nada que ella pudiera hacer al respecto! Era tanto lo mismo que tener los ojos color verde o las tetas pequeñas: no podía cambiarlo, aunque quisiera.

Objetivamente hablando, había cervezas que sabían a pis. Era verdad que, con el alcohol encima, eso eventualmente dejaba de importar, pero sí había de cervezas a cervezas. Así que esperó que, al menos para empezar, les tocase una que supiera bien para entonarse.

Se sonrió divertida cuando, como siempre, amagó a abrirse la bragueta para “dejarla ver su varita”. La primera vez que había sucedido, años atrás, recordaba que su cara habría sido un poema, pero se había convertido en una parte esencial de sus quedadas, aunque nunca realmente se hubiese abierto el pantalón.

Miró a medias ofendida, a medias divertida a Dylan cuando llamó decepcionante a su plan y le decía que estaba rota. Para entonces había recuperado su mechero, así que lo encendió y acercó la varita.

Puedo empezar a hacerme una hoguera con esta misma —le dijo antes de apagar la llama, ya que claramente no iba a quemarla—. Yo qué sé, puede que el viejo decrépito haya decidido que las varitas no funcionen y nada, todas rotas, no es que yo no tenga magia —se hizo la tonta, cuando su hipótesis no tenía ni pies ni cabeza.

Al beber su cerveza, notó de inmediato un fuerte aroma y un sabor muy amargo que le hizo aclarar la garganta nada más pasó el primer trago a través de ella. Al final, dejaba un regusto extraño que casi llamaría dulce. Tenía un sabor raro, pero al menos no era de pis, así que se limitó a dar otro trago antes de ponerse el cigarro en los labios, exhalando el humo por la nariz al mismo tiempo que miraba a Dylan.

Obvio —le contestó respecto a la chica nueva, aunque el nombre no le saliese en ese momento.

Silbó haciendo un gesto de que algo malo iba a suceder cuando le contó con quién trabajaba. Siendo los tres miembros de la organización, ella misma tenía su propia perspectiva de “La sheriff del condado”, más allá de la relación que habían tenido Dylan y ella. De todos modos, no era cosa de ser muy lista para saber que era una mujer con demasiado carácter y con la que mantener las fricciones al mínimo a veces parecía una misión imposible.

Fijo tendrán que dividir responsabilidades por completo para no terminar cogidas de las extensiones —le dijo, tomando entre sus dedos el cigarro para hablar sin que se le cayese y se entendiese al mismo tiempo—. Todavía no supero la pelea entre Ruth y la otra chica que trabaja con el comercio de objetos malditos donde le arrancó la peluca; ahora lleva la calva con orgullo, ¿la has visto?

Ruth y “la calva” trabajaban con transporte de objetos antes de su pelea, donde “la calva” había terminado encargándose de compra-venta y Ruth se quedó como transporte para evitar más conflictos entre ellas. Había muchas versiones del motivo de la pelea, así que al final uno no había sabido más que los hechos de la misma.
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Dylan G. Blair el Vie Feb 14, 2020 11:57 pm

Tras la pregunta de Theodora, el rubio la miró con una sonrisa ladina y arrugó la nariz, sin estar convencido con lo que le pedía.

―No creo ―le contestó, con molestia para picarla―. ¿Acaso no sabes que los squibs no pueden disfrutar de los placeres de los magos? Hazte a la idea de una vez. Conmigo sólo puedes montar UNA escoba y ambos sabemos cuál es.

Dylan no era de esas personas que tuviera prejuicios preconcebidos y, por tanto, tratase mal a cierto sector de la sociedad… no, en absoluto: él trataba mal a todo el mundo porque todos le parecían igual de aburridos. El caso es que no sentía desdén por ningún grupo en especial, ni el pro-muggles, ni los puristas, ni los mortífagos, ni mucho menos a los squibs o, por irnos un poco más lejos, a los homosexuales. Había conocido a pro-muggles que eran odiosos, a mortifagos que eran hasta simpáticos y puristas que no parecían tener ningún cromosoma de más, así que en principio… tampoco tenía ningún problema con los muggles o los squibs.

La única diferencia entre muggles y squibs es que se podía reír más todavía de esos pobres desgraciados que habían nacido sin magia siendo descendientes de magos. Eso sí que era una desgracia.

No es que Dylan apreciara mucho lo afortunado que era ―pues nunca había vivido sin magia y para él era parte de su vida natural―, pero sabía lo increíble que era teniendo en cuenta en la ignorancia en la que vivía los millones de humanos.

Miró a su compañera cuando amenazó con quemar su varita, sabiendo perfectamente que ni en la más profunda borrachera se atrevería a algo así.

―Sigue soñando, Collins ―dijo divertido, llevándose la cerveza a los labios para tomar un trago.

Entonces el rubio sacó el tema de la nueva muchacha del mercado negro, hablando también de Kim, la chica con la que CASI se mete en una relación un tanto problemática. Por suerte, había conseguido huir a tiempo. Dylan no tenía nada en contra de ella en un primer momento, pues le parecía una mujer sexy y encantadora ―a su manera― pero cuando “cortó” con ella ―o más bien cuando evitó empezar― empezó a ver su cara más negra.

―Tiene su punto siendo calva ―reconoció, enarcando una ceja antes de reír, pues la pobre CALVA de Arcana, la cual reconocía todo el mundo, no es que fuese precisamente agraciada. Y ojo, que no tenía nada en contra de las personas sin pelo, pero a Dylan era fan absoluto de las chicas con el pelo largo―. Ruth es una chica con la que no hay que meterse y Kim tampoco, ¿por qué te crees que cada una lleva su propio departamento? Gun las separó a propósito. Él pone la excusa de que ambas tienen madera de líder y sus propios intereses pero todos sabemos que las separó para que no hubiese un asesinato ahí dentro.

Y daba igual lo que dijese Gun, la gente allí dentro destacaba principalmente por tener al menos dos dedos de frente y saber lo que tenía delante.

―Salió ganando Ruth; Kim es una persona insoportable ―dijo antes de llevarse el cigarrillo a la boca.
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Teddy J. Collins el Dom Feb 16, 2020 10:06 am

¿La escoba que usas para barrer? Porque si no, dudo mucho que otra podría darme un buen paseo, demasiado pequeña —hizo con sus dedos una distancia corta entre dedo índice y pulgar, metiéndose con él de la misma forma en que él intentaba picarla.

Lo cierto era que, si le hubieran dado a Teddy elegir, no sabía si hubiese preferido la ignorancia o saber que tenía un padre mágico. Si bien la historia de su nacimiento había resultado increíblemente reveladora para una Teddy adulta con una niña interna herida y confundida, con más preguntas que respuestas… A veces, si se ponía demasiado filosófica, no le gustaban las conclusiones de saber su procedencia.

Al menos se esforzaba en no ponerse filosófica, y no es que le costara, en especial con buena compañía y una cerveza en la mano.

Y su buena compañía y ella, de alguna manera, siempre acababan trayendo a la hipotética mesa las conversaciones sobre sus compañeros, en especial las más salseantes. Un poco cotillas sí que eran, y compartían impresiones al respecto siempre que podían.

Tienes que admitir que son grandiosas en lo suyo cuando canalizan sus esfuerzos al trabajo y no a intentar asesinarse mutuamente, o a cualquiera que intente meterse con su autoridad —le dijo, y luego sonrió pícaramente—. No pensabas que era insoportable antes.

Ella sabía que entre Kim y Dylan había sucedido algo, en el pasado, antes de que todo terminase… de una forma turbulenta, según se había enterado. Por supuesto una persona podía cambiar de opinión sobre otra, pero eso no les exentaba de que sus amigos se metieran con ellos por las decisiones del pasado.

Dio un buen trago a su cerveza, pasándolo rápidamente y tomó una calada. Hizo un círculo con el humo y lo deshizo con la pantalla de humo al exhalar.

¿Te enteraste que los chicos hicieron una plaga de bundimun en el refugio que intentaron hacer en el alcantarillado fuera de la ciudad? —“los chicos” eran, básicamente, jóvenes magos y brujas menores de edad que asistían, antes que poder hacer algo relevante por el Detector que avisaría de su uso de magia al Ministerio, a otros magos que formaban parte de ARCANA—. Estado: inhabitable, toda la infraestructura y los equipamientos corroídos por el ácido —y eso le parecía hilarante, por algún motivo extraño—. Creo que intentaron espantar a uno, pero llamó a sus amigos hongos y escupieron ácido sobre todo lo que había —al menos esa era la versión oficial.

Ya que Teddy literalmente vivía en las entrañas de ARCANA, se enteraba de cosas antes de que los demás lo hicieran, siempre que estas no estuvieran clasificadas como confidenciales por los altos rangos de la organización. Pero en cuestión de cotilleos, era una experta, y sobre todo en marujear con sus compañeros al respecto. En especial con Dylan, que con cervezas y relajado se convertía en una señora cotilleadora experta al lado de Teddy.

No te imaginas la bronca que les montaron; me alegré que yo fui a hacer un trabajo y no fui con ellos, porque la idea inicial era que los acompañase yo —pues, aunque ella no tenía magia, le gustaba pensar que tenía habilidades para hacer frente a los problemas que, si bien un mago o bruja los resolvería más rápido, ella también podía resolver—. Pero nada, me fui porque quiero plata para las nuevas expansiones de Smash, mis juegos y mis DLCs no se compran solos —sonrió divertida, dando un nuevo trago a su cerveza.
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Dylan G. Blair el Dom Feb 23, 2020 8:39 pm

Podía admitir que Kim era buena en muchísimas cosas, menos en eso de ser una persona mentalmente coherente. Así que le tuvo que dar la razón con que era grandiosa en su trabajo y en que tenía más huevos que muchos allí dentro como para tratar con los sujetos con los que trataba y con la mercancía con la que lo hacía. Sin embargo, en algo sí que se equivocó y Dylan, que le encantaba corregir a la gente, no pudo pasarlo por alto.

―No te equivoques ―dijo en un matiz muy claro antes de continuar―: Siempre me pareció insoportable, precisamente por eso no quise nada serio con ella. ―Hizo una pausa, en donde arrugó el ceño y medio sonrió―. Bueno, por eso y por muchas cosas más. ¡Pero esa era una de las razones!

Kim era una mujer muy, muy complicada y Dylan era un hombre demasiado sencillo como para complicarse tanto la vida para solo follar con una tía que estaba muy buena.

Continuando con los cotilleos de ARCANA, Teddy mencionó a los chicos, ese grupo que asistía a miembros de ARCANA que eran menores de edad y, por tanto, mayormente tenían que hacer sus ayudas sin magia. Por una parte estaba bien porque la organización nunca ha dependido expresamente de la magia y esos muchachos aprendían de la manera más cruda, pero por otra parte era una limitación bastante gorda y Dylan nunca había sido muy partidario de dar información tan importante a gente tan jovenzuela.

Por suerte para él, no tenía que lidiar demasiado con ese tipo de problemas, pues él no se encargaba normalmente de ese tipo de resoluciones. Algún alto cargo le decía a Dylan que fuese a alcantarillado ―con lo mal que huele ahí― a espantar a un bundimun y vamos… Lo menos que hace es reírse en su cara.

―Hay cosas que deberían ser hechas por magos ―le contestó directamente―. Sé que eres muy capaz, incluso más que algunos de nosotros, pero hubiera sido muy fácil espantar o aniquilar a ese budinmun con magia sin liarla tanto. El Ministerio de Magia es consciente de las familias de criaturas mágicas que viven entre los muggles, así que una liada así de grande podría meter en algún lío a la organización. Cosa que, a estas alturas y después de lo de aquella estúpida manifestación en Halloween… no nos conviene en absoluto.

Dylan, sin duda alguna, apoyaba la bronca que le habían echado. Pese a que él fuera un desastre, sabía perfectamente cuáles eran sus competencias y, por tanto, no aceptaba nada que pudiera terminar por ser una cagada monumental y maloliente. Entendía que los más jóvenes querían sentirse útiles y no quería desmerecer sus aptitudes pero… de nada valía si la terminabas cagando.

―Seguro que si tú llegas a ir con ellos, la cosa hubiera salido mejor ―le reconoció―. Ya estás acostumbrada a tratar con cosas mágicas pese a no tenerla y sabes muy bien cuando hace falta una varita de por medio.

Era otra muestra de estupidez humana el intentar hacer una cosa sin magia solo para verte capaz, si eso te llevaba mucho esfuerzo y tiempo, pudiendo delegar en alguien con una varita que lo puede resolver en tres segundos.

―Yo te los puedo prestar, los tengo todos ―le contestó a Teddy.

No era un secreto que Dylan tenía mucha pasta: importar droga desde otros países, así como venderla, te aseguraba un gran colchón económico que Dylan había estado aumentando desde hacía mucho tiempo, incluso antes de trabajar en ARCANA. No había más que ver que, pese a ser un hombre que nunca había tenido muchas facilidades ni dinero, seguía sin quererlas. En lo único en lo que se gastaba el dinero era en su apariencia y en su entretenimiento, pues por el resto tenía todo lo que quería.

―¿En qué estás ahora? ―preguntó directamente con respecto a sus responsabilidades en la organización―. ¿Qué es lo que más dinero te da de todo lo que te suelen encomendar? Podrías decir que solo te interesa eso o… ―En ese momento se podría pensar que Dylan iba a ofrecerle a Teddy ayuda económica pero… ni de coña, vamos. Dylan no era de esos de mostrar compasión, pero sí era de esos que si alguien le pedía, él no tenía problemas en dar porque tenía de sobra―. Si no siempre puedes volver a ser puta. Piénsalo: follas y encima te compras tus DLC, ¿qué tiene de malo? Estoy seguro de que llevas tiempo sin mojar. ―Se metió con ella abiertamente.

Para Dylan no era en absoluto un trauma hablar de su pasado como chico de compañía y, por lo que había hablado con Teddy, tampoco. Fíjate en ellos: pese a todo, ambos habían podido salir de ese mal trabajo y conseguir uno que si bien no es excesivamente mejor, no conlleva el hecho de venderte a ti mismo. Llega un punto en donde te acostumbras tanto a ese tipo de trabajos que ni valoras el sexo, ni te valoras a ti, por lo que ambos habían tenido suerte pudiendo salir de allí siendo lo que no era Kim: mentalmente coherentes con la vida.
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Dylan G. BlairMiembro ARCANA

Teddy J. Collins el Jue Feb 27, 2020 11:28 am

No pudo evitar reírse en cuanto le corrigió: Kim era insoportable siempre, sólo que había llegado a tolerarla un poco. Era algo feo para decir de una persona, pero la naturalidad con que lo dijo, transparente como sólo Dylan podía serlo cuando se trataba de meterse con los demás, era hilarante a su propio modo. Ni siquiera pudo intentar contradecirlo.

Respecto a los cotilleos de la organización, no le constaba lo que había sucedido precisamente, pero sí estaba segura de que había sido una cagada monumental, a juzgar por todo lo que vino después. Estaba claro que, siendo una organización que estaba enfocada principalmente al mundo mágico, gente que no podía usarla, como ella y los menores de edad, a veces tenían que hacerse a un lado en pro de la practicidad. De sobra se notaba que, si bien un bundimun no era la gran cosa, había sido suficiente para hacer un desastre.

¿Acabas de hacer un comentario machista? —le preguntó falsamente ofendida, pues era innecesario recaer en lo evidente: ella habría cambiado mucho la incompetencia, o bien por habilidad o bien por saber cuándo era mejor pedir ayuda. Y su broma iba dirigida a la “varita” que Dylan siempre intentaba mostrarle.

Pero también, lo que Dylan había dicho traía otro tema a la mesa, mucho más peliagudo. El evento que había puesto a ARCANA en el punto de mira del Mundo Mágico, de acuerdo con los periódicos que hablaron sobre el caso de la farmacéutica.

Eso fue una mierda —dijo—, lo de la manifestación en Halloween, sabíamos que había que cambiar la operación de lugar lo antes posible… ¿y a quién se le ocurrió la idea de los mil zombies? —pues de lejos había sido el problema fundamental de aquel suceso. Se había salido de control.

Visto en perspectiva, no habría sido un problema controlar a unos cuantos borrachos en la manifestación que se había vuelto una fiesta. Tomarlos y, quién sabe, hacerlos servir para algo útil, pero… ¿lanzar a la vida tantos zombies comecerebros? Sí, no eran zombies y no comían cerebros, sin embargo, era una imagen mental más emocionante que marionetas de magia negra.

¿Ves? —le preguntó, como si hubiera confirmado una verdad universal puesta en duda—. Para eso sirven los amigos: para prestarse juegos —levantó el índice, asintiendo con la cabeza y entonces dando un trago a su bebida.

Eso en tiempos pasados hubiera podido ser una locura, al menos en lo que respectaba a las consolas portátiles. Eso tenía de bueno la Switch: el juego se guardaba en la memoria de la consola y no en el cartucho… lo que era una putada cuando la consola se rompía, pero era bueno cuando se compartían juegos.

Yo no sé cómo pueden estar sólo en una división —le contestó—, me aburro mucho cuando sólo tengo una cosa que hacer; me gusta variar —aunque muchas actividades no fueran precisamente lucrativas. Había sectores, como el de las drogas, que era más fluido en lo que a plata respectaba—. ¿Qué te hace pensar que llevo tiempo sin mojar? ¿Te estás proyectando en mí, Dylan?

Claro que, si necesitaba dinero extra, siempre podía hacer algún trabajo extra-ARCANA. Incluso dentro de la misma organización, para lo que importaba. Con el tiempo, el tabú y la vergüenza desaparecían por completo: el complejo se las llevaba de encuentro río abajo. Sin embargo, Dylan tenía razón en una cosa: con el tiempo y las ocasiones, trabajar de su cuerpo también significaba perderle el encanto al sexo como tal. Los rollos de una noche estaban sobrevalorados.

No iba a escupir al aire jurando que jamás iba a volver a vender su cuerpo; no era ese tipo de mujer. Después de todo, muchas veces el escupitajo le había dado en el ojo. Lo que sí, es que prefería evitarlo mientras tuviese otras cosas con las que lucrar, y usarlo en caso de emergencia. Y un juego, por mucho que dijera lo contrario, no era un caso de emergencia.

¿Nunca te ha dado curiosidad cambiar, para variar? ¿Contratar a alguien cuya única misión sea complacerte durante unas horas, sin hacer nada más que sacudir unos billetes en su nariz? —le preguntó, filosóficamente, antes de volver a beber de su cerveza. A cada trago, perdía el regusto desagradable, y empezaba a adaptarse.

Teddy sospechaba que, en su debido momento, le pasaría factura su anterior trabajo. Durante la intimidad, estaba tan acostumbrada a dar todo de sí sin esperar nada a cambio, que, si bien podía ser una gran amante, dudaba que fuera igual de placentero de vuelta.

No sé, puede que sea una tontería —echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras recargaba su nuca contra el respaldo del colchón.
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Dylan G. Blair el Jue Feb 27, 2020 10:26 pm

―¿Qué?

Esa comparación la cogió totalmente desprevenido, pues por un momento estaba utilizando la palabra “varita” para referirse a la varita de verdad y no a su miembro viril escondido en los pantalones, por lo que la referencia de Teddy le cogió por sorpresa. Eso sí, su mente sucia solo tardó unos segundos en relacionar la evidencia y mirarla con cara de: “Ay, casi me la pegas.”

―Podría haberlo sido ―le reconoció―, pero hay que admitir que tú anhelas ambas varitas.

Sin embargo, ese tema no duró demasiado porque rápidamente tocaron uno que a ambos le molestaba especialmente: la dichosa revolución en las instalaciones del Magiclife. La organización había estado allí durante muchos meses y no había habido ningún problema, pero desde que comenzaron con los estúpidos rumores falsos de las criaturas mágicas, todos los movimientos de ARCANA se habían visto limitados. Cuando mencionó lo de los zombies, Dylan no pudo evitar demostrar abiertamente su gran desagrado con el tema.

―Teniendo en cuenta la gran cagada ocasionada, votaría porque fue algún contacto de Magiclife, pues me niego a creer que nadie de nuestro grupo sería capaz de hacer tremenda cagada ―dijo con total sinceridad, pues él era consciente de que muchos allí tenían la suficiente sangre fría y habilidad como para dejar a los infiltrados borrachos totalmente indispuestos sin levantar a una horda de inferis contra el mundo―. Sea como sea, ese inútil ya no está con nosotros o sin duda sabríamos quién fue.

El rubio no tenía problema en prestarle los juegos a Teddy, precisamente porque él ahora mismo estaba viciado ―por quinta vez― al Zelda y no tenía problema en darle los que no usaba. Además, sabía que desde que los quisiera jugar de nuevo, solo tenía que aparecerse en su habitación de las instalaciones y llevárselos; una de las muchas facilidades de ser mago y, por supuesto, tener una confianza que daba asco.

Se encogió de hombros cuando mencionó el aburrimiento de estar solo en una división, pues Dylan personalmente siempre había hecho lo mismo y él no se aburría en lo absoluto. Aunque fuera un trabajo que, con experiencia, podía llevarse con tranquilidad, en realidad suponía bastante tensión continua, sobre todo cuando tenía que ir a sitios públicos en donde lo que hacía estaba mal visto. Sabía que actualmente la venta de drogas en el mundo mágico no era “para tanto” teniendo a personas inocentes escondidas con sangre impura por ahí ―uhh, peligrosísimo―, pero sabía que si lo hacía mal, de Azkaban no se libraba igual.

―Yo llevo tiempo sin mojar ―admitió sin problemas, bebiendo de la cerveza―. Y no tengo vergüenza por admitirlo: han sido dos semanas de mucho trabajo y Link no salva a Zelda por sí solo, ¿sabes?

La siguiente pregunta de su amiga le pareció demasiado filosófica para llevar solo una cerveza, pero lo cierto es que le hizo pensar detenidamente en lo que todo ello significaba. Primero, si se lo preguntaba era porque ella, en algún punto, se lo había planteado, ¿pero y él, en algún punto de su vida había pensado en cambiar las tornas? Y la respuesta es no, por eso le cogió de sorpresa. Dylan había trabajado de lo que había trabajado por necesidad, para luego “adaptarse” por puro narcisismo y comodidad económica, además de… ¿a qué hombre no le gustaba follar si, además, te daban dinero por ello? Sin embargo, era una trabajo muy exigente, sobre todo a nivel emocional.

A día de hoy consideraba una pérdida de tiempo y de dinero contrata a una persona que le complaciera. Él sabía complacerse y si quería a una compañera no tenía más que ir a ligar o bajarse el Tinder en el móvil para encontrar algo esporádico.

―No, la verdad ―le respondió tras tomar el último sorbo de cerveza.

¿He dicho ya que Dylan engulle las cervezas cuando está tranquilamente en su zona de confort, rodeado de personas de confianza? Dejó la cerveza a un lado, en el suelo, dispuesto a coleccionar ahí todas sus botellas vacías para luego reciclarlas.

―Después de mi experiencia no me apetece sentirme complacido por alguien que sólo piensa en mí como un cliente o un producto. Supongo que después de tanto tiempo le doy valor a estar con alguien por puro placer y no por mero servicio ―le contestó, tomando una calada de su cigarrillo―. Además, no me cuesta nada encontrar personas con las que acostarme; quizás si fuera un feto amorfo como tú sí me plantearía la opción de contratar a alguien. Aunque claro, si le pido prestado juegos de Switch a mi amigo, lo mismo no tendría dinero para pagar a un ser humano y su tiempo sexual. ―Se metió con ella por partida triple, sin poder evitar reírse de su propio ataque.
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Teddy J. Collins el Lun Mar 02, 2020 3:08 am

¿De ti? Solo esta, la otra es demasiado corta —y le enseñó la varita con diversión, la de la magia. No es que le interesase mucho la envergadura de Dylan, pero eso no importaba cuando la intención era molestar.

Claro que había temas muchísimo más serios que tocar, como el asunto con Magiclife. Los dos estaban de acuerdo en que hubiese sido perfectamente viable lidiar con borrachos sin necesidad de llamar tanto la atención, involucrando a la seguridad mágica. Tampoco entendía por qué no se habían preparado mejor, si la manifestación ya había hecho demasiado ruido respecto a querer adentrarse en las instalaciones.

Admito que no me molestaría ponerle cara al idiota —le dijo—, además… no sé yo, pero debería ser evidente, ¿no? ¿Todos los magos pueden levantar una horda de zombies? ¿Quiénes que conocemos podrían? —le preguntó, pues estaba consciente de que muchos hechizos se aprendían en el colegio en diferentes años. Había incluso los que no se enseñaban y se aprendían por fuera.

Sabía bien que Dylan podría tomar los juegos cuando quisiera. No habían sido pocas las veces en que Teddy se había infartado pensando que había perdido juegos del mago cuando, en realidad, sólo los había tomado su legítimo dueño mientras ella no estaba cerca. Como si fuera a matarlo dejar una nota de que los había tomado, en lugar de hacerla creer que era culpa de ella.

No pudo evitar reírse en cuanto oyó que Link no salvaría a Zelda por su cuenta, excusándose por no haber tenido relaciones sexuales durante ese tiempo por estar jugando. Uno podría pensar que eso era triste, que era de frikis o cosas extrañas… pero no. A esas alturas de las vidas de ambos, y con su pasado en común, salvar a la princesa era mucho más interesante que quitarse la ropa y pim-pam-pim-pam.

Eso mismo, por otro lado, la motivó a dejar salir una pregunta que se había hecho en más de una ocasión. La de, por una vez, tener a alguien en la posición en que ella había estado, y ver por qué mierda parecía tan interesante tener a alguien pagado. Tenía más que ver con comprender por qué, para empezar, había trabajos como ese, que por el hecho de no poder conseguir sexo placentero sin dinero de por medio.

Vete a la mierda —sonrió, sin ofenderse cuando la llamó pobre feto amorfo—. No sé si sería cosa de placer; más bien un experimento a ver qué se siente, o por qué hay tanta gente dispuesta a pagar por sexo… Puede que tenga un encanto que se me escapa, más allá de ser un troll horrible y complejo de inferioridad —le explicó su punto de vista, pero luego vio su cerveza. Como si, por dentro, pensara lo mismo que él: estaba demasiado sobria para ponerse tan filosófica.

Ella llevaba dos tercios de su cerveza, cuando Dylan ya estaba abriendo la siguiente. El cigarro, eso sí, ya se lo había terminado. Incluso la última calada fue a un cigarro apagado, consumido hasta el filtro, aunque no encendió otro de inmediato. Que no era una locomotora.

Sacó su teléfono móvil: un teléfono barato, por si tenía que deshacerse de él. Lo tenía para lo básico, aunque no sería la primera vez que tiene que tirarlo o destruirlo, así que prefería utilidad a calidad. Y su utilidad era básica: enviar y recibir mensajes y llamadas, y acceso a música. Esto último hizo, accediendo a una carpeta de música y dejándolo sobre la mesa mientras la lista de música corría, con el único motivo de tener algo de ruido de fondo; en ese momento sonaba House of Memories.

Estoy planeando una venganza —le dijo antes de dar un trago a su botellín—. El italiano no deja de dejar sus calzones sucios tirados en el suelo del dormitorio donde me quedo, así que estoy juntando todos en una bolsa y cuando se queje de que ya no tiene calzones, se los pondré de manta —se tocó dos veces su cabeza con un dedo, como si pensase que es brillante.
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Dylan G. Blair el Mar Mar 10, 2020 11:04 pm

¿Sabéis qué era lo que molaba de la relación de Teddy y Dylan? Molaban muchas cosas, para qué mentir, pero una de las cosas favoritas de Dylan era que… ¡podía contarle mil cosas de la magia que ella nunca sabría si era cierto o no! O al menos en muchos ámbitos, por supuesto. A Dylan, que le encantaba alardear de cosas, aunque no fuesen ciertas, le vino como anillo al dedo su pregunta.

―Todos los magos no pueden levantar hordas de zombies ―le contestó, con la veracidad absoluta de sus conocimientos, pero obviamente tuvo que añadir―: Solo los más expertos. Yo, por ejemplo, soy capaz de hacerlo, pero nunca lo hubiera hecho en las circunstancias de Halloween.

Y así no sólo quedaba de: “soy un ser responsable e inteligente”, sino también como: “soy el puto amo de la magia”. Claro que Teddy no sabía que Dylan había sido expulsado de Hogwarts y, por tanto, no había terminado a su edad la educación obligatoria, sino muchos años después. En realidad sí lo sabía pero Dylan no recordaba habérselo contado porque se lo contó estando horriblemente borracho un día jugando a un estúpido juego de beber de contar cosas del pasado.

¡Pero igualmente era obvio que no sabía de magia oscura! ¡Qué cojones iba a saber él levantar muertos en zombie, que puto mal rollo!

Aunque bueno, seamos lógicos y coherentes: por lo que Teddy conocía a Dylan, debía de asumir muy fuertemente que estaba alardeando ―como siempre hacía― y saber que lo que decía era mentira. Eso o… quedarse con la incertidumbre, porque Dylan era el típico que te decía algo super serio y a veces no sabías si decía la verdad o te estaba tomando el pelo.

La pregunta filosófica, a esas horas de la noche no fue bien recibida, ni tampoco argumentada. Faltaba mucho alcohol de por medio como para que, al menos por parte de Dylan, pudiera haber un poco más de componente emocional en esa respuesta.

―La gente que paga por sexo es por dos razones: o porque son incapaces de conseguirlo por sí mismos y tienen que pagar por él, o porque se sienten poderosos y dominantes teniendo a otra persona a su entera disposición ―le contestó a Collins―. No creo que haya muchas más opciones. Todas las mujeres que me contrataban a mí eran, en su mayoría, del segundo grupo. Querían un acompañante que les diera todo lo que ellas pedían, sin rechistar.

Muchas de las mujeres eran extranjeras y aprovechaban al inglés como acompañante en su estadía en Londres. Eran tanto muggles como mágicas y solía moverse por mujeres con muchísima adquisición económica. Uno de los muchos motivos por el cual empezó a verse bien: tenía que dar la talla ante mujeres tan bien colocadas. Aprendió a “verse bien” ―pues él era guapo siempre― y, sobre todo, a vestir. Dylan había adquirido un gusto para la ropa que jamás en la vida esperó tener.

―Nunca he sido una persona que tenga esas necesidades y supongo que el público masculino estamos, en el sentido sexual, un poco más… salidos. Así que no sé qué clase de cosas te encontrabas tú ―reconoció, pues él había tenido “putismo de calidad”, podría llamarse.

Era cierto que en muchas ocasiones se le iba un poco la avaricia y también se tiraba a la piscina del puterío mediocre, pero no habían sido muchas las ocasiones. Desde que vio lo que se movía en la cúspide de la pirámide… llegó un momento en el que no bajó más.

Cuando mencionó UNA VENGANZA, Dylan pegó un bote en la silla y la miró, francamente interesado en eso. Sin embargo, cuando dijo lo que tenía pensado, Dylan se sintió tremendamente decepcionado.

―¿Pero y esa mierda de venganza? ¿Qué tienes, doce años? ―Le echó en cara, riéndose después. Sujetó el cigarrillo de sus labios y lo tiró al suelo, pisándolo con el pie. Luego recogía las colillas, pero en ese momento no sabía en donde estaba el cenicero―. A ver, vamos a pensar seriamente en una venganza para ese italiano. ¿Sabes qué es lo primero que tienes que hacer? Tener mentalidad de persona de treinta tacos, ¿vale? Que ya tienes una edad, Teddy. Que has matado personas como para estar escondiéndole los calzones a un tío y luego cosiéndolos para hacer una manta. ―Entonces cayó en un dato realmente importante―. ¿Siquiera sabes coser?

Una vez con la otra cerveza abierta, se abrió de piernas y apoyó sus codos sobre sus rodillas, tomándose aquel tema muy, muy en serio. Dylan tenía seriedad nula para temas serios, pero era un serio de cojones cuando de lo que hablaban es una absoluta gilipollez.

Miró a Teddy con ojos serenos, para entonces añadir.

―Necesitas polvos pica pica. ―Y, tras unos segundos de aceptación a la gilipollez que había dicho, se rió un poco―. Venga, piensa algo más malvado, ¿qué es lo que odia ese tío? ¿O voy a tener que prepararte una venganza bien preparada?
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Teddy J. Collins el Dom Mar 15, 2020 2:18 am

Si bien Teddy tenía conocimientos básicos sobre la magia, por lo que oía de ella más que lo que era capaz de comprobar, siempre la dejaban en jaque cuando contradecían lo que ella sabía, o le daban un dato nuevo. Eso, con Dylan, era especialmente frecuente, y a veces ni siquiera podía distinguir si lo que le estaba diciendo era verdad o no, así que tenía que llevarse por su intuición y lógica… y dar por hecho que todo lo que su amigo le dijera podría ser para intentar tomarle el pelo.

Entrecerró los ojos mirándolo con una expresión inquisitiva en cuanto Dylan aseguró que él era capaz… Pero él no era capaz, ¿no? No le sonaba… ¿pero y si sí? No, estaba casi segura de que no… Si apenas había terminado el colegio, sonaba ilógico que fuera capaz de hacer magia avanzada… ¿pero y si TODA su vida la dedicó a invocar zombies? ¿Eso se podía? Dejó de rallarse un momento después, cuando su lógica ganó a la duda squib y decidió que NO sabía y sólo le estaba tomando el pelo.

Pasando al tema de la gente que pagaba por sexo, Teddy arrugó la nariz. Tenía razón en cómo lo había resumido, y debía ser demasiado optimista en pensar que los clientes varones –que eran, en su caso, la mayoría- tuvieran un motivo oculto detrás de ser demasiado poco atractivos y ganas de estar en una posición de poder.

Con toda clase de animales y bestias salvajes, normalmente —le contestó sin pelos en la lengua. No, no le iba la zoofilia, pero no había otro modo de describir al varón promedio que buscaba los servicios de una puta—. En algunas ocasiones llegaba algún muchacho acomplejado porque era virgen y sus amigos se burlaban de él, como si meter la polla en algún sitio lo hiciera más hombre o yo qué sé; muchas veces eran sujetos tímidos o demasiado raros, pero no malos… Pero, más que nada, eran tipos calientes y desagradables —resumió su vida “laboral” de aquella manera.

No, ella no había tenido la suerte de haber empezado con ser “un lujo”. Ella empezó, como muchas mujeres, con algún cliente que la quería ver de rodillas y no precisamente a rezar, y eventualmente aquello escaló hasta ser lo que había sido. No se consideraba una mujer fea, mas sí creía que lo que refería al público masculino aquello era más complicado de escalar, a diferencia de la clientela femenina. Y una mujer buscando a otra mujer, si bien no imposible, sí era más complicado… normalmente, esas mujeres estaban un poco mal de la cabeza y querían cumplir fantasías extrañas.

Entonces pasaron a SU VENGANZA contra el italiano y sus calzones. Lo cierto es que Teddy no tenía intenciones de hacer nada particularmente mortal y malrollero, sino simplemente quería que para variar empezara a recoger su ropa interior que dejaba por ahí. Sobre todo si tomaban en cuenta que coexistían en el mismo espacio y debían lealtad a la misma organización, lo que daba un sentido de pertenencia para Teddy.

Qué ataque más gratuito —se ofendió en cuanto preguntó si sabía coser—. Por supuesto que en Youtube tiene que venir algo como “cómo coserle los calzones a un italiano” o algo —le dijo—. Además pensaba tirarle la bolsa encima, ¡no coserla! ¡No quiero tocarla!

Todo había que decirlo: Teddy sabía hacer enmendaduras, esas que duran dos días y se vuelven a abrir porque realmente no sabía coser. Quién necesitaba coser cuando sabía hacer muchísimas otras cosas como traficar drogas y armas, matar a alguna persona, conocimientos básicos sobre qué cosas explotan si las juntas, ¿no? Así que ella tenía mucha ropa rota que había roto más para que diera la impresión de que era intencional y no que estaba roto realmente.

¿Qué quieres que haga? —entonces se irguió –lo que era difícil por lo cómodo que era el sofá- y volvió a tomar la varita de Dylan—. Italiano, te condeno a morir porque no limpias tu parte del dormitorio, Dibidi Babidi Bu —y agitó la varita con el hechizo milenario de Cenicienta.

Claramente, la varita no emitió ni la más miserable chispa de luz. Había un poquito de magia a la que reaccionar, la misma que le hacía capaz de pasar a través de portales mágicos, pero era prácticamente imperceptible para algo sensible como una varita.

No sé, ¿qué sugieres? Toma en cuenta que quiero que tenga un jodido escarmiento, no hacerle mal porque sí… ¿ponerle un sapo en donde guarde la ropa interior limpia? Son putos magos, ¡pueden limpiar las cosas con un hechizo: también debería poder levantar sus calzones con magia, aunque sea! —se quejó, volviendo a echarse hacia atrás y hundiéndose en la comodidad del asiento.

Pero no pudieron seguir con su plan maligno de venganzas porque vieron a Valentine corriendo y ladrando: se había olvidado de su pelota para cazar algo que se movía, vivo. Teddy volvió su mirada hacia el animal, tratando de identificar qué era lo que estaba moviéndose entre la vegetación, dando saltos y emitiendo chillidos.

¡Val! ¡¿A quién te intentas comer?! —llamó la atención de la perra, pero esta ni se dignó en mirarla.

La cacería fue acercándose a la casa de Dylan hasta encontrarse a metros de distancia. Era una rata parda lo que estaba persiguiendo, una pequeña bola color marrón que terminó saltando con dirección a la squib. Valentine apenas alcanzó a frenar antes de llevarse a Teddy y al sofá al suelo, pero ladraba en su dirección, queriendo su presa.

¡Venga, va, cállate! ¡Que no quiere que te la comas! —¿alguien en su sano juicio, animal o humano, quería que se lo comieran? Poco probable—, Dile a tu novia que deje a la pobre rata en paz —le pidió a Dylan, sabiendo el amor incondicional que profesaba el animal a su dueño y que seguramente lo escucharía mucho más a él que a ella.

Mientras tanto, la rata estaba refugiándose en el brazo flexionado de Teddy sobre su regazo, con la mano con la botella de cerveza en medio de los dos animales.
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Dylan G. Blair el Vie Mar 20, 2020 12:34 am

Rió. «Tipos calientes y desagradables», decía Teddy. ¿Acaso había hombres que fueran diferentes? Los hombres pasaban todo el día calientes y, por norma general ―al menos desde la vivencia de Dylan―, él siempre era desagradable. No en el sexo claro, sino en todo lo demás. El sexo se lo tomaba con filosofía, como comer pizza o beber cerveza; eran cosas tan buenas para la vida que no valía la pena ser desagradable frente a tanto placer.

Rememoró su época como «hombre de compañía», dándose cuenta de la cantidad de cosas que había hecho por dinero y tener una vida acomodada después de no tener absolutamente nada. Una cosa, por ejemplo, que poca gente sabía ―o más bien nadie, pues la única persona que lo sabía se murió― es que Dylan también había estado con hombres, pero con muy pocos. Había que pagarle mucho, mucho, para que él decidiera aceptar.

Pero seguía pensando lo mismo: faltaban cervezas para hacer de esa conversación una mucho más fructífera y filosófica. Así que teniendo en cuenta el nivel de alcohol y el peso de la conversación, prefirió mostrar su interés en el tema importante: la venganza al italiano. Teddy podría ser muchas cosas, ser malvada cuando se merece, pero está claro que para dar avisos y amenazas no era lo suyo. Después de esa propuesta tan mala de los calzones, ya no se podía ni imaginar a su amiga intentando sacarle información a alguna persona. Debía de ser bastante penosa.

―Lo primero para los escarmientos es decidirte por algo que sabe que le va a joder o impactar, ¿qué cojones le va a importar al puto italiano que le robes los calzones? ¡Pues si se queda sin calzones, dejará de ponerse, a los tíos nos encanta ir con los huevos al aire! Le darás un motivo para que vaya con la serpiente colgando en tu cara en la habitación, ¿acaso quieres eso? ―Le hizo ver que su idea no era ni de lejos tan buena como se creía―. Tienes que pensar qué le molesta o qué no le gusta.

Sin embargo, no les dio demasiado tiempo de pensar un plan maléfico que estuviese a la altura del italiano, pues Valentine ―Val, para los más vagos― se puso a perseguir lo que parecía un roedor no identificado. Si era un ratón estaba muerto, pero si era una rata lo mismo se podía salvar porque era demasiado grande para su boca.

―¡Val, deja a…! ―Intentó imponer el orden, pero cuando vio que corría en dirección a Teddy no hizo absolutamente nada por evitarlo, solo observar.

Ya cuando Teddy se encontraba en el suelo, implorando por la vida de aquella rata peluda, fue cuando Dylan hizo un esfuerzo sobrehumano para levantarse de su silla, sujetar a Val por la correa, darle dos golpecitos en el lomo y tirar hacia atrás.

Val intentó volver a por la rata, mirándola ansiosa por matarla o bien por jugar con ella, uno no sabía, pero Dylan miró con seriedad a su perra y ésta no se acercó más, sino que se sentó después de que el rubio le señalase con el dedo, con la típica señal de “Sit” que había relacionado con apuntarla con el dedo índice.

―¿Estás bien? ―preguntó, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse. Luego se dio cuenta de que llevaba la rata y le dio asco, así que retiró la mano―. Debes de ser la única persona en el mundo que de su vida por una rata, con lo asquerosas que son. ―Mira que Dylan había desarrollado más aprecio por los animales que por muchas personas, pero las ratas no estaban dentro de su grupo grato. A él le gustaban las cosas bonitas y agradables, como los perros, los gatos, las iguanas… ―¿Quieres ir a algún sitio a dejarla? A mí no me importa tener ratas como vecinas mientras no entren dentro de la casa.

Dylan que le tenía mucho estima a su caravana. Para él no era simplemente una caravana, era su casa y su hogar; de los mejores que había tenido en toda su vida, sinceramente. Bueno, el mejor era el que había tenido con apenas años de vida, pero ya ni se acordaba.
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Teddy J. Collins el Lun Mar 23, 2020 6:51 am

Podrían haber inventado el plan milenario para vengarse de un italiano con poco respeto por su ropa interior y, sobre todo, por quienes compartían espacio físico con él. Estaba segura que podrían salir planes mucho más ingeniosos, pero Val tenía un plan distinto a la hora de dejar a los humanos hablar. Más que eso: en atacar a traición a la squib, llevándosela al suelo al caerle encima sobre la silla queriendo encontrar a la presa que se escondía en ella.

Como Teddy lo había adivinado, Valentine obedeció sólo a su amo, finalmente abandonando la desesperada iniciativa de hacerse con la rata, sentándose obedientemente cuando su mente tuvo la capacidad de percatarse de que la estaban ordenando.

Estoy bien —dijo, tratando de alcanzar la mano de Dylan antes de que éste la retrajera, dejándola como idiota con la mano estirada—. ¿Qué dices? Conozco muchas personas y otros animales más asquerosos que las ratas. Tú, por ejemplo —le contestó enfurruñada, haciendo un esfuerzo por levantar la silla.

Normalmente, con lo mucho que se entrenaba para ser útil en su trabajo, no debería haberle costado levantarse. El peso de la silla y cómo se intentaba fusionar con su cuerpo le jugaron en contra, haciendo que además de espaldas se girase a un lado, haciendo que cayese de rodillas al suelo.

La rata también rodó al suelo, haciendo que Val enderezara las orejas mirándola fijamente. Luego, miraba a Dylan y emitía un lastimero llanto, queriendo permiso de abandonar la posición y hacerse con su juguete.

Teddy, en cambio, se levantó y levantó la silla, sacudiéndose las rodillas antes de echarse de nuevo. La rata reaccionó volviendo a subirse a su regazo, removiendo la nariz y sus bigotes mientras miraba a su potencial asesina. Parecía relacionar a la humana con la protección de no dejar que le comiesen.

¿Dónde la quieres dejar? Tan pronto se aleje sabes que Val irá tras ella... —razonó rodando los ojos. Acercó su mano a la rata y esta no hizo el esfuerzo de morderla, si bien sí se apartó con miedo; era un animal salvaje, después de todo—. No, voy a quedármela, la enseñaré a hacer trucos y será como mi pokémon, ¡Ratachu, yo te elijo! —aunque la recién bautizada Ratachu no hizo el más mínimo esfuerzo por ser elegida.

Bien, no imaginaba a Ratachu emitiendo electricidad ni todos esos ataques pokémon… pero la veía perfectamente capaz –o, cuando menos, así se ilusionaba- imaginándola como una suerte de rata-espía secreta que la ayudase en sus misiones de infiltración o robo. ¿Se imaginan lo grandioso que era tener una rata capaz de desactivar un sistema de alarma? ¿O de tomar la llave que les llevaría a su destino? ¿O robar el papel con la clave de la caja fuerte? Pues Teddy fantaseaba con eso y más.

Lo cierto era que la squib tenía una suerte de doble personalidad. La Teddy seria que trabajaba y era capaz de atrocidades… y ella, que fantaseaba con ratas ninja y venganzas ridículas. Ninguna era mejor que la otra, simplemente distintas versiones, demasiado evidentes, de una misma persona.

Mira, ¿ya ves? Le caigo bien —¿le caía bien o sólo la rata pensaba que era peor ser comida viva o destrozada hasta su muerte por los colmillos de un perro que estar sobre ella sin moverse, retraída en un pequeño ovillo peludo?

Tomó una nueva cerveza, ya que la suya se había derramado, cortesía de Val. Por suerte era apenas un sorbo lo que quedaba de la botella ahora vacía, así que no sentía que realmente hubiera desperdiciado nada. La abrió a fuerza de encendedor, dando un trago. Era una distinta a la que había tomado al principio, y la saboreó un poco antes de señalar a Dylan.

Esta sabe mejor —¿cuál era? No estaba segura, sólo le constaba que estaba mejor y eso era lo que importaba.

Mientras tanto, acariciaba al animal en su regazo, esperando que se relajara eventualmente en su compañía. Ya empezaba a preguntarse dónde es que iba a conservarlo… ¿alguien la odiaría mucho en las instalaciones de Arcana si se le perdía una rata? No lo creía… ¿no? Probablemente sí, pero optimismo sobraba en ese momento.

Debí haberle pedido a Julien que me pusiera un tatuaje más antes de tener que entregarlo por las deudas que tenía… —consideró, pues aquel tatuador era prometedor y se lamentaba un poco de no haber adquirido sus servicios antes de su trágico destino—. ¿Tú ya tienes en mente cuándo vas a tatuarte?
Teddy J. Collins
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Dylan G. Blair el Jue Mar 26, 2020 9:43 pm

―Pero yo te compro cervezas y te presto juego, ¿esa rata que te aporta además de enfermedades y pelos? ―le cuestionó, mirándola desde arriba mientras ella se empezaba a levantar y colocar la silla.

Ver como intentaba levantarse de la silla de esa manera tan triste hizo que sintiese pena por la rata: ni esa rata se merecía una protectora tan torpe. Eso sí, Dylan no hizo nada por ayudarla a que no se le cayera todo la dignidad, pues le parecía una imagen digna de ser recordada. Una pena no haber tenido el móvil a mano para grabar eso.

Cuando Teddy pareció ganar a su torpeza, se sentó de nuevo en la silla y el chico la imitó, volviendo a hacerse con su cerveza. Al parecer su amiga había decidido, en ese momento en donde todo su cerebro estaba ocupado peleándose con la silla y la gravedad, quedarse con la rata. No iba a decir el rubio qué clase de buena idea era esa teniendo en cuenta las circunstancias.

―Es una mala idea, pero como ya eres una persona adulta cuyas venganzas residen en robar calzoncillos, no voy a intentar convencerte de lo contrario ―dijo divertido, metiéndose con ella antes de beber del botellín de cerveza.

Era tan fácil meterse con Teddy.

Tenía la teoría de que por eso le caía tan bien: se metía con ella, ella se metía con él y ninguno se ofendía por muy duras que pudieran ser las críticas. Porque esa era otra: si criticaban a muerte en muchas ocasiones, sin tener en cuenta si al otro le iba a afectar o no. Por suerte, ambos sabían que el otro no decía nada con reales intenciones de herir, sino que era todo bromas y exceso de confianza.

―No le caes bien, pero reconoce que le has protegido de mi perra y sabe que si no está a tu lado, entonces estará muerta, así que hace como que te quiere para que te la quedes y la sigas protegiendo. Se llama instinto de supervivencia. ―Le quitó las ilusiones, como buen amigo―. Porque si no ya te hubiera mordido el dedo y ya habría salido corriendo: es una rata salvaje que vive en medio de la nada.

Sonrió de medio lado cuando Teddy reconoció que una de las cervezas sabía mejor y es que, al menos para Dy, todas sabían muy bien. Era un amante de la cerveza, fuera cual fuera.

Sin embargo, rápidamente cambió el chip cuando le preguntó por cuando iba a tatuarse, como si fuera algo que fuese a hacer sí o sí o no llevase años decidiéndose. Mira que él se había pinchado cosas muy feas en su época más drogadicta, pero sinceramente… pese a que le gustaba mucho la estética de los tatuajes, no sabía si hacérselo y la indecisión había hecho que nunca se motivase. Era impulsivo para muchas cosas, pero la verdad es que era tan amante de su cuerpo al natural que esa decisión le costaba.

Tenía ideas qué hacerse, pero lo que le faltaba eran… seguridad.

―Pues claro que no, y lo sabes ―le respondió, mirándola de reojo―. No estoy seguro y siempre han dicho que los tatuajes son para estar seguros. Antes quería y no tenía dinero, ahora no sé si quiero aunque me limpie el culo con billetes. ―Exageró, dando a entender su comodidad económica y que no estaba seguro―. Sabes que tengo ideas y tal pero no me termina de convencer. Me encantan las mujeres con tatuajes, me parece un arte super sexy pero… no me veo yo con esa mierda por mucho que haya cosas que me tatuaría, ¿sabes? Es un amor-odio.

Le “estresaba” el tema. No le estresaba a niveles catastrófico de volverse loco, pero era cierto que era algo que sí, pero no. Era raro, muy raro y, frente a esa sensación, prefería no hacérselo.

Eso sí, una mujer tatuada le parecía lo más. Era raro también: no es que las prefiere. Tenía como su morbo de: “qué sexy y qué malosa”, pero luego veías a alguien sin tatuajes y parecía que era casi un lienzo virgen, dándole un toque más puro. Y era hasta confuso ver a una tatuada siendo sumisa y a una sin tatuar siendo dominante; eso sí que le follaba el cerebro.

―¿Tú qué? Sabes que si te falta pasta me la pides, pobre de mierda ―le dijo con toda la confianza, hablando claro―. No me importa pagarte dibujos en la piel que te hagan parecer más sexy, así follas más. ―Y rió, mirándola de soslayo―. ¿Qué es lo que querías tatuarte?
Dylan G. Blair
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