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Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Mar Feb 11, 2020 10:42 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia} - Página 2 UNvjyX6
Lunes 3 de febrero, 2020 || Mad Hatter Motel, Londres || 00:38 horas || Atuendo

Cualquier persona que se permitiera cinco minutos en su día a día para revisar, con ojo crítico, la sección de “Sucesos” del diario El Profeta, podría extraer por sí mismo una sencilla conclusión: el Ministerio de Magia, a pesar de pretender lo contrario, estaba perdiendo el control de la situación.

A ojos de Xenobia, estaba claro: sus platos estaban demasiado llenos, y por mucho que intentaran controlar todos los frentes, estaba claro que en algún momento tenían que fallar.

Resultaba irónico darse cuenta que, en cierta medida, la campaña de desprestigio contra los “traidores” y los “ladrones de magia”, había dado en cierto modo rienda suelta a los criminales de verdad a la hora de manejar sus negocios con impunidad. No había más que ver lo sucedido durante aquella manifestación ante la sede de MagicLife.

Xenobia ni se alegraba ni se entristecía, pero había prestado suficiente atención a las conversaciones dentro de la zona segura como para darse cuenta de que la esperanza, en gran medida, volvía a existir en sus corazones. Una pena que dicha esperanza derivara directamente del caos que reinaba en el mundo mágico.

Uno de esos elementos incontrolables y que debían producir dolores de cabeza incluso a McDowell era su motivo para haberse aparecido allí, en las cercanías de aquel motel de aspecto sórdido de las afueras de Londres: el Juguetero.

¿Qué tenía que ver aquel loco aficionado a las explosiones con aquel motel, de nombre Mad Hatter? Bueno, quizás nada… o tal vez todo.

En el escenario de su último atentado, entre los escombros que habían quedado, había aparecido una pequeña pista que lo podía significar todo, o podía no significar nada: una pequeña caja de cerillas con publicidad de aquel mismo motel.

De acuerdo, más bien parecía que no era nada. Ella misma se había preguntado si no estaría exagerando, si no querría ver pistas donde había coincidencias. Era muy probable, y por eso había acudido sola. Sin embargo, tenía buenos motivos para creer que tenía algo entre manos, algo importante relacionado con su enemigo. ¿Y cuáles eran?

Bueno, principalmente, rumores.

Se contaban ciertas historias acerca del lugar, y muchas personas en el refugio habían oído hablar de él. A parecer, siempre se había caracterizado por los negocios turbios que tenían lugar allí, y en tiempos recientes, se le atribuía la categoría de escondite habitual de fugitivos.

Para rematar, el logotipo del motel era un sombrero de copa, coronando unas letras que rezaban “Mad Hatter Motel”, el cual tenía estampado un símbolo aparentemente aleatorio, que en realidad era un círculo de protección mágica de sobra reconocido por cualquier integrante de dicha comunidad. Una señal.

Con dicha caja de cerillas en la mano, y preparada para cualquier vicisitud, Xenobia recorrió a pie el aparcamiento del motel, lleno de coches, y se encaminó a la oficina de recepción. Examinó una vez más el reverso de la tapa, donde alguien había garabateado las siguientes palabras: “Habitación 219. Pedir llave en recepción.”

Encapuchada y vestida totalmente de negro, Xenobia entró en la recepción. La campanilla sobre la puerta sonó a su paso, y la estadounidense no pudo evitar sentir un poco de morriña. Lugares como aquel eran de lo más comunes en su tierra natal.

La oficina era pequeña y había en el aire un marcado olor a tabaco. El dueño no se tomaba en serio la señal de “Prohibido Fumar” que había colgado en la puerta, a juzgar por el cenicero repleto de colillas que vio sobre el mostrador. Un ventilador en el techo giraba de manera incansable, y una luz amarillenta iluminaba tenuemente el reducido espacio.

No había nadie detrás del mostrador, únicamente una desvencijada silla de madera vacía. También había un pequeño timbre, y Xenobia no dudó en hacerlo sonar. Apenas unos segundos después, una voz le llegó desde el cuartucho que había tras el mostrador.

—Buenas noches —saludó la rasposa voz, al tiempo que un hombre de aspecto pequeño y pelo canoso emergía a través de la puerta. Llevaba gafas de sol y Xenobia no pudo evitar compararlo con Stan Lee—. ¿En qué puedo ayudarla, señorita?

El hombre se sentó en la silla, la cual crujió bajo su peso, y se la quedó observando fijamente. La luz mortecina del techo le permitió advertir una expresión cansada bajo los cristales tintados de las gafas. Tuvo una sensación de desinterés total, aunque supuso que había sido por cómo arrastraba las palabras.

No sabía muy bien qué conseguiría si seguía las instrucciones de la caja de cerillas, pero optó simplemente por hacerlo.

—Buscaba una habitación en concreto —explicó, sin bajarse la capucha para mostrar el rostro—. La habitación doscientos diecinueve. ¿Puede darme la llave?

El hombre siguió mirándola, sin pestañear, y por un momento pensó que aquello seguiría durante el resto de la noche. No tenía esperanza alguna de recibir una respuesta cuando el hombre separó la mirada de ella, alcanzó un periódico arrugado que tenía en la parte interior del mostrador, y le respondió sin interés.

—No existe tal habitación. Puedo ofrecerle otra, si quiere. —El hombre no hizo amago de girarse siquiera en dirección al colgador de llaves que tenía a espaldas.

—Debe haber un error —dijo, confundida—. Me han citado aquí, en la habitación doscientos diecinueve...

—Pues han debido equivocarse. El número máximo de habitación del segundo piso es doscientos dieciocho. —El hombre pasaba las páginas del periódico como si nada sucediera a su alrededor, demostrando un desinterés total.

Xenobia intentó un par de veces más obtener una respuesta diferente, pero no tuvo éxito. Cejó en sus empeños cuando el hombre, de manera totalmente desagradable, colocó una mano sobre el teléfono fijo y amenazó con llamar a la policía. No le convenía en lo más mínimo llamar la atención de esa manera, así que aceptó que se habría equivocado, se disculpó, y finalmente abandonó la recepción.

Se detuvo en un lugar apartado del aparcamiento desde donde el recepcionista no podía verla, y valoró sus próximos movimientos. El hecho de que el hombre afirmase que no existía tal habitación no era más que una confirmación de que había fuerzas mágicas implicadas en todo aquello.

Sólo debía buscar una forma de acceder a dicha habitación.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Dylan G. Blair el Dom Mar 29, 2020 12:16 am

«¿Tan difícil era?»

Dylan la miró con cara de pocos amigos, molestia y bastante impaciencia. Todavía va la subnormal y dice que si era tan difícil cuando, obviamente, no le debía nada de nada, mucho menos una explicación de la posible relación entre Wilson y el puto Juguetero. El rubio no se había “ganado la vida” precisamente haciendo labores desinteresadas, así que sí, había sido difícil porque no tenía porqué hacerlo.

Tenía ganas de decirlo en voz alta, pero sinceramente, ella seguía teniendo la varita en la mano y entre menos discutieran, menos exigiría.

Pese a que la muchacha hubiera adoptado un tono más conciliador, la mente de Dylan ya estaba demasiado harta del tema, sobre todo porque había perdido a Wilson y ya se estaba imaginando a Gun diciéndole que fuese a por él y se lo trajese. Porque Gun es así, era un tío guay con par de cervezas pero se creía que todos sus empleados tenían todas las competencias.

Y Dylan aún no sabía en donde había visto en él una especie de duelista, espía o secuestrador de personas.

―No puedo darte la dirección de Wilson ―le respondió directamente―. Ahora mismo no me la sé, pero aunque la supiera, Wilson debe responder ante mi jefe cuánto antes. Sería retrasar mis planes darte información que pueda hacer que Wilson huya o no esté en su casa cuando yo vaya a ir a buscarlo.

Pese a estar enfadado con la situación, pues Dylan no destacaba precisamente por ser una persona paciente, contestó con toda la serenidad que pudo, hablando claro. Al menos la mujer ya no le hablaba con ningún tipo de intención hostil o amenazante, pero el rubio tenía que priorizar sus propias necesidades y, obviamente, las necesidades de su organización y su jefe.

―Entiendo que quieras llegar a él, pero ahora mismo no puedo ayudarte. Si arreglamos las cosas con Wilson, entonces será todo tuyo. ―Dylan solo tenía que ir a ARCANA, pedirle a su hacker de confianza en donde narices vivía Javen Wilson e ir a su casa a buscarlo antes de que Gun saltase de desesperación. Se encogió de hombros, haciendo que sus manos chocaran contra su piel. Su mirada bajó a donde la muchacha sujetaba la varita―. ¿Puedo irme ya? Tengo prisa.

Cogió entonces aire por la nariz, soltándolo de nuevo por la misma vía con tranquilidad. Por norma general Dylan hubiera saltado y hubiera sido realmente desagradable, pero había intentando hablar con tranquilidad, tanto por el hecho de la varita, como por el hecho de que ponerse "subnormal" ―como solía ponerse cuando le desafiaban― sólo iba a conseguir que ella también se pusiera de la misma manera.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Lun Mar 30, 2020 11:00 pm

Teniendo en cuenta que no habían empezado con buen pie, y que evidentemente no terminarían intercambiando números de teléfono con el objetivo de compartirse memes por Whatsapp, casi esperó que decidiera, educadamente o no, mandarla a paseo.

No ocurrió, pero tampoco le dijo lo que quería saber, argumentando que no lo sabía.

Xenobia lo miró con cierta desconfianza, tratando de valorar si aquello era otra mentira de las suyas. ¿Debía creerle después de que le ocultara la relación entre el sospechoso y el Juguetero? Quizás mentía…

«No», pensó fríamente. «Ahora no me está mintiendo.»

Había una gran diferencia entre un mentiroso y alguien que no sabía la verdad, y esa diferencia se veía en su expresión corporal. Y sí, había en el mundo muy buenos mentirosos, pero dichos mentirosos generalmente tenían una buena historia a mano. Aquel joven había tenido que improvisar, por motivos obvios, pues era imposible que contase con su aparición en aquel pub secreto. Improvisar dejaba huecos en una historia, y aquella… bueno, había tenido huecos desde el principio.

Ahora, el detalle de que no conociese la dirección de su cliente, teniendo en cuenta la mercancía que vendía, tenía todo el sentido del mundo.

Xenobia suspiró, sintiéndose derrotada, y asintió con la cabeza. Incluso se hizo a un lado, con el objetivo de dejar pasar al tal Dylan Blair. ¿Qué iba a ganar ella presionando más? Seguramente, problemas.

Se quedó pensativa un par de segundos, decidiendo cómo iba a actuar —no tenía intención de dejar aquello estar durante mucho tiempo—, y se le ocurrió algo en lo que no había caído: Blair no tenía forma de contactar con ella, y aún en caso de tenerla, ¿quién le garantizaba a Xenobia que le entregaría a Wilson en cuanto acabara con él?

Es más, ¿quién le garantizaba que seguiría vivo para entonces?

—Espera —le dijo, rompiendo el silencio—. Tu plan no me gusta, pues no sé qué le haréis a Wilson en cuanto acabéis con él, así que voy contigo y, cuando lo tengamos, ambos sacamos de él lo que queremos. —No estaba pidiendo permiso, pues tenía intención de ir igual—. Dos pueden más que uno. ¿Hacemos equipo?

Esperaba que la respuesta fuera afirmativa, pues de lo contrario, volvería a empezar aquel dichoso juego del gato y el ratón: Xenobia perseguiría a Blair, y si Blair se marchaba por medios mágicos que le impidieran localizarlo, volvería al dichoso pub para sacar información sobre él, esta vez de forma más agresiva.

Su propuesta le parecía razonable, pues a fin de cuentas solo necesitaba saber lo que sabía Wilson. Si luego terminaba mal… Bueno, ese ya no era su problema. Culpa suya por meterse en tratos con un salvaje como el Juguetero.
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Dylan G. Blair el Lun Mar 30, 2020 11:31 pm

Creía que ahora había sonado convincente… aunque no tenía mucho mérito, pues estaba diciendo la cruda realidad. No podía vender a nadie al tipo que él necesitaba para que su jefe no estallase en una ira irrefrenable. Quizás no fuese el hombre más empático, pero sabía cómo debía mantener a su jefe feliz.

Debido al silencio… suponía que estaba dando por hecho que ahí se acababa su obligada cooperación. No podía decirle más y, obviamente, aquello iba a terminar en confrontación real ―con él en San Mungo porque era un lento con la varita― si insistía, porque no le diría nada más. Y la verdad, no le apetecía ir a San Mungo, por lo que esperaba que Miss Grano en el Culo fuese inteligente y le dejase en paz.

A punto estuvo de irse, hasta que ella dijo que esperase.

Ya se esperó lo peor, sinceramente. Su plan no le gustaba, dice. ¿Y acaso eso debería de importarle? ¡Aquello no es una especie de negociación! ¿Por qué era tan pesada y por qué parecía que no podía quitársela de encima?

Lo peor de todo es que sabía que tenía más maneras de joderle que de ayudarle, pues si ahora mismo le decía que no, podía hacer cosas muy feas ahí dentro que pudiesen en duda la lealtad y la cooperación del propio Dylan. Y no le convenía, en absoluto, que se le relacionase con el Juguetero en un lugar como ese.

―Eres un grano en mi mismo culo ―le dijo, serio e impasible―. Y me caes mal: eres una pesada. ¿Eres así siempre? Qué cargante. Menudo día me ha tocado para venir al puto Mad Hatter.

¿Y ahora iba a tener que trabajar con ella? ¿Qué mierda era esa? Porque claro, era eso o que entrase ahí dentro a gritar como una loca que Dylan trabajaba con el Juguetero. O que él había tenido que ver con a saber qué mierdas de Wilson: porque esa era otra, Dylan tampoco sabía cómo iba a terminar Wilson ese día, pero algo le decía que enemistado con él como mínimo.

Se metió entonces la mano en el bolsillo sin contemplaciones, por mucho que pudiera parecer que iba a sacar una varita. En realidad sacó su teléfono móvil y buscó en él el contacto de su amigo de ARCANA. Había dicho antes que “debía de ir” a hablar con él, pero sólo para meter prisa a su propia frase y poder irse, pues evidentemente con una llamada era más que suficiente.

―¿Tengo otra opción que no sea hacer equipo contigo, Grano en el Culo? ―preguntó con retintín, con el móvil en la oreja―. ¿Cómo te llamas y a qué te dedicas? ―añadió, a la espera de que le contestase―. Comprenderás que quiero estar en igualdad de condiciones.

Quería saber con quién iba a trabajar, sobre todo porque ella ya sabía quién era él y no le parecía justo la diferencia de conocimientos. Ahora mismo ella podía meterla en un "lío", pero claramente él no sabía absolutamente nada, más que era una toca huevos profesional.

La llamada de su compañero se colgó a propósito y Dylan abrió el WhatsApp, la conversación que compartían. Su compañero le puso un icono de un muñeco con gafas, como dubitativo. Dylan fue claro: «Dame la dirección de Wilson, he tenido problemas».

El problema es que el puto rico de Javen Wilson tenía dos direcciones registradas, al menos en el Ministerio de Magia. Obviamente Dylan no tenía ni puta idea de cuál era su residencia habitual, ni qué cojones era la otra dirección.
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Xenobia Myerscough el Jue Abr 02, 2020 7:44 pm

Si toda una vida intentando convertirse en periodista no la había inmunizado frente al posible desprecio de otros seres humanos, su vida como fugitiva, definitivamente, sí lo había conseguido. Nada mejor para aumentar su umbral para aguantar el desprecio que ser considerada una paria por toda una sociedad.

Al menos, le reconocía a Blair el derecho a considerarla de ese modo. ¿No había sido, acaso, un grano en el culo? Definitivamente, sí.

Se encogió de hombros ante esta definición, como pretendiendo decir, sin palabras, que así era y que ya no tenía remedio. No iba a disculparse por ser como era, ni por la mala suerte que habían tenido de que sus caminos se cruzaran. A fin de cuentas, así era a veces la vida, y si con el odio de una persona conseguía evitar la muerte de cientos, ¿no merecía la pena, acaso?

Lo que estaba claro era que, por tener, tenía opciones: podía dejarla allí plantada si le apetecía, desde luego. Sin embargo, ella también haría uso de sus escasas opciones para encontrar un atajo que la llevara directamente a la solución a su problema. ¿Sería más difícil? Quizás, pero tampoco es que tuviese mucho que perder.

—Xenobia Myerscough. Mis amigos me llaman Equis. Tú llámame Grano en el Culo, si te apetece, siempre y cuando me permitas tener unas palabras con ese Wilson —le respondió, mientras contemplaba con interés cómo se llevaba un teléfono móvil a la oreja—. Y soy… era periodista. Ahora poso para carteles de ‘Se busca’, por lo visto.

En realidad, podría haber dicho que seguía siendo periodista. Hasta no hacía mucho, había estado colaborando con Ryan Goldstein en la edición de un modesto panfleto que difícilmente podría llamarse periódico. Había tenido bastante éxito entre los fugitivos, desde luego, pero entonces Ryan había desaparecido de repente y… bueno, con él se había marchado la motivación para seguir llevando a cabo aquel proyecto.

Había sido tan fugaz que apenas había tenido tiempo de disfrutarlo.

Se cruzó de brazos, siendo la varita entre sus dedos un mero accesorio que no pretendía utilizar contra Blair, y caminó hacia él, contemplando con interés el teléfono móvil que tenía en la mano. Debía decir que la sorprendía y decepcionaba a partes iguales el que aquella sociedad dispusiera de tantos adelantos mágicos y, a la hora de la verdad, fuese la dichosa tecnología la que resolvía todo.

—¿Cuál es el plan? —preguntó, dispuesta a seguirlo hasta el momento en que algo le oliese raro. No podía descartar que su nuevo “amigo” la condujese a una trampa, con tal de librarse de ella—. ¿Tienes ya su dirección?

Por supuesto, Xenobia valoraba la posibilidad de traicionar a Blair cuando llegasen a Wilson, echándole el guante y escapando con él. Sería estúpida si no valorara todas las opciones, por supuesto. ¿Lo iba a hacer? En principio, no, pero si creía que Blair únicamente tenía intención de utilizarla para llegar a él y asesinarlo, o algo por el estilo, pues tendría que actuar.

Si fuera por ella, le daría igual: no tenía demasiados motivos para vivir. El problema era exponer a la Orden del Fénix a una enemistad con alguien que, por lo que ella sabía, tenía un “jefe” y posiblemente amigos.
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Dylan G. Blair el Dom Abr 05, 2020 6:56 pm

Es que mira que era un capullo. Ya no solo se juntaba con La Grano en el Culo, sino que encima se trataba de una fugitiva. Intuía por la falta de interés que nadie en el Mad Hatter se había dado cuenta ―como él― de que aquella muchacha era una fugitiva, por lo que en principio no debería de temer que pudieran relacionarle con una fugitiva.

Que él, a nivel personal, no tenía problemas, pero evidentemente a nivel público le molestaba bastante que pudieran meterle en algún tipo de problemas y esa noche había estado muy cerca de que por una parte le relacionaran con el asunto del Juguetero y, por otra, con una fugitiva. Ambas cosas podrían poner a las autoridades sobre él y, teniendo en cuenta a lo que se dedicaba y para quienes trabajaba, no podía haber peor noticia para él.

Al menos iba a relativizar las cosas: era infinitamente mejor trabajar con un fugitivo que con una autoridad de la ley o un mortifago. Dylan no soportaba demasiado las maneras estrambóticas de trabajar de aquellos que estaban respaldados por el gobierno, sobre todo porque a él le solían salpicar bastantes mierdas. Prefería, como se solía decir, «trabajar desde las sombras» y, para eso, lo mejor era trabajar con gente que no quería ser encontrada tampoco.

―Equis ―repitió, enarcando una ceja―. Es un mote estúpido. Te pega.

La verdad es que “Xenobia Myerscough” era un nombre la hostia de complicado y como Dylan era de mente simple, prefirió quedarse con eso de Equis. Debía de tener amigos tan vagos como él.

Después de mandarle el mensaje a su amigo en ARCANA, esperó un momento mientras él la buscaba y se la mandaba. Apenas tardó: su compañero vivía al lado de un ordenador el noventa por ciento del tiempo ―menos cuando iba al baño o a la cocina, que para colmo se llevaba el móvil―, por lo que extremadamente efectivo.

―¿Me ves cara de ser un hombre que haga planes demasiado elaborados, Equis? ―preguntó, mencionando su nombre con cierto énfasis―. Iremos a la dirección y… ―Al observar el móvil vio que había dos direcciones y que su compañero matizaba que ambas estaban registradas en el Ministerio de Magia y, por tanto, Wilson podría estar en cualquiera de las dos.

Obviamente si Wilson había huído para su casa, pues perfectamente podría haber huído hasta Cancún si tenía miedo de Gun o del propio Juguetero si lo delataba.

―Tiene dos residencias registradas en el Ministerio de Magia ―le dijo entonces a la muchacha, mostrándole el móvil.

En la pantalla del móvil que le mostraba a Xenobia se podían ver varias cosas: en principio era la pantalla del WhatsApp de su amigo, el cual estaba por el nombre «Cerebrito». Se podía ver que el fondo del WhatsApp era oscuro, con motivos de planetas y estrellas, todo muy galáctico y tranquilo. Además, en la parte superior se podía ver montón de iconos de notificaciones que Dylan no veía, además de una batería de más o menos el 67%.

―Una está en Godric y otra en Londres ―resumió―. Y la calle de Godric no corresponde con una de las de la ciudad principal, por lo que asumo que será una casa terrera alejada o una de las mansiones que hay por allí. ―Se rascó la nuca, antes de hacerse el pelo para atrás.

Mientras miraban la pantalla, llegó otro mensaje:

»Dylan, la residencia de Godric es la oficial de Wilson. La de Londres fue registrada hace apenas unos meses.

El rubio cogió el móvil y contestó con un pulgar para arriba, dando a entender que todo estaba bien. Dylan odiaba que le dejaran los mensajes con el doble tick sin dar feedback de lo que uno pensaba, por lo que ese icono del pulgar para arriba era de lo que más usaba.

―Si la de Londres es reciente se pensará que poca gente conoce de ella. Quizás se ha escondido ahí. No creo que le convenga tampoco poner en peligro a su mujer y a sus hijos. ―Pero como obviamente había dicho antes, Dylan no era de planes elaborados precisamente porque no tenía ni idea de cómo pensaba el resto de personas en este mundo y dárselas de entendido tampoco le iba demasiado―. ¿A la de Londres?
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Xenobia Myerscough el Mar Abr 07, 2020 2:58 pm

Acostumbrada a todo tipo de reacciones por parte de la gente, especialmente aquellos que recurrían al insulto fácil cuando se veían acorralados, las palabras de Blair la hicieron encogerse de hombros, sin más. Como ya le había dicho, podía llamarla como le apeteciese, aunque tuvo que morderse la lengua para recordarle que únicamente sus amigos la llamaban así.

Él, por lo de pronto, no entraba en esa categoría.

Dejó pasar aquella afrenta hacia su amiga más querida, Zeta —aunque decidió tenerla presente para el futuro—, y pasó a preguntar acerca del plan para llegar a Wilson. Porque esperaba que hubiera algún tipo de plan, más allá de ir a buscarlo a la puerta de su casa.

Claramente, Xenobia había esperado demasiado.

—Tienes razón: he tenido en demasiada estima tu intelecto. —Puso los ojos en blanco, negando con la cabeza con hastío—. Iremos a su dirección y… —repitió, pero no hubo más. No había plan, por lo visto.

Javen Wilson, la persona que ocupaba en aquellos momentos toda su atención, tenía a su disposición dos direcciones registradas ante el Ministerio de Magia, lo cual complicaba notablemente las cosas. Básicamente, tenían ante ellos una decisión del cincuenta por ciento, lo mismo que lanzar una moneda a cara o cruz: si escogían una, lo más seguro era que perdiesen la oportunidad de ir a la otra.

No sabía exactamente en qué tipo de problemas estaba metido Wilson, pero si eran tan graves como sugería su huída, muy posiblemente se estuviera preparando para una fuga. Si cometían el error de escoger la dirección que no era, lo habrían perdido.

Blair le explicó que una dirección, la más antigua, se encontraba en el Valle de Godric, mientras que la más reciente se encontraba en pleno Londres. Teniendo en cuenta aquel dato, su conclusión podía parecer la correcta a simple vista, siempre y cuando la intención de Wilson fuera esconderse hasta que pasase la tormenta.

Sin embargo…

—Es una conclusión razonable. —Xenobia, pensativa, se cruzó de brazos—. Sin embargo, se me ocurre que, si tanto miedo os tiene a ti y a tu jefe, y es consciente de que el Ministerio de Magia conoce sus dos direcciones, ¿no sería posible que acudiese a su residencia principal para recoger cosas que solo tenga ahí, antes de marcharse? Ya sabes, cosas con valor sentimental y demás...

«Y eso sin contar que pueda tener familia», pensó Xenobia, aunque, como desconocía ese dato, no lo mencionó.

Sin embargo, teniendo en cuenta sus circunstancias, la solución para aquel dilema era bastante sencilla: dos personas, dos direcciones; debían dividirse para encontrar a Wilson antes de huir.

—Tú vas a Londres, yo voy a Godric —propuso, con seriedad, sin demasiada invitación a debate—. El que primero lo encuentre, avisa al otro.

Dudaba que de buenas a primeras fuese a confiar en ella, pues no tenía motivos. De hecho, teniendo en cuenta la situación, Xenobia había valorado la posibilidad de no decirle nada si lo encontraba, llevándoselo directamente a la Orden del Fénix. Pero al final del día, era una persona de palabra, y pocas circunstancias podían llevarla a incumplir una promesa de esa índole.

Pocas. No ninguna.

—De todas formas, tampoco pierdes nada, ¿no? —insistió, en un intento por convencerle, o quizás manipularle un poco—. Tú piensas que la más probable es la dirección más reciente, así que seguramente lo encontrarás ahí. Yo solo voy para asegurarme de que no se escapa en caso de que te equivoques...

Por supuesto, tenía en cuenta el riesgo más evidente de aquel plan: que Dylan Blair faltase a su promesa. No podía poner la mano en el fuego por alguien que no conocía, y menos alguien a quien consideraba un pendenciero que actuaba al margen de la ley. Pero ¿qué iba hacer, si no? O confiaba en él, o de todas formas no tendría nada.
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Dylan G. Blair el Jue Abr 09, 2020 12:56 am

Dylan no destacaba por su inteligencia y él lo sabía. Él era el primero en acudir a su “tontuna” ―que en verdad tampoco era tonto― para no tener que hacer ciertas cosas, así que puestos a insultarse, él era el primero en hacerlo, por lo que su comentario fue como si le hubiera deseado los buenos días.

Cuando vieron frente de sí dos direcciones, la cosa ya empezó a complicarse un poco. Pese a que el argumento de Xenobia tenía toda la lógica del mundo, evidentemente Dylan consideraba que su perspectiva al respecto tenía más coherencia, pero claramente allí nadie podía saber con certeza de quién tenía la razón hasta que fuesen a conseguir hechos a las respectivas direcciones.

Le pareció una idea pésima; terrible. ¿Y si lo encontraba ella primero? Obviamente no le iba a avisar. Era obvio. Dylan era insoportable, ¿por qué narices lo iba a avisar? Y al revés por supuesto que tampoco iba a ser avisada, pues ella también era insoportable. Pero claro, aquí lo que le importaba a él era solo una dirección: eso de “el primero que lo encuentre avisa al otro” le sonaba a trola de tercero de Hogwarts.

«No, no, tu tira los polvos pica pica y luego salimos corriendo». Y lo primero que hacía Dylan cuando su amigo lo tiraba era ponerle la zancadilla para que lo pillasen y él librarse.

A ver, que uno ya viene con experiencia del pasado.

―Reconozco ese tipo de comentarios ―respondió, sin dar detalles.

Pero vamos, Dylan otra cosa no, pero manipulaciones sí había vivido y hecho muchas. Teniendo en cuenta la opinión de Xenobia ―que ella consideraría acertada― para ella era mucho más fácil convencer a Dylan y si realmente encontraba a Wilson en su residencia habitual, llevárselo como si nada, dejando al rubio sin una mierda.

Y sería perfectamente lícito, porque Dylan actuaría igual.

Lo peor de todo es que tampoco tenía muchas opciones. Él quería ir a un lado antes de que se ocultase más, por lo que lo más inteligente era ir uno para cada lugar, aunque no confiaran entre ellos. Al menos Dylan confiaba en que su planteamiento al respecto era mejor que el de ella, por lo que quería confiar.

―Está bien ―dijo al final, arrugando el ceño.

De todas maneras, aunque él se fuera para la de Londres y quisiera “exigirle” que le acompañase, realmente Xenobia podía hacer literalmente lo que le saliera de las narices. Era mejor mantener una actitud recíproca y amable ahora que ella sabía las direcciones y podía ir a donde le diera la gana.

Dylan no quería perder a Wilson por haber confiado en esa tía.

―Saca tu móvil y apunta mi número ―le pidió. Podía haberle pedido que apuntara el de ella en el suyo, pero puestos a “dar información falsa” ―que era posible―, prefería cerciorarse―. Y dame tu toque, para guardar tu número. ―Mientras ella hacía eso, él añadía―: Si lo encuentras, llámame y me dices en donde lo tienes. O si ves que está en la casa y no sabes como entrar, llámame y voy a ayudarte. ―Entonces hizo una pausa, siendo consciente de que lo mismo él también se encontraba con alguna situación peliaguda―: Yo haré lo mismo. ¿Trato? Te dejaré preguntarle todo lo que quieras, pero yo necesito llevármelo.

Aquello olía a CHAMUSQUINA lo mirases por donde lo mirases, pero no había muchas alternativas.


***

Sin estar muy seguro de nada, Dylan se apareció en una localización cercana y de confianza a la calle. Tuvo que mirar Google Maps porque la verdad es que era bastante nulo con las calles de Londres, como si no hubieran calles en Londres. No entendía la gente que era capaz de ubicarse con tanta facilidad.

Llegó al edificio: era alto, un piso en un edificio de quizás quince plantas. Era bastante moderno, lleno de cristaleras. El rubio contó los pisos hasta dar con el décimo tercero ―en el que vivía Wilson―, pero no vio ninguna luz encendida.

Se metió directamente por el portal haciendo uso de la varita, para luego llamar al ascensor. No pensaba subir trece pisos por las escaleras.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Vie Abr 10, 2020 3:52 pm

No era ninguna maestra del engaño, aún a pesar de haber conseguido ciertas exclusivas en base a la pura manipulación, allá por esa época en que formaba parte del mundo del periodismo. Sin embargo, a veces era imposible olvidar ciertas costumbres, y aquel pequeño intento de manipulación le salió prácticamente de manera natural.

Hubiera reconocido su intento de manipularle o no, lo importante del asunto es que funcionó.

Sin decir palabra, sacó su teléfono móvil. No era el mismo que había llevado consigo durante sus últimos meses de libertad, si no un trasto viejo que se había agenciado al poco de convertirse en prófuga de la mal llamada justicia de los puristas. Tenía la pantalla agrietada y presentaba arañazos por toda la carcasa, pero seguía funcionando.

Siguió sus instrucciones, anotando el número y dándole una llamada perdida, y después se volvió a guardar el dispositivo.

—Trato hecho —respondió. «Ya veremos si lo cumples», pensó. No le pareció necesario poner dichos pensamientos en palabras—. Nos vemos en un rato.

⋆⋆⋆

El Valle de Godric era uno de esos lugares emblemáticos del mundo mágico, sumido siempre en una especie de melancolía gris. Al igual que en Hogsmeade, nevaba gran parte del año, y las calles mostraban siempre un aspecto gris, apagado.

Nada más aparecerse en las cercanías de la población, la cual solo conocía de las pocas veces que había tenido que cubrir noticias allí, Xenobia no pudo evitar sentir un poco de esta melancolía, de este desánimo que parecía reinar en sus calles, las cuales aparecían casi desérticas. Allá donde se había aparecido no había ni un alma, cosa que agradeció.

Se echó la capucha por encima de la cabeza, de tal manera que ésta casi le cubría los ojos, y echó a caminar. Revisó una vez más la dirección que Blair le había dado —brevemente se le pasó por la cabeza la posibilidad de que fuera falsa— y se puso a buscarla. Se guió por los carteles de madera que indicaban los nombres de las calles, y más pronto que tarde llegó a su destino: una enorme casa de dos pisos con jardín y muro exterior que, a su juicio, no debía ser barata.

«Pagada por medios ilegales, supongo», pensó la bruja mientras, discretamente, caminaba en dirección a la verja. Echó un vistazo a ambos lados de la calle, buscando miradas indiscretas, pero además de un par de peatones aislados que se preocupaban de sus propios asuntos, no vio a nadie. «Vamos a ver si he acertado...»

La verja no parecía cerrada, pero le pareció una estupidez servirse de esa entrada. Estaba segura de que en cuanto la cruzara, saltaría algún tipo de alarma. En su lugar, bordeó el muro exterior hasta encontrar un lugar por donde saltar. Priorizó que ninguna de las ventanas tuviera una vista clara del lugar.

Al final dio con un rincón que le permitió colarse. El muro no era demasiado alto, apenas dos metros, así que no le supuso un gran problema encaramarse a la parte superior y pasar su cuerpo al otro lado. Aterrizó en cuclillas en el césped recién cortado, y a partir de ese punto se desplazó agachada. Su objetivo principal era la puerta trasera, un armatoste de madera que con toda seguridad tendría un cierre mágico.

Sacó su fiel navaja abrecartas, la cual tenía consigo desde mucho antes de ser fugitiva —así como la destreza para forzar cerraduras utilizando una ganzúa—, y se sirvió de ella para desbloquear el cierre. Empujó entonces la puerta con mucha suavidad, abriendo apenas una rendija, y escuchó.

Nada. Podía seguir.

Abrió la puerta lo suficiente para deslizarse dentro, y después la cerró con la misma suavidad que lo había hecho antes. No hizo apenas ruido. Entonces, guardó la navaja, sacó la varita, y conjuró sobre sí misma un hechizo para amortiguar el sonido de sus pisadas.

Recorrió la planta baja despacio, varita en mano, buscando con la mirada al escurridizo Wilson. No lo encontró en ninguna de las estancias, por lo que optó por dirigirse a las escaleras que conducían al piso superior. Sin embargo, mientras subía peldaño a peldaño, empezaba a preocuparle la idea de haberse equivocado en su suposición: quizás Wilson sí había acudido a su residencia más reciente.

O peor: quizás habían perdido tanto tiempo que había huido.

La vida no tardó en decirle que no se había equivocado: escuchó pasos en el piso superior, y se dirigían directamente hacia su posición.

Xenobia abrió los ojos como platos, sintió cómo se le aceleraba el corazón, y recordó que gracias al hechizo podía correr. Así lo hizo, y descendió las escaleras rápidamente en busca de un escondite. Se encontraba a punto de meterse en el pequeño armario que había bajo las escaleras cuando la puerta al final de éstas se abrió de golpe.

Javen Wilson, portando un pesado bolso de cuero, descendía con grandes zancadas en dirección a la planta baja.

―¡Puto Blair de los cojones! ―murmuraba para sí mismo. Xenobia lo vio detenerse al pie de las escaleras, buscando algo con la mirada mientras se rascaba la cabeza. Estaba sudando como en el peor día de verano―. ¿Dónde he dejado eso…?

Xenobia decidió no esperar más, pues corría el riesgo de que Wilson huyera. Así pues, esgrimiendo su varita, abandonó su escondite y se dispuso a hechizarlo. Debió hacer algún tipo de ruido sin darse cuenta, o simplemente el tipo estaba tan paranoico que tenía ojos hasta en la nuca, pues enseguida le vio sacar la varita y darse la vuelta bruscamente.

Se vio forzada a cambiar de planes, haciéndose a un lado para evitar un chorro de luz verde que iba en su dirección. La maldición asesina impactó directamente sobre la pared del fondo. Wilson no estaba jugando.

―¡Maldita zorra! ¡¿Te manda Blair?! ―escupió con rabia, con los ojos desorbitados, mientras lanzaba un segundo hechizo en su dirección.

Xenobia buscó la cobertura de la cercana puerta del armario bajo la escalera, sobre la cual acertó un nuevo hechizo que voló gran parte de la mitad superior de ésta. Una lluvia de astillas cayó sobre ella, y si le quedaba alguna duda acerca de las intenciones del mago, había quedado totalmente despejada.

—No me envía nadie. Sólo quiero hablar —mintió, en un intento por convencerle para que detuviera aquella ristra de ataques.

―¡Y una mierda!

Wilson conjuró un nuevo hechizo en su dirección, y sin pararse a mirar si había acertado o no, se dio la vuelta y echó a correr en dirección a la puerta. Xenobia escuchó sus apresurados pasos sobre el suelo de madera.

No tenía intención de dejarlo escapar, ni por asomo, así que se lanzó a la carrera detrás de él. Al abandonar los restos de su escondite tras la puerta destrozada, lo vio corriendo por el recibidor. Le apuntó y lanzó unas cadenas mágicas en su dirección, pero éstas no acertaron en su objetivo, si no que terminaron enroscadas en el tiesto de una planta junto a la que éste pasó.

Cambió de planes, y lo que hizo fue hechizar el bolso que el mago llevaba colgado del hombro con un Engorgio. Éste triplicó su tamaño y peso, de tal manera que acabó arrastrando por el suelo y, con la inercia del movimiento, Wilson trastabilló y acabó cayendo al suelo. Perdió la varita en el proceso, la cual rodó en dirección a la puerta que no había logrado alcanzar.

Xenobia lo alcanzó, apuntándole con la varita, y éste se giró en el suelo. Alzó ambas manos a modo defensivo.

―¡No me mates, por favor! ―le gritó. Era más una exigencia que una petición de misericordia.

—Le dije que sólo quería hablar. —Xenobia no bajó la varita, por lo que a pesar de sus palabras, seguía mostrándose amenazante.

―No puedes entregarme a Blair. ¡Mi jefe me matará! ―Su tono de voz era quejumbroso, lleno de auténtico pavor.

—Eso dependerá enteramente de lo que me cuente —le dijo, relajando un poco la postura amenazante, aunque sin bajar la varita—. ¿Le parece bien si empezamos a hablar sobre esos rumores que he escuchado acerca de sus tratos con el Juguetero?
Xenobia Myerscough
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Dylan G. Blair el Dom Abr 12, 2020 11:31 pm

Como un auténtico cazador, Dylan entró en aquel apartamento como Peter por su casa. No, no sabía demasiado de sigilo, ni de entradas a casa ajenas, ni mucho menos de estrategias militares complejas de allanamientos de morada. Él había empezado tocando la puerta y, como nadie contestó, usó un sencillo alohomora para entrar al interior. Siempre le había fascinando el hechizo "alohomora" y no entendía cómo la gente no lo usaba más. Si es que pocos hechizos más efectivos habían, si es que te abría las puertas de todo, ¿lo pillas?

El rubio buscó por todo el apartamento, sorprendido del estilazo que tenía Wilson. No era su estilo de vivienda, pero sí que supo reconocer que cualquiera estaría cómodo en un lugar así, con las vistas que ofrecía un décimo tercer piso.

No había nadie, pero aún así decidió esperar un poco, escondiéndose cual Batman en un rincón oscuro por si Wilson aparecía asustarlo.


***

Mientras tanto, un Wilson que nunca iba a llegar al apartamento, estaba siendo "amenazado" por Xenobia Myerscough. Y pongo "amenazado" entre comillas porque claramente le había dicho que sólo quería hacerle unas preguntas y él se había puesto como un histérico en pánico a atacar mágicamente. Ella lo único que hizo fue defenderse y luego utilizar lo único que parecía funcionar: la varita en su dirección.

Wilson ahora mismo tenía muchas prioridades y niveles de temor.

En primer lugar, su top número uno en su escala de temor estaba compartido entre El Juguetero y Gun, el líder de ARCANA. Sinceramente, ambos habían hecho cosas muy horribles como para poder elegir cuál es los dos le daba más miedo. Así que ahora mismo teniendo delante a una persona que podía dejarle ir y no entregarle a Gun —cosa que ahora mismo temía porque era quién le estaba buscando—, decidió parecer cooperativo. Ahora mismo tenía demasiada prisa por librarse de esa mujer, pues tenía miedo de que en un momento a otro apareciese Blair.

Como a Wilson en esos momentos de estrés horribles no le salía mentir y no quería perder su oportunidad, decidió contar la verdad y cambiar el final para que así la retaíla completa de información conformasen algo creíble.

—¿¡Pero y usted quién es si no trabaja con Gun!? ¿Eh? ¡Joder! —Tuvo que decir para empezar, retrocediendo un poco en el suelo, alzando un poco las manos en señal de inocencia—. Hice tratos con Gun, me dio cosas que al Juguetero le interesaban y yo se lo di al Juguetero. ¡Pero al parecer eso no está bien! —El tipo estaba sudando, hablando a un tono normal porque no quería gritar, sin embargo, se le notaba desesperado—. ¡Yo no firmé con Gun nada de exclusividad! —dijo entonces, como si tuviera relevancia.

Intentó desviar la atención sobre la identidad del Juguetero, pues obviamente la sabía y no quería darla. Si hacía eso, estaba sentenciándose a muerte y él no quería morir.

—Necesito que deje que me vaya: Blair llegará en cualquier momento. Necesito irme. —Le pidió.
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Xenobia Myerscough el Lun Abr 13, 2020 7:23 pm

Javen Wilson había entrado en pánico, como era lógico estando en su situación. No sabía ni quería saber qué asuntos le vinculaban con Blair y su jefe, pero estaba claro que no eran cosa de broma. Asuntos lo bastante serios como para hacer la maleta y huir de la ciudad, llevándose por delante a cualquiera que intentara impedirlo.

En otras circunstancias, Xenobia podría haberse mostrado comprensiva. Podría haber intentado razonar con él, ofreciéndole una salida que beneficiara a ambos.

Pero no. Ese malnacido había intentado matarla, y encima colaboraba con el Juguetero.

Como sospechaba Blair, Wilson estaba trabajando con él. Le había entregado a ese monstruo asesino algo que necesitaba, y si bien ese algo podía abarcar prácticamente cualquier cosa, la bruja supuso que se trataba de algo que le había permitido seguir con sus ataques.

—¡Cierra el pico, cerdo! —gritó Xenobia, al tiempo que conjuraba un hechizo Bombarda muy pequeño junto a la oreja de Wilson. Éste escuchó la explosión bien cerca, sintió el lacerante dolor cuando ésta le rozó la piel y se llevó una mano al oído—¡Vas a hablar cuando te pregunte! ¡¿De acuerdo?!

Entre los dedos de la mano que cubría su oreja corría un poco de sangre, y seguía manteniendo la otra en alto. Sus ojos estaban desencajados y sudaba profusamente. Asintió con la cabeza de manera nerviosa a su pregunta. Ahora se la estaba tomando en serio.

—¿Qué es lo que le diste al Juguetero? —exigió saber, habiendo abandonado por completo todo respeto hacia su persona.

―Materiales… ¡Materiales, nada más!

—¡¿Qué clase de materiales?! —Xenobia le propinó una dolorosa patada en la rodilla, la cual hizo que que Wilson gimoteara—. ¡Responde!

―Por favor. Gun me...

—¡Gun no es tu problema ahora! ¡Lo soy yo!

―¡Vale, vale! ―El tono de voz de Wilson era suplicante―. Para sus bombas… para sus juguetes.

En aquel momento, Xenobia se sintió rabiosa, y deseó aporrear con todas sus fuerzas la cara de aquel hombre. No sabía qué le daba más asco: si el hecho de que estuviera ayudando a uno de los peores psicópatas del mundo mágico a cometer sus crímenes, o que su única preocupación fuera salvar su pellejo.

Sin embargo, hizo un esfuerzo consciente para reprimirse, aún pese a que sus ojos estaban desorbitados y su mandíbula apretada.

—Su nombre. Dímelo —le exigió con un tono de voz que no invitaba a discusión alguna o negociación.

―Yo no... ―empezó a decir, pero Xenobia lanzó otro hechizo peligrosamente cerca de su cabeza, haciendo saltar por los aires un pedazo del suelo un par de metros por detrás de él―. ¡Moriarty! ¡Ansem Moriarty! ¡Ese es su nombre!

—¿Estás seguro de tu respuesta? —Xenobia se llevó la mano al bolsillo del abrigo y sacó de su interior el teléfono móvil—. Si me mientes, puedo hacer aparecer aquí a tu amigo Blair en cuestión de segundos.

Wilson, que sabía que no le valía la pena discutir, y que por fin veía una ventana abierta a través de la cual escapar, sintió renovadas esperanzas. Juntó ambas manos como si estuviera rezando, y casi sonrió de manera aliviada al pensar que aquella desconocida lo dejaría marchar.

―¡Lo juro! ¡Lo juro por mi vida! ¡Ese es el nombre que me dio!

Xenobia le creyó. Creyó en el alivio que vio en sus ojos cuando se creía a salvo, y en ese amago de sonrisa que apareció en sus labios. No había manera de que le estuviera mintiendo, así que memorizó aquel nombre. Se iba a asegurar de investigarlo en cuando regresara al refugio, aún a pesar de lo tarde que era ya.

Con una calma deliberada, la bruja desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, fue a la agenda de contactos y buscó un número en concreto. No dejó de apuntar a Wilson con la varita.

―¿Qué estás…? ¿Qué haces…?

—No recuerdo haberte prometido que no le llamaría. —Xenobia se encogió de hombros, ladeando una media sonrisa al tiempo que se llevaba el teléfono móvil a la oreja. Para cuando volvió a hablar, mirada y varita fijas sobre Wilson, ya no hablaba con él—. Tengo a tu hombre, Blair. Exactamente: en su residencia principal. Es todo tuyo.

Podía parecer una jugada sucia, no lo negaría, pero aquel hombre no le despertaba simpatía alguna. No había visto en él nada que la inspirara para salvarlo, o cuanto menos para darle la oportunidad de marcharse. Fueran cuales fueran las consecuencias de su asociación con el Juguetero, tendría que asumirlas.
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Dylan G. Blair el Miér Abr 15, 2020 9:43 pm

―¿Qué? ¡No! ¡No llame a Blair! ―Intentó agarrarse a ella, pidiendo benevolencia.

No se lo pedía como una orden, sino más bien como una petición misericordiosa: ¡él le había contado lo que quería saber! ¡No podía venderle!

―Me matarán ―dijo con seguridad cuando terminó de hablar con Dylan―. ¡Me van a matar! ¡Gun me va a matar! Por favor, deja que me vaya: tengo familia. Tengo un niño. ¡Tengo un hijo al que quiero ver crecer! ―Le continuó pidiendo.


***

Gabriel ―Dylan para el resto de personas del mundo― recibió la llamada y contestó con hastío y con simpleza. Simpleza porque su orgullo estaba herido y hastío porque odiaba equivocarse, aunque era algo bastante común en él. Por norma general cuando eso ocurría solo se enfadaba con sí mismo, recordándose que ser listo de vez en cuando no mataba a nadie tampoco.

Se apareció en el Valle de Godric directamente, para entonces correr en dirección a la casa de Javen Wilson. No sabía exactamente en donde era, pero la encontró rápidamente. A fin de cuentas, en la zona periférica de Godric no es que hubieran muchas casas en las cercanías, pero una de ellas era la de Wilson y menos mal porque el rubio no era una persona con demasiada orientación.

Observó desde fuera que había una de las luces encendida de la planta baja, por lo que supuso que era Xenobia con Wilson. Fue hasta la puerta principal y tocó la puerta justo a tiempo de que Wilson seguía balbuceando por su vida. Al escuchar el sonido de la puerta resonar, se calló repentinamente, mirando a Xenobia con ojos de corderito degollado.

Corderito degollado sería como Gun no escuchase lo que quería escuchar.

―Soy yo, ábreme ―avisó Dylan.

Myerscough abrió la puerta principal y Dylan entró al interior. Directamente apuntó con la varita a Wilson, sin intención de que éste se le volviese a escapar.

―¡No, por fav…

Pero Dylan conjuró un desmaius para que cayese inconsciente al suelo y se quedase bien quietecito. Luego miró a Xenobia:

―¿Qué? Supongo que ya le has sacado lo que querías ―le dijo a la muchacha, volviendo a conjurar a Wilson para que una cuerda juntare sus muñecas y sus tobillos y se ataran entre sí. Luego, con un leve levitar, hizo que el hombre se quedase sentadito apoyado contra una de las columnas―. Míralo, si parece hasta que se porta bien.

Dylan ahí no era más que un mandado. Por norma general ni debería de estar haciendo eso, pero le había tocado pringar por su cercanía con Wilson, directamente. Por el modus operandi de ARCANA, Wilson tenía todas las papeletas para terminar siendo fiambre, pero obviamente él no iba a decir nada, ni mucho menos meterse en asuntos que no le correspondían.
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Xenobia Myerscough el Mar Abr 21, 2020 9:50 pm

Cuando Javen Wilson reptó en su dirección igual que una serpiente —o más bien un gusano— para agarrarla, su reacción fue instintiva: se zafó de él antes incluso de que llegara a tocarla. Su cuerpo había desarrollado aquellos mecanismos a raíz de la tortura a la que aquellos mortífagos la habían sometido, la noche en que lo había perdido todo.

No escuchó sus súplicas, limitándose a informar del hallazgo a su forzoso compañero de misión. Una vez colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo, aún con la varita en alto, el recital de Wilson continuó.

Tendría que ser una estatua de piedra con un corazón de hielo para no conmoverse, al menos un poco, ante la imagen patética de aquel hombre plañidero. La mención a su familia fue la que más hondo la caló, siendo perfectamente capaz de empatizar con su situación. Y a punto estuvo de ceder, de pedirle que corriera y no mirara atrás, pero no lo hizo.

Se recordó a sí misma que aquel hombre había tenido toda la intención de matarla.

—Cierre la boca y póngase de pie. ¡Vamos! —urgió la fugitiva, moviendo bruscamente la varita para indicar que iba en serio. Su rehén se levantó a duras penas, todavía gimoteando—. Hacia la cocina. Y no intente nada raro, o lo lamentará.

El hombre comenzó a caminar, con las manos ligeramente levantadas, en la dirección que ella le había indicado. Lo siguió con la mirada y con la varita, para luego seguirlo al interior de la susodicha cocina.

―Me estás condenando a muerte… A mí y a toda mi familia.

Aquello le dolió un poco, pero hizo todo lo posible por ceñirse a los hechos: aquel hombre había sellado su propio destino al juntarse con Blair y con ese tal Gun. Ni sabía ni quería saber qué asuntos se traían entre manos esos tres, pues algo le decía que su vida sería muchísimo más tranquila.

—Siéntese. —Señaló uno de los taburetes altos que había en la enorme cocina, junto a la isleta—. Mientras esperamos a Blair, creo que puede contarme algo más sobre ese tal Ansem Moriarty. Algo más ha de tener para contarme...

⋆⋆⋆

No hubo demasiado tiempo para entrar en pormenores, pues para cuando quiso darse cuenta, alguien llamaba a la puerta principal. Lo único que logró conseguir de Wilson fueron algunos balbuceos inconexos más, así como una nueva ristra de súplicas. Nada interesante acerca del señor Moriarty.

Al sonar los golpes en la puerta, su rehén enmudeció de repente. Sabía quién era, y sabía a qué había venido. Sin palabras, Xenobia le ordenó ponerse en pie y acompañarla a la puerta. No tenía la más mínima intención de quitarle el ojo de encima.

Y así recibieron ambos al señor Blair, quien no dudó en dejar inconsciente a Wilson nada más verlo, ahorrándose lo que seguramente sería otro recital de súplicas.

Xenobia observó al rubio hacer lo suyo, y para cuando terminó, el rehén yacía sentado, encadenado e inconsciente, con la espalda pegada a una de las columnas. Su rostro mostraba una expresión casi pacífica. La bruja recordó que, en muchas ocasiones, la inconsciencia es un alivio, tanto para el cuerpo como para la mente.

—Sé más de lo que me esperaba, menos de lo que me gustaría —respondió con cierto misterio, aunque con sinceridad: ya le gustaría haber podido averiguar algo más, como una dirección. Un nombre y un apellido no eran suficientes—. ¿Qué va a pasar con él? Me dijo que tiene familia...

Xenobia trataba de mostrar indiferencia, a pesar de que el tema la preocupaba. ¿Había sido Javen Wilson todo un engorro, posiblemente metido en problemas de dudosa moralidad? Sí, desde luego. ¿Había ayudado al Juguetero e intentado matarla a ella? Sí, también. ¿Merecía que tanto él como su familia acabaran muertos? De eso último no estaba tan segura. Especialmente en lo que a su familia respectaba.

Sin embargo… ¿qué podía hacer ella al respecto? No creía que pudiera hacer nada.
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Dylan G. Blair el Dom Abr 26, 2020 10:26 pm

En ARCANA las cosas eran muy diferentes y era una organización en donde todo daba igual: si tú hacías negocios con ellas, te enfrentabas a sus condiciones, las cuales eran muy, muy directas y nada flexibles. Si la cagabas: te jodías y no había otra. El líder de la organización a veces sentía un poco de benevolencia por la causa y daba segundas oportunidades, pero Gun no destacaba precisamente por ser así. De hecho solía optar siempre por la opción más drástica, pues no le gustaba hacer tratos ni con traidores ni con personas sin las lealtades claras.

O directamente con personas que no sabían seguir las instrucciones de un papel.

Así que cuando Xenobia le preguntó, Dylan supo muy bien la respuesta que debía darle. Quizás en otra ocasión se hubiera pensado si decir la verdad o no, pero había quedado claro que con Myerscough mejor ir con la verdad por delante porque si no te persigue, se convierte en tu molestia personal y no te suelta hasta que le digas hasta tu número de la seguridad social de San Mungo.

—Mi jefe no suele dar segundas oportunidades —le respondió, directo—. ¿Y qué más da que tenga familia? ¿Él acaso lo tuvo en cuenta cuando hizo tratos con mi jefe? —Y entonces alzó sendas manos, evidenciando la gran casa que tenía—. Te digo yo que si tienes una casa así y una familia, primero no te metes en la droga, segundo no te vas con una fulana a pegársela a tu mujer y, tercero, no haces un trato que te puede meter en un ataúd. ¿De verdad te crees que a éste imbécil le importa su familia? —El rubio enarcó una ceja.

Realmente Dylan no era de aceptar de buen grado el castigo de la muerte, pero después de tanto tiempo le daba igual y, sobre todo, no sentía pena por un idiota que no valoraba lo que tenía. Wilson era un hombre con dinero, con una mujer que le quería y un hijo: ¿de verdad le valía la pena meterse en toda la mierda que se metía? Dylan lo dudaba mucho.

Ni él, que era un cafre, arriesgaría tanto por tan poco.

—No te voy a mentir: lo más probable es que muera —le dijo directamente—. Si sobrevive es porque habrá hecho un trato mejor con mi jefe que éste crea que puede cumplir. ¿Pero sabes? Ni lo sé, ni me importa. Ni siquiera me debería de haber tocado a mí venir a por éste imbécil, que yo solo vendo drogas...

Y se acercó a Javen, cogiéndolo del suelo para cargárselo al hombro. Dylan estaba más tranquilo, básicamente porque había cumplido con esa misión, aunque hubiese sido a raíz de hacerse una pequeña alianza con una fugitiva.

—Me voy —le dijo entonces, con el culo de Wilson al lado de su cara—. Un placer hacer negocios contigo, Grano en el Culo. Espero no volver a verte. —Se despidió, pasando por su lado para salir por la puerta y asegurarse de que funcionara la aparición, pues por norma general en lugares cerrados y casas ajenas solía haber protección.
Dylan G. Blair
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Dylan G. BlairMiembro ARCANA

Xenobia Myerscough el Sáb Mayo 02, 2020 1:40 am

En pocas palabras, Javen Wilson podía considerarse hombre muerto. Dylan Blair lo estaba dejando claro con sus palabras.

La fugitiva miró al hombre que, apenas hacía diez minutos, había apuntado una varita en su dirección con intención de matarla, y aunque le costara reconocérselo incluso a sí misma, no se sintió bien con la idea de entregarlo. Jamás había creído en el ojo por ojo, en acabar con la vida de una persona sin más.

Pero no podía hacer nada. La supervivencia era lo primero, y con toda sinceridad, no quería meterse en problemas con una organización desconocida de cuya existencia acababa de enterarse. Suficientes problemas tenía.

«Él se lo ha buscado», pensó, intentando convencerse a sí misma. «Yo no le obligué a meterse en asuntos ilegales ni a hacer tratos con ese Moriarty. Él se lo ha buscado.»

—Pues mucha suerte, Wilson —concluyó, después de que Blair le explicara lo del nuevo trato que podría salvarle la vida, sin demasiado entusiasmo—. Mucha suerte...

Así que, listo, allí se terminaba aquella pequeña colaboración. Seguramente ambos opinaban lo mismo: que ya había durado demasiado. Xenobia asintió con la cabeza cuando el traficante se despidió de ella, ignorando por completo su última puya. En realidad, esperaba lo mismo: no tener que volver a mezclarse en los asuntos de una organización como aquella, fuera cual fuese. Quizás fuera una fugitiva, pero había negocios en los que no quería verse metida.

—Lo mismo digo —respondió sin más, y entonces se quedó sola.

Por un momento, no supo bien qué hacer. Se quedó allí parada, contemplando aquella casa que tanto dinero debía haber costado. Volvió a preguntarse si el tal Wilson, posible futuro cadáver, habría pagado aquello con dinero ilegal, y decidió que le daba lo mismo: lo importante era cubrir sus propias huellas y, de paso, hacerle un favor a Blair cubriendo las suyas.

Conjuró una serie de hechizos a fin de reparar los desperfectos que había sufrido la casa durante su breve duelo con Wilson, luego uno para borrar sus huellas allí donde pudiera haber puesto una mano, y regresó con la bolsa que el mago llevaba colgada del hombro cuando huía. Ésta yacía en el suelo, cerca de la puerta, ya en su tamaño normal y a pocos centímetros de su varita.

Se agachó y abrió la cremallera, abriendo los ojos como platos al descubrir una ingente cantidad de dinero en metálico, muggle y mágico, allí dentro. También había algunos documentos, en su mayoría pasaportes y documentos de identidad falsos.

Decidió que no podía dejar aquello allí tirado: documentos y dinero podrían resultar valiosos para la Orden del Fénix. Así pues, echó la varita dentro de la bolsa, cerró la cremallera, y se la echó al hombro.

Siguió entonces los pasos de Blair, y tras cerrar la puerta trasera de la casa, se marchó del Valle de Godric utilizando la aparición.
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