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Perdón por las horas. ―Lohran.

Sam J. Lehmann el Jue Abr 02, 2020 11:39 pm

Perdón por las horas. ―Lohran. FVZuFV4
Juglar Irlandés | 03/04/2020 | 16:45h | Atuendo

Sam se acordó de Lohran. Y no, no es que se acordase mil años después simplemente porque sí, ni que hubiese visto una película en donde salió un negrito y recordase que tenía un amigo negrito.

Llevaba varias semanas queriendo contactar con él, pues llevaba dichas semanas recordando que habían compartido por primera vez. No sólo aquel momento en donde intervino por él, sino sobre todo la vivida después en donde tenía su caseta. Sam no recordaba mucho de aquella época por su propia salud mental, pero debía de admitir que ese día no se le había olvidado y que Lohran fue uno de esos puntos de luz en medio de una mirada pésima y oscura.

Las pocas veces que lo había visto se sentía súper a gusto con él pese al poco tiempo que habían tenido para conocerse, como si realmente hubiera alguna especie de vínculo entre ellos o… sencillamente que se conocieron en la peor versión de sí mismos, despojándose totalmente de prejuicios en aquella conversación. Además, ahora mismo Sam tenía una vida buena para lo que le había tocado vivir y no quería que lo poquito que había creado con ese hombre, desapareciese sin más.

Realmente si tardó tanto en contactar con él fue porque era complicado y no había realmente ningún motivo más que: “me apetece verte.” Y eso sonaba raro. Sonaba raro a medias. Menos mal que era lesbiana hasta la médula o sonaría raro entero.

Al final, teniendo en cuenta que necesitaba un respiro, sobre todo ahora que Gwendoline parecía Miss Limpieza con lo del COVID-19 pese a que sabían que no podían contagiarse. Entendía que era por precaución, para no pegárselo igualmente a nadie pero… ¡si es que ni siquiera podían ver a nadie! Y ojo: Sam era precavida, mucho. Pero el exceso a veces le ponía un poco nerviosa. Así que decidió contactar con Lohran para… realmente cambiar de aires. Le apetecía hablar de todo y de nada porque entre ellos en realidad todo daba igual. No sé, era una sensación rara.

Le había citado en el Juglar Irlandés. Su casa quedaba descartada, primero porque no llevaba a nadie a su casa que no fuera de absoluta confianza para ambas chicas y, segundo, porque Gwen no le dejaría entrar con esto de la cuarentena. Decidió ir al Juglar Irlandés porque estaba cerrado por ley, así que de paso organizaría la biblioteca con la última donación de libro que recibió y no habían sido colocados. Tenía ganas de perderse en una mini-biblioteca, con una buena conversación y un tazón de café.

Usó el método que Lohran le dijo que utilizara para contactar con él, pero… sinceramente, no obtuvo respuesta. Ella, aún así, se fue al Juglar Irlandés para hacer lo que tenía pensado. Si iba, sería genial; y si no iba… pues lo único que pasaría es que se pondría triste y pensaría que no le había llegado el mensaje. Eso sí, se había prometido no dramatizar.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Sáb Abr 04, 2020 10:00 pm

Creía haberlo visto todo, haber vivido suficientes desgracias como para que nada en el mundo pudiera sorprenderlo, y se equivocaba.

Había pasado los últimos meses en un estado apático, casi desapegado del mundo. No era para menos, ¿no? A fin de cuentas, perder a una hermana de la manera en que él había perdido a la suya no era algo fácil de asimilar. Y mucho menos cuando le quedaba otra hermana de la que cuidar.

Lucy y él eran todo lo que quedaba de su familia —Lohran no contaba a su padre biológico como parte de su familia, tan olvidado que lo tenía— y como tal debían apoyarse. Ello implicaba mantenerse firme ante las adversidades, tragarse su propio dolor y tratar de consolar a su hermana.

Hermana que, cabía señalar, parecía estar tragándose su dolor también.

Ninguno de los dos creía que la muerte de Ayax Edevane les fuese a dar consuelo alguno. Ya no solo por respeto a la petición de Angelica Edevane, sino también por ellos mismos, habían dejado correr aquella venganza. ¿Qué les iba a reportar, después de todo, añadir otro cadáver a la lista? Sí, quizás librasen al mundo de un monstruo en potencia, pero… ¿no había ya cientos? ¿Hasta qué punto ayudaría a la causa matar a un simple mortífago?

Así que así estaban las cosas: lo habían dejado correr para concentrarse en sí mismos.

Su proceso de curación espiritual incluía un renovado resentimiento hacia su propio grupo, los radicales. Había tratado de comprender, de empatizar con ellos en la decisión de acabar con la vida de lo que quedaba de su hermana. Lo había intentado con todas sus malditas fuerzas, y el resultado había sido nefasto: aún logrando entender que su muerte servía a un bien común, el resentimiento seguía ahí. Y sin apenas darse cuenta, había empezado a perder la fe en aquella causa violenta.

***

Y entonces llegó 2020, y con 2020 llegó la maldita pandemia.

Incluso en aquel momento en que caminaba a través de las calles desiertas de Londres, contemplando cientos y cientos de establecimientos que habían echado el cierre y bajado la persiana, Lohran se sentía como sumergido en una especie de irrealidad. Parte de él no asimilaba que lo que estaba ocurriendo era real.

Los diarios mágicos habían lanzado una noticia tranquilizadora: los magos no se podían enfermar con el virus.

Para muchos, aquello era más que suficiente: ¿qué preocupación iban a tener? ¿Qué más les daba ser portadores asintomáticos de aquel contagioso virus, aún si con ello contagiaban a los muggles?

A él sí le importaba, igual que a muchas personas que vivían en el refugio.

Dadas las penosas circunstancias de vida de algunos residentes del refugio, era natural ver a muggles residiendo allí temporalmente. Los fugitivos tenían familiares no mágicos, muggles y squibs, y rogaban a Maximus que les permitiera ocultarlos allí, y así poder mantenerlos a salvo mientras les buscaban lugares seguros en que vivir.

Dichos lugares seguros solían encontrarse en otros países, con otros nombres. Sobra decir que esto, huir de Inglaterra, se había complicado notablemente con el escaso tráfico aéreo que había en los cielos.

Así pues, había un par de docenas de muggles residiendo en el refugio, y algunos de ellos habían contraído el virus. Posiblemente, culpa de los magos, que lo habían llevado al refugio. Ahora, los sanadores trabajaban a destajo para asegurarse de que ningún muggle muriese, y para prevenir más contagios allí dentro. Era difícil, pero hacían lo que podían.

Sin embargo, el brasileño encontraba complicado el mantenerse positivo con todo aquello. Por si los problemas no fueran pocos, por si no hubiera suficientes desgracias, ahora tenían que tratar con una pandemia. ¿Podía irse todo un poco más a la mierda?

«Necesito despejarme», se dijo, mientras recorría a zancadas el camino en dirección al lugar donde Sam lo había citado. «Esto me vendrá bien.»

Atisbó, no muy lejos de su posición, el rótulo que rezaba “El Juglar Irlandés”. Igual que todo lo demás a su alrededor, el establecimiento aparecía cerrado, con las persianas bajadas, y no parecía que hubiera vida en su interior. Imaginaba que Samantha estaría allí dentro, quizás con una simple luz encendida que no se lograba ver desde el exterior, pues sabía que podía fiarse de ella.

Si le había citado, allí estaría.

Salvó los últimos metros que le separaban de la cafetería, pendiente de que no hubiera nadie observándolo que pudiera llamar a la policía. Se decidió a acceder por la parte de atrás, un estrecho callejón que conducía directamente a la puerta trasera y los cubos de basura. Recorrió el corredor con el sonido de sus pisadas reverberando en las paredes, y se detuvo ante la puerta.

Llamó suavemente, dos veces, con los nudillos, y acto seguido se anunció:

—Soy yo, Lohran. —Y esperó, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos de su chaqueta.

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Sam J. Lehmann el Dom Abr 05, 2020 6:54 pm

Se encontraba en la parte alta observando las dos cajas que había de libros, sacando algunos para dejarlos sobre la mesa e ir diferenciándolos para poder ordenarlos. Ella había organizado esa pequeña biblioteca a su gusto después de haberle demostrado a Erica y Alfred que sabía mucho de libros y de cómo deberían ir organizados, por lo que podría decirse que esa parte del Juglar Irlandés ―su favorita, además― era como “de ella”, pues ella se encargaba de que siempre estuviera bien. De hecho, fue ella misma quién pidió esa donación para tener nuevos libros en el Juglar, pues se había dado cuenta de que uno de los clientes más asiduos eran los que podía ir allí a descansar de verdad, evadiéndose del resto. Le gustaba ver esa sincronía: los que iban a la parte alta a leer, solitarios y tranquilos, mientras que abajo se quedaban los que sólo querían tomarse un café, charlar e irse.

Incluso le había pedido a Alfred que comprase un par de estanterías de Ikea para poder añadir más libros, como los “más leídos” para motivar a los más indecisos o incluso una estantería en donde los clientes pudieran intercambiar libros: dejar uno y llevarse uno, para que hubiera más afluencia e intercambio.

Y, de hecho, a Alfred le había encantado ambas ideas y las dos cajas estaban en su despacho, pero no la habían puesto todavía por pereza. Desde que Sam se mudó le había cogido tirria a los dichoso muebles del Ikea.

En medio de sus planes de bibliotecaria cutre ―pues no podía optar a más―, escuchó llamar a la puerta trasera, asumiendo que se trataría de Lohran. De hecho, apenas tardó un segundo en escuchar afirmar que era él. Automáticamente se apareció frente a la puerta y abrió tras pasar la llave, sonriendo al ver a su amigo al otro lado.

―¡Hola!

Esbozó una amplia sonrisa, dejándolo pasar al interior. Cuando cerró la puerta y pasó la llave, alzó sendos brazos para darle un abrazo a su amigo. Bueno, a lo mejor tratarlo de “amigo” era un poco apresurado teniendo en cuenta que se habían visto TRES VECES en un intervalo de TRES AÑOS o más, pero quería pensar que eso no era impedimento para que ella lo considerase como tal.

Se soltó después de unos segundos.

―Siento haberte contactado para literalmente nada, pero me apetecía verte solo porque sí ―dijo antes que nada―. No sé cómo estará yendo tu vida de fugitivo, pero yo no es que tenga excesivas relaciones sociales y pensé: “Es una pena que con lo bien que me cae, solo nos veamos en situaciones tan feas de atracos o persecuciones” ―añadió con una sonrisa divertida, acercándose a la máquina del café―. ¿Quieres café o chocolate? Te recomendaría un café porque soy la mejor barista de este lugar ―le recomendó.

Ya que era una Ravenclaw frustrada haciendo café, qué menos de alardear de SU BUEN CAFÉ.

Por norma general Sam se encargaba de los libros como tarea casi secundaria, pero ella además de hacer de camarera normal, solía ser la encargada de hacer los cafés y estar detrás de la barra para pedidos rápidos o de llevar. Por eso tenía esa dura pelea con la dichosa máquina que no estaba del todo bien y muchas veces le quemaba. Sin embargo, había aprendido a domar a la máquina y parecían haber hecho un poco las paces. Eso y que vino el técnico a arreglarla, claro. Ahora cada vez que se quemaba no tenía la excusa de decir que la máquina estaba rota.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Miér Abr 08, 2020 7:30 pm

No fue mucho el tiempo que el fugitivo permaneció allí, de pie, con las manos en los bolsillos y una expresión ceñuda en el rostro.

Sin embargo, para una mente llena de tribulaciones y pensamientos negativos como la suya, cualquier pequeño espacio de tiempo era suficiente para ponerse en funcionamiento. Si es que alguna vez se había detenido aquel ritmo demencial dentro de su cabeza, claro.

Por enésima vez desde la muerte de su hermana, Lohran se dio cuenta de que en su estado de ánimo predominaban la rabia, la tristeza, y las ganas de golpear algo, lo más duro posible, hasta despellejarse los nudillos. A menudo, ese algo era la cabeza de Ayax Edevane, pero generalmente se imaginaba una pared. Siempre se preguntaba si hacer aquello lo haría sentir mejor, y siempre llegaba a la misma conclusión: no, ni por asomo; nada le haría sentir mejor en aquellos momentos.

Seguía viviendo, seguía adelante más por obligación que por un deseo real de hacerlo. Muchas habían sido las desilusiones y decepciones que la vida le había puesto delante en los últimos meses. Le costaba mucho ver las cosas como las veía su madre, una mujer religiosa que creía fervientemente que cada ser viviente tenía un propósito que cumplir.

¿Cuál era el suyo? ¿Cuidar de su familia? Porque, de ser así, había fallado miserablemente.

Tan sumido estaba en estos pensamientos, con una mirada vacía fija en el suelo del callejón, que el suave chasquido metálico de la cerradura al abrirse lo hizo dar un respingo.

Allí estaba ella, Samantha Lehmann, aquella fugitiva a la que había conocido en una situación diametralmente opuesta a aquella: entonces, ella era la que estaba perdida, la que seguía adelante casi por obligación, habiéndose alejado de todo lo que creía y conocía; él, por su parte, mantenía una actitud positiva frente a la vida, aún a pesar del fallecimiento de su madre y su padrastro.

Se esforzó por sonreír, y supo que no le salió del todo bien. No sabía fingir una sonrisa, y a menos que lo sintiera, el gesto siempre le salía forzado.

No fue forzado del todo, al menos: se alegraba sinceramente de ver a aquella chica.

Pasó al interior cuando ella se lo indicó, y no tuvo tiempo de decir nada antes de que ella le abrazara. Aquello lo tomó por sorpresa, pero fue capaz de responder de una manera más o menos correcta.

—No te preocupes —le respondió cuando se disculpó por haberle contactado. Como si hiciera falta semejante cosa—. Me alegra poder salir de mi refugio con algún motivo que no incluya peligro de muerte, o hacer de recadero. —Fue su mejor intento de broma, e incluso lo acompañó con un esbozo de sonrisa. Ésta le salió un poquito mejor—. Me has convencido con eso del café. ¿Puede ser irlandés? No me vendría mal un trago.

No creía poder emborracharse con un café irlandés, pero un poco de alcohol le ayudaría. No era un borracho empedernido, pero sí era de esos que sentía cierto alivio para sus tragedias personales cuando las remojaba con un poco de licor. Y últimamente, tenía muchas tragedias que remojar.

Echó un vistazo al lugar, en el cual podía afirmar que no había estado nunca, y enseguida le sedujo su aspecto. Era muy hogareño para tratarse de una cafetería. Definitivamente, era mucho más cálido y acogedor que su propio refugio, lo cual decía mucho de las condiciones en que vivían él y los otros fugitivos.

No podían quejarse, obviamente, pero…

—Así que aquí trabajas... —comentó, paseando la vista alrededor, asintiendo un par de veces con la cabeza—. Es mucho mejor que el dichoso McDonalds en que trabajé yo. Debes estar muy a gusto aquí.

Por supuesto, sabía que una cosa era visitar un lugar bonito, y otra muy distinta trabajar en él. La hostelería, además, era un negocio bastante esclavo, como bien había podido comprobar en carne propia. Y más si, como ellos dos, se procedía de un puesto tan relativamente cómodo como lo era cualquiera dentro del Ministerio de Magia.

Seguro que también había notado la diferencia salarial.

—¿Lo llevan muggles? ¿O hay alguien más “de los nuestros” en plantilla? —preguntó, como mera curiosidad. No era un dato relevante, pero servía para iniciar una conversación.
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Lohran MartinsRadical

Sam J. Lehmann el Dom Abr 12, 2020 11:31 pm

Le sonrió a su chiste, pues ella también necesitaba salir de su "zona de confort", al menos durante un rato. Necesitaba cambiar de aires, reír un rato y modificar el chip con el que llevaba estando todas esas semanas de ahí para atrás. Y claro... cuando pensaba en "evadirse", le venía aquel recuerdo con Lohran en donde literalmente se evadió de su vida de mierda, así que por eso se acordó de él.

Era bonito en el fondo que se acordase de él cuando pensaba en eso, aunque sólo se acordase una vez al año. ¡Se había propuesto que no volviera a pasar otro año hasta entonces!

—¡Claro! —respondió, contenta por su petición—. Supongo que no has visto el cartel de la entrada, pues se nota a la legua que este sitio está creado por irlandeses y, por tanto, tenemos el mejor whisky irlandés, al menos bajo la sabia opinión de mi jefe —le dijo divertida, agachándose para sacar de la despensa de abajo el whisky de calidad.

Claramente habían dos whisky: el de los café y el de las bebidas. A Lohran le iba a echar en el café el de las bebidas porque era mucho mejor y se quedaba infinitamente más rico.

Empezó a hacer los café, pues ella se tomaría un capuchino para acompañarlo. Mientras sacaba los ingredientes —pues hacer un café bonito venía de la mano de muchos ingredientes—, escuchó a Lohran hablar sobre el sitio, a lo que no pudo evitar sonreír y asentir con la cabeza.

—Lo estoy, sí —le respondió, quitando la leche caliente de la máquina antes de continuar—: Tuve mucha suerte encontrando un sitio así. Si te soy sincera me hubiera gustado un trabajo que no fuese de cara al público por eso de los infartos diarios, pero gracias a Merlín que los magos no están demasiado interesados en entrar en una cafetería a leer libros muggles. Y si lo hacen, por norma general son magos predispuestos a rodearse de muggles o leer sobre ellos. —Los cuáles no podían ser muy malos.

Pese a que le encantaba El Juglar Irlandés, debía de admitir que desde lo de Zed Crowley no veía el lugar con los mismos ojos. Temía otro encuentro agresivo en el que cualquiera pudiera salir herido y, sinceramente, cada día estaba menos convencida.

Lo que a Sam le estaba pasando es que todo le estaba creando demasiada preocupación, la cual se convertía en presión y al final terminaba pensando lo evidente: ¿por qué narices sigo aquí y no me voy a otro país a vivir en mi tienda de campaña?

—No, ninguno. —Acompañó la negación con la cabeza—. Son todos muggles, aunque uno de ellos ya descubrió el percal de la magia, lo cual todavía no sé si es bueno o malo —confesó divertida ladeando una sonrisa—. Es decir, me alegra que lo sepa porque odio mentir pero... ¡es muy estresante cuando hace comentarios! Obviamente nadie va a creerse que soy bruja, pero igualmente yo lo veo tan descarado que no puedo evitar ponerme nerviosa.

Sirvió los café en las respectivas tazas, para entonces sacar la nata y abrir la botella de whisky para el de Lohran.

—No sé, es raro... —añadió entonces, aunque no hubiera dicho nada—. Llevo ahora mismo dos años aquí y me gusta, pero me sigo viendo y pienso que es surrealista que trabaje en un sitio así para esconderme de lo que un día fui. —Sonrió tristemente—. Pero bueno, es lo que hay —dijo resignada.

Era lo que se decía últimamente: "es lo que hay". ¡Y ea! ¡A seguir viviendo!
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Vie Abr 17, 2020 2:34 pm

El Juglar Irlandés tenía ese aspecto acogedor a la vez que profesional que, a juicio de Lohran, solo mostraban los negocios familiares. Podía parecer una presunción absurda, pero la decoración decía mucho del mimo con que una persona llevaba su negocio. La de aquel lugar distaba mucho del aspecto frío y estilizado de otros negocios, como podía ser el McDonalds en que él mismo había trabajado un tiempo.

Esbozó una media sonrisa ante el comentario de Samantha con respecto al café irlandés. Sí, claramente habría que ser ciego para no darse cuenta de que aquel lugar estaba llevado por irlandeses… aunque, dada la apropiación cultural que de cuando en cuando se veía en aquellos días, ya nada le sorprendería.

Lo importante de todo aquel asunto era que Sam parecía feliz de trabajar en aquel lugar. Su devoción iba hasta el punto de presentarse allí cuando el gobierno inglés había ordenado echar el cierre a los negocios de hostelería, entre otros.

—Y los que no vienen por aquí son precisamente los que preferirías mantener más lejos, así que perfecto —respondió con respecto a los pocos magos que se pasaban por aquel lugar, que incluso en sus horas de mayor afluencia debía ser todo un remanso de paz. No había más que echar un vistazo a las estanterías llenas de libros—. Pero dentro de lo que es exponerse al público, parece un lugar tranquilo. Si se parece un poco a la biblioteca de Hogwarts, aquí habrá bastante silencio...

La observó trabajar mientras le preguntaba cosas, a fin de ponerse al día. Mientras se interesaba por saber si había algún mago más trabajando allí, se fijó en que se desenvolvía, efectivamente, como alguien que ya tenía una cierta experiencia en aquel sector.

Alzó las cejas en una expresión de sorpresa cuando la rubia le explicó que uno de sus compañeros, muggle, conocía su secreto. ¡Y seguía vivo para contarlo! Es más: ¡Y el mundo no había estallado, como parecían creer los puristas que ocurriría!

Sin embargo, el muchacho no parecía ser lo que se decía muy discreto.

—Igualmente, debería tener cuidado con esos comentarios —sugirió Lohran—. Llámame paranoico, pero yo es que ya veo enemigos en todos lados, y nunca se sabe quién podría estar escuchando.

Cierto era que dudaba mucho que cualquier mortífago o purista que se preciase se dejase ver por aquel tipo de sitios. A fin de cuentas, para ellos debía ser algo indigno, como vivir en una pocilga o algo así. Sin embargo, ya se esperaba cualquier cosa de los cazarrecompensas, que estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de cobrar una recompensa. Hasta vender a sus madres, si hacía falta.

La fugitiva sirvió ambas tazas, siendo la de Lohran la más decorada de las dos, con nata y todo. No era eso en lo que estaba pensando cuando había dicho “café irlandés”, pero bueno. No iba a echarle la culpa a ella: había sido él quien no se había explicado bien.

Tomó la cucharilla y se puso a remover el café para incorporar la nata y convertirlo en una bebida “normal” —quizás excesivamente dulce para su gusto—, pero no lo probó aún: salía endiabladamente caliente de esas máquinas.

—Podría haber sido peor: podrías haber conservado tu antiguo empleo —bromeó Lohran, esbozando una sonrisa divertida; alzó entonces la vista de la taza para mirarla a los ojos—. Casi que me alegro de que nos hayan “despedido” del Ministerio: si llego a tener que seguir trabajando para McDowell, creo que me pego un tiro.

Resultaba difícil de creer que, no hacía tanto tiempo, ambos trabajaban entre las cuatro paredes del Ministerio de Magia. Sí, en distintos departamentos, y por eso no habían llegado a conocerse, pero a fin de cuentas habían sido compañeros. De haber tenido que manifestarse por sus derechos laborales, habrían participado en la misma manifestación, aunque eso nunca se había dado.

—Está bien ver que todo te va tan bien, sinceramente. Es un alivio tener alguna buena noticia, tal y cómo están las cosas. —Lohran, valorando que ya era buen momento para probar el café, se lo llevó a los labios, bebió un sorbo, y asintió convencido con la cabeza—. ¡Muy bueno! Tienes mi aprobado con matrícula de honor como elaboradora de cafés.
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Sam J. Lehmann el Dom Abr 26, 2020 10:23 pm

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —le respondió divertida a su comentario.

¡De llamarle paranoico nada, ella le entendía perfectamente! Había sufrido principios de infartos al ver a personas entrando por las puertas del Juglar Irlandés y, no quería ser mala persona, pero es que había hombres y mujeres con tremendas caras de mala hostia que una llegaba a pensar de verdad que eran mortífagos, asesinos a sueldo o vete tú a saber qué. Sam lo pasaba mal trabajando de cara al público, pero es que era el trabajo que más fácil era conseguir en Londres haciéndote pasar por extranjera y conformándote con una paga normal.

Que ojo, era una paga justita justita, pero la única cosa buena que tenía que Gwendoline siguiese trabajando en el Ministerio de Magia es que su nómina sí que era suficiente para que el sueldo de Sam no fuese un problema.

—Lo intento, créeme, pero creo que no somos conscientes del valor que le da un muggle a todo esto. Es decir... sí, nosotros lo descubrimos con once años y... ¡wow, increíble! Pero este chico tiene veintisiete años y soñaba con controlar La Fuerza de Star Wars —le comentó a Lohran, sin poder evitar sonreír hablando de Santi—. Enseñarle que la magia era mucho mejor que La Fuerza de Star Wars hizo que ahora mismo seamos su nueva meta en el mundo. No para de preguntarme que si puedo convertirle en mago. —Y se rió. Pero se rió divertida, en general, no de Santi en particular.

De Santi se reía en su cara, que para algo había confianza.

Cuando le dio el café, ella también se puso a soplar y remover el suyo, escuchando lo que decía de trabajar en el Ministerio de Magia. Sinceramente, nunca se había planteado la opción de trabajar en el Ministerio de Magia para McDowell porque... era directamente imposible. Sin embargo, ahora que lo había mencionado... debía de ser realmente horrible. Eso sí, no se sentía demasiado objetiva: ya había trabajado como legeremante para personas despreciables y no había podido hacer nada. Aunque si llega a tener el poder de sus decisiones, probablemente sí que hubiera dejado el trabajo.

—Hubiera sido totalmente inviable: ¿McDowell aceptando que sangre sucias impartan legeremancia? No creo qeu ni los mismos puristas aceptasen clase de alguien como yo, por si les infecto el cerebro —bromeó, ladeando una sonrisa.

Se puso contenta de que Lohran se alegrase por ella, aunque ahora mismo las cosas en su vida no fuesen tampoco exageradamente bien. Por una parte tenía MUY CLARO de que no podía quejarse porque debía de tener una vida de oro para una fugitiva, pero por otra parte consideraba que dada las posibilidades que tenían y lo que tenían que vivir, sus decisiones no parecían muy dadas a la felicidad y alejarse de los problemas.

Sólo esperaba que todo eso acabase pronto, pero encontrar al Juguetero parecía casi tan factible y posible como un cambio de gobierno. Luego probó el café y, al ver la sorpresa de Lohran al probarlo, sonrió.

—Oye, qué me dedico a eso. Me pagan por hacer cafés, ¿Eh? Qué menos que hacerlos deliciosos —respondió, saliendo entonces por un lado de la barra—. Ven, acompáñame arriba que hay sillones y éstas sillas de maderas son incómodas.  

Ambos se llevaron el café para la parte superior, en donde se sentaron en los respectivos sillones que rodeaban una mesa. Había un sillón de dos plazas y dos sillones de una plaza, pero Samantha se sentó en el de dos, dejando que Lohran se sentase en donde quisiera.

En el centro de la mesa había una caja de cartón en cuyo interior había un montón de libros.

—¿Y qué me cuentas de ti? —Se apoyó atrás para tomarse cómodamente el café—. ¿Te va todo bien?

«Por favor, que le vaya todo bien» , deseó, pues de verdad quería notar un cambio positivo en el mundo, aunque sólo fuese en la vida de un compañero de mala suerte al que le había tocado vivir la misma mierda que ella.
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Lun Mayo 11, 2020 5:05 pm

Sus experiencias en el tema de los muggles descubriendo la magia, esa colisión de mundos que en muchas ocasiones era inevitable, eran de lo más variados.

Reacciones positivas podía contar unas cuantas, una gran mayoría. No tenía que echar la vista ni muy atrás, ni muy lejos: muchos de los habitantes del refugio tenían familiares muggles que, al saber lo que ocurría con el gobierno mágico actual, les habían brindado todo su apoyo. Y eso sin mencionar a su propia madre, que se había mostrado incluso ilusionada al saber que sus dos hijos primogénitos contaban con el don de la magia.

Por otro lado, estaban las negativas, y si bien eran una minoría, eran las que más solían doler. Lohran las había conocido de primera mano también, por desgracia, cuando su propio padre los había repudiado a él y a Prue.

En su fuero interno había optado por borrarle por completo, por fingir que no existía, y había abrazado a su padrastro como su auténtico padre. Sin embargo, la espina de volver a ver a ese hombre y decirle cuatro cosas bien dichas siempre la tendría clavada… aunque, en lo personal, no sentía necesidad alguna de volver a verlo. Que siguiera con sus anticuados principios y sus creencias religiosas extremistas.

—No creo que le apetezca ser mago, dadas las circunstancias —dijo el brasileño, para acto seguido añadir, con una media sonrisa que indicaba que bromeaba—. Si tú y yo ya somos la élite en lo que a escoria se refiere, imagínate cómo tratarían a un híbrido entre muggle y mago con poderes artificiales. No descarto que inventaran un nuevo término para ellos, y que se dedicaran a exponerlos en circos de fenómenos, de esos que se ven en las películas.

Lo peor de aquella broma era que, quizás, no anduviera del todo alejada de la realidad. Si existían lugares como el Área-M, una carnicería camuflada como lugar de investigación, ¿por qué no iba a ocurrírseles a los puristas sacar rédito económico a costa de exponerlos a ellos y a sus semejantes como si fueran una rareza de la naturaleza?

Todo era posible en un mundo tan loco como el actual.

Todo… salvo imaginarse a McDowell o cualquiera de los integrantes del actual poder mágico trabajando en compañía de nacidos de muggles, claro. Teniendo en cuenta que los veían como animales, como seres inferiores a los que había que erradicar, dudaba mucho que les permitieran tener empleos como los que desempeñaban antes del cambio. Como mucho, los permitirían trabajar de burros de carga… o los pondrían en algún empleo con alto índice de mortandad. A fin de cuentas, según su retorcido pensamiento, ¿qué se perdía si ellos morían? Seguramente, nada.

—Nos habrían reasignado como conejillos de indias al Departamento de Misterios. —Lohran se encogió de hombros—. O quizás nos pusieran a cuidar de las criaturas mágicas más peligrosas, para que con un poco de suerte, una nos zampase en algún momento.

En la situación que estaban… estaba permitido bromear. Formaban parte de un colectivo oprimido —oprimido de verdad, en este caso— y podían hacer bromas acerca de su condición, igual que los negros se podían llamar “negrata” entre ellos. Su situación era asquerosa y tenían permitido todo aquello que les aliviara un poco y les hiciera sentirse mejor, aunque fueran bromas un tanto macabras.

Con un café delicioso en la mano —y tras ofrecer un elogio a la persona que lo había elaborado—, Lohran siguió a la rubia escaleras arriba, rumbo a la biblioteca propiamente dicha. Si ya abajo las cosas se antojaban tranquilas, aquel lugar casi parecía un templo. Teniendo en cuenta lo poco amigo que había sido toda su vida de los libros, casi se sintió como un hereje entrando en una iglesia.

Tomó asiento en uno de los sillones, apoyando la taza de café sobre la mesa, junto a una caja llena de libros. Las preguntas de la rubia casi le hicieron desear volver a tomarla, vaciarla, y pedirle que se la rellenara, esta vez, solo con alcohol.

—Han sido meses duros —empezó, dándose cuenta de la ironía: “meses duros” se quedaba corto en comparación con la realidad—. Conseguí liberar a mi hermana —añadió, dejando escapar un largo suspiro después, y negando con la cabeza—. Viendo cómo acabaron las cosas, casi desearía no haberlo hecho...

Era una explicación escueta, pero es que Lohran jamás había sido bueno con las palabras. Intuyó preocupación en los ojos de su compañera fugitiva, por lo que, tras un nuevo suspiro y acomodarse un poco en el sillón, procedió a explicarse.

—Descubrí quién la había secuestrado, un pelirrojo llamado Ayax Edevane, y que la habían llevado al Área-M —empezó, sin ser consciente de que el apellido Edevane no dejaría indiferente a Sam—. Logré obligarle a liberarla, pero para cuando la recuperé… No era ella misma. Mató a varios de mis compañeros y mis jefes decidieron que era demasiado peligrosa para seguir viva...

Y eso fue todo lo que fue capaz de decir. Sabía que si seguía hablando, se rompería. No había superado aquel evento traumático ni creía que lo fuera a superar nunca, mas se limitaba a seguir viviendo, principalmente, porque era lo único que le quedaba a Lucy.

Sin su responsabilidad para con ella… no sabía lo que habría hecho.
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 14, 2020 10:35 pm

Lohran tenía razón: casi que un muggle con poderes artificiales sería peor que un niño que nace con poderes aunque sea hijo de muggles. Por una parte podía entender la ilusión que podría hacerle a Santi hacer magia teniendo en cuenta que a los muggles todo esto se le vende como mera fantasía, pero por otra parte… Había que verte en este mundo, ver lo crudo que era y vivir la mierda que una vivía, para darte cuenta que de «mágico» —como los muggles conocían esa palabra— tenía muy poco.

—Totalmente de acuerdo —le respondió al escucharlo—. Pero en el fondo es normal… es decir, supongo que te pasó como a mí dada nuestra condición, pero eso de crecer pensando que la magia no existe y de repente verte con una varita, en un colegio de hechicería, rodeado de toda la locura… Es un subidón. —Lo miró, intentando recordar la magia como cuando la vivió por primera vez con once años y no tal y cómo la sentía ahora.

Sintió nostalgia… pues la verdad es que dudaba poder ver la magia de esa manera, como siempre la había visto y admirado. Ahora casi que la veía sucia y… casi parecía que venía de la mano de desgracias.

No pudo evitar reír frente al chiste de humor negro que hizo con respecto a su condición y cómo hubieran sido las cosas si se hubieran quedado trabajando en el Ministerio de Magia con permiso especial de la Ministra McDowell. Obviamente era en un hipotético caso y universo alternativo, pues ahora mismo no había manera alguna de que un sangre sucia trabajase en el Ministerio si no era mintiendo en sus papeles de una manera excepcional.

—Pero no a “cuidar” como magizoologos o algo así, no. Seríamos los encargados o de limpiar las defecaciones de las mantícoras o de limpiarle los dientes a los dragones. Que este gobierno es nazi, pero… —Iba a mencionar el Área-M, pero de repente no lo vio correcto: ¿su hermana no estaba en el Área-M? ¡Y no le parecía bien bromear con el Área-M cuando la madre de su novia estaba ahí metida!— está claro que no valemos lo suficiente como para morirnos y ya. Al menos servir de comida para majestuosas criaturas.

Cuando llegaron a la planta superior, Sam hizo LA pregunta. Teniendo en cuenta la condición de fugitivos que tenían, mejor conocida como «desgraciados y más desgraciados», era muy jodido hacer una pregunta que en teoría debía de ser… inofensiva.

Si se tratase de un universo normal, ese tipo de preguntas se limitarían a problemas del primer mundo, a un “me han echado” o “mi novia me dejó” como mayores desgracias, pero ahora… Ahora es que la rubia sabía que el nivel de desgracia de su vida no había sido para nada en comparación a cuando empezó a ser perseguida. De repente se sintió imbécil de haberse quejado de cosas tan estúpidas o de haberse “derrumbado” porque una subnormal le pusiera los cuernos, ¿qué tenía, tres neuronas vagas?

Definitivamente, vivir todo eso le había dado una perspectiva muy diferente de todo lo vivido y, sobre todo, de lo que era el dolor, el sufrimiento y la soledad.

Se sentó y con su escueta explicación evidentemente Sam lo miró con preocupación y duda. Tal y cómo había terminado la frase podía significar muchas cosas y la verdad es que ahora mismo su cabeza no quería tener que adivinar nada porque claramente iba a elegir la peor opción.

Y fue la peor opción.

Cuando nombró el apellido Edevane se atragantó con el café, pero por suerte parecía que se había atragantado con el resto de la historia que claramente era lo fuerte. ¿Por qué iba Lohran a relacionar Edevane con Sam? ¡¿Cuántas probabilidades había de que la novia de Samantha fuese de esa familia purista asquerosa?! ¿¡Qué tan pequeño es el mundo!? La rubia sabía quién era ese tal Ayax, pues Gwen le había hablado de toda su familia, sobre todo después de aquella cena de navidad.

Por suerte, el impacto de la historia en general hizo que dejase atrás la “importancia” del apellido en lo que le contaba. Por cómo había terminado la historia, asumió que la hermana había muerto.

—Lo siento mucho, Lohran, joder… —Eso último lo murmuró, arrepentida, llevándose la mano a los ojos—. Siento haber preguntado: no sé por qué narices me empeño en intentar hacer como si todo intentase ir a mejor cuando claramente parece que vivimos en un pozo en donde no paran de tirarnos mierda.

Podría decir muchas cosas: preguntarle qué por qué le hizo caso a los jefes y no decidió apostar por ella —si acaso lo que le hicieron podía ser reversible—, o cómo consiguió que sacaran a su hermana del Área-M teniendo en cuenta el lugar que era y que se conocía, precisamente, porque nadie de ahí salía, pero… Pese a que tenía curiosidad en muchas cuestiones, en realidad tenía más ganas de tener una charla pacífica, alejada de malos recuerdos e intentar… fingir normalidad.

¿Era estúpido querer eso?

—De verdad, siento haber preguntado. Asumo que no querrás hablar de ello. —Lo miró directamente a los ojos—. Te llamo para intentar hacer un «break» de nuestra vida y mi primera pregunta es una mierda... —Y tras autoflagelarse —metafóricamente hablando—, añadió una última pregunta—. Sé que mi presencia no es medicinal, pero… recuerdo que cuando nos conocimos fuiste un vendaval de aire fresco en mi vida, así que… cuenta conmigo para lo que te haga falta.

No podía ayudarle en nada. Sólo distraerle o… ser con quién se desahogase. Poco más podía hacer.
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Lohran Martins el Sáb Mayo 16, 2020 3:06 pm

No era una persona demasiado dada a mostrar un amplio abanico de emociones, ni el hombre con la sonrisa más encantadora del mundo, desde luego, pero el humor negro sí era capaz de sacarle lo que para él era una muestra de buen humor. He ahí el motivo por el que dicha clase de humor, dicha forma de ridiculizar la situación en la que vivían, los mantenía, en cierto modo, cuerdos.

La idea de convertirse en comida para mantícoras o dragones no se antojaba como algo agradable, pero visto desde un modo absurdo sí era capaz de hacerlo sonreír un poco. Incluso alzó su taza de café, como para brindar por la idea que su compañera fugitiva. Definitivamente, los puristas y mortífagos sabían aprovechar sus recursos, y en aquel mundo, incluso los nacidos de muggles se consideraban un recurso.

Valioso o no, eso lo determinaban en lugares como el Área-M.

Precisamente del Área-M, aunque de forma indirecta, tuvieron que hablar una vez se encontraban en el altillo de la cafetería. Se trataba de una conversación que Lohran hubiera preferido no mantener, o que no fuera más que una invención de su torturada mente, pero desgraciadamente, era muy real.

Contar aquella historia le hacía sentirse a partes iguales como un cobarde y como un inútil. Sí, también sufría por la pérdida de su melliza, eso por descontado, pero lo que más predominaba era ese sentimiento de fracaso. Muchas eran las noches que lo acosaban las pesadillas, que se despertaba empapado en sudor tras revivir aquellos duros momentos en su cabeza. Y las mismas preguntas se repetían en su mente.

«¿Pude haber hecho más para impedir que la atraparan?»

«¿Pude haber hecho más para llegar a ella?»

«¿Pude haber hecho más para que le perdonaran la vida?»

Aquellas preguntas posiblemente jamás obtendrían una respuesta real y objetiva, pero él ya tenía una propia: «Sí, pude haber hecho mucho más.»

Logró contarle aquella historia a la fugitiva con la que había compartido aquel momento de unión, aquella huida en pleno mercado de Londres y la posterior conversación que habían mantenido en el bosque, sin romperse. Fue escueto y bastante directo, no siendo un hombre que diese rodeos o que tuviera facilidad de palabras.

Como era de esperar viniendo de una persona que había tomado en el pasado la determinación de alejarse de sus seres queridos para protegerlos, la historia hizo mella en Samantha. Era una historia que nadie quería vivir.

—No te preocupes. No podías saberlo —le respondió a su disculpa.

Lo peor de todo es que aquello era cierto: Edevane y él habían hecho aquello de tal manera que la desaparición de Prue Martins del Área-M no había trascendido a la prensa. Como mucho, Samantha podría haberse enterado del asesinato de Aurore Brennan, que sí había llegado a las páginas de El Profeta.

Con respecto a si su presencia era medicinal o no… actualmente, Lohran dudaba que pudiera encontrar consuelo en nadie. Lo único que hacía era tragarse sus sentimientos y seguir adelante por su hermana. Lucy tampoco hablaba de sus sentimientos, pero la conocía lo suficientemente bien como para saber que sufría lo mismo o incluso más que él. No en vano, era muy joven cuando su familia había empezado a serle arrebatada.

Suerte que era una muchacha fuerte, quizás incluso más fuerte que el propio Lohran.

—Te agradezco tu preocupación —le respondió con un intento de sonrisa muy sincero. De verdad que se lo agradecía—. Soy una persona complicada a nivel emocional, y tiendo a empeñarme en sobrellevar las cosas yo solo. No quiero decir que rechace tu ofrecimiento, solo intento decir… que soy duro de mollera. —Se tocó la sien con los dedos índice y medio, sonriendo con resignación—. Ya me lo han dicho muchas veces, y si bien intento cambiarlo un poco, que no te sorprenda si a veces soy como una pared de ladrillos en el tema de compartir mis pensamientos.

Cierto era que tampoco le gustaba hablar demasiado de todo aquello que se relacionaba con los fugitivos, directa o indirectamente. Para los líderes, el pacto de sangre podía ser la mar de práctico, pero para personas que lo habían perdido todo, los recuerdos eran lo único que tenían. Se alegraba mucho de no haber permitido que su hermana pequeña lo tomase. Así, al menos, podría ser libre en algún momento.

—Pero te lo agradezco mucho, de verdad —añadió, asegurándole que agradecía la preocupación—. Con la locura que nos rodea estos días, es complicado encontrar a alguien que se preocupe de verdad por los demás. En estos días parece que todo son enfermedades, terrorismo y mortífagos siendo mortífagos. Parece como si hubieran dejado escapar a un montón de locos del manicomio y ahora estuvieran peleándose por ver quién está más loco...

Se cruzó de brazos, recostándose sobre el asiento del sillón. Lanzó un suspiro y negó con la cabeza. No se creía aquel mundo en que vivían.

—¿Cómo es que tú y tu pareja no os habéis largado ya de este sitio? No quiero escupir al aire, pero algo me dice que ahora mismo cualquier lugar es más tranquilo que este. —Bufó, negando con la cabeza.
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