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A Million Dreams. ―Samdoline.

Sam J. Lehmann el Jue Abr 09, 2020 12:55 am

A Million Dreams. ―Samdoline. GPLY0k6
Casa de Sam & Gwen | 12/01/2020 | 16:32h | Atuendo

Viernes, 10 de enero 2020

Otra vez.

Esta vez no era ella quien llamaba a Laith para pedirle por favor que vigilase personalmente el estado de Gwendoline, que acababa de dejarla en el hospital. Esta vez fue él quién la llamó para avisarle de que hacía un rato que había llegado a San Mungo después de un ataque, de origen desconocido ―cuyos detalles coincidían mucho con los del juguetero― en el Callejón Diagón.

El viernes lo pasó preocupada por el estado de su pareja, aunque Laith le hubiera tranquilizado diciéndole que apenas tenía daños y que estaba bien. Apenas durmió debido al impacto de la noticia y… eso hizo que pensase demasiado.

Pensó demasiado y mal.

Obviamente sabía que Gwendoline no estaba en el Callejón Diagón persiguiendo ningún tipo de pista del Juguetero y que no podía relacionar su ataque totalmente desligado con el hecho de que Gwendoline estuviera allí por un motivo que lo relacionara con él. Aún así, no podía evitar pensar en el dicho de: «Quién la sigue, la consigue». Tantos meses siguiendo a ese psicópata y al final no solo había estado al lado de ella, sino que se había llevado a un ser querido con sus ataques.

Todavía no tenía muy claro qué narices seguían haciendo en Londres… ¿aguantar hasta ver cuánto podían soportar? ¿Intentar buscar sus límites? Porque Sam estaba harta. Harta de tener que vivir escondida, harta de no poder salir a la calle, harta de tener que ver sufrir al resto, harta de sufrir ella, harta de tener miedo. Sam podía acostumbrarse a una vida así, si al menos fuera tranquila y pudiera asegurar el bienestar de sus seres queridos, pero realmente su estabilidad en una vida así pendía de un hilo, como lo había hecho desde hacía ya tres años y medio.

Y cuando pasaba esto… Cuando de repente todo iba bien y la cosa se desmoronaba en mil pedazos, era cuando se daba cuenta de que no merecía la pena abrazarse a un bienestar efímero que sólo alumbra el centro de una esfera llena de oscuridad.

En ese momento podría haber llamado a muchas personas, pero decidió ir a visitar a su padre, pues necesitaba un abrazo. Le explicó primero todo lo sucedido, luego quién era el Juguetero y también las investigaciones que habían estado haciendo al respecto. Necesitaba desahogarse con alguien y quién mejor que la única persona del universo que no le iba a juzgar.

―Ella está bien, papá ―le respondió de nuevo a su pregunta.

Sam se fiaba de sobra del veredicto de Laith y sabía que, si estaba herida de gravedad, hubiera sido sincero. Al parecer había sido sólo daños colaterales de un ataque mayor.

―Pero no es sólo eso… Es… ―Se llevó las manos a la cabeza. Se encontraba con los pies sobre el sofá de su padre, acariciando a Don Cerdito que se lo había llevado―. ¡Esta situación es una mierda! ¿Y si se llega a morir? Podría haber pasado perfectamente: si no ocurrió es porque ha tenido suerte porque ese asesino va a destruir absolutamente todo lo que encuentre a su paso. ―Estaba alterada y encima la tila que se había tomado no había servido para nada―. Y si ya me parece surrealista tener que vivir esta mierda de vida por ser hija de muggles, más surrealista me parece tener que seguir metiéndonos en la boca del lobo con algo que es demasiado grande. ¡Que está todo el mundo detrás de ese asqueroso! ―Soltó aire por la boca―. Estoy harta de tener miedo y de temer por su vida. He dejado ya de temer hasta por la mía, papá, es que ahora ya…

Su padre estaba al lado de ella en el sofá, preocupado. Le preocupaba que no temiese por su vida teniendo en cuenta su situación tan delicada.

―Si te sientes así, ¿por qué no dejáis de buscar pistas de ese malnacido? ―preguntó.

Él no sabía LA DISCUSIÓN que habían tenido por ese tema y, obviamente, ahora sentía también que ese tema también la incumbía a ella. Estaba triste y enfadada, pero creía estar siendo objetiva. Creía.

―Ojalá fuera tan fácil… ―respondió.

Se sentía ella misma inestable y vulnerable frente esas situaciones. Encima la muerte de Savannah sólo le recordaba lo frágil que era la vida y que si había sido ella, y no Gwendoline, había sido por cuestión de pura suerte.

―De verdad que me gustaría poder irme.

―¿Irte a donde?

―A cualquier sitio lejos de este país de mierd… ―Murmuró por lo bajo, visiblemente triste. Acariciaba la barriga de su cerdo, el cual estaba boca arriba prácticamente dormido frente a los mismo de su dueña―. De verdad que me iría a cualquier lugar, me da igual tener un hogar aquí. Lo dejaría todo solo para poder vivir bien, sin estar todo el rato preocupada. Cuando vivía sin contacto con nadie era más fácil: sí, vivía con miedo, pero ni de lejos el miedo que tengo ahora. ―Le tembló un poquito el labio inferior, para luego mirar al techo. Se notaba tensa todavía por el susto y todo lo que le había dado a la cabeza―. Es que la quiero muchísimo... No es justo que tengamos que vivir así ni que tengamos la responsabilidad de parar a un asesino de masas. Quiero vivir mi vida feliz a su lado, no quiero acostumbrarme a esto que llamo “vida”. Hay que ser realistas: esta situación no va a cambiar y yo no quiero vivir así.

Sam tenía cero esperanzas en que la cosa cambiara, pues veía al gobierno muy poderoso. Por no contar, por supuesto, que el mundo mágico había dejado de ser seguro.

Al ver que su hija se derrumbaba, Luca se acercó para abrazarla, apoyando la cabeza de su pequeña en su pecho. No lo iba a negar: al pobre muggle le superaba demasiado todo lo que estaba pasando en el mundo mágico y también sufría y temía por la vida de su hija y de su nuera.

―Vas a tener que hablar con ella.

―Ya… ―dijo tras llorar un poco para liberar la tensión que sentía.

Realmente sabía que no tenía que hablar con nadie: ese tema estaba más que hablado. Y sabía perfectamente que cuando Gwen volviese del hospital, la “caza” al Juguetero igualmente no cesaría.


Domingo, 12 de enero 2020

Laith le había dicho que ese día le daría el alta a Gwendoline, por lo que aprovechó la mañana para distraerse limpiando, arreglando el jardín y bañando a las mascotas. Necesitaba pensar en otras cosas. Sí, se tenía permitido derrumbarse… pero sabía que después de lo que había pasado con Savannah, ella tenía que ser la fuerte del momento, pues Gwen vendría destrozada.

Sí, Sam también tenía relación con Savannah, pero indudablemente Gwen y ella habían creado un vínculo más especial.

Suponía que su padre o su abuela irían a buscar a Gwendoline al hospital al mediodía, pues eran los familiares de contacto que debería de tener San Mungo. Así que a eso de las cuatro de la tarde, se encontraba sentada en el banco del comedor, con el móvil en la mano por si había algún cambio de planes y Laith le avisaba.

Había que añadir a toda su desmotivación que se sentía inútil máxima sin poder ni siquiera ir a visitar a su pareja a San Mungo para ver si estaba bien y hacerle compañía. Si no hubiera tenido un amigo medimago, estaba segurísima de que ese fin de semana hubiera sido muy diferente en cuanto a estrés emocional pues literalmente no existiría para nadie.

De repente, se pegó un susto al escuchar el sonido de la aparición en el hall de la casa. Se levantó rápido y se sorprendió al no ver sola a Gwendoline, pues iba con su abuela Astreia. Razonó el por qué rápidamente e hizo lo que hubiera hecho si hubiera aparecido la morena sola.

Se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente en un gesto protector, acariciando su pelo. Le parecía increíble como su mero olor ya le hacía sentirlo todo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Abr 09, 2020 9:23 pm

Los aurores se habían personado en el Callejón Diagon apenas unos minutos después de la conclusión de aquel demencial ataque.

¿Cuánto tiempo pasó entre las primeras explosiones y las últimas? ¿Segundos? ¿Minutos? No había sido mucho, o eso creía, pues el tiempo parecía haberse ralentizado a su alrededor: mientras sostenía a un lloroso Douglas Dagon hecho prácticamente un ovillo en sus brazos, sus ojos nublados por las lágrimas veían ir y venir personas confusas, que no acababan de comprender lo que ocurría.

«Segundos», se diría después, ya en San Mungo, al recordar lo sucedido. «Han sido apenas segundos.»

Había pasado en el hospital mágico apenas un día y medio, y en todo ese tiempo había permanecido en silencio. No supo a dónde se llevaron a Dog hasta que, el sábado por la mañana, Angus en persona la había visitado. Le dijo que no había sufrido daños, aunque debido a una crisis nerviosa también lo habían atendido en urgencias. Después se había marchado.

Poco después había aparecido ese tal Corven, que aseguraba venir de parte de la Ministra y estar investigando de manera privada al Juguetero.

Se trataba de un hombre de porte arrogante, y aún a pesar de sus palabras de consuelo y condolencias por la muerte de su amiga, se notaba que únicamente le preocupaba conocer los detalles del accidente. El silencio de Gwendoline pareció enervarlo un poco, mas no tuvo tiempo de hacer gran cosa: una sanadora le pidió educadamente que dejara descansar a su paciente.

Había seguido en silencio, y ni siquiera cuando Laith se pasaba a visitarla le decía nada. Él, como buen amigo que era, se limitaba a quedarse allí algunos minutos. Quizás comprendía por lo que estaba pasando.

También recibió la visita de su padre y de su abuela, y ni con ellos quiso hablar. No discutió con su padre, como habría sido habitual, e incluso le permitió abrazarla.

Su abuela no la abrazó, sino que salió a hablar con una de las sanadoras, a fin de conocer el estado de su nieta. Fue esta sanadora quien le dijo que ella estaba bien físicamente, pero que quizás el trauma había sido demasiado grande como para hablar de ello, o de cualquier cosa. En esencia, le aseguró que su nieta hablaría cuando estuviera preparada.

El domingo le dieron el alta, y fue entonces cuando dijo sus primeras palabras desde lo ocurrido. Las pronunció para su padre y para su abuela, y fueron las siguientes:

—Que me lleve la abuela. —Era una respuesta al ofrecimiento de su padre de llevarla a casa. Él ni siquiera conocía su nuevo domicilio, y pretendía que así siguiera siendo.

Y allí estaban, apareciéndose directamente en su nuevo hogar.

Si Sam había llegado a la conclusión de que daba igual lo seguras que pudieran sentirse, que la seguridad era algo totalmente efímero y voluble, las conclusiones de la morena no eran muy distintas.

«Segundos», pensó de nuevo, reviviendo aquellas terribles imágenes. «Han sido segundos. Segundos es lo que hace falta para que una vida se termine.»

Savannah McLaren había muerto, y quizás existiesen injusticias peores en aquel mundo podrido, no lo ponía en duda, pero… ¿acaso no era injusto? Había sobrevivido un infierno, estaba recuperando el control de una larga vida que tenía por delante, estaba aprendiendo a ser mucho mejor persona… y alguien, simplemente, con un maldito chasquido de dedos, había destruído todo aquello.

«Podría haber sido yo», pensó con desazón, recordando cómo ambas habían intentado protegerse, la una a la otra, hasta que una explosión las había separado para siempre. «¿Tenía que haber sido yo?»

Sumida en esos pensamientos la sorprendió el abrazo de Sam, a quien si bien vio llegar corriendo en su dirección, no prestó atención alguna. Sólo recuperó el contacto con el mundo real cuando sintió su abrazo. Cerró los ojos, la envolvió con sus brazos, y contuvo el irrefrenable deseo de llorar.

Si aquellas lágrimas brotaban, serían tan amargas, o incluso más, que las derramadas después de la muerte de la joven iO.

Astreia, cuyo semblante normalmente se mantenía inexpresivo, o en su defecto mostraba una media sonrisa misteriosa, aparecía ahora visiblemente afectado por la situación. Quizás no conociera a Savannah, pero sabía ver el dolor de la pérdida en su nieta. Guardó un respetuoso silencio, esperando a que Gwendoline dijese algo.

Y lo hizo.

—Estoy bien. —Era mentira: no estaba ni cerca de estar bien. Su voz rota era la prueba fehaciente de ello—. Estoy bien.

—¿Estás segura? —preguntó la bruja anciana con un tono de voz inusualmente suave en ella.

«No.»

—Sí. Solo necesito descansar. —Otra mentira: no habría descanso para ella. No en un futuro inmediato.

Astreia asintió con la cabeza, para luego mirar a Sam. Aprovechó el momento en que Gwendoline se separó de ella para dirigirse a la cocina para poner una mano en el hombro de la rubia y retenerla unos segundos.

—Si necesita a alguien en estos momentos, ese alguien eres tú —le dijo, sus ojos fijos en los de Sam—. Si necesitas algo, no tienes más que avisarme. Sobra decir que las puertas de mi casa están abiertas para las dos.

Astreia se llevó una mano al bolso que colgaba de su hombro y sacó de su interior un viejo espejo de mano con el cristal estallado. Tenía aspecto de ser muy antiguo, pero la bruja no entró en detalles. Simplemente, se lo entregó a Sam.

—Yo tengo la pareja. Estaré al otro lado si me necesitáis.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Abr 11, 2020 10:58 pm

La sensación que tuvo Sam en ese momento fue que Gwendoline iba con el «Modo automático» puesto. Recibió el abrazo, lo devolvió y, con la misma, siguió de largo hasta la cocina, sin nada más que decir que unas frases que claramente eran mentira. Ni estaba bien, ni solo necesitaba descansar y eso lo sabía Sam, Astreia y cualquier persona que conociera un poquito, sólo un poquito, a la morena.

La mirada persiguió a Gwendoline cuando decidió irse, pero rápidamente volvió a Astreia cuando sintió su mano en el hombro. Hacía tiempo que había dejado de sentirse intimidada por ella, gracias al trato que le había dado las veces que había ido a la granja junto a Gwen.

La frase de Astreia, si bien en otro momento hubiera dicho que ya sabía que la necesitaba a ella, Sam en este caso no estaba tan segura y en sus ojos se evidenció dicha inseguridad. Dudaba mucho que “el apoyo” de Sam pudiera ayudarle a superar nada de eso. Si ya estaba obsesionada con el tema del Juguetero antes de todo eso, sabía que lo seguiría estando ―y más todavía― después de que ese mismo sujeto hubiese matado a Savannah.

«Lo que necesita Gwen es atrapar a ese psicópata y tengo miedo», pensó.

Obviamente no lo dijo y se limitó a asentir, como si lo tuviera bien claro.

―Gracias, Astreia ―
le respondió tras coger el espejo que le ofreció, llamándola por su nombre de pila después de tantas insistencia en la granja―. Gracias… por todo ―añadió, en referencia a haber acompañado a Gwen y… simplemente ser un familiar de Gwen que la apoyaba a ambas.

La abuela se fue sobre la marcha, sabiendo que allí ya poco pintaba.

En ese momento Sam se dirigió a la cocina, dejando por el camino el espejo en la mesa del comedor. Se quedó debajo del marco de la puerta, sin tener muy claro qué decir.

Sabía que debía de ser el apoyo de la situación, pero ella también lo pasaba mal. Parecía que no había descanso. Primero lo de Artemis Hemsley, poniéndola en su contra y con esas secuelas mentales… Después el ataque de Zed Crowley en donde terminó en el hospital… ¿y ahora esto? ¿No podía pasar un año sin que pasara nada? ¿Esto iba a ir así, una desgracia por año? ¿Iba a ser así siempre? ¿Iba a vivir con miedo de ver a Gwen salir por la puerta por si en vez de volver a casa, recibía una llamada de Laith diciéndole que estaban en el hospital o que le habían encontrado muerta?

¡Y le daba rabia! Sabía perfectamente lo que debía decir, pero es que no le salía decirlo. No podía simplemente ignorar lo sucedido y seguir para adelante. Y ahora mismo es que todo lo que quería decir, le parecía una mala idea: ¿cómo iba a decirle que se alegraba de que estuviera bien si Savannah había muerto?

Tragó saliva, ya que notaba un nudo en la garganta.

―Gwen ―dijo, llamando su atención con suavidad―. ¿Quieres hablar del tema? No quiero agobiarte… ―añadió con sinceridad.

Obviamente no había sido capaz de verla hasta ahora, así que no tenía ni idea de cómo estaba o cómo estaba enfrentando la situación. Acababa de llegar a casa y no quería agobiarla, ni tampoco quería agobiarse, pero si ese era el momento de hablar, Sam estaba preparada. O al menos eso creía.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Abr 12, 2020 12:13 am

Nada más cruzar el umbral de la puerta de la cocina, Gwendoline tomó asiento en una de las sillas y simplemente se quedó allí, en el más completo silencio, con la mirada perdida.

Una y otra vez, de la misma manera que debía ocurrirles a aquellos veteranos de guerra que habían visto lo peor del ser humano en combate, imágenes de lo sucedido el viernes acudían a su memoria: explosiones, gente entrando en pánico, columnas de humo… y finalmente el rostro de Savannah, tendida en un suelo del que jamás volvería a levantarse.

A aquellas alturas de la vida, cuando el mundo se había transformado en algo que más parecía sacado de una película distópica, Gwendoline había osado creerse inmune frente a cualquier cosa. ¿Pero cómo se podía ser inmune a algo así?

Savannah McLaren, que si bien quizás nunca había sido la chica más valiente, sí era una superviviente que se había ganado el derecho a seguir con vida, había muerto de una manera injusta. Quizás no hubiera manera justa de morir, no lo sabía, pero en aquellos momentos atravesaba el estado de la ira: se sentía furiosa con el mundo ante un hecho que su mente, apenas unas horas atrás, era prácticamente incapaz de aceptar.

Así se la encontró Sam: perdida en otro mundo, muy lejos de todo lo que le rodeaba.

Escuchó su nombre, y eso la trajo de vuelta. Volteó ligeramente la mirada en dirección a su pareja, pero no había expresión alguna en sus ojos. Si acaso, de fondo, se apreciaba una tristeza profunda. La tristeza de las cosas que no tienen solución.

—No sabría qué decir —respondió, aunque no era sincera del todo.

Más que no saber qué decir, el problema era que tenía demasiadas cosas que podría decir. Demasiadas cosas, y seguramente muy pocas de ellas con sentido. Su mente no era la definición misma de claridad en ese momento, y estaba furiosa con el mundo.

Furiosa con ese mundo por haber creado al Juguetero.

Sam, si bien no quería presionarla, estaba ahí, y seguramente esperaba que ella dijese algo más. Que no se quedara callada de aquella manera. En el fondo, aunque estuviera enfadada, lo sabía… y se sentía mal por ello. Así que inspiró una profunda bocanada de aire por la nariz y luego la expulsó de la misma manera, antes de abrir la boca sin saber bien lo que iba a salir de ella.

—Estoy enfadada —dijo, con simpleza, pero no le pareció suficiente—. Estoy enfadada con este mundo que no hace más que llevarse a aquellas personas a las que quiero —continuó, con un tono de voz neutro a pesar de todo—. Estoy enfadada porque todo me parece una injusticia, y porque todo esto es una mierda. ¡Y estoy enfadada porque te pude haber hecho caso, lo pude dejar correr, y no lo hice!

Esto último lo gritó, alzando ambos puños y golpeándose a continuación los muslos. Se golpeó con fuerza, pero en ese momento no lo sintió.

Era cierto que pensaba así: pensaba una y otra vez en las cosas que habían sucedido, en sus investigaciones, en las personas a las que había preguntado acerca del Juguetero. ¿Y si había preguntado a la persona equivocada? ¿Y si había hablado con el topo que había en la Orden sin darse cuenta?

¿Y si había sido ella quien había provocado el ataque, en primer lugar? ¿Y si era el objetivo?

Sabía que existían motivos razonables para creer algo así, teniendo en cuenta la situación. Sin embargo, al pensar de este modo estaba dejando de lado otra posibilidad, mucho más probable a la hora de explicar su estado actual: estaba sintiendo la culpa del superviviente, un fenómeno psicológico que se daba en personas que habían tenido la desgracia de vivir eventos traumáticos, y que habían sobrevivido donde otros habían perdido la vida.

—Necesito un trago —declaró entonces, levantándose de manera cansina, como si le pesara todo el cuerpo, y encaminándose hacia la nevera—. ¿Hay algo que no sea cerveza?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Abr 12, 2020 6:37 pm

Pues ya eran dos.

Bueno, la palabra correcta en la versión de Samantha no era precisamente "enfadada", sino que era más de estar harta de la situación, pero más o menos el énfasis era el mismo. Al final la premisa era parecida: harta de las injusticias y de toda esta mierda.

Y bueno, con respecto al tema del Juguetero, todo el mundo ya sabía la posición de Sam. La cual seguía manteniendo por mucho que se hubiera involucrado en el asunto.

Ante el cabreo de Gwendoline, realmente no supo que responder. Sabía por experiencia —tanto en su propio pellejo como ajeno— que en estos casos cualquier cosa que invitase a relajarse, no iba a hacer más que ponerla más nerviosa.

Así que dejó paso por la puerta de la cocina para que Gwen pasase al interior a abrir la nevera. Jo, se sentía tan perdida en ese momento y con tantas contradicciones emocionales que no sabía ni qué hacer, ni cómo actuar, ni qué decir. ¡Y le daba muchísima rabia estar en una situación así! En general le daba mucha rabia todo. Por norma general Gwen y ella siempre coincidían en lo que era lógico y no, pero en esa ocasión había sido la excepción que cumple la regla.

—Tenemos vodka pero está en el armario de arriba, al fondo. —Y Sam sabía que Gwen no iba a llegar bien, así que puso su mano en su cintura para decirle que fuera a por el vaso mientras ella le bajaba la botella. Salió de nuevo, dejando sobre la mesa la botella, para entonces sentarse en una de las sillas.

Ella no quería, por lo que negó con la cabeza cuando Gwen la miró con dos vasos. No le apetecía nada tomar alcohol ahora mismo.

Esperó a que se sirviese, para entonces hablar:

—Yo también estoy harta de todo esto, Gwen, de las injusticias, la basura que nos han obligado a vivir y el tener que vivir con miedo —comenzó, mirándola a los ojos—. Llevo más de tres años viviendo con miedo y ahora tengo más miedo por ti, que por lo que pueda pasarme a mí. —Se llevó las manos a la cabeza, apoyando los codos sobre la mesa. Al fin y al cabo, Sam trabajaba en un lugar en donde apenas iban magos, mientras que Gwen seguía trabajando en el Ministerio de Magia e iba a sitios mágicos, en donde ya parecía que todo era peligroso—. No nos merecemos esto... —murmuró con la cara tapada—. Nos merecemos ser felices después de todo lo que hemos pasado y de verdad siento que es imposible.

Era era feliz a su lado, pero era imposible ser plenamente feliz con esa vida que tenían. Una no podía ser feliz si cada vez que su mujer salía de la casa a trabajar o a comprarse un libro de magia, temía por su vida. La verdad es que ahora que lo pensaba, veía ilógico no priorizar su felicidad por encima del resto después de todo lo que había ahí fuera.

Al final se destapó la cara. La mirada de Samantha también era triste. Claro que se apenaba por Savannah, pero no estaba triste solo por ella, sino que lo estaba por absolutamente todo los que la rodeaba y era asqueroso.

—Siento mucho lo de Savannah —mencionó entonces, suspirando levemente—. ¿Angus y Dog están bien? Laith no me habló de ellos. —Asumía que estaban vivos, pero no sabía si estarían más grave de lo que estuvo Gwen.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Abr 12, 2020 7:07 pm

Nunca había sido una bebedora empedernida, ni había necesitado el alcohol para calmarse. Y eso que gran parte de su vida había sido una joven nerviosa que se ponía como un flan cada vez que llegaban los exámenes en la universidad.

Con todo y con eso, hasta hacía apenas unos años, su vida había sido el ejemplo perfecto de normalidad y equilibrio: había algunos problemas cotidianos a los que atender, como en la vida de cualquier otra persona normal, por supuesto, pero por lo demás las cosas habían ido siempre bien. ¡Ni siquiera había tenido que sufrir desengaños amorosos de ningún tipo! Nada que hubiera desatado en ella esa necesidad tan urgente de beber algo de alcohol.

Mientras tomaba dos vasos de la alacena, para luego dejar uno en su sitio cuando Sam rechazó beber con ella, se daba cuenta una vez más de la suerte que había tenido hasta hacía cosa de tres años, cuando todo se había ido al infierno.

«Y lo que queda», pensó de manera pesimista, dejándose caer en la misma silla que ocupaba momentos antes, en el comedor. «¿Se va a acabar alguna vez esto?»

Alargó la mano en dirección a la botella de vodka y la atrajo en su dirección, mientras pensaba que sí, que alguna vez se acabaría toda aquella situación. Eso lo había sabido desde siempre, desde que todo había dado comienzo. El problema ahora consistía en saber cómo acabaría, y teniendo en cuenta a mortífagos, radicales, criminales varios y, ahora, el maldito Juguetero, resultaba complicado visualizar un final feliz.

«Algunos ya no lo tendrán», pensó, refiriéndose a personas como Annie, que habían perdido sus familias, o como Savannah, que directamente habían perdido la vida. «¿Qué mundo tendremos cuando acabe todo esto?»

Se sirvió un poco de vodka, pero a pesar de la necesidad que sentía de beber, no se llevó el vaso todavía a la boca. Se limitó a sostenerlo entre sus dedos, mordiéndose el labio inferior como forma de reprimir la rabia que sentía.

Escuchó a Sam en silencio, quejándose como ella de las injusticias, pero no dijo nada. A punto estuvo de romperse, de dejar ir las lágrimas, pero no lo hizo. Se mantuvo firme. Se mantuvo de una manera que en ese momento malinterpretó como fuerte, tragándose todo lo que sentía.

Fue muy difícil, especialmente cuando su novia mencionó a Savannah.

—Angus estaba en la librería —respondió, acercándose el vaso a la boca, sin beber todavía—. Dog llegó después de que… También estaba en la librería, llevándole a Angus una caja de libros. Tuvo un ataque de nervios después...

Cualquiera podría notar cómo evitaba el tema, cómo no quería mencionar la muerte de Savannah. En cierto modo seguía en estado de negación, y suponía que seguiría así durante algún tiempo. No era fácil asimilar algo así.

Dejó nuevamente el vaso sobre la mesa, sin tocarlo, mientras le daba vueltas a sus propias inquietudes. Por primera vez desde que había llegado, buscó a Sam con la mirada, se mordió el labio inferior con inquietud, y dijo aquello que pugnaba por salir desde hacía un rato.

—¿Es culpa mía? —Le había dado suficientes vueltas al asunto, y sabía lo que decían las noticias: entre los fallecidos en el ataque, había cuatro fugitivos reconocidos, así que probablemente ellos habían sido el objetivo. Aún así, siempre persistía la duda. ¿Y si…?—. ¿Y si se ha enterado de que le estoy investigando? Ya llegamos a la conclusión de que tiene un topo dentro de la Orden del Fénix...

Se estaba dejando fuera algo importante, por supuesto: que si el Juguetero la quisiera muerta, estaría muerta.

También se dejaba fuera datos importantes, como que había mejores sitios en los que localizarla que el Callejón Diagon, lugar que no solía visitar muy a menudo. Además, ni siquiera había mencionado a nadie dentro de la zona segura que planeaba ayudar a su amigo Angus aquel viernes.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Abr 12, 2020 11:30 pm

¿Cómo iba a pensar que era culpa suya?

—No ha sido culpa tuya, Gwen —le respondió sobre la marcha, aunque ella luego intentase argumentar su validez.

Sam sabía perfectamente de dónde había venido ese pensamiento: de estar triste, en el hospital, mientras montón de personas le hacen preguntas mientras ella sólo quiere estar en casa, triste, intentando hacer luto a la muerte de una amiga.

Podía entender que pudiera sentirse culpable, a fin de cuentas llevaban meses detrás de la pista del Juguetero, comiéndose una presión innecesaria y tomándolo como si fuera una especie de labor personal. El tomárselo personal era lo que al hacía sentir culpable porque podría llegar a pensar que si lo hubiera frenado antes, eso no hubiera pasado. ¡Cómo si acaso eso estuviera en sus manos!

Puso las manos sobre la mesa, negando con la cabeza a sus palabras.

—Es imposible que sepa que estás investigándole —le dejó claro, mirándole a los ojos con confianza—. Y si lo sabe, no le importa, porque si le importara, te digo yo que no hubiera fallado. Y lo sabes muy bien. Annie ha sido la única que ha sobrevivido a un ataque y cada día tengo más claro que fue porque directamente ni la tuvo en cuenta.

¿Por qué iba a querer un tipo como El Juguetero matar a una niña? Probablemente el resto de niños simplemente fueron daños colaterales, pero realmente él habrá querido matar a otras personas. Una niña no es ningún tipo de amenaza.

—Además, hay certezas de que el ataque no iba para la librería, pero estaba demasiado cerca del punto. Los establecimientos que fueron afectados fueron daños colaterales —le explicó, aunque estaba segura de que ya lo sabía aunque su culpa la cegase—. Ahora mismo la mitad del mundo mágico está buscando al Juguetero, dudo mucho que aunque supiera que una mujer de la Orden del Fénix quiere buscar pista, sea realmente un factor que él considere amenazante.

Había que ser realistas: hasta el Ministerio de Magia, con todos sus activos, estaban detrás de ese psicópata. Ya no solo había matado a fugitivos, sino también a civiles que estaban bajo la protección del gobierno mágico, por lo que eso ya se merecía un castigo de las autoridades. Siendo el Juguetero, ¿de verdad se iba a preocupar por una muchacha de la Orden del Fénix cuando tiene tanto detrás?

Pero le iba a ser sincera igualmente, por lo que estiró las manos hacia las de Gwen.

—Nada de lo que ha sucedido este fin de semana ha sido tu culpa —insistió, esperando que se le quitara de la cabeza—. Simplemente ha sido... mala suerte.

¿Había otra manera de llamar a lo sucedido? ¿Cómo se le llamaba al hecho de llevar meses buscando a un asesino y que de repente ese asesino, sin ningún tipo de intención, mate a una de tus amistades de manera colateral? Mala suerte. Suerte pésima.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Abr 15, 2020 4:49 pm

No fue capaz de mantener demasiado tiempo la vista sobre los ojos de su novia, pues enseguida éstos buscaron refugio en otra parte. Lo que más cerca tenían era el vaso con vodka que todavía no había probado. Lo sopesaba de la misma palabra que sopesaba las palabras de la rubia.

Palabras de consuelo que remarcaban algo que, en el fondo, ya sabía.

La situación podía resumirse a tres cuestiones básicas: el Juguetero no podía haber sabido que estaría en aquel lugar, a aquella hora del día; tampoco importaba mucho el que lo hubiera sabido, pues seguramente no le conferiría importancia alguna a una persona anónima, como ella, teniendo en cuenta la cantidad de personas que lo investigaban aquellos días; y por último, en caso de que sí se la confiriese, no habría sobrevivido al ataque.

Todos los indicios señalaban que la culpa no había sido suya… y aún así se sentía culpable.

«Era demasiado joven», se dijo, aún a pesar de que ella apenas era ocho años mayor que Savannah. «Y había comenzado a enderezar su vida… No es justo.»

Se quedó callada, contemplando el líquido transparente con rostro inexpresivo. Una parte de ella deseaba bebérselo, mientras la otra le suplicaba que no lo hiciera. Sabía que si se iba por ese camino, se arrepentiría. Beber para olvidar no era bueno, y mucho menos hacerlo para anestesiar un profundo dolor como el que sentía.

Algunos dirían que exageraba, que tampoco conocía tanto a Savannah. Otros conocerían su historia previa con la muchacha y se extrañarían ante semejante vínculo afectuoso, pero esa era la cruz de Gwendoline Edevane: cuando volcaba su afecto sobre las personas, cosa que pocas veces ocurría, las amaba con toda sinceridad.

Hacía más de medio año, mientras recogían el estropicio del ataque de Zed Crowley al Juglar Irlandés, Gwendoline había pensado que todas las personas allí presentes —Sam y ella, Laith, Santi, Luca, Dog...— formaban una extraña familia. Una extraña familia con la que habían entrado en comunión a base de diferentes vivencias, las cuales habían unido sus destinos de alguna manera.

Hoy dicha familia lloraba una pérdida, y jamás volvería a ser la misma.

Cuando se sintió capaz de volver a hablar, Gwendoline sentía la garganta seca. Igualmente, no sucumbió al impulso de beberse aquella copa. Simplemente, habló.

—Ella es la primera que perdemos —dijo, su voz apenas un hilillo—. La primera cercana, quiero decir.

Por supuesto, había habido otros: estaba Henry Kerr, que jamás volvería a ser aquella persona que habían querido en su estancia en Hogwarts; estaban Beatrice Bennington y su hermano Steven, la primera desaparecida y el segundo encarcelado; estaba su propia madre, también entre rejas…

La gran diferencia entre ellos y Savannah era lo definitivo de la muerte que la chica: a los demás, quizás, podrían volver a verlos algún día; a ella no. A ella jamás la verían cumplir sus sueños.

—Me han dicho que el funeral ha sido esta mañana, en el Valle de Godric —le explicó a su pareja con el mismo tono de voz desganado y roto de antes—. Me hubiera gustado poder asistir, pero no me dejaron salir de observación… Bueno, en realidad no me hubiera gustado. A nadie le gustan los funerales… Pero...

Pero una parte de ella necesitaba ese momento. Necesitaba despedirse de Savannah y hacerle alguna promesa. Que atraparía a su asesino, o algo por el estilo. Habría sido hermoso y digno de cualquier historia de ficción, pero la realidad era muy diferente.

En aquella realidad, Gwendoline sentía que ya había perdido la batalla contra el Juguetero. Resultaba muy difícil mantenerse positiva y creer que se podía hacer algo cuando se recibía un mazazo como ese. Estaba furiosa, sí, pero su furia no era lo suficientemente fuerte como para llevarla a ponerse en pie e ir con todo contra ese animal.

No. No se sentía con fuerzas.

Y desde luego que no se sentía con fuerzas para afrontar lo que supondría empezar a beber para olvidar sus propias desgracias. Por eso apartó los dedos del vaso.

—No voy a empezar a beber sola en el comedor de nuestra casa. No voy a darle otra victoria a ese cerdo —declaró, levantándose de la silla para encaminarse… no sabía bien a donde. Simplemente empezó a caminar en dirección al salón—. Necesito aire fresco. ¿Damos un paseo?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Abr 15, 2020 9:41 pm

Ante la reflexión de Gwen de que ella había sido la primera, Sam también se había dado cuenta. Oficialmente era la primera persona de su "círculo cercano" que moría en consecuencia de toda esta locura.

Sam había estado muy cerca de perder a muchas personas cercanas para ella, pero había tenido mucha suerte de que no hubiese sido así. De hecho, a pesar de todo lo que había pasado, debía hasta de sentirse afortunada de que su estado de fugitiva no hubiese repercutido de esa manera en ninguno de sus seres queridos. Su mismo padre o Santi podrían haber muerto cuando Zed y Caiden atacaron el Juglar Irlandés, Gwendoline o Caroline pudieron haber muerto en consecuencia de lo de Sebastian Crowley, o alguna de las tres pudo haber muerto con todo el asunto de Hemsley.

Sí, definitivamente debía de sentirse afortunada.

Escuchó a Gwendoline hablar del funeral, pero ella se sentía un poco muda: realmente no sabía ni qué decir. La situación era complicada de asimilar, por no hablar de que Sam todavía estaba un poco en shock. Llevaba tan preocupada por Gwen el fin de semana, que la muerte de Savannah sí, le influía, pero casi parecía que ni se había dado cuenta realmente de la magnitud.

—No necesitas ir al funeral para despedirte —le tranquilizó—. Puedes ir cuando quieras a presentar tus respetos o... decirle lo que le quieras decir.

Obviamente no la iba a escuchar, pero la gente solía tener esa espina clavada y hablar con los restos solía ofrecer esa sensación de estar hablando con lo que un vez fue esa persona, creyendo que, hasta allí donde pudiera estar, podía escucharte. Por suerte para Sam nunca había perdido a nadie como para sentir eso.

Se giró al ver que Gwen iba hacia el salón, siguiéndola con la mirada, hasta que quiso ir a dar un paseo. Sam se puso en pie, se acercó a la mesa del salón en donde estaba su varita y apuntó a Gwendoline, haciendo que su abrigo, sus botas de agua y su gorro de invierno —que hace un segundo estaban cerca de la puerta de entrada— se le pusieran automáticamente. Ella hizo lo mismo consigo y todas las cosas que estaban en el perchero de la puerta prácticamente desaparecieron. Acto seguido le dio la mano y ambas se desaparecieron.

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Sam prefería no pasear por su barrio, sinceramente. Sí, salía cuando tenía que salir e intentaba hacer las cosas de vida normal... pero si podía evitarlo, lo evitaba. Bastante tenía ya como para que su hogar fuese también un lugar en el que tener miedo.

Así que cuando mencionó pasear, se apareció en una zona boscosa en donde ambas solían ir con las bicicletas algunos fin de semanas a pasar el día y hacer un picnic. La diferencia es que en ese momento estaba todo totalmente nevado, por lo que hacía mucho frío. Por suerte, era un día con un sol radiante, por lo que al menos entrabas un poco en calor.

Una vez aparecieron allí, Sam soltó la mano de Gwen y, antes de guardárselas, le colocó bien el gorrito a su novia y le dio un besito casto y cariñoso en los labios.

—Perdona si estoy poco habladora, creo que todavía estoy en shock —le confesó, obligándose a esbozar una pequeña sonrisa. Entonces metió las manos en sus bolsillos de su chaquetón—. Me gustaría acompañarte al cementerio —dijo, pero obviamente ella no iba a pisar Godric. La última vez que estuvo allí casi termina siendo espectadora desde el cielo. Gwen sabia perfectamente por qué era ese "me gustaría", porque obviamente no iba a ir. Era un riesgo innecesario—, pero puedes ir con Dog. Seguro que agradecerá ir acompañado.

No tenía ni idea de si Dog había sido hospitalizado, pero suponía que sí y que, por tanto, todavía no habría ido.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Abr 16, 2020 10:08 pm

Con toda sinceridad, no sabía qué podría decir si pudiese hablar una última vez con Savannah.

¿Qué se podía decir en una situación así, exactamente? ¿Pedir disculpas? ¿Lamentar el hecho de seguir con vida mientras la otra persona no lo estaba? ¿Preguntarle cómo era estar muerta, o si había sufrido a la hora de marcharse?

Nada de lo que dijera obtendría respuesta alguna.

Así que no sabía si quería ir a visitar su tumba, o siquiera si hubiera sido capaz de pasar por la amarga experiencia del funeral de la muchacha. Sabía que no pocos la habrían increpado, conocedores de que ella había sido la última en ver con vida a Savannah. ¿La culparían de su muerte? Para todos ellos no era más que una desconocida, así que probablemente ni la reconocerían si la viesen.

Toda respuesta a la sugerencia de Sam fue una profunda inspiración y una larga exhalación de aire. No tenía ni idea de lo que quería hacer o lo que querría hacer en un futuro, así que prefirió no decir nada.

Sin embargo, una cosa que sí tenía clara era que no se sentía capaz de seguir allí encerrada. Dado su estado actual, dentro de quince minutos, muy posiblemente, querría algo totalmente distinto. Igual que con aquel vaso de vodka que había quedado sin tocar en la mesa del comedor, podía ser una necesidad pasajera, pero igualmente manifestó dicho deseo.

Antes de darse cuenta ya llevaba puesta ropa de abrigo, cortesía de su novia, y no mucho más tarde se encontraron en aquel paraje boscoso cubierto de nieve. El paisaje invernal no le impidió reconocerlo.

Sentir la brisa gélida acariciándole el rostro fue casi reconfortante. Llevaba un par de días sumida en una especie de irrealidad, en esa sensación de que todo lo que ocurre es únicamente fruto de un sueño febril. Aquel frío la hizo despertar de alguna manera, y ser consciente de que, en efecto, seguía en el mundo real.

Su novia le colocó bien el gorro que ella misma le había puesto, y cuando la besó, la respuesta de sus labios fue casi automática. Los cuerpos de ambas estaban tan acostumbrados a aquel tipo de gestos por parte de la otra que ya ni necesitaban una orden consciente para responderlas.

Le resultó agradable, ahora que volvía a ser consciente de que estaba despierta.

—Está bien —respondió Gwendoline, encogiéndose de hombros con resignación—. Nadie nos enseña en ninguna escuela, mágica o no, a tratar con este tipo de emociones...

Triste pero cierto, el ser humano tenía que aprender a lidiar con la muerte en sus propios términos. Las pocas referencias en su pasado con respecto a ese tema —algo inevitable, dicho sea de paso, por lo que todos y cada uno de los seres vivos terminaban pasando— se limitaban al fallecimiento de algún que otro familiar lejano de su madre. Si bien Lamia había sido la mejor madre que una persona pudiera desear, la lección acerca de la muerte se la había saltado.

Nadie en el mundo quería explicarle a un hijo qué significaba ni qué implicaba esa palabra.

—No sé si estoy preparada para eso —respondió con respecto a ir en compañía de Dog al cementerio, al tiempo que bajaba la mirada al suelo y comenzaba a arrastrar los pies, dibujando surcos en la nieve—. No sé ni lo que quiero en estos momentos.

Bueno, eso no era cierto del todo. Sabía lo que quería: que todo aquello fuera una pesadilla y despertarse, echar marcha atrás al reloj para que Savannah volviera a la vida.

Como tenía bastante claro que aquello no iba a ocurrir, ni en ese momento ni en ningún otro, lo único que podía hacer era sufrir su pérdida. Pensó en lo irónico que resultaba que, de todas las cosas increíbles que se podían hacer por medio de la magia, el devolver la vida a los muertos no se encontrara entre ellas.

Bajo la capa de nieve que escarbaba con su pie había ramitas y hojas secas, parcialmente congeladas. Crujían cuando las pisaba, frágiles como el cristal. Tan frágiles como la vida humana.

—¿Vamos? —preguntó, alzando la vista para mirar a su novia—. A ver si somos capaces de llegar al lago...

El lago estaría congelado, por supuesto, y en otras circunstancias más felices quizás hubiera querido patinar un rato. Recordar buenos momentos, como aquel en que un par de niños las habían enseñado a hacerlo correctamente, cuando no eran más que las mejores amigas del mundo y Gwendoline empezaba a descubrir sus sentimientos por ella.

Ese día sólo quería contemplarlo, sin más.

—¿Sabes lo que me dijo la… última vez que hablamos? —preguntó mientras caminaba. Iba un par de pasos por delante, encabezando la marcha—. Quería dejar su carrera para matricularse en la de runología. No tenía intención de abandonar el curso a medias, pero me dijo que sentía que las leyes no eran lo suyo...

En los labios de Gwendoline se dibujó una leve sonrisa. No es que se sintiera feliz, pues seguía profundamente apenada por la situación, pero el recordarla cuando estaba tan llena de vida provocaba aquellas reacciones en ella. Comprendía un poco mejor el porqué de reunirse en un bar con amigos y familiares después de un funeral, para beber y recordar a la persona que se había marchado. En cierto modo, resultaba terapéutico.

—No sé si se le habría dado bien. —Soltó un bufido, negando con la cabeza, mientras ascendían una pequeña pendiente en el sendero cubierto de nieve—. La runología no es tan sencilla como mucha gente se cree. Aunque, si era lo que le gustaba...

No sabía si alguna vez se acostumbraría a hablar de ella así, en pasado. Inevitablemente se imaginó su propia muerte, y se preguntó si la gente también se sentiría así hablando en pasado de ella. ¿Era posible acostumbrarse a algo así?
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 21, 2020 12:11 am

Samantha creía que sí que estaba más que preparada para ir al cementerio y estar frente a la tumba de su amiga. Gwen era más fuerte de lo que ella se creía, pero era muy consciente de que en ese momento lo que menos querría es enfrentarse, cara a cara, de nuevo a la muerte de una gran amiga. Bastante habían pasado juntas como para que ahora tuviera que estar frente a una lápida con su nombre. Después de todo lo que Savannah había pasado con Artemis, era injusto y casi cruel que hubiera muerto en una situación así, sobre todo después de haber superado todo eso.

Cuando la morena admitió que no sabía lo que quería, Sam no pudo pensar que ella estaba en la misma situación. Era un momento de incertidumbre y duda y, al menos la rubia, no tenía nada claro. Estaba prácticamente moviéndose de manera automática hacia adelante.

—Sí —respondió a lo de ir hacia el lago, un paseo que no era la primera vez que hacían. Al dar un par de pasos, se dio cuenta de que las botas se hundían casi tres centímetros—. ¿En qué momento ha nevado tanto?

Que no era para nada lo mismo el ambiente en Londres centro que en la periferia, lugar en donde estaban ahora y se notaba exagerado no solo en los grados, sino también en que en la ciudad todavía no había nevado ni un poquito.

Comenzaron a caminar y Sam se quedó un poco por detrás de ella, jugando de manera inconsciente a pisar los palitos de madera que se iba encontrando para hundirlos en la nieve. Escuchaba hablar a Gwendoline de Savannah, prestándole atención a lo que le había dicho del cambio de carrera. Ella les había dicho en varias ocasiones que casi todas sus decisiones habían venido de la mano de la presión social o familiar, por lo que habiendo recuperado un poco lo que era su propia vida, había sido valiente e independiente optar por una carrera que te gustaba más.

—Si te gusta de verdad, la cosa no se vuelve tan difícil —dijo por experiencia, pues su carrera era una de las más consideradas más complicadas—. Seguro que lo hubiera sacado si era lo que le apasionaba, aunque sí es cierto que de leyes a runología había un gran trecho.

Después de haber vivido lo que había vivido y de ver lo efímera que es la vida, ya no le veía valor a eso de "ya que llevo medio curso, no lo voy a abandonar ahora". ¿Qué más daba terminar el curso o no si ni te motivaba, ni era lo que querías hacer? Habiendo pasado por todo lo que había pasado, había llegado a la conclusión de que había que hacer lo que te hacía feliz y vivir plenamente y se sentía idiota de no cumplir ella misma con sus propio aprendizaje.

Suspiró un poco, todavía mirando a la nieve. En realidad iba mirando a la nieve porque siempre le pasaba que con la capa no veía bien las piedras y se tropezaba, porque torpe se nacía y una tenía que aprender a vivir con las limitaciones.

—Lo estaba haciendo bien... —reflexionó—. Haciendo las cosas que le hacían felices por encima del resto. No se merecía nada de lo que le había pasado, pero había conseguido salir de todo eso, en gran parte gracias a ti —le reconoció, esperando que no fueses tan modesta de no verlo.

No solo el apoyo y la ayuda durante y después de Artemis Hemsley, sino aquella pomada que tanto a la rubia como a la propia Savannah significó tanto para poder dejar atrás las cicatrices que si bien ya no producían daño, eran las más dolorosas.

No había manera positiva de ver la muerte de Savannah, pero al menos había muerto siendo ella, cosa que no pudo ser durante mucho, mucho tiempo.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Abr 21, 2020 10:20 pm

Abstraída en sus pensamientos, mientras sus pies se hundían en la nieve a medida que caminaba, Gwendoline únicamente fue capaz de pensar en una cosa: odiaba la nieve.

Nunca la había odiado, y por supuesto en ese momento tampoco la odiaba de verdad. Aquel pensamiento nacía de su profundo disgusto hacia el mundo que la rodeaba. Lo mismo daría si ese día le ponían delante una comida que despreciara —el brócoli, única comida vegetal que despreciaba profundamente— o su plato favorito —huevos revueltos picantes—, que acabaría odiando ambas cosas.

Así que no dijo nada con respecto a la nieve. ¿Por qué no? Pues porque todo lo que habría salido de su boca habría sido algo negativo. Hasta la nieve la molestaba aquel día.

Savannah McLaren se había convertido en un montón de recuerdos que las personas que la apreciaban conservarían durante toda su vida. La muchacha les había sido arrebatada de una manera injusta, dejando una profunda herida en los corazones de aquellos que la habían conocido. Ya sólo podían contar con aquellos recuerdos, con las vivencias compartidas y las anécdotas curiosas. Y compartirlas los unos con los otros.

Y eso estaba haciendo Gwendoline, aunque hubiera escogido los peores momentos posibles.

—Supongo que tienes razón —respondió con cierta desgana. Resultaba desgarrador el pensar que jamás verían cumplido ese futuro—. Si fue capaz de superar todo lo que superó, esto no habría sido una excepción.

Lo peor de todo aquel asunto era ese demonio, la culpa del superviviente, que pesaba sobre sus hombros.

Un enemigo traicionero que vivía dentro de ella, y que era capaz de retorcer incluso las palabras más amables que su novia le decía hasta convertirlas en un motivo más para sentirse como el peor ser humano sobre la faz de la Tierra.

En este caso, y a pesar de que su yo más racional entendía bien que Sam solo pretendía consolarla, decirle que había sido una figura positiva en la vida de Savannah, lo único que interpretó la morena fue que, gracias a todo esto, a haberla convencido para que la ayudara con el pequeño proyecto de Angus, la chica estaba en el peor lugar posible el día de su muerte. Objetivamente, aquello no habría ocurrido de no ser porque la había convencido de unirse a aquello en un primer momento.

Apretó los puños mientras seguía avanzando penosamente a través del terreno nevado.

—Y de no ser por mí, no habría estado en el Callejón Diagon hace dos días, y hoy seguiría con vida —respondió de manera descorazonadora. Sonaba como alguien a quien le habían arrancado todo atisbo de esperanza en la raza humana y la existencia en sí—. Si tan solo se hubiera quedado en casa, o estuviera en la universidad, o en cualquier sitio menos en el Callejón Diagon… ¡Ni siquiera estaba convencida del todo de participar en el proyecto de Angus, y yo le insistí!

Gwendoline se detuvo en seco y, en un arranque de pura rabia, pateó el suelo nevado.

El gran riesgo de patear un suelo cubierto de nieve es que, por lo general, la nieve tiende a ocultar cosas. ¿Y qué ocultaba aquel montón de nieve que Gwendoline golpeó con su pie? Efectivamente: una piedra bastante grande. La golpeó con todas sus fuerzas, haciéndose daño en prácticamente todos los dedos del pie. Tarde se dio cuenta de su error.

—¡Mierda! —gritó, al tiempo que levantaba el pie, cojeaba un par de pasos sobre la nieve, y finalmente terminaba cayéndose de culo en medio del camino—. ¡Qué daño! ¡Mierda, mierda, mierda!

Las cosas tenían que ir rematadamente mal para que Gwendoline Edevane, enemiga acérrima de las palabras malsonantes, profiriera semejante retahíla de ellas.

Se llevó ambas manos al pie herido, y enseguida se hizo a la idea de que, posiblemente, se habría roto un dedo o dos. Siendo bruja, no es que hubiera un enorme problema a la hora de arreglar aquello, pero por el momento nadie le quitaría el intenso dolor que sentía.

Sentía ganas de llorar… pero el motivo no era realmente el dolor físico.
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Sam J. Lehmann el Dom Abr 26, 2020 1:40 am

La rubia consideraba que había tenido un periodo de transición bastante amplio y lento, por una parte para superar un trauma y, por otra parte, para aceptar su nueva vida de la manera más sana. Lo había tenido “relativamente” fácil con Gwendoline y con Caroline, que siempre estuvieron ahí para apoyarla. Sin embargo, había llegado un punto en el que veía a Gwen hacer los mismos errores que ella había cometido y que ella misma le había ayudado a superar.

Por una parte, seguía sin apoyar al cien por cien el inmiscuirse tanto en el tema del Juguetero, pero eso ya… daba igual. Consideraba que le hacía más mal a Gwendoline de lo que le iba a aportar aún saliendo victoriosa de ese gran berenjenal y que encima el inmiscuirse la ponía en peligro más de lo que ya estaba. Pero claro, en ese tema ya todo estaba hablado y cualquier opinión que se saliese de la línea que llevaba a una pista del Juguetero no era el camino.

Por otra parte… Sam podía entender —y la entendía— que lo más fácil en esas situaciones es culparte. Sam se culpó con el tema de Kant, se culpó con el tema de Artemis, se culpó con el tema de Zed y se culpa cada vez que pasa algo relacionado con meter a sus amigas en peligro por culpa de ser fugitiva. Sin embargo, allí estaban Gwen y Caroline dejando claro que no era culpa suya. Con el tiempo, se había auto-convencido incluso de que todo eso no había sido directamente culpa suya.

Es por eso que entendió que de repente volviera todo eso en su contra, porque era lo más fácil: culpar a lo que tienes delante, a lo único a lo que puedes pegar. Sam también se había hecho daño golpeando solo por rabia, ¿y de qué había servido?

Y al igual que se odiaba por ser tan imbécil, ahora mismo no iba a tolerar, por muy dolida que estuviera su novia, que se echase la culpa de algo en lo que no ha tenido absolutamente nada que ver.

Había respetado meterse en un problema que no era asunto de ellas y que era peligrosísimo y respetaría su luto que, indudablemente, iba a ser peor que el de ella porque Gwen y Savannah estaban muy unidas, pero no podía respetar que se echase mierda encima en esa situación tan auto-destructiva. Sam lo había vivido y no solucionaba nada y Gwen, pese a que ahora estuviera enfadada y triste, también lo sabía.

No le dio tiempo de contestarle antes de que diera esa patada, haciéndola caer al suelo de la nieve con un fuerte dolor en su pie. Sam se preocupó porque dijo cuatro «mierdas» —y eso era suficiente motivo como para preocuparse—, acercándose rápidamente y poniéndose de cuclillas frente a ella. Llevó sus manos al pie, pero rápidamente ella se quejó. La rubia había visto tremenda patada había pegado, así como la piedra.

—¿Tú crees normal todo esto? —preguntó entonces, mirándola a sus ojos verdes, sintiendo reprimida—. Gwen, no ha sido tu culpa que Savannah haya muerto, ni que Savannah estuviese en el Callejón Diagón. Si estaba allí es porque allí quería estar y si ahora mismo ya no está entre nosotros es porque ese asesino la mató. No tiene más. No te ayuda nada echarte la culpa de algo así, pues estás muy lejos de haber tenido algo que ver —le dijo con seriedad, sin apartar la mirada—. Entiendo que estés enfadada, dolida y desesperada, pero no es la solución señalarte a ti para buscar un culpable. Las dos sabemos quién es aunque no podamos llegar a él. —Pese a que hasta hora su ceño estaba fruncido en un gesto “enfadado”, se sustituyó en ese momento en uno mucho más débil—. Estoy preocupada por todo esto y estoy preocupada por ti. Me preocupa nuestra vida, nuestra felicidad y nuestra estabilidad, pero lo que más me preocupa eres tú. No estamos en un momento para arriesgarse y de verdad que noto que todo lo que nos rodea está pendiendo de un hilo tan fino… —Y se emocionó en ese momento, tragando para liberar la bolita de nervios que se le había formado—. De verdad que cuando me llamó Laith el viernes estaba pensando lo peor, pero luego cuando supe que Savannah había fallecido en el ataque… es que… Nos conocemos muy bien, Gwen. Es normal que te afecte, es normal que intentes hasta culparte, pero… joder… —Soltó el taco, clavando sus rodillas en la nieve—. No te mates con la dichosa piedra bajo la nieve. Sabes, ahí dentro… —Señaló su cabeza—, que no ha sido tu culpa. Lo sabes perfectamente.

Bajó entonces la mirada, soltando aire por la boca en un pesado suspiro.

—Sé que estás enfadada —dijo entonces—. No es la solución cohibir tus sentimientos... porque al final se van a convertir en rabia que solo vas a poder desatar contigo misma y no quiero que te hagas daño, no más de lo que ya te hace la pérdida y ese asqueroso.

Sujetó entonces su pie dolorido, con temor a hacer nada. Le había dado un puntapié a la dichosa piedra, por lo que ya se estaba imaginando lo peor.

—¿Estás bien? ¿Es grave? —preguntó entonces, arrepintiéndose un poquito de lo que había dicho anteriormente, pero es que necesitaba decirlo y ni lo había pensado—. ¿Quieres que te lleve con Laith?

Y le preguntó eso porque ni sabía la magnitud del daño, ni sabía si querría estar siendo atendida por otro medimago por mucho que fuera Laith.

Sam ahora mismo solo tenía ganas de abrazarla, sentirla contra su pecho y recordar que juntas eran invencibles, pero después de sentir la frialdad con la que llegó a casa y la actitud tan cerrada con la que estaba llevando el tema —siendo ella como era—, no sabía qué hacer o decir.

La verdad es que en ese momento se daba cuenta de lo dependiente que se habían vuelto. O más bien… de lo dependiente que se había vuelto Sam con respecto a Gwendoline. Literalmente ahora mismo Gwen era casi toda la vida de la rubia y se notaba que se había “apoyado” en ella para ser feliz en su situación de esconderse del mundo, pues ahora que ella estaba pasando por ese momento de obsesión con el Juguetero, era Sam la que se sentía perdida y desubicada.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Abr 26, 2020 9:24 pm

Como distracción de todos aquellos pensamientos negativos que circulaban sin control por su mente desde que había despertado en el hospital, aquel dolor intenso funcionaba a la perfección. Nadie podría discutirlo, pues en lo único que podía pensar era en lo mucho que le dolía el pie.

Eso sí, desde el punto de vista racional, había que estar muy mal de la cabeza para aceptar aquello como una distracción aceptable.

Sam se agachó enseguida para intentar ayudarla, pero hasta el más mínimo roce le provocaba un dolor atroz. Cuando ella quiso echarle una mano, retiró el pie de manera involuntaria, quejándose hasta del roce de los calcetines sobre la zona afectada.

Tenía una fractura, estaba claro.

Bajó la mirada en cuanto Sam empezó a hablar y la escuchó en silencio, reflexionando acerca de sus palabras. De nuevo, un conflicto interno en su interior: una parte suya sabía que lo que la rubia decía era cierto, mientras que otra era incapaz de deshacerse de la culpa. No pudo evitar acordarse de aquellas ocasiones en que los papeles eran inversos, con su novia asegurando que todo lo que sucedía a su alrededor era culpa suya, y ella diciéndole que no era así, que cada quién era responsable de sus propios actos.

«¡Qué fácil era verlo todo entonces!», pensó con desgana, suspirando. «Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo para darme una patada en la boca. O no, porque viendo el resultado...»

Sam pasó a hablar sobre lo que le preocupaba: su integridad física, la felicidad y la vida que compartían, el peligro a que se exponían… Se obligó a sí misma a mirarla a los ojos mientras le decía aquellas cosas, pero no fue capaz de hacerlo mucho tiempo. Enseguida volvía a estar mirando la nieve, sintiéndose estúpida, ridícula, la peor persona del universo… Todo ello al mismo tiempo.

—No sabía que la piedra estaba ahí —señaló lo evidente, pues nadie en su sano juicio patearía una piedra de esa manera. No dejaba de ser una excusa para no responder a todo aquello.

Sabía que no era el mejor momento para guardarse sus sentimientos, pero tampoco es que tuviera idea de cómo lidiar con todo aquello. En aquellos dos días había tenido demasiadas cosas rondando su cabeza, y su parte más analítica sabía que, posiblemente, todavía no había salido del estado de shock después de lo sucedido con Savannah. Había abandonado el estadio de la negación de manera bastante rápida, pero igualmente se sentía como en una pesadilla. Todo parecía teñido de una especie de irrealidad, y se sentía como si en cualquier momento fuera a despertarse en su cama, empapada en sudor y temblando.

Pero eso no iba a pasar: aquello era la pura realidad.

—Si me haces volver al hospital o a cualquier sitio que se parezca, me corto el pie —declaró con suavidad, a pesar de la dureza de sus palabras—. Estoy bien. No es grave. Tú misma podrás arreglármelo. No te preocupes.

Por supuesto que no era estúpida, y que sabía muy bien que a su novia le preocupaba bastante menos una posible lesión en su pie que todo lo que estaba sufriendo por dentro. Sería ciega además de estúpida si, después de todo aquello, no se daba cuenta.

Gwendoline no veía en un futuro inmediato una recuperación milagrosa a nivel psicológico, aún a pesar de su intención de ponerlo todo de su parte, pero sí había algo en lo que podía tranquilizar a su novia.

—No voy a seguir investigando al Jugueterodeclaró con rotundidad, y esta vez se notaba en sus palabras que lo decía de verdad: se había rendido—. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, y si no he encontrado nada hasta ahora, no lo voy a encontrar. Hay gente muy capaz en la Orden que puede seguir adelante con el asunto. Yo he terminado con eso.

Estuvo a punto de decir que también había terminado con la Orden del Fénix, que había dado por fin con la horma de su zapato: sentía que no había absolutamente nada más que pudiera hacer para ayudarles, y menos en el asunto del Juguetero. Sin embargo, eso no sería cierto: sabía que no podría renunciar a elaborar pociones para la enfermería, o echarles una mano de vez en cuando. Sin eso sí que se sentiría hundida.

—He terminado con ese asunto —zanjó, encogiéndose de hombros—. Y ahora te agradeceré mucho que me eches una mano para levantarme de aquí, pues se me está congelando el culo.

Estiró ambos brazos en dirección a Sam, pidiéndole ayuda. Tendría que cojear hasta encontrar un lugar donde poder sentarse, por supuesto, pero como siempre, contaba con la ayuda de ella para levantarse. En aquel momento la necesitaba más que nunca, en todos los aspectos, y aunque ni siquiera ella misma lo aceptara.

Resultaba difícil contar con los demás cuando, durante toda su vida, había sido tan introvertida.
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Sam J. Lehmann el Lun Mayo 04, 2020 10:59 pm

Actualmente para Sam era imposible llevar a Gwendoline al hospital, pero no iba a entrar con eso de ser literal porque en situaciones tensas era molesto. Simplemente puso sobre la mesa la posibilidad de ir con Laith porque no tenía ni idea de cómo de grave había sido el golpe que se había pegado contra la piedra. Sin embargo, que le dijera que hasta ella podía ayudarla le tranquilizó, pues quería decir que no era para tanto. Era sabido por ella y por cualquiera que la conociera un poco que los encantamientos de sanación no eran precisamente lo suyo.

―Vale, está bien ―le respondió con suavidad, con intención de darle las manos para levantarla.

Realmente había soltado todo eso pero no quería empezar una discusión, ni mucho menos una conversación intensa. Lo único que quería era tirarse en la cama con Gwen, abrazarla y, si le apetecía, llorar tranquilamente y dejar que ella también lo hiciera.

Se sorprendió que Gwen no le sujetara las manos, sino que de repente sacara el tema del Juguetero para zanjarlo por completo. De lo que más se sorprendió es que… pese a que era evidentemente una rendición, no le pareció que sus palabras fuesen tristes, sino decididas. A Sam esas palabras le suponían un total alivio, pero sabía perfectamente que para la morena no lo sería por mucho que lo hubiese estado pensando detenidamente.

La rubia consideraba que seguir con eso era insostenible, pero también conocía a Gwendoline como para saber que se le iba a quedar como una espina clavada. Y claro, ahora mismo estaba en la tesitura de elegir: ¿debía sentirse bien con la decisión, apoyarla y hacerle ver que era una buena idea o… intentar animarla a seguir haciendo aquello que necesita?

Lo cierto es que le molestaba que en ocasiones fuese una necesidad, pero sabía que en el fondo apoyar eso… quizás era egoísta.

Ahora, sin embargo, tampoco tenía muy claro qué decir o qué hacer, por lo que cuando le pidió ayuda, no tardó en tenderle ambas manos para levantarla de un suave tirón. Cuando se puso en pie, la sujetó con una de sus manos y miró alrededor en busca de un lugar en donde poder sentarse. Encontró un banco y encontró un tronco y, definitivamente, eligió seguir la dirección del tronco. Sentarse en un banco helado iba a ser increíblemente peor para su culo sin lugar a dudas.

Le ayudó a ir a la pata coja hasta allí, pues saltar con la nieve con una sola pierna no era para nada fácil ni cómodo.

Una vez allí, le ayudó a sentarse, sujetando sus manos mientras Gwen iba bajando poco a poco hasta posar su culo sobre el tronco. Sam se sentó a su lado y la morena se giró, poniendo el pie sobre ella.

―Te voy a quitar la bota ―advirtió, sujetándola con ambas manos. Era la típica bota de agua, así que no tenía cremallera, por lo que había que quitarla “a la fuerza” y no quería hacerle daño, por lo que fue muy lentamente. Mientras lo hacía, tuvo que hablar―: Sabes que yo te voy a apoyar con la decisión que has elegido, no hace falta ser muy observadora para darse cuenta de mi opinión al respecto… ―Elevó un poco la mirada hacia los ojos de Gwen, casi con arrepentimiento―. Siento mucho no haberte apoyado desde el principio o… no haber estado igual de involucrada de lo que estuviste tú. Siempre he tenido miedo con este tema y, sinceramente, después de todo lo que hemos pasado, de verdad que tengo miedo de perderte. Hemos conseguido superar tantas injusticias que nos han caído encima que de verdad no puedo dejar de pensar que cómo nos atrevemos ahora a perseguir nosotras a los malos.

Sabía que era egoísta pero… ¿era egoísta por no querer perderla, ni involucrarse en cosas que la pusieran en peligro? Que esa era otra: Sam sabía perfectamente que ahora mismo su cualidad «valiente» estaba un poco desaparecida y, como mucho, le salía un poco de coraje en ciertas ocasiones. Realmente abandonar algo así era actitud de cobarde, pero hacía tiempo que estaba bien con eso.

―¿Estás segura? ―preguntó con respecto al tema de zanjar el asunto, para también notar que la bota ya podía salir bien, sacándola muy suavemente para intentar no dar a sus dedos―. Sé que estás pasando por un mal momento, las dos sabemos que éstos no son los mejores momentos para tomar decisiones importantes. ―Y sacó la bota al completo, sonriendo delicadamente a Gwen en plan: «¡Lo hice!»
Sam J. Lehmann
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