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One hundred seconds to midnight {Dylan&Mina}

Wilhelmina Harlow el Sáb Mayo 09, 2020 3:04 pm

One hundred seconds to midnight {Dylan&Mina} WgAMDfr
Sábado 9 de abril, 2020 || Londres, Inglaterra || 01:03 horas || Atuendo

No era la primera vez, desde que se había transformado en lo que era, que experimentaba aquella sensación: la sed de sangre.

En el transcurso de su larga existencia, había sufrido los padecimientos de dos guerras mundiales y las sucesivas crisis económicas y sociales que las habían seguido. Habían sido años oscuros en la historia de la raza humana, marcadas por la escasez de recursos y la muerte. También había existido durante la pandemia de 1918, durante la cual la infame gripe española había acabado con unos cuarenta millones de personas en todo el mundo.

Cualquiera pensaría que una no muerta como ella estaba exenta de preocupaciones tan mundanas, contando con el don de la inmortalidad, pero nada más lejos de la realidad: si el ser humano sufría semejantes padecimientos, los que parasitaban a su especie los sufrían en igual medida.

Una nueva pandemia asolaba el mundo, y como solía ocurrir siempre, incluso Inglaterra se había visto salpicada por ella. No habían tenido lugar tantas muertes como durante las guerras o la anterior pandemia, pero los ingleses se habían visto obligados a refugiarse en sus hogares. Las calles quedaban desiertas durante la noche, y los locales sociales donde Mina llevaba a cabo sus cacerías habían cerrado sus puertas.

En ese momento habían empezado sus problemas.

Para aquellos que no estuvieran familiarizados con la sed de sangre en un estado avanzado, no era muy distinta al síndrome de abstinencia que experimentaban quienes consumían drogas: temblores frecuentes, incomodidad, debilidad, palidez extrema… e incluso agresividad.

Quizás un adicto experimentando lo que los habitantes de aquel siglo llamaban “el mono” no fuera demasiado peligroso, ni aún en su momento más agresivo; un vampiro, en cambio…

⋆⋆⋆

Habían pasado dos semanas desde que había acabado sus reservas de sangre.

Dada la situación actual, conseguir algo de alimento se había convertido en todo un suplicio, y la actitud de Mina se había vuelto errática. Era frecuente verla deambulando por los pasillos de la mansión en pleno día, golpeando las paredes o destrozando lo que encontraba en su camino. Su aspecto había empeorado considerablemente: su palidez se había acentuado, y ojeras oscuras habían aparecido bajo sus ojos; su rostro parecía el de una persona que sufriera anorexia, siendo más evidentes los huesos bajo su carne.

En un acto casi desesperado, había contactado con la asociación Vlad e Hijas, con la cual había tenido contacto un tiempo atrás. La habían invitado a formar parte de sus filas, pero su implicación con el gobierno mágico —o, mejor dicho, en su contra— la hacía sentir demasiado incómoda. A pesar de todo, conservaba algunas amistades, por lo que no tardó en ser citada en uno de esos locales clandestinos que todavía abrían sus puertas en Londres, y que solamente los seres como ella frecuentaban.

Quien había acudido a la cita había sido Leona, una vampiresa joven en comparación con Mina, y que si bien se caracterizaba por su forma de ser sarcástica y cínica, había hecho buenas migas con la rubia.

La había obsequiado con dos bolsas de sangre, terminado con su suplicio personal y devolviéndola, al menos en parte, a sus cabales. Sin embargo, no le había dado más que eso: al parecer, había tomado aquellas dos bolsas de sangre de las reservas de su grupo, y si lo descubrían, no estarían muy contentas con ella.

Por lo que la puso en contacto con su proveedor.

⋆⋆⋆

Mina había acordado otra cita para la noche siguiente, siendo el lugar de reunión, en esta ocasión, un local oculto llevado por magos. Una farmacia muggle, normal y corriente, servía de tapadera para este lugar, y si quería entrar, debía pronunciar cierta contraseña que le habían facilitado.

Hacia allí se dirigió, ocultándose en las sombras cada vez que pasaba un coche de policía —y reprimiendo los deseos de hacerlos parar para degollarlos y alimentarse de ellos—, llevando consigo una bolsa llena de dinero. Le habían dicho específicamente que los pagos únicamente se aceptaban en efectivo.

Al llegar a la farmacia, que estaba de guardia y era uno de los pocos tipos de negocio que tenían permitido abrir durante la crisis sanitaria, fue recibida por un farmacéutico de aspecto sumamente apetitoso. Mina tuvo que luchar contra los mismos deseos que había experimentado durante el camino con los agentes de policía, y limitarse a repetir la contraseña que le abriría las puertas del auténtico negocio.

—Ignorar para preguntar y preguntar para saber —susurró, con la mano firmemente aferrada al mostrador de la farmacia, mientras el hombre con mascarilla y pantalla protectora la miraba.

—¡Eso es aprender! —exclamó con emoción el muggle, antes de meter la mano bajo el mostrador y hacer algo con ella. Mina supuso que accionó algún tipo de interruptor, pues una sección de la estantería a sus espaldas se abrió hacia dentro, igual que una puerta—. ¡Vaya con ojo ahí dentro!

Mina no respondió ni esperó: levantó la portezuela que impedía el paso al otro lado del mostrador y caminó con celeridad en dirección al hueco abierto en la pared. Éste no tardó en cerrarse, dejándola sumida en la penumbra en lo que parecía un pequeño corredor iluminado únicamente por un par de fluorescentes anclados al techo.

En la pared que tenía frente a ella aparecía una flecha pintada que señalaba en dirección a su derecha. Al volverse en esa dirección observó que el pasillo doblaba a la izquierda a unos cuatro metros de allí. La pared que ahora miraba también tenía una flecha que señalaba en esa dirección. Bajo ella, un rótulo que rezaba: “El camino hacia la felicidad.”

Siguió aquel “camino hacia la felicidad” con paso firme y apresurado, sintiendo apremio y necesidad, y al doblar la esquina se encontró una puerta roja. Ésta se abrió, igual que si tuviera un sensor de proximidad, en el momento en que la vampiresa se acercó. Al hacerlo, dejó al descubierto lo que parecía ser… la sala de juegos de un casino, en todo su luminoso y bullicioso esplendor.

Mina caminó hacia su interior, tratando de ignorar la fuerte presencia humana allí dentro, y los deseos que sentía de beberse hasta la última gota de su sangre. Esperaba tener aquel problema solucionado lo más pronto posible.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Dylan G. Blair el Jue Mayo 14, 2020 10:36 pm


Pese a que lo que más solía mover Dylan era droga, tanto mágica como muggle, se encargaba un poco de la distribución de cualquier sustancia ilícita. Normalmente la sangre, como tal, no se consideraría una sustancia prohibida, pero teniendo en cuenta que ARCANA se hacía con dicha sangre de manera bastante poco moral, uno podía entender que tratar así a los humanos para hacer que los vampiros continuaran «viviendo» podría generar cierta controversia. Realmente a la organización de Dylan le daba igual las personas que utilizaban para generar sangre, pues solían ser mayormente traidores o enemigos de la organización, pero entendían que igualmente podía generar un gran dilema.

La verdad es que al rubio poco le importaban los métodos: él no veía nada. A él le daban la mercancía, información sobre el susodicho —o susodicha— y una dirección, aunque en este caso iba a ser primero de negociador, antes que de distribuidor.

No estaba muy familiarizado con el trato con vampiros o vampiresas, pues pocas veces había hecho entregas de éste calibre y, por norma general, solía hacerlo mediante un intermediario para grandes organizaciones como pudieran ser Vlad e Hijas. Ahora, sin embargo, la entrega era a un individuo solitario: Wilhemina Harlow.

Quizás si llega a estar un poco más interesado en cultura podría haber relacionado a esa mujer con el museo que tenía en su propia mansión pero… seamos sinceros: Dylan no sabía ni qué existía ese museo porque se la sudaba mucho. Así que teniendo en cuenta que no sabía nada de aquella mujer, simplemente se limitó a pensar en la peor versión de una vampiresa hambrienta y solitaria.

Por eso citó a la vampiresa en un lugar público y oculto, para que hubieran suficientes personas como para que se replantease el usarle a él como bolsa de sangre.

Había quedado con la vampiresa a eso de la una de la madrugada, pero Dylan llevaba allí desde las once. Se había tomado algunas cervezas, había vendido un poco de droga y se había animado a apostar jugando al billar. En ese tipo de pubs, ese tipo de juegos debían de estar protegidos contra magia, ya que siempre habían asquerosos que, de lejos, se ponían a encantar las bolas para evitar que entrasen en los agujeros o hacer que tuvieran movimientos demasiado convenientes. Además, la tabla del billar no tenía patas, sino que levitaba y, cuando una bola caía en el agujero, lo que hacía era levitar hacia el centro inferior de la mesa, en donde todas las bolas se acumulaban en una recipiente.

Como la señora Harlow y él nunca se habían visto, le había dicho que iría con una camisa de rayas y que, además, solía llevar las manos llena de anillos. También bromeó diciendo que probablemente sería el más guapo de todo el lugar, pero luego se sintió estúpido con ese tipo de bromas hacia una vampiresa, que estará acostumbrada a la belleza vampírica que, sin duda, debía de ser mucho mayor.

—Lo siento, Bobby Brown —le dijo divertido a su adversario después de meter la bola negra en el agujero correspondiente, soltando el palo contra la mesa mientras le tendía la mano boca arriba—. Mi dinero.

—Puto Blair —masculló, metiéndose la mano en el bolsillo para sacar dos billetes de cien libras.

—Te diría de jugar otra para seguir vaciándote los bolsillos, pero creo que llevas demasiados whiskys encima y eso está afectando a tus capacidades motoras —le dijo tras guardarse los billetes en el interior del bolsillo del pantalón.

Ahora mismo no tenía puesto el abrigo, sino que estaba colgado en una columna detrás de él. En su abrigo tenía muchas cosas importantes, pero Dylan lo protegía con magia, de tal manera que los bolsillos parecieran vacíos siempre que alguna mano que no fuera la de él intentase ver qué había dentro.

—Cállate y sal de mi vista —le respondió, enfadado con la pérdida de su dinero.
Dylan G. Blair
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Dylan G. BlairMiembro ARCANA

Wilhelmina Harlow el Sáb Mayo 16, 2020 3:05 pm

Adentrarse en aquel lugar lleno de potenciales fuentes de alimento supuso un ejercicio de determinación y autocontrol para ella. Sujetó con ambas manos, con fuerza, casi intentando atravesar el tejido con los dedos, la bolsa en que transportaba el dinero y que sujetaba contra su pecho, al tiempo que intentaba ignorar los latidos de sus corazones y el aroma que desprendían.

Sus corazones resonaban dentro de la cabeza de Mina como una banda de percusión disonante. Casi podía escuchar el torrente sanguíneo fluyendo por el sistema circulatorio de todos los allí presentes, aunque sabía que aquello no era otra cosa que un producto de su imaginación. Su cerebro había sido privado de alimento durante demasiado tiempo, y las dos bolsas de sangre que Leona le había cedido no habían sido suficientes ni por asomo.

Trató de concentrarse. Trató de recordar la descripción que le había facilitado el contacto de Leona, y buscó con la mirada a alguien que encajase en ésta. Ignoró la parte en que el señor Blair remarcaba su belleza, pues la belleza era totalmente subjetiva, pero sí se concentró en los demás detalles.

Gracias a estos, no tardó demasiado en localizar a un individuo que encajaba en la descripción, junto a aquella mesa de billar que desafiaba las leyes de la física.

Atormentada por el sonido de tantos corazones latiendo, resonando dentro de su cabeza, Wilhelmina Harlow no prestó atención a la conversación que mantenían los dos magos, Blair y su rival. Tampoco le hizo falta: viendo que ambos llevaban palos de billar en las manos, y cómo el dinero cambiaba de manos, supo en qué clase de negocio andaban. Había vivido entre soldados y hombres de varias épocas, y reconocía una apuesta cuando se la ponían delante de las narices.

Hizo acopio de toda su compostura, a fin de mostrarse un poco más digna de lo que aparentaba su rostro pálido y ojeroso, y caminó hacia el joven rubio. Su camisa y sus anillos lo identificaban como su contacto. ¿Cuáles eran las posibilidades de que hubiera un segundo hombre tan parecido a él en aquel lugar?

—Buenas noches —dijo en un susurro. Solo se dio cuenta de que susurraba cuando las palabras salieron de su boca, así que carraspeó y decidió volver a empezar. Dudaba mucho que se la hubiera escuchado por encima del barullo y la música del local—. Buenas noches. —Esta vez habló con más claridad y considerablemente más alto—. ¿Es usted el señor Blair? Soy Wilhelmina Harlow, y usted y yo teníamos una… cita.

Decirlo de aquella manera lo hacía sonar casi profesional, como si estuviesen llevando a cabo una transacción de negocios común y corriente. Sin embargo, Mina no había durado tanto tiempo sobre la faz de aquel planeta por ser estúpida, y sabía sumar uno más uno: la única sangre que los vampiros podían consumir era la humana, y para obtenerla, claramente hacían falta seres humanos.

Francamente, en aquellos momentos le importaba un bledo si los humanos de que procedía la sangre que la alimentaría en meses venideros seguían con vida o, por el contrario, no eran más que cadáveres. Tampoco le importaba si la donaban de buena gana, o por el contrario se les extraía a la fuerza.

Lo único que sabía era que necesitaba aquella sangre. De lo contrario, dudaba que fuese capaz de seguir controlando sus ansias. Y si perdía el control, aunque fuera por un segundo, quizás no pudiera volver a recuperarlo...
Wilhelmina Harlow
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