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Troublemakers {Abi McDowell}

Invitado el Dom Sep 07, 2014 12:02 am

Aquella noche salir de mi casa se había hecho más pesado que de costumbre, sobretodo por el hecho de tener que usar un hechizo transportador, me resultaban agotadores. Encima había tenido que darme prisa, porque cuando había que hacer recados para el jefe, no había excusas para llegar tarde. De un segundo a otro, había pasado del acogedor y más que apetecible salón de mi casa, a un callejón oscuro y maloliente. El callejón estaba tan oscuro como siempre, pero no daba tanto miedo si llevabas tu varita a mano. Lo que si que daba miedo era el olor a orín y a suicidad que lo inundaba todo. Pero dentro de lo malo, era soportable.

Escondida en mi capa negra, me dirigí hasta el punto de encuentro con la otra involucrada en aquel feo asunto. Abi McDowell, conocida por sus grandes dotes, no solo como maga. Excelente en el arte de ser mala y peligrosa, y claro, sigilosa. Juntas hacíamos un equipo peligroso, pasábamos desapercibidas y sabíamos como actuar en público para no levantar sospechas. Por eso, el Señor Tenebroso nos había encomendado una misión peligrosa. Posiblemente la más peligrosa desde que yo había ingresa en los mortífagos. Teníamos que espiar a un grupo de resistencia que estaba decidido a acabar con todo aquel que llevase la marca tenebrosa en el antebrazo. No era fácil, ni divertido, pero con aquel par de ojitos, a ver cual de las dos se atrevía a decirle que no a Voldemort.

Recorrí un par de calles, intentando no perderme por los resquicios, hasta que finalmente llegué a mi destino. Esperé, apoyada en el escaparate de una tienda abandonada, a que mi compañera de travesuras apareciese. No podía dejar de pensar en Caleb, y en que si se enteraba de esto iba a regañarme por no haberle avisado del lío en el que me estaba metiendo. Pero me negaba a tenerle pegado a las espaldas, esperando el momento idóneo para salvarme el culo y luego poder restregarmelo hasta el fin de mis días. Prefería ir en buena compañía femenina. Iba a ser divertido emplear un poco más de tiempo con ella, conociéndonos y creando problemas.



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Abigail T. McDowell el Dom Sep 07, 2014 4:06 am

Esa noche tenía planes de lo más divertidos. Días antes, el único señor para el que cumplo órdenes en dónde corre riesgo mi vida, nos encomendó tanto a mí como a una compañera una tarea de lo más complicada. Evidentemente, en voz de Lord Voldemort sonaba fácil y alentador, pues ponía toda su confianza en sus subordinados, dando por sentado que ni de lejos podíamos tener ni la más mínima ocasión de fallar. Claro, como él no arriesgaba su vida… Se cree que al estar bajo sus filas nos regala algún tipo de poder supremo con la marca tenebrosa. En realidad sólo nos marca como ganado. Pero la cuestión era simple y llanamente que tú, a un mago tan poderoso como él, no puedes decirle simplemente que no. En ocasiones podría quejarme, incluso replantearme si era la mejor manera de conseguir poder aquella en la que basaba mi vida. Muchas veces discrepaba de que así fuera, más cada ocasión en la que mi vida corre peligro, una nueva experiencia se me acumula en ese baúl de conocimiento que me hace más experta. Además de que cada enemigo, es una nueva arma.

Me había pegado todo el día en mi casa, tirada en el sofá con los cascos, en ropa interior debido al insufrible calor que hacía y repasando detenidamente aquello que debíamos hacer Fitzroy y yo. Leía lo poco que había podido conseguir de aquellos sujetos del Ministerio, más que nada para asegurarme de saber quiénes era los objetivos correctos y tener más información del enemigo. Como se suele decir, quién conoce debilidades y destrezas, suele ser el que más ventaja lleve. Y por ahora, nosotras teníamos todas las ventajas. Tanto por el factor sorpresa, como por la información adicional que podía conseguir Abi de los archivos más cercanos a ella.

Observé por la ventana como el sol comenzaba a ocultarse por los edificios y me levanté de allí, yendo directa a mi habitación. Me puse unos vaqueros ajustados y oscuros, acompañados de unos zapatos de tacón cerrados de color negro. Lo acompañé de una camisa suelta, media trasparente de color oscuro y cogí la chupa de cuero. Podría aparecerme cerca de dónde hemos quedado, pero teniendo en cuenta de que es un lugar concurrido a esta hora, no quiero volver a arriesgarme.

Llegué con moto a la entrada del Caldero Chorreante, aparcandola y bajándome de ella. Dejé el casco sobre el asiento del conductor y directamente entré en el local. No debia de preocuparme porque me la robaran, puesto que la habia encantado y un muggle sería incapaz siquiera de coger el casco. Por regla general habían pocas cosas muggles que me gustasen de verdad, pero los vehículos con los que poder ir casi tan rápido como con una escoba, eran como una debilidad y la manera más fácil de moverte de un lado a otro por Londres. Pasé a través del Valdero al Callejón Diagón y desdd ahí me introduje en el Knockturn. Los callejones de ese lugar eran cuánto más asquerosos y si poseías cierta gracia física y no eras de por allí terminabas siendo el punto de mira de muchos. Caminé hasta el punto de encuentro y una vez cogí una esquina pertinente, acorté las distancias hasta llegar a Alyss, la cual estaba apoyada en lo que parecía un local abandonado. Le sonreí ladeadamente.

¿Qué hay, Fitzroy? —pregunté. Había confianza para llamarle por su nombre. O más bien, más que confianza, simple costumbre. Realmente no teníamos mucha confianza, pero… éramos compañeras y lo poco que conocía de ella no me desagradaba. Pero por mi parte, me gustaba su apellido como para usarlo más que su nombre. Era así como imponente—. ¿Preparada? —hice una pausa y miré alrededor, puesto que desconocía el lugar y aquel sitio no parecía desvelarme nada— ¿Vamos? —pregunté, dando por hecho de que yo no sabía por dónde era.

Sin embargo, tenía que aportar mi grano de arena. Lord Voldemort no era demasiado preciso con sus misiones. Él decía: “Un grupo de resistencia en tal sitio ha acabado con dos mortífagos y ha metido tres en Azkaban. Quiero saber qué traman y luego verlos muertos”. Sí, no decía ni nombres ni una puta mierda de utilidad. Lo demás teníamos que averiguarlo nosotras mismas si queríamos ir con cierta razón y cabeza al encuentro y, por mi parte, prefería no jugar a base de locuras. Por lo menos si puedo evitarlo, luego cuando estoy en medio de la batalla pierdo la cabeza como nunca y no puedo remediarlo.

He conseguido información —decidí omitir el “cómo”, ella era consciente de mi puesto— Al parecer uno de ellos es Auror pero los demás no. Probablemente se trate de alguna organización como la famosa Orden del Fénix. La información que podrán tener la conseguirán del Auror, por lo que supongo que será el más que debamos tener en el punto de mira —recomendé, aunque igualmente todos eran igual de importante. Yo es que le tenía un especial asco a las personas con una placa como gesto autoritario y un ego más grande que su prepotencia.


Última edición por Abi McDowell el Mar Sep 09, 2014 6:51 pm, editado 1 vez
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 09, 2014 4:08 pm

Con tan solo pensar en el lío en el que nos íbamos a meter Abi y yo, me daban ganas de darme la vuelta e irme a mi casa a leer un rato tranquilamente sentada en mi sofá. Pero sabía que si no cumplía con mi misión, posiblemente no tendría ocasión de cumplir con ninguna otra. Desde luego había planes mejores para pasar la tarde que perseguir a un grupo de idiotas a los que se les había pasado por la cabeza buscarse un enemigo tan simpático y comprensible como Lord Voldemort. Hacía unos años había pensando que aquellos ingenuos eran unos héroes capaces de desafiar cualquier peligro por los valores de amor, respeto, paz y justicia. Ahora solo encontraba una palabra para describirles: insensatos. Aunque idiotas también habría valido.

Mi compañera no tardó en llegar hasta donde yo estaba. Tenía esa curiosa manera de llamarme. No es que me resultase raro, ya que era mi apellido, pero normalmente la gente prefería llamarme Alissa si quería sonar imponente o sería. Ella simplemente me llamaba por mi apellido, por lo que yo respondía con el suyo. -Nada nuevo, McDowell. Tenía tantas ganas de salir hoy de casa como de arrancarme los ojos con una cuchara, pero aquí estoy. -dije, separándome de la pared y devolviéndole una sonrisa cordial. Yo era mucho más abierta a la hora de mostrarme amable, cualquier gesto de Abi parecía que iba a ir seguido de un insulto. Pero en el fondo no era tan mala, posiblemente fuese con la mejor me llevase de todos los siervos de Lord Voldemort.

-Si, vamos. -la animé mientras comenzaba a andar en linea recta. Como de costumbre, Voldemort no había sido muy específico en sus instrucciones. Él era de ordenar, nosotras nos encargábamos de lo demás (por si no tuviésemos suficiente con nuestros trabajos en el Ministerio. -Tenemos que encontrar esta calle. -dije, tendiéndole un papel a la pelirroja. -En teoría ahí hay un bloque de edificios en cuyo sótano se reúnen nuestros objetivos. -le expliqué, con tono cansado, como si estuviese ya harta de tener que buscar información colándome en los distintos departamentos. Abi se encargaba del tema humano, yo buscaba localizaciones. Así era como trabajamos juntas.

Entonces fue ella la que empezó con sus explicaciones. Habló cobre el carácter revolucionario de la organización y de que uno de ellos era auror. Aquello no me preocupaba, parecía que todos los aurores eran dioses en este mundo, invencibles y peligrosos. Pero mi padre era el perfecto ejemplo de que había muchos aurores inútiles que no sabían ni calentar una sopa en el microondas. -Espero que tengan una razón lo suficientemente buena como para sacarme de casa. -amenacé, soltando un bostezo a continuación. Estaba cansada de que siempre fuese igual. Yo ya madrugaba para ir al trabajo, encima por la noche no podía dormir porque tenía que hacer recaditos. Ya podía ser el fin del mundo.

Después de girar un par de calles, finalmente llegamos a la indicada en el papel. Esperaba no equivocarme, ya que la información no era siempre del todo fiable. Caminamos un par de minutos hasta estar frente al bloque de pisos más asqueroso y ruinoso que había visto en mucho tiempo, y entonces saqué mi varita del interior de la capa negra. -Aloho... -empecé a decir, sintiéndome de nuevo como una alumna de Hogwarts que se cuela de noche en la despensa para robar chocolate. Pero no fue necesario, porque cuando apoyé la varita sobre el ojo de la cerradura, me di cuenta de que la puerta estaba abierta. Bueno, más bien rota. El jodido pomo estaba roto. -Si la cosa sigue por este camino me parece que estaré en casa mucho más pronto de lo que esperaba... -dije con sorna, empujando la puerta con la mano y guardando la varita. Entramos juntas en el cochambroso edificio, y esperé órdenes de la experta.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Mar Sep 09, 2014 10:23 pm

Para mí, la auténtica responsabilidad de mi vida era el Ministerio de Magia y eso que, irónicamente, lo hacía como simple tapadera a mi vida real. Ese maldito trabajo me estresaba y hacía que mi vida fuera más aburrida que nunca. Era entretenido, pero sumamente aburrido. Cobraba bien, pero en ningún sitio del contrario ponía que haría de mi vida una tristeza. No entendía como la gente, sobre todo mortifagos, podrían llegar a quejarse por una misión como esta. Una misión en dónde realmente te sientes vivo. Algo que básicamente te da tanto subidón que parece que puedes flotar en cada paso que das. A veces las misiones eran sumamente aburridas, no iba a negarlo. Sobre todo cuando tienes que buscar algo o a alguien que no sabes ni quién es ni cómo es. Lo había vivido, era una mierda. Pero aquello… una misión en dónde las encargadas somos las responsables de hacer bien las cosas y ahorrarnos el trabajo… No había plan mejor. A mí me hablaban de matar aurores y me ponía cachonda. No habría mejor combinación que matar a un Auror con alguien dispuesto a satisfacer mis necesidades posteriores.

¿En serio? —pregunté ante su gran motivación por estar allí, alzando una ceja. No sé qué hará ella con su vida, pero si encuentra algo más emocionante que esto sin ser el sexo, que me avise— A mí lo que me toca la moral es tener que buscarnos la vida antes de venir aquí. Ahora viene la parte divertida. —torcí una sonrisa, perversa.

A mí sí me hablaban de mi trabajo “formal” podría decirse que siempre lo alababa como si fuera el mejor del universo. No iba a decirle a mi jefe que trabajar para él era una puta agonía de aburrimiento sufrible, pero realmente lo único que me gustaba eran las facilidades que tenía sin tener que esconderme bajo una máscara. Sin embargo, cualquier cosa que se tratase de mi trabajo ilegal, era pura dinamita. Lo único que no me gustaba era visitar la Mansión Riddle. Olía como mal.

Muy bien. Sé dónde está. A apenas unas cuantas calles de aquí… —hablábamos en voz alta, más en aquel lugar no había absolutamente nadie. Además de que ninguna de las dos teníamos como hobbie hablar gritando, por lo que realmente, lo que decíamos era simplemente para la otra— ¿Es un edificio propiedad de alguien? —pregunté, ya que eso supondría quizás más problemas de los previstos.

Sonreí ladeadamente ante lo que dijo Alyss mientras caminábamos por las sombras de aquellos callejones. Era el Callejón Knockturn, por lo que la poca luz que la luna podría brindarnos aquella noche, estaba totalmente eclipsada por los edificios altos que hacían de aquel lugar, a pesar de ser al aire libre, tener un aspecto de lo más claustrofóbico. Técnicamente teníamos que espiar, pero… ¿para qué dejar a amenazas vivas de poder erradicarlas? No estaba dentro de los planes, pero en ocasiones retroceder es más peligrosos que abrirse camino.

Llegamos al lugar indicado por Fitzroy y ella fue la encargada de sacar la varita y abrir la puerta. Yo siempre había sido más de girar el pomo primero, ya que luego pasan estas cosas y una parece media retrasada. No sonreí, en otro momento hubiera sido divertido, pero que la cerradura estuviera rota, no era ni de lejos una buena señal. Tragué saliva y directamente me llevé la mano a la manga de la mano izquierda para sacar mi varita lentamente. Escuché lo que dijo y la miré.

Puede ser simplemente mera fachada. Al fin de cuentas, ¿quién va a pensar que en un sitio como este puede esconderse personas como esas? Nadie entraría aquí ni para acobijarse. Si parece que se está cayendo a trozos —le hice ver, llevándome una mano a un mechón de pelo que me coloqué detrás de la oreja— Si es propiedad de alguien de los que tenemos o aliado de ellos, probablemente la entrada esté encantada y se percaten de nuestra presencia muy rápido —dije, observando al oscuro interior después de que Alyss abriera la puerta— Ándate con ojo. Quizás deberíamos buscar otra entrada. Una por la que ellos no se esperarían que entremos… —retrocedí algunos pasos y miré hacia arriba, viendo como en el segundo piso habían algunas ventanas por las que podríamos entrar.  

Todo aquello confiando en Alyss y que no se había equivocado de lugar. Si no, aquel lugar era tan inútil como lo parecía. Aunque, sin duda, un buen lugar para esconderse es aquel en dónde nadie nunca miraría. Y no había más que ver aquel lugar como para percatarse de que allí no entraría nadie.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Dom Sep 14, 2014 11:16 pm

Estaba claro que Abi y yo no eramos el mismo tipo de chica. Puede que un local de Londres, a las tres de la mañana, vestidas de fiesta y charlando, pudiésemos parecer las mejores amigas del mundo (y bueno, para tener ese carácter que tanto nos caracterizaba, congeniábamos bastante bien), pero la realidad era que una de nosotras era notablemente más cruel y volcada en su trabajo que la otra. Yo era buena mortífaga porque era buena maga, simplemente porque era capaz de defenderme con bastante agilidad y controlar mi varita con astucia. Pero Abi era una excelente mortífaga por una razón que superaba sin duda mis dotes mágicas: lo disfrutaba. Jamás llegaría a estar a su altura porque yo no sentía aquel entusiasmo por meterme en problemas, ni por matar, ni por torturar, ni por nada que se le asemejase. Simplemente sabía cumplir una orden, y por eso estaba ahí con Abi. Voldemort sabe a quien debe encomendar las misiones más difíciles. Por eso manda a su mejor seguidora, pero en buena compañía.

-No te lo voy a negar, prefiero dormir.-comenté con sinceridad. Era la más pura verdad. A mi no me ponía cachonda la idea de ver a un tío morir. Pero claro, si hablábamos de atarlo a la cama y pasar a otro tipo de torturas más de mi estilo, entonces la cosa cambiaba. -Pero no voy a subestimar esta noche, puede que llegue a pasármelo bien y todo. -sonreí divertida, pensando en las cosas que podían pasar para mejorar la noche. Si tenía la oportunidad de acabar con un par de problemas en equipo con Abi, puede que la cosa hubiese merecido la pena.

Me alegró saber que Abi conocía a donde estábamos yendo. Me había encargado de aprenderme bien como llegar antes de sufrir las consecuencias de ser una inepta, pero un poco de ayuda nunca estaba de más. -Es un edificio abandonado. Al parecer un listillo lo compró entero hace unos años, y luego de pronto desapareció. -informé con sequedad. Aquellos archivos eran confidenciales, pero todo aquello solo eran ventajas de trabajar en el ministerio. Menudas pillas estábamos hechas. -No se me ocurre que pudo haber hecho para desaparecer así, tan de repente. Esta claro que quienes se deshicieran de él sabían hacer su trabajo. -hablé con un tonito divertido y no pude evitar esbozar una sonrisa. Abi me entendía. Algún lio con el Señor Tenebroso que no había terminado muy bien para el pobre hombre. Aprendió su lección. Al menos antes de morir.

Cuando finalmente llegamos, el inicio de nuestra misión fue más bien vergonzoso. Ni una puerta bien cerrada, nada de nada. Me esperaba más de alguien a quien tanto temía Voldemort como para enviarnos a nosotras a aquellas horas. Abi tenía razón en lo que dijo. Posiblemente habría más de un encantamiento protegiendo la entrada, y en
pocos minutos sabrían que habíamos entrado. No nos podíamos quedar ahí, esperando a que viniesen. Nosotras eramos el factor sorpresa.

De pronto, un fuerte ruido en el sótano nos sobresaltó. Moví la varita con rapidez, con algo de miedo a ser sorprendidas y meternos en un follón. Como ya había dicho, estaban casi seguro ocultos en los pisos inferiores. No tenía mucho sentido que se ocultasen donde alguien pudiera verles, ya que la mayoría de ventanas de aquel bloque estaban rotas y se caían a cachos. Como el edificio en general. Si se hubiesen reunido en los pisos superiores, cualquiera podría haberles espiado desde una ventana cercana. Entonces me percaté de lo que parecía el hueco de un ascensor inexistente. -¿Te atreves? -dije con un movimiento de cabeza a Abi, dando por supuesto que se atrevía. No hacía falta explicarle el plan, daba gusto trabajar con gente así. Me dirigí rápidamente hasta las puertas abiertas del inservible ascensor roto. Habría unos cables muy gruesos de metal, que habían servido para sujetar la cabina, y un par de pisos más abajo se observaba la cabina, que por suerte tenía una trampilla en el techo por la que nos podíamos colar. Saqué un pañuelo de mi bolsillo y me lo até alrededor de la mano. Agarré el cable con fuerza. Dolía un poco, pero nada que no pudiese aguantar. Empecé a bajar, con las piernas enroscadas en el cable hasta notar la superficie metálica bajo mis pies. Saqué de nuevo mi varita y conjuré un "lumos" no verbal, para poder ver y lograr abrir la trampilla. Miré hacia arriba, esperando que Abi bajase. Puede que una vez que bajásemos aquella trampilla, no tuviésemos mucho tiempo.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Mar Sep 16, 2014 3:04 am

No iba a negar que dormir era una buena idea. ¿A quién no le gustaba dormir? Era el placer más nato. Pero sin duda era aburrido, carente totalmente de emoción. Desde hacía tiempo había dejado de dormir por placer y vagancia y simplemente lo hacía por necesidad. Supongo que hay mucho tipos de personas y yo era de esas que me gustaba dejarme llevar por los impulsos y la acción. Y sólo me gustaba quedarme en casa si mi hermano me acompañaba en esa velada. Aun así, me resultaba extraño que una mortífaga prefiriera quedarse en casa antes que salir a divertirse. Quizás era de esas que se lo pasaba mejor frente a la televisión muggle hartándose a tés y con un crucigrama delante.

Que no te quepa duda —Por lo menos yo siempre venía con la esperanza de pasármelo bien. Aunque fuera una misión aparentemente de lo más aburrida. Pero si no, vengo con un humor de perros.

Le pregunté a la experta de las localizaciones que si sabía a quién pertenecía aquel lugar. Lo que me dijo me dejó pensativa, puesto que no le encontraba lógica ninguna. Si unos mortifagos se habían desecho del comprador de aquella casa, ¿por qué razón en vez de quedársela los mortifagos, era supuestamente el lugar en dónde reunían los que pretenden acabar con nosotros?  Era curioso y, sobre todo, impreciso, lo cual me molestaba. Mi puesto en el Ministerio me ha vuelto más quisquillosa de lo que realmente me gustaría, sobre todo cuando algo no encaja.

Ambas nos metimos lo justo y necesario como para no llamar la atención ni revelar nuestra posición. La suerte de los hechizos protectores es que si los traspasas, rara vez pasan desapercibidos. Tras aquel atronador ruido que hizo que ambas pegásemos un buen e inesperado bote, Alyss encontró el hueco de lo que parecía un ascensor o montacargas. Su pregunta me hizo enarcar una ceja irónicamente. ¿Que si me atrevo? ¿No era ella la que prefiere estar durmiendo? No hablé, pues era innecesario hablar si se podía evitar.

Fui la encargada de quedarme arriba, a la espera de que ella bajara por si en el nivel en el que yo me encontraba las cosas no salían bien. Por suerte, aquello estaba resultando ser más fácil de lo esperado. Alyss, una vez llegó a la zona superior de la cabina, conjuró un Lumus. Sonreí eficaz y, al ver la zona, me desaparecí de allí para aparecer a su lado. Eso de ejercer de Indiana Jones por las cuerdas nunca me ha ido. Una vez a su lado, puesto que ella tenía la varita en la mano, fui la encargada de retirar la trampilla. Antes de nada, llevé la oreja hacia la trampilla a ver si escuchaba algo. Volví a observarla. Tenía el pelo color ceniza y una mirada que parecía de lo más inocente, sin duda, quien nos viera apostaría a que somos polos apuestos, cuando en realidad no nos diferenciamos tanto.  

Oigo voces, pero no están cerca —susurré cerca de ella, ya que aquel lugar era estrecho y entre más bajo hablara, menos posibilidad teníamos de alertar ninguna sorpresa— Apaga la luz, abro la trampilla y me meto primero. Espera a la señal para bajar tú, para no estorbarnos mutuamente en un lugar desconocido. ¿Conforme? —pregunté, puesto que en caso de trabajar con alguien sumamente inferior o que me caiga mal, yo era la dictadura de la misión. Con alguien como ella, estaba sujeta a cambio cualquier idea o procedimiento.

Sujeté el borde de la trampilla y lo elevé con cuidado, dejándolo a un lado con todavía más cuidado para no hacer ruido. El metal contra metal no era precisamente un sonido a pasar desapercibido. Cuando el hueco estuvo libre, me percaté de que el interior estaba igual de oscuro. Primero pasé mis piernas y caí sigilosamente, a pesar de llevar tacones, al suelo, quedándome de cuclillas. Miré hacia el frente y la puerta de aquel montacargas estaba abierta, sin nadie vigilando. No obstante, me asomé por la puerta, observando hacia la derecha. Una puerta, entreabierta (o entrecerrada, depende de lo pesimista que seas) dejaba salir por el hueco la luz procedente del interior. De ahí sin duda salían las voces que había escuchado, pero ni de lejos podría llegar a adivinar cuánta gente se encontraba allí dentro ni asegurar si se encontraban en el sitio adecuado.

Permanecí dentro de la cabina, dispuesta a darle la señal a Alyss. ¿Pero qué señal? Odiaba esa expresión: “Espera la señal” y luego nadie se preocupa en pensar una señal universal. Lo primero que se me ocurrió fue silbar, pero nunca había aprendido a silbar de manera útil, era de esas personas a las que le salía una ligera brisa sonante por los labios. Por suerte, nunca nadie se enteraría de ello. Carraspeé y susurré:

Alyss, baja —Y por poco no me parto el culo allí dentro tras aquella situación tan surrealista. Cuando estuvo en frente mía, con esa mirada de: ¿Esa era tu gran señal? Me acerqué a ella— La próxima vez, maticemos qué tipo de señal puede hacerse en una misión en dónde hay que pasar desapercibidas —añadí susurrante, notándoseme un tono divertido. Antes de seguir, le señalé a la derecha, para que se percatase de lo que teníamos delante. Le hice una señal con la cabeza para salir de allí y buscar buenas posiciones, pero nada más poner el pie fuera de aquella cabina, un sonoro ronquido, propio del típico machote gordo con problemas de fluidez respiratoria, resonó allí dentro. Miré hacia la izquierda: ahí estaba la gran mole causante, cruzada de brazos y con una posición con la cabeza que probablemente mañana le produjese una buena tortícolis.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Oct 03, 2014 11:35 am

Después de hacer aquel gran esfuerzo para bajar por la cadena metálica del ascensor sin quemarme las palmas de las manos ni abrirme la cabeza en el intento, Abi se desapareció en el piso superior y se volvió a aparecer en el mio, tan tranquilamente. La odiaba por eso, y no pude evitar mostrar un gesto de molestia en mi mirada. No era su culpa, pero la verdad era que la desaparición me resultaba muy incómoda y solo la usaba para grandes recorridos. Me mareaba y me provocaba náuseas. No quería imaginarme la cara del Señor Tenebroso si le decíamos que habíamos abortado la misión porque "Alyss había vomitado por desaparecerse". Prefería reservar mis energías para el momento de la verdad, cuando realmente las íbamos a necesitar de nuestro lado. Abi tenía energías de sobra, y maldad para dar y repartir. Sería más eficiente que yo en ese sentido.

Asentí a las instrucciones de la pelirroja, y un segundo después, la luz de mi varita se apagó. Todo quedó sumido en la más profunda oscuridad, no podía ver nada más que siluetas y los ojos de Abi, agachándose para abrir la trampilla. Yo me aparté, dejándole su espacio para actuar con comodidad. Si le pasaba algo por mi culpa, a mi me pasaría lo mismo después.

Abi abrió la trampilla con la delicadeza con la que una niña trata su muñeca de porcelana. Tuvo especial cuidado en que la trampilla de metal no chocase contra el latón del ascensor. Luego bajó su cuerpo como si se tratase de plastilina, de manera flexible y ágil, sin hacer ningún ruido. Nadie abría dicho que podía ser tan sigilosa con tacones. Desde luego yo prefería llevar mis botas y mis vaqueros. No era que yo no pudiese ser sigilosa, lo era y mucho, y rápida como ninguna. Pero, ¿para que complicarme la vida? Era innegable que un zapato plano era más cómodo si había que salir por patas o evitar el ruido. Aún así, Abi sabía llevar a cabo las misiones con clase y estilo.

Una vez abajo me llamó a mi en susurros. Agradecía que la señal fuese sonora y no visual, porque aquello estaba realmente oscuro y no podía ver nada. ¿Pero "Alyss, baja"? ¿Esa era la señal? Pensaba que una señal era algo guay y con estilo que solo entendían dos personas. Decirme que bajase como si fuese un perro era, cuanto menos, una cutrada. La próxima vez, yo establecería la señal.

Con la misma facilidad dejé caer mi cuerpo, sin hacer ningún ruido y situándome detrás de la pelirroja, que estaba asomada inspeccionando el pasillo externo. Casi me entra la risa con el comentario de mi compañera cuando bajé. La verdad era que para ser tan eficientes, si nuestro "jefe" nos hubiese visto haciendo aquello habríamos perdido toda su confianza. ¿Pero que clase de mortífagos de mierda eramos que no teníamos ni una señal decente y teníamos que bajar por un viejo ascensor? Denigrante.

Abi me hizo entonces una señal para que me asomase, y obediente, lo hice. Me percaté de la puerta entreabierta de la cual salía luz y las voces que Abi había oído. Parecían varios y estaban discutiendo, o al menos eso parecía. Cualquiera habría dicho que aquella conversación estaba emocionante, por su tono. Mientras yo estaba asomada, tratando de afinar el oído, Abi sacó un pie del ascensor y un profundo ronquido resonó por todo el largo del pasillo. Me giré alarmada para ver que pasaba, y me encontré con una masa obesa y asquerosa, roncando como si tuviese todo su interior lleno de mocos viscosos. Miré a la pelirroja con ojos tranquilos, queriendo simbolizar que estuviese quieta. Me acerqué silenciosamente al gordito, y con mi varita conjuré un "desmaius" no verbal. Al segundo la cabeza del gordinflón cayó como muerta hacia delante. Mañana le dolería el cuello.

-¿Y ahora que? -susurré, sin saber muy bien cual tenía que ser el siguiente paso. -¿Entramos en plan "esto es un asalto"? ¿Nos acercamos para escuchar? -fui planteando distintas ideas. -¿Cogemos al gordo de rehén? -al segundo pensé mejor esta última idea. No era muy buena, seguro que les importaba una mierda. -Mejor no. -me corregí. Estaba dada la vuelta, mirando a Abi, cuando de pronto la puerta donde estaban se cerró de golpe. Rápidamente volvimos a meternos en el montacargas, esperando. Miré a Abi alarmada, ¿habían cerrado la puerta, o es que alguien había salido de la habitación y venía hacia aquí?
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Oct 15, 2014 12:56 pm

Odiaba los sitios excesivamente oscuros en dónde no podía verme ni los pies. Me confundían, sobre todo cuando algo rozaba mis pies y no podía identificar el qué era. Aquel lugar era uno de ellos, aunque por suerte no tuvimos que caminar a ciegas por ningún sitio demasiado largo, pues hubiera sido demasiado fácil hacer ruido si nos chocábamos con algo o nos encontrábamos de frente algo que pudiera delatarnos. Optamos por meternos por el hueco de un ascensor que parecía en desuso, ya que estaba mugriento y lo que parecía roto. Además de que no creía que la electricidad llegase bien a esta zona del Callejon Knockturn, por no decir que no llegaba bien a ninguna zona.

Una vez abajo teníamos que plantearnos la estrategia, la cual no estaba demasiado clara. Aunque claro… ¿con qué ideas habíamos venido a aquel lugar? Muy pocas. ¿Nuestro cometido? No sabía ni cual era exactamente… quizás búsqueda de información, espionaje o… a saber. Ahora mismo lo que importaba era saber qué narices se hacía allí abajo, pues tanto ocultismo sólo podía significar que aquello era una reunión ilícita. Y me encantaba sabe qué clase de cosas se traman en las reuniones ilícitas. Normalmente son las más interesantes o las más perversas. El movimiento de Alyss de dejar K.O. a la gran mole fue el primero que hicimos al poner un pie en la planta baja. Yo estaba media ausente, observando todo lo que tenía alrededor ahora que mis ojos se habían adaptado a la poca iluminación del lugar. Era un pequeño almacén con estanterías de lo que parecían aluminio y madera, cuyo contenido eran grandes cajas y carpetas similares a las que utilizaba en el ministerio para ordenar los informes. Entrecerré los ojos para acercarme a dichos estantes.

Hay que buscar una manera de saber de lo que están hablando… o saber quién está involucrado… Acercándonos podríamos escuchar algo, pero de nada sirve si nos perdemos lo más importante… —susurré, escuchando como se abría la puerta que nos separaba de nuestros sospechosos.

Alyss y yo entramos silenciosamente y con presteza a la cabina del ascensor nuevamente por el simple hecho de prevenir. Mi espalda estaba pegada a la pared más cercana al camino por el que se acercaba alguien, eran unos pasos lentos y tranquilos, como si estuviera caminando mientras su atención se fijaba en otra cosa. Esperé… continué esperando con tranquilidad hasta que observé como la tenue iluminación de un Lumus comenzaba a acercarse a nosotras. Esperé el momento adecuado y, cuando vi la varita hechizada y el rostro del hombre, un codazo impactó directamente contra su nariz. Lo sujeté antes de que cayese al suelo para que no hiciera ruido y lo arrastré al interior del ascensor. Siempre prefería utilizar la varita, pero era una experta en combate cuerpo a cuerpo, algo necesario si tienes la mala suerte de quedarte desarmada o si estás en un sitio sumamente estrecho. Cogí la varita del hombre y la apagué con un simple Nox no verbal. Le había empezado a sangrar la nariz, algo que no soportaba, por lo que me alejé lo suficiente para no tener que ver como esas gotas de sangre resbalaban por sus labios y su barbilla. Luego miré a Fitzroy para contarle el plan que se me acababa de ocurrir, un plan que era arriesgado, pero sin duda sería efectivo. Además de que me ponían los planes arriesgados y eran como dinamita, a mi o me decían que no, o yo me complicaba en diseñar mentalmente todo tipo de plan arriesgado sólo por su finalidad.

Me acerqué a Alyss, colocándome al lado de ella para acercar mis labios a su oído. Mi voz fue suave e inaudible que en cualquier otro rincón de aquel lugar que no fuera ella no se oiría.

Una de las dos va a tener que entrar ahí dentro, pero no como asaltante, sino como rehén. ¿Acaso no se confían cuando creen tener todo bajo control y creen que tu próximo lugar será Azkaban? Nos soltarán lo que queremos saber y si no lo hacen, tendremos la ventaja de sorprenderlos y conseguir lo que queremos —le susurré, sonriendo. Se estaría preguntando cómo, pero era muy fácil— Entraré yo y tú serás la encargada de hacerle un Imperio a este tío, el cual me llevará al interior aludiendo que me vio espiando en solitario. Creerán que estoy desarmada porque le daremos la varita de la mole de ahí fuera y, cuando llegue el momento, giraremos las tornas con tu movimiento. Nada de señales, somos mayorcitas como para saber cuándo es el momento adecuado —le expliqué—. Y si no lo sabes, coges cualquier momento y lo conviertes en el adecuado —añadí autoritariamente.

Era una idea, algo que parecía arriesgado y que podría estar sometido a votación, pero sin duda yo era alguien que era muy cerrada de mente y si una idea me resultaba útil y, sobre todo, divertida, iba a ser muy difícil cambiarme el chip. Salí del ascensor tras mirar que no hubiera nadie consciente por la zona y me acerqué al gordo de la silla, quitándole la varita que sobresalía por uno de sus bolsillos laterales. Era una varita del montón, aburrida y recta. Cogí la mía, curvada y preciosa y me la guardé dentro de la manga derecha –dato importante pues comprobarían si tenía la marca tenebrosa en la izquierda- de la chaqueta, para tenerla a mano. Le tendí la otra a Alyss y uní mis dos muñecas delante de mí para que me las atara con un simple Incarcero.

No me gustaba arriesgarme dejando las cosas en manos de otra persona en la que no terminaba de confiar del todo, pero Fitzroy y yo habíamos trabajado anteriormente juntas y nunca nos había ido mal, era alguien con la que poder contar en momentos como estos. No parecía la mujer más decida del mundo, pero sabía lo que tenía que hacer. Además de que iba a tener mi varita en todo momento, único motivo por el cual me metía ahí dentro yo, puesto que me sentía segura y era consciente de que no iba a estar en desventaja en ningún momento.

Entra cuando veas oportuno. Siempre estoy preparada para sorpresas —sonreí ladeadamente.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Sáb Oct 25, 2014 2:59 pm

El plan era arriesgado, pero divertido. Una de las cosas que tenía hacerse mortífago es que aquello de lo que habrías huido antes de serlo, lo buscas una vez lo eres. No si me explico, pero la diversión se hace directamente proporcional a la peligrosidad de la situación. Y si puedes torturar a alguien o pegarle una paliza, pues mejor. De todas maneras la parte de los puños se la dejaba a Abi, yo prefería limitarme a cubrirle las espaldas con la varita. No por nada, pero seguía siendo bastante más bajita e indefensa que ella, y no quería acabar con un ojo morado y que en el ministerio preguntasen.

Después de mi maniobra con el gordito vigilante, Abi y yo tuvimos que escondernos rápidamente al oír un ruido. En esos momentos deseábamos fervientemente tener una capa de invisibilidad. Esconderse le quitaba clase y elegancia a la misión. Pero era o eso o el fracaso.

El sonido de unos pasos continuos contra el suelo que se acercaban a nuestra posición nos alarmó. Mi compañera pelirroja, mucho más peligrosa de lo que cualquiera podía imaginar, se colocó en guardia. Me imaginaba que era lo que iba a hacer, pero hasta que no lo vi ejecutado nunca habría pensado que hubiese sido capaz de hacerlo. El hombre que llevaba la varita iluminada se llevó un fuerte codazo en todas las narices, y al parecer se le rompió el tabique, porque en cuanto le metimos en el hueco del ascensor empezó a sangrar. -Eso le va a doler mucho mañana. -dije, como un halago. Yo era experta en patadas y mordiscos, pero Abi había demostrado una habilidad con las artes marciales digna de una buena mortífaga.

-Si nos acercamos para escuchar, nos descubrirán. -dije observando como estaba colocada la puerta, y pensando en que rápidamente se darían cuenta de que su compañero no volvía. -No se tú, pero yo quiero terminar con esto cuanto antes e irme a casa a dormir. -así era, no podía dejar en descansar. Estaba muy cansada de llevar dos trabajos al mismo tiempo, y ya no podía ni con mi alma.

Después de asomarme por unos instantes para ver si seguíamos a solas, escuché el plan de Abi con atención. Me encantaba su forma de pensar, tan maquiavélica y controladora. Cada detalle parecía llevar años de planificación y pensamiento. A priori nadie habría dicho que aquel plan pudiese terminar mal. Eso sí, los fallos siempre se descubrían durante la ejecución, y no antes.

-Me encanta como piensas, McDowell. -dije con admiración y con una sonrisa. Dicho esto me agaché al lado del tipo de la nariz rota. Si tenía que parecer que él había capturar a Abi, no podía ser que tuviese la nariz rota. Conjuré un "episkey" apuntando a su nariz con mi varita para solucionar ese problema. Luego me levanté y me remangué. Un Imperius era una maldición imperdonable, difícil de conjurar, difícil de mantener, y muy difícil de realizar con perfección. Si Abi destacaba en su lucha cuerpo a cuerpo, yo destacaba en mi uso de la varita. No se nos podía olvidar el hecho de que durante mis años de estudiante había sido una friki con muy poca vida social. Había tenido muchas horas de ensayo a solas en la biblioteca. No fallaría.

-¿Preparada? -dije, pensando que no tendríamos demasiado tiempo antes de que aquello se pusiera difícil. Era una pregunta estúpida, Abi siempre estaba preparada. "Imperius". Un destello y el hombre empezó lentamente a levantarse. Sus ojos tenían un tono grisáceo opaco que no tardaría mucho en ser descubierto, así que teníamos que ser rápidas y eficaces. -Vamos. -susurré a mi compañera, y ordené al idiota de turno que la agarrase de las muñecas y del hombro. Ambos empezaron a caminar según mis ordenes hasta la puerta. Les acompañé siguiéndoles de cerca, pero con una distancia de seguridad. -Recuerda ser adorable e inocente. Que no se note que podrías acabar con todos en menos de un minuto. -le dije, casi como queriendo decir "mucha mierda". Aquello tenía buena pinta.

Conté hasta tres y el hombre entró junto con Abi por la puerta. Tenía mucha curiosidad por saber que había allí dentro, pero me limité a esconderme y a observar desde las sombras, manteniendo al máximo mi concentración para que el hechizo fuese lo más creíble posible. No era fácil, pero como ya había dicho, era tremendamente divertido.
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Abigail T. McDowell el Miér Oct 29, 2014 2:16 am

Sí, bueno, el plan podía tener sus puntos débiles, pero sin duda también tenía sus puntos fuertes. Al decirlo, todo parecían puntos fuertes, pero realmente era consciente de que podría haber más de un punto de inflexión que hubiera pasado por alto. ¿Me importaba? Sí. ¿Iba a tenerlo en cuenta en modificar el plan? Ni de coña. No había ni tiempo ni ganas. Ni algo se torcía, lo único que tendríamos que hacer es hacer lo imposible para volver a enderezarlo. Porque lo que estaba claro es que una vez me vieran el rostro, o salían todos muertos, o salían desmemoriados, porque lo que no iba a estar dispuesta a acarrear es que mi rostro sea una identidad reconocida en todo el mundo mágico. Por eso mismo, durante toda mi explicación, miraba a Alyss con algo de seriedad, ya que por muy divertida que pudiera sonar (pues en realidad me emociono como una niña pequeña con estos juegos de adultos), soy consciente de todo lo que puede pasar si algo sale mal.

Ella pareció estar de acuerdo con todo, algo que me hizo sentirme realmente cómoda, pues odio tener que estar explicando cosas de más o que me expliquen un plan externo que meter en mi plan inicial. Me rompe mis esquemas. Así que tras los preparativos (arreglarle la nariz al imbécil, atarme de mentira y demás cosas), nos pusimos manos a la obra. Fitzroy hizo que aquel espécimen me sujetase y me empujase hacia la puerta, abriéndola de un empujón con la pierna y metiéndome dentro junto a él.

Era una sala que desde fuera parecía realmente pequeña, pero era bastante amplia. Era cuadrada, sin ninguna ventana, como única ventilación tenía una rendija de aire que daba a los tubos de la ventilación interior. En el centro había una gran mesa redonda llena de fichas, informes y papeles desordenados, en dónde pude visualizar algunas caras conocidas de mis compañeros más allegados, incluso gente que parece estar bien encubierta en el Ministerio pero realmente parece no estarlo, pues les vigilan. Había tres personas en el interior, hablando específicamente de alguien a quién no llegué a oír. Sin embargo, todos se giraron rápidamente hacia la puerta al escuchar el golpe. Fue una verdadera sorpresa para mí ver allí a una persona realmente importante del Ministerio, alguien que me trataba como una diosa por mi físico y mi fingida actitud. Se llama Simon. Me tenía en un pedestal, por lo que fue el primero en hablar en base a su ciega confianza en mí.

¿Qué está pasando aquí, Jude? ¿Señorita McDowell? —preguntó como si de un pokemon confuso se tratara. No sabía qué hacer y se le notaba en sus movimientos indecisos.
La he visto fisgoneando ahí fuera. —Y me empujó levemente hacia adelante. Alyss no te pases tampoco… pensé divertida— La varita —la dejó sobre la mesa.

Otro de los presentes, con las ideas más claras y, que, si mal no recuerdo, era un exauror de hace algunos años, me sujetó y me hizo sentarme en una de las sillas.

¿Qué hace aquí una mujer como usted, McDowell? La veía independiente y seria, pero se ve que como muchos, sólo es una mandada —dijo el mismo hombre, mirándome desde cerca.
Qué situación más incómoda, ¿verdad? —pregunté retóricamente, acomodándome en la silla dentro de las posibilidades que podía barajar, era difícil adaptarse a una silla que tampoco era demasiado ergonómica— En realidad me manda el Ministro. No confía mucho en vosotros… —dejé caer, encogiéndome de hombros.

El hombre del cual soy amor platónico se acercó por un lateral, mirándome con pena y a la vez con ganas de desatarme y dejarme ir. Y se le notaba, por lo que el tercer hombre le tocó un hombro en señal de: mejor estate quieto aquí detrás. Mientras tanto el que estaba delante de mí sujetó mi manga izquierda y me la levantó. Su varita tocó mi piel y reveló la marca tenebrosa. Puse los ojos en blanco.

Maldita zorra… —susurró el que estaba delante de mí— ¿Estás sola o hay más ratas como tú aquí dentro? —contestó arrugando el ceño en señal de su enfado.  
No necesito a ningún compañero para patearos el culo y hacer de este lugar de reuniones cenizas. No dejes que mi modosita actitud del Ministerio te engañe —me hice hacia arriba, lo suficiente como para susurrar eso último— Aunque ya engañé a él —señalé con la cabeza al pobre que en algún momento se pensó que realmente alguien como yo podría fijarse en alguien como él— A él lo dejaré para el último, pues supongo que será el que menos amenaza sea para mí. ¿Simon de verdad te creías a la altura de alguien como yo? —pregunté retóricamente, aunque no tardé en volver mi mirada al hombre que tenía delante, tan seguro de sí mismo— Aunque seguro que tú también me has desnudado con la mirada. ¿No preferirías… —pero no me dejó terminar de hablar, ya que me pegó un bofetón que me hizo escupir sangre. Odiaba el sabor de la sangre. Odiaba la sangre.
¿De verdad piensas que podrás con nosotros tu sola? Tu prepotencia te ha pasado mala factura. Mañana estarás en Azkaban y te pudrirás allí de por vida —dijo el que estaba delante de mí— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo nos has descubierto?
No sois especialmente difíciles de rastrear. Carecéis de estrategia y de profesionalidad y yo tengo un puesto que me facilita todo lo que necesito —contesté, como si fuera una pregunta común— ¿Y ustedes, qué hacen aquí? —pregunté divertida, como si fuera una charla de lo más tranquila.

Todos rieron. Bueno, todos menos el que estaba enamorado de mí. Ese esbozó una sonrisilla por puro compromiso. Se había llevado un gran palo, aunque no era menos cuando día tras días intentas conquistar a alguien que no dudaría en matarte de tener la posibilidad.

Gracias por ahorrarnos trabajo. Tú te nos pasaste por alto, pero sin duda muchos compañeros tuyos no son tan sutiles. Los atraparemos a todos y el Ministerio quedará limpio de escoria. —irónico, pues al mes siguiente elegirían un Ministro más corrupto que Rajoy, Zapatero, Undargarin y… bueno, todos los políticos españoles juntos.
¿Ah, sí? ¿Quiénes?
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Ene 06, 2015 7:34 pm

El plan empezó bien. En cuantos solucionamos el problemilla de la nariz del gordo y repasamos juntas el guión, el telón se abrió, y ambas nos pusimos manos a la obra en lo que cada una destacaba. Abi era buena engañando, mejor que yo seguro. Yo me limitaba a pasar desapercibida, como siempre. No era que yo hiciese el trabajo sucio, porque técnicamente mi trabajo consistía en cubrirle las espaldas. Até a McDowell tratando de que pareciese obra del inútil que habíamos desarmado en el ascensor, a pesar de que aquella bola de sebo no fuese capaz ni de atarse los zapatos.

Inspiré hondo, estaba preparada, no me quedaba otra. Realicé el Imperio no verbal, esperando que mi buena mañana con la varita diese resultado aquella vez. Lo peor de que fuese yo la que estuviese detrás de la puerta era que me llevaría las culpas si a mi compañera pelirroja le cortaban la cabeza.

Esperé paciente detrás de la puerta, manejando al gordo como si de un títere se tratase con la información que recibía a través de la rendija de luz que quedaba entre la puerta y el marco de la misma. La cara de Abi lo decía todo, y a la vez no decía nada. ¿Como se supone que tenía que saber yo cuando estaba actuando y cuando sus sentimientos eran reales? Este trabajo era una bazofia. Pero me limite a cumplir con mi deber y le ordené a nuestro amiguito pasado de kilos que empujase a Abi y que dejase "su varita" sobre la mesa. No eramos tan idiotas como para darles la varita de Abi. Era la propia varita del señor gordo. A veces eramos brillantes de verdad, puede que por eso siguiésemos vivas. De momento.

Escuchaba voces en el interior, y algunas me eran familiares. Por como trataban a Abi, supuse que se trataba de compañeros del ministerio. Yo era inefable, era como el bicho rarito del Ministerio. Nadie se acercaba a mi y yo no me acercaba a nadie, así no teníamos problemas de saber demasiado y nadie resultaba herido. Además mi despacho estaba a kilómetros de la civilización, nadie me incordiaba, excepto Allen de vez en cuando. Pero Abi estaba en el epicentro de aquel mogollón de hombres día a día, y la conocían seguro que mucho mejor que a mi. Había decepción y sorpresa en sus voces, pero todavía no la habían pillado. Bueno, no del todo.

Pero de pronto mi compañera empezó a hablar demasiado. La idea era conseguir información, ¡y salir de este antro Abi! ¡SALIR VIVAS MALDITA SEA! Le gustaba hablar con arrogancia y se notaba. A mi me daba lo mismo que les destrozase la hombría a todos los presentes, pero la misión tenía un claro propósito y no quería tener que acabar interviniendo porque no había sabido cerrar la boca cuando debía hacerlo.

Finalmente calló, cuando un fuerte golpe de una bofetada inundó toda la planta. Mientras solo fuese eso, la cosa no estaba del todo negra. Tenía más miedo de oir una maldición imperdonable o algún tipo de tortura que de una bofetada, la cara de Abi era lo de menos en aquellos momentos.

El plan ya no estaba tan claro. Teníamos que salir de allí, intactas, con la información y vivas. Sobre todo aquello último. Había muchas risas ahí dentro, y no estaba segura de que nosotras dos solas fuésemos a poder con todos. Pero como Abi me había dicho, tenía que coger el momento y convertirlo en el adecuado, más que nada porque se nos agotaba el tiempo. Tenía una corazonada. Algo me decía que no estaban solos, que había mucha más gente implicada en aquel complot y que pronto nos harían una visita. Teníamos que esfumarnos como el humo, y ya. Así que tomé las riendas de la situación, salí de mi escondite y me hice escuchar.

-Yo. Siempre se os olvido yo. -respondí a la pregunta de mi propia compañera, dejando caer a aquella mole creada a base de comida basura y porno malo al suelo. El ruido fue sordo y mi sonrisa fue seria, mucho más que lo que mi rostro adorable podía aparentar. -Esta zorra le habrá envenenado con algún filtro. Venía siguiéndola de cerca, por orden del Ministro. No está metida en nada bueno. -continué, pasando por encima del gordito y situándome al lado de mi compañera.

-Señorita FitzRoy, ¿que hace usted aquí? -dijo uno de ellos, que era jefe de departamento y claramente me conocía. El resto tenían cara de no haberme visto en su vida.
-Trabajo en el Ministerio, en misterio. Investigo. ¿Que se cree que hago aquí, genio? -respondí seria y profesional. Solo quería ganar tiempo para que Abi se desatase y terminar con aquello. Teníamos lo que necesitabamos.
-¡¿PERO QUE ES ESTO?! ¡¿UN BURDEL DE MALA MUERTE AL QUE CUALQUIERA PUEDE ENTRAR Y SALIR COMO PEDRO POR SU CASA?! -añadió el que parecía el jefe, dando un fuerte golpe sobre la mesa, exaltado. Solo había dicho todo aquello para ganar tiempo, pero al desviar la mirada vi la mirada de Abi y supe que estaba lista, que ya no necesitabamos malgastar ni un segundo más. -¡VAMOS! ¡ATRAPENLAS! ¡A LAS DOS!

A los pocos segundos un par de hombres se habían levantado, habían metido su mano en la funda para sacar la varita, y se habían quedado con cara de tontos. Mi Expelliarmus había sido más rápido, cosas de entrenarse durante años para volarle la cabeza a Caleb. Ahora era yo la que apuntaba. -Un movimiento y moriréis. No lo dudéis ni un segundo. -mi voz fue firme. Necesitábamos derribarlos y borrarles la memoria antes de que alguno se nos escapase y ambos estuviesemos perdidas.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Ene 08, 2015 2:25 pm

Alyss no tardó en entrar en escena y aproveché que se había convertido en el centro de atención para deshacerme de aquella cuerda y poder sujetar mi varita. No duró demasiado el  intento por estar en el otro bando, ya que el que llevaba las riendas de todos ellos no dudó a la hora de echarnos a toda su jauría de perros inútiles. Siempre lo he dicho y lo diré… si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo desde el principio y no mandes a nadie en tu lugar.

Alyss fue mucho más rápida que los del fondo, sacando su varita y haciéndole un Expelliarmus que los dejó desarmados. Así me gusta Fitzroy. Las varitas volaron hacia donde estábamos nosotras y cogí las dos en el aire, rompiéndolas por la mitad antes de tirarlas a un lado. Y diréis: “Qué bruta tía, pobres varitas”. No habré estado en varias ocasiones en dónde arrebatárselas no es totalmente útil. ¿Y si las vuelven a coger? ¿Y si te despistas? Lo mejor es romperlas, así no tienen ninguna oportunidad. Y teniendo en cuenta que estábamos tratando con técnicamente una organización “secreta”, lo mejor era no andarse con trivialidades y dejar las cosas claras.

La amenaza de Alyss sonó por toda la habitación, la cual se había quedado en absoluto silencio. Los tres hombres nos miraban con sorpresa, menos el que aún estaba bajo la maldición Imperio, que miraba a todos lados como si de un partido de Tenis se tratase. El tono de voz de Alyss me sorprendió, pues parecía otra persona, más fuerte y serena; más poderosa. Curvé una sonrisa a la vez que la miraba, puesto que me gustaba que saliera su vena más seria, esa en dónde puedes ver en esos ojos azules y rostro angelical verdadero peligro.

El principal, aquel que aún tenía la varita en la mano y que estaba dudoso en sus movimientos por no saber si atender a las condiciones de Alyss o arriesgarse a conseguir a alguna de las dos, estaba delante nuestro. Era el mismo que me había ocasionado esa pequeña herida interior fruto de un bofetón, por lo que sin previo aviso y aprovechando que seguía prestándole atención a la chica que tenía la varita en alto, conjuré un Expulso que le dio de lleno, tirándolo hacia atrás hasta chocar con los otros dos. Los tres cayeron al suelo y aproveché para hacerme hacia adelante y poder ver todo lo que estaba sobre la mesa; todas esa información: fichas de compañeros míos en busca y captura, fichas de algunos otros que simplemente eran sospechosos, un mapa mal hecho de las cercanías de la Mansión Riddle… Fruncí el ceño al ver a Scott en una de esas fichas, había más gente conocida, por lo que empecé a revolver todo aquello en busca de todos aquellos que conocía. Folios se me cayeron al suelo sin darme cuenta, de tal manera que una ficha se quedó delante de Alyss; nada más ni nada menos que la de Caleb Dankworth. No como un buscado, sino como un sospechoso de pertenecer a las filas de Lord Voldemort. Lo cual haría que tarde o temprano, fuera buscado, interrogado y, si le encontraban la marca, posiblemente sentenciado a ir a Azkaban.

Intenté hacerme con todo lo posible, pero el único que aún poseía varita se levantó, tirando hacia la mesa un Incendio que hizo que tuviera que retroceder rápidamente hacia atrás, soltando todos los folios que estaban prendiéndose.

¡No pequeñas! ¡Esa información se quedará aquí! —dijo con cara de loco a la vez que señalaba su cabeza con el dedo índice— Y lo he pensado mejor. Estáis mejor muertas que en Azkaban —añadió, dejando claro que no era un hombre muy poco paciente.

Al tener un gran manto de fuego delante de nuestra, pude divisar su silueta a través de las bailarinas llamas. Su mirada estaba fija en la mía a través de los huecos libres de ardiente fuego. Sin previo aviso sentí como un conjuro cortaba las llamas que estaba delante de mí, siguiendo de largo hasta impactar en mi estómago y hacerme chocar con una estantería que estaba detrás mía. Las cosas se cayeron y la estantería estuvo a punto. Me recompuse rápidamente y tenía claro que ese tío, el cabeza y el pensador, debía morir. Era un buen rastreador si tenía tanta información y, al ser una organización totalmente paralela al ministerio, toda esta información no estaría registrada allí. Si él moría, aparte de librarnos de más de un problema, nos libraríamos de su existencia, que al parecer es muy molesta aunque no lo supiéramos hasta hoy.

Aquel lugar era pequeño, pero al parecer el estúpido que incendió la mesa no pensó demasiado el hecho de quedarnos sin oxígeno tan rápidamente al incendiar el foco más grande. Tosí fuertemente para liberar mis pulmones de humo y lancé un Aquaeructo hacia la mesa, con la intención de apagarlo. Era consciente de que la habitación se bañaría totalmente en humo que nos impediría ver, pero no me importó. De hecho, me venía bien. Conjuré un Echoes de tal manera que, al no ver nada, mis sentidos se vieron obligados a seguir al del oído. Delante de mí se formaron unas ondas provenientes de cada ruído y situación, haciéndome recrear aquella escena en dónde poder moverme. Caminé rápidamente hacia la otra parte de la habitación en dónde se encontraban ellos y, cuando divisé al jefe me agaché lo suficiente como para alzar mi pierna y darle un fuerte golpe en la mandíbula de una patada. Sí, la verdad es que estaba resentida por la bofetada.

El hombre cayó al suelo y los otros dos me sujetaron. Teniendo en cuenta mi hechizo y mi agilidad, conseguí utilizarles de escudo ante los golpes del jefe, haciendo que ellos recibieran en vez de yo. Pasé por detrás de uno, por encima e incluso por debajo, hasta que mi espalda chocó contra la pared. El humo había desaparecido y cuando mis ojos pudieron volver a ver sin necesidad del hechizo, vi como la varita de aquel hombre estaba apuntando, a apenas unos centímetros, a mi cuello.

Curvé una sonrisa en el rostro al ver a los otros dos noqueados en el suelo. No estaban inconscientes, pero ninguno de los dos querría levantarse.

¿No ibas a matarme? —pregunté.

Por el rostro y la seguridad de aquel hombre, estaba casi segura de que no se trataba de un auror, ni tampoco un trabajador del Ministerio. Correría por cuenta propia, buscando a todos aquellos que son la amenaza para el mundo mágico, casi de manera autónoma. Por esa razón no le corroía el hecho de matar a lo que él mismo llama escoria. Además de que estaba cabreado por el simple hecho de llegar a vacilarlo tanto como para pegar a sus propios compañeros.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Abr 15, 2015 8:48 pm

La acción no tardó en empezar. El ambiente estaba demasiado caldeado como para que nos estuviésemos quietas. No puedes mandar a dos leonas de caza, ponerles delante a sus víctimas y decirlas que se queden tranquilas. Les sale la fiera y atacan, y eso es lo que hicimos. Les desarmé rápidamente, y Abi terminó la labor partiendo las varitas por la mitad. Era lo mejor, y ella lo sabía porque era lista. Solo desarmar era de señoritas. Nosotras eramos casi señoritas, y eso era mucho peor, así que no les podíamos dejar ningún as en la baraja. Nos jugábamos el cuello y el puesto.

El que había abofeteado a Abi pocos minutos antes quedó ante nosotras, dudoso de que hacer. Yo mantuve firme mi varita, esperando el mínimo movimiento para acabar con aquella cara de pasmarote. Pero claro, la pelirroja tenía el orgullo herido y no tardó en vengarse a su manera. Eso nos dio tiempo para empezar a enterarnos de que estaba pasando aquí. Un montón de fotos y papeles volaron por la mesa, mi compañera los observaba rápido mientras yo me mantenía alerta frente a posibles peligros y le cubría la espaldas. Entre todo aquel alboroto un papel cayó ante mis narices. Era una ficha de investigación de Caleb, sospechoso de estar en las filas del Señor Tenebroso. Cogí el papel del suelo como un acto reflejo y lo volví a mirar. No podía ser, aquello era grave, tendría que intervenir. Me lo guardé corriendo, como pude, arrugado. Se lo enseñaría al salir de esta. Si salía.

Pero el jefazo no nos iba a dejar llevarnos aquello. Le importaba demasiado que pudiésemos saberlo, así que prendió fuego a la mesa sin pensarlo.

A partir de ese momento las cosas sucedieron muy rápido, mientras yo me mantenía alerta en una esquina del cuarto. Abi apagó el fuego, todo se llenó de humo, y no se como, entre todo aquel jaleo, se olvidaron de mi presencia. El loco estaba demasiado ocupado intentando acabar con mi compañera para acordarse de que yo también era un peligro. Quedé de espaldas a ellos, de frente a Abi, y no dude mucho en lo siguiente que hice. Sabía que a ella le gustaba jugar con la comida, pero nos arriesgábamos a que alguien viniese y todo se nos fuese de las manos. Más de lo que ya se nos había ido.

"Avada Kedavra".

El cuerpo del loco se desvaneció, inerte, ante nosotras. Miré a Abi con cara de indiferente y le hice un gesto. -Lo siento, pero sabes que el tiempo apremia y esto se estaba poniendo muy escandaloso. -me gustaba el trabajo limpio y rápido. Sabía que aquel hombre era clave en nuestra investigación, pero ya tendríamos tiempo de saber quien era. Ahora lo que importaba era ponernos a nosotras a salvo.

-¿Y con esos? ¿Que hacemos? -pregunté, mirando a los hombres que quedaban medio inconscientes en el suelo. No sabía si debíamos matarlos, dememoriarlos, llevárnoslos, quemarlos... Le dejaba eso a la experta.
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Abigail T. McDowell el Jue Abr 16, 2015 3:00 pm

Aquel hombre me estaba apuntando con una varita directamente al cuello, pero yo no temía por mi vida. No en ese momento. Pude ver cómo un rayo verde le daba de lleno por la espalda y ese es uno de los errores de prestar toda tu atención a lo que parece tu enemigo más fuerte, ya que el aparentemente débil siempre es el más sorprendente al subestimarlo.

El tiempo apremia —repitió Abi, en señal de que no había que pedir perdón pues tenía razón. Las cosas era como eran y lo más inteligente era quitarse a todos de encima antes de que vinieran refuerzos o alguien que nos cogiera desprevenidas.

El cuerpo inerte del que me apuntó amenazante estaba en el suelo, muerto. Los otros dos estaban aterrorizados, por no contar la mirada que me echaba uno de ellos de pura incredulidad y decepción. Solté un bufido ante la pregunta que me había hecho y lo cierto es que yo no iba a complicarme la vida en borrarles la memoria o dejar más cuerpos reconocibles por la zona.

Quemaremos todo esto. Todo esto... —sujeté uno de los muchos informes que estaban por la zona, observando en él la cara de un conocido— ...son pruebas. Nos llevaremos los informes para informar a aquellos que nos interesan de la desconfianza que tiene el Ministerio por ellos. Por suerte una simple desconfianza tiene fácil arreglo con el tiempo suficiente. Pero todo lo demás... —observó los demás informes que habían en las estanterías que ahora estaba en el suelo— Todo eso puede desaparecer.

Con la varita organicé todos los papeles que estaban sobre la mesa y el suelo, en los cuales se reflejaba claramente visible una foto del usuario en cuestión con un detallado y explicativo resumen de su vida y quehaceres. Observé algunos que ni me preocuparía en avisar, pero otros muchos con los que no tardaría en ponerme en contacto.

Vamos —le dije a Alyss.

¡Espera! ¿Nos van a dejar aquí? —preguntó uno de los que yacían en el suelo desarmado. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Se creen que somos sus madres?

Les apunté con la varita y les amarré con un Religio a ambos entre sí y, además, a una de las estanterías que estaban en el suelo, para que no se pudieran mover.

Sí. —sentencié, saliendo de allí después de Alyss con el informe entre mis manos.

Antes de cerrar la puerta conjuré mentalmente un FiendFyre que lo arrasaría todo. Llamas mágicas y malditas que no descansarían hasta reducirlo todo a cenizas. Cerré la puerta y caminamos hacia el hueco del ascensor. Con un simple Ascendio de ambas subimos por allí hasta salir al exterior por el mismo sitio por dónde habíamos entrado.

Hora de irnos. Si quieres ver esto —zarandeé  la carpeta en su mano alzada— Ya sabes dónde vivo —le guiñé un ojo y, al ver como comenzaba a iluminarse las ventanas inferiores y a salir humo por ellas, me convertí en humo negro y salí disparada de allí.
Abigail T. McDowell
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